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Pro Rege Deiotaro
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque en todas las causas más graves, Cayo César, suelo sentirme al inicio de mi discurso más conmovido de lo que parece exigir mi experiencia o mi edad, en esta causa son tantas las cosas que me perturban que, tanto como mi lealtad y mi celo me impulsan a defender la salvación del rey Deyótaro, tanto me resta capacidad el temor. Primero, hablo por la vida y los bienes de un rey, lo cual, aunque no es injusto tratándose solo de tu peligro, es tan inusitado— que un rey sea reo de un proceso capital— que hasta este momento no se había oído.
2
Además, me veo obligado a defender ahora contra un crimen atrocísimo a aquel rey a quien antes solía honrar junto con todo el senado por sus méritos perpetuos hacia nuestra república. Se añade que me siento turbado por la crueldad de uno de los acusadores y por la indignidad del otro. Cruel es Cástor— por no decir malvado e impío—, quien, siendo nieto, ha llevado a su abuelo al peligro de muerte y ha infundido el terror de su propia juventud a aquel cuya vejez debía proteger y amparar, y ha hecho de la recomendación de su incipiente edad un acto de impiedad y maldad; ha incitado a un esclavo del abuelo, corrompido con premios, a acusar a su señor, y lo ha alejado de los pies de los legados.
3
Mas cuando veía el rostro de un fugitivo que acusaba a su señor, a un señor ausente y a un señor amiguísimo de nuestra república, y cuando escuchaba sus palabras, no me dolía tanto la condición afligida del rey como me estremecía por nuestros bienes comunes. Pues, dado que según la costumbre de nuestros antepasados no está permitido interrogar a un esclavo contra su señor ni siquiera bajo tortura— interrogatorio en el cual el dolor podría arrancar una voz verdadera incluso a quien no quiere hablar—, ha surgido un esclavo que acusa, estando libre, a aquel a quien no podría denunciar ni siquiera en el potro de tormento.
4
Me perturba, Cayo César, también aquello que, sin embargo, al reconocerte profundamente, dejo de temer: pues es injusto en la realidad, pero por tu sabiduría se vuelve lo más justo. En efecto, hablar ante aquel contra cuya vida se alega que se ha tramado un crimen, cuando consideras el asunto por ti mismo, es grave; pues casi nadie hay que, siendo juez de su propio peligro, no se muestre más indulgente consigo mismo que con el reo. Pero tu naturaleza, César, sobresaliente y singular, disminuye este temor mío. Pues no temo tanto lo que tú puedas juzgar sobre el rey Deyótaro, como entiendo lo que quieres que los demás juzguen sobre ti.
5
Me conmueve también la insolencia del lugar mismo, porque expongo una causa tan grande como ninguna otra que se haya debatido jamás dentro de paredes domésticas, la expongo fuera de la asamblea y de esa concurrencia en la que suelen apoyarse los esfuerzos de los oradores: en tus ojos, en tu rostro y semblante encuentro sosiego, te miro solo a ti, hacia ti solo se dirige todo mi discurso; lo cual, para la esperanza de alcanzar la verdad, me resulta gravísimo, pero para la emoción del ánimo y para todo el ímpetu y la tensión del hablar, más ligero.
6
Pues si expusiera esta causa, Cayo César, en el foro, escuchándome y juzgándome tú mismo,¡ cuánta alegría me aportaría la concurrencia del pueblo romano!¿ Qué ciudadano no favorecería a aquel rey de quien recordara que toda su vida fue consumida en las guerras del pueblo romano? Miraría la curia, contemplaría el foro, invocaría finalmente al cielo mismo. Así, al recordar los beneficios de los dioses inmortales, del pueblo romano y del senado hacia el rey Deyótaro, de ninguna manera podría faltarme el discurso.
7
Y puesto que las paredes hacen el espacio más estrecho y la acción de una causa tan grande se debilita por el lugar, es tu deber, César, tú que has hablado a menudo por muchos, referir a ti mismo qué ánimo tengo ahora, para que así tu equidad y tu diligencia al escuchar disminuyan esta perturbación mía. Pero antes de hablar de la acusación misma, diré pocas palabras sobre la esperanza de los acusadores; quienes, aunque parecen no valer ni por ingenio ni por uso y ejercicio de los asuntos, sin embargo, han venido a esta causa no sin alguna esperanza y reflexión.
