Expositio Epistolae ad Galatas
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Original / primary: Spanish Gemini
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La causa por la que el Apóstol escribe a los gálatas es esta: para que comprendan que la gracia de Dios obra en ellos de tal modo que ya no están bajo la Ley. Pues, habiéndoseles predicado la gracia del Evangelio, no faltaron algunos de la circuncisión que, aunque cristianos de nombre, aún no poseían el beneficio mismo de la gracia y todavía querían estar bajo las cargas de la Ley que el Señor Dios había impuesto, no para servir a la justicia, sino al pecado, dando ciertamente una Ley justa a hombres injustos para señalar sus pecados, no para quitarlos; pues no quita los pecados sino la gracia de la fe, que obra por la caridad. Estando, pues, los gálatas ya constituidos bajo esta gracia, aquellos querían constituirlos bajo las cargas de la Ley, asegurando que el Evangelio no les servía de nada a menos que se circuncidaran y se sometieran a las demás observancias carnales del rito judaico. Y por ello habían comenzado a tener bajo sospecha al apóstol Pablo, de quien les había sido predicado el Evangelio, como si no observara la disciplina de los demás Apóstoles, quienes obligaban a los gentiles a judaizar. Pues el apóstol Pedro había cedido ante los escándalos de tales hombres y había sido llevado a la simulación, como si él mismo pensara que el Evangelio no servía de nada a los gentiles a menos que cumplieran las cargas de la Ley; de cuya simulación el mismo apóstol Pablo lo revoca, como enseña en esta misma Epístola. Tal cuestión existe también en la Epístola a los Romanos; sin embargo, parece haber alguna diferencia, pues allí dirime la contienda misma y compone el litigio que había surgido entre los que habían creído de entre los judíos y los que habían creído de entre los gentiles, cuando aquellos pensaban que el premio del Evangelio les era devuelto como por méritos de las obras de la Ley, premio que no querían que se diera a los incircuncisos por considerarlos indignos; estos, en cambio, se jactaban de preferirse a los judíos, como a los asesinos del Señor. En esta Epístola, en cambio, escribe a quienes ya habían sido conmovidos por la autoridad de aquellos que eran de entre los judíos y obligaban a las observancias de la Ley; pues habían comenzado a creerles, como si el apóstol Pablo no hubiera predicado la verdad al no querer que se circuncidaran. Y por eso comenzó así: Me maravillo de que tan pronto os apartéis del que os llamó a la gracia de Cristo, hacia otro Evangelio. Con este exordio de la causa insinuó brevemente la cuestión. Aunque ya en el saludo mismo, cuando dice que es apóstol, no de parte de hombres ni por medio de hombre, lo cual no se encuentra que haya dicho en ninguna otra epístola, muestra suficientemente que también aquellos que persuadían tales cosas no eran de Dios, sino de hombres; y que no debe considerarse inferior a los demás Apóstoles en lo que respecta a la autoridad del testimonio evangélico, puesto que supo que era apóstol no de parte de hombres ni por medio de hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre. Por tanto, hemos emprendido considerar y tratar cada punto desde el mismo vestíbulo de la Epístola, permitiéndolo el Señor y ayudando a nuestro estudio.
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[GALAT. cap. 1, VV. 1, 2.] Pablo apóstol, no de parte de hombres ni por medio de hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre, que lo resucitó de entre los muertos; y todos los hermanos que están conmigo, a las Iglesias de Galacia. Quien es enviado por hombres es mentiroso; quien es enviado por medio de hombre puede ser veraz, porque también Dios, que es veraz, puede enviar por medio de hombre. Por tanto, quien es enviado no de parte de hombres, ni por medio de hombre, sino por Dios, es veraz por aquel que hace veraces incluso a los enviados por medio de hombre. Los primeros Apóstoles, pues, son veraces, quienes fueron enviados no de parte de hombres, sino por Dios por medio de hombre, es decir, por Jesucristo aún mortal. Veraz es también el último Apóstol, que fue enviado por Jesucristo, ya todo Dios después de su resurrección. Los primeros son los demás Apóstoles por medio de Cristo aún en parte hombre, es decir, mortal; el último es el apóstol Pablo, por medio de Cristo ya todo Dios, es decir, inmortal en todo sentido. Sea, pues, igual la autoridad de su testimonio, en cuyo honor se cumple la clarificación del Señor, si el orden del tiempo tenía algo de menos. Pues por eso, cuando había dicho: Y Dios Padre, añadió: que lo resucitó de entre los muertos; para que también de este modo recordara brevemente que ya había sido enviado por el clarificado.
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[Ib. I, 3-5.] Gracia a vosotros y paz de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia de Dios es aquella por la que se nos perdonan los pecados para que seamos reconciliados con Dios; la paz, en cambio, es aquella por la que somos reconciliados con Dios. Quien se entregó a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo maligno. El siglo presente debe entenderse maligno por los hombres malignos que hay en él, así como decimos también una casa maligna por los habitantes malignos que hay en ella. Según la voluntad de Dios y Padre nuestro, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos, amén. ¿Cuánto más, pues, los hombres no deben atribuirse arrogantemente a sí mismos si obran algún bien, cuando el mismo Hijo de Dios dijo en el Evangelio que no buscaba su propia gloria, ni había venido a hacer su voluntad, sino la voluntad de aquel que lo envió? Esta voluntad y gloria del Padre recordó ahora el Apóstol, para que él también, con el ejemplo del Señor por quien fue enviado, significara que no buscaba su propia gloria ni hacía su propia voluntad en la predicación del Evangelio, como dice poco después: Si agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.
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[Ib. I, 6-9.] Me maravillo de que tan pronto os apartéis del que os llamó a la gracia de Cristo, hacia otro Evangelio, que no es otro. Pues si el Evangelio es otro, fuera de aquel que el Señor dio, ya sea por sí mismo o por medio de alguien, ya ni siquiera puede llamarse correctamente Evangelio. Vigilantemente, sin embargo, cuando había dicho: os apartáis del que os llamó, añadió: a la gracia de Cristo, la cual aquellos querían evacuar, como si Cristo hubiera venido en vano si la circuncisión de la carne y las obras de la Ley de este tipo valieran tanto que por ellas los hombres fueran salvados. A no ser que haya algunos que os perturban y quieren pervertir el Evangelio de Cristo. No es que, de la misma manera que perturban a estos, perviertan también el Evangelio de Cristo, porque permanece firmísimo; pero, sin embargo, quieren pervertirlo aquellos que revocan la intención de los creyentes de las cosas espirituales a las carnales. Pues, habiéndose convertido ellos a estas, el Evangelio permanece no pervertido. Y por eso, cuando había dicho: que os perturban, no dijo: y que pervierten, sino: queriendo, dijo, pervertir el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros, o un ángel del cielo os evangelizara fuera de lo que os hemos evangelizado, sea anatema. La verdad debe ser amada por sí misma, no por el hombre o por el ángel por quien es anunciada. Pues quien la ama por causa de los anunciadores, puede amar también mentiras si acaso ellos mismos profirieran las suyas. Como hemos dicho antes, y ahora de nuevo digo, si alguien os evangelizara fuera de lo que habéis recibido, sea anatema. O bien había predicho esto presente, o porque repitió lo que dijo, por eso quiso decir: Como hemos dicho antes. Sin embargo, la repetición misma mueve saludablemente la intención hacia la firmeza de retener la fe que así se recomienda.
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[Ib. I, 10.] ¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Nadie persuade a Dios, porque todas las cosas le son manifiestas; pero persuade bien a los hombres aquel que no quiere agradarse a sí mismo ante ellos, sino a la verdad misma que persuade. Pues quien agrada a los hombres, no buscando su propia gloria de ellos, sino la de Dios, para que sean salvados, ya no agrada a los hombres, sino a Dios; o ciertamente, cuando agrada a la vez a Dios y a los hombres, no agrada ciertamente a los hombres. Pues una cosa es agradar a los hombres, otra agradar a Dios y a los hombres. Asimismo, quien agrada a los hombres por causa de la verdad, ya no es él mismo quien les agrada, sino la verdad. Dijo, sin embargo, "agradara" en cuanto está en sí mismo, en cuanto atañe a su voluntad; como si dijera: quisiera agradar. Pues si, no obrando él esto, agrada a alguien, como si fuera por sí mismo y no por Dios y el Evangelio que anuncia, debe atribuirse más bien a la soberbia de aquel que a su error, a quien perversamente agrada. Este es, pues, el sentido: ¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O porque busco el favor de los hombres, trato de agradar a los hombres? Si todavía buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Pues él ordena a sus siervos que aprendan de él a ser mansos y humildes de corazón. Lo cual de ninguna manera puede quien busca agradar a los hombres por sí mismo, es decir, por su propia gloria, por así decir, privada y propia. Dice, sin embargo, en otro lugar: "Persuadimos a los hombres, pero a Dios estamos manifiestos"; para que entiendas lo que aquí dice: ¿Busco el favor de los hombres o el de Dios? No ciertamente a Dios, sino a los hombres se debe persuadir. No mueva, pues, que en otro lugar dijo: "Como también yo agrado a todos en todo"; pues añadió: "No buscando lo que a mí me conviene, sino lo que a muchos, para que sean salvados". A nadie, sin embargo, le conviene, para que sea salvo, si el hombre le agrada por sí mismo; quien no agrada útilmente, sino cuando agrada por causa de Dios, es decir, para que Dios agrade y sea glorificado, cuando sus dones son atendidos en el hombre o son recibidos por el ministerio del hombre; cuando, sin embargo, el hombre agrada así, ya no es el hombre, sino Dios quien agrada. Ambos, pues, pueden decirse correctamente: "Yo agrado" y "no agrado". Pues si está presente un buen intelecto y un piadoso buscador, ambos quedarán patentes, y ninguna repugnancia entre ellos rechazará al que entra.
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[Ib. I, 11, 12.] Os hago saber, hermanos, el Evangelio que ha sido evangelizado por mí, que no es según el hombre. Pues ni yo lo recibí de hombre, ni lo aprendí, sino por revelación de Jesucristo. El Evangelio que es según el hombre es mentira. Pues todo hombre es mentiroso; porque cualquier verdad que se encuentre en el hombre no es del hombre, sino de Dios por medio del hombre. Por eso, lo que es según el hombre ya ni siquiera debe llamarse Evangelio; tal como el que traían aquellos que atraían a la servidumbre, desde la libertad, a aquellos a quienes Dios llamaba de la servidumbre a la libertad.
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[Ib. I, 13, 14.] "Pues habéis oído mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la Iglesia de Dios y la devastaba; y progresaba en el judaísmo por encima de muchos de mis contemporáneos en mi linaje, siendo más abundantemente celoso de mis tradiciones paternas". Si progresaba en el judaísmo persiguiendo y devastando a la Iglesia de Dios, aparece que el judaísmo es contrario a la Iglesia de Dios; no por aquella Ley espiritual que recibieron los judíos, sino por la conducta carnal de su servidumbre. Y si Pablo, siendo celoso, es decir, imitador de sus tradiciones paternas, perseguía a la Iglesia de Dios, sus tradiciones paternas son contrarias a la Iglesia de Dios, pero no es culpa de aquella Ley; pues la Ley es espiritual, ni se obliga a ser entendida carnalmente; sino que es vicio de aquellos que, incluso lo que recibieron, lo sienten carnalmente, y entregaron también muchas cosas suyas, disolviendo, como dice el Señor, el mandamiento de Dios por sus tradiciones.
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[Ib. I, 15-19.] Pero cuando plugo a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que lo anunciara entre los gentiles, no consulté enseguida con carne y sangre. Se aparta de algún modo del vientre de la madre quienquiera que es separado de la costumbre ciega de los padres carnales; pero consulta con carne y sangre quienquiera que asiente a sus parientes carnales y consanguíneos que persuaden carnalmente. Ni vine a Jerusalén a mis predecesores, los Apóstoles, sino que fui a Arabia y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro y permanecí con él quince días. Si Pablo, habiendo evangelizado en Arabia, vio después a Pedro, no fue para aprender el Evangelio por medio del mismo Pedro; pues ciertamente lo habría visto antes; sino para acumular la caridad fraterna también con el conocimiento corporal. Pero a otro de los Apóstoles no vi, sino a Santiago, el hermano del Señor. Santiago, hermano del Señor, debe entenderse ya sea de los hijos de José de otra esposa, o de la parentela de María, su madre.
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[Ib. I, 20-24.] Lo que os escribo, he aquí delante de Dios, que no miento. Quien dice: He aquí delante de Dios, que no miento, jura ciertamente. ¿Y qué hay más santo que este juramento? Pero no es contra el precepto el juramento que es del mal, no del que jura, sino de la incredulidad de aquel a quien se le obliga a jurar. Pues de aquí se entiende que el Señor prohibió jurar de tal manera que, en cuanto esté en uno mismo, nadie jure; lo cual muchos hacen teniendo en la boca el juramento como algo grande o suave. Pues ciertamente el Apóstol conocía el precepto del Señor y, sin embargo, juró. Pues no deben ser escuchados quienes no piensan que estos son juramentos. ¿Qué harán, pues, con aquel: "Cada día muero, por vuestra gloria, hermanos, que tengo en Cristo Jesús, Señor nuestro"? lo cual los ejemplares griegos convencen de que es un juramento clarísimo. En cuanto está en sí mismo, pues, el Apóstol no jura; pues no apetece el juramento con codicia o deleite de jurar. Es más que "Sí, sí; No, no", y por eso es del mal, sino de la debilidad o incredulidad de aquellos que no se mueven de otra manera a la fe. Después vine a las partes de Siria y Cilicia. Pero era desconocido de rostro para las Iglesias de Judea que están en Cristo. Debe notarse que no solo en Jerusalén los judíos habían creído en Cristo, ni eran tan pocos que se mezclaran con las Iglesias de los gentiles, sino tantos que de ellos se hacían Iglesias. Pero solo oían que el que en otro tiempo nos perseguía, ahora evangeliza la fe que en otro tiempo devastaba; y en mí glorificaban a Dios. Esto es lo que decía, que no agradaba a los hombres, ciertamente por sí mismo, sino para que en él fuera glorificado Dios; esto es lo que también dice el Señor: "Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos".
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[Ib. II, 1, 2.] Después, pasados catorce años, subí de nuevo a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Como si actuara con más testimonios, cuando nombra también a estos. Subí, sin embargo, según revelación, para que no los moviera por qué subió incluso entonces, cuando durante tanto tiempo no había subido. Por lo cual, si subió por revelación, entonces convenía que subiera. Y expuse a ellos el Evangelio que predico entre los gentiles; pero en privado a los que parecen ser algo. El hecho de que expusiera el Evangelio en privado a los que sobresalían en la Iglesia, cuando ya lo había expuesto ante todos, no se hizo porque hubiera dicho algo falso, para decir la verdad en privado a unos pocos, sino que había callado algunas cosas que los pequeños aún no podían soportar; a quienes dice haber dado leche, no alimento sólido, a los corintios. Pues no es lícito decir nada falso; pero a veces es útil callar algo verdadero. Era necesario que los demás Apóstoles conocieran su perfección. Pues no se seguía que, si era fiel y sostenía una fe verdadera y recta, ya debiera ser también apóstol. Aquello, sin embargo, que añade: "No sea que corra o haya corrido en vano", debe entenderse dicho como por interrogación, no a aquellos con quienes trató el Evangelio en privado, sino a aquellos a quienes escribe; para que de ello apareciera que no corría o había corrido en vano, porque ya también por la atestación de los demás se aprueba que no disiente en nada de la verdad del Evangelio.
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[Ib. II, 3-5.] Pero ni siquiera Tito, que estaba conmigo, dice, siendo griego, fue obligado a circuncidarse. Aunque Tito fuera griego y ninguna costumbre o parentesco de los padres obligara a circuncidarse, como a Timoteo, el Apóstol habría permitido fácilmente que también este fuera circuncidado. Pues no enseñaba que la salvación se quitara por tal circuncisión, sino que, si en ella se establecía la esperanza de la salvación, mostraba que esto era contra la salvación. Podía, pues, tolerar como superflua con ánimo ecuánime, según la sentencia que dijo en otro lugar: "La circuncisión nada es, y el prepucio nada es; sino la observancia de los mandamientos de Dios". Pero por causa de los falsos hermanos subintroducidos no fue obligado Tito a circuncidarse; es decir, no se le pudo extorsionar que se circuncidara, porque aquellos que se subintrodujeron, dice, para espiar la libertad de ellos, observaban vehementemente y deseaban que Tito fuera circuncidado, para que ya predicaran la circuncisión, incluso con la atestación y consentimiento del mismo Pablo, como necesaria para la salvación; y así los redujeran, como dice, a la servidumbre, es decir, los revocaran bajo las cargas serviles de la Ley. A los cuales dice que no cedió en sujeción ni por una hora, es decir, ni por un tiempo, para que la verdad del Evangelio permaneciera para los gentiles.
