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Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)Elec 1 · spanish-geminiMore by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Sin duda, el mito también os ha convencido a vosotros acerca del ámbar: que los álamos, a orillas del río Erídano, lloran lamentando a Faetón, que esos álamos son hermanas de Faetón y que, al llorar por el joven, se transformaron en árboles y que, supuestamente, el ámbar que aún destilan es su llanto. Pues, ciertamente, yo mismo, al escuchar a los poetas cantar tales cosas, esperaba que, si alguna vez llegaba al Erídano, me acercaría a uno de los álamos, extendería el regazo de mi túnica y recogería algunas de esas lágrimas para tener ámbar.
2
Y, en efecto, no hace mucho, por otro asunto, llegué a aquellas tierras y— puesto que era necesario navegar por el Erídano— no vi álamos por más que busqué, ni tampoco ámbar; es más, los habitantes del lugar ni siquiera conocían el nombre de Faetón. Cuando yo preguntaba e indagaba cuándo llegaríamos a los álamos que producen el ámbar, los marineros se reían y me pedían que dijera con más claridad qué era lo que quería. Yo les contaba el mito: que Faetón era hijo de Helios, que al llegar a la edad adulta pidió a su padre conducir el carro para hacer él mismo la prueba durante un día, que el padre se lo concedió, que él murió al ser despedido del carro y que sus hermanas, lamentándolo allí mismo, entre vosotros, dije, donde cayó, junto al Erídano, se convirtieron en álamos y aún lloran por él el ámbar.
3
«¿ Quién te contó tales patrañas, hombre embustero y mentiroso?», decían.« Nosotros no hemos visto a ningún auriga caer, ni tenemos los álamos de los que hablas. Y si algo así existiera,¿ crees que remaríamos o arrastraríamos las barcas contra corriente por dos óbolos, cuando podríamos ser ricos recogiendo las lágrimas de los álamos?». Esto, al ser dicho, me afectó profundamente y guardé silencio, avergonzado de haber actuado como un niño al creer a los poetas que mienten de forma tan inverosímil, hasta el punto de que nada de lo que dicen resulta sensato. Así pues, me sentía afligido por haber perdido esta esperanza, que no era pequeña, como si hubiera perdido el ámbar de entre las manos, yo que ya estaba imaginando cómo y de qué manera lo usaría.
4
Pero pensaba que aquello sí sería totalmente cierto: encontraría muchos cisnes cantando en las orillas del río. Y de nuevo preguntaba a los marineros— pues aún navegábamos—:«¿ Y los cisnes, cuándo cantan para vosotros ese canto melodioso apostados a ambos lados del río? Dicen, en efecto, que, siendo servidores de Apolo y hombres dotados para el canto, se transformaron allí en aves y que por eso cantan aún, sin haber olvidado la música».
5
Ellos, entre risas, dijeron:«¿ No vas a dejar hoy, hombre, de decir falsedades sobre nuestra tierra y nuestro río? Nosotros, que navegamos siempre y que trabajamos en el Erídano casi desde niños, vemos a veces pocos cisnes en los pantanos del río, y estos graznan de forma muy poco musical y débil, de modo que, comparados con ellos, los cuervos o las grajillas son sirenas; pero cantar de forma dulce, como tú dices, no lo hemos oído ni en sueños. Por eso nos asombra de dónde os han llegado esas historias sobre nosotros».
6
Es posible ser engañado en muchas cosas así por creer a quienes exageran cada detalle. Por eso, yo ahora temo por mí mismo que vosotros, recién llegados y al escucharme por primera vez, esperéis encontrar aquí ámbares y cisnes, y que al poco tiempo os marchéis burlándoos de quienes os prometieron que en mis relatos había tantos tesoros. Pero doy fe de que ni vosotros ni nadie ha oído jamás que yo me jacte de tales cosas, ni lo oiría nunca. Pues podrías encontrar otros muchos Erídanos en los que no es ámbar, sino oro mismo lo que destilan los relatos, mucho más melodiosos que los cisnes de los poetas; pero lo mío, como veis, es sencillo, sin mitos y sin canto alguno. Así que cuida de no sufrir tal decepción por esperar demasiado de mí, como les ocurre a quienes miran lo que hay en el agua: pues, al creer que las cosas son tan grandes como parecen desde arriba, al dilatarse la sombra con la luz, cuando las sacan, se afligen al encontrarlas mucho más pequeñas. Por tanto, te advierto desde ahora: al verter el agua y descubrir lo mío, no esperes sacar nada grande, o te culparás a ti mismo por tu esperanza.