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Original / primary: Spanish Gemini
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Menipo: Pues bien, tres mil estadios había desde la tierra hasta la luna, nuestra primera escala; desde allí, hasta el sol, unos quinientos parasangas; y el ascenso desde este punto hasta el cielo mismo y la acrópolis de Zeus podría realizarse en un solo día con un águila veloz. Compañero:¿ A qué viene, Menipo, que te pongas a hacer astronomía y a medir distancias en silencio? Hace tiempo que te escucho y te sigo mientras vas soltando esas cosas tan pesadas de estaciones y parasangas. Menipo: No te sorprendas, compañero, si te parece que hablo de cosas elevadas y aéreas; es que estoy repasando para mis adentros el resumen de mi reciente viaje. Compañero:¿ Entonces, buen hombre, calculabas tu ruta por las estrellas, como los fenicios? Menipo:¡ Por Zeus que no!, sino que realizaba mi viaje entre las estrellas mismas. Compañero:¡ Por Heracles!, hablas de un sueño bien largo, si es que te quedaste dormido y recorriste parasangas enteros sin darte cuenta.
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Menipo:¿ Un sueño, amigo, te parece que te cuento, yo que acabo de llegar de junto a Zeus? Compañero:¿ Cómo has dicho? Menipo:¿ Acaso ha caído un enviado del cielo entre nosotros? Menipo: Pues sí, vengo hoy mismo de parte de ese gran Zeus tras haber visto y oído cosas maravillosas; y si no me crees, me alegro precisamente de esto, de tener la suerte de que me ocurra algo que supera toda creencia. Compañero:¿ Y cómo podría yo, oh divino y olímpico Menipo, siendo un mortal nacido en la tierra, desconfiar de un hombre que ha estado por encima de las nubes y que, por decirlo con Homero, es uno de los celestiales? Pero cuéntame, si te parece bien, de qué manera te elevaste y de dónde sacaste una escalera de tal magnitud; pues, por tu aspecto, no te pareces mucho a aquel frigio, como para que supongamos que también tú fuiste arrebatado por el águila para servir el vino. Menipo: Se ve a las claras que llevas tiempo burlándote, y no es de extrañar que lo insólito de mi relato te parezca un cuento. Pero no necesité ni escalera para el ascenso ni convertirme en el favorito del águila; mis alas eran propias. Compañero: Con esto ya has superado a Dédalo, si es que, además de todo lo demás, se te había olvidado decirnos que te habías convertido de hombre en halcón o grajo. Menipo: Has acertado, compañero, y tu conjetura no va desencaminada; pues ese artificio dédalo de las alas lo ideé yo mismo.
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Compañero: Entonces, el más audaz de todos,¿ no temías caer al mar y que nos dejaras un mar Menipeo, igual que el Icario, con tu propio nombre? Menipo: De ninguna manera; Ícaro, como tenía el plumaje ajustado con cera, en cuanto se acercó al sol, esta se derritió y, al perder las plumas, cayó como era lógico; pero mis alas rápidas no tenían cera. Compañero:¿ Qué dices? Pues ya no sé cómo, pero poco a poco me vas atrayendo hacia la verdad de tu relato. Menipo: Pues de esta manera: capturé un águila de gran tamaño y también un buitre de los más fuertes, y les corté las alas junto con los brazos... o mejor dicho, si tienes tiempo, te contaré todo el plan desde el principio. Compañero: Por supuesto; pues estoy en vilo por tus palabras y ya estoy boquiabierto esperando el final de tu relato; no me dejes, por el dios de la amistad, colgado de las orejas en algún punto de la historia.
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Menipo: Escucha entonces; pues no es nada elegante dejar a un amigo con la boca abierta, y más aún, como tú dices, colgado de las orejas. Pues bien, en cuanto me puse a examinar los asuntos de la vida, encontré que todas las cosas humanas eran ridículas, humildes e inestables— me refiero a las riquezas, los cargos y los poderes—, así que, despreciándolos y considerando que el afán por ellos era un obstáculo para las cosas verdaderamente importantes, intenté alzar la vista y contemplar el todo; y ahí fue donde me surgió una gran perplejidad, primero con este mismo mundo que los sabios llaman cosmos; pues no podía encontrar ni cómo se originó, ni quién fue su creador, ni cuál es su principio ni su fin. Después, al examinarlo parte por parte, me vi obligado a sentirme mucho más perplejo; pues veía las estrellas esparcidas por el cielo al azar y ansiaba saber qué era realmente el sol; pero, sobre todo, lo que ocurría con la luna me parecía extraño y absolutamente paradójico, y consideraba que la variedad de sus formas debía tener alguna causa secreta. Sin embargo, también el rayo que cruzaba, el trueno que estallaba y la lluvia, la nieve o el granizo que caían, todo eso era difícil de conjeturar e imposible de deducir.
