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Original / primary: Spanish Gemini
1
Licino: Por lo que se puede deducir, Hermótimo, de tu libro y de la prisa con la que caminas, parece que te diriges a toda velocidad hacia tu maestro. Al menos, mientras avanzabas, pensabas en algo y movías los labios murmurando suavemente, gesticulando con la mano de aquí para allá como si estuvieras ensayando un discurso para ti mismo, componiendo alguna pregunta capciosa o reflexionando sobre un problema sofístico, de modo que ni siquiera caminando por el camino te tomabas un respiro, sino que estabas siempre activo, ocupado en algo serio que pudiera servirte de provecho para tus estudios. Hermótimo:¡ Por Zeus, Licino, algo así! Pues estaba repasando en mi memoria, una por una, la conversación de ayer y lo que nos dijo. Y creo que no debemos dejar pasar ninguna oportunidad, sabiendo que es verdad lo que dijo el médico de Cos, que la vida es breve, pero el arte es largo. Aunque él decía esto respecto a la medicina, que es un asunto más fácil de aprender; la filosofía, en cambio, es inalcanzable incluso en mucho tiempo, a menos que uno mire hacia ella con mucha atención, siempre despierto y con agudeza, y el riesgo no es sobre cosas pequeñas, sino sobre ser un desgraciado, pereciendo entre la gran masa de los ignorantes, o ser feliz tras haber filosofado.
2
Licino: Los premios que has mencionado, Hermótimo, son asombrosamente grandes. Sin embargo, creo que no estás lejos de ellos, si es que hay que conjeturar por el tiempo que llevas filosofando y, además, por el esfuerzo que me parece que no es moderado y que llevas realizando desde hace mucho tiempo. Pues, si mal no recuerdo, hace casi veinte años que no te he visto hacer otra cosa que frecuentar a los maestros y, en su mayor parte, inclinado sobre un libro, tomando notas de las lecciones, siempre pálido por las preocupaciones y con el cuerpo consumido. Me parece que ni siquiera en sueños te das un respiro, tan absorto estás en el asunto. Por tanto, al observar esto, me parece que no tardarás mucho en alcanzar la felicidad, a menos que nos hayas ocultado que ya hace tiempo que convives con ella. Hermótimo:¿ Cómo iba a ser eso, Licino, si apenas ahora empiezo a asomarme al camino? La Virtud, según Hesíodo, habita muy lejos, y el sendero que lleva a ella es largo, empinado y escabroso, y requiere no poco sudor a los caminantes. Licino:¿ Entonces no has sudado ni caminado lo suficiente, Hermótimo? Hermótimo: No, digo; pues nada me impediría ser plenamente feliz una vez llegado a la cima; pero ahora, Licino, todavía estamos empezando.
3
Licino: Pero ese mismo Hesíodo dijo que el principio es la mitad del todo, de modo que si decimos que ya estás a mitad de la subida, no nos equivocaríamos. Hermótimo: Ni siquiera eso todavía; pues nos faltaría muchísimo. Licino: Entonces,¿ dónde diremos que te encuentras en el camino? Hermótimo: Todavía abajo, en las estribaciones, Licino, esforzándome por avanzar apenas; es resbaladizo y escabroso, y hace falta que alguien me tienda la mano. Licino:¿ Acaso tu maestro no es capaz de hacer esto desde arriba, desde la cima, como el Zeus de Homero dejando caer una cadena de oro, sus propios discursos, mediante los cuales, evidentemente, te atrae y te eleva hacia él y hacia la virtud, habiendo subido él mismo hace mucho tiempo? Hermótimo: Has descrito exactamente lo que sucede, Licino; al menos por su parte, hace tiempo que me habría atraído hacia arriba y estaría con ellos, pero lo mío todavía falta.
4
Licino: Pero hay que tener confianza y buen ánimo, mirando hacia el final del camino y la felicidad de arriba, y sobre todo contando con que él también se esfuerza contigo. Pero,¿ qué esperanza te da sobre cuándo subirás?¿ Conjeturaba que estarías en la cima el año que viene, como después de los misterios o de las otras Panateneas? Hermótimo: Dices poco, Licino. Licino:¿ Entonces para la próxima olimpiada? Hermótimo: También eso es poco en comparación con el ejercicio de la virtud y la adquisición de la felicidad. Licino: Después de dos olimpiadas, entonces, sin falta; pues uno condenaría vuestra gran indolencia si ni siquiera en tanto tiempo, en el que sería fácil ir tres veces desde las Columnas de Hércules hasta los indios y volver, aunque uno no caminara en línea recta ni siempre, sino vagando por los pueblos intermedios, sois capaces de lograrlo. Y, sin embargo,¿ cuánto más alta y más lisa quieres que supongamos que es la cima donde habita la Virtud que aquella Aorno que Alejandro tomó por la fuerza en pocos días?
5
Hermótimo: No hay comparación, Licino, ni el asunto es tal como tú conjeturas, como para ser realizado y conquistado en poco tiempo, ni aunque diez mil Alejandros lo atacaran; pues de lo contrario, muchos serían los que subirían. Pero ahora, no pocos comienzan con mucho vigor y avanzan hasta cierto punto, unos muy poco, otros más, pero cuando llegan a la mitad del camino, al encontrarse con muchas dificultades y obstáculos, se desaniman y regresan jadeando y bañados en sudor, al no soportar el esfuerzo. Pero los que perseveran hasta el final, esos llegan a la cima y, a partir de entonces, viven el resto de su vida con una felicidad asombrosa, observando a los demás desde la altura como si fueran hormigas. Licino:¡ Vaya, Hermótimo!¡ Qué pequeños nos haces parecer, ni siquiera como esos pigmeos, sino totalmente rastreros, pegados a la tierra! Es natural; pues ya piensas en cosas elevadas y desde arriba; nosotros, la chusma y todos los que caminamos por el suelo, rezaremos junto con los dioses para que vosotros también, una vez que estéis por encima de las nubes y hayáis subido adonde hace tiempo os apresuráis, os acordéis de nosotros. Hermótimo: Ojalá pudiera subir, Licino. Pero falta muchísimo.
6
Licino: Sin embargo, no has dicho cuánto, como para abarcarlo en el tiempo. Hermótimo: Ni yo mismo lo sé, Licino, con exactitud; conjeturo, sin embargo, que no serán más de veinte años, después de los cuales, sin duda, estaremos en la cima. Licino:¡ Por Heracles, dices mucho! Hermótimo: Es que se trata de grandes cosas, Licino, los esfuerzos. Licino: Eso quizás sea verdad; pero,¿ tu maestro te prometió que vivirás más de veinte años, siendo no solo sabio, sino también adivino, profeta o uno de esos que conocen los métodos de los caldeos? Dicen, al menos, saber tales cosas; pues no es razonable que tú, ante la incertidumbre de si vivirás hasta llegar a la virtud, soportes tantos esfuerzos y te afanes noche y día sin saber si, cuando estés cerca de la cima, el destino se presentará y te arrastrará agarrándote del pie, dejando tu esperanza incompleta. Hermótimo:¡ Quita allá! Son palabras de mal agüero, Licino. Pero ojalá pueda vivir, para ser feliz al menos un día habiéndome hecho sabio. Licino:¿ Y te basta ese día a cambio de tantos esfuerzos? Hermótimo: A mí me basta incluso uno solo, aunque sea breve.
7
Licino: Pero,¿ de dónde sabes que las cosas de arriba son felices y tales que por ellas habría que soportar todo? Pues tú mismo aún no has subido. Hermótimo: Es que confío en mi maestro, que lo dice; y él lo sabe perfectamente, ya que es alguien que está en la cima. Licino:¿ Y qué decía, por los dioses, sobre cómo son o en qué consiste la felicidad de allí?¿ Acaso alguna riqueza, gloria y placeres insuperables? Hermótimo:¡ Habla con respeto, amigo! Pues nada de eso tiene que ver con la vida en la virtud. Licino: Entonces,¿ qué dice que son los bienes que, si no son esos, tendrán quienes lleguen al final del ejercicio? Hermótimo: Sabiduría, valentía, lo bello en sí, lo justo y saberlo todo con la firme convicción de cómo es cada cosa; pero las riquezas, las glorias, los placeres y todo lo del cuerpo, todo eso lo deja abajo y, despojándose de ello, sube, como dicen que Heracles, al ser quemado en el Eta, se hizo dios; pues también él, al desprenderse de todo lo humano que tenía de su madre y llevando lo divino puro e inmaculado, voló hacia los dioses, purificado por el fuego. Y estos también, por la filosofía, como por un fuego, al ser despojados de todo eso que a los demás les parece admirable— aunque juzgan erróneamente—, al subir a la cima son felices, sin acordarse ya ni de la riqueza, ni de la gloria, ni de los placeres, y riéndose de quienes creen que eso es algo.
8
Licino:¡ Por Heracles, Hermótimo, el del Eta! Dices cosas valientes y felices sobre ellos. Pero dime esto:¿ bajan alguna vez de la cima, si quieren, para usar las cosas de abajo que han dejado, o es necesario que, una vez que han subido, permanezcan allí y convivan con la virtud, riéndose de la riqueza, la gloria y los placeres? Hermótimo: No solo eso, Licino, sino que quien se perfecciona en la virtud no sería esclavo ni de la ira, ni del miedo, ni de los deseos, ni se afligiría, ni en absoluto padecería ya tal pasión. Licino: Y, sin embargo, si debo decir la verdad sin vacilar— aunque hay que hablar con respeto, creo, y no sería piadoso examinar lo que hacen los sabios. Hermótimo: De ninguna manera, di lo que quieres decir. Licino: Mira, amigo, cómo yo vacilo mucho. Hermótimo: No vaciles, noble amigo, hablándome solo a mí.
9
Licino: Pues bien, Hermótimo, mientras me contabas las otras cosas, te seguía y creía que era así, que se vuelven sabios, valientes, justos y lo demás, y de alguna manera me sentía encantado por el discurso; pero cuando dijiste que desprecian la riqueza, la gloria y los placeres, y que no se enojan ni se afligen, ahí— pues estamos solos— me detuve, al recordar lo que vi hacer hace poco.¿ Quieres que diga quién?¿ O basta sin el nombre? Hermótimo: De ninguna manera, di también esto, quién era. Licino: Tu maestro, ese mismo, un hombre por lo demás digno de respeto y ya anciano en el último extremo. Hermótimo:¿ Qué hacía, pues? Licino:¿ Conoces al extranjero de Heraclea, el rubio, el erístico, que desde hace mucho filosofaba con él siendo su discípulo? Hermótimo: Sé a quién te refieres; Dión es su nombre. Licino: Ese mismo, como creo que no le devolvía el dinero a tiempo, lo llevó ante el magistrado hace poco, echándole el manto al cuello, y gritaba y se enfurecía, y si algunos de los conocidos no se hubieran interpuesto para arrebatar al joven de sus manos, sabe bien que aquel anciano, aferrándose a él, le habría arrancado la nariz, tan indignado estaba.
10
Hermótimo: Es que ese es siempre malvado y desagradecido, Licino, con los pagos; pues a los otros, a quienes presta, que son muchos, no ha tratado nunca así; pues le devuelven los intereses a tiempo. Licino:¿ Y qué, si no devuelven, bienaventurado, le importa a él, ya purificado por la filosofía y que ya no necesita las cosas dejadas en el Eta? Hermótimo:¿ Crees que él se ha preocupado por tales cosas por su propio bien? Sino que tiene hijos pequeños, de los que se preocupa para que no vivan en la miseria. Licino: Habría que llevarlos también a ellos a la virtud, Hermótimo, para que sean felices junto con él despreciando la riqueza.
11
Hermótimo: No tengo tiempo, Licino, para discutir esto contigo; pues me apresuro a escucharlo, no sea que me quede completamente atrás. Licino: Ten confianza, buen amigo; pues para hoy se ha anunciado una tregua; así que te concedo lo que queda del camino. Hermótimo:¿ Qué dices? Licino: Que en el presente no podrías verlo, si es que hay que creer en el programa; pues colgaba una tablilla sobre el portal con letras grandes diciendo: hoy no se filosofa. Se decía que ayer, tras cenar en casa de Eucrates, el muy famoso, celebrando el cumpleaños de su hija, filosofó mucho en el banquete y se irritó con Eutidemo, el del Perípato, y discutió con él sobre lo que ellos suelen contradecir a los de la Estoa; y que, por los gritos, se le puso mal la cabeza y sudó mucho, prolongándose la conversación, según dicen, hasta medianoche. Además, creo que había bebido más de la cuenta, brindando con los presentes, como es natural, y había cenado más de lo que corresponde a un anciano; de modo que, al volver, vomitó, según decían, mucho, y solo tomó nota de la carne que le había entregado al esclavo que estaba detrás, y tras sellarlo cuidadosamente, duerme desde entonces, habiendo ordenado que no dejen entrar a nadie. Esto se lo oí contar a Midas, su criado, a algunos de los discípulos, que también ellos regresaban en gran número.
