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Pro P. Sestio
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si alguien antes, jueces, se preguntaba por qué, con tan grandes recursos de la República y tan gran dignidad del imperio, no se encontraban ciudadanos suficientemente numerosos, de ánimo fuerte y magnánimo, que se atrevieran a poner en riesgo su propia seguridad por el estado de la ciudad y por la libertad común, a partir de este momento que se asombre más bien si ve a algún ciudadano bueno y valiente, que si ve a alguno tímido o que mira más por sí mismo que por la República. Pues, para que omitáis recordar pensando en el caso de cada uno, podéis contemplar con una sola mirada a aquellos que, junto con el senado y con todos los hombres de bien, levantaron a la República afligida y la liberaron de un latrocinio doméstico, tristes, vestidos de luto, como reos, luchando por su vida, por su reputación, por su ciudadanía, por sus bienes, por sus hijos; mientras que a aquellos que violaron, vejaron, perturbaron y destruyeron todo lo divino y lo humano, no solo volando alegres y felices, sino incluso tramando peligros contra los ciudadanos más valientes y mejores, sin temer nada por sí mismos.
2
En esto, aunque hay muchas cosas indignas, nada es menos tolerable que el hecho de que ya no intentan causar peligro a los mejores ciudadanos a través de sus bandidos, ni a través de hombres perdidos por la indigencia y el crimen, sino a través de vosotros, a través de los mejores hombres; y a aquellos a quienes no pudieron destruir con piedras, con hierro, con antorchas, con violencia, con mano armada y con tropas, piensan que los van a oprimir con vuestra autoridad, con vuestra religión y con vuestras sentencias. Yo, sin embargo, jueces, con la voz que pensaba que debía usar para dar las gracias y conmemorar el beneficio de aquellos que tan bien se han portado conmigo, me veo obligado ahora a usarla para alejar los peligros de ellos, para que esta voz sirva principalmente a aquellos por cuya obra hemos sido restituidos yo, vosotros y el pueblo romano.
3
Y aunque la causa de P. Sestio ha sido expuesta por Q. Hortensio, hombre ilustrísimo y elocuentísimo, y no ha omitido nada de lo que debía ser lamentado por la República o argumentado por el reo, sin embargo, me dispondré a hablar, para que mi defensa no parezca haber faltado precisamente a aquel por quien se logró que no faltara a los demás ciudadanos. Y yo establezco así, jueces, que en esta causa y en este último lugar de la oratoria, he asumido el papel de la piedad más que de la defensa, de la queja más que de la elocuencia, del dolor más que del ingenio.
4
Por tanto, si actúo con más vehemencia o con más libertad que quienes hablaron antes que yo, os pido que concedáis a mi discurso tanto como consideréis que debe concederse a un dolor piadoso y a una justa indignación; pues ni el dolor de nadie puede estar más unido al deber que este mío, asumido por el peligro de un hombre que tan bien se ha portado conmigo, ni ninguna indignación debe ser más alabada que aquella que me inflama por el crimen de aquellos que juzgaron que debían hacer la guerra contra todos los defensores de mi seguridad.
5
Pero puesto que los demás han respondido a los cargos individuales, yo hablaré sobre todo el estado de P. Sestio, sobre su género de vida, sobre su naturaleza, sobre sus costumbres, sobre su increíble amor hacia los hombres de bien, sobre su afán por conservar la seguridad común y la paz; y me esforzaré, si es que puedo lograrlo, para que en esta defensa confusa y universal no parezca que he omitido nada que pertenezca a vuestra investigación, nada que pertenezca al reo, nada que pertenezca a la República. Y puesto que el tribunado de P. Sestio fue colocado por la propia Fortuna en los tiempos más graves de la ciudad y en las ruinas de una República destruida y afligida, no me dirigiré a esas cosas máximas y amplísimas antes de haber enseñado con qué inicios y fundamentos se suscitaron estos tan grandes elogios en asuntos supremos.
6
P. Sestio nació de un padre, jueces, hombre, como la mayoría recordáis, sabio, santo y severo; quien, habiendo sido el primero entre los hombres más nobles en ser hecho tribuno de la plebe en los mejores tiempos, no quiso tanto disfrutar de los demás honores como parecer digno de ellos. Bajo su autoridad, tomó por esposa a la hija de un hombre honestísimo y muy respetado, C. Albino, de la cual es este niño y la hija ya casada. Fue tan aprobado por dos hombres gravísimos y llenos de antigüedad que para ambos era sumamente querido y agradable. La muerte de la hija arrebató a Albino el nombre de suegro, pero no arrebató la caridad de aquel parentesco ni la benevolencia: hoy lo quiere de tal modo que vosotros podéis juzgarlo muy fácilmente por esta asiduidad suya o por su solicitud y molestia.
7
Se casó, estando vivo su padre, con la hija de un hombre excelente y muy desgraciado, L. Escipión. Clara y grata a todos resultó la piedad de P. Sestio en esto, porque partió inmediatamente a Marsella para poder ver y consolar a su suegro, expulsado por las olas de la República, yaciendo en tierras ajenas, quien debía estar en las huellas de sus antepasados, y llevó a su hija hacia él, para que aquel, con la inesperada visión y abrazo, depusiera si no todo, al menos alguna parte de su pesar, y con los mayores estudios y servicios por aquel parentesco, sostuvo tanto la desgracia de aquel, mientras vivió, como la soledad de su hija. Puedo decir muchas cosas sobre su liberalidad, sobre sus servicios domésticos, sobre su tribunado militar, sobre su abstinencia en esa magistratura provincial; pero ante mis ojos se presenta la dignidad de la República, que me arrastra hacia sí y me exhorta a dejar estas cosas menores.
8
Este fue cuestor de C. Antonio, mi colega, jueces, por sorteo, pero mi socio en los consejos. Me impide la religión de algún deber, como yo lo interpreto, exponer cuántas cosas sintió P. Sestio cuando estaba con mi colega, cuántas me comunicó, cuánto tiempo antes lo previó. Y yo no digo nada de Antonio excepto una cosa: que nunca, ante aquel sumo temor y peligro de la ciudad, quiso eliminar el miedo común de todos ni la sospecha propia de algunos sobre él mismo, negándolo o disimulándolo. En lo cual, si solíais alabar mi indulgencia hacia él, unida a la suma custodia de la República, al sostener y moderar a mi colega, casi igual alabanza debe ser la de P. Sestio, quien observó a su cónsul de tal manera que parecía un buen cuestor para él y un excelente ciudadano para todos nosotros.
9
El mismo, cuando aquella conjuración hubo irrumpido desde sus escondrijos y tinieblas y volaba abiertamente armada, vino con un ejército a Capua, ciudad que sospechábamos que iba a ser tentada por aquella mano impía y malvada debido a las muchísimas oportunidades de guerra; expulsó precipitadamente de Capua a C. Mevulano, tribuno militar de Antonio, hombre perdido y que no oscuramente había participado en aquella conjuración en Pésaro y en otras partes del territorio galo; y el mismo se encargó de que C. Marcelo fuera exterminado de aquella ciudad, cuando este no solo había venido a Capua, sino que incluso se había arrojado, como por afán de armas, en una familia muy numerosa. Por cuya causa, tanto aquella asamblea de Capua, que por la seguridad de aquella ciudad conservada por mi consulado me adoptó a mí solo como patrón, dio las mayores gracias a este P. Sestio ante mí, y en este tiempo los mismos hombres, cambiado el nombre, colonos y decuriones, hombres valientes y excelentes, declaran el beneficio de P. Sestio con su testimonio y deprecan el peligro con su decreto.
10
Recita, te ruego, L. Sestio, qué decretaron los decuriones de Capua, para que ya tu voz infantil pueda significar algo a vuestros enemigos, qué es lo que, cuando se haya fortalecido, parece que va a realizar. Decretos de los decuriones. No recito un decreto expresado por algún deber de vecindad o de clientela o de hospitalidad pública o de ambición o de recomendación, sino que recito la memoria de un peligro superado, la proclamación de un beneficio amplísimo, la voz de un deber presente, el testimonio del tiempo pasado.
11
Y en aquellos mismos tiempos, cuando Sestio ya había liberado a Capua del miedo, y el senado y todos los hombres de bien, habiendo sido capturados y oprimidos los enemigos domésticos bajo mi dirección, me habían sacado de los mayores peligros, yo llamé por carta a P. Sestio desde Capua con aquel ejército que entonces tenía consigo; leídas estas cartas, voló inmediatamente a la ciudad con increíble celeridad. Y para que podáis recordar la atrocidad de aquel tiempo, escuchad las cartas y despertad vuestra memoria a la reflexión del temor pasado. Cartas del cónsul Cicerón. Con esta llegada de P. Sestio, los nuevos tribunos de la plebe, que entonces deseaban vejar las cosas que yo había hecho en los últimos días de mi consulado, y los impulsos y esfuerzos de la conjuración restante fueron retardados.
12
Y después de que se entendió, siendo tribuno de la plebe M. Catón, ciudadano valiente y excelente, defendiendo la República, que el senado y el pueblo romano podían fácilmente, por sí mismos, sin guardia de soldados, proteger con su majestad la dignidad de aquellos que habían defendido la seguridad común con su propio peligro, Sestio siguió a Antonio con aquel ejército con suma celeridad. Aquí,¿ qué he de proclamar sobre con qué cosas excitó al cónsul para realizar la acción, qué estímulos aplicó a un hombre quizás deseoso de victoria, pero que sin embargo temía demasiado al azar común de la guerra y a sus riesgos? Es largo decir esas cosas, pero diré esto brevemente: si no hubiera existido el ánimo excelente y el amor a la República de M. Petreyo, su virtud sobresaliente en la República, su suma autoridad ante los soldados, su maravilloso uso en la materia militar, y si P. Sestio no hubiera sido su ayudante para excitar a Antonio, exhortarlo, acusarlo, impulsarlo, se habría dado lugar al invierno en aquella guerra, y Catilina, cuando hubo emergido de la escarcha de los Apeninos y de aquellas nieves y, habiendo obtenido un verano íntegro, hubiera comenzado a ocupar los senderos de Italia y los establos de los pastores, nunca habría caído sin mucha sangre y sin la devastación misérrima de toda Italia.
13
Este ánimo, pues, trajo P. Sestio al tribunado, para dejar la cuestura de Macedonia y llegar finalmente a estas cosas más cercanas; aunque no debe omitirse aquella singular integridad provincial, cuyas huellas vi yo hace poco en Macedonia, no presionadas ligeramente para la proclamación de un tiempo escaso, sino fijadas para la memoria sempiterna de aquella provincia. Pero pasemos estas cosas de tal manera que, sin embargo, las dejemos mirando y volviendo la vista atrás: lleguemos con estudio y carrera contenidos al tribunado, que él mismo me llama desde hace tiempo y de algún modo absorbe mi discurso.
14
Sobre el cual tribunado se ha hablado de tal modo por Q. Hortensio que su discurso parecía no solo contener la defensa de los cargos, sino también prescribir a la juventud la autoridad y la disciplina dignas de memoria para emprender la República. Pero, sin embargo, puesto que todo el tribunado de P. Sestio no sostuvo otra cosa que mi nombre y mi causa, creo necesario que yo discuta sobre las mismas cosas, si no con más sutileza, al menos ciertamente con más dolor y deploración. En cuyo discurso, si quisiera invectivar más ásperamente contra ciertos hombres,¿ quién no concedería que yo fustigara con la libertad de la voz a aquellos por cuya furia criminal fui violado? Pero actuaré moderadamente y serviré más bien al tiempo de este que a mi dolor: si algunos disienten ocultamente de nuestra seguridad, que se escondan; si algunos hicieron algo alguna vez y los mismos ahora callan y están tranquilos, nosotros también habremos olvidado; si algunos se ofrecen, nos persiguen, mientras puedan ser soportados, los soportaremos, y mi discurso no ofenderá a nadie a menos que se haya ofrecido de tal manera que parezca que no hemos invadido contra él, sino que hemos chocado.
