De Senectute
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Original / primary: Spanish Gemini
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¡ Oh Tito!, si en algo he aliviado la preocupación que ahora te consume y te inquieta fija en tu pecho,¿ qué recompensa habrá? Pues me es lícito dirigirme a ti, Ático, con los mismos versos con los que aquel hombre se dirige a Flaminino, un hombre de escasa fortuna, pero lleno de lealtad; aunque sé con certeza que tú, Tito, no te inquietas como Flaminino, ni de noche ni de día, pues conozco la moderación de tu ánimo y tu ecuanimidad, y comprendo que no solo has traído de Atenas tu sobrenombre, sino también tu humanidad y prudencia. Y, sin embargo, sospecho que a veces te conmueves más gravemente por las mismas cosas que yo mismo, cuyo consuelo es mayor y debe posponerse para otro momento. Ahora, sin embargo, me ha parecido oportuno escribirte algo sobre la vejez,
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pues quiero que tanto tú como yo mismo nos veamos aliviados de esta carga, que me es común contigo, de una vejez que ya nos presiona o que ciertamente se acerca; aunque sé con certeza que tú, ciertamente, la sobrellevas y la sobrellevarás con moderación y sabiduría, como todo lo demás. Pero, al querer yo escribir algo sobre la vejez, me viniste a la mente como alguien digno de este regalo, del cual ambos pudiéramos disfrutar en común. Para mí, ciertamente, la elaboración de este libro ha sido tan placentera que no solo ha borrado todas las molestias de la vejez, sino que ha hecho que la vejez sea incluso suave y agradable. Por tanto, nunca se podrá elogiar con la suficiente dignidad a la filosofía, a la cual, quien obedezca, puede pasar todo el tiempo de su vida sin molestia.
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Pero sobre los demás temas ya hemos hablado mucho y hablaremos a menudo: este libro sobre la vejez te lo hemos enviado a ti. Sin embargo, hemos atribuido todo el diálogo no a Titono, como Aristo de Ceos— pues habría poca autoridad en una fábula—, sino a Marco Catón el Viejo, para que el discurso tuviera mayor autoridad; ante quien presentamos a Lelio y a Escipión admirándose de que él sobrelleve la vejez con tanta facilidad, y a él respondiéndoles. Y si parece que diserta con más erudición de lo que él mismo acostumbraba en sus propios libros, atribúyelo a las letras griegas, de las cuales consta que fue muy estudioso en su vejez. Pero,¿ qué necesidad hay de más? Pues el discurso del propio Catón explicará toda nuestra opinión sobre la vejez.
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ESCIPIÓN. A menudo suelo admirar, junto con este Cayo Lelio, tu excelente y perfecta sabiduría en las demás cosas, Marco Catón, y sobre todo el hecho de que nunca he sentido que la vejez te sea gravosa, la cual para la mayoría de los ancianos es tan odiosa que dicen soportar una carga más pesada que el Etna. CATÓN. No parece que admiréis algo realmente difícil, Escipión y Lelio. Pues para aquellos que no tienen en sí mismos recursos para vivir bien y felizmente, toda edad es gravosa; pero para quienes buscan todos los bienes de sí mismos, nada puede parecer un mal que la necesidad de la naturaleza traiga. En este género se encuentra, ante todo, la vejez, que todos desean alcanzar y, una vez alcanzada, la acusan; tanta es la inconstancia y perversidad de la estupidez. Dicen que les sobreviene más rápido de lo que pensaban. Primero,¿ quién les obligó a pensar algo falso? Pues,¿ acaso la vejez sobreviene más rápido a la juventud que la juventud a la infancia? Además,¿ en qué sería menos gravosa la vejez para ellos si vivieran ochocientos años que si vivieran ochenta? Pues la edad pasada, por larga que sea, una vez que ha transcurrido, no podría consolar con ninguna consolación a una vejez estúpida.
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Por lo cual, si soléis admirar mi sabiduría— que ojalá fuera digna de vuestra opinión y de nuestro sobrenombre—, en esto somos sabios: en que seguimos a la naturaleza, la mejor guía, como a un dios, y le obedecemos; de la cual no es verosímil que, habiendo sido bien distribuidas las demás etapas de la vida, haya descuidado el último acto como un poeta inexperto. Pero, sin embargo, fue necesario que hubiera algo final y, como en las bayas de los árboles y los frutos de la tierra, que fuera, por así decirlo, marchito y caduco por la madurez oportuna, lo cual debe ser soportado con suavidad por el sabio. Pues,¿ qué otra cosa es luchar contra los dioses al modo de los gigantes sino oponerse a la naturaleza?
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LELIO. Y sin embargo, Catón, nos harás un gran favor, y me atrevo a prometerlo también en nombre de Escipión, si, puesto que esperamos— y ciertamente deseamos— llegar a ser ancianos, aprendemos de ti mucho antes con qué métodos podemos sobrellevar más fácilmente la edad que se hace pesada. CATÓN. Lo haré, ciertamente, Lelio, especialmente si, como dices, ha de ser grato para ambos. LELIO. Lo deseamos de verdad, si no es molestia, Catón, que, como si hubieras recorrido un largo camino por el que nosotros también debemos transitar, nos muestres cómo es ese lugar al que has llegado.
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CATÓN. Lo haré como pueda, Lelio. Pues a menudo he asistido a las quejas de mis iguales— y los iguales, según el viejo proverbio, se reúnen muy fácilmente con sus iguales—, que Cayo Salinator y Espurio Albino, hombres consulares y casi de nuestra misma edad, solían deplorar: tanto porque carecían de placeres, sin los cuales consideraban que la vida no era nada, como porque eran despreciados por aquellos por quienes solían ser honrados; quienes no me parecían acusar lo que debía ser acusado. Pues si eso sucediera por culpa de la vejez, lo mismo me ocurriría a mí y a todos los demás mayores, cuya vejez he conocido sin quejas, quienes no se sentían molestos por haberse liberado de las cadenas de las pasiones ni eran despreciados por los suyos. Pero la culpa de todas las quejas de este tipo está en las costumbres, no en la edad. Pues los ancianos moderados, que no son difíciles ni inhumanos, llevan una vejez tolerable, mientras que la impertinencia y la inhumanidad son molestas a cualquier edad.
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LELIO. Es como dices, Catón; pero tal vez alguien diría que para ti la vejez parece más tolerable debido a tus recursos, riquezas y dignidad, y que eso no puede sucederle a muchos. CATÓN. Eso es algo, ciertamente, Lelio, pero de ninguna manera todo está en eso; como se cuenta que Temístocles respondió a cierto habitante de Serifos en una disputa, cuando este dijo que él no había alcanzado el esplendor por su propia gloria, sino por la de su patria:« Por Hércules— dijo—, si yo fuera de Serifos, ni tú, si fueras ateniense, habrías sido famoso jamás». Lo cual puede decirse de la misma manera sobre la vejez; pues ni en la mayor pobreza puede la vejez ser ligera, ni siquiera para el sabio, ni para el insensato, incluso en la mayor abundancia, puede no ser gravosa.
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Las armas de la vejez, Escipión y Lelio, son absolutamente las artes y los ejercicios de las virtudes, que, cultivados en toda edad, cuando has vivido mucho y durante mucho tiempo, producen frutos maravillosos, no solo porque nunca abandonan, ni siquiera en el último momento de la vida— aunque eso es ciertamente lo más importante—, sino también porque la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de muchas buenas acciones es sumamente placentero.
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Yo, siendo joven, amé a Quinto Máximo, aquel que recuperó Tarento, como si fuera de mi misma edad. Pues había en aquel hombre una gravedad templada con afabilidad, y la vejez no había cambiado sus costumbres. Aunque comencé a tratarlo no siendo muy mayor, pero sí ya avanzado en edad. Pues fue cónsul por primera vez el año después de que yo naciera, y con él, siendo yo un joven soldado, partí hacia Capua en su cuarto consulado, y cinco años después hacia Tarento. Luego, cuatro años después, fui hecho cuestor, magistratura que ejercí siendo cónsules Tuditano y Cetego, cuando él, ya muy anciano, fue defensor de la ley Cincia sobre dones y regalos. Este hombre libraba guerras como un joven, aunque era claramente mayor, y con su paciencia suavizaba a Aníbal, que se jactaba juvenilmente; sobre quien nuestro familiar Ennio dijo brillantemente:« Un solo hombre, con su demora, nos restituyó el Estado; no anteponía los rumores a la salvación; por tanto, más y más brilla ahora la gloria del varón».
