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Original / primary: Spanish Gemini
1
Hermes:¿ De qué te ríes, Caronte?¿ O por qué has dejado tu barca y has subido hasta aquí, a nuestro dominio, tú que no sueles frecuentar los asuntos de los de arriba? Caronte: He sentido el deseo, Hermes, de ver cómo son las cosas en la vida y qué hacen los hombres en ella, o de qué carecen todos cuando se lamentan al descender hacia nosotros; pues ninguno de ellos ha cruzado sin lágrimas. Así que, tras pedir permiso a Hades, al igual que aquel joven tesalio, he subido a la luz por un día, y me parece que me he topado contigo en el momento justo; pues sé bien que me servirás de guía recorriendo todo conmigo y me mostrarás cada cosa como quien lo sabe todo. Hermes: No tengo tiempo, barquero; pues me marcho a realizar un encargo para Zeus, el de arriba, sobre asuntos humanos; y él es irascible y colérico; y temo que, si me retraso, me deje a tu cargo entregándome a las tinieblas, o que, como hizo hace poco con Hefesto, me agarre por el pie y me arroje desde el umbral divino, de modo que, cojeando, le sirva de burla mientras escancio el vino. Caronte:¿ Vas a permitir entonces que vague sin rumbo por la tierra, siendo como eres compañero, navegante y colega? Y, sin embargo, sería justo, hijo de Maia, que al menos te acordaras de aquello, de que nunca te pedí que achicaras agua ni que remaras; sino que tú roncas estirado sobre la cubierta con esos hombros tan robustos, o si encuentras a algún muerto parlanchín, te pones a charlar con él durante toda la travesía; mientras que yo, siendo un anciano, remo solo con los dos remos. Pero, por tu padre, queridísimo Hermadión, no me abandones, guíame por todo lo que hay en la vida, para que pueda regresar habiendo visto algo; pues si tú me dejas, no me diferenciaré en nada de los muertos ciegos; pues, al igual que ellos tropiezan y resbalan en la oscuridad, así yo, a la inversa, veo nublado ante la luz. Pero concédemelo, Cilenio, y te estaré eternamente agradecido.
2
Hermes: Este asunto me va a costar golpes; ya veo que la recompensa por la visita guiada no nos saldrá del todo libre de chichones. Pero, aun así, hay que ayudar; pues,¿ qué puede hacer uno cuando un amigo le presiona? Sin embargo, es imposible que veas todo con exactitud y detalle, barquero; pues la estancia requeriría muchos años. Además, tendré que ser pregonado como un fugitivo por Zeus, y a ti mismo te impedirá realizar las tareas de la Muerte y perjudicará el reino de Plutón al no transportar muertos durante mucho tiempo; y luego, el recaudador Éaco se indignará al no obtener ni un óbolo. Pero veamos cómo puedes ver lo esencial de lo que sucede, eso es lo que hay que considerar ahora. Caronte: Tú mismo, Hermes, idea lo mejor; yo no sé nada de lo que hay sobre la tierra, al ser un extraño. Hermes: En conjunto, Caronte, necesitamos un lugar elevado desde el cual puedas verlo todo; y si fuera posible subir al cielo, no nos esforzaríamos; pues desde una atalaya lo verías todo con precisión. Pero como no está permitido que quien siempre está con sombras pise los dominios de Zeus, es hora de que busquemos una montaña alta.
