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Original / primary: Spanish Gemini
1
Ménipo:¡ Salve, techo y pórticos de mi hogar!¡ Qué alegría verte al volver a la luz! Amigo,¿ no es este Ménipo, el perro? No puede ser otro, a menos que me engañe la vista: es Ménipo en persona.¿ Qué significa este atuendo tan extraño: el gorro, la lira y la piel de león? Pero, en fin, hay que acercarse a él. Salve, Ménipo.¿ De dónde vienes? Hace mucho tiempo que no te dejas ver por la ciudad. Ménipo: Vengo de dejar la morada de los muertos y las puertas de la oscuridad, donde el Hades habita separado de los dioses. Amigo:¡ Por Heracles, amigo!¿ Ménipo había muerto sin que nos diéramos cuenta y ha resucitado de nuevo? Ménipo: No, el Hades me recibió aún con aliento. Amigo:¿ Cuál es, pues, la causa de este viaje nuevo y paradójico? Ménipo: La juventud me impulsó y una audacia mayor que mi juicio. Amigo: Deja ya, bendito sea, de hablar en tono trágico y dime sencillamente, bajando de los yambos,¿ qué es este disfraz?¿ Qué necesidad tenías de ese viaje al inframundo? Pues, de otro modo, no es un camino agradable ni deseable. Ménipo: Amigo, la necesidad me llevó al Hades para consultar el alma del tebano Tiresias. Amigo:¡ Oye, tú!¿ Es que estás loco? No hablarías de forma tan métrica ante tus amigos. Ménipo: No te sorprendas, compañero. Como hace poco estuve con Eurípides y Homero, no sé cómo me llené de sus versos y los metros me vienen solos a la boca.
2
Ménipo: Pero dime,¿ cómo están las cosas sobre la tierra y qué hace la gente en la ciudad? Amigo: Nada nuevo, lo mismo de siempre: roban, perjuran, practican la usura y el agio. Ménipo:¡ Desdichados y desgraciados! No saben lo que se ha decretado hace poco en el inframundo ni qué resoluciones se han votado contra los ricos, que, por Cerbero, no hay forma de que puedan evitar. Amigo:¿ Qué dices?¿ Se ha decidido algo nuevo en el inframundo sobre los de aquí? Ménipo:¡ Por Zeus, y mucho! Pero no es lícito contarlo a todos ni revelar los secretos, no sea que alguien nos denuncie por impiedad ante Radamantis. Amigo: De ninguna manera, Ménipo, por Zeus, no le niegues estas palabras a un amigo; se las dirás a alguien que sabe guardar silencio y, además, a un iniciado. Ménipo: Me pides algo difícil y no del todo piadoso, pero, por ti, hay que atreverse. Se ha decidido que estos ricos y adinerados, que guardan su oro encerrado como Dánae... Amigo: No digas todavía, buen hombre, lo que se ha decidido antes de contarme lo que más me gustaría oír:¿ cuál fue tu idea para bajar, quién fue tu guía en el camino y, después, qué viste y qué oíste allí? Pues es natural que, siendo amante de la belleza, no hayas dejado pasar nada digno de ver o de oír.
3
Ménipo: Tendré que complacerte también en esto;¿ qué puede hacer uno cuando un amigo insiste? Pues bien, primero te expondré mis reflexiones, de dónde partí para el descenso. Yo, mientras era niño, al escuchar a Homero y Hesíodo narrar guerras y conflictos no solo de los semidioses, sino incluso de los propios dioses, y además sus adulterios, violencias, raptos, juicios, expulsiones de padres y matrimonios entre hermanos, pensaba que todo eso era bueno y me sentía movido a ello sin reservas. Pero cuando empecé a entrar en la edad adulta, escuchaba de nuevo a las leyes ordenar lo contrario a los poetas: no cometer adulterio, ni sedición, ni rapto. Así que me encontré en una gran duda, sin saber qué hacer conmigo mismo; pues ni creería que los dioses cometieran adulterio y sedición si no pensara que se trataba de cosas buenas, ni creería que los legisladores aconsejaran lo contrario si no supusiera que era lo más provechoso.
