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Original / primary: Spanish Gemini
1
Cuentan, mi querido Filón, que durante el reinado de Lisímaco, una enfermedad se apoderó de los abderitas, de este tipo: al principio, todos caían en una fiebre intensa y persistente desde el primer momento, pero alrededor del séptimo día, a unos les sobrevenía una abundante hemorragia nasal y a otros un sudor copioso, lo cual rompía la fiebre. Sin embargo, el mal derivaba en un trastorno ridículo: todos empezaban a delirar con tragedias, recitaban yambos y gritaban a grandes voces, especialmente monologando la Andrómeda de Eurípides y recitando por turnos el parlamento de Perseo. La ciudad estaba llena de aquellos pálidos y delgados trágicos de siete días, que gritaban a voz en cuello:«¡ Oh Eros, tirano de dioses y hombres!», y otras cosas por el estilo, y esto durante mucho tiempo, hasta que un gran invierno y frío los hizo dejar de desvariar. Me parece que la causa de tal suceso fue el actor trágico Arquelao, muy famoso en aquel entonces, quien, en pleno verano y con un calor sofocante, les representó la Andrómeda, de modo que muchos contrajeron la fiebre en el teatro y, al recuperarse, se deslizaron hacia la tragedia, pues la Andrómeda permanecía mucho tiempo en su memoria y Perseo, junto con Medusa, seguía sobrevolando la mente de cada uno.
2
Así pues, dicen que, comparando una cosa con otra, aquel mal de Abdera ha invadido ahora a la mayoría de los instruidos, no hasta el punto de representar tragedias— pues habrían delirado menos si estuvieran poseídos por yambos ajenos, que no son despreciables—, sino que, desde que se han puesto en marcha estos asuntos inmediatos, la guerra contra los bárbaros, el desastre en Armenia y las continuas victorias, no hay nadie que no escriba una historia; más bien, todos somos Tucídides, Heródotos y Jenofontes. Y, al parecer, era verdad aquel dicho de que« la guerra es el padre de todas las cosas», si es que ha hecho brotar a tantos escritores bajo un mismo impulso.
3
Al ver y oír esto, mi querido amigo, me vino a la mente aquel episodio del de Sinope: cuando se decía que Filipo estaba a punto de atacar, todos los corintios estaban alborotados y ocupados, uno reparando armas, otro acarreando piedras, otro reforzando los cimientos del muro, otro apuntalando una almena, y cada cual realizando alguna otra tarea útil. Diógenes, al ver esto, como no tenía nada que hacer— pues nadie lo empleaba para nada—, se ciñó su manto con gran diligencia y él mismo se puso a rodar su tinaja, en la que vivía, arriba y abajo por el Craneo. Y al preguntarle uno de sus conocidos:«¿ Por qué haces eso, Diógenes?», respondió:« Ruedo también mi tinaja, para no parecer el único ocioso entre tantos que trabajan».
4
Así que yo también, Filón, para no ser el único mudo en una época tan ruidosa ni ser arrastrado en silencio como un comparsa cómico con la boca abierta, consideré que estaba bien rodar mi tinaja en la medida de mis posibilidades, no para escribir una historia ni para relatar los hechos mismos; no soy tan audaz, no temas eso por mí. Pues sé cuán grande es el peligro si uno rueda sobre piedras, y especialmente mi pequeña tinaja, que no está muy bien cocida; pues será necesario, en cuanto tropiece con una pequeña piedra, recoger los pedazos. Así pues, lo que he decidido y cómo participaré de forma segura en la guerra, estando yo mismo fuera de alcance, te lo diré. Me abstendré de ese humo, de ese oleaje y de las preocupaciones que tiene el historiador, haciendo bien en ello, pero ofreceré una pequeña advertencia y estos pocos consejos a los que escriben, para participar con ellos en la construcción, aunque no sea en la inscripción, al menos tocando el barro con la punta de los dedos.
5
Aunque la mayoría no cree necesitar consejos para esta tarea, ni más que para caminar, ver o comer, sino que es algo muy fácil, sencillo y al alcance de cualquiera escribir historia, si uno es capaz de expresar lo que le viene a la mente. Pero tú mismo sabes, compañero, que esto no es de lo que se maneja fácilmente ni de lo que se puede componer con desidia, sino que, si algo en los discursos requiere mucho cuidado, es esto, si uno, como dice Tucídides, lo compone como una posesión para siempre. Sé que no convenceré a muchos de ellos, y que a algunos les pareceré muy molesto, especialmente a aquellos cuya historia ya está terminada y expuesta en público. Y si además ha sido elogiada por los oyentes de entonces, es una locura esperar que tales personas cambien o reescriban algo de lo que ya ha sido ratificado y está depositado como en los palacios reales. Sin embargo, no está de más que se les diga a ellos mismos, para que, si alguna vez surge otra guerra, ya sea de celtas contra getas o de indios contra bactrianos— pues contra nosotros nadie se atrevería, ya que todo ha sido sometido—, tengan este canon para componer mejor, si es que les parece correcto; si no, que ellos mismos sigan midiendo el asunto con la misma vara que ahora. El médico no se afligirá mucho si todos los abderitas representan voluntariamente a Andrómeda.
6
Siendo doble la tarea del consejo, pues enseña qué elegir y qué evitar, vamos a decir primero qué debe evitar quien escribe historia y de qué debe purificarse más, y luego qué debe usar para no errar el camino recto y directo, qué principio debe tomar, qué orden debe aplicar a los hechos, la medida de cada uno, qué debe silenciar, en qué debe detenerse, qué es mejor pasar por alto y cómo expresar y ensamblar todo ello. Esto y lo demás vendrá después; ahora digamos ya los vicios que acompañan a los que escriben mal. Los errores comunes a todos los discursos en cuanto a voz, armonía, pensamiento y demás falta de técnica, sería largo de enumerar y no es propio del tema presente; pues, como dije, son errores comunes a todos los discursos en cuanto a voz y armonía.
7
Lo que cometen en la historia, lo encontrarás si observas, como me ha parecido a mí muchas veces al escuchar, especialmente si abres los oídos a todos ellos. No es inoportuno recordar de paso algunos ejemplos de lo que ya se ha escrito así, y primero observemos cuán grande es el error que cometen: la mayoría de ellos, descuidando el relato de los hechos ocurridos, se detienen en los elogios a jefes y generales, elevando a los suyos a las alturas y hundiendo a los enemigos más allá de lo razonable, ignorando que la historia no está separada y amurallada del encomio por un istmo estrecho, sino que hay un gran muro en medio de ellos y, como dicen los músicos, hay una distancia de dos octavas entre ambos, ya que al que elogia solo le importa una cosa: elogiar de cualquier manera y complacer al elogiado, y si para lograr su fin tiene que mentir, poco le importaría; pero la historia no soportaría que se introdujera ninguna mentira, ni siquiera por un instante, no más de lo que los médicos dicen que la tráquea soportaría algo tragado en ella.
