Philopseudes sive incredulus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Tiquíades:¿ Podrías decirme, Filocles, qué es lo que impulsa a tantos a desear mentir, de modo que ellos mismos se complacen en no decir nada sensato y los que escuchan tales cosas prestan la mayor atención? Filocles: Muchas son, Tiquíades, las cosas que obligan a algunos hombres a decir falsedades, mirando hacia lo que es útil. Tiquíades: Eso no viene al caso, como suele decirse; pues no preguntaba por aquellos que mienten por necesidad; pues estos son perdonables, o incluso algunos de ellos dignos de elogio, aquellos que engañaron a sus enemigos o utilizaron tal remedio para salvarse en situaciones críticas, como hacía a menudo Odiseo, luchando por su propia vida y por el regreso de sus compañeros. Pero hablo de aquellos, mi buen amigo, que prefieren la mentira a la verdad sin necesidad alguna, deleitándose en el asunto y recreándose en él sin pretexto necesario alguno. Por tanto, quiero saber qué bien obtienen al hacer esto.
2
Filocles:¿ Acaso ya has observado a algunos de esos, en quienes este amor por la mentira es innato? Tiquíades: Y son muchísimos los tales. Filocles:¿ Y qué otra cosa, entonces, sino la insensatez, debemos decir que es la causa de que no digan la verdad, si es que eligen lo peor en lugar de lo mejor? Tiquíades: Tampoco es eso, Filocles. Pues podría mostrarte a muchos que son sensatos en otras cosas y admirables en su juicio, que no sé cómo han caído en este mal y son amantes de la mentira, de modo que me aflige que hombres tan excelentes en todo se complazcan, sin embargo, en engañarse a sí mismos y a quienes se encuentran con ellos. Pues a aquellos antiguos anteriores a mí, debes conocerlos: a Heródoto, a Ctesias de Cnido y, antes que ellos, a los poetas y al mismo Homero, hombres dignos de canto, que utilizaron la mentira escrita de tal manera que no solo engañaron a quienes los escuchaban entonces, sino que la mentira llega hasta nosotros, transmitida y preservada en los más bellos versos y metros. A mí, al menos, a menudo me da vergüenza por ellos cuando narran la castración de Urano, las cadenas de Prometeo, la rebelión de los Gigantes y toda la tragedia del Hades, y cómo Zeus, por amor, se convirtió en toro o en cisne, y cómo alguien se transformó de mujer en pájaro o en osa, y además los Pegasos, las Quimeras, las Gorgonas, los Cíclopes y todas esas fábulas tan extrañas y monstruosas, capaces de encantar las almas de los niños que aún temen a Mormo y a Lamia.
3
Y, sin embargo, lo de los poetas quizás sea moderado, pero¿ cómo no es ridículo que ciudades y naciones enteras mientan común y públicamente? Si los cretenses no se avergüenzan al mostrar la tumba de Zeus, y los atenienses dicen que Erictonio brotó de la tierra y que los primeros hombres surgieron del Ática como las hortalizas, estos son mucho más solemnes que los tebanos, quienes narran que de los dientes de una serpiente brotaron unos Espartos. Y quienquiera que no crea que estas cosas, siendo ridículas, son verdaderas, sino que, examinándolas sensatamente, considere que creer en ellas es propio de un Corebo o de un Margites, o que Triptólemo viajó por el aire en dragones alados, o que Pan vino de Arcadia como aliado a Maratón, o que Oritía fue raptada por Bóreas, ese es considerado por ellos impío y necio por desconfiar de cosas tan evidentes y verdaderas; hasta tal punto prevalece la mentira.
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Pero los poetas, Tiquíades, y también las ciudades, podrían obtener perdón razonablemente, unos al mezclar en sus escritos el encanto del mito, que es muy atrayente, lo cual es lo que más necesitan para sus oyentes, y los atenienses y tebanos y cualesquiera otros al hacer que sus patrias parezcan más solemnes a partir de tales cosas. Si alguien, en efecto, eliminara estos relatos míticos de Grecia, nada impediría que sus guías murieran de hambre, al no querer los extranjeros escuchar la verdad sin recompensa. Pero aquellos que, sin ninguna causa de este tipo, se complacen en la mentira, parecerían razonablemente muy ridículos.
5
Tiquíades: Hablas bien. Yo, de hecho, vengo de casa de Eucrates, el famoso, habiendo escuchado muchas cosas increíbles y míticas; o mejor dicho, me fui mientras las decían, sin soportar la exageración del asunto, sino que me expulsaron como las Erinias, narrando muchas cosas monstruosas y extrañas. Filocles: Y, sin embargo, Tiquíades, Eucrates es alguien digno de crédito, y nadie creería que él, un hombre de sesenta años, con una barba tan larga, y que además se dedica a la filosofía la mayor parte del tiempo, soportaría escuchar a otro mentir estando presente, y mucho menos atreverse él mismo a algo así. Tiquíades: Es que no sabes, amigo, qué cosas dijo, cómo las confirmó, y cómo juraba por la mayoría de ellas, poniendo a los niños como testigos, de modo que, al mirarlo, pensaba cosas diversas: unas veces que estaba loco y fuera de sí, y otras que, siendo un embaucador, me había engañado durante tanto tiempo, ocultando bajo la piel de león a un mono ridículo; tan absurdas eran las cosas que contaba. Filocles:¿ Qué es eso, por Hestia, Tiquíades? Pues quiero saber qué clase de impostura ocultaba bajo tan gran barba.
