Jerome

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Original / primary: Spanish Gemini
1
Míquilo:¡ Que el mismísimo Zeus te destruya, gallo detestable, por ser tan envidioso y estridente! Me has despertado con un grito penetrante y sonoro justo cuando estaba enriquecido, disfrutando del sueño más dulce y gozando de una felicidad maravillosa, de modo que ni siquiera de noche puedo escapar de la pobreza, que es mucho más miserable que tú. Y, sin embargo, si hay que juzgar por el hecho de que todavía hay mucha calma y el frío aún no me congela al amanecer como de costumbre— pues este es para mí el indicador más infalible de que se acerca el día—, todavía no es medianoche. Pero este insomne, como si custodiara aquel vellocino de oro, ya está gritando desde el principio de la tarde, y no precisamente por alegría; pues, sin duda, me vengaré de ti en cuanto amanezca, machacándote con mi bastón; por ahora, me vas a causar problemas saltando en la oscuridad. Gallo: Míquilo, mi señor, pensaba que te hacía un favor al adelantarme a la noche todo lo que podía, para que al despertar pudieras terminar la mayor parte de tus tareas; así, antes de que saliera el sol, habrías terminado una sandalia y habrías avanzado en tu trabajo para ganarte el pan. Pero si prefieres dormir, yo me quedaré tranquilo y seré mucho más mudo que los peces, pero cuida de no pasar hambre al despertar por haber sido rico en sueños.
2
Míquilo:¡ Oh Zeus prodigioso y Heracles protector!¿ Qué es este mal?¡ El gallo ha hablado como un humano! Gallo:¿ Entonces te parece un prodigio que yo sea capaz de hablar vuestro mismo idioma? Míquilo:¿ Cómo no va a ser un prodigio?¡ Que los dioses alejen de nosotros este horror! Gallo: Me pareces, Míquilo, un hombre completamente inculto que ni siquiera ha leído los poemas de Homero, en los que incluso Janto, el caballo de Aquiles, tras despedirse largamente del relincho, se queda en medio de la batalla conversando y recitando versos enteros, no como yo ahora, que hablo sin métrica. Es más, aquel incluso adivinaba y profetizaba el futuro, y no parecía hacer nada extraordinario, ni quien lo escuchaba invocaba, como tú, al protector contra el mal, considerando el hecho como un presagio funesto. Y, sin embargo,¿ qué habrías hecho si la quilla de la Argo te hubiera hablado como lo hizo una vez, o si la encina de Dodona hubiera profetizado con voz propia, o si hubieras visto pieles arrastrándose y trozos de carne de buey mugiendo, medio asados y ensartados en los asadores? Yo, que soy asistente de Hermes, el más hablador y elocuente de todos los dioses, y que por lo demás comparto vuestra mesa y vuestra vida, no iba a tener dificultades para aprender la lengua humana. Si te comprometieras a guardar silencio, no dudaría en decirte la verdadera razón de mi capacidad para hablar vuestro idioma y de dónde me viene.
3
Míquilo:¿ Acaso no es esto también un sueño, que un gallo hable así conmigo? Pero dime, por Hermes, mi buen amigo, qué otra causa tiene tu voz. Pues, como voy a callar y no se lo diré a nadie,¿ qué tienes que temer?¿ Quién me creería si contara que lo he oído de boca de un gallo? Gallo: Escucha entonces lo que sé bien que te parecerá un relato de lo más extraño, Míquilo: este que ahora te parece un gallo, no hace mucho tiempo era un hombre. Míquilo: Ya había oído hace tiempo algo parecido sobre vosotros, que un tal Alectrión, un joven, era amigo de Ares, bebía con el dios, salía de fiesta con él y compartía sus amoríos; y que, siempre que Ares iba a adulterar con Afrodita, se llevaba a Alectrión, y como temía sobremanera al Sol, no fuera que al verlo lo delatara a Hefesto, dejaba siempre al joven fuera, junto a las puertas, para que le avisara cuando saliera el Sol. Pero una vez, Alectrión se quedó dormido y traicionó la guardia sin querer, y el Sol, sin ser visto, sorprendió a Afrodita y a Ares descansando despreocupados, porque confiaban en que Alectrión avisaría si alguien se acercaba; y así, Hefesto, al enterarse por el Sol, los capturó envolviéndolos y atrapándolos con las redes que había fabricado tiempo atrás contra ellos. Cuando Ares fue liberado, se enfureció contra Alectrión y lo transformó en esta ave, con todas sus armas, de modo que todavía conserva la cresta del casco sobre la cabeza. Por eso vosotros, disculpándoos ante Ares, cuando notáis que el sol va a salir, gritáis con mucha antelación señalando su salida.