15
Pero es necesario, antes de que comience a hablar sobre el tribunado de P. Sestio, que exponga todo el naufragio de la República del año anterior, en cuya recolección y reconstrucción de la seguridad común se encontrarán todos los hechos, dichos y consejos de P. Sestio. Aquel año había sido en la República, jueces, cuando en gran movimiento y temor de muchos se tensó el arco contra mí solo, tal como hablaban vulgarmente los ignorantes de las cosas, pero en realidad contra toda la República, con la traducción al plebeyo de un hombre furioso y perdido, iracundo conmigo, pero mucho más agudamente enemigo de la paz y de la seguridad común. A este, el hombre ilustrísimo y, a pesar de la oposición de muchos, muy amigo mío, Cn. Pompeyo, lo había vinculado con toda precaución, pacto y execración de que no haría nada en el tribunado contra mí: lo cual aquel nefando, nacido de la confluencia de todos los crímenes, pensó que violaría poco el pacto si no hubiera aterrorizado al propio garante del peligro ajeno con sus propios peligros.
16
A esta fiera repugnante e inmensa, vinculada por los auspicios, atada por la costumbre de los antepasados, constreñida por las cadenas de las leyes sagradas, la soltó de repente por ley curiada el cónsul, o, como yo creo, suplicado, o, como pensaba alguno, iracundo conmigo, ignorante ciertamente y desprevenido de tan grandes crímenes y males que se avecinaban.¿ Qué tribuno de la plebe fue feliz en destruir la República sin ninguna fuerza propia?¿ Pues qué fuerzas pudieron existir en tal vida de un hombre exangüe por los flagicios fraternales, por los estupros de sus hermanas, por toda libídine inaudita?
17
Pero fue ciertamente una fortuna fatal de la República que aquel ciego y demente tribuno de la plebe encontrara...¿ qué diré?¿ cónsules?¿ Con este nombre debo llamar a los destructores de este imperio, traidores de vuestra dignidad, enemigos de todos los hombres de bien, que para destruir el senado, afligir al orden ecuestre, extinguir todos los derechos e instituciones de los antepasados, se consideraban adornados con aquellos fasces y otros insignias del sumo honor y del imperio? Cuyos rostros y caminar, por los dioses inmortales, si aún no queréis recordar los crímenes y heridas infligidas a la República, contemplad con vuestros ánimos: sus hechos ocurrirán más fácilmente a vuestras mentes si os proponéis sus mismos rostros ante los ojos.
18
El otro, rebosante de ungüentos, con el cabello rizado, despreciando a los cómplices de sus estupros y a los antiguos vejadores de su juventud, inflado por el puteal y por las bandadas de prestamistas, por quienes, obligado antaño, para no quedarse pegado a la columna en aquel estrecho de deudas como en el de Escila, había huido al puerto del tribunado, despreciaba a los caballeros romanos, amenazaba al senado, se vendía a los operarios y proclamaba que había sido rescatado por ellos para no tener que dar cuenta sobre el soborno, y decía que esperaba de los mismos, incluso contra la voluntad del senado, una provincia; y si no la hubiera obtenido, pensaba que de ninguna manera estaría a salvo.
19
El otro, oh dioses buenos,¡ qué repugnante caminaba, qué truculento, qué terrible de aspecto! Dirías que contemplas a uno de aquellos barbudos, ejemplo del antiguo imperio, imagen de la antigüedad, columna de la República. Vestido ásperamente con esta púrpura nuestra plebeya y casi oscura, con el cabello tan hirsuto que Capua, en la que él mismo ejercía entonces el duunvirato para adornar la imagen, parecía que iba a levantar la Seplasia. Pues,¿ qué diré de sus cejas, que entonces no parecían a los hombres cejas, sino una prenda de la República? Tanta era la gravedad en su ojo, tanta la contracción de su frente, que aquel año parecía apoyarse en aquellas cejas como en un fiador.
20
Este era el discurso de todos: hay, sin embargo, un gran y firme subsidio para la República; tengo a quien oponer a aquel fango y cieno; por los dioses, con su rostro romperá la libídine y la levedad de su colega; el senado tendrá en este año a quien seguir; no faltará un autor y guía para los hombres de bien. Finalmente, los hombres me felicitaban especialmente porque iba a tener contra un tribuno de la plebe furioso y audaz a un cónsul no solo amigo y pariente, sino también fuerte y grave. Y uno de ellos no engañó a nadie.¿ Pues quién pensaría que podría sostener el timón de tan gran imperio y manejar los gobernalles de la República en la mayor carrera y olas un hombre emergido de repente de las largas tinieblas de los lupanares y estupros, consumido por el vino, las tabernas, los lenocinios y los adulterios? Cuando él, contra toda esperanza, había sido puesto en el grado más alto por recursos ajenos, quien no solo no podía mirar la tempestad que se avecinaba estando ebrio, sino que ni siquiera podía mirar la luz inusitada.
21
El otro engañó claramente a muchos en todos los aspectos; pues estaba recomendado a la opinión de los hombres por la misma nobleza, una seductora halagadora. Todos los hombres de bien favorecemos siempre a la nobleza, tanto porque es útil a la República que los hombres nobles sean dignos de sus antepasados, como porque vale entre nosotros la memoria de los hombres ilustres y que bien se han portado con la República, incluso de los muertos. Porque lo veían siempre triste, siempre taciturno, siempre algo hirsuto e inculto, y porque tenía ese nombre de modo que parecía una frugalidad ingénita en la familia, lo favorecían, se alegraban y llamaban al hombre a la integridad de los antepasados con su esperanza, olvidados del linaje materno.
22
Yo, sin embargo— diré la verdad, jueces—, nunca pensé que hubiera en el hombre tanto crimen, audacia y crueldad como yo mismo sentí con la República. Sabía que el hombre era un malvado y un ligero, recomendado desde la adolescencia por la falsa opinión y el error de los hombres; pues su ánimo se ocultaba con su rostro, y sus flagicios con las paredes. Pero esta obstrucción no es duradera ni está cubierta de tal manera que no pueda ser vista por ojos curiosos. Veíamos su género de vida, su desidia, su inercia; quienes se habían acercado un poco más contemplaban sus libídines encerradas; finalmente, incluso su discurso nos daba asas con las que podíamos sujetar sus sentidos escondidos.
23
El hombre docto alababa a no sé qué filósofos, y sin embargo no podía decir sus nombres, pero alababa sobre todo a aquellos que se dice que son, más que los demás, autores y alabadores del placer; de cuyo placer, y en qué tiempo y de qué modo, no preguntaba, sino que había devorado la palabra misma con todas las fuerzas de su ánimo y de su cuerpo; y decía que los mismos decían brillantemente que los sabios hacen todo por su propia causa, que un hombre bien sano no debe emprender la República, que nada es más preferible a una vida ociosa, llena y repleta de placeres; pero a aquellos que decían que se debe servir a la dignidad, que se debe consultar a la República, que la razón del deber debe ser considerada en toda la vida, no la del provecho, que se deben afrontar peligros por la patria, aceptar heridas, buscar la muerte, decía que vaticinaban y estaban locos.
24
De estos sus discursos asiduos y cotidianos, y porque veía con qué hombres vivía en la parte interior de su casa, y porque la casa misma humeaba de tal manera que muchos indicios de esa consorcio olían mal, establecía así que nada bueno debía esperarse de esas naderías, pero ciertamente nada malo que temer. Pero es así, jueces, que si das una espada a un niño pequeño o a un anciano débil o enfermo, él mismo por su propio ímpetu no daña a nadie, pero si llega al cuerpo desnudo incluso de un hombre valiente, puede herir por el mismo filo y las fuerzas del hierro: cuando el consulado había sido dado como una espada a hombres enervados y exangües, que por sí mismos nunca habrían podido pinchar a nadie, ellos, armados en nombre del sumo imperio, destrozaron la República. Hicieron un pacto abiertamente con el tribuno de la plebe para recibir de él las provincias que ellos mismos quisieran, el ejército y el dinero que quisieran, bajo esa ley, si ellos mismos entregaban primero al tribuno de la plebe la República afligida y constreñida: y decían que ese pacto podía ser sancionado, golpeado con mi sangre.
25
Una vez revelada esta cosa— pues ni tanto crimen podía ser disimulado ni ocultado—, son promulgadas al mismo tiempo las propuestas por el mismo tribuno sobre mi perdición y sobre las provincias de los cónsules nominalmente. Aquí entonces el senado preocupado, vosotros, caballeros romanos, excitados, toda Italia conmovida, finalmente todos los ciudadanos de todos los géneros y órdenes pensaban que se debía pedir auxilio a los cónsules y al sumo imperio para la suma República, cuando ellos solos eran, además de aquel tribuno furioso, dos turbulencias de la República, que no solo no ayudaban a la patria que se precipitaba, sino que lamentaban que cayera demasiado tarde. Era reclamado de ellos diariamente tanto con las quejas de todos los hombres de bien como también con las súplicas del senado, que asumieran mi causa, que hicieran algo, finalmente que lo refirieran al senado: no solo negando, sino incluso riéndose, perseguían a cada uno de los más amplios de aquel orden.
26
Aquí, de repente, cuando una multitud increíble se había reunido en el Capitolio desde toda la ciudad y toda Italia, todos pensaron que se debía cambiar la vestimenta y defenderme por toda razón, por consejo privado, puesto que la República carecía de líderes públicos. Estaba al mismo tiempo el senado en el templo de la Concordia, el cual templo mismo representaba la memoria de mi consulado, cuando todo el orden llorando rogaba al cónsul rizado; pues el otro, el hirsuto y severo, se contenía deliberadamente en casa.¡ Con qué soberbia entonces aquel cieno y deshonra del orden más amplio repudió las súplicas y las lágrimas de los ciudadanos más ilustres!¡ Cómo despreció a mí mismo el devorador de la patria! Pues,¿ qué diré del patrimonio, que él perdió entonces cuando hacía negocio? Vinisteis al senado, vosotros, digo, caballeros romanos y todos los hombres de bien, con la vestimenta cambiada, y os arrojasteis por mi vida a los pies del lenón más impuro, cuando, habiendo sido repudiadas vuestras súplicas por aquel bandido, un hombre de increíble fe, grandeza de ánimo, constancia, L. Ninio, refirió al senado sobre la República, y el senado frecuente decretó que se debía cambiar la vestimenta por mi seguridad.
27
¡ Oh aquel día, jueces, funesto para el senado y para todos los hombres de bien, luctuoso para la República, grave para mi pesar doméstico, glorioso para la memoria de la posteridad! Pues,¿ qué puede alguien tomar de toda la memoria más ilustre que el hecho de que, por un solo ciudadano, tanto todos los hombres de bien por consenso privado como todo el senado por consejo público cambiaran la vestimenta? La cual mutación ciertamente no se hizo entonces por causa de deprecación, sino de luto:¿ pues a quién deprecabas, cuando todos estaban vestidos de luto, y cuando esto era suficiente señal de ser malvado, quien no hubiera cambiado la vestimenta? Hecha esta mutación de vestimenta en tanto luto de la ciudad, omito qué hizo aquel tribuno, ladrón de todas las cosas divinas y humanas, quien ordenó que estuvieran presentes los adolescentes más nobles, los caballeros romanos más honestos, deprecadores de mi seguridad, y los expuso a las espadas y piedras de sus operarios: hablo de los cónsules, en cuya fe debió apoyarse la República.