4
Ménipo: Como estaba en duda, decidí acudir a los llamados filósofos, entregarme a ellos y pedirles que hicieran conmigo lo que quisieran y me indicaran un camino sencillo y seguro para la vida. Con este propósito me acerqué a ellos, sin darme cuenta de que, como dicen, huía del humo para caer en el fuego. Pues, al observarlos, encontraba en ellos mayor ignorancia y perplejidad, de modo que pronto me demostraron que la vida de los profanos es de oro. Sin duda, uno de ellos me aconsejaba disfrutar de todo y buscar solo eso, pues decía que eso era la felicidad. Otro, al contrario, que había que esforzarse, trabajar y someter el cuerpo a privaciones, viviendo sucio, descuidado, descontento con todo y criticando, recitando continuamente aquellos versos populares de Hesíodo sobre la virtud, el sudor y el ascenso a la cima. Otro aconsejaba despreciar el dinero y considerar indiferente su posesión; otro, al contrario, afirmaba que la riqueza era un bien.¿ Y qué decir sobre el cosmos? Pues escuchaba a diario de ellos un tropel de nombres como ideas, incorpóreos, átomos, vacíos y cosas así, que me daban náuseas. Y lo más extraño de todo es que cada uno de ellos, al hablar de las cosas más opuestas, aportaba argumentos muy convincentes y victoriosos, de modo que no podía contradecir ni al que decía que una misma cosa era caliente ni al que decía que era fría, aun sabiendo claramente que algo no puede ser caliente y frío al mismo tiempo. Así que me sentía exactamente como los que cabecean de sueño, asintiendo ahora y negando después.
5
Ménipo: Pero mucho más absurdo que esto era lo siguiente: observaba que estos mismos individuos practicaban lo más opuesto a sus propios discursos. Por ejemplo, veía a los que aconsejaban despreciar el dinero aferrarse a él con fuerza, disputar por los intereses, enseñar a cambio de un salario y soportar todo por causa de ello; a los que rechazaban la gloria, hacer y decir todo por ella; y a casi todos criticar el placer, pero estar apegados a él en privado.
6
Ménipo: Decepcionado, pues, de esta esperanza, me sentía aún más molesto, consolándome suavemente con que, siendo yo un insensato que andaba ignorando la verdad, estaba entre muchos sabios y personas muy famosas por su inteligencia. Y una vez, mientras pasaba la noche en vela por estos motivos, decidí ir a Babilonia y pedir ayuda a uno de los magos, discípulos y sucesores de Zoroastro; había oído que ellos, con ciertos encantamientos y ritos, abrían las puertas del Hades y bajaban a quien querían con seguridad, y luego lo hacían subir de nuevo. Por tanto, consideré que lo mejor era lograr el descenso a través de uno de ellos, ir ante Tiresias el beocio y aprender de él, como adivino y sabio, cuál es la mejor vida y la que elegiría alguien que piensa bien. Así que, saltando de la cama, me dirigí tan rápido como pude directamente a Babilonia. Al llegar, me encontré con un caldeo, hombre sabio y divino en su arte, de cabellos canos y barba muy venerable, cuyo nombre era Mitrobarzanes. Tras rogarle y suplicarle, apenas logré que aceptara, por el precio que quisiera, guiarme en el camino.
7
Ménipo: El hombre, tras tomarme a su cargo, primero, durante veintinueve días, empezando con la luna, me bañaba llevándome al amanecer al Éufrates hacia el sol naciente, recitando un largo discurso del que no entendía mucho; pues, como los malos heraldos en los juegos, hablaba de forma atropellada y confusa. Sin embargo, parecía invocar a ciertos demonios. Después del encantamiento, tras escupirme tres veces en la cara, regresaba sin mirar a nadie de los que encontraba. Nuestra comida eran frutos secos, nuestra bebida leche, hidromiel y el agua del Coaspes, y dormíamos al aire libre sobre la hierba. Cuando ya fue suficiente de esta preparación, a medianoche me llevó al río Tigris, me purificó, me frotó y me consagró con antorchas, escila y otras muchas cosas, mientras murmuraba al mismo tiempo aquel encantamiento. Luego, tras hacerme un conjuro completo y dar vueltas a mi alrededor para que no me dañaran los espectros, me llevó de vuelta a casa, caminando yo hacia atrás, como estaba, y el resto del tiempo lo pasamos preparando el viaje.
