Praefatio in Evangelia
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Original / primary: Spanish Gemini
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Jerónimo al beatísimo papa Dámaso.
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Me obligas a realizar una obra nueva a partir de una antigua, para que, después de que los ejemplares de las Escrituras se hayan dispersado por todo el mundo, me siente como una especie de árbitro; y, puesto que varían entre sí, decida cuáles son aquellos que concuerdan con la verdad griega. Es un gran trabajo, pero una presunción peligrosa, juzgar a los demás cuando uno mismo debe ser juzgado por todos; cambiar la lengua de un anciano y hacer retroceder al mundo, ya encanecido, a los inicios de los niños. Pues, ¿qué hombre, docto o indocto, al tomar el volumen en sus manos y ver que lo que lee discrepa de la saliva que una vez bebió, no prorrumpirá inmediatamente en gritos, llamándome falsario y sacrílego por atreverme a añadir, cambiar o corregir algo en los libros antiguos? Contra esta envidia me consuela una doble causa: que tú, que eres el sumo Sacerdote, ordenas que se haga, y que el testimonio de los mismos detractores comprueba que no es verdad lo que varía. Pues si se debe dar crédito a los ejemplares latinos, que respondan a cuáles, ya que hay casi tantos ejemplares como códices. Pero si se ha de buscar la verdad en la mayoría, ¿por qué no volvemos al original griego y corregimos lo que fue mal editado por intérpretes defectuosos, o corregido más perversamente por presuntuosos inexpertos, o añadido o cambiado por copistas dormilones? Y ciertamente no discuto sobre el Antiguo Testamento, que, traducido a la lengua griega por los setenta ancianos, llegó hasta nosotros en un tercer grado. No pregunto qué opinan Áquila o Símaco, ni por qué Teodoción se sitúa entre los nuevos y los antiguos. Que sea aquella la verdadera interpretación que los Apóstoles aprobaron. Ahora hablo del Nuevo Testamento, que sin duda es griego, a excepción del apóstol Mateo, quien fue el primero en publicar en Judea el Evangelio de Cristo en letras hebreas. Esto, ciertamente, cuando discrepa en nuestra lengua y conduce por diversos cauces de arroyos, debe buscarse en una sola fuente. Paso por alto aquellos códices que la perversa contienda de unos pocos hombres atribuye a Luciano y Hesiquio, a quienes, ciertamente, no les fue permitido corregir nada en el Antiguo Instrumento después de los Setenta Intérpretes, ni les aprovechó haberlo hecho en el Nuevo, pues la Escritura, traducida antes a las lenguas de muchas naciones, enseña que son falsas las cosas que se añadieron. Por tanto, este breve prefacio promete solo los cuatro Evangelios, cuyo orden es este: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, según la enmendada colación de los códices griegos, pero de los antiguos. Y para que no discreparan mucho de la costumbre de la lectura latina, hemos moderado la pluma de tal manera que, habiendo corregido solo aquello que parecía cambiar el sentido, permitimos que el resto permaneciera como estaba. También hemos expresado los cánones que Eusebio, obispo de Cesarea, siguiendo al alejandrino Amonio, ordenó en diez números, tal como se encuentran en el griego. Y si alguno de los curiosos quisiera saber qué cosas en los Evangelios son iguales, cercanas o únicas, que las conozca por su distinción. Pues un gran error se ha arraigado en nuestros códices, ya que, cuando un evangelista dijo más sobre el mismo asunto, añadieron lo que pensaron que faltaba en el otro. O bien, cuando uno expresó el mismo sentido de otra manera, aquel que había leído uno de los cuatro primero, estimó que los demás también debían ser corregidos según su ejemplo. De ahí sucede que entre nosotros todo esté mezclado, y en Marcos se encuentren más cosas de Lucas y Mateo; a su vez, en Mateo más de Juan y Marcos, y en los demás se encuentren las cosas propias de los otros. Por tanto, cuando leas los cánones que están sujetos, una vez eliminado el error de la confusión, conocerás tanto las cosas comunes a todos como restituirás a cada uno lo suyo. En el primer canon concuerdan los cuatro: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. En el segundo, tres: Mateo, Marcos, Lucas. En el tercero, tres: Mateo, Lucas, Juan. En el cuarto, tres: Mateo, Marcos, Juan. En el quinto, dos: Mateo, Lucas. En el sexto, dos: Mateo, Marcos. En el séptimo, dos: Mateo, Juan. En el octavo, dos: Lucas, Marcos. En el noveno, dos: Lucas, Juan. En el décimo, cada uno publicó lo propio, que no se encuentra en los otros. En cada uno de los Evangelios, comenzando desde uno hasta el final de los libros, crece un número dispar. Este, escrito en color negro, tiene debajo otro número de color diferente, hecho con minio, que, procediendo hasta diez, indica en qué canon debe buscarse el número anterior. Por tanto, cuando, abierto el códice, por ejemplo, quieras saber tal o cual capítulo de qué canon es, serás instruido inmediatamente por el número sujeto, y recurriendo a los principios, en los que está dispuesta la serie de los cánones, y encontrado inmediatamente el mismo canon por el título de la cabecera, hallarás el número que buscabas del mismo evangelista, que también está señalado por la inscripción; y, observando los cauces vecinos de los demás, anotarás qué números tienen en la región. Y cuando lo sepas, recurrirás a los volúmenes de cada uno, y sin demora, encontrados los números que habías señalado antes, hallarás también los lugares en los que dijeron cosas iguales o cercanas. Deseo que estés bien en Cristo y te acuerdes de mí, beatísimo Papa.