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Original / primary: Spanish Gemini
1
En cuanto al dinero presente y a los motivos por los que convocáis la asamblea, atenienses, no me parece que ninguna de las dos posturas sea difícil: ni censurar a quienes distribuyen y entregan los bienes públicos para ganar el favor de quienes consideran que la ciudad sale perjudicada por ello, ni apoyar y aconsejar que se debe recibir para congraciarse con quienes están en gran necesidad de recibirlo. Pues ninguno de los dos grupos, al mirar por lo que conviene a la ciudad, alaba o censura el asunto, sino según la necesidad o la abundancia que cada uno tenga.
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Yo, por mi parte, ni propondría esto ni me opondría diciendo que no se debe recibir; sin embargo, os aconsejo que consideréis y calculéis entre vosotros que este dinero, sobre el cual deliberáis, es poco, pero la costumbre que surge con él es grande. Si, pues, junto con hacer lo que corresponde, organizáis también el recibirlo, no solo no perjudicaréis, sino que beneficiaréis enormemente a la ciudad y a vosotros mismos; pero si para recibirlo basta cualquier pretexto, incluso una fiesta, y para lo que hay que hacer además de esto no queréis ni escuchar los discursos, ved no sea que, lo que ahora creéis hacer correctamente, lleguéis a considerarlo un error grave.
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Yo digo que es necesario( y no me alborotéis por lo que voy a decir, sino escuchad y juzgad) que, así como hemos concedido una asamblea para el recibir, así también concedamos una asamblea para organizar y preparar lo necesario para la guerra, y que cada uno se presente no solo dispuesto a escuchar esto, sino también deseoso de actuar, para que, atenienses, tengáis las esperanzas de los bienes por vosotros mismos y no tengáis que preguntar a este o a aquel qué está haciendo.
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Y digo que debéis recibir por igual cada uno todos los ingresos de la ciudad, tanto los que ahora malgastáis de vuestros bienes privados en cosas innecesarias como los que provienen de los aliados, los que están en edad militar como soldados, y los que superan la edad de alistamiento como inspectores o como quiera que uno llame a esto, y que ellos mismos hagan la campaña y no cedan esto a nadie,
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sino que la fuerza de la ciudad sea propia, organizada a partir de estos recursos, para que a la vez tengáis medios y hagáis lo necesario, y que el general esté al frente de ella, para que a vosotros, atenienses, no os suceda lo que ahora: juzgáis a los generales y lo único que os queda de los hechos es que este denunció a aquel, y nada más.
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Pero,¿ qué obtendríais? Primero, que los aliados no sean cercanos por guarniciones, sino por tener los mismos intereses que vosotros; después, que los generales, al no tener mercenarios, no saqueen a los aliados mientras ni siquiera ven a los enemigos, de donde los beneficios son para ellos mismos, mientras que los odios y las acusaciones recaen sobre toda la ciudad, sino que, teniendo ciudadanos que los sigan, hagan con los enemigos lo que ahora hacen con los amigos.
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Además de esto, muchos asuntos requieren vuestra presencia, y es conveniente usar una fuerza propia incluso sin necesidad de guerras contra los nuestros, y para los demás asuntos es necesario. Pues si os bastara con mantener la tranquilidad y no preocuparos de cómo están los asuntos griegos, otro sería el discurso;
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pero ahora pretendéis ser los primeros y definir lo justo para los demás, pero la fuerza que ha de supervisar y proteger esto ni la habéis organizado ni la estáis organizando, sino que, en medio de una gran tranquilidad y abandono por vuestra parte, el pueblo de los mitileneos ha sido disuelto, y en medio de una gran tranquilidad el de los rodios, enemigo nuestro, diría alguien; pero hay que considerar mayor, atenienses, el odio hacia las oligarquías por la propia elección política que el que se tiene hacia los pueblos, sea cual sea el motivo.
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Pero para volver a lo anterior, digo que debéis estar organizados, y que la misma organización debe servir tanto para recibir como para hacer lo que corresponde. Ya os hablé de esto anteriormente y expuse cómo podríais estar organizados, tanto los hoplitas como los jinetes y cuantos estáis fuera de estos, y así habría una disponibilidad común para todos.
