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De parasito sive artem esse parasiticam
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Original / primary: Spanish Gemini
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Tiquíades:¿ Qué es lo que sucede, Simón, que mientras los demás hombres, tanto libres como esclavos, dominan cada uno algún arte mediante el cual son útiles para sí mismos y para otros, tú, al parecer, no tienes ninguna ocupación con la que puedas beneficiarte a ti mismo o compartir con alguien más? Simón:¿ Cómo preguntas eso, Tiquíades? Aún no lo sé. Intenta preguntar con más claridad. Tiquíades:¿ Hay algún arte que domines, como la música? Simón:¡ Por Zeus, no! Tiquíades:¿ Qué tal la medicina? Simón: Tampoco esa. Tiquíades:¿ Pero la geometría? Simón: De ninguna manera. Tiquíades:¿ Y la retórica? Pues de la filosofía estás tan alejado como lo está la maldad. Simón: Yo, si fuera posible, incluso más. Así que no creas que te reprocho esto como si fuera un ignorante; pues afirmo ser malo y peor de lo que tú crees. Tiquíades: Sí. Pero quizás no aprendiste esas artes por su magnitud y dificultad,¿ pero alguna de las populares, como la carpintería o la zapatería? Pues tampoco tus otros asuntos están de tal modo que no pudieras necesitar tal arte. Simón: Dices bien, Tiquíades; pero tampoco soy experto en ninguna de esas. Tiquíades:¿ Entonces en cuál otra? Simón:¿ En cuál? En una noble, según creo; la cual, si aprendieras, creo que también tú la elogiarías. Afirmo que ya tengo éxito en la práctica, pero si también en la teoría, no puedo decirlo. Tiquíades:¿ Cuál es esa? Simón: Aún no creo haber ejercitado los argumentos sobre ella. Así que, que domino algún arte, ya te corresponde saberlo y no por ello estar molesto conmigo; pero cuál es, lo escucharás después. Tiquíades: Pero no lo soportaré. Simón: Quizás te parezca paradójico el arte cuando lo escuches. Tiquíades: Precisamente por eso me urge aprenderlo. Simón: En otra ocasión, Tiquíades. Tiquíades: De ninguna manera, dímelo ya, a menos que te avergüences. Simón: La parasitismo.
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Tiquíades: Entonces, si alguien no estuviera loco, Simón,¿ diría que esto es un arte? Simón: Yo sí; y si te parezco loco, considera que la causa de mi locura es no dominar ningún otro arte y ya absuélveme de las acusaciones. Pues dicen que esta deidad es dura para quienes la poseen, pero que los exime de sus faltas como si fuera una maestra o pedagoga, asumiendo ella misma las causas de estas. Tiquíades: Entonces, Simón,¿ el parasitismo es un arte? Simón: Es un arte, y yo soy un artesano de él. Tiquíades:¿ Así que tú también eres un parásito? Simón: Me has reprochado duramente, Tiquíades. Tiquíades: Pero,¿ no te sonrojas al llamarte parásito? Simón: De ninguna manera; me avergonzaría si no lo dijera. Tiquíades: Y, por Zeus, cuando queramos identificarte ante alguien que no te conoce, cuando necesite saberlo,¿ diremos claramente' el parásito', hablando bien? Simón: Mucho más diciendo esto de mí que de Fidias el escultor; pues disfruto de mi arte no menos de lo que Fidias disfrutaba de su Zeus. Tiquíades: Y, sin embargo, al considerar eso, me invade una gran risa. Simón:¿ Qué cosa? Tiquíades: Si incluso en las cartas, desde arriba, como es costumbre, escribiéramos:' Simón, parásito'. Simón: Y, sin embargo, me harías un favor mayor que si escribieras' Dión, filósofo'.
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Tiquíades: Pero a mí no me importa nada o poco cómo te guste ser llamado; hay que considerar también la otra extrañeza. Simón:¿ Cuál, pues? Tiquíades: Si también incluiremos esta entre las otras artes, de modo que cuando alguien pregunte qué clase de arte es esta, digamos, por ejemplo, gramática o medicina,' parasitismo'. Simón: Yo, Tiquíades, diría que esta es mucho más un arte que cualquier otra. Y si te place escuchar, diría también cómo lo creo, aunque no esté del todo preparado para esto, como ya dije antes. Tiquíades: No importa, aunque digas cosas pequeñas, si son verdaderas, marcará la diferencia. Simón: Vamos pues primero, si te parece, a examinar sobre el arte, sea cual sea su género; pues así podríamos seguir también las artes según su especie, si es que realmente participan correctamente de ella. Tiquíades:¿ Qué es entonces el arte? Seguramente lo sabes. Simón: Por supuesto que sí. Tiquíades: No dudes entonces en decirlo, si es que lo sabes.
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Simón: El arte es, según recuerdo haber escuchado de un sabio, un sistema de conocimientos ejercitados hacia un fin útil para la vida. Tiquíades: Él habló correctamente y tú lo recordaste bien. Simón: Y si el parasitismo participa de todo esto,¿ qué otra cosa podría ser sino un arte en sí mismo? Tiquíades: Es un arte, si es que es así. Simón: Vamos pues, aplicando el parasitismo a cada una de las especies del arte, examinemos si concuerda o si el discurso sobre él, como las ollas malas al ser golpeadas, suena hueco. Es necesario, pues, que esta también sea, como todo arte, un sistema de conocimientos, primero el de examinar y distinguir quién sería apto para alimentarlo, y a quién, al comenzar a parasitar, no se arrepentiría.¿ O diremos que el cambista tiene algún arte, si sabe distinguir las monedas falsas de las verdaderas, y que este, sin arte, distingue a los hombres falsos de los buenos, y esto no como en el caso de las monedas, siendo los hombres evidentes de inmediato? Sin embargo, el sabio Eurípides se queja de esto mismo diciendo:' Para distinguir al hombre malo, no hay ningún carácter impreso en el cuerpo'. Por lo cual es mayor el arte del parásito, que conoce y sabe cosas tan ocultas y oscuras, más que la adivinación.
