Alexander
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Quizás tú, queridísimo Celso, consideres que el encargo es algo pequeño y trivial: pedirte que pongas por escrito y me envíes la vida de Alejandro de Abonutico, ese embaucador, junto con sus maquinaciones, audacias y artes mágicas. Pero, si alguien quisiera examinar cada detalle con precisión, no es una tarea menor que escribir las hazañas de Alejandro de Filipo; pues tanto como aquel destacó en virtud, este lo hizo en maldad. Sin embargo, si estás dispuesto a leerlo con indulgencia y a añadir por tu cuenta lo que falte en el relato, asumiré el desafío e intentaré limpiar, si no todo, al menos en la medida de mis fuerzas, el establo de Augías, sacando unos pocos cestos de estiércol para que, a partir de ellos, puedas conjeturar cuán inmenso e incalculable era el montón que tres mil bueyes pudieron producir en muchos años.
2
Me avergüenzo, pues, por ambos, por ti y por mí: por ti, al pedir que se entregue a la memoria y a la escritura a un hombre tres veces maldito; y por mí, al dedicar mi esfuerzo a tal historia y a las acciones de un hombre que no merecía ser leído por personas cultas, sino ser visto en algún teatro público inmenso siendo despedazado por monos o zorros. Pero si alguien nos reprocha esto, nosotros mismos podremos citar un ejemplo similar. Pues Arriano, el discípulo de Epicteto, un hombre entre los primeros de los romanos y que vivió toda su vida en la cultura, al sufrir algo parecido, podría defenderse también por nosotros: él, en efecto, se dignó escribir la vida del bandido Tillórobo. Nosotros, por nuestra parte, haremos memoria de un bandido mucho más cruel, en la medida en que este no robaba en bosques y montañas, sino en ciudades, no recorriendo solo Misia o el Ida, ni saqueando solo algunas partes más desiertas de Asia, sino habiendo llenado, por así decirlo, todo el imperio romano con sus latrocinios.
3
Pero antes te lo describiré con palabras, comparándolo con lo más parecido que pueda, aunque no sea yo muy dado a la descripción. Pues su cuerpo, para que también te muestre esto, era grande, hermoso a la vista y verdaderamente digno de un dios; de tez blanca, barba no muy poblada, con cabellos propios y otros postizos muy bien ajustados, de modo que la mayoría no notaba que eran ajenos; sus ojos mostraban mucha vivacidad y un aire divino, y su voz era a la vez dulcísima y muy clara; en suma, no se le podía reprochar nada en estos aspectos.
4
Así era en su aspecto; pero su alma y su mente...¡ Hércules protector, Zeus que alejas los males y Dioscuros salvadores, que a mis enemigos y adversarios les toque encontrarse y tratar con alguien así! Pues en inteligencia, agudeza y sagacidad superaba con mucho a los demás, y su curiosidad, facilidad de aprendizaje, memoria y talento natural para las disciplinas, todo esto lo poseía en grado sumo. Pero lo usaba para lo peor, y teniendo estos nobles instrumentos a su disposición, se convirtió rápidamente en el más consumado de los famosos por su maldad, superando a los Cercopes, a Euríbato, Frinondas, Aristodemo o Sóstrato. Pues él mismo, escribiendo una vez a su yerno Rutiliano y diciendo lo más moderado sobre sí mismo, pretendía ser semejante a Pitágoras. Pero que Pitágoras sea propicio, hombre sabio y de mente divina; si hubiera nacido como este, estoy seguro de que habría parecido un niño a su lado. Y por las Gracias, no creas que digo esto para insultar a Pitágoras o intentando compararlos en la semejanza de sus actos; pero si alguien reuniera en un solo lugar lo peor y más blasfemo que se dice sobre Pitágoras para difamarlo— cosas que yo mismo no creería ciertas—, todo eso sería solo una mínima parte de la astucia de Alejandro. Pues, en suma, imagina y traza en tu mente una mezcla de alma de lo más variada, compuesta de mentiras, engaños, perjurios y malas artes, fácil, audaz, temeraria, trabajadora para ejecutar lo pensado, persuasiva, digna de confianza, capaz de fingir lo mejor y parecida a lo más opuesto a su voluntad. Nadie, en efecto, que lo encontrara por primera vez se iba sin llevarse la impresión de que era el más honesto, amable y, además, el más sencillo y cándido de todos los hombres. Y sobre todo esto, poseía una gran ambición y la capacidad de no planear nada pequeño, sino de dirigir siempre su mente a las cosas más grandes.
5
Siendo aún un joven muy hermoso, como se podía deducir por su aspecto y escuchar de quienes lo contaban, se prostituía sin freno y vivía a sueldo de quienes lo necesitaban. Entre otros, lo toma un amante embaucador, experto en magia, que prometía encantamientos divinos, favores amorosos, hechizos contra enemigos, hallazgos de tesoros y sucesiones de herencias. Este, al ver a un joven talentoso y muy dispuesto al servicio de sus propias acciones, no menos enamorado de su maldad que él de su belleza, lo educó y lo mantuvo usándolo como ayudante, servidor y diácono. Aquel mismo hombre era públicamente médico, supuestamente, pero conocía, al igual que la mujer de Ton, el egipcio, muchas drogas buenas mezcladas y muchas funestas; de todas ellas, este se convirtió en heredero y sucesor. Aquel maestro y amante era de linaje tianense, de los allegados al gran Apolonio, y conocía toda su tragedia. Ya ves de qué tipo de escuela te hablo.
6
Cuando Alejandro ya empezaba a tener barba y aquel tianense murió, encontrándose en apuros y habiéndose marchado ya la belleza de la que podía alimentarse, ya no planeaba nada pequeño, sino que, asociándose con un tal Cocconas, un coreógrafo de los que se presentan en los concursos, mucho más maldito por naturaleza— creo que así lo llamaban—, iban por ahí embaucando y haciendo artes mágicas, esquilmando a los más ingenuos— pues así llaman ellos en la lengua patria de los magos a la multitud—. Entre estos, encontraron a una mujer rica de Macedonia, ya entrada en años pero que deseaba seguir siendo deseable, y tras obtener de ella lo suficiente para alimentarse, la siguieron desde Bitinia hasta Macedonia. Ella era de Pela, un lugar antaño afortunado bajo los reyes de los macedonios, pero ahora humilde y con muy pocos habitantes.