8
No ignoraban que habías estado irritado con el rey Deyótaro; recordaban que él había sido afectado por ciertos inconvenientes y detrimentos debido a la ofensa de tu ánimo, y sabían que tú estabas irritado con él, pero que eras amigo de ellos, y pensaban que, al hablar ante ti mismo sobre tu propio peligro, el crimen fingido se alojaría fácilmente en un ánimo irritado. Por lo cual, líbranos primero de este temor, César, por tu lealtad, constancia y clemencia, para que no sospechemos que reside en ti ninguna parte de ira. Te ruego por esa diestra tuya que, como huésped, tendiste al huésped rey Deyótaro, esa diestra, digo, más firme en las promesas y en la lealtad que en las guerras y en las batallas. Tú quisiste entrar en su casa, tú quisiste renovar una antigua hospitalidad; sus dioses penates te recibieron, sus altares y hogares vieron a Deyótaro como amigo y apaciguado.
9
Sueles ser, César, fácil de rogar, pero una vez rogado, te mantienes. Nadie te ha apaciguado jamás como enemigo que haya sentido que quedaban en ti restos de enemistad. Aunque,¿ a quién le son desconocidas tus quejas contra Deyótaro? Nunca lo acusaste como a un enemigo, sino como a un amigo que no cumplió con su deber, por haber sido más inclinado a la amistad de Cneo Pompeyo que a la tuya: a quien, sin embargo, decías que habrías perdonado ese mismo hecho si hubiera enviado entonces auxiliares a Pompeyo, o si incluso hubiera enviado a su hijo, habiéndose él mismo excusado por su edad.
10
Así, mientras lo liberabas de las cosas más graves, dejabas una culpa muy pequeña. Por tanto, no solo no tomaste medidas contra él, sino que lo liberaste de todo temor, lo reconociste como huésped y lo dejaste como rey. Pues él no avanzó por odio hacia ti, sino que cayó en un error común. Ese rey, a quien el senado había llamado a menudo con este nombre mediante decretos honorabilísimos, y quien había considerado a ese orden desde su juventud como el más grave y sagrado, fue perturbado por las mismas cosas, siendo un hombre lejano y extranjero, que nosotros, nacidos y siempre inmersos en medio de la república.
11
Cuando oía que se habían tomado las armas por autoridad del senado unánime, que se había encomendado la defensa de la república a los cónsules, pretores, tribunos de la plebe y a nosotros, los generales, se sentía conmovido en su ánimo y, siendo un hombre amiguísimo de este imperio, temía por la salvación del pueblo romano, en la cual veía incluida también la suya. Sin embargo, en medio del mayor temor, pensaba que debía permanecer quieto. Pero se perturbó sobremanera al oír que los cónsules habían huido de Italia, que todos los consulares— pues así se le anunciaba—, que todo el senado, que toda Italia se había desbordado. Pues el camino hacia oriente estaba abierto a tales noticias y rumores, y no le seguía ninguno verdadero. Él no oía nada sobre tus condiciones, nada sobre el deseo de concordia y paz, nada sobre la conspiración de ciertos hombres contra tu dignidad. Siendo esto así, sin embargo, se mantuvo hasta que llegaron a él legados y cartas de Cneo Pompeyo.
12
Perdona, perdona, César, si el rey Deyótaro cedió a la autoridad de aquel hombre a quien todos nosotros seguimos; a quien, cuando los dioses y los hombres habían acumulado todos los ornamentos, tú mismo le añadiste los más numerosos y grandes. Pues no porque tus gestas hayan traído oscuridad a las alabanzas de los demás, hemos perdido por ello la memoria de Cneo Pompeyo.¿ Quién ignora cuán grande fue su nombre, cuán grandes sus recursos, cuánta su gloria en todo género de guerras, cuántos los honores del pueblo romano, cuántos los del senado, cuántos los tuyos? Él había superado a los anteriores en tanta gloria cuanta tú has superado a todos. Por tanto, admirábamos las guerras, victorias, triunfos y consulados de Cneo Pompeyo: los tuyos no podemos enumerarlos.