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Tiquíades: Y el saber decir discursos adecuados y realizar acciones mediante las cuales se congraciará y se mostrará muy benevolente con quien lo alimenta,¿ no te parece que es de inteligencia y conocimiento vigoroso? Tiquíades: Ciertamente. Simón:¿ Y el saber, en los banquetes mismos, cómo salir habiendo obtenido más y superando a los que no poseen el mismo arte que él, crees que se realiza sin algún discurso y sabiduría? Tiquíades: De ninguna manera. Simón:¿ Qué tal el saber las virtudes y vicios de las comidas y los manjares, te parece que es una curiosidad de alguien sin arte, y esto cuando el noble Platón dice así:' Si el que va a banquetear no es cocinero, el juicio sobre la comida preparada es menos válido'?
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Que el parasitismo no es solo de conocimiento, sino ejercitado, podrías aprenderlo fácilmente de aquí: pues los conocimientos de las otras artes permanecen a menudo sin ejercitarse durante días, meses y años, y sin embargo las artes no se pierden en quienes las poseen, pero el conocimiento del parásito, si no estuviera en ejercicio diario, pierde no solo, creo, el arte, sino al artesano mismo.
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Simón: Y que el fin útil para la vida no sea también de locura buscarlo. Pues yo no encuentro nada más útil en la vida que comer y beber, sin lo cual ni siquiera es posible vivir. Tiquíades: Ciertamente.
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Simón: Y, sin embargo, el parasitismo no es algo como la belleza o la fuerza, de modo que no parezca un arte, sino una facultad de ese tipo. Tiquíades: Dices la verdad. Simón: Pero tampoco es falta de arte; pues la falta de arte nunca logra nada para quien la posee. Vamos, pues, si te confiaras a ti mismo un barco en el mar y en una tormenta sin saber gobernar,¿ te salvarías? Tiquíades: De ninguna manera. Simón:¿ Qué tal si alguien fuera confiado caballos sin saber conducirlos? Tiquíades: Tampoco este. Simón:¿ Por qué, sino por no tener el arte mediante el cual podrá salvarse a sí mismo? Tiquíades: Ciertamente. Simón:¿ Entonces el parásito también, por el parasitismo, si fuera falta de arte, no se salvaría? Tiquíades: Sí. Simón:¿ Entonces se salva por arte, y no por falta de arte? Tiquíades: Ciertamente. Simón: El parasitismo es, pues, un arte. Tiquíades: Un arte, al parecer. Simón: Y, sin embargo, conozco a menudo a buenos timoneles que han naufragado y a aurigas expertos que han caído de sus carros, y a unos destrozados y a otros incluso totalmente destruidos, pero nadie podría decir tal naufragio de un parásito. Por tanto, si el parasitismo no es falta de arte ni una facultad, sino un sistema de conocimientos ejercitados, es evidente que hoy hemos acordado que es un arte.
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Tiquíades: En la medida en que infiero de esto; pero aquello, que nos des también una definición noble del parasitismo. Simón: Dices bien. Pues me parece que podría definirse mejor así: el parasitismo es el arte de los banquetes y las comidas y de lo que debe decirse y hacerse a causa de esto, y el fin de él es lo agradable. Tiquíades: Me parece que has definido muy bien tu propio arte; pero considera aquello, no sea que tengas una lucha con algunos de los filósofos sobre el fin. Simón: Y, sin embargo, basta con que el fin de la felicidad y del parasitismo sea el mismo.
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Y aparecerá así: pues el sabio Homero, admirando la vida del parásito como si fuera la única dichosa y envidiable, dice así:' Pues yo no digo que haya un fin más agradable que cuando la alegría se apodera de todo el pueblo, y los convidados en las casas escuchan al aedo sentados en orden, y las mesas están llenas de pan y carnes, y el copero, sacando vino de la crátera, lo lleva y lo sirve en las copas'. Y como si no admirara suficientemente esto, hace más clara su propia opinión diciendo bien:' Esto me parece lo más hermoso en mi mente', no otra cosa, de lo que dice, sino que considera dichoso el parasitar. Y, sin embargo, no ha atribuido estos discursos a un hombre cualquiera, sino al más sabio de todos. Y, sin embargo, si Odiseo hubiera querido elogiar el fin según los estoicos, podía decir esto cuando trajo a Filoctetes de Lemnos, cuando saqueó Ilión, cuando detuvo a los griegos que huían, cuando entró en Troya azotándose a sí mismo y vistiendo males y harapos estoicos; pero entonces no dijo que este fin era más agradable. Pero, sin embargo, también estando en la vida de los epicúreos de nuevo junto a Calipso, cuando le era posible vivir en el ocio y disfrutar y tener relaciones con la hija de Atlas y mover todos los movimientos suaves, ni siquiera entonces dijo que este fin era más agradable, sino la vida de los parásitos. Y los parásitos eran llamados convidados entonces.¿ Cómo dice, pues? Pues de nuevo es digno recordar los versos; pues nada como escucharlos decirse a menudo:' convidados sentados en orden'; y:' y las mesas están llenas de pan y carnes'.
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Que Epicuro, muy descaradamente, habiendo sustraído el fin del parasitismo, lo hace el fin de la felicidad según él mismo. Y que el asunto es un robo y a Epicuro no le importa nada lo agradable, sino al parásito, podrías aprenderlo así. Yo considero que lo agradable es, primero, la ausencia de molestias del cuerpo, luego, que el alma no esté llena de ruido y perturbación. De estos, pues, el parásito obtiene ambos, pero Epicuro ni siquiera uno; pues el que investiga sobre la forma de la tierra y la infinidad de los mundos y la magnitud del sol y las distancias y los primeros elementos y sobre los dioses, si existen o no existen, y siempre luchando y disputando sobre el fin mismo contra algunos, no solo está en molestias humanas, sino también cósmicas. Pero el parásito, creyendo que todo está bien y confiando en que esto no puede ser de otra manera mejor de lo que es, con mucha seguridad y calma, sin que nada de eso le moleste, come y duerme boca arriba, habiendo soltado los pies y las manos como Odiseo navegando de Esqueria a casa.
