Heraclidae
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Original / primary: Spanish Gemini
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Desde hace mucho tiempo tengo esto decidido:
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el hombre justo es aquel que se comporta bien con sus semejantes,
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mientras que el que tiene un carácter entregado al lucro
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es inútil para la ciudad, difícil en el trato,
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y excelente solo para sí mismo; y esto lo sé no por haberlo aprendido de oídas.
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Pues yo, por respeto y veneración a mis parientes,
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pudiendo vivir tranquilamente en Argos, compartí
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la mayoría de los trabajos de Heracles, como un hombre más,
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cuando estaba con nosotros; pero ahora, puesto que habita
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en el cielo, yo, tomando a sus hijos bajo mis alas,
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los protejo, aun necesitando yo mismo protección.
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Pues cuando su padre se alejó de esta tierra,
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Euristeo quiso primero matarnos;
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pero escapamos; y aunque la ciudad se perdió,
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la vida se salvó. Y huimos errantes,
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exiliándonos de una ciudad a otra.
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Pues, además de los otros males, Euristeo consideró oportuno
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cometer esta insolencia contra nosotros:
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enviando heraldos a dondequiera que supiera que estábamos establecidos,
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nos reclama y nos expulsa de la tierra,
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proponiendo a la ciudad de Argos, que no es pequeña, que nos considere
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enemigos, y a la vez que él mismo sea afortunado.
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Ellos, viendo que mi posición es débil,
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y que estos son pequeños y privados de su padre,
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venerando a los más fuertes, nos expulsan de la tierra.
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Yo, en cambio, huyo junto con los hijos que huyen
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y sufro junto con los que sufren,
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temiendo traicionarlos, no sea que algún mortal diga:
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« Mirad, puesto que los niños no tienen padre,
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Yolao no los defendió, a pesar de ser su pariente».
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Privados de toda la tierra de Grecia,
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llegamos a Maratón y a la tierra que comparte su suerte,
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y nos sentamos como suplicantes ante los altares de los dioses,
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para pedir ayuda; pues se dice que los campos de esta tierra
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los habitan los dos hijos de Teseo,
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que obtuvieron su parte por sorteo del linaje de Pandión,
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y que están cerca de ellos; por cuya causa, a los confines
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de la gloriosa Atenas, hemos llegado a este límite.
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Nuestra huida está dirigida por dos ancianos;
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yo, por mi parte, angustiado por estos niños,
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y ella, a su vez, el linaje femenino del hijo,
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Alcmena, abrazándolos dentro de este templo,
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los protege; pues nos da vergüenza que jóvenes vírgenes
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se acerquen a la multitud y permanezcan ante el altar.
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Hilo y sus hermanos, a quienes aventaja en linaje,
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buscan en qué parte de la tierra nos estableceremos,
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si somos expulsados por la fuerza de esta tierra.
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Hijos, hijos, venid aquí, agarraos de mis
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vestiduras; veo a este heraldo de Euristeo
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que viene hacia nosotros, por quien somos perseguidos
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y privados de toda la tierra.
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¡ Oh, ser detestable, ojalá mueras tú y el hombre que te envió!
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¡ Cuántas cosas, y de estas mismas, has anunciado
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con esa misma boca al noble padre!
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¿ Acaso crees que esta es una buena posición en la que sentarse
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y que has llegado a una ciudad aliada, pensando mal?
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Pues no hay nadie que prefiera
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tu inútil poder antes que el de Euristeo.
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Vete;¿ por qué te esfuerzas en esto? Debes levantarte
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hacia Argos, donde te espera un juicio de lapidación.
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De ninguna manera, pues me bastará el altar del dios,
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y la tierra libre en la que nos encontramos.
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¿ Quieres añadirme trabajo a esta mano?
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Ciertamente no me llevarás a mí ni a estos por la fuerza.
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Ya lo verás; pues no eras un buen adivino en esto.
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Eso no podría suceder mientras yo viva.
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Vete; yo a estos, aunque tú no quieras,
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los llevaré, considerándolos, dondequiera que estén, de Euristeo.
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¡ Oh, vosotros que habitáis Atenas desde hace mucho tiempo,
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defendednos! Pues siendo suplicantes de Zeus del Ágora,
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somos violentados y las guirnaldas son profanadas—
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es una vergüenza para la ciudad y una impiedad para los dioses.
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—¡ Ah, ah!¿ Qué grito se ha alzado
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cerca del altar?¿ Qué desgracia mostrará pronto?
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— Ved al anciano débil sobre el suelo,
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derribado;¡ oh, qué desgracia!
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—¿ Por quién caes en tierra en tan triste caída?
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Este, oh extranjeros, despreciando a mis dioses,
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me arrastra violentamente desde los altares de Zeus.
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¿ Y tú de qué tierra, anciano, has venido a este pueblo
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que habita en cuatro ciudades?¿ O desde más allá
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del mar, con remo marino,
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habéis llegado tras abandonar las costas de Eubea?
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No llevo una vida de isleño, oh extranjeros,
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sino que desde Micenas hemos llegado a tu tierra.
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¿ Qué nombre te daba, anciano,
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el pueblo micénico?
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Conocéis, supongo, al compañero de Heracles,
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Yolao; pues este cuerpo no es desconocido.
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Lo sé, pues ya había oído hablar de ti; pero,¿ a quiénes
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llevas en tus manos, jóvenes
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recién criados? Dímelo.
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Estos son los hijos de Heracles, oh extranjeros,
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que han llegado como suplicantes ante ti y ante la ciudad.
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¿ Qué necesidad?¿ O qué asunto de la ciudad, dímelo,
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buscáis obtener?
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Que no seamos entregados ni, por la fuerza de los dioses,
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arrancados de los tuyos para ir a Argos.
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Pero eso no bastará a tus amos,
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quienes, dominándote, te encuentran aquí.