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Hermótimo:¿ Y quién ganó, Licino, el maestro o Eutidemo? Si es que Midas decía algo así. Licino: Dicen que al principio, Hermótimo, estuvieron igualados, pero el final de la victoria fue, según vosotros, y el anciano superó por mucho; al menos dicen que Eutidemo ni siquiera se fue sin sangre, sino con una herida enorme en la cabeza; pues como era un fanfarrón y dado a refutar y no quería ceder ni se dejaba refutar fácilmente, tu maestro, el mejor, le lanzó una copa, una especie de copa de Néstor que tenía, mientras estaba cerca, y así ganó. Hermótimo:¡ Bien hecho! Pues no debía ser de otra manera con los que no quieren ceder ante los mejores. Licino: Esto, Hermótimo, es muy razonable.¿ Pues qué le pasaba a Eutidemo para irritar a un anciano, alguien sin ira y superior a la pasión, teniendo una copa tan pesada en la mano?
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Licino: Pero, como tenemos tiempo,¿ por qué no me cuentas, como amigo, cómo te sentiste impulsado al principio a filosofar, para que yo también, si es posible, pueda acompañaros en el camino empezando desde ahora? Pues no me excluiréis, siendo amigos, supongo. Hermótimo: Ojalá quisieras, Licino; verás en poco tiempo cuánto te diferenciarás de los demás; sabe bien que considerarás a todos como niños en comparación contigo, tanto los despreciarás tú mismo. Licino: Bastaría con que, después de veinte años, llegara a ser como tú ahora. Hermótimo: No te preocupes, yo mismo, a tu edad, empecé a filosofar casi a los cuarenta años, tantos como creo que tienes tú ahora. Licino: Tantos, en efecto, Hermótimo; así que tómame también a mí— pues es justo— y primero dime esto.¿ Permitís contradecir a los que aprenden, si algo les parece que no se dice correctamente, o no permitís esto a los más jóvenes? Hermótimo: No del todo. Pero tú, si quieres, pregunta mientras tanto y contradice; pues así aprenderías más fácilmente. Licino:¡ Bien, por el mismo Hermes, Hermótimo, de quien llevas el nombre!
14
Licino: Pero dime,¿ hay un solo camino que lleva a la filosofía, el de vuestros estoicos, o es verdad lo que oí, que hay también otros muchos? Hermótimo: Muchos, ciertamente: peripatéticos, epicúreos, los que se inscriben bajo Platón, y también otros seguidores de Diógenes y Antístenes, y los de Pitágoras, y aún más. Licino: Es verdad; pues son muchos.¿ Acaso, Hermótimo, dicen lo mismo o cosas diferentes? Hermótimo: Cosas muy diferentes. Licino: Pero la verdad, creo, debía ser una sola, y no ser todas diferentes. Hermótimo: Ciertamente.
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Licino: Vamos, amigo, respóndeme:¿ en qué confiaste la primera vez, cuando ibas a filosofar, con muchas puertas abiertas, para que tú, dejando las otras, llegaras a la de los estoicos y por ella pretendieras entrar a la virtud, como si fuera la única verdadera y la que muestra el camino recto, mientras que las otras llevan a lugares ciegos y sin salida?¿ En qué te basabas entonces? Y no pienses en ti mismo ahora, el que, ya sea medio sabio o sabio, puede juzgar lo mejor por encima de nosotros, la mayoría, sino respóndeme como eras entonces, un profano, como yo ahora. Hermótimo: No entiendo qué quieres decir con esto, Licino. Licino: Pues no pregunté nada capcioso; pues habiendo muchos filósofos, como Platón, Aristóteles, Antístenes y vuestros antepasados, Crisipo, Zenón y los demás que hay,¿ en quién confiaste tú para dejar a los otros y, eligiendo de entre todos lo que has elegido, pretender filosofar según eso?¿ Acaso a ti también, como a Querefonte, el Pitio te envió, llamándote a los mejores de entre todos los estoicos? Pues es su costumbre incitar a cada uno a la clase de filosofía que le conviene, sabiendo, creo, lo que es adecuado para cada uno. Hermótimo: Nada de eso, Licino, ni siquiera pregunté al dios sobre esto. Licino:¿ Acaso porque no lo considerabas digno de consejo divino o creías ser capaz de elegir lo mejor por ti mismo sin el dios? Hermótimo: Eso creía.
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Licino:¿ Entonces nos enseñarías también esto primero, cómo debemos distinguir desde el principio cuál es la mejor filosofía y la que dice la verdad, y cuál debería uno elegir dejando las otras? Hermótimo: Yo te lo diré: veía a la mayoría lanzarse hacia ella, así que conjeturaba que era mejor. Licino:¿ Por cuánto más que a los epicúreos, platónicos o peripatéticos? Pues los contaste, evidentemente, como en las votaciones. Hermótimo: No los conté, yo conjeturaba. Licino:¡ Cómo no quieres enseñarme, sino que me engañas, tú que dices juzgar sobre tales cosas por conjetura y por multitud, ocultándome la verdad al hablar conmigo! Hermótimo: No solo eso, Licino, sino que oía a todos decir que los epicúreos son de carácter dulce y amantes del placer, los peripatéticos amantes de la riqueza y algo erísticos, los platónicos son vanidosos y amantes de la gloria, y sobre los estoicos muchos decían que son varoniles y que lo saben todo, y que el que recorre este camino es el único rey, el único rico, el único sabio y, en resumen, todo.
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Licino: Decían esto otros, evidentemente, sobre ellos; pues no habrías confiado en ellos mismos alabando lo suyo. Hermótimo: De ninguna manera, sino que los otros lo decían. Licino: Los de opinión contraria no lo decían, como es natural; estos eran los que filosofaban de otra manera. Hermótimo: No, en efecto. Licino:¿ Entonces los profanos decían esto? Hermótimo: También. Licino:¿ Ves cómo me engañas de nuevo y no dices la verdad, sino que crees estar hablando con algún Margites, para que crea que Hermótimo, un hombre sensato, teniendo entonces cuarenta años, confió en los profanos sobre filosofía y filósofos, y según lo que ellos decían hacía la elección de los mejores? Pues no te creería si dijeras tales cosas.
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Hermótimo: Pero sabes, Licino, que no confiaba solo en los otros, sino también en mí mismo; pues los veía caminar con decoro, envueltos en sus mantos con sencillez, siempre preocupados, varoniles, la mayoría con el pelo corto, nada delicado ni tampoco cayendo en la indiferencia, como para ser extravagante y cínico sin más, sino en el término medio, que todos dicen que es lo mejor. Licino:¿ Acaso viste también que hacían aquellas cosas que hace poco decía yo mismo haber visto hacer a tu maestro, Hermótimo? Como prestar dinero y reclamarlo con amargura, y discutir muy contenciosamente en las conversaciones, y todo lo demás que demuestran.¿ O te importa poco esto, mientras el manto esté bien puesto, la barba sea larga y el pelo corto?¿ Y debemos tener de ahora en adelante este canon y regla precisa de tales cosas, como dice Hermótimo, y hay que distinguir a los mejores por las formas, el caminar y el corte de pelo, y quien no tenga esto ni sea sombrío y preocupado de rostro, debe ser desaprobado y rechazado?
19
Licino: Pero mira no sea que también esto, Hermótimo, lo digas de broma, probándome si, al ser engañado, lo entiendo. Hermótimo:¿ Por qué dices esto? Licino: Porque, buen amigo, llamas a este examen de las estatuas el que se hace por las formas; pues, con mucho, aquellas son más decorosas y sus mantos más ordenados, habiendo imaginado Fidias, Alcámenes o Mirón lo más hermoso. Pero si es que hay que conjeturar por tales cosas,¿ qué le pasaría a uno si, siendo ciego, deseara filosofar?¿ Por qué distinguiría al que ha elegido la mejor opción, no pudiendo ver ni la forma ni el caminar? Hermótimo: Pero a mí no me interesa el discurso para los ciegos, Licino, ni me importan tales cosas. Licino: Debería haber sido, buen hombre, un distintivo común de cosas tan grandes y útiles para todos. Pero si te parece, que los ciegos se queden fuera de nuestra filosofía, puesto que ni siquiera ven— aunque era necesario que tales personas filosofaran sobre todo, para no afligirse tanto por su desgracia—, pero los que ven, aunque sean muy agudos de vista,¿ qué podrían comprender de las cosas del alma a partir de esta envoltura exterior?
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Licino: Lo que quiero decir es esto:¿ no te acercaste a ellos por amor a la opinión de los hombres y pretendías ser mejor en cuanto a la opinión? Hermótimo: Ciertamente. Licino:¿ Cómo, pues, te era posible, a partir de esos distintivos que decías, distinguir quién filosofa correctamente o no? Pues no suelen manifestarse así tales cosas, sino que son secretas y yacen en lo oculto, revelándose apenas y con dificultad mediante discursos, conversaciones y obras similares. Al menos Momo, has oído, creo, qué reprochó a Hefesto; si no, escúchalo ahora: dice el mito que Atenea, Poseidón y Hefesto compitieron sobre su destreza, y Poseidón modeló un toro, Atenea ideó una casa, y Hefesto construyó un hombre, y como llegaron ante Momo, a quien eligieron como juez, tras observar él la obra de cada uno, sería superfluo decir qué reprochó a los otros, pero sobre el hombre reprochó esto y reprendió al arquitecto Hefesto, porque no le hizo ventanas en el pecho, para que, al abrirlas, se hicieran conocidos para todos lo que piensa, lo que idea y si miente o dice la verdad. Él, pues, como alguien de vista corta, pensaba así sobre los hombres, pero tú, por encima de Linceo, nos miras y ves lo de dentro, al parecer, a través del pecho, y todo está abierto para ti, de modo que sabes no solo lo que quiere y lo que sabe cada uno, sino también quién es mejor o peor.
21
Hermótimo: Bromeas, Licino. Yo elegí según el dios, y no me arrepiento de la elección; y esto me basta, al menos a mí. Licino: Sin embargo,¿ no podrías decirme, amigo, y no dejarme perecer en la gran chusma? Hermótimo: Es que no te gusta nada de lo que digo. Licino: No, buen amigo, sino que no quieres decir nada que me pueda gustar. Y puesto que tú te ocultas voluntariamente y nos envidias, para que no lleguemos a ser iguales a ti tras haber filosofado, intentaré, como pueda, encontrar por mí mismo el juicio preciso sobre esto y la elección más segura. Escucha tú también, si quieres. Hermótimo: Pero quiero, Licino; pues quizás digas algo conocido. Licino: Observa, pues, y no te rías si busco esto de manera totalmente profana; pues es necesario así, ya que tú no quieres decirlo más claramente, sabiendo mejor.
22
Licino: Sea, pues, la virtud algo así como una ciudad que tiene como ciudadanos a personas felices— como diría tu maestro, llegado de allí—, sabios hasta el extremo, todos valientes, justos, moderados, que poco les falta para ser dioses; y lo que sucede mucho entre nosotros, de gente que arrebata, violenta y codicia, no verías nada de eso atreverse en esa ciudad, sino que conviven en paz y concordia, muy naturalmente; pues lo que en las otras ciudades, creo, despierta las sediciones y disputas, y por lo que conspiran unos contra otros, todo eso está fuera de su alcance. Pues no ven ni oro, ni placeres, ni glorias, como para disputar por ellos, sino que hace tiempo que los han expulsado de la ciudad, considerándolos innecesarios para convivir. De modo que viven una vida serena y plenamente feliz con buen orden, igualdad, libertad y los demás bienes.
23
Hermótimo:¿ Qué pues, Licino?¿ No es digno que todos deseen ser ciudadanos de tal ciudad, sin tener en cuenta ni el esfuerzo en el camino ni desanimarse por la longitud del tiempo, si van a llegar a inscribirse ellos mismos y a participar de la ciudadanía? Licino:¡ Por Zeus, Hermótimo, sobre todo hay que esforzarse en esto, y descuidar lo demás, y no hacer mucho caso de la patria que aquí nos retiene, ni dejarse ablandar por hijos o padres, si uno los tiene, que nos retienen y lloran, sino, sobre todo, invitar también a ellos al mismo camino, y si no quisieran o no pudieran, sacudiéndoselos, caminar directamente hacia esa ciudad plenamente feliz, y arrojando incluso el manto, si agarrados de él nos retuvieran, apresurándose hacia allí; pues no hay miedo de que alguien te excluya aunque llegues desnudo.
