Hymni XIII
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Original / primary: Spanish Gemini
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El año solar se compone de cuatro estaciones y, a continuación, se completa con doce meses. Transcurre en cincuenta y dos semanas y trescientos sesenta y cinco días. Pero exceptuando la cuarta parte de la noche y del día, que se observa que sobra en la serie de los días. Tras el término de cuatro años, los calculadores decretaron que el cuadrante debía reunirse en un bisiesto. De aquí provienen las largas extensiones de los años, de los cuales unos se vuelven embolísmicos y otros comunes. En efecto, el año breve, que se llama común, se termina siempre con doce meses lunares. El largo, sin embargo, que se denomina totalmente embolísmico, se compone de trece cursos lunares; el círculo completo del año más breve se termina en trescientos cincuenta y cuatro días. El año lunar largo, en cambio, en su término de días, se contiene en trescientos ochenta y cuatro. Ciertamente, el año breve es superado por el año solar en once días en orden. El embolísmico, en cambio, se observa que supera los cursos del año solar en diecinueve días. Y por esta abundancia de su propio incremento, los años largos compensan la escasez de los más breves. De ahí se establece el tiempo cierto de diecinueve años, en el cual se extiende el término lunar, en el que los cursos de la luna se replican con un cierto cálculo sutil, doscientos treinta y cinco ciclos. De aquí y de allá, como exige la razón que debe perseverar, el día del salto se intercala en el espacio por partes. Dentro también del espacio mencionado arriba, los días del sol y de la luna tienen siempre un peso igual de partes. Una parte de este ciclo se llama ogdoada anterior, y la siguiente se denomina hendecada ulterior. A la ogdoada se le asignan los ocho años primeros, a la hendecada se destina la serie de los restantes. En este curso, los años breves se producen doce veces, los años largos, en cambio, se computan siete veces; cuando tal círculo de años se extiende, el círculo vuelve al mismo curso lunar. La serie del sol, en cambio, no recurre a lo mismo hasta que los años se revolucionan veintiocho veces. Completado ciertamente el tiempo del sol arriba escrito, se reclina sin ninguna resistencia molesta. Así pues, alternados por estos cursos recíprocos, los tiempos del sol y de la luna se diferencian por sus tiempos. Pero a los primeros inicios tras los años recurrentes, quinientos treinta y dos espacios, en este ciclo, por el concurso de los astros del cielo, se hacen manifiestas las fiestas de los días pascuales. El cual, extendido por la vasta vertiginosa sucesión de los años, recurre( como predije) al mismo origen. Muchos otros escribieron sobre los ciclos de Pascua, largos, breves y variados en su intelecto, excepto este. Los cuales dispongo omitir por gracia de la brevedad, de los cuales nos es conocida también la pericia del número. A Dios, que creó el alto cielo, las tierras y los mares, gloria al Rey por los siglos eternos. Amén. El año transcurre en tiempos ciertos de cuatro. El mismo cálculo triplicado explica también los meses. De aquí consta que cada estación comprende tres meses, que los antiguos padres instituyeron que los ayunos votivos a Dios debían celebrarse en tres días. Me pediste, querido, que resolviera las causas de estos. Pero preferiría que buscaras tales cosas de otros, que pudieran exponer esto con un lenguaje múltiple. Pues a mí no me sobra ninguna abundancia de lenguaje, ni escudriñar este arcano del sentido. Y aun si parecemos balbucear algo recto, se ríe, se desprecia, se escupe, se lacera. Por lo cual he decretado que sobre tales cosas se debe guardar silencio. No obstante, no permanece desconocida la sabiduría del sumo Juez, quien, viniendo en majestad, exigirá con lucro los talentos confiados de la palabra. Los que reporten lucros penetrarán en los gozos del reino. El siervo inerte será entregado a las tinieblas exteriores. Considerando esto, temo ocultar lo que la gracia del Omnipotente otorga a muchos para utilidad. Acepta, por tanto, el pronóstico que instituiste buscar, y reza asiduamente para que sea dicho rectamente. Había dicho que cada estación comprende tres meses, y celebrar tres días por uno. Y que, cortada la superfluidad de comida y bebida. Compón, pues, tres meses con otros tantos días. Para que por un mes responda un día. Sin embargo, estas cosas no se celebran en el primer ni en el último mes del tiempo, sino que el medio está dedicado a esto. De aquí une el transcurrido con el siguiente, para que perfume con néctar vecino a los circundantes. Quizás preguntes también cuáles son los meses y las estaciones. Lo que la sanción antigua relega a tales oficios se llaman primavera, verano, otoño e invierno. Los ayunos de marzo consagran la templanza de la primavera, y brillan como florecientes en el sexto día. Junio refresca el calor del verano con esta onda. Refrenando a la vez los incentivos del tiempo y de la carne. Con qué fruto mejor que con las espigas que blanquean. Septiembre enriquece el otoño con un don similar, más agradable que esta fiesta de Baco. Advirtiendo, ya recogida la mies, alabar al dador. El último del número, habiendo obtenido el nombre y la lluvia. El mes embellece los tiempos invernales con la misma guirnalda. Y aunque constriñe los campos con rígidas escarchas, se cree ciertamente que esto abre el cielo con serenidad. Y advierte a los terrícolas que acusen a los piadosos ante Cristo. Este cielo también, regado con agradable rocío. Destila lo justo en los campos con nubes nutridoras. Y la tierra viva produce el salvífico alimento, y ninguna fruta para los brutos que paren los campos. Y aunque sabemos que el alma se engorda con estos manjares y que todas estas cosas futuras se hacen por causa de la vida. Nadie, sin embargo, podrá recorrer la colina comenzada, si faltan los alimentos del camino y los gastos del trabajo, ni tampoco estas cosas deben pedirse de otro lugar sino del autor, ni prohíbe que se las pidamos, pero de tal modo que usemos estos medios para que disfrutemos de los verdaderos en el éter. Por tales modos, pues, deben buscarse primero las comodidades de las almas, después de esto las cosas serias de la vida presente. Sin las cuales el cuerpo humano no puede subsistir. Aquellas, sin embargo, por las cuales no seamos impedidos por los de arriba. Y porque estas cosas singulares vienen en tiempos ciertos, también en los mismos tiempos debe alabarse al dador, aunque su alabanza nunca debe silenciarse. El principio del año es la primavera, principio también del mundo. La primavera empuja de los campos las semillas de todos los frutos, viste el bosque de follaje, adorna la tierra con flores. Ya las yemas alegres se hinchan en el sarmiento de la vid. Entonces los rebaños buscan a los machos y cortan las hierbas, el Creador ordenó que estas sirvieran para nuestros usos. Sirva, pues, al Creador la devoción del siervo a quien dio estas cosas, para dar las eternas en los astros. El verano provoca guerras, las gentes se mueven en verano. Para que, comprimidas estas, disfrutemos de una paz tranquila, y más libremente nos ocupemos de Dios con mente segura. La piedad de la Iglesia pide solícita por los nacidos. El verano, ahuyentando todas las nubes y serenando el mundo, siega los prados, guarda los frutos y rompe los graneros. Por los cuales es justo devolver sumas gracias al autor. El otoño cubre las colinas con uvas placenteras, agradables a la vista, suaves al comer y al tacto. De las cuales, prensadas, destilan el grato licor. Recoge las manzanas del árbol, las guarda una a una en las celdas. Produciéndolas la tierra, pero ordenándolo el Omnipotente, olvidados del Creador y del siglo futuro. Y puesto que no resta esperanza alguna después de esto en el éter superior, dilatan sus entrañas con amplias bebidas y comidas. Considerando esto como su mayor parte, conviene que los cristianos celebren convites parcos. E insten con continuos votos y oraciones profusas, y pidan al Padre almado con súplicas orantes. Que traiga los auxilios del camino, no que ponga los premios. Que confiera estas cosas al suelo mientras el uso de ellas sea necesario, pero que guarde aquellas en el polo, sin las cuales nadie es bienaventurado. Con el frío invernal, finalmente, helándose la tierra, agotada de frutos, y ya no soportando la azada. Ningún honor en los campos, ya ninguna belleza de flores, el invierno genial invita a los entumecidos al fuego, persuadiendo al ocio, a la lujuria, a la bebida y a la comida. Conviene refrenar esto con oraciones y con un sustento parco, que la inanición del vientre castigue los halagos de la carne. Dije que los ayunos están