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Lo que me causó mayor desaliento de todo, os lo diré y no lo ocultaré, es que, siendo todas estas cosas muchas, grandes y hermosas, nadie menciona ninguna de las otras, y todos mencionan los dos óbolos. Y sin embargo, aquellos no valen más que dos óbolos, mientras que las otras cosas que mencioné valen los tesoros del rey, que una ciudad que tiene tantos hoplitas, trirremes, caballos y rentas de dinero esté organizada y preparada.
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Entonces,¿ por qué digo esto ahora?, diría alguien. Porque digo que debéis, puesto que algunos se molestan de que todos reciban paga, pero se considera útil que todos estén organizados y preparados, empezar por ahí y proponer que quien quiera exponga su opinión sobre esto. Pues es así: si ahora os convencéis de que es el momento, cuando lleguéis a necesitarlos, estarán listos; pero si, considerándolo inoportuno, lo pasáis por alto, cuando sea necesario usarlos, entonces os veréis obligados a prepararlos.
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Ya alguien ha dicho, atenienses, en algún lugar, no de entre la mayoría, sino de los que se desgañitan si esto sucede:¿ qué bien os ha venido de los discursos de Demóstenes? Se presenta ante vosotros cuando le parece, os llena los oídos de palabras, denigra lo presente, alaba a los antepasados y, tras haberos exaltado y envanecido, se baja.
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Yo, si pudiera convenceros de algo de lo que digo, creo que la ciudad realizaría tantos bienes que, si ahora intentara decirlos, muchos desconfiarían por ser mayores de lo posible; sin embargo, no creo que sea poco beneficio si os acostumbro a escuchar lo mejor. Pues es necesario, atenienses, que quien quiera hacer algún bien a nuestra ciudad cure primero vuestros oídos; pues están corrompidos; tan acostumbrados estáis a escuchar muchas cosas falsas y todo menos lo mejor.
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Por ejemplo( y que nadie me alborote hasta que lo haya dicho todo), hace poco unos abrieron el opistodomo. Entonces, todos los que pasaban decían que el pueblo había sido disuelto, que las leyes ya no existían, cosas así. Y sin embargo, atenienses( y observad si digo la verdad), los que hacían esto merecían la muerte, pero el pueblo no se disuelve por ellos. De nuevo, alguien robó unos remos; azotar, torturar, decían todos, el pueblo se está disolviendo.¿ Y yo qué digo? Que el que roba merece la muerte, como aquellos, pero que el pueblo no se disuelve por esto.
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Pero cómo se disuelve, nadie lo dice ni habla con franqueza. Yo lo diré: cuando vosotros, atenienses, mal dirigidos, sois muchos, pobres, desarmados, desorganizados y no pensáis lo mismo, y ni el general ni nadie de los que elegís se preocupa, y nadie quiere decir esto ni corregirlo, ni actúa para que dejen de ser así, lo cual sucede siempre ahora.
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Y por Zeus, atenienses, otros discursos falsos se han deslizado hacia vosotros, y que dañan mucho a la constitución, como que vuestra salvación está en los tribunales y que debéis proteger la constitución con el voto. Yo sé que estos tribunales son soberanos de los derechos entre vosotros, pero en las armas es donde hay que vencer a los enemigos, y a través de ellas está la salvación de la constitución.
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Pues no es el votar lo que hará vencer a los que están en las armas, sino que los que, junto con ellas, vencen a los enemigos, os proporcionarán la facultad y la seguridad para votar y hacer lo que queráis; pues hay que ser temibles en las armas y humanos en los tribunales.
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Y si a alguien le parece que digo discursos mayores de lo que soy, eso mismo es lo correcto de ellos; pues el discurso que se va a decir sobre una ciudad tan grande y tales asuntos debe parecer siempre mayor que cualquier individuo que habla, y estar cerca de vuestra dignidad, no de la del que habla. Y que nadie de los que son honrados por vosotros dice esto, os expondré las razones.