24
Licino: Pues ya en otra ocasión oí a un anciano contar cómo eran las cosas allí, y me incitaba a seguirlo hacia la ciudad; pues él mismo me guiaría y, al llegar, me inscribiría, me haría miembro de su tribu y me daría parte de su fratría, para que fuera feliz con todos; pero yo no le creí por insensatez y juventud entonces, hace casi quince años; quizás ya estaría por los suburbios y ante las puertas. Contaba, pues, sobre la ciudad, si es que recuerdo, muchas otras cosas y, en particular, esto: que todos son advenedizos y extranjeros, y ni uno solo es nativo, sino que también conviven muchos bárbaros, esclavos, deformes, pequeños y pobres, y, en resumen, participa de la ciudad quien quiere; pues la ley para ellos no es hacer la inscripción por censos, ni por formas, ni por tamaño, ni por belleza, ni por linaje, ni por antepasados ilustres, sino que estas cosas ni siquiera se consideran entre ellos, y basta a cada uno para hacerse ciudadano la inteligencia, el deseo de lo bello, el esfuerzo, la constancia y no ceder ni ablandarse al encontrarse con muchas dificultades en el camino, de modo que quien demuestre esto y llegue caminando hasta la ciudad, es inmediatamente ciudadano, sea quien sea, e igual a todos; y el ser peor o mejor, noble o innoble, esclavo o libre, ni siquiera existe o se dice en la ciudad.
25
Hermótimo:¿ Ves, Licino, que no en vano ni por cosas pequeñas me esfuerzo deseando ser ciudadano yo mismo de una ciudad tan hermosa y feliz? Licino: Pues yo mismo, Hermótimo, deseo lo mismo que tú y no hay nada que prefiera antes que esto. Si, pues, la ciudad estuviera cerca y fuera evidente para todos verla, hace tiempo, sabe bien, sin dudarlo, yo mismo habría ido a ella y habría sido ciudadano hace mucho, pero puesto que, como decís vosotros, tú y el rapsoda Hesíodo, está situada muy lejos, es necesario buscar el camino que lleva a ella y al mejor guía.¿ O no crees que hay que hacer así? Hermótimo:¿ Y cómo podría uno ir de otra manera? Licino: Entonces, en cuanto a prometer y decir saber, hay gran abundancia de quienes guiarán; pues muchos están dispuestos, diciendo cada uno ser nativo de allí. El camino, sin embargo, no parece ser uno solo y el mismo, sino muchos, diferentes y nada parecidos entre sí; pues uno parece llevar hacia el oeste, otro hacia el este, otro hacia el norte, y otro directamente hacia el sur, y uno es a través de prados, plantas y sombra, bien regado y agradable, sin tener nada opuesto ni difícil de transitar, mientras que otro es pedregoso y escabroso, mostrando mucho sol, sed y esfuerzo; y, sin embargo, se dice que todos estos caminos llevan a la ciudad, que es una sola, terminando en los lugares más opuestos.
26
Aquí es precisamente donde reside toda mi perplejidad: pues, a cualquiera de ellas que me dirija, un hombre muy digno de crédito, apostado al principio de cada sendero en la entrada, me tiende la mano y me exhorta a seguir por el suyo, afirmando cada uno de ellos que solo él conoce el camino recto y que los demás están extraviados, sin haber llegado ellos mismos ni ser capaces de guiar a otros que los sigan. Y si llego al vecino, también él promete lo mismo sobre su propio camino y denigra a los demás, y el que está junto a él hace lo mismo, y así sucesivamente todos. Por tanto, la multitud de caminos y su disparidad me perturban no poco y me causan perplejidad, y sobre todo los guías, que se esfuerzan en exceso y elogian cada uno lo suyo; pues no sé a cuál dirigirme ni a cuál de ellos seguir para llegar a la ciudad.
27
Hermótimo: Pero yo te libraré de tu perplejidad; pues si confías en los que ya han recorrido el camino, Licino, no te equivocarás. Licino:¿ En quiénes dices?¿ En los que han ido por qué camino, o en quiénes de los guías han seguido? Pues de nuevo nos aparece el mismo problema bajo otra forma, al haber pasado de las cosas a los hombres. Hermótimo:¿ Cómo dices eso? Licino: Que el que se ha dirigido al de Platón y ha viajado con él, elogiará ese, es evidente, y el de Epicuro, aquel, y otro otro, y tú el vuestro.¿ O cómo, Hermótimo?¿ No es así? Hermótimo:¿ Cómo no iba a serlo? Licino: Entonces no me has librado de la perplejidad, sino que sigo sin saber a cuál de los caminantes debo creer más; pues veo que cada uno de ellos, incluso el propio guía, ha probado uno solo y lo elogia, diciendo que este es el único que conduce a la ciudad. Sin embargo, no puedo saber si dice la verdad; pero que ha llegado a algún fin y ha visto alguna ciudad, se lo concederé tal vez, pero si vio aquella que debía, en la que tú y yo deseamos vivir, o si debiendo ir a Corinto, el que llegó a Babilonia cree haber visto Corinto, eso me sigue siendo incierto; pues no todo el que ha visto una ciudad ha visto Corinto, si es que Corinto no es la única ciudad. Lo que más me sume en la perplejidad es esto: saber que es absolutamente necesario que el camino verdadero sea uno solo; pues Corinto es una sola, y los otros conducen a cualquier parte menos a Corinto, a menos que alguien esté tan loco como para creer que el camino que lleva a los hiperbóreos y el que lleva a los indios conduce a Corinto. Hermótimo:¿ Y cómo es posible, Licino? Pues cada uno lleva a un lugar distinto.
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Por tanto, mi buen Hermótimo, no hace falta poca reflexión para la elección de los caminos y de los guías, ni haremos eso que dice el refrán, de ir a donde nos lleven los pies; pues sin darnos cuenta terminaremos yendo hacia Babilonia o Bactra en lugar del que conduce a Corinto. Pues tampoco está bien confiar a la suerte, como si tal vez eligiéramos el mejor, aunque nos lanzáramos sin examen a uno cualquiera de los caminos; pues es posible que esto suceda, y quizás alguna vez haya sucedido en el largo tiempo; pero nosotros, sobre asuntos tan grandes, no creo que debamos arriesgar temerariamente ni encerrar la esperanza en un estrecho margen, como dice el proverbio, queriendo cruzar el Egeo o el Jónico, cuando ni siquiera podríamos culpar razonablemente a la suerte si, disparando flechas y jabalinas, no acertara precisamente al único blanco verdadero entre diez mil falsos, lo cual ni siquiera le ocurrió al arquero homérico, que debiendo disparar a la paloma, cortó la cuerda, Teucro, creo. Pero es mucho más razonable esperar ser herido por la mayoría y caer ante el disparo, que acertar precisamente a ese único entre todos. Y el peligro no es pequeño si, en lugar del que conduce directamente, caemos por ignorancia en uno de los extraviados, esperando que la suerte elija mejor por nosotros, supongo; pues ni siquiera es fácil dar media vuelta y salvarse una vez que uno se ha entregado al viento tras soltar las amarras, sino que es necesario ser arrastrado por el mar, mareado la mayor parte del tiempo, temeroso y con la cabeza pesada por el oleaje, cuando debíamos, desde el principio, antes de zarpar, subir a un puesto de observación para ver si el viento es favorable y propicio para los que desean navegar hacia Corinto, y, por Zeus, elegir a un solo timonel, el mejor, y una nave bien construida, capaz de resistir tal oleaje.
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Hermótimo: Así es mucho mejor, Licino. Pero sé que, recorriendo a todos en círculo, no encontrarías otros guías mejores ni timoneles más experimentados que los estoicos, y si alguna vez deseas llegar a Corinto, síguelos avanzando por las huellas de Crisipo y Zenón; de otro modo es imposible. Licino:¿ Ves, Hermótimo, qué común es lo que has dicho? Pues lo mismo diría el que viaja con Platón, el que sigue a Epicuro y los demás, que no podría llegar a Corinto si no es conmigo, cada uno. De modo que o hay que creer a todos, lo cual es ridículo, o desconfiar de todos por igual; pues lo más seguro es tal cosa, hasta que encontremos la verdad.
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Pues vamos, si tal como estoy ahora, ignorando todavía quién de todos es el que dice la verdad, eligiera los vuestros confiando en ti, un amigo, pero que solo conoce los de los estoicos y ha recorrido este único camino, y luego un dios hiciera revivir a Platón, Pitágoras, Aristóteles y los demás, y ellos, rodeándome, me preguntaran o, por Zeus, llevándome a un tribunal, cada uno me demandara por injuria diciendo:' Buen Licino,¿ qué te ha pasado o en quién has confiado para preferir a Crisipo y Zenón a nosotros, que somos mucho más antiguos, habiendo nacido ayer y anteayer, sin habernos dado parte de tu razonamiento ni haber probado en absoluto lo que decimos?'. Si dijeran esto,¿ qué podría responderles?¿ Me bastará con decir:' Creí a Hermótimo, un amigo'? Pero dirían, lo sé,' Nosotros, Licino, no sabemos quién es este Hermótimo, ni él a nosotros; por tanto, no debías condenar a todos ni juzgar en nuestra ausencia habiendo confiado en un hombre que conoce un solo camino en filosofía y quizás ni siquiera este con exactitud'. Los legisladores, Licino, no ordenan a los jueces actuar así, ni escuchar a uno y no dejar que el otro hable en su defensa sobre lo que cree conveniente, sino escuchar a ambos por igual, para que, al contrastar los argumentos, encuentren más fácilmente lo verdadero y lo falso, y si no lo hacen así, la ley permite apelar a otro tribunal.
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Licino: Es probable que digan tales cosas. O tal vez alguno de ellos me preguntaría:' Dime, Licino, si un etíope que nunca ha visto a otros hombres, como somos nosotros, por no haber viajado fuera de su tierra, sostuviera en una asamblea de etíopes y dijera que en ninguna parte de la tierra hay hombres blancos o rubios ni nada más que negros,¿ sería creído por ellos?¿ O diría alguno de los etíopes más ancianos:'¿ Y tú de dónde sabes eso, atrevido? Pues no has viajado fuera de aquí a ninguna parte ni has visto, por Zeus, cómo son las cosas entre los demás'?'.¿ Diría yo que el anciano preguntó con justicia?¿ O cómo, Hermótimo, me aconsejas? Hermótimo: Así; pues me parece que reprendió con toda justicia. Licino: También a mí, Hermótimo. Pero lo que sigue ya no sé si te parecerá igual a ti; pues a mí me parece muy acertado.
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Hermótimo:¿ Qué cosa? Licino: El hombre añadirá, evidentemente, y me dirá algo así:' Supongamos, pues, Licino, a alguien que solo conoce lo de los estoicos, como este amigo tuyo Hermótimo, y que nunca ha viajado ni a lo de Platón ni a lo de Epicuro ni en absoluto a lo de ningún otro. Si, pues, dijera que no hay nada tan bello ni verdadero entre los demás como lo de la Estoa y lo que ella afirma,¿ no te parecería razonablemente atrevido al pronunciarse sobre todo, y eso conociendo solo una cosa, sin haber sacado nunca el otro pie de Etiopía?'.¿ Qué quieres que le responda? Hermótimo: Lo más verdadero, evidentemente: que nosotros aprendemos a fondo lo de los estoicos como si pretendiéramos filosofar según ello, pero no ignoramos lo que dicen los demás; pues el maestro también expone esas cosas entre tanto ante nosotros y las refuta añadiendo él mismo.