28
Exánime sale del senado, con el ánimo y el rostro no menos perturbado que si pocos años antes hubiera caído en una asamblea de acreedores; convoca una contienda, tiene un discurso tal el cónsul cual nunca Catilina victorioso habría tenido: que los hombres erraban si incluso entonces pensaban que el senado podía algo en la República; que los caballeros romanos, ciertamente, pagarían las penas de aquel día en que, siendo yo cónsul, habían estado con espadas en el declive del Capitolio; que había llegado el tiempo para aquellos que habían estado en temor— evidentemente decía los conjurados— de vengarse. Si hubiera dicho esto solo, sería digno de todo suplicio; pues el discurso mismo del cónsul pernicioso puede socavar la República; ved lo que hizo.
29
A L. Lamia, quien, por la suma familiaridad que tenía con su padre, me quería unícamente, y además deseaba buscar la muerte por la República, lo relegó en la contienda, y edictó que estuviera ausente de la ciudad doscientas millas, porque se había atrevido a suplicar por un ciudadano, por un ciudadano bien merecedor, por un amigo, por la República.¿ Qué harías con este hombre, o a qué ciudadano inoportuno o a qué enemigo más malvado reservarías? Quien, para omitir las demás cosas que tiene en común con su colega inmenso e impuro, tiene esto propio, que ha expulsado de la ciudad, no digo a un caballero romano, no a un hombre ornado y excelente, no a un ciudadano muy amigo de la República, no a uno que en aquel mismo tiempo lloraba junto con el senado y con todos los hombres de bien la desgracia del amigo y de la República, sino que ha expulsado de la patria a un ciudadano romano sin ningún juicio por edicto.
30
Nada más ásperamente solían soportar los aliados y latinos que el hecho de que, lo cual ocurre muy raramente, se les ordenara salir de la ciudad por los cónsules: y aquellos tenían entonces regreso a sus ciudades, a sus Lares familiares, y en aquel inconveniente común ninguna ignominia propia caía sobre nadie nominalmente. Esto, en verdad,¿ qué es?¿ Exterminará el cónsul a ciudadanos romanos por edicto de sus dioses penates?¿ Expulsará de la patria?¿ Elegirá a quien quiera, condenará y expulsará nominalmente? Si alguna vez hubiera pensado que vosotros, los que ahora sois, estaríais en la República, si finalmente hubiera creído que quedaría alguna imagen de los juicios o algún simulacro en la ciudad,¿ se habría atrevido alguna vez a eliminar al senado sobre la República, a despreciar las súplicas de los caballeros romanos, finalmente a pervertir el derecho y la libertad de todos los ciudadanos con edictos nuevos e inauditos?
31
Aunque me escucháis con ánimos muy atentos y con suma benignidad, jueces, sin embargo temo que alguno de vosotros se pregunte por casualidad qué quiere este discurso mío tan largo o tan profundamente repetido, o qué pertenecen a la causa de P. Sestio los delitos de aquellos que antes del tribunado de este vejaron la República. A mí, sin embargo, me es propuesto mostrar que todos los consejos de P. Sestio y la mente de todo el tribunado fue esta, que sanara cuanto pudiera a la República afligida y perdida. Y si al exponer aquellas heridas pareceré decir más sobre mí mismo, perdonad; pues tanto vosotros como todos los hombres de bien juzgasteis que aquella desgracia mía era la mayor herida de la República, y P. Sestio es reo no en su nombre, sino en el mío: quien, habiendo consumido toda la fuerza de su tribunado en mi seguridad, es necesario que mi causa del tiempo pasado esté unida con la defensa presente de este.
32
Estaba, pues, el senado en luto, la ciudad estaba sucia por consejo público con la vestimenta cambiada, no había municipio de Italia, ninguna colonia, ninguna prefectura, ninguna sociedad de impuestos en Roma, ningún colegio o concilio o en absoluto algún consejo común que entonces no hubiera decretado honorificísimamente sobre mi seguridad: cuando de repente los dos cónsules edictan que los senadores volvieran a su vestimenta.¿ Quién prohibió alguna vez a un cónsul obedecer los decretos del mismo senado?¿ Qué tirano prohibió a los miserables llorar?¿ Es poco, Pisón, para omitir a Gabinio, que engañaste tanto a los hombres que despreciaste la autoridad del senado, despreciaste los consejos de cada uno de los mejores, traicionaste a la República, afligiste el nombre consular?¿ Incluso te atrevías a edictar que los hombres no lamentaran mi calamidad, la suya, la de la República, que no significaran este su dolor con la vestimenta? Si aquella mutación de vestimenta valía para el luto de ellos mismos o para deprecación,¿ quién fue alguna vez tan cruel que prohibiera a alguien llorar por sí mismo o suplicar por los demás?
33
¿ Qué?¿ Los hombres no suelen cambiar la vestimenta por su propia voluntad en los peligros de los amigos? Por ti mismo, Pisón,¿ nadie cambiará?¿ Ni siquiera aquellos a quienes tú mismo te legaste como legados, no solo sin ningún decreto del senado, sino incluso oponiéndose el senado? Por tanto,¿ lamentarán la desgracia de un hombre desesperado y traidor de la República quizás quienes quieran, y no se le permitirá al senado lamentar el peligro de un ciudadano florentísimo por la benevolencia de los hombres de bien y que bien se ha portado sobre la seguridad de la patria, unido con el peligro de la ciudad? Y los mismos cónsules, si deben ser llamados cónsules aquellos que no hay quien no piense que deben ser arrancados no solo de la memoria sino también de los fastos, pactado ya el pacto de las provincias, llevados en el circo Flaminio a la contienda por aquella furia y peste de la patria, con vuestro mayor gemido, aprobaron con su voz y sentencia todas aquellas cosas que entonces se hacían contra mí y contra la República. Y sentados e inspeccionando los mismos cónsules, fue llevada la ley para que los auspicios no valieran, para que nadie anunciara, para que nadie intercediera a la ley, para que en todos los días fastos fuera lícito llevar la ley, para que la ley Elia, la ley Fufia no valieran:¿ con cuya única propuesta quién es el que no entiende que toda la República fue destruida?
34
Y inspeccionando los mismos cónsules, se hacía la leva de esclavos ante el tribunal Aurelio en nombre de los colegios, cuando los hombres eran inscritos por barrios, decuriados, incitados a la violencia, a las manos, a la matanza, a la rapiña. Y los mismos cónsules, las armas eran llevadas abiertamente al templo de Cástor, los escalones del mismo templo eran quitados, hombres armados tenían el foro y las contiendas, se hacían matanzas y lapidaciones; no había senado, no había magistrados restantes: uno solo poseía toda la potestad de todos con armas y latrocinios, no por alguna fuerza suya, sino, cuando había retirado a los dos cónsules de la República por el pacto de las provincias, insultaba, dominaba, prometía a otros, retenía a muchos por terror y miedo, a más incluso por esperanza y promesas.
35
Las cuales cosas siendo de tal modo, jueces, cuando el senado no tenía líderes y en lugar de líderes tenía traidores o más bien enemigos abiertos, el orden ecuestre era citado como reo por los cónsules, la autoridad de toda Italia era repudiada, otros eran relegados nominalmente, otros eran aterrorizados por miedo y peligro, las armas estaban en los templos, armados en el foro, y aquellas cosas no eran disimuladas en silencio por los cónsules, sino que eran aprobadas tanto con voz como con sentencia, cuando todos veíamos la ciudad no aún destruida y derribada, sino ya capturada y oprimida: sin embargo, ante estos tan grandes males, con tanto estudio de los hombres de bien, jueces, habríamos resistido, pero otros miedos y otros cuidados y sospechas me movieron.
36
Expondré, pues, en el día de hoy, jueces, toda la razón de mi hecho y consejo, y no faltaré a este vuestro tan gran estudio de escuchar, ni en verdad a esta tan gran multitud, cuanta en mi memoria nunca hubo en ningún juicio. Pues si yo en una causa tan buena, con tanto estudio del senado, con consenso tan increíble de todos los hombres de bien, con el pueblo tan preparado, finalmente toda Italia expedita para toda contienda, cedí a la furia de un tribuno de la plebe, hombre despreciadísimo, temí la levedad y audacia de los cónsules despreciadísimos, confieso que fui demasiado tímido, de ningún ánimo, de ningún consejo.
37
¿ Qué hubo, en efecto, de semejante en Q. Metelo? Aunque todos los hombres de bien aprobaban su causa, ni el senado públicamente, ni ningún orden en particular, ni toda Italia por sus decretos lo habían respaldado. Pues él había actuado mirando más a su propia gloria que a la evidente salvación de la república, cuando, solo, se había negado a jurar sobre una ley aprobada por la fuerza: en fin, parecía haber sido tan firme bajo esa condición que cambió la gloria de la constancia por el amor a la patria. Sin embargo, su conflicto era contra el ejército invicto de C. Mario; tenía como enemigo a C. Mario, salvador de la patria, que ejercía ya su sexto consulado; su conflicto era con L. Saturnino, tribuno de la plebe por segunda vez, hombre vigilante y que, en la causa popular, si no se había comportado con moderación, al menos sí con popularidad y templanza. Cedió para no caer con deshonra, vencido por hombres fuertes, o para no privar a la república de muchos ciudadanos valientes siendo vencedor.
38
Mi causa, en cambio, la había asumido el senado abiertamente, el orden ecuestre con el mayor ardor, toda Italia públicamente, y todos los hombres de bien de manera particular y enérgica. Yo había realizado aquellas acciones de las cuales no fui el único autor, sino el guía de la voluntad de todos, y que no solo concernían a mi gloria singular, sino a la salvación común de todos los ciudadanos y casi de las naciones; las había realizado bajo tal condición que todos debían siempre avalar y proteger mi actuación. Mi lucha, además, no era contra un ejército vencedor, sino contra sicarios contratados y excitados para saquear la ciudad; no tenía como enemigo a C. Mario, terror de los enemigos, esperanza y auxilio de la patria, sino a dos prodigios funestos, a quienes la indigencia, la magnitud de sus deudas, la ligereza y la maldad habían entregado, encadenados, al tribuno de la plebe.
39
Y mi conflicto no era con Saturnino, quien perseguía con gran vehemencia de ánimo su propio dolor por saber que el suministro de grano había sido transferido por él, siendo cuestor en Ostia, al príncipe del senado y de la ciudad, M. Escauro, sino con un libertino de ricos bufones, con un adúltero de su propia hermana, con un sacerdote de estupros, con un envenenador, con un falsificador de testamentos, con un sicario, con un ladrón; si a estos hombres los hubiera vencido con la fuerza de las armas— lo cual era fácil de hacer, lo que debía hacerse y lo que los mejores y más valientes ciudadanos me exigían—, no temía que nadie reprobara la fuerza repelida por la fuerza ni que lamentara la muerte de ciudadanos perdidos o, mejor dicho, de enemigos domésticos. Pero me movieron estas cosas: en todas las asambleas, aquella furia gritaba que lo que hacía contra mi salvación lo hacía bajo la instigación de Cn. Pompeyo, varón ilustrísimo y para mí, tanto ahora como mientras fue posible, muy amigo; se pregonaba en las asambleas cotidianas de esa misma peste que M. Craso, con quien tenía todas las relaciones de amistad, varón valientísimo, era el más hostil a mi fortuna; y que C. César, quien no debía ser ajeno a mí por ningún mérito mío, era el mayor enemigo de mi salvación.