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Menipo: Así pues, como me encontraba en tal estado, supuse que lo mejor era aprender cada una de estas cosas de estos filósofos; pues pensaba que ellos sí podrían decir toda la verdad. Tras elegir a los mejores de entre ellos, según se podía deducir por la severidad de su rostro, la palidez de su tez y la espesura de su barba— pues me parecieron hombres muy altisonantes y conocedores del cielo—, me puse en sus manos y, tras pagar una buena suma de dinero al contado y acordar pagar el resto al final de mi sabiduría, les pedí que me enseñaran a charlar sobre las alturas y a comprender la disposición del universo. Pero ellos estuvieron tan lejos de liberarme de aquella antigua ignorancia que me sumieron en mayores perplejidades, vertiendo sobre mí cada día principios, fines, átomos, vacíos, materias, ideas y cosas por el estilo. Y lo que me parecía más difícil de todo, al menos para mí, era que, como no decían nada coherente entre sí, sino que todo era contradictorio y opuesto, aun así pretendían que les creyera e intentaban que cada uno me atrajera a su propio discurso. Compañero: Es extraño lo que dices, si siendo sabios esos hombres se enfrentaban entre sí por sus discursos y no opinaban lo mismo sobre las mismas cosas.
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Y, sin embargo, compañero, te reirás al escuchar su arrogancia y la monstruosidad de sus discursos, pues, en primer lugar, caminando sobre la tierra y sin aventajar en nada a nosotros, los que vamos por el suelo, ni siquiera viendo con más agudeza que el vecino— algunos incluso con la vista nublada por la vejez o la pereza—, aun así afirmaban ver los confines del cielo, medían el sol, se paseaban por encima de la luna y, como si hubieran caído de las estrellas, describían sus tamaños, y a menudo, si se daba el caso, sin saber siquiera con exactitud cuántos estadios hay de Mégara a Atenas, se atrevían a decir cuántos codos de magnitud tenía el espacio entre la luna y el sol, midiendo las alturas del aire, las profundidades del mar y las circunferencias de la tierra, y además trazando círculos y configurando triángulos sobre cuadrados y esferas variadas, midiendo, supuestamente, el cielo mismo.
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Después,¿ cómo no es también insensato y absolutamente vanidoso por su parte que, al hablar de cosas tan inciertas, no las expongan como conjeturas, sino que se excedan y no dejen margen alguno a los demás, casi jurando que el sol es una masa de metal incandescente, que la luna está habitada y que las estrellas beben agua del sol, que extrae la humedad del mar como con una polea y la distribuye a todas ellas por turno?
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Menipo: Pues la magnitud de la contradicción de sus discursos es fácil de comprender. Y observa, por Zeus, si sus doctrinas son vecinas y no están separadas por un abismo; en primer lugar, su opinión sobre el cosmos es diferente, ya que a unos les parece que es ingénito e indestructible, mientras que otros se atrevieron a hablar de su creador y del modo de su construcción; a estos últimos era a quienes más admiraba, al poner a un dios artesano al frente del universo, pero sin añadir ni de dónde venía ni dónde estaba parado mientras fabricaba cada cosa, aunque, antes de la creación del todo, es imposible concebir ni tiempo ni lugar. Compañero: Dices que son hombres muy audaces y hacedores de maravillas, Menipo. Menipo:¿ Y qué dirías si escucharas, admirable amigo, lo que exponen sobre las ideas y los seres incorpóreos, o sus discursos sobre lo finito y lo infinito? Pues también esta es una batalla juvenil para ellos, ya que unos describen el todo como limitado, mientras que otros suponen que es ilimitado; no obstante, también afirmaban que los mundos son muchísimos y condenaban a los que hablaban como si solo hubiera uno. Y otro hombre, nada pacífico, opinaba que la guerra era el padre de todas las cosas.
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Pues,¿ qué decir de los dioses? Cuando para unos el dios era un número, mientras que otros juraban por gansos, perros y plátanos. Y unos, tras expulsar a todos los demás dioses, atribuían el gobierno del universo a uno solo, de modo que hasta me molestaba escuchar tanta perplejidad sobre los dioses; otros, por el contrario, prodigándose, los declaraban muchos y, dividiéndolos, llamaban a uno el primer dios, mientras que a otros les asignaban el segundo y tercer lugar de la divinidad; además, unos consideraban que lo divino era algo incorpóreo y sin forma, mientras que otros lo concebían como si fuera un cuerpo. Luego, tampoco a todos les parecía que los dioses se preocuparan de nuestros asuntos, sino que había algunos que los eximían de todo cuidado, tal como nosotros solemos liberar de las funciones públicas a los que han superado la edad; pues no los presentan de otra forma que como si fueran los guardaespaldas de las comedias. Algunos, yendo más allá de todo esto, ni siquiera creían que existieran dioses, sino que dejaban que el mundo se moviera sin dueño y sin guía.