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¡ Y Tarento, con qué vigilancia y con qué criterio la recuperó! Cuando, ante mí, Salinator, que tras perder la ciudad había huido a la ciudadela, se jactaba y decía:« Por mi esfuerzo, Quinto Fabio, recuperaste Tarento»; él respondió riendo:« Ciertamente, pues si tú no la hubieras perdido, yo nunca la habría recuperado». Y no fue menos destacado en las armas que en la toga; quien, siendo cónsul por segunda vez, mientras su colega Espurio Carvilio permanecía inactivo, resistió cuanto pudo al tribuno de la plebe Cayo Flaminio, que repartía el territorio picentino y galo hombre por hombre contra la autoridad del senado; y siendo augur, se atrevió a decir que se realizaban bajo los mejores auspicios aquellas cosas que se hacían por la salvación de la república; y que las que se hacían contra la república, se hacían contra los auspicios.
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Conocí muchas cosas brillantes en aquel hombre, pero nada más admirable que el modo en que sobrellevó la muerte de su hijo, un hombre ilustre y consular. Está en nuestras manos su oración fúnebre, y cuando la leemos,¿ a qué filósofo no despreciamos? Y no fue grande solo a la luz y ante los ojos de los ciudadanos, sino más destacado aún en el interior y en su casa.¡ Qué conversación, qué preceptos!¡ Qué conocimiento de la antigüedad, qué ciencia del derecho augural! Muchas letras también, como corresponde a un hombre romano: retenía en su memoria todo, no solo las guerras domésticas, sino también las externas. Disfrutaba de su conversación con tanto deseo como si ya adivinara— lo cual sucedió— que, una vez muerto él, no habría nadie de quien aprender.
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¿ A qué viene, pues, hablar tanto de Máximo? Porque ciertamente veis que es impío decir que tal vejez haya sido miserable. Y, sin embargo, no todos pueden ser Escipiones o Máximos, para recordar tomas de ciudades, batallas terrestres o navales, guerras libradas por ellos mismos y triunfos. Existe también una vejez plácida y suave de una vida vivida con tranquilidad, pureza y elegancia, como la que recibimos de Platón, quien murió escribiendo a los ochenta y un años, o la de Isócrates, quien dice haber escrito aquel libro que se titula Panatenaico a los noventa y cuatro años y vivió cinco años después; cuyo maestro, Gorgias de Leontinos, completó ciento siete años y nunca cesó en su estudio y trabajo. Quien, al ser preguntado por qué quería vivir tanto tiempo, dijo:« No tengo nada de qué acusar a la vejez».
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¡ Excelente respuesta y digna de un hombre docto! Pues los insensatos atribuyen sus propios vicios y su propia culpa a la vejez, lo cual no hacía aquel de quien acabo de hacer mención, Ennio:« Como el caballo fuerte que a menudo ha vencido en la última carrera de Olimpia, ahora descansa consumido por la vejez». Compara la vejez del caballo fuerte y vencedor con la suya propia; a quien, ciertamente, podéis recordar bien; pues diecinueve años después de su muerte fueron hechos cónsules estos, Tito Flaminino y Manio Acilio; él, en cambio, murió siendo cónsules Cepión y Filipo por segunda vez, cuando yo, a los sesenta y cinco años, había defendido con gran voz y buenos pulmones la ley Voconia. A los setenta años, pues vivió tanto Ennio, sobrellevaba las dos cargas que se consideran mayores, la pobreza y la vejez, de tal modo que parecía casi deleitarse con ellas.
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En efecto, cuando reflexiono, encuentro cuatro causas por las que la vejez parece miserable: una, porque aparta de los asuntos públicos; otra, porque hace el cuerpo más débil; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está lejos de la muerte. Veamos, si os parece, cuán justa es cada una de estas causas. La vejez aparta de los asuntos públicos.¿ De cuáles?¿ Acaso de aquellos que se realizan con la juventud y la fuerza?¿ Acaso no hay, pues, asuntos propios de los ancianos que, aun con cuerpos débiles, se administren con el ánimo y la mente?¿ Acaso no hacía nada Quinto Máximo, nada Lucio Paulo, tu padre, suegro de mi hijo, un hombre excelente? Los demás ancianos, los Fabricios, Curios, Coruncanios, cuando defendían la república con su consejo y autoridad,¿ no hacían nada? A la vejez de Apio Claudio se añadía además el hecho de que era ciego;
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sin embargo, él, cuando la opinión del senado se inclinaba hacia la paz con Pirro y hacia la firma de un tratado, no dudó en decir aquellas cosas que Ennio recogió en versos:«¿ Hacia dónde se han desviado vuestras mentes, que antes solían estar rectas, dementes por el camino?». Y el resto con gran gravedad, pues el poema os es conocido, y sin embargo, existe la oración del propio Apio. Y esto lo hizo diecisiete años después de su segundo consulado, habiendo transcurrido diez años entre los dos consulados y habiendo sido censor antes del consulado anterior, por lo que se entiende que en la guerra de Pirro era ya muy anciano, y sin embargo, así lo hemos recibido de nuestros antepasados.
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Nada aportan, pues, quienes niegan que la vejez deba ocuparse en los asuntos públicos, y son como si alguien dijera que el timonel no hace nada en la navegación, mientras otros trepan por los mástiles, otros corren por las cubiertas, otros achican el agua de la sentina, y él, sosteniendo el timón, permanece tranquilo en la popa; no hace lo que los jóvenes, pero hace cosas mucho mayores y mejores. No se realizan las grandes cosas con la fuerza, la velocidad o la agilidad de los cuerpos, sino con el consejo, la autoridad y el criterio, de los cuales la vejez no solo no suele estar privada, sino que suele estar aumentada.
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A menos que tal vez yo os parezca ahora estar ocioso, yo que, como soldado, tribuno, legado y cónsul, he participado en diversos tipos de guerras, al no librar guerras ahora. Pero prescribo al senado qué debe hacerse y cómo; denuncio desde hace mucho tiempo la guerra a Cartago, que ya hace tiempo que trama el mal, de la cual no dejaré de temer hasta que sepa que ha sido arrasada.¡ Ojalá los dioses inmortales, Escipión, te reserven esa palma,
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para que persigas los restos de tu abuelo, de cuya muerte hace ya treinta y tres años, pero todos los años siguientes mantendrán el recuerdo de aquel hombre. Murió un año antes de que yo fuera censor, nueve años después de mi consulado, cuando fue elegido cónsul por segunda vez siendo yo cónsul.¿ Acaso, pues, si hubiera vivido hasta los cien años, se arrepentiría de su vejez? Pues no usaría ni la carrera ni el salto, ni lanzas a distancia ni espadas en el combate cuerpo a cuerpo, sino el consejo, la razón y el criterio, los cuales, si no estuvieran en los ancianos, nuestros antepasados no habrían llamado al consejo supremo« senado». Entre los lacedemonios, ciertamente, aquellos
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que ejercen la magistratura más importante, tal como son, así también son llamados: ancianos. Pero si queréis leer o escuchar cosas externas, encontraréis que las mayores repúblicas han sido arruinadas por jóvenes y sostenidas y restituidas por ancianos.« Dime,¿ cómo habéis perdido vuestra república tan grande tan pronto?». Pues así preguntan en el« Lupo» del poeta Nevio. Se responde, entre otras cosas, esto principalmente:« Surgían oradores nuevos, jóvenes estúpidos». La temeridad es, evidentemente, propia de la edad floreciente, la prudencia de la que envejece.
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Pero la memoria disminuye. Lo creo, a menos que la ejercites, o incluso si eres naturalmente más lento. Temístocles había aprendido los nombres de todos los ciudadanos;¿ acaso pensáis que él, al avanzar en edad, solía saludar a Lisímaco como Arístides? Yo, por mi parte, no solo conozco a los que están vivos, sino también a sus padres y abuelos, y al leer los sepulcros no temo, como dicen, perder la memoria; pues al leerlos precisamente, vuelvo a la memoria de los muertos. Y, en verdad, no he oído de ningún anciano que haya olvidado en qué lugar enterró su tesoro. Recuerdan todas las cosas que les importan, las fianzas constituidas, a quiénes deben y quiénes les deben a ellos.