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Los que se acercan a las elecciones y a este orden andan como esclavos del favor que se obtiene al ser elegidos, esforzándose cada uno por ser nombrado general, sin realizar ninguna obra de hombre. Y si alguien es tal que intenta alguna obra, ahora cree que, teniendo como base la gloria de la ciudad y el nombre, y disfrutando del abandono de los que se opondrían, tendiéndoos esperanzas y nada más, heredará él mismo vuestros bienes, que es lo que es, y si vosotros hicierais cada cosa por vosotros mismos, tendría lo mismo que los demás, igual que de las obras mismas, así también de los resultados de estas.
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Los que se dedican a la política y están en esto, dejando de lado el mirar por lo mejor para vosotros, se han pasado a estos; y antes contribuíais por simmorías, ahora hacéis política por simmorías. Un orador es el jefe, un general bajo él, y trescientos los que ayudarán a cada lado; los demás estáis repartidos, unos con estos, otros con aquellos. Por tanto, os queda de esto que este es de bronce y aquel es afortunado, uno o dos, por encima de la ciudad; los demás os sentáis como testigos de la fortuna de estos, entregando a estos la mucha y gran fortuna que os corresponde por vuestra indolencia cotidiana.
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Y sin embargo, considerad cómo estaba esto en tiempos de los antepasados; pues no es usando ejemplos ajenos, sino propios, como podéis saber lo que corresponde hacer. Aquellos no erigían estatuas de bronce a Temístocles, que dirigía la batalla naval en Salamina, ni a Milcíades, que dirigía en Maratón, ni a muchos otros que hicieron bienes no iguales a los generales de ahora,¡ por Zeus que no!, sino que los honraban como a hombres que no eran mejores que ellos mismos.
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Y es que, atenienses, no se privaron a sí mismos de ninguna de las obras de entonces, ni hay nadie que diga que la batalla naval de Salamina fue de Temístocles, sino de los atenienses, ni la batalla de Maratón de Milcíades, sino de la ciudad. Pero ahora muchos dicen esto, que Timoteo tomó Corcira, que Ifícrates destrozó la mora y que Cabrias venció en la batalla naval de Naxos; pues parece que vosotros mismos cedéis los honores de estas obras por las exageraciones que habéis dado a cada uno de ellos.
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Las recompensas políticas, pues, las hacían ellos bien y vosotros no correctamente; pero las de los extranjeros,¿ cómo? Aquellos, a Menón el farsalio, que dio doce talentos de plata para la guerra en Eión, junto a Anfípolis, y ayudó con doscientos jinetes penestas propios, no le votaron la ciudadanía, sino que solo le dieron la exención de impuestos.
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Y antes de esto, a Pérdicas, el que reinaba en Macedonia durante la expedición del bárbaro, que destruyó a los bárbaros que se retiraban de Platea tras la derrota e hizo completa la desgracia para el rey, no le votaron la ciudadanía, sino que solo le dieron la exención de impuestos, considerando, creo, su propia patria grande, honrada y venerable, y mayor que cualquier beneficio. Pero ahora, atenienses, hacéis ciudadanos a hombres corruptos, esclavos domésticos, recibiendo el honor como cualquier otra cosa de las que se venden.
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Y os ha sobrevenido hacer esto no porque seáis de naturaleza peor que los antepasados, sino porque a ellos les era natural pensar en grande, mientras que a vosotros, atenienses, se os ha quitado esto. Y nunca, creo, es posible que, haciendo cosas pequeñas y viles, se obtenga un pensamiento grande y juvenil, igual que tampoco, haciendo cosas brillantes y hermosas, se puede pensar de forma pequeña y humilde; pues cualesquiera que sean las ocupaciones de los hombres, tal es necesariamente también su pensamiento.
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Considerad qué puntos podría uno decir de los asuntos, tanto de los realizados por ellos como por vosotros, si es que podéis llegar a ser vosotros mismos a partir de estos. Durante cuarenta y cinco años gobernaron a los griegos voluntariamente, llevaron más de diez mil talentos a la acrópolis, y erigieron muchos y hermosos trofeos, tanto por tierra como por mar, por los cuales todavía hoy nos sentimos orgullosos. Y sin embargo, considerad que erigieron esto no para que nosotros los admiremos al verlos, sino para que imitemos las virtudes de quienes los dedicaron.