13
A él, pues, vino el rey Deyótaro en esta guerra miserable y fatal, a quien antes había ayudado en guerras justas y hostiles, con quien estaba unido no solo por hospitalidad sino también por familiaridad, y vino ya sea rogado como amigo, o convocado como aliado, o llamado como quien había aprendido a obedecer al senado: finalmente, vino como a un fugitivo, no como a un perseguidor, es decir, a una sociedad de peligro, no de victoria. Por tanto, tras la batalla de Farsalia, se separó de Pompeyo; no quiso perseguir una esperanza infinita; consideró que se había cumplido suficientemente con el deber, si algo debía, o con el error, si algo desconocía; se retiró a su casa y, mientras tú llevabas a cabo la guerra alejandrina, obedeció a tus intereses.
14
Él sostuvo con sus techos y recursos al ejército de Cneo Domicio, hombre amplísimo; él envió dinero a Éfeso a aquel a quien tú elegiste de entre los tuyos como el más fiel y probado por todos, para que lo usaras en la guerra; él, una y otra vez, tras realizar subastas, dio dinero para que lo usaras en la guerra; él expuso su cuerpo al peligro y estuvo contigo en la batalla contra Farnaces y consideró que tu enemigo era el suyo. Lo cual, ciertamente, fue recibido por ti de tal manera, César, que lo honraste con el amplísimo honor y nombre de rey.
15
Él, pues, no solo liberado por ti del peligro sino también adornado con el honor más amplio, es acusado de haber querido matarte en su propia casa: lo cual tú, a menos que lo juzgues como un loco furioso, ciertamente no puedes sospechar. Pues, por omitir de quién sería tal crimen matar a un huésped a la vista de los dioses penates, de quién sería tal desfachatez extinguir la luz más brillante de todas las gentes y de toda la memoria, de quién sería tal ferocidad no temer al vencedor del orbe terrestre, de quién sería un ánimo tan inhumano e ingrato, que, habiendo sido llamado rey por él, se encuentre en él un tirano— por omitir esto,¿ de quién sería tal furor excitar contra sí solo a todos los reyes, de los cuales muchos eran vecinos, a todos los pueblos libres, a todos los aliados, a todas las provincias, finalmente a todas las armas de todos?¿ De qué modo habría estado él separado de su reino, de su casa, de su esposa, de su carísimo hijo, con tal crimen no solo realizado sino incluso pensado?
16
Pero, creo, este hombre inconsiderado y temerario no veía esto.¿ Quién más reflexivo que él, quién más reservado, quién más prudente? Aunque en este punto creo que Deyótaro debe ser defendido no tanto por su ingenio y prudencia como por la fe y religión de su vida. Te es conocida la probidad del hombre, Cayo César, conocidos sus modales, conocida su constancia.¿ A quién, además, que haya oído siquiera el nombre del pueblo romano, no le es conocida la integridad, gravedad, virtud y fe de Deyótaro?¿ Por tanto, fingís vosotros que un crimen que no caería ni en un hombre imprudente por temor a una muerte presente, ni en un malvado, a menos que fuera también un insensato, fue pensado por un hombre excelente y nada estúpido?
17
¡ Pero qué manera no solo no creíble, sino ni siquiera sospechosa de tejer el crimen! Cuando dice que habías llegado a Blucium y te habías alojado en la casa del rey, tu huésped, había un lugar en el que estaban dispuestas aquellas cosas con las que el rey había decidido obsequiarte. Hacia allí quería llevarte desde el baño, antes de que te recostaras a cenar. Pues estaban armados, colocados en ese mismo lugar, para matarte. He aquí el crimen, he aquí la causa por la que un fugitivo acusa a un rey, un esclavo a su señor. Yo, por Hércules, César, al principio, cuando la causa me fue presentada así, que Fidipo, el médico, esclavo real, que había sido enviado con los legados, había sido corrompido por ese joven, fui golpeado por esta sospecha: ha sobornado a un médico como delator; fingirá, evidentemente, algún crimen de veneno. Aunque lejos de la verdad, sin embargo, el asunto no difería mucho de la costumbre de acusar.