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Simón: Y, sin embargo, no solo en esto no le corresponde lo agradable a Epicuro, sino también en aquello; pues este Epicuro, quienquiera que sea el sabio, tiene o no tiene para comer; si no tiene, no solo no vivirá agradablemente, sino que ni siquiera vivirá; pero si tiene, ya sea de sí mismo o de otro; si, pues, tuviera para comer de otro, es un parásito y no lo que dice; pero si de sí mismo, no vivirá agradablemente. Tiquíades:¿ Cómo no agradablemente? Simón: Pues si tuviera para comer de sí mismo, muchas cosas desagradables, Tiquíades, deben acompañar a tal vida; y observa cuántas. Es necesario que el que va a vivir según el placer satisfaga todos los deseos que surgen.¿ O qué dices? Tiquíades: También a mí me parece. Simón:¿ Entonces al que posee mucho quizás esto se lo proporciona, pero al que tiene poco y nada ya no; de modo que un pobre no podría ser sabio ni alcanzar el fin, digo, lo agradable. Pero tampoco el rico, el que suministra abundantemente a los deseos desde su patrimonio, podrá alcanzar esto.¿ Por qué? Porque es toda necesidad que el que gasta lo suyo caiga en muchas molestias, esto por un lado luchando con el cocinero que preparó mal el manjar, o si no luchara, comiendo manjares malos por esto y careciendo de lo agradable, esto por otro lado luchando con el que administra los asuntos de la casa, si no administrara bien.¿ O no es así? Tiquíades: Por Zeus, también a mí me parece. Simón: A Epicuro, pues, es probable que le sucedan todas estas cosas, de modo que nunca alcanzará el fin; pero al parásito no hay cocinero con quien enfadarse, ni campo ni casa ni dinero, por cuya pérdida se afligiría, de modo que solo él coma y beba sin ser molestado por nada, de lo cual es necesario que aquellos sean molestados.
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Simón: Pero que el parasitismo es un arte, ha quedado suficientemente demostrado tanto por esto como por lo demás. Queda demostrar que es también el mejor, y esto no simplemente, sino primero, porque difiere de todas las artes en común, luego porque también de cada una en particular. En común, pues, difiere de todas así: pues de toda arte es necesario que el aprendizaje conlleve esfuerzo, miedo, golpes, cosas que no hay quien no desearía evitar; pero este arte, al parecer, es el único que se puede aprender sin esfuerzo.¿ Quién ha salido alguna vez de una cena llorando, como vemos a algunos de los maestros, y quién ha sido visto yendo a una cena con el ceño fruncido, como los que asisten a las escuelas? Y, sin embargo, el parásito viene voluntariamente a la cena deseando mucho el arte, mientras que los que aprenden las otras artes las odian, de modo que algunos huyen a causa de ellas.¿ Qué tal, no debes considerar también aquello, que incluso a los que progresan en esas artes los padres y madres los honran más con esto, con lo que diariamente también al parásito, diciendo'¡ Por Zeus, el niño escribió bien, denle de comer!','¡ no escribió bien, no le den!'? Así el asunto parece grande tanto en honor como en castigo.
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Simón: Y, sin embargo, las otras artes tienen este fin después, después de aprender y recibir los frutos agradablemente; pues es un camino largo y empinado hacia ellas; pero el parasitismo es el único de los demás que disfruta del arte inmediatamente en el aprendizaje mismo, y al mismo tiempo comienza y está en el fin. Y, sin embargo, las otras artes no algunas, sino todas han nacido solo para el sustento, pero el parásito tiene el sustento inmediatamente al comenzar el arte.¿ O no consideras que el agricultor cultiva no por el bien de cultivar y el carpintero trabaja no por el bien de trabajar, pero el parásito no persigue otra cosa, sino que es lo mismo y es su obra y por lo cual se realiza?
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Y, sin embargo, no hay nadie que no sepa que los que trabajan las otras artes sufren el resto del tiempo, y solo celebran uno o dos días sagrados al mes, y se dice que se alegran entonces; pero el parásito celebra los treinta días del mes como sagrados; pues todos le parecen ser de los dioses.
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Además, los que quieren tener éxito en las otras artes usan pocas comidas y pocas bebidas como los que están enfermos, y no es posible aprender alegrándose con muchas bebidas y muchas comidas.
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Y las otras artes sin instrumentos de ninguna manera pueden servir al que las posee; pues no es posible tocar la flauta sin flautas, ni tocar la lira sin lira, ni montar a caballo sin caballo; pero esta es tan buena y no pesada para el artesano, que es posible usarla incluso sin tener ninguna arma.
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Y, al parecer, aprendemos otras artes dando un salario, pero esta recibiéndolo. Además, de las otras artes hay algunos maestros,
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pero del parasitismo ninguno, sino que, como la poesía según Sócrates, esta también sobreviene por alguna suerte divina.
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Y considera también aquello, que no podemos realizar las otras artes viajando o navegando, pero es posible usar esta incluso en el camino y navegando.
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Tiquíades: Ciertamente. Simón: Y, sin embargo, Tiquíades, las otras artes me parecen desear esta, pero esta ninguna otra. Tiquíades:¿ Qué tal, no te parece que los que toman lo ajeno cometen injusticia? Simón:¿ Cómo no? Tiquíades:¿ Cómo, pues, el parásito, al tomar lo ajeno, no es el único que no comete injusticia?