40
Decía que usaría a estos tres como autores en la toma de decisiones y como auxiliares en la ejecución; de ellos, decía que uno tenía el mayor ejército en Italia, y que los otros dos, que entonces eran particulares, podían presidir al pueblo romano y preparar un ejército si quisieran, y que eso harían. No me anunciaba un juicio del pueblo, ni una contienda legítima, ni una discusión o defensa de mi causa, sino fuerza, armas, ejércitos, generales y campamentos.¿ Qué, pues?¿ Me movió el discurso de un enemigo, especialmente siendo vano y lanzado tan impropiamente contra varones ilustrísimos? En verdad, no me movió su discurso, sino la taciturnidad de aquellos sobre quienes se vertía tal discurso; quienes entonces, aunque callaban por otras causas, sin embargo, ante hombres que temían todo, parecían hablar callando y confesar al no negar. Aquellos, además, temerosos por el miedo, porque pensaban que los actos del año anterior y todo el asunto estaban siendo socavados por los pretores y debilitados por el senado y los príncipes de la ciudad, no querían alienar al tribuno popular y decían que sus propios peligros les eran más cercanos que el mío.
41
Pero, sin embargo, tanto Craso decía que los cónsules debían asumir mi causa, como Pompeyo imploraba su lealtad y decía que él, siendo particular, no faltaría a una causa asumida públicamente; a este varón, estudioso de mí y deseoso de conservar la república, ciertos hombres colocados en mi casa para ese fin le advirtieron que fuera más cauto, y dijeron que yo había preparado emboscadas contra su vida en mi propia casa; y esta sospecha suya la excitaron unos enviando cartas, otros con mensajeros, otros personalmente, de modo que él, aunque no temía nada de mí, pensara que debía protegerse de ellos para que no tramaran nada en mi nombre. César mismo, a quien los hombres ignorantes de la verdad pensaban que estaba muy irritado conmigo, estaba a las puertas, estaba con mando; su ejército estaba en Italia, y en ese ejército había puesto al mando al hermano del mismo tribuno de la plebe, mi enemigo.
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Por tanto, al ver estas cosas— pues no estaban ocultas—: que el senado, sin el cual la ciudad no podía mantenerse, había sido eliminado por completo de la vida pública; que los cónsules, que debían ser los guías del consejo público, habían logrado que por ellos mismos el consejo público fuera destruido de raíz; que aquellos que más podían eran opuestos en todas las asambleas, falsamente pero de forma aterradora, como autores de mi perdición; que se celebraban asambleas diariamente contra mí; que nadie alzaba la voz por mí y por la república; que se creía, falsamente pero se creía, que las enseñas de las legiones estaban dirigidas contra vuestras cabezas y vuestros bienes; que las viejas tropas de los conjurados y aquella banda funesta de Catilina, dispersa y derrotada, había sido renovada con un nuevo jefe y un cambio inesperado de las cosas: al ver esto,¿ qué debía hacer, jueces?
43
Sé, en efecto, que entonces no faltó vuestro celo hacia mí, sino casi el mío hacia vosotros.¿ Debía luchar como particular con armas contra un tribuno de la plebe? Los buenos habrían vencido a los malvados, los fuertes a los inertes; habría sido muerto aquel que solo con este remedio podía ser alejado de la peste de la república.¿ Qué después?¿ Quién garantizaría el resto?¿ A quién, en fin, le cabía duda de que aquella sangre tribunicia, derramada sin ningún consejo público, habría tenido a los cónsules como vengadores y defensores? Cuando alguien había dicho en la asamblea que yo debía perecer una vez o vencer dos veces.¿ Qué era vencer dos veces? Ciertamente esto: que si hubiera luchado contra un tribuno de la plebe demente, tendría que combatir contra los cónsules y los demás vengadores de aquel.
44
Yo, en verdad, incluso si hubiera tenido que perecer y no recibir una herida sanable para mí, pero mortal para quien la hubiera infligido, habría preferido, jueces, perecer una vez antes que vencer dos veces; pues aquella otra contienda era de tal naturaleza que ni vencidos ni vencedores habríamos podido mantener la república.¿ Qué, si en la primera contienda, vencido por la fuerza tribunicia, hubiera caído en el foro con muchos hombres de bien? Los cónsules, creo, habrían convocado al senado, al cual habían borrado por completo de la ciudad; habrían llamado a las armas a quienes no habían permitido defender la república ni siquiera con el cambio de vestimenta; se habrían opuesto al tribuno de la plebe después de mi muerte, ellos que habían querido que la misma hora fuera la de mi perdición y la de sus recompensas.
45
Me quedaba, sin embargo, una cosa que quizás algún hombre fuerte, de espíritu agudo y grande, dirá: habrías resistido, habrías luchado, habrías buscado la muerte combatiendo. Sobre esto, te invoco a ti, patria, y a vosotros, penates y dioses patrios, que por causa de vuestras sedes y templos, y por la salvación de mis conciudadanos, que siempre me fue más querida que mi propia vida, huí de la lucha y la matanza. Pues si me hubiera sucedido esto navegando en alguna nave con mis amigos, jueces, que muchos piratas de muchos lugares amenazaran con hundir esa nave con sus flotas si no me entregaban a mí solo, si los pasajeros se negaran y prefirieran perecer conmigo antes que entregarme a los enemigos, yo mismo me habría arrojado al abismo para salvar a los demás, antes que llevar a aquellos tan deseosos de mí no solo a una muerte segura, sino a un gran peligro de vida.
46
Cuando, en verdad, en esta nave de la república, flotando en alta mar por las tempestades de las sediciones y discordias tras haber sido arrebatado el timón al senado, tantas flotas armadas parecían dispuestas a incursionar si yo no era entregado, cuando se anunciaban proscripciones, matanzas y saqueos, cuando unos no me defendían por sospecha de su propio peligro, otros eran incitados por el viejo odio a los hombres de bien, otros me envidiaban, otros pensaban que yo les estorbaba, otros querían vengar algún dolor propio, otros odiaban la república misma y este estado de los hombres de bien y la paz, y por estas causas tan numerosas y variadas me reclamaban a mí solo,¿ debía luchar con el mayor peligro, no diré ruina, pero ciertamente peligro vuestro y de vuestros hijos, antes que asumir y soportar yo solo por todos lo que amenazaba a todos?
47
Habrían sido vencidos los malvados. Pero,¿ los ciudadanos?¿ Y por aquel particular que, sin armas, incluso siendo cónsul, había conservado la república? Pero si hubieran sido vencidos los hombres de bien,¿ quiénes habrían quedado?¿ No veis que la situación habría llegado a los esclavos?¿ O es que, como algunos piensan, yo mismo debía haber buscado la muerte con ánimo sereno?¿ Qué?¿ Entonces huía de la muerte?¿ O había algo que pudiera considerar más deseable para mí?¿ O acaso, cuando realizaba aquellas grandes acciones en medio de tal multitud de malvados, no tenía ante mis ojos la muerte, no el exilio?¿ No eran estas cosas las que yo mismo cantaba entonces como destinos mientras realizaba la acción?¿ O es que, en medio de tanto luto de los míos, tanta separación, tanta amargura, tanto despojo de todas las cosas que la naturaleza o la fortuna me habían dado, debía retener la vida?¿ Era tan rudo, tan ignorante de las cosas, tan falto de consejo o ingenio?¿ No había oído nada, no había visto nada, no había conocido nada yo mismo leyendo e investigando?¿ No sabía que el curso de la vida es breve, el de la gloria sempiterno?¿ Cuando la muerte estaba definida para todos, no era deseable que la vida, que se debía a la necesidad, pareciera donada a la patria antes que reservada a la naturaleza?¿ No sabía que entre los hombres más sabios ha existido esta contienda, que unos decían que los ánimos y sentidos de los hombres se extinguen con la muerte, mientras que otros decían que entonces, sobre todo, las mentes de los sabios y varones fuertes, al salir del cuerpo, sienten y prosperan? De los cuales, lo uno, carecer de sentido, no debe ser huido, y lo otro, tener mejor sentido, debe ser incluso deseado.
48
En fin, habiendo referido siempre todo a la dignidad y habiendo pensado que nada en la vida es deseable para el hombre sin ella,¿ temería yo, varón consular, habiendo realizado tan grandes cosas, la muerte, que incluso se dice que las vírgenes en Atenas, hijas del rey Erecteo, creo, despreciaron por la patria? Especialmente cuando era de aquella ciudad de la que C. Mucio vino solo al campamento de Porsena e intentó matarlo, habiéndose propuesto la muerte; de la que P. Decio, primero el padre, y después de algunos años el hijo, dotado de la virtud patria, se consagró a sí mismo y a su vida ante el ejército formado por la salvación y victoria del pueblo romano; de la que innumerables otros, en parte por alcanzar la gloria, en parte por evitar la deshonra, buscaron la muerte en diversas guerras con ánimo muy sereno; en cuya ciudad yo mismo recordaba que el padre de este M. Craso, varón valientísimo, para no ver vivo al enemigo vencedor, se quitó la vida con la misma mano con la que a menudo había ofrecido la muerte a los enemigos.
49
Pensando en esto y en muchas otras cosas, veía que, si mi muerte hubiera destruido la causa pública, no habría nadie que se atreviera a emprender la salvación de la república contra los ciudadanos malvados; por tanto, no solo si hubiera muerto por la fuerza, sino incluso si hubiera muerto por enfermedad, pensaba que el ejemplo de conservar la república perecería conmigo. Pues,¿ quién, si yo no hubiera sido restituido por el senado y el pueblo romano con tanto celo de todos los hombres de bien— lo cual, ciertamente, si hubiera sido muerto, no habría podido suceder—, se atrevería a tocar ninguna parte de la república con su mínima envidia? Salvé, pues, la república con mi partida, jueces: alejé de vosotros y de vuestros hijos la matanza, la devastación, los incendios, los saqueos con mi dolor y luto, y yo solo salvé la república dos veces, una con mi gloria, otra con mi aflicción. Y no negaré nunca que en esto soy hombre, al gloriarme de haber carecido sin dolor de mi excelente hermano, de mis queridísimos hijos, de mi fidelísima esposa, de vuestra presencia, de la patria, de este grado de honor; pues si lo hubiera hecho,¿ qué beneficio tendríais de mí, habiendo dejado por vosotros aquellas cosas que para mí eran viles? Esto, en mi ánimo, debe ser la señal más cierta de mi máximo amor a la patria, que, no pudiendo estar ausente de ella sin el mayor dolor, preferí soportar esto a que ella fuera socavada por los malvados.
50
Recordaba, jueces, que aquel varón divino, nacido de las mismas raíces que nosotros para la salvación de este imperio, C. Mario, en su extrema vejez, tras haber huido de la fuerza de armas casi justas, primero ocultó su cuerpo anciano sumergido en pantanos, después se refugió en la misericordia de los hombres más humildes y tenues de Minturno, y desde allí, en una nave muy pequeña, huyendo de todos los puertos y tierras, llegó a las costas más desiertas de África. Y él reservó su vida, para no quedar sin venganza, a una esperanza muy incierta y a la ruina de la república: yo, que, como muchos dijeron en el senado estando yo ausente, vivía por el peligro de la república, y que por esa causa era encomendado a las naciones extranjeras por cartas consulares según el parecer del senado,¿ no habría traicionado a la república si hubiera abandonado mi vida? En la cual, ahora que he sido restituido, vive conmigo el ejemplo de la lealtad pública; y si esta se mantiene inmortal,¿ quién no entiende que esta ciudad será inmortal?
51
Pues las guerras externas de reyes, pueblos y naciones hace tiempo que se extinguieron de tal modo que tratamos excelentemente con aquellos a quienes permitimos estar en paz; en fin, de la victoria bélica casi nadie ha cosechado la envidia de los ciudadanos. A menudo hay que resistir a los males domésticos y a los planes de ciudadanos audaces, y en la conservación de la república está el remedio para esos peligros; el cual, jueces, habríais perdido todo si con mi muerte se os hubiera arrebatado al senado y al pueblo romano la potestad de declarar su dolor por mí. Por lo cual os aconsejo, jóvenes, y os lo ordeno por este mi derecho, vosotros que miráis la dignidad, la república y la gloria, que no seáis más lentos y que, por el recuerdo de mi caso, no huyáis de los planes valientes si alguna vez la necesidad os llama a defender la república contra ciudadanos malvados.
