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De gestis cum Emerito
Augustine of HippoEmer 1 · spanish-geminiMore by Augustine of Hippo
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Original / primary: Spanish Gemini
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Siendo cónsules los gloriosísimos emperadores, Honorio por duodécima vez y Teodosio por octava, el duodécimo día antes de las calendas de octubre, en la iglesia Mayor de Cesarea, cuando el obispo metropolitano de Cesarea, Deuterio, junto con Alipio de Tagaste, Agustín de Hipona, Posidio de Calama, Rústico de Cartennas, Paladio de Tigava y otros obispos, hubieron entrado en la exedra, estando presentes los presbíteros, los diáconos, todo el clero y una numerosísima plebe, y hallándose presente también Emérito, obispo de la parte de Donato; el obispo Agustín de la Iglesia católica dijo: Hermanos queridísimos, que desde el principio fuisteis católicos, y cuantos habéis venido a la Iglesia católica desde el error de los donatistas, y habéis conocido la paz de esta santa Iglesia católica, y la habéis mantenido con corazón veraz, y los que quizás todavía dudáis sobre la verdad de la unidad católica, escuchadnos, pues estamos solícitos por vosotros con pura dilección. Cuando llegó a esta ciudad anteayer nuestro hermano Emérito, todavía obispo de los donatistas, se nos comunicó de repente que estaba presente. Y puesto que, con una caridad que Dios ve, deseábamos su presencia, corrimos inmediatamente a verlo: lo encontramos de pie en la plaza. Tras saludarnos mutuamente, le advertimos que era duro y vergonzoso que permaneciera en la plaza, y que viniera con nosotros a la iglesia. Él accedió a nosotros sin ninguna negativa; donde pensamos que no rechazaría la comunión católica, del mismo modo que ofreció su llegada espontáneamente o no dudó en absoluto en venir a la iglesia. Pero como él permanecía más tiempo en la perversidad herética, aunque dentro de la iglesia católica, me dirigí a vuestra Caridad, como os dignáis recordar. Dije muchas cosas que escuchasteis y que, sin duda, recordáis también en la medida de lo posible: muchas sobre la paz, muchas sobre la caridad, muchas sobre la unidad de la santa Iglesia católica, que Dios prometió y otorgó. En ese discurso mío, me dirigía a vosotros y lo exhortaba a él; y, en la medida en que las entrañas de la caridad podían en mí, en ese discurso mío sentía los dolores de parto por todos los que estaban constituidos en peligro de su alma, y deseaba dar a luz para el Señor. Pues esto mismo dijo el bienaventurado apóstol Pablo a algunos: Hijitos míos, a quienes vuelvo a dar a luz, hasta que Cristo sea formado en vosotros. Pero incluso después de nuestro discurso, cuando él todavía persistía en esa pertinacia suya, no pensamos que debiéramos desesperar así; ni pensamos que se deba desesperar de ningún hombre mientras vive en este cuerpo. Pues no dije anteayer que no había desesperado de tal manera que hoy me atreva a desesperar.
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Pero la causa ha llegado a este punto, para que, puesto que vino, y según hemos conocido, vino espontáneamente, no sea infructuosa para esta Iglesia su llegada. Pues o bien, lo que más deseamos y anhelamos, nos alegraremos también con vosotros de su salvación en la paz católica; o si, lo que abominamos y detestamos, él mismo persistiera en esa pertinacia, debéis conocer mejor por su presencia qué diferencia hay entre la paz católica y la disensión herética. Pues es obispo de la parte de Donato, pero ordenado para los donatistas de esta ciudad. A los cuales donatistas ya hemos acogido en gran parte en el seno católico en nombre de Cristo, de tal modo que nos alegramos de que casi todos estén unidos a la comunión católica. Pero puesto que también quienes ya han comulgado, no ciertamente todos, sino algunos parecen dudar de la misma verdad católica, como dije hace poco; mientras que otros no es que duden, sino que, puestos todavía de corazón en la parte de Donato, nos muestran su presencia corporal, ya sean hombres o mujeres, con la carne dentro y el espíritu fuera: consideramos que es bueno interrogar a su obispo, para que, si tiene algo que decir todavía a favor de esa parte, después de la Colación realizada en Cartago y conocida por todos; si tiene algo que decir todavía, que lo diga sin perjuicio de la parte de Donato, lo cual, sin embargo, considere que puede aprovecharos a vosotros, en cuya ciudad se considera ordenado para vuestra salvación en Cristo; y nosotros responderemos