3
Caronte:¿ Sabes, Hermes, lo que suelo deciros cuando navegamos? Pues cuando el viento, al arreciar, golpea la vela de costado y la ola se levanta alta, entonces vosotros, por ignorancia, ordenáis arriar la vela o soltar un poco de la escota o correr con el viento, mientras que yo os ordeno que estéis tranquilos; pues yo mismo sé lo que es mejor. Haz tú lo mismo ahora, ya que eres el timonel; yo, como es norma para los pasajeros, me sentaré en silencio obedeciéndote en todo lo que ordenes. Hermes: Hablas con acierto; pues yo mismo sabré qué hacer y encontraré el mirador adecuado.¿ Es entonces el Cáucaso apropiado, o el Parnaso, o este Olimpo de aquí, más alto que ambos? Aunque no es despreciable lo que he recordado al mirar hacia el Olimpo; pero tú también debes esforzarte y ayudar en algo. Caronte: Ordena; pues ayudaré en todo lo que sea posible. Hermes: Homero, el poeta, dice que los hijos de Aloeo, siendo aún niños, quisieron una vez arrancar el Osa de sus cimientos y colocarlo sobre el Olimpo, y luego el Pelión sobre este, pensando que tendrían una escalera y un acceso suficiente al cielo. Aquellos dos jóvenes, pues eran insensatos, pagaron su castigo; pero nosotros— ya que no planeamos esto para mal de los dioses—,¿ por qué no construimos nosotros mismos de la misma manera, rodando las montañas una sobre otra, para tener desde más alto una visión más precisa?
4
Caronte:¿ Y seremos capaces, Hermes, siendo dos, de levantar y colocar el Pelión o el Osa? Hermes:¿ Y por qué no, Caronte?¿ O acaso crees que somos más débiles que aquellos dos pequeñuelos, y eso siendo dioses? Caronte: No, pero el asunto me parece que tiene una grandiosidad algo increíble. Hermes: Es natural; pues eres un profano, Caronte, y en absoluto poético; pero el noble Homero, con dos versos, nos hizo accesible el cielo al instante, componiendo las montañas con tanta facilidad. Y me asombra que esto te parezca prodigioso, conociendo, sin duda, a Atlas, que sostiene la bóveda él solo, cargando con todos nosotros. Y quizás oigas hablar también de mi hermano Heracles, de cómo él mismo relevó una vez a Atlas y le dio un breve descanso de su carga al ponerse él mismo bajo el peso. Caronte: Oigo hablar de eso; pero si es verdad, tú, Hermes, y los poetas deberíais saberlo. Hermes: Es la verdad más absoluta, Caronte.¿ O por qué habrían de mentir los hombres sabios? Así que desapalanquemos primero el Osa, tal como nos guía el poema y el arquitecto Homero:« y sobre el Osa, el Pelión de agitadas hojas».¿ Ves con qué facilidad y al mismo tiempo con qué estilo lo hemos realizado? Vamos, pues, subiré a ver si esto es suficiente o si habrá que seguir construyendo.
5
Hermes:¡ Vaya!, todavía estamos abajo, en las estribaciones del cielo; pues desde el este apenas se ve Jonia y Lidia, y desde el oeste no más allá de Italia y Sicilia, y desde el norte solo lo que está de este lado del Istro, y desde allí Creta no muy claramente. Tenemos que mover también el Eta, barquero, al parecer, y luego el Parnaso sobre todo. Caronte: Hagámoslo así. Solo mira que no hagamos la obra demasiado frágil al alargarla más allá de lo verosímil, y luego, al desplomarnos con ella, experimentemos la amarga construcción de Homero al rompernos el cráneo. Hermes: No temas; pues todo quedará seguro. Traslada el Eta; que ruede el Parnaso. Mira, ya vuelvo a subir; está bien; lo veo todo; sube tú también ahora. Caronte: Tiéndeme la mano, Hermes; pues no me haces subir a este mecanismo para algo pequeño. Hermes: Si es que deseas verlo todo, Caronte; pero no es posible ser a la vez seguro y un aficionado a las vistas. Pero agárrate de mi mano derecha y ten cuidado de no pisar en lo resbaladizo. Muy bien, has subido tú también; y puesto que el Parnaso tiene dos cumbres, sentémonos cada uno en una; y tú, mirando en círculo, obsérvalo todo.
