Sermo in circumcisione Domini
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sermón sobre la circuncisión del Señor
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El misterio de la encarnación divina y el insigne sacramento de nuestra memoria son celebrados y honrados por nosotros en la revolución anual, para que la conmemoración de tan gran beneficio, que nos fue otorgado siendo indignos, lo manifieste y nos amoneste sobre lo que debemos a tan gran gloria. Por consiguiente, hermanos, cuanto más hemos oído que el Señor Jesucristo se humilló misericordiosamente por nosotros, tanto más reconozcámoslo inefablemente glorioso; pues en él el unigénito de Dios mostró evidentemente su insuperable caridad hacia nosotros, en él asumió por nosotros la humildad de la verdadera carne y de la verdadera muerte, no forzado por la necesidad, sino compadecido por su bondad. ¿Qué bien habíamos hecho, hermanos, para que se nos otorgara tal beneficio? ¿Cuáles fueron nuestros buenos méritos para que el unigénito de Dios se dignara hacerse hombre, para que el Altísimo fuera inmolado, para que el indeficiente pan de los ángeles fuera amamantado por pechos femeninos, para que el rey de los siglos fuera afectado por ultrajes, para que la vida eterna se dignara morir con suma paciencia? Atiende, pues, hombre, la dignación de tan gran benignidad, para que pagues humildemente la acción de gracias. Sabe, además, que no devuelves honor, sino ultraje a la gracia divina si comienzas a dudar de la magnitud de tal beneficio; más bien, creamos sin ninguna vacilación que todas aquellas cosas que hemos oído sobre la humildad y la humanidad del Señor Salvador son verdaderas. Y por ello demos más gracias, hermanos, nosotros que, cuando merecíamos el castigo, recibimos la gracia, por cuya gracia sucedió que, mientras la muerte se debía a los perdidos, la vida se donaba gratuitamente a los indignos. Pues la humildad del altísimo Salvador no le trajo a él detrimento alguno, sino que nos confirió un gran incremento, ni abatió al excelso, sino que levantó a los abatidos; pues para que el Hijo de Dios realizara la plena tarea de nuestra redención, no solo se dignó el Creador de toda carne nacer naturalmente de la carne de la Virgen según la verdad de la carne, y Dios, hacedor del hombre, hacerse hombre verdadero de hombre, sino también ser envuelto en pañales en un estrechísimo pesebre y ser llevado por manos humanas. ¡Oh gloriosa benignidad del clementísimo Dios, oh excelsa humildad del altísimo Dios! Aquel era nutrido como infante por su madre, quien, inmenso, creó a su madre; él mismo era llevado como niño pequeño por sus padres a su templo, quien, Dios grande, era rogado por hombres santos en el mismo templo; y el mismo ordenó que se ofreciera sacrificio por él, quien sin pecado había venido a ser inmolado por nuestras impiedades. Considera, pues, hombre, qué debes a tu excelso Creador, a tu humillado Redentor. Sin embargo, carísimos, la integridad de la fe cristiana siempre ha acostumbrado a sostener esto: que si leemos u oímos que algo fue hecho por Cristo según la narración canónica de los evangelistas, primero creamos sin duda que la historia es verdadera, y luego busquemos en la verdad histórica también la inteligencia espiritual. Pues cuando se cree que el texto de la historia divina es verdadero, el maniqueo es confundido en su severidad, quien, al no creer en Cristo, Hijo de Dios, la verdad de la carne, se esfuerza por imponer a las santas Escrituras, tanto antiguas como nuevas, el crimen de falsedad. Pues cuando el miserable execra la deífica historia del Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento se niega a sí mismo, ciertamente, la medicina. Pues no quiere creer que la carne humana fue plasmada por Dios, ni que la circuncisión de la carne fue ordenada por nuestro Dios a los santos padres, ni que la víctima de las carnes de los animales fue inmolada al Dios vivo y verdadero en tiempos antiguos, ni que el sábado fue guardado por precepto y voluntad de Dios, ni que el templo fue fabricado al Señor por orden de Dios; y así, mientras no distingue en las santas Escrituras la cualidad de los tiempos, desprecia y desdeña la salubérrima verdad de la encarnación