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Original / primary: Spanish Gemini
1
Cicerón. Deseo, padre mío, oír de ti en latín aquello que me transmitiste en griego sobre la teoría de la elocuencia, si es que tienes tiempo y quieres. PADRE.¿ Acaso hay algo, mi Cicerón, que yo prefiera más que el que seas lo más culto posible? Por lo demás, el tiempo libre es, ante todo, máximo, puesto que por fin se ha dado la oportunidad de salir de Roma; además, preferiría gustosamente esos estudios tuyos incluso a mis mayores ocupaciones.
2
C.¿ Quieres, pues, que, así como sueles interrogarme en griego por orden, yo te interrogue a ti a mi vez sobre las mismas cuestiones en latín? P. Ciertamente, si te place. Pues así yo también entenderé que recuerdas lo que has aprendido, y tú oirás por orden lo que preguntes.
3
C.¿ En cuántas partes debe dividirse toda la doctrina de la elocuencia? P. En tres. C. Dime cuáles. P. Primero en la fuerza misma del orador, luego en el discurso, después en la cuestión. C.¿ En qué consiste la fuerza misma? P. En las cosas y en las palabras. Pero tanto las cosas como las palabras deben ser halladas y dispuestas. Sin embargo, propiamente se dice hallar en las cosas y elocuir en las palabras. Disponer, aunque es común, se refiere sin embargo al hallar. La voz, el movimiento, el gesto y toda la acción son compañeras de la elocución; la memoria es la guardiana de todas estas cosas.
4
C.¿ Qué?¿ Cuántas partes tiene el discurso? P. Cuatro. Dos de ellas sirven para enseñar el asunto, la narración y la confirmación; dos para mover los ánimos, el principio y la peroración. C.¿ Qué?¿ Qué partes tiene la cuestión? P. La infinita, a la que llamo consulta, y la definida, a la que nombro causa.
5
C. Puesto que, por tanto, lo primero del orador es hallar,¿ qué buscará? P. Que halle cómo dar crédito ante aquellos a quienes quiera persuadir, y cómo llevar el movimiento a sus ánimos. C.¿ Con qué cosas se da crédito? P. Con argumentos, que se deducen de lugares insertos en el asunto mismo o tomados de fuera. C.¿ A qué llamas lugares? P. A aquellos en los que yacen los argumentos. C.¿ Qué es un argumento?
6
P. Un hallazgo probable para dar crédito. C.¿ Cómo divides, pues, esos dos géneros? P. Llamo remotos a los que se consideran sin arte, como los testimonios; insertos, a los que inheren en el asunto mismo. C.¿ Qué géneros de testimonios hay? P. Divino y humano; el divino es como los oráculos, los auspicios, como las vaticinaciones y las respuestas de sacerdotes, augures y adivinos; el humano, el que se observa por la autoridad, por la voluntad, por el discurso ya sea libre o expreso, en el cual se incluyen escritos, pactos, promesas, juramentos e interrogatorios.
7
C.¿ Cuáles son los que llamas insertos? P. Los derechos que están fijados en las cosas mismas, como la definición, como el contrario, como aquellas cosas que son o al mismo o a su contrario, o similares o disimilares, o consentáneas o disentáneas; como aquellas cosas que están como unidas o que están como luchando entre sí; como las causas de aquellas cosas sobre las que se trata; como los eventos de las causas, esto es, lo que son efectos de las causas; como las distribuciones, como los géneros de las partes o las partes de los géneros; como los primordios de las cosas y lo que es como precurrente, en lo cual hay algo de argumento; como las comparaciones de las cosas, qué es mayor, qué igual, qué menor, en las cuales se comparan o las naturalezas de las cosas o las facultades.
8
C.¿ Tomaremos, pues, argumentos de todos esos lugares? P. Más bien escudriñaremos y buscaremos de todos, pero aplicaremos juicio, para desechar siempre los leves, a veces incluso omitir los comunes y no necesarios. C. Puesto que has respondido sobre el crédito, quiero oír sobre el movimiento. P. Preguntas sobre un lugar, ciertamente, pero lo que quieres se explicará más plenamente cuando llegue a la teoría del discurso mismo y de las cuestiones.
9
C.¿ Qué sigue, pues? P. Una vez hallado, disponer; cuyo orden en la cuestión infinita es casi el mismo que expuse de los lugares; en la definida, sin embargo, deben aplicarse también aquellos que pertenecen a los movimientos de los ánimos. C.¿ Cómo explicas, pues, eso? P. Tengo preceptos comunes para dar crédito y para conmover. Puesto que el crédito es una opinión firme, y el movimiento del ánimo es una incitación o al placer o a la molestia o al deseo o al miedo— pues tantos son los géneros de movimientos, y más las partes de cada género—, acomodo toda la disposición al fin de la cuestión. Pues en la propuesta el fin es el crédito, en la causa, tanto el crédito como el movimiento. Por lo cual, cuando haya hablado de la causa, en la cual está incluida la propuesta, habré hablado de ambos. C.¿ Qué tienes, pues, que decir sobre la causa?
10
P. Que se distingue por el género de los auditores. Pues o es solo un oyente quien escucha o un juez, esto es, el moderador del asunto y de la sentencia; así, o para que se deleite quien escucha o para que decida algo. Decide, sin embargo, o sobre hechos pasados, como un juez, o sobre futuros, como un senador; así, estos tres géneros: judicial, deliberativo, demostrativo; el cual, porque se confiere mayormente a los elogios, tiene ya un nombre propio por ello.
11
C.¿ Qué cosas se propone el orador en esos tres géneros? P. La delectación en el demostrativo, en el judicial o la severidad o la clemencia del juez, en la persuasión o la esperanza o el temor del que delibera. C.¿ Por qué, pues, expones en este lugar los géneros de causas? P. Para acomodar la teoría de la disposición al fin de cada uno.
12
C.¿ De qué modo, finalmente? P. Porque en los discursos en los que el fin es la delectación, los órdenes de disposición son variados. Pues o se guardan los grados de los tiempos o las distribuciones de los géneros; o ascendemos de los menores a los mayores o descendemos de los mayores a los menores; o distinguimos esto con una variedad desigual, cuando entretejemos lo pequeño con lo grande, lo simple con lo compuesto, lo oscuro con lo lúcido, lo alegre con lo triste, lo increíble con lo probable, cosas que caen todas en la ornamentación.
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C.¿ Qué, en la deliberación qué observas? P. Principios o no largos o a menudo nulos. Pues quienes deliberan están preparados para escuchar por su propia causa. Y a menudo no hay que narrar mucho. Pues la narración es de cosas pasadas o presentes; la persuasión, sin embargo, de las futuras. Por lo cual, todo el discurso debe aplicarse al crédito y al movimiento.