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[Ib. II, 6-9.] Denotaban, sin embargo, y querían que se tuviera bajo sospecha al apóstol Pablo, los envidiosos, porque en otro tiempo fue perseguidor de las Iglesias; y por eso dice: "De aquellos, sin embargo, que parecen ser algo, cualesquiera que hayan sido en otro tiempo, nada me importa". Porque también los que parecen ser algo, a los hombres carnales les parecen ser algo; pues ellos mismos no son algo. Y si, en efecto, son buenos ministros de Dios, Cristo es algo en ellos, no ellos por sí mismos. Pues si ellos por sí mismos fueran algo, siempre habrían sido algo. Cualesquiera que hayan sido en otro tiempo, es decir, porque también ellos fueron pecadores, dice que nada le importa; porque Dios no acepta la persona del hombre, es decir, sin acepción de personas llamó a todos a la salvación, no imputándoles sus delitos. Y por eso, estando ausentes aquellos que habían sido hechos apóstoles antes, Pablo fue perfeccionado por el Señor; para que, cuando trató con ellos, no hubiera nada que añadir a su perfección; sino que más bien vieran que el mismo Señor Jesucristo, que sin acepción de personas hace salvos, había dado esto a Pablo para que ministrara a los gentiles, lo que también había dado a Pedro para que ministrara a los judíos. No fueron encontrados, pues, en nada que disintieran de él, para que, cuando él dijera que había recibido el Evangelio perfecto, ellos lo negaran y quisieran añadir algo como a un imperfecto; sino que, al contrario, en lugar de reprobadores de la imperfección, fueron aprobadores de la perfección. Y dieron las diestras de la sociedad, es decir, consintieron en la sociedad y obedecieron a la voluntad del Señor, consintiendo que Pablo y Bernabé fueran a los gentiles, ellos, en cambio, a la circuncisión, que parece contraria al prepucio, es decir, a los gentiles. Pues también así puede entenderse lo que dice, al contrario, para que este sea el orden: "Pues a mí, los que parecen ser algo, nada me añadieron, sino al contrario, que nosotros ciertamente fuéramos a los gentiles, que son contrarios a la circuncisión, ellos, en cambio, a la circuncisión, consintieron conmigo y con Bernabé; esto es, nos dieron las diestras de la sociedad".
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Y que nadie piense que fue dicho por él en contumelia de sus predecesores: "Los que parecen ser algo, cualesquiera que hayan sido en otro tiempo, nada me importa". Pues también ellos, como hombres espirituales, querían que se resistiera a los carnales, que pensaban que ellos mismos eran algo, y no más bien Cristo en ellos; y se alegraban mucho cuando se persuadía a los hombres, y que ellos mismos, predecesores de Pablo, al igual que el mismo Pablo, habían sido justificados de pecadores por el Señor, que no acepta la persona del hombre; porque buscaban la gloria de Dios, no la suya. Pero porque los hombres carnales y soberbios, si se dice algo de su vida pasada, se irritan y lo toman como contumelia; conjeturan a los Apóstoles desde su propio ánimo. Pedro, sin embargo, y Santiago y Juan eran más honorables entre los Apóstoles, porque a ellos tres se les mostró el Señor en el monte en significación de su reino, cuando seis días antes había dicho: "Hay aquí algunos de los que están presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en el reino de su Padre". Ni ellos eran columnas, sino que parecían serlo. Pues Pablo sabía que la sabiduría se había edificado una casa, y no había constituido tres columnas, sino siete; cuyo número se refiere ya sea a la unidad de las Iglesias; o ciertamente el número septenario de las columnas se refiere más bien a la operación septenaria del Espíritu Santo, de sabiduría e intelecto, de consejo y fortaleza, de ciencia y piedad, y de temor de Dios, con cuyas operaciones la casa del Hijo de Dios, esto es, la Iglesia, es contenida.
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[Ib. II, 10.] Lo que dice: "Solo que fuéramos memoriosos de los pobres, lo cual también me esforcé por hacer": era cuidado común de todos los Apóstoles por los pobres de los santos que estaban en Judea, quienes habían puesto los precios de sus bienes vendidos a los pies de los Apóstoles. Así, pues, fueron enviados a los gentiles Pablo y Bernabé, para que las Iglesias de los gentiles que no habían hecho esto, ministraran, por exhortación de ellos, a los que lo habían hecho; como dice a los romanos: "Ahora, sin embargo, iré a Jerusalén a ministrar a los santos; pues plugo a Macedonia y Acaya hacer alguna comunión para los pobres de los santos que están en Jerusalén. Pues plugo a ellos, y son deudores de ellos. Pues si los gentiles han participado de sus bienes espirituales, deben también ministrarles en los carnales".
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[Ib. II, 11-16.] En ninguna simulación, pues, había caído Pablo, porque guardaba en todas partes lo que veía que convenía, ya fuera a las Iglesias de los gentiles, ya a las de los judíos, para que en ninguna parte quitara la costumbre que, guardada, no impedía obtener el reino de Dios; solo amonestando que nadie pusiera la esperanza de la salvación en cosas superfluas, incluso si quisiera guardar la costumbre en ellas por causa de la ofensa de los débiles. Como dice a los corintios: "¿Fue llamado alguno circuncidado? No traiga el prepucio. ¿Fue llamado alguno en el prepucio? No se circuncide. La circuncisión nada es, y el prepucio nada es; sino la observancia de los mandamientos de Dios. Cada uno en la vocación en que fue llamado, permanezca en ella". Pues esto lo refirió a aquellas costumbres o condiciones de vida que nada obstan a la fe y a las buenas costumbres. Pues si alguien era ladrón cuando fue llamado, no debe permanecer en el latrocinio. Pedro, sin embargo, cuando hubo llegado a Antioquía, fue reprendido por Pablo, no porque guardara la costumbre de los judíos, en la que había nacido y sido educado (aunque entre los gentiles no la guardaba); sino que fue reprendido porque quería imponerla a los gentiles, cuando había visto que algunos habían venido de parte de Santiago, es decir, de Judea; pues Santiago presidía la Iglesia de Jerusalén. Temiendo, pues, a aquellos que aún pensaban que la salvación estaba constituida en aquellas observancias, se apartaba de los gentiles y simuladamente consentía con ellos en imponer a los gentiles aquellas cargas de servidumbre; lo cual aparece suficientemente en las palabras de la reprensión misma. Pues no dice: "Si tú, siendo judío, vives gentilmente y no judaicamente, ¿cómo vuelves de nuevo a la costumbre de los judíos?", sino: "¿Cómo, dice, obligas a los gentiles a judaizar?". El hecho de que le dijera esto ante todos, la necesidad lo obligó, para que todos fueran sanados por su reprensión. Pues no era útil enmendar en secreto el error que dañaba públicamente. A esto se añade que la firmeza y caridad de Pedro, a quien tres veces le fue dicho por el Señor: "¿Me amas? Apacienta mis ovejas", soportaba voluntariamente tal reprensión del pastor posterior por la salvación del rebaño. Pues era más admirable el mismo que era reprendido que su reprendedor, y más difícil de imitar. Pues es más fácil ver qué corriges en otro, y corregirlo vituperando o reprendiendo, que ver qué debe ser corregido en ti, y ser corregido voluntariamente, ya sea por ti mismo, y mucho menos por otro; añade el posterior, añade ante todos. Vale, sin embargo, esto para un gran ejemplo de humildad, que es la mayor disciplina cristiana; pues por la humildad se conserva la caridad. Pues nada la viola más rápidamente que la soberbia. Y por eso el Señor no dice: "Tomad mi yugo y aprended de mí, porque resucito cadáveres de cuatro días de los sepulcros, y expulso todos los demonios de los cuerpos de los hombres y las enfermedades, y el resto de este tipo"; sino: "Tomad, dice, mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón". Pues aquellas son señales de cosas espirituales; pero ser manso y humilde, conservador de la caridad, son las cosas espirituales mismas, a las cuales son conducidos por aquellas quienes, entregados a los ojos del cuerpo, buscan la fe de las cosas invisibles, porque ya no pueden de las conocidas y usadas, de las nuevas y repentinas visibles. Si, pues, también aquellos que obligaban a los gentiles a judaizar hubieran aprendido a ser mansos y humildes de corazón, lo que Pedro había aprendido del Señor; al menos, corregido tan gran varón, serían invitados a imitar, ni pensarían que el Evangelio de Cristo es devuelto a su justicia como una deuda; sino sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Cristo Jesús, para que cumpla las obras de la Ley, ayudando su debilidad, no por su mérito, sino por la gracia de Dios; no exigirían de los gentiles las observancias carnales de la Ley, sino que reconocerían que por la gracia misma de la fe pueden cumplir las obras espirituales de la Ley. Puesto que por las obras de la Ley, cuando cada uno atribuye estas a sus propias fuerzas, no a la gracia del Dios misericordioso, no será justificada toda carne, es decir, todo hombre, o todos los que sienten carnalmente. Y por eso aquellos que, cuando ya estaban bajo la Ley, creyeron en Cristo, no porque fueran justos, sino para ser justificados, vinieron a la gracia de la fe.
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[Ib. II, 15-18.] El nombre de pecadores habían impuesto los judíos a los gentiles, ya con cierta soberbia antigua, como si ellos mismos fueran justos, viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo. Hablando según la costumbre de ellos, el Apóstol dice: "Nosotros, judíos por naturaleza, y no pecadores de entre los gentiles"; es decir, a quienes llaman pecadores, siendo ellos mismos también pecadores: "Nosotros, pues, dice, judíos por naturaleza, cuando no éramos gentiles, a quienes ellos llaman pecadores, sin embargo, también nosotros, pecadores, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo". Pero no buscarían ser justificados si no fueran pecadores. ¿Acaso porque quisieron ser justificados en Cristo, pecaron? Porque, si ya eran justos, buscando otra cosa ciertamente pecaron; pero, si es así, dice, "luego Cristo es ministro de pecado". Lo cual ciertamente no pueden decir, porque también ellos, que no querían que el Evangelio fuera entregado sino a los gentiles circuncidados, habían creído en Cristo. Y por eso lo que dice: "Lejos de ello", no lo dice solo, sino con ellos. Destruyó, sin embargo, la soberbia que se gloriaba de las obras de la Ley, la cual debía y podía ser destruida, para que la gracia de la fe no pareciera no necesaria si se creyera que las obras de la Ley justifican incluso sin ella. Y por eso es prevaricador si de nuevo edifica aquellas, diciendo que las obras de la Ley justifican incluso sin la gracia, para que Cristo sea encontrado ministro de pecado. Podría, pues, objetársele a él que dice: "Pues si lo que destruí, esto mismo de nuevo edifico, me constituyo a mí mismo prevaricador". ¿Qué, pues, porque atacabas la fe de Cristo antes, la cual ahora edificas, te constituyes prevaricador? Pero aquella no la destruyó, porque no puede ser destruida. Esta soberbia, sin embargo, la había destruido verdaderamente, y la destruía constantemente, porque podía ser destruida. Y por eso no es prevaricador aquel que, cuando intentaba destruir una cosa verdadera, y después conociera que era verdadera y que no podía ser destruida, la sostuvo para que en ella fuera edificado; sino que es prevaricador aquel que, cuando ha destruido una cosa falsa, porque puede ser destruida, la edifica de nuevo.
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[ Ib. II, 19- 21.] Dice que él mismo ha muerto a la Ley, para no estar ya bajo la Ley, pero sí a través de la Ley: ya sea porque era judío y había recibido la Ley como un pedagogo, tal como manifiesta después. Esto se realiza mediante el pedagogo, para que el pedagogo no sea necesario: así como el infante es nutrido por los pechos para que ya no necesite los pechos; y mediante el barco se llega a la patria, para que ya no haya necesidad del barco. O bien, ha muerto a la Ley mediante la Ley entendida espiritualmente, para no vivir carnalmente bajo ella. Pues de este modo quería que murieran a la Ley mediante la Ley, cuando poco después les dice: Decidme, los que queréis estar bajo la Ley, ¿no habéis leído la Ley? Pues está escrito que Abraham tuvo dos hijos, etc., para que mediante la misma Ley entendida espiritualmente murieran a las observancias carnales de la Ley. Lo que añade, Para que viva para Dios; vive para Dios quien está bajo Dios; pero vive para la Ley quien está bajo la Ley: vive bajo la Ley en la medida en que cada uno es pecador, es decir, en la medida en que no ha sido transformado del hombre viejo; pues vive de su propia vida, y por eso la Ley está sobre él; porque quien no la cumple, está debajo de ella. Pues para el justo la Ley no ha sido puesta, es decir, impuesta, para que esté sobre él: pues está más bien en ella que bajo ella; porque no vive de su propia vida, a la cual se impone la Ley para ser reprimida. Pues, por decirlo así, vive de algún modo de la Ley quien vive justamente con el amor a la justicia, gozando no de un bien propio y transitorio, sino de un bien común y estable. Y por eso no había que imponer la Ley a Pablo, quien dice: Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. ¿Quién, pues, se atrevería a imponer la Ley a Cristo, que vive en Pablo? Pues nadie se atreve a decir que Cristo no vive rectamente, para que se le deba imponer la Ley para reprimirlo. Lo que ahora vivo, dice, en la carne; porque no podría decir que Cristo vive todavía mortalmente, y la vida en la carne es mortal; en la fe, dice, vivo del Hijo de Dios: para que incluso así Cristo viva en el creyente, habitando en el hombre interior mediante la fe, para que después lo llene mediante la visión, cuando lo mortal haya sido absorbido por la vida. Pero para mostrar que Cristo vive en él, y que viviendo en la carne vive de la fe del Hijo de Dios, no es por su propio mérito, sino por la gracia de Él: Quien me amó, dice, y se entregó a sí mismo por mí. ¿Por quién, ciertamente, sino por el pecador, para justificarlo? Y esto lo dice quien había nacido y sido educado como judío, y había sido un celoso seguidor de sus tradiciones paternas. Por tanto, si Cristo se entregó también por tales personas, ellos mismos también eran pecadores. No digan, pues, que se dio por los méritos de su justicia, lo cual no era necesario dar a los justos. Pues no he venido a llamar a los justos, dice el Señor, sino a los pecadores: ciertamente para esto, para que no sean pecadores. Si, pues, Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí, no hago vana la gracia de Dios, para decir que la justicia es por la Ley. Pues si la justicia es por la Ley, entonces Cristo murió gratuitamente: es decir, murió sin causa, cuando por la Ley, es decir, por las obras de la Ley en las que confiaban los judíos, podría haber justicia en los hombres. Pero ni siquiera aquellos a quienes refuta dicen que Cristo murió gratuitamente, puesto que querían ser tenidos por cristianos. Por tanto, no persuadían rectamente que los cristianos se justifican por aquellas obras de la Ley.
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[ Ib. III, 1.] A quienes les dice rectamente: ¡Oh gálatas insensatos, quién os ha fascinado? Lo cual no se diría rectamente de aquellos que nunca hubieran progresado, sino de aquellos que habiendo progresado hubieran desfallecido. Ante cuyos ojos Cristo Jesús fue proscrito, crucificado: esto es, ante cuyos ojos Cristo Jesús perdió su herencia y su posesión; quitándosela ciertamente aquellos, y expulsando de allí al Señor, quienes, por la gracia de la fe mediante la cual Cristo posee a las naciones, revocaban a las obras de la Ley a aquellos que habían creído, quitándole su posesión, es decir, a aquellos en quienes habitaba por derecho de gracia y de fe. Lo cual el Apóstol quiere que se vea que ha sucedido en los mismos gálatas: pues a esto se refiere lo que dice: Ante cuyos ojos. ¿Qué ocurrió, en efecto, tan ante sus ojos como lo que ocurrió en ellos mismos? Pero cuando hubo dicho: Jesús Cristo fue proscrito, añadió: crucificado: para moverlos sobremanera desde aquí, cuando consideraran a qué precio compró la posesión que perdía en ellos; de modo que fuera poco que hubiera muerto gratuitamente, lo que había dicho anteriormente. Pues aquello suena como si no hubiera llegado a la posesión por la cual dio su sangre. Pero al proscrito se le quita incluso lo que poseía: mas esta proscripción no daña a Cristo, quien incluso así es Señor de todos por su divinidad; sino a la posesión misma, que carece del cultivo de esta gracia.