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Simón: No puedo decirlo. Y, sin embargo, los principios de las otras artes son algunos viles y baratos, pero el principio del parasitismo es algo muy noble; pues no podrías encontrar otro nombre para ese nombre de amistad tan cacareado que el principio del parasitismo. Tiquíades:¿ Cómo dices? Simón: Que nadie invita a cenar a un enemigo o a un hombre desconocido, ni siquiera a un conocido moderadamente, sino que creo que primero debe convertirse en amigo, para que participe de las libaciones y de la mesa y de los misterios de este arte. Yo, al menos, he escuchado a menudo a algunos decir:'¿ Qué clase de amigo es este que ni ha comido ni ha bebido con nosotros?', considerando claramente que solo el que bebe y come con uno es un amigo fiel.
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Que esta es la más real de las artes, podrías aprenderlo también de esto no menos: pues las otras artes no solo sufriendo y sudando, sino, por Zeus, sentados y de pie trabajan como si fueran esclavos de las artes, pero el parásito maneja su arte como un rey acostado.
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Pues,¿ qué necesidad hay de decir aquello sobre su felicidad, que solo él, según el sabio Homero, no planta con las manos una planta ni ara, sino que se alimenta de todo lo que crece sin sembrar ni arar?
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Simón: Y, sin embargo, nada impide que un orador, un geómetra y un herrero trabajen su propia arte, ya sea malo o tonto, pero nadie puede parasitar siendo tonto o malo. Tiquíades:¡ Vaya, qué cosa haces aparecer el parasitismo; de modo que incluso yo mismo ya me parece que deseo ser parásito en lugar de lo que soy!
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Que difiere de todas en común, me parece haberlo demostrado. Vamos, pues, a examinar cómo difiere también de cada una en particular. Compararla con las artes viles es una tontería, y de algún modo rebaja la dignidad del arte. Que difiere de las artes más bellas y grandes debe demostrarse. Ha sido acordado por todos que la retórica y la filosofía, que algunos declaran por su nobleza y conocimientos, cuando demuestre que el parasitismo supera mucho a estas, es evidente que parecerá la más preeminente de las otras artes, como Nausícaa de las sirvientas.
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Simón: En común, pues, difiere de ambas, tanto de la retórica como de la filosofía, primero según su fundamento; pues esta se ha fundamentado, pero aquellas no. Pues no consideramos la retórica como una sola y la misma, sino que unos la consideran arte, otros lo contrario, falta de arte, otros mala arte, otros alguna otra cosa. De igual modo, tampoco la filosofía se mantiene según las mismas cosas y de la misma manera; pues a Epicuro le parece que las cosas son de una manera, a los de la Estoa de otra, a los de la Academia de otra, a los del Perípato de otra, y simplemente cada uno considera que la filosofía es otra; y hasta ahora ni los mismos prevalecen en opinión ni su arte parece uno. De lo cual es evidente qué queda por conjeturar. Pues afirmo que no es arte aquello cuya base no existe. Pues,¿ por qué la aritmética es una y la misma y dos veces dos es cuatro para nosotros y para los persas y esto concuerda tanto para griegos como para bárbaros, pero vemos muchas y diferentes filosofías y no concuerdan ni los principios ni los fines de todas?
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Y, sin embargo, las otras artes, incluso si hubiera algo discordante en ellas, alguien podría pasarlo por alto habiendo pedido perdón, puesto que parecen ser medias y sus conocimientos no son inmutables. Pero,¿ quién soportaría que la filosofía no sea una y no sea conforme consigo misma más que los instrumentos? No hay una sola filosofía, puesto que veo que es infinita; pero no pueden ser muchas, puesto que la sabiduría es una.
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De igual modo, alguien podría decir lo mismo sobre el fundamento de la retórica; pues el no decir todos lo mismo sobre un tema propuesto, sino que haya una lucha de opinión contraria, es la mayor prueba de que esto no tiene ni siquiera un principio, de lo cual no hay un conocimiento único; pues el buscar qué es más esto, y el no estar nunca de acuerdo en que es uno, esto destruye la esencia misma de lo buscado.
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Sin embargo, el parasitismo no es así, sino que tanto entre griegos como entre bárbaros es uno y según las mismas cosas y de la misma manera, y nadie podría decir que estos parasitan de una manera y aquellos de otra, ni hay, al parecer, entre los parásitos algunos como estoicos o epicúreos que tengan dogmas diferentes, sino que para todos contra todos hay una concordancia y acuerdo de las obras y del fin. De modo que a mí me parece que el parasitismo corre el riesgo de ser también sabiduría en este aspecto.
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Tiquíades: Me parece que has dicho esto suficientemente. Pero,¿ cómo demuestras que la filosofía es peor que tu arte en lo demás? Simón:¿ No es necesario primero decir que un parásito nunca ha deseado la filosofía, pero se recuerda que muchísimos filósofos han deseado el parasitismo, y hasta ahora aman? Tiquíades:¿ Y a qué filósofos podrías decir que han deseado parasitar? Simón:¿ A quiénes, pues, Tiquíades? A quienes tú también conoces y finges ignorar y me engañas como si de ello les resultara alguna vergüenza, no honor. Tiquíades:¡ No, por Zeus, Simón, sino que estoy muy perplejo sobre a quiénes podrías encontrar para decir! Simón: Oh noble, me pareces ser ignorante incluso de los que han escrito las vidas de aquellos, puesto que seguramente podrías reconocer a quiénes digo. Tiquíades: Y, sin embargo, por Hércules, deseo escuchar quiénes son.
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Yo te enumeraré a ellos, no siendo los viles, sino, como creo, los mejores y a quienes menos crees. Esquines el socrático, este que escribió los largos y elegantes diálogos, vino una vez a Sicilia llevándolos, por si pudiera ser conocido por Dionisio el tirano, y habiendo leído el Milcíades y creyendo haber tenido éxito, el resto del tiempo se sentaba en Sicilia parasitando a Dionisio y despidiéndose de las discusiones de Sócrates.