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C.¿ Qué, en los juicios cuál es la disposición? P. No la misma del acusador y del reo, porque el acusador sigue el orden de los hechos y dispone los argumentos singulares como lanzas en la mano, los propone vehementemente, concluye con agudeza, confirma con tablas, decretos, testimonios y se detiene más cuidadosamente en cada uno, usando aquellos preceptos del discurso que valen para incitar los ánimos, y en el resto del discurso desviándose un poco del curso de la elocución y más vehementemente al perorar. Pues el propósito es hacer que el juez se irrite.
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C.¿ Qué debe hacer el reo en contra? P. Todo de manera muy distinta. Los principios deben tomarse para conciliar la benevolencia; las narraciones o deben amputarse, si dañan, o dejarse, si son totalmente molestas; los fundamentos puestos para el crédito o deben disolverse por sí mismos o deben oscurecerse o deben ser abrumados por digresiones; las peroraciones, sin embargo, deben conferirse a la misericordia. C.¿ Podemos, pues, mantener siempre el orden de disposición que queremos? P. Ciertamente no; pues los oídos del auditor moderan al orador prudente y previsor: lo que ellos rechazan debe cambiarse.
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C. Expón a continuación cuáles son los preceptos del discurso mismo y de las palabras. P. Un género de elocución es el que fluye por sí mismo; el otro, el que es versado y cambiado. La primera fuerza está en las palabras simples, la segunda en las compuestas. Las simples deben hallarse, la composición debe disponerse. Y las palabras simples son en parte nativas, en parte halladas. Nativas son aquellas que fueron significadas por el sentido; halladas, las que fueron hechas de ellas y renovadas o por similitud o por imitación o por inflexión o por adición de palabras.
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y además existe esta distinción en las palabras; una por naturaleza, otra por tratamiento. Por naturaleza, para que unas sean más sonoras, más grandiosas, más leves y de algún modo más nítidas, otras al contrario; por tratamiento, sin embargo, cuando se toman o vocablos propios de las cosas, o añadidos al nombre, o nuevos, o antiguos, o modificados e inflexionados de algún modo por el orador; tales son aquellas que se transfieren o se inmutan, o aquellas de las que como que abusamos, o aquellas que oscurecemos, que elevamos increíblemente, y que adornamos más admirablemente de lo que permite la costumbre del habla.
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C. Tengo lo referente a las palabras simples, ahora pregunto sobre la composición. P. Ciertos números deben guardarse en la composición y la consecuencia de las palabras. Los oídos mismos miden los números, para que no dejes de completar con palabras lo que te propusiste o te excedas. La consecuencia, sin embargo, para que el discurso no sea perturbado por géneros, números, tiempos, personas y casos. Pues así como en las palabras simples lo que no es latino, así en las compuestas lo que no es consecuente debe ser vituperado.
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comunes, sin embargo, a las simples y a las compuestas son estas cinco como luces: lúcido, breve, probable, ilustre, suave. Se hará lúcido con palabras usuales propias dispuestas, o por circunscripción concluida, o por intermisión, o por concisión de palabras; oscuro, sin embargo, o por longitud, o por contracción del discurso, o por ambigüedad, o por inflexión e inmutación de palabras. La brevedad, sin embargo, se logra con palabras simples, diciendo cada cosa una sola vez, sirviendo a nada más que a decir lúcidamente. El género probable de discurso es, si no es demasiado adornado y pulido, si hay autoridad y peso en las palabras, si las sentencias son graves o aptas a las opiniones de los hombres y a sus costumbres.
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el discurso es ilustre, sin embargo, si se ponen palabras elegidas con gravedad, y transferidas, y supraladas, y añadidas al nombre, y duplicadas, y que significan lo mismo, y que no desentonan de la acción misma y de la imitación de las cosas. Pues esta parte del discurso es la que pone el asunto casi ante los ojos; pues ese sentido es el que más se toca, pero también los otros, y sin embargo, sobre todo, la mente misma puede ser movida. Pero lo que se ha dicho sobre el discurso lúcido, todo cae en este ilustre. Pues hay bastante más de ilustre que de aquello lúcido. Con uno se logra que entendamos, con el otro que parezcamos ver.
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el género suave de decir será primero por la elegancia y la jocundidad de las palabras sonoras y leves: luego por la composición, que no tenga encuentros ásperos ni disyuntos y hiantes, y que esté circunscrita no por un anfracto largo, sino apto al aliento de la voz, y tenga similitud e igualdad de palabras, cuando tomadas de contrarios, palabras iguales respondan a iguales, y referidas al mismo verbo, y geminadas y duplicadas, o incluso más a menudo iteradas, se pongan, y la construcción de las palabras sea acoplada por conjunciones y como relajada por disoluciones.
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se hará también suave el discurso cuando digas algo o inusitado o inaudito o nuevo. Deleita también todo lo que es admirable, y sobre todo mueve aquellas cosas que el discurso que agita algún movimiento en los ánimos y que significa las amables costumbres del orador mismo; las cuales se expresan o señalando el juicio mismo y el ánimo humano y liberal, o por la inflexión del habla, si por causa de aumentar a otro o disminuirse a sí mismo, parecen decirse unas cosas por el orador y pensarse otras, y que eso se haga con cortesía más que con vanidad. Pero hay muchos preceptos de suavidad que hacen el discurso o más oscuro o menos probable. Por tanto, también en este lugar debemos juzgar nosotros mismos qué requiere la causa.
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C. Queda, pues, que hables sobre el discurso convertido y cambiado. P. Es, ciertamente, ese género todo en la conmutación de palabras, la cual se trata en las palabras simples de tal modo que el discurso o se dilata desde la palabra o se contrae en la palabra; desde la palabra, cuando o una palabra propia o que significa lo mismo o una palabra hecha se divide en más palabras; desde el discurso, cuando o la definición se revoca a una sola palabra, o se eliminan palabras añadidas, o se dirigen circuitos, o por conjunción se hace una palabra de dos.
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en las palabras compuestas, sin embargo, puede aplicarse una triple conmutación, no de palabras, sino solo de orden, como cuando una vez dicho directamente, como la naturaleza misma lo ha traído, se invierte el orden y se dice lo mismo como al revés y hacia atrás, luego lo mismo intercisamente y mezclado. La ejercitación de la elocución, sin embargo, se vuelca mayormente en todo este género de convertir.
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C. La acción, pues, sigue, según creo. P. Es así: la cual, ciertamente, debe ser conmutada mayormente por el orador tanto con los momentos de las cosas como con los de las palabras. Pues hace el discurso lúcido, ilustre, probable y suave, no con palabras, sino con la variedad de la voz, el movimiento del cuerpo, el gesto, que valdrán muchísimo si consienten con el género del discurso y siguen su fuerza y variedad.
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C.¿ Te queda algo más sobre el orador mismo? P. Nada, ciertamente, excepto la memoria, que es gemela de la literatura de algún modo y, en género disímil, muy similar. Pues así como aquella consta de notas de letras y de aquello en lo que se imprimen las notas mismas, así la confección de la memoria usa lugares como cera y en ellos coloca las imágenes como letras.