discretos en sus tiempos, para que esta observación santa conduzca también a las cosas caducas, mientras estamos atados con el grillete estrecho de la carne. Resta aún algo más sagrado que insinuar. Pues la Iglesia no tiene costumbre de consagrar ministros en otros meses, ni tampoco en los mismos soles, para que, purificados de corazón mediante ayunos gratos a Dios, asuman más dignamente los deberes del altar sagrado. Pero este uso, sin embargo, no hallado por arte humana, los próceres de la Iglesia, aquel sagrado senado, el colegio apostólico lleno del divino Espíritu. Lo instituyó y transmitió que debía tenerse como sagrado. Pablo, que debía ser consagrado hace tiempo con honor apostólico. Que se diga bajo tal auspicio Bernabé o no. Pues la Escritura veraz refiere verazmente que ellos, habiendo ayunado primero con oraciones, así fueron llamados a esto. Y a los cuales, acompañada por igual voto la multitud de los piadosos, imponiendo las manos, envió doctores al orbe. El Espíritu Santo, viniendo también del aula etérea, llenó a los que encontró ayunando y orando. Por tanto, la fe devota de la Iglesia desea que este esté presente con sus ministros de manera similar. Sin esto, ciertamente, nadie ministra dignamente a Dios. Ni agrada a Dios ninguna víctima no quemada con tal fuego, ni de otro modo exhala un olor grato para sí. En cosa tan suma, ni el orden mismo que brilla en el misterio y en el número se cree que deba estar vacío. Cuán bien se resuelven por tres los ayunos de los cristianos, que confiesan al numen trino y uno, trino en personas, uno en deidad: ni menos sagrado es el orden en tales hechos. Pues el cuarto, el sexto y el séptimo día se reputan en estos por alguna razón para realizar cosas sagradas, pero llamando a los primeros feria cuarta y sexta, tomamos el nombre del sábado de la ley antigua, la edad antigua llamaba a estos días Mercurio y Venus, venerando los portentos de los dioses falsos, y al padre Saturno, a quien creyó ser el padre de los dioses. En el cuarto día, ciertamente, el truculento traidor hizo antaño un pacto consigo mismo con la plebe nefanda, para entregar a Cristo, con lo cual alegró a los inicuos. Cuando el mundo se alegra, es igual que los fieles se entristezcan. Nuevamente, alegrándose ellos, es necesario que estos se entristezcan. En este día devoto ayune la asamblea de Cristo. En el que conspira la cohorte inicua en la sangre de Cristo, luchen estos con oraciones, cuando aquellos luchan con fraudes. Fundó en el sexto, y volvió a traer al hombre caído. El hacedor, redundando aquí y allá con toda clase de piedad, y no negaría que quizás pecó en el mismo día, y fue expulsado de la sede paradisíaca, por lo cual, por tanto, en este día debe frenarse la libido de las comidas, más que en el día en que la libido de las comidas fue castigada con la muerte merecida. En este día también conviene mortificar a los redimidos, en el día en que son vivificados por la muerte del Autor. El séptimo, con oraciones, reclama ayunos castos, en este, aquel coro sagrado del orden apostólico antaño, llorando la injusta muerte del piadoso maestro, prolongaba los ayunos hasta la noche sagrada, esperando al resucitante como él mismo había predicho. Fluyó de aquí esta costumbre eclesiástica saludable, que los siervos de Cristo ayunen los sábados, y esperen a su Rey volviendo de la muerte, cargado con los despojos de Aqueronte, triunfada la muerte. Esto baste haber dicho sobre la serie sagrada de los días, ahora conviene adaptar esto a los ministros de la Iglesia. A estos que acceden al altar por suerte en estos días, corren seis edades de este siglo en orden cierto, de las cuales consta que la cuarta floreció especialmente en la ley y los profetas, cuya ciencia siempre debe ser compañera de los ministros del altar. Los padres previeron significar esto mismo. Pues también por esto se duplica la lectura en los oficios sagrados en la cuarta feria siempre durante todos los tiempos. En la sexta edad, Dios vino a visitar este mundo hecho hombre, en el cual concuerdan la ley y los profetas, esto lo señala la lectura que se lee en el sexto día, cuando el séptimo tenga seis, titula doce. Porque en la ciudad romana, que se llama cabeza del orbe, por los pueblos de lenguaje variado que fluyen en la ciudad, se leen tanto en lenguaje griego como romano. De tal manera consta que de seis se hacen doce. No con sentido variado, sino solo con sonido dispar. En esta feria también se confiere la bendición por boca del prelado, el sacerdote mismo tiene la forma de Cristo, el colegio apostólico asiste en otros tantos lectores, difundiendo los dogmas celestiales en lenguas variadas. Y el séptimo día, el divino Espíritu, las figuras, pues los siete carismas del mismo Espíritu los describe el profeta homónimo de Jesús desde entonces. Por tanto, Cristo mismo, bendiciendo a sus ministros, marca sus corazones con un don espiritual, pero por qué se señale el Espíritu almado con este número, nuestras lenguas no pueden decirlo. Pero, sin embargo, él mismo suele soltar las lenguas humanas de los rudos, para que puedan proferir rectamente las palabras. A quien todas las cosas creadas alaban con voz propia, cómo, pues, se adapte aquí este cálculo a él, para que se digne revelármelo, lo editaré fielmente. Ruego, sin embargo, que él mismo rija el estilo, él mismo la mano y el lenguaje, para que nuestro discurso pueda expresarse dignamente. No veo, sin embargo, quién divida la heptada almada, permanece indivisa, porque rechaza partes iguales. También hace unánimes a aquellos a quienes el Espíritu llena. O porque los siglos corren en siete días. El Espíritu se muestra que llena con toda clase de dote a quienes juzga dignos de su majestad. Pero finalmente volvamos a lo interrumpido por poco tiempo, y digamos por qué el séptimo día se elige especialmente para tal obra, o qué quiera decir este número. Vemos que siete consta de cuatro y tres, cuatro de otros tantos elementos compactos del cuerpo, tres señalan el alma que se lava por triple razón. Pero el cuerpo unido al alma forma al hombre. Cuatro, pues, con tres devuelven al hombre que se une, pero tres fluyendo de los de arriba, cuatro de los de abajo. Los que vienen de los de arriba vigorizan potentemente las cosas terrenas, entonces, sin embargo, si este vínculo unido se mantiene bien, y tres unidos con cuatro completan siete. Cuando el hombre exterior y el interior conjuran amigablemente, y la mente, subyugada por la peste de los vicios carnales, impera, y el cuerpo de barro sirve para todo, aquí el ministro ofrece libaciones gratas al señor. Tres también pueden pretender los símbolos de la fe, pues confesamos que creemos en el trino y uno, trino en personas, uno en deidad perenne, cuatro, en cambio, se atestiguan con otras tantas virtudes, en las cuales permanece insigne la vida de cualquier fiel, cuatro, pues, permanecen lo que debe hacerse y ejercitan al cultivador de la fe para que no se entorpezca en el ocio, pero tres por qué hace lo que sea que trabaja, cuatro, pues, con tres, consta que tres necesitan de cuatro. Pues sin fe nadie puede agradar jamás a Dios, ni agrada quienquiera que lo confiesa con lenguaje desnudo, pues muerta es la fe, a la que no acompañará el acto, pero que tres se asocien por derecho con los cuatro afines, la fe almada concuerde con la obra, y la obra con la fe, para que después, reducidos a la suma en hermosa estructura, engendren la quietud septenaria por los siglos futuros, pues el séptimo día se dice que es el descanso del creador, esto siempre deben desearlo los ministros sagrados, suspiren siempre por esto con actos y fe, amonestados siempre por el cardo sagrado de los números. El ministro del dogma apostólico también debe ser, no falto del número que se designa con el mismo, multiplicadas sus partes alternas, el doce señala la cumbre del honor apostólico, o digas cuatro veces tres, o tres veces cuatro, por camino diverso abordarás el mismo sendero, el séptimo, pues, completa el doce con sus partes, y merecidamente del modo en que el orden apostólico editó primeramente los siete carismas al mundo excelentemente. Por tanto, el día elegido para realizar tales cosas, exhorta a los ministros a mostrarse dignos, con la doctrina de la fe con dote espiritual. La musa cansada se apresura a romper el fin continuo, pero pocos días reticentes revocan al vate, todavía nos detienen los ocios del sábado, que no deben despreciarse, que obligan a exponer causas tan grandes, por qué no nos es lícito consagrar en otros días, pues un error nuevo surgido recientemente bajo nuestro clima se arrastra, al cual soy obligado a responder: si nuestros pontífices intentan celebrar estas solemnidades en las que Cristo resucitó del Averno, de las cuales si no