8
Además, parecen ignorar que la poesía y los poemas tienen otras promesas y reglas propias, y la historia otras; allí la libertad es desenfrenada y una sola ley: lo que le parezca al poeta. Pues está inspirado y poseído por las Musas, y si quiere uncir un carro de caballos alados, o hacer que otros corran sobre el agua o sobre las puntas de las espigas, no hay envidia, ni temen que, cuando Zeus los suspende de una cuerda, se rompa todo y se desplome al caer la tierra y el mar. Pero incluso si quieren elogiar a Agamenón, nadie les impide que tenga la cabeza y los ojos iguales a los de Zeus, el pecho al de su hermano Poseidón, el cinturón al de Ares, y que en suma el hijo de Atreo y Aérope deba ser una composición de todos los dioses; pues ni Zeus, ni Poseidón, ni Ares por sí solos son capaces de completar su belleza. Pero si la historia acepta tal adulación,¿ qué otra cosa se convierte sino en una especie de poesía en prosa, privada de aquella grandilocuencia, pero mostrando el resto de la monstruosidad desnuda de metros y por ello más notable? Es, pues, un gran mal, o mejor dicho, enorme, si uno no sabe distinguir lo que es propio de la historia y lo que es de la poesía, sino que introduce en la historia los adornos de la otra, el mito, el elogio y las exageraciones en ellos, como si alguien vistiera a un atleta de esos robustos y completamente duros con púrpuras y el resto de los adornos de una cortesana, y le untara el rostro con colorete y albayalde;¡ por Heracles, qué ridículo lo dejaría al avergonzarlo con tal adorno!
9
Y no digo que no se deba elogiar a veces en la historia; pero se debe elogiar en el momento oportuno y aplicar una medida al asunto, para que no sea molesto para los que lo lean después, y en general, tales cosas deben ser reguladas según lo que vendrá, lo cual mostraremos poco después. Pero ellos creen que dividen bien la historia en dos, en lo agradable y lo útil, y por eso introducen también el elogio en ella como algo agradable y que alegra a los que se encuentran con ella.¿ Ves cuánto se han alejado de la verdad? Primero, usando una división falsa; pues la historia tiene una sola tarea y fin: lo útil, que se obtiene solo de la verdad. Lo agradable es mejor si también acompaña, como la belleza a un atleta, pero si no, nada impedirá que Nicóstrato, hijo de Isidoto, sea un noble y más valiente que cualquiera de sus dos adversarios, aunque él mismo sea visto como el más feo de aspecto, mientras que Alcayo, el bello milesio, compita contra él, siendo, como dicen, el amante de Nicóstrato. Y así, la historia, si el placer se introduce de otra manera, atraería a muchos amantes, pero mientras tenga solo lo suyo completo, digo la manifestación de la verdad, poco se preocupará de la belleza.
10
Además, también es digno de decir que ni siquiera es agradable en ella lo puramente mítico y lo que es más empinado por los elogios para los oyentes, a menos que no pienses en la chusma y el vulgo, sino en los que van a escuchar con criterio y, por Zeus, incluso con espíritu de sicofantes, a quienes no se les pasaría por alto nada, viendo más agudamente que Argos y desde todas partes del cuerpo, examinando cada una de las cosas dichas como cambistas, para desechar inmediatamente lo falsificado y aceptar lo legítimo, legal y de cuño preciso. Hacia ellos hay que mirar al escribir, y preocuparse poco de los demás, aunque se revienten de tanto elogiar. Pero si, descuidándolos, endulzas la historia más allá de lo razonable con mitos, elogios y demás adulaciones, rápidamente la harías semejante al Heracles de Lidia; pues es probable que hayas visto alguna vez una pintura de él, sirviendo a Ónfale, vestido con un atuendo muy extraño, ella vistiendo su piel de león y teniendo la maza en la mano, como si fuera Heracles, y él con una túnica azafranada y púrpura, cardando lana y siendo golpeado por Ónfale con la sandalia; el espectáculo es vergonzoso, la ropa separada del cuerpo y sin ajustarse, y la virilidad del dios afeminada de manera indecorosa.
11
Y quizás la mayoría te elogie incluso esto, pero aquellos pocos a quienes tú desprecias se reirán muy a gusto hasta la saciedad, viendo lo incongruente, inarmónico y mal pegado del asunto. Pues cada cosa tiene su propia belleza; pero si intercambias esto, lo mismo se vuelve feo según el uso. Dejo de decir que los elogios son quizás agradables para uno, el elogiado, pero para los demás son molestos, especialmente si tienen exageraciones sobrenaturales, como los hacen la mayoría, buscando el favor de los elogiados y deteniéndose hasta hacer la adulación evidente para todos; pues ni siquiera saben hacerlo con arte ni disimulan la adulación, sino que, al caer en ella, exponen todo de golpe, increíble y desnudo.
12
De modo que ni siquiera consiguen lo que más desean; pues los elogiados por ellos los odian más y los rechazan como aduladores, haciendo bien, especialmente si tienen mentes varoniles; como Aristóbulo, que escribió un duelo de Alejandro y Poro, y al leerle esta parte de la obra— pues pensaba que complacería al máximo al rey mintiendo sobre ciertas proezas y fingiendo hechos mayores que la verdad—, aquel tomó el libro— y resulta que navegaban por el río Hidaspes— y lo arrojó de cabeza al agua diciendo:« También a ti te habría ocurrido lo mismo, Aristóbulo, por luchar así por mí y matar elefantes con una sola jabalina». Y Alejandro estaba destinado a indignarse así, él que ni siquiera soportó la audacia del arquitecto que prometió hacer del monte Athos una imagen suya y transformar la montaña en semejanza del rey, sino que, reconociendo inmediatamente al hombre como un adulador, ya no lo trató igual en otras cosas.
13
Entonces,¿ dónde está lo agradable en esto, a menos que alguien sea tan necio como para alegrarse de ser elogiado por tales cosas, cuyas pruebas están al alcance de la mano? Como los hombres feos, y especialmente las mujeres, que ordenan a los pintores que las pinten lo más bellas posible; pues creen que su aspecto será mejor si el pintor les añade más rubor y mezcla mucho blanco en el pigmento. Tales son la mayoría de los escritores de hoy, cuidando lo presente, lo propio y lo útil que puedan esperar de la historia, a quienes sería bueno odiar, siendo para el presente aduladores evidentes y sin arte, y para el futuro haciendo sospechosa toda la obra por las exageraciones. Pero si alguien cree que el placer debe mezclarse absolutamente en toda la historia, que sea con lo que es agradable con verdad en las otras bellezas del discurso, de las cuales, descuidándolas, la mayoría introduce cosas que no vienen al caso.
