De muliere forti
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Original / primary: Spanish Gemini
1
ALEPH.
1
¿Quién encontrará a una mujer fuerte? Su valor está lejos, desde los confines más remotos. La mujer fuerte es llamada Iglesia católica. Mujer, ciertamente, porque ha acostumbrado engendrar hijos espirituales para Dios mediante el agua y el Espíritu Santo. Fuerte, porque desprecia todas las cosas del siglo, tanto las adversas como las prósperas, por la fe en su Creador. Puesto que Él mismo, apareciendo en carne, la encontró ciertamente débil, pero con su hallazgo, esto es, con su piadosa visitación, la hizo fuerte. De donde, tras su redención, volviendo a los cielos, decía gozoso a los ciudadanos celestiales: Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se había perdido. Viendo, pues, Salomón al género humano implicado en innumerables errores, y que para su salvación ningún patriarca, ningún profeta, absolutamente ninguno de los elegidos, fuera del único Mediador de Dios y de los hombres, bastaría, dice: ¿Quién encontrará a una mujer fuerte? Su valor está lejos, desde los confines más remotos. Como si protestara abiertamente admirando la futura gracia del Señor: ¿Quién es de tanta virtud, quién es de tal mérito, que de tantas naciones incrédulas y malvadas del mundo congregue para sí una Iglesia de elegidos, a la cual, por su gracia, haga fuerte e insuperable ante todos los que se le oponen? Ciertamente no ha de venir este semejante a nosotros, no en nuestro tiempo; sino que al fin de los siglos ha de descender del cielo Dios hombre, quien nos redima de la muerte con su pasión. Esto es, en efecto, lo que dice: Su valor está lejos, desde los confines más remotos. Lejos, ciertamente, en cuanto al estado del tiempo, que transcurre desde los días de Salomón hasta el parto de la Virgen: desde los confines más remotos, porque desde lo más alto del cielo es su salida, quien no ofreció otro precio por nuestra redención que a sí mismo. De donde el Apóstol dice: Quien nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como oblación y hostia a Dios en olor de suavidad. Aunque también así puede entenderse rectamente que el precio de la santa Iglesia estuvo puesto lejos, cuando la encarnación del Verbo de Dios, su conversación entre los hombres, su pasión y resurrección estaban lejos de la condición de nuestra naturaleza; puesto que, ciertamente, Él nació de la madre que quiso y cuando quiso, y vivió en el mundo sin pecado: y cuando quiso y como quiso partió de este mundo con la muerte, y tuvo en su potestad el tiempo de su resurrección y ascensión, y otras cosas por el estilo, en las cuales está tan lejos de nosotros como el cielo de la tierra. Pero puesto que concedió a la Iglesia, a la que el Señor redime, no solo recibir la palabra de salvación, sino también luchar constantemente por ella, y predicar esto mismo por el mundo, se añade meritoriamente.
2
BETH.
2
Confía en ella el corazón de su marido, porque no carecerá de despojos. Llama marido de la santa Iglesia al Señor y Redentor de ella, quien también se dignó ser su precio. De donde también el Apóstol dice a los creyentes: Os desposé con un solo marido, para presentaros como virgen casta a Cristo. Lo que dice, pues, Confía en ella el corazón de su marido, ha sido tomado, sin duda, de la costumbre humana. Así como todo el que tiene una esposa fuerte, fiel y casta, confía en ella con toda certeza, porque no puede hacer nada contra su voluntad, ni puede ser manchada por ningún pensamiento adúltero, tolera voluntariamente todas las cosas adversas por amor a él, y desea convertir a su amistad a cuantos puede: así, sin duda, el Señor y Redentor nuestro confía en la Iglesia. Pues conoce el Espíritu de gracia que le dio; conoce la virtud de la caridad que infundió en sus entrañas. Y por ello no duda que ella, no solo no puede ser corrompida en su integridad de fe, sino que también insiste perseverantemente en congregar a más personas a la unidad de esa misma fe: esto es, en efecto, lo que sigue: Y no carecerá de despojos. Pues la Iglesia despoja al diablo cuando, mediante sus predicadores, revoca al camino de la verdad a aquellos a quienes él había engañado. Y bien se dice: No carecerá de despojos, porque la Iglesia nunca cesará de restituir a la fe de Cristo las almas liberadas del fraude diabólico, hasta que, completado el curso del mundo, se complete también la suma predefinida de sus miembros. Pero puesto que cualquier bien que hace la santa Iglesia o cualquier alma fiel, lo recibe de lo alto, rectamente se añade:
3
GIMEL.
