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De pace et concordia
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Original / primary: Spanish Gemini
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CAPÍTULO PRIMERO. Cómo debemos mantener la paz con el prójimo.
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Es sumamente necesario tener paz y concordia con los hermanos, obedecer al prelado y mostrar a Dios la pureza del corazón. Pues con el prójimo debemos sentir lo mismo, para que, unánimes, a una sola voz glorifiquemos a Dios. Conviene obedecer al prelado, según dice el Apóstol: Obedeced a vuestros superiores y estadles sujetos. Ellos, en efecto, velan como quienes han de dar cuenta de vuestras almas, para que lo hagan con alegría y no gimiendo. Pues esto no os conviene. Es necesario preparar a Dios la pureza del corazón, porque bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios. Veamos, pues, cómo se observan estas tres cosas. Para que mantengamos la concordia con el prójimo, esforcémonos por adelantarnos unos a otros en honor. Entonces, ciertamente, uno se adelanta a su hermano en honor cuando somete su propia voluntad a la de aquel. Los hombres entregados al siglo suelen amar su propia voluntad y desear que todos los demás les obedezcan. Esto es lo que cada uno codicia, esto es lo que clama con palabras y obras. Quienes no han considerado bien lo que quieren, su voluntad nunca será, ciertamente, concorde. Sin embargo, tienen cierta concordia en esto: que todos desean ser honrados, todos quieren ser amados, todos anhelan que los demás concuerden con su propia voluntad. Pero en esto, en que cada uno busca lo suyo y nadie busca lo de los demás, discrepan de muchas maneras. Ciertamente, en que este desea que se le muestre sujeción y honor, y aquel busca lo mismo para sí con no menor afán; ni este podrá consentir a aquel, ni aquel a este. Dice uno: Quiero que se haga esto o aquello; dice el otro: De ninguna manera quiero que sea así. Discordando de tal modo, se disuelven los vínculos de la paz y la concordia. Pero aquellos que desean agradar a Dios en la custodia de la paz y la caridad, establezcan para sí tal regla de vida: que lo que deseen que les sea hecho a ellos, eso mismo quieran que se haga a sus prójimos. Y puesto que, como atestigua el bienaventurado Apóstol, más bienaventurado es dar que recibir, honrar que ser honrado, servir que ser servido, ¿no adquiere más aquel que sirve por caridad que aquel a quien se sirve? En fin, quien muestra a otro un oficio de caridad, ya tiene aquello por lo cual Dios le es grato. Aquel, en cambio, que recibe el servicio, no es así. Pues ¿qué gracias me debe Dios si tú o cualquier otro me ama? Por tanto, siendo mayor tener aquello por lo cual Dios ha de dar una buena retribución que aquello por lo cual no dará ninguna, consta que quien ministra por caridad tiene algo mayor que aquel a quien se ministra. Además, aquel a quien sirve la caridad de otro recibe de ello algún don perfunctorio, a saber: honor, un banquete o cualquier otro beneficio. El otro, que sirvió por caridad, no solo retuvo para sí la caridad, sino que, al compartirla, la hizo más amplia de lo que era. Las cosas, en efecto, disminuyen al ser desperdiciadas, pero la caridad, cuanto más se reparte, tanto más se amplifica. De cuya administración creció sumamente en ti, que la mostraste, el amor, lo cual será para ti, sin duda, un cúmulo de mérito, dado que por ti misma creció en mí el amor hacia ti. Y aunque el oficio mismo de la caridad me haya pasado a mí, allí, sin embargo, permanecerá siempre la remuneración de tu caridad, que nunca desfallece. De donde también se puede colegir que es más excelente servir que ser servido. Y así, pues, en todas las cosas, deseen más dar que recibir la justicia de Dios, y esfuércense por obedecer más a la voluntad ajena que a la propia. Quien quiera comportarse así, será consorte de la voluntad del otro. Sintiendo lo mismo y existiendo unánime, de otro modo no podrá tener concordia. Pues ¿cómo la tendrá si no la ha buscado diligentemente? De otra manera no podrá buscar para tener; buscando de este modo, tendrá.
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CAPÍTULO II. Sobre la obediencia que debe mostrarse al prelado.
