Pro Cn. Plancio
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Cuando, jueces, debido a la egregia y singular lealtad de Cn. Plancio al velar por mi salvación, veía que tantos y tan buenos hombres apoyaban su honor, sentía en mi ánimo un placer no pequeño, pues veía que la memoria de mis tiempos pasados favorecía a aquel cuyo deber había sido mi salvación. Pero cuando oía que mis enemigos, en parte, y en parte los envidiosos, apoyaban esta acusación, y que el mismo asunto que había sido un apoyo en su candidatura era ahora un obstáculo en el juicio contra Cn. Plancio, me dolía, jueces, y lo llevaba con amargura, si su salvación resultaba más comprometida precisamente por la misma razón: que él había protegido mi salvación y mi vida con su benevolencia, su amparo y su custodia.
2
Ahora, en cambio, jueces, esta mirada y esta asamblea vuestra reconfortan y recrean mi mente cuando contemplo a cada uno de vosotros. Pues no veo en este número a nadie para quien mi salvación no haya sido querida, cuyo mérito supremo hacia mí no sea evidente, a quien no esté obligado por la memoria eterna de un beneficio. Por tanto, no temo que la custodia de mi salvación perjudique a Cn. Plancio ante aquellos que ellos mismos desearon sobremanera verme a salvo; y a menudo, jueces, me viene a la mente que es digno de admiración que M. Laterense, hombre sumamente interesado tanto en mi dignidad como en mi salvación, haya elegido precisamente a este como su acusado, más que temer que a vosotros os parezca que él ha hecho esto con gran fundamento.
3
Aunque no me tomo ni me arrogo tanto, jueces, como para pensar que Cn. Plancio ha obtenido la impunidad por sus méritos hacia mí. Si no demuestro su vida íntegra, sus costumbres moderadas, su suma lealtad, continencia, piedad e inocencia, no pediré nada contra su castigo; pero si demuestro todo lo que se espera de los hombres de bien, pediré, jueces, a vosotros que, puesto que mi salvación fue custodiada por su misericordia, le concedáis vuestra misericordia a petición mía. Por mi parte, además de los trabajos restantes, que en esta causa asumo mayores que en las otras, añado también esta molestia: que no solo debo hablar en favor de Cn. Plancio, cuya salvación debo defender no menos que la mía, sino también en favor de mí mismo, sobre quien los acusadores han dicho casi más que sobre el asunto y el acusado.
4
Aunque, jueces, si algo en mí mismo ha sido criticado de tal manera que esté separado de él, eso no me perturba en gran medida; pues no temo que, dado que los hombres agradecidos se encuentran muy raramente, por eso, cuando dicen que soy demasiado agradecido con él, eso pueda ser incriminatorio para mí. Pero los puntos que han sido tratados por ellos de tal modo que decían que los méritos de Cn. Plancio hacia mí eran menores de lo que yo mismo proclamaba, o que, si eran supremos, negaban sin embargo que debieran tener tanto peso ante vosotros como yo pensaba, estos deben ser tratados por mí, jueces, con moderación, para no ofender a nadie, y solo entonces, cuando haya respondido a las acusaciones, para que no parezca que el acusado ha sido defendido tanto por su propia inocencia como por el recuerdo de mis tiempos.
5
Pero en una causa fácil y clara se me propone, jueces, un método de defensa muy difícil y resbaladizo. Pues, si solo fuera necesario para mí hablar contra Laterense, aun así eso mismo sería molesto dada nuestra gran relación y nuestra gran amistad. Pues es antigua aquella ley de la amistad justa y verdadera que tengo con él desde hace mucho tiempo: que los amigos siempre deseen lo mismo, y no hay vínculo de amistad más seguro que el consenso y la sociedad de consejos y voluntades. Pero para mí, lo más molesto en este asunto no es hablar contra él, sino mucho más el hecho de que en esta causa se debe hablar en contra de alguien en la que parece que debe hacerse una cierta contienda entre las personas mismas.
6
Pues Laterense pregunta y presiona sobre todo con este único punto: con qué virtud, con qué mérito, con qué dignidad le ha superado Plancio. Así, si cedo ante los ornamentos de aquel, que son muchos y grandes, no solo debe hacerse el sacrificio de la dignidad de este, sino que también debe aceptarse la sospecha de soborno; pero si antepongo a este a aquel, el discurso debe considerarse injurioso, y debe decirse lo que él me exige: que Laterense ha sido superado en dignidad por Plancio. Así, o debe ofenderse la reputación de un hombre muy amigo, si sigo esa condición de la acusación, o debe abandonarse la salvación de quien tanto bien me ha hecho. Pero yo, Laterense, confesaría que me dejo llevar ciego y precipitado en la causa si dijera que tú pudiste ser superado por Plancio o por alguien en dignidad. Por tanto, me apartaré de esa contienda a la que tú me llamas y vendré a aquella a la que la causa misma me conduce.
7
¿ Qué?¿ Crees que el pueblo es un juez de la dignidad en las magistraturas? Tal vez a veces lo sea;¡ ojalá lo fuera siempre! Pero es muy raro y, si alguna vez lo es, es al encomendar aquellas magistraturas a las que cree que debe confiarse su salvación; en estos comicios más ligeros, el honor se obtiene por la diligencia y el favor de los candidatos, no por esos ornamentos que vemos en ti. Pues, en lo que respecta al pueblo, siempre es un juez injusto de la dignidad quien envidia o favorece. Aunque nada puedes establecer en ti, Laterense, que sea propio de tu mérito sin que sea común con Plancio.
8
Pero todo esto se tratará en otro lugar; ahora solo discuto sobre el derecho del pueblo, que puede y suele a veces pasar por alto a los dignos; ni, si alguien que no debía ser pasado por alto ha sido pasado por alto por el pueblo, debe ser condenado por los jueces quien no ha sido pasado por alto. Pues, si fuera así, lo que los padres no pudieron mantener entre nuestros antepasados, que fueran censores de los comicios, lo tendrían los jueces, lo cual sería mucho menos tolerable. Pues entonces no ejercía la magistratura quien la había obtenido si los padres no habían dado su autoridad; ahora se os exige a vosotros que, para su ruina, critiquéis el juicio del pueblo romano sobre quien ha sido elegido. Por tanto, ya que he entrado en la causa por la puerta que no quería, parece que mi discurso estará tan lejos de la más mínima sospecha de ofenderte, que preferiría reprenderte por llevar tu dignidad a un riesgo injusto, antes que intentar tocarla con cualquier injuria.
9
¿ Crees que tu continencia, tu laboriosidad, tu ánimo hacia la república, tu virtud, tu inocencia, tu lealtad, tus trabajos, porque no fuiste hecho edil, han sido quebrantados, rechazados y repudiados? Mira, Laterense, cuánto discrepo de ti. Si, por los dioses, solo hubiera diez hombres buenos, sabios, justos y graves en la ciudad que te hubieran juzgado indigno de la edilidad, pensaría que se ha juzgado sobre ti con más gravedad que esto que temes que parezca haber sido juzgado por el pueblo. Pues el pueblo no juzga siempre en los comicios, sino que se mueve mayormente por el favor, cede a las súplicas, hace a aquellos por quienes es más solicitado; finalmente, incluso si juzga, no es guiado a juzgar por algún discernimiento o sabiduría, sino a veces por el ímpetu y también por una cierta temeridad. Pues no hay consejo en la multitud, ni razón, ni discernimiento, ni diligencia, y los sabios siempre dijeron que lo que el pueblo había hecho debía ser soportado, no siempre alabado. Por lo cual, cuando dices que debiste ser hecho edil, acusas la culpa del pueblo, no la del competidor.
10
Aunque fueras más digno que Plancio— sobre lo cual contendré contigo poco después de tal manera que conserve tu dignidad—, pero aunque fueras más digno, no es el competidor por quien fuiste vencido, sino el pueblo por quien fuiste pasado por alto, quien tiene la culpa. En lo cual, lo primero que debes pensar es que en los comicios, especialmente en los edilicios, hay entusiasmo del pueblo, no juicio; que esos votos fueron obtenidos con halagos, no examinados a fondo; que quienes emiten su voto consideran más a menudo lo que deben a cada uno que lo que se debe a cada uno por parte de la república. Pero si prefieres que sea un juicio, no debes rescindirlo, sino soportarlo.
11
El pueblo juzgó mal. Pero juzgó. No debió. Pero pudo. No lo soporto. Pero muchos ciudadanos ilustrísimos y sapientísimos lo soportaron. Pues esta es la condición de los pueblos libres y, especialmente, de este pueblo principal y señor y vencedor de todas las naciones: poder dar o quitar con sus votos lo que quiera a cada uno; es nuestro deber, sin embargo, el nuestro, que somos arrojados en esta tempestad y olas del pueblo, soportar con moderación las voluntades del pueblo, atraer las ajenas, retener las ganadas, aplacar las perturbadas; si no consideramos grandes los honores, no servir al pueblo; pero si los buscamos, no cansarnos de suplicar.
12
Vengo ya a las partes del pueblo mismo para discutir con su discurso contra ti más que con el mío. El cual, si se enfrentara contigo y pudiera hablar con una sola voz, diría esto: Yo, Laterense, no antepuse a Plancio a ti, sino que, siendo ambos hombres igualmente buenos, otorgué mi beneficio más bien a aquel que me lo había solicitado que a aquel que no me había suplicado con demasiada humildad. Responderás, creo, que confiado en el esplendor y la antigüedad de tu familia, pensaste que no debías solicitarlo mucho. Pero él te recordará sus instituciones y los ejemplos de sus antepasados; dirá que siempre quiso ser solicitado, siempre que se le suplicara; que él antepuso a M. Seyo, quien ni siquiera pudo mantener intacto el esplendor ecuestre tras la calamidad del juicio, a un hombre nobilísimo, inocentísimo y eloquentísimo, M. Pisón; que antepuso a Q. Catulo, nacido en una familia suprema, hombre sapientísimo y santísimo, no digo a C. Serrano, hombre estupidísimo— pues era, sin embargo, noble—, no a C. Fimbria, hombre nuevo— pues era de ánimo bastante grande y de consejo—, sino a Cn. Malio, no solo innoble, sino sin virtud, sin ingenio, con una vida incluso despreciada y sórdida.
13
Te echaron de menos, dice, mis ojos, cuando tú estabas en Cirene; pues prefería disfrutar de tu virtud antes que de la de los aliados, y cuanto más importaba, más lejos estaba de mí cuando no te veía. Luego, sediento de tu virtud, me abandonaste y me dejaste. Pues habías comenzado a buscar el tribunado de la plebe en tiempos que requerían esa elocuencia y virtud; cuando abandonaste esa candidatura, si indicaste que no podías gobernar en tanta tempestad, dudé de tu virtud; si no quisiste, de tu voluntad; pero si, como entiendo mejor, te reservaste para otros tiempos, yo también, dirá el pueblo romano, te he revocado a aquellos tiempos para los que tú mismo te habías reservado. Busca, pues, esa magistratura en la que puedas serme de gran utilidad; los ediles, sean quienes sean, me tienen los mismos juegos preparados; importa mucho quiénes sean los tribunos de la plebe. Por lo cual, o devuélveme lo que habías mostrado, o si, lo que menos me importa, eso te deleita más, te devolveré esa edilidad incluso solicitándola negligentemente, pero para que obtengas los honores más amplios según tu dignidad, te aconsejo que aprendas a suplicarme con un poco más de diligencia.