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Menipo: Por tanto, al escuchar esto, no me atrevía a desconfiar de hombres tan altisonantes y de tan hermosas barbas; sin embargo, no encontraba hacia dónde volverme en sus discursos para hallar algo irreprochable y que no fuera refutado por el otro. De modo que sufría exactamente aquel dicho homérico: muchas veces me habría lanzado a creer a uno de ellos, pero otro impulso me retenía. Ante todo esto, desesperado, perdí la esperanza de escuchar algo verdadero sobre estos temas en la tierra, y pensé que la única liberación de toda mi perplejidad sería si yo mismo, alado de alguna manera, subiera al cielo. De esto me daba esperanza, sobre todo, mi deseo y el fabulador Esopo, que presenta el cielo como transitable para águilas y escarabajos, a veces incluso para camellos. Por mi parte, me parecía imposible por ningún medio que me crecieran alas; pero si me ponía las de un buitre o un águila— pues solo estas podrían bastar para la magnitud de un cuerpo humano—, tal vez la prueba me saldría bien. Y así, tras capturar las aves, corté con mucho cuidado el ala derecha de una y la otra del buitre; luego, tras atarlas y ajustarlas a mis hombros con correas resistentes y preparar unos agarres para las manos en los extremos de las alas rápidas, intenté primero saltar, ayudándome con las manos y elevándome todavía a ras de suelo como los gansos, y caminando de puntillas a la vez que volaba; y cuando la cosa me obedeció, emprendí la prueba con más audacia, y subiendo a la acrópolis me lancé por el precipicio hacia el teatro mismo.
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Menipo: Y como volé sin peligro, ya pensaba en cosas elevadas y, despegando desde el Parnés o desde el Himeto, volé hasta Geranea, luego desde allí hacia el Acrocorinto, después por encima de Foloe y Erimanto hasta el Taigeto. Y así, una vez que mi audacia estuvo ejercitada y me hice un volador perfecto y de altura, ya no pensaba en cosas de polluelos, sino que, subiendo al Olimpo y habiendo comido lo más ligero posible, me dirigí directamente al cielo, al principio mareado por la profundidad, pero después soporté esto también con facilidad. Y cuando ya estuve sobre la luna misma, tras haber dejado atrás las nubes, sentí que me cansaba, y sobre todo en el ala izquierda, la del buitre. Así que, acercándome y posándome sobre ella, descansaba mirando desde arriba hacia la tierra, tal como aquel Zeus de Homero, que unas veces contempla a los tracios jinetes, otras a los misios, y al poco tiempo, si le place, a Grecia, Persia y la India. De todo lo cual me llenaba de una placer variado. Compañero: Entonces, Menipo, cuéntanos también esto, para que no nos perdamos ni un detalle del viaje, y si has visto algo de paso, que también lo sepamos; pues yo espero escuchar no pocas cosas sobre la forma de la tierra y todo lo que hay en ella, tal como te parecía al observarla desde arriba. Menipo: Y con razón, compañero, lo conjeturas; por eso, sube conmigo a la luna en el relato y viaja y observa conmigo toda la disposición de las cosas en la tierra.
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Menipo: Y, en primer lugar, me pareció ver la tierra muy pequeña, mucho más corta que la luna, de modo que, de repente, al mirar hacia abajo, me preguntaba dónde estarían montañas tan grandes y un mar tan inmenso; y si no hubiera visto el coloso de los rodios y la torre de Faros, ten por seguro que la tierra me habría pasado totalmente desapercibida. Pero ahora, al ser estos altos y sobresalir, y el Océano brillando suavemente bajo el sol, me indicaban que lo que veía era la tierra. Y una vez que fijé la vista con atención, toda la vida de los hombres se veía ya, no solo por naciones y ciudades, sino también claramente los que navegaban, los que guerreaban, los que cultivaban, los que litigaban, las mujeres, las fieras y, en suma, todo lo que alimenta la tierra dadora de vida. Compañero: Dices cosas totalmente increíbles y contradictorias entre sí; pues tú, que hace un momento, Menipo, buscabas la tierra reducida a poco por la distancia intermedia, y que si el coloso no te lo hubiera indicado, tal vez habrías pensado que veías otra cosa,¿ cómo ahora, convertido de repente en un Lince, distingues todo lo que hay en la tierra, a los hombres, las fieras, y casi hasta los nidos de los mosquitos?