7
Allí, al ver serpientes de gran tamaño, muy mansas y dóciles, hasta el punto de ser alimentadas por mujeres, dormir con niños, soportar ser pisadas y apretadas sin enfadarse y beber leche del pecho al igual que los bebés— y nacen muchas así entre ellos, de donde es probable que el mito sobre Olimpia se difundiera hace tiempo, cuando estaba embarazada de Alejandro, al dormir con ella, creo, una serpiente de este tipo—, compran una de las serpientes más hermosas por pocos óbolos.
8
Y, según Tucídides, la guerra comienza ya desde aquí. Pues, como era de esperar, dos hombres malvados, de gran audacia y muy dispuestos a hacer el mal, al unirse, comprendieron fácilmente que la vida de los hombres estaba tiranizada por estos dos grandes males: la esperanza y el miedo, y que quien pudiera usar cada uno de ellos a su favor se enriquecería rápidamente. Pues veían que, tanto para el que teme como para el que espera, la adivinación es algo muy necesario y deseado, y que así fue como antaño Delfos se enriqueció y se hizo famosa, así como Delos, Claros y Bránquidas, al acudir los hombres a los templos por causa de los tiranos que mencioné, la esperanza y el miedo, y desear conocer de antemano el futuro, y por ello sacrificar hecatombes y dedicar lingotes de oro. Pensando y tramando esto entre ellos, decidieron establecer un oráculo y un centro de adivinación; pues si esto les salía bien, esperaban ser inmediatamente ricos y afortunados, lo cual les resultó mejor de lo que esperaban y superó sus expectativas iniciales.
9
A partir de ahí, hicieron el plan, primero sobre el lugar, y segundo, cuál sería el comienzo y el modo de la empresa. Cocconas consideraba que Calcedonia era un lugar adecuado y oportuno, cercano a Tracia y Bitinia, y no lejos de Asia, Galacia y todas las naciones situadas más allá; pero Alejandro, por el contrario, prefería su tierra natal, diciendo lo que era verdad: que para el comienzo y la empresa de tales cosas se necesitaban hombres ingenuos y estúpidos que los acogieran, como decía que eran los paflagonios que vivían sobre el muro de Abon, supersticiosos en su mayoría y ricos, y que si alguien aparecía trayendo un flautista o un tamborilero o alguien que hiciera sonar címbalos, adivinando con un cedazo, como dice el refrán, inmediatamente todos estarían boquiabiertos ante él y mirándolo como a uno de los seres celestiales.
10
Tras una no pequeña disputa sobre esto, al final venció Alejandro, y al llegar a Calcedonia— pues la ciudad les pareció útil a pesar de todo—, en el templo de Apolo, que es el más antiguo para los calcedonios, enterraron unas tablillas de bronce que decían que muy pronto Asclepio, junto con su padre Apolo, se trasladaría al Ponto y ocuparía el muro de Abon. Estas tablillas, encontradas a propósito, hicieron que este rumor se difundiera fácilmente por toda Bitinia y el Ponto, y mucho antes que a otros, al muro de Abon; pues ellos también votaron inmediatamente erigir un templo y ya estaban cavando los cimientos. Y allí, Cocconas se queda en Calcedonia, escribiendo algunos oráculos dobles, ambiguos y oscuros, y poco después murió, creo que mordido por una víbora.
11
Alejandro es enviado por delante, luciendo ya una larga cabellera, vistiendo una túnica de color púrpura con blanco y cubriéndose con un manto blanco sobre ella, llevando una hoz como Perseo, de quien se decía descendiente por parte de madre; y aquellos malditos paflagonios, conociendo a ambos padres suyos como oscuros y humildes, creían en el oráculo que decía:' Este, de linaje perseida, es visto como amigo de Febo, el divino Alejandro, que posee la sangre de Podalirio'. Así pues, Podalirio era tan lascivo y mujeriego por naturaleza que, desde Trica hasta Paflagonia, se excitó por la madre de Alejandro. Ya se había encontrado un oráculo, como si la Sibila lo hubiera predicho:' Cerca de las orillas del Ponto Euxino, junto a Sinope, habrá un profeta bajo los ausonios, según la torre, mostrando desde la primera unidad tres decenas y cinco otras unidades y una veintena de triple número, de un hombre protector, de nombre de cuatro sílabas'.
12
Al irrumpir, pues, Alejandro con tal tragedia después de mucho tiempo en su patria, era admirado y brillante, fingiendo a veces estar loco y llenándose la boca de espuma; esto le resultaba fácil al masticar la raíz de la hierba tintórea; para los demás, tanto la espuma como él mismo parecían algo divino y temible. Habían fabricado y preparado hace tiempo una cabeza de serpiente de lino que mostraba algo con forma humana, pintada, muy bien imitada, que abría y cerraba la boca mediante crines de caballo; y una lengua como la de una serpiente, doble y negra, salía también tirada por pelos. Y la serpiente de Pela ya existía y era alimentada en casa, para aparecer ante ellos en el momento oportuno y participar en la tragedia, o mejor dicho, para ser el protagonista.
13
Cuando ya era hora de empezar, maquina algo así: al ir de noche a los cimientos del templo que apenas se estaban cavando— y en ellos se había acumulado agua, ya fuera filtrada de algún lugar o caída del cielo—, deposita allí un huevo de oca vaciado, que guardaba dentro una serpiente recién nacida, y tras hundirlo en el fondo del barro, se retiraba. Al amanecer, saltó desnudo a la plaza, llevando un taparrabos alrededor de sus genitales, también dorado, y llevando aquella hoz, agitando al mismo tiempo su cabellera suelta como los que mendigan y se entusiasman por la Madre, arengaba al pueblo tras subir a un altar elevado y felicitaba a la ciudad que muy pronto recibiría al dios en persona. Los presentes— pues casi toda la ciudad había corrido junto con mujeres, ancianos y niños— estaban atónitos, rezaban y adoraban. Él, pronunciando algunas voces ininteligibles, como podrían ser las de hebreos o fenicios, asombraba a los hombres que no sabían qué decía, salvo esto solo, que en todo mezclaba a Apolo y a Asclepio.