14
Este es el discurso del pueblo, el mío, en cambio, Laterense, es este: que el juez no debe preguntar por qué fuiste vencido, siempre que no hayas sido vencido por soborno. Pues si, cuantas veces sea pasado por alto quien no debió ser pasado por alto, tantas veces será necesario condenar a quien ha sido elegido, ya no hay nada por lo que suplicar al pueblo, nada por lo que esperar la distribución, nada por lo que esperar el anuncio de los votos. Tan pronto como vea quiénes se han postulado, diré:
15
Este es de familia consular, aquel de pretoria; veo que los restantes son del orden ecuestre; todos están sin mancha, todos son hombres igualmente buenos e íntegros, pero es necesario mantener los grados; que el rango pretorio ceda ante el consular, para que el orden ecuestre no contienda con el nombre pretorio. Se han eliminado los entusiasmos, se han extinguido los apoyos, no hay contiendas, no hay libertad del pueblo al encomendar las magistraturas, no hay expectativa de votos; nada, como suele suceder, ocurrirá fuera de la opinión, no habrá en adelante variedad en los comicios. Pero si esto ocurre muy a menudo, que nos sorprendamos de que algunos hayan sido elegidos y otros no, si el Campo y esas olas de los comicios, como un mar profundo e inmenso, hierven con una especie de marea tal que se acercan a unos y se alejan de otros,¿ buscaremos, sin embargo, en el ímpetu de los entusiasmos y en el movimiento de la temeridad, algún modo, consejo y razón?
16
Por lo cual, no me llames a vuestra contienda, Laterense. Pues si al pueblo le es grata la tablilla, que abre los rostros de los hombres, cubre las mentes y da esa libertad para que hagan lo que quieran, pero prometan lo que se les pida,¿ por qué exiges que se haga en el juicio lo que no se hace en el Campo? Es muy grave decir quién es más digno que quién.¿ Cómo es, pues, más justo? Así, creo, lo que se trata, lo que es suficiente para el juez: este ha sido elegido.¿ Por qué ese más bien que yo? O no lo sé, o no lo digo, o finalmente, lo que sería muy grave para mí si lo dijera, pero que sin embargo debería decir impunemente: no correctamente. Pues,¿ qué lograrías si usaras esa defensa extrema de que el pueblo hizo lo que quiso, no lo que debió?
17
¿ Qué? Si defiendo también el hecho del pueblo, Laterense, y enseño que Cn. Plancio no se deslizó hacia el honor, sino que llegó a él por el camino que siempre ha estado abierto a los hombres nacidos en este nuestro orden ecuestre,¿ puedo arrebatar a tu discurso vuestra contienda, que no puede ser tratada sin injuria, y llevarte finalmente a la causa y al crimen? Si, porque es hijo de un caballero romano, debió ser inferior, todos los hijos de caballeros romanos compitieron contigo. No digo más; sin embargo, me pregunto por qué te enfadas precisamente con este que estuvo más lejos de ti. Por mi parte, si alguna vez, como sucede, soy arrojado en la multitud, no acuso al que está en la Vía Sacra cuando soy empujado hacia el arco de Fabio, sino al que choca y cae sobre mí mismo. Tú no te enfadas con Q. Pedio, hombre valiente, ni con este A. Plotio, hombre ilustrísimo y amigo mío, y piensas que has sido desplazado por aquel que apartó a estos más que por los que se abalanzaron sobre ti mismo.
18
Pero, sin embargo, esta es tu primera contienda con Plancio sobre vuestro linaje y familia, en la cual eres vencido por él; pues,¿ por qué no confesar lo que es necesario? Pero no fui vencido más por él que por mis competidores en otras ocasiones y en la candidatura al consulado. Pero mira si esto mismo que desprecias ha apoyado a este. Pues comparemos así. Tu nombre es consular por ambas familias.¿ Dudas, pues, que todos los que favorecen a la nobleza, los que piensan que eso es lo más hermoso, los que se dejan llevar por vuestras imágenes y vuestros nombres, te hicieron edil? Por mi parte, no lo dudo. Pero si son pocos los que aman la nobleza,¿ es esa nuestra culpa? Pues vengamos a la cabeza y a la fuente de ambos linajes.
19
Tú eres del antiquísimo municipio de Tusculum, del cual hay muchísimas familias consulares, entre las cuales está también la Iuventia— no hay tantas de todos los demás municipios—; este es de la prefectura de Atina, no tan antigua, no tan honrada, no tan suburbana.¿ Cuánta importancia quieres dar a la razón de la candidatura? Primero,¿ a quién crees que favorecen más los atinates o los tusculanos a los suyos? A los otros— pues puedo saber esto fácilmente debido a la vecindad—, cuando vieron al padre de este hombre ilustrísimo y excelente, Cn. Saturnino, edil y luego pretor, porque él había traído esa silla curul no solo a esa familia sino también a esa prefectura, se alegraron de manera maravillosa; a los otros— creo, porque el municipio está lleno de consulares, pues sé con certeza que no son malintencionados— nunca los entendí alegrarse más vehementemente por el honor de los suyos. Tenemos esto nosotros, lo tienen nuestros municipios.
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¿ Qué diré de mí, de mi hermano? Cuyos honores casi diré que favorecieron los campos mismos y las montañas.¿ Ves alguna vez a algún tusculano jactarse de aquel M. Catón, príncipe en toda virtud, de Ti. Coruncanio, su conciudadano, de tantos Fulvios? Nadie dice una palabra. Pero con quienquiera que te encuentres de Arpino, incluso si no quieres, tendrás sin embargo que escuchar algo quizás también de nosotros, pero ciertamente de C. Mario. Primero, pues, este tuvo el entusiasmo de los suyos ardiendo, tú tanto cuanto pudo haber en hombres ya saturados de honores.
21
Luego, tus conciudadanos son, ciertamente, hombres esplendidísimos, pero pocos, si se comparan con los atinates; la prefectura de este está llena de hombres valientísimos, de modo que no se puede decir que haya ninguna más frecuente en toda Italia; a cuya multitud veis ahora, jueces, en la miseria y el luto suplicando ante vosotros. Estos tantos caballeros romanos, tantos tribunos del tesoro— pues despedimos a la plebe del juicio, que estuvo toda presente en los comicios—,¿ qué fuerza, qué dignidad han traído a la candidatura de este? Pues no solo han proporcionado la tribu Teretina, de la que hablaré en otro lugar, sino la dignidad, la mirada de los ojos, la frecuencia sólida, robusta y asidua. Pues los municipios se mueven vehementemente incluso por la unión de la vecindad.
22
Todo lo que digo de Plancio lo digo habiéndolo experimentado en nosotros; pues somos vecinos de los atinates. Debe alabarse o incluso amarse la vecindad que retiene aquella antigua costumbre del deber, no oscurecida por la malicia, no acostumbrada a las mentiras, no fingida, no falaz, no instruida en el artificio de la simulación, ni suburbana ni urbana. Nadie de Arpino dejó de apoyar a Plancio, nadie de Sora, nadie de Casino, nadie de Aquino. Aquella región celebérrima de Venafro, de Alife, toda esa nuestra región, tan áspera, montañosa, fiel, sencilla y partidaria de los suyos, pensaba que se honraba con el honor de este, que se aumentaba en dignidad, y de los mismos municipios están presentes ahora caballeros romanos públicamente con una legación y testimonio, y no tienen ahora menor solicitud que entonces tenían entusiasmo. Pues es más grave ser despojado de los bienes que no ser aumentado en dignidad.
23
Por tanto, así como había otras cosas en ti más ilustres, Laterense, que tus antepasados te habían dejado, así Plancio te superaba en este género no solo de municipio sino también de vecindad; a menos que quizás te ayudara la vecindad de Labico, Gabii o Bovillae, de cuyos municipios apenas se encuentran ya quienes pidan carne a los latinos. Añadamos, si quieres, lo que tú crees que incluso perjudica a este: el padre publicano;¿ quién no sabe cuánto apoyo es ese orden en el honor? Pues la flor de los caballeros romanos, el ornamento de la ciudad, el fundamento de la república, se contiene en el orden de los publicanos.
24
¿ Quién es, pues, quien niegue que el entusiasmo de ese orden fue singular en el honor de Plancio? Y no sin razón, ya sea porque el padre era quien es, príncipe desde hace mucho tiempo de los publicanos, o porque él era amado unánimemente por los socios, o porque solicitaba diligentemente, o porque suplicaba por su hijo, o porque los supremos deberes de este mismo hacia ese orden en su cuestura y tribunado eran evidentes, o porque ellos, al honrar a este, pensaban que se honraban a sí mismos y velaban por sus hijos. Algo además— lo diré tímidamente, pero sin embargo debe decirse—, pues no con riquezas, no con favor envidioso, no con poder apenas soportable, sino con la conmemoración de un beneficio, sino con misericordia, sino con súplicas, hemos contribuido algo también nosotros. He apelado al pueblo tribu por tribu, me he humillado y he suplicado; he solicitado a quienes, por Hércules, se me ofrecían voluntariamente, a quienes me prometían voluntariamente. Valió la causa de la solicitud, no el favor.
25
Ni si un hombre ilustrísimo, a quien no hay nada que no pueda concederse por derecho al solicitarlo, no obtuvo algo, como dices, soy arrogante porque digo que yo valí. Pues, para omitir que yo trabajaba por él, quien valía por sí mismo, la solicitud misma es siempre más eficaz cuando está unida al deber de la relación. Pues no solicitaba yo de tal manera que pareciera pedir, porque fuera mi amigo, porque fuera vecino, porque siempre hubiera usado mucho del padre de este, sino como si fuera el padre y custodio de mi salvación. No mi poder, sino la causa de la solicitud fue eficaz. Nadie se alegró con mi restitución, nadie se dolió con mi injuria, a quien no le haya sido grata la misericordia de este hacia mí.
26
Efectivamente, si antes de mi regreso Cn. Plancio se ofrecía voluntariamente a los hombres de bien, cuando este buscaba el tribunado,¿ no crees que mis súplicas presentes han aprovechado a aquel cuyo nombre había sido un honor para mí estando ausente?¿ O acaso los colonos de Minturnae, porque arrebataron a C. Mario del hierro civil y de manos impías, porque lo recibieron bajo techo, porque lo recrearon cansado por la falta de alimento y las olas, porque reunieron dinero para el viaje, porque le dieron una nave, porque lo despidieron al abandonar la tierra que había salvado con votos, presagios y lágrimas, se encuentran en la alabanza eterna; y te extrañas de que para Plancio, porque me recibió, ayudó y custodió, ya fuera empujado por la fuerza o cediendo por razón, y porque conservó para estos y para el senado y el pueblo romano a alguien a quien devolver, esta lealtad, misericordia y virtud hayan sido un honor?