52
Primero, no hay peligro de que alguien caiga alguna vez en cónsules de este tipo, especialmente si se les paga lo que se les debe. Después, nunca más, espero, alguien malvado dirá que ataca a la república con el consejo y ayuda de los buenos mientras ellos callan, ni opondrá el terror de ejércitos armados a los togados; ni habrá causa justa para que un general sentado a las puertas permita que su terror sea lanzado y opuesto falsamente. Nunca, además, estará el senado tan oprimido que no tenga ni siquiera la potestad de suplicar y lamentarse, ni el orden ecuestre tan capturado que los caballeros romanos sean relegados por un cónsul. Habiendo sucedido todas estas cosas y otras mucho mayores, que omito deliberadamente, veis que, sin embargo, he sido revocado a mi dignidad anterior en poco tiempo, tras un intervalo de dolor, por la voz de la república.
53
Pero para volver a lo que me he propuesto en todo este discurso, que la república fue destruida aquel año por el crimen de los cónsules, primero, aquel mismo día que fue funesto para mí y luctuoso para todos los hombres de bien, cuando me arranqué del abrazo de la patria y de vuestra vista, y por miedo a vuestro peligro, no al mío, cedí a la furia de un hombre, a su crimen, a su perfidia, a sus armas y amenazas, y dejé a la patria, que me era queridísima, por el amor a la patria misma, cuando mi caso, tan horrible, tan grave, tan repentino, lo lamentaban no solo los hombres sino los edificios de la ciudad y los templos, y ninguno de vosotros quería mirar el foro, la curia, la luz: en ese día, digo—¿ digo día? más bien en la misma hora e incluso en el mismo instante—, se decretó mi perdición y la de la república, y se asignó la provincia a Gabinio y Pisón.¡ Oh dioses inmortales, guardianes y conservadores de esta ciudad y del imperio, qué monstruos, qué crímenes habéis visto en la república! Un ciudadano era expulsado, aquel que había defendido la república según la autoridad del senado con todos los hombres de bien, y expulsado no por otro crimen, sino por ese mismo; era expulsado sin juicio, por la fuerza, por piedras, por hierro, en fin, por la servidumbre excitada; se había aprobado una ley habiendo devastado y abandonado el foro y entregado a sicarios y esclavos, y esa ley que, para que no fuera aprobada, el senado había cambiado sus vestiduras.
54
En esta gran perturbación de la ciudad, los cónsules no permitieron que pasara ni siquiera una noche entre mi perdición y su botín: inmediatamente, al ser yo golpeado, volaron para beber mi sangre y, respirando aún la república, para arrebatar sus despojos. Omito las felicitaciones, los banquetes, el reparto del tesoro, los beneficios, la esperanza, las promesas, el botín, la alegría de pocos en el luto de todos. Mi esposa era vejada, mis hijos buscados para la muerte, mi yerno, y Pisón mi yerno, era rechazado como suplicante de los pies del cónsul Pisón, los bienes eran saqueados y llevados a los cónsules, mi casa ardía en el Palatino: los cónsules banqueteaban. Y si se alegraban de mis infortunios, al menos deberían haberse conmovido por el peligro de la ciudad.
55
Pero para alejarme ya de mi causa, recordad las demás pestes de aquel año— pues así percibiréis más fácilmente cuánta fuerza de todos los remedios necesitó la república de los magistrados recientes—, la multitud de leyes, tanto las que fueron aprobadas como las que fueron promulgadas. Pues fueron aprobadas bajo aquellos cónsules—¿ diré callando? más bien aprobando; para que la nota censoria y el juicio gravísimo del magistrado más santo sobre la república fuera eliminado, para que los colegios no solo fueran restituidos contra el senadoconsulto, sino que por un solo gladiador fueran inscritos innumerables otros nuevos, para que, habiendo remitido los sextantes y trientes, se eliminara casi la quinta parte de los ingresos, para que a Gabinio se le diera Siria por aquella su Cilicia, que se había pactado si traicionaba a la república, y para que a un solo glotón se le diera, mediante una nueva ley, la potestad de deliberar dos veces sobre el mismo asunto y de cambiar de provincia una vez aprobada la ley.
56
Omito aquella ley que eliminó todos los derechos de las religiones, de los auspicios, de las potestades, todas las leyes que son sobre el derecho y el tiempo de proponer leyes, en una sola rogativa; omito toda la corrupción doméstica: veíamos incluso a las naciones extranjeras sacudidas por la furia de aquel año. Por ley tribunicia, aquel sacerdote de Pesino de la Madre Magna fue expulsado y despojado del sacerdocio, y el templo de las religiones más santas y antiguas fue vendido por una gran suma de dinero a Brogitaro, hombre impuro e indigno de esa religión, especialmente cuando él la había buscado no para honrarla, sino para violarla; reyes fueron llamados por el pueblo, lo cual nunca habían pedido ni siquiera al senado; fueron reducidos los exiliados de Bizancio, condenados entonces cuando ciudadanos no condenados eran expulsados de la ciudad.
57
El rey Ptolomeo, que, si aún no había sido llamado aliado por el senado, era sin embargo hermano de aquel rey que, estando en la misma causa, ya había obtenido ese honor del senado, era del mismo linaje y de los mismos antepasados, de la misma antigüedad de alianza, en fin, era rey, si no aliado, al menos no enemigo; pacífico, tranquilo, confiado en el imperio del pueblo romano, disfrutaba de su reino paterno y avito y del ocio real: sobre este, que no pensaba nada, que no sospechaba nada, con el voto de los mismos sicarios, se rogó que, sentado con la púrpura y el cetro y aquellas insignias reales, fuera sometido a un pregonero público, y, bajo el mando del pueblo romano, que incluso acostumbra devolver los reinos a los reyes vencidos en guerra, un rey amigo, sin haberse conmemorado ninguna injuria, sin haber reclamado nada, fuera confiscado con todos sus bienes.
58
Muchas cosas amargas, muchas vergonzosas, muchas turbulentas tuvo aquel año; sin embargo, no sé si podemos decir rectamente que esto es lo más próximo a aquel crimen que la inmensidad de ellos cometió contra mí. A aquel Antíoco Magno, nuestros antepasados, superado tras una gran contienda bélica por tierra y mar, le ordenaron reinar dentro del monte Tauro: Asia, con la que lo multaron, se la concedieron a Átalo para que reinara en ella. Con el rey de los armenios, Tigranes, hemos tenido recientemente una guerra grave y duradera, cuando él nos había provocado casi a la guerra infiriendo injurias a nuestros aliados. Este fue vehemente por sí mismo y defendió con sus recursos y reino a Mitrídates, enemigo acérrimo de este imperio, expulsado del Ponto, y, expulsado por L. Lúculo, varón y general supremo, permaneció sin embargo con ánimo hostil con sus tropas restantes en su mente original. A este, Cn. Pompeyo, al verlo suplicante y abatido en su campamento, lo levantó, y le repuso la insignia real que él había arrojado de su cabeza, y le ordenó reinar, y no consideró menos glorioso para sí y para este imperio ver a un rey constituido por él que constreñido.
59
Quien también fue enemigo del pueblo romano y recibió en su reino a un enemigo acérrimo, quien luchó, quien enfrentó las enseñas, quien casi disputó el imperio, reina hoy y ha obtenido con súplicas el nombre de amistad y alianza, que había violado con las armas: aquel pobre chipriota, que siempre fue amigo, siempre aliado, de quien nunca se ha traído ninguna sospecha más dura ni al senado ni a nuestros generales, es, como dicen, confiscado vivo y viendo, con su sustento y vestimenta.¡ He aquí por qué los demás reyes pueden pensar que su fortuna es estable, cuando ven con este ejemplo traicionado de aquel año funesto que, por medio de algún tribuno y seiscientos sicarios, pueden ser despojados de sus fortunas y desnudados de todo su reino!
60
Pero incluso con ese asunto quisieron manchar el esplendor de M. Catón, ignorantes de lo que valía la gravedad, la integridad, la grandeza de ánimo, en fin, la virtud, que en la tempestad salvaje está tranquila y brilla en las tinieblas y, expulsada de su lugar, permanece sin embargo y se adhiere a la patria y resplandece por sí misma siempre, y nunca se vuelve obsoleta por las suciedades ajenas. No pensaron que M. Catón debía ser honrado, sino relegado, ni que ese asunto debía ser confiado a él, sino impuesto, ellos que en la asamblea dijeron abiertamente que habían arrancado la lengua a M. Catón, que siempre había sido libre contra las potestades extraordinarias. Sentirán, espero, en poco tiempo que esa libertad permanece, y que es incluso, si fuera posible, mayor, porque, aun cuando M. Catón ya había desesperado de que se pudiera lograr algo con su autoridad ante aquellos cónsules, luchó sin embargo con su propia voz y dolor, y después de mi partida vejó a Pisón con tales palabras, llorando mi caso y el de la república, que aquel hombre perdidísimo e impudentísimo casi se arrepentía ya de su provincia.
61
¿ Por qué, pues, obedeció a la rogativa?¡ Como si él no hubiera jurado ya antes otras leyes que consideraba injustamente propuestas! Él no se ofrece a esas temeridades para que, no aprovechando nada a la república, se prive a sí mismo de la república como ciudadano. Siendo yo cónsul, cuando era tribuno de la plebe designado, ofreció su vida al peligro; dijo aquella sentencia cuya envidia veía que debía soportar con peligro de su vida; habló vehementemente, actuó con ardor; puso ante sí lo que sentía; fue guía, autor, actor de aquellas cosas, no porque no viera su peligro, sino porque en tal tempestad de la república pensaba que no debía pensar en nada más que en los peligros de la patria.
62
Siguió su tribunado.¿ Qué diré de su singular grandeza de ánimo y de su increíble virtud? Recordáis aquel día cuando, ocupado el templo por su colega, temiendo todos nosotros por la vida de aquel varón y ciudadano, él mismo, con ánimo firmísimo, vino al templo y calmó el clamor de los hombres con su autoridad y el ataque de los malvados con su virtud. Afrontó entonces el peligro, pero lo afrontó por una causa que no es necesario que yo diga ahora cuán grande fue. Pero si no hubiera obedecido a esa rogativa chipriota tan criminal, la deshonra de la república se adheriría no menos; pues, ya confiscado el reino, se había rogado nominalmente sobre el mismo Catón; si él lo hubiera repudiado,¿ dudáis de que se le habría aplicado la fuerza, cuando todos los actos de aquel año parecían ser socavados por él solo?
63
Y veía también esto, puesto que aquella mancha de la república, el reino confiscado, permanecía, la cual nadie podía ya lavar, que lo que de los males pudiera llegar de bueno a la república, era más útil que se conservara por él mismo antes que ser disipado por otros. Y él, incluso si fuera expulsado por cualquier otra fuerza en aquellos tiempos de esta ciudad, lo soportaría fácilmente. Pues,¿ quién, habiendo carecido el año anterior del senado, donde si viniera entonces podría verme sin embargo como aliado de sus planes en la república, podría estar con ánimo sereno en esta ciudad, expulsado yo y condenado en mi nombre tanto con todo el senado como con su propia sentencia? Él, en verdad, cedió al mismo tiempo que nosotros, a la misma furia, a los mismos cónsules, a las mismas amenazas, emboscadas y peligros. Nosotros absorbimos un luto mayor, él no menor dolor de ánimo.
