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Praefatio in Pentateuchum
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Original / primary: Spanish Gemini
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Prefacio al Pentateuco
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He recibido las deseadas cartas de mi querido Desiderio, quien, con cierto presagio de lo venidero, al compartir nombre con Daniel, me suplica que traduzca el Pentateuco del hebreo a la lengua latina para ofrecerlo a los oídos de los nuestros. Es, ciertamente, una obra peligrosa y expuesta a los ladridos de mis detractores, quienes afirman que, para desprestigiar a los Setenta Intérpretes, estoy forjando novedades en lugar de lo antiguo, juzgando así mi ingenio como si fuera vino; cuando yo he testificado muy a menudo que, en la medida de mis fuerzas, ofrezco en el tabernáculo de Dios lo que puedo, sin que la riqueza de otro se vea mancillada por la pobreza de los demás. Para atreverme a esto, me incitó el estudio de Orígenes, quien mezcló la traducción de Teodoción con la edición antigua, distinguiendo toda la obra con asterisco+ y óbelo÷, es decir, con estrella y asador: mientras hace brillar lo que antes faltaba o elimina y atraviesa todo lo superfluo; especialmente aquello que la autoridad de los evangelistas y apóstoles promulgó, en cuyos textos leemos mucho del Antiguo Testamento que no se encuentra en nuestros códices; como es aquello: De Egipto llamé a mi hijo; y: Porque será llamado Nazareno; y: Verán a quien traspasaron; y: De su seno fluirán ríos de agua viva; y: Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman; y muchas otras cosas que requieren su propio σύνταγμα. Preguntemos, pues, a ellos dónde está escrito esto; y cuando no puedan decirlo, lo extraeremos de los libros hebreos. El primer testimonio está en Oseas, el segundo en Isaías, el tercero en Zacarías, el cuarto en Proverbios, el quinto igualmente en Isaías. Muchos, ignorando esto, siguen los delirios de los apócrifos y prefieren las fábulas ibéricas a los libros auténticos. No es mi intención exponer las causas del error. Los judíos dicen que se hizo con prudente consejo, para que Ptolomeo, adorador de un solo Dios, no descubriera una doble divinidad también entre los hebreos. Lo hacían principalmente porque parecía caer en el dogma de Platón. En fin, dondequiera que la Escritura testifica algo sagrado sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, o bien lo interpretaron de otra manera o callaron por completo, para satisfacer al rey y no divulgar el arcano de la fe. Y no sé qué primer autor inventó con su mentira las setenta celdas de Alejandría, en las que, separados, escribían lo mismo, cuando Aristeas, el ὑπερασπιστὴς del mismo Ptolomeo, y mucho tiempo después Josefo, no refirieron nada semejante, sino que escriben que se reunieron en una basílica y conferenciaron, no que profetizaron. Pues una cosa es ser vate y otra intérprete. Allí el Espíritu predice lo venidero; aquí la erudición y la abundancia de palabras traducen lo que se entiende. A menos que acaso debamos pensar que Tulio, inspirado por un espíritu retórico, tradujo el Económico de Jenofonte, el Protágoras de Platón y el discurso de Demóstenes sobre Ctesifonte. O bien que el Espíritu Santo tejió los testimonios sobre los mismos libros de una manera a través de los Setenta Intérpretes y de otra a través de los apóstoles, de modo que lo que aquellos callaron, estos mintieron al escribirlo. ¿Qué pues? ¿Condenamos a los antiguos? De ninguna manera; pero, tras los estudios de los predecesores, trabajamos en la casa del Señor lo que podemos. Ellos tradujeron antes de la venida de Cristo y, lo que no sabían, lo expusieron con sentencias dudosas. Nosotros, después de su pasión y resurrección, no escribimos tanto una profecía como una historia. Pues de otra manera se narran las cosas oídas y de otra las vistas. Lo que entendemos mejor, lo expresamos mejor. Escucha, pues, rival; escucha, detractor: no condeno, no reprendo a los Setenta, pero prefiero con confianza a los apóstoles sobre todos ellos. Por la boca de estos me suena Cristo, a quienes leo colocados antes que los profetas entre los carismas espirituales, en los cuales los intérpretes ocupan casi el último grado. ¿Por qué te retuerces de envidia? ¿Por qué incitas los ánimos de los ignorantes contra mí? Si en algún lugar de la traducción te parece que yerro, interroga a los hebreos, consulta a los maestros de diversas ciudades. Lo que ellos tienen sobre Cristo, tus códices no lo tienen. Otra cosa es si probaron que los testimonios utilizados después por los apóstoles estaban en su contra, y si los ejemplares latinos son más corregidos que los griegos, y los griegos más que los hebreos. Pero esto es contra los envidiosos. Ahora te ruego, queridísimo Desiderio, que, ya que me has hecho emprender tan gran obra y comenzar desde el Génesis, me ayudes con tus oraciones, para que pueda traducirlos a la lengua latina con el mismo espíritu con que fueron escritos los libros.

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