18
¿ Qué dice el médico? Nada sobre el veneno. Pero eso pudo hacerse primero más ocultamente en la bebida, en la comida; después, se hace incluso más impunemente porque, cuando se ha hecho, puede negarse. Si te hubiera matado abiertamente, habría atraído contra sí no solo los odios de todas las gentes, sino también sus armas: si fuera con veneno, nunca habría podido ocultar el numen de Júpiter hospitalario, aunque quizás habría ocultado a los hombres. Por tanto,¿ lo que pudo intentar más ocultamente y realizar con más cautela, no se lo confió a ti, a un médico astuto y a un esclavo, como pensaba, fiel, y no quiso ocultarte sobre las armas, sobre el hierro, sobre las emboscadas?
19
¡ Pero qué festivamente se teje el crimen! Tu misma fortuna, dice, que a menudo te ha salvado: dijiste entonces que no querías inspeccionar.¿ Qué después?¿ Acaso Deyótaro, no habiéndose realizado el asunto en ese momento, despidió inmediatamente al ejército?¿ No había otro lugar para emboscar? Pero dijiste que volverías al mismo lugar después de haber cenado, y así lo hiciste.¿ Fue gran cosa retener a los armados en el mismo lugar durante una o dos horas, tal como habían sido colocados? Cuando hubiste estado en el banquete amable y agradablemente, entonces fuiste allí, como habías dicho: en cuyo lugar reconociste a Deyótaro hacia ti tal como fue el rey Átalo hacia Publio Africano, a quien, como leemos escrito, envió desde Asia regalos magníficos hasta Numancia, que Africano recibió ante la mirada del ejército. Lo cual, habiéndolo hecho Deyótaro presente con ánimo y costumbre real, tú te retiraste a tu habitación.
20
Te ruego, César, repite la memoria de aquel tiempo, pon ante tus ojos aquel día, recuerda los rostros de los hombres que te miraban y admiraban.¿ Hubo alguna trepidación, hubo algún tumulto, hubo algo que no fuera modesto, que no fuera tranquilo, que no fuera según la disciplina de un hombre gravísimo y santísimo?¿ Qué causa, pues, puede imaginarse por la que quisiera matarte lavado y no quisiera matarte cenado?
21
Dice que lo pospuso para el día siguiente para que, cuando se hubiera llegado al castillo, allí realizara lo pensado. No veo la causa de cambiar de lugar, pero, sin embargo, el asunto se ha expuesto de forma criminal. Cuando dijiste, dice, que querías vomitar después de cenar, empezaron a llevarte al baño: pues allí estaban las emboscadas. Pero tu misma fortuna te salvó: dijiste que preferías en la habitación.¡ Que los dioses te destruyan, fugitivo! Así, no solo eres un hombre de nada y malvado, sino fatuo y demente.¿ Qué?¿ Había puesto él estatuas de bronce en el baño que no pudieran pasar del baño a la habitación? Tienes los crímenes de las emboscadas: pues no dijo nada más. De estos, dice, yo era cómplice.¿ Qué entonces?¿ Era él tan demente que a quien tenía como cómplice de tal crimen lo dejaba ir, lo enviaba incluso a Roma, donde sabía que estaba su nieto, su mayor enemigo, y Cayo César, contra quien había tramado las emboscadas, especialmente cuando él era el único que podía denunciarlo estando ausente?
22
Y a mis hermanos, dice, porque eran cómplices, los arrojó a cadenas. Cuando, pues, encadenaba a los que tenía consigo,¿ te enviaba a ti libre a Roma, para que supieras lo mismo que dices que ellos sabían? La parte restante de la acusación fue doble: una, que el rey había estado siempre al acecho cuando estaba con ánimo hostil hacia ti; la otra, que había preparado un gran ejército contra ti. Sobre el ejército hablaré brevemente, como de lo demás. El rey Deyótaro nunca tuvo esas tropas con las que pudiera declarar la guerra al pueblo romano, sino con las que protegía sus fronteras de las incursiones y latrocinios de los enemigos y enviaba auxiliares a nuestros generales. Y antes, ciertamente, podía mantener mayores tropas; ahora apenas puede mantener unas exiguas.