4
Gallo: Eso es lo que dicen, Míquilo, pero lo mío fue algo distinto, y hace muy poco que me he transformado en gallo para ti. Míquilo:¿ Cómo? Pues eso es lo que más deseo saber. Gallo:¿ Has oído hablar de un tal Pitágoras, hijo de Mnesarco, de Samos? Míquilo:¿ Te refieres al sofista, al charlatán que legislaba no probar carne ni comer habas, presentándome como un manjar exquisito algo que está fuera de mi mesa, y que además convencía a la gente de que antes de Pitágoras él había sido Euforbo? Dicen que era un embaucador y un hombre capaz de hacer prodigios, gallo. Gallo: Ese mismo Pitágoras soy yo. Así que deja, buen hombre, de insultarme, y más aún sin saber cómo era mi carácter. Míquilo: Esto es, a su vez, mucho más prodigioso que aquello:¡ un gallo filósofo! Pero dime, hijo de Mnesarco, cómo es que has aparecido ante nosotros como un ave en lugar de un hombre, y como un tanagreo en lugar de un samio; pues esto no es creíble ni fácil de aceptar, ya que me parece haber observado ya en ti dos cosas completamente ajenas a Pitágoras. Gallo:¿ Cuáles? Míquilo: Una, que eres hablador y estridente, cuando él aconsejaba, creo, guardar silencio durante cinco años enteros; y otra, que es totalmente ilegal: pues, como no tenía nada que ofrecerte, ayer vine, como sabes, con habas, y tú, sin dudarlo, las picoteaste; así que es necesario que o bien mientas y seas otro, o bien, siendo Pitágoras, hayas transgredido la ley y cometido un sacrilegio igual al de haber comido habas, como si hubieras devorado la cabeza de tu padre.
5
Gallo: Es que no sabes, Míquilo, cuál es la causa de esto ni lo que es apropiado para cada vida. Yo entonces no comía habas, pues filosofaba; pero ahora las comería, ya que la alimentación de las aves no nos está prohibida. Pero, si te apetece, escucha cómo es que ahora soy esto después de haber sido Pitágoras, en qué vidas viví anteriormente y qué he disfrutado de cada transformación. Míquilo: Habla, pues para mí sería un placer escucharlo, de modo que si alguien me diera a elegir si prefiero oírte contar tales cosas o volver a ver aquel sueño tan feliz que tuve hace poco, no sabría qué elegir; tanto considero tus relatos hermanos de las visiones más dulces y os tengo en la misma estima, a ti y al valiosísimo sueño.
6
Míquilo: Pero nunca me olvidaré, gallo, tenlo por seguro, de aquella visión; el sueño dejó tanta miel en mis ojos al marcharse que apenas podía abrir los párpados, que se me cerraban de nuevo por el sueño. El cosquilleo que me producían las imágenes vistas era como el de las alas al revolotear en los oídos. Gallo:¡ Heracles! Dices que el sueño era algo terrible, si siendo alado, como dicen, y teniendo el sueño como límite de su vuelo, salta ya por encima de las barreras y se demora con los ojos abiertos, pareciendo tan dulce y vívido. Quiero, pues, escuchar cómo es, siendo tan deseado por ti. Míquilo: Estoy listo para contarlo; es dulce recordar y hablar de él.¿ Y tú, Pitágoras, cuándo contarás lo de tus transformaciones? Gallo: Cuando tú, Míquilo, dejes de soñar y te limpies la miel de los párpados; pero ahora habla tú primero, para que sepa si tu sueño vino volando a través de las puertas de marfil o de las de cuerno. Míquilo: Por ninguna de esas, Pitágoras. Gallo: Y, sin embargo, Homero dice que solo existen esas dos. Míquilo: Que se vaya al diablo aquel poeta charlatán que no sabía nada de sueños. Quizás los sueños de los pobres salen por esas puertas, como los que él veía, siendo él mismo ciego, pero a mí el más dulce me llegó a través de unas puertas de oro, siendo él mismo de oro y estando todo cubierto de oro, y trayendo consigo mucho oro. Gallo: Basta, mi querido Midas, de hablar de oro; pues me parece que tu sueño es simplemente el resultado de tu deseo por él y que has dormido sobre minas de oro enteras.
7
Míquilo: Vi mucho oro, Pitágoras, mucho,¿ cómo crees que era de hermoso o qué brillo deslumbrante tenía?¿ Qué es lo que dice Píndaro al respecto alabándolo? Recuérdamelo, si lo sabes, cuando después de decir que el agua es lo mejor, admira el oro, haciendo bien, justo al principio de la más hermosa de todas sus canciones. Gallo:¿ Acaso buscas aquello de: el agua es lo mejor, pero el oro, como fuego que arde, resplandece en la noche por encima de la riqueza de un hombre noble? Míquilo:¡ Por Zeus, eso mismo! Como si Píndaro hubiera visto mi sueño, así alaba el oro. Pero para que sepas ya cómo era, escucha, sabio gallo. Que ayer no comí en casa, ya lo sabes; pues Eucrates, el rico, al encontrarme en el ágora, me pidió que fuera a cenar a la hora convenida.
8
Gallo: Sé muy bien eso, pues pasé hambre todo el día, hasta que llegaste ya entrada la noche, empapado, trayendo esas cinco habas, una cena no muy abundante para un gallo que fue atleta y compitió en los Juegos Olímpicos no sin gloria. Míquilo: Y cuando volví de cenar, me acosté inmediatamente después de dejarte las habas, y entonces, según Homero, un sueño verdaderamente divino se me apareció durante la noche... Gallo: Cuenta primero lo que pasó en casa de Eucrates, Míquilo, y cómo fue la cena y todo lo que ocurrió en el banquete; pues nada impide que cenes de nuevo, recreando como un sueño aquella cena y rumiando en tu memoria lo que comiste.