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Desde aquí comienza ya a demostrar cómo la gracia de la fe basta para justificar sin las obras de la Ley; para que nadie dijera que él no atribuía toda la justificación del hombre solo a las obras de la Ley, ni tampoco solo a la gracia de la fe, sino que la salvación se perfeccionaba por ambas. Pero para que esta cuestión sea tratada diligentemente, para que nadie sea engañado por la ambigüedad, debe saber primero que las obras de la Ley son bipartitas. Pues se aceptan en parte en los sacramentos y en parte en las costumbres. A los sacramentos pertenecen la circuncisión de la carne, el sábado temporal, las neomenias, los sacrificios y todas las innumerables observancias de este tipo. A las costumbres, en cambio, el No matarás, No cometerás adulterio, No dirás falso testimonio, y las demás cosas semejantes. ¿Acaso, pues, el Apóstol puede no preocuparse de si un cristiano es homicida o adúltero, o casto e inocente, del mismo modo que no se preocupa de si está circuncidado en la carne o incircunciso? Ahora, pues, trata principalmente de aquellas obras que están en los sacramentos, aunque también signifique que aquellas otras a veces se mezclan. Pero cerca del final de la Epístola, tratará por separado de aquellas que están en las costumbres: y lo primero brevemente, lo segundo más largamente. Pues estas cargas se imponen más bien a las naciones cuya utilidad está en el intelecto: pues todas estas cosas se exponen a los cristianos para que entiendan solo lo que valen, no para que sean obligados a hacerlas. Pero en las observancias, si no se entienden, solo hay servidumbre; tal como era en el pueblo de los judíos, y es hasta ahora: pero si aquellas se observan y se entienden, no solo no dañan en nada, sino que incluso aprovechan algo, si se ajustan al tiempo; tal como fueron observadas por el mismo Moisés y los Profetas, ajustándose a aquel pueblo, para el cual tal servidumbre era todavía útil, para que fuera custodiado bajo el temor. Pues nada aterra tan piadosamente al alma como un sacramento no entendido: pero entendido, engendra un gozo piadoso, y se celebra libremente, si es necesario para el tiempo; pero si no es necesario, se lee y se trata solo con suavidad espiritual. Pero todo sacramento, cuando se entiende, se refiere o a la contemplación de la verdad o a las buenas costumbres. La contemplación de la verdad está fundada en el amor a Dios solo: las buenas costumbres en el amor a Dios y al prójimo, en cuyos dos preceptos pende toda la Ley y los Profetas. Ahora, pues, veamos cómo la circuncisión de la carne y las demás obras de la Ley de este tipo no son necesarias donde ya está la gracia de la fe.
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[ Ib. III, 2- 9.] Esto solo, dice, quiero aprender de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley o por la audición de la fe? Se responde: Ciertamente por la audición de la fe. Pues por el Apóstol les fue predicada la fe, en cuya predicación ciertamente habían sentido el advenimiento y la presencia del Espíritu Santo: tal como en aquel tiempo, en la novedad de la invitación a la fe, la presencia del Espíritu Santo aparecía incluso con milagros sensibles, tal como se lee en los Hechos de los Apóstoles. Pero esto había sucedido entre los gálatas antes de que estos vinieran a pervertirlos y circuncidarlos. Este es, pues, el sentido: Si en aquellas obras de la Ley estuviera vuestra salvación, el Espíritu Santo no se os daría sino a los circuncidados. Luego añadió: ¿Tan insensatos sois, que habiendo comenzado por el espíritu, ahora os consumáis por la carne? Esto es lo que había dicho anteriormente en el exordio: Si no hay algunos que os perturban y quieren convertir el Evangelio de Cristo. Pues la perturbación es contraria al orden: pero el orden es subir de las cosas carnales a las espirituales, no caer de las espirituales a las carnales, tal como les había sucedido a ellos. Y esta es la conversión del Evangelio hacia atrás: lo cual, porque no es bueno, no es Evangelio cuando se anuncia esto. Pero lo que dice: ¿Tantas cosas habéis padecido?; ya habían tolerado muchas cosas por la fe, no por temor, como puestos bajo la Ley, sino que más bien en las mismas pasiones habían vencido el temor con la caridad: puesto que la caridad de Dios ha sido derramada en sus corazones por el Espíritu Santo que recibieron. ¿Sin causa, pues, dice, habéis padecido tantas cosas, vosotros que queréis recaer desde la caridad, que tanto sostuvo en vosotros, al temor? Si es que sin causa habéis padecido tantas cosas. Pues lo que se dice que se ha hecho sin causa es superfluo; pero lo superfluo ni aprovecha ni daña; esto, sin embargo, hay que verlo, no sea que valga para la perdición. Pues no es esto no subir, lo que es caer: aunque ellos todavía no habían caído, pero ya se inclinaban para caer. Pues ciertamente todavía el Espíritu Santo obraba en ellos, tal como dice consecuentemente: ¿El que, pues, os da el Espíritu y obra virtudes en vosotros, lo hace por las obras de la Ley o por la audición de la fe? Se responde: Ciertamente por la audición de la fe, tal como se trató anteriormente. Luego añade el ejemplo del padre Abraham, sobre el cual se ha disertado más rica y claramente en la Epístola a los Romanos. Pues esto es lo más victorioso en él, que antes de ser circuncidado, su fe fue contada por justicia, y a esto se refiere rectísimamente lo que se le dijo: Que en ti serán bendecidas todas las naciones: por la imitación ciertamente de su fe, por la cual fue justificado incluso antes del sacramento de la circuncisión, que recibió como sello de la fe, y antes de toda servidumbre de la Ley, que fue dada mucho después.
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[ Ib. III, 10- 12.] Pero lo que dice: Pues todos los que son de las obras de la Ley, están bajo la maldición de la Ley; quiere que se entienda bajo el temor, no en la libertad: para que, ciertamente, se vengara con un castigo corporal y presente en aquellos que no permanecieran en todas las cosas que están escritas en el libro de la Ley, para hacerlas; a esto también se añadía que, en el mismo castigo de los cuerpos, temieran también la ignominia de la maldición. Pero aquel es justificado ante Dios, quien lo adora gratuitamente, no ciertamente con la codicia de apetecer algo de Él fuera de Él mismo, o por el temor de perderlo. Pues solo en Él mismo está nuestra verdadera y perfecta bienaventuranza; y puesto que es invisible a los ojos carnales, se adora por la fe, mientras vivimos en esta carne, tal como dijo arriba: Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios; y esa misma es la justicia. A lo cual pertenece lo que se dijo: Que el justo vive de la fe. Pues desde aquí quiso mostrar que nadie es justificado en la Ley, porque está escrito que el justo vive de la fe. Por lo cual debe entenderse en la Ley, lo que ahora dice en las obras de la Ley, que ha sido dicho; y esto a aquellos que se contienen en la circuncisión de la carne y tales observancias: en las cuales quien vive, está de tal modo en la Ley, que vive bajo la Ley. Pero la Ley, como se ha dicho, la puso ahora por las mismas obras de la Ley, lo cual se manifiesta en lo posterior. Pues dice: Pero la Ley no es de la fe, sino que el que hiciere estas cosas, vivirá en ellas. No dice: El que hiciere ella, vivirá en ella; para que entiendas la Ley en este lugar puesta por las mismas obras. Pero los que vivían en estas obras, temían ciertamente que, si no las hacían, sufrieran la lapidación, o la cruz, o algo semejante. Por tanto, el que hiciere estas cosas, dice, vivirá en ellas; es decir, tendrá el premio, para no ser castigado con esta muerte. No, pues, ante Dios, cuyo premio, si alguien vive de la fe en esta vida, cuando haya salido de aquí, entonces lo tendrá más presentísimo. No vive, pues, de la fe, quienquiera que desea o teme las cosas presentes que se ven; porque la fe de Dios pertenece a las cosas invisibles, que se darán después. Pues hay esta cierta justicia en las obras de la Ley (cuando no ha sido dejada sin su premio), que el que hiciere estas cosas, viva en ellas. De donde también dice a los Romanos: Pues si Abraham fue justificado por las obras, tiene gloria, pero no ante Dios. Otra cosa es, pues, no ser justificado; otra, no ser justificado ante Dios. Quien no es justificado en absoluto, no guarda ni aquellas cosas que tienen un premio temporal, ni aquellas que tienen uno eterno: pero quien es justificado en las obras de la Ley, no es justificado ante Dios; porque espera de allí una recompensa temporal y visible. Pero, sin embargo, hay también esta, como dije, cierta, por decirlo así, justicia terrenal y carnal: pues el mismo Apóstol llama a esa justicia, cuando dice en otra parte: Según la justicia que está en la Ley, habiendo vivido sin reproche.
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[ Ib. III, 13, 14.] Por eso el Señor Jesucristo, que ya iba a dar la libertad a los creyentes, no guardó al pie de la letra algunas de esas observancias. De donde también, cuando los discípulos hambrientos habían arrancado espigas en sábado, respondió a los indignados que el Hijo del hombre es Señor también del sábado. Así pues, al no observar aquellas cosas carnalmente, incendió la envidia de los carnales; y ciertamente asumió el castigo propuesto a aquellos que no las hubieran observado, pero para liberar a los que creían en él del temor de tal castigo: a lo cual pertenece lo que añade: Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición; porque está escrito: Maldito todo el que pende de un madero. Cuya sentencia es para los que entienden espiritualmente un sacramento de libertad: pero para los que sienten carnalmente, si son judíos, es un yugo de servidumbre; si son paganos o herejes, es un velo de ceguera. Pues que algunos de los nuestros, menos instruidos en las Escrituras, temiendo demasiado esta sentencia, y aprobando las antiguas Escrituras con la debida piedad, no piensan que esto ha sido dicho del Señor, sino de Judas su traidor: dicen, en efecto, que por eso no se dijo: Maldito todo el que es fijado en un madero; sino: el que pende de un madero; porque aquí no se significó al Señor, sino a aquel que se suspendió con un lazo: se equivocan demasiado, y no atienden que disputan contra el Apóstol, quien dice: Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición; porque está escrito: Maldito todo el que pende de un madero. Quien, pues, fue hecho por nosotros maldición, él mismo ciertamente pendió de un madero, es decir, Cristo, que nos liberó de la maldición de la Ley; para que ya no fuéramos justificados por el temor en las obras de la Ley, sino por la fe ante Dios, la cual no obra por el temor, sino por la caridad. Pues el Espíritu Santo, que dijo esto por Moisés, proveyó ambas cosas, para que fueran custodiados por el temor del castigo visible aquellos que todavía no podían vivir de la fe de las cosas invisibles; y él mismo disolviera este temor asumiendo lo que se temía, quien, una vez eliminado el temor, podía dar el don de la caridad. Ni en esto de que se llamó maldito al que pende de un madero, debe pensarse que hay contumelia contra el Señor. Pues pendió de un madero por la parte mortal: pero de dónde sea la mortalidad, es conocido por los creyentes; pues es por el castigo y la maldición del pecado del primer hombre, que el Señor asumió, y llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. Si, pues, se dijera: La muerte es maldita; nadie se horrorizaría: ¿pero qué pendió de un madero sino la muerte del Señor, para que venciera a la muerte muriendo? Por tanto, la misma maldición, que fue vencida. Asimismo, si se dijera: El pecado es maldito; nadie se maravillarían: ¿pero qué pendió de un madero sino el pecado del hombre viejo, que el Señor asumió por nosotros en la misma mortalidad de la carne? De donde ni el Apóstol se sonrojó ni temió decir que lo hizo pecado por nosotros, añadiendo: Para que condenara el pecado por el pecado. Pues nuestro hombre viejo no sería crucificado juntamente, tal como el mismo apóstol dice en otra parte, si en aquella muerte del Señor no pendiera la figura de nuestro pecado, para que fuera evacuado el cuerpo del pecado, para que ya no sirvamos al pecado. En cuya figura de pecado y de muerte, también Moisés exaltó en el desierto la serpiente sobre un madero. Pues por la persuasión de la serpiente el hombre cayó en la condenación de la muerte. Así pues, la serpiente, para significación de la misma muerte, fue exaltada convenientemente en el madero: pues en aquella figura la muerte del Señor pendía del madero. ¿Quién, pues, se horrorizaría si se dijera: Maldita la serpiente que pende de un madero? Y sin embargo, la serpiente que prefiguraba la muerte de la carne del Señor pendía del madero, sacramento al cual el mismo Señor dio testimonio, diciendo: Como Moisés exaltó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea exaltado el Hijo del hombre sobre la tierra. Pues nadie dirá que Moisés hizo esto en contumelia del Señor, cuando conocía que en aquella cruz estaba tal salvación de los hombres, que no por otra cosa mandaba erigir aquella serpiente para su indicio, sino para que los que, mordidos por las serpientes, iban a morir, al mirarla fueran sanados continuamente. Ni por otra cosa aquella serpiente de bronce había sido hecha, sino para significar la fe de la pasión del Señor que había de permanecer. Pues incluso vulgarmente se llaman de bronce aquellas cosas cuyo número permanece. Pues si los hombres se hubieran olvidado, y se hubiera borrado de la memoria del tiempo que Cristo murió por los hombres, verdaderamente morirían: ahora, en cambio, la fe de la cruz permanece como de bronce, para que, mientras unos mueren y otros nacen, encuentren, sin embargo, que ella misma permanece sublime, al mirarla sean sanados. No es, pues, de extrañar si venció la maldición desde la maldición, quien venció la muerte desde la muerte, y el pecado desde el pecado, la serpiente desde la serpiente. Pero la muerte es maldita, el pecado es maldito, la serpiente es maldita; y todas estas cosas fueron triunfadas en la cruz. Maldito, pues, todo el que pende de un madero. Porque, pues, Cristo justifica a los que creen en él no por las obras de la Ley, sino por la fe, el temor de la maldición de la cruz ha sido eliminado: la caridad de la bendición de Abraham permanece para las naciones por el ejemplo de la fe. Para que recibamos, dice, la anunciación del espíritu por la fe: es decir, para que no se anuncie a los que van a creer lo que se teme en la carne, sino lo que se ama en el espíritu.
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[ Ib. III, 15- 18.] De donde también hace mención del testamento humano, que ciertamente es mucho más débil que el divino. Sin embargo, el testamento confirmado de un hombre, dice, nadie lo hace nulo, ni lo sobreordena. Porque cuando el testador cambia el testamento, no cambia uno confirmado: pues se confirma con la muerte del testador. Pero lo que la muerte del testador vale para confirmar su testamento, porque ya no puede cambiar su consejo; esto vale la inmutabilidad de la promesa de Dios para confirmar la herencia de Abraham, cuya fe fue contada por justicia. Y por eso el Apóstol llama simiente de Abraham, a quien se dijeron las promesas, a Cristo, esto es, a todos los cristianos que imitan a Abraham por la fe: lo cual reduce a la singularidad, encomiando que no se dijo: Y a las simientes, sino: A tu simiente; porque una es la fe, y no pueden ser justificados de igual modo los que viven de las obras carnalmente, que aquellos que viven de la fe espiritualmente. Pero son vencidos por lo que añade: La Ley no había sido dada todavía, ni podría ser dada después de tantos años de tal modo que hiciera nulas las antiguas promesas de Abraham. Pues si la Ley justifica, no ha sido justificado Abraham, que fue mucho antes de la Ley. Lo cual, porque no pueden decirlo, son obligados a confesar que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe. Al mismo tiempo también nos obliga a entender que todos los antiguos que fueron justificados, fueron justificados por la misma fe. Pues lo que nosotros, creyendo en parte lo pasado, es decir, el primer advenimiento del Señor; en parte lo futuro, es decir, el segundo advenimiento del Señor, nos hacemos salvos: todo esto ellos, es decir, ambos advenimientos, creían que eran futuros, revelándoselo el Espíritu Santo, para que fueran salvos. De donde es también aquello: Abraham deseó ver mi día, y lo vio, y se alegró.