hubiera causa que pudiera devolverse, debió ser suficiente la antigüedad autorizada de los padres, es claro que delegaron el día del sábado para estas cosas que siempre deben hacerse, y también el tiempo vespertino. Pues pensaron justamente que esta hora del tiempo. En la que consiste la pía víctima que el sacerdote debe tratar, en el tiempo en que la misma víctima fue sacrificada sobre el altar de la cruz, los cuales, porque estas cosas sagradas reclaman ayunos. No deben celebrarse en el día en que la vida revivió. Es costumbre eclesiástica ayunar en ese día, pues sostiene que es torpe que los redimidos se entristezcan, cuando su Redentor surge vencida su muerte, por tanto, cuando tales cosas reclaman ayunos en la tarde. Y siendo impío para cualquiera de los cristianos ayunar en el día prefijado, búsquese otro para esto, y ninguno me parece más apto que el sábado precedente, pues en este, en efecto, considero a los siervos vigilantes, y sobrios: y piadosos con larga liberalidad, esperando a Cristo vencedor desde el combate, en su encuentro, y preparando ministros dignos. Y que no nos pase por alto que el séptimo día está dedicado por derecho antiguo a estas cosas sagradas, pues el mismo cálculo responde a otros tantos grados, pues estos son los siete grados que se consagran en esta luz, los cuales, porque es muy largo exponer solo los nombres, diremos que evitamos los largos fastidios, el ostiario y el lector, el exorcista y el acólito, el hipodiácono, y el levita y el presbítero mismo, decimos que el pontífice ciertamente no está sujeto a esta ley, de aquí que deba dedicarse en luz festiva, especialmente en la que Cristo resucitó alegre, cuya persona parece llevar en la Iglesia, más rectamente, pues, en el día en que este será sublimado, que en el que aquel es sublimado volviendo de la muerte: para que así este alivie ahora el dolor de la Iglesia, así como aquel entonces expulsó el temor apostólico, y así como aquel resurgiendo alegró a los amigos, así este consuele ahora a los alumnos que le fueron confiados, pues consta que cuando el obispo fallece de aquí, es necesario que los miembros se entristezcan por la ausencia de la cabeza, y cuando es reformado llamado por suerte divina, he aquí que todos alegres, puesto el dolor, resultan, como si recibieran a Cristo que surge de la muerte, por lo cual quienquiera que es colocado en la sede del difunto, por esta razón nos parece otro y el mismo. Y no creas que carece de razón el día en que el primero y el octavo se alegran por el prelado sustituido, que permanece octavo en orden pero primero en la cumbre, pues debe escalar los siete grados prefijados. Para que después el primado lo sublime con tanto honor. He aquí que el antístite lleva también el tipo de Jesús en esto, no solo porque aquel resucitó en este día de la muerte, sino por eso Cristo resucitó en este día, para que quede patente que él mismo es el principio y el fin, de quien fluyen todas las cosas, a quien todas recurren, primero y octavo, porque Creador y Bienaventurador. Pues él mismo creó, él mismo bienaventurará en la octava edad. Os ruego, pastores, mirando sutilmente en cuánto honor os colocó Cristo, y con qué carga de honor os gravó de nuevo lo conferido. Sed así cabeza del rebaño, para que podáis ser miembros del sumo Pastor, para que buscando de ellos no vuestras, sino sus ganancias, podáis tomar de él los pastos de la vida, siguiendo la plebe confiada, no os haga crueles la ira, no blandos la gracia, a quienes Cristo evoca alegre, soltad vosotros el vínculo. Alimentad ahora al rebaño del Señor con pan espiritual, para que él os conceda disfrutar del pan angélico, ordenad las cosas que deben hacerse más con el ejemplo que con el discurso, entonces conduciréis por el camino recto a la vida futura, si exhortáis a pedirla con hechos y con la boca, como el gallo se excita primero a sí mismo con sus propias alas, así finalmente presagia el orto de la aurora que viene, así el prelado, lo que haya dicho con la boca, que lo ejerza él mismo primero con la mano, a mí entonces me gustará escuchar, despreciad, os ruego, padres, el don de la boca y de la mano; los regalos frecuentes ciegan incluso a los sabios, evitad la lepra de Simón, el exterminio, este astuto pensó que el Espíritu sagrado debía ser comprado para sí, lo que el infeliz podría vender más caro a muchos, y lo que Dios ofrece gratis, lo pensó vendible, de donde el miserable, sumergido a lo más profundo del abismo, es empujado, mientras es precipitado desde lo alto del infierno, quien buscando las estrellas con ligereza, demente cae en el Tártaro, no pudiendo incidir con las plantas quitadas, mientras busca el alto éter con alas mal reunidas. Otro también, él mismo, habiendo intentado tejer un fraude igual, acepto la salvación otorgada por la larga piedad del Señor, mientras se desliza a vender por precio la enfermedad, con la cual había sido aliviado quien era digno de la misma; es castigado el miserable con toda su posteridad. Evitad, padres, estos ejemplos que deben temerse continuamente, ponderad a quiénes imponéis los cargos sagrados, no sea que quitándoselos a los justos, los atribuyáis a los inicuos, repasando a menudo lo que el sumo doctor ordena al alumno, que no comunique con actos depravados imponiendo las manos a nadie más rápido y aún no probado, así también vosotros, a menos que tras un largo examen, evitad confiar los derechos del ministerio sagrado. No os enfadéis conmigo, os ruego, padres venerables, porque presumo amonestar a los pastores sobre la oveja enferma. A menudo el Omnipotente revela cosas ocultas a los más jóvenes, el Espíritu divino no está sujeto a ninguna ley, el siervo da a menudo un consejo útil al señor. Estas cosas dichas por exceso sobre el orden del prelado basten, finalmente volvamos a lo interrumpido. Debe decirse en pocas palabras qué quiere decir la lectura. Este séptimo día, que uno solo se reclama para sí, porque siete señalan a menudo el descanso referido, pero adaptamos convenientemente los seis a la obra, pues en este número el buen Autor fundó todas las cosas, los siglos distinguieron estas cosas en seis edades, en las cuales se debe esperar el descanso del trabajo asiduo, ni ciertamente la serie de los tomos debe despreciarse: cuatro antes de que se haga la consagración; la quinta bajo el artículo mismo del orden transcurre; la sexta permanece diurna, que se refiere con la costumbre habitual. El salmista con sonoro canto amonestó cuatro grados, alabar siempre al Tonante con alabanza principal, a Israel y a la casa de Aarón, a Leví también, y a quienquiera que temen al Señor de esas gentes. Israel señala a los llamados de la plebe hebrea, la casa ínclita de Aarón revela a los pontífices sagrados, la amplia casa de Leví expresa a los restantes ministros, pero el resto de toda la plebe se llama temiendo al Señor; en estos, sin embargo, consiste la multitud fiel, lo que la lectura precedente señala rectamente cuatro. Estas también se cambian durante los cuatro tiempos del año, y se leen conviniendo en los mismos tiempos. La quinta siempre se recita la misma y en el mismo orden; de donde es claro que esto no se refiere al tiempo. Por tanto, esta mira especialmente a los hombres que deben ser consagrados, revelando los incendios crueles del horno ardiente, en el cual el enemigo cruel persistía en quemar a los justos. No se apaga, sin embargo, con esto el fervor del amor divino, del cual ninguna estipulación del mundo revoca a los piadosos; y aunque el enemigo cruel los urja instantáneamente, con fuegos continuos alimentados por el fomento de los vicios, y quienes existen dignos de Dios y lo ruegan, con su auxilio repelen lejos los dardos ígneos; y aunque él persuada a doblar la cerviz a dioses falsos, como ahora se narra que hizo el tirano, no puede obligarlos a esto por ninguna razón, como a quienes ninguna Cupido funesta los postra ante sí, ni veneran la moneda con imagen blanda esculpida. Para señalar esto, es costumbre siempre en esta oración, de la que es editada, y después de ella se refiere, que los fieles oren erguidos y de pie, y nadie se cuida de poner las rodillas en tierra, cuando los demás se esfuerzan por esto, exhortando el ministro, con las rodillas dobladas y con todo el cuerpo postrado hasta el suelo, contrito, orar también al Señor de corazón, para que quede patente cuánta sea la distancia entre sus oraciones y las de aquellos que veneran dioses falsos, cuando se dice que aquellos se postran, estos quieren estar de pie. Pero porque siempre se hace mención del horno en estos, place indignarse por los órdenes que podemos extraer de ahí, no debe pensarse que la iteración tan frecuente es vana. Nadie puede acceder rectamente al oficio del culto divino a quien la