64
Sobre estas tantas y tan grandes injurias a los aliados, a los reyes, a las ciudades libres, debió ser la queja de los cónsules: bajo la tutela de ese magistrado siempre han estado los reyes y las naciones extranjeras.¿ Alguna vez se oyó alguna voz de los cónsules? Aunque,¿ quién los oiría, si quisieran quejarse al máximo?¿ Se quejarían del rey chipriota, ellos que a mí, ciudadano, sin ningún crimen mío, sufriendo por el nombre de la patria, no solo no me defendieron estando en pie, sino que ni siquiera me protegieron estando caído? Había cedido, si queréis que la plebe fuera ajena a mí, lo cual no fue, a la envidia; si todo parecía conmoverse, al tiempo; si había fuerza subyacente, a las armas; si la alianza de los magistrados, al pacto; si el peligro de los ciudadanos, a la república.
65
¿ Por qué, cuando se proponía una proscripción sobre la cabeza de un ciudadano— no discuto de qué clase de ciudadano— y sobre sus bienes, cuando estaba consagrado tanto por las leyes sagradas como por las doce tablas que no era lícito imponer un privilegio a nadie ni rogar sobre la cabeza de nadie si no era en los comicios centuriados, no se oyó ninguna voz de los cónsules, y se estableció aquel año, tanto como estuvo en esas dos pestes de este imperio, que por derecho podían, mediante sicarios excitados, cualquier ciudadano ser expulsado nominalmente de la ciudad por el concilio de la plebe?
66
¿ Qué diré de lo que fue promulgado aquel año, qué de lo prometido a muchos, qué de lo inscrito, qué de lo esperado, qué de lo pensado?¿ Qué lugar del orbe de la tierra no estaba ya destinado a alguien?¿ De qué asunto público se pudo pensar, desear, fingir una gestión que no estuviera atribuida y distribuida?¿ Qué género de mando o qué provincia, qué método de acuñar o de fundir dinero no se encontraba?¿ Qué región u orilla de tierras era más ancha en la que no se estableciera algún reino?¿ Qué rey, además, era el que aquel año no pensaba que debía comprar lo que no tenía, o redimir lo que tenía?¿ Quién pedía al senado una provincia, quién dinero, quién una legación? Se preparaba la restitución de los condenados por violencia, la petición del consulado para aquel mismo sacerdote popular. Esto gemían los buenos, esperaban los malvados, actuaba el tribuno de la plebe, ayudaban los cónsules.
67
Aquí, finalmente, más tarde de lo que él mismo querría, Cn. Pompeyo, muy a pesar de aquellos que habían apartado la mente del mejor y más valiente varón de la defensa de mi salvación con sus consejos y terrores fingidos, excitó aquella su costumbre de gestionar bien la república, no dormida, sino retardada por alguna sospecha. No permitió aquel varón, que había domado con su virtud y victoria a los ciudadanos más criminales, a los enemigos más acérrimos, a las naciones más grandes, a los reyes, a las gentes fieras e inauditas, a la infinita banda de piratas, que incluso había domado a los esclavos, que, habiendo comprimido todas las guerras por tierra y mar, había definido el imperio del pueblo romano con los límites del orbe de la tierra, que la república fuera derribada por el crimen de pocos, a la cual él mismo había salvado a menudo no solo con sus consejos sino también con su sangre: se acercó a la causa pública, resistió con su autoridad a las demás cosas, se quejó de lo pasado.
68
Pareció producirse cierta inclinación hacia una esperanza mejor. El senado decretó frecuentemente sobre mi regreso en las calendas de junio, sin que nadie disintiera, siendo ponente L. Ninio, cuya lealtad y virtud nunca temblaron en mi causa. Intercedió aquel Ligur, no sé quién, un añadido de mis enemigos. El asunto y nuestra causa estaban ya en tal lugar que parecía levantar los ojos y vivir. Quienquiera que hubiera tocado alguna parte del crimen de Clodio en mi luto, a dondequiera que hubiera ido, cualquier juicio que hubiera sufrido, era condenado: no se encontraba a nadie que confesara haber votado sobre mí. Había regresado de Asia mi hermano con gran miseria, pero con mucho mayor dolor. A este, que venía a la ciudad, toda la ciudadanía había salido al encuentro con lágrimas y gemidos. El senado hablaba más libremente; los caballeros romanos se reunían; aquel Pisón, mi yerno, a quien no se le permitió obtener el fruto de su piedad ni de mí ni del pueblo romano, reclamaba a su suegro de su pariente; el senado rechazaba todo, a menos que los cónsules hubieran informado primero sobre mí.
69
Cuando este asunto ya se sostenía en las manos, y cuando los cónsules, mediante el pacto de las provincias, habían perdido toda libertad— quienes, cuando en el senado se les exigía como particulares que dieran su opinión sobre mí, decían que temían a aquella ley Clodia—, al no poder soportar esto por más tiempo, se urde un plan para el asesinato de Cneo Pompeyo. Una vez descubierto esto y confiscado el hierro, él permaneció encerrado en su casa tanto tiempo como mi enemigo en el tribunado. Ocho tribunos promulgaron sobre mi regreso; de lo cual se comprendió que, en mi ausencia, no habían crecido mis amigos, especialmente en aquella fortuna en la que algunos que yo había pensado que eran, no lo eran, sino que ellos siempre habían tenido la misma voluntad, pero no siempre la misma libertad; pues de los nueve tribunos que entonces había tenido, uno se desvió en mi ausencia, el cual se apropió de un sobrenombre de las imágenes de los Elios, para parecer más de esa nación que de su linaje.
70
En este año, pues, designados los nuevos magistrados, cuando todos los hombres de bien habían volcado toda su esperanza de un mejor estado en su lealtad, el príncipe Publio Léntulo, con su autoridad y dictamen, oponiéndose Pisón y Gabinio, asumió la causa y, siendo referida por ocho tribunos de la plebe, pronunció un dictamen excelentísimo sobre mí. Quien, aunque veía que pertenecía más a su propia gloria y al agradecimiento por un beneficio amplísimo reservar aquella causa íntegra para su consulado, prefería, sin embargo, que un asunto tal se concluyera más rápidamente por otros que más lentamente por sí mismo.
71
En este ínterin, jueces, Publio Sestio, siendo designado, emprendió un viaje hacia Cayo César por mi salvación; pensó que pertenecía tanto a la concordia de los ciudadanos como a la posibilidad de lograrlo el que el ánimo de César no fuera adverso a la causa. Qué hizo, cuánto logró, nada tiene que ver con la causa. Por mi parte, opino que, si él, como creo, nos fue equitativo, nada se logró por parte de este, y si fue más iracundo, no mucho; pero, sin embargo, veis la diligencia y la integridad del hombre. Entro ya en el tribunado de Sestio, pues este primer viaje lo emprendió siendo designado por causa de la república; aquel año pasó; los hombres parecían haber respirado, no todavía por el hecho, sino por la esperanza de recuperar la república. Salieron con malos augurios y maldiciones dos buitres vestidos con paludamento.¡ Ojalá les hubiera sucedido a ellos mismos lo que entonces los hombres imploraban! No habríamos perdido la provincia de Macedonia con el ejército, ni la caballería en Siria y las excelentes cohortes.
72
Entran en su magistratura los tribunos de la plebe, quienes todos habían confirmado que promulgarían sobre mí. De ellos, el principal es comprado por mis enemigos, aquel a quien los hombres, burlándose en el duelo, llamaban Graco, puesto que fue también destino de la ciudad que aquella comadreja extraída de entre los matorrales intentara roer la república. El otro, en cambio, no aquel Serrano del arado, sino injertado desde el desierto campo de Gayo Olelio, tras haber sido llamados los Gavios a los Atilios Calatinos, de repente, al inscribir los nombres en las tablas, retiró su nombre de la tabla. Llegan las calendas de enero. Vosotros podéis saber esto mejor, yo, por mi parte, digo lo que he oído: qué concurrencia de senado hubo entonces, qué expectación del pueblo, qué reunión de legados de toda Italia, qué virtud, qué actuación, qué gravedad la del cónsul Publio Léntulo, y cuál también la moderación de su colega respecto a mí. Quien, tras haber dicho que las enemistades conmigo habían sido asumidas por la disensión de la república, dijo que las dejaría a los padres conscriptos y a los tiempos de la república.
73
Entonces, preguntado por su dictamen, el príncipe Lucio Cotta dijo lo que era más digno de la república: que nada se había hecho sobre mí conforme a derecho, nada según la costumbre de los antepasados, nada según las leyes; que nadie puede ser eliminado de la ciudadanía sin juicio; que sobre la vida no solo no se puede votar, sino que ni siquiera se puede juzgar si no es en los comicios centuriados; que aquello había sido violencia, la llama de una república sacudida y de tiempos perturbados; que, habiendo sido suprimidos el derecho y los juicios, y ante una gran permutación de las cosas, yo me había retirado un poco y, con la esperanza de la tranquilidad restante, había huido de los presentes oleajes y de la tempestad; por lo cual, como ausente había liberado a la república de peligros no menos grandes que en cierto tiempo estando presente, era decoroso que el senado no solo me restituyera, sino que también me honrara. Disertó también muchas cosas con prudencia, sobre cómo aquel hombre, el más demente y el más profligado enemigo del pudor y de la castidad, había escrito lo que había escrito, con tales palabras, hechos y sentencias que, incluso si se hubiera solicitado conforme a derecho, sin embargo, no podría tener fuerza; por lo cual, yo, que no estaba ausente por ninguna ley, no debía ser restituido por ley, sino revocado por la autoridad del senado.
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No había nadie que no dijera que este sentía con toda verdad. Pero, preguntado después de él, Cneo Pompeyo, aprobada y alabada la sentencia de Cotta, dijo que él, por causa de mi descanso, para que me librara de toda agitación popular, opinaba que al beneficio del senado se añadiera también el beneficio del pueblo romano hacia mí. Cuando todos, compitiendo, habían hablado uno tras otro con mayor gravedad y ornato sobre mi salvación y se realizaba la votación sin ninguna variación, se levantó, como sabéis, este Atilio Gaviano; y no se atrevió, habiendo sido comprado, a interceder; pidió una noche para deliberar. Clamor del senado, quejas, súplicas, el suegro arrojado a sus pies. Él afirmaba que al día siguiente no haría ninguna demora. Se le creyó; se disolvió la sesión. Aquel, mientras tanto, al deliberador se le duplicó la recompensa tras la larga noche interpuesta. Siguieron pocos días en total en el mes de enero durante los cuales se permitía celebrar senado; pero, sin embargo, no se trató nada más que de mí.
75
Cuando toda demora, burla y calumnia impedían la autoridad del senado, llegó finalmente el día de tratar sobre mí en el concilio, el 25 de enero. El príncipe de la propuesta, hombre muy amigo mío, Quinto Fabricio, ocupó el templo bastante antes del amanecer. Sestio, aquel que es acusado de violencia, estuvo tranquilo ese día; este actor y defensor de mi causa no avanza nada, espera los planes de mis enemigos.¿ Qué? Aquellos por cuyo consejo Publio Sestio es llamado a juicio,¿ cómo se comportan? Cuando hubieron ocupado el foro, el comicio y la curia desde muy de noche con hombres armados y la mayoría esclavos, hacen un ataque contra Fabricio, ponen manos encima, matan a algunos, hieren a muchos.
76
Al hombre óptimo y constantísimo, Marco Cispio, tribuno de la plebe, que venía al foro, lo rechazan por la fuerza, realizan una matanza máxima en el foro, y todos, con las espadas desenvainadas y ensangrentadas, buscaban con los ojos en todas las partes del foro a mi hermano, hombre óptimo, fortísimo y amante de mí, y lo reclamaban a voces. A cuyas armas él, en tanto duelo y deseo de mí, habría ofrecido gustosamente su cuerpo, no por causa de resistir, sino de morir, si no hubiera reservado su vida para la esperanza de mi regreso. Sufrió, sin embargo, aquella violencia nefaria de los bandidos criminales y, cuando había venido a suplicar al pueblo romano por la salvación de su hermano, expulsado de la tribuna, yacía en el comicio y se cubrió con los cuerpos de esclavos y libertos, y defendió entonces su vida con el refugio de la noche y la huida, no con el derecho y los juicios.