9
Míquilo: Pensaba que molestaría contando también eso; pero ya que tienes interés, lo diré. Nunca antes, Pitágoras, había cenado en casa de un rico en toda mi vida, pero por una buena suerte me encontré ayer con Eucrates, y yo, tras saludarlo como solía hacer con mi señor, me marchaba para no avergonzarlo acompañándolo con mi pobre manto, pero él me dice: Míquilo, hoy celebro el cumpleaños de mi hija y he invitado a muchos de mis amigos; pero como dicen que uno de ellos está indispuesto y no puede cenar con nosotros, ven tú en su lugar después de bañarte, a menos que el invitado diga él mismo que vendrá, pues ahora es incierto. Al oír esto, hice una reverencia y me fui rezando a todos los dioses para que enviaran una fiebre, una pleuresía o una gota a aquel enfermo de quien yo era el suplente, el invitado de reemplazo y el sucesor. Y consideré el tiempo hasta el baño como una eternidad, observando continuamente qué altura tenía el sol y cuándo debía bañarme. Y cuando llegó el momento, me lavé rápidamente y fui con mucha compostura, habiendo dado la vuelta a mi manto para que el lado más limpio quedara por fuera.
10
Míquilo: Y encuentro en las puertas a otros muchos y, en efecto, también a aquel a quien yo debía sustituir, al que decían que estaba enfermo, traído en litera por cuatro hombres, y se veía que estaba mal; pues gemía, tosía y carraspeaba de forma profunda y desagradable, estando todo pálido e hinchado, de unos sesenta años; se decía que era un filósofo de los que dicen tonterías a los jóvenes. Su barba, al menos, era trágica hasta el exceso. Y cuando Arquibio, el médico, le reprochaba por haber venido en ese estado, dijo que no se deben traicionar los deberes, y menos un hombre filósofo, aunque mil enfermedades se interpongan; pues Eucrates pensaría que lo despreciamos. No, dije yo, sino que te agradecerá que prefieras morir en tu casa que en el banquete, escupiendo el alma junto con la flema. Aquel, por su orgullo, no fingió haber oído la burla; pero poco después llega Eucrates, ya bañado, y al ver a Tesmópolis— pues así se llamaba el filósofo—, le dice: Maestro, hiciste bien en venir tú mismo a nuestra casa, pero no habría pasado nada si no hubieras venido, pues a tu casa se te habría enviado todo. Y mientras decía esto, entraba guiando a Tesmópolis, que se apoyaba en él y en los criados.
11
Míquilo: Yo me preparaba para irme, pero él, volviéndose y dudando mucho al verme tan sombrío, dijo: Pasa tú también, Míquilo, y cena con nosotros; pues le diré a mi hijo que cene en el gineceo con su madre, para que tú tengas sitio. Entré, pues, en vano, como un lobo con la boca abierta, avergonzado de parecer haber expulsado del banquete al hijo de Eucrates. Y cuando llegó el momento de recostarse, primero lo levantaron y lo acomodaron, no sin dificultad,¡ por Zeus!, cinco jóvenes, creo, de gran estatura, metiéndole almohadones por todas partes para que se mantuviera en la postura y pudiera aguantar mucho tiempo. Luego, como nadie soportaba estar recostado cerca de él, me trajeron a mí para que me recostara debajo, para que fuéramos compañeros de mesa. A partir de ahí cenamos, Pitágoras, una cena muy abundante y variada sobre mucho oro y plata; y había copas de oro, criados hermosos, músicos y bufones de por medio, y en general la velada era de lo más agradable, excepto que una cosa me molestaba no poco: Tesmópolis, que me molestaba contándome no sé qué virtud y enseñándome cómo dos negaciones forman una afirmación y cómo, si es de día, no es de noche; a veces incluso decía que yo tenía cuernos; y filosofando así sobre muchas cosas que yo no necesitaba, interrumpía y cortaba la alegría, no dejándome escuchar a los que tocaban la cítara o cantaban. Esto es, gallo, lo que fue la cena. Gallo: No fue muy agradable, Míquilo, y menos aún porque te tocó compartir mesa con aquel viejo charlatán.
12
Gallo: Escucha ya también el sueño; pues me imaginaba que el propio Eucrates, al no tener hijos, no sé cómo moría, y luego, llamándome y haciendo testamento en el que yo era el heredero de todo, moría tras una breve espera; y yo, al entrar en posesión de la fortuna, sacaba el oro y la plata con grandes palas, manando incesante y abundante, y las demás cosas, la ropa, las mesas, las copas y los criados, todo era mío, como es natural. Luego salía en un tiro de caballos blancos, recostado, siendo admirado por todos los que me veían y envidiado. Y muchos corrían delante, otros a caballo y otros más me seguían. Y yo, llevando su ropa y con dieciséis anillos pesados en los dedos, ordenaba preparar un banquete espléndido para recibir a los amigos; y ellos, como es natural en un sueño, ya estaban allí, y la cena se servía y la bebida se animaba. Estando en esto y brindando con copas de oro a cada uno de los presentes, cuando ya se traía el pastel, gritaste inoportunamente, perturbando nuestro banquete, volcando las mesas y haciendo que aquella riqueza se desvaneciera como el viento.¿ Acaso te parece que me enfado contigo sin razón? Pues me habría gustado ver cómo se cumplía mi sueño durante tres días.