6
Caronte: Veo mucha tierra y un gran lago que la rodea, y montañas y ríos más grandes que el Cocito y el Piriflegetonte, y hombres muy pequeños y algunas madrigueras suyas. Hermes: Esas son las ciudades que crees que son madrigueras. Caronte:¿ Sabes entonces, Hermes, que no hemos logrado nada, sino que en vano trasladamos el Parnaso con la misma Castalia, el Eta y las otras montañas? Hermes:¿ Por qué? Caronte: No veo nada preciso desde lo alto; y yo no necesitaba ver solo ciudades y montañas como en pinturas, sino a los hombres mismos y lo que hacen y lo que dicen. Como cuando me viste riendo la primera vez que nos encontramos y me preguntaste de qué me reía, me alegré sobremanera al oír algo. Hermes:¿ Y qué era eso? Caronte: Alguien, creo, invitado a cenar por uno de sus amigos para el día siguiente, dijo:« Sin falta iré», y mientras hablaba, una teja que cayó del techo, no sé quién la movió, lo mató. Me reí porque no cumplió su promesa. Pero me parece que ahora voy a bajar un poco, para ver y oír mejor.
7
Hermes: Quédate quieto; pues yo también curaré eso por ti y te haré ver con la mayor agudeza en poco tiempo, tras haber tomado de Homero un encantamiento para esto, y cuando diga los versos, recuerda no ver ya nublado, sino verlo todo con claridad. Caronte: Solo dilos. Hermes:« He quitado de tus ojos la niebla que antes los cubría, para que reconozcas bien tanto al dios como al hombre».¿ Qué pasa?¿ Ya ves? Caronte:¡ Extraordinariamente bien! Aquel Linceo es ciego comparado conmigo; así que enséñame lo que sigue y responde a mis preguntas. Pero,¿ quieres que, siguiendo a Homero, yo también te pregunte, para que aprendas que ni yo mismo estoy falto de práctica en los versos de Homero? Hermes:¿ Y de dónde tienes tú algo de lo suyo, siendo siempre marinero y remero? Caronte: Ya ves, eso es un reproche a mi oficio. Pero cuando lo transportaba a él ya muerto, habiendo oído recitar muchas cosas, todavía recuerdo algunas; aunque una tormenta no pequeña nos sorprendió entonces. Pues cuando empezó a cantar un canto no muy propicio para los navegantes, cómo Poseidón reunió las nubes y agitó el mar como si hubiera metido un cucharón, el tridente, y excitó todas las tormentas y muchas otras cosas, revolviendo el mar con sus versos, una tormenta y una oscuridad repentinas cayeron sobre nosotros y por poco vuelca nuestra nave; momento en el que, mareado, él vomitó la mayor parte de sus rapsodias junto con Escila, Caribdis y el Cíclope. No era difícil, pues, conservar al menos algunas de tanto vómito.
8
Caronte: Dime, pues:«¿ Quién es este hombre tan robusto, noble y grande, que sobresale entre los hombres por su cabeza y sus anchos hombros?». Hermes: Este es Milón, el atleta de Crotona. Los griegos le aplauden porque lleva un toro cargado a hombros por medio del estadio. Caronte:¿ Y con cuánta más razón me alabarían a mí, Hermes, cuando, tras atrapar a este mismo Milón dentro de poco, lo meta en mi barquita, cuando venga a nosotros tras ser derribado por el más invencible de los adversarios, la Muerte, sin ni siquiera darse cuenta de cómo le hace la zancadilla? Y luego se lamentará ante nosotros, sin duda, recordando estas coronas y el aplauso; mientras que ahora se enorgullece siendo admirado por cargar con el toro.¿ Y qué?¿ Creemos entonces que espera morir algún día? Hermes:¿ De dónde iba a acordarse él de la muerte ahora, en pleno apogeo? Caronte: Deja a este, que dentro de poco nos servirá de burla cuando navegue, sin poder cargar ya ni siquiera un mosquito, no digamos un toro.
