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Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)Imag 1 · spanish-geminiMore by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Licino:¿ Acaso los que vieron a la Gorgona experimentaron algo parecido a lo que yo he sentido hace poco, Polístrato, al ver a una mujer hermosísima? Pues, tal como dice el mito, poco me ha faltado para convertirme en piedra al quedar petrificado por el asombro. Polístrato:¡ Por Heracles! Dices que el espectáculo es algo prodigioso y terriblemente violento, si es que una mujer ha logrado pasmar incluso a Licino; pues tú, ante las jovencitas, experimentas eso con tanta facilidad que uno movería antes todo el Sípilo que apartarte de las bellezas sin que te quedaras allí plantado, boquiabierto y, a menudo, incluso derramando lágrimas, igual que aquella misma de Tántalo. Pero dime,¿ quién es esta Medusa que nos convierte en piedra y de dónde viene, para que nosotros también podamos verla? Pues no creo que nos envidies el espectáculo ni que sientas celos si nosotros también, al verla, acabamos petrificados cerca de ti. Licino: Pues debes saber bien que, aunque solo la mires de reojo, te dejará boquiabierto y más inmóvil que las estatuas. Y, sin embargo, esto quizá sea más pacífico y la herida menos mortal si la miras tú mismo; pero si ella también te devuelve la mirada,¿ qué recurso habrá para apartarse de ella? Pues te llevará, tras haberte atado, a donde ella quiera, tal como hace la piedra de Heraclea con el hierro.
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Polístrato: Basta, Licino, de inventar una belleza prodigiosa; dime,¿ quién es la mujer? Licino:¿ Acaso crees que exagero con mis palabras, yo que temo parecerte débil al elogiarla cuando la veas, pues ella parecerá muy superior? Con todo, quién es, no sabría decirlo, pero su séquito es numeroso, su preparación en torno a ella es espléndida, con una multitud de eunucos y muchísimas doncellas; en suma, el asunto parecía ser algo superior a una fortuna privada. Polístrato:¿ Ni siquiera te enteraste de cómo se llamaba? Licino: De ninguna manera, solo esto: es de Jonia. Pues uno de los espectadores, al mirar hacia el que estaba a su lado cuando ella pasó, dijo:« Así son, en efecto, las bellezas de Esmirna»; y no es de extrañar que la más bella de las ciudades jónicas haya dado a la mujer más bella. Me pareció que el que hablaba era también de Esmirna, tan orgulloso estaba de ella.
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Polístrato: Por tanto, ya que has hecho de esto una piedra, en verdad, al no haberla seguido ni haber preguntado a aquel esmirneo quién era, al menos descríbeme su aspecto con palabras, pues tal vez así podría reconocerla. Licino:¿ Ves qué es lo que has pedido? No está al alcance de las palabras, y menos de las mías, representar una imagen tan maravillosa, ante la cual apenas parecerían capaces Apeles, Zeuxis o Parrasio, o si hubiera algún Fidias o Alcámenes; yo, en cambio, arruinaré el arquetipo por la debilidad de mi arte. Polístrato: Aun así, Licino,¿ cómo es de aspecto? No es arriesgado el intento si le muestras la imagen a un amigo, para ver cómo resulta el dibujo. Licino: Pues me parece que haré algo más seguro si invito a algunos de aquellos antiguos artistas a la obra, para que me esculpan a la mujer. Polístrato:¿ Cómo dices eso?¿ O cómo podrían acudir a ti habiendo muerto hace tantos años? Licino: Fácilmente, si tú no te resistes a responderme algo. Polístrato: Pregunta solamente.