del Señor. Por lo cual, para que el maniqueo sea vencido por la razón más evidente, y ojalá que, vencido, se convierta, defendamos desde la lección evangélica de hoy la verdad del Antiguo Testamento, para que a partir de esto comprobemos manifiestamente a un solo Dios del Antiguo y del Nuevo. He aquí que, narrándolo el santo evangelista, conocimos a Cristo, Hijo de Dios, nacido como hombre verdadero, a Cristo, Hijo de Dios, verdaderamente circuncidado, y por Cristo, Hijo de Dios, el sacrificio de carnes ofrecido según la costumbre de la institución divina de entonces; pues tanto la circuncisión de la carne como la regla de los sacrificios carnales se conocen instituidas en el Antiguo Testamento. ¿Por qué, pues, dilectísimos, no se ha de creer justísimamente en el Antiguo Testamento que el hombre fue plasmado por manos de Dios, cuando en el Nuevo Testamento, para que el hombre no pereciera eternamente, el mismo unigénito de Dios se hizo por nosotros hombre verdadero? ¿Por qué no se ha de creer que Dios también ordenó que la circuncisión de la carne se hiciera en tiempo oportuno para significar algo, cuando el Hijo de Dios hizo que se celebrara en su propio cuerpo? ¿Por qué, además, nuestro Dios no habría ordenado al pueblo de los judíos en tiempo pasado ofrecer víctimas típicas de carne, cuando el mismo Dios unigénito, nacido temporalmente de los judíos, se dignó inmolarse a sí mismo por nuestros pecados según la carne? Atienda, pues, el maniqueo a la verdad más manifiesta y concordante de ambos testamentos, y convertido, deseche su vanidad. Vea en el Antiguo Testamento la significación de las cosas futuras, en el Nuevo la revelación de las pasadas; y a Cristo, Dios de ambos Testamentos, prometiendo en el Antiguo Testamento lo que iba a exhibir, y en el Nuevo exhibiendo lo que había prometido, ni mentiroso en la promesa, ni falaz en la donación, sino en todas partes bueno, en todas partes justo, en todas partes santo, en todas partes potente, en todas partes clemente. En el Antiguo Testamento, el potentísimo Creador de la carne y del alma humana; en el Nuevo, el clementísimo acogedor de la misma carne y alma, como si fuera primero el hacedor de la carne y del alma, y después el salvador de la carne y del alma. Esto oiga el maniqueo, confróntelo, reconózcalo y créalo, y creyendo, vuelva a la Iglesia católica, en la cual encuentre el beneficio de la verdadera salvación. Por estas cosas que el Señor realizó constituido en el cuerpo, no solo se dignó demostrar la concordia de ambos Testamentos, sino que también quiso informar saludablemente las costumbres de los cristianos, para que lo que contemplamos corporalmente realizado en él para nuestra salvación, nosotros también lo imitemos espiritualmente. Por eso, pues, Cristo nació niño en la tierra, para que el cristiano aprendiera la humildad; por esto también estaba sujeto a los padres de su carne, para que todo cristiano muestre siempre honor a su padre y a su madre. Por eso, además, Cristo fue envuelto en viles pañales, para que el cristiano no se gloríe en vestiduras preciosas; por eso, en verdad, Cristo quiso aparecer pobre en la tierra, para que los cristianos ricos aprendieran a no amar las riquezas terrenales, sino que, distribuyendo limosnas a los pobres, pudieran guardar sus riquezas en el cielo. Por la circuncisión, en verdad, que el Hijo de Dios recibió en la carne, premostró la circuncisión de nuestro corazón en el espíritu, cuya circuncisión nos indica el discurso legal, diciendo Moisés: Circuncidad el prepucio de vuestro corazón, y circuncidaos para el Señor vuestro Dios. Con cuyo precepto concuerda el bienaventurado apóstol Pablo diciendo: Pues no es judío el que lo es en lo manifiesto, ni la circuncisión la que es en lo manifiesto en la carne, sino el que es judío en lo oculto, y la circuncisión del corazón en el espíritu, no en la letra, cuya alabanza no viene de los hombres, sino de Dios. Por consiguiente, Cristo tuvo la circuncisión en el cuerpo para que el cristiano la tenga espiritualmente en el corazón; pues por esto aquel que no pudo tener pecado alguno en absoluto depuso el prepucio de la carne, para que nosotros desechemos los deseos de la perversidad. Cristo, pues, fue