27
Los vicios de Cn. Plancio, por Hércules, las cosas de las que hablé pudieron cubrirlos, para que no te extrañes de que en esa vida de la que hablaré ahora haya habido tantos y tan grandes apoyos para este honor. Pues este es quien, siendo muy joven, habiendo partido a África con A. Torcuato, fue tan amado por aquel hombre gravísimo, santísimo y dignísimo de toda alabanza y honor, como exigía la relación de convivencia y el pudor del joven modestísimo, lo cual, si estuviera presente, no menos declararía aquel que su primo hermano y suegro, T. Torcuato, igual a él en toda virtud y alabanza, quien está unido a él por los máximos vínculos de parentesco y afinidad, pero con amores tan grandes que aquellas causas de relación parecen leves. Fue después en Creta compañero de Saturnino, pariente suyo, soldado de este Q. Metelo; a quien, habiéndole sido probadísimo y siéndolo hoy, debe esperar ser probado ante todos. En esa provincia fue legado C. Sacerdos,¡ qué hombre de tal virtud y constancia! L. Flaco,¡ qué hombre, qué ciudadano! Qué piensen de este, lo declaran con su asiduidad y testimonio.
28
En Macedonia fue tribuno militar, en la misma provincia después cuestor. Primero, Macedonia lo ama tanto como indican estos príncipes de sus ciudades; quienes, aunque fueron enviados por otra causa, sin embargo, conmovidos por el peligro repentino de este, se sientan junto a él, trabajan por él, y si le son útiles, piensan que harán algo más grato a sus ciudades que si hubieran cumplido su legación y mandatos. L. Apuleyo, en verdad, lo estima tanto que ha superado con sus deberes y benevolencia aquella costumbre de los antepasados que prescribe que los pretores deben estar en lugar de padres para sus cuestores. Fue tribuno de la plebe, quizás no tan vehemente como aquellos a quienes tú alabas con razón, pero ciertamente tal que, si todos hubieran sido siempre así, nunca se habría echado de menos un tribuno vehemente.
29
Omito aquellas cosas que, si menos están en escena, al menos, cuando son expuestas, son alabadas, como que vive con los suyos, primero con su padre— pues a mi juicio la piedad es el fundamento de todas las virtudes—, a quien venera como a un dios— pues no es mucho diferente el padre para los hijos—, pero lo ama como a un compañero, como a un hermano, como a un igual.¿ Qué diré de su tío, de sus parientes políticos, de sus parientes, de este Cn. Saturnino, hombre ilustrísimo?¿ Cuánta creéis que ha sido su ansia por este honor, cuando veis la sociedad del luto?¿ Qué diré de mí, que en el peligro de este me siento acusado?¿ Qué diré de estos tantos hombres tales a quienes veis con la vestimenta cambiada? Y estos son los indicios, jueces, sólidos y expresos, estas son las señales de probidad no teñidas con apariencia forense, sino grabadas con marcas domésticas de verdad. Es fácil aquel encuentro y halago popular; se mira, no se toca; aparece de lejos, no se examina, no se toma en las manos.
30
¿ Te extrañas de que un hombre adornado con todas las cosas externas, aunque en algunas cosas inferior a ti, digo en linaje y nombre, superior a otros por el entusiasmo de los municipios, vecinos y sociedades, por la memoria de mis tiempos, por la virtud, integridad y modestia del padre, haya sido hecho edil?¿ Tú salpicas ese esplendor de vida con esas manchas? Lanzas adulterios, que nadie podría reconocer no solo por nombre sino ni siquiera por sospecha. Lo llamas bígamo, para inventar incluso palabras, no solo crímenes. Dices que llevó a alguien a la provincia por causa de lujuria, lo cual no es un crimen, sino una mentira impune en un insulto; que fue raptada una pequeña mimo, lo cual se dice que fue hecho en Atina por la juventud antigua con un derecho escénico y sobre todo municipal.
31
¡ Oh, juventud llevada elegantemente, a la cual, aunque se le objete lo que le fue permitido, sin embargo, eso mismo resulta falso! Alguien fue liberado de la cárcel. Y, ciertamente, liberado por imprudencia, como habéis conocido, a petición de un hombre necesario y excelente joven; lo mismo después requerido por mandato del pretor. Y estos y no otros son los insultos lanzados contra la vida de aquel sobre cuya pudor, religión e integridad dudáis. Pero el padre, dice, debe incluso perjudicar al hijo.¡ Oh, voz dura e indigna de tu probidad, Laterense!¿ Que el padre, en un juicio capital, que el padre en una lucha de fortunas, que el padre ante tales hombres deba perjudicar al hijo? Quien, si fuera torpísimo, si fuera sordidísimo, sin embargo, por el mismo nombre paterno valdría ante jueces clementes y misericordiosos; valdría, digo, por el sentido común de todos y la dulcísima recomendación de la naturaleza.
32
Pero siendo Cn. Plancio ese caballero romano, primero con tal antigüedad del nombre ecuestre que su padre, su abuelo, todos sus antepasados fueron caballeros romanos, mantuvieron el grado supremo en la prefectura florentísima tanto de dignidad como de favor, luego que él mismo en las legiones del imperator P. Craso estuvo entre los hombres más ilustres, caballeros romanos, con el máximo esplendor, que después fue príncipe entre los suyos, juez santísimo y justísimo de muchísimas cosas, autor de las mayores sociedades, maestro de muchísimas: si no solo nunca se ha criticado nada en él, sino que todo ha sido alabado,¿ sin embargo perjudicará a un hijo honestísimo un padre que pueda defender a alguien incluso menos honesto y ajeno, ya sea con su autoridad o con su favor?
33
Ha hablado, dice, algo ásperamente alguna vez. Más bien, quizás, más libremente. Pero eso mismo, dice, no es soportable. Por tanto,¿ deben ser soportados quienes se quejan de esto, que no pueden soportar la libertad de un caballero romano?¿ Dónde está aquella costumbre, dónde aquella equidad de derecho, dónde aquella antigua libertad que, oprimida por los males civiles, debía ya levantar la cabeza y, recreada alguna vez, erguirse?¿ Recordaré los insultos de los caballeros romanos contra hombres nobilísimos, los de los publicanos contra Q. Escévola, hombre excelente en ingenio, justicia e integridad ante todos, dichos áspera, feroz y libremente? Granius, el pregonero, al cónsul P. Nasica en medio del foro, cuando este, retirándose a casa por el edicto de suspensión de tribunales, le preguntó a Granius por qué estaba triste; si porque las subastas habían sido rechazadas: más bien, dijo, porque las legaciones. El mismo al tribuno de la plebe, hombre potentísimo, M. Druso, y que tramaba mucho en la república, cuando este lo había saludado y, como sucede, le había dicho:¿ qué haces, Grani?, respondió: más bien tú, Druso,¿ qué haces? Él fustigó a menudo la voluntad de L. Craso, la de M. Antonio con chistes más ásperos impunemente: ahora nuestra ciudad está tan oprimida por la arrogancia que la libertad que fue concedida antaño a un pregonero al reír, ahora no le es concedida a un caballero romano al llorar.
34
Pues,¿ qué voz de Plancio fue alguna vez de injuria más que de dolor?¿ Y qué se ha quejado alguna vez sino cuando repelía una injuria de los socios y de sí mismo? Cuando el senado era impedido de devolver la respuesta a los caballeros romanos, lo que siempre se había concedido a los enemigos, esa injuria fue motivo de dolor para todos los publicanos, pero este soportó ese mismo dolor un poco más abiertamente. Aquel sentido común quizás permaneció oculto en otros; este, lo que sentía en su ánimo con los demás, lo tuvo más que los demás manifiesto tanto en su rostro como en su lengua.
35
Sin embargo, jueces— pues reconozco que me sucede a mí mismo— se le atribuyen a Plancio muchísimas cosas que él nunca dijo. Como yo digo algo a veces, no llevado por el afán, sino por la vehemencia del discurso o por haber sido provocado, y como, como sucede en muchos casos, sale a veces algo que, si no es muy ingenioso, al menos quizás no es rústico, dicen que lo que cada uno dijo, lo dije yo. Yo, por mi parte, si hay algo que me parece digno de ser conocido y propio de un hombre culto y de buena cuna, no lo desprecio, pero me indigno cuando se me atribuyen cosas de otros que no son dignas de mí. Pues, en cuanto a que fue el primero en conocer la ley sobre los publicanos, en el momento en que un varón ilustrísimo, el cónsul, otorgó a ese orden a través del pueblo lo que, de haber sido posible, habría otorgado a través del senado, si hay delito en ello por haber emitido su voto,¿ qué publicano no lo emitió? Si es porque fue el primero en conocerla,¿ quieres que eso sea obra del azar o de quien proponía esa ley? Si es del azar, no hay delito en la casualidad; si es del cónsul, estableces también que este fue considerado por un varón eminente como el principal de su orden.
36
Pero lleguemos por fin a la causa. En ella, bajo el nombre de la ley Licinia, que trata sobre las asociaciones, has abarcado todas las leyes sobre el soborno; pues no has seguido en esta ley nada más que la elección de jueces. Si este tipo de jueces es justo en algún caso, salvo en este de las tribus, no entiendo por qué el senado quiso que en este único género las tribus fueran elegidas por el acusador, ni por qué no trasladó la misma elección a las demás causas, ni por qué, en fin, sobre el soborno mismo, quiso que se hiciera la recusación de jueces alternos, y, aunque no omitió ningún tipo de rigor, consideró sin embargo que esto debía pasarse por alto.
37
¿ Qué?¿ Es acaso oscura la causa de este asunto, o fue debatida cuando se trataba ese tema en el senado, y discutida ayer con gran abundancia por Quinto Hortensio, a quien entonces el senado dio su asentimiento? Esto es, pues, lo que pensamos: que, de cualquier tribu que fuera el repartidor, y mediante esta connivencia que se llamaba más honestamente asociación que lo que cada uno corrompía a su tribu con torpes dádivas, él era conocido sobre todo por aquellos hombres que pertenecían a esa tribu. Así lo pensó el senado: que, cuando se eligieran para el reo las tribus que él tuviera vinculadas por dádivas, los mismos serían testigos y jueces. Un género de juicio ciertamente riguroso, pero, sin embargo, si se eligiera su propia tribu o aquella que estuviera más unida a cada uno, apenas sería rechazable.
38
Tú, en cambio, Laterense,¿ qué tribus elegiste? La Teretina, creo. Eso fue ciertamente justo, ciertamente esperado y digno de tu constancia. De cuya tribu clamas que Plancio fue vendedor, corruptor y mediador, esa tribu, sobre todo siendo de hombres severísimos y gravísimos, debiste elegir. Pero elegiste la Voltinia; pues te place no sé qué más difamar sobre esa tribu.¿ Por qué, pues, no elegiste esta misma?¿ Qué tiene Plancio con la Lemonia, qué con la Oufentina, qué con la Clustumina? Pues a la Maecia quisiste que fuera no la que juzgara, sino la que fuera recusada.