8
Ménipo: Él mismo se puso un traje mágico que se parecía mucho al medo, y a mí me equipó con esto: el gorro, la piel de león y, además, la lira, y me ordenó que, si alguien me preguntaba mi nombre, no dijera Ménipo, sino Heracles, Odiseo u Orfeo. Amigo:¿ Y por qué eso, Ménipo? Pues no entiendo la razón ni del disfraz ni de los nombres. Ménipo: Pues esto es evidente y no del todo secreto; como ellos bajaron al Hades viviendo antes que nosotros, él creía que, si me hacía pasar por ellos, podría engañar fácilmente a la guardia de Éaco y pasar sin impedimentos, por ser más familiar, al ir acompañado de forma muy trágica por el disfraz.
9
Ménipo: Ya empezaba a amanecer y, al bajar al río, nos dispusimos a zarpar. Él ya tenía preparado un bote, víctimas, hidromiel y todo lo necesario para el rito. Embarcamos todo lo preparado y así partimos nosotros también, afligidos, derramando abundantes lágrimas. Hasta cierto punto fuimos arrastrados por el río, y luego entramos en el pantano y el lago donde desaparece el Éufrates. Tras cruzarlo, llegamos a un lugar desierto, boscoso y sin sol, donde desembarcamos— Mitrobarzanes iba delante—, cavamos una fosa, degollamos las ovejas y libamos la sangre alrededor de ella. El mago, mientras tanto, con una antorcha encendida, ya no con voz suave, sino gritando lo más fuerte que podía, invocaba a todos los demonios a la vez, a las Penas, a las Erinias, a la Hécate nocturna y a la venerable Perséfone, mezclando al mismo tiempo nombres bárbaros, ininteligibles y polisílabos.
10
Ménipo: Inmediatamente todo aquello empezó a temblar, el suelo se resquebrajó por el encantamiento, se oyó el ladrido de Cerbero desde lejos y el ambiente era sumamente sombrío y lúgubre. El rey de los infiernos, Aidoneo, se asustó desde abajo; pues ya se veían la mayor parte de las cosas, el lago, el Piriflegetón y los palacios de Plutón. Sin embargo, al bajar por la grieta, encontramos a Radamantis casi muerto de miedo; Cerbero ladró un poco y se inquietó, pero al tocar yo rápidamente la lira, fue encantado al instante por la melodía. Cuando llegamos al lago, por poco no cruzamos; pues el transbordador ya estaba lleno y rebosante de lamentos, y todos los que navegaban estaban heridos, uno con la pierna, otro con la cabeza, otro con alguna otra parte destrozada, al parecer, por venir de alguna guerra. Sin embargo, el buen Caronte, al ver la piel de león, creyendo que yo era Heracles, me recibió, me cruzó con alegría y, al desembarcar, me señaló el camino.