3
Le devolverá el bien, y no el mal, todos los días de su vida. Ciertamente el alma devolverá a Cristo el bien cuando responde viviendo rectamente a los dones de vida recibidos de Él, cuando se esfuerza en intimar también a otros lo que ella misma pudo saber o hacer ayudada por Él. Pero bien, cuando hubo dicho: Le devolverá el bien, añadió inmediatamente: y no el mal; porque hay ciertamente quienes, habiendo recibido bienes del Señor, pagan males: ya sea ensuciando con heces heréticas los misterios de la fe que recibieron; o blasfemando con obras depravadas la fe que guardan de profesión; o corrompiendo con malas conversaciones las buenas costumbres con las que sirven con fe recta. Pero tampoco devuelven bienes al Señor aquellos que, habiendo recibido, no se cuidan de persistir hasta el fin de la vida presente en aquello que bien comienzan. De donde meritoriamente, cuando hubo dicho: Le devolverá el bien, y no el mal, para demostrar la perseverancia necesaria del bien, añadió: Todos los días de su vida. A lo cual es semejante aquel pasaje evangélico: Sirvámosle en santidad y justicia, delante de él, todos nuestros días. A qué obras, a qué frutos de justicia o santidad se debe insistir principalmente, se insinúa posteriormente a aquel que se esfuerza en devolver gratuitamente el bien que también recibió del Señor, cuando se dice:
4
DALETH.
4
Buscó lana y lino, y trabajó con el consejo de sus manos. La mujer fuerte, esto es, la santa Iglesia, ha acostumbrado recibir y observar el principio de este versículo también según la letra; según aquel pasaje profético: Cuando veas al desnudo, cúbrelo, y no desprecies a tu carne. Trabaja, sin embargo, no con un trabajo vano y ciego, sino con el consejo de que, ante su propio marido, esto es, el Señor Cristo, merezca oír en el juicio: Estuve desnudo y me cubristeis: y, mientras hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a mí lo hicisteis. Trabaja, además, con el consejo de sus manos, esto es, de aquellas personas mediante las cuales distribuye la limosna a los pobres; en cuya obra devota utiliza aquel consejo tan saludable, de modo que cuando dispersa y da a los pobres, no sea ella alabada por los hombres por un tiempo, sino que su justicia permanece por los siglos de los siglos, su cuerno será exaltado en gloria. Pueden, sin embargo, místicamente en la lana, que es el hábito ovino, aceptarse todas las obras de piedad y sencillez que dedicamos a los prójimos. Puede, en el lino que nace verde de la tierra, pero que por un largo y múltiple ejercicio pierde su humedad nativa y llega a la gracia de un nuevo candor, intimarse la castigación de nuestra carne: a la cual, mientras eliminamos las suciedades innatas de los vicios mediante la continencia, la hacemos ciertamente digna de que revistamos a Cristo; según aquel pasaje del Apóstol: Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Busca, pues, la mujer fuerte lana y lino, y trabaja con el consejo de sus manos, cuando la santa Iglesia busca solícitamente con qué frutos de piedad ejercitarse, cómo limpiarse de los halagos carnales: y hace ambas cosas con el consejo más prudente, esto es, con la mirada puesta únicamente en la retribución celestial, de cuya retribución el versículo siguiente también hace mención más abiertamente, cuando se añade:
5
HE.
5
Se hizo como la nave del mercader que trae de lejos su pan. Llama mercader al negociante, quien por ello es llamado así por los antiguos, porque insiste asiduamente en adquirir y multiplicar mercancías. Se hizo, pues, la mujer fuerte como la nave del mercader, porque así como la nave del mercader, cargada de mercancías que abundan más en su patria, busca tierras extranjeras a través del mar, para que, vendiendo allí lo que trajo, reporte a casa cosas más valiosas; así, sin duda, la santa Iglesia, así cualquier alma perfecta, se goza de estar cargada con las riquezas de las virtudes, con las cuales mercadee dones mayores de la gracia divina. Pues es un comercio óptimo cuando, haciendo los bienes que podemos, recibimos primero esta recompensa del Señor, que progresemos siempre para hacer cosas mayores, y después que percibamos la vida eterna. Se hizo, pues, el alma como la nave del mercader, que pasó con deseo las olas del siglo presente, medita solo en los goces eternos que espera recibir en los cielos, y para obtenerlos más abundantemente, se esfuerza en hacer instantemente lo que puede, y en superar fuertemente lo que se le presenta adverso. De la cual rectamente se dice que trae de lejos su pan, porque en todas las cosas buenas que hace temporalmente, espera solo la retribución eterna, desea solo la saciedad del pan vivo, de aquel, sin duda, que promete piadosa y poderosamente a sus oyentes: Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os refrescaré. Pero, por el contrario, recibe su pan en lo próximo, y no lo trae de lejos a través de los mares, quien en lo que parece vivir justamente busca solo los premios del favor humano, ni con ninguna mirada a la vida permanente se esfuerza en superar y pisotear las cosas que caen en lo más bajo; de los cuales Él mismo truena terriblemente: En verdad os digo, ya recibieron su recompensa.