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[ Ib. III, 19, 20.] Sigue una cuestión bastante necesaria: Pues si la fe justifica, y los santos anteriores, que fueron justificados ante Dios, fueron justificados por ella, ¿qué necesidad había de que se diera la Ley? Cuya cuestión, para ser tratada, la introdujo así, preguntando y diciendo: ¿Qué, pues? Hasta aquí es la interrogación: luego se infiere la respuesta: La Ley fue propuesta por causa de la transgresión, dice, hasta que viniera la simiente a quien se prometió, dispuesta por los ángeles en mano del Mediador. Pero el mediador no es de uno solo, pero Dios es uno solo. Que el Mediador Jesucristo es llamado según el hombre, se hace más claro por aquella sentencia del mismo apóstol, cuando dice: Pues uno es Dios, y uno también el mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús. Mediador, pues, entre Dios y Dios no podría ser, porque uno es Dios: pero el mediador no es de uno solo, porque es mediador entre algunos. Además, los ángeles, que no han caído de la vista de Dios, no tienen necesidad de mediador por quien sean reconciliados. Asimismo, los ángeles que, sin que nadie los persuadiera, cayeron así por prevaricación espontánea, no son reconciliados por un mediador. Resta, pues, que quien fue derribado por el mediador soberbio, el diablo, persuadiéndole la soberbia, sea levantado por el mediador humilde, Cristo, persuadiéndole la humildad. Pues si el Hijo de Dios quisiera permanecer en la igualdad natural del Padre, y no se anonadara, tomando forma de siervo; no sería mediador de Dios y de los hombres: porque la misma Trinidad es un solo Dios, siendo la misma en tres, Padre e Hijo y Espíritu Santo, constante en la eternidad y igualdad de la deidad. Así, pues, el único Hijo de Dios se hizo mediador de Dios y de los hombres, cuando el Verbo de Dios, Dios ante Dios, bajó su majestad hasta las cosas humanas, y subió la humildad humana hasta las divinas, para que fuera mediador entre Dios y los hombres, hombre por Dios más allá de los hombres. Pues él es hermoso en forma más que los hijos de los hombres, y ungido con óleo de alegría más que sus compañeros. Fueron sanados, pues, de la impiedad de la soberbia, para ser reconciliados con Dios, cualesquiera hombres que amaron la humildad de Cristo, tanto por la revelación antes de que sucediera, como por el Evangelio después de que sucedió, creyendo, y amaron imitándola. Pero esta justicia de la fe, porque no fue dada a los hombres por mérito, sino por la misericordia y la gracia de Dios, no era popular antes de que Dios naciera hombre entre los hombres. Pero la simiente a quien se prometió, significa el pueblo; no aquellos poquísimos que, viendo por revelaciones que ella sería futura, aunque fueran salvos por ella, no podían sin embargo hacer salvo al pueblo. El cual pueblo, ciertamente, si se considera por todo el orbe (pues de todo el orbe congrega la Iglesia Jerusalén celestial), son pocos, porque el camino estrecho es de pocos: sin embargo, congregados en uno, cuantos pudieron existir, desde que se predica el Evangelio, y cuantos podrán hasta el fin del siglo por todas las naciones, añadidos a sí también aquellos, aunque poquísimos, que percibieron la salvación de la gracia por la fe del Señor, fe profética, antes de ambos advenimientos suyos, llenan el estado más bienaventurado de los santos de la ciudad sempiterna. Al pueblo soberbio, pues, se le puso la Ley, para que, puesto que no podía recibir la gracia de la caridad a menos que fuera humillado, y sin esta gracia de ningún modo cumpliría los preceptos de la Ley, fuera humillado por la transgresión, para que buscara la gracia, y no opinara que se hacía salvo por sus propios méritos, lo cual es soberbio; para que no fuera justo en su potestad y fuerzas, sino en la mano del Mediador que justifica al impío. Pero por los ángeles fue administrada toda la dispensación del Antiguo Testamento, obrando en ellos el Espíritu Santo, y el mismo Verbo de la verdad, no encarnado todavía, pero nunca retirándose de alguna administración verídica. Porque por los ángeles fue dispuesta aquella dispensación de la Ley, cuando a veces actuaban su persona, a veces la de Dios, tal como es también costumbre de los Profetas; y por aquella Ley que mostraba las enfermedades, no las quitaba, también fue quebrantada la soberbia por el crimen de la prevaricación: fue dispuesta por los ángeles la simiente en mano del Mediador, para que él mismo liberara de los pecados, ya obligados por la transgresión de la Ley a confesar que tenían necesidad de la gracia y la misericordia del Señor, para que se les perdonaran los pecados, y en la nueva vida fueran reconciliados con Dios por aquel que había derramado su sangre por ellos.
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[ Ib. III, 21, 22.] Pues en estos había que quebrantar la soberbia por la transgresión de la Ley, los cuales, gloriándose del padre Abraham, se jactaban como si tuvieran una justicia natural, y preferían sus méritos en la circuncisión a las demás naciones tanto más perniciosamente cuanto más arrogantemente. Pero las naciones se humillarían facilísimamente incluso sin tal transgresión de la Ley. Pues los hombres, previendo que no traían ninguna origen de justicia de sus padres, la gracia evangélica encontró incluso siervos de simulacros. Pues no, como se les podía decir a estos que no había sido aquella justicia de sus padres en adorar ídolos, la cual arbitraban que era, así también se podía decir a los judíos que había sido falsa la justicia del padre Abraham. Así pues, a aquellos se les dice: «Haced, pues, fruto digno de penitencia: y no digáis entre vosotros: Tenemos por padre a Abraham. Pues Dios es poderoso para suscitar hijos de Abraham de estas piedras». A estos, en cambio, se les dice: «Por lo cual recordad que vosotros en otro tiempo erais naciones en la carne, que sois llamados prepucio por la que es llamada circuncisión en la carne hecha por mano, que erais en aquel tiempo sin Cristo, alienados de la sociedad de Israel, y extranjeros de los testamentos, no teniendo esperanza de la promesa, y sin Dios en este mundo». «Finalmente, allí los infieles fueron desgajados de su propio olivo, aquí, en cambio, los fieles fueron injertados de olivo silvestre en el olivo de ellos, se muestra. De aquellos, pues, había que destruir la soberbia por la transgresión de la Ley. Tal como a los Romanos, cuando hubo exagerado sus pecados con palabras de las Escrituras, dice: Sabemos, pues, que todo lo que la Ley dice, lo dice a los que están en la Ley, para que toda boca sea obstruida, y todo el mundo se haga reo ante Dios: los judíos ciertamente por la transgresión de la Ley, y las naciones por la impiedad sin la Ley. De donde también dice de nuevo: Pues Dios encerró a todos en la incredulidad, para tener misericordia de todos. Esto también dice ahora, refregando la misma cuestión: ¿La Ley, pues, contra las promesas de Dios? Absit. Pues si se hubiera dado una Ley que pudiera vivificar, la justicia sería totalmente por la Ley. Pero la Escritura encerró todo bajo el pecado, para que la promesa fuera dada por la fe de Jesucristo a los creyentes. No, pues, se dio la Ley para que quitara el pecado, sino para que encerrara todo bajo el pecado. Pues la Ley mostraba que era pecado, lo que ellos, cegados por la costumbre, podían pensar que era justicia: para que, humillados de este modo, conocieran que su salvación no estaba en su mano, sino en la mano del Mediador. Pues sobremanera la humildad revoca, de donde nos derribó la soberbia. Y la misma humildad es acomodada para percibir la gracia de Cristo, quien es el ejemplo singular de humildad.
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[ Ib. III, 23.] Ni nadie aquí diga tan imperitamente: ¿Por qué, pues, no aprovechó a los judíos que, ministrando la Ley por los ángeles, fueran dispuestos en mano del Mediador? Pues aprovechó, cuanto no se puede decir. Pues ¿qué Iglesias de las naciones pusieron a los pies de los Apóstoles los precios de sus cosas vendidas, lo que tantos miles de hombres hicieron tan repentinamente? Ni deben considerarse las turbas de los infieles: pues toda era tiene en muchas partes más paja que trigo. ¿De dónde, pues, también aquellas palabras del mismo apóstol a los Romanos, sino de la santificación de los judíos? ¿Qué, pues? ¿Acaso Dios rechazó a su pueblo? Absit. Pues también yo soy israelita de la simiente de Abraham, de la tribu de Benjamín. Dios no rechazó a su pueblo, al cual conoció de antemano. Pero cuando alababa ante las demás Iglesias de las naciones a la Iglesia de los tesalonicenses, dice que se hicieron semejantes a las Iglesias de Judea; porque habían padecido muchas cosas de sus contribulios por la fe, como también ellos de los judíos. De aquí es también aquello, que poco antes conmemoré, que dice a los Romanos: Pues si las naciones han participado de sus cosas espirituales, deben también ministrarles en las carnales. De los mismos judíos, pues, dice también consecuentemente: Pero antes de que viniera la fe, éramos custodiados bajo la Ley, encerrados en aquella fe, que después fue revelada. Pues para que fueran encontrados tan cerca, y tan de cerca accedieran a Dios vendidas sus cosas, lo que el Señor mandó a ellos que quisieran ser perfectos, se hizo por la misma Ley, bajo la cual eran custodiados, encerrados en aquella fe, es decir, en el advenimiento de aquella fe, que después fue revelada: pues el encerramiento de ellos era entonces el temor de un solo Dios. Y que fueron encontrados prevaricadores de la misma Ley, no valió para la perdición, sino para la utilidad de aquellos que creyeron: pues el conocimiento de una mayor enfermedad, hizo que se deseara al médico más vehementemente, y se amara más ardientemente. Pues a quien se le perdona mucho, mucho ama.
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[Ib. III, 24-27.] Por tanto, la Ley, dice, fue nuestro pedagogo en Cristo: esto es lo que afirma: Bajo la Ley éramos custodiados, encerrados en ella. Después de que vino la fe, ya no estamos bajo un pedagogo. Reprende, pues, ahora a aquellos que hacen vana la gracia de Cristo: pues como si aún no hubiera venido quien llamara a la libertad, quieren estar todavía bajo un pedagogo. El hecho de que diga que todos son hijos de Dios por la fe, porque se revistieron de Cristo, todos los que fueron bautizados en Cristo, tiene por objeto que los gentiles no desesperaran de sí mismos, por no ser custodiados bajo un pedagogo y, por tanto, no considerarse hijos; sino que, al revestirse de Cristo por la fe, todos se hacen hijos; no por naturaleza, como el Hijo único, que es también la Sabiduría de Dios; ni por la prepotencia y singularidad de la asunción para poseer naturalmente y desempeñar la persona de la Sabiduría, como el mismo Mediador, hecho uno con la misma Sabiduría que asume sin la interposición de mediador alguno; sino que se hacen hijos por participación de la sabiduría, preparándolo y otorgándolo la fe del Mediador: cuya gracia de la fe llama ahora vestidura, para que se hayan revestido de Cristo quienes creyeron en él, y por ello se hayan hecho hijos de Dios y hermanos de ese mismo Mediador.
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[Ib. III, 28, 29.] En esta fe no hay distinción de judío ni de griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer: pues en la medida en que todos son fieles, todos son uno en Cristo Jesús. Y si esto lo hace la fe, por la cual se camina justamente en esta vida, ¡cuánto más perfecta y cumplidamente lo hará la visión misma, cuando veremos cara a cara! Pues ahora, aunque poseemos las primicias del espíritu, que es vida, por la justicia de la fe; sin embargo, porque el cuerpo está aún muerto a causa del pecado, esa diferencia, ya sea de gentiles, de condición o de sexo, ha sido ciertamente eliminada de la unidad de la fe, pero permanece en la conducta mortal; y que su orden debe ser guardado en el camino de esta vida, lo prescriben también los Apóstoles, quienes dan además normas muy saludables sobre cómo vivir unos con otros según la diferencia de nación, judío y griego; y según la diferencia de condición, amos y esclavos; y según la diferencia de sexo, maridos y mujeres, o si ocurren otras cosas semejantes; y el mismo Señor antes, quien dijo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Pues una cosa es lo que observamos en la unidad de la fe sin distinción alguna, y otra en el orden de esta vida como en el camino, para que el nombre de Dios y la doctrina no sean blasfemados. Y esto no solo por ira, para evitar la ofensa de los hombres, sino también por conciencia, para que no hagamos estas cosas simuladamente, como ante los ojos de los hombres, sino con la pura conciencia de la caridad por Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Todos, pues, dice, sois uno en Cristo Jesús. Y añadió: Si, sin embargo, para que aquí se distinga y se sobreentienda, sois uno en Cristo Jesús, y luego se infiera: Luego sois descendencia de Abraham: para que este sea el sentido: Todos, pues, sois uno en Cristo Jesús; si, sin embargo, sois uno en Cristo Jesús, luego sois descendencia de Abraham. Pues arriba había dicho: No dice: Y a las descendencias, como de muchos; sino como de uno: Y a tu descendencia, que es Cristo. Aquí, pues, muestra que el único Cristo, descendencia, no debe entenderse solo como el Mediador mismo, sino también como la Iglesia, de cuyo cuerpo él es la cabeza: para que todos sean uno en Cristo y reciban la herencia según la promesa por la fe, en la cual estaba encerrado; esto es, en cuya venida, como bajo un pedagogo, era custodiado el pueblo hasta la oportunidad de la edad, en la que debían ser llamados a la libertad aquellos que en el mismo pueblo fueron llamados según el propósito, es decir, los que en aquella era fueron hallados como trigo.
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[Ib. IV, 1-3.] Pues a esto añade: Digo, pues, que mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia del esclavo, aunque sea dueño de todo; sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo prefijado por el padre: así también nosotros, cuando éramos menores, estábamos esclavizados bajo los elementos de este mundo. Pero puede preguntarse cómo, según esta semejanza, los judíos estuvieron bajo los elementos de este mundo, cuando por la Ley que recibieron se les recomendaba adorar al único Dios que hizo el cielo y la tierra. Pero puede haber otra salida a este capítulo, de modo que, habiendo hecho arriba de la Ley un pedagogo bajo el cual estaba aquel pueblo de los judíos, ahora llame tutores y administradores a los elementos del mundo, bajo los cuales estaban esclavizados los gentiles: de modo que aquel hijo menor, es decir, el pueblo que por una sola fe pertenece a la única descendencia de Abraham, puesto que ha sido congregado tanto de judíos como de gentiles, haya estado en parte bajo el pedagogo de la Ley, en el tiempo de su infancia, es decir, por aquella parte en que fue congregado de los judíos; y en parte bajo los elementos de este mundo, a los cuales servía como a tutores y administradores, por aquella parte en que fue congregado de los gentiles: de modo que el hecho de que el Apóstol mezcle su propia persona, no diciendo: Cuando erais menores, estabais bajo los elementos de este mundo; sino diciendo: Cuando éramos menores, estábamos esclavizados bajo los elementos de este mundo, no pertenezca a la significación de los judíos, de quienes Pablo deriva su origen, sino más bien a la de los gentiles, al menos en este lugar: puesto que también puede unir decentemente a su persona a aquellos a quienes fue enviado a evangelizar.
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[Ib. IV, 4, 5.] Después dice ya que, al llegar la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo para liberar al heredero menor, que servía, en parte a la Ley como a un pedagogo, y en parte a los elementos de este mundo como a tutores y administradores: Envió Dios, dice, a su Hijo, nacido de mujer. Puso mujer por hembra, según el modo de hablar de los hebreos. Pues no porque se haya dicho de Eva: La formó en mujer, ya había experimentado el coito del varón, lo cual no se escribe que haya experimentado sino cuando fueron expulsados del paraíso. Dijo, sin embargo, nacido, por la asunción de la criatura; porque los que nacen de hembras no nacen entonces de Dios, pero Dios los hace para que puedan nacer así, como a toda criatura. Dijo, sin embargo, nacido bajo la Ley, porque también fue circuncidado y se ofreció por él la hostia legítima. Y no es de extrañar si soportó también aquellas obras de la Ley, de las cuales liberaba a quienes estaban esclavizados por ellas; quien soportó también la muerte, para liberar de ella a quienes estaban sujetos por la mortalidad. Para que recibamos, dice, la adopción de hijos. Dice adopción por eso, para que entendamos distintamente al único Hijo de Dios. Pues nosotros somos hijos de Dios por beneficio y dignación de su misericordia: él es Hijo por naturaleza, que es lo mismo que el Padre. Y no dijo: aceptemos, sino: recibamos, para significar que esto lo habíamos perdido en Adán, desde el cual somos mortales. Esto, pues, que dice: Para redimir a los que estaban bajo la Ley, pertenece a liberar a aquel pueblo que, siendo menor, servía bajo el pedagogo; y se refiere a lo que dijo: nacido bajo la Ley. Aquello, sin embargo, que dice: para que recibamos la adopción de hijos, se refiere a lo que dijo: nacido de mujer. Pues de aquí recibimos la adopción, porque aquel Único no desdeñó la participación de nuestra naturaleza, nacido de mujer, para que no solo fuera Unigénito donde no tiene hermanos, sino que también se hiciera Primogénito entre muchos hermanos. Pues propuso dos cosas: nacido de mujer, nacido bajo la Ley; pero respondió cambiando el orden.