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¿ Dudáis, pues, jueces, de que Marco Laterense, con su elección, no os haya elegido según el sentido de la ley, sino según alguna esperanza suya sobre el Estado?¿ Dudáis de que las tribus en las que Plancio tiene grandes vínculos, al no haberlas elegido él, las haya juzgado observadas por sus servicios y no corrompidas por dádivas?¿ Qué puedes decir, en efecto, de por qué esa elección no tiene la máxima severidad, eliminada aquella razón que seguimos al decretar?
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¿ Tú eliges de todo el pueblo a tus amigos o a mis enemigos o, en fin, a aquellos a quienes consideras inexorables, inhumanos y crueles; tú, sin que yo lo sepa, sin que lo espere, sin que me entere, convocas a los tuyos y a los allegados de tus amigos, a los injustos conmigo o incluso con mis defensores, y añades a los mismos a quienes consideras por naturaleza ásperos y hostiles a todos; luego, los sueltas de repente para que vea ante mí a mis jueces antes de que haya podido sospechar quiénes serían, y ante ellos, sin que yo pueda recusar ni siquiera a cinco, como se estableció en el caso del reo más cercano por decisión del consejo,¿ me obligas a defender mi causa sobre todas mis fortunas?
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Pues no porque Plancio haya vivido de tal manera que no ofendiera a nadie a sabiendas, o tú hayas errado de tal manera que los eligieras sin intención, de modo que nosotros, a pesar de ti, viniéramos ante jueces y no ante verdugos, por eso esa elección no es en sí misma rigurosa.¿ O es que acaso hace poco los ciudadanos más ilustres no soportaron el nombre de juez elegido, cuando de 125 jueces principales del orden ecuestre el reo recusaba a 75 y presentaba a 50, y lo mezclaron todo antes que obedecer a esa ley y condición; nosotros, no de jueces elegidos, sino de todo el pueblo, y no jueces para recusar, sino establecidos por el acusador,¿ los soportaremos de tal manera que no recusemos a nadie?
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Y yo no me quejo ahora de la iniquidad de la ley, sino que enseño que tu hecho discrepa del sentido de la ley; y si hubieras hecho ese juicio riguroso tal como el senado decretó y el pueblo ordenó, eligiendo para él tanto su propia tribu como las observadas por él, no solo no me quejaría, sino que, habiendo sido elegidos esos jueces que podrían ser también testigos, lo consideraría absuelto, y ahora no opino de manera muy distinta. Pues al elegir estas tribus, indicaste que preferías usar jueces desconocidos antes que conocidos; huiste del sentido de la ley, rechazaste toda equidad, preferiste que la causa se desarrollara en las tinieblas antes que en la luz.
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La tribu Voltinia corrompida por él, la Teretina la había tenido en venta.¿ Qué diría ante los voltinienses o ante sus propios jueces de tribu? Más aún,¿ tú qué dirías?¿ A qué juez de entre ellos tendrías como testigo silencioso o incluso incitarías? Pues, en efecto, si el reo eligiera las tribus, Plancio quizás habría elegido la Voltinia por su vínculo y vecindad, pero ciertamente la suya propia. O si hubiera tenido que elegir a un instructor,¿ a quién, en fin, preferiría antes que a este Cayo Alfio que tiene, ante quien debería ser muy conocido, vecino, compañero de tribu, hombre gravísimo y justísimo? Cuya equidad y cuya voluntad hacia la salvación de Cneo Plancio, que él manifiesta sin sospecha alguna de parcialidad, declara fácilmente que no debían evitarse los jueces de su tribu, cuando veis que él debía desear un instructor de su misma tribu.
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Y yo no repruebo ahora tu decisión de no haber elegido aquellas tribus en las que este era más conocido, sino que enseño que no seguiste la decisión del senado. Pues,¿ quién de ellos te escucharía entonces, o qué dirías?¿ Que Plancio es un mediador? Los oídos lo rechazarían, nadie lo reconocería, lo repudiarían.¿ Que es influyente? Ellos lo escucharían de buena gana, nosotros no lo confesaríamos con timidez. No creas, Laterense, que con esas leyes que el senado quiso sancionar sobre el soborno se pretendió que el voto, la observancia y la influencia fueran eliminados. Siempre ha habido hombres de bien que quisieran ser influyentes entre los de su tribu;
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y nuestro orden no ha sido tan duro con la plebe como para no querer que sea cultivada por nuestra moderada liberalidad, ni esto debe prohibirse a nuestros hijos, que observen a los de su tribu, que los amen, que puedan completar su tribu para sus allegados, que esperen un regalo igual de ellos en su propia candidatura. Pues estas cosas están llenas de deber, llenas de observancia, llenas incluso de antigüedad. En ese género hemos estado nosotros mismos, cuando los tiempos de nuestra ambición lo exigían, y hemos visto a varones ilustrísimos, y hoy queremos que haya tantos influyentes como sea posible. La distribución de los miembros de la tribu, la división del pueblo, los votos vinculados por dádivas, excitarían la severidad del senado y la fuerza y el dolor de todos los hombres de bien. Enseña esto, presenta esto, insiste en esto, Laterense: que Plancio distribuyó, que inscribió, que fue mediador, que anunció, que dividió; entonces me asombraré de que no hayas querido usar esas armas que la ley te daba. Pues con jueces de la tribu no solo no podríamos soportar la severidad de ellos, si esas cosas son ciertas, sino ni siquiera sus rostros.
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Como has huido de este método y no has querido tener a esos jueces cuyo dolor, ante el delito de este, debería haber sido gravísimo junto con el conocimiento más cierto,¿ qué dirás ante estos que te preguntan en silencio por qué les has impuesto esta carga, por qué los has elegido a ellos preferentemente, por qué, en fin, has preferido que adivinen antes que juzgar a quienes sabían? Yo digo, Laterense, que Plancio es influyente por sí mismo y que tuvo en su candidatura a muchos deseosos de su influencia; a quienes, si tú llamas asociados, mancillas la amistad oficiosa con un nombre criminal; pero si, porque son influyentes, crees que deben ser acusados, no te sorprendas de no haber conseguido lo que tu dignidad exigía al repudiar a los amigos influyentes.
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Pues, tal como yo enseño que Plancio es influyente en su tribu porque ha hecho muchas cosas con bondad, ha sido fiador por muchos, ha enviado a muchos a las tareas por la autoridad y la influencia de su padre, porque, en fin, con todos los servicios por sí mismo, por su padre, por sus antepasados, ha abarcado toda la prefectura de Atina, así enseña tú que fue mediador, que ha dado dádivas, que ha inscrito, que ha distribuido a los miembros de la tribu. Pero si no puedes, no elimines la liberalidad de nuestro orden, no consideres que la influencia es un delito, no sanciones la observancia con una pena. Por eso, vacilando tú en este crimen de las asociaciones, te has trasladado a la causa común del soborno, en la que terminemos de una vez, si te parece, de contender con una declamación vulgar y trillada.
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Así trato contigo. Como te sea cómodo, elige una tribu; enseña tú, lo que debes, por medio de qué mediador, por qué divisor fue corrompida; yo, si no puedes hacer lo que, según mi opinión, ni siquiera empezarás, enseñaré por medio de quién la obtuvo.¿ Es esta una contienda verdadera?¿ Te place que se trate así?¿ Acaso puedo acercarme más, como dicen, o aproximarme más?¿ Por qué callas, por qué disimulas, por qué tergiversas? Una y otra vez insisto y urjo, persigo, pido y hasta exijo el crimen. Cualquier tribu, digo, que hayas elegido que Plancio obtuvo, muéstrala tú, si puedes, el vicio; yo enseñaré por qué razón la obtuvo. Y no será esta otra razón para Plancio que para ti, Laterense. Pues así como las tribus que tú obtuviste, si ahora te preguntara, podrías explicar por el interés de quién las obtuviste, así yo sostengo esto: que te daré a ti mismo, el adversario, la razón de cualquier tribu que me pidas.
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Pero,¿ por qué actúo así? Como si Plancio no hubiera sido ya designado edil en los comicios anteriores; comicios que empezó a celebrar el cónsul, quien tenía la máxima autoridad en todas las cosas y era el autor de estas mismas leyes sobre el soborno; luego empezó a celebrarlos de repente, contra la opinión de todos, para que, incluso si alguien hubiera pensado en sobornar, no se diera espacio para prepararlo. Se convocaron las tribus, se emitió el voto, se contaron las tablillas. Plancio valió con mucho lo más; no hubo ni pudo haber sospecha de soborno.¿ Qué dices, en fin?¿ Una sola centuria prerrogativa tiene tanta autoridad que nadie la ha obtenido nunca sin ser proclamado cónsul en esos mismos comicios o al menos en ese año; te asombras de que Plancio haya sido hecho edil, en lo cual no una pequeña parte del pueblo, sino el pueblo entero declaró su voluntad, en cuyo honor no una parte de una tribu, sino los comicios enteros fueron prerrogativa para los comicios?
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En ese tiempo, Laterense, si hubieras querido hacerlo, o si hubieras pensado que era propio de tu gravedad lo que muchos nobles han hecho a menudo, que, cuando habían valido menos en los votos de lo que pensaban, después, al posponerse los comicios, se postraban y suplicaban al pueblo romano con el ánimo roto y humillado, no dudo que toda la multitud se habría vuelto hacia ti. Pues casi nunca la nobleza, especialmente íntegra e inocente, ha sido repudiada por el pueblo romano como suplicante. Pero si tu gravedad y grandeza de ánimo valieron más para ti, como debió ser, que la edilidad, no desees, cuando tienes lo que preferiste, aquello que consideraste de menor valor. Yo, por mi parte, primero me esforcé al máximo por ser digno del honor, segundo por ser considerado como tal; tercero fue para mí aquello que para la mayoría es lo primero, el honor mismo, que debe ser agradable solo para aquellos a cuya dignidad el pueblo romano dio testimonio, no un beneficio a su ambición.
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Preguntas también, Laterense, qué responderás a tus imágenes, qué a tu padre, varón ornadísimo y óptimo, ya muerto. No medites esas cosas y cuida más bien de que esa queja tuya y tu dolor excesivo no sean reprendidos por esos varones sapientísimos. Pues tu padre vio a Apio Claudio, varón nobilísimo, siendo su hermano vivo, ciudadano poderosísimo y clarísimo, Cayo Claudio, no ser hecho edil, y al mismo ser hecho cónsul sin rechazo; vio a un hombre muy unido a él, varón egregio, Lucio Volcacio, vio a Marco Pisón, tras haber recibido esa pequeña ofensa en la edilidad, obtener los máximos honores del pueblo romano. Tu abuelo, en verdad, te contaría la repulsa edilicia de Publio Nasica, a quien considero el ciudadano más valiente en esta república, y la de Cayo Mario, quien tras recibir dos repulsas a la edilidad fue hecho cónsul siete veces, y la de Lucio César, Cneo Octavio, Marco Tulio, a quienes todos sabemos que, habiendo sido pasados por alto en la edilidad, fueron hechos cónsules.