6
VAV.
6
Y se levantó de noche, y dio presa a sus domésticos, y víveres a sus criadas. Así como todo el curso del siglo que declina es variado por la perenne alternancia del día y de la noche, y el día fue creado naturalmente para trabajar, y la noche para descansar; así todo el tiempo de la Iglesia presente se distingue por un doble estado de descanso y de trabajo. Pues descansa como de noche, cuando algunos de sus fieles, interrumpida por un tiempo la solicitud externa, comienzan a ocuparse de sí mismos, y a cuidarse espiritualmente, ya sea ejercitándose más secretamente en lecturas sagradas, o en oraciones y lágrimas, o en otros estudios de este tipo. Se levanta, sin embargo, de noche, cuando en esos mismos fieles suyos se apresta solícita a ocuparse también del cuidado de los prójimos. Obra de administración fraterna que ha acostumbrado ejercer de dos modos: porque convoca a la gracia de la fe a los que erraban fuera; y no cesa de excitar a los que ya están imbuidos en los sacramentos de la fe, para que insistan más en las buenas obras. De donde bien se dice: Y dio presa a sus domésticos, y víveres a sus criadas. Pues da presa a sus domésticos cuando pone en la sociedad de aquellos que precedieron en la fe a los que pudo arrebatar enseñando al antiguo enemigo. Da también víveres a las criadas, cuando refresca con la memoria de la recompensa celestial a todos los humildes que guardan sus mandatos con el amor debido, para que no desfallezcan bajo el amor piadoso.
7
ZAIN.
7
Consideró el campo, y lo compró: del fruto de sus manos plantó una viña. Llama campo a la posesión de la herencia celestial; de la cual, bendiciendo a su hijo, el patriarca dice: He aquí el olor de mi hijo, como el olor de un campo lleno al que bendijo el Señor. Pues el olor de los santos es como el olor de un campo lleno al que bendijo el Señor, porque con toda la intención de la mente contemplan cuál es la plenitud de la bendición en la patria del reino celestial. Consideró, pues, la Iglesia el campo, y lo compró, porque aprendió estudiosamente cuáles son los goces de la vida perenne, y se esforzó en trabajar por su percepción. La cual también plantó una viña del fruto de sus manos, porque de los hechos o palabras fructíferas de sus fieles, fundó la Sagrada Escritura, mediante la cual embriagara en la fe y dilección de su Redentor las mentes de los oyentes. Y no es sin razón si sentimos que, bajo el nombre de viña, está figurada la misma Iglesia, que ha sido designada por la mujer fuerte, y que los que son hijos de la mujer son los sarmientos de la viña. La mujer, sin embargo, plantó la viña cuando la Iglesia primitiva dispersó las semillas de la fe enviando predicadores más ampliamente por el orbe. Pues consideró el campo cuando vio que el orbe universal, erizado de espinos de vicios, tenía necesidad de cultura espiritual; lo compró, ciertamente, cuando, enviando doctores por todas partes, confirió el talento de la palabra a los oyentes, para someter a los creyentes al felicísimo servicio de Cristo. Plantó, sin embargo, una viña en el mismo campo, cuando en los nuevos pueblos de creyentes afirmó la Iglesia llena de la institución de la verdad evangélica. Viña que, ciertamente, plantó del fruto de sus manos, porque los apóstoles y los sucesores de los apóstoles no solo instituían con la palabra a los pueblos que erudían, sino que también unían a las palabras de la doctrina el testimonio de la buena operación de los signos de los milagros. Pero también hasta hoy, más aún, hasta el fin del siglo, la mujer fuerte considera el campo, y lo compra, y planta una viña del fruto de sus manos; porque la santa Iglesia busca siempre solícita a quiénes puede convertir a la fe; y a cuantos encuentre dóciles, a estos los compra para el servicio de Cristo con el dinero de la palabra, y se esfuerza en plantar en ellos la viña de Cristo, o mejor dicho, en hacerlos viña de Cristo; y porque quien desea enseñar a otro, primero él mismo debe abstenerse de los males y ejercitarse en buenos actos, rectamente se subyuga:
8
CHETH
8
Ciñó con fortaleza sus lomos, y robusteció su brazo. Ciñó, pues, la Iglesia sus lomos con fortaleza, cuando, atenta a los deseos de las cosas celestiales, despreció sucumbir a los halagos carnales; robusteció su brazo, cuando se preparó para hacer las obras de las virtudes. Y bien se dice primero ceñir los lomos con fortaleza, y después robustecer el brazo, porque, sin duda, la acción de la buena obra no puede ser aceptable a Dios en lo más mínimo, si uno no restringe primero la lujuria fluida tanto de la carne como de la mente. De donde el profeta dice: Cesad de obrar perversamente, aprended a hacer el bien: y el Señor mismo: Estén vuestros lomos ceñidos, y las lámparas encendidas. Los lomos, ciertamente, ceñidos, para que no os sometáis a la lujuria; las lámparas, sin embargo, encendidas, para que resplandezcáis con buenas obras.