tentación cruel no haya probado, esto no inmerecidamente señalado por las llamas del horno, lo atestigua la misma página de la Escritura sagrada: como el horno que quema examina el vaso samio, no de otro modo la tentación acerba purga al justo, ni saben que el Señor eligió sucumbir, pues él mismo añade fuerzas a los que confían en sí, quienes cuando hayan sido vencedores de la contienda, para que ya puedan alabar al excelso con los fuegos apagados, y resonar fielmente el himno agradable a Dios. Rectamente pueden adaptarse a los ministerios almados, no creo que se deban confiar tales cargos a ellos de otro modo, a menos que probados como en un horno válido, aprendan por muchos trabajos a acceder a las cosas celestiales, en cuanto se asocien en el éter eterno al Rey, a cuyas obediencias ministran aquí con corazón devoto, y quien dijo que sus ministros estarían con él en la fortaleza, esto les insinúa siempre la mención del horno prefijada, después el himno que sigue con los fuegos extinguidos, aquí luchando bien, allí cantando quietos. Realizadas, pues, ya rectamente todas las cosas hacia ellos, Pablo los recibe pronto con trueno, y exhortando y amenazando, previene lo que debe hacerse desde entonces, y rectamente se lee el Testamento Viejo antes de ser consagrado, después el Nuevo, ya redactados en la suerte del Señor, para que sean amonestados a renovar la vida y las costumbres, y despojados del viejo, sigan al hombre nuevo, quienquiera que merezca pasar a la suerte de Dios. Y no es vano que se lean primero cinco del Viejo, seis del Nuevo, sino cinco para los que deben ser consagrados, seis para los consagrados. Cinco edades estuvieron oprimidas por la calígine, la sexta roció todo el mundo con luz nueva. Y quienquiera que sea dicho por los oficios sagrados por misericordia del Señor, es necesario que ahuyenten las tinieblas del error antiguo, y se esfuercen por migrar a la luz nueva. Durante cinco edades, todos servían al Tonante con temor servil por la ley enviada a través del siervo, en la sexta nacidos ya nos llamamos del Omnipotente, y linaje real, y sacerdocio real, miembros del sumo Sacerdote y Rey por todos. Participantes, sin embargo, existen aunque de este honor, todos los que confiesan a Dios con mente y boca concordes, especialmente, sin embargo, estos que merecen participar del nombre y del sacerdote se dicen ellos mismos. Estos, pues, expulsado el temor antiguo y servil, se alegren más de servir con amor de nacidos, y así se conozcan a sí mismos severísimamente como sacerdotes, para que no obstante no los golpee de aquí la elación vana, y cuán graves y humildes requieran estos ministerios. El tracto que sigue señala con modulación presionada, que tal modulación revela una mente humilde, hay muchos ejemplos ciertamente, pero basta uno. La cuaresma se reclama siempre este canto para sí, en el cual el pueblo de Cristo no se somete más en ningún tiempo, ayunando y orando al benigno; después, con la costumbre habitual, se hacen las solemnidades de la misa. Cuando todas estas cosas convienen en hermoso orden de las cosas. Y nadie podría resistir a su juicio justo, queda patente por razón líquida cuánto desvaría, quienquiera que juzga que estas deben celebrarse en otro día, omitido temerariamente aquel que establecieron los Padres, cuando ningún otro se reclama este oficio para sí, y no conviene arrancar los estatutos de los Padres anteriores por ninguna razón, ordenándolo el doctor Pablo; si un ángel viniendo del excelso Olimpo, y queriendo imponeros otro dogma, intente desviaros de este camino de la fe..., que el Señor quiso difundir por el mundo a través de nosotros, y como si fuera blasfemo, expulsadlo de vuestros hogares, ni menos esto también confiesa la Escritura antigua: no traspases los fines antiguos de los padres. Cuando corrimos en frágil barca al mar túmido, que aunque golpeada por escollos, sacudida por tormentas, finalmente disfruta de la tierra deseada del litoral: ni es de extrañar haber soportado muchas discriminaciones, surcamos mares no intentados antes por nadie; pues los que la facundia de la lengua romana exalta, todos se apoyan en el camino trillado por los antiguos, Marón surca el piélago escileo con el remero Homero, el vate Sabello camina por el camino pindárico, el amante de la sátira mordaz sigue a Lucilio, el cómico es regido por el eximio doctor Menandro, pero a nuestra Talía ningún conductor la precedió. Por esto se estrelló errónea en las rocas ásperas, pero actuada por Dios que respira con vientos felices, ya la hostia entra finalmente en el puerto con vela llena. No es celebrar el advenimiento del Señor en diciembre, después de las tres nonas ni antes de las quintas Kalendas, ni la Pascua puede ser antes de las once Kalendas de abril, ni después de las siete Kalendas de mayo. La virgen dio señales en el parto en el segundo año, de aquel gran ciclo modo dos veces revolucionado, que tiene quinientos treinta y dos años, la virgen dio señales en el parto en el segundo año, de aquel ciclo angélico que da las pascuas, que consta de diez años a la vez y diecinueve, el decimoctavo fue entonces el año del tiempo, que casi igual al versifical del ciclo lunar, el noveno del ciclo solar fue y bisiesto, además en este tiempo fue la cuarta indicción, el sol tenía cuatro once epactas, la luna, el ciclo lunar ya quiere surgir, que se extiende en diez años y diecinueve, el origen del ciclo solar se hace en las Kalendas de marzo, la página que se llama área del ciclo magnifluo, compacta con ciclos gemelos de Febe y del Sol, que toma para sí siete cuatro veces al espacio de años, confiere ciento treinta y tres bisiestos, treinta y dos quinientos años a la vez. Templarás dos ayunos en tantos meses en tantos meses en los tiempos, los ayunos están en los meses, estos son septiembre, marzo, junio y diciembre, marzo titula los ayunos desde la cuarta feria, junio desde las semanas contadas dos veces siete, consta cierto también el mismo término en septiembre, ni el décimo noveno marca antes de las Kalendas de enero. En el año solar los expertos atribuyen con este arte el espacio de trescientos sesenta y cinco días, harás de ahí cincuenta semanas y dos. El concurrente primero permanece aquel uno superfluo, asumirás uno así cada uno por año, que yace en siete, cauto de trascender la ley, crecen dos, en el cuarto por razón del bisiesto. En el año común el término de Pascua está en todo ascendiendo seis contados dos veces menos uno, porque el lunar es tanto menor que el año solar, el último es el año, sin embargo, que debe exceptuarse, que toma el salto de la luna dos veces seis por razón, en el embolísmico está el término de pascua en todo descenso contados diez y diecinueve. Porque el solar es tanto menor que el lunar, el sol quiere morar por cada signo del zodiaco, y treinta días, y diez horas y media, compones de ahí trescientos sesenta días, cuando los signos que el sol recorre son doce, haces cinco días de las horas restantes, pues cualquier día se hace de doce horas, pues cuando la naturaleza da todo el día sólido con la noche, pero de la media hora compones el cuadrante, un día por el cual crece en el cuarto año, que te repite las seis Kalendas insertadas en marzo, el año solar vence al lunar con epactas, que dicen en griego, sobreañadidos en latín, estas se vuelven en versos pascuales hasta, cuyo principio es en el primero y el fin en el último, las cuales debe cambiar en las Kalendas de septiembre. El año común está en meses de doce, el embolísmico más uno que doce, pues un mes crece entonces de las epactas. El zodiaco está discreto en doce signos, existen tantos meses a semejanza de todos los signos, treinta días de cada signo Febo, y diez y medio se desliza con horas, se hacen de ahí trescientos sesenta días, entre los cuales debes disponer doce meses, hace cinco días de las horas que remean, los cuales porque no pueden distribuirse, debes darlos a marzo;¿ por qué más bien a marzo? porque Rómulo se los atribuyó, estableciendo doce meses que con el príncipe Marte.¿ Por qué con el príncipe Marte? porque lo cultivó como progenitor. Su sucesor Numa fue autor de dos. Si deseas asignar un número al mes, hazlo con el siguiente método: toma los días del mes y suma también el número del mes anterior; divide el total por siete y quédate con el resto.