13
Gallo:¿ Eres tan amante del oro y de la riqueza, Míquilo, y solo admiras esto de todo y crees que es ser feliz, poseer mucho oro? Míquilo: No solo yo, Pitágoras, sino tú mismo, cuando eras Euforbo, ibas a luchar contra los aqueos con oro y plata colgados de tus rizos, y en la guerra, donde era mejor llevar hierro, tú incluso entonces te empeñabas en arriesgarte con los cabellos atados con oro. Y me parece que Homero dijo por eso que tus cabellos eran como los de las Gracias, porque estaban sujetos con oro y plata. Pues, evidentemente, parecían mucho mejores y más amables al estar entrelazados con el oro y resplandecer junto con él. Y, sin embargo, lo tuyo, de cabellos de oro, era moderado, si siendo hijo de Panto valorabas el oro; pero el padre de todos los dioses y hombres, el de Crono y Rea, cuando se enamoró de aquella doncella argiva, no teniendo en qué más amable transformarse ni cómo corromper la guardia de Acrisio, ya sabes que se convirtió en oro y, fluyendo a través del techo, se unió a la amada. Así que,¿ qué podría decirte sobre esto, cuántas necesidades satisface el oro, y cómo a aquellos a quienes acompaña los hace hermosos, sabios y fuertes, añadiéndoles honor y gloria, y a veces, de oscuros y sin fama, los hace en poco tiempo admirados y célebres?
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Míquilo: Conoces a mi vecino, el del mismo oficio, Simón, que no hace mucho cenó en mi casa cuando preparaba el potaje para las Cronias, echándole dos trozos de salchicha. Gallo: Lo sé; el chato, el bajo, que se llevó el cuenco de barro bajo el brazo después de la cena, que era lo único que teníamos; pues yo mismo lo vi, Míquilo. Míquilo:¿ Entonces aquel, tras robarlo, juró por tantos dioses? Pero,¿ por qué no gritabas y denunciabas entonces, gallo, al vernos robados? Gallo: Cacareaba, que era lo único que podía hacer entonces.¿ Pero qué pasa con Simón? Pues parecías querer decir algo sobre él. Míquilo: Tenía un primo riquísimo, llamado Drimilo. Este, en vida, no le dio ni un óbolo a Simón— pues,¿ cómo iba a hacerlo, si ni él mismo tocaba el dinero?—; pero como murió hace poco, todo aquello, según las leyes, es de Simón, y ahora aquel que vestía harapos sucios, el que lamía el cuenco, sale alegre vestido de púrpura y teñido de escarlata, teniendo criados, carruajes, copas de oro y mesas con patas de marfil, siendo adorado por todos, sin ni siquiera mirarnos ya; hace poco, al verlo acercarse, dije: Salve, Simón, y él, enfadado, dijo: Decidle a este mendigo que no empequeñezca mi nombre; pues no me llamo Simón, sino Simonides. Y lo más importante,¡ ya hasta las mujeres se enamoran de él!, y él se hace el interesante ante ellas, las desprecia, a unas las acepta y es amable, mientras que otras amenazan con ahorcarse al ser ignoradas.¿ Ves de cuántos bienes es causa el oro, si hasta transforma a los más feos y los hace amables, como aquel cinturón poético? Y oyes también a los poetas decir:¡ Oh oro, el mejor regalo!, y: Pues el oro es el que tiene el poder sobre los mortales. Pero,¿ por qué te has reído de repente, gallo?
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Gallo: Porque por ignorancia, Míquilo, también tú has sido engañado como la mayoría sobre los ricos; pero ellos, tenlo por seguro, viven una vida mucho más miserable que la vuestra; te lo digo yo, que he sido muchas veces pobre y rico y he experimentado toda clase de vida; dentro de poco tú mismo sabrás cada cosa. Míquilo:¡ Por Zeus! Ya es hora de que tú también digas cómo cambiaste y qué sabes de cada vida. Gallo: Escucha, sabiendo al menos esto: que no he visto a nadie vivir más feliz que tú. Míquilo:¿ Que yo, gallo?¡ Que así te ocurra a ti! Pues me incitas a insultarte. Pero dime, empezando por Euforbo, cómo te transformaste en Pitágoras, y luego sucesivamente hasta el gallo; pues es natural que hayas visto y sufrido cosas variadas en vidas tan diversas.
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Gallo: Cómo mi alma, volando desde Apolo por primera vez, entró en la tierra y se introdujo en un cuerpo humano para cumplir qué condena, sería largo de contar, y además no es piadoso ni para mí decirlo ni para ti escucharlo. Pero cuando fui Euforbo... Míquilo: Pero yo, antes de esto, mi admirable amigo,¿ quién era? Dime esto primero, si es que yo también cambié alguna vez como tú. Gallo: Y tanto. Míquilo:¿ Quién era entonces, si tienes algo que decir? Pues deseo saberlo. Gallo:¿ Tú? Una hormiga india de las que extraen el oro. Míquilo:¿ Entonces, desgraciado de mí, dudaba en venir a esta vida habiendo sacado aunque fuera un poco de polvo de oro de aquella? Pero dime también qué seré después de esto; pues es natural que lo sepas. Pues si fuera algo bueno, me ahorcaré ahora mismo levantándome del clavo en el que estás posado.