9
TETH.
9
Gustó y vio que es buena su negociación; no se extinguirá en la noche su lámpara. Lo que dice, su negociación, significa ciertamente aquel campo del que dijo arriba: Consideró el campo, y lo compró. Gustó, pues, la santa Iglesia, gustó cualquier alma perfecta; esto es, con íntimo deseo de la mente conoció que es buena la negociación de la vida inmarcesible, la cual, dejados los halagos temporales, mercadeamos como eterna recompensa en los cielos. Gustó, sin embargo, esto es, aprendió abiertamente que es bueno, mediante la instancia de predicar, traer a cuantos puede al camino de la verdad; y por ello, ni por las tinieblas de las tribulaciones, ni por la misma muerte puede extinguirse la lámpara de su devoción. Pues la lámpara de aquellos se extingue en la noche, aunque parezca arder de día, quienes, como dice el Señor: Creen por un tiempo, y en el tiempo de la tentación se retiran. Pero también la lámpara de aquellos se extingue en la mitad de la noche, quienes, al venir el juez, se prueba que no tuvieron el aceite de la caridad en los vasos de sus entrañas, mientras, perdido el rumor de las falsas virtudes, pagan los verdaderos tormentos de los hechos tenebrosos. Pero si queremos aceptar la noche en este lugar, según esto que se dice arriba: Y se levantó de noche, esto es, se preparó para trabajar después del descanso, se dice abiertamente que la lámpara de la santa Iglesia no se extingue en la noche, porque incluso cuando descansa del negocio de la acción, vacila más libremente a la luz de la contemplación celestial; y cuando cesa de las obras públicas, se cuida más ardientemente de entregarse ya sea al oído de la santa lectura, o a las alabanzas divinas: según el ejemplo, ciertamente, de la industria femenina, que no solo suele insistir en los trabajos necesarios durante el día, sino que también de noche, encendida a menudo la luz de la lámpara, suele cuidar de la misma manera de la cosa familiar.
10
IOD.
10
Extendió su mano a cosas fuertes, y sus dedos aprehendieron el huso. Llama cosas fuertes a las obras perfectas en la caridad de Cristo, a las cuales la Iglesia, gozosa, se somete con la esperanza cierta de la retribución celestial. Por ejemplo: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo, y odiarás a tu enemigo. Yo, sin embargo, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, etc., y sobre la virginidad que debe guardarse: Quien pueda entender, que entienda; y sobre el desprecio de las riquezas: Si quieres, dice, ser perfecto, ve, vende lo que tienes, y da a los pobres, etc.. Pues el pueblo de la sinagoga, a quien se dijo: Si quisiereis, y me oyereis, comeréis los bienes de la tierra, era tanto más débil en la obra de la justicia, cuanto menos erguido estaba hacia la remuneración perpetua. Pero la Iglesia, que oyó del Señor: Haced penitencia, porque se ha acercado el reino de los cielos, meritoriamente sufre con longanimidad cosas duras por la percepción de esto. De donde, de nuevo, sobre su fortaleza dice: El reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan. Y, sus dedos, dice, aprehendieron el huso. Las mujeres suelen tener el huso en la derecha, la rueca en la izquierda. Pues en la rueca está envuelta la lana, que, para ser llevada al hilo, y ser hilada, pase al huso. A menudo, sin embargo, en las Escrituras la derecha significa la vida perpetua, la izquierda los dones presentes de Dios: la opulencia, ciertamente, de las cosas, la paz de los tiempos, la salud de los cuerpos, la ciencia también de las Escrituras y la percepción de los sacramentos celestiales. Estos y otros bienes semejantes, cuando los percibimos largando el Señor, los llevamos como lana envuelta en la rueca en la izquierda; pero cuando comenzamos a ejercitarnos saludablemente en ellos por amor a las cosas celestiales, ya trasladamos la lana del Cordero inmaculado de la rueca al huso, de la izquierda a la derecha; porque de los bienes de nuestro Redentor, de los ejemplos de sus obras, nos hacemos la estola de la gloria celestial, y la vestidura nupcial de la caridad. Pues aprehender el huso con los dedos insinúa la misma intención de la discreción con la que cada uno trabaja, por la razón, ciertamente, de que ningún miembro de nuestro cuerpo está más distinguido por articulaciones y flexiones que los dedos. Quien, pues, puede decir verazmente con el Apóstol: Nuestra conversación, sin embargo, está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo: los dedos derechos de este han aprehendido ciertamente el huso, porque aprendió a trabajar con discreción asidua por los bienes eternos; y bien se dice: Aprehendieron, para que se encomiende más vivamente con cuánto estudio, con cuánta festinación debemos obrar las cosas inciertas de esta vida por los premios ciertos ante el Señor. Qué es lo que la mujer fuerte, esto es, la santa Iglesia, o cualquier alma perfecta, ha trabajado mediante el huso intelectual, se abre posteriormente:
11
CAPH.