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C. Puesto que, pues, toda la fuerza del orador ha sido expuesta,¿ qué tienes que decir sobre los preceptos del discurso? P. Que tiene cuatro partes, de las cuales la primera y la última valen para el movimiento del ánimo— pues este debe ser incitado en los inicios y en las peroraciones—, la segunda, la narración, y la tercera, la confirmación, dan crédito al discurso. Pero la amplificación, aunque tiene su lugar propio, a menudo también el primero, el último ciertamente casi siempre, sin embargo, debe aplicarse en el resto del curso del discurso y mayormente cuando algo ha sido confirmado o refutado. Por tanto, también vale muchísimo para el crédito; pues la amplificación es una argumentación vehemente; así como aquella para enseñar, esta para conmover.
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C. Prosigue, pues, por orden explicándome esas cuatro partes. P. Lo haré y comenzaré primero por los principios, los cuales, ciertamente, se deducen o de las personas o de las cosas mismas. Se toman, sin embargo, por tres cosas: para que seamos escuchados amigablemente, inteligentemente, atentamente. El primer lugar de ellos está en las personas nuestras, de los jueces y de los adversarios; de los cuales los inicios para conciliar la benevolencia se comparan o por nuestros méritos, o por dignidad, o por algún género de virtud y mayormente de liberalidad, oficio, justicia, fe; y confiriendo las cosas contrarias a los adversarios y significando con aquellos que juzgan alguna causa o esperanza de unión; y si alguna envidia u ofensa ha sido conferida a nosotros, debe ser eliminada o disminuida o disolviendo, o extenuando, o compensando, o deprecando.
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para que seamos escuchados inteligentemente, y asimismo atentamente, debe comenzarse por las cosas mismas. Pero el auditor aprende más fácilmente y entiende qué se trata, si comprendes en el principio el género y la naturaleza de la causa, si defines, si divides, si no impides su prudencia con la confusión de partes ni su memoria con la multitud; y las cosas que pronto se dirán sobre la narración lúcida, las mismas podrán también ser transferidas rectamente aquí.
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para que seamos escuchados atentamente, sin embargo, lograremos alguna de tres cosas; pues o propondremos algo grande, o necesario, o unido con aquellos mismos ante quienes se tratará el asunto. Que esté esto también en los preceptos, que, si alguna vez el tiempo mismo, o el asunto, o el lugar, o la intervención de alguien, o una interpelación, o algo dicho por el adversario, y mayormente al perorar, nos diera ocasión para que digamos algo aptamente al tiempo, no lo dejemos; y, las cosas que diremos en su lugar sobre la amplificación, muchas de ellas podrán ser transferidas a los preceptos de los principios.
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C.¿ Qué, en la narración qué debe observarse finalmente? P. Puesto que la narración es la explicación de las cosas y una como sede y fundamento de establecer el crédito, deben observarse en ella mayormente las cosas que también en las restantes partes del discurso; las cuales en parte son necesarias, en parte tomadas para adornar. Pues es necesario que narremos lúcida y probablemente, pero tomamos también la suavidad.
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por tanto, para narrar lúcidamente repetiremos aquellos mismos preceptos superiores de explicar e ilustrar, en los cuales esté la brevedad que se alaba muy a menudo en la narración, de la cual se ha dicho arriba. Será probable, sin embargo, si las cosas que se narrarán consienten con las personas, con los tiempos, con los lugares; si se pone la causa de cada hecho y evento; si parecerá que se dice lo testificado, si está unido con la opinión y autoridad de los hombres, si con la ley, con la costumbre, con la religión; si se significará la probidad del que narra, si la antigüedad, si la memoria, si la verdad del discurso y la fe de la vida. Suave, sin embargo, es la narración que tiene admiraciones, expectativas, finales inopinados, movimientos de ánimos interpuestos, coloquios de personas, dolores, iras, miedos, alegrías, deseos. Pero sigamos ya a lo restante.
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C. Ciertamente siguen aquellas cosas que pertenecen a dar crédito. P. Así es: las cuales, ciertamente, se dividen en confirmación y en refutación. Pues al confirmar queremos probar lo nuestro, al refutar, desmentir lo contrario. Puesto que, pues, todo lo que viene a controversia, se pregunta o si es o no es, o qué es, o cuál es, en lo primero vale la conjetura, en lo segundo la definición, en lo tercero la razón. C. Tengo esa distribución. Ahora busco los lugares de la conjetura.
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P. Está toda puesta en los verosímiles y en las notas propias de las cosas. Pero llamemos, para enseñar, verosímil a lo que generalmente sucede así, como que la adolescencia es más proclive a la libido, y propiamente notado al argumento que nunca es de otra manera y declara algo cierto, como el humo al fuego. Los verosímiles se hallarán de las partes y como miembros de la narración. Esos están en las personas, en los lugares, en los tiempos, en los hechos, en los eventos, en las naturalezas de las cosas mismas y de los negocios.
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En las personas se observan primero las naturalezas de la salud, figuras, fuerzas, edad, varones, mujeres; y esto, ciertamente, en el cuerpo; del ánimo, sin embargo, o cómo estén afectados, por virtudes, vicios, artes, inercias, o cómo movidos, por deseo, miedo, placer, molestia. Y esto, ciertamente, se observa en la naturaleza; en la fortuna, el género, amistad, hijos, parientes, afines, riquezas, honores, potestades, divinidades, libertad y las cosas que son contrarias a estas.
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en los lugares, sin embargo, tanto aquellos naturales, marítimos o remotos del mar, llanos o montuosos, leves o ásperos, saludables o pestilentes, opacos o apriscos, como aquellos fortuitos, cultivados o incultos, célebres o desiertos, coedificados o vastos, oscuros o nobilitados por vestigios de hechos gestados, consagrados o profanos.
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en los tiempos, sin embargo, se disciernen presentes, pasados, futuros; en estos mismos, vetustos, recientes, instantes, dentro de poco o alguna vez futuros. Están también en los tiempos aquellas cosas que notan como la naturaleza del tiempo, como el invierno, como el verano, o los tiempos del año, como el mes, como el día, como la noche, hora, tempestad, que son naturales; fortuitos, sin embargo, sacrificios, días festivos, nupcias.
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ya los hechos y eventos son o de consejo o de imprudencia, la cual es o en el azar o en una cierta permoción del ánimo; por azar, cuando cayó de otra manera de lo que se pensó; por permoción, cuando o el olvido, o el error, o alguna causa de miedo o de deseo movió. Debe ponerse también la necesidad en la imprudencia. De las cosas, sin embargo, buenas y malas hay tres géneros; pues pueden estar o en los ánimos, o en los cuerpos, o fuera. Con esta materia, pues, sujeta al argumento, deberán ser recorridas con el ánimo todas las partes y de cada una deberá tomarse la conjetura para lo que se tratará.