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Tiquíades: Solía, Filocles, ir a visitarlo en otras ocasiones, si alguna vez tenía mucho tiempo libre, pero hoy, necesitando encontrarme con Leontico— un amigo mío, como sabes—, al escuchar de su hijo que había ido por la mañana a casa de Eucrates para visitarlo porque estaba enfermo, fui a verlo por ambos motivos, para encontrarme con Leontico y ver a aquel— pues ignoraba que estuviera enfermo—. Y lo encuentro allí, pero a Leontico ya no— pues se había ido, según decían, poco antes—, sino a otros muchos, entre los cuales estaban Cleodemo el peripatético, Deinómaco el estoico e Ion, ya sabes, el que pretende ser admirado por los discursos de Platón como el único que ha comprendido con precisión el pensamiento del hombre y es capaz de interpretarlo a los demás.¿ Ves qué clase de hombres te digo, sabios y virtuosos, según el principio de cada escuela, todos respetables y casi temibles a la vista? Incluso estaba presente el médico Antígono, llamado, supongo, por necesidad de la enfermedad. Y Eucrates parecía estar ya mejor, y la enfermedad era la de siempre: pues el flujo le había bajado de nuevo a los pies. Eucrates me pidió, pues, que me sentara a su lado en el lecho, inclinando suavemente la voz hacia un tono débil cuando me vio, aunque yo lo escuchaba gritar y esforzarse mientras entraba. Y yo, con mucha precaución de no tocar sus pies, tras disculparme con lo habitual, diciendo que ignoraba que estuviera enfermo y que, al enterarme, había venido corriendo, me senté cerca.
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Tiquíades: Ellos, supongo, ya habían dicho muchas cosas sobre la enfermedad, y otras las estaban narrando en ese momento, y además cada uno sugería algunos tratamientos. Cleodemo, en efecto, dice:« Si, pues, alguien toma del suelo el diente de una musaraña muerta de esta manera, como dije antes, y lo ata en una piel de león recién desollada, y luego lo envuelve alrededor de las piernas, el dolor cesa al instante».« No en piel de león— dijo Deinómaco—, yo escuché que de cierva hembra, aún virgen e intacta; y el asunto es así más convincente; pues la cierva es veloz y se fortalece especialmente por los pies. El león es valiente, sí, y su grasa, su mano derecha y los pelos erizados de su barba tienen gran poder, si alguien supiera usarlos con su propio encantamiento para cada uno; pero para la curación de los pies no promete nada».« Y yo mismo— dijo Cleodemo—, así lo pensaba desde hace tiempo, que debía ser la piel de cierva, porque la cierva es veloz; pero hace poco un sabio libio me enseñó tales cosas, diciendo que los leones son más veloces que las ciervas. Sin duda— dijo—, y las atrapan persiguiéndolas».
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Tiquíades: Los presentes elogiaron al libio por haber hablado bien. Y yo dije:«¿ Acaso creen que tales cosas cesan con encantamientos o con amuletos externos mientras el mal permanece dentro?». Se rieron ante mis palabras y era evidente que me consideraban muy necio si no conocía las cosas más evidentes y sobre las cuales nadie sensato negaría que son así. Sin embargo, el médico Antígono me pareció complacido con mi pregunta; pues desde hace tiempo era ignorado, supongo, al pretender ayudar a Eucrates con su arte, recomendándole abstenerse de vino, comer hortalizas y, en general, reducir la tensión. Cleodemo, pues, sonriendo al mismo tiempo, dijo:«¿ Qué dices, Tiquíades?¿ Te parece increíble que de tales cosas surjan algunos beneficios para las enfermedades?».« A mí sí— dije—, a menos que estuviera muy lleno de mucosidad en la nariz, como para creer que las cosas externas, sin tener nada en común con las internas que provocan las enfermedades, actúen con palabritas, como dicen, y algún tipo de hechizo, y envíen la curación al ser atadas. Y eso no podría suceder, ni aunque alguien atara dieciséis musarañas enteras en la piel del león de Nemea; yo, al menos, vi al león mismo cojeando muchas veces por dolores en su propia piel intacta».
9
Tiquíades:« Eres un completo ignorante— dijo Deinómaco— y no te has preocupado por aprender de qué manera actúan tales cosas al aplicarse a las enfermedades, y me parece que ni siquiera aceptarías las cosas más evidentes: las expulsiones de las fiebres periódicas, los encantamientos de las serpientes, las curaciones de los bubones y todo lo demás que ya hacen las ancianas. Si todas esas cosas suceden,¿ por qué no vas a creer que estas suceden por medios similares?».« Tú concluyes cosas interminables— dije—, Deinómaco, y, como dicen, sacas un clavo con otro; pues ni siquiera lo que dices es evidente que suceda con tal poder. Si no me convences primero, añadiendo a tu discurso por qué tiene naturaleza de suceder así, que tanto la fiebre como la inflamación temen un nombre divino o una frase bárbara y por eso huyen del bubón, siguen siendo para mí cuentos de viejas».
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« Me parece— dijo Deinómaco— que al decir tales cosas ni siquiera crees que existen los dioses, si no crees que las curaciones pueden suceder por nombres sagrados».« No digas eso— dije—, mi buen amigo; pues nada impide que, aun existiendo los dioses, tales cosas sean falsas. Yo venero a los dioses y veo sus curaciones y las que hacen bien a los enfermos levantándolos mediante fármacos y medicina; Asclepio mismo y sus hijos curaban a los enfermos aplicando fármacos suaves, no atando pieles de león y musarañas».