11
Abrió su mano al necesitado, y extendió sus palmas al pobre. Lo cual puede aceptarse también de las obras de limosnas que se hacen generalmente a los pobres, pero se entiende mejor de la palabra de Dios que confiere el vestido de la salvación a las almas; de lo cual el bienaventurado Job se gloría diciendo: Me revestí de justicia, y me vestí, como de vestidura y diadema, de mi juicio. Abrió, sin embargo, la Iglesia la mano al necesitado, cuando reveló los misterios de la fe a los ignorantes mediante los obreros de la verdad. Extendió las palmas al pobre, cuando dispersó lejos y ampliamente a los predicadores para imbuir a las naciones necesitadas de la salvación eterna.
12
LAMED.
12
No temerá por su casa de los fríos de la nieve: todos sus domésticos están vestidos de doble. Los fríos de la nieve son los corazones de los réprobos, rígidos por el torpor de su perfidia, de los cuales dice el Señor: Y porque abundará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos. Los cuales son oprimidos pésimamente por aquella nieve, que, cayendo del cielo a lo profundo de las tinieblas por el mérito de la primera soberbia, no obstante presume mostrarse aún a los necios como ángel de luz, y presenta el hábito de sus méritos, semejante al candor de la nieve, a los ignorantes de sus fraudes. Lo cual es propio del Señor y de sus ángeles, designar la claridad de su virtud en el hábito níveo. No temerá, sin embargo, la Iglesia por su casa de los fríos de la nieve mencionada, porque, prometiéndolo el Señor, cree que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Todos sus domésticos están vestidos de doble: de sabiduría, ciertamente, para refutar las doctrinas heréticas de los falsos hermanos, y de paciencia para tolerar las luchas de los enemigos abiertos. O ciertamente están vestidos de doble, porque tienen la promesa de la vida que ahora es y de la futura. Ahora, en la peregrinación temporal, ayudados por el auxilio divino para que no desfallezcan, entonces, en la habitación de la patria perpetua, elevados por la gracia de la visión divina, para que vivan siempre felices. Asimismo, sus domésticos están vestidos de doble vestidura: una de obra, otra de fe de la mente, teniendo velos de hechos, e imbuidos, ciertamente, en los sacramentos de su Redentor, y formados por ejemplos. Pues así se hace aquello del Apóstol: Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Pueden, sin embargo, los fríos de la nieve entenderse también como los tormentos eternos, que leemos que están mezclados con fuego y frío, cuando se dice: Allí será el llanto y el crujir de dientes. Pues el fuego y el humo suelen engendrar llanto en los ojos, el frío, sin embargo, suele engendrar crujir en los dientes; de donde también el bienaventurado Job, hablando de las penas eternas de los réprobos, dice: Pasarán al calor excesivo desde las aguas de las nieves. Pero de estas la Iglesia no temerá por su casa, porque cuantos perecen, no pertenecían a la casa, ni estaban vestidos de su vestidura espiritual, aunque parecían estar instituidos en sus misterios por un tiempo. Finalmente, leemos en los Evangelios que fue expulsado de la casa de aquel banquete el hombre que había presumido entrar en ella con vestiduras inmundas de obras, y que fue arrojado a las tinieblas exteriores, donde había llanto y crujir de dientes. Meritoriamente, pues, ligado en los fríos de la pena, porque había descuidado tener el indumento de la piedad.
13
MEM.