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Pero,¿ por qué recojo las repulsas edilicias? Que a menudo han sido consideradas de tal modo que parecía que el pueblo había hecho un favor a quienes habían sido pasados por alto. El tribuno militar Lucio Filipo, de suma nobleza y elocuencia, el cuestor Cayo Celio, adolescente clarísimo y valientísimo, los tribunos de la plebe Publio Rutilio Rufo, Cayo Fimbria, Cayo Casio, Cneo Orestes no fueron hechos, a quienes, sin embargo, sabemos que todos fueron hechos cónsules. Lo cual te dirán espontáneamente tu padre y tus antepasados, no para consolarte, ni para liberarte de alguna culpa, que temes que parezca que has asumido, sino para exhortarte a mantener ese curso que emprendiste desde la primera edad. Pues nada, créeme, Laterense, te ha sido quitado.¿ Quitado, digo? Si por Hércules quisieras interpretar verdaderamente lo que sucedió, se ha significado algo incluso sobre tu virtud. Pues no creas que no hubo un gran movimiento en aquella candidatura tuya, de la cual dejaste de jurar algo. Denunciaste, siendo un hombre joven, lo que sentías sobre la suma república, con más valentía, ciertamente, que algunos que ya habían cumplido sus honores, pero más abiertamente de lo que exigía la razón de tu ambición o de tu edad.
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Por lo cual, en un pueblo disidente, no creas que no hubo algunos cuyos ánimos ofendió ese tu ánimo valiente; quienes quizás ahora, al encontrarte desprevenido, pudieron moverte de tu lugar, pero previéndolo y precaviéndolo, ciertamente nunca te moverán.¿ O es que te llevaron esos argumentos?¿ Dudáis, dice, de que se hizo una coalición, cuando Plancio obtuvo la mayoría de las tribus con Plocio?¿ O es que pudieron ser hechas una, si no hubieran obtenido una tribu? Pero, de hecho, cuando ya habían venido declarados en los comicios anteriores. Aunque ni siquiera eso tuvo sospecha de coalición. Pues nuestros antepasados nunca habrían establecido el sorteo edilicio si no vieran que podía suceder que los competidores fueran iguales en votos.
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Y dices que en los comicios anteriores la Aniense te fue concedida por Plocio Pedio, la Teretina por Plancio; ahora, que han sido arrebatadas por ambos, para que no llegaran a un aprieto.¡ Qué conveniente es que, sin conocerse aún la voluntad del pueblo, estos a quienes dices que ya entonces estaban unidos, hayan hecho el sacrificio de sus tribus para que vosotros fuerais ayudados; y que los mismos, cuando ya habían experimentado lo que valían, hayan sido restringidos y tenaces! Pues temían, creo, los aprietos. Como si el asunto pudiera llegar a una contienda o a algún peligro. Pero, sin embargo, tú, al llamar al mismo crimen a Aulo Plocio, varón ornadísimo, indicas que has atacado a aquel a quien no has interrogado. Pues, en cuanto a que te has quejado de tener más testigos sobre la Voltinia que los puntos que obtuviste en esa tribu, indicas o que produces como testigos a quienes, porque recibieron dinero, te pasaron por alto, o que ni siquiera obtuviste sus votos gratuitamente.
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Ese crimen sobre el dinero que dijiste que fue descubierto en el circo Flaminio estaba caliente, ahora en la causa se ha enfriado. Pues no muestras quiénes fueron esos dineros, ni qué tribus, ni qué divisor. Y aquel que era llevado ante los cónsules, que entonces era llamado al crimen, se quejaba gravemente de haber sido tratado injustamente por los tuyos. Si él era divisor, especialmente de aquel a quien tú tenías como reo,¿ por qué no fue hecho reo por ti?¿ Por qué no preparaste con su condena algún prejuicio para este juicio? Pero ni exhibes estas cosas ni confías en ellas; otra razón, otra reflexión te ha excitado a la esperanza de oprimir a este. Son grandes tus recursos, se extiende ampliamente tu influencia; muchos amigos, muchos deseosos de ti, muchos fautores de tu alabanza. Muchos envidian a este, a muchos incluso su padre, varón óptimo, les parece demasiado retenedor del derecho y la libertad ecuestre; muchos también son enemigos comunes de todos los reos, que siempre dan testimonio sobre el soborno como si o movieran los ánimos de los jueces con sus testimonios, o fuera grato al pueblo romano, o por esa causa obtuvieran más fácilmente la dignidad que quieren.
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Con quienes, jueces, no me veréis luchando a mi manera antigua; no porque me sea lícito evitar algo que la salvación de Plancio exija, sino porque no es necesario que yo persiga con la voz lo que vosotros veis con la mente, y porque aquellos mismos a quienes veo preparados como testigos han merecido tan bien de mí que deberíais asumir su reprensión a vuestra prudencia y remitirla a mi modestia. Eso único os ruego y suplico encarecidamente, jueces, tanto por la causa de este a quien defiendo como por la del peligro común, que no penséis que las fortunas de los inocentes deben ser sometidas a audiciones ficticias, a discursos diseminados y dispersos.
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Muchos amigos del acusador, no pocos también enemigos nuestros, muchos detractores comunes y envidiosos de todos han inventado muchas cosas. Pero nada es tan volátil como una calumnia, nada se emite más fácilmente, nada se capta más rápido, se disipa más ampliamente. Y yo, si encontráis la fuente de la calumnia, nunca pediré que la descuidéis o disimuléis. Pero si algo mana sin cabeza, o si algo es de tal modo que no existe un autor, y quien lo haya oído parece ser tan negligente para vosotros que ha olvidado de dónde lo oyó, o tendrá un autor tan leve que no lo consideró digno de memoria, rogamos que esa voz vulgar de" he oído" no dañe en nada a un reo inocente.
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Pero vengo ya a Lucio Casio, mi familiar, de cuyo discurso ni siquiera reclamé contigo a aquel Juventio, a quien él, adolescente adornado con toda humanidad y virtud, dijo que fue el primero de la plebe en ser hecho edil curul. En lo cual, Casio, si te respondiera que el pueblo romano no sabía eso, ni hubo quien nos lo contara, especialmente muerto Congo, no te asombrarías, según creo, cuando yo mismo, no ajeno al estudio de la antigüedad, confiese aquí que lo oí de ti por primera vez. Y puesto que tu discurso fue muy elegante y muy sutil, digno del estudio o del pudor de un caballero romano, y puesto que fuiste escuchado por estos de tal manera que se atribuyó un gran honor a tu ingenio y humanidad, responderé a las cosas que dijiste, que la mayoría fueron sobre mí mismo; en las cuales, los aguijones mismos, si tuviste alguno al reprenderme, sin embargo me resultaron no ingratos.
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Preguntaste si pensaba que el camino para obtener honores había sido más fácil para mí, hijo de un caballero romano, o si lo sería para mi hijo, porque era de familia consular. Yo, aunque deseo todo para él más que para mí, sin embargo, nunca deseé para él caminos de honores más fáciles de lo que fueron para mí. Es más, para que no piense por casualidad que yo le he procurado ya los honores en lugar de mostrarle el camino para obtenerlos, suelo enseñarle esto— aunque la edad no es grave para los preceptos— lo que aquel rey nacido de Júpiter enseñó a sus hijos: hay que estar siempre vigilante; muchas son las asechanzas para los buenos. Aquello que muchos envidian... conocéis el resto.¿ Acaso lo que escribió el poeta grave e ingenioso, lo escribió no para aquellos niños reales que ya no existían en ninguna parte, sino para exhortarnos a nosotros y a nuestros hijos al trabajo y a la alabanza?
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Preguntas qué más podría haber alcanzado Plancio si hubiera sido hijo de Cneo Escipión. No podría haber sido hecho edil más, pero esto aventajaría, que se le envidiaría menos. Pues, en efecto, los grados de los honores son iguales para los hombres supremos y para los ínfimos, desiguales en gloria.¿ Quién de nosotros se dice igual a Manio Curio, quién a Cayo Fabricio, quién a Cayo Duilio, quién a Aulo Atilio Calatino, quién a Cneo y Publio Escipión, quién a Africano, Marcelo, Máximo? Sin embargo, hemos alcanzado los mismos grados de honores que ellos. Pues en la virtud hay muchos ascensos, de modo que sobresalga más en gloria quien más aventaje en virtud; el fin de los honores del pueblo es el consulado; magistratura que ya han alcanzado casi ochocientos. De estos, si buscas diligentemente, apenas encontrarás una décima parte digna de gloria. Pero nadie ha actuado nunca como tú:¿ por qué este es hecho cónsul?¿ Qué podría más, si fuera Lucio Bruto, quien liberó a la ciudad del dominio real? En honor nada más, en alabanza mucho. Así, pues, Plancio fue hecho cuestor, tribuno de la plebe y edil no menos que si hubiera nacido en el lugar más alto, pero estos han sido alcanzados por innumerables otros nacidos en lugar igual.
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Presentas los triunfos de Tito Didio y Cayo Mario y preguntas qué hay de similar en Plancio. Como si, en verdad, aquellos a quienes conmemoras hubieran obtenido magistraturas porque triunfaron, y no, porque se les confiaron magistraturas en las que, habiéndose gestionado bien el asunto, triunfaron, por eso triunfaron. Preguntas qué campamentos ha visto; quien fue soldado en Creta bajo este imperator y tribuno de soldados en Macedonia, y cuestor, restó tanto tiempo de la vida militar cuanto prefirió trasladar a mi custodia. Preguntas si es elocuente.
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Más bien, lo que es secundario, ni siquiera a él mismo le parece.¿ Acaso es jurisconsulto? Como si hubiera alguien que diga que este le ha respondido falsamente sobre el derecho. Pues todas las artes de ese tipo son reprendidas en aquellos que, habiéndolas profesado, no pueden cumplir, no en aquellos que confiesan haber estado ausentes de esos estudios. La virtud, la probidad, la integridad en un candidato, no la volubilidad de la lengua, no el arte, no la ciencia, suelen ser requeridas. Como nosotros, al comprar esclavos, si compramos a un hombre por muy ahorrador que sea como artesano o como tejedor, solemos molestarnos si por casualidad no saben esas artes que seguimos al comprar, pero si compramos a alguien para ponerlo como administrador, a quien pondríamos al frente del ganado, no nos preocupamos en él más que de que haya frugalidad, trabajo, vigilancia, así el pueblo romano elige magistrados como administradores de la república; en los cuales, si hay además algún arte, lo tolera fácilmente, pero si no, está contento con su virtud e inocencia. Pues,¿ cuántos son elocuentes, cuántos son peritos en derecho, para que cuentes a los que quieren serlo? Pero si nadie más es digno de honor,¿ qué será de tantos ciudadanos óptimos y ornadísimos?