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Simón:¿ Qué tal, Aristipo de Cirene no te parece de los filósofos aprobados? Tiquíades: Ciertamente. Simón: Y este, sin embargo, durante el mismo tiempo pasaba el tiempo en Siracusa parasitando a Dionisio. De todos, al menos, el mismo parásito tenía éxito ante él; pues tenía algo más que los otros, siendo talentoso para el arte, de modo que Dionisio enviaba a los cocineros diariamente a él como para aprender algo de él. Este, sin embargo, parece haber adornado el arte dignamente.
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Simón: El Platón de ustedes, el más noble, también él vino a Sicilia para esto, y habiendo parasitado pocos días al tirano, cayó del parasitar por falta de talento, y habiendo llegado de nuevo a Atenas y habiendo trabajado mucho y preparándose, navegó de nuevo a Sicilia con una segunda flota y habiendo cenado de nuevo pocos días, cayó por ignorancia; y esta desgracia de Platón en Sicilia parece haber sido similar a la de Nicias. Tiquíades:¿ Y quién, Simón, dice esto sobre él?
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Simón: Muchos otros, pero Aristóxeno el músico, digno de mucho discurso. Pues que Eurípides parasitó a Arquelao hasta la muerte y Anaxarco a Alejandro, seguramente lo sabes.
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Y Aristóteles también comenzó el parasitismo solo, como también las otras artes.
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Filósofos, pues, como era, he demostrado que han deseado parasitar; pero nadie puede decir que un parásito haya querido filosofar.
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Y, sin embargo, si es dichoso no tener hambre ni sed ni frío, esto no le sucede a nadie más que al parásito. De modo que uno podría encontrar a muchos filósofos pasando frío y hambre, pero a un parásito no; o no sería parásito, sino algún hombre desafortunado y pobre y similar a un filósofo.
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Tiquíades: Suficiente esto. Pero,¿ cómo demuestras que el parasitismo difiere de la filosofía y la retórica en lo demás? Simón: Es necesario, pues, excelente, decir primero que hay momentos en la vida de los hombres, uno, creo, de paz, otro, a su vez, de guerra. En estos, pues, es toda necesidad que las artes se vuelvan evidentes y los que poseen estas, qué clase de personas son. Pero antes, si te parece, examinemos el momento de la guerra, y quiénes serían los más útiles tanto cada uno para sí mismo como en común para la ciudad. Tiquíades:¡ Qué competencia no moderada de los hombres anuncias; y yo hace tiempo me río para mis adentros pensando qué clase de filósofo sería el que se comparara con un parásito!
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Para que no te sorprendas demasiado ni te parezca que el asunto merece burla, supongamos que se nos anuncia de repente que han invadido el país enemigos, que hay necesidad de salir a combatirlos y no permitir que la tierra sea devastada, y que el general ordena a todos los hombres en edad militar que se alisten; y, en efecto, los demás se ponen en marcha, y entre ellos, algunos filósofos, oradores y parásitos. Primero, pues, desnudémoslos, pues es necesario que quienes van a armarse se despojen antes de sus ropas. Observa, pues, a los hombres, noble amigo, uno por uno, y examina sus cuerpos. A algunos de ellos los verás delgados y pálidos por la carencia, temblorosos, como si ya estuvieran heridos y abatidos; pues no sería ridículo decir que hombres como aquellos, que necesitan de recuperación, sean capaces de soportar el esfuerzo, la lucha cuerpo a cuerpo, el empuje, el polvo y las heridas.
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Observa de nuevo, pasando al parásito, qué aspecto tiene.¿ Acaso no es, en primer lugar, de cuerpo robusto y de color agradable, ni negro ni blanco— pues lo primero se parece a una mujer y lo segundo a un esclavo—, y luego de temperamento fogoso, con una mirada terrible como la nuestra, grande y congestionada? Pues no es bueno llevar a la guerra una mirada temerosa y femenina.¿ Acaso no sería tal hombre un buen hoplita mientras vive, y un buen cadáver si muriera?
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Simón: Pero¿ qué necesidad hay de conjeturar esto teniendo ejemplos de ellos? Pues, para decirlo simplemente, en la guerra, de todos los oradores o filósofos que ha habido, unos ni siquiera soportaron salir fuera de la muralla, y si alguno, forzado, se alineó en formación, afirmo que abandonó su puesto y regresó. Tiquíades:¡ Qué cosas tan maravillosas y nada moderadas prometes! Pero habla, no obstante. Simón: De los oradores, Isócrates no solo no salió nunca a la guerra, sino que ni siquiera subió a un tribunal, por cobardía, supongo, hasta el punto de que por ello ya ni siquiera tenía voz.¿ Y qué?¿ Acaso Demades, Esquines y Filócrates no traicionaron la ciudad por miedo apenas se anunció la guerra de Filipo, entregándose ellos mismos a Filipo y continuando siempre en Atenas haciendo política a su favor, quien, si algún otro, combatía contra los atenienses según estos términos? Y aquel era amigo entre ellos. Pero Hiperides, Demóstenes y Licurgo, que parecen ser los más valientes y que siempre alborotaban en las asambleas y maldecían a Filipo,¿ qué hicieron de noble en la guerra contra él? Hiperides y Licurgo ni siquiera salieron, ni se atrevieron en absoluto a asomarse un poco fuera de las puertas, sino que se sentaron tras las murallas, ya sitiados, componiendo sentencias y decretos. Y el más destacado de ellos, el que decía esto continuamente en las asambleas:« Filipo el macedonio es una ruina», de donde nadie compraría ni un esclavo, al atreverse a salir a Beocia, antes de que los ejércitos se encontraran y entraran en combate, arrojó el escudo y huyó.¿ O es que nunca antes habías oído esto de nadie, siendo algo muy conocido no solo para los atenienses, sino para los tracios y escitas, de donde era esa escoria?