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Tiquíades:« Deja a este— dijo Ion—, yo les contaré algo maravilloso. Yo era aún un joven de unos catorce años. Llegó alguien anunciando a mi padre que Midas, el viñador, un siervo fuerte en lo demás y trabajador, yacía cerca de la hora de mercado, mordido por una víbora, con la pierna ya podrida; pues al atar los sarmientos y entrelazarlos en las estacas, la fiera se arrastró y lo mordió en el dedo gordo, y ella se apresuró a esconderse de nuevo en su madriguera, mientras él gemía, muriendo de dolores. Esto se anunciaba y veíamos al mismo Midas siendo traído en una camilla por sus compañeros de esclavitud, todo hinchado, lívido, supurando por encima, respirando apenas. Estando mi padre afligido, uno de los amigos presentes dijo:“ Ten ánimo, pues yo mismo iré a buscarte a un hombre babilonio de los caldeos, como dicen, que curará al hombre”. Y, para no alargarme, llegó el babilonio y levantó a Midas con un encantamiento, expulsando el veneno del cuerpo, e incluso atándole al pie una piedra de una virgen muerta, tras haberla arrancado de la estela. Y esto quizás sea moderado; aunque el mismo Midas, levantando la camilla en la que había sido traído, se fue al campo; tanto pudo el encantamiento y aquella piedra de la estela».
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« Y también hizo otras cosas verdaderamente divinas; pues al ir al campo por la mañana, tras pronunciar siete nombres sagrados de un libro antiguo y purificar el lugar con azufre y una antorcha, dando tres vueltas, llamó a todas las serpientes que había dentro de los límites. Vinieron, pues, como arrastradas por el encantamiento, muchas serpientes, áspides, víboras, cerastas, ácontias, sapos y bufos; quedaba un dragón viejo, que por la vejez, supongo, no podía arrastrarse o no escuchó la orden; el mago dijo que no estaban todos, sino que, eligiendo a uno de los más jóvenes como embajador, lo envió por el dragón, y al poco tiempo llegó también aquel. Y cuando se reunieron, el babilonio les sopló, y al instante todas se quemaron bajo el soplo, y nosotros nos maravillábamos».
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Tiquíades:« Dime, Ion— dije—,¿ acaso la serpiente embajadora, la joven, guiaba al dragón ya envejecido, como dices, o se apoyaba en un bastón?».« Tú bromeas— dijo Cleodemo—, pero yo mismo, siendo más incrédulo que tú desde hace tiempo— pues pensaba que no era posible por ninguna razón que tales cosas sucedieran—, sin embargo, cuando vi por primera vez al extranjero, al bárbaro, volando— y era de los hiperbóreos, según decía—, creí y fui vencido tras resistir mucho.¿ Pues qué debía hacer al verlo transportado por el aire siendo de día, caminando sobre el agua y pasando a través del fuego con calma y lentamente?».«¿ Tú viste eso— dije—, al hombre hiperbóreo volando o caminando sobre el agua?».« Y mucho más— dijo—, calzando además unas sandalias, como las que suelen calzar ellos. Pues,¿ qué necesidad hay de contar estas pequeñas cosas que demostraba, enviando amores, invocando demonios, llamando a muertos recientes, haciendo aparecer a la misma Hécate y bajando a la Luna?».
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Tiquíades:« Yo, al menos, les contaré lo que vi que hacía en casa de Glaucias, hijo de Alexicles. Pues Glaucias, al morir su padre, habiendo recibido la herencia, se enamoró de Criside, la mujer de Demeas. Me usaba como maestro para sus discursos, y si aquel amor no lo hubiera distraído, ya habría aprendido todo lo del Perípato, pues a sus dieciocho años ya analizaba y había terminado la audición física. Pero, desesperado por el amor, me lo cuenta todo, y yo, como era natural siendo su maestro, llevo a aquel mago hiperbóreo ante él por cuatro minas al momento— pues había que pagar algo por adelantado para los sacrificios— y dieciséis más, si conseguía a Criside. Él, observando la luna creciente— pues entonces es cuando suelen realizarse tales cosas—, tras cavar un foso en un lugar al aire libre de la casa, a medianoche, nos invocó primero a Alexicles, el padre de Glaucias, muerto siete meses antes; el anciano estaba indignado por el amor y se enfadaba, pero al final, sin embargo, le permitió amar. Después, hizo subir a Hécate, que traía a Cerbero, y bajó a la Luna, un espectáculo multiforme que aparecía de una manera y luego de otra; pues al principio mostraba forma femenina, luego se convertía en una vaca hermosa, luego aparecía como un perro. Finalmente, el hiperbóreo, tras modelar un pequeño amor de barro, dijo:“ Ve y trae a Criside”. Y el barro salió volando, y al poco tiempo se presentó ella golpeando la puerta y, al entrar, abraza a Glaucias como si estuviera locamente enamorada, y estuvieron juntos hasta que escuchamos cantar a los gallos. Entonces, la Luna voló de nuevo al cielo, Hécate bajó bajo tierra, los otros fantasmas desaparecieron y despedimos a Criside casi al amanecer».
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Tiquíades:« Si viste esto, Tiquíades, ya no habrías desconfiado de que hay muchas cosas útiles en los encantamientos».« Hablas bien— dije—; pues habría creído, si los hubiera visto, pero ahora, perdón, supongo, si no tengo la vista tan aguda como ustedes. Pero, sin embargo, conozco a la Criside de la que hablas, una mujer amante y dispuesta, y no veo por qué necesitaron para ella al embajador de barro, al mago de los hiperbóreos y a la misma Luna, a la que era posible traer a los hiperbóreos por veinte dracmas. Pues la mujer cede mucho ante este encantamiento y le sucede lo contrario que a los fantasmas; pues aquellos, si escuchan el sonido del bronce o del hierro, huyen— y esto también lo dicen ustedes—, pero ella, si suena dinero en alguna parte, acude al sonido. Además, me maravillo del mismo mago, si pudiendo él mismo ser amado por las mujeres más ricas y recibir talentos enteros de ellas, siendo tan tacaño por cuatro minas, hace a Glaucias digno de ser amado».« Dices cosas ridículas— dijo Ion—, desconfiando de todo».