9
Caronte: Y tú dime,¿ quién es este otro hombre solemne? No es griego, al parecer, al menos por su vestimenta. Hermes: Es Ciro, hijo de Cambises, quien hizo que el imperio que antes tenían los medos sea ahora de los persas; y hace poco este conquistó a los asirios y tomó Babilonia, y ahora parece que marcha contra Lidia, para derrocar a Creso y reinar sobre todos. Caronte:¿ Y Creso, dónde está él? Hermes: Mira hacia allá, a la gran acrópolis, la de la triple muralla; esas son Sardes, y ves al propio Creso sentado ya en un lecho de oro, conversando con Solón el ateniense.¿ Quieres que escuchemos lo que dicen? Caronte: Por supuesto.
10
Creso: Extranjero ateniense, ya que has visto mi riqueza y mis tesoros y cuánto oro sin acuñar y la demás opulencia que tenemos, dime,¿ a quién consideras el más feliz de todos los hombres? Caronte:¿ Qué dirá Solón? Hermes: No temas; nada innoble, Caronte. Solón: Creso, pocos son los felices; pero de los que conozco, considero que Cleobis y Bitón han sido los más felices, los hijos de la sacerdotisa de Argos, los que murieron hace poco, después de que, poniéndose bajo el yugo, arrastraron a su madre en el carro hasta el templo. Creso: Sea; que ellos tengan el primer puesto de la felicidad.¿ Y quién sería el segundo? Solón: Telos el ateniense, que vivió bien y murió por su patria. Creso:¿ Y yo, escoria, no te parezco feliz? Solón: Todavía no lo sé, Creso, a menos que llegues al final de tu vida; pues la muerte es una prueba precisa de tales cosas y el haber vivido felizmente hasta el final. Caronte: Muy bien, Solón, porque no te has olvidado de nosotros, sino que consideras que el juicio sobre tales cosas debe hacerse junto a la barca misma.
11
Caronte: Pero,¿ a quiénes envía Creso o qué llevan sobre los hombros? Hermes: Está dedicando ladrillos de oro al Pitio como pago por los oráculos, por los cuales morirá poco después; es un hombre excesivamente aficionado a la adivinación. Caronte:¿ Eso es el oro, ese brillo que resplandece, ese color amarillento con un tono rojizo? Pues es la primera vez que lo veo, aunque siempre he oído hablar de él. Hermes: Eso es, Caronte, el nombre famoso y por el que todos luchan. Caronte: Y, sin embargo, no veo qué bien tiene, a menos que sea solo una cosa: que los que lo llevan se cargan de peso. Hermes:¿ Es que no sabes cuántas guerras, conspiraciones, robos, perjurios, asesinatos, cadenas, comercios y esclavitudes hay por esto? Caronte:¿ Por esto, Hermes, que no se diferencia mucho del bronce? Pues conozco el bronce, el óbolo, como sabes, que recojo de cada uno de los que navegan. Hermes: Sí; pero el bronce es abundante, por lo que no es muy codiciado por ellos; mientras que este, poco extraído de mucha profundidad, es lo que los mineros desentierran; aunque, al fin y al cabo, este también sale de la tierra, igual que el plomo y los demás. Caronte: Dices una terrible necedad de los hombres, que sienten tanto amor por un bien pálido y pesado. Hermes: Pero aquel Solón, Caronte, no parece estar enamorado de él, pues, como ves, se ríe de Creso y de la jactancia del bárbaro, y me parece que quiere preguntarle algo; escuchemos, pues.