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[Ib. IV, 6.] Uniendo ya a aquel pueblo que, siendo menor, servía bajo tutores y administradores, es decir, bajo los elementos de este mundo, para que no pensaran que no eran hijos porque no estaban bajo un pedagogo, dice: Y porque sois hijos, envió Dios el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, que clama: ¡Abba, Padre! Son dos palabras las que puso, para que la segunda interpretara a la primera: pues esto es Abba, lo que Padre. Se entiende elegantemente que no puso en vano palabras de dos lenguas que significan lo mismo, por causa de todo el pueblo que, de judíos y gentiles, ha sido llamado a la unidad de la fe: para que la palabra hebrea pertenezca a los judíos, la griega a los gentiles, pero la misma significación de ambas palabras pertenezca a la unidad de la misma fe y del mismo espíritu. Pues también a los romanos, donde se trata una cuestión similar sobre la paz en Cristo de judíos y gentiles, dice esto: Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud de nuevo en el temor; sino que habéis recibido el Espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: ¡Abba, Padre! Con razón, pues, quiso probar a los gentiles, por la presencia y el don del Espíritu Santo, que pertenecen a la promesa de la herencia. Pues no se evangelizó a los gentiles sino después de la ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo. Pues ya habían comenzado a creer los judíos cuando el Hijo de Dios aún llevaba en la tierra al hombre mortal, como está escrito en el Evangelio: donde, aunque él mismo alabó la fe de la mujer cananea y la de aquel centurión, de quien dijo no haber hallado tal fe en Israel; sin embargo, que entonces se evangelizó propiamente a los judíos, es bastante claro por las palabras del mismo Señor, cuando ante la súplica de la misma cananea dijo que no había sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel: y cuando enviaba a los discípulos, dijo: No vayáis por el camino de los gentiles, y no entréis en las ciudades de los samaritanos; sino id primero a las ovejas que perecieron de la casa de Israel. Llamó, sin embargo, a otro redil de los gentiles cuando decía: Tengo otras ovejas que no son de este redil; las cuales, sin embargo, dijo que traería, para que hubiera un solo rebaño y un solo pastor: ¿cuándo, sin embargo, sino después de su clarificación? Después de la resurrección, sin embargo, envió a los discípulos también a los gentiles, cuando les había ordenado permanecer entretanto en Jerusalén, hasta que les enviara el Espíritu Santo según su promesa. Cuando, pues, el Apóstol hubo dicho: Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibamos la adopción de hijos; restaba mostrar que también los gentiles, que no estaban bajo la Ley, pertenecen sin embargo a la misma adopción de hijos: lo cual enseña por el don del Espíritu Santo, que ha sido dado a todos. De donde también Pedro se defiende ante los judíos que habían creído sobre el centurión Cornelio, incircunciso y bautizado, diciendo que no había podido negar el agua a aquellos a quienes ya había quedado claro que habían recibido el Espíritu Santo. Pues también el mismo Pablo usó anteriormente ese documento tan grave, cuando decía: Esto solo quiero aprender de vosotros: ¿Por las obras de la Ley recibisteis el Espíritu, o por la audición de la fe? Y poco después: El que, pues, os otorga el Espíritu y obra virtudes en vosotros: ¿Por las obras de la Ley, o por la audición de la fe? Así también aquí: Porque, dice, sois hijos de Dios, envió Dios el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, que clama: ¡Abba, Padre!
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[Ib. IV, 7, 8.] Después muestra manifiestamente que habla también de aquellos que habían venido a la fe desde los gentiles, a quienes también escribe la Epístola: Así que ya, dice, no es esclavo, sino hijo: por lo que había dicho: Mientras el heredero es menor, en nada se diferencia del esclavo. Si, sin embargo, es hijo, dice, y heredero por Dios: esto es, por la misericordia de Dios, no por las promesas de los padres, de los cuales no nació carnalmente como los judíos; pero, sin embargo, es hijo de Abraham según la imitación de la fe, cuya gracia de la fe mereció por la misericordia del Señor. Pero entonces, ciertamente, dice, ignorando a Dios, servisteis a los que por naturaleza no son dioses. Ahora, ciertamente, porque no escribe a los judíos, sino a los gentiles; y no dice: servimos, sino: servisteis: es bastante probable que también arriba se haya dicho de los gentiles que estaban esclavizados bajo los elementos de este mundo, como bajo tutores y administradores. Pues los elementos mismos, ciertamente, no son naturalmente dioses, «ya sea en el cielo, ya sea en la tierra: como hay muchos dioses y muchos señores; pero para nosotros un solo Dios Padre, de quien son todas las cosas, y nosotros en él; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por él». Cuando, sin embargo, dice: A los que por naturaleza no son dioses, servisteis, demuestra suficientemente que el único Dios verdadero es Dios por naturaleza, cuyo nombre se recibe en el seno más fiel y católico del corazón. A aquellos, sin embargo, que no son dioses por naturaleza, los llama arriba tutores y administradores, porque no hay criatura, ya sea la que permanece en la verdad, dando gloria a Dios; ya sea la que no permaneció en la verdad, buscando su propia gloria: no hay, digo, criatura que no sirva, quiera o no, a la divina providencia; pero la que quiere hace con ella lo que es bueno; de la que, sin embargo, no quiere esto, se hace lo que es justo. Pues si también los mismos ángeles prevaricadores, con su príncipe el diablo, no fueran llamados rectamente tutores o administradores de la divina providencia, el Señor no llamaría al diablo magistrado de este mundo; ni la misma potestad apostólica se serviría de él para la corrección de los hombres, diciendo el mismo Pablo en otro lugar: A quienes entregué a Satanás, para que aprendan a no blasfemar: y en otro lugar para la salvación; pues dice: «Yo, ciertamente, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya he juzgado como presente, al que así ha obrado, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregar a tal hombre a Satanás para la destrucción de la carne, para que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. Pero también el magistrado bajo el emperador establecido no hace sino lo que se le permite; y los tutores y administradores de este mundo no hacen nada sino lo que el Señor permite. Pues no le oculta nada, como al hombre; ni es menos poderoso en algo, de modo que los tutores y administradores, que están en su potestad, realicen algo en las cosas sujetas a ellos según su grado, sin que él lo permita o sin que él lo sepa. No se les retribuye, sin embargo, lo que de ellos se hace justamente, sino con qué ánimo ellos lo hacen: porque Dios no negó la libre voluntad a su criatura racional; y, sin embargo, retuvo para sí la potestad con la que ordena justamente incluso a los injustos. Este lugar lo hemos tratado a menudo más amplia y abundantemente en otros libros (En los libros sobre el Libre Albedrío). Ya sea, pues, que los gentiles adoraran al sol, a la luna, a los astros, al cielo, a la tierra y a otras cosas semejantes, o a los demonios, se entiende rectamente que estuvieron bajo tutores y administradores.
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[Ib. IV, 9.] Sin embargo, las cosas que siguen implican de nuevo la cuestión ya como explicada. Pues como a través de toda la Epístola muestra que la fe de los gálatas no fue solicitada por otros sino por aquellos que eran de la circuncisión, y deseaban llevarlos a las observancias carnales de la Ley, como si en ellas estuviera la salvación; solo en este lugar parece hablar a aquellos que intentaban volver a las supersticiones de los gentiles. Pues dice: «Ahora, sin embargo, conociendo a Dios, o más bien conocidos por Dios, ¿cómo volvéis de nuevo a los débiles y pobres elementos, a los cuales de nuevo queréis servir como antes?». Pues en lo que dice: volvéis, cuando no habla a los circuncisos, sino a los gentiles, como aparece en toda la Epístola; no dice ciertamente que vuelven a la circuncisión, en la que nunca estuvieron, sino a los débiles, dice, y pobres elementos, a los cuales de nuevo queréis servir como antes. Lo cual nos vemos obligados a entender de los gentiles: pues a ellos les había dicho arriba: Pero entonces, ciertamente, ignorando a Dios, servisteis a los que por naturaleza no son dioses; a cuya servidumbre significa que quieren volver, cuando dice: ¿Cómo volvéis a los débiles y pobres elementos, a los cuales de nuevo queréis servir como antes?
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[Ib. IV, 10, 11.] Lo que añade, Observáis días, y meses, y años, y tiempos: temo por vosotros, no sea que en vano haya trabajado en vosotros, parece poder confirmar más esta sentencia. Pues es muy vulgar ese error de los gentiles, de que, ya sea en la realización de asuntos, ya sea en la espera de los acontecimientos de la vida y de sus negocios, observen los días, y meses, y años, y tiempos señalados por los astrólogos y caldeos. Quizás, sin embargo, no hay necesidad de que entendamos esto del error de los gentiles, para que no parezcamos querer desviar temerariamente hacia otra cosa la intención de la causa, que desde el principio emprendida lleva hasta el fin; sino más bien de aquellos, sobre cuya precaución parece tratar a través de toda la Epístola. Pues también los judíos observan servilmente días, y meses, y años, y tiempos en la observación carnal del sábado y la neomenia, y el mes de los nuevos, y cada séptimo año al que llaman Sábado de sábados. Los cuales, puesto que eran sombras de lo futuro, permanecieron ya al venir Cristo en la superstición, cuando eran observados como saludables por quienes no saben a qué deben referirse: como si el Apóstol hubiera dicho esto a los gentiles: ¿Qué aprovecha que hayáis escapado de la servidumbre en la que estabais sujetos, cuando servíais a los elementos del mundo, cuando volvéis de nuevo a tales cosas, seducidos por aquellos que, no conociendo aún el tiempo de su libertad, entre las demás obras de la Ley que juzgan carnalmente, sirven también a los tiempos; a los cuales también vosotros queréis servir de nuevo como antes, y observar con ellos días, y meses, y años, y tiempos, a los cuales servíais también antes de que creyerais en Cristo? Pues es manifiesto que los volúmenes de los tiempos son administrados por los elementos de este mundo, esto es, el cielo y la tierra y los movimientos y el orden de los astros. Los cuales llama débiles, por el hecho de que varían en una especie débil e inestable: pobres, sin embargo, por el hecho de que carecen de la suma y estable especie del Creador, para que puedan ser como son.
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Por tanto, elija el lector la sentencia que quiera, con tal de que entienda que las supersticiosas observaciones de los tiempos pertenecen a tal peligro del alma, que el Apóstol ha añadido a este lugar: Temo por vosotros, no sea que en vano haya trabajado en vosotros. Lo cual, cuando se lee con tanta celebridad y autoridad por todo el orbe de la tierra en las Iglesias, nuestras asambleas están llenas de hombres que reciben de los matemáticos los tiempos de realizar las cosas. Ya, ciertamente, para que no se inicie algo, ya sea de edificios, o de cualesquiera obras de este tipo, en los días que llaman egipcios, a menudo no dudan en advertirnos también a nosotros, sin saber, como se dice, por dónde caminan. Lo cual, si este lugar debe entenderse de la supersticiosa observación de los judíos, ¿qué esperanza tienen, cuando quieren ser llamados cristianos, gobernando una vida naufragante por efemérides, cuando de los Libros divinos, que Dios dio aún al pueblo carnal, si observaran los tiempos al modo de los judíos, les diría el Apóstol: Temo por vosotros, no sea que en vano haya trabajado en vosotros? Y, sin embargo, si se descubre a alguien, incluso catecúmeno, observando el sábado con rito judaico, la Iglesia se alborota. Ahora, sin embargo, innumerables del número de los fieles nos dicen con gran confianza a la cara: No parto el día después de las calendas. Y apenas lentamente prohibimos estas cosas sonriendo, para que no se irriten, y temiendo que se admiren como de algo nuevo. ¡Ay de los pecados de los hombres, que solo los inusitados horrorizamos: los usados, sin embargo, para cuya purificación fue derramada la sangre del Hijo de Dios, por grandes que sean, y aunque hagan que el reino de Dios se cierre totalmente contra sí, a menudo, viendo todas las cosas, somos obligados a tolerar, y tolerando a menudo somos obligados a hacer algunas cosas! ¡Y ojalá, oh Señor, no hiciéramos todas las cosas que no hayamos podido prohibir!
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[Ib. IV, 9.] Pero veamos ya lo que sigue. Ciertamente habíamos pasado por alto lo que se dijo: Ahora, sin embargo, conociendo a Dios, o más bien conocidos por Dios. Pues parece ciertamente que en este lugar también la locución apostólica quiere ajustarse a la debilidad de los hombres; para que no parezca que el modo de la elocuencia divina descendió hasta los pensamientos terrenos de los hombres solo en los libros del Antiguo Testamento. Pues puesto que corrigió lo que había dicho: conociendo a Dios, nada debe movernos: pues es manifiesto que mientras caminamos por la fe, no por la visión, aún no hemos conocido a Dios; sino que somos purificados por esa fe, para que podamos conocer en el tiempo oportuno. Pero lo que en la misma corrección dice: o más bien conocidos por Dios, si se toma propiamente, se pensará que Dios conoce algo como desde el tiempo, que antes no había conocido. Se ha dicho, pues, traslaticiamente, para que tomemos por ojos de Dios su misma caridad, la cual recomendó enviando al Hijo único a ser muerto por los impíos: pues así solemos decir de aquellos que son amados que están ante los ojos. Esto es, pues, conociendo a Dios, o más bien conocidos por Dios, lo que también Juan dijo: No que nosotros hayamos amado a Dios, sino porque él nos amó.
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[Ib. IV, 12-18.] Dice, sin embargo: Sed como yo: quien, ciertamente, habiendo nacido judío, ya desprecio esas cosas carnales con juicio espiritual. Porque también yo soy como vosotros: esto es, soy hombre. Después, oportuna y decentemente, hace que recuerden su caridad, para que no lo consideren como enemigo. Pues dice: Hermanos, os ruego, en nada me habéis dañado: como si dijera: No penséis, pues, que yo deseo dañaros. Sabéis que por la debilidad de la carne os evangelicé hace tiempo: esto es, cuando sufría persecución. Y no despreciasteis vuestra tentación en mi carne, ni la rechazasteis. Pues fueron tentados, cuando el Apóstol sufría persecución, si por temor lo abandonarían, o si lo abrazarían con caridad. Y ni despreciasteis, dice, como útil esa tentación: ni rechazasteis, para no recibir la comunión de mi peligro. Sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. Después, admirándose, recomienda su obra espiritual, para que, mirando esto, no caigan en el temor carnal. ¿Cuál fue, pues, dice, vuestra bienaventuranza? Pues os doy testimonio de que, si fuera posible, os habríais arrancado vuestros ojos y me los habríais dado. ¿Me he hecho, pues, enemigo vuestro, predicándoos la verdad? Se responde, ciertamente: No. Pero ¿qué verdad predicando, sino que no se circunciden? Y por eso mira lo que añade: Os tienen celos no bien: esto es, os envidian, quienes quieren haceros carnales de espirituales, esto es, tienen celos no bien. Pero quieren excluiros, dice, para que tengáis celos de ellos, esto es, los imitéis: ¿cómo, sino para que estéis sujetos al yugo de la servidumbre, como ellos están sujetos? Es bueno, sin embargo, dice, tener celos en el bien siempre. Pues quiere que siempre lo imiten a él: por esto añadió: Y no solo cuando estoy presente entre vosotros. Pues cuando querían dar sus ojos al presente, ciertamente intentaban imitarlo a él, a quien tanto amaban.
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[Ib. IV, 19.] A esto dice también: Hijitos míos, para que lo imiten ciertamente como a un padre, a quienes de nuevo, dice, doy a luz, hasta que Cristo sea formado en vosotros. Más bien habló esto desde la persona de la madre Iglesia: pues también en otro lugar dice: Me hice menor en medio de vosotros, como si una nodriza acariciara a sus hijos. Es formado, sin embargo, Cristo en el creyente por la fe en el hombre interior, llamado a la libertad de la gracia, de corazón manso y humilde, no jactándose de los méritos de las obras, que no son nada; sino comenzando algún mérito desde la misma gracia, a quien pueda llamar su mínimo, esto es, a sí mismo, aquel que dice: Pues cuando hicisteis a uno de estos mis mínimos, a mí lo hicisteis. Pues Cristo es formado en aquel que recibe la forma de Cristo: recibe, sin embargo, la forma de Cristo quien se adhiere a Cristo con caridad espiritual. Pues de esto se hace que por su imitación sea lo que él es, en cuanto su grado lo permite. Pues quien dice que permanece en Cristo, dice Juan, debe caminar como él caminó. Pero como los hombres son concebidos por las madres para ser formados, y ya formados son dados a luz para nacer, puede mover lo que se dijo: A quienes de nuevo doy a luz, hasta que Cristo sea formado en vosotros. A menos que entendamos este dar a luz puesto por los dolores de las preocupaciones, con los cuales los dio a luz para que nacieran en Cristo; y de nuevo da a luz por los peligros de la seducción, por los cuales ve que son conturbados. La solicitud, sin embargo, de tales preocupaciones sobre ellos, por la cual dice que de algún modo da a luz, podrá ser tanto tiempo, hasta que lleguen a la medida de la edad de la plenitud de Cristo, para que ya no sean movidos por todo viento de doctrina. No, pues, por el inicio de la fe, por el cual ya habían nacido, sino por la fortaleza y la perfección se dijo: A quienes de nuevo doy a luz, hasta que Cristo sea formado en vosotros. Esta parturición la recomienda también en otros lugares con otras palabras, donde dice: Mi incursión cotidiana, la solicitud de todas las Iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿Quién es escandalizado, y yo no me quemo?
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[Ib. IV, 20.] Lo que, sin embargo, añadió: Quisiera, sin embargo, estar presente ahora entre vosotros, y cambiar mi voz, porque me confundo por vosotros; ¿qué otra cosa se entiende, sino porque había dicho que eran sus hijos, perdonándoles quizás por carta, para que, movidos por una reprensión más severa, no fueran fácilmente traducidos a su odio por aquellos engañadores, a quienes ausente no podría resistir? Quisiera, pues, dice, estar presente ahora entre vosotros, y cambiar mi voz, esto es, negar que sois hijos; porque me confundo por vosotros. Pues a los hijos malos, para no avergonzarse de ellos, también los padres suelen abdicar.