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¿ O crees que aquí se quedarían callados ante nosotros los de Platón, Pitágoras, Epicuro y los demás, y no se reirían y me dirían:'¿ Qué hace, Licino, tu compañero Hermótimo? Pretende que creamos a los adversarios sobre nosotros y cree que lo nuestro es tal como ellos dicen, ya sea por ignorancia o por ocultar la verdad?'. Por tanto, si alguien viera a uno de los atletas entrenando antes del combate, lanzando patadas al aire o dando un golpe de puño al vacío, como si golpeara al adversario,¿ lo proclamaría inmediatamente el juez de la competición como invencible, o pensará que esos ejercicios son fáciles y seguros, sin que nadie se le oponga, y que la victoria se decide entonces, cuando derrote al adversario mismo y lo venza, y este se rinda, pero de otro modo no? No crea, pues, Hermótimo que, por lo que sus maestros practiquen combatiendo en sombra contra nosotros ausentes, ellos vencen o que lo nuestro es tal que se refuta fácilmente; pues tal cosa sería como las construcciones de los niños, que ellos mismos, tras construirlas débiles, las derriban inmediatamente, o, por Zeus, como los que practican el tiro con arco, que atan unas pajas, luego las clavan en un poste y, colocándolas no lejos, apuntan y disparan, y si alguna vez aciertan y atraviesan las pajas, gritan inmediatamente como si hubieran hecho algo grande, si la flecha les ha atravesado las ramas. Pero los persas no hacen eso, ni los escitas que son arqueros, sino que primero ellos mismos, moviéndose a caballo la mayor parte del tiempo, disparan, y luego también exigen que lo que se dispara se mueva, no que esté quieto ni esperando la flecha hasta que caiga, sino huyendo tanto como sea posible; pues, en efecto, cazan fieras la mayor parte del tiempo, y algunos aciertan a aves. Pero si alguna vez hay que probar la tensión del golpe sobre un blanco, colocan un escudo de madera resistente o de cuero crudo y lo atraviesan, y así creen, si sus flechas pueden pasar a través de las armas. Di, pues, Licino, de nuestra parte a Hermótimo que sus maestros colocan ramas y disparan, luego dicen haber vencido a hombres armados, y habiendo pintado imágenes nuestras, boxean contra ellas, y habiéndonos vencido, como es natural, creen vencernos a nosotros. Pero cada uno de nosotros les diría aquellas palabras de Aquiles, que dice sobre Héctor, que no ven la frente de mi casco. Esto dicen todos ellos, cada uno a su vez.
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Y Platón me parece que contaría algo de lo de Sicilia como si supiera la mayor parte; pues dicen que el siracusano Gelón tenía mal aliento y que esto le pasó desapercibido durante mucho tiempo, sin que nadie se atreviera a reprochárselo a un tirano, hasta que una mujer extranjera que se encontró con él se atrevió a decirle cómo estaba; y él, al ir ante su mujer, se enfadó porque no le había avisado, sabiendo ella muy bien el mal aliento, y ella le pidió perdón; pues por no haber probado a otro hombre ni haber estado cerca, pensó que a todos los hombres les salía tal cosa de la boca. Y Hermótimo, por tanto, como solo convive con los estoicos, diría Platón, ignora razonablemente cómo son las bocas de los demás. Y cosas parecidas diría Crisipo o incluso más que estas, si lo dejara sin juzgar y me lanzara a lo de Platón confiando en alguien que solo ha convivido con Platón. Y en una palabra, digo que, hasta que sea incierto cuál es la verdadera elección en filosofía, no elegir ninguna; pues tal cosa es una injuria hacia las demás.
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Hermótimo: Licino, por Hestia, dejemos tranquilos a Platón, Aristóteles, Epicuro y los demás; pues no está a mi alcance competir con ellos; pero nosotros, tú y yo, examinemos por nuestra cuenta si el asunto de la filosofía es tal como yo digo que es.¿ Y qué necesidad había de llamar a los etíopes o a la mujer de Gelón desde Siracusa al discurso? Licino: Pero que se vayan ellos, si te parecen superfluos para el discurso; pero habla tú ya; pues parece que vas a decir algo maravilloso. Hermótimo: Me parece, Licino, que es muy posible que quien ha aprendido a fondo solo lo de los estoicos conozca la verdad a partir de esto, aunque uno no se dedique a aprender a fondo cada cosa de los demás. Considéralo así: si alguien te dijera solo esto, que dos veces dos forman el número cuatro,¿ necesitarás ir preguntando a los demás, a todos los aritméticos, no sea que alguien diga que son cinco o siete?¿ O sabrías inmediatamente que el hombre dice la verdad? Licino: Inmediatamente, Hermótimo. Hermótimo:¿ Por qué, pues, te parece imposible que alguien, encontrándose solo con los estoicos que dicen la verdad, les crea y ya no necesite a los demás, sabiendo que nunca cuatro podrían ser cinco, aunque diez mil Platones o Pitágoras lo digan?
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Licino: Nada al caso, Hermótimo; pues comparas cosas acordadas con cosas disputadas, siendo muy diferentes entre sí.¿ O qué dirías?¿ Has encontrado a alguien que diga que dos veces dos sumados forman el número siete u once? Hermótimo: Yo no; pues estaría loco el que dijera que no resulta cuatro. Licino:¿ Qué más?¿ Has encontrado alguna vez— y trata de decir la verdad por las Gracias— a un estoico y a un epicúreo que no discrepen sobre el principio o el fin? Hermótimo: De ninguna manera. Licino: Mira, pues, no sea que me engañes, noble amigo, y eso siendo amigo; pues buscando nosotros quiénes dicen la verdad en filosofía, tú has arrebatado esto y se lo has dado a los estoicos diciendo que estos son los que establecen que dos veces dos es cuatro, lo cual es incierto si es así; pues los epicúreos o platónicos dirían que ellos también lo establecen así, pero que vosotros decís que son cinco o siete.¿ O no te parece que hacen esto cuando vosotros consideráis que solo lo bello es un bien, y los epicúreos que lo placentero?¿ Y cuando vosotros decís que todo es cuerpo, y Platón piensa que hay algo incorpóreo entre los seres? Pero, como dije, has tomado de forma muy ventajosa lo disputado como si fuera indiscutiblemente propio de los estoicos y se lo das a ellos, aunque los demás lo reclaman y dicen que esto es suyo, donde, creo, hace falta juicio sobre todo. Si, pues, se hace evidente esto, que es propio solo de los estoicos considerar que dos veces dos es cuatro, es hora de que los demás callen; pero hasta que luchen sobre esto mismo, hay que escuchar a todos por igual o saber que parecerá que juzgamos por favor.
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Hermótimo: No me parece, Licino, que entiendas cómo quiero decirlo. Licino: Entonces hay que hablar más claramente si vas a decir algo distinto, y no tal cosa. Hermótimo: Sabrás inmediatamente qué es lo que digo. Supongamos que dos personas han entrado en el Asclepeion o en el templo de Dioniso, y que luego se ha perdido una copa de las sagradas. Habrá que registrar a ambos, cuál de ellos tiene la copa bajo el manto. Licino: Y mucho. Hermótimo: Y el otro la tiene sin duda. Licino:¿ Cómo no, si se ha perdido? Hermótimo: Entonces, si la encuentras en el primero, ya no desnudarás al otro; pues es evidente que no la tiene. Licino: Es evidente. Hermótimo: Y si no la encontráramos en el manto del primero, el otro la tiene sin duda, y tampoco hace falta registro. Licino: La tiene. Hermótimo: Entonces nosotros también, si encontráramos ya la copa entre los estoicos, ya no exigiremos registrar a los demás teniendo lo que buscábamos hace tiempo.¿ O por qué razón nos esforzaríamos todavía?
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Licino: Por ninguna, si encontrarais y, habiendo encontrado, supierais que aquello era lo perdido, o si la ofrenda os fuera conocida en absoluto. Pero ahora, amigo, primero no son dos los que han entrado en el templo, como para que sea necesario que uno de ellos tenga lo robado, sino muchos, y luego lo perdido mismo es incierto qué es, si una copa, un cuenco o una corona; pues cuantos sacerdotes hay, unos dicen que es una cosa y otros otra, y ni siquiera se ponen de acuerdo sobre el material mismo, sino que unos dicen que es de bronce, otros de plata, otros de oro y otros de estaño. Es necesario, pues, desnudar a todos los que han entrado, si quieres encontrar lo perdido; pues aunque encuentres inmediatamente una copa de oro en el primero, todavía tienes que desnudar a los demás. Hermótimo:¿ Por qué, Licino? Licino: Porque es incierto si lo perdido era una copa. Y si esto fuera admitido por todos, no todos dicen que la copa sea de oro; y si fuera muy conocido que se perdió una copa de oro, y tú encontraras una copa de oro en el primero, ni aun así dejarás de registrar a los demás; pues no está claro si era la misma del dios.¿ O no crees que hay muchas copas de oro? Hermótimo: Yo sí. Licino: Habrá que ir a todos registrando y, poniendo en medio todo lo encontrado en cada uno, conjeturar cuál de ellos sería apropiado considerar una posesión divina.
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Licino: Y es que, además, lo que causa la gran perplejidad es esto, que cada uno de los que van a ser desnudados tiene algo sin duda, uno un cuenco, otro una copa, otro una corona, y uno de bronce, otro de oro, otro de plata; pero si lo que tiene es la ofrenda, todavía no está claro. Es, pues, absolutamente necesario estar perplejo sobre a quién llamar sacrílego, cuando incluso si todos tuvieran lo mismo, sería incierto también así quién es el que ha robado las cosas del dios; pues es posible tener también cosas privadas. La causa de la ignorancia es una, creo, que la copa perdida no tiene inscripción— supongamos que se perdió una copa—, pues si estuviera escrito el nombre del dios o del que la ofrendó, nos esforzaríamos menos y, habiendo encontrado la que tiene la inscripción, habríamos dejado de desnudar y molestar a los demás. Creo, Hermótimo, que ya has visto muchas veces competiciones gimnásticas. Hermótimo: Y piensas bien; pues muchas veces y en muchos lugares. Licino:¿ Alguna vez te sentaste junto a los jueces de la competición? Hermótimo: Por Zeus, hace poco en Olimpia a la izquierda de los helanódicas, habiéndome adelantado Evándrido el eleo a ver desde sus conciudadanos; pues deseaba ver de cerca todo lo que ocurría ante los helanódicas. Licino:¿ Sabes, pues, también esto, cómo sortean quién debe luchar o practicar el pancracio con quién? Hermótimo: Lo sé. Licino: Entonces tú podrías decirlo mejor, como alguien que lo ha visto de cerca.
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Hermótimo: Antiguamente, cuando Heracles era juez de la competición, hojas de laurel... Licino: No me hables de lo antiguo, Hermótimo, sino lo que viste de cerca, di eso. Hermótimo: Se coloca una urna de plata sagrada del dios; en ella se introducen pequeños lotes, del tamaño de habas, con inscripciones. Se escribe en dos una alfa en cada uno, en dos una beta, y en otros dos una gamma y así sucesivamente según lo mismo, si hay más atletas, siempre dos lotes con la misma letra. Cada uno de los atletas se acerca, reza a Zeus, mete la mano en la urna y saca uno de los lotes, y después de él otro, y un azotador que está junto a cada uno le sostiene la mano sin dejarle leer qué letra es la que ha sacado. Cuando todos ya tienen, el alitarca, creo, o uno de los mismos helanódicas— pues ya no recuerdo esto—, recorriendo, observa los lotes de los que están de pie en círculo y así une al que tiene la alfa con el que ha sacado la otra alfa para luchar o practicar el pancracio, y al de la beta con el de la beta, y a los demás con las mismas letras de la misma manera; pues así, si los competidores son pares, como ocho, cuatro o doce, y si son impares, cinco, siete, nueve, una letra impar escrita en un lote se les suma, sin tener otra copia. Y el que saca esto, espera, aguardando hasta que aquellos compitan; pues no tiene la pareja; y esto no es poca suerte para el atleta, el estar a punto de enfrentarse fresco a los que están cansados.
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Licino: Estate quieto; pues esto es lo que más necesitaba. Entonces, siendo nueve, todos han sacado y tienen los lotes. Recorriendo, pues— pues quiero hacerte helanódica en lugar de espectador—, observas las letras, y no antes, creo, sabrías quién es el que espera, si no vas a todos y los unes. Hermótimo:¿ Cómo, Licino, dices eso? Licino: Es imposible encontrar inmediatamente la letra que indica al que espera, o la letra quizás la encontrarías, pero no sabrás si es él; pues no se ha dicho de antemano que la K, la M o la I es la que designa al que espera; sino que cuando te encuentras con la A, buscas al que tiene la otra A y, habiéndolo encontrado, ya los has unido, y encontrándote de nuevo con la beta, buscas dónde está la otra beta, la pareja de la encontrada, y así con todos, hasta que te quede aquel que tiene la única letra sin adversario.