14
Luego corría hacia el futuro templo; y al llegar a la excavación y a la fuente del oráculo preparada de antemano, al entrar en el agua cantaba himnos a Asclepio y Apolo con gran voz y llamaba al dios a venir con buena fortuna a la ciudad. Luego, tras pedir una copa, al dársela alguien, introduciéndola fácilmente, saca con el agua y el barro aquel huevo en el que el dios estaba encerrado para él, con la unión de la tapa pegada con cera blanca y albayalde; y al tomarlo en sus manos, decía que ya tenía a Asclepio. Los demás miraban atónitos qué pasaba, habiéndose maravillado mucho antes de encontrar el huevo en el agua. Y cuando, al romperlo en el hueco de su mano, recibió el embrión de aquella serpiente y los presentes vieron que se movía y se enroscaba alrededor de sus dedos, gritaron inmediatamente, saludaron al dios, felicitaron a la ciudad y cada uno se llenaba a boca llena de oraciones, pidiéndole tesoros, riquezas, salud y los demás bienes. Él corría de nuevo hacia su casa llevando consigo al recién nacido Asclepio, nacido dos veces, cuando los demás hombres nacen una sola, no de Corónide,¡ por Zeus!, ni de una corneja, sino nacido de una oca. Todo el pueblo lo seguía, todos inspirados y enloquecidos por las esperanzas.
15
Durante algunos días permaneció en casa esperando lo que era natural, que por la fama muy pronto acudirían muchísimos paflagonios. Cuando la ciudad estuvo abarrotada de hombres, a quienes les habían quitado los cerebros y los corazones, que en nada se parecían a hombres comedores de pan, sino que solo por su forma no eran ovejas, sentado en una pequeña habitación sobre un lecho, vestido de forma muy divina, tomaba en su regazo a aquella serpiente de Pela, que era, como dije, muy grande y hermosa, y envolviéndola toda alrededor de su cuello y dejando la cola fuera— que era larga— para que se derramara en su pecho y la parte final se arrastrara por el suelo, teniendo solo la cabeza bajo la axila y ocultándola, mientras aquel animal soportaba todo, mostraba la cabeza de lino por un lado de la barba, como si fuera totalmente la de aquel que aparecía.
16
Luego, imagínate una habitación no muy luminosa ni que reciba mucha luz y una multitud de gente mezclada, perturbada, atónita y suspendida por sus esperanzas, a quienes, al entrar, el asunto les parecía, como es natural, prodigioso: que de la pequeña serpiente de antes, en pocos días, hubiera aparecido tal dragón, y además con forma humana y manso. Se apresuraban inmediatamente hacia la salida y, antes de ver con precisión, eran expulsados por los que entraban continuamente; pues se había hecho otra salida en la puerta opuesta. Se dice que algo así hicieron los macedonios en Babilonia cuando Alejandro estaba enfermo, cuando él ya estaba mal y los que rodeaban el palacio deseaban verlo y saludarlo por última vez. Se dice que este miserable hizo esta exhibición no una vez, sino muchas, y especialmente si llegaban algunos de los ricos más recientes.
17
Aquí, amigo Celso, si hay que decir la verdad, hay que perdonar a aquellos paflagonios y pónticos, hombres ingenuos e incultos, si fueron engañados al tocar al dragón— pues Alejandro también permitía esto a quienes lo deseaban—, viendo en la luz tenue su cabeza, supuestamente suya, abriendo y cerrando la boca, de modo que el mecanismo necesitaba a un Demócrito o al mismo Epicuro o a Metrodoro o a algún otro que tuviera una mente de diamante ante tales cosas, para desconfiar y conjeturar lo que era, y si no podía encontrar el modo, al menos estar convencido de que el modo de la magia se le escapaba, pero que todo era mentira y imposible de suceder.
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Poco a poco, pues, Bitinia, Galacia y Tracia acudían en masa, diciendo cada uno de los que anunciaban, como es natural, que había visto nacer al dios y que después lo había tocado, habiéndose convertido poco después en uno de gran tamaño y con el rostro parecido al de un hombre. Se hicieron pinturas, imágenes y estatuas sobre esto, unas de bronce, otras de plata, y se le puso nombre al dios: pues se llamaba Glicón, según un oráculo métrico y divino. Pues Alejandro proclamó:' Soy Glicón, tercera sangre de Zeus, luz para los hombres'.
19
Y cuando llegó el momento, por el cual se había maquinado todo, de dar oráculos a los necesitados y profetizar, tomando el ejemplo de Anfíloco en Cilicia— pues aquel, tras la muerte de su padre Anfiarao y su desaparición en Tebas, al salir de su tierra y llegar a Cilicia, no le fue mal, profetizando él mismo a los cilicios el futuro y recibiendo dos óbolos por cada oráculo—, tomando de allí el ejemplo, Alejandro anuncia a todos los que llegaban que el dios profetizaría, anunciando un día determinado. Ordenó que cada uno, lo que necesitara y lo que más deseara saber, lo escribiera en un libro, lo cosiera y lo sellara con cera, barro o algo similar. Él, tomando los libros y bajando al ádyton— pues ya el templo se había erigido y la tienda estaba preparada—, iba a llamar por orden a los que habían entregado, mediante un heraldo y un teólogo, y escuchando cada cosa del dios, devolvería el libro sellado tal como estaba, con la respuesta escrita debajo, respondiendo el dios en verso sobre lo que cada uno preguntara.
20
Este mecanismo era para un hombre como tú, y si no es vulgar decirlo, como yo, evidente y fácil de conocer, pero para los ignorantes y los que están llenos de mocos en la nariz, prodigioso y muy parecido a lo increíble. Pues, habiendo ideado diversas formas de abrir los sellos, leía cada una de las preguntas y respondía lo que le parecía, luego, volviéndolo a enrollar y sellar, lo devolvía con gran asombro a quienes lo recibían. Y era muy común entre ellos el'¿ de dónde sabía este lo que yo le entregué muy seguramente sellado bajo sellos difíciles de imitar, si no era un dios verdaderamente el que todo lo sabe?'