17
Gallo: No podrías saber eso de ninguna manera. Pero, ya que fui Euforbo— pues vuelvo a aquello—, luché en Ilión y, tras morir a manos de Menelao, tiempo después llegué a Pitágoras. Mientras tanto, esperaba sin casa, hasta que Mnesarco me preparó el hogar. Míquilo:¿ Sin comer, amigo, y sin beber? Gallo: Y tanto; pues no necesitaba nada de eso, o solo el cuerpo. Míquilo: Entonces, cuéntame primero lo de Ilión.¿ Fue tal como dice Homero que sucedió? Gallo:¿ De dónde iba a saberlo aquel, Míquilo, que cuando eso ocurría era un camello en Bactria? Yo te digo solo esto: que no ocurrió nada extraordinario entonces, ni Áyax era tan grande ni Helena tan hermosa como creen. Pues vi a una mujer blanca y de cuello largo, como para suponer que era hija de un cisne, pero por lo demás una anciana, casi de la edad de Hécuba, a quien Teseo raptó primero y tuvo en Afidnas cuando era joven, antes de Heracles, y Heracles tomó Troya antes, en tiempos de nuestros padres, los de entonces sobre todo. Pues Panto me contaba esto, diciendo que había visto a Heracles siendo apenas un adolescente. Míquilo:¿ Y qué?¿ Aquiles era así, el mejor en todo, o es un mito y nada más? Gallo: A ese ni siquiera lo conocí, Míquilo, ni podría decirte con tanta precisión lo que pasaba entre los aqueos; pues,¿ cómo, siendo enemigo? Sin embargo, a su compañero Patroclo no me costó matarlo atravesándolo con mi lanza. Míquilo: Entonces Menelao te mató a ti con mucha más facilidad. Pero esto es suficiente, cuenta ya lo de Pitágoras.
18
Gallo: En conjunto, Míquilo, era un hombre sofista; pues hay que decir la verdad, creo; por lo demás, no era inculto ni estaba falto de práctica en las mejores enseñanzas; viajé también a Egipto para relacionarme con los profetas en cuanto a sabiduría, y al bajar a los adyta aprendí los libros de Horus e Isis, y luego, al navegar hacia Italia, dispuse a los griegos de allí de tal manera que me tenían por un dios. Míquilo: Oí eso, y que parecías haber resucitado tras morir y que una vez les mostraste el muslo de oro. Pero dime aquello:¿ qué se te ocurrió para legislar no comer carne ni habas? Gallo: No me preguntes eso, Míquilo. Míquilo:¿ Por qué, gallo? Gallo: Porque me avergüenza decirte la verdad sobre ello. Míquilo: Y, sin embargo, no hay que dudar en decir nada a un hombre que vive bajo el mismo techo y es amigo; pues ya no podría llamarte señor. Gallo: No había nada sano ni sabio, sino que veía que, si pensaba lo mismo y lo habitual que la mayoría, no atraería en absoluto a los hombres hacia el asombro, y cuanto más extraño fuera, más venerable pensaba que sería para ellos. Por eso elegí innovar, haciendo secreta la causa, para que, conjeturando cada uno una cosa distinta, todos se quedaran atónitos como ante los oráculos ambiguos.¿ Ves? Te ríes de mí también tú a tu vez. Míquilo: No tanto como los crotoniatas, metapontinos, tarentinos y los demás que te seguían mudos y adoraban las huellas que dejabas al pisar.
19
Míquilo: Tras despojarte de Pitágoras,¿ en quién te transformaste después? Gallo: En Aspasia, la cortesana de Mileto. Míquilo:¡ Qué historia!¿ Así que Pitágoras también fue mujer junto con los demás, y hubo un tiempo en que tú también ponías huevos, el más noble de los gallos, y estabas con Pericles siendo Aspasia, y concebías de él, cardabas lana, hilabas la trama y te comportabas como una mujer en el oficio de cortesana? Gallo: Todo eso lo hacía, y no solo yo, sino también Tiresias antes que yo y el hijo de Élato, Ceneo, así que todo lo que te burles de mí, te estarás burlando también de ellos. Míquilo:¿ Y qué?¿ Cuál de las dos vidas te era más agradable, cuando eras hombre o cuando Pericles te poseía? Gallo:¿ Ves qué pregunta has hecho, que ni siquiera a Tiresias le trajo una respuesta favorable? Míquilo: Pero aunque tú no lo digas, Eurípides distinguió suficientemente tal cosa, al decir que preferiría estar tres veces junto al escudo que dar a luz una vez. Gallo: Pues te recordaré, Míquilo, que no tardarás en sufrir dolores de parto; pues serás mujer tú también muchas veces en el largo ciclo. Míquilo:¿ No te ahorcarás, gallo, pensando que todos son milesios o samios? De ti, al menos, dicen que, siendo Pitágoras y estando en la flor de la edad, fuiste muchas veces Aspasia para el tirano.
20
Míquilo:¿ Y quién apareciste después de Aspasia, hombre o mujer? Gallo: El cínico Crates. Míquilo:¡ Por los Dioscuros, qué diferencia! De cortesana a filósofo. Gallo: Luego rey, luego pobre, y poco después sátrapa, luego caballo, grajo, rana y otras mil cosas; sería largo enumerar cada una; pero las últimas, muchas veces gallo, pues me gustaba esa vida. Y tras haber servido a muchos otros, pobres y ricos, ahora estoy contigo, riéndome cada día de que te lamentes y gimas por la pobreza y admires a los ricos por ignorancia de los males que les acompañan. Si supieras las preocupaciones que tienen, te reirías de ti mismo por haber pensado primero que la riqueza es ser superdichoso. Míquilo: Entonces, Pitágoras— aunque,¿ cómo prefieres que te llame, para no confundir el discurso llamándote de otra manera?—. Gallo: No habrá ninguna diferencia si me llamas Euforbo o Pitágoras, Aspasia o Crates; pues todo eso soy yo. Pero al llamarme gallo, como ahora me ves, harías mejor, para no despreciar al ave por parecer insignificante, y eso que tiene tantas almas dentro.