llevado en manos al templo, para que el cristiano ascienda al cielo con buenas obras. Cristo quiso ofrecer sacrificio por sí mismo para que el cristiano se ofrezca a sí mismo al altar del Señor; más aún, se apresure a ofrecerse a Dios viviendo bien, y se cuide de presentarse como sacrificio puro ante las miradas divinas; pues en el mismo sacrificio ofrecido por Cristo, reconocemos que se nos indica un cierto sacrificio espiritual. Un par, dice, de tórtolas y dos pichones de palomas. En este género de aves, dilectísimos hermanos, se nos encomienda un gran sacramento de la fe católica; pues en la paloma se reconoce la caridad, y en la tórtola se encuentra la castidad. Pues la tórtola guarda la fe inmaculada a un solo esposo, mientras que la paloma no abandona la unidad de las otras que cohabitan. El cristiano, pues, se hace verdadera tórtola espiritual si conserva la verdadera fe de la Trinidad con firme credulidad, y repudia el sentido de la perversidad herética como las inmundicias de la fornicación. Entonces, en verdad, será paloma si permanece con longanimidad hasta el fin en la sociedad católica, y se mantiene contra los escándalos de la tentación con inamovible firmeza, para que ni la fornicación herética corrompa en el corazón la castidad de la fe, ni la amarga disensión disipe la unidad de la caridad eclesiástica; pues esta es la Iglesia católica, que reserva la fe a un solo Dios como a un esposo legítimo, y multiplica la congregación de muchos en la caridad. En esta tórtola y paloma, dilectísimos hermanos, permaneced solícitos, guardad esta caridad para todos vosotros para que ni el arriano la viole, ni el donatista la pisotee, ni el maniqueo la contamine: pues estos, como gavilanes malos, desean disipar la unidad de la paloma y desean violar la castidad de la tórtola. Pues el maniqueo no cree en Cristo la verdadera carne; el arriano disminuye en él la verdadera divinidad, el donatista, en verdad, disipa la unidad del cuerpo católico. El maniqueo no ve el sacramento del Redentor, el arriano no piensa en la magnitud del Salvador, el donatista, en verdad, como lobo rapaz, no duda en disipar el rebaño del buen pastor. Estos, pues, como dije, como gavilanes malos, deseando matar a los miserables y a los deseosos de vanidad, o a los ignorantes de la verdad, perseguirán la caridad de la paloma, execrarán la castidad de la tórtola, y a quienes pueden, o los devoran con la boca, o los desgarran con las garras, es decir, o los depravan con discursos, o los atormentan con persecuciones. Vosotros, pues, dilectísimos hermanos, guardad en la fe la verdad católica, en la caridad conservad la paz católica; pues aquel ofrece un sacrificio grato a Dios que ha guardado la caridad fraterna y el verdadero sacramento de la fe católica, donde se adora a un solo Dios, una sola Trinidad, y ni el Padre es mayor que el Hijo, ni el Hijo sea predicado menor que el Padre según la divinidad, ni se discierne de ellos la sustancia del Espíritu Santo, quien con el Padre y el Hijo es naturalmente un solo Dios. Pues una es la potencia de la santa Trinidad, porque en tres personas permanece una sola sustancia natural; una es la potestad, porque una es la majestad, una la dominación del Creador, porque una la condición de la criatura; pues lo que el Padre creó, lo fabricó por el Hijo y lo afirmó en el Espíritu Santo; el Hijo, además, nació del que engendra, el Espíritu Santo procede del que permanece, y sin embargo, al nacer, el Hijo no dividió al Padre, ni el Espíritu, al proceder, disminuyó a Dios, porque ni aumenta al adherirse, pues al nacer el Hijo no fue disminuido, ni el Espíritu Santo al proceder fue separado; pues en sí misma permanece aquella bienaventurada Trinidad, porque allí permanece sustancialmente la unidad; y puesto que nada es creado en la divinidad de la Trinidad, por eso allí nada es, ciertamente, separado. Esto, dilectísimos hermanos, tenedlo fielmente, permaneced en ello continuamente. Sea este el pensamiento en el corazón, esta la confesión en la boca. Tened la fe que recibisteis en el nombre de la Trinidad, guardad la unidad del espíritu en el vínculo de la paz, para que podáis ser siempre, espiritualmente, tórtolas y palomas en la casa de Dios.