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Cuáles son, pues, las maquinaciones, quizás me preguntes. Escucha, pues, para que puedas refutar tales cosas. La primera es aquella, queridísimo Celso: calentando una aguja, derretía la parte de la cera bajo el sello, la quitaba y, tras la lectura, calentando de nuevo la cera con la aguja, tanto la de abajo bajo el hilo como la que tenía el sello mismo, la pegaba fácilmente. Otro modo es el del llamado colirio; esto se prepara con pez de Brecia, asfalto, piedra transparente triturada, cera y almáciga. Pues, tras amasar el colirio con todo esto y calentarlo al fuego, untando el sello con saliva, lo aplicaba y sacaba la huella. Luego, al secarse inmediatamente, tras abrirlo fácilmente y leerlo, al poner la cera, imprimía el sello como si fuera de piedra, muy parecido al arquetipo. Escucha otra tercera además de estas: al echar cal en el pegamento con el que pegan los libros, y hacer cera de esto, mientras aún estaba húmeda la aplicaba al sello y la quitaba— y se vuelve inmediatamente seca y más sólida que el cuerno, o mejor dicho, que el hierro—, usaba esto para la huella. Hay también muchas otras cosas ideadas para esto, de las cuales no es necesario mencionarlas todas, para no parecer que carecemos de gusto, y especialmente cuando tú, en lo que escribiste contra los magos, en escritos a la vez bellísimos y utilísimos y capaces de hacer entrar en razón a quienes los leen, has expuesto suficientes y muchas más que estas.
22
Profetizaba, pues, y daba oráculos, usando aquí mucha inteligencia y añadiendo la capacidad de conjeturar a su maquinación, respondiendo a unos con cosas oscuras y ambiguas a las preguntas, y a otros incluso muy confusas; pues esto le parecía oracular. A unos los disuadía o los persuadía, según le parecía mejor al conjeturar; a otros les prescribía curaciones y dietas, sabiendo, lo que dije al principio, muchas y útiles drogas. Sobre todo tenían éxito entre ellos las' cutmides', un nombre inventado para algo que no causa dolor, compuesto de grasa de oso. Sin embargo, las esperanzas, los progresos y las sucesiones de herencias siempre las posponía para después, añadiendo que todo sucederá cuando yo quiera y mi profeta Alejandro lo pida y rece por vosotros.
23
El pago estaba fijado en un dracma y dos óbolos por cada oráculo. No creas, compañero, que este ingreso fue pequeño o poco, sino que reunía hasta setenta u ochenta mil cada año, al entregar los hombres diez o quince oráculos por su codicia. Y al recibirlo, no lo usaba solo él ni lo atesoraba para su riqueza, sino que, teniendo ya muchos colaboradores a su alrededor, servidores, informadores, creadores de oráculos, guardianes de oráculos, escribas, selladores e intérpretes, repartía a todos a cada uno según su mérito.
24
Ya enviaba a algunos al extranjero, para que difundieran rumores entre las naciones sobre el oráculo y contaran cómo había predicho y encontrado fugitivos, desenmascarado ladrones y bandidos, permitido desenterrar tesoros, curado enfermos y a algunos incluso resucitado ya muertos. Había, pues, carrera y empujones desde todas partes, sacrificios y ofrendas, y el doble para el profeta y discípulo del dios. Pues también este oráculo se difundió:' Ordeno honrar a mi servidor y profeta; pues no me preocupo demasiado por las riquezas, sino por el profeta'.
25
Y cuando ya muchos de los que tenían sentido común, despertando como de una borrachera profunda, se unían contra él, y especialmente los que eran compañeros de Epicuro, y muchos eran... Y en las ciudades se había descubierto silenciosamente toda la magia y el montaje del drama, lanza un espantajo contra ellos, diciendo que el Ponto estaba lleno de ateos y cristianos, que se atreven a blasfemar lo peor sobre él; a quienes ordenaba expulsar a pedradas, si es que querían tener al dios propicio. Sobre Epicuro, pronunció también un oráculo así: al preguntar alguien qué hace Epicuro en el Hades, dijo:' Tiene grilletes de plomo y está sentado en el fango'.¿ Y te sorprendes de que el oráculo se elevara a gran altura, viendo las preguntas de los que se acercaban, sensatas y cultas? En suma, la guerra era implacable y sin tregua por su parte contra Epicuro; muy razonablemente.¿ Contra quién otro más justamente lucharía un hombre embaucador y amigo de prodigios, y enemigo acérrimo de la verdad, que contra Epicuro, un hombre que había contemplado la naturaleza de las cosas y que solo él conocía la verdad en ellas? Pues los que rodeaban a Platón, Crisipo y Pitágoras eran amigos, y había una paz profunda con ellos; pero el inflexible Epicuro— pues así lo llamaba— era justamente el más odiado, al poner todo esto en risa y juego. Por eso odiaba especialmente a Amastris de las ciudades pónticas, porque sabía que los que rodeaban a Lépido y otros similares a ellos estaban en la ciudad; ni siquiera profetizó nunca a un hombre de Amastris. Y cuando se atrevió a profetizar al hermano de un senador, le fue ridículamente, al no encontrar ni él mismo cómo inventar un oráculo hábil ni alguien que pudiera hacérselo a tiempo. Pues queriendo prescribir a quien se quejaba de dolor de estómago comer una pata de cerdo preparada con malva, dijo así:' Ciminea con malva la pata de cerdos en una vasija sagrada'.
26
Muchas veces, pues, como dije antes, mostró el dragón a los necesitados, no entero, sino mostrando sobre todo la cola y el resto del cuerpo, manteniendo la cabeza oculta bajo el regazo. Pero al querer asombrar aún más a la multitud, prometió que también haría hablar al dios, profetizando él mismo sin profeta. Luego, no difícilmente, uniendo tráqueas de grullas y pasándolas a través de aquella cabeza mecanizada para la semejanza, mientras otro gritaba desde fuera, respondía a las preguntas, saliendo la voz a través de aquel Asclepio de lino. Estos oráculos se llamaban' autófonos', y no se daban a todos ni sin freno, sino a los ricos, poderosos y generosos.
27
El que se dio a Severiano sobre la entrada en Armenia fue también de los autófonos. Pues incitándolo a la invasión, dijo así:' Tras domar a partos y armenios con veloz lanza, regresarás a Roma y a la gloriosa agua del Tíber, llevando una corona en las sienes mezclada con rayos'. Luego, cuando aquel estúpido celta, convencido, invadió y le fue mal, siendo masacrado con todo su ejército por Osroes, elimina este oráculo de los registros e inserta otro en su lugar:' No conduzcas tú el ejército contra los armenios, pues no es mejor, no sea que algún hombre de túnica femenina, lanzando desde el arco un funesto destino, te prive de la vida y de la luz'.
28
Pues también esto lo ideó muy sabiamente, los oráculos posteriores para la curación de los mal predichos y fallidos. Pues muchas veces antes de la muerte prometía salud a los enfermos, y al morir, otro oráculo estaba listo haciendo palinodia:' No busques más ayuda para la funesta enfermedad; pues el destino es evidente y no es posible para ti escapar'.