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Licino:¿ Has estado alguna vez, Polístrato, en Cnido? Polístrato: Y mucho. Licino: Entonces,¿ viste sin duda su Afrodita? Polístrato:¡ Por Zeus!, la más bella de las obras de Praxíteles. Licino: Pero también has oído el mito que cuentan los lugareños sobre ella, cómo alguien se enamoró de la estatua y, quedándose a escondidas en el templo, se unió a ella, como es posible unirse a una estatua. Pero dejemos que esto se cuente de otra manera. Tú, en cambio— pues esta, como dices, la has visto—, ven y respóndeme también a esto: si has visto también la Atenea de Alcámenes que está en los Jardines de Atenas. Polístrato: Sería el más perezoso de todos, Licino, si hubiera pasado por alto la más bella de las creaciones de Alcámenes. Licino: Aquello, Polístrato, no te lo preguntaré, si has subido muchas veces a la Acrópolis y has contemplado la Sosandra de Cálamis. Polístrato: También he visto a esa muchas veces. Licino: Pero esto es suficiente. De las obras de Fidias,¿ cuál has elogiado más? Polístrato:¿ Cuál otra sino la Lemnia, a la que Fidias se dignó incluso inscribir su nombre? Y, por Zeus, la Amazona que se apoya en la lanza.
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Licino: Las mejores, amigo, así que ya no harán falta otros artistas. Vamos, pues, que a partir de todas ellas, ensamblando una imagen para ti lo mejor posible, te la mostraré, teniendo lo más selecto de cada una. Polístrato:¿ Y de qué manera podría ocurrir esto? Licino: No es difícil, Polístrato, si a partir de ahora, entregando las imágenes al discurso, le permitimos que las reordene, las componga y las ajuste lo más armoniosamente que pueda, guardando al mismo tiempo esa mezcla y variedad. Polístrato: Hablas bien; que tome el mando y la muestre, pues quiero saber qué hará con ellas, o cómo, componiendo una sola a partir de tantas, la hará que no desentone.
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Licino: Pues ya te permite ver cómo se forma la imagen, ensamblándola así: tomando solo la cabeza de la que viene de Cnido— pues no hará falta nada del resto del cuerpo, al estar desnudo—, dejará que tenga lo relativo al cabello, la frente y el buen trazado de las cejas tal como lo hizo Praxíteles, y también la humedad de los ojos junto con su aspecto alegre y agradable, y esto lo conservará según el criterio de Praxíteles; las mejillas y todo lo que es frontal en el rostro lo tomará de Alcámenes y de la de los Jardines, y además el buen ritmo de las puntas de las manos y las muñecas, y la flexibilidad de los dedos que termina en punta, también de la de los Jardines. El contorno de todo el rostro, la suavidad de las mejillas y la nariz proporcionada los proporcionará la Lemnia y Fidias; además, la unión de la boca y el cuello, tomándolos de la Amazona; Sosandra y Cálamis la adornarán con pudor, y la sonrisa será solemne y disimulada como la de aquella; y también la elegancia y el decoro del manto, de Sosandra, salvo que esta llevará la cabeza descubierta. La medida de la edad, cuán grande sería, sobre todo según aquella de Cnido. Pues que esto también sea medido según Praxíteles.¿ Qué te parece, Polístrato?¿ Será bella la imagen? Polístrato: Y mucho, una vez que se termine con la mayor precisión.
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Polístrato: Pues todavía, el más noble de todos, has dejado fuera de la estatua alguna belleza, habiendo amontonado todo en lo mismo. Licino:¿ Qué es esto? Polístrato:¿ No es lo más pequeño, amigo, si no te parece que contribuyen poco a la belleza el color y lo que es apropiado para cada cosa, de modo que sean negros exactamente los que deben ser negros, blancos los que deben serlo, y que el rubor florezca y cosas así? Corre el riesgo de que todavía nos falte lo más importante. Licino:¿ De dónde, pues, podríamos obtener también esto?¿ O acaso invitemos a los pintores, y sobre todo a los que fueron los mejores de ellos en mezclar los colores y hacer oportuna su aplicación? Pues que sean invitados Polignoto, aquel Eufránor, Apeles y Aeción; y estos, repartiéndose la obra, que Eufránor pinte el cabello tal como pintó el de Hera, y Polignoto el aspecto apropiado de las cejas y el rubor de las mejillas tal como hizo a Casandra en la Lesque de Delfos, y que este haga también el vestido trabajado con la mayor finura, de modo que esté ceñido donde deba, pero que en su mayor parte esté agitado por el viento; el resto del cuerpo que lo muestre Apeles, sobre todo según Pacate, no demasiado blanco, sino simplemente sanguíneo; y los labios, como los de Roxana, que los haga Aeción.