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hay también otro género de argumentos que se toma de los vestigios del hecho, como el arma, la sangre, el clamor, el oído, la titubeación, la permutación del color, el discurso inconstante, el temblor de ellos, de otros qué es lo que pueda percibirse por el sentido; también, si algo fue preparado, si comunicado con alguien, si después visto, oído, indicado.
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los verosímiles, sin embargo, en parte mueven cada uno por su peso, en parte, incluso si parecen ser exiguos por sí mismos, mucho sin embargo aprovechan cuando están coacervados. Y en estos verosímiles hay a veces también ciertas notas propias de las cosas. La mayor fe, sin embargo, la da a la similitud de lo verdadero primero el ejemplo, luego la similitud de la cosa introducida; la fábula también a veces, aunque sea increíble, sin embargo mueve a los hombres.
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C.¿ Qué, cuál es la razón de la definición y cuál el camino? P. No hay duda, ciertamente, de que la definición se declara por el género y por una cierta propiedad o también por la frecuencia de los comunes, de los cuales resplandezca qué es lo propio. Pero puesto que de lo propio nace a menudo una gran disensión, debe definirse a menudo por los contrarios, a menudo también por los disimilares, a menudo por los iguales. Por lo cual, las descripciones también son a menudo aptas en este género y la enumeración de los consecuentes, y sobre todo mueve la explicación del vocablo y del nombre.
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C. Están expuestas ya casi las cosas que se preguntan sobre el hecho y sobre la apelación del hecho.¿ Ciertamente, pues, quedan aquellas que, cuando tanto el hecho como el nombre constan, se llama a duda cuál es? P. Es así como dices. C.¿ Cuáles son, pues, las partes en ese género? P. O hecho por derecho por causa de alejar o de vengar el dolor, o por piedad, o por pudicia, o por religión, o en nombre de la patria, o finalmente por necesidad, insciencia, azar.
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pues las cosas que se hicieron por movimiento del ánimo y perturbación sin razón, esas no tienen defensas contra el crimen en los juicios legítimos, pueden tenerlas en las discusiones libres. En este género, en el que se pregunta cuál es, se suele preguntar por la controversia, si se actuó por derecho o no; cuya disputa debe tomarse de la descripción de los lugares.
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C. Actúa, pues, puesto que habías dividido la fe del discurso en confirmación y refutación y se ha dicho sobre lo otro, expón ahora sobre refutar. P. O se debe negar todo lo que el adversario haya tomado en la argumentación, si puedes enseñar que es ficticio o falso, o deben desmentirse las cosas que se tomaron como verosímiles: primero, que se tomaron cosas dudosas por ciertas; luego, que en las manifiestamente falsas se puede decir lo mismo; luego, que de las cosas que tomó no se efectúa lo que quiere. Debe suceder, sin embargo: así como se romperán las singulares, así las universales. Deben conmemorarse también ejemplos en los que en una disputa similar no se ha creído; debe lamentarse la condición del peligro común, si la vida de los inocentes está expuesta a los ingenios de los hombres criminosos.
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C. Puesto que tengo de dónde se hallan las cosas que pertenecen a la fe, espero cómo se traten cada una al decir. P. Pareces buscar la argumentación, que es la explicación del argumento; la cual, tomada de los lugares que han sido expuestos, debe ser confeccionada y distinguida lúcidamente. C. Claramente busco eso mismo.
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P. Es, pues, como se dijo arriba, la argumentación la explicación del argumento, pero se confecciona cuando has tomado cosas o no dudosas o probables, de las cuales efectúes lo que parece dudoso o menos probable por sí mismo. De argumentar, sin embargo, hay dos géneros, de los cuales uno mira directamente a la fe, el otro se inflecta al movimiento. Directamente, pues, cuando propuso algo que probara y tomó las cosas en las que se apoyaba, y confirmadas estas, se refirió a la propuesta y concluyó. Aquella otra argumentación, sin embargo, como hacia atrás y en contra, toma primero lo que quiere y lo confirma, luego lanza al extremo lo que debe proponerse, movidos los ánimos.
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hay también esa variedad en argumentar y no desagradable distinción, como cuando nos interrogamos a nosotros mismos, o preguntamos, o mandamos, o deseamos, que son con otras muchas ornamentos de sentencias. Evitar, sin embargo, la similitud podremos, no comenzando siempre por la propuesta; y si no confirmaremos todo disputando y pondremos brevemente a veces lo que será bastante abierto; y lo que se efectuará de ellos, si es abierto, no tendremos necesidad de concluir siempre.
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C.¿ Qué aquellas que se llaman sin arte, que ya hace tiempo dijiste que fueron tomadas, necesitan de algún modo y en algún lugar de arte? P. Esas, ciertamente, necesitan, y no se dicen sin arte porque sean así, sino porque el arte del orador no las engendra, pero, traídas de fuera a sí, las trata con arte, y mayormente en los testigos.
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pues también sobre todo el género de testigos debe decirse a menudo cuán infirme es y que los argumentos son propios de las cosas, los testimonios, sin embargo, de las voluntades; y debe usarse de ejemplos, si no se ha creído a alguien por testigos; y sobre cada testigo, si son vanos por naturaleza, si leves, si con ignominia, si impulsados por esperanza, por miedo, por ira, por misericordia, si traídos por premio, por gratia; y deben compararse con la autoridad superior de los testigos a quienes, sin embargo, no se ha creído.
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a menudo también debe resistirse a las cuestiones, porque muchos, huyendo del dolor, han mentido muy a menudo en los tormentos y han preferido morir confesando lo falso que dolerse negando lo verdadero; muchos también han descuidado su propia vida para liberar a aquellos que les eran más caros que ellos mismos; otros, sin embargo, o por naturaleza del cuerpo, o por costumbre de dolerse, o por miedo al suplicio y a la muerte, han soportado la fuerza de los tormentos; otros han mentido contra aquellos a quienes odiaban. Y esto debe confirmarse con ejemplos.
51
ni es oscuro que, puesto que hay ejemplos en ambas partes y asimismo lugares para hacer conjetura, en los contrarios deben tomarse los contrarios. Y también incurre otra cierta razón en los testigos y en las cuestiones. Pues a menudo las cosas que se han dicho, si se han dicho o ambiguamente, o inconstantemente, o increíblemente, o incluso dichas de otra manera por otro, se refutan sutilmente.
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C. Te queda la parte extrema del discurso que está puesta en perorar, sobre la cual ciertamente querría oír. P. Es más fácil la explicación de la peroración. Pues está dividida en dos partes, amplificación y enumeración. El lugar propio de aumentar, sin embargo, también aquí está en la peroración, y en el curso mismo del discurso se dan inclinaciones para amplificar, confirmada alguna cosa o refutada.