29
Sabiendo que los de Claros, Dídimos y Malo también tenían éxito en esta misma adivinación, se los hacía amigos, enviando a muchos de los que se acercaban a ellos diciendo:' Ve ahora a Claros, para que escuches la voz de mi padre'. Y de nuevo:' Acércate a los ádytons de los Bránquidas y escucha los oráculos'. Y otra vez:' Ve a Malo y a las profecías de Anfíloco'.
30
Esto dentro de los límites hasta Jonia, Cilicia, Paflagonia y Galacia. Pero cuando la fama del oráculo se difundió hasta Italia y llegó a la ciudad de los romanos, no había nadie que no se apresurara unos antes que otros, unos yendo ellos mismos, otros enviando, y especialmente los más poderosos y los que tenían mayor dignidad en la ciudad; de los cuales el primero y más importante fue Rutiliano, un hombre por lo demás bueno y honesto y probado en muchos cargos romanos, pero muy enfermo en lo referente a los dioses y que creía cosas extrañas sobre ellos, si solo veía una piedra untada en algún lugar o coronada, se postraba inmediatamente y adoraba, permaneciendo mucho tiempo de pie, rezando y pidiendo bienes de ella. Este, pues, al escuchar sobre el oráculo, poco le faltó para abandonar el cargo que se le había confiado y volar al muro de Abon. Enviaba, pues, a unos tras otros; los enviados, unos criados ignorantes, fácilmente engañados, regresaban, habiendo visto unas cosas, y otras contándolas como si las hubieran visto y escuchado, y añadiendo aún más que esto, para ser más estimados ante su señor. Incendiaban, pues, al miserable anciano y lo metían en una locura firme.
31
Él, como si fuera amigo de la mayoría y de los más poderosos, iba contando unas cosas como las había escuchado de los enviados, y otras añadiéndolas él mismo. Llenó, pues, la ciudad y la perturbó, y alborotó a la mayoría de los que estaban en la corte, quienes inmediatamente también se apresuraban a escuchar algo sobre sus propios asuntos. Él, recibiendo muy amablemente a los que llegaban, con regalos de hospitalidad y otras dádivas costosas, los enviaba a casa ganados para sí, no solo para anunciar las preguntas, sino también para cantar himnos al dios y mentir ellos mismos sobre prodigios en favor del oráculo.
32
Pero también maquina algo el tres veces maldito, no poco sabio ni digno de un bandido cualquiera. Pues al abrir los libros enviados y leerlos, si encontraba algo peligroso y arriesgado en las preguntas, lo retenía él mismo y no lo enviaba, para tener bajo su control y casi como esclavos por el miedo a los que los habían enviado, recordando lo que habían preguntado. Entiendes qué tipo de preguntas es natural que hagan los ricos y los muy poderosos. Recibía, pues, mucho de ellos, sabiendo que los tenía dentro de sus redes.
33
Quiero contarte también algunos de los oráculos dados a Rutiliano. Pues, cuando él preguntaba por su hijo de un matrimonio anterior, que estaba en edad de recibir educación, sobre a quién debía poner como maestro de sus estudios, le dijo:« A Pitágoras, el buen cantor y guía de las guerras». Luego, al morir el niño pocos días después, él estaba perplejo y no tenía nada que decir a quienes lo criticaban, habiendo quedado el oráculo refutado de tal manera; pero el propio Rutiliano, el mejor de los hombres, se adelantó a defender al oráculo diciendo que el dios había preanunciado esto mismo y que por eso, estando vivo, ordenó no elegirle ningún maestro, sino a Pitágoras y a Homero, muertos hace tiempo, con quienes es natural que el joven esté ahora en el Hades.¿ Qué hay, pues, digno de reprochar a Alejandro, si consideraba digno de tratar con tales hombrecillos?
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Y de nuevo, cuando él preguntaba qué alma había heredado él mismo, dijo:« Primero fuiste Pelida, después Menandro, luego el que ahora pareces, y después serás un rayo solar, y vivirás ciento ochenta años». Pero murió a los setenta años, habiendo caído en melancolía, sin esperar la promesa del dios.
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Y este oráculo era de los que se cumplían por sí mismos. Cuando preguntó una vez también sobre el matrimonio, le dijo expresamente:« Cásate con la hija de Alejandro y de Selene». Hacía tiempo que él había difundido el rumor de que la hija que tenía había nacido de Selene; pues Selene se había enamorado de él al verlo dormir una vez, lo cual es su costumbre, enamorarse de los bellos mientras duermen. Y él, sin dudarlo, el sapientísimo Rutiliano, envió inmediatamente por la joven y celebró las bodas a los sesenta años de edad y convivió con ella, aplacando a su suegra Selene con hecatombes enteras y creyendo él mismo haberse convertido en uno de los seres celestiales.
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Él, una vez que se apoderó de los asuntos en Italia, ideaba siempre cosas mayores y enviaba por todas partes del imperio romano a oraculeros, advirtiendo a las ciudades que se guardaran de pestes, incendios y terremotos; y él mismo les prometía que los ayudaría con seguridad para que nada de esto sucediera. Y un oráculo, también de los que se cumplen por sí mismos, lo envió a todas las naciones durante la peste; el verso era uno solo:« Febo de larga cabellera aleja la nube de la peste». Y era posible ver este verso escrito por todas partes en los dinteles como antídoto contra la peste. Pero el resultado fue el contrario para la mayoría; pues, por alguna casualidad, se vaciaron precisamente aquellas casas en las que el verso estaba escrito. Y no creas que digo esto porque perecieran a causa del verso; sino que sucedió así por alguna casualidad. Quizás también la mayoría, confiando en el verso, se descuidaban y vivían con más negligencia, sin contribuir en nada con el oráculo contra la enfermedad, como si tuvieran a las sílabas luchando por ellos y al Febo de larga cabellera disparando flechas contra la peste.
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Sin embargo, estableció en la misma Roma a muchos de sus cómplices, quienes le comunicaban las intenciones de cada uno y le preanunciaban las preguntas y lo que más deseaban, de modo que él estaba preparado para las respuestas incluso antes de que llegaran los enviados.