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O mejor aún, aceptemos al mejor de los pintores, Homero, estando presentes Eufránor y Apeles; pues el color que él aplicó a los muslos de Menelao, comparándolo con el marfil ligeramente teñido, que sea así el todo; y que este mismo pinte también los ojos, haciéndola de ojos de buey. Se encargará también de la obra junto a él el poeta tebano, para realizarla de párpados violetas; y Homero la hará amante de la sonrisa, de blancos brazos y de rosados dedos, y en suma, la comparará con la Afrodita de oro mucho más justamente que con la de Briseida.
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Licino: Estas cosas, pues, las realizarán los hijos de escultores, pintores y poetas. Pero lo que florece sobre todas estas cosas, la gracia, o mejor dicho, todas las Gracias juntas y todos los Amores que danzan alrededor,¿ quién podría imitarlo? Polístrato: Dices algo divino, Licino, y verdaderamente caído del cielo, como si fuera algo de los cielos.¿ Pero qué la viste haciendo? Licino: Tenía un libro en las manos enrollado en dos, y parecía que una parte de él estaba siendo leída, y la otra ya la había leído. Mientras tanto, al avanzar, conversaba con uno de los que la acompañaban, no sé sobre qué; pues no hablaba para que se oyera. Pero al sonreír, Polístrato, mostró los dientes:¿ cómo podría decirte cuán blancos, cuán proporcionados y ajustados entre sí? Si alguna vez has visto un collar hermosísimo de las perlas más brillantes y de igual tamaño, así estaban dispuestos en fila; y se adornaban sobre todo con el rubor de los labios. Se dejaban ver, pues, tal como dice Homero, semejantes a marfil tallado, no unos más anchos que otros, ni curvos, ni salientes o separados como en la mayoría, sino una igualdad de todos, un mismo color y un tamaño único, y contiguos por igual, y en suma, un gran prodigio y espectáculo que ha superado toda belleza humana.
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Polístrato: Estate quieto. Pues ya comprendo muy claramente a qué mujer te refieres, habiéndola reconocido por estas mismas cosas y por su patria. Y dijiste que la seguían algunos eunucos. Licino:¡ Por Zeus!, y algunos soldados. Polístrato: Hablas de la que acompaña al rey, dichoso, de esta mujer célebre. Licino:¿ Y cuál es su nombre? Polístrato: También esto es muy elegante, Licino, y encantador; pues es homónima de aquella bella mujer de Abradatas; sabes, habiendo escuchado muchas veces a Jenofonte elogiar a una mujer sensata y bella. Licino:¡ Por Zeus!, y estoy tan predispuesto como si la viera, cuando llego a leer por allí, y casi oigo que ella misma dice lo que ha hecho, y cómo armaba a su marido y cómo era al despedirlo hacia la batalla.