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Debemos guardar de corazón la sujeción y la obediencia a nuestro prelado; de lo contrario, no mantenemos la norma que profesamos. Pues es verdaderamente sujeto, monje o canónigo, aquel que se alegra de no ser suyo por causa de Dios. Quien obedece no de corazón, sino solo por la ley de la sujeción, si no se corrige, no tendrá la recompensa de la obediencia: pues no hay bien si no es voluntario. Es necesario, por tanto, que guarde la ley de la obediencia por amor, para no perder la recompensa de su posesión. Mientras no obedezca por voluntad, en cuanto a sí mismo, persiste en su propia voluntad; la cual, en la medida en que la tiene, es suya, no de otro. Y si es suya, ¿vea con qué poder, con qué armas, con qué fuerzas se defiende de los que le atacan? Es admirable cómo el adversario, que ronda buscando a quién devorar, no invade a este y a aquel, al invadir devora, al devorar mata; quien va por el camino donde es hallado por los ladrones, si no es reconocido, es invadido, golpeado y despojado por ejemplo. Pero si es reconocido, y no tiene al Señor y abogado, por cuya reverencia y temor escape de las manos de los ladrones, se comportan con él como si lo amaran y apreciaran. Si es rey, hijo de rey o algún poderoso, es tolerado por temor, saludado reverentemente, y sigue su camino ileso; de lo contrario, es desnudado y golpeado. Así, hermanos, así sucede sin duda en nuestras almas. Dios omnipotente nos ha preparado su reino, al cual, si quisiéramos obedecer, no seremos llamados siervos, sino sus amigos e hijos, y lo seremos. Obedeceremos, pues, a él si, en cuanto podamos saber lo que él quiere, nos esforzaremos por ejecutarlo con nuestra buena voluntad. Nuestra voluntad será buena y obediente si la hemos sometido a su voluntad y nos hemos preocupado por obedecerle voluntariamente. Si concordamos nuestra buena voluntad con la voluntad del Señor, seremos llamados amigos, seremos hechos hijos de Dios. Una vez que esto se haya realizado, podrá ir y pasar con seguridad a donde quiera. Pues no temerá las manos de los ladrones fuertes y de los demonios, no temerá los malos encuentros, puesto que será rey e hijo de rey. Cuide, pues, cada uno de no querer nada más que lo que, con Dios como autor o con su padre espiritual, haya podido querer lícitamente. Pero la licencia suele engañar; pues la obediencia y la desobediencia son contrarias. El medio entre ellas es la licencia. Quien, por tanto, quiere lo que no debe querer, y sin embargo no quiere cumplir ese querer sino precedido por el hecho; la obediencia que en esto abrazó excusará el hecho; pero el querer que tuvo contra la obediencia le será peligroso, a menos que se haya arrepentido: lo cual, al no atenderlo algunos, son a menudo engañados por la licencia. Cuidando, pues, de no apoyarse más de lo justo en la licencia, puesto que la licencia, aunque disminuye la pena, no la repele del todo. Sepa que el diablo no teme acercarse a nadie tanto como a aquel que nunca quiere discrepar de la voluntad de su prelado. Pues, así como el ladrón que roba sugiere a menudo cosas perversas a aquel que se oculta del conocimiento de su prelado, a aquel, en cambio, que se muestra al prelado tal cual es, porque por ninguna razón quiere discordar de su voluntad, no se atreve a acercarse con seguridad: pues cualquier cosa perversa que sugiera, se vuelve para él en vergüenza; cuando aquel a quien se le sugiere, o desprecia casi la sugerencia, o si consiente por un momento, se ha enmendado mediante la confesión y la digna satisfacción. En todo, pues, y por todo, el súbdito debe obedecer a Dios y someterse a la orden del prelado, salvada la fidelidad a Dios. Pues si el prelado ordenara al súbdito perjurar, si ordenara latrocinio, fornicación u otra cosa semejante, de ninguna manera debe obedecer, porque Dios prohíbe que esto se haga. Obedezca, pues, a Dios en todo: obedezca a su prelado en todo, salvada la voluntad de Dios, y en cuanto esté en él, salvada la voluntad de Dios y del maestro, tenga paz con todos los hombres. Quien de este modo haya estado sujeto a la voluntad de Dios y de su superior, entonces obedecerá a Dios, y al obedecer a su prelado en Dios, podrá alegar con confianza que no es suyo, sino de Dios. Cuya alma, cuando esté en la salida de su cuerpo, no