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Y esto es lo que tramaba para los asuntos en Italia; pero en casa hacía cosas como estas. Pues organiza una especie de rito iniciático, con procesiones de antorchas y jerofantes, celebrándose siempre tres días seguidos. Y en el primero había un pregón como en Atenas:« Si algún ateo, cristiano o epicúreo ha venido como espía de los misterios, que huya; los que creen en el dios, que se inicien con buena fortuna». Luego, inmediatamente al principio, se producía la expulsión; y él encabezaba diciendo:«¡ Fuera los cristianos!», y toda la multitud coreaba:«¡ Fuera los epicúreos!». Luego tenía lugar el parto de Leto, el nacimiento de Apolo, la boda de Corónide y el nacimiento de Asclepio. Y en el segundo, la aparición de Glicón y el nacimiento del dios.
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En el tercer día era el de Podalirio y la boda de la madre de Alejandro; se llamaba Dadis y se encendían antorchas. Y finalmente el amor de Selene y Alejandro y el nacimiento de la mujer de Rutiliano. Endimión- Alejandro oficiaba como jerofante y portador de antorchas. Y él yacía supuestamente durmiendo en medio, y descendía hacia él desde el techo, como desde el cielo, en lugar de Selene, una tal Rutilia, hermosísima, mujer de uno de los administradores del César, que verdaderamente estaba enamorada de Alejandro y correspondida por él, y ante los ojos de aquel hombre funesto se producían besos y abrazos en medio. Y si no fueran tantas las antorchas, quizás se habría hecho algo también bajo el regazo. Poco después entraba de nuevo vestido como jerofante en medio de un gran silencio, y él mismo decía con gran voz:«¡ Ié Glicón!», y le coreaban siguiéndolo unos supuestos Eumólpidas y unos heraldos paflagones, calzados con sandalias de cuero, eructando mucho olor a ajo:«¡ Ié Alejandro!».
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Muchas veces, en la procesión de antorchas y en los saltos místicos, su muslo, desnudado a propósito, resplandecía de oro, habiéndose puesto, como es natural, una piel dorada que brillaba ante el resplandor de las antorchas. De modo que, habiéndose producido una vez una investigación por parte de dos de esos sabios necios sobre él, si tenía el alma de Pitágoras debido al muslo de oro o alguna otra similar, y habiendo llevado esta investigación al mismo Alejandro, el rey Glicón resolvió la duda con un oráculo:« El alma de Pitágoras a veces mengua, y otras crece; pero la profecía es un fragmento de la mente divina. Y el padre la envió como auxilio de los hombres buenos; y de nuevo irá a Zeus, habiendo sido alcanzada por el rayo de Zeus».
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Aunque pregonaba a todos abstenerse de la unión con niños, por ser impía, él mismo, el muy noble, tramó algo así. Pues ordenaba a las ciudades pónticas y paflagonias enviar teócolos cada tres años, para que alabaran al dios junto a él, y debían ser enviados los más nobles, hermosos y destacados en belleza, tras haber sido examinados y seleccionados; a los cuales, encerrándolos, los trataba como si fueran comprados con dinero, durmiendo con ellos y abusando de todas las maneras. Y había establecido una ley de que nadie mayor de dieciocho años fuera saludado por su boca ni recibido con un beso, sino que, tendiendo la mano a los demás, besaba solo a los hermosos, y eran llamados los que estaban dentro del beso.
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Así continuaba deleitándose con los insensatos, corrompiendo a mujeres descaradamente y uniéndose a muchachos. Y era algo grande y deseable para cada uno si él miraba a la mujer de alguien; y si además la consideraba digna de un beso, cada uno creía que la buena fortuna fluiría en masa hacia su casa. Muchas incluso se jactaban de haber dado a luz de él, y los maridos daban fe de que decían la verdad.
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Quiero contarte también un diálogo de Glicón y un tal Sacerdote, un hombre de Tiana; qué clase de inteligencia tenía, lo sabrás por las preguntas. Lo leí escrito en letras de oro en Tio, en la casa de Sacerdote.« Dime, pues», dijo,« oh señor Glicón,¿ quién eres?».« Yo», dijo,« soy un Asclepio nuevo».«¿ Otro distinto al anterior?¿ Cómo dices? No es lícito que escuches esto».«¿ Cuántos años nos permanecerás dando oráculos?».« Tres mil y tres».«¿ Luego a dónde te trasladarás?».« A Bactra y a la tierra de allí; pues es necesario que también los bárbaros disfruten de mi presencia».«¿ Los otros oráculos, el de Dídima, el de Claros y el de Delfos, tienen al padre Apolo dando oráculos, o tienen todavía a tu antepasado Apolo?».«¿ Son falsos los oráculos que salen ahora allí?».« Ni siquiera quieras saber esto; pues no es lícito».«¿ Y yo quién seré después de la vida actual?».« Un camello, luego un caballo, luego un hombre sabio y profeta no menor que Alejandro». Tales cosas conversó Glicón con Sacerdote. Al final pronunció un oráculo en verso, sabiendo que él era amigo de Lépido:« No te fíes de Lépido, pues un destino funesto te sigue». Pues temía mucho a Epicuro, como dije antes, como a un rival y antisofista de su charlatanería.
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Al menos a uno de los epicúreos, que se atrevió a refutarlo ante muchos de los presentes, lo puso en un peligro no pequeño. Pues él, acercándose, decía con gran voz:« Tú, sin embargo, Alejandro, persuadiste al gobernador de Galacia de que entregara a la muerte a los criados de tal paflagonio, como si hubieran matado a su hijo que estudiaba en Alejandría, pero el joven vive y ha regresado vivo después de la muerte de los criados, entregados por ti a las fieras». Había sucedido algo así: habiendo navegado el joven a Egipto hasta Clysma, al zarpar el barco fue persuadido él mismo de navegar a la India, y como se retrasaba, aquellos desgraciados criados suyos, pensando que el joven había perecido navegando por el Nilo o que había sido asesinado por piratas— que eran muchos entonces—, regresaron anunciando su desaparición. Luego el oráculo y la condena, tras la cual apareció el joven contando su viaje.
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Él decía esto. Pero Alejandro, indignado por la refutación y no soportando la verdad de la afrenta, ordenaba a los presentes que lo apedrearan, o de lo contrario ellos mismos serían impíos y serían llamados epicúreos. Cuando empezaron a apedrearlo, un tal Demóstrato, que estaba de visita, el primero del Ponto, rodeándolo, salvó de la muerte al hombre que por poco es lapidado, muy justamente. Pues,¿ qué necesidad había de ser el único que pensaba en medio de tantos locos y de participar de la locura de los paflagones?