23
Pero envió a no sé qué Cecilio: pero a los que envió, porque no quisieron ir, los arrojó a cadenas. No pregunto cuán verosímil sea que el rey no tuviera a quién enviar, o que los que fueron enviados no hubieran obedecido, o que, quienes no habían sido obedientes a la palabra en un asunto tan grande, fueran encadenados en lugar de ejecutados. Pero, sin embargo, cuando enviaba a Cecilio,¿ acaso no sabía que aquella causa estaba perdida, o pensaba que ese Cecilio era un gran hombre? A quien, ciertamente, quien conoce mejor a nuestros hombres, ya sea porque no lo conociera o si lo conociera, lo despreciaría.
24
Añade también aquello, que no envió a los mejores jinetes. Creo, César, que nada comparado con tu caballería, pero envió a los elegidos de entre los que tenía. Dice también que no sé qué esclavo de ese número fue juzgado. No lo creo, no lo he oído: pero en eso, incluso si hubiera sucedido, pensaría que no hubo culpa alguna del rey.¿ Pero cómo estuvo con ánimo hostil hacia ti? Esperó, creo, que tus salidas de Alejandría serían difíciles debido a la naturaleza de las regiones y del río. Pero en ese mismo tiempo dio dinero, alimentó al ejército, no faltó en nada a aquel a quien habías puesto al frente de Asia; para ti, vencedor, estuvo presente no solo para la hospitalidad sino también para el peligro y para la batalla.
25
Siguió la guerra africana. Graves rumores sobre ti, que incluso excitaron a aquel furioso Cecilio.¿ Con qué ánimo estaba entonces el rey, que hizo subasta y prefirió despojarse a sí mismo antes que no suministrarte dinero? Pero en ese mismo tiempo, dice, enviaba a Nicea y a Éfeso a quienes recogieran los rumores africanos y se los refirieran rápidamente. Por tanto, cuando se le anunció que Domicio había perecido en un naufragio y que tú estabas sitiado en un castillo, dijo sobre Domicio un verso griego con el mismo sentido que nosotros tenemos en latín: que perezcan los amigos, mientras los enemigos perezcan juntos. Lo cual él, si te fuera enemiguísimo, nunca lo habría dicho: pues él mismo es manso, el verso es inhumano.¿ Pero cómo podía ser amigo de Domicio quien fuera enemigo tuyo? Además,¿ por qué habría de ser enemigo tuyo, de quien, cuando pudo ser incluso ejecutado por ley de guerra, recordaba que él, su hijo y su reino habían sido establecidos?
26
¡ Qué después?¿ Hacia dónde progresa el malvado? Dice que Deyótaro, llevado por esta alegría, se embriagó con vino y bailó desnudo en el banquete.¿ Qué suplicio puede traer suficiente castigo a este fugitivo?¿ Alguien vio alguna vez a Deyótaro bailando o ebrio? Todas las virtudes están en ese rey, lo cual, César, no creo que ignores, pero especialmente una frugalidad singular y admirable: aunque sé que con esta palabra no se suele alabar a los reyes. Decir que un hombre es frugal no tiene mucha alabanza en un rey: valiente, justo, severo, grave, de gran ánimo, generoso, benéfico, liberal: estas son las alabanzas reales, aquella es privada. Que cada cual lo tome como quiera: yo, sin embargo, considero la frugalidad, es decir, la modestia y la templanza, como la mayor virtud. Esta está en él desde su juventud, percibida y conocida tanto por toda Asia, como por nuestros magistrados y legados, como por los caballeros romanos que han negociado en Asia.
27
Él ascendió a este nombre real por muchos grados de deberes hacia nuestra república; pero, sin embargo, todo lo que quedaba libre de las guerras del pueblo romano, lo unía con nuestros hombres en costumbres, amistades, asuntos y razones, de modo que no solo fuera tenido como un tetrarca noble, sino también como el mejor padre de familia y el más diligente agricultor y ganadero.¿ Aquel, pues, que siendo joven, no dotado aún de tanta gloria, nunca hizo nada sino de la manera más severa y grave, bailó con esa reputación y a esa edad?
