Jerome

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Original / primary: Spanish Gemini
1
Harmónides, el flautista, preguntó una vez a Timoteo, que era su maestro: Dime, le dijo, oh Timoteo,¿ cómo podría llegar a ser célebre por mi arte?¿ Y qué tendría que hacer para que todos los griegos me conocieran? Pues, en cuanto a lo demás, ya me has enseñado bien: a afinar la flauta con precisión, a insuflar en la lengüeta algo sutil y melodioso, a colocar los dedos con destreza bajo el rápido movimiento de elevación y descenso, a caminar al ritmo, a que las melodías armonicen con el coro y a preservar lo propio de cada armonía: lo inspirado de la frigia, lo báquico de la lidia, lo solemne de la dórica, lo refinado de la jónica. Todo esto, pues, lo he aprendido de ti; pero lo más importante, y aquello por lo que deseé el arte de la flauta, no veo cómo podría obtenerlo de ella: la gloria que viene de la multitud, el ser distinguido entre las masas y que me señalen con el dedo, y que, dondequiera que aparezca, todos se vuelvan inmediatamente hacia mí y digan mi nombre:« Este es Harmónides, aquel famoso flautista», tal como cuando tú, oh Timoteo, al llegar por primera vez desde tu casa en Beocia, tocaste para la tribu Pandiónida y venciste en el« Áyax el loco», habiendo compuesto la melodía tu homónimo; no había nadie que no conociera el nombre de Timoteo de Tebas. Pero dondequiera que aparezcas ahora, todos corren hacia ti como las aves hacia el búho. Esto es por lo que deseé ser flautista y por lo que he soportado tanto esfuerzo; pues, en cuanto a tocar la flauta por sí mismo sin ser célebre por ello, no lo aceptaría si me ocurriera siendo un desconocido, ni aunque estuviera destinado a convertirme en un Marsias o un Olimpo en el anonimato; pues no hay provecho, como dicen, en una música secreta y oculta. Pero tú, dijo, enséñame también esto: cómo debo usarme a mí mismo y a mi arte, y te estaré doblemente agradecido, tanto por la ejecución como, lo más importante, por la gloria que de ella se deriva.
2
Timoteo le responde entonces: Pero, oh Harmónides, deseas, tenlo por seguro, algo que no es pequeño: alabanza, gloria, ser distinguido y reconocido por la multitud. Pero si quisieras obtener esto presentándote así ante las masas para exhibirte, sería un camino largo, y ni aun así todos te conocerían. Pues,¿ dónde se encontraría un teatro o un estadio tan grande en el que pudieras tocar para todos los griegos? Pero, en cuanto a cómo lograrás ser conocido por ellos y llegar al fin de tu deseo, yo también te aconsejaré sobre esto: tú toca la flauta, incluso ante los teatros a veces, pero que te importe poco la multitud. El camino más corto y fácil que conduce a la gloria es este: si eliges a los mejores de Grecia, a los pocos que son líderes, indiscutiblemente admirables y fiables en ambos aspectos, si ante ellos, digo, exhibes tus piezas y ellos te alaban, considera que ya te has hecho conocido para todos los griegos en tan poco tiempo. Y mira cómo organizo el asunto: si aquellos a quienes todos conocen y admiran, si ellos te reconocen como un flautista de renombre,¿ qué necesidad tienes de la multitud, que de todos modos seguirá a quienes son capaces de juzgar mejor? Pues esta gran masa, aunque ellos mismos ignoran lo mejor, siendo la mayoría gente vulgar, confían en que, a quien los preeminentes alaben, no ha sido alabado sin razón; de modo que ellos también alabarán. Y, de hecho, incluso en los certámenes, la mayoría de los espectadores saben cuándo aplaudir o silbar, pero quienes juzgan son siete, cinco o los que sean. Harmónides no llegó a hacer esto; pues, como dicen, en medio de la ejecución, cuando competía por primera vez, al soplar con demasiada ambición, exhaló su último aliento en la flauta y murió en el escenario sin corona, habiendo tocado la flauta por primera y última vez en las Dionisias.
3
Sin embargo, me parece que el discurso de Timoteo no fue dicho solo para los flautistas ni para Harmónides, sino para todos los que aspiran a la gloria exhibiendo algo en público, necesitando la alabanza de la multitud. Yo mismo, por tanto, cuando reflexionaba sobre cosas similares respecto a mis propios asuntos y buscaba cómo ser conocido lo más rápido posible por todos, siguiendo el discurso de Timoteo, consideraba quién sería el mejor de los que están en la ciudad, en quién confiarían los demás y quién bastaría por todos. Y así, pues, tú debías aparecernos según el justo razonamiento, tú que eres el compendio de toda virtud, el criterio, como dicen, y la regla recta de tales asuntos. Si te mostrara mis obras y tú las alabaras— pues así sería como aparecerían—, entonces consideraría haber llegado al fin de mi esperanza al obtener en un solo voto todos los demás.¿ O a quién, eligiendo antes que a ti, no se me consideraría razonablemente que estoy loco? De modo que, en teoría, lanzaremos los dados ante un solo hombre, pero en realidad es como si, habiendo convocado a los hombres de todas partes a un teatro común, exhibiera mis discursos; pues es evidente que, tanto uno por uno como todos reunidos a la vez, tú solo serías el mejor juez. Los reyes de los lacedemonios, mientras que cada uno de los demás emitía un solo voto, ellos solos, cada uno de ellos, emitían dos; tú, además, llevas también los de los éforos y los de los ancianos, y, en suma, eres el de más votos en educación, y sobre todo porque llevas siempre la blanca y salvadora, lo cual me hace tener confianza en el presente, a pesar de la magnitud de la empresa y de haber sentido un miedo muy justificado. Y esto, por Zeus, también me hace tener confianza: que mis asuntos no te son del todo ajenos, pues soy de aquella ciudad a la que a menudo has hecho bien, primero en privado y segundo en común con toda la nación; de modo que si ahora mis votos en el discurso se inclinan hacia lo peor y los mejores son menos, tú, añadiendo el de Atenea, compensa lo que falta por tu parte y considera que la rectificación es algo propio tuyo.
4
Pues ni siquiera eso me basta, si muchos me admiraron antes, si ya soy célebre, si mis discursos son alabados por quienes los escuchan. Todos esos son sueños vanos, como dicen, y sombras de alabanzas; la verdad se mostrará en el presente. Este es el criterio preciso de mis asuntos, nada dudoso ya ni que alguien pueda cuestionar, sino que, o bien tendré que ser considerado el mejor en educación, según tu juicio, o bien de todos— y es necesario guardar silencio ante un certamen tan grande—. Pues ojalá, oh dioses, parezcamos dignos de discurso y confirméis para nosotros la alabanza de los demás, para que en el futuro nos presentemos ante la multitud con confianza; pues cualquier estadio es ya menos temible para quien ha vencido en los grandes Juegos Olímpicos.

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