¿ Por qué por siete? Porque así debe establecerse la semana; suma estos días a aquellos que no provienen de otra parte. Si deseas saber qué significa este número para sí mismo, suma los años concurrentes por siete, para que puedas calcular por ti mismo las ferias, dondequiera que caigan las calendas; pues resultará un número, ya sea siete, menor o mayor. Si es siete o menos, llámalo feria; si es más, resta siete y quédate con el resto. Asigna esto a septiembre, lo que habías dado antes a marzo. Comenzando desde aquí, porque así lo quiere el pueblo egipcio, si deseas asignar un número al mes con el siguiente método: toma los días del mes y suma también el número del mes anterior; hecho esto, la lunación del mes debe restarse. Escribe los restos para el mes siguiente; aprende, si no lo sabes, cuál es cualquier lunación: en los meses pares la luna es de veintinueve días, en los impares la edad crece a treinta, cuyo orden anuncia el catálogo al medirlo. Si deseas saber qué significa este número para sí mismo, suma a este número las epactas del año presente; se obtiene un número de treinta, menor o mayor. Si el total es treinta o menos, es Cynthia; si es más, resta treinta a los restos y la edad quedará clara. Así, otros meses responden al mes en horas: enero al décimo, febrero a noviembre, marzo a octubre, septiembre es igual a abril. Mayo a agosto, junio es igual a julio. He aquí que conoces los días porque es la presencia de Febo. Sin embargo, hay dos intervalos legítimos del día. Llaman a uno nocturno y al otro diurno; en este día hay, ciertamente, veinticuatro horas; la hora indica los espacios de doce horas. Ya propiamente han añadido tres al espacio diurno: la mañana, el mediodía y el final del día cerca de la noche. Como piensa la gente, el origen del día varía; el caldeo piensa que nace del orto de Febo, pero el pueblo de Egipto piensa que nace del orto de la noche; el romano piensa que comienza en la misma medianoche, de donde los gallos suelen cantar lo que vendrá del día. La luz que fue la primera comenzó a preceder a la noche, presagiando la alegría de Adán antes de la ruina; qué bien cayó el reato formado bajo la noche; ahora la luz sigue a la noche, venciendo a la muerte en la cruz, restituyendo al hombre que padece las tinieblas de la vida. El orden de los planetas varía la serie de las ferias, pues a los poetas les placía llamar a los días por los dioses. El tercero era de Marte, el cuarto permanecía de Stilphon, de ahí, atribuyendo el quinto a Júpiter, lo llaman joviano. El sexto era de Venus, el último del padre de los dioses; añadían a estos los dioses que creían que consistían en ellos; Júpiter ayudó a la templanza, Cilenio al arte, el sol al espíritu, Marte a la sangre, la luna al cuerpo, o Venus misma dio el fuego de la libido. A nuestra manera, los días tienen nombre de ferias; creemos que la feria se llama así por hablar, pues el primer día fue antaño de este nombre, en el que es lícito hablar y al mismo tiempo descansar divinamente, o porque Dios dice que hizo todo cuando creó. Hacemos que la semana conste de siete días, tiempo que Egipto suele decir para tantos años. Hay días profestos y festivos, además se llaman fastos y nefastos; hay festivos de los hombres, y por alguna causa profestos. Mes es palabra griega, derivada del nombre de la luna, por el nombre de la luna, porque menes es luna en latín. Los tiempos del año están divididos por sí mismos en cuatro, cuyos nombres son primavera, verano, otoño e invierno; Titán miraba al norte en tiempo vernal, porque el tiempo suele igualar las noches con los días, su origen será en las ocho calendas de marzo, durando noventa y un días. Cuando el norte se calienta por el sol, pronto llega el verano, acortando los tiempos nocturnos al extender los diurnos; junio ordena entrar en esto en las ocho calendas, durando noventa y un días; el verano nace del fuego, la primavera de la aridez. El otoño suele igualar las noches con los días, y desea estar presente en las ocho calendas de septiembre, durando noventa y tres días; así, siempre nace del frío y la aridez. El invierno devuelve el frío cuando el sol está cerca pero distante, cuando los minutos nocturnos son más largos que los diurnos, lo cual comienza en las ocho calendas del décimo mes, contenido en el tiempo de nueve veces diez días; este nace siempre del frío y la aridez. El año tiene una alegoría sobre esto para la iglesia; el invierno designa las incomodidades de la iglesia, cuando hay tempestad con hielo, nieve y torbellino; el verano es el descuido de la fe y la ultión de Cristo, en la cual las doctrinas se secan por la aridez: la primavera es la novedad de la fe después de la fuerza de la nieve y el hielo. Para nosotros, donde celebraremos la pascua del cordero inmolado, cuando llega el otoño, el año fértil da el provecho, dando a la iglesia la asamblea de los santos para ser venerada. Dicen que la primavera es el tiempo en que todas las semillas reverdecen, cuando la tierra se viste de brotes por las hierbas; el verano es el tiempo en que el calor hierve en todas partes; creemos que el otoño se llama así por la tempestad, cuando caen las hojas y todo es tempestivo; el invierno lleva el nombre en un hemisferio, porque el sol suele girar entonces en un espacio más corto; se dice que es bruma, ya sea porque es breve o por el alimento, de ahí que suele ser consumido por la lluvia hasta el hastío; sin embargo, el espacio invernal es llamado en parte, como si dijeras vernal compuesto, el invierno; la primavera, el verano, el otoño y el invierno retienen tres meses, de donde son solo meses discretos según el orden; la primavera, el verano y el invierno se vuelven adultos, para que no sea precipitado; así es el otoño nuevo, precipitado y adulto; cuando llega el otoño, la enfermedad florece demasiado por todas partes, pues el calor corrompe el aire y el frío es opuesto. Los gentiles no sufrieron menos antes de ser heridos; atribuyeron a Júpiter como las cuatro estaciones del año, de materia variada, no de forma, cuatro urnas hechas de plata, hierro, vidrio y también plomo; esta crátera de Júpiter de plata trae la risa y la primavera, la de hierro lleva el verano y el fuego de Vulcano, la de vidrio el otoño y los pechos abundantes de Juno, el vaso de plomo toma el invierno y la muerte de Saturno. Al surgir las tinieblas, la noche es la ausencia del sol. Los filósofos dicen que la noche ocurre al nacer, o porque el sol languideciente exhala fuegos que se inclinan, o porque lo que está arriba se comprime abajo en las tierras; la noche tomó un nombre apto cuando daña la vista. El espacio del solsticio, llamado así por la estación del sol, porque al estar él quieto crecen las noches o los días; el estival ocurre en cáncer, el brumal en capricornio, de modo que hay dos solsticios, dos son iguales en las noches, porque la noche y el día tienen partes iguales de horas; el otoñal respondió en libra, el vernal en Amón. El primer mes es el llamado por el nombre de Jano, que antaño fue el dios del año según la costumbre gentil, o porque eres la puerta por la que viene y sale el año, de él llamamos ahora a la frente del mismo. Februo es Plutón, de donde el mes de febrero, pues él estaba para los sacrificios de los dioses, este para los manes. Marzo debe tener su nombre de Marte, o se dice así porque une muchas cosas al marido; este fue el principio del año y de los meses nuevos. Se dice abril por el derecho de que es aperilis, en el que las plantas dan brotes y los seres vivos su prole. El campo con nieve, el polo con nubes, el mar con torbellino. El campo vuelve a los agricultores, el polo a los astrólogos, el mar a los marineros. Mayo es llamado por la madre de Hermes, estos son los lugares asignados para colocar los embolismos. Septiembre recibe el segundo y diciembre el primero, la región de agosto el sexto y noviembre el quinto, cada uno permite tener cuatro nonas, toma el día anterior de las nonas de marzo como tercero. Toma las nonas de marzo en las tres del segundo, el séptimo día. La primera mata a Jano, la séptima que está cerca del fin daña, la cuarta mata a febrero, la tercera que está cerca del fin daña, Marte, tu frente es una punta, la cuarta cerca del fin es una áspid. Abril nota la décima, la undécima cerca de la cola, la tercera es la muerte de mayo, pero la séptima está cerca del fin, junio hiere en la décima y el decimoquinto desde abajo. El otro desde el undécimo es el escorpión de julio, el noveno desde aquel, el primero de agosto hiere y el segundo desde el fin, la aguja de septiembre está aquí, la tercera desde allí la décima. La aguja de octubre está aquí, la tercera desde allí la décima. La quinta mata la cabeza, pero la tercera el fin de noviembre, el último orden nota la séptima de la frente, la décima. El orden del año bisiesto se dispone en diciembre, con tres nonas cuartanas y dos veces ocho calendas. Julio es igual a marzo, mayo, y el ocho es lluvia en las seis nonas, siete y diez de diciembre, junio, abril, septiembre y también diciembre. Con cuatro nonas, tres veces cinco y tres calendas. Febrero con cuatro nonas, dos veces ocho calendas. Todos los meses concuerdan en los idus de