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Calumniae non temere credundum
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Terrible es, en verdad, la ignorancia y causa de muchos males para los hombres, pues derrama una especie de niebla sobre los asuntos, oscurece la verdad y envuelve en sombras la vida de cada uno. En cualquier caso, todos nos parecemos a quienes vagan en la oscuridad, o mejor dicho, sufrimos algo similar a los ciegos: tropezamos con unas cosas sin razón, pasamos por alto otras sin necesidad, no vemos lo que está cerca y a nuestros pies, mientras tememos lo que está lejos y muy distante como si nos molestara; y, en general, no dejamos de resbalar en la mayoría de nuestras acciones. Por tanto, esto ha proporcionado ya innumerables argumentos a los maestros de tragedia para sus dramas, como los Labdácidas, los Pelópidas y otros casos similares; pues casi se podría encontrar que la mayoría de los males que suben a escena han sido orquestados por la ignorancia, como por un demonio trágico. Digo esto mirando hacia otros asuntos, pero sobre todo hacia las falsas calumnias contra conocidos y amigos, por las cuales ya han sido destruidas casas y ciudades enteras, padres han enloquecido contra sus hijos, hermanos contra sus parientes, hijos contra quienes los engendraron y amantes contra sus amados; y muchas amistades han sido cortadas y juramentos confundidos por la verosimilitud de las calumnias.
2
Para que, por tanto, caigamos en ellas lo menos posible, quiero mostrar con palabras, como en una pintura, qué es la calumnia, de dónde comienza y qué efectos produce. O mejor aún, Apeles de Éfeso se adelantó hace tiempo con esta imagen; pues también él, habiendo sido calumniado ante Ptolomeo por haber participado en la conspiración de Teodoto en Tiro— aunque Apeles nunca había visto Tiro ni conocía a Teodoto, quienquiera que fuese, salvo en la medida en que había oído que era un gobernador de Ptolomeo encargado de los asuntos en Fenicia—. Pero, a pesar de ello, uno de sus rivales en el arte, llamado Antífilo, por envidia del honor que recibía del rey y por celos profesionales, lo denunció ante Ptolomeo diciendo que había sido partícipe de todo y que alguien lo había visto en Fenicia banqueteando con Teodoto y, durante toda la cena, hablando al oído con él, y finalmente afirmó que la deserción de Tiro y la toma de Pelusio habían ocurrido por consejo de Apeles.
3
Ptolomeo, como alguien que, aunque no era del todo insensato en otros aspectos, había sido criado en la adulación despótica, se encendió y se perturbó tanto ante esta paradójica calumnia que, sin considerar nada de lo razonable, ni que el calumniador era un rival, ni que él era un pintor demasiado insignificante para semejante traición, y eso habiendo sido bien tratado por él y honrado más que cualquiera de sus colegas, ni siquiera examinando si Apeles había viajado a Tiro, inmediatamente se enfureció y llenó el palacio de gritos, llamándolo ingrato, conspirador y traidor. Y si no fuera porque uno de los detenidos, indignado por la desvergüenza de Antífilo y compadeciéndose del desgraciado Apeles, dijo que el hombre no había participado en nada con ellos, habría sido decapitado y habría sufrido los males de Tiro sin haber sido él mismo culpable de nada.
4
Se dice que Ptolomeo se avergonzó tanto de lo sucedido que regaló a Apeles cien talentos y entregó a Antífilo para que fuera su esclavo. Apeles, recordando los peligros que corrió, se vengó de la calumnia con una pintura de este tipo.
5
A la derecha, un hombre está sentado con orejas enormes, casi parecidas a las de Midas, extendiendo la mano hacia la Calumnia que aún se acerca desde lejos. A su alrededor están dos mujeres, creo que la Ignorancia y la Sospecha; por el otro lado se acerca la Calumnia, una mujer extremadamente hermosa, pero exaltada y perturbada, mostrando una especie de locura y furia, llevando en la mano izquierda una antorcha encendida y con la otra arrastrando de los cabellos a un joven que extiende las manos al cielo y pone a los dioses por testigos. La guía un hombre pálido y deforme, de mirada aguda y parecido a los que han quedado consumidos por una larga enfermedad. A este se podría conjeturar que es la Envidia. Y además, otras dos mujeres la acompañan, instando, arreglando y adornando a la Calumnia. Como me indicó el guía de la pintura, una era la Conspiración y la otra el Engaño. Detrás seguía una mujer vestida de luto, vestida de negro y desgarrada, creo que se decía que era el Arrepentimiento; al menos, se volvía hacia atrás llorando y miraba con mucha vergüenza a la Verdad que se acercaba. Así fue como Apeles representó su propio peligro en la pintura.