temerá la mano poderosa de los demonios que salen al encuentro, porque tendrá al Señor Cristo como abogado poderoso. He aquí qué y cuánto bien adquiere la obediencia. Cuando haya sido puesto en razón, de quién es hombre, de dónde viene, a dónde va, a quién busca: si obedeció a la voluntad de Dios, podrá decir que es de Dios. Si, en cambio, persiste en su propia voluntad, y por esto ha sido contrario a la voluntad de Dios y de su prelado, miente si dice que es de Dios: pues mientras vivió, vivió según su propia voluntad, no la de Dios. ¿A qué abogado tendrá, pues? ¿A quién irá? ¿Quién le será de ayuda? ¿Qué intercederá? Ciertamente no podrá huir, será necesario ir por el medio, tendrá o mantendrá el camino hacia la vida o hacia la muerte. Pregunto, ¿con qué poder, con qué fuerzas saldrá de las manos de los invasores? Se atormentará el miserable si no ha tenido a Dios y a su superior como autores de su voluntad y acción. Ciertamente, así son sacudidos por las tormentas de los vicios y las incursiones de los demonios quienes se alienan de la voluntad de su prelado; del mismo modo que las naves son agitadas en el vado por una tempestad ferviente. Pues si en un vado lleno de escollos se coloca un poste al cual se aten las naves con cuerdas; cuanto más lejos estén del poste, más gravemente serán golpeadas por la tempestad que sobreviene. Cuanto más cerca estén conectadas, tanto menos sentirán la gravedad de la tempestad. Así, ciertamente, quien se aliena de la justa voluntad de su prelado, sin duda corre peligro en el estudio de su propia voluntad; ni concordará con la voluntad de Dios mientras discrepe de la voluntad del vicario de Dios: pues quien asume en la Iglesia de Dios la cumbre de la prelacía asume el deber de hacer las veces de Dios; y de cualquier modo que lo asuma, él verá. A quien, ciertamente, no es mi juicio juzgar, sino obedecer a su imperio, si no fuera injusto, según dice el Señor: En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los fariseos. Todo lo que os digan, pues, hacedlo; pero no hagáis lo que ellos hacen. Y el Apóstol dice: ¿Quién eres tú que juzgas al siervo ajeno? Para su señor está o cae, y no hay potestad que no provenga de Dios, y las que son de Dios, han sido ordenadas. Quien, pues, resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios. Y en otro lugar: Hermanos, no queráis haceros muchos maestros, para que no caigáis en juicio. Se hace maestro quien reprende indiscretamente los hechos de su rector. De donde cae en el juicio de Dios, porque usurpará indebidamente para sí el magisterio; lo cual debe evitarse mucho, porque es demasiado horrendo caer en las manos del Dios vivo. Si, en cambio, los hechos del Padre fueran dignos de reprensión, que se le ruegue suave y modestamente con reverencia. Pues está escrito: No reprendas al anciano, sino ruégale como a un padre.
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CAPÍTULO III. Sobre la pureza de corazón que debe mostrarse a Dios.
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Dijimos, pues, que se debe guardar la pureza de corazón para Dios. Él solo es el escrutador del corazón, quien es el creador de la mente y del cuerpo. El hombre no puede ver el corazón del hombre; porque nadie conoce lo que es del hombre sino el espíritu del hombre que está en él. Dios, en cambio, a quien no se le ocultan los pecados, ve libremente el corazón del hombre y su intención. Quien lo haya tenido limpio, podrá ver a Dios; quien, en cambio, no lo haya tenido limpio, sin duda no podrá ver a Dios de ninguna manera. Es necesario, pues, que tenga pureza de corazón quien desea tener a Dios como habitante en sí: a quien nadie podrá tener, a menos que haya vaciado su corazón de la codicia terrenal y se haya esforzado por arder con el amor de Cristo. Pues en la medida en que alguien haya amado al mundo, en esa medida estará vacío del amor celestial. Y tanto más abandona cada uno a Cristo cuanto más se aleja de la justicia de Dios al pecar. Pues ¿qué le aprovecha a alguien ser bautizado si no es justificado? Ciertamente, aquel que dijo: Si alguien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de Dios, él mismo también dijo: Si vuestra justicia no abundare más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. ¿Por qué, pues, muchos, temiendo aquello, se apresuran