21
Míquilo: Entonces, gallo, ya que has experimentado casi todas las vidas y lo sabes todo, podrías decirme ya claramente, por un lado, cómo viven los ricos y, por otro, cómo es la vida de los pobres, para que sepa si es verdad lo que dices al declararme más feliz que los ricos. Gallo: Mira, pues, de esta manera, Míquilo: tú no tienes gran preocupación por la guerra, si se dice que los enemigos se acercan, ni te preocupas de que talen el campo al invadirlo, ni que pisoteen el jardín o destruyan las viñas, sino que, al oír la trompeta, si es que la oyes, solo miras por ti mismo, hacia dónde debes huir para salvarte y escapar del peligro; ellos, en cambio, se cuidan de sí mismos, pero se afligen al ver que desde las murallas se llevan y saquean todo lo que tenían en los campos. Y si hay que pagar impuestos, son los únicos llamados, y si hay que salir a luchar, se arriesgan los primeros como generales o jefes de caballería; tú, en cambio, con un escudo de mimbre, ágil y ligero para salvarte, estás listo para celebrar la victoria cuando el general, tras vencer, ofrece un sacrificio.
22
Y en tiempos de paz, por tu parte, siendo del pueblo, subes a la asamblea y tiranizas a los ricos, mientras ellos tiemblan, se encogen de miedo y te aplacan con repartos. Pues, mientras ellos se esfuerzan para que tú tengas baños, espectáculos y todo lo demás que necesitas, tú eres un examinador y un juez severo, como un amo, que a veces ni siquiera les da la palabra, y si te parece bien, haces caer sobre ellos una lluvia de piedras o confiscas sus bienes. No temes tú mismo a un delator ni a un ladrón que salte la tapia o perfore la pared para robarte el dinero, ni tienes problemas haciendo cuentas, exigiendo pagos o peleándote con los malditos administradores, ni dividiéndote ante tantas preocupaciones; sino que, tras terminar una sandalia y recibir siete óbolos de salario, te levantas al atardecer, te bañas y, si te apetece, compras un arenque, unos boquerones o unas pocas cabezas de ajo y te alegras cantando la mayor parte del tiempo y filosofando junto a la mejor de las compañeras, la Pobreza.
23
Alectrión: Por eso tienes salud, estás fuerte de cuerpo y resistes el frío; pues los trabajos, al templarte, te convierten en un adversario nada despreciable frente a lo que a los demás les parece insuperable. Sin duda, ninguna de esas graves enfermedades se te acerca, sino que, si alguna vez te atrapa una fiebre ligera, tras servirle un poco, saltas enseguida sacudiéndote el malestar, y ella huye al instante, asustada al verte lleno de frío y diciendo que se vayan al diablo los tratamientos médicos. Pero los desgraciados que viven en el desenfreno,¿ qué males no padecen: gota, tisis, neumonía e hidropesía? Pues estas son las hijas de aquellos banquetes lujosos. Por tanto, algunos de ellos, como Ícaro, al elevarse demasiado y acercarse al sol sin saber que sus alas estaban unidas con cera, provocaron a veces un gran estruendo al caer de cabeza al mar; pero cuantos, como Dédalo, no aspiraron a cosas demasiado elevadas ni sublimes, sino a las cercanas al suelo, de modo que a veces la cera se humedecía con la salitre, estos, en su mayoría, volaron con seguridad. Míquilo: Hablas de gente sensata y prudente. Alectrión: Sin embargo, Míquilo, podrías ver los vergonzosos naufragios de los otros, cuando Creso, desplumado, sirve de burla a los persas al subir a la pira, o cuando Dionisio, destituido de su tiranía, es visto en Corinto como un maestro de escuela, enseñando a silabear a los niños después de haber ejercido tal poder.
24
Míquilo: Dime, Alectrión, cuando tú eras rey— pues dices que también reinaste alguna vez—,¿ qué clase de vida experimentaste?¿ Acaso eras plenamente feliz, al poseer lo que es el compendio de todos los bienes? Alectrión: No me lo recuerdes, Míquilo; era tan tres veces desgraciado entonces, pareciendo a todos los de fuera lo que tú decías que era ser plenamente feliz, mientras por dentro convivía con innumerables penas. Míquilo:¿ Con cuáles? Pues dices cosas paradójicas y no del todo creíbles. Alectrión: Gobernaba no poca tierra, Míquilo, una muy fértil y digna de ser admirada sobre todas por la multitud de sus habitantes y la belleza de sus ciudades, recorrida por ríos navegables y con un mar de buenos puertos; tenía un gran ejército, caballería bien organizada, una guardia personal numerosa, trirremes, una cantidad incalculable de dinero, muchísimo oro y toda la demás tragedia del poder inflada hasta el exceso, de modo que, cuando salía, la mayoría se postraba y creía ver a un dios, y otros corrían unos tras otros para verme, y algunos incluso subían a los tejados y consideraban un gran logro haber visto con precisión el carruaje, la capa, la diadema, los que abrían la marcha y los que la cerraban. Yo, en cambio, sabiendo cuántas cosas me atormentaban y me inquietaban, compadecía su insensatez, mientras me compadecía a mí mismo por ser semejante a aquellos grandes colosos que hizo Fidias, Mirón o Praxíteles; pues cada uno de ellos, por fuera, es un Poseidón o un Zeus hermosísimo, hecho de oro y marfil, con un rayo, un relámpago o un tridente en la mano derecha, pero si te agachas y miras lo de dentro, verás palancas, pernos y clavos atravesados de parte a parte, troncos, cuñas, pez, barro y mucha fealdad de ese tipo escondida dentro; ni hablar de la cantidad de ratones o musarañas que a veces habitan en ellos. Algo así es también la realeza.