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es, pues, la amplificación una cierta afirmación más grave, que concilie la fe en el decir por el movimiento de los ánimos. Se confecciona tanto por el género de palabras como de cosas. Deben ponerse palabras que tengan fuerza de ilustrar y no desentonen del uso, graves, llenas, sonoras, juntas, hechas, cognominadas, no vulgares, supraladas y, sobre todo, transferidas. Esto en las palabras singulares; pero en las continuas, sueltas, que se dicen sin conjunción, para que parezcan más.
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aumentan también las palabras referidas, iteradas, duplicadas y aquellas que ascienden gradualmente de palabras humildes a superiores, y en general siempre el discurso como natural y no explicado, sino relleno de palabras graves, es más acomodado para aumentar. Esto, pues, en las palabras, a las cuales la acción de la voz y el gesto congruente y apto para mover los ánimos está acomodado. Pero tanto en las palabras como en la acción la causa deberá ponderarse y deberá actuarse según el asunto. Pues como estas cosas parecen perabsurdas cuando son más graves de lo que la causa lleva, debe juzgarse diligentemente qué y cuánto conviene.
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la amplificación de las cosas, sin embargo, se toma de todos esos mismos lugares de los que aquellas que se han dicho para la fe: y mayormente valen tanto las definiciones conglobadas como la frecuentación de los consecuentes y la colisión de las cosas contrarias y disimilares y que luchan entre sí, y la causa y las cosas que han nacido de las causas, y mayormente las similitudes y ejemplos; personas ficticias, que finalmente hablen los mudos, y en general deben aplicarse, si la causa lo permite, las cosas que se tienen por grandes, cuyo género es doble.
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pues unas cosas parecen grandes por naturaleza, otras por uso; por naturaleza, como las celestiales, como las divinas, como aquellas cuyas causas son oscuras, como las cosas que son admirables en las tierras y en el mundo, de las cuales y de sus similares, si atiendes, abundan muchísimas para aumentar; por uso, las que parecen a los hombres o aprovechar o dañar vehementemente, cuyos géneros para amplificar son tres. Pues o los hombres son movidos por caridad, como de los dioses, como de la patria, como de los padres; o por amor, como de los hermanos, como de los cónyuges, como de los hijos, como de los familiares; o por honestidad, como de las virtudes y mayormente de aquellas que valen para la comunión de los hombres y la liberalidad. De estas se toman también las exhortaciones para retener esas cosas y se incitan los odios contra aquellos por quienes han sido violadas, y nace la miseración.
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el lugar propio de aumentar está en estas cosas o perdidas o en peligro de perderse. Pues nada es tan miserable como de feliz, miserable. Y esto es todo lo que mueve, si alguien cae de alguna fortuna y de cuya caridad es arrancado, qué pierde o ha perdido, en qué males estará o estará por estar, se expresa brevemente. Pues pronto se seca la lágrima, especialmente en los males ajenos. Y nada debe ser demasiado enucleado en la amplificación, pues toda diligencia es menuda; este lugar, sin embargo, requiere cosas grandes.
58
que sea ya del juicio qué género de aumentar usemos en cada causa. Pues en aquellas causas que se adornan para la delectación, deben tratarse aquellos lugares que pueden mover la expectativa, la admiración, el placer; en las exhortaciones, sin embargo, las enumeraciones de bienes y males y los ejemplos valen muchísimo. En los juicios, al acusador generalmente las cosas que pertenecen a la ira, al reo mayormente las que pertenecen a la misericordia: a veces, sin embargo, también el acusador debe mover la misericordia y el defensor la ira.
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la enumeración es lo que queda, nunca necesaria al que alaba, no a menudo al que persuade, más a menudo al acusador que al reo. Sus tiempos son dos, si o desconfías de la memoria de aquellos ante quienes actúas, o por intervalo de tiempo o por longitud del discurso, o habiendo frecuentado los fundamentos del discurso y expuestos brevemente, la causa tendrá mayor fuerza.
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el reo debe usarla más raramente, porque deben ponerse los contrarios, cuya disolución no brillará en la brevedad, los aguijones punzarán. Pero en la enumeración deberá evitarse que la ostentación de memoria emprendida parezca pueril. Eso lo evitará quien no repetirá todas las cosas mínimas, sino tocando brevemente cada una, comprenderá los pesos mismos de las cosas.
61
C. Puesto que has hablado tanto del orador mismo como de la oratoria, exponme ahora aquel lugar de la cuestión que, de los tres que propusiste, dejaste para el final. P. Como dije al principio, hay dos géneros de cuestiones: al primero, limitado por el tiempo y las personas, lo llamo causa; al segundo, ilimitado y no marcado por personas ni tiempos, lo llamo tema. Pero el tema es como una parte de la controversia de la causa; pues lo ilimitado está contenido en lo limitado y, sin embargo, todo se refiere a aquello.
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Por esta razón, hablemos primero del tema: sus géneros son dos, uno de conocimiento, cuyo fin es el saber, como si los sentidos son veraces; otro de acción, que se refiere a realizar algo, como si se preguntara con qué deberes debe cultivarse la amistad. A su vez, los géneros del primero son tres: si es o no es, qué es y cuál es. Si es o no es, como si el derecho reside en la naturaleza o en la costumbre; qué es, en cambio, así: si el derecho es aquello que es útil a la mayoría; cuál es, en cambio, así: si vivir justamente es útil.
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De la acción, en cambio, hay dos géneros: uno para perseguir o evitar algo, como por qué medios puedes alcanzar la gloria o de qué modo evitar la envidia; otro, que se refiere a alguna utilidad y uso, como de qué modo debe administrarse la república o de qué modo vivir en la pobreza.
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A su vez, de la consulta de conocimiento, donde se pregunta si algo es, ha sido o será, un género de cuestión es si algo puede realizarse, como cuando se pregunta si alguien puede ser perfectamente sabio; otro, de qué modo sucede cada cosa, como de qué manera se engendra la virtud,¿ por la naturaleza, por la razón o por el hábito? De este género son todos aquellos en los que, como en las cuestiones oscuras y naturales, se explican las causas y las razones de las cosas.
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Del otro género, en el que se pregunta qué es aquello de lo que se trata, hay dos tipos: en uno se debe discutir si es otra cosa o la misma, como la pertinacia y la perseverancia; en el otro, en cambio, se debe expresar la descripción de algún género y como su imagen, como qué clase de persona es el avaro o quién es el soberbio.
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En el tercer género, en el que se pregunta cuál es, se debe hablar sobre la honestidad, la utilidad o la equidad. Sobre la honestidad así: si es honesto correr peligro o sufrir envidia por un amigo. Sobre la utilidad así: si es útil ocuparse de la administración de la república. Sobre la equidad así: si es justo anteponer a los amigos a los parientes. Y en este mismo género, en el que se pregunta cuál es, surge otro tipo de discusión. Pues no solo se pregunta simplemente qué es honesto, qué útil, qué equitativo, sino también, por comparación, qué es más honesto, más útil, más equitativo, y aun qué es lo más honesto, lo más útil, lo más equitativo; de este género son aquellas cuestiones sobre cuál es la dignidad más excelente de la vida. Y todas estas que he dicho son de conocimiento.