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Menipo: Bien me lo has recordado; pues lo que más debía decir, no sé cómo lo omití. Pues cuando reconocí la tierra al verla, pero no era capaz de distinguir lo demás por la profundidad, ya que la vista no alcanzaba, el asunto me molestaba mucho y me causaba gran perplejidad. Y estando yo abatido y casi a punto de llorar, se me aparece por detrás el sabio Empédocles, un hombre con aspecto de carbón, lleno de ceniza y chamuscado; y yo, en cuanto lo vi— pues hay que decirlo—, me asusté y pensé que veía a un demonio lunar; pero él dijo:« Ánimo, Menipo, no soy ningún dios,¿ por qué me comparas con los inmortales? Soy ese físico Empédocles; pues cuando me arrojé a los cráteres, el humo del Etna me arrebató y me trajo aquí, y ahora vivo en la luna, caminando por el aire la mayor parte del tiempo y alimentándome de rocío. Vengo, pues, a liberarte de la perplejidad actual; pues te molesta, supongo, y te atormenta no ver claramente las cosas de la tierra».« Bien has hecho— dije yo—, excelente Empédocles, y en cuanto aterrice de nuevo en Grecia, me acordaré de hacerte libaciones en la chimenea y, en las lunas nuevas, de rezarte tres veces mirando a la luna».« Pero, por Endimión— dijo él—, no he venido por el salario, sino que me ha afectado el alma verte afligido. Pero,¿ sabes qué debes hacer para volverte de vista aguda?»
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Menipo:«¡ Por Zeus que no!— dije yo—, a menos que tú me quites de alguna manera la niebla de los ojos; pues ahora me parece que tengo legañas más de la cuenta».« Pues no necesitarás nada de mí— dijo él—; pues ya vienes de la tierra con la agudeza visual».«¿ Qué es entonces esto? Pues no lo sé», dije.«¿ No sabes— dijo él— que llevas puesta el ala derecha de un águila?».« Ciertamente— dije yo—;¿ qué tiene que ver el ala con el ojo?».« Que— dijo él— el águila es, con mucho, el más agudo de vista de todos los animales, de modo que es el único que mira de frente al sol, y este es el águila auténtica y real, si mira sin parpadear hacia los rayos».« Eso dicen— dije yo—, y ya me arrepiento de que, al subir aquí, no me puse los ojos del águila tras quitarme los míos; pues ahora he llegado medio incompleto y no equipado de forma real, sino que me parezco a esos bastardos y desheredados».« Pues tienes a mano— dijo él— tener el otro ojo real de inmediato; pues si quieres, levantándote un poco y conteniendo el ala del buitre para aletear solo con la otra, serás de vista aguda con el ojo derecho, según la proporción del ala; pero el otro, no hay forma de que no vea más borroso, al ser de la parte peor».« Basta— dije yo—, con que el derecho solo vea como un águila; pues nada saldría peor, ya que también me parece haber visto a menudo a los carpinteros enderezar las maderas mejor con uno de los ojos hacia las reglas». Tras decir esto, hacía a la vez lo ordenado por Empédocles; y él, alejándose poco a poco, se disolvía suavemente en humo.
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Y en cuanto aleteé, de inmediato una luz inmensa me rodeó y todo lo que antes estaba oculto se hizo visible; al mirar hacia abajo a la tierra, veía claramente las ciudades, los hombres, lo que sucedía, y no solo lo que estaba al aire libre, sino también lo que hacían en casa creyendo que no se les veía: a Ptolomeo con su hermana, al hijo de Lisímaco conspirando contra él, a Antíoco, hijo de Seleuco, haciendo señas a Estratonice, su madrastra, a escondidas, al tesalio Alejandro siendo asesinado por su mujer, a Antígono adulterando con la mujer de su hijo, a Átalo vertiendo el veneno a su hijo, y en otro lugar, a su vez, a Arsaces matando a su mujer y al eunuco Arbaces desenvainando la espada contra Arsaces, mientras que el medo Spatinos era arrastrado fuera del banquete por los guardaespaldas, agarrado por el pie, con la ceja destrozada por una copa de oro. Y cosas similares a estas se podían ver en Libia, entre los escitas y los tracios, ocurriendo en los palacios: adulterando, asesinando, conspirando, robando, perjurando, temiendo, siendo traicionados por los más allegados.