6
Hagamos también nosotros, si les parece, siguiendo el arte del pintor efesio, un recorrido por los elementos que acompañan a la calumnia, definiéndola primero con un límite; pues así la imagen nos resultará más clara. La calumnia es, pues, una acusación que se produce en ausencia, sin que el acusado lo sepa, creída irrefutablemente por ser unilateral. Tal es la hipótesis del discurso. Siendo tres los personajes, como en las comedias— el que calumnia, el calumniado y aquel ante quien se produce la calumnia—, examinemos en cada uno de ellos lo que es probable que suceda.
7
En primer lugar, si les parece, presentemos al protagonista del drama, es decir, al autor de la calumnia. Que este no es un hombre bueno, creo que es conocido por todos; pues nadie bueno sería causa de males para el prójimo, sino que es propio de los hombres buenos hacer el bien a sus amigos, no causarles daño a otros para luego acusarlos y hacer que sean odiados, ganándose una reputación de benevolencia.
8
Después, que tal persona es injusta, ilegal, impía y perjudicial para quienes la tratan, es fácil de comprender.¿ Quién no admitiría que la igualdad en todo y no tomar más de lo debido son obras de la justicia, mientras que lo desigual y codicioso es de la injusticia? Y el que usa la calumnia contra los ausentes a escondidas,¿ cómo no es un codicioso que se apodera de todo el oyente, ocupando sus oídos de antemano, bloqueándolos y haciéndolos totalmente inaccesibles al segundo discurso, al estar ya llenos de la calumnia? Tal cosa es de la máxima injusticia, como dirían los mejores legisladores, como Solón y Dracón, quienes hicieron jurar a los jueces escuchar a ambos por igual y otorgar la misma benevolencia a los litigantes, hasta que el discurso del segundo, al ser presentado, parezca peor o mejor que el del otro; pues consideraron que, antes de contrastar la defensa con la acusación, el juicio sería totalmente impío y sacrílego. Pues diríamos que incluso los dioses se indignarían si permitiéramos al acusador decir lo que quiera con impunidad, mientras bloqueamos los oídos del acusado o, si su boca está en silencio, dictamos sentencia vencidos por el primer discurso, de modo que nadie diría que las calumnias ocurren conforme a la justicia, la ley y el juramento judicial. Y si a alguien no le parecen dignos de crédito los legisladores que aconsejan hacer juicios tan justos e imparciales, creo que debo traer al mejor poeta al discurso, quien se pronunció muy bien sobre esto, o mejor dicho, quien lo legisló. Dice:« No juzgues el pleito antes de haber escuchado a ambos». Pues sabía, creo, que siendo muchos los delitos en la vida, nadie encontraría nada peor ni más injusto que condenar a alguien sin juicio y sin haber sido escuchado; lo cual el calumniador intenta hacer por todos los medios, llevando al calumniado sin juicio ante la ira del oyente y eliminando la defensa mediante el secreto de la acusación.
9
Pues todo hombre de este tipo es cobarde y carece de franqueza, no llevando nada a la luz, sino disparando como los que emboscan desde algún lugar oculto, de modo que no es posible enfrentarse ni competir, sino que uno perece en la perplejidad y la ignorancia de la guerra, lo cual es la mayor señal de que los calumniadores no dicen nada sano. Pues si alguien supiera que está acusando la verdad, creo que lo probaría a la luz, lo refutaría y lo contrastaría con el discurso, tal como nadie que pudiera vencer abiertamente usaría jamás una emboscada y un engaño contra sus enemigos.
10
Uno podría ver a tales personas prosperando sobre todo en las cortes de los reyes y en las amistades de los gobernantes y poderosos, donde hay mucha envidia, innumerables sospechas y muchísimas hipótesis de adulaciones y calumnias; pues donde siempre hay mayores esperanzas, allí también las envidias son más crueles, los odios más peligrosos y las celosías más malintencionadas. Todos, pues, se miran agudamente y, como los que luchan en duelo, vigilan si ven alguna parte del cuerpo descubierta; y cada uno, queriendo ser el primero, empuja y codazos al prójimo y, si puede, hace tropezar y zancadillea al que está delante. Allí, el hombre honesto es inmediatamente derribado y arrastrado, y al final expulsado deshonrosamente, mientras que el más adulador y más persuasivo en tales malicias prospera; y, en general, el que se adelanta gana; pues las palabras de Homero se cumplen totalmente, que« común es Ares y mata al que mata». Por tanto, como la lucha no es por cosas pequeñas, idean caminos variados unos contra otros, de los cuales el más rápido y peligroso es el de la calumnia, que toma su inicio de la envidia o el odio con buenas esperanzas, pero trae finales más lamentables y trágicos, llenos de muchas desgracias.