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Ordenas a Plancio hablar sobre los vicios de Laterense. No puede más que haber pensado que él era demasiado iracundo consigo mismo. Lo mismo ensalzas a Laterense con alabanzas. Tolero fácilmente que hagas con muchas palabras lo que no pertenece al juicio, y que tú, acusando, digas durante tanto tiempo lo que yo, defensor, puedo confesar sin peligro. Y sin embargo, no solo confieso que hay sumos ornamentos en Laterense, sino que también te repruebo porque no los enumeras, y buscas otras cosas vanas y leves. Que hizo juegos en Preneste.¿ Qué?¿ Otros cuestores no los hicieron? Que fue liberal con los publicanos en Cirene, justo con los aliados.¿ Quién lo niega? Pero se hacen tantas cosas en Roma que apenas se oyen las que se hacen en las provincias.
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No temo parecer que me arrogo algo, jueces, si hablo de mi cuestura. Pues por mucho que haya florecido, sin embargo, considero que he sido después en los máximos imperios de tal manera que no hay mucha gloria que deba repetir de la alabanza de la cuestura. Pero, sin embargo, no temo que alguien se atreva a decir que la cuestura de alguien en Sicilia haya sido más clara o más grata. Verdaderamente, por Hércules, diré esto: así pensaba entonces, que los hombres en Roma no hablaban de otra cosa sino de mi cuestura. Había enviado el máximo número de grano en la suma carestía; amable con los negociantes, justo con los mercaderes, liberal con los contratistas, abstinente con los aliados, a todos les había parecido diligentísimo en todo deber; se habían ideado ciertos honores inauditos para mí por parte de los sicilianos.
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Por tanto, con esta esperanza partía, pensando que el pueblo romano me otorgaría espontáneamente todas las cosas. Pero yo, cuando por casualidad en esos días, partiendo de la provincia para hacer el viaje, había llegado a Puteoli, como suelen estar los más numerosos y elegantes en esos lugares, casi me desplomé, jueces, cuando alguien me preguntó qué día había salido de Roma y si había alguna novedad. A quien, al responderle que partía de la provincia:" Sí, por Hércules", dijo," creo que de África". A este, ya indignado, le dije con fastidio:" Más bien de Sicilia", dije. Entonces alguien, como quien lo sabe todo:"¿ Qué?¿ No sabes", dijo," que este fue cuestor en Siracusa?".¿ Qué más? Dejé de indignarme y me hice uno de los que habían venido a las aguas.
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Pero ese asunto, jueces, no sé si me aprovechó más que si todos me hubieran felicitado entonces. Pues después de que sentí que los oídos del pueblo romano eran más sordos, pero sus ojos agudos y penetrantes, dejé de pensar qué iban a oír los hombres sobre mí; hice que después me vieran diariamente presente, habité en sus ojos, presioné el foro; ni mi portero ni el sueño me apartaron de mi encuentro.¿ Qué diré de mis tiempos ocupados, para quien ni siquiera el ocio fue nunca ocioso? Pues las oraciones que conmemoras, Casio, que sueles leer cuando estás ocioso, las escribí yo en juegos y festividades, para no estar nunca ocioso. Pues, en efecto, aquel pensamiento de Marco Catón que escribió al principio de sus Orígenes siempre lo consideré magnífico y preclaro: que de los varones claros y grandes debe existir cuenta no menos del ocio que del negocio. Por tanto, si tengo alguna alabanza, que no sé cuánta sea, ha sido ganada en Roma, buscada en el foro; y mis consejos privados también los comprobaron los casos públicos, de modo que incluso la suma república tuvo que ser gestionada por mí en casa y la ciudad salvada en la ciudad.
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El mismo camino, pues, Casio, está pavimentado para Laterense, el mismo curso de la virtud hacia la gloria, quizás más fácil porque yo ascendí habiendo nacido de mí mismo y apoyado por mí mismo, la egregia virtud de este será ayudada por la recomendación de sus antepasados. Pero para volver a Plancio, nunca estuvo ausente de la ciudad salvo por azar, ley o necesidad; no valió por las mismas cosas que quizás algunos, pero valió por la asiduidad, valió por observar a los amigos, valió por la liberalidad; estuvo en los ojos, se postuló, usó ese método de vida con el que muchísimos hombres nuevos han alcanzado los mismos honores con la mínima envidia.
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Pues en cuanto a que dices, Casio, que no debo más a Plancio que a todos los hombres de bien, porque mi salvación les fue igualmente cara, confieso que debo a todos los hombres de bien. Pero también aquellos a quienes debo, hombres de bien y ciudadanos, decían en los comicios edilicios que debían algo a Plancio en mi nombre. Pero, supón que debo a muchos y entre ellos a Plancio;¿ debo, pues, declararme en quiebra, o disolver este nombre que urge ahora cuando se postula, a los demás, cuando llegue el día de cada uno? Aunque es distinta la deuda de dinero y la de gratitud. Pues quien disuelve el dinero, inmediatamente no tiene lo que devolvió; quien, en cambio, debe, retiene lo ajeno; la gratitud, en cambio, la tiene quien la devuelve, y quien la tiene, la devuelve en el hecho mismo de tenerla. Y yo no dejaré de deber a Plancio si pago esto, ni le devolvería menos con la voluntad misma si no hubiera sucedido esta molestia.
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Me preguntas, Casio, qué puedo hacer por mi hermano, que me es queridísimo, qué por mis hijos, para quienes nada puede ser más grato ni más importante para mí que lo que hago por Plancio, y no ves que me siento estimulado y excitado al máximo por el afecto de ellos mismos para defender la salvación de este hombre. Pues ni para ellos hay nada más deseable que la salvación de aquel por quien saben que la mía fue defendida, y yo mismo nunca los miro sin recordar, al recordar que gracias a él fui salvado, el mérito que tiene conmigo. Mencionas que Opimio fue condenado, él mismo salvador de la república, y añades a Calidio, por cuya ley Quinto Metelo fue restituido a la ciudadanía; criticas mis súplicas a favor de Plancio, porque ni Opimio fue liberado por su nombre ni Calidio por el de Metelo. Sobre Calidio solo te respondo lo que yo mismo vi: que el cónsul Quinto Metelo Pío, en los comicios pretorios, suplicó al pueblo romano a favor de Quinto Calidio, cuando, ciertamente, ni el cónsul ni un hombre nobilísimo dudaba en llamar a aquel su patrono y el de su nobilísima familia.
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En este punto te pregunto si crees que en el juicio de Calidio ocurrió lo mismo que yo hago en el de Plancio, o si Metelo Pío, de haber podido estar en Roma, o su padre, si hubiera vivido, no lo habrían hecho. Pues,¡ ojalá la calamidad de Opimio pudiera ser arrancada de la memoria de los hombres! Aquella herida de la república, esa deshonra de este imperio, esa vergüenza del pueblo romano, no debe considerarse un juicio. Pues,¿ qué hacha más grave pudieron infligir a la república aquellos jueces— si es que deben ser llamados jueces y no parricidas de la patria— que cuando expulsaron de la ciudad a quien había liberado a la república en una guerra extranjera como pretor y en una doméstica como cónsul?
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Pero dices que yo hago demasiado grande el beneficio de Plancio y que, como afirmas, lo exagero con palabras. Como si realmente debiera ser agradecido a tu arbitrio y no al mío.¿ Cuál es el mérito de ese hombre?, dices;¿ acaso porque no te degolló? Más bien, porque no permitió que te degollaran. En este punto, Casio, incluso has disculpado a mis enemigos y has dicho que no hubo de su parte ninguna asechanza contra mi vida. Laterense ha sostenido lo mismo. Por esta razón, hablaré más sobre esto dentro de poco; de ti solo requiero que pienses si el odio de mis enemigos hacia mí fue mediocre—¡ qué odio de bárbaros fue alguna vez tan inmenso y tan cruel contra un enemigo!— o si hubo en ellos algún temor a la fama o al castigo, cuando viste durante todo aquel año el hierro en el foro, la llama en los templos y la violencia imperar en toda la ciudad. A menos que tal vez pienses que perdonaron mi vida porque no temían nada respecto a mi regreso.¿ Y crees que hubo alguien tan insensato que, viviendo ellos, estando en pie la ciudad y la curia, no pensara que yo regresaría si vivía? Por lo cual, no debes, siendo el hombre y el ciudadano que eres, proclamar que mi vida, que fue conservada por la fidelidad de los amigos, no fue atacada por la moderación de los enemigos.
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Te responderé ahora, Laterense, quizás con menos vehemencia de la que me has provocado, pero ciertamente no con menos consideración ni menos amistad. Pues, en primer lugar, fue bastante áspero decir que yo mentía sobre lo que decía de Plancio y que lo fingía por conveniencia temporal. Por supuesto, yo, hombre sabio, ideé por qué parecería estar atado por los mayores vínculos de gratitud, cuando era libre y estaba desatado.¿ Qué más?¿ Tenía yo pocas o poco justas razones de familiaridad, vecindad y amistad con su padre para defender a Plancio? Si estas no existieran, temería, creo, hacer algo vergonzoso si defendiera a un hombre con este esplendor y esta dignidad. Evidentemente, tuve que fingir una causa muy aguda para decir que le debía todo a aquel a quien debería deberle. Pero incluso los soldados rasos hacen eso a regañadientes, al dar la corona cívica y confesar haber sido salvados por alguien, no porque sea vergonzoso ser rescatado de las manos de los enemigos tras haber sido superado en la batalla— pues eso no puede suceder sino a un hombre valiente que lucha cuerpo a cuerpo—, sino porque temen la carga del beneficio, que es muy grande, al deber a un extraño lo mismo que a un padre.
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Yo, cuando los demás disimulan incluso los beneficios verdaderos y menores para no parecer obligados,¿ fingo estar atado por un beneficio al que parece que ni siquiera se puede devolver la gratitud?¿ Acaso ignoras esto, Laterense? Tú, que siendo mi mayor amigo, habiendo querido compartir conmigo incluso el peligro de tu vida, habiéndome acompañado en aquel triste y amargo duelo y partida no solo con tus lágrimas, sino con tu ánimo, tu cuerpo y tus recursos, habiendo defendido a mis hijos y a mi esposa en mi ausencia con tus bienes y tu ayuda, siempre has actuado conmigo de tal manera que me remitías y concedías que consumiera todo mi empeño en el honor de Cneo Plancio, diciendo que su mérito conmigo te era grato incluso a ti mismo.
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Pero que no digo nada nuevo ni por conveniencia temporal,¿ no es acaso testigo aquel discurso que pronuncié primero en el senado? En él, habiendo dado las gracias nominalmente a muy pocos, porque era imposible enumerarlos a todos y sería un crimen omitir a alguien, y habiendo decidido nombrar solo a aquellos que habían sido líderes y casi abanderados de nuestra causa, entre ellos di las gracias a Plancio. Que se lea el discurso, que por la magnitud del asunto fue dicho por escrito; en él, yo, hombre astuto, me entregaba a quien no debía gran cosa, y ataba la servidumbre de este deber tan grande con un testimonio eterno. No quiero recitar las otras cosas que fueron enviadas por mí por escrito; las omito para no parecer que las presento por conveniencia o que uso un género de escritos que parece más apto para mis estudios que para la costumbre de los juicios.