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Menipo: Y lo de los reyes me proporcionó tal entretenimiento, pero lo de los particulares era mucho más ridículo; pues también a ellos los veía: a Hermodoro el epicúreo perjurando por mil dracmas, al estoico Agatocles litigando con su alumno por el salario, a Clinias el orador robando una copa del Asclepeion, al cínico Herófilo durmiendo en el burdel. Pues,¿ qué decir de los demás, los que horadan paredes, los que aceptan sobornos, los que prestan dinero, los que mendigan? Pues, en general, la visión era variada y de todo tipo. Compañero: Pues también esto, Menipo, estaba bien contarlo; pues parece que te ha proporcionado un placer nada común. Menipo: Es imposible contarlo todo seguido, amigo, cuando incluso verlo era una tarea; sin embargo, los puntos principales de los asuntos parecían ser tales como dice Homero que eran los de su escudo: pues donde había banquetes y bodas, en otro lugar había tribunales y asambleas, y en otra parte alguien sacrificaba, mientras que al lado otro parecía estar de luto; y cuando miraba hacia la tierra de los getas, veía a los getas guerreando; pero cuando pasaba a los escitas, se podía ver a los que vagaban en sus carros; y al inclinar un poco el ojo hacia otro lado, observaba a los egipcios cultivando, y el fenicio comerciaba, el cilicio robaba, el lacedemonio era azotado y el ateniense litigaba.
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Menipo: Y como todo esto sucedía al mismo tiempo, es hora de que pienses cómo parecía este revoltijo. Como si alguien pusiera a muchos bailarines, o mejor dicho, a muchos coros, y luego ordenara a cada uno de los que cantan que, dejando la armonía, cantara su propia melodía, y esforzándose cada uno por terminar la suya y deseando superar al vecino en volumen de voz...¿ acaso imaginas, por Zeus, cómo sería el canto? Compañero: Absolutamente, Menipo, ridículo y confuso. Menipo: Y, sin embargo, compañero, así son todos los bailarines de la tierra y de tal desarmonía está compuesta la vida de los hombres, no solo emitiendo sonidos discordantes, sino también moviéndose con figuras desiguales y haciendo cosas contrarias y sin pensar en nada igual, hasta que el coreógrafo expulsa a cada uno de ellos de la escena diciendo que ya no los necesita; desde entonces, todos son ya iguales y callan, sin cantar ya aquella canción mezclada y desordenada. Pero en aquel teatro variado y multiforme, todo lo que sucedía era, por supuesto, ridículo.
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Y sobre todo me entraban ganas de reír con aquellos que disputan por los límites de la tierra y con los que se enorgullecen de cultivar la llanura de Sición o de poseer las tierras de Oinoe en Maratón o mil pletros en Acarnas; pues, al menos, toda Grecia, como me parecía entonces desde arriba, era del tamaño de cuatro dedos, y, en proporción, supongo, el Ática era una parte mínima. De modo que pensaba en cuánto orgullo les quedaba a estos ricos; pues casi el que más pletros tenía me parecía cultivar uno de los átomos de los epicúreos. Y al mirar también hacia el Peloponeso, y luego ver la tierra de Cinuria, me acordé de por cuánto terreno, no más ancho que una lenteja egipcia, cayeron tantos argivos y lacedemonios en un solo día. Y, además, si viera a alguien enorgulleciéndose por el oro, porque tenía ocho anillos y cuatro copas, también me reiría mucho de esto; pues todo el Pangeo, con sus minas, era del tamaño de un grano de mijo.
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Compañero: Oh, dichoso Menipo, por la visión paradójica. Pero, por Zeus,¿ qué tamaño tenían las ciudades y los hombres mismos vistos desde arriba? Menipo: Supongo que habrás visto muchas veces un mercado de hormigas, unas dando vueltas alrededor de la boca del hormiguero y haciendo política en medio, otras saliendo, y otras volviendo de nuevo a la ciudad; y una lleva el estiércol, otra, tras arrebatar algo de algún sitio, ya sea una cáscara de haba o medio grano de trigo, lo lleva cargando. Y es probable que haya entre ellas, según la proporción de la vida de las hormigas, algunos constructores, demagogos, prítanes, músicos y filósofos. Pero las ciudades, con sus hombres, se parecían mucho a los hormigueros. Y si te parece pequeño el ejemplo de comparar a los hombres con la política de las hormigas, examina los antiguos mitos de los tesalios; pues encontrarás que los mirmidones, el linaje más guerrero, nacieron de hormigas. Y como todo se había visto suficientemente y me había reído de ello, sacudiéndome, volé hacia las moradas de Zeus, el que lleva la égida, junto con los otros demonios.
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No había subido ni un estadio y la Luna, emitiendo una voz femenina, dijo:« Menipo, así goces, hazme un favor ante Zeus».« Habla— dije yo—; pues no es nada pesado, a menos que haya que cargar algo».« Una embajada— dijo ella—, no difícil, y una petición, llévala de mi parte a Zeus; pues ya estoy harta, Menipo, de escuchar muchas cosas terribles de los filósofos, cuyo único trabajo es entrometerse en mis asuntos, quién soy y qué tamaño tengo, y por qué causa me vuelvo dicótoma o gibosa. Y unos dicen que estoy habitada, otros que cuelgo sobre el mar como un espejo, otros me atribuyen lo que a cada uno se le ocurre. Y, por último, dicen que mi luz misma es robada y bastarda, venida de arriba del Sol, y no dejan de enfrentarme y enemistarme con él, que es mi hermano; pues no les bastaba lo que han dicho del Sol mismo, que es una piedra y una masa de metal incandescente».