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Quedan las de acción: de las cuales una es el género de preceptos, que pertenece a la razón del deber, como de qué modo deben ser honrados los padres; la otra, en cambio, para calmar los ánimos y sanarlos mediante la palabra, como en la consolación de los pesares, en la represión de la ira, en el alivio del miedo o en la disminución de la codicia. A este género es contrario el tipo de discusión para esos mismos movimientos del ánimo, lo cual a menudo debe hacerse al ampliar el discurso, ya sea para engendrarlos o para excitarlos.
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Y esta es, en general, la partición de las consultas. C. Lo he comprendido, pero pregunto cuál es el método para hallar y disponer estas cosas. P.¿ Qué piensas, acaso no es el mismo que ha sido expuesto, de modo que todo se derive de los mismos lugares para la convicción y para el hallazgo? El método de ordenar, que ha sido expuesto en otros casos, se trasladará aquí. C. Conocida, pues, toda la distribución de los temas, nos quedan los géneros y los preceptos de las causas.
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P. Ciertamente. Y su forma es doble: una busca el deleite de los oídos, la otra, para obtener la razón, prueba y realiza lo que trata, de donde se ha emprendido toda la contienda. Por tanto, lo anterior se llama ornato: como puede ser un género amplio y ciertamente variado, elegimos uno de él, que emprendemos para alabar a hombres ilustres y para vituperar a los malvados. Pues no hay género de oratoria que pueda ser más rico para hablar o más útil para las ciudades, o en el que el orador se ocupe más en el conocimiento de las virtudes y los vicios. El género restante de causas se ocupa o en la previsión del tiempo futuro o en la discusión del pasado; uno de ellos es de deliberación, el otro de juicio.
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De esta partición surgieron tres géneros de causas: uno, que ha sido llamado por la mejor parte de alabanza, otro de deliberación, el tercero de juicios. Por esta razón, discutamos primero sobre el primero, si te parece. C. A mí, ciertamente, me parece bien. P. Y expondré brevemente los métodos de alabar y vituperar, que valen no solo para hablar bien sino también para vivir honestamente, y comenzaré desde los principios tanto de alabar como de vituperar.
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Pues ciertamente todas las cosas que están unidas a la virtud deben ser alabadas, y las que están unidas a los vicios, vituperadas. Por esta razón, el fin de uno es la honestidad, el del otro la torpeza. Este género de dicción se completa narrando y exponiendo los hechos, lo cual, sin ninguna argumentación, se acomoda más a tratar suavemente los movimientos del ánimo que a crear o confirmar la convicción. Pues no se afirman cosas dudosas, sino que se aumentan aquellas que son ciertas o que se han puesto como ciertas. Por esta razón, de lo que se ha dicho antes, se repetirán los preceptos de narrar y aumentar.
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Y puesto que en estas causas toda la razón se refiere casi a la voluptuosidad del auditor y al deleite, habrá que usar en ellas un discurso adornado y distinciones de palabras individuales, que tienen mucha suavidad— esto sucede si usamos frecuentemente palabras acuñadas, antiguas o trasladadas—, y la misma construcción de las palabras, de modo que a menudo se refieran pares a pares y semejantes a semejantes, que se usen contrarios, geminados, circunscritos rítmicamente, no a semejanza de versos, sino para llenar el sentido de los oídos con un modo de palabras apto.
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Y deben aplicarse con mayor frecuencia también aquellos ornamentos de las cosas, ya sean los que parezcan admirables, inesperados, significados por monstruos, prodigios y oráculos, o los que parezcan haberle sucedido a aquel de quien trataremos como divinos y fatales. Pues toda expectativa de quien escucha, la admiración y los finales imprevistos tienen algún placer al escuchar.
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Pero puesto que los bienes o males se ocupan en tres géneros, externos, del cuerpo y del ánimo, los primeros sean los externos, que se deriven del linaje; una vez alabado este breve y moderadamente o, si es infame, omitido, si es humilde, omitido o tocado para aumentar la gloria de aquel a quien alabas, a continuación, si el asunto lo permite, se deberá hablar de las fortunas y facultades. Después, de los bienes del cuerpo; en los cuales, porque significa casi la virtud al máximo, se alaba muy fácilmente la forma.
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Después se debe llegar a los hechos, cuya colocación es triple: o se debe guardar el orden de los tiempos, o se debe decir lo más reciente entre lo primero, o muchos y variados hechos deben ser distribuidos en los géneros propios de las virtudes. Pero este lugar de las virtudes y los vicios, que se extiende muy ampliamente, se concluirá ahora desde muchas y variadas discusiones en una cierta forma estrecha y breve.
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Es, pues, doble la fuerza de la virtud: o la virtud se percibe por la ciencia o por la acción. Pues la que se llama prudencia, la que astucia y la que, con el nombre más grave, sabiduría, esta florece solo por la ciencia. La que, en cambio, se alaba por moderar las codicias y regir los movimientos del ánimo, su función está en el actuar; a la cual se le da el nombre de templanza. Y aquella prudencia suele llamarse doméstica en los asuntos propios, civil en los públicos.
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La templanza, en cambio, está distribuida asimismo en los asuntos propios y en los comunes, y se percibe de dos modos en las cosas convenientes: no buscando las que están ausentes y absteniéndose de las que están en nuestro poder. En las cosas inconvenientes, en cambio, es asimismo doble: pues la que se opone a los males que vienen se llama fortaleza; la que tolera y sobrelleva lo que ya está presente, paciencia. La que abarca estas en un solo género se llama grandeza de ánimo; cuya es la liberalidad en el uso del dinero y, al mismo tiempo, la elevación de ánimo al recibir los inconvenientes y, sobre todo, las injurias, y todo lo que es de ese género, grave, sosegado, no turbulento.
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En la comunión, en cambio, la parte que está puesta se llama justicia, y esta es religión hacia los dioses, piedad hacia los padres, bondad vulgarmente, fe en las cosas confiadas, lenidad en la moderación del ánimo que debe ser advertido, amistad en la benevolencia. Y estas virtudes se perciben en el actuar. Hay, además, otras como ministras y compañeras de la sabiduría; de las cuales una distingue y juzga qué cosas son verdaderas y falsas en la discusión y qué se sigue una vez puestas ciertas cosas, cuya virtud reside toda en la razón y la ciencia de discutir; la otra, en cambio, es la oratoria.