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[Ib. IV, 21-31.] A continuación añade: Decidme, los que queréis estar bajo la Ley, ¿no habéis oído la Ley? Y lo que dice sobre los dos hijos de Abraham se entiende fácilmente, pues él mismo interpreta esta alegoría. Abraham tenía estos dos hijos cuando se significaron los dos Testamentos. Sin embargo, los que engendró de otra mujer después de la muerte de Sara no pertenecen a esta significación. Y por eso muchos que leen al Apóstol, pero ignoran el libro del Génesis, piensan que Abraham solo tuvo dos hijos. El Apóstol recuerda, pues, solo a estos porque eran los únicos que tenía todavía cuando se significaban estas cosas, que expone a continuación: que el de la esclava, llamada Agar, significa el Antiguo Testamento, es decir, el pueblo del Antiguo Testamento, debido al yugo servil de las observancias carnales y a las promesas terrenales, por las cuales, al estar atrapados y esperar solo estas de Dios, no son admitidos a la herencia espiritual del patrimonio celestial. Pero no basta con que Isaac haya nacido de la mujer libre para significar al pueblo heredero del Nuevo Testamento; aquí vale más el hecho de que nació según la promesa. El otro, en cambio, pudo nacer de la esclava según la carne, y de la libre según la carne, tal como de Cetura, a quien Abraham tomó después, engendró hijos no según la promesa, sino según la carne. Isaac, en efecto, nació milagrosamente por la promesa, cuando ambos padres habían envejecido. Pero si, dada la confianza por el Apóstol, con la que muestra clarísimamente que esos dos deben tomarse alegóricamente, alguien quisiera examinar también a los hijos de Cetura en alguna figura de las cosas futuras (pues no en vano se escribieron estos hechos sobre tales personas por administración del Espíritu Santo), encontrará quizás que se significan las herejías y los cismas. Hijos que nacen ciertamente de la libre, como estos de la Iglesia, pero que, sin embargo, nacieron según la carne, no espiritualmente por la promesa. Y si esto es así, tampoco ellos se encuentran perteneciendo a la herencia, es decir, a la Jerusalén celestial, a la que la Escritura llama estéril porque durante mucho tiempo no engendró hijos en la tierra. La cual también es llamada desierta, al abandonar los hombres la justicia celestial y buscar las terrenales, teniendo aquella Jerusalén terrenal como marido, porque había recibido la Ley. Y por eso Sara significa la Jerusalén celestial, que durante mucho tiempo estuvo desierta del coito del marido debido a la esterilidad conocida. Pues hombres tales como Abraham no usaban a las mujeres para satisfacer la libido, sino para la sucesión de la prole. A la esterilidad se había añadido además la vejez, para que de toda desesperación la promesa divina diera un gran mérito a los creyentes. Seguro, pues, de la promesa de Dios, se acercó al oficio de engendrar a una edad ya avanzada, la cual había abandonado en años más vigorosos por la cópula corporal. Pues no por otra razón el Apóstol, añadida la figura de esas mujeres, interpreta lo que fue dicho por el profeta: Porque muchos son los hijos de la desierta, más que de la que tiene marido; cuando Sara murió antes que su marido, ni había existido entre ellos divorcio alguno. ¿De dónde, pues, aquella desierta, o aquella que tiene marido, sino porque Abraham había trasladado el esfuerzo de propagar la prole a la fecundidad de la esclava Agar desde la esterilidad de su esposa Sara? Ella, sin embargo, permitiéndolo y ofreciéndolo voluntariamente, para que su marido engendrara hijos de la esclava. Pues antigua es la regla de justicia que el mismo Apóstol recomienda a los Corintios: La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; de igual modo también el marido no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. Y es que tales deudas, como las demás, consisten en la potestad de aquellos a quienes se deben. Quien no hace fraude a esta potestad, ese guarda los derechos de la castidad conyugal. La vejez de los padres de Isaac vale para esa significación, puesto que el pueblo del Nuevo Testamento, aunque sea nuevo, su predestinación ante Dios y la misma Jerusalén celestial es antigua. De donde también Juan dice a los Partos: Os escribo, padres, porque habéis conocido lo que era desde el principio. Los carnales, en cambio, que están en la Iglesia, de quienes surgen las herejías y los cismas, recibieron ciertamente del Evangelio la ocasión de nacer; pero el error carnal con el que fueron concebidos, y que arrastran consigo, no se refiere a la antigüedad de la verdad: y por eso nacieron de madre adolescente y de padre anciano sin promesa. Porque también el Señor, solo por la antigüedad de la verdad, apareció en el Apocalipsis con cabeza blanca. Nacieron, pues, tales de la ocasión de la antigua verdad en una mentira novicia y temporal. Dice, por tanto, el Apóstol que nosotros somos hijos de la promesa según Isaac: y así Isaac sufrió persecución de Ismael, del mismo modo que aquellos que habían comenzado a vivir espiritualmente sufrían persecución de los judíos carnales; en vano, sin embargo, puesto que según la Escritura la esclava y su hijo son expulsados, ni puede ser heredero con el hijo de la libre. Nosotros, en cambio, dice, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Pues esa libertad debe oponerse ahora sobremanera al yugo de servidumbre con el que eran retenidos en las obras de la Ley quienes arrastraban a estos a la circuncisión.
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[Ib. V, 1-3.] Cuando dice, pues, estad firmes, significa que aún no han caído: más apropiadamente diría, levantaos. Pero lo que añadió, y no os dejéis sujetar de nuevo al yugo de servidumbre, dado que aquí no puede entenderse ningún otro yugo al que no quiera que sean sujetos, sino el de la circuncisión y tales observancias judaicas; pues así sigue también: He aquí que yo, Pablo, os digo que si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada: ¿cómo vamos a aceptar lo que dice, no os dejéis sujetar de nuevo al yugo de servidumbre, cuando escribe a quienes nunca habían sido judíos? Pues esto es lo que hace, ciertamente, para que no se circunciden. Pero sin duda aquí se declara y confirma aquella sentencia sobre la que discutimos anteriormente. Pues no encuentro qué otra cosa pueda decir aquí a los gentiles, sino que les aproveche el hecho de que han sido liberados de la servidumbre de su superstición por la fe de Cristo, para que no quieran ser esclavos de nuevo bajo el yugo de las observancias carnales, aunque bajo la Ley de Dios, que sin embargo atan servilmente al pueblo carnal. Dice, además, que Cristo no les aprovechará nada si se circuncidan: pero de aquel modo en que estos querían que se circuncidaran, es decir, para que pusieran la esperanza de salvación en la circuncisión de la carne. Pues no es que a Timoteo no le aprovechara Cristo porque el mismo Pablo circuncidó a aquel joven ya cristiano: hizo esto por el escándalo de los suyos, sin simular nada en absoluto, sino desde aquella indiferencia con la que dice: La circuncisión no es nada, y el prepucio no es nada. Pues en nada estorba aquella circuncisión a quien no cree que la salvación esté en ella. Según esta sentencia añadió también aquello: Testifico, además, a todo hombre que se circuncida, es decir, como si apeteciera esa circuncisión como salvadora, que es deudor de cumplir toda la Ley. Lo cual dice para que, al menos por el terror de tantas innumerables observancias que están escritas en las obras de la Ley, al no ser obligados a cumplirlas todas, se abstuvieran de aquellas a las que estos deseaban subyugarlos.
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[Ib. V, 4-12.] Habéis sido evacuados de Cristo, dice, los que os justificáis en la Ley. Esta es aquella proscripción por la que había dicho anteriormente que Cristo estaba proscrito, para que, al ser estos evacuados de Cristo, es decir, al apartarse Cristo de ellos como de una posesión que tenía, las obras de la Ley sean introducidas en esa posesión como en una vacía. Lo cual, porque no estorba a Cristo, sino a ellos, añadió: habéis caído de la gracia. Pues cuando la gracia de Cristo hace esto, que aquellos que eran deudores de las obras de la Ley sean liberados de esta deuda, estos, ingratos a tanta gracia, quieren ser deudores de cumplir toda la Ley. Aún no había sucedido; pero porque la voluntad había comenzado a moverse, habla en muchos lugares como si hubiera sucedido. Nosotros, en efecto, dice, por el espíritu, por la fe, esperamos la esperanza de la justicia. En lo cual demuestra que pertenecen a la fe de Cristo aquellas cosas que se esperan espiritualmente, no las que se desean carnalmente, con cuyas promesas se retenía aquella servidumbre: como dice en otro lugar: No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven. Pues las cosas que se ven son temporales; pero las que no se ven son eternas. A continuación añadió: Pues en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni el prepucio; para declarar aquella indiferencia y mostrar que no hay nada pernicioso en esta circuncisión, sino esperar la salvación de ella. Dice, pues, que en Cristo no vale nada la circuncisión o el prepucio, sino la fe que obra por la caridad. Y aquí tocó aquello, porque bajo la Ley la servidumbre obra por el temor. Corríais bien, dice; ¿quién os impidió obedecer a la verdad? Esto es lo que dijo arriba: ¿Quién os fascinó? Vuestra persuasión, dice, no es de aquel que os llamó. Pues esta persuasión es carnal, pero aquel llamó a la libertad. Llamó, además, persuasión de ellos a lo que se les persuadía. A aquellos pocos, sin embargo, que venían a ellos para persuadirles esto, porque en comparación con la multitud de los creyentes gálatas eran pocos en número, los llama levadura. Recibirán, pues, estos la levadura; y toda la masa, es decir, toda su Iglesia, será fermentada de algún modo en la corrupción de la servidumbre carnal, si honran a tales persuasores recibiéndolos como justos y fieles. Yo, dice, confío en vosotros en el Señor, que no pensaréis otra cosa. De aquí es ciertamente manifiesto que aún no habían sido poseídos por tales. Pero quien os perturba, dice, llevará el juicio, quienquiera que sea. Esta es aquella perturbación contraria al orden, que de espirituales se vuelvan carnales. Y puesto que debe entenderse que hubo algunos que, cuando querían persuadirles esta servidumbre y veían que eran revocados por la autoridad del apóstol Pablo, decían que el mismo Pablo sentía eso, pero que no había querido abrirles fácilmente su sentencia; oportunísimamente añadió: Yo, en cambio, hermanos, si todavía predico la circuncisión, ¿por qué todavía sufro persecución? Pues sufría persecución incluso de aquellos mismos que se esforzaban por persuadir tales cosas, cuando ya parecían haber recibido el Evangelio. A quienes toca en otro lugar, donde dice: Peligros entre falsos hermanos; y aquí en el encabezamiento de la Epístola, donde dice: «Por causa de los falsos hermanos subintroducidos, que entraron para espiar nuestra libertad, que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a servidumbre». Por tanto, si predicara la circuncisión, dejarían de perseguirle. Quienes, sin embargo, para que no fueran temidos por aquellos a quienes se anunciaba la libertad cristiana, o para que no se pensara que eran temidos por el mismo Apóstol, por eso arriba, lleno de libre confianza, profesó también su nombre, diciendo: He aquí que yo, Pablo, os digo que si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada: como si dijera: He aquí, imitadme para que no temáis; o descargad la causa en mí si teméis. Lo que dice, además, Yo, el escándalo de la cruz ha sido evacuado, repite aquella sentencia: Si la justicia es por la Ley, entonces Cristo murió en vano. Pero aquí, puesto que nombra el escándalo, trae a la memoria que los judíos sufrieron escándalo en Cristo sobremanera porque observaban que él a menudo pasaba por alto y despreciaba esas observancias carnales que ellos pensaban que tenían para la misma salvación. Esto, pues, lo dijo así, como si dijera: En vano, pues, los judíos escandalizados crucificaron a Cristo cuando despreciaba estas cosas, si todavía se persuaden tales cosas a aquellos por quienes fue crucificado. Y añadió con elegantísima ambigüedad, casi bajo especie de maldición, una bendición, diciendo: Ojalá también se corten los que os perturban. No solo, dice, se circunciden, sino que también se corten. Pues así se harán eunucos por el reino de los cielos, y cesarán de sembrar cosas carnales.
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[Ib. V, 13.] Vosotros, en efecto, dice, habéis sido llamados a la libertad, hermanos. Porque aquella perturbación, al revocar de las cosas espirituales a las carnales, arrastraba a la servidumbre. Pero ya desde aquí comienza a tratar aquellas obras de la Ley, de las cuales había dicho arriba que trataría al final de la Epístola, las cuales nadie duda que pertenecen también al Nuevo Testamento; pero con otro fin, con el que conviene que los libres las hagan, es decir, de la caridad que espera de aquí los premios eternos y que espera por la fe. No como los judíos, que eran obligados a cumplir estas cosas por temor, no con aquel casto que permanece por los siglos de los siglos, sino con el que temían por su vida presente: y por eso cumplían algunas obras de la Ley, que están en los sacramentos; pero aquellas que pertenecen a las buenas costumbres, de ninguna manera podían. Pues no las cumple sino la caridad. Porque incluso si alguien no mata a un hombre por eso, para no ser él mismo matado, no cumple el precepto de justicia: sino si no mata por eso, porque es injusto, incluso si pudiera hacerlo impunemente, no solo ante los hombres, sino también ante Dios. Como David, cuando había recibido divinamente en su poder al rey Saúl, ciertamente lo mataría impunemente, ni los hombres se vengarían en él, porque el mismo David era muy amado por ellos; ni Dios, que había dicho que él mismo había dado esa potestad, para que hiciera con él lo que quisiera. Perdonó, pues, amando al prójimo como a sí mismo, no solo al perseguido, sino también al que iba a perseguir, a quien prefería que fuera corregido antes que muerto: hombre en el Antiguo Testamento, pero no hombre del Antiguo Testamento, a quien la fe de la futura herencia de Cristo, revelada y creída, hacía salvo y llamaba a imitar. Por eso ahora dice el Apóstol: Habéis sido llamados a la libertad, hermanos; solo que no deis la libertad como ocasión a la carne: es decir, no sea que, oído el nombre de libertad, penséis que debéis pecar impunemente. Sino por la caridad, dice, servíos unos a otros. Pues quien sirve por la caridad, sirve libremente, y sin miseria obedeciendo a Dios, haciendo con amor lo que se enseña, no con temor lo que se obliga.
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[Ib. V, 14.] Pues toda la Ley, dice, ha sido cumplida en una palabra, en aquello de que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley, pues, dice ahora a partir de estas obras que pertenecen a las buenas costumbres: porque también aquellas que están en los sacramentos, cuando son bien entendidas por los libres, y no observadas carnalmente por los siervos, es necesario que se refieran a aquellos dos preceptos, de la caridad de Dios y del prójimo. Rectamente, pues, se acepta que pertenece a esto lo que también dice el Señor: No he venido a abolir la Ley, sino a cumplirla: porque iba a quitar el temor carnal; pero iba a dar la caridad espiritual, por la cual sola puede cumplirse la Ley. Pues la plenitud de la Ley es la caridad: para que, puesto que la fe obtiene el Espíritu Santo, por quien la caridad de Dios ha sido difundida en los corazones de los que obran la justicia, de ninguna manera nadie se gloríe de las buenas obras antes de la gracia de la fe. Por lo cual, el Apóstol refuta así a estos que se jactan de las obras de la Ley, mientras muestra que las obras antiguas de los sacramentos fueron sombras de las futuras, las cuales ya con la venida del Señor mostró que no son necesarias para el heredero libre: pero las obras que pertenecen a las buenas costumbres no se cumplen sino por la dilección, por la cual la fe obra. De donde, si algunas obras de la Ley después de la fe son superfluas, algunas antes de la fe son nulas; viva el justo por la fe, para que también arroje el grave peso de la servidumbre, vigorizado por la carga ligera de Cristo, y no traspase las metas de la justicia, obedeciendo al suave yugo de la caridad.
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[Ib. V. 15, 16.] Se puede preguntar, sin embargo, por qué el Apóstol también aquí recordó solo la dilección del prójimo, por la cual dijo que la Ley se cumple; y a los Romanos, cuando se encontraba en la misma cuestión: «Pues el que ama al otro, dice, ha cumplido la Ley: pues, No adulterarás, No matarás, No hurtarás, No codiciarás, y si hay algún otro mandamiento, en esta palabra se recapitula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La dilección del prójimo no obra el mal. La plenitud, pues, de la Ley es la caridad». Cuando, por tanto, la caridad no es perfecta sino en los dos preceptos de la dilección de Dios y del prójimo, ¿por qué el Apóstol, tanto en esta como en aquella Epístola, recuerda solo la dilección del prójimo? ¿Sino porque los hombres pueden mentir sobre la dilección de Dios, porque las tentaciones más raras la prueban; pero en la dilección del prójimo son convencidos más fácilmente de no tenerla, mientras obran inicuamente con los hombres? Es consecuente, además, que quien ama a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, ame también al prójimo como a sí mismo; porque esto manda aquel a quien ama con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Asimismo, ¿quién puede amar al prójimo, es decir, a todo hombre, como a sí mismo, si no ama a Dios, por cuyo precepto y don pueda cumplir la dilección del prójimo? Cuando, por tanto, cada precepto es tal que ninguno puede tenerse sin el otro, también recordar uno de ellos suele bastar cuando se trata de las obras de justicia: pero más oportunamente aquel de que cada uno es convencido más fácilmente. De donde Juan dice: Pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? Pues algunos mentían que tenían la dilección de Dios, y eran convencidos de no tenerla por el odio fraterno: sobre lo cual es fácil juzgar en la vida cotidiana y en las costumbres. Pero si os mordéis, dice, y os coméis unos a otros, mirad no sea que seáis consumidos unos por otros: pues esto, sobre todo por el vicio de la contención y la envidia, se nutrían disputas perniciosas entre ellos, hablando mal unos de otros, y buscando cada cual su gloria y vana victoria, con cuyos estudios se consume la sociedad del pueblo, mientras se divide en partes. ¿Cómo, sin embargo, pueden evitar estas cosas, si no andan en el espíritu y no cumplen las concupiscencias de la carne? Pues el primer y gran don del espíritu es la humildad y la mansedumbre. De donde aquello que ya recordé, el Señor clama: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón: y aquello del profeta: ¿Sobre quién reposa mi Espíritu, sino sobre el humilde y tranquilo, y que tiembla ante mis palabras?