14
Yo, por mi parte, contaré lo que recuerdo de hace poco en Jonia de ciertos escritores, y por Zeus, habiendo escuchado hace poco en Acaya a los mismos contando esta guerra; y por las Gracias, que nadie desconfíe de lo que se dirá; pues que es verdad, incluso lo habría jurado, si fuera un juramento elegante para incluirlo en un escrito. Uno de ellos comenzó inmediatamente desde las Musas, invocando a las diosas para que ayudaran con el escrito.¿ Ves qué armonioso es el comienzo y qué apropiado para la historia y para este tipo de discursos? Luego, bajando un poco, comparaba a nuestro jefe con Aquiles y al rey de los persas con Tersites, sin saber que Aquiles habría sido mejor para él si hubiera derrotado a Héctor más que a Tersites, y si antes huía un hombre noble, pero lo perseguía uno mucho mejor. Luego añadía un elogio sobre él, y cómo era digno de escribir las hazañas siendo tan brillantes. Y ya bajando, elogiaba también a su patria, Mileto, añadiendo que hacía esto mejor que Homero, que no mencionó nada de su patria. Luego, al final del preámbulo, prometía expresa y claramente elevar más lo nuestro y derrotar él mismo a los bárbaros, como pudiera; y comenzó la historia así, exponiendo a la vez las causas del inicio de la guerra: pues el más abominable y que peor acabará, Vologeso, comenzó a guerrear por tal causa.
15
Este, tales cosas. Otro, un gran admirador de Tucídides, tal como si estuviera muy bien asemejado al arquetipo, comenzó el inicio como él con su propio nombre, el más elegante de todos los inicios y que exhala el espíritu ático. Mira pues:« Creperio Calpurniano, de Pompeyópolis, escribió la guerra de los partos y romanos, cómo guerrearon entre sí, comenzando inmediatamente cuando se unieron». Así que, después de tal inicio,¿ qué podría decirte de lo demás, cómo arengó en Armenia habiendo puesto al mismo orador corcireo, o qué peste trajo a los de Nísibis que no elegían lo de los romanos, usando todo de Tucídides, excepto solo lo del Pelasgico y los muros largos, en los que vivieron los que entonces enfermaron? Lo demás lo comenzó incluso desde Etiopía, de modo que bajó hasta Egipto y hasta la gran tierra del rey, y en ella se quedó, haciendo bien. Yo, al menos, lo dejé enterrando todavía a los desgraciados atenienses en Nísibis y me fui, sabiendo exactamente también lo que iba a decir después de irme. Pues, además, esto es bastante común ahora, creer que esto es decir cosas parecidas a las de Tucídides, si uno, cambiando un poco las suyas, dice cosas, pequeños harapos, como tú mismo dirías, no por sí misma. Por Zeus, casi olvido también aquello: pues este mismo escritor escribió muchas de las armas y máquinas, como las llaman los romanos, así, y la zanja como ellos y el puente y cosas así. Y considera conmigo cuán grande es la dignidad de la historia y cómo es propio de Tucídides que, entre los nombres áticos, estén insertados estos nombres itálicos, como adornando la púrpura y destacando y combinando perfectamente.
16
Otro de ellos, habiendo reunido un memorándum de los hechos desnudo en un escrito completamente prosaico y rastrero, como lo habría compuesto un soldado anotando los hechos diarios, o un artesano o un mercader que acompañaba al ejército. Pero, sin embargo, este profano era más moderado, siendo él mismo inmediatamente evidente cómo era, y habiendo trabajado de antemano para otro elegante y capaz de manejar la historia. Solo le reproché esto, que tituló los libros más trágicamente de lo que correspondía a la suerte de los escritos:« De Calimorfo, médico, de la sexta de las historias párticas de los lanceros»; y estaba escrito debajo de cada uno el número. Y por Zeus, también hizo el preámbulo muy frío al reunir esto: que es propio de un médico escribir historia, si es que Asclepio es hijo de Apolo, y Apolo es el guía de las Musas y jefe de toda educación; y que, habiendo comenzado a escribir en el dialecto jónico, no sé qué le pareció, inmediatamente pasó al común, diciendo« iatreía» y« peire» y« cuántas y enfermedades», y lo demás es de la misma dieta que la mayoría y la mayor parte como de encrucijada.
17
Y si debo mencionar también a un hombre sabio, que el nombre quede en el olvido, pero diré la opinión y los escritos de hace poco en Corinto, mejores que toda esperanza: pues al principio, inmediatamente en el primer periodo del preámbulo, interrogó a los lectores, apresurándose a mostrar un discurso muy sabio, como si solo al sabio le correspondiera escribir historia. Luego, después de un poco, otro silogismo, luego otro; y en general, en toda figura, el preámbulo estaba interrogado por él. Lo de la adulación hasta la saciedad, y los elogios cargantes y completamente bufonescos, no sin silogismos, sin embargo, sino interrogados también aquellos. Y ciertamente, también aquello me pareció cargante y en absoluto propio de un hombre sabio y de barba canosa y espesa, decir en el preámbulo que esto tendrá de excepcional nuestro jefe, cuyas hazañas ya consideran escribir incluso los filósofos; pues tal cosa, si acaso, debíamos haberlo pensado nosotros o decirlo él mismo.
18
Y ciertamente no es santo olvidar tampoco a aquel que comenzó tal inicio:« Vengo a contar sobre romanos y persas», y un poco después:« Era necesario que a los persas les fuera mal», y de nuevo:« Estaba Osroes, al que los griegos llaman Oxiroes», y otras muchas cosas así.¿ Ves? Él mismo es semejante a aquel, salvo que uno se asemejaba mucho a Tucídides, y este a Heródoto.
19
Otro, famoso por su poder de palabra, también semejante a Tucídides o un poco mejor que él, habiendo interpretado todas las ciudades y todos los montes y llanuras y ríos hacia lo más claro y fuerte, como creía; que el protector contra el mal lo aparte de las cabezas de los enemigos; tanta frialdad había allí, más que la nieve del Caspio y el hielo celta. El escudo del emperador, al menos, fue interpretado con dificultad por él en todo un libro, y la Gorgona en el centro y sus ojos de azul, blanco y negro, y el cinturón en forma de arco iris y dragones en espiral y en bucles. Pues la braga de Vologeso o el freno del caballo,¡ por Heracles!, cuántas miríadas de versos cada una de estas cosas, y cómo era el cabello de Osroes, cruzando el Tigris, y a qué cueva huyó, de hiedra, mirto y laurel creciendo juntos en el mismo lugar y haciéndola exactamente sombría. Observa cuán necesarias son estas cosas para la historia, y sin las cuales no habríamos sabido nada de lo que allí se hizo.