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Pues la elocuencia no es otra cosa que la sabiduría hablando copiosamente; la cual, extraída del mismo género que aquella que está en la discusión, es más rica, más amplia y más acomodada a los movimientos de los ánimos y a los sentidos del vulgo. La guardiana, en verdad, de todas las virtudes, que huye del deshonor y alcanza al máximo la alabanza, es la vergüenza. Y estos son, en general, como ciertos hábitos del ánimo, afectados y constituidos de tal modo que son individuales, distinguidos entre sí por el género propio de la virtud; de los cuales, según como se ha realizado cada cosa, es necesario que sea honesta y sumamente loable.
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Hay, además, otros ciertos hábitos del ánimo fingidos hacia la virtud, como cultivados y preparados por estudios y artes rectos, como en los asuntos propios los estudios de las letras, de los números y sonidos, de la medida, de los astros, de los caballos, de la caza, de las armas; en los comunes, estudios más propensos en cultivar especialmente algún género de virtud, o sirviendo a las cosas divinas, o amando especialmente e insignemente a los padres, amigos y huéspedes. Y estas son, ciertamente, las virtudes. Los vicios, en cambio, son los géneros contrarios.
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Deben percibirse, sin embargo, diligentemente, para que no nos engañen aquellos vicios que parecen imitar la virtud. Pues la malicia imita a la prudencia; la inmanidad en despreciar las voluptuosidades, a la templanza; la soberbia en elevarse demasiado, a la grandeza de ánimo; el desprecio en menospreciar los honores, a la grandeza de ánimo; la efusión, a la liberalidad; la audacia, a la fortaleza; la dureza inmanente, a la paciencia; la acerbidad, a la justicia; la superstición, a la religión; la molicie del ánimo, a la lenidad; la timidez, a la vergüenza; la concertación y captación de palabras, a aquella prudencia de discutir; y esta fuerza oratoria, una cierta profluencia vana de hablar. A los estudios buenos, en cambio, parecen semejantes aquellos que son excesivos en el mismo género.
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Por esta razón, toda la fuerza de alabar y vituperar se tomará de estas partes de las virtudes y los vicios; pero en todo el contexto del discurso, por así decirlo, se ilustrarán al máximo estas cosas: cómo cada uno ha sido engendrado, cómo educado, cómo instruido y cómo se ha comportado; y si algo grande o increíble le ha sucedido a alguien, y sobre todo si eso pudo parecer haber sucedido divinamente; entonces, lo que cada uno haya sentido, dicho y hecho se acomodará a aquellos géneros de virtudes propuestos, y de aquellos lugares de hallazgo se buscarán las causas de las cosas, los eventos y las consecuencias. Y, en verdad, la muerte de aquellos cuya vida será alabada no deberá pasarse en silencio, si es que habrá algo que deba advertirse, ya sea en el género mismo de la muerte o en aquellas cosas que habrán sucedido después de la muerte.
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C. He recibido esas cosas y he aprendido brevemente no solo cómo alabar a otro, sino también cómo esforzarme para poder ser alabado yo mismo con justicia. Veamos, pues, a continuación, qué camino y qué preceptos debemos mantener al expresar una opinión. P. El fin en el deliberar es, pues, la utilidad, a la cual se refieren todas las cosas al dar consejo y expresar una opinión, de modo que lo primero que debe ver el que aconseja o disuade es qué puede hacerse o no puede hacerse y qué es necesario o no necesario. Pues, si algo no puede realizarse, la deliberación se elimina, por muy útil que sea; y si algo es necesario— necesario es aquello sin lo cual no podemos estar salvos o libres—, eso debe anteponerse a las demás cosas y a las honestidades en la razón civil y a las comodidades.
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Cuando, además, se pregunta qué puede hacerse, debe verse también cuán fácilmente puede hacerse. Pues las cosas que son muy difíciles a menudo deben considerarse como si no pudieran realizarse. Y cuando atendamos a la necesidad, incluso si algo no parece necesario, se deberá ver, sin embargo, cuán grande es. Pues lo que importa muchísimo a menudo se considera como necesario.
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Por tanto, cuando este género de causas consiste en la persuasión y la disuasión, al que aconseja se le propone un método simple: si es útil y puede hacerse, que se haga; al que disuade, uno doble: uno, si no es útil, que no se haga; otro, si no puede hacerse, que no se emprenda. Así, al que aconseja se le debe enseñar ambas cosas, al que disuade basta con debilitar una. Por lo cual, puesto que todo consejo se ocupa en estas dos cosas, hablemos primero de la utilidad, que se ocupa en distinguir los bienes y los males. De los bienes, algunos son necesarios, como la vida, la pudicia, la libertad, como los hijos, los cónyuges, los hermanos, los padres; otros no son necesarios; de los cuales unos deben buscarse por sí mismos, como los que residen en los deberes y las virtudes, otros, porque producen alguna comodidad, como las riquezas y los recursos.
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De aquellos, además, que se buscan por sí mismos, unos se buscan por la honestidad misma, otros por alguna comodidad; por honestidad, los que proceden de estas virtudes de las que se ha hablado hace poco, que son loables por sí mismas; por alguna comodidad, los que deben buscarse en los bienes del cuerpo o de la fortuna. De los cuales, unos están unidos casi con una cierta honestidad, como el honor, como la gloria; otros son diversos, como las fuerzas, la forma, la salud, como la nobleza, las riquezas, las clientelas.
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Hay también una cierta materia, por así decirlo, sujeta a la honestidad, que se observa al máximo en las amistades. Las amistades, además, se perciben por la caridad y el amor. Pues el culto tanto de los dioses como de los padres y de la patria, y de aquellos hombres que sobresalen por sabiduría o por riquezas, suelen referirse a la caridad. Los cónyuges, en cambio, y los hijos y los hermanos y otros a quienes el uso y la familiaridad han unido, aunque también por la caridad misma, sin embargo, se contienen al máximo por el amor. En estas cosas, pues, siendo bienes, es fácil de entender cuáles son los contrarios.
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Pero si siempre pudiéramos mantener lo mejor, no necesitaríamos mucho consejo, puesto que, ciertamente, esas cosas son claras. Pero porque en los tiempos, que tienen la mayor fuerza, sucede muy a menudo que la utilidad compite con la honestidad, y la contienda de esas cosas produce generalmente las deliberaciones, para que no se abandonen las cosas oportunas por la dignidad o las honestas por la utilidad, refiramos los preceptos a explicar esta dificultad.
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Y puesto que el discurso debe acomodarse no solo a la verdad, sino también a las opiniones de aquellos que escuchan, entendamos primero esto: que hay dos géneros de hombres, uno indocto y rústico, que antepone siempre la utilidad a la honestidad; otro humano y pulido, que antepone la dignidad a todas las cosas. Por tanto, a este género se le propone la alabanza, el honor, la gloria, la fe, la justicia y toda virtud; a aquellos otros, en cambio, la ganancia, el emolumento y el fruto. Y también la voluptuosidad, que es al máximo enemiga de la virtud y adultera la naturaleza del bien imitándola falazmente, la cual todo hombre inmanente sigue con mayor ardor y la antepone no solo a las cosas honestas sino también a las necesarias, al aconsejar, cuando das consejo a ese género de hombres, ciertamente debe alabarse a menudo.