13
Hizo para sí una vestidura estragulada, el biso y la púrpura son su indumento. La vestidura estragulada, que suele confeccionarse firmísimamente con textura variante, significa las obras fuertes de la Iglesia, y los diversos ornamentos de sus virtudes. De los cuales el Profeta cantó en alabanza del sumo rey, esto es, de aquel marido: La reina estuvo a tu derecha en vestidura dorada, circundada de variedad. El biso también y la púrpura son su indumento. El biso en la castidad de la pura conversación, la púrpura en la efusión de la sangre preciosa. Pues el biso es de color cándido, el color purpúreo se confecciona de la sangre del animal que se llama púrpura, y él mismo tiene la apariencia de la sangre; de donde fue dicho bellamente por los Padres que la santa Iglesia, floreciendo con las flores de los elegidos, tiene lirios en la paz, rosas en la guerra. Asimismo, porque el biso nace verde de la tierra, pero por ejercicios largos y multivarios, perdido el humor y el verdor nativo, es llevado al decoro de la vestidura cándida; la púrpura, sin embargo, es el hábito real. La Iglesia se reviste de biso cuando los elegidos castigan sus cuerpos y los someten a servidumbre; de púrpura, sin embargo, cuando ejercen la misma continencia no por el favor del vulgo, sino para adquirir la beatitud del reino perenne. Así, el hábito de las virtudes en el presente parece ciertamente despreciable a los que no saben, pero en el futuro aparecerá manifiestamente cuál habrá sido. De donde bellamente en el Apocalipsis de Juan refiere haber oído la voz de los santos, diciendo: Alegrémonos y exultemos, y demos gloria a él, porque vinieron las bodas del Cordero: y su esposa se preparó, y le fue dado que se cubra de biso resplandeciente. Pues el biso son las justificaciones de los santos.
14
NUN.
14
Noble en las puertas es su marido, cuando se siente con los senadores de la tierra. El marido de la santa Iglesia, el marido de cualquier alma, es el Señor: quien parecía innoble cuando estaba ante el tribunal del presidente para ser juzgado, cuando recibía oprobios, salivazos, azotes, y la misma muerte de cruz; pero aparecerá noble cuando venga a juzgar al orbe en equidad, y todos sus ángeles con él. Entonces se sentará, dice, en el trono de su majestad, y se congregarán ante él todas las gentes, y los separará unos de otros, etc.. Noble, dice, en las puertas es su marido, porque los antiguos solían sentarse en las puertas para juzgar, para que los que venían a la ciudad desde otro lugar recibieran continuamente la respuesta preparada del juez, y para que los edificios inusitados de la ciudad no estupefacieran a los rústicos o pastores, ni a su vez la frecuente controversia de los litigantes manchara la paz de la ciudad por dentro. Noble, pues, será el Señor en las puertas de la ciudad, porque quien incluso ahora es considerado despreciable por muchos, cuando llegue el fin del siglo, cuando abra la entrada de la patria celestial a los elegidos, ya aparecerá sublime a todos. Se sentará, sin embargo, con los senadores de la tierra. En verdad os digo, que vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su majestad, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.
15
SAMECH.
15
Hizo y vendió una sábana, y entregó un cinturón al cananeo. En el lienzo de la sábana se signa la sutil entretejida de la santa predicación, con la cual se descansa suavemente, porque la mente es reconfortada en ella por la esperanza celestial de los fieles. De donde también a Pedro se le muestran animales en el lienzo, porque las almas de los pecadores, misericordiosamente agregadas, son contenidas en la blanda quietud de la fe. Esta sábana, pues, hizo y vendió la Iglesia, porque la fe que había tejido creyendo, la dio hablando, y recibió de los infieles la vida de la recta conversación. La cual también entregó un cinturón al cananeo, porque mediante el vigor de la justicia demostrada extinguió las obras fluidas de la gentilidad; para que esto que se preceptúa se mantenga viviendo: Estén vuestros lomos ceñidos. Pues bien, bajo el nombre de Canaán, que procreó al pueblo de la gentilidad y se interpreta cambiado, se designa la gentilidad convertida a la fe, que por una felicísima conmutación migró de los vicios a las virtudes, del diablo a Cristo. De donde en su alabanza se escribe el salmo cuadragésimo cuarto, cuyo título es: Al fin, por los que serán cambiados, hijos de Coré, cántico por el amado. Los hijos de Coré, sin embargo, se interpretan hijos del Calvario, que son los hijos de la cruz dominical, diciendo: A mí, sin embargo, lejos esté gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Cómo, sin embargo, se cambien, lo enseñan las secuelas del mismo Salmo, donde el amado mismo, esto es, el Señor, dice a la Iglesia: Escucha, hija, y mira, e inclina tu oído, y olvida tu pueblo, y la casa de tu padre. Pues desea que sea cambiada aquella a la que, para poder tenerla como hija, manda olvidar la casa del padre anterior, esto es, del enemigo antiguo.
16
AIN.
16
Fortaleza y decoro son su indumento, y se reirá en el día novísimo. Fortaleza para tolerar la improbitud de los perversos, decoro para ejercitar la gloria de las virtudes. Decoro, porque obra la justicia; fortaleza, porque padece persecución por la justicia: y por ello se reirá en el día novísimo, esto es, se gozará en la retribución del reino celestial, lo que le dolía en el certamen de la vida presente. Pues es costumbre de la Escritura poner la risa por el gozo, como dice el Señor: Bienaventurados los que ahora lloráis, porque os reiréis; y el bienaventurado Job: La boca de los veraces se llenará de risa. Ciertamente, el Profeta puso una sentencia semejante a esta sobre el Señor y Salvador, de esta mujer fortísima, diciendo: El Señor reinó, se vistió de decoro, el Señor se vistió de fortaleza. Pues cuando predicaba el Evangelio del reino, a unos agradaba: otros hablaban bien, otros detractaban, laceraban, mordían, injuriaban. A aquellos, pues, a quienes agradaba, se vistió de decoro; a aquellos a quienes desagradaba, de fortaleza. Imita, pues, tú también a tu Señor, para que puedas ser su vestidura. Sé con decoro ante aquellos a quienes agradan tus buenas obras; sé fuerte contra los detractores.