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Hermótimo:¿ Y qué si te encuentras con él primero o segundo?¿ Qué harás? Licino: De ninguna manera, sino que quiero saber qué harás tú, el helanódica,¿ dirás inmediatamente que este es el que espera, o habrá que ir a todos en círculo para ver si hay alguna letra igual a la suya? Pues si no vieras los lotes de todos, no sabrías quién es el que espera. Hermótimo: Pero, Licino, lo sabría fácilmente; pues al menos en los nueve, si encuentro la E primero o segundo, sé que el que tiene esto es el que espera. Licino:¿ Cómo, Hermótimo? Hermótimo: Así: dos de ellos tienen la A y la B igualmente dos, y de los cuatro restantes, unos han sacado la G y otros la D, y ya se han gastado las cuatro letras en los ocho atletas. Es evidente, pues, que solo así sería impar la letra siguiente, la E, y el que ha sacado esto es el que espera. Licino:¿ Debo, Hermótimo, elogiarte por tu inteligencia, o quieres que te contradiga con lo que me parece, sea lo que sea? Hermótimo: Por Zeus; aunque estoy perplejo sobre qué razonable podrías tener para contradecir tal cosa.
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Licino: Tú has hablado como si las letras se escribieran siempre en orden, como primero la A, segundo la B y según el orden, hasta que el número de atletas termine en una de ellas; y te concedo que en Olimpia ocurra así.¿ Pero qué si, habiendo sacado desordenadamente cinco letras de todas, la X, la S, la Z, la K y la T, escribiéramos las otras cuatro dobles en los lotes de los ocho, y la Z solo en el noveno, que es el que iba a indicarnos al que espera, qué harás habiendo encontrado primero la Z?¿ Con qué distinguirás que es el que espera el que la tiene, si no vas a todos y encuentras que nada concuerda con ella? Pues no tenías, como ahora, su orden para conjeturar. Hermótimo: Preguntas algo difícil de responder.
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Licino: Mira esto mismo de otra manera.¿ Qué si no escribiéramos letras en los lotes, sino algunos signos y caracteres, como muchos que escriben los egipcios en lugar de letras, siendo algunos hombres con cabeza de perro y cabeza de león? O dejemos eso, puesto que son extraños. Pero supongamos que escribimos los de una sola forma y simples, habiendo conjeturado hombres en dos lotes, dos caballos en dos, dos gallos y dos perros, y que en el noveno el león sea el distintivo. Si, pues, te encuentras al principio con este lote del león,¿ de dónde podrás decir que este es el que hace al que espera, si no observas a todos recorriéndolos para ver si alguien más tiene un león? Hermótimo: No tengo qué responderte, Licino.
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Con razón; pues nada es evidente. De modo que si queremos encontrar al que tiene la copa sagrada, o al que espera, o al que nos guiará mejor a aquella ciudad de Corinto, llegaremos necesariamente a todos y examinaremos probando a fondo, desnudando y observando; pues difícilmente conoceríamos la verdad así. Y si alguien va a ser para mí un consejero digno de crédito sobre filosofía, sobre qué hay que filosofar, este sería solo el que conoce lo que dicen todas ellas, los demás son imperfectos, y no les creería, hasta que sean expertos al menos en una; pues tal vez la mejor sería esa. Pues no, si alguien, habiendo puesto a un hombre bello, dijera que este es el más bello de todos los hombres, le creeríamos, si no supiéramos que ha visto a todos los hombres; pues tal vez este sea bello, pero si es el más bello de todos, no podría saberlo sin haber visto a todos. Nosotros no necesitamos solo lo bello, sino lo más bello, y si no encontramos esto, consideraremos que no hemos hecho nada más; pues no nos conformaremos con encontrar cualquier cosa bella, sino que buscamos esa belleza suprema, que es necesario que sea una sola.
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Hermótimo: Verdad. Licino:¿ Qué entonces?¿ Tienes a alguien que decirme que haya probado todo camino en filosofía, y que, conociendo lo que dicen Pitágoras, Platón, Aristóteles, Crisipo, Epicuro y los demás, al final eligió uno de todos los caminos habiendo probado la verdad y aprendido por experiencia que solo él conduce directamente a la felicidad? Pues si encontráramos a alguien así, dejaremos de tener problemas. Hermótimo: No es fácil, Licino, encontrar a tal hombre.
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Licino:¿ Qué haremos entonces, Hermótimo? No hay que desesperar, creo, puesto que no tenemos a mano ningún guía así por el momento.¿ Es esto lo mejor y más seguro de todo, que cada uno comience por sí mismo a recorrer toda elección y examinar con exactitud lo que dicen todos? Hermótimo: Parece que sí, a juzgar por esto; excepto que no sea contrario lo que decías hace poco, que no es fácil, habiéndose entregado uno y desplegado la vela, volver a subir.¿ Pues cómo es posible recorrer todos los caminos en el primero, como dices, al ser retenido? Licino: Yo te lo diré: imitaremos aquello de Teseo, y habiendo tomado algún hilo de la Ariadna trágica, entraremos en el laberinto cada uno, para poder salir sin problemas devanándolo. Hermótimo:¿ Quién sería, pues, nuestra Ariadna o de dónde nos proveeremos del hilo? Licino: Ten confianza, amigo; pues me parece haber encontrado de qué agarrarnos para salir. Hermótimo:¿ Qué es, pues, esto? Licino: No diré lo mío, sino algo de uno de los sabios:' Mantente sobrio y recuerda desconfiar'; pues si no creemos fácilmente al escuchar, sino que lo hacemos judicialmente dejando el razonamiento a los siguientes, tal vez podríamos escapar fácilmente de los laberintos. Hermótimo: Hablas bien, y hagamos esto.
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Licino: Bien.¿ Por cuál de ellos deberíamos empezar?¿ O acaso no hay diferencia? Si empezamos por cualquiera, por ejemplo por Pitágoras, si así sucede,¿ cuánto tiempo creemos que nos llevaría aprender a fondo todo lo de Pitágoras? Y no me descuentes esos cinco años de silencio; con esos cinco, creo que bastarían treinta, y si no, al menos veinte sin falta. Hermótimo: Supongamos que así sea. Licino: Luego, a continuación, habría que asignar otros tantos a Platón, y además no menos a Aristóteles. Hermótimo: No, eso no. Licino: Pero a Crisipo ya no te preguntaré cuántos; pues sé, por haberte oído, que apenas bastarían cuarenta. Hermótimo: Así es. Licino: Luego, a continuación, a Epicuro y a los demás. Que no considero que esto sea mucho, podrías aprenderlo si consideras cuántos estoicos, epicúreos o platónicos de ochenta años hay que confiesan que cada uno de ellos no conoce todas las doctrinas de su propia escuela, de modo que no les falta nada para sus estudios; y si no, al menos Crisipo, Aristóteles y Platón dirían lo mismo, y antes que ellos Sócrates, no menos valioso que ellos, quien gritaba a todos no solo que no sabía todo, sino que no sabía nada en absoluto, o solo esto: que no sabe. Calculemos, pues, desde el principio: veinte asignábamos a Pitágoras, luego otros tantos a Platón, luego a continuación a los demás.¿ Cuántos sumarían en total, si solo estableciéramos diez escuelas en filosofía? Hermótimo: Más de doscientos, Licino. Licino:¿ Quieres entonces que restemos una cuarta parte, de modo que ciento cincuenta años sean suficientes, o la mitad entera?
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Hermótimo: Tú mismo lo sabrías mejor; yo veo esto: que pocos, incluso así, podrían recorrer todas las escuelas empezando desde el nacimiento. Licino:¿ Qué le pasaría entonces a uno, Hermótimo, si el asunto es así?¿ O hay que derribar aquello que ya hemos admitido, de que nadie elegiría lo mejor de entre muchas cosas sin haber probado todas? Pues el que elige sin probar busca la verdad más por adivinación que por juicio.¿ No decíamos eso? Hermótimo: Sí. Licino: Por tanto, es totalmente necesario vivir tanto tiempo si hemos de elegir bien tras haber probado todo, y una vez elegido, filosofar, y tras haber filosofado, ser felices; antes de hacer tal cosa, bailaríamos en la oscuridad, como dicen, tropezando con lo que sea y suponiendo que lo primero que cae en nuestras manos es lo que buscamos, por no conocer la verdad. Y si por alguna buena suerte encontráramos lo que buscamos, no podremos saber con certeza si es eso lo que buscamos; pues hay muchas cosas parecidas entre sí, y cada una afirma ser la más verdadera.
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Hermótimo: Licino, no sé cómo me parece que dices cosas razonables, pero— pues se dirá la verdad— me molestas no poco al exponerlas y ser tan preciso sin necesidad. Quizás parezca que no salí de casa hoy para bien, y al salir me encontré contigo, que, estando yo ya cerca de la esperanza, me has arrojado a la perplejidad, demostrando que es imposible el hallazgo de la verdad, al requerir tantos años. Licino: Entonces, amigo, mucho más justamente culparías a tu padre Menécrates y a tu madre— quienquiera que fuera, pues no lo sé— o, mucho antes, a nuestra naturaleza, porque no te hicieron longevo y de larga vida como a Titono, sino que limitaron al hombre a no vivir más de cien años como máximo. Yo, reflexionando contigo, encontré el resultado del razonamiento.
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Hermótimo: No, sino que tú eres siempre un insolente, y no sé qué te pasa que odias la filosofía y te burlas de los que filosofan. Licino: Hermótimo, cuál sea la verdad, vosotros los sabios podríais decirlo mejor, tú y tu maestro; yo solo sé esto: que ella no es muy agradable para quienes la escuchan, sino que es superada por mucho por la mentira; pues esta tiene mejor aspecto y por eso es más agradable; pero la verdad, como no se sabe cómplice de nada falso, habla a los hombres con franqueza, y por eso se molestan con ella. Mira, incluso tú ahora te molestas conmigo por haber hallado la verdad sobre esto contigo y haberte mostrado lo que amamos tú y yo, que no es nada fácil; como si estuvieras enamorado de una estatua y creyeras que ibas a conseguirla suponiendo que es humana, y yo, al ver que es de piedra o bronce, te indicara por benevolencia que amas lo imposible, y entonces pensarías que soy malintencionado contigo, porque no te permitía ser engañado esperando cosas extrañas y sin esperanza.
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Hermótimo:¿ Entonces dices esto, Licino, que no debemos filosofar, sino que debemos entregarnos a la ociosidad y vivir como profanos? Licino:¿ Y dónde me has oído decir eso? Pues yo no digo que no se deba filosofar, sino que, puesto que se debe filosofar y hay muchos caminos que dicen conducir a la filosofía y a la virtud, y el verdadero es incierto entre ellos, hay que hacer una distinción precisa. Pero nos parecía imposible, habiendo muchas propuestas, elegir la mejor si uno no recorre todas probándolas; luego la prueba resultó ser larga.¿ Tú cómo propones?— pues volveré a preguntar—¿ al primero que te encuentres, a ese seguirás y con ese filosofarás, y él hará de ti un hallazgo afortunado?
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Hermótimo:¿ Y qué podría responderte aún, tú que dices que no es posible juzgar a nadie, a menos que viva los años de un fénix recorriendo a todos en círculo y probándolos, y no consideras digno de crédito ni a los que ya han probado ni a la mayoría que los alaba y da testimonio? Licino:¿ A quiénes llamas la mayoría que sabe y ha probado todo? Pues si alguien es así, uno solo me basta, y ya no haré falta de muchos. Pero si hablas de los que no saben, la multitud de ellos no me llevará a creer, hasta que, sin saber nada o sabiendo una sola cosa, se pronuncien sobre todo. Hermótimo:¿ Solo tú has visto la verdad, y los demás son todos insensatos, todos los que filosofan? Licino: Me calumnias, Hermótimo, diciendo que yo me antepongo a los demás o que me sitúo en absoluto entre los que saben, y no recuerdas lo que dije, que no pretendo saber la verdad por encima de los demás, sino que confieso ignorarla junto con todos.
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Pero, Licino, que sea necesario ir a todos y probar lo que dicen y que no se podría elegir lo mejor de otra manera, es quizás razonable, pero dedicar tantos años a cada prueba es ridículo, como si no fuera posible aprender todo a partir de pocas cosas. A mí me parece muy fácil tal cosa y que no requiere mucha dedicación; dicen, en efecto, que uno de los escultores, Fidias creo, al ver solo la garra de un león, dedujo a partir de ella cuán grande sería el león entero si fuera esculpido en proporción a la garra. Y tú también, si alguien te muestra solo la mano de un hombre habiendo cubierto el resto del cuerpo, sabrás, creo, al instante que es un hombre lo que está cubierto, aunque no veas todo el cuerpo. Y, por tanto, los puntos principales de lo que todos dicen es fácil aprenderlos en una pequeña parte del día, y esa precisión extrema que requiere un largo examen no es del todo necesaria para la elección de lo mejor, sino que es posible juzgar también a partir de aquellos.