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« Y, sin embargo,¡ cuántas cosas sé yo de ellos que hacen por las noches, vergonzosas y detestables, los que durante el día son severos, de mirada varonil y aspecto solemne, y admirados por los particulares! Y yo, aunque veo esto, callo; pues no considero que sea apropiado revelar y sacar a la luz aquellas actividades nocturnas y la vida de cada uno bajo el techo, sino que, incluso si veo a alguno de ellos adulterando, robando o atreviéndose a cualquier otra cosa muy nocturna, de inmediato, tirando de la nube, me cubro, para no mostrar a la mayoría a hombres ancianos con barba larga y virtud deshonrándose. Pero ellos no dejan de despedazarme con sus discursos e insultarme de todas las maneras, de modo que, por la Noche, muchas veces he planeado mudarme lo más lejos posible, para escapar de su lengua entrometida. Acuérdate, pues, de anunciar esto a Zeus y de añadir que no me es posible permanecer en mi lugar, a menos que él destruya a esos físicos, amordace a los dialécticos, derribe la Estoa, incendie la Academia y ponga fin a las actividades en los paseos; pues así podría tener paz y dejar de ser medida por ellos cada día».
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« Así será»— dije yo—, y a la vez me dirigía hacia la subida del cielo, donde no se veían obras ni de bueyes ni de hombres; pues al poco tiempo también la luna se veía pequeña y la tierra ya la ocultaban. Tras tomar el sol a la derecha, volando a través de las estrellas, al tercer día me acerqué al cielo, y al principio me pareció que, tal como estaba, entraría directamente; pues pensaba que pasaría fácilmente al ser águila en la mitad, y sabía que el águila era desde antiguo familiar de Zeus; pero después calculé que enseguida me descubrirían llevando el ala del buitre. Así pues, juzgando que lo mejor era no arriesgarme, me acerqué y llamé a la puerta. Hermes, al responder y preguntar el nombre, se fue apresuradamente a decírselo a Zeus, y al poco tiempo fui llamado, muy asustado y temblando, y encuentro a todos sentados juntos, y ellos mismos no sin preocupación; pues el carácter paradójico de mi llegada los perturbaba un poco, y esperaban que todos los hombres llegaran pronto alados de la misma manera.
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Menipo: Y Zeus, mirándome de forma muy temible, aguda y titánica, dice:«¿ Quién eres, de dónde eres, cuál es tu ciudad y tus padres?». Y yo, en cuanto escuché esto, casi muero de miedo, pero aun así permanecí mudo y aturdido por la gran voz. Con el tiempo, recuperándome, lo contaba todo claramente empezando desde arriba, cómo deseaba aprender sobre las alturas, cómo fui a los filósofos, cómo escuché a los que decían cosas contrarias, cómo me desesperé al ser despedazado por los discursos, luego, a continuación, el plan, las alas y todo lo demás hasta el cielo; y sobre todo añadí lo encargado por la Luna. Zeus, sonriendo y relajando un poco las cejas, dice:«¿ Qué dirías de Oto y Efialtes, cuando hasta Menipo se atrevió a subir al cielo? Pero ahora te invitamos a la hospitalidad, y mañana— dijo—, tras tratar los asuntos por los que has venido, te enviaremos de vuelta». Y a la vez, levantándose, caminaba hacia el lugar más propicio del cielo; pues era hora de sentarse para las oraciones.
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Ménipo, mientras avanzábamos, me interrogaba sobre los asuntos de la tierra: primero, sobre cuánto cuesta ahora el trigo en Grecia, si el invierno pasado nos afectó mucho y si las hortalizas necesitan más lluvia. Después preguntaba si aún queda alguien de los descendientes de Fidias, por qué motivo los atenienses han dejado de celebrar las Diasias durante tantos años, si tienen intención de terminar el Olimpeion y si han capturado a los que saquearon el templo de Dodona. Cuando respondí a esto, me dijo: Dime, Ménipo,¿ qué opinión tienen los hombres sobre mí?¿ Qué opinión, señor, dije, sino la más piadosa, que eres el rey de todos los dioses? Te burlas, dijo, pues conozco bien su afición a las novedades, aunque no me lo digas. Hubo un tiempo en que me consideraban adivino, médico y, en suma, lo era todo; todas las calles y todos los mercados de los hombres estaban llenos de Zeus. Entonces Dodona y Pisa eran brillantes y admiradas por todos, y por el humo de los sacrificios ni siquiera me era posible mirar hacia arriba. Pero desde que Apolo estableció su oráculo en Delfos, Asclepio su centro médico en Pérgamo, y surgieron el Bendideion en Tracia, el Anubideion en Egipto y el Artemision en Éfeso, todos corren hacia allí, celebran festividades, ofrecen hecatombes y dedican lingotes de oro, mientras que a mí, ya en el ocaso de mi juventud, consideran que me han honrado bastante si sacrifican en Olimpia cada cinco años completos. Por tanto, verías mis altares más fríos que las leyes de Platón o los silogismos de Crisipo.