75
Y además gritas, Laterense:¿ hasta cuándo dices esas cosas? No has logrado nada con Cispio; tus súplicas ya están obsoletas.¿ Me reprocharás entonces lo de Cispio, a quien defendí porque sabía, por tu testimonio, que se había portado bien conmigo, siendo tú mismo el instigador?¿ Y le dirás hasta cuándo?¿ A quien niegas que haya podido obtener lo que pedí a favor de Cispio? Pues la envidia de esa palabra hasta cuándo podía ser esta: se te ha dado aquel, se te ha perdonado aquel; no pones fin; no podemos soportarlo.¿ Decir hasta cuándo a quien trabajó por uno y ni siquiera obtuvo eso? Es más de alguien que se burla que de alguien que reprende; a menos que yo sea el único que se ha comportado así en los juicios, que ha vivido así con ellos y entre ellos, siendo tal patrono en las causas y tal ciudadano en la república, que tú me consideres el único que no debe obtener nada de los jueces.
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Y me reprochas la lagrimita del juicio de Cispio. Pues así dijiste: vi tu lagrimita. Mira cuánto me arrepiento de tu palabra. No solo una lagrimita, sino muchas lágrimas y llanto con sollozos pudiste ver.¿ Acaso yo, que conmovido por las lágrimas de los míos en mi ausencia había depuesto las enemistades que tenía conmigo y no solo no había sido atacante de mi salvación, como mis enemigos habían pensado, sino incluso defensor, no iba a mostrar mi dolor en el peligro de este?
77
Tú, en cambio, Laterense, que entonces decías que mis lágrimas eran gratas, ahora quieres que parezcan odiosas. Niegas que el tribunado de Plancio haya aportado alguna ayuda a mi dignidad, y en este punto, lo que puedes hacer muy verazmente, conmemoras los méritos divinos hacia mí de Lucio Racilio, hombre valientísimo y constantísimo. A quien, al igual que a Cneo Plancio, nunca disimulé que le debía muchísimo y siempre lo proclamé; pues él no pensó que debiera rehuir ninguna contienda, ni enemistades, ni riesgos de vida, ni por la república ni por mí. Y ojalá, así como yo soy agradecido con él, se hubiera permitido al pueblo romano, a través de la violencia y la injusticia de los hombres, devolverle el favor. Pero si Plancio no se esforzó igual en el tribunado, debes pensar que no le faltó voluntad, sino que yo, debiéndole ya tanto a Plancio, me contenté con los beneficios de Racilio.
78
¿ O acaso piensas que los jueces estarán menos dispuestos a actuar a mi favor porque me acusas de ser agradecido?¿ O, cuando los padres conscriptos, en aquel senadoconsulto que se hizo en el monumento de Mario, por el cual mi salvación fue encomendada a todas las naciones, dieron las gracias a Cneo Plancio— pues fue el único de los magistrados defensor de mi salvación—, no debo pensar que debo devolver el favor a quien el senado pensó que debía dárselo por mí? Y cuando ves esto,¿ qué ánimo piensas que tengo hacia ti, Laterense?¿ Hay algún peligro, algún trabajo, alguna contienda tan grande que yo no haya rehuido no solo por tu salvación, sino incluso por tu dignidad? Por lo cual estoy aún más, no diré miserable— pues esta palabra es ajena a la virtud—, sino ciertamente ejercitado, no porque deba a muchos— pues es leve la carga de la gratitud por un beneficio—, sino porque los nombres a menudo coinciden, debido a las contiendas entre ellos mismos por los méritos de algunos hacia mí, de modo que al mismo tiempo temo que apenas pueda parecer agradecido ante todos.
79
Pero yo examinaré esto con mis propias pesas, no solo qué debo a cada uno, sino también qué le interesa a cada uno y qué requiere de mí el momento de cada uno. Se trata de tu empeño o incluso, si quieres, de tu reputación, de la gloria de tu edilidad; pero la salvación, la patria y los bienes de Cneo Plancio están en juego. Tú deseaste que yo estuviera a salvo; él hizo incluso que pudiera estarlo. Sin embargo, me siento dividido y desgarrado por el dolor, y me duele que en una causa desigual te sientas ofendido por mí; pero, por los dioses, mucho antes habré arrojado mi propia salvación por ti que haber entregado la salvación de Cneo Plancio a tu contienda.
80
Y es que, jueces, así como deseo estar dotado de todas las virtudes, no hay nada que prefiera más que ser y parecer agradecido. Pues esta es la única virtud no solo máxima, sino también madre de todas las demás virtudes.¿ Qué es la piedad sino una voluntad agradecida hacia los padres?¿ Quiénes son los buenos ciudadanos, los que merecen bien de la patria en la guerra o en la paz, sino los que recuerdan los beneficios de la patria?¿ Quiénes son los santos, los que cultivan las religiones, sino los que pagan la gratitud merecida a los dioses inmortales con justos honores y una mente recordadora?¿ Qué placer puede haber en la vida si se eliminan las amistades?¿ Qué amistad puede haber, además, entre los ingratos?
81
¿ Quién de nosotros, educado liberalmente, no tiene en su mente, con grato recuerdo, a sus educadores, a sus maestros y doctores, y aquel lugar mismo y mudo donde fue alimentado o instruido?¿ De quién pueden ser o han sido alguna vez tan grandes los recursos que puedan sostenerse sin los servicios de muchos amigos? Los cuales, ciertamente, eliminada la memoria y la gratitud, no pueden existir. Por mi parte, considero que nada es tan propio del hombre como estar ligado no solo por un beneficio, sino también por la manifestación de benevolencia, y nada, además, tan inhumano, tan inmenso, tan fiero como permitir parecer, no diré indigno, sino vencido por un beneficio.
82
Siendo esto así, cederé ahora, Laterense, ante esa acusación tuya y concederé, puesto que así lo quieres, ser demasiado agradecido en aquello mismo en lo que nada puede ser demasiado, y pediré a vosotros, jueces, que abracéis con un beneficio a quien, quien lo reprende, lo reprende en que dice que es agradecido más allá de la medida. Pues no debe valer para descuidar mi gratitud lo que dijo el mismo, que vosotros no sois culpables ni litigiosos, por lo cual no debería valer ante vosotros. Como si en mi amistad no hubiera preferido siempre que estas defensas, si es que hay alguna en mí, estuvieran preparadas para los amigos antes que ser necesarias. Pues yo me atrevo a decir tanto de mí: que mi amistad ha sido para placer de muchos más que para defensa, y que me arrepentiría vehementemente de mi vida si en mi familiaridad no hubiera lugar para nadie más que para un litigioso o un culpable.
83
Pero has acumulado esto de alguna manera frecuentemente sobre mí y ciertamente has sido insistente en ello, que no quisiste lanzar la causa a los juegos para que yo, por mi costumbre, no dijera algo sobre las tensas por causa de misericordia, como había hecho antes con otros ediles. No has hecho poco en este punto; pues me has arrebatado el adorno de mi discurso. Seré objeto de burla si hago mención de las tensas, puesto que tú lo has predicho; pero sin las tensas,¿ qué podré decir? Aquí incluso añadiste que por eso sancioné el soborno con el exilio mediante mi ley, para poder decir epílogos más lastimeros.¿ No os parece que está discutiendo con algún declamador, no con un discípulo del trabajo y del foro?
84
Pues en Rodas, dice, yo no estuve— quiere que haya estado—, pero estuve, dice— pensaba que iba a decir en Vaccea—, dos veces en Bitinia. Si el lugar tiene alguna manija de reproche, no sé por qué consideras Nicea más severa que Rodas; si hay que mirar la causa, tanto tú estuviste en Bitinia con la mayor dignidad como yo en Rodas con no menos. Pues en cuanto a que me reprochaste que defendía a demasiados,¡ ojalá tú, que puedes, y los demás, que rehúyen, quisieran aliviarme de este trabajo! Pero sucede por vuestra diligencia, que al sopesar las causas rechazáis casi todas, que la mayoría confluyen hacia nosotros, que no podemos negar nada a los miserables y a los que sufren.
85
Me has advertido también que, como habías estado en Creta, se podría haber dicho algún dicho sobre tu petición; que yo lo perdí.¿ Cuál de nosotros es, pues, más deseoso de un dicho?¿ Yo, que no dije lo que se pudo decir, o tú, que incluso dijiste algo sobre ti mismo? Decías que no habías enviado ninguna carta sobre tus gestas, porque las mías, que había enviado a alguien, me habían perjudicado. Las cuales no entiendo que me hayan perjudicado, pero veo que pudieron haber beneficiado a la república.
86
Pero estas son cosas más leves, aquellas, en cambio, graves y grandes, que mi partida, que a menudo habías llorado, ahora has querido casi reprochar y subacusar. Pues dijiste que no me faltó ayuda, sino que yo falté a la ayuda. Yo, en verdad, confieso que, porque vi que no me faltaba ayuda, por eso prescindí de esa ayuda. Pues,¿ quién no sabe cuál era la situación, cuál el peligro, cuál fue aquella tempestad en la república?¿ Me movió el terror tribunicio o el furor consular?¿ Fue para mí gran cosa luchar con hierro contra los restos de aquellos a quienes yo había vencido florecientes e íntegros sin hierro? Los cónsules más detestables y vergonzosos después de la memoria de los hombres, como declararon tanto aquellos principios como estos recientes finales de las cosas, de los cuales uno perdió el ejército, el otro lo vendió, comprados con provincias por el senado, por la república, habían desertado de todos los buenos; quienes, pudiendo mucho con el ejército, con las armas, con los recursos, cuando no se sabía qué sentían, aquella voz furiosa, afeminada por nefarios estupros y altares religiosos, gritaba amargamente que ellos y los cónsules estaban de su parte; los necesitados eran armados contra los ricos, los perdidos contra los buenos, los esclavos contra los señores.
87
Pero estaba conmigo el senado, y ciertamente con vestiduras cambiadas, lo cual fue emprendido por mí solo después de la memoria de los hombres por decisión pública. Pero recuerda quiénes fueron entonces los enemigos con nombre de cónsules, que fueron los únicos en esta ciudad que no permitieron que el senado obedeciera al senado y, mediante edicto, quitaron a los padres conscriptos no el duelo, sino las señales de duelo. Pero estaba conmigo todo el orden ecuestre; al cual, ciertamente, aquel bailarín de Catilina, el cónsul, aterrorizaba con la amenaza de proscripción. Pero toda Italia se había reunido; a la cual, ciertamente, se le infligía el miedo de una guerra intestina y de devastación. Confieso, Laterense, que pude usar estas ayudas deseosas y excitadas, pero no se debía luchar con derecho, con leyes, con discusiones— pues ciertamente, especialmente en una causa tan buena, nunca, donde los demás abundaron, me habría faltado a mí mismo esa ayuda—, sino con armas, con armas, digo, se debía luchar; con las cuales, que se hiciera una matanza por esclavos y por líderes de esclavos hubiera sido destructivo para el senado y para los buenos de la república.