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¡ Vaya, Hermótimo, qué argumentos tan fuertes has dicho al pretender conocer el todo a partir de las partes! Y sin embargo, recuerdo haber oído lo contrario: que el que conoce el todo podría conocer también la parte, pero el que solo conoce la parte ya no el todo. Así pues, respóndeme a esto:¿ Fidias habría sabido alguna vez, al ver la garra de un león, que es de un león, si no hubiera visto nunca un león entero?¿ O tú, al ver la mano de un hombre, habrías podido decir que es de un hombre sin haber conocido antes ni haber visto a un hombre?¿ Por qué callas?¿ O quieres que responda por ti lo necesario, que no habrías podido? De modo que corre el riesgo Fidias de haberse ido sin hacer nada tras haber esculpido en vano al león; pues no se ha visto nada que tenga que ver con Dioniso, como dicen.¿ O cómo son estos argumentos iguales a aquellos? Pues para Fidias y para ti, ninguna otra causa había para reconocer las partes que el conocer el todo, digo hombre y león, pero en filosofía, como la de los estoicos,¿ cómo podrías ver también el resto a partir de la parte?¿ O cómo podrías afirmar que son bellas? Pues no conoces el todo, del cual esas son partes.
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Lo que dices, que es fácil escuchar los puntos principales de toda la filosofía en una pequeña parte del día, como sus principios y fines, y qué creen que son los dioses, qué el alma, y quiénes dicen que todas las cosas son cuerpos, y quiénes consideran que hay también cosas incorpóreas, y que unos establecen el placer y otros lo bello como el bien y la felicidad, y cosas así, escuchando así es fácil pronunciarse y no es trabajo ninguno; pero saber quién es el que dice la verdad, mira si no requiere no una parte del día, sino muchos días.¿ O qué les pasó a ellos para que hayan escrito cada uno cientos y miles de libros sobre estas mismas cosas, para convencer, creo, de que son verdaderas esas pocas cosas que a ti te parecen fáciles y sencillas de aprender? Ahora bien, creo que necesitarás un adivino también aquí para la elección de los mejores, a menos que soportes la dedicación, para elegir con precisión, habiendo comprendido tú mismo todo y cada cosa en su totalidad; pues esta podría ser una vía rápida, sin complicaciones ni dilaciones, si tras hacer venir al adivino y escuchar todos los puntos principales, hicieras sacrificios sobre cada uno; pues el dios te librará de innumerables problemas mostrándote en el hígado de la víctima lo que debes elegir.
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Y si quieres, te propondré otra cosa más sencilla, para que no sacrifiques estas víctimas ni hagas ofrendas a nadie, ni llames a ningún sacerdote de los que cobran mucho, sino que, echando en una urna papelitos que tengan el nombre de cada uno de los filósofos, ordena a un niño de los que aún no han llegado a la pubertad y tienen a ambos padres vivos que, acercándose a la urna, saque el primero de los papelitos que le caiga en la mano, y filosofa el resto según aquel que haya tocado, quienquiera que sea.
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Hermótimo: Estas cosas, Licino, son bufonadas y no propias de ti. Pero dime,¿ alguna vez has comprado vino tú mismo? Licino: Muy a menudo. Hermótimo:¿ Entonces ibas dando vueltas por todos los taberneros de la ciudad probando, comparando y examinando los vinos? Licino: De ninguna manera. Hermótimo: Pues es necesario, creo, que te lleves el primero que encuentres bueno y digno. Licino: Por Zeus, sí. Hermótimo:¿ Y a partir de esa pequeña degustación podías decir cómo es todo el vino? Licino: Podía, en efecto. Hermótimo: Y si dijeras, acercándote a los taberneros:« Puesto que quiero comprar una medida, dadme, señores, a beber todo el barril cada uno de vosotros, para que, tras haberlo recorrido todo, aprenda quién tiene el mejor vino y de dónde debo comprar»; si dijeras esto,¿ no crees que se reirían de ti, y si los molestaras más, quizás hasta te echarían el agua? Licino: Creo, en efecto, que me pasaría lo justo. Hermótimo: De la misma manera, pues, en filosofía.¿ Qué necesidad hay de beberse el barril pudiendo saber a partir de una pequeña degustación cómo es el todo?
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Licino: Qué resbaladizo eres, Hermótimo, y te escapas de las manos. Pero, sin embargo, me has sido útil; pues creyendo haber escapado, has caído en la misma red. Hermótimo:¿ Cómo dices eso? Licino: Porque, tomando un asunto admitido por todos y conocido por todos como el vino, lo comparas con cosas muy diferentes y sobre las cuales todos disputan al ser oscuras. De modo que yo no puedo decir en qué se parece a ti la filosofía y el vino, a menos que sea solo en esto: que también los filósofos venden las enseñanzas como los taberneros, habiéndolas mezclado la mayoría, adulterado y medido mal. Pero examinemos así lo que dices: dices que el vino en el barril es todo igual a sí mismo, y por Zeus, no hay nada extraño; pero también que si alguien probara sacando un poco de él, sabría al instante cómo es todo el barril, es consecuente también esto, y yo no objetaría nada. Mira, pues, lo que sigue: la filosofía y los que filosofan, como tu maestro,¿ acaso dice lo mismo ante vosotros cada día y sobre las mismas cosas, o cosas distintas en momentos distintos? Pues hay muchas, es evidente, amigo;¿ o no habrías permanecido veinte años con él, como Odiseo dando vueltas y errando, si dijera lo mismo, sino que te habría bastado con haberlo escuchado una vez?
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Hermótimo:¿ Cómo no? Licino:¿ Cómo era posible entonces para ti saber todo desde la primera degustación? Pues no eran las mismas cosas, sino que siempre se decían otras nuevas sobre otras nuevas, no como el vino que siempre era el mismo. De modo que, amigo, si no te bebes todo el barril, andarás dando vueltas borracho; pues me parece que el dios ha ocultado el bien de la filosofía en el fondo, bajo la misma hez. Será necesario, pues, vaciarlo todo hasta el final, o nunca encontrarías esa bebida de néctar de la que me parece que tienes sed desde hace tiempo.¿ Y tú crees que el asunto es tal que, si solo lo probaras y tomaras un poco, te volverías al instante omnisciente, como dicen que en Delfos la pitonisa, cuando bebe del agua sagrada, se vuelve al instante inspirada y da oráculos a los que se acercan? Pero no parece ser así; tú, al menos, habiendo bebido más de la mitad del barril, decías que aún estabas empezando.
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Licino: Mira, pues, si la filosofía no se parece más a esto: que el barril permanezca aún para ti y el tabernero, pero que no contenga vino, sino una mezcla de semillas, trigo arriba y después de este habas, luego cebada y bajo estas lentejas, luego garbanzos y otras cosas variadas. Acércate tú queriendo comprar de las semillas, y él, habiendo tomado del trigo, que era lo que había, te dio una muestra en la mano para que vieras;¿ podrías entonces decir, mirando aquello, si también los garbanzos están limpios, las lentejas están en buen estado y las habas no están vacías? Hermótimo: De ninguna manera. Licino: Entonces tampoco podrías aprender toda la filosofía a partir de una sola cosa de las que alguien diga que es la primera; pues no era una sola cosa como el vino, con el que tú la comparas pretendiendo que es igual a la degustación, sino que resultó ser algo diferente que requiere un examen no secundario. Pues el riesgo de comprar un vino malo es de dos óbolos, pero que alguien se pierda en la basura, como tú mismo decías al principio, no es un mal pequeño. Además, el que pretende beberse todo el barril para comprar una medida, perjudicaría al tabernero probando cosas tan inverosímiles, pero la filosofía no sufriría nada parecido, sino que, aunque bebas muchísimo, el barril no se vuelve menor ni el tabernero será perjudicado; pues el asunto fluye, según el proverbio, al ser vaciado, al contrario que el barril de las Danaides; pues aquel no retenía lo que se echaba, sino que se escapaba al instante, pero de este, si quitas algo, el resto se vuelve mayor.
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Y quiero decirte otra cosa parecida sobre la degustación de la filosofía, y no me consideres blasfemo respecto a ella si digo que se parece a un veneno mortal, como la cicuta o el acónito o cualquier otro de los de ese tipo; pues ni siquiera estos, puesto que son mortales, matarían si alguien, habiendo raspado una cantidad mínima de ellos con la punta de la uña, los probara, sino que, si no es la cantidad que se debe, y cómo y con qué, el que lo toma no moriría; y tú pretendías que lo mínimo bastaba para completar el conocimiento del todo.
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Hermótimo: Que sea esto como quieras, Licino.¿ Qué entonces?¿ Debemos vivir cien años y soportar tantos problemas?¿ O no podríamos filosofar de otra manera? Licino: No, Hermótimo; y no hay nada terrible si decías la verdad al principio, que la vida es corta y el arte largo. Pero ahora no sé qué te pasa que te indignas si no te conviertes en Crisipo, Platón o Pitágoras en un solo día antes de que el sol se ponga. Hermótimo: Me rodeas, Licino, y me arrinconas sin haber sufrido nada terrible por mi parte, por envidia, evidentemente, porque yo progresaba en los estudios y tú te descuidaste siendo de tal edad. Licino:¿ Sabes entonces lo que harás? No me prestes atención como si estuviera poseído por los coribantes, sino déjame desvariar, y tú, como estás, avanza hacia adelante en el camino y termínalo según lo que habías decidido desde el principio sobre esto. Hermótimo: Pero tú no me dejas, siendo violento, elegir algo si no pruebo todo. Licino: Y sin embargo, debes saber bien que nunca diría otra cosa. Pero al llamarme violento, me parece que culpas al propio razonamiento, según el poeta, hasta que otro razonamiento que te ayude te quite la violencia, siendo ya arrastrado; mira, en efecto, que el razonamiento te diría que estas cosas son mucho más violentas; pero tú, dejando a aquel, quizás me culpes a mí. Hermótimo:¿ Cuáles? Pues me asombra si le queda algo por decir.
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Licino: Dice que no es suficiente ver todo y recorrerlo, para poder elegir ya lo mejor, sino que aún falta lo más importante. Hermótimo:¿ Qué es esto? Licino: Una preparación crítica, admirable, y de examen, y una mente aguda y un juicio preciso e imparcial, tal como debe ser el que juzgue sobre asuntos tan importantes, o en vano se habría visto todo. Por tanto, dice que hay que dedicar también a tal cosa un tiempo no pequeño y, habiendo puesto todo sobre la mesa, elegir demorándose, tardando y examinando a menudo, sin respetar ni la edad de cada uno de los que hablan, ni su aspecto o reputación de sabiduría, sino haciéndolo como los areopagitas, que juzgan de noche y en la oscuridad, para que no miren a los que hablan, sino a lo que se dice; y entonces ya te será posible, habiendo elegido con seguridad, filosofar. Hermótimo:¿ Después de la vida, dices? Pues de ninguna de estas cosas la vida de un hombre bastaría para ir a todo y ver cada cosa con precisión y, tras haber visto, juzgar y, tras haber juzgado, elegir y, tras haber elegido, filosofar, pues solo así dices que se encuentra la verdad, y de otra manera no.
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Licino: Pues temo decirte, Hermótimo, que ni siquiera esto es suficiente todavía, sino que aún me parece que nos hemos engañado a nosotros mismos creyendo haber encontrado algo seguro, habiendo encontrado nada, como los pescadores que a menudo, habiendo echado las redes y sintiendo algún peso, sacan esperando haber rodeado muchísimos peces, luego, cuando se cansan tirando, o aparece una piedra o una vasija llena de arena. Mira si no hemos sacado nosotros algo parecido. Hermótimo: No entiendo qué quieren decir tus redes; pues me rodeas con ellas. Licino: Entonces intenta escapar; pues con la ayuda de un dios sabes nadar, si es que alguien más sabe; pues yo, aunque vayamos a probar todos y hagamos esto alguna vez, no creo que ni siquiera esto vaya a estar claro, si alguno de ellos tiene lo que se busca o todos ignoran por igual. Hermótimo:¿ Qué dices?¿ Ninguno de ellos tiene nada en absoluto? Licino: Es incierto.¿ O te parece imposible que todos mientan y que la verdad sea otra cosa no encontrada aún por ninguno de ellos?