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¡ Qué decir de los jurisconsultos, de los pontífices, de los augures, de los filósofos ancianos!¡ Cuántas cosas recuerdan! Los talentos permanecen en los ancianos, siempre que permanezcan el estudio y la industria, y no solo en hombres ilustres y honrados, sino también en la vida privada y tranquila. Sófocles escribió tragedias hasta una edad muy avanzada; y como por este estudio parecía descuidar sus asuntos familiares, fue llamado a juicio por sus hijos para que, del mismo modo que según nuestra costumbre se suele prohibir a los padres que administran mal sus bienes, los jueces lo apartaran de sus asuntos familiares como si estuviera desvariando. Entonces se dice que el anciano recitó ante los jueces la obra que tenía entre manos y que había escrito recientemente, el« Edipo en Colono», y preguntó si aquel poema parecía el de alguien que desvaría,
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y tras recitarlo, fue absuelto por el veredicto de los jueces.¿ Acaso, pues, a este, a Homero, Hesíodo, Simónides, Estesícoro, a los que mencioné antes, Isócrates, Gorgias, a los príncipes de los filósofos, Pitágoras, Demócrito, a Platón, Jenócrates, o después a Zenón, Cleantes, o a aquel que vosotros también visteis en Roma, Diógenes el estoico, les obligó la vejez a enmudecer en sus estudios?¿ O no fue en todos la agitación de los estudios igual a la vida?
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Vamos, para dejar de lado esos estudios divinos, puedo nombrar del campo sabino a rústicos romanos, vecinos y familiares míos, sin cuya presencia casi nunca se realizan grandes trabajos en el campo, ni en la siembra, ni en la recolección, ni en el almacenamiento de los frutos. Aunque en otros esto es menos sorprendente, pues nadie es tan anciano que no piense que puede vivir un año; pero los mismos se esfuerzan en cosas que saben que no les pertenecen en absoluto:« Planta árboles que aprovechen a otra generación», como dice nuestro Estacio en los« Sinéfebos».
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Y, en verdad, el agricultor no duda, por muy anciano que sea, en responder a quien le pregunta para quién planta:« Para los dioses inmortales, que quisieron no solo que yo recibiera esto de mis antepasados, sino también que lo transmitiera a mis descendientes». Y mejor habla Cecilio sobre el anciano que mira hacia otra generación que aquel otro:«¡ Por Pólux, vejez, si no trajeras contigo ningún otro vicio al llegar, ese solo basta: que, por vivir mucho tiempo, ves muchas cosas que no quieres ver!». Y quizás también muchas que quiere, y en aquellas que no quiere, a menudo incurre también la juventud. Pero aquello del mismo Cecilio es más vicioso:« Entonces, ciertamente, considero esto lo más miserable en la vejez: sentir que a esa edad uno mismo es odioso para otro».¡ Más bien placentero que odioso!
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Pues así como los ancianos sabios se deleitan con los jóvenes dotados de buena índole, y la vejez de aquellos que son honrados y amados por la juventud se vuelve más ligera, así los jóvenes se alegran con los preceptos de los ancianos, por los cuales son conducidos a los estudios de las virtudes; y no entiendo menos que yo soy grato para vosotros que vosotros para mí. Pero veis que la vejez no solo no es lánguida e inerte, sino que es laboriosa y siempre haciendo y tramando algo, tal, ciertamente, como fue el estudio de cada uno en su vida anterior.¿ Qué decir de los que incluso aprenden algo, como vemos a Solón jactándose en versos, quien dice que cada día aprende algo y se hace anciano? Y yo también lo hice, que aprendí letras griegas siendo anciano, las cuales agarré con tanta avidez, como deseando saciar una sed duradera, que me fueran conocidas esas mismas cosas que ahora veis que uso como ejemplos. Cuando oía que Sócrates había hecho eso con la lira, hubiera querido también eso— pues los antiguos aprendían a tocar la lira—, pero en las letras ciertamente me esforcé.
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Ni siquiera ahora echo de menos las fuerzas de los jóvenes— pues ese era el segundo lugar sobre los vicios de la vejez—, no más de lo que cuando era joven echaba de menos las de un toro o un elefante. Lo que tienes, es conveniente usarlo y, hagas lo que hagas, hacerlo según tus fuerzas. Pues,¿ qué voz puede ser más despreciable que la de Milón de Crotona? Quien, cuando ya era anciano y veía a los atletas ejercitándose en la pista, se dice que miró sus brazos y, llorando, dijo:« Pero estos, ciertamente, ya están muertos». No, en verdad, tanto ellos como tú mismo, charlatán, pues nunca fuiste noble por ti mismo, sino por tus costados y tus brazos. Nada parecido dijo Sexto Elio, nada Tiberio Coruncanio muchos años antes, nada Publio Craso hace poco, de quienes los ciudadanos recibían las leyes, cuya prudencia se prolongó hasta el último aliento.
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Temo que el orador languidezca con la vejez, pues su función no es solo del ingenio, sino también de los pulmones y de las fuerzas. En general, ese tono melodioso en la voz resplandece incluso, no sé cómo, en la vejez, lo cual yo ciertamente aún no he perdido, y veis mis años. Pero, sin embargo, es decoroso para un anciano un discurso tranquilo y relajado, y muy a menudo el discurso compuesto y suave de un anciano elocuente se hace audiencia a sí mismo, el cual, si no pudieras ejecutarlo tú mismo, podrías, sin embargo, enseñárselo a Escipión y a Lelio. Pues,¿ qué hay más placentero que una vejez rodeada de los estudios de la juventud?
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¿ O acaso no dejamos a la vejez ni siquiera esas fuerzas, para que enseñe, instruya y prepare a los jóvenes para toda función del deber?¿ En cuya obra qué puede haber más brillante? A mí, ciertamente, Cneo y Publio Escipión y tus dos abuelos, Lucio Emilio y Publio Africano, me parecían afortunados por el séquito de jóvenes nobles, y no debe considerarse que ningún maestro de las buenas artes no sea feliz, por mucho que hayan envejecido y desfallecido sus fuerzas. Aunque esa misma deficiencia de fuerzas es causada más a menudo por los vicios de la juventud que por la vejez; pues una juventud libidinosa e intemperante entrega un cuerpo agotado a la vejez.
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Ciro, ciertamente, en Jenofonte, en el discurso que tuvo al morir, siendo ya muy anciano, niega haber sentido jamás que su vejez se hubiera vuelto más débil que lo que había sido su juventud. Recuerdo de niño a Lucio Metelo, quien, habiendo sido hecho pontífice máximo cuatro años después de su segundo consulado, presidió ese sacerdocio durante veintidós años, con tan buenas fuerzas al final de su vida que no echaba de menos la juventud. No es necesario que yo hable de mí mismo, aunque eso es ciertamente propio de la vejez y se concede a nuestra edad.
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¿ No veis cómo en Homero Néstor predica muy a menudo sobre sus virtudes? Pues veía la tercera generación de hombres, y no tenía que temer que, predicando la verdad sobre sí mismo, pareciera demasiado insolente o locuaz. En efecto, como dice Homero, de su lengua fluía un discurso más dulce que la miel; para cuya suavidad no necesitaba ninguna fuerza corporal. Y, sin embargo, aquel caudillo de Grecia nunca desea tener diez hombres como Áyax, sino como Néstor, lo cual, si le sucediera, no duda de que Troya perecería en breve.
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Pero vuelvo a mí. Llevo mi octogésimo cuarto año: hubiera querido, ciertamente, poder jactarme de lo mismo que Ciro, pero, sin embargo, puedo decir esto: que no estoy con las fuerzas con las que fui soldado en la guerra púnica, o cuestor en la misma guerra, o cónsul en Hispania, o cuatro años después, cuando como tribuno militar luché en las Termópilas siendo cónsul Manio Glabrión; pero, sin embargo, como veis, la vejez no me ha enervado por completo, no me ha abatido: la curia no echa de menos mis fuerzas, ni la tribuna, ni mis amigos, ni mis clientes, ni mis huéspedes. Pues nunca he estado de acuerdo con aquel viejo y alabado proverbio que aconseja hacerse anciano pronto si quieres ser anciano durante mucho tiempo. Yo, en verdad, preferiría ser anciano menos tiempo que ser anciano antes de serlo. Por eso, nadie ha querido reunirse conmigo hasta ahora a quien yo haya estado ocupado.
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Pero tengo menos fuerzas que cualquiera de vosotros.¿ Acaso vosotros tenéis las fuerzas del centurión Tito Poncio?¿ Es por eso él más destacado? Que haya moderación en las fuerzas y que cada uno se esfuerce tanto como pueda, y no se verá poseído por un gran deseo de fuerzas. Se dice que Milón recorrió el estadio de Olimpia cargando un buey sobre sus hombros:¿ preferirías, pues, que se te dieran esas fuerzas corporales o las de ingenio de Pitágoras? Finalmente, usa ese bien mientras esté presente, y cuando esté ausente, no lo busques: a menos que tal vez los jóvenes deban buscar la infancia, y los que han avanzado un poco en edad, la juventud. El curso de la edad es fijo y el camino de la naturaleza es uno solo y simple, y a cada parte de la edad se le ha dado su oportunidad, de modo que tanto la debilidad de los niños como la ferocidad de los jóvenes, la gravedad de la edad ya constante y la madurez de la vejez tienen algo natural que debe ser percibido a su debido tiempo.