sin perjuicio de la Católica; puesto que ahora nadie ha impuesto partes de defensa: lo cual, sin embargo, como estimamos y queremos, pueda aprovecharos a vosotros estando presentes contra el presente: para que, si fue seducido, no seduzca; si, en cambio, nosotros seducíamos, estando presente él, que fuera quizás alardea de muchas cosas, seamos argüidos, refutados, convencidos, enseñados. Dije esto por esta razón, para que no quiera hablar por el hecho de poder decir: "Mi parte no me ha impuesto ahora partes de defensa". Pues no es que después de la misma Colación no hablara, o que después de aquella Colación no viniera a esta ciudad, o que alguna vez se haya marchado de esta provincia, o creemos que después de aquella Colación no haya dicho ni una palabra a ningún hombre a favor de la parte de Donato. Sé lo que se os decía: me dirijo a vosotros, que vinisteis de esa misma parte; sé lo que se os decía, que nosotros habíamos comprado la sentencia del Cognitor. Sé que se os dijo que él había sido de nuestra comunión, y que por eso no permitió que estos dijeran todo lo que querían; y que los oprimió más con el poder que con la verdad; que no aceptó lo que decían. Todo esto se ha alardeado después de la Colación, ya sea por él mismo o por hombres de aquella comunión. ¿Qué importa por quién seáis perturbados, vosotros a quienes queremos que estéis tranquilos en la paz católica? Si estuviera ausente, os diría sobre él: "Pero quien os perturba, llevará el juicio, sea quien sea". Pues estas cosas que dije son palabras del bienaventurado Pablo contra los ausentes, por quienes los sencillos eran turbados. Ahora, en cambio, está presente: que se digne decirnos ahora por qué ha venido.
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Hermano Emérito, estás presente: estuviste en las Colaciones; si fuiste vencido, ¿por qué viniste? Pero si no piensas que fuiste vencido, habla, ¿de dónde te parece que eres vencedor? Pues entonces fuiste vencido, si fuiste vencido por la verdad. Pero si te parece que fuiste vencido por el poder, y venciste por la verdad; no hay aquí poder por el cual parezcas haber sido vencido: que escuchen tus conciudadanos de dónde presumes ser vencedor. Pero si sabes que la verdad fue victoriosa contra ti, ¿por qué rechazas todavía la unidad? El obispo Emérito de la parte de Donato dijo: Las actas indican si fui vencido o si vencí: si fui vencido por la verdad o si fui oprimido por el poder. El obispo Agustín de la Iglesia católica dijo: ¿Por qué, pues, viniste? El obispo Emérito de la parte de Donato dijo: Para decir esto que requieres. El obispo Agustín de la Iglesia católica dijo: Requiero por qué viniste; no preguntaría esto si no hubieras venido. El obispo Emérito de la parte de Donato dijo al notario que tomaba nota: Hazlo.
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Y como callara, el obispo Agustín de la Iglesia católica dijo: Si, pues, callaste bajo la verdad, no viniste sin causa, sino porque quisiste engañar a estos. Y como callara durante mucho tiempo, el obispo Agustín de la Iglesia católica dijo: Veis, hermanos, que calla durante mucho tiempo; os aconsejo que deseéis que recapacite, os ruego que no sigáis al que perece. Sin embargo, puesto que mencionó las actas de nuestra Colación, donde dijo que podía aparecer si fue vencido por la verdad o oprimido por el poder: son muchas, ciertamente, las cosas donde acumularon las actas con procesamientos superfluos y dilatorios, no haciendo otra cosa con grandes esfuerzos sino que no se hiciera nada: pero presidiendo el Señor y llevando su causa, se llegó a donde no quisieron. La causa fue dicha y definida. Pero si quisiéramos leeros todas las actas: aunque estando vosotros presentes obligo a mi hermano y coobispo Deuterio a que, tal como se hace en Cartago, en Tagaste, en Constantina, en Hipona, en todas las iglesias diligentes, así también en adelante no se canse de hacerlo; que todos los años durante los días de ayuno, es decir, la Cuaresma antes de Pascua, cuando a vosotros, que ayunáis especialmente, os queda más tiempo para escuchar, las mismas actas de la Colación sean recitadas todos los años, todas desde el principio hasta el fin en orden: sin embargo, como había empezado a decir, porque no podemos leeros todo ahora, dignaos escuchar primero qué cartas dimos al Cognitor antes de la Colación, donde prometimos, o cómo queríamos ser acogidos si hubiéramos sido vencidos, o cómo los acogeríamos si venciéramos, para que pareciera que la victoria no estaba en la contienda, sino en la humildad.