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[Ib. V, 17.] Lo que dice, además: Pues la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne: pues estos se oponen mutuamente; para que no hagáis lo que queréis; piensan aquí los hombres que el Apóstol niega que tengamos libre albedrío de la voluntad, y no entienden que esto se les dijo si no quieren mantener la gracia de la fe recibida, por la cual solo pueden andar en el espíritu y no cumplir las concupiscencias de la carne; si, pues, no quieren mantenerla, no podrán hacer lo que quieren. Pues quieren obrar las obras de justicia que están en la Ley, pero son vencidos por la concupiscencia de la carne, al seguir la cual abandonan la gracia de la fe. De donde también a los Romanos dice: La prudencia de la carne es enemiga de Dios: pues no está sujeta a la Ley de Dios; ni puede. Pues cuando la caridad cumple la Ley, la prudencia de la carne, al perseguir las comodidades temporales, se opone a la caridad espiritual; ¿cómo puede estar sujeta a la Ley de Dios, es decir, cumplir libre y obedientemente la justicia, y no oponerse a ella; cuando incluso mientras lo intenta, es necesario que sea vencida, donde haya encontrado que puede obtener mayor comodidad temporal de la iniquidad que si guarda la equidad? Pues así como la primera vida del hombre es antes de la Ley, cuando ninguna maldad y malicia es prohibida, ni resiste en parte alguna a las depravadas codicias; porque no hay quien prohíba: así la segunda es bajo la Ley antes de la gracia, cuando ciertamente se prohíbe e intenta abstenerse del pecado, pero es vencida; porque todavía no ama la justicia por Dios y por la misma justicia, sino que quiere que le sirva para adquirir cosas terrenales. Así, pues, cuando ve por otra parte a ella, y por otra la comodidad temporal, es arrastrada por el peso de la codicia temporal, y abandona la justicia: la cual por eso intentaba mantener, para tener aquello que ahora ve que pierde si la mantiene. La tercera es la vida bajo la gracia, cuando nada de comodidad temporal se antepone a la justicia: lo cual, si no es por la caridad espiritual, que el Señor enseñó con su ejemplo y dio con la gracia, no puede hacerse. Pues en esta vida, aunque existan deseos de la carne por la mortalidad del cuerpo, sin embargo, no subyugan la mente al consentimiento del pecado. Así ya no reina el pecado en nuestro cuerpo mortal; aunque no puede sino habitar en él, mientras el cuerpo sea mortal. Pues primero no reina, cuando servimos con la mente a la Ley de Dios, aunque con la carne a la ley del pecado, es decir, a la costumbre penal, cuando de ella existen deseos, a los cuales, sin embargo, no obedecemos. Después, en cambio, se extingue por todas partes. Puesto que si el Espíritu de Jesús habita en nosotros, el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el Espíritu que habita en nosotros. Ahora, pues, debe cumplirse el grado bajo la gracia, para que hagamos lo que queremos por el espíritu, aunque no podamos por la carne; es decir, no obedezcamos a los deseos del pecado para ofrecerle nuestros miembros como armas de iniquidad, aunque no valemos para hacer que esos mismos deseos no existan: para que, aunque todavía no estemos en aquella paz eterna perfecta en toda parte del hombre, ya sin embargo dejemos de estar bajo la Ley, donde la mente es tenida por rea de prevaricación, mientras la concupiscencia de la carne la lleva cautiva al consentimiento del pecado; estemos, en cambio, bajo la gracia, donde no hay condenación para los que están en Cristo Jesús; porque la pena sigue no al que lucha, sino al vencido.
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[Ib. V, 18.] Ordenadísimamente, pues, añade: Que si sois guiados por el espíritu, ya no estáis bajo la Ley: para que entendamos que están bajo la Ley aquellos cuyo espíritu codicia de tal modo contra la carne, que no hacen lo que quieren; es decir, no se mantienen invictos en la caridad de la justicia, sino que son vencidos por la carne que codicia contra ellos; no solo oponiéndose a la ley de su mente, sino también cautivándolos bajo la ley del pecado, que está en los miembros mortales. Pues los que no son guiados por el espíritu, sigue que son guiados por la carne. No es, sin embargo, sufrir la adversidad de la carne, sino ser guiado por la carne, lo que es condenación. Y por eso: Que si sois guiados, dice, por el espíritu, ya no estáis bajo la Ley. Pues también arriba no dijo: Andad en el espíritu, y no tendréis las concupiscencias de la carne; sino, no las cumpláis. Ciertamente, no tenerlas en absoluto no es ya combate, sino el premio del combate, si hubiéramos obtenido la victoria perseverando bajo la gracia. Pues la conmutación del cuerpo al estado inmortal sola no tendrá las concupiscencias de la carne.
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[Ib. V, 19-21.] A continuación comienza a enumerar las obras de la carne, para que entiendan que ellos, si consintieron a los deseos carnales para obrar estas cosas, entonces son guiados por la carne, no por el espíritu. «Manifiestas, pues, dice, son las obras de la carne, que son fornicaciones, inmundicias, servidumbre de ídolos, hechicerías, enemistades, contiendas, animosidades, emulaciones, disensiones, herejías, envidias, embriagueces, comensalías, y cosas semejantes a estas; las cuales os predico, como os predije, que los que hacen tales cosas, no poseerán el reino de Dios». Hacen, sin embargo, estas cosas los que, consintiendo a las codicias carnales, deciden que deben hacerse, incluso si no se da la facultad para cumplirlas. Por lo demás, los que son tocados por tales movimientos, y permanecen inmóviles en la mayor caridad, no solo no ofreciéndoles los miembros del cuerpo para obrar mal, sino ni siquiera consintiendo con el gesto del consentimiento para ofrecerlos; no hacen estas cosas, y por eso poseerán el reino de Dios. Pues ya no reina el pecado en su cuerpo mortal, para obedecer a sus deseos; aunque el pecado habite en su cuerpo mortal, al no haberse extinguido todavía el ímpetu de la costumbre natural, con la que nacimos mortalmente, y de nuestra propia vida, cuando también nosotros mismos pecando aumentamos lo que arrastrábamos desde el origen del pecado humano y de la condenación. Pues otra cosa es no pecar; otra, no tener pecado. Pues en quien no reina el pecado, no peca, es decir, quien no obedece a sus deseos: en quien, sin embargo, no existen en absoluto estos deseos, no solo no peca, sino que tampoco tiene pecado. Lo cual, aunque pueda efectuarse en muchas partes en esta vida, sin embargo, en toda parte no debe esperarse sino en la resurrección de la carne y su conmutación. Puede, sin embargo, mover lo que dice: Las cuales os predico, como os predije, que los que hacen tales cosas, no poseerán el reino de Dios, si se busca dónde predijo estas cosas; pues en esta Epístola no se encuentra. Por tanto, o estando presente, había predicho esto; o había conocido que había llegado a ellos la Epístola que fue enviada a los Corintios. Allí, en efecto, dice así: «No erréis; ni los fornicarios, ni los que sirven a los ídolos, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se acuestan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios».
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[Ib. V, 22, 23.] Aquí, pues, cuando hubo enumerado las obras de la carne, por las cuales está cerrado el reino de Dios, añadió también las obras del espíritu, a las que llama frutos del espíritu. El fruto, pues, del espíritu es, dice, caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia: y añadió: Contra tales cosas no hay ley; para que entendamos que están puestos bajo la Ley aquellos en quienes no reinan estas cosas. Pues en quienes reinan estas cosas, ellos mismos usan legítimamente la Ley, porque no les ha sido puesta la Ley para coaccionar: pues mayor y más prepotente es su deleite en la justicia. Pues así dice a Timoteo: «Sabemos, en efecto, que la Ley es buena, si alguien la usa legítimamente: sabiendo esto, que la Ley no ha sido puesta para el justo; pero para los injustos, y no sumisos, impíos y pecadores, y malvados, y contaminados, parricidas, y matricidas, homicidas, fornicarios, los que se acuestan con varones, plagiarios, mentirosos, perjuros, y si algo más se opone a la sana doctrina»: se sobreentiende, para estos ha sido puesta la Ley. Reinan, pues, estos frutos espirituales en el hombre, en quien no reinan los pecados. Reinan, sin embargo, estos bienes, si tanto deleitan, que ellos mismos retienen al alma en las tentaciones para que no caiga en el consentimiento del pecado. Pues lo que más nos deleita, es necesario que obremos según ello: para que, por ejemplo, ocurre la forma de una mujer hermosa, y mueve al deleite de la fornicación: pero si deleita más aquella hermosura íntima y sincera especie de castidad, por la gracia que está en la fe de Cristo, vivimos según esta, y según esta obramos; para que, no reinando en nosotros el pecado para obedecer a sus deseos, sino reinando la justicia por la caridad, hagamos con gran deleite cualquier cosa en la que sepamos que agradamos a Dios en ella. Lo que, además, dije sobre la castidad y la fornicación, quise que se entendiera sobre las demás.
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Ni mueva, o que no enumeró en absoluto al mismo número y orden las obras de la carne en esta Epístola, y en aquella a los Corintios: o que opuso bienes espirituales más escasos a más vicios carnales; ni así al contrario para que a las fornicaciones ocurriera la castidad, a las inmundicias la mundicia, y así a las demás las demás. Pues no asumió esto para enseñar cuántas son, sino en qué género deben evitarse aquellas, y aquellas otras deben buscarse; cuando con los nombres de carne y espíritu predecía que debemos convertirnos de la pena del pecado y del pecado a la gracia del Señor y a la justicia: para que, al abandonar la gracia temporal, por la cual el Señor murió por nosotros, no lleguemos a la quietud eterna, en la que el Señor vive por nosotros; ni entendiendo la pena temporal en la que el Señor se dignó domarnos con la mortalidad de la carne, caigamos en la pena sempiterna, que está preparada para la soberbia que persevera contra el Señor. Pues cuando, recordadas muchas obras de la carne, añadió: y cosas semejantes a estas; muestra suficientemente que no colocó estas en un número examinado, sino que las puso en un discurso más libre. Esto también lo hizo sobre los frutos espirituales. Pues no dijo: Contra estas no hay Ley: sino, Contra tales cosas; esto es, ya sean estas, o también las demás de este tipo.
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Pero, sin embargo, para los que consideran diligentemente, no es aquí de todo modo desordenada y confusa la oposición de las obras carnales y espirituales. Por esto, sin embargo, se oculta, porque se oponen menos, o individuales a algunas más. Pues de lo que puso en la cabeza de los vicios carnales las fornicaciones, y en la cabeza de las virtudes espirituales la caridad; ¿a quién, estudioso de las divinas Letras, no hará atento para escudriñar las demás? Pues si la fornicación es el amor suelto y vago del legítimo connubio, persiguiendo la licencia de satisfacer la libido; ¿qué se une tan legítimamente a la fecundidad espiritual como el alma a Dios? A quien cuanto más fijamente se haya adherido, tanto es más incorrupta. Se adhiere, sin embargo, por la caridad. Rectamente, pues, se opone a la fornicación la caridad, en la cual sola está la custodia de la castidad. Las inmundicias, en cambio, son todas las perturbaciones concebidas de aquella fornicación, a las cuales se opone el gozo de la tranquilidad. La servidumbre de los ídolos, además, es la última fornicación del alma, por la cual también se libró la guerra furiosísima contra el Evangelio con los reconciliados con Dios, cuyas reliquias, aunque trilladas durante mucho tiempo, todavía sin embargo recalientan. A esta, pues, es contraria la paz, por la cual nos reconciliamos con Dios, y guardada la misma paz también con los hombres, se sanan en nosotros los vicios de las hechicerías, enemistades, contiendas, emulaciones, animosidades y disensiones: para que, sin embargo, en otros, entre los que vivimos, sean tratados con justa moderación, y para sostener milita la longanimidad, y para curar la benignidad, y para perdonar la bondad. Ya, en cambio, a las herejías se resiste la fe, a las envidias la mansedumbre, a las embriagueces y comensalías la continencia.
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Que nadie piense, ciertamente, que la envidia es lo mismo que la emulación: son vecinas, y debido a esa misma vecindad, a menudo se usa una por la otra, ya sea la emulación por la envidia, o la envidia por la emulación. Pero como ambas han sido tratadas aquí en sus respectivos lugares, sin duda nos exigen una distinción. Pues la emulación es un dolor del alma cuando otro alcanza algo que dos o más deseaban, y que no puede ser poseído por uno solo. A esta la sana la paz, mediante la cual deseamos aquello que, si todos los que lo desean lo alcanzan, se vuelven uno solo en ello. La envidia, en cambio, es un dolor del alma cuando parece que alguien indigno alcanza algo, incluso lo que tú no deseabas. A esta la sana la mansedumbre, cuando cada uno, remitiéndose al juicio de Dios, no resiste a su voluntad y cree más que lo que Él ha hecho es justo, que lo que él mismo consideraba indigno.
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[Ib. V, 24.] Pero los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias, como dice a continuación. ¿Y de dónde crucificaron, sino de aquel temor casto que permanece por los siglos de los siglos, con el cual nos cuidamos de ofender a aquel a quien amamos con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Pues no teme con este temor la adúltera, para no ser vigilada por su marido, con el que teme la casta para no ser abandonada: para aquella es triste la presencia del marido, para esta, su ausencia. Y por eso aquel temor es corrupto y no quiere pasar de este siglo; este, en cambio, casto, permanece por los siglos de los siglos. De este temor desea el profeta ser crucificado cuando dice: Clava mis carnes con el temor de ti. Esta es la cruz de la que dice el Señor: Toma tu cruz y sígueme.
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[Ib. V, 25.] Si vivimos por el Espíritu, dice, sigamos también al Espíritu. Es ciertamente manifiesto que vivimos según aquello que hayamos seguido; y seguiremos lo que hayamos amado. Por tanto, si existen dos cosas opuestas, el precepto de la justicia y la costumbre carnal, y ambas son amadas, seguiremos lo que hayamos amado más; si ambas son amadas por igual, no seguiremos ninguna de las dos; sino que, o por temor, o a disgusto, seremos arrastrados hacia una u otra parte; o si tememos ambas por igual, sin duda permaneceremos en peligro, sacudidos por la fluctuación alterna del amor y el temor. Pero que la paz de Cristo venza en nuestros corazones. Entonces, las oraciones y los gemidos, y la diestra de la misericordia de Dios invocada en auxilio, no desprecia el sacrificio de un corazón contrito, y despierta un amor hacia sí mismo más amplio por la recomendación del peligro del que liberó. En esto, sin embargo, se equivocaban ellos, en que no podían negar que debían seguir al Espíritu Santo, defensor y guía de su libertad; pero, convertidos carnalmente a las obras serviles, no comprendían que se esforzaban por retroceder. Por eso no dice: Si vivimos por el Espíritu, sigamos al espíritu; sino que dice: sigamos por el Espíritu. Pues confesaban que debían servir al Espíritu Santo, y querían seguirlo no con su espíritu, sino con la carne; no obteniendo espiritualmente la gracia de Dios, sino poniendo su esperanza de salvación en la circuncisión carnal y otras cosas semejantes.
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[Ib. V, 26.] No nos hagamos, dice, codiciosos de vana gloria, envidiándonos unos a otros y provocándonos unos a otros. De manera magnífica y con un orden totalmente divino, después de haberlos instruido contra aquellos por quienes eran seducidos a la servidumbre de la Ley, se cuida de esto en ellos: que, una vez hechos más instruidos y queriendo ya responder a las calumnias de los carnales, no se entreguen a contiendas y, por el deseo de vana gloria, no sirviendo a las cargas de la Ley, sirvan a vanas codicias.