11
Ménipo: Cuando estuvimos en la oscuridad, Mitrobarzanes iba delante y yo le seguía detrás, agarrado a él, hasta que llegamos a un prado inmenso cubierto de asfódelos, donde las sombras de los muertos revoloteaban a nuestro alrededor chillando. Avanzando poco a poco, llegamos al tribunal de Minos; él estaba sentado en un trono elevado, y a su lado estaban las Penas, las Erinias y los Alastores. Por otro lado, traían a muchos seguidos, atados con una larga cadena; decían que eran adúlteros, proxenetas, recaudadores de impuestos, aduladores, sicofantes y tal grupo de gente que lo confunde todo en la vida. Aparte, se acercaban los ricos y usureros, pálidos, barrigones y gotosos, cada uno de ellos cargando un collar y un cuervo de dos talentos. Nosotros, de pie, observábamos lo que ocurría y escuchábamos a los que se defendían; los acusaban unos oradores nuevos y extraños. Amigo:¿ Quiénes son estos, por Zeus? No te cortes en decirme esto también. Ménipo:¿ Conoces esas sombras que proyectan los cuerpos bajo el sol? Amigo: Por supuesto. Ménipo: Pues esas, cuando morimos, acusan, testifican y refutan lo que hemos hecho durante la vida, y parecen ser muy dignas de crédito, ya que siempre están con nosotros y nunca se separan de los cuerpos.
12
Ménipo: Minos, examinando cuidadosamente, enviaba a cada uno al lugar de los impíos para sufrir el castigo según el mérito de sus atrevimientos, y se ensañaba especialmente con aquellos que se habían envanecido por sus riquezas y cargos, y que casi esperaban ser adorados, despreciando su arrogancia y soberbia de corta duración, y porque no recordaban que ellos mismos eran mortales y habían obtenido bienes mortales. Ellos, despojándose de todo ese brillo, digo riquezas, linajes y poderes, permanecían desnudos, con la mirada baja, repasando como un sueño la felicidad que tuvieron entre nosotros; de modo que yo, al ver esto, me alegraba sobremanera y, si reconocía a alguno de ellos, me acercaba en silencio y le recordaba cómo era durante la vida y lo mucho que se inflaba entonces, cuando muchos esperaban desde el amanecer ante sus puertas esperando su salida, siendo empujados y rechazados por los criados; y él, apenas salía, con su púrpura, oro o bordados, creía hacer felices y dichosos a los que lo saludaban, si les daba a besar su pecho o su mano. Aquellos, pues, se afligían al oírlo.
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Ménipo: Pero para Minos, una sentencia fue dictada por favor; pues al siciliano Dionisio, acusado de muchas cosas terribles e impías por Dión y testificado por su sombra, lo salvó de la condena Aristipo de Cirene— a quien tienen en gran estima y tiene mucho poder en el inframundo—, quien, tras estar a punto de ser atado a la Quimera, lo liberó diciendo que había sido hábil para ganar dinero con muchos de los educados.
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Ménipo: Alejándonos del tribunal, llegamos al lugar de castigo. Allí, amigo, había muchas cosas lamentables que oír y ver; pues se oía el ruido de los azotes, los lamentos de los que eran asados al fuego, tormentos, cepos y ruedas, y la Quimera desgarraba y Cerbero devoraba. Todos eran castigados a la vez: reyes, esclavos, sátrapas, pobres, ricos, mendigos, y todos se arrepentían de sus atrevimientos. Reconocimos a algunos al verlos, a todos los que habían muerto hace poco; ellos se cubrían y se daban la vuelta, y si miraban, lo hacían con una actitud servil y aduladora,¿ y cómo crees que eran, siendo tan graves y soberbios durante la vida? A los pobres, sin embargo, se les daba una reducción de penas, y descansando, volvían a ser castigados. Y, además, vi también aquellos personajes míticos, a Ixión, a Sísifo y al frigio Tántalo, pasándolo mal, y al nacido de la tierra Ticio,¡ por Heracles, qué grande era!; yacía ocupando el espacio de un campo.
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Ménipo: Tras pasar también a estos, entramos en la llanura Aquerusia y encontramos allí a los semidioses, a las heroínas y al resto de la multitud de muertos viviendo por naciones y tribus, unos antiguos, mohosos y, como dice Homero, sin fuerza, otros aún frescos y compactos, especialmente los egipcios, debido a la abundancia de la momificación. Sin embargo, distinguir a cada uno no era nada fácil; pues todos se vuelven exactamente iguales al quedar los huesos al descubierto. Pero, con dificultad y tras mucho tiempo, al observarlos, los reconocíamos. Yacían unos sobre otros, oscuros, sin señales y sin conservar nada de los bienes que teníamos entre nosotros. Sin duda, al ver muchos esqueletos juntos y todos mirando con algo temible y vacío, mostrando los dientes desnudos, me preguntaba a mí mismo cómo distinguiría a Tersites del hermoso Nireo, o al mendigo Iro del rey de los feacios, o a Pirrias el cocinero de Agamenón. Pues ya no les quedaba ninguna de las antiguas señales, sino que los huesos eran iguales, desconocidos, sin marcas y sin poder ser distinguidos por nadie.