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El obispo Alipio de la Iglesia católica recitó la carta: Al honorable y dilectísimo hijo, varón clarísimo y respetable, tribuno y notario Marcelino, Aurelio, Silvano y todos los obispos católicos. Por medio de esta carta intimamos que consentimos en todo, tal como te dignaste amonestar, al edicto de tu Respetabilidad, con el cual se ha consultado para preservar la tranquilidad y quietud de nuestra Colación, y para manifestar y proteger la verdad. También, confiados en la verdad, nos obligamos con el vínculo de la condición de que, si aquellos con quienes tratamos pudieran demostrarnos que, cuando según las promesas de Dios los pueblos cristianos, creciendo por todas partes, ya habían llenado una gran parte del orbe y se dilataban para llenar el resto, de repente la Iglesia de Cristo pereció por el contagio de los pecados de no sé quiénes, a quienes estos acusan, y permaneció solo en la parte de Donato: si pudieran demostrar esto, como se ha dicho, no buscaremos honores de episcopado entre ellos, sino que seguiremos el consejo de ellos para la sola salvación eterna, a quienes deberemos la gracia de tan gran beneficio por la verdad conocida. Pero si nosotros, en cambio, pudiéramos mostrar que la Iglesia de Cristo ya posee los espacios más fértiles de pueblos de todas las provincias, no solo africanas, sino también transmarinas, y de muchas naciones, y, como está escrito, fructificando y creciendo en todo el mundo, no pudo perecer por los pecados de ningún hombre mezclado con ella: si, finalmente, la cuestión definida de aquellos a quienes entonces quisieron acusar más que pudieron convencer, aunque la causa de la Iglesia no consista en ellos, y que Ceciliano fue juzgado inocente, y aquellos, en cambio, violentos y calumniadores por aquel emperador a cuyo examen enviaron sus acusaciones acusando voluntariamente: finalmente, si probáramos, ya sea con documentos humanos o divinos, cualquier cosa que hayan dicho sobre los pecados de cualesquiera hombres, o que su inocencia fue atacada con falsos crímenes, o que la Iglesia de Cristo, a cuya comunión nos adherimos, no fue destruida por ninguno de sus delitos; que mantengan así la unidad con nosotros, de modo que no solo encuentren el camino de la salvación, sino que tampoco pierdan el honor del episcopado. Pues no detestamos en ellos los sacramentos de la verdad divina, sino los comentarios del error humano: eliminados los cuales, abrazaremos el pecho fraterno unido a nosotros con caridad cristiana, que ahora lamentamos separado por la disensión diabólica. Ciertamente, cada uno de nosotros podrá sentarse más eminentemente con el socio de honor acoplado a él, tal como un colega obispo peregrino sentado al lado. Esto se concede con basílicas alternas por ambas partes, adelantándose cada uno al otro con honor mutuo: porque donde el precepto de la caridad ha dilatado los corazones, la posesión de la paz no se hace estrecha: de modo que, muerto uno de ellos, en adelante sucedan ya uno a uno según la antigua costumbre. Y no se hará nada nuevo: pues esto, desde el inicio de la misma separación, la caridad católica lo ha custodiado en aquellos que, condenado el error de la nefaria escisión, saborearon la dulzura de la unidad aunque tarde. O si quizás los pueblos cristianos se deleitan con obispos únicos, y no pueden tolerar el consorcio de dos con una apariencia de cosas inusitada, que ambos nos apartemos de en medio; y, condenada la causa del cisma, constituidas las iglesias individuales en unidad pacífica, que por aquellos que se encuentren solos en las iglesias individuales, hecha la unidad, se constituyan obispos únicos por los lugares necesarios.