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« Yo, al menos, te preguntaría con gusto qué dices sobre aquellos que liberan a los poseídos por demonios, expulsando tan claramente a los fantasmas. Y esto no debo decirlo yo, sino que todos conocen al sirio de Palestina, el sofista en esto, a cuántos, al tomarlos cuando caen ante la luna, tuercen los ojos y se llenan de espuma la boca, los levanta y los envía con la mente sana, tras liberarlos de los males por una gran paga. Pues cuando, al estar sobre los que yacen, pregunta de dónde han entrado en el cuerpo, el enfermo mismo calla, pero el demonio responde, hablando griego o bárbaro, de donde sea que él mismo sea, cómo y de dónde entró en el hombre; y él, invocando juramentos y, si no obedece, amenazando, expulsa al demonio. Yo, al menos, vi salir a uno de color negro y ahumado».« No es gran cosa— dije— ver tales cosas, Ion, para ti, a quien incluso se le aparecen las mismas ideas que muestra vuestro padre Platón, un espectáculo tenue comparado con nosotros, los que vemos borroso».
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«¿ Acaso solo Ion— dijo Eucrates— vio tales cosas, y no otros muchos se han encontrado con demonios, unos de noche y otros de día? Yo no una vez, sino miles de veces, ya casi he visto tales cosas; y al principio me perturbaba ante ellas, pero ahora, por la costumbre, no me parece ver nada irracional, y especialmente desde que el árabe me dio el anillo hecho de hierro de las cruces y me enseñó el encantamiento de muchos nombres, a menos que también desconfíes de mí, Tiquíades».«¿ Y cómo podría— dije— desconfiar de Eucrates, hijo de Deinón, hombre sabio y muy libre, que dice lo que le parece en su propia casa con libertad?».
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Tiquíades:« Lo del hombre de bronce, al menos— dijo Eucrates—, que aparece todas las noches a todos los de la casa, tanto a niños como a jóvenes y ancianos, esto no lo escucharías solo de mí, sino también de todos los nuestros».«¿ De qué hombre?— dije—.¿ No has visto, al entrar en el patio, una hermosa estatua erigida, obra de Demetrio el escultor?».«¿ Acaso dices el que lanza el disco— dije—, el que está inclinado según la postura del lanzamiento, vuelto hacia el discóforo, doblando suavemente una rodilla, como si fuera a levantarse junto con el lanzamiento?».« No a ese— dijo—, pues una de las obras de Mirón es también esta, el discóbolo que dices; ni al que está a su lado, el que se ciñe la cabeza con la cinta, el hermoso, pues esta es obra de Policleto. Pero deja a los que están a la derecha de los que entran, entre los cuales están también las esculturas de Critio y Nesiotes, los tiranicidas; tú, si viste a alguno junto al agua que fluye, barrigón, calvo, con la túnica medio desnuda, con algunos pelos de la barba al viento, con las venas marcadas, parecido a un hombre real, a ese me refiero; parece ser el general corintio Pellico».
19
Tiquíades:«¡ Por Zeus!— dije—, vi a uno a la derecha de la fuente, con cintas y coronas secas, con el pecho dorado con láminas».« Yo— dijo Eucrates— las doré, cuando me curó al tercer día de estar muriendo por la fiebre.¿ Acaso también es médico— dije— este excelente Pellico nuestro?».« No te burles— dijo Eucrates—, o el hombre no tardará en ir a por ti; sé cuánto puede este hombre de bronce del que te burlas.¿ O no crees que es del mismo que envía fiebres a quien quiere, si es que también puede expulsarlas?».« Que sea propicio— dije— el hombre de bronce y amable siendo tan valiente.¿ Qué otra cosa, entonces, ven todos los de la casa que hace?».« Tan pronto como llega la noche— dijo—, bajando de la base sobre la que está, recorre la casa en círculo, y todos nos encontramos con él a veces, incluso cantando, y no hay a quien haya hecho daño; pues solo hay que apartarse; él pasa sin molestar en nada a los que lo ven. Y, de hecho, se baña a menudo y juega durante toda la noche, de modo que se escucha el agua sonar. Mira, pues— dije—, no sea que el hombre no sea Pellico, sino Talos el cretense, el de Minos; pues también aquel era un hombre de bronce, vigilante de Creta. Y si no fuera de bronce, Eucrates, sino de madera, nada le impediría ser obra no de Demetrio, sino de las artes de Dédalo; pues huye, como dices, de la base también este».