20
Pues por debilidad en lo útil o ignorancia de lo que debe decirse, se vuelcan a tales descripciones de lugares y cuevas, y cuando caen en muchos y grandes asuntos, parecen un criado recién enriquecido, que acaba de heredar del amo, que no sabe ni cómo ponerse la ropa ni cenar según la ley, sino que, habiéndose lanzado, habiendo muchas veces aves, cerdos y liebres servidos, se harta de algún caldo o salazón, hasta que se revienta comiendo. Este, pues, al que mencioné antes, escribió también heridas muy increíbles y muertes extrañas, como que alguien herido en el dedo gordo del pie murió inmediatamente, y cómo, solo con gritar el general Prisco, murieron veintisiete de los enemigos. Además, también en el número de los muertos, esto mintió incluso contra lo escrito en las cartas de los jefes: pues en Europos murieron de los enemigos treinta y siete miríadas y doscientas, y de los romanos solo dos, y resultaron heridos nueve. Esto no sé si alguien sensato lo soportaría.
21
Y ciertamente también hay que decir esto, que no es pequeño: pues por ser completamente ático y haber purificado la voz hasta lo más preciso, este se atrevió a transformar también los nombres de los romanos y reescribirlos al griego, como decir Cronio por Saturnino, Frontis por Frontón, Titanio por Ticiano y otras cosas mucho más ridículas. Además, este mismo escribió sobre la muerte de Severiano que todos los demás han sido engañados pensando que murió por la espada, pero que el hombre murió absteniéndose de alimentos; pues le pareció que esa era la muerte menos dolorosa para él; sin saber que todo aquel suceso ocurrió en tres días, creo, y la mayoría resiste sin comer hasta el séptimo, a menos que alguien suponga que un tal Osroes estaba allí esperando hasta que Severiano muriera de hambre, y por eso no atacó durante el séptimo día.
22
A los que usan nombres poéticos, mi querido Filón, en la historia,¿ dónde los pondría uno? A los que dicen:« La máquina se agitó, y el muro al caer resonó grandemente», y de nuevo en otra parte de la bella historia:« Edesa resonaba así con las armas y había estruendo y fragor, todas aquellas cosas, y el general meditaba de qué modo acercar más al muro». Luego, entre medias, estaban metidas muchas palabras tan viles, populares y mendigas:« El jefe del campamento envió al señor»,« y los soldados compraban lo que necesitaban»,« y ya bañados se ocupaban de ellos», y cosas así; de modo que el asunto parece un trágico que tiene un pie sobre un coturno alto y el otro calzado con una sandalia.
23
Y ciertamente podrías ver a otros escribiendo preámbulos brillantes, trágicos y exageradamente largos, de modo que uno espera escuchar cosas maravillosamente grandes después de esto, pero el cuerpo mismo de la historia es pequeño y innoble, de modo que esto también parece un niño, si alguna vez viste a Eros jugando, llevando puesta una máscara de Heracles o de un Titán, inmensa; inmediatamente los oyentes les dicen aquello:« El monte estaba de parto». Pero creo que no debe ser así, sino que todo debe ser semejante y del mismo color, y el resto del cuerpo debe armonizar con la cabeza, para que el casco no sea de oro, pero la coraza sea muy ridícula, hecha de harapos o de pieles podridas, y el escudo de mimbre y las espinilleras de cuero de cerdo. Pues verías abundantes escritores así, poniendo la cabeza del coloso de Rodas sobre un cuerpo enano; a otros, al contrario, introduciendo cuerpos sin cabeza, sin preámbulos e inmediatamente sobre los hechos, que incluso se hacen amigos de Jenofonte que comenzó así:« De Darío y Parisatis nacen dos hijos», y otros de los antiguos, sin saber que en potencia son preámbulos que pasan desapercibidos para la mayoría, como mostraremos en otras partes.
24
Aunque todas estas cosas son aún soportables, todas las que son errores de interpretación o de la otra disposición, pero mentir también sobre los lugares mismos, no solo parasangas, sino jornadas enteras,¿ a qué cosa bella se parece? Uno, al menos, reunió los hechos tan descuidadamente, sin haber encontrado a ningún sirio ni haber escuchado lo que se dice de los que cuentan tales mitos en las barberías, de modo que, hablando de Europos, dijo así:« La Europos se encuentra en Mesopotamia a dos jornadas de distancia del Éufrates, y la fundaron los de Edesa». Y ni siquiera esto le bastó, sino que el noble, en el mismo libro, tomó también mi patria, Samosata, con su acrópolis y muros, y la trasladó a Mesopotamia, de modo que está rodeada por ambos ríos, pasando por ambos lados a ras y casi tocando el muro. Y lo ridículo es si ahora, Filón, me disculpara ante ti, diciendo que no soy ni parto ni mesopotamio, a donde el admirable escritor me trasladó al fundarme.
25
Por Zeus, también esto dijo este mismo sobre Severiano, jurando que es muy creíble, habiendo escuchado a uno de los que escaparon de la obra misma: que no quiso morir por la espada ni beber veneno ni colgarse, sino que ideó una muerte trágica y sorprendente por su audacia; pues resulta que tenía copas inmensas de vidrio, del vidrio más bello; y cuando decidió morir a toda costa, rompió la mayor de las copas y usó uno de los fragmentos para el degüello, cortándose la garganta con el vidrio. Así, no encontró ni puñal ni lanza, para que su muerte fuera valiente y heroica.
26
Luego, como Tucídides dijo un epitafio para los primeros muertos de aquella guerra, él también pensó que debía decir algo sobre Severiano; pues para todos ellos la competencia es contra el que no tiene culpa de los males en Armenia, Tucídides. Habiendo enterrado, pues, a Severiano magníficamente, sube al sepulcro a un tal Afranio Silón, centurión, competidor de Pericles, quien pronunció tales y tantas cosas sobre él, que, por las Gracias, lloré mucho de risa, especialmente cuando el orador Afranio, al final del discurso, llorando junto con lamentos, recordaba con pasión aquellos banquetes lujosos y brindis, luego puso una corona al estilo de Áyax; pues, desenvainando la espada, muy noblemente y como era de esperar de Afranio, ante la vista de todos se degolló sobre el sepulcro, no siendo indigno, por Enialio, de morir mucho antes de lo que pronunciaba tales cosas. Y dijo que todos los presentes, al verlo, se maravillaron y elogiaron excesivamente a Afranio. Yo, en cambio, condenaba también sus otras cosas, mencionando casi caldos y platos y llorando ante el recuerdo de los pasteles, pero le reproché especialmente esto, que no se degollara antes al escritor y maestro del drama antes de morir.