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Polístrato: Pero, excelente amigo, tú la viste una vez como un relámpago que pasa, y pareces elogiar estas cosas superficiales, digo el cuerpo y la forma; pero eres ciego a los bienes del alma, ni sabes cuán grande es esa belleza suya, mucho mejor y más divina que la del cuerpo. Yo, en cambio, pues soy conocido y he compartido discursos muchas veces, siendo de la misma nación. Pues, como tú mismo sabes, elogio la mansedumbre, la filantropía, la magnanimidad, la sensatez y la educación por encima de la belleza; pues estas cosas son dignas de ser preferidas al cuerpo; ya que sería irracional y ridículo, como si alguien admirara el vestido por encima del cuerpo. La belleza completa, creo, es esta, cuando la virtud del alma y la hermosura del cuerpo coinciden en lo mismo. Sin duda podría mostrarte muchas que gozan de buena forma, pero que en lo demás avergüenzan la belleza, de modo que, apenas hablan, esta se marchita y se desvanece, siendo puesta a prueba y deshonrada y acompañando inmerecidamente a una mala dueña, el alma. Y tales mujeres me parecen semejantes a los templos egipcios; pues allí también el templo mismo es hermosísimo y grandísimo, adornado con piedras costosas y oro y pinturas, pero dentro, si buscas al dios, es un mono, un ibis, un macho cabrío o un gato. Es posible ver muchas así. Por tanto, no basta la belleza si no está adornada con los adornos justos, digo no con vestido púrpura y collares, sino con aquellos que dije antes, virtud, sensatez, equidad, filantropía y los demás que son el límite de esto.
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Licino: Por tanto, Polístrato, cambia mito por mito con la misma medida, dicen, o incluso mejor, pues puedes, y habiendo pintado alguna imagen del alma, muéstrala, para que no la admire solo a medias.
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Polístrato: No es pequeña, amigo, la competición que ordenas; pues no es igual elogiar lo evidente para todos que manifestar lo invisible con el discurso. Y me parece que yo mismo necesitaré colaboradores para la imagen, no solo de escultores o pintores, sino también de filósofos, para enderezar la estatua según los cánones de aquellos y mostrarla construida según la antigua plástica. Y que así se haga. Que sea, en primer lugar, de voz articulada y clara, y que de su lengua fluya más dulce que la miel, como Homero ha dicho no de aquel anciano pilio. Y que todo el tono de su voz sea lo más suave, ni grave para estar ajustada a lo varonil, ni demasiado fina para ser muy femenina y completamente lánguida, sino como sería la de un niño que aún no llega a la pubertad, dulce y agradable y que se desliza suavemente en el oído, de modo que, incluso cuando se detiene, la voz sea persistente y algún resto permanezca y zumben los oídos, como un eco que prolonga la audición y deja en el alma huellas de las palabras, melosas y llenas de persuasión. Y cuando canta esa belleza, y sobre todo con la cítara, entonces, sí, entonces es hora de callar rápidamente para los alción, las cigarras y los cisnes; pues todo es inculto comparado con ella; e incluso si mencionas a la de Pandión, también esa es ignorante y sin arte, aunque emita una voz de muchos ecos.
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Polístrato: Orfeo y Anfión, quienes fueron los más atractivos de los oyentes, hasta el punto de invocar incluso a los seres inanimados al canto, ellos mismos, creo, si la hubieran escuchado, habrían dejado las cítaras y se habrían quedado en silencio escuchando. Pues el conservar lo más preciso de la armonía, de modo que no se transgreda nada del ritmo, sino que el canto esté medido con una elevación y caída oportunas, y que la cítara sea consonante y el plectro coincida en el tiempo con la lengua, y la suavidad de los dedos y la flexibilidad de las melodías,¿ de dónde podría provenir esto a aquel tracio y al que pastorea y practica la cítara por el Citerón? De modo que si alguna vez, Licino, escuchas también cómo canta, ya no habrás sufrido solo aquello de las Gorgonas, convirtiéndote de hombre en piedra, sino que también sabrás cómo era aquello de las Sirenas; pues te quedarás, lo sé bien, hechizado, olvidándote de la patria y de los familiares. Y si te tapas los oídos con cera, incluso a través de la cera se te colará la melodía. Tal es el sonido, una educación de alguna Terpsícore o Melpómene o de la misma Calíope, que tiene en sí innumerables encantos y de todo tipo. Y resumiendo en una palabra, diría: considera que escuchas un canto tal como es natural que sea el que sale a través de tales labios, a través de aquellos dientes. Y tú mismo has visto a la que digo, así que considera que la has escuchado.