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Y debe verse también cuánto más huyen los hombres de los males que siguen a los bienes. Pues no buscan tanto las cosas honestas como evitan las torpes.¿ Quién, en efecto, ha buscado alguna vez el honor, quién la gloria, quién la alabanza, quién cualquier decoro tanto como ha huido de la ignominia, la infamia, la contumelia y el deshonor? El dolor de estas cosas es un grave testigo de que el género humano, nacido para la honestidad, ha sido corrompido por un mal cultivo y por opiniones depravadas. Por lo cual, al exhortar y aconsejar, nuestro propósito será aquel: enseñar por qué medios podemos alcanzar los bienes y evitar los males;
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pero ante hombres bien instruidos hablaremos al máximo de la alabanza y de la honestidad, y trataremos al máximo aquellos géneros de virtudes que se ocupan en proteger y aumentar la utilidad común de los hombres. Si, en cambio, hablamos ante indoctos e inexpertos, que se presenten los frutos, los emolumentos, las voluptuosidades y las evitaciones de los dolores; que se añadan también las contumelias y las ignominias. Pues no hay nadie tan rústico a quien, si la honestidad misma lo mueve menos, la contumelia y el deshonor no lo muevan grandemente. Por lo cual, qué mira a la utilidad se encontrará de lo que se ha dicho;
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qué, en cambio, puede realizarse, en lo cual también suele preguntarse cuán fácilmente puede hacerse y cuán conveniente es, debe verse al máximo de aquellas causas que realicen cada cosa. Los géneros de causas, además, son varios. Pues hay algunas que realizan por sí mismas, otras que aportan alguna fuerza para realizar. Por tanto, que aquellas superiores sean llamadas realizadoras, que estas restantes se pongan en ese género, de modo que sin ellas no pueda realizarse.
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La causa realizadora, además, es una absoluta y perfecta por sí misma, otra que ayuda a algo y es una cierta socia de realizar; cuya fuerza de género es variada y a menudo es mayor o menor, de modo que incluso la que tiene la mayor fuerza a menudo se dice que es la única causa. Hay, además, otras causas, que se llaman realizadoras o por el principio o por el final. Cuando, además, se pregunta qué es lo mejor por hacer, o la utilidad o la esperanza de realizar impulsa a los ánimos a asentir.
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Y puesto que ya hemos hablado de la utilidad, hablemos del método de realizar. En todo este género se debe preguntar con quiénes y contra quiénes, en qué tiempo o en qué lugar o con qué facultades de armas, dinero, aliados o de aquellas cosas que pertenecen a realizar cada cosa podemos usar. Y no solo deben verse aquellas cosas que nos abastecen, sino también aquellas que se oponen. Y si nuestras cosas son más proclives por la contienda, no solo se deberá persuadir que pueden realizarse las cosas que aconsejamos, sino que también se deberá cuidar que aquellas parezcan fáciles, proclives y agradables. Al disuadir, en cambio, o se debe socavar la utilidad o se deben elevar las dificultades de realizar, y no desde otros preceptos, sino desde los mismos lugares de la persuasión.
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Que ambos, en verdad, tengan para aumentar la abundancia de ejemplos, o recientes, para que sean más conocidos, o antiguos, para que tengan más autoridad; y que esté al máximo meditado en este género, para que pueda anteponer a menudo las cosas útiles y necesarias a las honestas o estas a aquellas. Para conmover los ánimos, en cambio, aprovecharán al máximo, si deben ser incitados, las sentencias de ese modo que pertenezcan o a llenar las codicias o a saciar el odio o a vengar las injurias. Si, en cambio, deben ser reprimidos, se debe advertir sobre el estado incierto de la fortuna y los eventos dudosos de las cosas futuras y sobre retener sus fortunas, si son favorables, si, en cambio, adversas, sobre el peligro. Y estos son, ciertamente, los lugares de la peroración.
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Los principios, además, al expresar opiniones deberán ser breves. Pues el orador no viene como suplicante ante el juez, sino como exhortador y actor. Por lo cual debe proponer con qué mente habla, qué quiere, sobre qué cosas va a hablar y debe exhortar a que se le escuche hablando brevemente. Todo el discurso, además, debe ser simple y grave y más adornado con sentencias que con palabras.
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C. He conocido ya los lugares de la alabanza y la persuasión. Ahora espero los que están acomodados a los juicios; y creo que nos queda solo ese género. P. Comprendes correctamente. Y el fin de ese género es, ciertamente, la equidad; la cual no se observa simplemente, sino a veces por comparación, como cuando se discute sobre el acusador más veraz o cuando se pide la posesión de una herencia sin ley o sin testamento; en cuyas causas se pregunta qué es más equitativo y lo más equitativo, para cuyas causas se busca la facultad de argumentaciones de aquellos lugares de equidad de los que se hablará pronto.
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Y también antes del juicio suele haber contienda sobre constituir el juicio mismo, cuando se pregunta si hay acción para aquel que actúa, o si ya es, o si ya ha dejado de ser, o si la acción es por esa ley o por esas palabras. Las cuales, incluso si antes de que el asunto llegue a juicio no han sido concertadas, juzgadas o terminadas, sin embargo, en los juicios mismos tienen a menudo un gran peso, cuando se dice así: Has pedido de más; has pedido tarde; no fue tu petición; no de mí, no por esta ley, no por estas palabras, no por este juicio.
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El género de cuyas causas está puesto en el derecho civil, que está puesto en la ley o costumbre de las cosas privadas y públicas; cuya ciencia, descuidada por la mayoría de los oradores, nos parece necesaria para hablar. Por lo cual, sobre constituir las acciones, sobre tomar o asumir juicios, sobre exceptuar la iniquidad de la acción, sobre comparar la equidad, porque son casi de ese género que, aunque a menudo caen en el juicio mismo, sin embargo parecen deber tratarse antes del juicio, separo un poco esas cosas de los juicios más por el tiempo de actuar que por la desemejanza de género. Pues todas las cosas que se discuten sobre el derecho civil o sobre lo justo y bueno caen en esa forma de causas, en la que se ambiciona qué es cada cosa, de la cual vamos a hablar, que consiste al máximo en la equidad y en el derecho.
101
En todas las causas, pues, hay tres grados, de los cuales se debe tomar uno, si no puedes más, para resistir. Pues o se debe insistir de modo que niegues que se ha hecho aquello de lo que se trata, o, si confiesas que se ha hecho, niegues que tiene esa fuerza y que es lo que el adversario criminaliza, o, si no se puede ambicionar ni sobre el hecho ni sobre la apelación del hecho, niegues que aquello de lo que se te acusa es tal como él dice y defiendas que lo que has hecho es recto o que debe concederse.

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