17
PHE.
17
Abrió su boca a la sabiduría, y la ley de la clemencia está en su lengua. Para esto solo abrió su boca al hablar, para que enseñara la sabiduría, según aquel pasaje del Apóstol: Toda palabra mala no proceda de vuestra boca; sino si alguna es buena para la edificación de la fe, para que dé gracia a los oyentes. O ciertamente abrió la boca del corazón para aprender de la misma sabiduría interiormente la verdad, que enseñara a otros fuera. A ambos sentidos, porque la Iglesia hace ambas cosas, concuerda abiertamente lo que sigue: Y la ley de la clemencia en su lengua; aquella, ciertamente, para que no castigara inmediatamente a los pecadores al modo de la ley mosaica, sino que los llamara misericordiosamente a los remedios de la penitencia. Cuyo ejemplo de clemencia percibió manifiestamente del mismo Dios y Salvador nuestro, cuando, ofrecida a él la mujer pecadora: Si alguno, dice, está sin pecado, que sea el primero en arrojar la piedra contra ella; y así, compadeciéndose, la absolvió del crimen que había cometido, bajo la condición de no pecar más.
18
ZADIC.
18
Consideró las sendas de su casa, y no comió ociosa el pan. Considera las sendas de su casa, porque investiga sutilmente todos los pensamientos de su ciencia. No comió ociosa el pan, porque lo que percibió entendiendo del sagrado elocuente, lo mostró con obras exhibiéndolo ante los ojos del juez eterno. Asimismo, la casa de la mujer es la habitación de la patria celestial; las sendas de aquella casa son los preceptos de la justicia, mediante los cuales se llega a la mansión de la vida eterna: sendas que el alma considera ciertamente bien, e inspecciona diligentemente con qué actos debe llegar a las cosas celestiales; y lo que aprendió que debía hacerse, no cesa de ejercitarlo asiduamente. Tampoco comió ociosa el pan, cuando, percibiendo el sacrificio del cuerpo dominical, se esfuerza en imitar con el acto lo que celebra con el misterio: muy solícita de no comer y beber juicio para sí comiendo indignamente el pan del Señor y bebiendo el cáliz, sino de seguir, en cuanto puede, los ejemplos de sus pasiones, padeciendo por Cristo, derramando lágrimas e insistiendo también en buenos actos. Puede también aceptarse simplemente que la mujer fuerte no comió ociosa el pan, según aquel pasaje del Apóstol: Quien no trabaja, que no coma; y él mismo sobre sí: Pues para las cosas que me eran necesarias, y para los que están conmigo, ministraron estas manos. De donde, meritoriamente, reprendiendo a las viudas lujuriosas, añade: Pero al mismo tiempo, ociosas aprenden a rodear las casas: no solo ociosas, sino verbosas y curiosas.
19
COPH.
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Sus hijos se levantaron y la proclamaron bienaventurada; su esposo también la alabó. Lo que sabía con certeza que sucedería, lo relata al modo profético como si ya hubiera ocurrido. Pues se levantarán los hijos de la Iglesia, es decir, todos los elegidos en el tiempo final, dotados de la inmortalidad de la carne; y entonces proclamarán bienaventurada a su madre, que los engendró para Dios por el agua y el Espíritu Santo, la cual ahora es despreciada por los infieles como si fuera una miserable; y, en verdad, como dice el Apóstol: Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres. Pero puesto que militamos en el presente por otra vida, merecidamente, cuando aparezca lo que seremos, proclamaremos bienaventurada a nuestra madre, que, recogida de entre todos los justos, es llamada única paloma de Cristo, esposa y amiga. Se levantará también su esposo y la alabará, diciendo en el juicio: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, etc. Él, que es ciertamente las primicias de los que duermen, resucitó de entre los muertos, pero en el día del juicio demostrará más manifiestamente a todos aquellos a quienes juzgue dignos de su alabanza cuán grande es la gloria de su propia resurrección. Lo que se dice: Sus hijos se levantaron y la proclamaron bienaventurada, puede también entenderse convenientemente en este tiempo, cuando cualquiera de los fieles, tras haber superado las aflicciones del siglo, es conducido a los reinos celestiales. Pues sentarse pertenece a veces a la humillación, levantarse a la gloria; de donde se dice: Antaño, sentados en ceniza, se arrepentirían, es decir, humillados; y el profeta: Ante el rostro de tu mano me sentaba solo, porque me llenaste de amenaza. Pero también el Salmista: Vano es para vosotros levantaros antes de la luz, levantaos después de haberos sentado, los que coméis el pan del dolor. Lo cual es decir abiertamente: ¿Por qué buscáis gozar en el presente lo que está reservado para los elegidos en el futuro? Pues no podéis tener en esta vida, es decir, antes de la luz de la retribución suprema, la gloria de la verdadera felicidad; sino más bien, después de que hayáis sido humillados aquí por un tiempo, esperad ser allí verdaderamente exaltados para siempre; vosotros, para quienes es amargo todo lo que a los amantes del siglo les parece agradable y dulce. Se levantan, pues, los hijos de la Iglesia y la proclaman bienaventurada cuando, sublimados con los bienes celestiales, contemplan cuán grande es la bienaventuranza de aquella patria de la que merecieron ser partícipes, y la celebran con la debida alabanza en la visión divina. Su esposo la alaba cuando recompensa los bienes que él mismo otorgó. Con qué palabras la alaba, se muestra a continuación cuando se dice:
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RESC.