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Y lo referente a él era así. Pero si a alguien, cuando se llamaban los oráculos por orden— esto se hacía un día antes de profetizar— y el heraldo preguntaba si profetizaba a tal persona, él gritaba desde dentro:«¡ Al cuervo!», ya nadie recibía a tal persona ni bajo techo ni compartía fuego o agua, sino que tenía que ser expulsado de tierra en tierra como impío, ateo y epicúreo, que era el mayor insulto.
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Al menos una cosa muy ridícula hizo Alejandro; pues, habiendo encontrado las Máximas Capitales de Epicuro, el más hermoso, como sabes, de los libros y que contiene los dogmas de la sabiduría del hombre, llevándolo al centro del ágora lo quemó sobre leña de higuera como si estuviera quemando al propio hombre, y arrojó las cenizas al mar, añadiendo incluso un oráculo:« Ordeno quemar las máximas del viejo ciego»; sin saber el maldito cuántos bienes causa aquel libro a quienes lo encuentran, y cuánta paz, ataraxia y libertad les produce, librándolos de temores, fantasmas y prodigios, y de esperanzas vanas y deseos superfluos, infundiendo mente y verdad y purificando verdaderamente las conciencias, no con antorchas, cebollas albarranas y tales tonterías, sino con recta razón, verdad y franqueza.
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Y entre otras cosas, escucha una hazaña muy grande del hombre inmundo. Pues, teniendo no poca influencia en el palacio real y en la corte gracias a que Rutiliano gozaba de buena reputación, envía un oráculo cuando la guerra en Germania estaba en su apogeo, cuando el divino Marco ya se enfrentaba a los marcomanos y cuados. El oráculo exigía que se arrojaran dos leones vivos al Istro junto con muchos perfumes y sacrificios magníficos. Pero es mejor decir el oráculo mismo:« A los remolinos del río Istro, caído del cielo, ordeno arrojar dos servidores de Cibeles, fieras criadas en la montaña, y todo lo que cría el aire índico, flores y hierbas fragantes; y al instante habrá victoria y gran gloria junto con una paz deseable». Habiéndose hecho esto como ordenó, los bárbaros mataron a los leones que nadaban hacia el lado enemigo con palos como si fueran perros o lobos extranjeros; y al instante ocurrió el mayor desastre para los nuestros, pereciendo casi veinte mil de golpe. Luego siguieron los sucesos en torno a Aquileya y la casi toma de aquella ciudad. Él, ante lo sucedido, citaba fríamente aquella defensa délfica y el oráculo de Creso: pues el dios había predicho la victoria, pero no había aclarado si de los romanos o de los enemigos.
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Ya cuando muchos fluían sobre muchos y la ciudad estaba oprimida por la multitud de los que llegaban al oráculo y no tenía provisiones suficientes, inventa los llamados oráculos nocturnos. Pues, tomando los libros, dormía sobre ellos, como decía, y respondía como si escuchara en sueños del dios, aunque no claros en su mayoría, sino ambiguos y confusos, y especialmente si veía el libro sellado con demasiada curiosidad. Pues, no arriesgándose, escribía lo que le venía, creyendo que eso era propio de los oráculos. Y había algunos intérpretes sentados para esto y cobrando no pocos honorarios de quienes recibían tales oráculos por la interpretación y resolución de ellos. Y este trabajo suyo era remunerado; pues los intérpretes pagaban a Alejandro un talento ático cada uno.
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A veces, sin que nadie preguntara ni fuera enviado, ni siquiera existiendo en absoluto, daba oráculos para asombro de los insensatos, como este:«¿ Buscas quién, ocultándose totalmente, se acuesta con tu esposa Caligenia en la casa? El esclavo Protógenes, en quien tú confías todo. Pues tú te acostabas con él, y él a su vez con tu esposa, pagando esta compensación como colmo de la insolencia. Pero contra ti se han preparado fármacos funestos de ellos, para que ni oigas ni veas lo que hacen. Encontrarás debajo de tu lecho junto a la pared, hacia la cabecera. Y tu criada Calipso lo sabe».¿ Qué Demócrito no se habría perturbado al oír nombres y lugares con precisión, y luego, poco después, habría escupido al comprender la invención de ellos?
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A otro, de nuevo, que ni estaba presente ni existía en absoluto, le dijo sin metro:« Regresa atrás, pues el que te envió ha muerto hoy a manos del vecino Diocles, habiendo intervenido los ladrones Magno y Bubalo, quienes ya han sido atados tras ser capturados».
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Pero también daba oráculos muchas veces a bárbaros, si alguien preguntaba en su lengua patria, en sirio o en celta, encontrando fácilmente a algunos residentes compatriotas de los que los habían dado. Por esto también era mucho el tiempo que mediaba entre la entrega de los libros y la profecía, para que en tanto tiempo se resolvieran los oráculos con seguridad y se encontraran los que pudieran interpretar cada cosa. Tal era también el oráculo dado al escita:« La forma Eubargulis hacia la sombra Jnechicragui dejará la luz».
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Escucha también algunos de los que me fueron dados a mí; pues, habiendo preguntado yo si Alejandro es calvo, y habiéndolo sellado con curiosidad, se escribe manifiestamente un oráculo nocturno:« Sabardalaju malajaattialos era». Y de nuevo, habiendo preguntado yo en dos libros diferentes la misma pregunta, de dónde era Homero el poeta, bajo otro y otro nombre, en el uno escribió, engañado por mi joven— pues al ser preguntado por qué venía, dijo:« A pedir curación para un dolor de costado»—:« Te ordeno ungirte con Cutmida y rocío de kelétos»; en el otro, puesto que también había oído esto como si lo preguntara el que lo envió, si debía navegar a Italia o ir a pie, no respondió nada sobre Homero:« No navegues tú, sino camina a pie por el camino».