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Ménipo, mientras hablábamos de estas cosas, llegamos al lugar donde él debía sentarse para escuchar las plegarias. Había ventanas contiguas a las bocas de los pozos, provistas de tapas, y junto a cada una había un trono de oro. Zeus se sentó en el primero y, al retirar la tapa, se ofrecía a los suplicantes; y estos oraban desde todas partes de la tierra con peticiones diversas y variadas. Yo también me asomé y escuchaba las plegarias al mismo tiempo. Eran de este tipo: Zeus, ojalá llegue a ser rey; Zeus, que mis cebollas y ajos crezcan; Oh dioses, que mi padre muera pronto; y otro decía: ojalá herede a mi mujer, ojalá pueda conspirar contra mi hermano sin ser descubierto, que gane el juicio, concédeme ser coronado en los Juegos Olímpicos. De los navegantes, uno pedía que soplara el viento del norte, otro el del sur; el agricultor pedía lluvia, el batanero sol. Zeus, al escuchar y examinar cuidadosamente cada plegaria, no prometía todo, sino que el padre concedía unas cosas y denegaba otras. Las plegarias justas las admitía por la abertura y las depositaba a su derecha, mientras que las impías las devolvía sin efecto, soplándolas hacia abajo para que ni siquiera se acercaran al cielo. En una plegaria lo vi incluso dudando: como dos hombres pedían cosas contrarias y prometían los mismos sacrificios, no sabía a cuál de los dos inclinar su favor, de modo que le ocurrió aquello de la Academia y no era capaz de pronunciarse sobre nada, sino que, como Pirrón, se abstenía de juicio y seguía reflexionando.
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Cuando hubo despachado suficientemente las plegarias, pasó al trono siguiente y, asomándose por la segunda ventana, se ocupó de los juramentos y de quienes juraban. Tras despachar también estos y arruinar al epicúreo Hermodoro, se trasladó al trono siguiente para prestar atención a los presagios, rumores y augurios. Luego, desde allí, pasó a la ventana de los sacrificios, a través de la cual el humo que subía anunciaba a Zeus el nombre de cada uno de los que sacrificaban. Al apartarse de estos, daba órdenes a los vientos y a las estaciones sobre lo que debían hacer: hoy que llueva entre los escitas, que haya relámpagos entre los libios, que nieve entre los griegos; tú, Bóreas, sopla en Lidia; tú, Noto, mantente en calma; que Céfiro agite el Adriático, y que mil medimnos de granizo se dispersen sobre Capadocia.
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Ménipo, cuando ya casi todo estaba dispuesto por él, nos dirigimos al banquete, pues ya era hora de cenar. Hermes me tomó y me hizo recostar junto a Pan, los Coribantes, Atis y Sabacio, esos dioses extranjeros y ambiguos. Deméter ofrecía pan, Dioniso vino, Heracles carne, Afrodita mirto y Poseidón boquerones. Al mismo tiempo, probaba suavemente la ambrosía y el néctar; pues el excelente Ganimedes, por filantropía, si veía a Zeus mirando hacia otro lado, me traía una copa o dos de néctar. Los dioses, como dice Homero( y él mismo, creo, al igual que yo, había visto lo de allí), no comen pan ni beben vino brillante, sino que se sirven ambrosía y se embriagan con néctar, y sobre todo se deleitan comiendo el humo de los sacrificios llevado con su propia grasa, así como la sangre de las víctimas que los sacrificadores derraman sobre los altares. Durante la cena, Apolo tocó la cítara, Sileno bailó la cordax y las Musas se levantaron y nos cantaron la Teogonía de Hesíodo y la primera oda de los himnos de Píndaro. Y cuando hubo saciedad, descansamos como cada uno pudo, suficientemente bebidos.
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Ménipo, los otros dioses y los hombres guerreros dormían toda la noche, pero a mí no me atrapaba el dulce sueño; pues reflexionaba sobre muchas otras cosas, pero sobre todo en esto: cómo en tanto tiempo Apolo no se dejaba crecer la barba o cómo podía haber noche en el cielo estando el sol siempre presente y banqueteando con nosotros. Entonces dormité un poco. Al amanecer, Zeus se levantó y ordenó convocar una asamblea.