11
Sin embargo, esto no es algo pequeño ni sencillo, como alguien podría suponer, sino que requiere mucho arte, no poca agudeza y un cuidado preciso; pues la calumnia no dañaría tanto si no se hiciera de una manera persuasiva; ni prevalecería sobre la verdad, que es más fuerte que todo, si no se hubiera preparado mucho material seductor, persuasivo y mil cosas más contra los oyentes.
12
Por lo general, se calumnia sobre todo al que es honrado y, por ello, es envidiado por los que quedan atrás; pues todos disparan contra él como si vieran un obstáculo y un impedimento, y cada uno piensa que será el primero en haber conquistado a ese líder y haberse librado de su amistad. Algo parecido ocurre en los juegos gimnásticos con los corredores; pues allí también el buen corredor, apenas cae la cuerda, solo aspira a lo que está delante, con la mente puesta en la meta y la esperanza de la victoria en los pies, no hace daño al prójimo ni se preocupa por nada de lo que hacen los competidores, mientras que ese competidor malo y sin mérito, desesperando de la esperanza por la velocidad, se vuelve hacia la mala técnica y solo busca por todos los medios cómo detener o estorbar al que corre, para que, si falla en esto, no pueda ganar nunca. De manera similar a estos ocurre también en las amistades de estos afortunados; pues el que sobresale es inmediatamente objeto de conspiración y, al ser capturado desprevenido en medio de los enemigos, es arrebatado, mientras que los otros son amados y parecen amigos por las cosas en las que parecieron dañar a otros.
13
La credibilidad de la calumnia no la idean al azar, sino que en esto consiste todo su trabajo, temiendo añadir algo discordante o ajeno. Pues, por lo general, transformando hacia lo peor las cualidades del calumniado, hacen que las acusaciones no sean inverosímiles, como por ejemplo, calumnian al médico como envenenador, al rico como tirano y al tiránico como traidor.
14
A veces, sin embargo, el propio oyente sugiere los motivos de la calumnia, y los malintencionados se ajustan a su carácter y aciertan. Pues si ven que es celoso, dicen:« Te hizo señas con los ojos a tu mujer durante la cena y, al mirarla, suspiró, y Estratonice no le respondió de mala manera»; y, en general, las calumnias hacia él son de tipo amoroso y adúltero. Pero si es poético y se enorgullece de ello:«¡ Por Zeus, Filóxeno se burló de tus versos, los criticó y dijo que eran sin medida y mal compuestos!». Y ante el piadoso y amante de los dioses, el amigo es calumniado como ateo y sacrílego, y como alguien que rechaza lo divino y niega la providencia; y el oyente, al oírlo, golpeado inmediatamente por el aguijón a través del oído, se inflama como es natural y se aparta del amigo sin esperar la prueba precisa.
15
En general, idean y dicen tales cosas que saben que pueden provocar la ira del oyente, y sabiendo dónde es vulnerable cada uno, disparan y lanzan sus dardos hacia allí, de modo que, perturbado por la ira inmediata, ya no tiene tiempo para el examen de la verdad, sino que, aunque alguien quiera defenderse, no lo admite, al estar ya predispuesto por lo paradójico de lo escuchado como si fuera verdad.
16
Pues la forma más eficaz de calumnia es la que es contraria al deseo del oyente, como cuando ante Ptolomeo, llamado Dioniso, hubo alguien que calumnió al platónico Demetrio, diciendo que bebe agua y que es el único de los demás que no se vistió con ropas femeninas en las Dionisias; y si no hubiera sido llamado desde la mañana, bebido ante todos, tomado un vestido tarentino, tocado los címbalos y bailado, habría perecido por no disfrutar de la vida del rey, sino por ser un antisofista y rival del lujo de Ptolomeo.