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Muchas hijas reunieron riquezas, tú las has superado a todas. Llama muchas hijas a las iglesias de los herejes y a las turbas de los malos católicos. Estas hijas son llamadas ya sea de Cristo o de la Iglesia, porque ellas mismas también han renacido por los sacramentos dominicales y han recibido la adopción de hijos, la cual no guardaron; de donde también Juan dice: Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros (1 Jn 2, 19). Ellas reunieron riquezas, es decir, de buenas obras, oraciones, ayunos, limosnas, aflicción y castidad de la carne, continencia de la lengua, meditación de las Escrituras y otras cosas por el estilo, que son verdaderas riquezas del espíritu cuando se realizan con pura sinceridad de mente; pero cuando se hacen sin la fe que obra por el amor, de nada aprovechan a quienes las realizan. Pero también aquellas hijas reunieron en vano riquezas, de las cuales el Señor dice: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchas virtudes? Y entonces les confesaré que nunca os conocí. Pero la Iglesia católica supera a todas las hijas de este tipo, la cual, con fe casta y obra perfecta, sigue las huellas de su Redentor.
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SCHIN.
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Engañosa es la gracia y vana la hermosura: la mujer que teme a Dios, ella será alabada. Engañosa es la gracia de la alabanza que recibió del hombre; vana la hermosura de la caridad o de la buena obra que ostenta ante los hombres el alma que carece del temor divino. Pero aquella conciencia es verdaderamente digna de alabanza que guarda el temor de Dios en todas las cosas: pues él es el principio y guardián de todas las virtudes, diciendo la Escritura: El temor del Señor es el principio de la sabiduría; y de nuevo: El que teme al Señor, nada descuida. De aquí es que el bienaventurado Job floreció incomparablemente en virtudes tanto en la prosperidad como en la adversidad, y permaneció insuperable para el enemigo, porque pudo decir verazmente: Pues siempre temí a Dios como olas que se hinchan sobre mí, y no pude soportar su peso (Job 31, 23). Engañosa, pues, es la gracia de los simuladores, vano el decoro de la obra de los necios. Pero la Iglesia, que se comporta en el temor durante el tiempo de su morada, puesto que ofrecerá las lámparas ardientes de las virtudes a su Esposo que viene al juicio, alabada justamente por él, entrará por la puerta del reino celestial. Cómo la alaba, se enseña en el verso final.
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TAU.
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Dadle del fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas. Estas son, en efecto, las palabras de aquel esposo de quien se dijo: Su esposo la alabó, es decir, de nuestro Señor y Salvador, quien al final ordenará a los ángeles que, después del combate de esta vida, después de la trituración y la aflicción de las cosas terrenales, introduzcan a la Iglesia en los goces del reino celestial y la agreguen a sí como compañera de la vida inmortal; según aquel dicho evangélico: Recoged el trigo en mi granero. Dadle, dice, del fruto de sus manos; porque se preocupó de dar el fruto del espíritu: caridad, gozo, paz, benignidad, bondad, modestia, continencia, fe, paciencia. Por esto, pagadle la debida recompensa, y que la alaben en las puertas, esto es, en el juicio o en la entrada de la patria celestial, no los favores vanos de los hombres, sino las obras mismas que hizo, examinándolas, probándolas y remunerándolas aquel por cuya gracia ella realizó estas cosas, de quien, para que merezcamos ser alabados en el futuro, conceda él mismo, propicio, que le alabemos en la vida presente con servicios dignos. Amén.