88
Pero confieso que haber sido vencidos los malvados por los buenos habría sido ilustre, si viera entonces el fin de vencer, el cual ciertamente no veía. Pues,¿ dónde habría tenido a mano cónsules tan valientes como Lucio Opimio, como Cayo Mario, como Lucio Flaco, bajo cuyos líderes la república venció a los ciudadanos malvados armados, o, si menos valientes, al menos tan justos como Publio Mucio, quien defendió que las armas que Publio Escipión había tomado como privado, al ser muerto Tiberio Graco, habían sido tomadas con el mejor derecho? Se debía, pues, luchar contra los cónsules. No digo nada más que esto: veía que estaban preparados graves adversarios para nuestra victoria, y que no había vengadores para nuestra muerte.
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Si falté a estas ayudas de mi salvación porque no quise luchar, confesaré lo que quieres, que no me faltó ayuda, sino que yo falté a la ayuda; pero si, cuanto mayores fueron los empeños de los buenos hacia mí, más pensé que debía cuidar y perdonar a ellos,¿ tú me reprochas en mí lo que a Quinto Metelo se le dio como alabanza y hoy es y siempre será de máxima gloria? Quien, como puedes oír de muchos que estuvieron presentes entonces, consta que cedió ante hombres buenos muy a su pesar, y que no hubo duda de que podía ser superior en contienda y armas. Por tanto, él, cuando defendía su hecho, no el del senado, cuando había retenido la perseverancia de su sentencia, no la salvación de la república, sin embargo, por aquella constancia, porque recibió aquella herida voluntaria, superó con gloria y alabanza los triunfos más justos y claros de todos los Metelos, porque no quiso que aquellos mismos ciudadanos malvados fueran muertos y previó que ningún bueno muriera en la misma matanza;¿ yo, propuestos tantos peligros, cuando, si hubiera sido vencido, se preparaba la muerte de la república, si hubiera vencido, una contienda infinita, iba a permitir que fuera llamado el mismo destructor de la república que había sido su salvador?
90
Dices que temí a la muerte. Yo, en verdad, no pensaría que se debe aceptar ni siquiera la inmortalidad contra la república, y mucho menos querría morir con la ruina de la república. Pues quienes dieron su vida por la república— aunque digáis que desvarío—, nunca, por Hércules, pensé que alcanzaron la muerte más que la inmortalidad. Yo, en verdad, si hubiera caído entonces por el hierro y la mano de aquellos impíos, la república habría perdido para siempre el baluarte civil de su salvación. Es más, si alguna fuerza de enfermedad o la naturaleza misma me hubiera consumido, sin embargo, las ayudas de la posteridad habrían sido disminuidas, porque se habría perdido con mi muerte aquel ejemplo de cómo habría sido el senado y el pueblo romano en mi restitución.¿ Acaso, si alguna vez hubiera habido en mí deseo de vida, habría movido en el mes de diciembre de mi consulado las armas de todos los parricidas? Las cuales, si hubiera descansado veinte días, habrían recaído en la vigilancia de otros cónsules. Por lo cual, si el deseo de vida contra la república es vergonzoso, ciertamente el deseo de mi muerte habría sido mucho más vergonzoso con la ruina de la ciudad.
91
Pues en cuanto a que te has jactado de ser libre en la república, eso lo confieso y me alegro, y te felicito incluso por ello; pero en cuanto a que negaste que yo lo fuera, en eso no permitiré que ni tú ni nadie se equivoque por más tiempo. Pues si alguien piensa que algo de mi libertad ha disminuido porque no disiento de todos los mismos de quienes antes solía disentir, primero, si me muestro agradecido con quienes merecieron bien de mí,¿ no dejo de incurrir en el crimen de ser un hombre demasiado memorioso y demasiado agradecido? Pero si alguna vez, sin ningún detrimento de la república, miro también mi salvación y la de los míos, ciertamente no solo no debo ser reprendido, sino que incluso, si quisiera precipitarme, los hombres buenos me rogarían que no lo hiciera.
92
La república misma, en verdad, si pudiera hablar, trataría conmigo para que, puesto que siempre le había servido a ella, nunca a mí mismo, y los frutos que de ella había obtenido no habían sido, como debería haber sido, alegres y abundantes, sino mezclados con gran amargura, que ahora me sirviera a mí mismo, que cuidara de los míos; que ella no solo estaba satisfecha conmigo, sino que incluso temía no haberme devuelto poco por lo que había recibido de mí.
93
¿ Qué? Si no pienso nada de esto y soy en la república el mismo que siempre fui,¿ aún así reclamarás mi libertad? La cual tú pones en que, si siempre luchamos contra aquellos con quienes alguna vez contendimos. Lo cual es muy distinto. Pues todos debemos estar como en una especie de orbe de la república, que, puesto que gira, elegir la parte hacia la cual nos convierta su utilidad y salvación. Yo, en cambio, no digo que Cneo Pompeyo sea el autor, líder y defensor de mi salvación— pues esto quizás requiere privadamente la memoria y la gratitud de los servicios—, pero digo esto que pertenece a la salvación de la república:¿ no voy a proteger a aquel a quien todos conceden que es el príncipe en la república?¿ Voy a faltar a las alabanzas de Cayo César, que veo que han sido celebradas por los juicios más numerosos y amplios, primero del pueblo romano, ahora también del senado, al cual siempre me he entregado? Entonces, por Hércules, me confesaría no haber tenido ningún juicio sobre la utilidad de la república, sino haber sido amigo o enemigo de los hombres.
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¿ O, cuando veo una nave manteniendo su curso con vientos favorables, si no busca el puerto que yo alguna vez aprobé, sino otro no menos seguro y tranquilo, voy a luchar peligrosamente contra la tempestad en lugar de obedecer y ceder ante ella, especialmente estando propuesta la salvación? Yo, en verdad, he aprendido esto, he visto esto, he leído esto escrito; esto nos han transmitido los monumentos y las letras sobre los hombres más sabios y claros, tanto en esta república como en otras ciudades, que no siempre se han defendido las mismas sentencias por los mismos, sino cualesquiera que el estado de la república, la inclinación de los tiempos y la razón de la concordia postularan. Lo cual yo hago, Laterense, y siempre haré, y la libertad que tú reclamas en mí, la cual yo nunca he abandonado ni abandonaré, la consideraré puesta no en la pertinacia, sino en una cierta moderación.
95
Ahora vengo a aquel extremo en el que dijiste que, mientras exaltaba con palabras el mérito de Plancio hacia mí, hacía una fortaleza de una cloaca y veneraba una piedra de un sepulcro como a un dios; pues ni hubo para mí peligro alguno de asechanzas ni de muerte. Explicaré la razón de ese tiempo brevemente y no de mala gana. Pues no hay nada de mis tiempos que sea menos divulgado y que sea menos celebrado por mi conmemoración o escuchado y conocido por los hombres. Pues yo, Laterense, cediendo ante aquel incendio de las leyes, del derecho, del senado, de todos los bienes, cuando mi casa amenazaba con su ardor la deflagración de la ciudad y de toda Italia, si no hubiera descansado, busqué Sicilia con el ánimo, que ella misma estaba unida a mí como una sola casa y era mantenida por Cayo Virgilio, con quien, más que con nadie, me había unido tanto la antigüedad como la amistad, tanto los colegios de mi hermano como la causa de la república.
96
Mira ahora la oscuridad de aquellos tiempos. Cuando la isla misma casi quería salir a mi encuentro, aquel pretor, a menudo molestado por las asambleas del mismo tribuno de la plebe por la misma causa de la república, no digo nada más que no quiso que yo viniera a Sicilia.¿ Qué diré?¿ Que a Cayo Virgilio, tal ciudadano y hombre, le faltó benevolencia hacia mí, memoria de los tiempos comunes, piedad, humanidad, fidelidad? Nada de eso, jueces, sino que, la tempestad que nosotros no habríamos soportado con vosotros, temió no poder sostenerla él mismo con sus recursos. Entonces, cambiado repentinamente el plan, me esforcé por buscar Brundisium por tierra; pues la magnitud del invierno cerraba los cursos marítimos.
97
Cuando todos aquellos municipios que están desde Vibón hasta Brundisium estaban bajo mi fidelidad, jueces, me garantizaron un camino seguro con gran miedo suyo ante muchos que amenazaban. Llegué a Brundisium o, mejor dicho, me acerqué a sus murallas; evité una ciudad que me era muy amiga, que prefería ser destruida antes que permitir fácilmente que yo fuera arrebatado de su abrazo. Me refugié en los jardines de Marco Laenio Flaco. A quien, cuando se le proponía todo miedo, confiscación de bienes, exilio, muerte, prefirió sufrir esto, si sucediera, antes que abandonar la custodia de mi cabeza. Colocado por sus manos y las de su padre, un anciano prudentísimo y óptimo, y las de su hermano y los hijos de ambos en una nave segura y fiel, y escuchando sus súplicas y votos por mi regreso, me esforcé por buscar Dirraquio, que estaba bajo mi fidelidad.
98
Cuando llegué allí, supe, lo que había oído, que Grecia estaba llena de hombres malvados y nefarios, cuyo hierro impío y fuegos pestíferos mi aquel consulado había arrancado de sus manos; quienes, antes de que pudieran oír sobre mi llegada, estando a varios días de camino de mí, me dirigí a Macedonia y a Plancio. Este, en verdad, tan pronto como supo que yo había cruzado el mar— escucha, escucha y atiende, Laterense, para que sepas qué le debo a Plancio y confieses finalmente que lo que hago, lo hago agradecida y piadosamente; a este, sin embargo, lo que hizo por mi salvación, si es que va a ser menos útil,¡ ciertamente no debe perjudicarle! Pues tan pronto como oyó que yo había llegado a Dirraquio, partió inmediatamente hacia mí, habiendo despedido a los lictores, arrojado las insignias y cambiado de vestiduras.
99
¡ Oh, amarga para mí, jueces, la memoria de aquel tiempo y lugar, cuando este se encontró conmigo, cuando me abrazó y me bañó con lágrimas y no pudo hablar por el dolor!¡ Oh, cosa cruel de oír y nefaria de ver!¡ Oh, todos los días y noches restantes en los que este, no separándose de mí, me llevó a Tesalónica y al cuestorio! Aquí no diré nada más sobre el pretor de Macedonia, sino que siempre fue un ciudadano óptimo y amigo mío, pero que temió lo mismo que los demás; Cneo Plancio fue el único, no que temiera menos, sino que, si sucedían aquellas cosas que se temían, quería sufrirlas y soportarlas conmigo.
100
Quien, cuando Lucio Tubero, mi allegado, que había sido legado de mi hermano, vino habiendo salido de Asia y me trajo con ánimo muy amistoso aquellas asechanzas que había oído que estaban preparadas para mí por los exiliados conjurados, no permitió que yo fuera a Asia, preparándome por la necesidad de aquella provincia conmigo y con mi hermano; con fuerza, con fuerza, digo, Plancio me retuvo con su abrazo y no se separó de mi cabeza durante muchos meses, habiendo arrojado la persona de cuestor y tomado la de compañero.