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Míquilo: Todavía no has dicho qué son el barro, los pernos y las palancas del poder, ni cuál es esa gran fealdad; pues el salir a la vista y gobernar a tantos y ser adorado parece divinamente semejante a tu ejemplo del coloso; pues esto es algo maravilloso. Pero dime ya lo de dentro del coloso. Alectrión:¿ Qué te diré primero, Míquilo?¿ Los miedos, los temores, las sospechas, el odio de los que te rodean y las conspiraciones, y por ello el poco sueño, y ese mismo superficial, los sueños llenos de confusión, los pensamientos complejos y las esperanzas siempre malvadas, o la falta de tiempo, los negocios, los juicios, las expediciones, las órdenes, las consignas y los cálculos? Por causa de ellos, ni siquiera en sueños es posible disfrutar de algo agradable, sino que es necesario estar pendiente solo de todo y tener mil problemas; pues ni siquiera al Atrida Agamenón le llegaba el dulce sueño mientras meditaba muchas cosas en su mente, y eso que todos los aqueos roncaban. Al lidio le atormenta un hijo sordo; al persa, Clearco reclutando mercenarios para Ciro; a otro, Dión conspirando al oído con algunos de los siracusanos; a otro, Parmenión siendo elogiado; a Ptolomeo, Pérdicas; y a Seleuco, Ptolomeo. Pero también atormentan aquellas cosas: el amante que convive por obligación, la concubina que se alegra con otro, los que se dice que van a desertar y dos o cuatro de los guardias susurrando entre sí. Y lo más importante, hay que sospechar sobre todo de los más queridos y esperar siempre que de ellos vendrá algo terrible. Yo, al menos, morí por el veneno de mi hijo, él mismo a su vez por el de su amante, y a otro quizás le alcanzó una muerte similar.
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Míquilo:¡ Quita, dices cosas terribles, Alectrión! Para mí, al menos, es mucho más seguro estar encorvado remendando zapatos que beber de una copa de oro una libación mezclada con cicuta o acónito; pues el peligro para mí, si la lezna resbala y yerra el corte recto, es solo sangrar un poco los dedos al cortarme; ellos, como dices, banquetean con sustancias mortales, y eso conviviendo con mil males. Luego, cuando caen, parecen sobre todo actores trágicos, de los cuales es posible ver a muchos que hasta hace poco eran supuestos Cécropes, Sísifos o Télefos, con diademas, espadas de empuñadura de marfil, cabellera agitada y clámide bordada en oro, pero si, como sucede a menudo, alguno de ellos da un paso en falso y cae en medio del escenario, provoca, claro está, la risa de los espectadores al romperse la máscara junto con la diadema, al quedar ensangrentada la verdadera cabeza del actor y al quedar sus piernas muy al descubierto, de modo que se ven los harapos miserables que hay debajo de la ropa y el calzado de lo más feo y no acorde con el pie.¿ Ves cómo ya me enseñaste incluso a comparar, mi buen Alectrión? Pero la tiranía resultó ser algo así. Y cuando fuiste caballo, perro, pez o rana,¿ cómo llevabas esa forma de vida?
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Alectrión: Sacas a colación este largo discurso y no es el momento oportuno; pero, en resumen, no hubo ninguna vida que me pareciera más libre de preocupaciones que la humana, medida solo por los deseos y necesidades naturales; pero no verás en ellos a un caballo recaudador, a una rana delatora, a una grajilla sofista, a un mosquito cocinero o a un gallo afeminado, y todo lo demás que ustedes practican.
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Míquilo: Quizás sean ciertas estas cosas, Alectrión. Pero lo que siento no me avergüenza decírtelo: todavía no puedo desaprender el deseo que tenía desde niño de llegar a ser rico, sino que incluso el sueño sigue ante mis ojos mostrándome el oro, y sobre todo me ahogo por el maldito Simón, que vive rodeado de tantos bienes. Alectrión: Yo te curaré, Míquilo; y puesto que todavía es de noche, levántate y sígueme; pues te llevaré ante ese mismo Simón y a las casas de los otros ricos, para que veas cómo son las cosas allí. Míquilo:¿ Cómo eso, estando las puertas cerradas? A menos que me obligues a ser un ladrón de paredes. Alectrión: De ninguna manera, sino que Hermes, de quien soy sagrado, me dio esto como algo excepcional: si alguien tiene la pluma de la cola más larga, que por su suavidad es curvada... Míquilo: Tienes dos de esas. Alectrión: La derecha, pues, a quien yo permita arrancar y tener, puede abrir cualquier puerta durante el tiempo que quiera y ver todo sin ser visto. Míquilo: Me habías ocultado, Alectrión, que tú también eres un mago. Pero, en fin, si me concedes esto una vez, verás todas las cosas de Simón trasladadas aquí en poco tiempo; pues entraré y las llevaré, y él volverá a roerse las uñas estirando los remiendos. Alectrión: No es lícito que eso suceda; pues Hermes ordenó que, si el que tiene la pluma hace algo así, yo grite y lo denuncie. Míquilo: Dices algo increíble, que Hermes, siendo él mismo un ladrón, envidie a los demás tal cosa. Pero vámonos de todas formas; pues me abstendré del oro, si puedo. Alectrión: Arranca, Míquilo, primero la pluma.¿ Qué es esto? Has arrancado las dos. Míquilo: Es más seguro así, Alectrión, y para ti el asunto sería menos feo, para que no cojees por una parte de la cola.