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[Ib. VI, 1.] Nada prueba tanto al hombre espiritual como el trato del pecado ajeno, cuando medita más en su liberación que en el insulto, y más en los auxilios que en los reproches, y asume lo que la facultad le permite. Y por eso dice: Hermanos, aunque un hombre sea sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, instruid a tal persona. Luego, para que nadie parezca instruir incluso cuando ataca con insolencia y se burla del que peca, o lo detesta soberbiamente como si fuera incurable, dice: en espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Pues nada inclina tanto a la misericordia como el pensamiento del propio peligro. Así, no quiso que faltaran a la corrección de los hermanos, ni que se entregaran a la contienda. Pues muchos hombres, cuando son despertados del sueño, quieren litigar; o, por el contrario, dormir cuando se les prohíbe litigar. Por tanto, que la paz y el amor se guarden en el corazón mediante el pensamiento del peligro común; pero el modo del discurso, ya sea que se profiera con más aspereza o con más suavidad, debe moderarse según lo que parezca exigir la salud de aquel a quien corriges. Pues en otro lugar dice: Al siervo del Señor no le conviene litigar, sino ser amable con todos, apto para enseñar, paciente. Y para que nadie piense por ello que debe dejar de corregir el error de otro, mira lo que añade: Con modestia, dice, corrigiendo a los que piensan diferente. ¿Cómo con modestia, cómo corrigiendo, sino cuando retenemos la suavidad en el corazón y esparcimos alguna acritud de medicamento en la palabra de corrección? Y no veo que deba entenderse de otra manera lo que está puesto en la misma Epístola: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo; argumenta, exhorta, reprende con toda longanimidad y doctrina. Pues la inoportunidad es ciertamente contraria a la oportunidad: y ningún medicamento sana en absoluto, a menos que lo hayas aplicado oportunamente. Aunque, por tanto, se pueda distinguir así: Insiste a tiempo, para que el sentido sea otro, argumenta a destiempo, y luego se entrelacen las demás cosas, exhorta, reprende con toda longanimidad y doctrina: para que entonces seas sentido como oportuno cuando insistes edificando; pero cuando destruyes argumentando, no te preocupes aunque parezcas inoportuno, si esto es inoportuno para tales personas: así, las dos cosas que siguen pueden referirse individualmente a las dos superiores, exhorta cuando insistes oportunamente, reprende cuando argumentas inoportunamente; luego las otras dos se refieren de manera similar, pero en orden inverso, con toda longanimidad, para soportar las indignaciones de aquellos a quienes destruyes; y doctrina, para instruir los estudios de aquellos a quienes edificas: sin embargo, aunque se distinga de aquel modo más usual, Insiste a tiempo; y si de este modo no aprovechas, a destiempo: debe entenderse de modo que tú no abandones en absoluto la oportunidad, y recibas lo que se ha dicho, a destiempo, de tal manera que parezcas inoportuno para aquel que no escucha de buena gana lo que se dice contra él; tú, sin embargo, sepas que esto es oportuno para él, y mantengas en tu ánimo manso, modesto y fraterno el amor y el cuidado de su salud. Pues muchos, pensando después en lo que habían escuchado, y cuán justo era lo que habían escuchado, se reprendieron a sí mismos más grave y severamente; y aunque parecían alejarse del médico más perturbados, poco a poco, penetrando el vigor de la palabra hasta la médula, fueron sanados: lo cual no sucedería si siempre esperáramos al que está en peligro con miembros putrefactos, a ver cuándo le liberaría el ser quemado o cortado. Lo cual ni siquiera los médicos del cuerpo atienden, quienes curan con la mira puesta en una recompensa terrenal. Pues, ¿cuántos se encuentran que no hayan experimentado su hierro o su fuego sin estar atados? cuando también son más raros los que se han dejado atar voluntariamente. Pues muchos, resistiéndose y gritando que preferían morir a ser curados de ese modo, apenas dejaron libre su lengua, los ataron en todos sus miembros; ni según su arbitrio, ni según el del que se resiste, sino según el arbitrio del arte mismo: cuyas voces y reproches de los que sufren no conmueven el ánimo del que cura, ni detiene su mano. Los ministros de la medicina celestial, en cambio, o quieren ver la paja en el ojo del hermano a través de la viga de los odios, o ven más tolerable la muerte del que peca que escuchar la palabra del que se indigna: lo cual no habría sucedido si aplicáramos un ánimo tan sano al curar el ánimo de otro, como las manos sanas con que aquellos médicos tratan los miembros ajenos.
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Nunca, por tanto, debe emprenderse el negocio de reprender el pecado ajeno, a menos que, examinando nuestra conciencia con interrogaciones internas, hayamos respondido claramente ante Dios que lo hacemos por amor. Pero si los reproches, o las amenazas, o incluso las persecuciones de aquel a quien reprendes, han lacerado tu ánimo; si todavía parece que él puede ser sanado por ti, no respondas nada hasta que seas sanado tú primero: no sea que, por casualidad, consientas a tus movimientos carnales para hacer daño, y presentes tu lengua como armas de iniquidad al pecado para devolver mal por mal, o maldición por maldición. Pues cualquier cosa que digas con el ánimo lacerado es ímpetu del que castiga, no caridad del que corrige. Ama y di lo que quieras: de ninguna manera será maldición lo que haya sonado con apariencia de maldición, si recuerdas y sientes que, con la espada de la palabra de Dios, quieres ser el liberador del hombre del asedio de los vicios. Pero si por casualidad, como sucede a menudo, emprendes tal acción con amor y te acercas a ella con corazón de amor, pero durante el proceso se desliza algo, mientras se te resiste, que te aparta de golpear el vicio del hombre y te hace hostil al hombre mismo; después, lavándote con lágrimas tal polvo, será mucho más saludable recordar cómo no debemos enorgullecernos sobre los pecados de los demás, cuando pecamos en la misma reprensión de ellos, pues la ira del que peca nos hace más fácilmente iracundos que la miseria nos hace misericordiosos.
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[Ib. VI, 2.] Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la Ley de Cristo: la Ley, ciertamente, de la caridad. Pero si cumple la Ley quien ama al prójimo, y el amor al prójimo es altamente recomendado incluso en las antiguas Escrituras; en cuyo amor dice el mismo apóstol en otro lugar que se recapitulan todos los mandamientos de la Ley: es manifiesto que también aquella Escritura, que fue dada al pueblo anterior, es la Ley de Cristo, la cual vino a cumplir con la caridad, que no se cumplía con el temor. Por tanto, la misma Escritura y el mismo mandamiento, cuando oprime a los siervos que anhelan los bienes terrenales, se llama Antiguo Testamento; cuando levanta a los hijos que arden por los bienes eternos, se llama Nuevo Testamento.
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[Ib. VI, 3- 5.] Si, en efecto, alguien, dice, parece ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. Pues no lo engañan sus aduladores, sino él mismo más bien; porque, siendo él más presente a sí mismo que ellos, prefiere buscarse en ellos que en sí mismo. Pero, ¿qué dice el Apóstol? Que cada uno pruebe su propia obra, y entonces tendrá gloria solo en sí mismo, y no en otro, es decir, interiormente en su conciencia; y no en otro, es decir, cuando otro lo alaba. Pues cada uno, dice, llevará su propia carga. Por tanto, nuestros aduladores no disminuyen las cargas de nuestra conciencia: y ojalá no las acumulen también, cuando a menudo, para que nuestra alabanza no disminuya si ellos se ofenden, o descuidamos curarlos con la reprensión, o les ostentamos jactanciosamente algo nuestro, en lugar de mostrarlo constantemente. Omito las cosas que los hombres fingen y mienten sobre sí mismos por las alabanzas de los hombres. Pues, ¿qué hay más tenebroso que esta ceguera, para obtener una gloria vanísima, acechar el error de un hombre y despreciar a Dios como testigo en el corazón? Como si, en verdad, el error de aquel que te cree bueno fuera de algún modo comparable a tu error, que te esfuerzas por agradar al hombre con un falso bien, y desagradas a Dios con un verdadero mal.
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[Ib. VI, 6.] Ya considero que lo demás es clarísimo. Pues también aquel es un precepto habitual, que quien es predicado ofrezca lo necesario al predicador de la palabra de Dios. Pues debían ser exhortados a las buenas obras, para que también ministraran al Cristo necesitado, para estar a la derecha con los corderos; para que en ellos obrara más el amor de la fe que lo que pudiera el temor de la Ley. Y nadie debería prescribir esto con mayor confianza que este apóstol, quien, ganándose el sustento con sus propias manos, no quería que esto se hiciera en él, para demostrar a todos, con mayor peso, que se aconsejaba más por la utilidad de aquellos que ofrecían estas cosas que por la de aquellos a quienes se les ofrecían.
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[Ib. VI, 7- 10.] Lo que añade después, No os engañéis, Dios no puede ser burlado: pues lo que el hombre sembrare, eso también segará; sabe entre qué palabras de hombres perdidos trabajan quienes se constituyen en la fe de aquellas cosas que no ven. Pues ven la siembra de sus obras, pero no ven la cosecha. Ni se les promete tal cosecha como la que suele devolverse aquí; porque el justo vive por la fe. Pues el que sembrare, dice, en su carne, de la carne segará corrupción. Esto lo dice sobre los amantes de los placeres más que de Dios. Pues siembra en su carne quien todo lo que hace, aunque parezcan buenas, lo hace, sin embargo, para que le vaya bien carnalmente. Pero el que sembrare en el espíritu, del espíritu segará vida eterna. La siembra en el espíritu es servir a la justicia por la fe con caridad, y no obedecer a los deseos del pecado, aunque existan de la carne mortal. La cosecha, sin embargo, de la vida eterna será cuando la muerte, enemiga última, sea destruida, y lo mortal sea absorbido por la vida, y este cuerpo corruptible se vista de incorrupción. En este tercer grado, pues, en el que estamos bajo la gracia, sembramos entre lágrimas, cuando surgen deseos del cuerpo animal; a los cuales, no consintiendo, resistimos, para que cosechemos en el gozo, cuando, reformado también el cuerpo, ninguna molestia ni ningún peligro de tentación nos inquietará en ninguna parte del hombre. Pues incluso el mismo cuerpo animal se considera en la semilla. Pues se siembra cuerpo animal, dice en otro lugar; para que a la cosecha pertenezca lo que añadió, resucitará cuerpo espiritual. A esta sentencia, pues, concuerda el profeta, diciendo: El que siembra entre lágrimas, segará entre gozo. Pero sembrar bien, es decir, obrar bien, es más fácil que perseverar en ello. Pues el fruto suele consolar el trabajo: nuestra cosecha, en cambio, se promete al final; y por eso es necesaria la perseverancia. Pues el que persevere hasta el fin, este será salvo: y el profeta clama: Espera al Señor, actúa varonilmente; y que se conforte tu corazón, y espera al Señor. Lo que ahora dice el Apóstol: Haciendo el bien, dice, no desfallezcamos: pues a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Por tanto, mientras tenemos tiempo, obremos el bien para con todos, pero mayormente para con los domésticos de la fe. ¿A quiénes se debe creer que significa, sino a los cristianos? Pues a todos se debe desear la vida eterna con igual amor; pero no a todos se pueden ofrecer los mismos oficios de amor.
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[Ib. VI, 11- 14.] Luego, después de haber enseñado que las obras mismas de la Ley, que son saludables y pertenecen a las buenas costumbres, pueden cumplirse solamente por el amor de la fe, no por temor servil; vuelve a aquello de donde se trata toda la causa: Habéis visto, dice, con qué letras os he escrito de mi propia mano. Se cuida de que nadie engañe a los incautos bajo el nombre de su Epístola. Los que quieren, dice, agradar en la carne, estos os obligan a circuncidaros, solo para no sufrir persecución en la cruz de Cristo. Pues los judíos perseguían mucho a aquellos que parecían abandonar las observancias de este tipo que habían sido transmitidas: a quienes él mismo muestra suficientemente cuánto no teme, cuando quiso escribir tales letras incluso con su propia mano. Enseña, pues, que el temor todavía obra en ellos, como constituidos bajo la Ley, quienes obligaban a los gentiles a la circuncisión. Pues ni los que están circuncidados guardan la Ley. Pues llama cumplimiento de la Ley a no matar, no adulterar, no decir falso testimonio; y si es manifiesto que otras cosas de este tipo pertenecen a las buenas costumbres: las cuales, ya se ha dicho, no pueden cumplirse sino por la caridad y la esperanza de los bienes eternos, que se reciben por la fe. Pero quieren que os circuncidéis, dice, para gloriarse en vuestra carne: es decir, para que no solo no sufran persecución de los judíos, que de ninguna manera soportaban que la Ley fuera traicionada ante los incircuncisos, sino que también se gloríen ante ellos de que hacen tantos prosélitos. Pues el Señor dijo que los judíos solían recorrer mar y tierra para hacer un solo prosélito. Pero lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me ha sido crucificado a mí, y yo al mundo. El mundo me ha sido crucificado, dice, para que no me retenga; y yo al mundo, para que no lo retenga; es decir, para que ni el mundo pueda hacerme daño, ni yo desee nada del mundo. Pero el que se gloría en la cruz de Cristo no quiere agradar en la carne; porque no teme las persecuciones de los carnales, las cuales aquel sufrió primero para ser crucificado, para ofrecer ejemplo a los que siguen sus huellas.
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[Ib. VI, 15, 16.] Pues ni la circuncisión es algo, ni el prepucio. Mantiene hasta el fin esa indiferencia, para que nadie pensara que él había hecho algo simuladamente en la circuncisión de Timoteo, o que lo hiciera en la de cualquiera, si por casualidad hubiera surgido alguna causa tal. Pues muestra que no es la circuncisión misma la que daña a los creyentes, sino la esperanza de salvación puesta en tales observancias. Pues también en los Hechos de los Apóstoles se encuentran aquellos que persuaden la circuncisión de tal manera que niegan que puedan ser salvos de otro modo los que habían creído de entre los gentiles. Por tanto, el Apóstol refuta no la perniciosa obra misma, sino este error. Ni la circuncisión, pues, es algo, ni el prepucio, sino una nueva, dice, criatura. Llama nueva criatura a la vida nueva por la fe de Jesucristo: y el término debe notarse. Pues difícilmente encontrarás que se llame criatura incluso a aquellos que ya han llegado a la adopción de hijos por la fe. Dice, sin embargo, en otro lugar: Si, pues, hay alguna nueva criatura en Cristo, las cosas viejas pasaron, he aquí que todas han sido hechas nuevas: todas, sin embargo, de Dios. Pero donde dice: Y la misma criatura será liberada de la servidumbre de la corrupción; y después dice: Y no solo ella, sino también nosotros mismos que tenemos las primicias del Espíritu: distingue a los que han creído de la apelación de criatura, cómo llama a los mismos hombres a veces hombres, a veces no hombres. Pues reprendiendo, objetó a los corintios en cierto lugar que todavía eran hombres, donde dice: ¿No sois hombres y camináis según el hombre? Cómo al mismo Señor, incluso después de la resurrección, en algún lugar no lo llama hombre, como al principio de esta Epístola, cuando dice: No de hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo; en algún lugar, sin embargo, hombre, como en aquel lugar donde dice: Pues un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Y cualquiera, dice, que siga esta regla, paz sobre ellos y misericordia, y sobre el Israel de Dios: es decir, sobre aquellos que verdaderamente se preparan para la visión de Dios, no sobre los que son llamados con este nombre y, por ceguera carnal, no quieren ver al Señor, cuando, rechazando su gracia, desean ser siervos de los tiempos.
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[Ib. VI, 17.] De aquí en adelante, dice, que nadie me cause trabajo. No quiere que se le cause tedio mediante turbulentas contiendas sobre un asunto ya expuesto lo suficiente, tanto en la Epístola que escribió a los romanos como en esta misma. Pues yo llevo las marcas de Cristo Jesús en mi cuerpo: es decir, tengo otros conflictos y luchas con mi carne, que luchan conmigo en las persecuciones que sufro. Pues se llaman estigmas a ciertas marcas de penas serviles: como si alguien, por ejemplo, un siervo, hubiera estado en grilletes por una falta, es decir, por una culpa, o hubiera sufrido algo semejante, se dice que tiene estigmas; y por eso, en el derecho de manumisión, es de orden inferior. Ahora, pues, el Apóstol quiso llamar estigmas a las marcas de las penas por las persecuciones que sufría. Pues por la culpa de la persecución con la que había perseguido a las Iglesias de Cristo, había reconocido que esto se le retribuía: como fue dicho por el mismo Señor a Ananías, cuando el mismo Ananías temía a aquel como perseguidor de los cristianos: Yo le mostraré, dice, lo que debe sufrir por mi nombre. Sin embargo, por la remisión de los pecados, en la que había sido bautizado, todas aquellas tribulaciones no le valían para la perdición, sino que aprovechaban para la corona de la victoria.
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[Ib. VI, 18.] La conclusión de la Epístola es como una suscripción manifiesta; pues también en algunas otras Epístolas la usa: La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu, hermanos. Amén.