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Tiquíades: Sé esto; pero estos son oradores y están entrenados para decir discursos, no para la virtud.¿ Qué dices de los filósofos? Pues no puedes culparlos como a aquellos. Simón: Estos, de nuevo, Tiquíades, los que discuten cada día sobre la valentía y desgastan el nombre de la virtud, parecerán mucho más cobardes y blandos que los oradores. Considéralo así. En primer lugar, no hay nadie que pueda decir que un filósofo haya muerto en la guerra; pues o no hicieron campaña en absoluto, o, si la hicieron, todos huyeron. Antístenes, pues, y Diógenes, Crates, Zenón, Platón, Esquines, Aristóteles y todo este grupo ni siquiera vieron una formación de batalla; solo el sabio de ellos, Sócrates, al atreverse a salir a la batalla de Delio, huyendo de allí, se refugió desde el Parnés en la palestra de Tauro. Pues le parecía mucho más elegante estar sentado con los jovencitos charlando y proponiendo sofismas a los que se encontraba que luchar contra un hombre espartano. Tiquíades: Noble amigo, esto ya lo había oído de otros, y no, por Zeus, de quienes quisieran burlarse de ellos y reprocharles; así que no me parece que estés mintiendo sobre los hombres para favorecer tu propia técnica.
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Tiquíades: Pero si te parece bien, habla tú también de cómo es el parásito en la guerra, y si se dice en general que algún parásito existió entre los antiguos. Simón: Y ciertamente, amigo mío, nadie es tan ignorante de Homero, ni aunque sea un completo profano, que no sepa que entre él los mejores de los héroes eran parásitos. Pues aquel Néstor, de cuya lengua fluía el discurso como miel, era parásito del propio rey, y Agamenón no elogia ni admira tanto a Aquiles, que parecía y era el más noble de cuerpo, ni a Diómedes ni a Áyax, como a Néstor. Pues no desea para sí diez Áyaxes ni diez Aquiles; y hace tiempo que Troya habría sido tomada si hubiera tenido diez soldados como era este parásito, aunque fuera anciano. Y también llama a Idomeneo, el nieto de Zeus, parásito de Agamenón de la misma manera.
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Tiquíades: Esto también lo sé yo; pero todavía no creo saber cómo los dos hombres eran parásitos de Agamenón. Simón: Recuérdalo, noble amigo, de aquellos versos que el propio Agamenón dice a Idomeneo. Tiquíades:¿ Cuáles? Simón:« Tu copa siempre está más llena que la mía para beber cuando el ánimo lo ordena». Pues aquí ha dicho« siempre más llena» no porque la copa estuviera llena todo el tiempo para Idomeneo, tanto luchando como durmiendo, sino porque durante toda su vida le correspondía a él solo cenar con el rey, no como a los demás soldados, llamados solo por algunos días. Pues a Áyax, cuando luchó bien en duelo contra Héctor, dice que lo llevó ante el divino Agamenón, siendo honrado con el honor de la cena tardía junto al rey. Pero Idomeneo y Néstor cenaban cada día con el rey, como él mismo dice. Y Néstor me parece el más hábil y bueno de los parásitos de los reyes; pues no comenzó su técnica con Agamenón, sino desde antiguo con Ceneo y Exadio; y parece que ni siquiera habría dejado de ser parásito si Agamenón no hubiera muerto. Tiquíades: Este es un noble parásito. Si conoces a otros, intenta decirlos.
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Simón:¿ Qué, pues, Tiquíades, no era también Patroclo parásito de Aquiles, siendo un joven no menos valiente que ninguno de los otros griegos ni en alma ni en cuerpo? Pues yo no creo que fuera inferior en sus obras ni al propio Aquiles; pues él rechazó a Héctor, que rompió las puertas y luchaba dentro junto a las naves, y apagó la nave de Protesilao que ya se estaba quemando, aunque en ella no embarcaban los peores, sino Áyax, hijo de Telamón, y Teucro, el uno buen hoplita y el otro arquero. Y mató a muchos de los bárbaros, y entre ellos a Sarpedón, el hijo de Zeus, el parásito de Aquiles. Y murió no de manera similar a los otros, sino que a Héctor lo mató Aquiles, uno a uno, y al propio Aquiles, Paris, pero al parásito, un dios y dos hombres. Y al morir emitió palabras no como el noble Héctor, que al caer suplicaba a Aquiles que su cadáver fuera devuelto a los suyos, sino como es natural que emita un parásito.¿ Cuáles, pues, estas?« Si veinte como tú se me hubieran enfrentado, todos habrían perecido allí mismo, vencidos por mi lanza».
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Tiquíades: Esto es suficiente; pero intenta decir por qué Patroclo no era amigo, sino parásito de Aquiles. Simón: Te presentaré al propio Patroclo, Tiquíades, diciendo que era parásito. Tiquíades: Dices cosas asombrosas. Simón: Escucha, pues, los mismos versos:« No pongas mis huesos separados de los tuyos, Aquiles, sino juntos, como fui criado en vuestras casas». Y más abajo dice:« Y ahora, recibiéndome, Peleo me crió solícitamente y me llamó tu servidor». Es decir, lo tenía como parásito. Si, pues, hubiera querido llamar a Patroclo amigo, no lo habría llamado servidor; pues Patroclo era libre.¿ A quiénes llama, pues, servidores, si no a los esclavos ni a los amigos? A los parásitos, es evidente; por lo cual también llama a Meríones servidor de Idomeneo, siendo, creo, como se llamaba entonces a los parásitos. Y observa que también aquí no considera digno de llamar a Idomeneo, siendo hijo de Zeus, igual a Ares, sino a Meríones, su parásito.