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Hermótimo:¿ Cómo es posible? Licino: Así: supongamos que el número verdadero para nosotros es veinte, por ejemplo, alguien que ha tomado veinte habas en la mano, cerrándola, que pregunte a diez personas cuántas son las habas en su mano, y los que conjeturan, uno diga siete, otro cinco, otro treinta, y otro diez o quince, y en general otro otro número; es posible, sin embargo, que por alguna suerte acierten,¿ no es así? Hermótimo: Sí. Licino: No es, sin embargo, imposible que todos digan números distintos, los falsos y que no existen, y que ninguno de ellos diga que el hombre tiene veinte habas.¿ O qué dices? Hermótimo: No es imposible. Licino: De la misma manera, pues, todos los que filosofan buscan qué es la felicidad, y dicen que es una cosa distinta cada uno, uno el placer, otro lo bello, y cuantas otras cosas dicen sobre ella. Es probable, pues, que una de estas sea la felicidad, pero no es inverosímil que sea otra cosa distinta a todas ellas. Y parecemos estar al revés de lo que deberíamos, antes de encontrar el principio, apresurándonos hacia el fin. Debería, creo, haber quedado claro primero que se conoce la verdad y que alguien de los que filosofan la tiene conocida, luego después de esto lo siguiente habría sido buscar a quién hay que creer. Hermótimo: De modo que, Licino, dices esto, que ni siquiera si recorremos toda la filosofía, ni siquiera entonces podremos encontrar la verdad. Licino: No me preguntes a mí, buen hombre, sino al razonamiento mismo de nuevo; y quizás te respondería que todavía no, hasta que sea incierto si es una de estas cosas que ellos dicen.
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Hermótimo: Nunca, pues, a partir de lo que dices, encontraremos ni filosofaremos, sino que tendremos que vivir una vida de profanos abandonando la filosofía. Esto es lo que resulta de lo que dices, que es imposible filosofar e inalcanzable siendo hombre; pues pretendes que el que va a filosofar elija primero la filosofía mejor, y la elección te parecía que solo así podría ser precisa, si tras recorrer toda la filosofía eligiéramos la más verdadera. Luego, calculando el número de años, cuánto es suficiente para cada una, te excedías alargando el asunto a otras generaciones, de modo que la verdad queda fuera de plazo de la vida de cada uno; y al final, incluso esto mismo lo declaras no exento de dudas, diciendo que es incierto si la verdad ha sido encontrada por los filósofos hace tiempo o no. Licino:¿ Y tú cómo, Hermótimo, podrías jurar diciendo que ha sido encontrada por ellos? Hermótimo: Yo no juraría. Licino:¿ Y sin embargo, cuántas otras cosas pasé por alto voluntariamente que también requieren un largo examen?
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Hermótimo:¿ Cuáles? Licino:¿ No oyes a los estoicos, epicúreos o platónicos decir que unos conocen los argumentos de cada uno y otros no, aunque en lo demás son muy dignos de crédito? Hermótimo: Es verdad. Licino:¿ Entonces distinguir a los que saben y diferenciarlos de los que no saben, pero dicen saber, no te parece muy trabajoso? Hermótimo: Y mucho. Licino: Necesitarás, pues, si vas a conocer al mejor de los estoicos, si no ir a todos, al menos ir a la mayoría de ellos y probar y elegir al mejor maestro, habiéndote ejercitado antes y habiendo adquirido una capacidad crítica para tales cosas, para que no se te escape el peor siendo elegido. Y tú mira también para esto cuánto tiempo se necesita, que omití voluntariamente temiendo que te indignaras, aunque lo más importante y a la vez más necesario en tales cosas, digo en las inciertas y ambiguas, es esto, creo; y solo esta esperanza te es fiel y segura para la verdad y su hallazgo, y ninguna otra existe para ti que la de poder juzgar y separar de las verdaderas las falsas, y según los expertos en plata, distinguir lo que es legítimo y no adulterado de lo que es falsificado, y si alguna vez, habiendo adquirido tal capacidad y arte, fueras al examen de lo que se dice; si no, sabe bien que nada te impedirá ser arrastrado de la nariz por cada uno o seguir a un brote mostrado como las ovejas, o más bien serás como el agua de la mesa, hacia cualquier parte que alguien te arrastre siendo llevado con la punta del dedo, o por Zeus, como una caña que crece en la orilla del río y se dobla ante todo lo que sopla, incluso si una pequeña brisa que sopla la agita.
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Licino: Pues si encontraras algún maestro que, conociendo algún arte sobre la demostración y la distinción de las cosas en disputa, te enseñara, dejarías de tener problemas; pues al instante te parecerá lo mejor y la verdad, sometida a este arte demostrativo, y la falsedad será refutada, y tú, habiendo elegido y juzgado con seguridad, filosofarás y, habiendo obtenido la tan deseada felicidad, vivirás con ella teniendo todos los bienes en conjunto. Hermótimo: Bien, Licino; pues dices cosas mucho mejores y que contienen una esperanza no pequeña, y hay que buscar, al parecer, a un hombre tal, que nos haga capaces de distinguir y discernir y, lo más importante, de demostrar; pues lo que sigue es ya fácil y sin problemas y no requiere mucha dedicación. Y yo ya te estoy agradecido por habernos encontrado este camino corto y el mejor. Licino: Y sin embargo, todavía no deberías estarme agradecido con razón; pues no te he mostrado nada encontrado, como para hacerte estar más cerca de la esperanza, sino que hemos quedado mucho más lejos de lo que estábamos antes y, según los que usan proverbios, tras haber trabajado mucho, estamos igual. Hermótimo:¿ Cómo dices eso? Pues parece que vas a decir algo muy doloroso y sin esperanza.
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Que, amigo, aunque encontremos a alguien que prometa conocer la demostración y enseñársela a otro, no le creeremos al instante, creo, sino que buscaremos a alguien capaz de juzgar si el hombre dice la verdad; y aunque tengamos abundancia de este, nos sigue siendo incierto si este experto sabe distinguir al que juzga correctamente o no, y para este mismo, de nuevo, se necesita otro experto, creo. Pues,¿ de dónde podríamos saber distinguir al que es capaz de juzgar mejor?¿ Ves hacia dónde apunta esto y cómo se vuelve infinito, sin poder detenerse ni ser captado nunca? Puesto que también las demostraciones mismas, cuantas es posible encontrar, las verás disputadas y sin tener nada seguro; pues la mayoría de ellas se esfuerzan por convencernos de que sabemos a través de otras cosas disputadas, y las que unen las cosas más oscuras a las más evidentes, aunque no tengan nada en común con ellas, afirman sin embargo que son sus demostraciones, como si alguien creyera demostrar que hay dioses porque se ven sus altares. De modo que, Hermótimo, no sé cómo, al igual que los que corren en círculo, hemos vuelto al mismo principio y perplejidad.
71
Hermótimo,¡ qué me has hecho, Licino! Me has revelado que mi tesoro no era más que carbón, y, al parecer, he perdido tantos años y tanto esfuerzo. Licino: Pero, Hermótimo, te sentirás mucho menos afligido si comprendes que no eres el único que se queda fuera de los bienes esperados, sino que todos, por así decirlo, los que se dedican a la filosofía luchan por la sombra de un asno.¿ Quién podría, en efecto, recorrer todo lo que dije? Algo que tú mismo admites que es imposible. Ahora me parece que haces lo mismo que alguien que llorara y culpara a la fortuna por no poder subir al cielo, o por no poder sumergirse en el fondo del mar y emerger de Sicilia en Chipre, o por no poder elevarse como un pájaro y llegar de Grecia a la India en un solo día. La causa de su dolor es que esperaba, supongo, haber tenido un sueño así o habérselo imaginado él mismo, sin examinar antes si lo que desea es alcanzable y conforme a la naturaleza humana. Y así, a ti también, amigo mío, el discurso te ha despertado de tu sueño, al pincharte mientras soñabas cosas muchas y maravillosas; y luego te enfadas con él, apenas abriendo los ojos y sin poder sacudirte fácilmente el sueño por el placer de lo que veías. Esto mismo les sucede a quienes se forjan una felicidad vacía, mientras se imaginan ricos, desenterrando tesoros, reinando y disfrutando de otras felicidades— cosas que esa diosa, la Esperanza, fabrica con facilidad, siendo generosa y sin contradecir nada, incluso si alguien quiere ser un pájaro, o de tamaño colosal, o encontrar montañas enteras de oro—. Por tanto, si mientras están absortos en estos pensamientos se les acerca un criado y les pregunta algo necesario, como de dónde comprar pan o qué responder al cobrador que lleva mucho tiempo esperando el alquiler, se indignan tanto como si el que pregunta y molesta les hubiera arrebatado todos aquellos bienes, y poco falta para que le arranquen la nariz al criado.
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Pero tú, amigo mío, no me hagas eso a mí, si, siendo tu amigo, no te permití pasar toda la vida desenterrando tesoros, volando, concibiendo ideas extraordinarias y esperando esperanzas inalcanzables, viviendo en un sueño, quizás dulce, pero un sueño al fin y al cabo, y al despertarte te pido que hagas algo de lo necesario y que te acompañe por el resto de tu vida pensando en estas cosas comunes; pues lo que hacías y planeabas hasta ahora no se diferencia en nada de los hipocentauros, quimeras, gorgonas y todo lo demás que los sueños, los poetas y los pintores, al ser libres, inventan, cosas que nunca han existido ni pueden existir. Y, sin embargo, la mayoría de la gente cree en ellas y se siente hechizada al ver o escuchar tales cosas por ser extrañas y monstruosas.
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Y tú, al escuchar a algún fabulador decir que existe una mujer de belleza sobrenatural, superior a las mismas Gracias o a Urania, sin examinar antes si dice la verdad y si esa persona existe en algún lugar de la tierra, te enamoraste de inmediato, tal como dicen que Medea se enamoró de Jasón a partir de un sueño. Lo que más te arrastró al amor, y a los demás que aman la misma imagen que tú, fue, según me parece, el hecho de que aquel que hablaba de la mujer, una vez que se le creyó al principio que decía la verdad, añadía cosas coherentes; pues solo en eso se fijaban, y por eso los llevaba de la nariz, una vez que le dieron el primer asidero, y los conducía hacia la amada por el camino recto que él decía; pues, supongo, lo que sigue es fácil y ninguno de ustedes, volviendo la vista a la entrada, examinaba si era verdad y si no se había colado por donde no debía, sino que seguían las huellas de los que iban delante, como las ovejas al pastor, cuando debían haber examinado en la entrada y desde el principio si realmente había que entrar.
74
Lo que digo lo entenderías más claramente si consideraras algo similar: si uno de esos poetas audaces dijera que alguna vez existió un hombre de tres cabezas y seis brazos, si al principio aceptas esto sin más, sin examinar si es posible, sino creyéndolo, inmediatamente añadiría de forma coherente el resto: que el mismo tenía seis ojos, seis oídos, emitía tres voces a la vez, comía por tres bocas y tenía treinta dedos, no como cada uno de nosotros diez en ambas manos, y que cada una de las tres manos sostenía un escudo pequeño, un escudo de mimbre o un escudo grande, y que una bajaba un hacha, otra lanzaba una lanza y la otra usaba la espada.¿ Y quién podría ya desconfiar de alguien que dice esto? Pues es coherente con el principio, sobre el cual debías haber examinado de inmediato si era aceptable y si se podía admitir que fuera así. Pero si una vez concedes eso, lo demás fluye y nunca se detendrá, y desconfiar de ello ya no es fácil, puesto que es coherente y similar al principio concedido, que es lo que les sucede a ustedes; pues, por amor y entusiasmo, sin examinar cómo están las cosas en cada entrada, avanzan arrastrados por la coherencia, sin darse cuenta de si podría haber algo coherente con ello que sea falso, como si alguien dijera que dos veces cinco son siete y tú le creyeras sin contar por ti mismo, él añadirá, por supuesto, que cuatro veces cinco son catorce, y así hasta donde quiera, como hace la maravillosa geometría; pues también ella, al pedir al principio unos postulados extraños y exigir que se le concedan cosas que ni siquiera pueden existir, como puntos sin partes, líneas sin anchura y cosas así, construye sobre estos cimientos podridos tales cosas y pretende decir la verdad en la demostración partiendo de un principio falso.