16
Ménipo: Por tanto, al ver aquello, me pareció que la vida de los hombres se asemeja a una larga procesión, y que la Fortuna organiza y dispone cada cosa, asignando disfraces diferentes y variados a los participantes; pues, tomando a uno, si se da el caso, lo vistió como rey, poniéndole una tiara, dándole guardaespaldas y coronando su cabeza con la diadema, mientras que a otro le puso el disfraz de criado; a uno lo adornó para que fuera hermoso, a otro lo hizo deforme y ridículo; pues, creo, el espectáculo debe ser de todo tipo. A menudo, en medio de la procesión, cambiaba los disfraces de algunos, no permitiéndoles desfilar hasta el final como se les había ordenado, sino que, tras cambiarles la ropa, obligó a Creso a tomar el atuendo de criado y cautivo, y a Meandro, que desfilaba entre los criados, le puso la tiranía de Polícrates. Y hasta cierto punto permitió usar el disfraz; pero cuando pasa el momento de la procesión, entonces cada uno, devolviendo el equipo y despojándose del disfraz, se vuelve junto con el cuerpo tal como era antes de nacer, sin diferenciarse en nada del vecino. Algunos, por insensatez, cuando la Fortuna se presenta a reclamar el adorno, se afligen y se indignan como si fueran privados de algo propio y no devolvieran lo que solo usaron por poco tiempo. Creo que también habrás visto a menudo en el escenario a esos actores trágicos que, según las necesidades de los dramas, se convierten ahora en Creontes, a veces en Príamos o Agamenones, y el mismo, si se da el caso, poco antes imitó muy solemnemente el disfraz de Cécrope o Erecteo y poco después salió como criado por orden del poeta. Y al terminar el drama, cada uno de ellos, despojándose de aquel vestido bordado en oro, dejando el rostro y bajando de los coturnos, anda como pobre y humilde, ya no Agamenón hijo de Atreo ni Creonte hijo de Meneceo, sino Polo hijo de Caricles, de Sunio, o Sátiro hijo de Teogeitón, de Maratón. Tales son también los asuntos de los hombres, como me pareció al verlo entonces.
17
Amigo: Dime, Ménipo,¿ los que tienen esas tumbas costosas y elevadas sobre la tierra, con estelas, imágenes e inscripciones, no son más valiosos allí que los muertos profanos? Ménipo: Dices tonterías. Si hubieras visto al mismo Mausolo— me refiero al cario, el famoso por su tumba—, sé bien que no habrías parado de reír; tan humilde estaba tirado en un rincón, escondido entre el resto de la multitud de muertos, a mi parecer, disfrutando tanto del monumento como le pesaba estar bajo tal carga; pues cuando, compañero, Éaco mide el lugar a cada uno— y no da más de un pie—, es necesario estar contento y acostarse encogido según la medida. Y creo que te habrías reído mucho más si hubieras visto a nuestros reyes y sátrapas mendigando allí, vendiendo salazones por necesidad o enseñando las primeras letras y siendo insultados por cualquiera y golpeados en la cara como los esclavos más despreciables. A Filipo de Macedonia, al verlo, no pude contenerme; se me mostró en un rincón remendando zapatos viejos por un salario. Y se podía ver a muchos otros mendigando en las encrucijadas, hablo de Jerjes, Daríos y Polícrates.