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Solón: Dime, Creso,¿ crees que el Pitio necesita algo de estos ladrillos? Creso:¡ Por Zeus! Pues no tiene en Delfos ninguna ofrenda semejante. Solón:¿ Entonces crees que el dios será dichoso si adquiere, además de otras cosas, ladrillos de oro? Creso:¿ Cómo no? Solón: Me hablas de una gran pobreza en el cielo, Creso, si van a necesitar que les envíen oro desde Lidia, si lo desean. Creso:¿ Y dónde podría haber tanto oro como el que tenemos nosotros? Solón: Dime,¿ el hierro crece en Lidia? Creso: No mucho. Solón: Entonces carecéis de lo mejor. Creso:¿ Cómo es mejor el hierro que el oro? Solón: Si respondes sin enfadarte, lo aprenderías. Creso: Pregunta, Solón. Solón:¿ Quiénes son mejores, los que salvan a otros o los que son salvados por ellos? Creso: Los que salvan, sin duda. Solón:¿ Entonces, si Ciro, como dicen algunos, ataca a los lidios, fabricarás espadas de oro para el ejército, o el hierro es necesario entonces? Creso: El hierro, es evidente. Solón: Y si no te aprovisionaras de este, tu oro se iría cautivo a los persas. Creso:¡ Habla con buenos augurios, hombre! Solón: Que no ocurra así, pero al menos pareces admitir que el hierro es mejor que el oro. Creso:¿ Entonces también me ordenas dedicarle al dios ladrillos de hierro y volver a reclamar el oro? Solón: Él tampoco necesitará hierro, sino que, ya sea que dediques bronce o que dediques oro, será en algún momento posesión y hallazgo de otros, de los foceos, de los beocios, de los mismos delfios o de algún tirano o ladrón, y al dios poco le importan tus fabricaciones de oro. Creso: Siempre me haces la guerra por mi riqueza y me tienes envidia.
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Hermes: El lidio no soporta, Caronte, la franqueza y la verdad de las palabras, sino que le parece algo extraño, un hombre pobre que no se amedrenta, sino que dice lo que piensa libremente. Pero se acordará de Solón poco después, cuando tenga que ser llevado a la pira tras ser capturado por Ciro; pues oí a Cloto hace poco leyendo lo que estaba hilado para cada uno, en lo cual también estaba escrito esto: que Creso sería capturado por Ciro, y que Ciro mismo moriría a manos de aquella masageta.¿ Ves a la escita, la que cabalga sobre ese caballo blanco? Caronte: Por Zeus, sí. Hermes: Esa es Tomiris, y ella misma le cortará la cabeza a Ciro y la meterá en un odre lleno de sangre.¿ Y ves también a su hijo, el joven? Ese es Cambises; este reinará después de su padre y, tras fracasar en mil cosas tanto en Libia como en Etiopía, morirá finalmente loco tras haber matado al buey Apis. Caronte:¡ Qué gran burla! Pero ahora,¿ quién los miraría así, despreciando tanto a los demás?¿ O quién creería que dentro de poco este será un cautivo y este otro tendrá su cabeza en un odre de sangre?
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Caronte:¿ Y aquel quién es, Hermes, el que lleva puesta la capa de púrpura, el de la diadema, a quien el cocinero le devuelve el anillo tras cortar el pescado, en una isla rodeada por el mar? Parece que se cree un rey. Hermes: Muy bien parodiado, Caronte. Pero ves a Polícrates, el tirano de los samios, que se cree el más feliz; sin embargo, este mismo, traicionado por el sirviente que está a su lado, Meandro, será empalado por el sátrapa Oroetes, miserable, tras caer de su felicidad en un instante; pues también escuché esto de Cloto. Caronte: Admiro a la noble Cloto; quémalos, mi querida, y córtales las cabezas y empálalos, para que sepan que son hombres; mientras tanto, que se enorgullezcan, como si fueran a caer más dolorosamente desde más alto. Yo me reiré entonces al reconocer a cada uno desnudo en mi barquita, sin llevar ni la púrpura, ni la tiara, ni el lecho de oro.