28
Cástor, debías imitar más las costumbres y la disciplina de tu abuelo que maldecir con boca de fugitivo a un hombre excelente y clarísimo. Pero si hubieras tenido un abuelo bailarín y no a ese hombre de quien se buscaran ejemplos de pudor y castidad, aun así este insulto no convendría en absoluto a esa edad. Los estudios con los que él se había imbuido desde su juventud, no de bailar, sino de usar bien las armas y óptimamente los caballos, sin embargo, todo eso le había faltado ya a esa edad. Por tanto, solíamos admirarnos cuando varios levantaban a Deyótaro sobre el caballo, porque el anciano podía mantenerse en él: pero este joven, que fue mi soldado en Cilicia, mi compañero de armas en Grecia, cuando cabalgaba en aquel ejército nuestro con sus jinetes elegidos que su padre había enviado con él a Pompeyo,¡ qué concurrencias solía hacer, cómo se jactaba, cómo se ostentaba, cómo no cedía a nadie en esa causa en celo y deseo!
29
Entonces, ciertamente, perdido el ejército, yo, que siempre había sido partidario de la paz, y después de la batalla de Farsalia, instigador de no deponer las armas, sino de arrojarlas, no pude llevar a este a mi autoridad, porque él mismo ardía en celo por aquella guerra y pensaba que debía cumplir con su padre.¡ Feliz esa casa que no solo ha obtenido la impunidad sino también la licencia de acusar: calamitoso Deyótaro, que es acusado tanto por quien estuvo en los mismos campamentos, y no solo ante ti, sino también por los suyos!¿ Vosotros, Cástor, con vuestra segunda fortuna, no podéis estar contentos sin la calamidad de vuestros parientes?
30
Que existan, ciertamente, enemistades, que no deberían existir— pues el rey Deyótaro evocó a vuestra familia, abatida y oscura, de las tinieblas a la luz:¿ quién oyó hablar de tu padre antes de saber de quién era yerno?—, pero por muy ingrata e impíamente que repudiarais el nombre de parentesco, sin embargo, podíais llevar las enemistades a la manera de los hombres, no hostigar con un crimen fingido, no buscar la vida, no acusar de un proceso capital. Sea: que se conceda también esta magnitud de amargura y odio:¿ hasta tal punto que se violen todos los derechos de la vida, de la salvación común y también de la humanidad? Solicitar a un esclavo con palabras, corromperlo con esperanzas y promesas, alejarlo de la casa, armarlo contra su señor, esto es declarar una guerra nefaria no a un solo pariente, sino a todas las familias. Pues si esa corrupción del esclavo no solo queda impune sino que es aprobada por tan gran autoridad, ninguna pared protegerá nuestra salvación, ninguna ley, ningún derecho. Pues donde lo que es interno y nuestro puede volar impunemente y luchar contra nosotros, se convierte en servidumbre en el dominio, y en dominio en la servidumbre.
31
¡ Oh tiempos, oh costumbres! Aquel Cneo Domicio a quien nosotros, niños, vimos cónsul, censor, pontífice máximo, cuando el tribuno de la plebe M. Escauro, príncipe de la ciudad, lo hubo llamado a juicio del pueblo y el esclavo de Escauro hubiera venido a él secretamente a su casa y hubiera dicho que iba a denunciar crímenes contra su señor, ordenó que el hombre fuera prendido y conducido ante Escauro. Mira qué diferencia hay, aunque injustamente comparo a Cástor con Domicio: pero, sin embargo, aquel devolvió el esclavo al enemigo, tú lo alejaste de su abuelo; aquel no quiso escuchar a un incorrupto, tú lo corrompiste; aquel repudió al esclavo como ayudante contra su señor, tú incluso lo empleaste como acusador. Pero ese fue corrompido por vosotros una sola vez.