20
Tiquíades:« Mira— dijo—, Tiquíades, no sea que te arrepientas de la burla más tarde. Sé lo que le pasó al que robó los óbolos que le ponemos cada luna nueva».« Debió sufrir cosas terribles— dijo Ion—, siendo un sacrílego».«¿ Cómo, pues, se vengó de él, Eucrates? Pues quiero escucharlo, aunque este Tiquíades desconfíe al máximo».« Muchos— dijo— óbolos yacían ante sus pies y otras monedas de plata pegadas al muslo con cera y láminas de plata, votos de alguien o paga por la curación de cuantos cesaron por él de estar presos de la fiebre. Había entre nosotros un siervo libio maldito, caballerizo; este intentó robar de noche todas esas cosas y las robó tras observar que el hombre de bronce ya había bajado. Pero cuando, al volver, Pellico supo al instante que había sido saqueado, mira cómo se vengó y descubrió al libio; pues durante toda la noche el desgraciado recorría el patio en círculo, sin poder salir, como si hubiera caído en un laberinto, hasta que fue capturado teniendo lo robado al llegar el día. Y entonces recibió no pocos golpes al ser atrapado, y no viviendo mucho tiempo, murió de mala manera siendo azotado, según decía, cada noche, de modo que incluso aparecían cardenales en su cuerpo al día siguiente. Ante esto, Tiquíades, también burla a Pellico y considera que yo, como un contemporáneo de Minos, ya estoy desvariando».« Pero, Eucrates— dije—, mientras el bronce sea bronce y la obra haya sido hecha por Demetrio de Alópece, siendo no un hacedor de dioses sino un hacedor de hombres, nunca temeré a la estatua de Pellico, a quien ni siquiera vivo habría temido mucho amenazándome».
21
Ante esto, el médico Antígono dijo:« También para mí, Eucrates, Hipócrates es de bronce, de un codo de tamaño; este, tan pronto como se apaga la mecha, recorre toda la casa en círculo sonando, volcando las cajas, mezclando los fármacos y volcando el mortero, y especialmente cuando posponemos el sacrificio que le sacrificamos cada año».«¿ Acaso también Hipócrates— dije—, el médico, exige ya que se le sacrifique, y se indigna si no es agasajado a su tiempo con víctimas perfectas? A quien habría que querer si alguien le ofreciera sacrificios, o le rociara hidromiel, o coronara la estela».
22
« Escucha, pues— dijo Eucrates—, esto incluso ante testigos, lo que vi hace cinco años; sucedía que era alrededor de la vendimia del año, y yo, habiendo dejado a los trabajadores vendimiando en el campo a mitad del día, me iba solo al bosque, pensando y reflexionando sobre algo. Y cuando estaba en la espesura, primero hubo un ladrido de perros, y yo suponía que Mnasón, mi hijo, como solía, jugaba y cazaba al haber pasado al matorral con sus compañeros. Pero no era así, sino que, al poco tiempo, habiendo ocurrido un terremoto y un ruido como de trueno, veo a una mujer acercarse, terrible, de casi medio estadio de altura. Tenía una antorcha en la izquierda y una espada en la derecha de unos veinte codos, y por debajo tenía pies de serpiente, y por arriba era parecida a una Gorgona, me refiero a la mirada y a lo espantoso del rostro, y en lugar de cabello tenía serpientes que colgaban en bucles, enroscándose alrededor del cuello y algunas enroscadas sobre los hombros».«¿ Ven— dijo— cómo me estremecí, amigos, mientras lo contaba?». Y al mismo tiempo, Eucrates mostraba los pelos de su brazo, supuestamente erizados por el miedo.
23
Los que estaban con Ion, Deinómaco y Cleodemo, boquiabiertos, le prestaban atención fija, hombres ancianos llevados de la nariz, adorando suavemente a un coloso tan increíble, una mujer de medio estadio, un espantajo gigantesco. Yo, mientras tanto, pensaba qué clase de hombres son ellos mismos, que tratan con jóvenes en sabiduría y son admirados por muchos, diferenciándose de los bebés solo por las canas y la barba, mientras que en lo demás son incluso más fáciles de llevar hacia la mentira que aquellos mismos.
24
Tiquiades:« Dime, Eucrates, ya que mencionas a Deinómaco,¿ qué tamaño tenían los perros de la diosa?».« Más altos que los elefantes de la India», respondió él,« y también negros y peludos, con el pelo sucio y polvoriento». Yo, al verlo, me quedé inmóvil, girando al mismo tiempo el sello que me había dado el árabe hacia el interior del dedo. Hécate, golpeando el suelo con su pie de serpiente, abrió una brecha inmensa, tan profunda como el Tártaro; luego, poco después, se marchó saltando hacia su interior. Yo, cobrando valor, me incliné, agarrándome de un árbol que crecía cerca para no caer de cabeza por el vértigo. Entonces vi todo lo que hay en el Hades: el Piriflegetonte, el lago, Cerbero, los muertos, hasta el punto de reconocer a algunos de ellos; vi, en efecto, a mi padre, vestido exactamente con las mismas ropas con las que lo enterramos.«¿ Y qué hacían, Eucrates?», preguntó Ion,«¿ qué hacían las almas?».«¿ Qué otra cosa», dijo él,« sino pasar el tiempo por clanes y fratrías con sus amigos y parientes, recostados sobre el asfódelo?».«¡ Que contradigan ahora», dijo Ion,« los que rodean a Epicuro al divino Platón y a su discurso sobre las almas!¿ Y no viste también al mismo Sócrates y a Platón entre los muertos?».« A Sócrates, sí», respondió,« aunque tampoco a él con claridad, sino que lo conjeturé porque era calvo y barrigón; a Platón, en cambio, no lo reconocí, pues creo que hay que decir la verdad ante los amigos. Pero, en fin, yo ya había visto todo lo suficiente, y la brecha se cerraba y se unía; y algunos de los criados que me buscaban, entre ellos este Pirrias, llegaron cuando la brecha aún no se había cerrado del todo. Dime, Pirrias, si digo la verdad».«¡ Por Zeus!», dijo Pirrias,« y también oí ladridos a través de la brecha y un fuego brillaba, me parece que por la antorcha». Y yo me reí de que el testigo añadiera los ladridos y el fuego.