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Hermes: Y las cosas de estos serán así.¿ Pero ves a la multitud, Caronte, a los que navegan, a los que guerrean, a los que litigan, a los que cultivan la tierra, a los que prestan dinero, a los que piden limosna? Caronte: Veo una ocupación variada y la vida llena de confusión, y sus ciudades parecen colmenas, en las que cada uno tiene su propio aguijón y aguijonea al vecino, y unos pocos, como avispas, roban y saquean a los más débiles.¿ Y quiénes son esta multitud que vuela sobre ellos desde lo invisible? Hermes: Son esperanzas, Caronte, y temores, e ignorancias, y placeres, y avaricias, y cóleras, y odios, y cosas por el estilo. De estos, la ignorancia está mezclada abajo con ellos y convive con ellos, y, por Zeus, también el odio, la cólera, los celos, la ignorancia, la pobreza y la avaricia; pero el miedo y las esperanzas vuelan por encima: el uno, al caer, a veces los aterra y los hace amedrentarse, y las esperanzas, suspendidas sobre sus cabezas, cuando alguien cree que va a alcanzarlas, salen volando y se van, dejándolos boquiabiertos, lo que ves que le ocurre abajo a Tántalo con el agua.
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Hermes: Y si miras fijamente, verás también a las Moiras arriba, hilando para cada uno el huso, del cual resulta que todos están colgados de hilos delgados.¿ Ves como unas telarañas que bajan hacia cada uno desde los husos? Caronte: Veo un hilo muy delgado para cada uno, muy entrelazado, este con aquel, y aquel con otro. Hermes: Es natural, barquero; pues está destinado que este sea asesinado por aquel, y este por otro, y que este herede a aquel, de quien sea el hilo más corto, y aquel a su vez a este; pues algo así indica el entrelazamiento.¿ Ves, pues, que todos están colgados de un hilo delgado? Y este, al ser levantado, está suspendido y, tras poco tiempo, al caer, al romperse el hilo cuando ya no resiste el peso, producirá un gran estruendo; mientras que este otro, suspendido un poco sobre la tierra, si cae, yacerá en silencio, apenas oído por los vecinos el estruendo de la caída. Caronte: Todo esto es ridículo, Hermes.
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Y, sin embargo, no podrías decir con justicia cuán ridículo es, Caronte, y sobre todo sus excesivos afanes y el desaparecer arrebatados en medio de las esperanzas por la excelente Muerte. Sus mensajeros y servidores son muy numerosos, como ves: fiebres, calenturas, tisis, neumonías, espadas, robos, cicuta, jueces y tiranos; y nada de esto les entra en absoluto mientras les va bien, pero cuando fracasan, hay muchos«¡ ay!»,«¡ oh!» y«¡ lamentos!». Si desde el principio pensaran que ellos mismos son mortales y que, tras pasar este poco tiempo en la vida, se irán como de un sueño dejando todo lo que hay sobre la tierra, vivirían con más sensatez y se afligirían menos al morir; pero ahora, esperando usar siempre lo que tienen, cuando el servidor se presenta y los llama y los lleva encadenados con la fiebre o la tisis, se indignan ante la partida, sin haber esperado nunca ser arrancados de ellos.¿ O qué no haría aquel que construye su casa con afán y apresura a los obreros, si supiera que esta tendrá un fin para él, y que, apenas puesto el techo, se irá dejando al heredero disfrutar de ella, sin haber cenado él mismo miserablemente en ella? Pues aquel que se alegra de que su mujer le ha dado un hijo varón, y por eso invita a los amigos y le pone el nombre del padre, si supiera que al cumplir siete años el niño morirá,¿ crees que se alegraría de que naciera? Pero la causa es que ve al que se alegra por el hijo, al padre del atleta que ha ganado en los Juegos Olímpicos, pero no ve ni conoce al vecino que saca al niño, de qué hilo colgaba para él. Pues ves a los que disputan por los límites, cuántos son, y a los que acumulan riquezas, y luego, antes de disfrutarlas, son llamados por los que dije, los mensajeros y servidores.
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Caronte: Veo todo esto y pienso para mis adentros qué es lo agradable para ellos en la vida o qué es eso de lo que carecen y por lo que se indignan. Pues si uno ve a sus reyes, que parecen ser los más felices, fuera de lo inestable, como dices, y de lo incierto de la fortuna, encontrará que tienen más cosas penosas que agradables: temores, turbaciones, odios, conspiraciones, cóleras y adulaciones; pues con todo esto conviven todos. Dejo de lado los duelos, las enfermedades y los sufrimientos que, por igualdad de condiciones, sin duda los gobiernan; y donde las cosas de estos son malas, es momento de calcular cómo serían las de los particulares.