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Creo que oyes, Escipión, lo que hace hoy tu huésped ancestral Masinisa, nacido hace noventa años: cuando emprende un viaje a pie, no sube al caballo en absoluto; cuando va a caballo, no desciende de él; ninguna lluvia, ningún frío le lleva a estar con la cabeza cubierta; hay en él una gran sequedad corporal, y por tanto cumple todos los deberes y funciones del rey. Puede, pues, el ejercicio y la templanza conservar algo del vigor original incluso en la vejez. Que no haya fuerzas en la vejez: ni siquiera se piden fuerzas a la vejez. Por tanto, tanto por las leyes como por las instituciones, nuestra edad está libre de aquellas funciones que no pueden sostenerse sin fuerzas. Por tanto, no solo no se nos obliga a hacer lo que no podemos, sino ni siquiera lo que podemos.
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Pero muchos ancianos son tan débiles que no pueden cumplir ninguna función del deber o de la vida en absoluto. Pero eso, ciertamente, no es un vicio propio de la vejez, sino común de la salud.¡ Cuán débil fue el hijo de Publio Africano, aquel que te adoptó, con qué tenue o más bien nula salud! Que si no hubiera sido así, habría surgido otra luz de la ciudad; pues a la magnitud paterna del ánimo se había añadido una doctrina más rica.¿ Qué es extraño, pues, en los ancianos si están débiles a veces, cuando ni siquiera los jóvenes pueden evitar eso? Hay que resistir, Lelio y Escipión, a la vejez y sus vicios deben ser compensados con diligencia, hay que luchar contra la vejez como contra una enfermedad, hay que tener cuidado de la salud,
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hay que usar ejercicios moderados, hay que tomar tanto alimento y bebida que las fuerzas se restauren, no que se opriman. Y, en verdad, no solo hay que acudir en ayuda del cuerpo, sino mucho más de la mente y del ánimo. Pues estos también, si no les echas aceite como a una lámpara, se extinguen con la vejez. Y los cuerpos, ciertamente, se hacen pesados por el cansancio de los ejercicios, pero los ánimos se alivian ejercitándolos. Pues a los que Cecilio llama ancianos cómicos estúpidos, se refiere a los crédulos, olvidadizos y disolutos, que son vicios no de la vejez, sino de una vejez inerte, perezosa y somnolienta. Como la petulancia y la libido son más propias de los jóvenes que de los ancianos— y sin embargo, no de todos los jóvenes, sino de los que no son probos—, así esa estupidez senil, que suele llamarse delirio, es de los ancianos ligeros, no de todos.
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Apio gobernaba cuatro hijos robustos, cinco hijas, una casa tan grande, tantas clientelas, siendo ciego y anciano; pues tenía el ánimo tenso como un arco y no sucumbía languideciendo a la vejez. Mantenía no solo la autoridad, sino también el mando sobre los suyos: los esclavos le temían, los hijos le respetaban, todos le tenían en estima; florecía en aquella casa la costumbre patria y la disciplina.
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Pues la vejez es honesta si se defiende a sí misma, si retiene su derecho, si no está emancipada ante nadie, si hasta el último aliento domina sobre los suyos. Pues así como apruebo a un joven en el que hay algo de anciano, así apruebo a un anciano en el que hay algo de joven, lo cual, quien lo sigue, podrá ser anciano de cuerpo, pero nunca lo será de ánimo. Tengo entre manos el séptimo libro de los« Orígenes»; recojo todos los monumentos de la antigüedad; estoy terminando ahora mismo las oraciones de las causas ilustres que he defendido; trato el derecho augural, pontificio y civil; uso mucho también las letras griegas; y, al modo de los pitagóricos, para ejercitar la memoria, recuerdo por la tarde lo que he dicho, oído y hecho cada día. Estos son los ejercicios del ingenio, estas las carreras de la mente; sudando y esforzándome en ellos, no echo de menos en gran medida las fuerzas del cuerpo. Estoy presente para mis amigos, vengo al senado con frecuencia y aporto por mi cuenta asuntos pensados mucho y durante mucho tiempo, y los defiendo con las fuerzas del ánimo, no del cuerpo. Las cuales, si no pudiera ejecutar, sin embargo mi lecho me deleitaría pensando en aquellas mismas cosas que ya no podría hacer; pero el haber vivido hace que pueda. Pues siempre, para quien vive en estos estudios y trabajos, no se entiende cuándo sobreviene la vejez: así, poco a poco y sin sentirlo, la edad envejece y no se rompe de repente, sino que se extingue por la duración.
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Sigue la tercera crítica de la vejez, porque dicen que carece de placeres.¡ Oh, excelente regalo de la edad, si es que nos quita lo que es más vicioso en la juventud! Escuchad, pues, jóvenes excelentes, el viejo discurso de Arquitas de Tarento, un hombre grande ante todo y brillante, que me fue transmitido cuando era joven en Tarento con Quinto Máximo. Decía que ninguna peste más capital que el placer del cuerpo había sido dada a los hombres por la naturaleza, cuyas pasiones ávidas de placer se incitarían temeraria y desenfrenadamente a obtenerlo.
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De aquí nacen las traiciones a la patria, de aquí las ruinas de las repúblicas, de aquí los coloquios clandestinos con los enemigos; no hay, en fin, ningún crimen, ninguna mala acción, para cuya realización no impulsara la libido del placer; los estupros, en verdad, y los adulterios y todo flagelo semejante no son excitados por otros halagos que los del placer; y como al hombre, ya sea la naturaleza o algún dios, no le había dado nada más excelente que la mente, nada era tan enemigo de este regalo y don divino como el placer.
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Pues no hay lugar para la templanza cuando domina la libido, ni la virtud puede consistir en absoluto en el reino del placer. Lo cual, para que pudiera entenderse mejor, mandaba imaginar en el ánimo a alguien incitado por un placer corporal tan grande como el máximo que pudiera percibirse; no creía que para nadie fuera dudoso que, mientras se gozara así, no podría agitar nada con la mente, nada con la razón, nada con el pensamiento. Por lo cual, nada es tan detestable y tan pestífero como el placer, si es que este, al ser mayor y más largo, extinguía toda la luz del ánimo. Nearcho de Tarento, nuestro huésped, que había permanecido en la amistad del pueblo romano, decía que él había recibido de sus antepasados que Arquitas había hablado de esto con Cayo Poncio el samnita, padre de aquel por quien fueron derrotados los cónsules Espurio Postumio y Tito Veturio en la batalla de Caudio, cuando, ciertamente, había estado presente en aquel discurso Platón de Atenas, a quien encuentro que vino a Tarento siendo cónsules Lucio Camilo y Apio Claudio.
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¿ A qué viene esto? A que comprendierais que, si no pudiéramos rechazar el placer mediante la razón y la sabiduría, deberíamos estar muy agradecidos a la vejez, que logra que no nos apetezca lo que no debemos. Pues el placer obstaculiza el juicio, es enemigo de la razón, ciega, por así decirlo, los ojos de la mente y no tiene ninguna relación con la virtud. Hice a disgusto que Lucio Flaminino, hermano del valerosísimo Tito Flaminino, fuera expulsado del Senado siete años después de haber sido cónsul, pero consideré que su lascivia debía ser sancionada. Pues él, siendo cónsul en la Galia, fue convencido en un banquete por una prostituta para que matara con un hacha a uno de los que estaban encadenados, condenados por delitos capitales. Este se libró de Tito, su hermano, que era censor y había sido mi predecesor inmediato, pero a mí y a Flaco no nos pudo parecer bien una lascivia tan vergonzosa y depravada, que unía al deshonor privado el oprobio del mando.
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He oído a menudo a los mayores, quienes a su vez decían haber oído de niños a los ancianos, que Cayo Fabricio solía maravillarse de que, cuando era legado ante el rey Pirro, hubiera oído decir a Cineas el tesalio que había en Atenas alguien que se profesaba sabio y que afirmaba que todo lo que hacíamos debía referirse al placer. Manio Curio y Tiberio Coruncanio, al oír esto de él, solían desear que eso mismo se les persuadiera a los samnitas y al propio Pirro, para que pudieran ser vencidos más fácilmente una vez que se hubieran entregado a los placeres. Manio Curio había vivido con Publio Decio, quien cinco años antes de su consulado se había inmolado por la república en su cuarto consulado: Fabricio conocía a este mismo, lo conocía Coruncanio, quienes, tanto por su propia vida como por el hecho de Decio que menciono, juzgaban que existía ciertamente algo bello y noble por naturaleza, que se buscaba por sí mismo y que todo hombre de bien perseguía tras despreciar y menospreciar el placer.