a ser bautizados, y no temiendo esto, no se justifican en absoluto? Ciertamente, Dios quiere que sea justificado mediante la observancia de sus mandamientos, y que sea amado por él, en cuyo corazón él debería hospedarse. Pues así como el incienso desea el ardor del fuego para oler, así Dios desea el calor del amor para hospedarse. Quien, pues, desea que Dios se hospede en él, aprenda sin ficción la disciplina de abstenerse de lo ilícito. Pues el espíritu de Dios huirá de la ficción y será reprendido por la iniquidad sobreviniente. Pues no pueden cohabitar la iniquidad y el espíritu de Dios, que también es amor. Dondequiera que el amor de Dios se haya hospedado, y aquel que le haya dado lugar, y en sí mismo haya dado lugar a la iniquidad, sin duda es reprendido, y el amor o espíritu de Dios es repelido por la iniquidad sobreviniente, ni permanecerá si no se ha enmendado para utilidad de su huésped. Y, ciertamente, no se convierten el amor de Dios y la iniquidad. Quien, pues, haya querido ser hecho habitáculo del Señor, mantenga la pureza de corazón, repele lejos los deseos carnales, y así como una mujer casta, esposa fiel, desprecia hablar con el adúltero, desdeña sus palabras secretas, no consiente nada de lo que desea ni en secreto ni abiertamente, así el alma fiel no consienta en su voluntad al propio apetito, no reciba su permiso, desprecie sus palabras, no admita ninguna de sus lisonjas. Si hiciere esto, se constituye a sí misma, sin ambigüedad, como amiga y esposa de Dios. Si, en cambio, consintiere a los apetitos ilícitos, no será llamada esposa, sino adúltera. Sea, pues, nuestra voluntad limpia, para que sea llamada y sea esposa de Dios, no sea corrompida por la mancha de ninguna inmundicia, para que no se haga adúltera. Mientras consiente a la voluntad de Dios, es limpia y esposa; cuando, en cambio, disiente de su voluntad, es corrompida, manchada, fornicada. Suele suceder a veces que alguien, mientras quiere esforzarse por la pureza de corazón, tenga a menudo pensamientos inmundos y execrables, los cuales, porque los oye demasiado, se reprende, juzga y condena gravemente a sí mismo por el hecho de que tal cosa le vino a la mente: y así, reprendiéndose a sí mismo, se trata el miserable: ¿Qué he pensado? ¿Qué he hecho? ¿Qué he sentido? ¡Oh dolor! ¿Cómo podré ser purificado de tanta inmundicia, de tan nefando pensamiento? Temo ocultarlo, temo revelarlo. Tal cosa no solo no querría decirla, sino que ni siquiera querría oírla de nadie. ¿Cómo, pues, nombraré tal suciedad? Así, mientras se angustia consigo mismo, mientras trata lo que no querría ver, es más y más atacado, tribulado, y no es liberado. Pero no se comporte así si desea ser liberado. ¿Qué hará, pues? Atiende. Cuando aquello que execra ver le haya atacado y sea demasiado importuno; que lo desprecie, no le preste atención, no le dé asentimiento, vuelva su pensamiento a otra cosa, se esfuerce en hacer alguna cosa, no se preocupe más si siente algo sin querer, que si una mariposa volara ante sus ojos. El viajero que es infestado por un perro, si se detiene y se defiende de su importunidad, sentirá al perro más importuno al instante; si, en cambio, desprecia sus ladridos, pasa y no le presta atención, pronto toda aquella impugnación canina cesa, por donde el viajero pasa libremente. Así, quien se esfuerza por tener pureza de corazón, desprecie los pensamientos vanos e infructuosos o inmundos, aparte su corazón, tenga por nada toda aquella impugnación que sufre interiormente, no reitere pensando lo que pensó: sino desprecie profundamente cualquier mal que haya pensado con menos cautela. Pues aún no son condenados los que están en la fe del Señor Jesús, que no viven según la carne. Si viviéramos de tal modo, si tuviéramos el estudio de esta cosa, si nos mostráramos tales ante Dios, podremos ser hechos su habitáculo, sus huéspedes. A quien, mientras vivimos, si nos esforzáramos por amar y honrar; él, mientras vivamos, nos devolverá sin duda el turno de su amor y honorificencia. Pues con la misma medida con que hayamos medido, se nos volverá a medir por aquel que se dio por nosotros, y nos liberó de la vorágine de la muerte, quien nos coronará con la inmortalidad en la patria eterna; a quien honor y gloria por los siglos. Amén.

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