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Y cuando leía, el obispo Agustín dijo: Diré a vuestra Caridad, y recordaré una cosa dulcísima y suavísima que, ayudándonos el Señor, hemos experimentado. Cuando antes de la misma Colación hablábamos entre nosotros algunos hermanos sobre este asunto, porque para la paz de Cristo los obispos deben ser, o deben no ser; lo que debéis confesar, mirando a todos nuestros hermanos y coobispos, no nos ocurrían fácilmente quienes quisieran aceptar esto y sacrificar al Señor esta humildad. Decíamos, como suele hacerse: "Aquel puede, aquel no puede; aquel consiente esto, aquel no lo tolera"; hablando más por nuestras sospechas, pues no podíamos ver en absoluto los corazones de ellos. Cuando, en cambio, se llegó a que esto se hiciera públicamente, en un concilio de todos tan frecuente de casi trescientos obispos, así plugo a todos, así ardieron todos, que estaban dispuestos a deponer el episcopado por la unidad de Cristo, y no a perderlo, sino a encomendarlo más seguramente a Dios. Apenas se encontraron allí dos a quienes desagradara: un anciano añoso, que se atrevió a decir esto incluso más libremente, significó de otro modo su voluntad con el rostro callado. Pero después de que la corrección fraterna de todos abrumó a aquel anciano que decía esto más libremente, cambiando él de parecer, también él cambió el rostro. Escuchad, pues, de qué modos se hizo también la misma exhortación, por aquel que dice: "El que se humilla, será exaltado".
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Asimismo lee: ¿Pues por qué dudaríamos ofrecer a nuestro Redentor el sacrificio de esta humildad? ¿Acaso él descendió de los cielos a los miembros humanos para que fuéramos sus miembros; y nosotros, para que sus mismos miembros no sean desgarrados por una cruel división, tememos descender de las cátedras? Para nosotros nada es más suficiente que ser cristianos fieles y obedientes: seamos, pues, siempre esto. Los obispos, en cambio, somos ordenados para los pueblos cristianos: lo que, pues, aprovecha a los pueblos cristianos para la paz cristiana, hagámoslo de nuestro episcopado. El obispo Agustín dijo: Por nosotros debemos ser esto que vosotros. ¿Qué debes ser tú, a quienquiera de vosotros que hablo? Cristiano, fiel, obediente: esto tú por ti, esto también yo por mí. Por tanto, lo que tú por ti, y yo por mí, siempre debemos ser. Lo que, en cambio, soy por ti, que lo sea si te aprovecha: que no lo sea si te perjudica. He aquí lo que se ha dicho: atended. Asimismo lee: Si somos siervos útiles, ¿por qué envidiamos las ganancias eternas del Señor por nuestras sublimidades temporales? La dignidad episcopal nos será más fructuosa si, habiéndola depuesto, ha recogido más al rebaño de Cristo que si, retenida, lo ha dispersado. Y cuando recitaba, el obispo Agustín dijo: Hermanos míos, si pensamos en el Señor, este lugar más alto es atalaya del viñador, no cumbre del soberbio. Si cuando quiero retener mi episcopado, disperso el rebaño de Cristo, ¿cómo es daño del rebaño, honor del pastor? Asimismo lee: Pues ¿con qué frente esperaremos en el siglo futuro el honor prometido por Cristo, si nuestro honor impide en este siglo la unidad cristiana? Estas cosas, por tanto, nos hemos cuidado de escribir a tu Preeminencia, y pedimos que por ti se den a conocer a todos; para que, con el auxilio del Señor Dios nuestro, con cuya amonestación prometemos esto, y con cuya ayuda confiamos poder cumplirlo, incluso antes de la Colación, si es posible, la piadosa caridad sane o dome los corazones de los hombres, ya sean débiles o duros; y así, ya con mentes pacíficas, no resistamos a la verdad más manifiesta, y precedamos o sigamos nuestra disputa con concordia. Pues no debemos desesperar, si recuerdan que los pacíficos son bienaventurados, puesto que ellos serán llamados hijos de Dios, que es mucho más digno y fácil que ellos quieran que la parte de Donato se reconcilie con todo el orbe cristiano, a que todo el orbe cristiano sea rebautizado por la parte de Donato: cuando especialmente viniendo del sacrílego y condenado cisma de Maximiano, a quienes incluso intentaron enmendar persiguiéndolos con órdenes de las potestades terrenales, buscaron con tanta diligencia que ni se atrevieron a rescindir el Bautismo dado por ellos, y acogieron a algunos de ellos condenados sin ninguna disminución de honor, mientras que a otros los consideraron impolutos en la sociedad de aquella escisión. No envidiamos la concordia de ellos entre sí: pero ellos deben advertir con cuánta piedad la raíz católica busca con tanto estudio la rama rota de sí misma, si la rama misma trabajó de igual modo por recoger el pequeño fragmento cortado de sí misma. Y con otra mano. Deseamos que tú, hijo, estés bien en el Señor.