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¿ A qué viene, pues, tanto hablar de placer? Porque no solo no es un reproche, sino que es el mayor elogio de la vejez el que esta no desee en gran medida ningún placer. Carece de banquetes, de mesas servidas y de copas frecuentes. Carece, por tanto, también de embriaguez, de indigestión y de insomnio. Pero si hay que conceder algo al placer, puesto que no resistimos fácilmente a sus halagos— pues Platón llama divinamente al placer el cebo de los males, porque, evidentemente, los hombres son atrapados por él como los peces—, aunque la vejez carece de banquetes inmoderados, puede, sin embargo, deleitarse con convites moderados. A Cayo Duilio, hijo de Marco, que había sido el primero en vencer a los cartagineses en el mar, solía verlo de niño, ya anciano, regresando de cenar; se deleitaba con una antorcha de cera y un flautista, cosas que se había tomado la libertad de usar siendo un particular sin precedente alguno: tanto prestigio le otorgaba la gloria.
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Pero¿ por qué hablo de otros? Volveré ahora a mí mismo. Primero, siempre tuve compañeros— las cofradías se constituyeron cuando yo era cuestor, al aceptarse los ritos ideos de la Gran Madre—; por tanto, banqueteaba con mis compañeros, con moderación, ciertamente, pero había un cierto fervor propio de la edad, que al avanzar hace que todo se vuelva más suave día a día. Pues no medía el deleite de los banquetes mismos tanto por los placeres del cuerpo como por la reunión de amigos y las conversaciones; pues nuestros antepasados llamaron acertadamente al banquete« convivium»( vida compartida), porque implicaba una unión de vida, mejor que los griegos, que llaman a esto mismo unas veces« compotación» y otras« concenación», como si quisieran aprobar sobre todo lo que es menos importante en ese género.
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Yo, en verdad, debido al deleite de la conversación, me deleito también con los banquetes a su debido tiempo, y no solo con mis iguales, de los que quedan muy pocos, sino también con vuestra edad y con vosotros, y estoy muy agradecido a la vejez, que ha aumentado en mí el deseo de conversar y ha eliminado el de beber y comer. Y si a alguien le deleitan también esas cosas, para no parecer que he declarado la guerra por completo al placer, que quizás tiene un cierto límite natural, no entiendo por qué la vejez habría de carecer de sensibilidad ni siquiera en esos mismos placeres. A mí, en verdad, me deleitan tanto las magistraturas instituidas por nuestros antepasados como esa conversación que, según la costumbre de los mayores, se entabla desde el lugar principal durante la bebida, y las copas, como en el Simposio de Jenofonte, pequeñas y que se beben a sorbos, y el refrescarse en verano y, a su vez, el sol o el fuego en invierno. Estas cosas, de hecho, suelo practicarlas también en el país de los sabinos y completo diariamente el banquete de los vecinos, que prolongamos hasta bien entrada la noche tanto como podemos con conversaciones variadas.
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« Pero no hay en los ancianos un cosquilleo tan grande de los placeres». Lo creo, pero tampoco hay deseo; y nada es molesto si no lo deseas. Bien dijo Sófocles cuando alguien le preguntó, ya avanzado en edad, si practicaba los placeres venéreos:«¡ Los dioses me libren!», dijo;« he huido de eso como de un amo salvaje y furioso». Pues para los que desean tales cosas es quizás odioso y molesto carecer de ellas, pero para los que están saciados y satisfechos es más agradable carecer que disfrutar; aunque no carece quien no desea; por tanto, digo que este no desear es más agradable.
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Pero si la juventud disfruta más libremente de esos mismos placeres, primero disfruta de cosas pequeñas, como hemos dicho, luego de aquellas de las que la vejez, aunque no las posea en abundancia, no carece por completo. Como quien mira desde la primera fila se deleita más con Turpión Ambivio, pero también se deleita el que está en la última, así la juventud, al ver los placeres de cerca, quizás se alegra más, pero también se deleita la vejez, viéndolos desde lejos, tanto como es suficiente.
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Pero,¡ qué valor tienen esas cosas, el que el alma esté consigo misma, como si hubiera terminado su servicio militar de lascivia, ambición, disputas, enemistades y toda clase de deseos, y viva, como se dice, consigo misma! Si, además, tiene algún alimento, por así decirlo, de estudio y doctrina, nada hay más agradable que una vejez ociosa. Veíamos a Galo, amigo de tu padre, Escipión, entregado al estudio de medir casi el cielo y la tierra.¡ Cuántas veces la luz lo sorprendió habiendo empezado a describir algo por la noche, cuántas veces la noche lo sorprendió habiendo empezado por la mañana!¡ Cómo le deleitaba predecirnos con mucha antelación los eclipses de sol y de luna!
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¿ Qué decir de estudios más ligeros, pero aun así agudos?¡ Cómo se alegraba Nevio con su Guerra Púnica, Plauto con su Truculento, con su Pseudolo! Vi también al anciano Livio, quien, habiendo estrenado una obra seis años antes de que yo naciera, bajo el consulado de Centón y Tuditano, llegó hasta mi juventud.¿ Qué diré del estudio del derecho pontificio y civil de Publio Licinio Craso o del de este Publio Escipión, que hace pocos días ha sido nombrado pontífice máximo? Y a todos ellos, a quienes he mencionado, los vimos ancianos ardiendo en estos estudios.¡ Y a Marco Cetego, a quien Ennio llamó con razón la médula de la persuasión, con cuánto entusiasmo lo veíamos ejercitarse en la oratoria incluso siendo anciano!¿ Qué placeres de banquetes, juegos o prostitutas pueden compararse con estos placeres? Y estos estudios de doctrina, que en los hombres prudentes y bien formados crecen a la par con la edad, hacen que sea honesto aquello de Solón, que dice en cierto verso, como dije antes, que envejece aprendiendo cada día muchas cosas, placer del alma que ciertamente no puede haber mayor.
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Vengo ahora a los placeres de los agricultores, con los que me deleito increíblemente, que no se ven obstaculizados por ninguna vejez y que me parecen acercarse mucho a la vida del sabio. Pues tienen una relación con la tierra, que nunca rechaza el mandato ni devuelve nunca sin interés lo que ha recibido, sino a veces con menor, pero generalmente con mayor ganancia; aunque a mí, ciertamente, no solo me deleita el fruto, sino también la fuerza y la naturaleza de la tierra misma. Esta, cuando ha recibido la semilla esparcida en su seno ablandado y trabajado, primero la mantiene oculta, de donde se llama« occatio»( escarda) a lo que hace esto; luego, calentada por su vapor y presión, la expande y hace brotar de ella el verdor que crece, el cual, apoyado en las fibras de las raíces, crece poco a poco y, erguido sobre el tallo nudoso, queda encerrado como en vainas, ya casi madurando; de las cuales, cuando emerge, derrama el fruto dispuesto en orden en la espiga y se protege contra los mordiscos de los pájaros pequeños con una empalizada de aristas.
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¿ Qué decir de los brotes, siembras y crecimientos de las vides? No puedo saciarme de deleite, para que conozcáis el descanso y entretenimiento de mi vejez. Pues omito la fuerza misma de todo lo que nace de la tierra, que de un grano tan pequeño de higo o de una semilla de uva o de las semillas diminutas de otros frutos o plantas produzca troncos y ramas tan grandes;¿ acaso los sarmientos, las plantas, los esquejes, las raíces vivas y los acodos no hacen que cualquiera se deleite con admiración? La vid, que por naturaleza es caída y, si no está apoyada, se arrastra por tierra, la misma, para erguirse, abraza con sus zarcillos, como si fueran manos, todo lo que encuentra, y esta, que se arrastra con un movimiento múltiple y errático, el arte de los agricultores la sujeta cortándola con el hierro, para que no se vuelva salvaje con los sarmientos y se extienda demasiado en todas direcciones.