octubre, por tanto, dos meses llevan treinta y dos días, febrero se vuelve solo con veintiocho días. En cualquier otro, cuatro veces ocho días menos uno. Queriendo saber de qué mes son cada una de las calendas, compón estas ferias con las concurrentes. Jano da tres a mayo, junio de ahí seis a febrero. Siete a septiembre, el décimo, marzo cinco a noviembre, abril defiende contigo uno de julio. Agosto toma cuatro, octubre solo dos. Si sopesas bien cuánta luna consta en las calendas. Lanzas estas lunares a las epactas presentes, septiembre tiene cinco, el ocho tiene cinco, el noveno tiene siete, el décimo los prestará, abril da diez a febrero, marzo la tercera a Jano, mayo está en las once, junio en las doce, agosto tiene dos veces siete, julio diez y tres. El tiempo que tiene apariencia de edad da el movimiento del mundo. Constante en los pasados, presentes y futuros, se llama tiempo por esta razón, porque templa el orbe, la misma razón lo prueba, porque el orden del tiempo es triple, estando por mandato de la naturaleza o por autor o por mandato. El sol y la luna hacen su año bajo la naturaleza, el sol por cinco días, trescientos diez veces seis, sumado el cuadrante del día de un sólido, por tantos días la luna iría en años comunes, si sin embargo este espacio de cinco y seis días, creces en treinta años embolismales. El mes, como es el uso, se hace de dos veces tres veces cinco días. Pero sin embargo este uso, no es uso, sino abuso, cuando ni la luna ni el sol hacen tal curso, pues el curso de la luna, a salvo la razón del salto, se lleva como es menor en doce horas que este espacio. Y la demora del sol se hace diez y media horas más larga. La fuerza divina o humana debe considerarse del autor. Por edicto del Señor que establece las leyes de Moisés, el séptimo año quita el trabajo del campo al judío, teniendo en cuenta la gravedad mortal de quien ordena. Los romanos repiten los juegos después de cuatro años, y febrero recibe estos mismos cuatro en el año. El tiempo está en átomos, momentos y minutos, partes, ostentos, puntos, cuadrantes, horas y días y semanas y meses, años, y lustros igualmente, siglos, edades y el átomo suena en nuestra lengua indivisión, cinco causas permanecen, en las cuales suele estar el átomo: sol, número, tiempo, también oración, cuerpo. El átomo en el sol quiere ser una mota de polvo. El átomo en el número, la mónada es su origen. El átomo en el tiempo es como el golpe rápido del ojo. El átomo en la voz, cada letra está por sí misma. El átomo en el cuerpo, al cual apenas se le adherirá color alguno. El átomo del ostento, toda la porción debe tenerse; se hace trescientas o dos veces dos, dos veces cuarenta. El ostento es verdaderamente la décima sexta parte de la hora. La hora se hace de cinco puntos, dos veces cinco minutos, tiene seis ostentos diez veces, partes quince, se hace por moneda cuatro veces, esto es diez serenta, el punto con tres partículas y dos minutos, ocho momentos a la vez doce ostentos. La parte doble de hemi quiere devolver uno, un minuto, haciendo dos veces dos momentos y seis ostentos, cuatro ostentos están retenidos en una parte, y dos momentos, partes gemelas y desde abajo, el momento suele dar un ostento y medio y uno, el sol da la hora con cinco puntos, la luna con cuatro. Primero Dios creó el globo del cielo y la masa de la tierra, pero el abismo cubría la tierra oculta por sombras: pero por días congruentes a las edades del tiempo que pasa, adornó el orbe, y el éter, y toda la maquinaria del mundo. El primer Creador del siglo, ahuyentando las tinieblas del día, iluminó con luz el orbe aún escondido por las aguas. Llenó a los habitantes del mundo con las alegrías de la luz bendita, pronto el altísimo Creador del siglo, en la primera edad, es colocado entre los cielos, el segundo globo máximo de Dios del polo, y el agua lábil fue dividida a ambos lados. En el primer tiempo de la segunda edad, el arca mística, concurriendo de aquí para allá, es colocada entre los cielos. Brillando la tercera luz del siglo, el abismo profundo que fluye bajo el éter se asienta, y la tierra árida aparece verdeante. La prole elegida de Abraham, de los flujos de los pérfidos, floreció clara en la edad, brillando la tercera luz del siglo. La cuarta luz de los astros sublimes brillaba en el día, para dar la gracia de la luz brillante al polo y al suelo. La gente hebrea resplandeció ilustre en el reino davídico, revelando en la cuarta edad los rayos de los astros sublimes. Un nuevo género es engendrado en el quinto día, naciendo de las aguas límpidas de los que nadan y vuelan bajo el polo. En la quinta edad, en Caldea, pagando la pena Judea, de los pérfidos de los fieles, nace un nuevo género. En el sexto fue creado el hombre, que prefiriendo la imagen de Dios su Creador, viviría siempre feliz. El sumo Creador de todo, por quien fue creado el hombre, en la sexta edad, el Hijo de Dios, el hombre fue creado en el sexto. A Adán que duerme se le forma la espléndida mujer, sacando hueso de sus huesos, carne de su carne. De la carne propia de Cristo, y del misterio de la sangre, ya nació la esposa en la cruz, espléndida para el que duerme. Después de las cosas altas, el Creador, descansando en el séptimo día, ordena que sea llamada en los siglos y sea el Sabbat. La séptima edad de quietud es el siglo que vendrá después de esto, en la cual sabbatiza con los suyos después de las cosas altas el Creador. La octava resta más sublime que las otras edades, cuando los muertos resucitarán del antiguo montón de la tierra, y los justos verán el rostro amable de Cristo perpetuamente, y serán como ángeles brillantes en la fortaleza celestial, el camino hacia la cual nos mostró él mismo como precursor, nacido de madre virgen, Dios y Hijo de Dios. Pues destruyendo la muerte con la muerte, en la sexta sometió... Pero descansó en el Sabbat, escondido en el corazón de la tierra; y al surgir en la primera del Sabbat, abre la puerta de la vida, y con los suyos que se alegran asciende al trono del Padre. Y en las seis edades de este siglo nos ordena, llevando ya nuestra cruz, vencer todo derecho de la muerte. Entraremos después de todas las batallas del mundo vencidas, sueltos de los vínculos de la carne, al Sabbat de la vida perenne. Seguirá una del Sabbat que no se cerrará con ningún término, cuando la inmortalidad de la carne nos es devuelta. Así, poseyendo el doble gozo de la carne y del espíritu, ascenderemos a las murallas celestiales del reino perenne. A donde te pedimos que vengamos, concédenos, santa Trinidad, conocerte a ti como el único Dios verdadero por los siglos. Gloria, etc. Cantando el himno de los mártires, digamos el de los Inocentes, a quienes la tierra perdió llorando, pero el cielo los recibe alegrándose. Cuyos ángeles contemplan el rostro del padre por los siglos, y alaban su gracia, cantando el himno de los mártires. A quienes el rey impío mató, pero el autor piadoso los recoge, colocándolos felices consigo, en la luz del reino perpetuo. Quien otorgó moradas a cada uno en la casa del padre, da en las sedes superiores a quienes el rey impío mató. La ira de Herodes golpeó a los niños de dos años y menos, y roció los confines de Belén con sangre santa. La muerte inocente de los fieles resplandeció clara para Cristo, los ángeles llevaban a los cielos a los niños de dos años y menos. La voz resonó en Rama, lamentos de máximo llanto, Raquel lloró a sus hijos bañada en lágrimas. Se alegran en el triunfo perpetuo, quienes habían vencido los tormentos, cuya voz gimiendo por los azotes resonó en Rama. No temas, pequeño rebaño, los dientes pérfidos del león, pues el buen pastor os dará pastos celestiales. Tú que sigues al cordero blanco de Dios por el camino del mundo, no temas, pequeño rebaño, las manos impías del ladrón. El Padre enjugará toda lágrima de vuestros rostros. La muerte ya no os daña, recibidos en las murallas de la vida. Quienes siembran en lágrimas, segarán en alegría duradera, el Creador enjugará toda lágrima de las mejillas de los que lloran. Oh, qué ciudad tan bendita, en la que nace el Redentor, y en la que se dicen las hostias de los primeros mártires nacidos. Nunca eres llamada pequeña entre los miles de ciudades, de la cual ha surgido un nuevo guía, oh, qué ciudad tan bendita. Están de pie brillando con vestiduras resplandecientes ante su trono ahora, quienes habían lavado sus estolas en la sangre roja del Cordero. Quienes habían llorado gimiendo por la patria perpetua, alegres con alabanzas a Dios, están de pie brillando con vestiduras resplandecientes. Gloria, etc. Cantemos el himno de gloria, que resuenen ahora himnos nuevos, Cristo con nuevo camino asciende al trono del Padre. Pasa con triunfo de gloria las cumbres del polo poderosamente, quien había