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Recitado lo cual, el obispo Agustín dijo: Escuchad, los que no sabéis; escuchad, os lo ruego. Gracias a Dios, porque hablo estando él presente. Esta causa de los maximianistas, que quiero exponeros ahora, donde rompieron la nave de todas sus calumnias como si fueran malas mercancías: esta causa, pues, de los maximianistas, cuando la objetamos tantas veces en nuestra Colación, no pudieron decir nada contra ella; es decir, contra nuestra objeción tantas veces insertada, tantas veces repetida, tantas veces estrellada contra sus frentes, no pudieron responder absolutamente nada, porque no encontraron qué responder. Escuchad, pues, aquella diligentemente. He aquí que está aquí, me escucha: si miento, que me redarguya, que me obligue a probarlo. Las actas mismas, ciertamente, no están aquí, pero allí está la causa. Soportemos cualesquiera dilaciones, para que lleguemos a los documentos necesarios, si probare lo que digo. Si, sin embargo, duda de ello, o, lo que no sea, finge dudar, lo que haya dicho con su paz, que no comulgue, si no probare. Si, en cambio, sabe ya que digo la verdad, y sabe que no quiso responder por eso, porque no pudo encontrar qué responder; os ruego que juzguéis vosotros mismos qué es más tolerable: ¿acoger en su honor a uno condenado por sí mismo, o reconocer a un hermano no convicto alguna vez por sí mismo? Atended, os lo ruego, escuchad la narración.
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Un tal Maximiano fue diácono cartaginés, en la parte de Donato; ya sea por mérito de su soberbia, o, como ellos piensan, por mérito de su justicia, ofendió a su obispo, es decir, a Primiano de Cartago; ya sea injustamente, si el soberbio ofendió a uno mejor; ya sea justamente, si el probo ofendió a uno más improbo. Fue excomulgado por Primiano, se dirigió a los obispos vecinos, concitó envidia contra Primiano, lo acusó ante ellos. Se llegó a Cartago: los muchos obispos donatistas que vinieron quisieron que Primiano viniera a ellos; tal como los mayores de estos quisieron que Ceciliano viniera a ellos. Conocida la facción, Primiano no quiso venir a ellos; tal como Ceciliano no quiso venir a aquellos. Primiano fue condenado por estos estando ausente; tal como Ceciliano fue condenado por aquellos estando ausente. Qué imagen de las cosas quiso Dios poner ante nuestros ojos en tiempo reciente, puesto que el olvido borraba ya las demasiado antiguas. Fue condenado estando ausente. Primiano fue restituido a la comunión por otros obispos de la parte de Donato; más aún, porque no lo depusieron, fue confirmado en su sede. Los maximianistas fueron condenados; tal como Donato mereció ser condenado por obispos peregrinos y transmarinos al ser absuelto Ceciliano. Maximiano fue condenado con sus doce ordenadores. La facción misma, ciertamente, contenía a muchísimos, quizás eran cien obispos. Pero para que no se hiciera una mayor precisión, estos quisieron imponer disciplina a muchos habiendo expulsado a pocos. Condenaron solo a los que estuvieron presentes en la ordenación de Maximiano, cuando fue elevado ilícitamente un obispo contra su obispo. Los demás, constituidos en la misma facción, si quisieran volver a la Iglesia, serían permitidos en sus honores. Con sus palabras, ciertamente, mostraban que ellos estaban fuera de la Iglesia: pues a quien exhortas a que entre, está fuera. Por tanto, constituido el día, dentro del cual si volvieran, no les perjudicaría nada de lo que se decía contra Primiano, lo firmaron con el decreto de Bagai. Maximiano fue condenado con doce. Se empezó a actuar para que los condenados fueran expulsados de las basílicas. Se interpela a los jueces, se interpela a los procónsules, se alega en juicio el concilio episcopal de Bagai: se les llama herejes, se les demuestra condenados, se obtienen órdenes, se congregan auxilios, se llega a expulsar de las basílicas a los hombres condenados y constituidos en su pertinacia. Condenados ellos, los pueblos que favorecían resistieron: donde no pudieron, fueron vencidos; en lugar de aquellos que fueron vencidos y expulsados, otros fueron ordenados. De los cuales conocemos a dos, por callar sobre los demás, uno Feliciano, otro Pretextato de Assura. A quienes después de dos o tres años, por Optato Gildoniano, después de muchas persecuciones infligidas a ellos con procesamientos judiciales y toda la acrimonia de las potestades, los acogieron en sus honores. Después de su condenación, después de la expulsión, después de las persecuciones, los acogieron en sus honores, se los adjuntaron como socios y colegas. Pues en lugar de uno de ellos, Pretextato de Assura, ya ordenaron a otro llamado Rogato, que ahora es católico, a quien el ejército de estos, es decir, la tropa de los circunceliones, le cortó la lengua y la mano. Aquellos, en cambio, que durante el mismo tiempo en que ellos estaban condenados fuera, casi durante tres años, fueron bautizados por los condenados, fueron bautizados fuera de la Iglesia de estos, así fueron acogidos. Nadie dijo: "No tienes Bautismo, porque fuiste bautizado fuera". Y es rebautizado quien viene de Éfeso, de Esmirna, de Tesalónica, de las demás Iglesias que los Apóstoles plantaron con su trabajo, y a las cuales leemos que fueron enviadas las Epístolas de los Apóstoles, que escuchamos recitar en la iglesia.
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La sentencia se mantiene: y según hemos escuchado, por nuestro mismo hermano, a quien Dios haga hermano nuestro pacificado, por este Emérito fue dictada la sentencia donde ellos fueron condenados. Que se lea la misma sentencia donde ellos fueron condenados, y que se lea la sentencia donde los mayores de estos condenaron a Ceciliano; y veamos quiénes se hicieron peores, quiénes fueron castigados con sentencia más grave, quiénes condenados con mayor estrépito. Allí dijo: "Aunque el cauce del útero venenoso haya cubierto durante mucho tiempo los nocivos partos de la semilla viperina, y los húmedos coágulos del crimen concebido se hayan vaporizado con lento calor en miembros de áspides; sin embargo, el virus concebido no pudo ocultarse al desvanecerse la sombra. Pues aunque tarde, sin embargo, el crimen público y su parricidio los engendraron los votos preñados de crímenes. Lo que antes fue predicho: «Concibió injusticia, concibió dolor y dio a luz iniquidad». Pero puesto que ya brilla el sereno desde la nube, ni está confundida la selva de crímenes cuando los nombres han sido designados para el castigo: pues de la indulgencia había sido hasta ahora, mientras dejamos la línea de la clemencia, la causa encontró a quiénes castigar". Y entre otras cosas: "Hablemos, hermanos queridísimos, de las causas del cisma, porque ya no podemos callar las personas. A Maximiano, émulo de la fe, adúltero de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abiram". Estas palabras son de la parte de Donato contra los maximianistas, pronunciadas, como hemos escuchado, dictándolo él. Sabéis, en cambio, quiénes son Datán, Coré y Abiram. Ellos hicieron el cisma primero, a quienes no bastó la pena acostumbrada, la tierra abierta los devoró vivos. "Ministro de Datán, Coré y Abiram", palabras suyas son, desde el seno de la paz lanzó el rayo de la sentencia. Escuchad todavía. "Y que todavía a él, dice, la tierra que se abría no lo absorbió, lo reservó para un juicio mayor en los cielos. Pues el arrebatado había ganado la pena de sí mismo con el compendio de su funeral, ahora recoge los intereses de un préstamo más grave, cuando muerto se interesa por los vivos". Palabras son suyas condenando a Maximiano, o más bien, como él mismo dice, con boca verídica, fulminando. Y sin embargo, se han reunido áspides, víboras, parricidas; y no se exhala el Bautismo que dio el áspid, la víbora, el parricida. Habéis escuchado qué fuego de elocuencia ardió cuando encontró heno que pudiera incendiar. Hermano Emérito, has abrazado a tu hermano Feliciano, condenado por el rayo de tu boca: reconoce a tu hermano Deuterio, unido a ti también por linaje.