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Por tanto, al comenzar la primavera, en lo que ha quedado, surge en las articulaciones de los sarmientos lo que se llama yema, de la cual, al brotar, se muestra la uva, que, creciendo con el jugo de la tierra y el calor del sol, es al principio muy amarga al gusto, luego, al madurar, se vuelve dulce y, vestida de pámpanos, no carece de un calor moderado y defiende de los ardores excesivos del sol.¿ Qué puede haber más alegre con el fruto y más hermoso a la vista? De la cual, ciertamente, no solo me deleita la utilidad, como dije antes, sino también el cultivo y la naturaleza misma: las hileras de soportes, la unión de las cabezas, la atadura y propagación de las vides, la poda de los sarmientos, la que dije, la eliminación de unos y la inserción de otros.¿ Qué diré de los riegos, qué de las excavaciones del campo y de las labores de remoción, con las que la tierra se vuelve mucho más fértil?¿ Qué diré de la utilidad de abonar? Lo dije en aquel libro que escribí sobre asuntos rústicos.
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Sobre lo cual el docto Hesíodo no dijo ni una palabra cuando escribía sobre el cultivo del campo. Pero Homero, que vivió muchos siglos antes, según me parece, presenta a Laertes aliviando el deseo que sentía por su hijo, cultivando el campo y abonándolo. Y, en verdad, los asuntos rústicos no solo se alegran con las cosechas, los prados, las viñas y los arbustos, sino también con los huertos y frutales, luego con el pasto del ganado, los enjambres de abejas y la variedad de todas las flores. Y no solo deleitan las plantaciones, sino también los injertos, de los cuales la agricultura no ha encontrado nada más ingenioso.
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Podría enumerar muchísimos entretenimientos de los asuntos rústicos, pero siento que lo que he dicho ya ha sido demasiado largo. Me perdonaréis, pues me he dejado llevar por el entusiasmo por los asuntos rústicos, y la vejez es por naturaleza más habladora, para no parecer que la absuelvo de todos los vicios. Por tanto, en esta vida, Manio Curio pasó el último tiempo de su edad después de haber triunfado sobre los samnitas, los sabinos y Pirro; contemplando su villa, pues no está lejos de mí, no puedo dejar de admirar tanto la templanza del hombre mismo como la disciplina de aquellos tiempos.
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Cuando los samnitas llevaron a Curio, que estaba sentado junto al hogar, una gran cantidad de oro, fueron rechazados; pues dijo que no le parecía noble poseer oro, sino mandar a los que lo poseían.¿ Podía un espíritu tan grande hacer que la vejez no fuera agradable? Pero vuelvo a los agricultores, para no alejarme de mí mismo. En los campos estaban entonces los senadores, es decir, los ancianos; si es que a Lucio Quincio Cincinato, mientras araba, se le anunció que había sido nombrado dictador, por cuya orden el maestro de caballería Cayo Servilio Ahala mató a Espurio Melio, que aspiraba al reino, al ser sorprendido. Desde la villa eran llamados al Senado tanto Curio como los demás ancianos, de donde los que los llamaban fueron llamados« viatores»( mensajeros).¿ Fue, pues, miserable la vejez de estos, que se entretenían con el cultivo del campo? En mi opinión, no sé si puede haber alguna más feliz, no solo por el deber, ya que el cultivo de los campos es saludable para todo el género humano, sino también por el deleite que he mencionado y por la saciedad y abundancia de todas las cosas que pertenecen al sustento de los hombres y también al culto de los dioses, para que, puesto que algunos desean estas cosas, nos reconciliemos ya con el placer. Pues siempre la despensa de vino, aceite y también de provisiones de un buen y diligente dueño está llena, y toda la villa es rica, abunda en cerdo, cabrito, cordero, gallina, leche, queso y miel. Incluso los propios agricultores llaman al huerto una segunda despensa. La caza y la pesca hacen estas cosas aún más sabrosas con trabajos adicionales.
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¿ Qué más diré sobre el verdor de los prados o las hileras de árboles o la apariencia de las viñas o los olivares? Seré breve. Un campo bien cultivado no puede ser ni más rico en uso ni más adornado en apariencia, para cuyo disfrute la vejez no solo no retarda, sino que incluso invita y atrae.¿ Dónde puede esa edad calentarse mejor, ya sea al sol o al fuego, o, a su vez, refrescarse más saludablemente con sombras o aguas? Que tengan, pues, para sí las armas,
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para sí los caballos, para sí las lanzas, para sí la maza y la pelota, para sí la natación y las carreras; que nos dejen a nosotros, los ancianos, de entre los muchos juegos, los dados y las tabas; eso mismo, como quieran, puesto que sin ellos la vejez puede ser feliz.
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Los libros de Jenofonte son muy útiles para muchas cosas, leedlos, os lo ruego, con atención, como hacéis.¡ Con qué abundancia alaba él la agricultura en ese libro que trata sobre la administración de la hacienda familiar, que se titula Económico! Y para que comprendáis que nada le parece tan regio como el estudio de cultivar el campo, Sócrates habla en ese libro con Critobulo sobre Ciro el Joven, rey de los persas, sobresaliente en ingenio y en gloria de mando, cuando Lisandro el lacedemonio, hombre de la mayor virtud, había ido a verlo a Sardes y le había llevado regalos de parte de los aliados, y en otras cosas había sido común y humano hacia Lisandro y le había mostrado un campo cercado cuidadosamente plantado. Cuando Lisandro se maravillaba tanto de la altura de los árboles como de las hileras dispuestas en quincunce y del suelo trabajado y limpio y de la dulzura de los olores que emanaban de las flores, entonces dijo que se maravillaba no solo de la diligencia, sino también de la habilidad de aquel por quien habían sido medidos y dispuestos; y Ciro respondió:« Pero yo he medido todas esas cosas, mías son las hileras, mía la disposición; muchos de estos árboles han sido plantados incluso por mi mano». Entonces Lisandro, mirando su púrpura y el brillo de su cuerpo y el adorno persa con mucho oro y muchas gemas, dijo:«¡ Con razón te llaman feliz, Ciro, puesto que la fortuna está unida a tu virtud!»
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De esta fortuna, pues, pueden disfrutar los ancianos, y la edad no impide que mantengamos el estudio de las demás cosas y, sobre todo, del cultivo del campo hasta el último momento de la vejez. Hemos oído que Marco Valerio Corvino llegó hasta el centésimo año, habiendo pasado ya su edad en los campos y cultivándolos, entre cuyo primer y sexto consulado mediaron cuarenta y seis años. Así, tanto espacio de edad como nuestros antepasados quisieron que hubiera hasta el inicio de la vejez, tanto fue su carrera de honores; y su última edad fue más feliz que la media, porque tenía más autoridad y menos trabajo.
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Pero la cima de la vejez es la autoridad.¡ Cuánta hubo en Lucio Cecilio Metelo, cuánta en Aulo Atilio Calatino! Sobre quien dice aquel elogio:« A este solo, muchas naciones están de acuerdo en que fue el hombre principal del pueblo». Es conocido todo el poema grabado en el sepulcro. Con razón, pues, era grave, cuya fama sobre sus alabanzas era unánime.¡ Qué hombre vimos hace poco en Publio Craso, pontífice máximo, qué después en Marco Lépido, dotado del mismo sacerdocio!¿ Qué diré de Paulo o de Africano, o, como antes, de Máximo? En cuya opinión, no solo en su asentimiento, residía la autoridad. La vejez, especialmente la honrada, tiene tanta autoridad que vale más que todos los placeres de la juventud.
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Pero en todo el discurso recordad que alabo aquella vejez que esté asentada sobre los cimientos de la juventud. De lo cual se deduce aquello que dije una vez con gran asentimiento de todos: que es miserable la vejez que tiene que defenderse con palabras. Ni las canas ni las arrugas pueden arrebatar la autoridad de repente, sino que la edad anterior, vivida honestamente, recoge los últimos frutos de la autoridad.
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Pues estas mismas cosas son honorables, las que parecen leves y comunes: ser saludado, ser buscado, que se cedan el paso, levantarse, ser acompañado, ser despedido, ser consultado, cosas que tanto entre nosotros como en otras ciudades, según cada una está mejor educada, se observan con mayor diligencia. Dicen que Lisandro el lacedemonio, de quien acabo de hacer mención, solía decir que Lacedemonia era el domicilio más honesto de la vejez; pues en ninguna parte se atribuye tanto a la edad, en ninguna parte es la vejez más honrada. Es más, se ha transmitido a la memoria que, cuando en Atenas, durante los juegos, un anciano entró en el teatro, en una gran concurrencia no se le dio lugar en ninguna parte por parte de sus ciudadanos, pero cuando se acercó a los lacedemonios, que, como eran legados, se sentaban en un lugar determinado, se dice que todos ellos se levantaron y recibieron al anciano para que se sentara;
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a quienes, al serles dado un aplauso múltiple por toda la concurrencia, dijo uno de ellos que los atenienses sabían lo que era correcto, pero que no querían hacerlo. Muchas cosas son excelentes en nuestro colegio, pero esta, de la que tratamos, es la principal: que, según cada uno precede en edad, así mantiene la primacía de la opinión, y no solo se anteponen los ancianos a los que preceden en honor, sino también a los que tienen mando.¿ Qué placeres del cuerpo pueden compararse con los premios de la autoridad? Quienes los han usado espléndidamente, me parecen haber terminado la fábula de la edad y no haber caído en el último acto como actores sin entrenamiento.