77
Recordáis entonces, jueces, que el Tíber se llenaba con los cuerpos de los ciudadanos, que las cloacas se atascaban, que la sangre se limpiaba del foro con esponjas, de modo que todos pensaran que aquella cantidad tan grande y aquel aparato tan magnífico no era privado o plebeyo, sino patricio y pretorio. No acusáis a Sestio de nada ni antes de este tiempo ni en este mismo día tan turbulento. Y, sin embargo, la violencia se ejerció en el foro. Ciertamente;¿ cuándo hubo una mayor? Hemos visto muy a menudo pedradas, no tan a menudo, pero demasiado a menudo, espadas: pero una matanza tan grande, tantos montones de cuerpos amontonados, a no ser quizás en aquel día de Cinna y Octavio,¿ quién la vio jamás en el foro?¿ De qué agitación de ánimos? Pues de la pertinacia o constancia del intercesor surge a menudo la sedición, por culpa e impropiedad del proponente, propuesto algún beneficio a los ignorantes o por largueza, surge de la concertación de los magistrados, surge poco a poco primero del clamor, luego de alguna disensión de la asamblea, apenas tarde y raramente se llega a las manos: pero, sin haberse dicho ninguna palabra, sin haberse convocado ninguna asamblea, sin haberse leído ninguna ley,¿ quién oyó hablar de una sedición nocturna provocada?
78
¿ O es verosímil que un ciudadano romano o cualquier hombre libre haya bajado al foro con espada antes del amanecer para no permitir que se votara sobre mí, aparte de aquellos que desde hace mucho tiempo son cebados con la sangre de la república por aquel ciudadano pestífero y perdido? Aquí pregunto ya sobre el mismo acusador, que se queja de que Publio Sestio estuvo en el tribunado con una multitud y con una gran guardia,¿ estuvo él aquel día? Ciertamente no estuvo. Fue vencida, pues, la causa de la república, y vencida no por auspicios, no por intercesión, no por sufragios, sino por la fuerza, por la mano, por el hierro. Pues si aquel pretor que había dicho que había observado el cielo hubiera anunciado contra Fabricio, la república habría recibido una herida, pero una que podría gemir por haber sido recibida; si el colega hubiera intercedido contra Fabricio, habría dañado a la república, pero la habría dañado con derecho tribunicio.¿ Tú envías antes del amanecer a gladiadores novicios, supuestos para la esperada edilidad, con sicarios liberados de la cárcel?¿ Expulsas a los magistrados del templo, realizas una matanza máxima, purgas el foro?¿ Y cuando has hecho todo con fuerza y armas, acusas a quien se protegió con una guardia, no para atacarte a ti, sino para poder defender su propia vida?
79
Y, sin embargo, ni siquiera desde aquel tiempo Sestio hizo eso para que, protegido por los suyos, ejerciera con seguridad su magistratura en el foro y administrara la república. Por tanto, confiado en la santidad del tribunado, al pensar que estaba armado por las leyes sagradas no solo contra la fuerza y el hierro, sino también contra las palabras y la interrupción, vino al templo de Cástor, anunció contra el cónsul: cuando de repente aquella banda clodiana, victoriosa ya a menudo en la matanza de ciudadanos, exclama, se incita, invade; unos atacan al tribuno inerme e impreparado con espadas, otros con fragmentos de los cercados y garrotes; por los cuales este, habiendo recibido muchas heridas y debilitado y destrozado su cuerpo, se arrojó exánime, y no apartó la muerte de sí por ninguna otra cosa sino por la opinión de su muerte. A quien, al verlo tendido y cortado por muchísimas heridas, exangüe y acabado en su último aliento, dejaron de golpear finalmente más por cansancio y error que por misericordia y modo.
80
¿ Y Sestio responde de la causa de violencia?¿ Por qué así? Porque vive. Pero eso no es por su culpa: faltó aquella única herida extrema, que si hubiera llegado, habría agotado el resto del aliento. Acusa a Lentidio; no golpeó el lugar; insulta al hombre reatino, por qué exclamó tan temerariamente que estaba muerto. Pero a él mismo,¿ por qué lo acusas?¿ Acaso faltó a las espadas?¿ Acaso resistió?¿ Acaso, como se suele ordenar a los gladiadores, no recibió el hierro?¿ O es esto mismo violencia, no poder morir?¿ O aquello, que el tribuno de la plebe ensangrentó el templo?¿ O que, cuando fue llevado y recobró el sentido por primera vez, no ordenó que lo llevaran de vuelta?¿ Dónde está el crimen?¿ Qué es lo que reprocháis?
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Aquí pregunto, jueces: si aquel día aquel linaje clodiano hubiera hecho lo que quiso hacer, si Publio Sestio, que fue dejado por muerto, hubiera sido muerto,¿ habríais ido vosotros a las armas?¿ Habríais ido vosotros a despertar aquel ánimo patrio y la virtud de los antepasados?¿ Habríais ido finalmente a recuperar la república de un funesto bandido?¿ O incluso entonces estaríais quietos, dudaríais, temeríais, cuando vierais que la república estaba oprimida y pisoteada por los sicarios más criminales y por esclavos?¿ De cuya muerte, pues, os vengaríais, si es que pensabais ser libres y tener una república, sobre su virtud, estando vivo,¿ pensáis que se debe dudar de lo que vosotros debéis hablar, sentir, pensar y juzgar?
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Pero, en verdad, aquellos mismos parricidas, cuyo desenfrenado furor es alimentado por la impunidad duradera, habían temido tanto la fuerza de su crimen que, si la opinión de la muerte de Sestio hubiera durado un poco más, habrían pensado en matar a aquel Graco suyo para trasladar el crimen a nosotros. Se dio cuenta el rústico no incauto— pues los hombres malvados no pudieron callar— de que se buscaba su sangre para extinguir la envidia del crimen clodiano; tomó la capa de mulero con la que había venido primero a Roma a los comicios; se cubrió con una cesta de segador. Cuando unos buscaban a Numerio, otros a Quintio, se salvó por el error del nombre gemelo. Y esto lo sabéis todos, que el hombre estuvo en peligro hasta que se supo que Sestio vivía; lo cual, si no se hubiera descubierto un poco antes de lo que yo quisiera, no habrían podido ellos, ciertamente, con la muerte de su mercenario, trasladar la envidia a quienes pensaban, pero habrían disminuido la infamia del acerbísimo crimen con un crimen grato.
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Y si entonces Publio Sestio, jueces, hubiera entregado en el templo de Cástor el alma que apenas retuvo, no dudo que, si al menos hubiera un senado en la república, si la majestad del pueblo romano hubiera revivido, finalmente se erigiría una estatua en el foro a este, muerto por la república. Y, en verdad, ninguno de aquellos a quienes veis colocados en aquel lugar y en la tribuna por nuestros antepasados tras haber muerto, debería ser antepuesto a Publio Sestio ni por la amargura de la muerte ni por el ánimo hacia la república; quien, cuando había asumido la causa de un ciudadano calamitoso, la causa de un amigo, la causa de uno que bien mereció de la república, la causa del senado, la causa de Italia, la causa de la república, y cuando, obedeciendo a los auspicios y a la religión, anunciaba lo que había sentido, fue muerto a plena luz por nefarias pestes a la vista de dioses y hombres en el templo más santo, en la causa más santa, en la magistratura más santa.¿ Quién dirá, pues, que debe ser despojado de sus ornamentos la vida de aquel cuya muerte pensabais que debía ser adornada con un monumento sempiterno?
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Hombres, dice, compraste, reuniste, preparaste.¿ Para qué para que hiciera?¿ Para que sitiara el senado?¿ Para que expulsara a ciudadanos no condenados?¿ Para que saqueara bienes?¿ Para que incendiara edificios?¿ Para que derribara techos?¿ Para que inflamara los templos de los dioses inmortales?¿ Para que expulsara a los tribunos de la plebe con hierro de la tribuna?¿ Para que vendiera las provincias que quisiera a quien quisiera?¿ Para que llamara a reyes?¿ Para que hiciera volver a los condenados por causas capitales a las ciudades libres mediante nuestros legados?¿ Para que tuviera al príncipe de la ciudad sitiado con hierro? Para que pudiera lograr esto, lo cual no podía hacerse de ninguna manera si no era con la república oprimida por las armas, por eso, creo, Publio Sestio se preparó una mano y tropas. Pero todavía no estaba maduro; todavía el asunto mismo no obligaba a los hombres de bien a tales guardias. Nosotros habíamos sido expulsados, no totalmente solo por esa mano, pero, sin embargo, no sin ella: vosotros callados os lamentabais.
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El foro había sido capturado el año anterior, ocupado el templo de Cástor como alguna fortaleza por fugitivos: se callaba. Todo se hacía por el clamor, la reunión, la fuerza, la mano de hombres perdidos tanto por la indigencia como por la audacia: lo soportabais. Los magistrados eran expulsados de los templos, otros eran prohibidos totalmente del acceso y del foro: nadie resistía. Gladiadores capturados del séquito del pretor, introducidos en el senado, confesos, arrojados a las cadenas por Milón, liberados por Serrano: ninguna mención. El foro cubierto con los cuerpos de ciudadanos romanos por la matanza nocturna: no solo ninguna nueva investigación, sino incluso los viejos juicios suprimidos. Visteis al tribuno de la plebe yaciendo moribundo tras haber recibido más de veinte heridas: la casa del otro tribuno de la plebe, hombre divino— pues diré lo que siento y lo que sienten conmigo todos— divino, dotado de una magnitud de ánimo, gravedad y fe insigne, inaudita y nueva, fue atacada con hierro, antorchas y el ejército clodiano.
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Y tú en este lugar alabas a Milón, y con razón lo alabas.¿ Pues a qué hombre hemos visto jamás con tanta virtud inmortal? Quien, sin ninguna recompensa propuesta aparte de esta, que ya se considera gastada y despreciada, el juicio de los hombres de bien, asumió todos los peligros, los sumos trabajos, las gravísimas contiendas y enemistades, quien me parece a mí el único de todos los ciudadanos que ha enseñado con hechos, no con palabras, tanto lo que debía hacerse por los hombres preeminentes en la república como lo que era necesario: que se debe resistir con leyes y juicios al crimen de los hombres audaces, destructores de la república; si las leyes no valieran, si los juicios no existieran, si la república fuera tenida oprimida por la fuerza y el consenso de los audaces con armas, que es necesario defender la vida y la libertad con guardia y tropas. Sentir esto es de prudencia, hacerlo de fortaleza; y sentirlo y hacerlo, en verdad, es de virtud perfecta y acumulada.
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Se acercó a la república el tribuno de la plebe Milón— de cuya alabanza diré más, no porque él mismo prefiera que se digan estas cosas a que se piensen, o porque yo quiera otorgar gustosamente este fruto de alabanza al presente, especialmente cuando no puedo alcanzarlo con palabras, sino porque estimo que, si probare la causa de Milón alabada por la voz del acusador, vosotros juzgaréis en este crimen la causa de Sestio como igual—: se acercó, pues, Tito Annio a la causa de la república de tal modo que quería recuperar a un ciudadano arrebatado a la patria. Causa simple, razón constante, llena del consenso de todos, llena de concordia. Tenía a sus colegas como ayudantes; el sumo estudio de un cónsul, el ánimo casi apaciguado del otro, de los pretores uno ajeno, la increíble voluntad del senado, los ánimos de los caballeros romanos excitados hacia la causa, Italia erguida. Solo dos estaban comprados para impedir; quienes, si hombres despreciados y desdeñados no hubieran podido sostener un asunto tan grande, veía que él terminaría la causa que había asumido sin ningún trabajo. Actuaba con autoridad, actuaba con consejo, actuaba a través del sumo orden, actuaba con el ejemplo de los ciudadanos buenos y fuertes: qué era digno de la república, qué de sí mismo, quién era él mismo, qué esperar, qué debía devolver a sus antepasados, lo pensaba diligentísimamente.