25
Cleodemo dijo:« No has visto cosas nuevas ni invisibles para otros, pues yo mismo, no hace mucho, estando enfermo, vi algo parecido. Me cuidaba y me atendía este Antígono. Era el séptimo día y la fiebre era como un ardor violentísimo. Todos, dejándome en soledad, cerraron las puertas y esperaron fuera; pues así lo habías ordenado tú mismo, Antígono, por si lograba conciliar el sueño. Entonces se me apareció un joven hermosísimo, estando yo despierto, vestido con una túnica blanca, y luego, levantándome, me llevó a través de una brecha al Hades, donde enseguida reconocí a Tántalo, a Ticio y a Sísifo.¿ Y para qué voy a contarles lo demás? Cuando llegué ante el tribunal— estaban presentes Éaco, Caronte, las Moiras y las Erinias—, alguien que parecía un rey( creo que era Plutón) estaba sentado seleccionando los nombres de los que iban a morir, a quienes les había llegado el momento de superar el límite de la vida. El joven me llevó y me presentó ante él; Plutón se indignó y dijo al que me había traído:' A este aún no se le ha cumplido el hilo, así que que se vaya. Tú, en cambio, trae al herrero Demilo, pues vive más allá de su huso'. Yo, alegre, regresé corriendo, y ya sin fiebre, anuncié a todos que Demilo moriría; pues vivía en el vecindario y también estaba enfermo, según se decía. Y poco después oímos los lamentos de quienes lloraban por él».
26
«¿ Qué tiene eso de sorprendente?», dijo Antígono.« Yo conozco a alguien que resucitó veinte días después de ser enterrado, habiendo atendido al hombre tanto antes de su muerte como después de que resucitó».«¿ Y cómo», dije yo,« en veinte días el cuerpo no se pudrió ni se consumió de otra forma por el hambre? A menos que estuvieras atendiendo a algún Epiménides».
27
Mientras decíamos esto, entraron los hijos de Eucrates desde la palestra, uno ya fuera de la edad de efebo y el otro de unos quince años, y tras saludarnos se sentaron en el lecho junto a su padre; a mí me trajeron un sillón. Y Eucrates, como si recordara algo al ver a sus hijos, dijo, poniendo la mano sobre ellos:« Por ellos juro, Tiquiades, que te diré la verdad. Todos saben cuánto amé a mi difunta esposa, la madre de estos, y lo demostré con lo que hice por ella no solo viva, sino también cuando murió, quemando con ella todos sus adornos y la ropa con la que ella disfrutaba en vida. Al séptimo día después de su fallecimiento, yo estaba aquí, en este lecho, como ahora, tratando de consolar mi duelo, pues leía tranquilamente el libro de Platón sobre el alma. De repente, entra la misma Demainete y se sienta cerca, como ahora Eucratides»— señaló al menor de los hijos—. El niño se estremeció al instante, muy infantilmente, pues ya estaba pálido desde antes por el relato.« Yo», dijo Eucrates,« al verla, la abracé y lloré dando alaridos; ella no me dejaba gritar, sino que me reprochaba que, habiéndole regalado todo lo demás, no hubiera quemado uno de los dos sandalias de oro, y decía que se había caído debajo del cofre. Y por eso, al no encontrarlo, solo quemamos uno. Mientras seguíamos hablando, un maldito perrito maltés que estaba bajo el lecho ladró, y ella desapareció ante el ladrido. Sin embargo, la sandalia fue encontrada bajo el cofre y se quemó después».
28
«¿ Aún es digno de incredulidad esto, Tiquiades, siendo tan evidente y manifestándose cada día?».«¡ Por Zeus, no!», dije yo,« pues los que desconfían y son tan descarados ante la verdad merecerían ser golpeados en las nalgas con una sandalia de oro, como los niños».
29
Tras esto, entró el pitagórico Arignoto, el de larga cabellera, el de aspecto solemne, ya sabes, el famoso por su sabiduría, el llamado' el sagrado'. Yo, al verlo, respiré aliviado, pensando que había llegado aquel hacha contra las mentiras.« El sabio», decía yo,« los amordazará por contar tales prodigios». Y, como dice el refrán, pensé que la Fortuna me había enviado a este dios desde la máquina. Él, cuando se sentó tras cederle Cleodemo su lugar, primero preguntó por la enfermedad, y al oír de Eucrates que ya estaba mejor, dijo:«¿ Y qué filosofaban entre ustedes? Pues al entrar escuché parte y me pareció que iban a tener una buena discusión».«¿ Qué otra cosa», dijo Eucrates,« sino convencer a este obstinado»— señaló hacia mí—« de que existen ciertos demonios, fantasmas y almas de muertos que vagan sobre la tierra y se aparecen a quien quieren?». Yo me sonrojé y bajé la mirada, avergonzado ante Arignoto. Él dijo:« Mira, Eucrates, no sea que Tiquiades diga que solo vagan las almas de los que murieron violentamente, como si alguien se ahorcó, fue decapitado, empalado o murió de alguna otra forma así, y no las de los que murieron por destino; pues si dice eso, no dirá cosas del todo rechazables».«¡ Por Zeus, no!», dijo Deinómaco,« es que él cree que tales cosas ni siquiera existen ni se ven constituidas».