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Pero hay ancianos malhumorados, ansiosos, iracundos y difíciles. Si buscamos, también avaros; pero estos son vicios del carácter, no de la vejez. Y, sin embargo, el malhumor y esos vicios que he dicho tienen algo de excusa, no justa, ciertamente, pero que parece poder ser aprobada: piensan que son despreciados, menospreciados, burlados; además, en un cuerpo frágil, toda ofensa es odiosa; lo cual, sin embargo, se vuelve más dulce tanto por las buenas costumbres como por las artes, y eso puede entenderse tanto en la vida como en la escena a partir de esos hermanos que están en los Adelfos.¡ Cuánta severidad en uno, cuánta amabilidad en el otro! Así es la cosa: pues, como no todo vino, así no toda naturaleza se vuelve agria con la vejez. Apruebo la severidad en la vejez, pero, como otras cosas, moderada; la amargura de ninguna manera; pero la avaricia senil, no entiendo qué significa.
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¿ Puede haber algo más absurdo que, cuanto menos camino queda, más provisiones buscar? Queda la cuarta causa, que parece angustiar y tener más preocupada a nuestra edad: la aproximación de la muerte, que ciertamente no puede estar lejos de la vejez.¡ Oh, miserable anciano, que no ha visto que la muerte debe ser despreciada en una edad tan larga! La cual o debe ser ignorada por completo, si extingue el alma por completo, o incluso deseada, si la lleva a algún lugar donde será eterna. Y, sin embargo, no se puede encontrar una tercera cosa.
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¿ Qué he de temer, pues, si o no voy a ser miserable después de la muerte, o incluso voy a ser feliz? Aunque,¿ quién es tan estúpido, por joven que sea, que tenga la certeza de que vivirá hasta la tarde? Es más, esa edad tiene muchos más casos de muerte que la nuestra: los jóvenes caen más fácilmente en enfermedades, enferman más gravemente, se curan más tristemente. Por tanto, pocos llegan a la vejez; lo cual, si no ocurriera así, se viviría mejor y más prudentemente. Pues la mente, la razón y el juicio están en los ancianos, que si no hubieran existido, no habrían existido ciudades en absoluto. Pero vuelvo a la muerte inminente.¿ Qué crimen es ese de la vejez, cuando veis que es común a la juventud?
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He sentido en mi mejor hijo, tú en tus hermanos, Escipión, esperados para la más alta dignidad, que la muerte es común a toda edad. Pero el joven espera vivir mucho tiempo, lo cual el anciano no puede esperar. Espera insensatamente; pues¿ qué hay más estúpido que tener lo incierto por cierto, lo falso por verdadero? Pero el anciano no tiene ni siquiera lo que esperar. Pero está en mejor condición que el joven, puesto que lo que aquel espera, este lo ha conseguido: aquel quiere vivir mucho tiempo, este ha vivido mucho tiempo.
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Aunque,¡ oh, dioses buenos!,¿ qué es mucho tiempo en la naturaleza humana? Pues dad el tiempo supremo; esperemos la edad del rey de los tartesios— pues hubo, como veo escrito, un tal Argantonio en Cádiz, que había reinado ochenta años, había vivido ciento veinte—, pero a mí no me parece largo nada que tenga un final; pues cuando este llega, entonces lo que ha pasado se ha ido; solo queda lo que hayas conseguido con virtud y hechos rectos. Las horas, ciertamente, ceden, y los días, los meses y los años, ni el tiempo pasado vuelve nunca ni se puede saber qué sigue. De lo que a cada uno se le da de tiempo para vivir, de eso debe estar contento.
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Pues ni al actor, para agradar, se le debe exigir que termine toda la fábula, con tal de que sea aprobado en cualquier acto en el que esté; ni los sabios deben llegar hasta el« aplaudid», pues el breve tiempo de la edad es suficientemente largo para vivir bien y honestamente; si hubiera avanzado más, no se debe lamentar más de lo que los agricultores lamentan que, pasada la dulzura de la primavera, haya llegado el verano y el otoño. Pues la primavera significa, por así decirlo, la juventud y muestra los frutos futuros; los demás tiempos, en cambio, son adecuados para cosechar y recoger los frutos.
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El fruto de la vejez, como he dicho a menudo, es el recuerdo y la abundancia de los bienes adquiridos anteriormente. Todas las cosas, además, que ocurren según la naturaleza, deben ser tenidas por buenas;¿ qué hay, además, tan según la naturaleza como que los ancianos mueran? Lo cual también ocurre a los jóvenes, oponiéndose y resistiéndose la naturaleza. Por tanto, los jóvenes me parecen morir como cuando la fuerza de las llamas es sofocada por una multitud de agua, los ancianos, en cambio, como cuando el fuego se extingue consumido por sí mismo, sin aplicar ninguna fuerza, y como las frutas de los árboles, si están verdes, apenas se arrancan, si están maduras y sazonadas, caen, así la vida es arrebatada a los jóvenes por la fuerza, a los ancianos por la madurez; la cual, ciertamente, me es tan agradable que, cuanto más me acerco a la muerte, me parece ver, por así decirlo, la tierra y estar a punto de llegar al puerto después de una larga navegación.
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La vejez, además, no tiene un término cierto, y se vive rectamente en ella mientras se pueda cumplir y defender el deber y despreciar la muerte, de donde resulta que la vejez es incluso más animosa y fuerte que la juventud. Esto es lo que respondió Solón al tirano Pisístrato, cuando, preguntándole en qué confiaba para resistirle tan audazmente, se dice que respondió:« En la vejez». Pero el mejor final de la vida es cuando la naturaleza misma, que construyó, disuelve su propia obra con la mente íntegra y los sentidos seguros. Como el que construyó un barco o un edificio lo destruye más fácilmente, así la naturaleza, que unió, disuelve mejor al hombre. Ya toda unión reciente se separa con dificultad, la inveterada fácilmente. Así sucede que ese breve resto de vida no debe ser deseado ávidamente por los ancianos ni abandonado sin causa;
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y Pitágoras prohíbe abandonar el puesto y la estación de la vida sin la orden del comandante, es decir, de Dios. El elogio del sabio Solón es, ciertamente, aquel en el que dice que no quiere que su muerte esté vacía del dolor y los lamentos de sus amigos. Quiere, creo, ser querido por los suyos. Pero no sé si mejor Ennio:« Que nadie me honre con lágrimas, ni haga funerales con llanto». No cree que deba llorarse la muerte, a la que sigue la inmortalidad.
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Ya puede haber alguna sensación de morir, y esta por un tiempo breve, especialmente para un anciano: después de la muerte, ciertamente, la sensación es o deseable o nula. Pero esto debe haber sido meditado desde la juventud, para que despreciemos la muerte; sin cuya meditación nadie puede estar con el ánimo tranquilo. Pues ciertamente hay que morir, y es incierto si este mismo día. Por tanto, temiendo la muerte que amenaza a todas horas,¿ quién podrá mantenerse en su ánimo?
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Sobre lo cual no parece necesaria una disputa tan larga, cuando recuerdo no a Lucio Bruto, que fue muerto al liberar la patria, no a los dos Decios, que incitaron la carrera de sus caballos hacia una muerte voluntaria, no a Marco Atilio, que partió hacia el suplicio para conservar la fe dada al enemigo, no a los dos Escipiones, que quisieron obstruir el camino a los cartagineses incluso con sus propios cuerpos, no a tu abuelo Lucio Paulo, que pagó con su muerte la temeridad de su colega en la ignominia de Cannas, no a Marco Marcelo, cuya muerte ni siquiera el enemigo más cruel permitió que careciera del honor de la sepultura, sino a nuestras legiones, como escribí en los Orígenes, que partieron a menudo hacia ese lugar con ánimo alegre y erguido, de donde pensaban que nunca volverían.¿ Lo que, pues, los jóvenes, y ellos no solo incultos sino también rústicos, desprecian, lo temerán los ancianos doctos?