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Pues muchas cosas así tramé yo mismo contra él, como aquella: habiendo hecho una sola pregunta, escribí en el libro según la costumbre:« Oráculos de tal persona, ocho», habiendo fingido un nombre, y enviando las ocho dracmas y lo que correspondía además de estas; él, confiando en el envío del pago y en la inscripción del libro, a una sola pregunta— que era esta:«¿ Cuándo será capturado Alejandro haciendo trucos?»— me envió ocho oráculos, que no tocaban ni tierra ni cielo, sino todos insensatos y difíciles de entender. Al darse cuenta de esto más tarde, y de que yo disuadía a Rutiliano del matrimonio y de estar tan apegado a las esperanzas del oráculo, me odiaba, como es natural, y me consideraba su mayor enemigo. Y una vez, cuando Rutiliano preguntaba sobre mí, dijo:« Se deleita con charlas nocturnas y lechos impuros». Y en general, era natural que yo fuera su mayor enemigo.
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Y cuando se enteró de que yo había entrado en la ciudad y supo que yo era aquel Luciano— y me acompañaban dos soldados, un lancero y un piquero, que había tomado del gobernador de Capadocia, amigo entonces, para que me escoltaran hasta el mar—, inmediatamente me manda llamar muy amablemente y con mucha cortesía. Al llegar, encuentro a muchos a su alrededor; me acompañaban también los soldados por alguna buena suerte. Y él me tendía la mano para que la besara, como solía hacer con la mayoría, y yo, acercándome como para besarla, con un buen mordisco por poco le dejo la mano lisiada. Los presentes intentaban ahorcarme y golpearme como a un sacrílego, y estaban aún más indignados porque lo llamé Alejandro y no profeta; pero él, soportándolo muy noblemente, los calmaba y prometía que fácilmente me haría manso y mostraría la virtud de Glicón, que hace amigos incluso a los que se muestran muy hostiles. Y habiendo hecho salir a todos, se justificaba conmigo, diciendo que me conocía muy bien y lo que yo aconsejaba a Rutiliano, y¿ qué me había pasado para hacerme esto, pudiendo ser promovido por él a grandes cosas? Y yo, alegre, aceptaba ya esta cortesía viendo en qué peligro me había metido, y poco después salí habiéndome hecho amigo. Y esto pareció un milagro no pequeño a los que lo veían, habiéndose producido mi cambio tan fácilmente.
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Luego, cuando decidí zarpar, habiendo enviado regalos y presentes— pues me encontraba solo con Jenofonte, habiendo enviado a mi padre y a los míos a Amastris—, promete que él mismo proporcionará un barco y remeros que nos lleven. Y yo pensaba que esto era algo sencillo y amable; pero cuando estuve en medio de la travesía, viendo al capitán llorar y decir algo no bueno a los marineros, no tenía buenas esperanzas sobre lo que iba a suceder. Pues tenían orden de Alejandro de arrojarnos al mar una vez que nos hubieran levantado; lo cual, si hubiera sucedido, él habría terminado fácilmente sus asuntos conmigo. Pero aquel, llorando, convenció también a los compañeros de navegación de no hacernos ningún daño, y me dijo:« Tengo sesenta años, como ves, y habiendo avanzado una vida irreprochable y santa, no querría, a esta edad y teniendo mujer e hijos, manchar mis manos con sangre», revelando para qué nos había recogido y lo ordenado por Alejandro.
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Habiéndonos dejado en Egialos, de los que también el buen Homero hace mención, regresaban. Allí, encontrando a unos bosporianos que navegaban de paso, embajadores de parte del rey Eupátor que iban a Bitinia para recoger el tributo anual, y habiéndoles contado el peligro en que nos encontrábamos, y habiendo obtenido su favor, al ser recogido en el barco me salvo en Amastris, habiendo estado a punto de morir. Desde entonces, yo también me armaba contra él y movía cielo y tierra queriendo vengarme, y antes de la traición ya lo odiaba y lo consideraba mi mayor enemigo por la inmundicia de su carácter, y me lancé a la acusación teniendo muchos aliados y especialmente los de parte del filósofo Timócrates de Heraclea; pero el entonces gobernador de Bitinia y del Ponto, Aveito, me detuvo, casi suplicando y rogando que parara; pues, por la benevolencia hacia Rutiliano, no podría, incluso si lo capturara cometiendo injusticias abiertamente, castigarlo. Así fui frenado en mi impulso y cesé de ser audaz inoportunamente ante un juez así dispuesto.
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Y aquello,¿ cómo no es una gran hazaña entre las otras de Alejandro, el pedir al emperador que se cambiara el nombre de la muralla de Abon y se llamara Ionópolis, y acuñar una moneda nueva grabada por un lado con la de Glicón, y por el otro con la de Alejandro, teniendo las coronas del abuelo Asclepio y aquella hoz del antepasado Perseo?
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Habiendo predicho por oráculo sobre sí mismo que estaba destinado a vivir ciento cincuenta años, y luego morir alcanzado por un rayo, murió con un final muy miserable sin haber cumplido ni setenta años, como hijo de Podalirio, pudriéndosele la pierna hasta la ingle y hirviendo de gusanos; cuando fue descubierto que era calvo, permitiendo a los médicos remojarle la cabeza debido al dolor, lo cual no habrían podido hacer sin haberle quitado la peluca.
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Tal fue el final de la tragedia de Alejandro y esta fue la catástrofe de todo el drama, como para conjeturar que tal cosa fue obra de alguna providencia, aunque sucediera por casualidad. Y era necesario que también su epitafio fuera digno de su vida, y organizar una competición por el oráculo, habiendo subido aquellos cómplices y embaucadores, cuantos eran los principales, ante el árbitro Rutiliano, sobre a quién se debía elegir y suceder en el oráculo y ser coronado con la corona jerofántica y profética. Estaba entre ellos también Paito, médico de profesión, un hombre canoso, que no hacía cosas dignas ni de médico ni de hombre canoso. Pero el organizador de la competición, Rutiliano, los despidió sin corona, guardándole la profecía para después de su partida de aquí.
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Estas cosas, amigo, he considerado digno de escribir, pocas de muchas, a modo de ejemplo, complaciéndote a ti, hombre compañero y amigo, a quien admiro sobre todos por tu sabiduría, por tu amor a la verdad, por la mansedumbre de tu carácter, por tu ecuanimidad, por la serenidad de tu vida y por tu destreza con los que te rodean, pero sobre todo— lo cual es más grato para ti— defendiendo a Epicuro, hombre verdaderamente sagrado y divino por naturaleza, que solo conoció las cosas bellas con verdad, las transmitió y se convirtió en libertador de quienes lo trataron. Y creo que también a quienes lo lean les parecerá que el escrito tiene algo útil, refutando unas cosas y confirmando otras en las mentes de los que piensan bien.