17
Ante Alejandro, la mayor calumnia de todas era si se decía que alguien no veneraba ni adoraba a Hefestión; pues cuando murió Hefestión, Alejandro, por amor, quiso añadir también esto a su restante grandeza y nombrar dios al fallecido. Inmediatamente, pues, las ciudades levantaron templos, se establecieron recintos sagrados, altares, sacrificios y fiestas en honor a este nuevo dios, y el mayor juramento para todos era Hefestión. Y si alguien sonreía ante lo que sucedía o no parecía muy piadoso, la pena era la muerte. Los aduladores, captando este deseo infantil de Alejandro, lo avivaban y reavivaban inmediatamente contando sueños de Hefestión, atribuyéndole apariciones y curaciones y proclamando oráculos; y finalmente le sacrificaban como a un dios asistente y protector. Alejandro se alegraba al oírlo, creía en las últimas cosas y se enorgullecía como si no solo fuera hijo de un dios, sino capaz de crear dioses.¿ A cuántos, pues, pensamos que de los amigos de Alejandro les pesó en aquel momento la divinidad de Hefestión, al ser calumniados por no honrar al dios común de todos y, por ello, ser expulsados y caer de la benevolencia del rey?
18
Entonces también Agatocles de Samos, siendo taxiarca ante Alejandro y honrado por él, estuvo a punto de ser encerrado con un león al ser calumniado por haber llorado al pasar ante la tumba de Hefestión. Pero se dice que Pérdicas lo ayudó, jurando por todos los dioses y por Hefestión que, mientras cazaba, el dios se le apareció claramente y le ordenó decir a Alejandro que perdonara a Agatocles; pues no había llorado por incredulidad ni por el muerto, sino recordando la antigua amistad.
19
La adulación y la calumnia tuvieron entonces su mayor campo al combinarse con la pasión de Alejandro; pues, al igual que en un asedio los enemigos no se acercan a las partes altas, escarpadas y seguras de la muralla, sino que, donde perciben una parte indefensa, podrida o baja, se dirigen hacia ella con todas sus fuerzas para poder entrar y tomarla fácilmente, así también los calumniadores, donde ven algo débil, podrido y fácil de atacar en el alma, atacan y acercan sus máquinas, y finalmente conquistan sin que nadie se oponga ni perciba el ataque. Luego, una vez que están dentro de las murallas, incendian todo, golpean, matan y expulsan, como es natural que sean las obras de un alma capturada y esclavizada.
20
Sus máquinas contra el oyente son el engaño, la mentira, el perjurio, la insistencia, la desvergüenza y otros mil artificios. Pero la mayor de todas es la adulación, pariente, o mejor dicho, una hermana de la calumnia. Nadie, en efecto, es tan noble y tiene un muro de diamante en el alma que no ceda ante los ataques de la adulación, y eso mientras la calumnia socava y retira los cimientos.
21
Y esto es lo externo. Por dentro, muchas traiciones compiten, extendiendo las manos, abriendo las puertas y esforzándose de todas formas por la captura del oyente. Primero, el amor por lo nuevo, que existe por naturaleza en todos los hombres, y la inconstancia, y luego lo que sigue a lo paradójico de lo que se escucha. Pues no sé cómo todos disfrutamos escuchando cosas dichas a escondidas y al oído, llenas de sospecha; conozco, en efecto, a algunos a quienes les hacen cosquillas en los oídos con tanto placer por las calumnias como a los que se rascan con plumas.
22
Cuando, pues, aliados por todas estas cosas, atacan, creo que conquistan por la fuerza, y la victoria no sería difícil si nadie se opusiera ni defendiera contra los ataques, sino que el oyente se entregara voluntariamente y el calumniado ignorara la conspiración; pues, al igual que en una ciudad capturada de noche, los calumniados son asesinados mientras duermen.
23
Y lo más lamentable de todo: el que no sabe lo sucedido se acerca al amigo alegre, ya que no sabe nada malo de sí mismo, y dice y hace lo habitual, siendo el desgraciado emboscado de todas formas; mientras que el otro, si tiene algo noble, libre y franco, estalla inmediatamente en ira y derrama su furia, y al final, al admitir la defensa, reconoce que se había irritado en vano contra el amigo.