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Ménipo, y cuando todos estuvieron presentes, comenzó a hablar: La causa de haberos reunido la ha proporcionado este extranjero de ayer; pues deseando desde hace tiempo comunicaros algo sobre los filósofos, impulsado sobre todo por la Luna y las quejas que ella formula, decidí no prolongar más la deliberación. Pues hay un tipo de hombres que no hace mucho ha proliferado en la vida, ociosos, pendencieros, vanidosos, irascibles, glotones, necios, engreídos, llenos de soberbia y, para decirlo con Homero, una carga inútil para la tierra. Estos, pues, divididos en sectas e inventando diversos laberintos de argumentos, unos se han llamado estoicos, otros académicos, otros epicúreos, otros peripatéticos y otros nombres mucho más ridículos que estos; luego, revistiéndose con el nombre solemne de virtud, levantando las cejas, arrugando la frente y tirándose de la barba, andan por ahí con un aspecto fingido, ocultando costumbres detestables, muy parecidos a aquellos actores trágicos de quienes, si uno les quita las máscaras y aquel traje bordado en oro, lo que queda es un hombrecillo ridículo contratado por siete dracmas para el certamen.
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Ménipo, siendo tales, desprecian a todos los hombres y cuentan cosas extrañas sobre los dioses; y reuniendo a jóvenes fáciles de engañar, declaman sobre la tan celebrada virtud y enseñan las aporías de sus discursos, y ante sus discípulos siempre elogian la resistencia, la templanza y la autosuficiencia, y desprecian la riqueza y el placer, pero cuando están solos y entre ellos,¿ qué podría decir uno de cuánto comen, cuánto se entregan a los placeres carnales y cómo lamen la suciedad de los óbolos? Lo más terrible de todo es que, no realizando nada ni común ni propio, sino siendo inútiles y superfluos, sin contar nunca ni en la guerra ni en el consejo, sin embargo, acusan a los demás y, habiendo acumulado algunos discursos amargos y ensayado nuevas injurias, critican y reprochan a sus prójimos, y parece que lleva la voz cantante entre ellos el que es más vociferante, más descarado y más audaz para las blasfemias.
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Ménipo, y sin embargo, al que se esfuerza, grita y acusa a los demás, si le preguntas:¿ tú qué haces o qué podemos decir, por los dioses, que aportas a la vida?, diría, si quisiera decir lo justo y verdadero, que navegar, cultivar la tierra, ir a la guerra o dedicarse a algún oficio me parece superfluo, pero yo grito, voy sucio, me baño con agua fría, ando descalzo en invierno, me he puesto un manto mugriento y, como Momo, calumnio lo que hacen los demás; y si alguno de los ricos compra comida lujosamente o tiene una cortesana, me entrometo y me indigno, pero si alguno de mis amigos o compañeros está postrado enfermo necesitando ayuda y tratamiento, no me entero. Tales son, dioses, estas criaturas para vosotros.
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Ménipo, los llamados epicúreos entre ellos son muy insolentes y nos atacan sin moderación, diciendo que los dioses no se preocupan de los asuntos humanos ni observan en absoluto lo que sucede; de modo que es hora de que consideréis que, si estos logran convencer a la humanidad una vez, pasaréis mucha hambre.¿ Quién os sacrificaría ya si no espera obtener nada a cambio? Pues lo que la Luna reprocha, todos lo habéis escuchado ayer cuando el extranjero lo contaba. Deliberad sobre esto, lo que pueda ser más útil para los hombres y más seguro para nosotros.
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Al decir esto Zeus, la asamblea se alborotó y enseguida todos gritaban:¡ lanza el rayo, incinéralos, destrúyelos, al abismo, al Tártaro, como a los Gigantes! Zeus, ordenando silencio de nuevo, dijo: Será como queréis, y todos serán destruidos por su propia dialéctica, pero por el momento no es lícito castigar a nadie; pues es tiempo sagrado, como sabéis, de estos cuatro meses, y ya he anunciado la tregua. Así que, al llegar la próxima primavera, los malvados perecerán miserablemente por el terrible rayo. Así habló y asintió con sus cejas oscuras el Cronida.
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Ménipo, sobre este Ménipo, dijo, me parece lo siguiente: que se le quiten las alas, para que no vuelva a venir nunca, y que sea llevado a la tierra por Hermes hoy mismo. Y al decir esto, disolvió la asamblea, y el Cilenio, tomándome de la oreja derecha, me depositó ayer al atardecer en el Cerámico. Lo has oído todo, todo, amigo, lo del cielo; me voy, pues, a anunciar estas mismas cosas a los filósofos que pasean en la Estoa Pecile.