asumido la muerte con la muerte, burlado por los mortales, pues los umbrales de la muerte terrible, recorriendo las ciegas sombras del infierno con su potencia, había atado al príncipe de la muerte, y a quienes conocía como suyos en los actos y en la fe, los salvó a todos de las fauces del Averno feroz. Y el Redentor abre la alegre puerta de la vida a todos, a quienes la amarga ley del cuerpo había privado de los piadosos. Oh, qué claridad maravillosa de las cosas! Es admirable la virtud del Salvador con doble gracia, que destruye los reinos de la muerte: pues trajo a muchos de las puertas del infierno con su espíritu, y a muchos los rescató del fauce de la muerte con el cuerpo mismo. Para que sonaran las alegrías de Cristo que resucita de entre los muertos, dos coros de pascua de los que se alegran con vida nueva. Dos cohortes siguieron a Cristo al ascender, y mantuvieron sedes perpetuas en el cielo entre los ángeles. Llevemos, pues, todos este día con alabanzas consonantes, en el que Jesús vencedor busca las puertas del Olimpo brillante, donde él mismo nos preparó, bienaventurado precursor, ante el Padre, lechos y muchas moradas, el autor del éter. Donde toda la caterva de los fieles que precedieron desde el siglo subió al reino del cielo, abriendo Cristo. Estaban en el admirable triunfo del Rey altísimo los grupos de celestiales a la vez, buscando el polo de las huestes. Entonces los apóstoles en el monte místico del crisma, junto con la madre virgen clara, veían la gloria de Jesús. Y habiéndolo seguido con luz alegre, buscando las estrellas con corazones alegres por los aires, llevaron al rey del siglo. A quienes los ángeles hablándoles,¿ por qué miráis de pie a los astros? Este es el Salvador, dicen, Jesús noble en el triunfo. Quien ahora es asumido de vosotros a los cielos, vendrá desde allí al final del siglo como juez de todos. Habían dicho esto, y sin demora, unidos a los coros felices, con el rey de reyes, los brillantes se acercan a las puertas del Olimpo. Entonces se emitió la voz del ángel: Abrid ahora, dice, las puertas, y entrará el guía de la paz y el Rey de gloria perpetuo. Respondió esto desde lo íntimo la voz de las murallas de la ciudad nutricia:¿ Quién es este rey de gloria, que entre en las puertas del polo? Nosotros siempre estamos acostumbrados a ver a Cristo en los celestiales, y junto con el Padre nos alegramos en su gloria igual. Pero el pregonero del gran juez: El Señor es potente y fuerte, quien derribó en la batalla al príncipe del mundo triunfando. Por lo cual elevaos, puertas perennes del éter, que entre el Rey de gloria de virtud y gracia. Admirada aún, la sala de los ciudadanos celestiales pregunta:¿ Quién, dice, es el Rey de gloria, este Rey tan loable? Pero pronto la trompeta del señor respondió: El autor de todas las virtudes altísimas, y él mismo es el Rey que brilla con gloria. Dichas estas cosas, el rey de gloria con el glorioso soldado, entró en el éter, el sublime reino de gloria. Donde el bondadoso donó moradas a cada uno, a quienes había traído de las profundidades del infierno, por los actos congruentes. Y él mismo, pasando todas las cumbres del cielo brillante, se sentó a la derecha del Padre, el Hijo consempiterno. Vendrá desde allí en gloria, a juzgar a los vivos junto con los muertos por sus actos, potente en justo examen. En cuyo tiempo te rogamos, Jesús Redentor único, que nos agregues entre tus siervos benignos en el éter. Danos tender hacia allí con asidua devoción, donde creemos que te sientas con el Padre en la fortaleza del reino. Allí entonces, llenos de tu Espíritu en nuestros corazones, muéstranos al Padre, y esta sola visión nos basta. Brilló para los siglos el día bendito de la virgen, que vencida la muerte, recibió las alegrías de la vida perpetua. Inés entró en el palacio dorado del polo triunfando, y unida a las dulces bodas del Cordero, se congratula. Mezclada con los grupos de vírgenes castas en la fortaleza del cielo, canta un canto nuevo a Dios Padre, y a la vez al nacido. Ya digna de tal premio, quien había despreciado con amor a Cristo las prósperas cosas del mundo y las pompas sórdidas del siglo. Golpeada también por las ásperas espinas de las adversidades, persevera fuerte en la fe, a quien una vez había prometido a Cristo. El enemigo feroz quitó el manto de la joven de sus miembros, pero nadie pudo quitar la estola del interior del pecho. Quien Cristo envía también exteriormente la túnica a la virgen, enseñándola vestida con el lino íntimo de la verdad. Introducida en el templo de las inmundicias, la mártir es libre de la suciedad, pues el lugar del prostíbulo se convierte de repente en lugar de oraciones. Se ilumina desde el cielo la guarida que fue de los demonios, y expulsado el príncipe de la muerte, se ve al ministro de la vida. Los probos prueban las maravillas, y honran a Dios de la mártir, el burlador es pronto castigado con muerte digna por el milagro. A quien la mártir bendita resucitando de las puertas del infierno, así vuela a las estrellas a través de los Lares y las puertas de hierro. Donde ve la gloria del Creador suyo por los siglos, y entre los himnos de la patria celestial, el ciudadano canta, Gloria, etc. Nace el alto precursor de la Luz, y pregonero del Verbo, alégrate, corazón de los fieles, y recibe gozoso la luz. Cuya natividad admirable fue conocida por el ángel a los padres en el siglo. Ya dotados de fe piadosa, a quien el mismo Gabriel impone el nombre sublime de Juan, y predice sus actos clarísimos. Quien aún pequeño, retenido en el vientre de la madre, percibió el espíritu bondadoso de la gracia, testigo futuro de la gracia. Y aún no nacido, ya dio testimonio de la luz, lo cual cumplió él mismo en gloria al nacer admirablemente. Este sometió a muchos de Israel a la fe de Cristo, y trasladó los corazones de los padres a los hijos, enseñando las cosas superiores. Quien vino en el espíritu del profeta Elías, para preparar el camino a Cristo y abrir a los pueblos el camino de la salvación. En quien no hay profeta mayor entre los hijos de las mujeres, pues él mismo brilló más que profeta por sus actos maravillosos. Quien predicaba y daba el bautismo de penitencia, y ofreció a las turbas para ser iluminadas por la gracia de Jesús. Y al mismo Jesús, que lava todas las cosas en el Espíritu Santo, purifica, lo bautizó en el torrente de la corriente del Jordán. Y bautizado, vio inmediatamente abiertos los cielos. Nos abre la puerta del polo con su bautismo. Y vio al Espíritu descender sobre él en forma de paloma, quien, ignorante del engaño, busca las mentes simples. Y oyó la voz del Padre: Este es mi Hijo amado desde el siglo, dijo, en quien me complací. Instruido por estos oráculos, el Bautista predica a Jesús nacido de Dios, quien lave a los fieles en el Espíritu Santo.¿ Qué más puede cantar nuestro sermón sobre sus pregoneros? De quien la voz del Padre sobre el Hijo predijo antaño: He aquí que envío, dijo, al ángel, que prepare tu camino, y se adelante a tu sol con el rostro rojo como Lucifer. Cantemos la gloria de los apóstoles con himnos debidos, dediquémonos a los votos anuales, Jesús, favorece a los que ruegan, Simón Pedro, hijo de Jonás, y el bondadoso Doctor de las gentes, dedicaron las alegrías festivas a los siglos con su sangre. La hora del tránsito unió a los que buscaban la puerta del polo, a quienes una caridad siempre unida había unido retenidos en el mundo. A las diversidades de las gentes disonantes por largo error, arrastraban con palabras consonantes a la gracia de la verdad. El príncipe sacerdote de la iglesia ve a Jesús en el monte. Y oye la voz del Padre desde la cima del polo ígneo. Ascendiendo al polo brillante, la tercera vez que Pablo fue elevado, dijo arcanos, que no es lícito revelar a otro. Los pasos de Cefas por los cielos son ayudados por la diestra de Cristo, Cristo levanta a los suyos, para que el mar del siglo no los sumerja. Pablo enseña que los peligros de este siglo se vencen con la fe de los creyentes, salvando ya a los compañeros náufragos de las olas. Simón, sacando a los fieles del mundo de las profundidades de las olas, los lleva a la patria de la luz para liberar a los peces buenos. Pablo enseña a los justos a permanecer como habitantes en los campamentos de este siglo, las tiendas deben tejerse congruentes a los campamentos. La sombra de Simón levanta a los cansados por la languidez, limpia el contagio de la lepra, y fortalece a los cojos en el paso. El alto maestro de las gentes, ahuyenta con sus sudarios potentes todo el furor de los espíritus negros y toda enfermedad. La noche encierra a ambos en la cárcel, pero con la luz plena del cielo, ven las sombras y los vínculos, quienes ven la gloria de Cristo. Resucitan los cuerpos oprimidos por la muerte a