27
Aunque tengo muchos otros ejemplos similares a estos que enumerarte, compañero, mencionaré solo unos pocos para pasar ya a la otra promesa: el consejo sobre cómo escribir mejor. Pues hay algunos que omiten o pasan por alto los grandes hechos dignos de memoria, mientras que, por falta de cultura, mal gusto e ignorancia de lo que debe decirse o callarse, interpretan con gran esmero y laboriosidad hasta los detalles más insignificantes, deteniéndose en ellos, como si alguien, ante la estatua de Zeus en Olimpia, no viera ni elogiara su belleza total, tan grande y magnífica, ni la explicara a quienes no la conocen, sino que admirara la rectitud y el pulido del escabel y la simetría de la base, y se extendiera sobre esto con mucho cuidado.
28
Yo, al menos, escuché a uno que despachó la batalla en el Éufrates en menos de siete versos, pero que consumió veinte medidas o incluso más de agua en una narración fría y que no nos concierne en absoluto, sobre cómo un jinete moro llamado Mausacas, errante por las montañas debido a la sed, encontró a unos campesinos sirios que estaban preparando el almuerzo, y cómo al principio estos se asustaron de él, pero luego, al saber que era de los amigos, lo acogieron y le dieron de comer; pues resulta que uno de ellos estaba de viaje en el país de los moros, donde su hermano servía en el ejército. Lo que sigue son largos relatos y digresiones sobre cómo él mismo cazaba en Mauritania, cómo vio muchos elefantes pastando juntos, cómo estuvo a punto de ser devorado por un león y qué tamaño tenían los peces que compró en Cesarea. Y el admirable historiador, dejando de lado las matanzas que tuvieron lugar en el Éufrates, tantas y tan grandes, las incursiones, las treguas necesarias, las guardias y contra- guardias, se detuvo hasta bien entrada la tarde viendo a Malquión el sirio comprando en Cesarea unos escaros enormes y dignos de mención; y si no le hubiera sorprendido la noche, tal vez habría cenado con él una vez preparados los escaros. Si esto no se hubiera registrado cuidadosamente en la historia, habríamos ignorado grandes cosas, y el daño para los romanos sería insoportable si Mausacas el moro, sediento, no hubiera encontrado qué beber, sino que hubiera regresado al campamento sin cenar. Y, sin embargo,¡ cuántas otras cosas mucho más necesarias omito yo ahora voluntariamente! Como que también vino una flautista de la aldea cercana para ellos y cómo se intercambiaron regalos, el moro a Malquión una lanza y este a Mausacas una fíbula, y muchas otras cosas por el estilo, que son los puntos principales de la batalla en el Éufrates. Por tanto, con razón diría uno que tales personas no ven la rosa misma, sino que examinan con precisión sus espinas junto a la raíz.
29
Otro, Filón, también muy ridículo, que nunca ha movido ni un pie fuera de Corinto ni ha viajado hasta Cencreas, y mucho menos ha visto Siria o Armenia, comenzó así— pues lo recuerdo—:« Los oídos son menos fiables que los ojos. Escribo, pues, lo que vi, no lo que oí». Y lo había visto todo con tanta precisión que decía que los dragones de los partos— y esto es señal de su gran número, pues creo que el dragón guía a mil— son dragones vivos enormes que nacen en Persia, un poco más allá de Iberia, y que estos, mientras tanto, atados a grandes pértigas, se mantienen en alto y causan miedo a los que atacan desde lejos, pero en el momento de la acción, cuando se acercan, los sueltan y los lanzan contra los enemigos; y, ciertamente, muchos de los nuestros fueron devorados así y otros, al ser envueltos por ellos, fueron asfixiados y aplastados. Y decía que él mismo estaba presente viéndolo, aunque desde un lugar seguro, haciendo la observación desde un árbol alto. E hizo bien en no enfrentarse a las fieras, pues de lo contrario no tendríamos ahora un historiador tan admirable que, además, realizó grandes y brillantes hazañas en esta guerra con sus propias manos; pues corrió muchos peligros y fue herido cerca de Sura, caminando, es evidente, desde el Craneo hacia Lerna. Y leía esto ante corintios que sabían perfectamente que ni siquiera había visto una guerra pintada en una pared. Pero es que ni siquiera conocía las armas, ni qué son las máquinas de guerra, ni los nombres de las formaciones o las divisiones; al menos, le importaba mucho decir« falange oblicua» y llamar« en el ala» a lo que es« en el frente».
30
Uno, el mejor de todos, resumió y comprimió en menos de quinientos versos todo lo sucedido desde el principio hasta el fin: lo de Armenia, lo de Siria, lo de Mesopotamia, lo del Tigris, lo de Media, y tras hacer esto, afirma haber escrito una historia. Sin embargo, escribió una inscripción casi más larga que el libro:« De Antioquiano, el Apolo vencedor en los juegos sagrados— pues creo que ganó la carrera de fondo en la categoría de jóvenes—, narración de lo que los romanos han hecho ahora en Armenia, Mesopotamia y Media».
31
Ya he oído a alguien que incluso ha escrito sobre el futuro, sobre la captura de Vologeso y la matanza de Osroes, cómo será arrojado a los leones y, sobre todo, el triunfo que tanto deseamos. Con tal capacidad adivinatoria se apresuraba ya hacia el final de la obra. Pero incluso ya ha fundado una ciudad en Mesopotamia, la más grande en tamaño y la más hermosa en belleza; sin embargo, todavía está considerando y deliberando si debe llamarse Nicea por la victoria, o Concordia, o Irenia. Y esto aún está sin decidir y esa hermosa ciudad nuestra sigue sin nombre, llena de mucha tontería y mucosidad historiográfica; y ya ha prometido escribir sobre lo que sucederá en la India y sobre la circunnavegación del mar exterior, y no solo son promesas, sino que ya se ha compuesto el proemio de la« Índica», y la tercera legión, los celtas y una pequeña parte de los moros con Casio, todos ellos han cruzado el río Indo; pero qué harán o cómo recibirán la carga de los elefantes, el admirable historiador nos lo comunicará en poco tiempo desde Muziris o desde los Oxidracas.