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Polístrato: Que esta precisión de la voz sea puramente jónica y que al hablar sea parlanchina y tenga mucho de las gracias áticas, no es de extrañar; pues es patrio y ancestral en ella, ni de otra manera debía ser, participando de los atenienses según la colonia. Pues tampoco me extrañaría aquello, si se alegra con la poesía y conversa mucho con ella, siendo ciudadana de Homero. Esta es, Licino, una imagen tuya de la buena voz y el canto, como uno podría conjeturar en menor medida. Pero considera también las otras; pues no he decidido mostrar una sola, como tú, compuesta a partir de muchas— pues esto es menos pictórico, componer tantas bellezas y algo polifacético a partir de muchas que compiten entre sí—, sino que todas las virtudes del alma serán pintadas cada una como una sola imagen, imitada según el arquetipo. Licino: Prometes una fiesta, Polístrato, y un banquete. Pareces, en verdad, que me vas a devolver la medida mejor. Pero añade; pues no hay nada que pudieras hacer que me complaciera más.
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Polístrato: Por tanto, ya que es necesario considerar la educación como el más bello de todos los bienes, y sobre todo de aquellos que son practicables, vamos, establezcamos también esta, variada y polifacética, de modo que ni siquiera en esto nos quedemos atrás de tu plástica. Y que esté pintada teniendo todos los bienes del Helicón en conjunto, no como Clío, Polimnia, Calíope y las demás, sabiendo cada una una sola cosa, sino las de todas y además las de Hermes y Apolo. Pues todo lo que los poetas han sacado a la luz adornándolo con metros, o los oradores fortaleciéndolo con destreza, o los historiadores han narrado, o los filósofos han aconsejado, que la imagen esté adornada con todo esto, no solo hasta el punto de estar teñida, sino teñida hasta la saciedad con algunos tintes indelebles. Y perdón si no pudiera mostrar ningún arquetipo de esta pintura; pues no hay nada que se mencione tal en la educación de los antiguos. Pero, si te parece, que se consagre también esta; pues no es censurable, según me parece. Licino: Hermosísima, en verdad, Polístrato, y precisada con todas las líneas.
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Polístrato: Después de esta, debe pintarse la imagen de la sabiduría y la inteligencia. Y necesitaremos aquí muchos ejemplos, la mayoría antiguos, uno de ellos incluso jónico; y pintores y artífices de él, Esquines, compañero de Sócrates, y el mismo Sócrates, los más imitadores de todos los artistas, en la medida en que escribían también con amor. Y a aquella Aspasia de Mileto, con la que convivía el mismo Olímpico, el más maravilloso, proponiéndola como no despreciable ejemplo de inteligencia, toda la experiencia de los asuntos, la agudeza para lo político, la sagacidad y la penetración que había en ella, traslademos todo esto a nuestra imagen con la balanza precisa; salvo que aquella estaba pintada en una pequeña tablilla, y esta es colosal en tamaño. Licino:¿ Cómo dices eso? Polístrato: Que, Licino, no digo que las imágenes sean de igual tamaño siendo semejantes; pues no es igual, ni de lejos, la política de los atenienses de entonces y el poder actual de los romanos. De modo que, aunque sea la misma por la semejanza, esta es superior por el tamaño, como si estuviera pintada en la tablilla más ancha.
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Polístrato: Y como segundo y tercer ejemplo, aquella Teano y la poetisa lesbia, y Diotima además de estas, Teano aportando a la pintura la magnanimidad, Safo la elegancia de la elección; y a Diotima no solo se parecerá en lo que Sócrates la elogió, sino también en la otra inteligencia y consejo. Tal, Licino, que se te consagre también esta imagen.
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Licino:¡ Por Zeus!, Polístrato, siendo maravillosa. Tú pinta otras. Polístrato:¿ Las de la bondad, amigo, y la filantropía, que manifestará la mansedumbre del carácter y la amabilidad hacia los necesitados? Que se imagine, pues, también ella, a aquella Teano de Antenor, a Arete y a su hija Nausícaa, y a cualquier otra que en la grandeza de los asuntos fue sensata ante la fortuna.