24
Pero si es más innoble y humilde, se acerca y sonríe con los labios, pero odia y a escondidas rechina los dientes y, como dice el poeta,« oculta la ira en lo profundo». De lo cual creo que no hay nada más injusto ni más servil que, mordiéndose el labio, alimentar la bilis y aumentar el odio encerrado en uno mismo, ocultando unas cosas en la mente y diciendo otras, fingiendo con un rostro alegre y cómico una tragedia muy apasionada y llena de veneno. Y esto lo sufren sobre todo cuando el que calumnia parece ser desde hace tiempo amigo del calumniado; pues entonces ya no quieren ni oír la voz de los calumniados ni de los que se defienden, habiendo predeterminado la credibilidad de la acusación por la supuesta amistad antigua, sin considerar tampoco esto: que muchas veces, entre los más queridos, surgen causas de odio que escapan a los demás; y a veces, de lo que uno mismo es culpable, se adelanta a acusar al prójimo, intentando así evitar la calumnia. Y, en general, nadie se atrevería a calumniar a un enemigo; pues la acusación es poco creíble al tener la causa evidente; pero intentan atacar a los que parecen ser los mejores amigos, eligiendo mostrar su benevolencia hacia los oyentes, porque por el interés de ellos no se abstuvieron ni de los más cercanos.
25
Hay algunos que, incluso si aprenden más tarde que sus amigos fueron calumniados injustamente ante ellos, por vergüenza de lo que creyeron, ya no se atreven ni a admitirlos ni a mirarlos, como si hubieran sido agraviados, porque reconocieron que no habían hecho nada malo.
26
Por tanto, la vida se llenó de muchos males por las calumnias creídas tan fácil e irreflexivamente. Pues Antea dice:«¡ O mueres, Preto, o mata a Belerofonte, que quiso unirse a mí en amor sin que yo quisiera!», habiendo ella intentado primero y sido despreciada. Y por poco el joven pereció en el combate contra la Quimera, pagando el castigo de la templanza y de la vergüenza hacia el huésped, emboscado por una mujer lasciva. Fedra, también ella, diciendo cosas similares del hijastro, hizo que Hipólito fuera maldecido por su padre, sin haber hecho,¡ oh dioses!, nada impío.
27
Sí, dirá alguien; pero a veces el calumniador es digno de crédito, pareciendo ser justo y sensato en otros aspectos, y había que prestarle atención como alguien que no habría hecho tal maldad.¿ Acaso hay alguien más justo que Arístides? Pero, sin embargo, incluso él se puso contra Temístocles y ayudó a irritar al pueblo, picado, dicen, por aquella ambición política. Pues Arístides era justo con los demás, pero también era hombre y tenía bilis, y amaba y odiaba a alguien.
28
Y si es verdadera la historia sobre Palamedes, el más sensato de los aqueos y el mejor en otros aspectos, parece haber urdido la conspiración y la emboscada por envidia contra un hombre de su misma sangre, amigo y que había salido al mismo peligro; tan innato es en todos los hombres el error en tales asuntos.
29
¿ Qué decir de Sócrates, injustamente calumniado ante los atenienses como impío y conspirador?¿ O de Temístocles o Milcíades, que después de tales victorias se volvieron sospechosos de traición a Grecia? Pues innumerables son los ejemplos y casi la mayoría ya conocidos.
30
¿ Qué debe hacer, pues, el que tiene juicio o aspira a la virtud o a la verdad? Lo que, creo, Homero insinuó en el mito sobre las Sirenas, ordenando navegar de largo ante estos placeres mortales de lo que se escucha, tapar los oídos y no abrirlos desenfrenadamente a los que están predispuestos por la pasión, sino, habiendo puesto como portero preciso a la razón, admitir y comparar lo que es digno de todo lo que se dice, y excluir y rechazar lo malo; pues sería ridículo poner porteros en la casa y dejar abiertos los oídos y la mente.
31
Cuando, pues, alguien se acerque diciendo tales cosas, hay que examinar el asunto por sí mismo, sin mirar ni la edad del que habla, ni su vida, ni su agudeza en las palabras. Pues cuanto más persuasivo es alguien, más cuidado requiere el examen. No hay que creer en el juicio ajeno, o mejor dicho, en el odio del acusador, sino que hay que guardar para uno mismo el examen de la verdad, devolviendo también al calumniador la envidia y haciendo evidente la prueba de la mente de cada uno, y así odiar o amar al que ha sido examinado. Pero antes de hacer esto, estar movido por la primera calumnia,¡ por Hércules!, qué infantil, humilde y, no menos que todo, injusto.
32
Pero la causa de todo esto, como dijimos al principio, es la ignorancia y el estar el carácter de cada uno en algún lugar en la oscuridad; pues si algún dios revelara nuestras vidas, la calumnia huiría al abismo al no tener lugar, al estar los asuntos iluminados por la verdad.

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