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Simón:¿ Y qué?¿ Acaso Aristogitón, siendo del pueblo y pobre, como dice Tucídides, no era parásito de Harmodio?¿ Y qué?¿ Acaso no era también su amante? Pues los parásitos son habitualmente también amantes de quienes los alimentan. Este, pues, de nuevo, este parásito arrebató la ciudad de los atenienses, que estaba bajo tiranía, hacia la libertad, y ahora está erigido en bronce en el ágora junto a su amado. Estos, pues, siendo tales, fueron muy buenos parásitos.
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Simón:¿ Y tú qué clase de parásito imaginas en la guerra?¿ Acaso no sale tal hombre a la formación de batalla después de haber desayunado, tal como aconseja Odiseo? Pues dice que no es posible luchar de otra manera en la guerra, incluso si fuera necesario luchar al amanecer. Y mientras otros soldados, por miedo, uno ajusta con precisión el casco, otro se pone la coraza, y otro, sospechando el peligro mismo de la guerra, tiembla, este come entonces con rostro muy alegre y, tras la salida, lucha inmediatamente en primera fila; y el que lo alimenta está posicionado detrás del parásito, y aquel lo cubre con su escudo como Áyax a Teucro, y, habiéndose expuesto él mismo, lo protege de las flechas lanzadas; pues desea salvar a aquel más que a sí mismo.
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Simón: Y si un parásito cayera en la guerra, no se avergonzaría por él, supongo, ni un capitán ni un soldado, siendo un cadáver grande y como si estuviera bien recostado en un buen banquete.¡ Qué digno es ver un cadáver de filósofo tendido junto a este, seco, sucio, con una larga barba, muerto antes de la batalla, un hombre débil!¿ Quién no despreciaría a esta ciudad al ver a sus escuderos tan desgraciados?¿ Y quién no conjeturaría, al ver a hombrecillos pálidos y melenudos tendidos, que la ciudad, falta de aliados, liberó a los malhechores de la cárcel para la guerra? Tales son en la guerra los parásitos frente a los oradores y filósofos.
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Simón: Y en la paz, me parece que la parasítica difiere de la filosofía tanto como la paz misma de la guerra. Y primero, si te parece, examinemos los lugares de la paz. Tiquíades: Todavía no entiendo qué quiere decir esto, pero examinémoslo, no obstante. Simón:¿ No diría yo que el ágora, los tribunales, las palestras, los gimnasios, las cacerías y los banquetes son los lugares de la ciudad? Tiquíades: Ciertamente. Simón: El parásito, pues, no acude al ágora ni a los tribunales porque, creo, todos estos lugares pertenecen más a los sicofantes y porque no hay nada moderado en lo que ocurre en ellos, pero persigue y adorna solo él las palestras, los gimnasios y los banquetes. Pues,¿ qué filósofo u orador, desnudado en la palestra, es digno de ser comparado con el cuerpo de un parásito?¿ O quién de ellos, visto en un gimnasio, no es más bien una vergüenza para el lugar? Y, ciertamente, en la soledad, ninguno de ellos se enfrentaría a una fiera que viniera de frente, pero el parásito espera a las que vienen y las recibe fácilmente, habiéndose ejercitado en los banquetes a despreciarlas, y ni un ciervo ni un jabalí lo asustan temblando, sino que incluso si el jabalí afila su colmillo contra él, el parásito afila el suyo contra el jabalí. Pues persigue a las liebres más que los perros. Y en el banquete,¿ quién podría competir con un parásito, ya sea jugando o comiendo?¿ Y quién alegraría más a los comensales?¿ Acaso este, cantando y bromeando, o un hombre que no ríe, tendido en un manto, mirando al suelo, como si hubiera venido a un funeral y no a un banquete? Y a mí me parece que un filósofo en un banquete es como un perro en un baño.
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Simón: Vamos, pues, dejando esto, caminemos ya hacia la vida misma del parásito, observando y comparando a aquel. Primero, pues, uno podría ver al parásito despreciando siempre la gloria y sin importarle nada lo que los hombres piensen de él, mientras que uno encontraría a los oradores y filósofos no a algunos, sino a todos, desgastados por la soberbia y la gloria, y no solo por la gloria, sino también por lo que es más vergonzoso que esto, por el dinero. Y el parásito tiene tal actitud hacia el dinero que nadie tendría tan despreocupada hacia los guijarros de la orilla, y no le parece que el oro difiera en nada del fuego. Los oradores, y lo que es más terrible, incluso los que dicen filosofar, están tan desgraciadamente dispuestos hacia ellos que, de los filósofos que más gozan de buena reputación ahora— pues¿ qué necesidad hay de hablar de los oradores?—, uno, juzgando un pleito, fue condenado por sobornos, otro exige salario a los que aprenden, y otro pide un sueldo al rey por estar con él y no se avergüenza de que, siendo un hombre anciano, viaje por esto y cobre un sueldo como un indio o un escita cautivo, y ni siquiera se avergüenza del nombre mismo que recibe.
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Tú encontrarías no solo esto en ellos, sino también otras pasiones, como penas, iras, envidias y deseos de todo tipo. El parásito, en cambio, está fuera de todo esto; pues ni se irrita por su capacidad de no guardar rencor y porque no tiene a nadie con quien irritarse; y si alguna vez se indignara, su ira no produce nada duro ni sombrío, sino más bien risa, y alegra a los que están con él. Se aflige, ciertamente, lo menos de todos, pues esto se lo prepara y concede la técnica, no tener por qué afligirse; pues no tiene dinero, ni casa, ni sirviente, ni mujer, ni hijos, cuya destrucción hace necesario que el que los tiene se aflija. Y no desea ni gloria ni dinero, ni siquiera a alguien hermoso.