32
¿ Acaso, cuando fue conducido y cuando estuvo contigo, no huyó hacia los legados?¿ Acaso no vino a este Cneo Domicio?¿ Acaso, escuchando este Servio Sulpicio, hombre clarísimo, que entonces por casualidad cenaba en casa de Domicio, y este Tito Torcuato, joven excelente, no confesó que había sido corrompido por ti, impulsado al fraude por tus promesas?¿ Qué es esa inhumanidad tan impotente, tan cruel, tan immoderada?¿ Por eso viniste a esta ciudad, para corromper los derechos y ejemplos de esta ciudad y mancillar la humanidad de nuestra ciudad con una inmundicia doméstica?
33
¡ Pero qué agudamente recogidos los crímenes! Blesamio, dice— pues en nombre de él, hombre excelente y no desconocido para ti, hablaba mal de ti—, solía escribir al rey que tú estabas en envidia, que eras considerado un tirano, que al ponerse una estatua entre los reyes los ánimos de los hombres se habían ofendido vehementemente, que no se te solía aplaudir.¿ No entiendes, César, que esto ha sido recogido por esos a partir de las habladurías urbanas de los malvados?¿ Blesamio escribiría que César es un tirano?¡ Pues había visto las cabezas de muchos ciudadanos, muchos maltratados, azotados, ejecutados por orden de César, muchas casas afligidas y derribadas, el foro lleno de soldados armados! Lo que siempre sentimos en la victoria civil, eso no lo vimos contigo vencedor.
34
Eres el único, digo, Cayo César, en cuya victoria no ha caído nadie sino armado. Y aquel a quien nosotros, nacidos libres en la suma libertad del pueblo romano, no solo no consideramos un tirano sino incluso el más clemente en la victoria,¿ puede parecer un tirano a Blesamio, que vive en un reino? Pues sobre la estatua,¿ quién se queja, especialmente de una, cuando ve tantas? Pues es muy envidiable la de aquel cuyas estatuas no envidiamos. Pues si el lugar trae envidia, no hay lugar más ilustre para una estatua que los rostros. Sobre el aplauso, además,¿ qué responderé? Que ni ha sido deseado nunca en ti y a veces, estando los hombres estupefactos, ha sido reprimido por la misma admiración y quizás omitido por eso, porque nada vulgar puede parecer digno de ti.
35
No creo haber omitido nada, pero algo reservado para la parte final de la causa. Pero ese algo,¿ qué es? Que mi discurso te reconcilie plenamente con Deyótaro. Pues ya no temo que tú te irrites con él; temo aquello, que sospeches que él se irrita algo contigo: lo cual está lejísimos, créeme, César. Pues recuerda lo que retiene gracias a ti, no lo que ha perdido; y no piensa que ha sido multado por ti, sino que, cuando pensabas que debías atribuir muchas cosas a muchos, no se negó a que tomaras de él lo que, habiendo estado en la otra parte, debías tomar.
36
Efectivamente, si aquel Antíoco Magno, rey de Asia, cuando, después de haber sido vencido por Lucio Escipión, se le ordenó reinar hasta el Tauro, había perdido toda esta Asia que es ahora nuestra provincia, solía decir que el pueblo romano había actuado benignamente con él, porque, liberado de una administración demasiado grande, usaba términos moderados del reino, Deyótaro puede consolarse mucho más fácilmente con esto. Pues aquel había soportado la multa de su furor, este la de su error. Tú, César, has atribuido todo a Deyótaro, cuando concediste el nombre real tanto a él como a su hijo. Retenido y conservado este nombre, no piensa que ningún beneficio del pueblo romano, ningún juicio del senado sobre él ha sido disminuido. Es de gran ánimo y erguido, y nunca sucumbirá ante los enemigos, ni siquiera ante la fortuna.