75
De la misma manera, ustedes, al conceder los principios de cada elección, creen en lo que sigue y consideran que la coherencia es una prueba de su verdad, cuando en realidad es falsa; luego, algunos de ustedes mueren en sus esperanzas antes de ver la verdad y condenar a aquellos que los engañaron, y otros, incluso si se dan cuenta de que han sido engañados, ya muy tarde, cuando se han hecho viejos, dudan en dar marcha atrás por vergüenza, si tienen que confesar, siendo tan mayores, que no entendían cosas de niños; de modo que persisten en lo mismo por vergüenza, elogian lo presente y animan a todos los que pueden a hacer lo mismo, para no ser los únicos engañados, sino tener como consuelo que muchos otros han sufrido lo mismo que ellos; pues, además, ven que si dicen la verdad, ya no parecerán venerables como ahora ni superiores a la mayoría, ni serán honrados de la misma manera. Por tanto, no dirían voluntariamente lo que saben, temiendo parecer iguales a los demás tras haber caído de su posición. Pero encontrarías a muy pocos que, por valentía, se atrevan a decir que han sido engañados e intenten disuadir a los demás de lo mismo. Si encontraras a alguien así, llámalo amante de la verdad, honesto, justo y, si quieres, filósofo; pues no le envidiaría solo a él el nombre; los demás o no saben nada verdadero creyendo saberlo, o, sabiéndolo, lo ocultan por cobardía, vergüenza y por querer ser preferidos.
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Sin embargo, por Atenea, dejemos todo lo que he dicho aquí mismo y que sea olvidado, como lo que ocurrió antes del arcontado de Euclides, y, suponiendo que esta filosofía de los estoicos sea la correcta y ninguna otra, veamos si es alcanzable y posible, o si trabajan en vano todos los que aspiran a ella; pues escucho promesas maravillosas sobre cuán felices serán los que lleguen a la cima; pues solo ellos, al haberlo abarcado todo, poseerán los bienes que realmente lo son. Después de esto, tú sabrías mejor si has conocido a algún estoico así, un estoico de los de la cima, alguien que no se aflija, ni sea arrastrado por el placer, ni se enfade, que sea superior a la envidia, que desprecie la riqueza y que, en general, sea feliz, tal como debe ser el canon y la regla de la vida según la virtud— pues el que carece incluso de lo más mínimo es imperfecto, aunque tenga todo lo demás—; y si no es así, todavía no es feliz.
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Hermótimo: No he visto a nadie así. Licino: Bien hecho, Hermótimo, por no mentir voluntariamente.¿ En qué te fijas entonces para filosofar, cuando ves que ni tu maestro, ni el suyo, ni el anterior a él, ni aunque los remontes a diez generaciones, ninguno de ellos ha llegado a ser sabio con precisión y, por tanto, feliz? Pues tampoco podrías decir correctamente que basta con estar cerca de la felicidad, ya que no sirve de nada; pues, de igual modo, está fuera del camino y a la intemperie tanto el que está parado fuera junto a la puerta como el que está lejos, y solo se diferenciarían en que este último se afligirá más al ver de cerca de lo que está privado. Entonces, para estar cerca de la felicidad— pues te concederé esto—,¿ te esfuerzas tanto consumiéndote, y ha pasado tu vida, tan larga, en el desánimo, el esfuerzo y el insomnio, con la mirada baja?¿ Y volverás a esforzarte, como dices, otros veinte años al menos, para que, al llegar a los ochenta— si es que alguien te garantiza que vivirás tanto—, sigas estando entre los que aún no son felices? A menos que creas que solo tú alcanzarás esto y conseguirás, persiguiéndolo, lo que antes de ti muchos hombres buenos y mucho más rápidos, persiguiéndolo, no alcanzaron.
78
Pero alcánzalo, si te parece, y tenlo todo abarcado; en primer lugar, no veo qué podría ser el bien, como para parecer digno de tantos esfuerzos. Después,¿ por cuánto tiempo más disfrutarás de él, siendo ya viejo, estando fuera de tiempo para todo placer y teniendo, como dicen, el otro pie en la tumba? A menos que te estés ejercitando para otra vida, noble amigo, para que al llegar a ella pases el tiempo mejor, sabiendo cómo se debe vivir, igual que si alguien se preparara y dispusiera tanto para cenar mejor, hasta que sin darse cuenta muriera de hambre.
79
Licino: Pero es que ni siquiera has comprendido eso, supongo, que la virtud está, por supuesto, en las acciones, como en hacer cosas justas, sabias y valientes, mientras que ustedes— y cuando digo ustedes, me refiero a los que están en la cima de los que filosofan—, dejando de buscar y hacer esto, se dedican a estudiar palabritas miserables, silogismos, aporías, y pasan la mayor parte de la vida en esto, y quien vence en ellas les parece un vencedor glorioso; de donde, supongo, admiran también a este maestro, un hombre anciano, porque pone en apuros a quienes conversan con él y sabe cómo preguntar, sofismar, actuar con astucia y poner en situaciones sin salida, y, dejando de lado el fruto— que consistía en las acciones—, se ocupan de la corteza, derramando hojas unos sobre otros en las conversaciones.¿ O es que hacen otras cosas, Hermótimo, desde la mañana hasta la noche? Hermótimo: No, sino esto. Licino:¿ Entonces no diría alguien correctamente que ustedes cazan la sombra dejando de lado el cuerpo, o que, descuidando la piel de la serpiente, se ocupan de su rastro, o mejor aún, que hacen lo mismo que si alguien, tras verter agua en un mortero, la machacara con un mazo de hierro creyendo hacer algo necesario y útil, sin saber que, aunque se rompa los hombros machacando, como dicen, el agua sigue siendo agua?
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Y permíteme preguntarte ya aquí si querrías que, fuera de los discursos, las demás cosas se parecieran al maestro, siendo tan irascible, tan tacaño, tan contencioso y, por Zeus, tan amante de los placeres, aunque a la mayoría no les parezca.¿ Por qué callas, Hermótimo?¿ Quieres que te cuente lo que escuché hace poco sobre un hombre muy anciano que hablaba de filosofía, al que muchísimos jóvenes acuden por su sabiduría? Pues, al exigir el pago a uno de sus discípulos, se indignaba, diciendo que el plazo de la deuda había vencido y estaba fuera de tiempo, la cual debía haber pagado hace dieciséis días, en el día de la luna nueva y vieja; pues así lo habían acordado.
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Y como se indignaba por esto, el tío del joven, que estaba presente, un hombre rústico y profano en comparación con sus asuntos, dijo:« Detente, admirable señor, diciendo que has sido gravemente injuriado si, habiendo comprado palabritas de ti, aún no hemos pagado el interés. Sin embargo, lo que nos has vendido, lo tienes todavía tú mismo y no te ha quedado menos de tus enseñanzas; pero lo otro, por lo que desde el principio te confié al joven, él no ha mejorado nada gracias a ti, pues, habiendo arrebatado a la hija de mi vecino Equécrates, siendo virgen, la corrompió y poco faltó para que fuera juzgado por violencia, si yo no hubiera comprado la falta por un talento al pobre Equécrates; y hace poco abofeteó a su madre porque ella lo agarró cuando sacaba el cántaro de debajo de su manto, para tener, supongo, con qué pagar su parte. Pues en cuanto a ira, furia, desvergüenza, audacia y mentira, era mucho mejor el año pasado que ahora; aunque hubiera preferido que él hubiera mejorado en esto gracias a ti, más que saber aquellas cosas que cada día nos cuenta a nosotros, que no las necesitamos, durante la cena, como que un cocodrilo arrebató a un niño y prometió devolverlo si el padre respondía no sé qué, o que es necesario que, siendo de día, no sea de noche; a veces, el noble señor nos hace crecer cuernos, no sé cómo, enredando el discurso. Nosotros nos reímos de esto, y especialmente cuando, tapándose los oídos, practica consigo mismo disposiciones, estados, aprehensiones, fantasías y repasa muchos nombres como esos. Y le oímos decir que incluso el dios no está en el cielo, sino que ha penetrado a través de todo, como maderas, piedras y animales, hasta los más viles; y cuando su madre le pregunta qué son esas tonterías, riéndose de ella, dijo:« Pero si aprendo a fondo esta tontería, nada me impedirá ser el único rico, el único rey, y que los demás sean considerados esclavos y escoria en comparación conmigo».
82
Al decir el hombre tales cosas, mira qué respuesta dio el filósofo, Hermótimo,¡ qué propia de un anciano!; pues dijo:« Pero si no me frecuentara,¿ no crees que lo habría convertido en algo mucho peor, o incluso, por Zeus, quizás entregado al verdugo? Pues ahora, al menos, la filosofía y el respeto hacia ella le han puesto un freno, y por eso es más moderado y soportable para ustedes; pues le causa cierta vergüenza si parece indigno de la figura y del nombre, que son los que, al acompañarlo, lo educan. Así que sería justo que, aunque no los haya hecho mejores, recibiera de ustedes un pago, al menos por aquellas cosas que no ha hecho por respeto a la filosofía; pues también las nodrizas dicen tales cosas sobre los niños, que deben ir a la escuela; pues aunque todavía no puedan aprender nada bueno, al menos no harán nada malo mientras estén allí. Yo, por mi parte, creo haber cumplido con todo lo demás, y a quien quieras de los que conocen nuestros asuntos, tráemelo mañana y verás cómo pregunta, cómo responde, cuánto ha aprendido y cuántos libros ha leído ya sobre axiomas, silogismos, aprehensión, deberes y otras cosas variadas. Pero si golpeaba a su madre o arrebataba vírgenes,¿ qué tiene eso que ver conmigo? Pues no me lo pusieron como pedagogo».
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Licino: Tales cosas decía un anciano sobre la filosofía.¿ Y tú mismo dirías, Hermótimo, que es suficiente, para que filosofemos, el no hacer nada de las cosas más viles?¿ O es que desde el principio considerábamos filosofar con otras esperanzas, no para ser más decentes que los profanos al caminar por ahí?¿ Por qué no respondes también a esto? Hermótimo:¿ Qué otra cosa sino que poco falta para que llore? Hasta tal punto me ha llegado el discurso, siendo verdadero, y me lamento de cuánto tiempo miserable he gastado y, además, pagando no pocos honorarios a cambio de los esfuerzos; pues ahora, como despertando de una borrachera, veo qué clase de cosas son las que amaba y cuánto he sufrido por ellas.
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Y¿ qué necesidad hay de lágrimas, buen hombre? Pues aquel cuento es muy sensato, supongo, el que contaba Esopo; pues decía que un hombre sentado en la orilla contaba las olas, y al equivocarse, se afligía y se angustiaba, hasta que la zorra, acercándose, le dijo:«¿ Por qué, noble amigo, te afliges por lo pasado, cuando deberías haber empezado a contar desde aquí, descuidando aquello?». Y tú, por tanto, ya que así te parece, harías mejor en el futuro en pretender vivir una vida común a todos y convivir con la mayoría sin esperar nada extraño ni presuntuoso, y no te avergüences, si tienes buen juicio, de que un anciano vuelva a aprender y se pase a lo mejor.
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Todo esto, amigo mío, cuanto he dicho, no creas que lo he dicho preparado contra la Estoa o habiendo asumido una enemistad especial contra los estoicos, sino que el discurso es común contra todos; pues habría dicho lo mismo a ti si hubieras elegido las doctrinas de Platón o Aristóteles, habiendo condenado a las otras sin juicio. Pero ahora, como has preferido las de los estoicos, el discurso pareció dirigirse contra la Estoa, sin tener nada especial contra ella.
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Dices bien; me voy, pues, a esto mismo, para cambiar incluso la figura. Verás, pues, en poco tiempo, ni una barba espesa y larga como ahora, ni una dieta restringida, sino todo relajado y libre; quizás incluso me ponga una túnica de púrpura, para que todos vean que ya no participo de aquellas tonterías. Pues ojalá fuera posible vomitar todo aquello que escuché de ellos, y sabe bien que no habría dudado en beber eléboro por ello, al revés que Crisipo, para no entender nada más de lo que dicen. A ti, sin embargo, te debo un gran agradecimiento, Licino, porque, mientras era arrastrado por un torrente turbio y áspero, entregándome y fluyendo con el agua, me sacaste, apareciendo, como dicen los trágicos, como un dios desde la máquina. Y me parece que no sería irracional incluso raparme la cabeza como los que se salvan de los naufragios, libres, ya que hoy voy a traer la salvación, habiéndome sacudido tal niebla de los ojos. Y si en el futuro, incluso contra mi voluntad, me encuentro con un filósofo caminando por el camino, lo esquivaré y lo rodearé como a los perros rabiosos.

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