32
Muchas cosas así desvarían por falta de educación, sin ver lo que es digno de verse ni, si lo vieran, siendo capaces de decirlo como merece, sino inventando y fingiendo lo que sea que les venga a la lengua en un momento inoportuno, y vanagloriándose además del número de libros, y sobre todo de los títulos; pues también estos son ridículos:« De fulano, sobre las victorias párticas, tantos libros»; y también:« Pártica, primero, segundo», como si fuera evidente que es« Ática». Otro, mucho más ingenioso— pues lo leí—:« Partonicónicas de Demetrio de Sagalaso». Ni siquiera para reírse y burlarse de las historias, siendo tan buenas, sino por utilidad, pues quien evite estas cosas y otras similares, ya ha ganado una gran parte para escribir correctamente, o mejor dicho, le falta poco, si es verdad lo que dice la dialéctica, que en las proposiciones inmediatas la negación de una introduce necesariamente la otra.
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Y así, el terreno, diría alguien, te ha sido limpiado con precisión, y las espinas, cuantas había, y las zarzas han sido arrancadas, y los escombros de los demás ya han sido retirados, y si algo era áspero, ya también esto es liso. Así que construye ya algo tú mismo, para demostrar que no eres un noble solo para derribar lo de los demás, sino que también puedes idear algo hábil y que nadie, ni siquiera Momo, podría criticar.
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Afirmo, pues, que quien escribe la historia de la mejor manera debe llegar con estas dos cosas principales de casa: inteligencia política y capacidad de expresión; la primera es un don de la naturaleza que no se enseña, mientras que la capacidad debe haberse adquirido con mucho ejercicio, trabajo continuo y emulación de los antiguos. Estas cosas, pues, son ajenas al arte y no necesitan de mi consejo; pues este libro nuestro no dice que pueda hacer inteligentes y agudos a quienes no son tales por naturaleza; ya que valdría mucho, o mejor dicho, valdría todo, si pudiera transformar y reordenar cosas de tal magnitud, o convertir el plomo en oro, o el estaño en plata, o hacer de Conón a Titormo, o de Leotrofides a Milón.
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Pero,¿ dónde está la utilidad del arte y del consejo? No en la creación de lo que ya se posee, sino en el uso adecuado de ello; como, sin duda, Icco, Heródico, Teón y cualquier otro gimnasta, no te prometerían, tomando a Pérdicas— si es que este es el que se enamoró de su madrastra y por eso se consumió, y no Antíoco, el hijo de Seleuco, por aquella Estratonice—, convertirlo en vencedor olímpico y rival de Teágenes de Tasos o de Polidamante de Escotusa, sino que, con el arte, harían que el tema dado, si es apto para recibir la gimnasia, sea mucho mejor. Así que, que se aleje también de nosotros esa envidia de la promesa, si decimos haber encontrado un arte para un asunto tan grande y difícil; pues no decimos que tomamos a cualquiera y lo convertimos en historiador, sino que al que es inteligente por naturaleza y está excelentemente ejercitado en el discurso, le indicaremos algunos caminos rectos, si es que tales parecen, usando los cuales podría llegar más rápida y fácilmente hasta el objetivo.
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Y, sin embargo, no dirías que el inteligente no necesita del arte y de la enseñanza de lo que ignora; pues si no, tocaría la cítara sin haber aprendido, y la flauta, y lo sabría todo. Pero ahora, sin haber aprendido, no realizaría ninguna de estas cosas, mientras que, si alguien se lo indica, podría aprender muy fácilmente y manejarlo bien por sí mismo.
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Y, por tanto, que se nos entregue ahora un alumno así, no innoble para comprender y hablar, sino de mirada aguda, capaz de manejar asuntos si se le confiara, y que tenga juicio militar, pero además de la política, experiencia estratégica, y, por Zeus, que haya estado alguna vez en un campamento, haya visto soldados ejercitándose o formándose, conozca las armas y las máquinas, y además qué es« en el ala» y qué es« en el frente», cómo se disponen las compañías, cómo los jinetes y de dónde y qué es atacar o rodear, y, en general, que no sea uno de los caseros ni alguien dispuesto a creer solo a los que informan.
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Pero, sobre todo y antes que nada, que sea libre de pensamiento y que no tema a nadie ni espere nada, pues de lo contrario será como los jueces viles que juzgan por favor o por odio a cambio de una paga. Pero que no le importe si Filipo, al que le sacaron el ojo en Olinto el arquero Aster de Anfípolis, será mostrado tal como era; ni si Alejandro se afligirá por la matanza de Clito, ocurrida cruelmente en el banquete, si se registra claramente; ni Cleón le asustará, siendo poderoso en la asamblea y dominando la tribuna, como para no decir que este hombre era funesto y loco; ni la ciudad entera de los atenienses, si narra los males en Sicilia, la captura de Demóstenes, la muerte de Nicias y cómo tenían sed y qué agua bebían y cómo morían muchos mientras bebían. Pues considerará— lo cual es lo más justo— que él mismo no tendrá la culpa ante nadie que tenga sentido común si narra los hechos desafortunados o insensatos tal como ocurrieron; pues él no era su autor, sino su relator. Así que, incluso si son derrotados en una batalla naval, no es él quien los hunde, y si huyen, no es él quien los persigue, a menos que, debiendo rezar, lo omitiera; pues, en efecto, si pudiera corregirlos callándolos o diciendo lo contrario, sería facilísimo para un solo pluma delgada que Tucídides derribara el muro de contravalación en las Epípolas, hundiera la trirreme de Hermócrates y atravesara al maldito Gilipo mientras bloqueaba y cavaba fosos en los caminos, y finalmente arrojara a los siracusanos a las canteras, y que los atenienses circunnavegaran Sicilia e Italia con las primeras esperanzas de Alcibíades. Pero, creo, lo sucedido ni siquiera Cloto podría volver a hilarlo ni Átropos cambiarlo.
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El trabajo del historiador es uno solo: decir cómo sucedieron las cosas. Pero esto no podría hacerlo mientras tema a Artajerjes siendo su médico, o espere recibir una túnica púrpura, un collar de oro y un caballo de los niseos como recompensa por los elogios en su escrito. Pero Jenofonte no hará eso, siendo un historiador justo, ni Tucídides. Pero incluso si odia a algunos en privado, considerará mucho más necesario lo común y valorará la verdad por encima del odio, y si ama, aun así no se abstendrá de señalar al que se equivoca; pues una sola cosa, como dije, es propia de la historia, y solo a la verdad debe sacrificarse si alguien va a escribir historia, y debe descuidar todo lo demás, y, en general, una sola vara y medida precisa: mirar no a los que escuchan ahora, sino a los que estarán con los escritos después.