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A esta gravedad del hombre veía aquel gladiador que, si actuara con costumbres, no podía ser igual; se entregó al hierro, a las antorchas, a la matanza cotidiana, a los incendios, a las rapiñas con su ejército; comenzó a atacar la casa, a salir al encuentro en los caminos, a provocar y aterrorizar con la fuerza. No movió al hombre de suma gravedad y suma constancia; pero aunque el dolor del ánimo, la libertad innata, la virtud pronta y excelente exhortaban al hombre fortísimo a que rompiera y refutara la fuerza con la fuerza, especialmente ofrecida más a menudo, tanta fue la moderación del hombre, tanto el consejo, que contenía el dolor y no se vengaba con la misma cosa con la que había sido provocado, sino que, si pudiera, constreñiría con los lazos de las leyes a aquel que ya exultaba y bailaba en tantos funerales de la república.
89
Descendió a acusar.¿ Quién jamás tan propiamente por causa de la república, sin enemistades, sin recompensas, sin petición de hombres o incluso opinión de que él fuera a hacer eso jamás? Estaban quebrados los ánimos del hombre; pues, al acusar este, desesperaba de la torpeza de aquel su juicio anterior. He aquí que el cónsul, el pretor, el tribuno de la plebe proponen nuevos edictos de nuevo género;¡ que el reo no esté presente, que no sea citado, que no sea buscado, que no sea lícito hacer mención alguna a nadie de jueces o juicios!¿ Qué debía hacer un hombre nacido para la virtud, la dignidad, la gloria, con la fuerza de los hombres criminales fortalecida, suprimidas las leyes y los juicios?¿ Debía el tribuno de la plebe entregar el cuello a un particular, el hombre preeminente al hombre más profligado?¿ O debía afligir la causa asumida?¿ O debía mantenerse en casa? Y consideró vergonzoso ser vencido y ser disuadido y ser arrebatado a escondidas: hizo esto para que, puesto que no le era lícito usar las leyes contra él, no temiera la fuerza de aquel ni en su peligro ni en el de la república.
90
¿ De qué modo, pues, en este género de guardias preparadas acusas a Sestio, cuando al mismo tiempo alabas a Milón?¿ Acaso quien defiende sus techos, quien aparta el hierro y la llama de los altares y hogares, quien quiere que le sea lícito estar seguro en el foro, en el templo, en la curia, prepara una guardia conforme a derecho: quien es advertido por las heridas, que ve diariamente en todo su cuerpo, para que proteja con alguna guardia la cabeza y el cuello y la yugular y los costados,¿ piensas que este debe ser acusado de violencia?
91
¿ Quién de nosotros, jueces, ignora que la naturaleza de las cosas ha llevado a que en cierto tiempo los hombres, no estando todavía descrito el derecho natural ni el civil, vagaran dispersos y esparcidos por los campos, y tuvieran tanto cuanto hubieran podido arrebatar o retener con la mano y las fuerzas mediante la matanza y las heridas? Quienes, pues, fueron los primeros en destacar por virtud y consejo, ellos, habiendo observado el género de la docilidad y el ingenio humano, los reunieron en un solo lugar y los trasladaron de aquella ferocidad a la justicia y a la mansedumbre. Entonces, las cosas para la utilidad común, que llamamos públicas, entonces las reuniones de hombres, que después fueron llamadas ciudades, entonces los domicilios unidos, que llamamos urbes, los cercaron con murallas, habiendo inventado tanto el derecho divino como el humano.
92
Y entre esta vida pulida por la humanidad y aquella inmensa, nada interesa tanto como el derecho y la fuerza. De estos, si no queremos usar uno, hay que usar el otro. Queremos que la fuerza sea extinguida, es necesario que el derecho valga, esto es, los juicios, en los cuales se contiene todo derecho; si los juicios desagradan o no existen, es necesario que la fuerza domine. Esto lo ven todos: Milón lo vio y lo hizo, para experimentar el derecho, para apartar la fuerza. Quiso usar uno, para que la virtud venciera a la audacia; usó necesariamente el otro, para que la virtud no fuera vencida por la audacia. Y la misma razón fue la de Sestio, si menos en acusar— pues no fue necesario que lo mismo se hiciera a través de todos—, pero ciertamente en la necesidad de defender su propia salvación y de preparar una guardia contra la fuerza y la mano.
93
¡ Oh dioses inmortales!¿ Qué salida nos mostráis?¿ Qué esperanza de la república dais?¿ Cuántos se encontrarán con tanta virtud, hombres que abracen cada causa óptima de la república, que sirvan a los hombres de bien, que busquen una alabanza sólida y verdadera? Cuando sabe que aquellos dos destinos casi de la república, Gabinio y Pisón, uno extrae diariamente de los tesoros más pacíficos y opulentos de Siria un peso innumerable de oro, declara la guerra a los que están tranquilos, para derramar sus riquezas antiguas e intactas en el profundísimo abismo de sus libidinosas pasiones, edificar una villa a la vista de todos tan grande que ya parece ser aquella villa que el mismo tribuno de la plebe explicaba pintada antaño en las asambleas, para que el hombre casto y no codicioso llamara a la envidia al ciudadano fortísimo y sumo;
94
el otro, haber vendido primero la paz a los tracios y dárdanos por mucho dinero, luego, para que ellos pudieran conseguir dinero, haber entregado Macedonia para que fuera vejada y saqueada por ellos, y el mismo haber dividido los bienes de los acreedores, ciudadanos romanos, con los deudores griegos, obligar a pagar dineros máximos a los dirrachenses, saquear a los tesalios, haber ordenado una cantidad cierta de dinero a los aqueos por cada año y, sin embargo, no haber dejado en ningún lugar público o religioso una estatua o cuadro u ornamento; que aquellos se burlen así de aquellos a quienes todo suplicio y toda pena se debe con el derecho más óptimo, que sean reos estos dos que veis. Omito ya a Numerio, Serrano, Elio, la escoria de la sedición clodiana; pero, sin embargo, estos también vuelan todavía, como veis, y, mientras vosotros temáis algo por vosotros mismos, ellos nunca temerán por sí mismos.
95
Pues,¿ qué hablaré yo del mismo edil, que incluso puso día y acusó de violencia a Milón? Y, sin embargo, este no será llevado nunca por ninguna injuria a que se arrepienta de haber sido de tal virtud y tanta firmeza de ánimo hacia la república; pero los jóvenes que ven esto,¿ hacia dónde dirigirán sus mentes? Aquel que atacó, destruyó e incendió monumentos públicos, edificios sagrados, las casas de sus enemigos, que estuvo siempre rodeado de sicarios, cercado de armados, protegido por delatores, cuya abundancia hoy rebosa, que incitó a una mano extranjera de criminales y compró esclavos idóneos para la matanza y en el tribunado arrojó toda la cárcel al foro, vuela el edil, acusa a quien en alguna parte reprimió su furor exultante: este, que se protegió de tal modo que en el asunto privado defendiera a sus dioses penates, en la república los derechos del tribunado y los auspicios, no ha sido permitido por la autoridad del senado acusar moderadamente a aquel por quien él mismo es nefariamente acusado.
96
Sin duda, esto es lo que tú me preguntaste principalmente en la acusación, cuál era nuestra nación de los optimates; pues así dijiste. Buscas un asunto preclaro para que la juventud aprenda y no difícil para mí de enseñar; sobre lo cual diré pocas cosas, jueces, y, como opino, mi discurso no se alejará ni de la utilidad de quienes escuchen, ni de vuestro deber, ni de la misma causa de Publio Sestio. Dos géneros siempre han existido en esta ciudad de aquellos que se esforzaron por participar en la república y comportarse en ella más excelentemente; de cuyos géneros unos quisieron ser tenidos y ser populares, otros optimates. Los que querían que las cosas que hacían y decían fueran agradables a la multitud, populares, los que, en cambio, se comportaban de tal modo que probaban sus consejos a cada uno de los mejores, eran tenidos por optimates.
97
¿ Quién es, pues, ese cada uno de los mejores? En número, si preguntas, innumerables, pues de otro modo no podríamos estar; son los príncipes del consejo público, son los que siguen su secta, son hombres de los máximos órdenes, a quienes está abierta la curia, son romanos municipales y rústicos, son los que gestionan negocios, son también libertos optimates. El número, como dije, de este género está amplia y variadamente difundido; pero el género universal, para que se elimine el error, puede ser circunscrito y definido brevemente. Todos los optimates son los que no son nocivos ni por naturaleza malvados ni furiosos ni impedidos por males domésticos. Sea, pues, que estos sean, a quienes tú llamaste nación, los que son íntegros y sanos y bien constituidos en los asuntos domésticos. De estos, los que sirven a la voluntad, comodidades y opiniones en el gobierno de la república, son contados como defensores de los optimates y ellos mismos optimates, ciudadanos gravísimos y clarísimos y príncipes de la ciudad.
98
¿ Qué es, pues, lo propuesto a estos gobernadores de la república que deban mirar y hacia dónde deban dirigir su curso? Aquello que es preeminente y máximamente deseable para todos los sanos, buenos y felices, el descanso con dignidad. Los que quieren esto, todos son optimates, los que lo logran, son tenidos por sumos varones y conservadores de la ciudad; pues no conviene que los hombres sean llevados por la dignidad de las cosas gestionadas de tal modo que no prevean el descanso, ni que abracen ningún descanso que se aleje de la dignidad. De esta dignidad descansada, estos son los fundamentos, estos los miembros, que deben ser protegidos por los príncipes y defendidos incluso con peligro de la vida: las religiones, los auspicios, las potestades de los magistrados, la autoridad del senado, las leyes, la costumbre de los antepasados, los juicios, la jurisdicción, la fe, las provincias, los aliados, la alabanza del imperio, la res militar, el erario.
99
Ser defensor y patrón de estas cosas, tantas y tan grandes, es de gran ánimo, de gran ingenio y de gran constancia. Pues en tan gran número de ciudadanos hay una gran multitud de aquellos que, o por miedo al castigo, conscientes de sus pecados, buscan nuevos movimientos y conversiones de la república, o que por un cierto furor innato del ánimo se alimentan de las discordias de los ciudadanos y de la sedición, o que por la implicación de su hacienda prefieren arder en el incendio común que en el suyo. Quienes, cuando han encontrado tutores y líderes de sus estudios y vicios, se excitan oleajes en la república, de modo que deben estar vigilantes aquellos que se han reclamado para sí los timones de la patria, y esforzarse con toda ciencia y diligencia para que, conservadas aquellas cosas que dije hace poco que eran fundamentos y miembros, puedan mantener el curso y alcanzar aquel puerto del descanso y de la dignidad.
100
Este camino, jueces, si negara que es áspero y arduo o lleno de peligros o asechanzas, mentiría, especialmente cuando no solo lo he comprendido siempre, sino que también lo he sentido más que los demás. Con mayores guardias y tropas es atacada la república que defendida, debido a que los hombres audaces y perdidos son impulsados por un gesto y ellos mismos incluso por su propia voluntad se incitan contra la república, los hombres de bien no sé cómo son más tardíos y, descuidados los principios de las cosas, al final son excitados por la misma necesidad, de modo que a veces, por vacilación y tardanza, mientras quieren retener el descanso incluso sin dignidad, ellos mismos pierden ambas cosas.

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