los aires de la luz, y esconden a los enemigos pérfidos de los justos en las tinieblas del infierno. Habían lavado sus estolas en la sangre brillante del Cordero, gustando el cáliz de la muerte, triunfan sobre el príncipe de la muerte. Cuánto desea Pedro seguir las huellas de Cristo, a quien no teme venir por la áspera escalera de la cruz. Pablo entra por la espada al reino perenne, pues quien teme a Dios, entrega gustoso su cabeza al hierro. Así los príncipes de la Iglesia, así las verdaderas luces del mundo, tomaron la palma de la gloria con el triunfo noble de la muerte. Cuyos trofeos insignes contiene ya la Roma feliz, cuyas coronas celebra el ámbito de todo el orbe, nuestra voz hacia ti Dios, que nuestros corazones resuenen, y todo siglo alabe a ti admirable en los tuyos. Cristo, te rogamos, que a quienes decimos alabanzas ovantes, nos dones disfrutar de sus aspectos brillantes por el siglo. Con himnos por el cielo y suaves alabanzas de los apóstoles. Nuestro coro aquí resuene sonoro con dulces salmos, cíñenos, bondadoso, con la zona de oro de la castidad, para que viéndote, nos dediquemos perpetuamente a tus alabanzas. Bondadoso precursor de la gracia, y ángel de la verdad, linterna de Cristo, y evangelista de la luz perpetua. Los pregoneros de la profecía, que había cantado con voz, vida y actos, los construye con el sello de la muerte sagrada. Pues a quien había prevenido al nacer para los siglos, y había mostrado que bautizaría con su bautismo. La muerte inocente de este, por la cual la vida fue devuelta al mundo, la señala el Bautista mártir de la sangre con el presagio de la suya. A quien el tirano feroz escondió en vínculos y cárcel, pero ningún vínculo daña a quien los dones del corazón levantan. Quien ve la gloria de Cristo, quien los carismas del espíritu, no le aterra la oscuridad de la cárcel ni la pena del cuerpo. Ofreció gustoso su cabeza santísima para ser cortada, y no perdió la cabeza el piadoso, sino que Cristo es su verdadera cabeza. El espíritu del bondadoso pregonero se exulta de dejar los miembros, para que así complete los dones comenzados de la sagrada precursión, pues a quien había mostrado a los vivos permaneciendo en el cuerpo, a este, ya muerto, predica que Cristo viene a los muertos. Los infiernos se asombran con el nuevo anuncio de la liberación, se alegran los coros de los fieles, junto con la plebe de los padres. Los justos profetas y mártires, y quienes amaban a Cristo desde el siglo con corazones puros, lo honraban con actos piadosos. Todos se alegran con los dulces coloquios de Juan, y piden a Cristo que venga más rápido a sus siervos. Bondadoso precursor, di cuándo piensas que vendrá, ese advenimiento que está cerca, desciende, Jesús, y rescata. Finalmente el Redentor apareció, y congregando a todos en uno, tomó a los piadosos de los infiernos y los puso en los reinos del polo. Así el óptimo predicador, y el gran precursor de Cristo, después de retenido en el cuerpo, después de que cantaba a los muertos. Conduciendo Cristo a todos los coros de los fieles al éter, entró él mismo con los demás en las alegrías perennes. Estate presente, Cristo, a las voces, estate en nuestras mentes, protege benigno con tu diestra a los coros de los que cantan. Tú que naciste de la Virgen, por gracia de nuestra salvación, danos pechos puros, danos miembros castos del cuerpo. Y tú bendita sobre todas, Virgen María, entre las mujeres, Genitriz de Dios ilustre, favorece a nuestras alabanzas. Cuyas entrañas pudorosas dedicadas al Espíritu Santo, llevaban al Rey del siglo, nacido de la semilla de David. Bendita cuyos pechos llenos del sumo don alimentaban en la tierra a la única gloria de la tierra y del polo, que llevaste en tus dulces brazos al Príncipe de la sala celestial, festiva a los altos umbrales del templo por los ritos de la ley. En cuyo seno viendo ya al niño escondido, los magos ruegan al Rey y Dios máximo con votos devueltos. Llevando a Cristo, tú que cambias los ritos del numen de Menfis, y los extranjeros ven a Dios, a quien huyen de su patria. Tú que buscas triste con el padre José la alegría del mundo, y lo encuentras sentado gozoso en las casas del sumo Padre. A cuyo ruego Cristo sentado a las bodas místicas, transformó las aguas en los cálices del vino rojo. Cuyo espíritu piadoso atravesó la espada del dolor, mientras veías morir a Dios nacido de tu cuerpo. A quien el autor del éter, tronando desde la cima de la cruz, encomienda al hijo del trueno, para que virgen guarde a la virgen. De tu nacido Dios ya, que ves con luz bondadosa, después de los terribles vínculos de la muerte, la gloria del resucitado. Tú que contemplas la luz del polo, acercarse a la diestra del Padre, a quien habías visto acercarse a las tierras desde el seno del Padre primero. Sublime entre las brillantes estrellas de los apóstoles, cantas las alabanzas llenas de llama y del Espíritu sagrado. La alabanza que rendimos a Dios suplicantes, cantando a Cristo, Genitriz de Cristo, que tu intercesión la encomiende. Emmanuel, tú recibe los himnos que decimos a la Virgen sagrada y a la madre casta, y libera a tu plebe. Ahora cantemos con voces alegres las solemnidades de Andrés, quien adorna la gloria del apostolado con el triunfo de la sangre, a quien Cristo llamó con sus hermanos a los reinos del cielo mientras tejía la red por las aguas turbias con los peces. Y lo envió a las gentes lejanas para abrir la palabra de salvación, y levantar las mentes crédulas de las olas del siglo. Quien pronto con la antorcha de la fe mientras ilumina las costas de Grecia, brillante de Dios Cristo, ahuyenta las sombras del error. El guía de la luz acomete con armas a las armas sombrías del Aqueo, pero el soldado de Dios repele fuertemente el ímpetu del enemigo. Abre los misterios de la cruz, que disolvió poderosamente los terribles vínculos de la muerte antigua, y trajo la vida al mundo. Trae también la hostia del Cordero, quien liberándonos del enemigo, nos lleva a la vida a través del éter, y al reino perenne consigo. Encerrado en la cárcel negra, el ministro de la luz abre los caminos de la paz hacia las estrellas a las multitudes de los pueblos. Golpeado siete veces con azotes, se rió de todos los tormentos, pues los siete dones del Espíritu Santo ya lo habían llenado. Finalmente elevado en la cruz, dejó la tierra sórdida, y feliz con pasos limpios buscó las puertas del polo. La ciudad nutricia lo recibió, y nuestra madre de todos, alegrada por el mártir de Cristo, y el apóstol máximo. Todo el coro de los ciudadanos celestiales se alegra con nosotros, viendo las solemnidades perennes del gran Andrés ahora. Salve, trofeo de gloria, salve signo sagrado de la victoria, por el cual Dios redimió al mundo perdido muerto. Oh, cruz gloriosa, brillas con virtudes brillantes, que Cristo mismo dedicó a los miembros de su propio cuerpo. Antaño oprimías al género de los mortales con miedo pálido, pero ahora llenas los pechos de los fieles con amor alegre. Es un juego para los creyentes disfrutar de tus abrazos, tú que engendras tan grandes alegrías, tú que abres las puertas del cielo, tú que, después de los miembros del Creador, eres más dulce para nosotros que la miel y preferida a todos los honores del mundo. Me alegro de acercarme a ti ahora, te abrazo con los brazos de la caridad, asciendó por ti a las alegrías celestiales. Así, recíbeme gustoso a mí, siervo de aquel que me redimió por tu gloria, oh excelso Maestro. Así habla Andrés al ver los cuernos erguidos de la cruz, y entregando su vestidura al soldado, es elevado al árbol de la vida. Y el excelso no cesa de enseñar desde la cruz a la multitud que lo rodea, a abrir la vida eterna con Dios y el reino del cielo. Ante cuya fe ya ferviente, el juez de la multitud, aterrorizado, promete liberarlo de los lazos de esta negra muerte. Pero Andrés, contemplando los caminos del cielo, al Rey del cielo y a la multitud de conciudadanos en la dulce fortaleza celestial, dijo: Jesús, buen Maestro, te ruego, que nadie me quite vivo de esta cruz, soltando mis ataduras, antes de que hayas tomado mi espíritu arrebatado de la carne y me hayas colocado en las murallas de la patria por la que lucho. Dijo esto, y una luz emitida desde las sedes celestiales rodeó al fortísimo mártir de Cristo, y un resplandor más brillante que el sol, permaneciendo mucho tiempo ante él, enseña qué palma o qué gloria sigue a la cruz. Pues, regresando pronto a las alturas del cielo, trae consigo el espíritu del excelso apóstol, liberado de los nudos del cuerpo. Con el cual, junto a tus fieles, Jesús, el vencedor bendito del siglo, entona gozoso por siempre los cantos de triunfo. Concédenos, Cristo, entre las felices huestes de los sublimes, una suerte para nosotros, pequeños que te cantamos himnos.