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Y si alguien atendiera al momento presente, con razón sería considerado de la facción de los aduladores, a quienes la historia desde hace mucho y desde el principio mismo rechazó, no menos que la gimnasia a la cosmética. De Alejandro, al menos, recuerdan esto, quien dijo:«¡ Qué feliz habría sido, Onesícrito, si hubiera resucitado por un momento tras morir, para saber cómo leen esto los hombres de entonces!». Y si ahora lo elogian y lo acogen, no te sorprendas; pues creen que con este cebo no pequeño cada uno atraerá nuestra benevolencia. A Homero, al menos, aunque escribió la mayor parte sobre Aquiles de forma mítica, algunos se dejan llevar a creerle, poniendo solo esto como gran prueba de la verdad: que no escribía sobre alguien vivo; pues no encuentran por qué motivo mentiría.
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Que tal sea, pues, para mí el historiador: sin miedo, incorruptible, libre, amigo de la franqueza y de la verdad, como dice el cómico, llamando a las cosas por su nombre, sin conceder nada por odio o amistad, ni escatimando, ni compadeciendo, ni avergonzándose, ni dejándose intimidar, juez imparcial, benevolente con todos hasta el punto de no conceder a uno más de lo debido, extranjero en los libros y sin patria, autónomo, sin rey, no calculando qué le parecerá a este o a aquel, sino diciendo lo que ha sucedido.
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Tucídides legisló muy bien esto y distinguió la virtud y el vicio historiográfico, viendo que Heródoto era el más admirado, hasta el punto de que sus libros fueron llamados« Musas»; pues dice que escribe una posesión para siempre más que para una competición presente, y no abrazar lo mítico, sino dejar la verdad de lo sucedido para los que vendrán después. Y añade lo útil y lo que un hombre sensato se propondría como fin de la historia: que si alguna vez vuelven a ocurrir cosas similares, tengan, dice, mirando a lo escrito anteriormente, cómo usar bien lo que está en curso.
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Y que el historiador llegue a mí teniendo tal juicio, pero en cuanto a la voz y la fuerza de la interpretación, que no comience a escribir con esa vehemencia, aspereza, continuidad en los periodos y complejidad en los argumentos, ni con la otra destreza de la retórica demasiado afilada, sino estando más tranquilo. Y que el pensamiento sea coherente y denso, y la expresión clara y política, tal que manifieste de forma muy destacada el asunto subyacente.
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Pues así como para el pensamiento del historiador establecimos como objetivos la franqueza y la verdad, así también para su voz un solo objetivo, el primero: manifestar claramente y mostrar de la forma más brillante el asunto, no con palabras secretas y fuera de camino, ni con esas palabras de mercado y de mercachifles, sino de modo que la mayoría lo comprenda y los educados lo elogien. Y, además, que esté adornado con figuras no molestas y que tengan sobre todo lo natural; pues hace que los discursos parezcan caldos bien preparados.
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Y que el pensamiento participe y se acerque algo también a la poesía, en la medida en que esta también es grandilocuente y elevada, y sobre todo cuando se entrelaza con formaciones, batallas y combates navales; pues hará falta entonces algún viento poético que impulse las barcas y lleve la nave en alto y sobre las crestas de las olas. Pero que la expresión, sin embargo, camine sobre la tierra, elevándose con la belleza y la grandeza de lo que se dice y asemejándose lo más posible, pero sin ser extraña ni entusiasmarse más allá de lo oportuno; pues el peligro para ella es entonces muy grande, el de desvariar y ser arrastrada al coribante de la poesía, por lo que hay que confiar mucho entonces en el freno y ser moderado, sabiendo que una especie de embriaguez de caballo ocurre también en los discursos. Es mejor, pues, que cuando el pensamiento va montado a caballo, la interpretación corra a pie a su lado, agarrada a la silla, para que no se quede atrás en la carrera.
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Y, además, hay que usar una composición de palabras equilibrada y media, sin apartarlas ni separarlas demasiado— pues es áspero— ni unirlas con ritmo casi continuo, como hacen muchos; pues lo primero es censurable, y lo segundo desagradable para los que escuchan.
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Los hechos mismos no deben reunirse como sea, sino con laboriosidad y esfuerzo, preguntando muchas veces sobre los mismos, y sobre todo estando presente y viendo, y si no, prestando atención a los que interpretan de forma más imparcial y a los que uno conjeturaría que menos quitarán o añadirán a lo sucedido por favor o por odio. Y aquí, que sea también alguien conjetural y sintético de lo más verosímil.
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Y cuando reúna todo o la mayor parte, primero que entreteja un borrador de ellos y haga un cuerpo aún sin belleza y sin articular; luego, al poner el orden, que añada la belleza, que coloree con la expresión, que dé forma y ritmo.
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Y, en general, que se parezca entonces al Zeus de Homero, que a veces mira la tierra de los tracios domadores de caballos, y a veces la de los misios; según esto, que él mismo a veces mire lo propio y nos lo manifieste tal como le parecía a él mirando desde lo alto, y a veces lo de los persas, y luego ambos, si lucharan. Y en la batalla misma, que no mire a una sola parte ni a un solo jinete o soldado, a menos que sea un Brásidas saltando hacia adelante o un Demóstenes deteniendo el avance; que mire, sin embargo, a los generales en primer lugar, y si dieron alguna orden, que también eso se escuche, y con qué juicio e intención formaron. Y cuando se mezclen, que la visión sea común, y que entonces pondere los hechos como en una balanza y que persiga y huya con ellos.
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Y que haya medida en todo esto, no hasta la saciedad, ni sin gusto, ni de forma inmadura, sino que se libere fácilmente; y habiendo detenido esto en algún lugar, que pase a lo otro, si urge; luego que vuelva liberado, cuando aquello lo llame; y que se apresure hacia todo y, en la medida de lo posible, que sea simultáneo y que vuele de Armenia a Media, y de allí con un silbido a Iberia, luego a Italia, para que no se pierda ningún momento.
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Pero, sobre todo, que presente el pensamiento como un espejo sin turbiedad, brillante y preciso en el centro, y cualesquiera que sean las formas de los hechos que reciba, que las muestre tales, sin nada distorsionado, descolorido o deformado; pues no es como para los que escriben para los oradores, sino que lo que se va a decir existe y se dirá; pues ya ha sucedido; hay que ordenarlo y decirlo. Así que no deben buscar qué decir, sino cómo decirlo. Y, en general, debe considerarse que quien escribe la historia debe parecerse a Fidias, a Praxíteles, a Alcámenes o a cualquier otro de ellos. Pues ni siquiera ellos hacían el oro, la plata, el marfil o el resto de la materia, sino que esta ya existía y estaba dispuesta, habiéndola proporcionado los eleos, los atenienses o los argivos, y ellos solo esculpían, serraban el marfil, pulían, pegaban, daban ritmo y adornaban con el oro, y este era su arte: administrar la materia según la necesidad. Tal es también el trabajo del historiador: disponer bien lo sucedido y mostrarlo con la mayor claridad posible. Y cuando alguien, al escuchar, crea después ver lo que se dice y después lo elogie, entonces, solo entonces, el trabajo ha sido precisado y ha recibido el elogio propio del Fidias de la historia.