19
Caronte: Quiero, sin embargo, decirte, Hermes, a qué me pareció que se asemejan los hombres y toda su vida.¿ Alguna vez has visto burbujas en el agua bajo un chorro que cae, formándose? Me refiero a las burbujas de las que se forma la espuma; pues algunas de ellas son pequeñas y al estallar al instante desaparecen, mientras que otras duran más; y al acercarse otras a ellas, estas se hinchan y se elevan hasta un volumen máximo, pero luego, sin embargo, también estallan inevitablemente en algún momento; pues no es posible que sea de otra manera. Esto es la vida del hombre: todos inflados por un soplo, unos más grandes, otros más pequeños; y unos tienen el soplo de corta duración y efímero, otros cesan al mismo tiempo que se forman; pero para todos es necesario romperse. Hermes: No has hecho una comparación peor que la de Homero, Caronte, quien compara su linaje con las hojas.
20
Caronte: Y siendo así, Hermes, ves lo que hacen y cómo compiten entre sí por cargos, honores y posesiones, todo lo cual tendrán que dejar atrás para venir a nosotros con un solo óbolo.¿ Quieres, pues, ya que estamos en lo alto, que grite con todas mis fuerzas y les aconseje abstenerse de los vanos afanes y vivir siempre teniendo la muerte ante los ojos, diciendo:«¡ Oh, insensatos!,¿ por qué os habéis afanado en estas cosas? Dejad de esforzaros; pues no viviréis para siempre; nada de lo que hay aquí es eterno, ni nadie podría llevarse nada consigo al morir, sino que es necesario irse desnudo, y que la casa, el campo y el oro sean siempre de otros y cambien de dueños»? Si gritara esto y cosas semejantes a oídos de ellos,¿ no crees que la vida se beneficiaría enormemente y que se volverían mucho más sensatos?
21
Hermes:¡ Oh, dichoso!, no sabes cómo los han dejado la ignorancia y el engaño, de modo que ni siquiera con un taladro se les abrirían ya los oídos, tanto cera han metido en ellos, tal como hizo Odiseo con sus compañeros por miedo a escuchar a las Sirenas.¿ De dónde, pues, podrían ellos oír, aunque tú gritaras hasta reventar? Pues lo que el Leteo puede hacer entre vosotros, eso hace aquí la ignorancia. Sin embargo, hay algunos de ellos que no han aceptado la cera en los oídos, inclinándose hacia la verdad, viendo con agudeza las cosas y habiendo comprendido cómo son. Caronte: Entonces gritémosle al menos a esos. Hermes: Eso también es superfluo, decirles lo que ya saben. Ves cómo, apartándose de la multitud, se ríen de lo que sucede y de ninguna manera les agrada, sino que es evidente que ya planean huir de la vida hacia vosotros. Pues, de hecho, son odiados por denunciar sus ignorancias. Caronte: Muy bien, nobles; aunque son muy pocos, Hermes. Hermes: Estos son suficientes. Pero bajemos ya.