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Alectrión: Está bien.¿ Vamos primero a casa de Simón o a la de algún otro rico? Míquilo: De ninguna manera, sino a la de Simón, que, de bisílabo, ahora que se ha hecho rico, pretende ser tetrasílabo. Y ya estamos ante las puertas.¿ Qué hago entonces después de esto? Alectrión: Pon la pluma sobre la cerradura. Míquilo: Aquí está.¡ Por Heracles, la puerta se abre de par en par como con una llave! Alectrión: Guíame hacia adelante.¿ Lo ves despierto y haciendo cuentas? Míquilo: Lo veo, por Zeus, ante una mecha tenue y sedienta, y está pálido, no sé por qué, Alectrión, y se ha quedado seco, consumido por completo, por las preocupaciones, claro; pues no se decía que estuviera enfermo de otra cosa. Alectrión: Escucha lo que dice; pues sabrás por qué está así. Simón: Así pues, esos setenta talentos están enterrados muy a salvo bajo la cama y nadie más lo sabe, pero los dieciséis, creo, los vio Sosilo, el mozo de cuadra, cuando los escondía bajo el pesebre; en fin, está todo el tiempo alrededor de la caballeriza, sin ser por lo demás muy diligente ni trabajador. Es probable que le hayan robado mucho más que esto,¿ o de dónde si no se decía ayer que el tal Tibio se había comprado un pescado tan grande para él o que le había comprado a su mujer un pendiente de cinco dracmas enteras? Estos despilfarran lo mío, el desgraciado. Pero ni siquiera las copas están a salvo, siendo tantas; temo, al menos, que alguien perfore la pared y me las robe; muchos me envidian y conspiran contra mí, y sobre todo el vecino Míquilo. Míquilo:¡ Por Zeus! Porque soy igual que tú y me iré llevando los platos bajo el brazo. Alectrión: Cállate, Míquilo, no sea que nos descubra aquí. Simón: Es un desayuno, al menos, vigilarlo sin dormir; me levantaré y daré la vuelta a toda la casa.¿ Quién es este? Te veo, ladrón de paredes, por Zeus, ya que resulta que eres una columna, está bien. Volveré a contar el oro tras desenterrarlo, no sea que algo se me haya escapado hace poco. Mira, ha vuelto a sonar algo; es contra mí, claro; estoy sitiado y conspiran contra mí todos.¿ Dónde está mi puñal? Si atrapo a alguien... enterremos de nuevo el oro.
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Alectrión: Así son, Míquilo, las cosas de Simón. Vámonos también a casa de algún otro, mientras todavía queda un poco de noche. Míquilo: El desgraciado, qué vida lleva. Que a mis enemigos les toque ser ricos así. Pero, en fin, quiero irme tras darle un golpe en la cabeza. Simón:¿ Quién me ha golpeado? Me roban, el desdichado. Míquilo:¡ Vete al diablo, quédate sin dormir y vuélvete del color del oro al consumirte con él! Nosotros, si te parece, vayamos a casa de Gnifón, el prestamista. No vive lejos. También esta puerta está abierta para nosotros.
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Alectrión:¿ Ves a este también vigilando, sumido en preocupaciones, calculando los intereses y con los dedos consumidos, a quien dentro de poco le hará falta, tras dejar todo esto, convertirse en una chinche, un mosquito o una mosca? Míquilo: Veo a un hombre desgraciado y necio que ni siquiera ahora vive mucho mejor que una chinche o un mosquito. Cómo se ha quedado seco este también por completo a causa de los cálculos. Vámonos a otro.
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Alectrión: A casa de tu Eucrates, si te parece. Y mira, pues, también esta puerta está abierta; así que entremos. Míquilo: Todo esto era mío hace poco. Alectrión:¿ Todavía sueñas con la riqueza?¿ Ves, pues, a Eucrates mismo, siendo un anciano, con el criado? Míquilo: Veo, por Zeus, una depravación, una pasividad y una lascivia no humanas; y a la mujer, en otro lugar, con el cocinero, también ella...
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Alectrión:¿ Qué entonces?¿ Querrías también heredar esto, Míquilo, y tener todo lo de Eucrates? Míquilo: De ninguna manera, Alectrión; preferiría morir de hambre antes. Que se vaya al diablo el oro y los banquetes; para mí, dos óbolos son más riqueza que ser robado por los criados. Alectrión: Pero ahora que ya es de día, justo al amanecer, vámonos a casa; el resto lo verás en otra ocasión, Míquilo.

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