37
Piensa que ha ganado muchas cosas por sus hechos anteriores y que tiene en su ánimo y virtud cosas que de ninguna manera puede perder. Pues,¿ qué fortuna o qué azar o qué injuria tan grande podría borrar los decretos de todos los generales sobre Deyótaro? Pues ha sido honrado por todos los que, después de que pudo estar en los campamentos por su edad, han hecho guerras en Asia, Capadocia, Ponto, Cilicia, Siria: los juicios del senado sobre él, tan numerosos y honoríficos, que han sido consignados en las letras y monumentos públicos del pueblo romano,¿ qué antigüedad los borrará o qué olvido tan grande los destruirá?¿ Qué diré de su virtud, de su grandeza de ánimo, gravedad, constancia? Las cuales todos los doctos y sabios dijeron que eran los bienes supremos, algunos incluso los únicos bienes, y que con ellas la virtud es suficiente no solo para vivir bien sino también para vivir felizmente.
38
Reflexionando esto y pensándolo día y noche, no solo no se irrita contigo— pues sería no solo ingrato sino también demente—, sino que refiere toda la tranquilidad y quietud de su vejez como recibida de tu clemencia. Con cuyo ánimo, como estuvo antes, así no dudo que con tus cartas, cuyo ejemplo leí, que diste a este Blesamio en Tarraco para él, se haya erguido aún más y se haya abstraído de toda solicitud. Pues le ordenas esperar bien y estar de buen ánimo, lo cual sé que no sueles escribir en vano. Pues recuerdo que casi con las mismas palabras me escribiste a mí y que yo, por tus cartas, fui ordenado a esperar bien no en vano.
39
Me esfuerzo, ciertamente, por la causa del rey Deyótaro, con quien la república me concilió la amistad, la voluntad de ambos unió la hospitalidad, la costumbre trajo la familiaridad, pero sus grandes servicios hacia mí y hacia mi ejército hicieron la suma necesidad: pero cuando me esfuerzo por él, también lo hago por muchos hombres amplísimos a quienes debe ser perdonado una vez por ti, y no ser puesto en duda tu beneficio, ni quedar en los ánimos de los hombres una solicitud sempiterna, ni suceder que alguien empiece a temerte de aquellos que han sido liberados una vez por ti del temor.
40
No debo, César, lo que suele hacerse en tan grandes peligros, intentar de qué modo pueda conmover tu misericordia hablando. No hay necesidad. Suele acudir por sí misma a los suplicantes y calamitosos, no evocada por el discurso de nadie. Propónte dos reyes y contempla con el ánimo lo que no puedes con los ojos: darás ciertamente a la misericordia lo que negaste a la ira. Muchos son los monumentos de tu clemencia, pero mayormente las incolumidades de aquellos a quienes diste la salvación. Lo cual, si en los privados es glorioso, mucho más será conmemorado en los reyes. Siempre el nombre real ha sido sagrado en esta ciudad, pero el de los reyes aliados y amigos, el más sagrado.
41
Nombre que estos reyes temieron perder contigo vencedor, pero, retenido y confirmado por ti, confían en que lo transmitirán incluso a sus descendientes. Sus cuerpos por la salvación de sus reyes entregan estos legados reales, Hieras y Blesamio y Antígono, conocidos por ti y por todos nosotros desde hace mucho tiempo, y dotado de la misma fe y virtud Dorilao, que recientemente fue enviado como legado contigo junto con Hieras, siendo amiguísimos de los reyes, y también, como espero, probados por ti.
42
Indaga de Blesamio si escribió algo al rey contra tu dignidad. Hieras, ciertamente, asume toda la causa y se pone como reo por el rey ante esos crímenes. Implora tu memoria, con la que vales muchísimo; niega que alguna vez se haya apartado un pie de ti en la tetrarquía de Deyótaro; dice que estuvo presente para ti en los primeros límites, que te siguió hasta los últimos; cuando saliste del baño, que estuvo contigo, cuando inspeccionaste aquellos regalos cenado, cuando te recostaste en la habitación; y que la misma asiduidad te ofreció al día siguiente.
43
Por lo cual, si algo de lo que se ha objetado ha sido pensado, no se niega a que lo juzgues como su crimen. Por tanto, Cayo César, querría que consideres que en el día de hoy tu sentencia o bien traerá con suma deshonra una peste miserable a los reyes, o bien una fama incólume con la salvación: lo uno de lo cual desear es de la crueldad de ellos, lo otro conservar es de tu clemencia.

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