22
Caronte: Una cosa más deseaba saber, Hermes, y al mostrármela habrás hecho completa la visita guiada: ver los depósitos de los cuerpos, donde los entierran. Hermes: Sepulcros, Caronte, y túmulos y tumbas llaman a tales cosas. Pero,¿ ves esos montículos delante de las ciudades y las estelas y pirámides? Todo eso son receptáculos de muertos y guardianes de cuerpos. Caronte:¿ Por qué entonces coronan las piedras y las ungen con mirra?¿ Y otros, tras amontonar una pira delante de los montículos y cavar una fosa, queman estas costosas cenas y vierten en las fosas vino y aguamiel, según se puede conjeturar? Hermes: No sé, barquero, qué tiene que ver esto con los que están en el Hades; pero, al menos, han creído que las almas, enviadas desde abajo, cenan en la medida de lo posible volando alrededor del aroma y el humo, y beben de la fosa el aguamiel. Caronte:¿ Aquellos todavía beben o comen, cuyos cráneos están sequísimos? Aunque soy ridículo al decirte esto a ti, que los traes todos los días.¿ Sabes, pues, si podrían volver a subir una vez que se han vuelto subterráneos? Pues, de hecho, sería ridículo, Hermes, y me daría no pocos problemas, si tuviera que no solo bajarlos, sino también volver a subirlos para que beban.¡ Oh, insensatos, por su ignorancia!, no sabiendo con qué límites están separadas las cosas de los muertos y las de los vivos, y cómo son las cosas entre nosotros, y que« muere igual el hombre sin tumba que el que ha obtenido tumba, y en igual honor están Iro y el poderoso Agamenón; y el hijo de Tetis de hermosos cabellos es igual a Tersites; y todos son por igual débiles cabezas de muertos, desnudos y secos en la pradera de asfódelos».
23
Hermes:¡ Por Heracles, cuánto Homero derramas! Pero ya que lo has mencionado, quiero mostrarte la tumba de Aquiles.¿ Ves la que está junto al mar? Sigeo es el lugar troyano que está allí; y frente a él, en Reeteo, está enterrado Áyax. Caronte: No son grandes las tumbas, Hermes. Muéstrame ya las ciudades ilustres de las que oímos hablar abajo: la Nínive de Sardanápalo, Babilonia, Micenas, Cleonas y la misma Ilión. Recuerdo haber transportado a muchos desde allí, de modo que en diez años enteros no pude ni sacar la barca a tierra ni dejarla secar. Hermes: Nínive, barquero, ya ha perecido y no queda ni rastro de ella, ni podrías decir dónde estuvo alguna vez. Esa que ves ahí es Babilonia, la de las hermosas murallas, la del gran recinto, que no tardará mucho en ser buscada como Nínive. Me avergüenza mostrarte Micenas y Cleonas, y sobre todo Ilión, pues sé bien que, al bajar, asfixiarás a Homero por la grandilocuencia de sus versos. Pero, en fin, aunque antaño fueron dichosas, ahora también ellas han muerto; pues mueren, barquero, las ciudades al igual que los hombres, y lo más paradójico, incluso ríos enteros; del Ínaco, por ejemplo, ya no queda ni la tumba en Argos. Caronte:¡ Vaya con los elogios, Homero, y con los nombres:« Ilión sagrada»,« de anchas calles» y« las bien construidas Cleonas»!
24
Caronte: Pero, entre palabras,¿ quiénes son esos que luchan o por qué se matan unos a otros? Hermes:¿ Ves a los argivos, Caronte, y a los lacedemonios, y a aquel general medio muerto, Otriades, que escribe el trofeo con su propia sangre? Caronte:¿ Por qué es la guerra para ellos, Hermes? Hermes: Por el mismo campo en el que luchan. Caronte:¡ Oh, qué insensatez! No saben que, aunque cada uno de ellos se apoderara de todo el Peloponeso, apenas obtendrían un palmo de tierra de parte de Éaco; y este campo lo cultivarán otros en otro tiempo, arrancando muchas veces el trofeo desde los cimientos con el arado. Hermes: Así serán estas cosas. Pero nosotros, bajando ya y colocando de nuevo las montañas en su lugar, retirémonos; yo, a cumplir mi misión, y tú, a tu barca. Pronto iré yo también a traerte más muertos. Caronte: Has hecho bien, Hermes; quedarás registrado como benefactor para siempre, pues gracias a ti he sacado provecho de este viaje.¡ Qué cosas son las de los desdichados hombres: reyes, ladrillos de oro, monumentos funerarios, batallas! Pero de Caronte, nadie se acuerda.

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