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Cuantas veces, hermanos míos, objetamos esta causa de los maximianistas, que como pude os expuse, cuando tratábamos con ellos en la Colación, más calló sobre ello que ahora calla sobre todo. Que no se oculten con tergiversaciones, no con defensa, sino con fuga. Pues dicen que les dieron dilación, y dentro de la dilación acogieron a los suyos. Esto es falso. Pues doce fueron condenados con Maximiano; los demás, en cambio, no estaban presentes en su ordenación, cuando se le impusieron las manos: a ellos les dieron dilación. Pues sus palabras son estas. "Y no solo a este, dice, lo condena la muerte justa de su crimen; arrastra también al consorcio del crimen a muchísimos con la cadena del sacrilegio, de los cuales está escrito: «Veneno de áspides bajo sus labios, cuya boca está llena de maldición y amargura; veloces sus pies para derramar sangre. Contrición e infelicidad en sus caminos, y no conocieron el camino de la paz: no hay temor de Dios ante sus ojos»". "No quisiéramos ciertamente cortar la juntura como de nuestro propio cuerpo: pero puesto que la podredumbre pestífera de la herida que se pudre tiene más consuelo en la escisión que en la remisión del medicamento; se encontró una causa más saludable, para que el virus pestilente no se arrastrara por todos los miembros, para que con dolor compendioso la herida nacida caiga". "Reos, pues, de crimen famoso: he aquí que nombra a doce, entre los cuales también a Feliciano y Pretextato, pero no me ocurren los nombres de todos; e infiere así: que con obra funesta de perdición pegaron el vaso sórdido con la inmundicia recogida; pero también a los clérigos alguna vez de la Iglesia de Cartago, que mientras están presentes en el crimen, prestaron lenocinio al incesto ilícito; sabed que han sido condenados por el arbitrio del Dios que preside, por la boca verídica del concilio universal". "A aquellos, en cambio, a quienes los sarmientos sacrílegos no contaminaron las plantas, esto es, que retiraron sus propias manos de la cabeza de Maximiano con vergonzoso pudor de la fe, permitimos volver a la madre Iglesia". Querían pulir su rostro, porque perdonaban a los sacrílegos, y concedían abiertamente a los cismáticos el camino de volver. ¿Qué es esto? Ruego, que se digne exponerme ahora cómo "los sarmientos sacrílegos no contaminaron las plantas". ¿Por qué les das dilación, si no pudieron tener ninguna parte en el cisma de Maximiano? Pero si son socios de la facción, aunque no hayan estado presentes en la ordenación; ¿cómo no los contamina Maximiano, y a todo el orbe de la tierra, condenado una vez ausente, absuelto la tercera vez presente, lo contamina Ceciliano? ¿No contamina el africano a los africanos, vivo a los vivos, conocido a los conocidos, partícipe a los socios; y Ceciliano contamina a los transmarinos, contamina a los puestos lejos, contamina a los no condenados? ¿Se sentó contigo condenado por ti, y no te contamina Feliciano? Yo no lo vi, tú conoces a ese: yo creo que aquel es inocente, tú condenaste a ese como nocivo. O si confiesas que fuiste receptor de un inocente, confiesas que fuiste condenador de un inocente.
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Y sin embargo, hermanos míos, no envidiamos la concordia de ellos: terminaron los odios diabólicos suscitados entre sí; como piensan, volvieron a la paz. Pero digo esto: si la rama rota buscó el vástago roto de sí misma; ¿con qué diligencia debe la raíz misma buscar la rama rota de sí misma? Por eso sudamos, por eso trabajamos, por eso hemos peligrado entre sus armas y las sangrientas furias de los circunceliones, y todavía toleramos sus reliquias con la paciencia donada por Dios, mientras la raíz busca la rama, mientras el rebaño busca del redil de Cristo la oveja perdida. Si estamos dotados de entrañas pastorales, debemos estrecharnos por los setos y espinas. Busquemos la oveja con los miembros desgarrados, y llevémosla con alegría al pastor y príncipe de todos. Hemos dicho muchas cosas incluso fatigados, y sin embargo nuestro hermano, por quien decimos esto a vosotros, y a quien decimos igualmente, y por quien hacemos tanto, todavía persiste pertinaz. La fortaleza cruel se cree constante. Que no se gloríe todavía de una vana y falsa fortaleza. Que escuche al Apóstol diciendo: "La virtud se perfecciona en la debilidad". Oremos por él. ¿De dónde sabemos qué quiere Dios? Muchos pensamientos, como está escrito, en el corazón del hombre; el consejo, en cambio, del Señor permanece eternamente.

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