18
Amigo: Cuentas cosas extrañas sobre los reyes, casi increíbles.¿ Y qué hacía Sócrates, Diógenes y cualquier otro de los sabios? Ménipo: Sócrates anda también por allí refutando a todos; le acompañan Palamedes, Odiseo, Néstor y cualquier otro muerto charlatán. Sin embargo, todavía estaba hinchado y tenía las piernas inflamadas por la ingestión de la cicuta. El buen Diógenes vive cerca de Sardanápalo el asirio, de Midas el frigio y de otros de los lujosos; al oír cómo se lamentan y repasan su antigua fortuna, se ríe y se divierte, y la mayor parte del tiempo, acostado boca arriba, canta con voz muy áspera y desagradable, tapando sus lamentos, de modo que los hombres se molestan y piensan en mudarse al no soportar a Diógenes.
19
Amigo: Esto es suficiente.¿ Pero cuál era el decreto que decías al principio que se había votado contra los ricos? Ménipo: Bien me lo has recordado; pues no sé cómo, al proponerme hablar de esto, me desvié mucho del tema. Mientras pasaba el tiempo allí, los prítanes convocaron una asamblea sobre los asuntos de interés común; al ver a muchos corriendo, me mezclé con los muertos y enseguida fui uno de los asambleístas. Se trataron otros asuntos, y al final el de los ricos; pues, tras haber sido acusados de muchas cosas terribles, violencia, arrogancia, soberbia e injusticia, al final se levantó uno de los demagogos y leyó un decreto como este.
20
Decreto: Puesto que los ricos cometen muchas ilegalidades durante la vida, robando, usando la violencia y despreciando a los pobres de todas las maneras, decida el consejo y el pueblo que, cuando mueran, sus cuerpos sean castigados como los de los otros malvados, y sus almas, enviadas de nuevo arriba a la vida, se introduzcan en los asnos, hasta que pasen en tal estado veinticinco mil años, siendo asnos de asnos, cargando pesos y siendo conducidos por los pobres, y que después de eso les sea permitido morir. Propuso la moción Cranión, hijo de Esqueletión, de la tribu Alibántide. Tras leerse este decreto, las autoridades votaron a favor, la multitud levantó la mano, Brimo rugió y Cerbero ladró; pues así es como las decisiones se vuelven completas y válidas.
21
Ménipo: Esto es lo que pasó en la asamblea. Yo, por mi parte, por lo que había venido, me acerqué a Tiresias y le supliqué que, tras contarle todo, me dijera qué considera él la mejor vida. Él, riendo— es un viejecito ciego, pálido y de voz débil—, dice: Hijo, conozco la causa de tu duda, que provino de los sabios que no piensan lo mismo entre sí; pero no es lícito decírtelo; pues ha sido prohibido por Radamantis. De ninguna manera, dije, padre, sino dímelo y no permitas que yo, más ciego que tú, siga andando por la vida. Él, llevándome aparte y alejándome mucho de los demás, se inclinó suavemente hacia mi oído y dijo: La mejor vida de los profanos es la de los sensatos, dejando de lado la meteorología, el estudio de los fines y principios, despreciando los silogismos de estos sabios y considerando tales cosas como tonterías, que busques solo esto de todo: cómo, aprovechando bien el presente, pases de largo riendo la mayor parte del tiempo y sin preocuparte por nada. Dicho esto, se marchó de nuevo por el prado de asfódelos.
22
Ménipo: Yo— pues ya era tarde—, digo: Vamos, Mitrobarzanes,¿ por qué nos demoramos y no volvemos a la vida? Él, ante esto, dice: Ten confianza, Ménipo; pues te mostraré un camino rápido y sin complicaciones. Y llevándome a un lugar más oscuro que el resto, señalando con la mano desde lejos una luz tenue y débil que entraba como por una rendija, dijo: Ese es el santuario de Trofonio, y de allí bajan los de Beocia. Sube, pues, por aquí y estarás directamente en Grecia. Complacido por lo dicho, me despedí del mago, trepé con mucha dificultad por la abertura y no sé cómo me encuentro en Lebadea.

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