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Tiquíades: Pero, Simón, es natural que se aflija por falta de alimento. Simón: Ignoras, Tiquíades, que desde el principio este no es parásito si carece de alimento; pues ni el valiente es valiente por falta de valentía, ni el prudente es prudente por falta de prudencia; pues de otro modo ni siquiera sería parásito. Pero se nos propone investigar sobre un parásito que existe, no que no existe. Y si el valiente no lo es sino por la presencia de valentía, y el prudente por la presencia de prudencia, también el parásito será parásito por la presencia del parasitar; pues si esto no estuviera presente en él, investigaríamos sobre otro, y no sobre un parásito. Tiquíades:¿ Entonces un parásito nunca carecerá de alimento? Simón: Parece; así que no habría nada por lo que pudiera afligirse ni por esto ni por otra cosa.
55
Y, ciertamente, todos juntos, tanto filósofos como oradores, temen sobremanera. A la mayoría de ellos uno los encontraría saliendo con un palo, no, supongo, si no temieran, armados, y cerrando las puertas muy firmemente, temiendo que alguien los ataque de noche. Pero él cierra la puerta de la habitación al azar, y esto para que no se abra por el viento, y si hay ruido de noche, no se altera más que si no lo hubiera, y al ir por lugares solitarios camina sin espada; pues no teme nada en ninguna parte. Pero ya he visto a filósofos muchas veces, sin que hubiera nada terrible, equipados con arcos; pues tienen palos incluso al ir al baño y a desayunar.
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Del parásito, sin embargo, nadie podría acusarme de adulterio, violencia, robo u otro delito en absoluto; pues tal persona no sería parásito, sino que se daña a sí mismo. Así que si ocurriera que cometiera adulterio, junto con el delito, cambia también el nombre del delito. Pues así como el bueno, al hacer cosas viles, por ello no es bueno, sino que asume ser vil, así, creo, también el parásito, si comete algún delito, pierde esto mismo que es, y asume lo que delinque. Y delitos tales de oradores y filósofos no solo sabemos que han ocurrido en nuestro tiempo, sino que tenemos en los libros los registros de lo que delinquieron. Pues hay apología de Sócrates, de Esquines, de Hiperides, de Demóstenes y de casi la mayoría de los oradores y sabios, pero no hay apología de un parásito ni nadie puede decir que se haya escrito un juicio contra un parásito.
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Pero, por Zeus,¿ la vida del parásito es mejor que la de los oradores y filósofos, pero su muerte es peor? Al contrario, es mucho más feliz. Pues sabemos que todos o la mayoría de los filósofos murieron mal, unos por condena, habiendo sido capturados en los mayores delitos, con veneno, otros habiendo sido quemados en todo el cuerpo, otros habiendo muerto de disuria, otros habiendo huido. Pero nadie puede decir tal muerte de un parásito, sino la más feliz, habiendo comido y bebido. Y si alguno parece haber muerto de muerte violenta, murió habiendo volado.
58
Tiquíades: Esto ha sido suficientemente debatido por ti sobre los filósofos a favor del parásito. Queda, si es bueno y útil esta posesión para quien lo alimenta, intenta decirlo; pues a mí me parece que los ricos los alimentan como haciendo un favor y concediendo una gracia, y que esto es una vergüenza para el alimentado. Simón:¡ Qué estúpidas son tus palabras, Tiquíades, si no puedes saber que un hombre rico, aunque tuviera el oro de Giges, comiendo solo es pobre y, al salir sin parásito, parece un mendigo, y como un soldado sin armas es más deshonroso, y una vestidura sin púrpura, y un caballo sin adornos, así también un rico sin parásito parece alguien humilde y despreciable! Y, ciertamente, el rico es adornado por él, pero el rico nunca adorna al parásito.
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Además, ni siquiera es un oprobio para él, como tú dices, el parasitar a aquel, es evidente que como a alguien superior uno inferior, donde, ciertamente, para el rico es útil alimentar al parásito, a quien, junto con ser adornado por él, le resulta mucha seguridad de la escolta de este; pues nadie intentaría fácilmente atacar al rico en batalla al verlo a su lado, y ni siquiera moriría nadie por veneno teniendo un parásito. Pues¿ quién se atrevería a conspirar contra alguien si este come y bebe antes? Así que el rico no solo es adornado, sino que también es salvado de los mayores peligros por el parásito. Así, el parásito, por afecto, soporta todo peligro, y no cedería al rico comer solo, sino que elige incluso morir habiendo comido con él.
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Tiquíades: Me parece, Simón, que has expuesto todo sin faltar en nada a tu propia técnica, no como tú mismo decías, que no tenías práctica, sino como alguien que ha sido entrenado por los más grandes. Queda, si el nombre mismo de la parasítica no es más vergonzoso, quiero aprenderlo. Simón: Mira, pues, la respuesta, si te parece que se dice suficientemente, e intenta tú mismo responder a lo que se pregunta como mejor creas. Vamos, pues,¿ qué llaman los antiguos al alimento? Tiquíades: Nutrición. Simón:¿ Y qué es alimentarse, no es comer? Tiquíades: Sí. Simón:¿ No está, pues, acordado que parasitar no es otra cosa? Tiquíades: Esto es, Simón, lo que parece vergonzoso.
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Simón: Vamos, pues, de nuevo, respóndeme,¿ te parece que difiere, y estando ambos propuestos, cuál elegirías tú mismo, navegar o navegar al lado? Tiquíades: Navegar al lado, yo. Simón:¿ Y qué, correr o correr al lado? Tiquíades: Correr al lado. Simón:¿ Y qué, montar a caballo o montar al lado? Tiquíades: Montar al lado. Simón:¿ Y qué, lanzar la jabalina o lanzarla al lado? Tiquíades: Lanzarla al lado. Simón:¿ No elegirías, pues, de igual manera, en lugar de comer, parasitar? Tiquíades: Es necesario estar de acuerdo. Y me queda, como los niños, acudir al amanecer y después del desayuno a aprender la técnica. Y tú eres justo en enseñármela sin reservas, puesto que me convierto en tu primer discípulo. Dicen que también las madres aman más a los primeros de sus hijos.

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