30
«¿ Qué dices?», dijo Arignoto, mirándome con severidad,«¿ te parece que nada de esto sucede, aun cuando todos, por así decirlo, lo ven?».« Defiéndeme», dije yo,« si no creo, es porque soy el único de los demás que no lo ve; si lo viera, por supuesto que creería, igual que ustedes».« Pero», dijo él,« si alguna vez vas a Corinto, pregunta dónde está la casa de Eubatides, y cuando te la muestren junto al Craneo, entra y dile al portero Tibio que quieres ver el lugar de donde el pitagórico Arignoto desenterró al demonio, lo expulsó e hizo que la casa fuera habitable en adelante».
31
«¿ Y qué era eso, Arignoto?», preguntó Eucrates.« Estaba deshabitada desde hacía mucho tiempo por los espantos, y si alguien la habitaba, huía inmediatamente aterrorizado, expulsado por un fantasma temible y turbulento. Por tanto, el techo ya se estaba cayendo y, en general, no había nadie que se atreviera a entrar. Yo, al oír esto, tomé mis libros— tengo muchos egipcios sobre tales asuntos— y fui a la casa al primer sueño, a pesar de que el extranjero me disuadía y casi me retenía, pues sabía a dónde iba, a un mal evidente, según él creía. Yo, tomando una lámpara, entré solo y, tras dejar la luz en la estancia más grande, me puse a leer tranquilamente sentado en el suelo. El demonio se apareció, pensando que yo era uno de tantos y esperando asustarme como a los demás, polvoriento, de larga cabellera y más negro que la oscuridad. Se plantó ante mí e intentó atacarme por todas partes, a ver si podía dominarme, convirtiéndose a veces en perro, a veces en toro o en león. Yo, sacando la fórmula más espantosa, recitando en lengua egipcia, lo obligué cantando a retirarse a un rincón de la oscura estancia; al ver dónde se ocultaba, me puse a descansar el resto de la noche. Al amanecer, cuando todos, habiendo perdido la esperanza y creyendo que me encontrarían muerto como a los demás, salí inesperadamente y me acerqué a Eubatides, dándole la buena noticia de que ya podía habitar la casa limpia y sin miedo. Entonces, llevándolo a él y a muchos otros— pues lo seguían por la curiosidad del prodigio—, les ordené, tras llevarlos al lugar donde había visto ocultarse al demonio, que cavaran con azadones y palas, y cuando lo hicieron, se encontró un cadáver enterrado desde hacía tiempo, solo los huesos dispuestos según la forma. Enterramos a aquel tras desenterrarlo, y la casa dejó de ser molestada por los fantasmas desde entonces».
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Cuando Arignoto, hombre divino en sabiduría y respetable para todos, dijo esto, ya no quedaba nadie de los presentes que no condenara mi gran insensatez por no creer en tales cosas, y eso que lo decía Arignoto. Yo, sin embargo, sin temblar ni por su cabellera ni por su reputación, dije:«¿ Qué es esto, Arignoto?¿ Tú también eras así, la única esperanza de la verdad, lleno de humo y fantasías? Como dice el refrán, el tesoro nos ha resultado ser carbón».« Y tú», dijo Arignoto,« si no crees ni en mí, ni en Deinómaco, ni en este Cleodemo, ni en el mismo Eucrates, vamos, dime,¿ a quién consideras más digno de crédito sobre tales asuntos que diga lo contrario a nosotros?».«¡ Por Zeus!», dije yo,« al admirable hombre de Abdera, Demócrito, quien estaba tan convencido de que nada de eso podía existir que, cuando se encerró en un sepulcro fuera de las puertas y pasaba allí el tiempo escribiendo y componiendo día y noche, y algunos jóvenes, queriendo burlarse de él y asustarlo, se vistieron con ropas negras y máscaras que imitaban calaveras, lo rodearon y bailaron a su alrededor saltando con fuerza, él ni se asustó por su fingimiento ni los miró en absoluto, sino que, mientras escribía, dijo:' Dejen de jugar'. Tan firmemente creía que las almas no eran nada una vez fuera de los cuerpos».«¿ Dices que también Demócrito fue un hombre insensato, si pensaba así?», dijo Eucrates.
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« Yo les contaré otra cosa que sufrí yo mismo, no que oí de otro; quizás tú también, Tiquiades, al oírla, seas conducido a la verdad del relato. Pues cuando vivía en Egipto, siendo aún joven, enviado por mi padre con el pretexto de estudiar, deseé navegar hasta Copto y desde allí ir a ver a Memnón para oír aquel sonido maravilloso que emite al salir el sol. De él, pues, oí no una voz confusa como la mayoría, sino que el mismo Memnón, abriendo la boca, me profetizó en siete versos, y si no fuera superfluo, les diría los mismos versos».
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« Durante el viaje de regreso, coincidió que navegaba con nosotros un hombre de Menfis, uno de los escribas sagrados, admirable en sabiduría y conocedor de toda la educación egipcia; se decía que había vivido veintitrés años en los santuarios subterráneos, siendo instruido en la magia por Isis».«¿ Hablas de Pancrates?», dijo Arignoto,« mi maestro, un hombre sagrado, afeitado, vestido de lino, siempre reflexivo, que no hablaba griego con pureza, alto, de nariz chata, labios prominentes y piernas muy delgadas».« A él mismo», dijo,« a ese Pancrates. Al principio no sabía quién era, pero cuando lo vi, cada vez que anclábamos el barco, realizar muchos otros prodigios, y en particular montar sobre cocodrilos y nadar junto a las fieras, mientras estas se encogían y le hacían carantoñas con las colas, supe que era un hombre sagrado. Poco a poco, al ser amable, sin darme cuenta me hice su compañero y conocido, de modo que me hacía partícipe de todos sus secretos. Finalmente, me convence de dejar a todos los criados en Menfis y seguirlo solo a él, pues no nos faltaría quien nos sirviera; y desde entonces vivíamos así».