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Aquellos, pues, hicieron esto; pero nosotros, de qué abandono, como todos veis, nos hemos apoderado, considerad si es parecido.¿ No se han gastado más de mil quinientos talentos en vano en los necesitados de los griegos, se han agotado todos los bienes privados, los comunes de la ciudad y los de los aliados, y los que ganamos como aliados en la guerra, estos ahora en la paz han perecido?
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Pero, por Zeus,¿ esto solo estaba mejor entonces que ahora, y lo demás peor? Falta mucho para eso, sino examinemos lo que queráis. Las construcciones y el ornato de la ciudad, de templos, puertos y lo que sigue a esto, lo dejaron ellos de tal modo y en tal cantidad que no quedó exageración para ninguno de los que vinieron después, estos propileos, astilleros, estoas, y lo demás, con lo que ellos, habiendo adornado la ciudad, nos la entregaron;
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pero las casas privadas de los que llegaron a tener poder eran tan moderadas y acordes con el nombre de la constitución que la casa de Temístocles, la de Cimón, la de Arístides y la de los brillantes de entonces, si alguno de vosotros sabe cómo es, ve que no es más venerable que la del vecino.
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Pero ahora, atenienses, nuestra ciudad se complace públicamente construyendo caminos, fuentes, enlucidos y tonterías( y no censuro a los que propusieron esto, falta mucho para eso, sino a vosotros, si creéis que esto es suficiente para vosotros mismos), pero en privado, los que han estado al frente de los asuntos públicos han construido casas más venerables que las construcciones públicas, no solo más arrogantes que las de la mayoría, sino que han comprado tierras y cultivan tanta como nunca esperaron ni en sueños.
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La causa de todo esto es que entonces el pueblo era dueño y señor de todo, y era grato para cada uno de los demás participar de él, tanto de honor como de cargo y de algún bien, pero ahora, al contrario, estos son dueños de los bienes, y a través de ellos se hace todo, mientras que el pueblo está en papel de servidor y de añadido, y vosotros os contentáis con recibir lo que ellos reparten.
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Por tanto, a causa de esto, los asuntos de la ciudad son tales que, si alguien leyera vuestros decretos y recorriera las acciones seguidas, ni uno solo creería que estos y aquellos son de la misma ciudad. Por ejemplo, lo que decretasteis contra los malditos megarenses que cortaban la orgade: salir, impedir, no permitir; lo que contra los fleiaseos, cuando fueron expulsados hace poco: ayudar, no permitir a los asesinos, invitar a los que quisieran de los del Peloponeso.
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Todo esto es hermoso, atenienses, justo y digno de la ciudad; pero las obras que resultan de esto, en ninguna parte. Por tanto, la enemistad la lleváis a cabo a través de los decretos, pero no sois dueños de ninguna de las obras; pues los decretos los votáis conforme a la dignidad de la ciudad, pero no tenéis la fuerza acorde con lo que votáis.
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Yo os aconsejaría( y no os enfadéis conmigo) pensar menos y contentaros con hacer lo vuestro, o preparar una fuerza mayor. Si supiera que vosotros sois como los sifnios o los citnios o algunos otros tales, os aconsejaría pensar menos; pero puesto que sois atenienses, os aconsejo preparar la fuerza; pues es vergonzoso, atenienses, vergonzoso abandonar el orden del pensamiento que os entregaron los antepasados.
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Además de esto, ni siquiera depende de vosotros, aunque quisierais apartaros de los asuntos griegos; pues muchas cosas habéis hecho a lo largo de todo el tiempo, y es vergonzoso abandonar a los amigos que existen, y no es posible confiar en los enemigos que hay y dejar que se vuelvan grandes. Y en general, lo que les ha pasado a los políticos con vosotros— no les es posible, cuando quieren, detenerse—, esto también os ha sucedido a vosotros; pues habéis hecho política entre los griegos.
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Y es, atenienses, el punto principal de todo lo dicho: nunca los que hablan os hacen ni malos ni buenos, sino vosotros a ellos, según lo que queráis; pues no sois vosotros los que apuntáis a lo que ellos quieren, sino ellos a lo que creen que vosotros deseáis. Por tanto, debéis empezar por querer cosas buenas, y todo irá bien; pues o nadie dirá nada malo, o no le servirá de nada al no tener a quienes convencer.