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Estando ya todo preparado, hará el comienzo sin proemio alguna vez, cuando el asunto no urja mucho por tratar algo previamente en el proemio; pero incluso entonces usará como proemio, en potencia, lo que aclare sobre lo que se va a decir.
53
Y cuando haga proemio, comenzará solo por dos cosas, no como los oradores por tres, sino que, dejando de lado la benevolencia, proporcionará atención y facilidad de aprendizaje a los que escuchan. Pues prestarán atención si muestra que hablará sobre cosas grandes, necesarias, propias o útiles; y hará que lo posterior sea fácil de aprender y claro, exponiendo previamente las causas y delimitando los puntos principales de lo sucedido.
54
Tales proemios usaron los mejores historiadores: Heródoto, para que lo sucedido no se desvanezca con el tiempo, siendo cosas grandes y admirables, y esto manifestando victorias griegas y derrotas bárbaras; y Tucídides, esperando él mismo que aquella guerra fuera grande y dignísima de mención y mayor que las anteriores; pues, en efecto, sucedieron en ella grandes sufrimientos.
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Después del proemio, alargándose o acortándose según los hechos, que la transición a la narración sea fácil de tocar y de conducir; pues todo el resto del cuerpo de la historia es, sin más, una narración larga; así que que esté adornado con las virtudes de la narración, avanzando suave y uniformemente, y ella misma de igual modo, para que no sobresalga ni se hunda; luego, que la claridad florezca, lograda, como dije, tanto por la expresión como por el entrelazamiento de los hechos. Pues hará que todo sea absoluto y completo, y habiendo elaborado lo primero, traerá lo segundo unido a ello y ajustado a modo de cadena, para que no esté cortado ni sean muchas narraciones puestas unas junto a otras, sino que siempre lo primero no solo sea vecino de lo segundo, sino que también participe y se mezcle en los extremos.
56
La rapidez es útil en todo, y sobre todo si no hay escasez de lo que debe decirse; y esto hay que procurarlo no tanto de los nombres o verbos, sino de los hechos; digo, si pasas por alto lo pequeño y menos necesario, y dices suficientemente lo grande; o mejor dicho, hay que omitir muchas cosas. Pues ni siquiera si invitas a tus amigos y todo está preparado, por eso vas a introducir entre los pasteles, las aves, tantas fuentes, jabalíes, liebres, entrañas y pescado salado, también sopa de legumbres, porque eso también estaba preparado, y descuidarás lo más barato.
57
Pero sobre todo hay que ser moderado en las interpretaciones de montañas, muros o ríos, para que no parezcas mostrar sin gusto la fuerza de los discursos y, dejando de lado lo tuyo, hacer historia, sino que, habiéndote acercado un poco, por causa de lo útil y claro, pasarás habiendo huido de la liga que hay en el asunto y de toda esa glotonería, como ves que hace también Homero, el de gran espíritu; aunque siendo poeta, pasa por alto a Tántalo, Ixión, Ticio y los demás. Si Partenio, Euforión o Calímaco lo contaran,¿ con cuántos versos crees que habrían llevado el agua hasta el labio de Tántalo? Luego,¿ con cuántos habrían hecho rodar a Ixión? O mejor, mira cómo el mismo Tucídides, habiendo usado poco este tipo de discurso, se aparta enseguida, ya sea interpretando una máquina o manifestando la forma de un asedio, siendo necesario y útil, o la forma de las Epípolas o el puerto de los siracusanos; pues cuando narra la peste y parece ser larga, tú piensa en los hechos; pues así sabrás la rapidez y cómo, aunque huyendo, los hechos sucedidos, siendo muchos, lo alcanzan.
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Y si alguna vez fuera necesario introducir a alguien diciendo discursos, que se digan sobre todo los que se asemejen al personaje y sean propios del asunto, luego, que estos también sean lo más claros posible. Salvo que se te permite entonces también hacer retórica y mostrar la destreza de los discursos.
59
Pues los elogios o las censuras deben ser muy escasos, bien meditados, sin calumnias, con pruebas, rápidos y no inoportunos, ya que están fuera del tribunal, y tendrás la misma acusación que Teopompo, que acusa con hostilidad a la mayoría y hace del asunto una ocupación, como para acusar más que para narrar lo sucedido.
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Y, además, si algún mito se entromete, debe contarse, pero no debe creerse del todo, sino ponerse en medio para que los que quieran conjeturen sobre él; tú, en cambio, sin peligro y sin inclinarse más hacia uno que hacia otro.
61
Y, en general, recuerda aquello— pues lo diré muchas veces— y no escribas mirando solo al presente, para que los de ahora te elogien y honren, sino que, habiendo apuntado a todo el tiempo, escribe más bien para los que vendrán después y exige de ellos la recompensa del escrito, para que se diga también de ti:« Aquel, sin embargo, era un hombre libre y lleno de franqueza, nada adulador ni servil, sino verdad en todo». Esto, si alguien fuera sensato, lo pondría por encima de todas las esperanzas actuales, siendo tan efímeras.
62
Ves a aquel arquitecto de Cnido,¿ qué hizo? Habiendo construido la torre en el Faro, la mayor y más hermosa de todas las obras, para que se hicieran señales de fuego desde ella a los navegantes en gran parte del mar y no fueran arrastrados a la Paraitonia, que es, según dicen, muy difícil y sin escapatoria si alguien cae en los arrecifes; habiendo construido, pues, la obra misma, escribió su nombre por dentro contra las piedras, y habiéndolo cubierto con cal y tapado, escribió el nombre del que entonces reinaba, sabiendo, lo cual sucedió, que en muy poco tiempo las letras caerían junto con la cal, y aparecería:« Sóstrato, hijo de Dexífanes, de Cnido, a los dioses salvadores por los que navegan». Así, ni siquiera él miraba al momento de entonces ni a su propia vida, que era corta, sino al de ahora y al de siempre, mientras la torre esté en pie y permanezca su arte.
63
Debe, pues, escribirse también la historia así, con la verdad, más hacia la esperanza futura que con adulación hacia lo agradable para los elogiados de ahora. Este es para ti el canon y la regla de la historia justa. Y si algunos la miden con ella, estaría bien y se ha escrito para lo que necesitamos, si no, el cántaro ha rodado en el Craneo.

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