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« Cuando llegábamos a alguna posada, el hombre tomaba el cerrojo de la puerta, una escoba o un mortero, lo envolvía en ropas y, tras decir un encantamiento, lo hacía caminar, pareciendo a todos los demás un hombre. Este iba, llenaba de agua, hacía la compra, preparaba la comida y servía y atendía todo con destreza. Luego, cuando estaba satisfecho con el servicio, volvía a convertir la escoba o el mortero en lo que era tras decir otro encantamiento. Yo, muy interesado, no lograba aprenderlo de él, pues me lo ocultaba, aunque era muy servicial en todo lo demás. Un día, a escondidas, escuché el encantamiento, que era casi de tres sílabas, estando de pie en la oscuridad. Él se fue al mercado tras darle instrucciones al mortero de lo que debía hacer».
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« Yo, al día siguiente, mientras él estaba ocupado en el mercado, tomé el mortero, lo preparé igual, dije las sílabas y le ordené traer agua. Cuando llenó el cántaro y lo trajo, dije:' Detente, ya no traigas más agua, vuelve a ser mortero'. Pero ya no quería obedecerme, sino que seguía trayendo agua, hasta que nos llenó la casa de agua al desbordarse. Yo, sin saber qué hacer con el asunto— pues temía que Pancrates regresara y se indignara, lo cual sucedió—, tomé un hacha y corté el mortero en dos partes; pero cada parte tomó un cántaro y trajo agua, y en lugar de uno, me habían salido dos criados. En esto llega Pancrates y, al comprender lo sucedido, volvió a convertir aquello en madera, como era antes del encantamiento, pero él, dejándome, se marchó a escondidas, no sé a dónde, y desapareció».«¿ Entonces ahora», dijo Deinómaco,« sabes incluso eso, hacer un hombre de un mortero?».«¡ Por Zeus, sí!», dijo,« pero solo a medias; pues ya no me es posible devolverlo a su estado original una vez que se convierte en aguador, sino que tendríamos que inundar la casa con el agua que trae».
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«¿ No dejarán de contar tales monstruosidades, hombres ancianos? Si no, al menos por estos jóvenes, pospongan para otra ocasión estos relatos paradójicos y terribles, no sea que, sin darnos cuenta, se llenen de espantos y mitos extraños. Hay que ser considerados con ellos y no acostumbrarlos a oír cosas que, acompañándolos toda la vida, los molestarán y los volverán miedosos, llenándolos de una superstición variada».
38
« Bien has recordado», dijo Eucrates,« al mencionar la superstición. Pues,¿ qué te parece, Tiquiades, sobre tales asuntos, me refiero a oráculos, presagios y todo lo que algunos vociferan poseídos por un dios, o lo que se oye desde los santuarios, o lo que una virgen predice en verso sobre el futuro?¿ O es que también desconfiarás de tales cosas? Yo, por mi parte, no digo que tengo un anillo sagrado que lleva grabada la imagen de Apolo Pitio y que este Apolo me habla, no sea que te parezca increíble que me jacte de mí mismo; pero lo que oí de Anfíloco en Malo, cuando el héroe habló conmigo en persona y me aconsejó sobre mis asuntos, y lo que vi yo mismo, quiero contárselo, y luego lo que vi en Pérgamo y lo que oí en Pátara. Pues cuando regresaba de Egipto a casa, al oír que aquel oráculo en Malo era el más ilustre y veraz, y que respondía claramente en verso a lo que uno escribía en una tablilla y entregaba al profeta, consideré oportuno intentar consultar al dios sobre el futuro durante el viaje».
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Mientras Eucrates seguía diciendo esto, al ver hacia dónde iba a llegar el asunto y cómo iniciaba una tragedia no pequeña sobre los oráculos, no considerando necesario contradecir a todos solo, lo dejé mientras aún navegaba de Egipto a Malo— pues comprendía que les molestaba mi presencia, como a un antisofista de sus mentiras—.« Pero yo me voy», dije,« a buscar a Leontico, pues necesito reunirme con él. Ustedes, ya que no consideran suficientes las cosas humanas, llamen también a los mismos dioses para que los ayuden con sus mitos». Y mientras decía esto, salía. Ellos, alegres por haber recuperado la libertad, banqueteaban, como es natural, y se hartaban de mentiras. Tales cosas, Filocles, he oído en casa de Eucrates y regreso,¡ por Zeus!, como los que han bebido mosto, con el vientre hinchado y necesitado de vomitar. Gustosamente habría comprado en cualquier parte, por mucho precio, algún fármaco para olvidar lo que oí, para que la memoria de ello, al habitar en mí, no me cause algún mal; pues me parece ver monstruos, demonios y Hécates.
40
Filocles:« Yo también, Tiquiades, he sufrido algo parecido por tu relato. Dicen, en efecto, que no solo rabian y temen el agua los que son mordidos por perros rabiosos, sino que, si el hombre mordido muerde a alguien, la mordedura tiene el mismo efecto que la del perro, y aquel también teme lo mismo. Y tú, por tanto, pareces haber sido mordido en casa de Eucrates por muchas mentiras y haberme contagiado la mordedura; así de lleno de demonios me has dejado el alma». Tiquiades:« Pero tengamos ánimo, amigo, pues tenemos un gran antídoto contra tales cosas: la verdad y la razón recta sobre todas las cosas, usando la cual nada nos perturbará de estas mentiras vacías y vanas».