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Polístrato: A continuación, después de esta, que se pinte la de la sensatez misma y la benevolencia hacia el compañero, de modo que sea sobre todo según la de Icario, la sensata y prudente escrita por Homero— pues tal imagen de Penélope escribió él— o, por Zeus, según la homónima de ella, la de Abradatas, de la que hicimos mención hace poco. Licino: Hermosísima también esta, Polístrato, has realizado, y casi ya tienen fin para ti las imágenes; pues has recorrido toda el alma elogiándola por partes.
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No toda; pues todavía quedan los mayores elogios. Digo el que, siendo ella de tal magnitud, no se haya revestido de soberbia por el éxito ni se haya elevado por encima de la medida humana confiando en la fortuna, sino que se mantenga en el nivel, sin pensar nada inexperto o vulgar, y que se comporte con los que se acercan de manera democrática y de igual a igual, y que las acogidas y amabilidades sean tanto más dulces para los que conversan, cuanto que, siendo de alguien superior, no muestran nada trágico. Pues cuantos usaron el gran poder no para la altanería, sino para hacer el bien, estos fueron vistos como los más dignos de los bienes dados por la fortuna, y solo estos podrían evitar justamente la envidia; pues nadie envidiaría al que sobresale si lo ve moderado en los éxitos y no caminando sobre las cabezas de los hombres, como aquella Ate de Homero, y pisoteando al inferior; lo cual sufren los humildes de mente por inexperiencia del alma; pues cuando la fortuna, sin que esperen nada tal, los sube de repente a un carro alado y elevado, no permanecen en lo que tienen ni miran hacia abajo, sino que siempre se esfuerzan hacia lo empinado. Por tanto, como Ícaro, habiéndose derretido rápidamente la cera y habiéndose caído las alas, sufren la burla cayendo de cabeza a los mares y al oleaje; pero los que, como Dédalo, usaron las alas y no se elevaron demasiado, sabiendo que estaban hechas de cera, y moderaron el vuelo hacia lo humano y se contentaron con ser llevados solo más alto que las olas, de modo que sus alas siempre se humedecieran y no las ofrecieran solo al sol, estos volaron segura y sensatamente; lo cual uno podría elogiar sobre todo en ella. Por tanto, es digna de recibir de todos el fruto, deseando que le permanezcan estas alas y que le fluyan aún más bienes.
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Y así, Polístrato, que sea; pues es digna, no solo siendo bella el cuerpo como Helena, sino cubriendo bajo él un alma más bella y más amable. Y convenía también al gran rey, siendo bueno y manso, que esto, junto con los otros bienes que tiene, fuera su felicidad, de modo que en él naciera una mujer tal y que, conviviendo con él, lo deseara; pues no es pequeña esta felicidad, una mujer sobre la cual uno podría decir razonablemente aquello de Homero: que ella rivaliza en belleza con la Afrodita de oro, y en obras iguala a Atenea. Pues de las mujeres en general, ninguna podría ser comparada con ella ni en cuerpo ni en estatura, dice Homero, ni en mente ni en obras.
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Dices verdades, Licino; de modo que, si te parece, mezclando ya las imágenes, la que tú esculpiste del cuerpo y las que yo pinté del alma, componiendo una sola a partir de todas y depositándola en un libro, ofrezcámosla a todos para que la admiren, tanto a los que existen ahora como a los que existirán en el futuro. Sería, pues, más duradera que las de Apeles, Parrasio y Polignoto, y mucho más agradable para ella misma que tales cosas, en la medida en que no está hecha de madera, cera y colores, sino que ha sido comparada con las inspiraciones de las Musas, la cual sería la imagen más precisa, mostrando a la vez la belleza del cuerpo y la virtud del alma.