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En general, como me parece a mí, la saciedad de todos los estudios produce la saciedad de la vida. Hay estudios ciertos de la infancia:¿ acaso los jóvenes los desean? Hay estudios de la juventud que comienza:¿ acaso la edad ya constante, que se llama media, los requiere? Hay también estudios de esa edad: ni siquiera esos se buscan en la vejez. Hay ciertos estudios extremos de la vejez: por tanto, como los estudios de las edades anteriores mueren, así mueren también los de la vejez; lo cual, cuando ocurre, la saciedad de la vida trae el tiempo maduro de la muerte.
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Pues no veo por qué no me atrevo a deciros lo que yo mismo siento sobre la muerte, lo cual me parece ver mejor cuanto más lejos estoy de ella. Yo, Publio Escipión y tú, Cayo Lelio, hombres ilustrísimos y queridísimos para mí, creo que vuestros padres viven, y esa vida, ciertamente, que es la única que debe llamarse vida. Pues mientras estamos encerrados en estas estructuras del cuerpo, cumplimos con un deber de necesidad y un trabajo pesado; pues el alma es celestial, bajada de su domicilio más alto y, por así decirlo, sumergida en la tierra, lugar contrario a la naturaleza divina y a la eternidad. Pero creo que los dioses inmortales esparcieron las almas en los cuerpos humanos para que hubiera quienes cuidaran la tierra y quienes, contemplando el orden de los celestiales, lo imitaran con el modo y la constancia de la vida. Y no solo la razón y la disputa me impulsaron a creerlo así, sino también la nobleza y la autoridad de los filósofos más grandes.
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Oía a Pitágoras y a los pitagóricos, casi nuestros vecinos, que fueron llamados antiguamente filósofos itálicos, que nunca dudaron de que teníamos almas extraídas de la mente divina universal. Se me demostraban, además, las cosas que Sócrates había discutido sobre la inmortalidad de las almas en el último día de su vida, él, que fue juzgado por el oráculo de Apolo como el más sabio de todos.¿ Para qué decir más? Así me he persuadido, así siento: siendo tanta la celeridad de las almas, tanta la memoria de lo pasado y la prudencia de lo futuro, tantas artes, tantas ciencias, tantos inventos, no puede ser mortal la naturaleza que contiene estas cosas; y siendo el alma siempre agitada y no teniendo principio de movimiento, porque se mueve a sí misma, no tendrá fin de movimiento, porque nunca se abandonará a sí misma; y siendo simple la naturaleza del alma y no teniendo en sí nada mezclado, dispar y diferente de sí misma, no puede ser dividida, y si no puede, no puede perecer; y es un gran argumento que los hombres saben muchas cosas antes de nacer, porque ya los niños, cuando aprenden artes difíciles, captan cosas innumerables tan rápidamente que parece que no las reciben entonces por primera vez, sino que las recuerdan y rememoran. Esto es, en resumen, lo de Platón.
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En Jenofonte, en cambio, el anciano Ciro, al morir, dice esto:« No penséis, hijos míos queridísimos, que yo, cuando me haya separado de vosotros, no estaré en ninguna parte o no seré nada. Pues ni mientras estaba con vosotros veíais mi alma, sino que comprendíais que estaba en este cuerpo por las cosas que hacía. Creed, pues, que es la misma, incluso si no veréis nada».
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Y, en verdad, los honores de los hombres ilustres no permanecerían después de la muerte si las almas de ellos mismos no hicieran nada para que mantuviéramos su memoria por más tiempo. A mí, ciertamente, nunca se me pudo persuadir de que las almas vivieran mientras estaban en cuerpos mortales y murieran al salir de ellos; ni, en verdad, que el alma sea insensata cuando ha escapado de un cuerpo insensato, sino que, cuando ha comenzado a estar libre de toda mezcla del cuerpo, pura e íntegra, entonces es sabia. Y también, cuando la naturaleza del hombre se disuelve por la muerte, es evidente a dónde se va cada cosa, pues todas las cosas se van allí de donde surgieron; el alma, en cambio, es la única que no aparece ni cuando está presente ni cuando se ha ido. Ya veis, en verdad, que nada es tan parecido a la muerte como el sueño.
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Y, sin embargo, las almas de los que duermen declaran al máximo su divinidad; pues muchas cosas, cuando están relajadas y libres, prevén el futuro; de donde se entiende cómo serán cuando se hayan relajado plenamente de las cadenas del cuerpo. Por lo cual, si esto es así, honradme así», dijo,« como a un dios, pero si el alma ha de perecer junto con el cuerpo, vosotros, sin embargo, venerando a los dioses que cuidan y rigen toda esta belleza, conservaréis mi memoria piadosa e inviolablemente». Ciro, ciertamente, dijo esto al morir; nosotros, si os parece, veamos lo nuestro.
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Nadie, Escipión, me convencerá jamás de que tu padre Paulo, o tus dos abuelos Paulo y Africano, o el padre o el tío de Africano, o tantos hombres ilustres a quienes no es necesario enumerar, se hubieran esforzado en empresas tan grandes que atañen a la memoria de la posteridad, si no percibieran con su espíritu que la posteridad les atañe a ellos mismos.¿ O acaso crees— por gloriarme un poco de mí mismo, al modo de los ancianos— que yo habría asumido tantos trabajos diurnos y nocturnos, en la paz y en la guerra, si hubiera de limitar mi gloria a los mismos confines que mi vida?¿ No habría sido mucho mejor pasar una edad ociosa y tranquila sin ningún trabajo ni esfuerzo? Pero, no sé cómo, mi espíritu, elevándose, contemplaba siempre la posteridad como si, al salir de la vida, fuera entonces cuando finalmente habría de vivir. Y, ciertamente, si no fuera así, que las almas son inmortales, el espíritu de cada hombre excelente no se esforzaría tanto por la gloria de la inmortalidad.¿ Qué decir de que todo hombre sabio muere con el ánimo más sereno,
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y el más necio con el más turbado?¿ No os parece que ese espíritu, que ve más y más lejos, percibe que parte hacia cosas mejores, mientras que aquel cuya visión es más obtusa no lo ve? Por mi parte, me siento arrebatado por el deseo de ver a vuestros padres, a quienes honré y amé, y no solo anhelo encontrarme con aquellos a quienes yo mismo conocí, sino también con aquellos de quienes oí hablar, leí y sobre quienes yo mismo escribí; y, ciertamente, nada podría retraerme fácilmente de este viaje, ni rejuvenecerme como a Pelias. Y si algún dios me concediera volver a ser niño desde esta edad y llorar en la cuna, lo rechazaría firmemente, pues no querría, tras haber recorrido el camino, ser llamado de la meta a la salida.
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¿ Qué tiene, en efecto, la vida de provechoso?¿ Qué no tiene más bien de trabajo? Pero supongamos que lo tenga; ciertamente tiene, sin embargo, o saciedad o un límite. Pues no me place deplorar la vida, como muchos, incluso doctos, han hecho a menudo, ni me arrepiento de haber vivido, puesto que he vivido de tal manera que no considero haber nacido en vano, y salgo de la vida como de una posada, no como de una casa; pues la naturaleza nos ha dado la vida como un lugar de paso, no de residencia.¡ Oh, día glorioso aquel en que partiré hacia ese divino concilio y asamblea de las almas y cuando me alejaré de esta turba y esta inmundicia! Pues partiré no solo hacia aquellos hombres de quienes hablé antes, sino también hacia mi Catón, de quien no nació hombre mejor ni más preclaro en piedad, cuyo cuerpo fue incinerado por mí— cuando, por el contrario, correspondía que el suyo incinerara el mío—, pero su alma, no abandonándome sino mirándome, partió ciertamente hacia aquellos lugares a los que veía que yo mismo debía llegar. He parecido sobrellevar con fortaleza esta desgracia, no porque la soportara con ánimo sereno, sino porque me consolaba pensando que la separación y el alejamiento entre nosotros no serían duraderos.
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Por estas razones, Escipión— pues dijiste que tú y Lelio solíais admiraros de esto—, la vejez es ligera y no solo no es molesta, sino incluso agradable. Y si en esto yerro, al creer que las almas de los hombres son inmortales, yerro de buena gana, y no quiero que este error, con el que me deleito, me sea arrebatado mientras viva; pero si al morir, como opinan ciertos filósofos insignificantes, no siento nada, no temo que los filósofos muertos se burlen de este error mío. Pero si no hemos de ser inmortales, aun así, es deseable para el hombre extinguirse a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene, como para todas las demás cosas, un límite para vivir. La vejez, por su parte, es el final de la vida, como el de una obra de teatro, cuya fatiga debemos evitar, especialmente cuando se añade la saciedad. Esto es lo que tenía que decir sobre la vejez;¡ ojalá lleguéis a ella, para que podáis comprobar por experiencia propia lo que habéis oído de mí!