Jerome

Reader

Read texts in the original and in translation.
Settings
Not signed in
Find in Jerome
You can also type short locations such as 1, 1.1, 1:2, or 1-3 inside the current work.
Choose a text id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/lucian-of-samosata" aria-label="More works by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)"> —
⋯
More
Original / primary: Spanish Gemini
1
Anacarsis no fue el primero en llegar desde Escitia a Atenas por deseo de la educación griega, sino que antes que él lo hizo Toxaris, un hombre sabio y amante de la belleza, ávido de aprender las mejores prácticas; no pertenecía en su patria a la estirpe real ni a la clase de los que llevan gorro, sino a la mayoría de los escitas, los del pueblo, como son entre ellos los llamados« ocho pies», lo cual significa ser dueño de dos bueyes y un carro. Este Toxaris ni siquiera regresó a Escitia, sino que murió en Atenas, y al poco tiempo fue considerado héroe, y los atenienses le ofrecen sacrificios como a Xeno el Médico; pues este es el nombre que adquirió al convertirse en héroe. Quizá no sea inoportuno relatar la causa de este sobrenombre y por qué fue incluido entre los héroes y considerado uno de los Asclepíadas, para que aprendáis que no solo es costumbre de los escitas inmortalizar y enviar a Zalmoxis, sino que también los atenienses tienen la facultad de divinizar a los escitas en suelo de Grecia.
2
Durante la gran peste, la esposa de Arquíteles, un hombre del Areópago, creyó ver al escita presentársele y ordenarle que dijera a los atenienses que dejarían de ser presa de la peste si rociaban los callejones con mucho vino. Esto, al hacerse con frecuencia— pues los atenienses no lo descuidaron tras oírlo—, hizo que dejaran de padecer la peste, ya fuera porque el vino extinguía con su olor ciertos vapores malignos, o porque el héroe Toxaris, al ser médico, aconsejó algo más eficaz. En cualquier caso, la recompensa por la curación se le sigue pagando aún hoy con un caballo blanco sacrificado en su tumba, desde donde Deimenete señaló que él se le había aparecido para dar aquellas instrucciones sobre el vino; y allí se encontró a Toxaris enterrado, reconocido por la inscripción, aunque ya no se veía completa, y sobre todo porque en la estela estaba esculpido un hombre escita, con un arco tensado en la mano izquierda y, al parecer, un libro en la derecha. Todavía hoy se puede ver más de la mitad de él, tanto el arco completo como el libro; el tiempo ya ha dañado, al parecer, la parte superior de la estela y el rostro. No está lejos del Dípilo, a la izquierda de quienes van hacia la Academia; el túmulo no es grande y la estela está a ras de suelo; sin embargo, siempre está coronada de guirnaldas, y dicen que algunos que tenían fiebre se han curado gracias a él, y, por Zeus, nada hay de increíble en ello, pues él curó una vez a toda la ciudad.
3
Pero, volviendo a la razón por la que lo mencioné, Toxaris aún vivía, mientras que Anacarsis, recién desembarcado, subía desde el Pireo, como es natural en un extranjero y bárbaro, todavía con el ánimo bastante turbado, ignorándolo todo, asustadizo ante la mayoría de las cosas y sin saber qué hacer consigo mismo; pues se daba cuenta de que los que lo veían se reían de su atuendo, no encontraba a nadie que hablara su lengua y, en general, ya se arrepentía del viaje, habiendo decidido que, tras ver Atenas, regresaría inmediatamente sobre sus pasos, subiría a un barco y navegaría de nuevo hacia el Bósforo, desde donde no le quedaría mucho camino hasta su casa en Escitia. Encontrándose Anacarsis en esta situación, se topa con un buen genio, verdaderamente Toxaris, ya en el Cerámico; al principio, su vestimenta, por ser la de su patria, le llamó la atención, pero luego no le resultaría difícil reconocer al propio Anacarsis, dado que era de la estirpe más ilustre y uno de los principales escitas. Pero¿ cómo iba Anacarsis a reconocer a aquel compatriota suyo, vestido al estilo griego, con la barba afeitada, sin cinturón, sin armas, y ya parlanchín, como uno de los propios atenienses autóctonos? Así lo había transformado el tiempo.
4
Pero Toxaris, dirigiéndose a él en escita, dijo:«¿ No eres tú, acaso, Anacarsis, hijo de Daucetes?». Anacarsis lloró de alegría al encontrar a alguien que hablaba su lengua y que sabía quién era él en Escitia, y preguntó:«¿ Y tú de dónde nos conoces, extranjero?». Y él respondió:« Soy de allí, de los vuestros, me llamo Toxaris, no de los ilustres, de modo que por eso no me conocerías».«¿ Acaso— dijo— eres tú el Toxaris de quien oí decir que cierto Toxaris, por amor a Grecia, dejó a su esposa en Escitia y a sus hijos recién nacidos y se marchó a Atenas, y que ahora vive allí honrado por los mejores?».« Yo soy ese— dijo—, si es que todavía se habla de mí entre vosotros».« Entonces— dijo Anacarsis—, sabe que me he convertido en tu discípulo y seguidor del amor que tú sentiste, el de ver Grecia, y precisamente por este propósito he viajado y he llegado hasta ti, tras sufrir mil penalidades en los pueblos que hay por medio, y si no te hubiera encontrado, ya habría decidido, antes de que se pusiera el sol, volver a bajar al barco; tan turbado estaba al ver todo extraño y desconocido. Pero por el Acinaces y por Zalmoxis, nuestros dioses patrios, tú, Toxaris, tómame como guía, enséñame lo más bello de Atenas y luego también lo de la otra Grecia, las mejores leyes, los mejores hombres, sus costumbres, sus fiestas, su vida y su sistema político, por lo cual tú y yo después de ti hemos hecho tan largo camino, y no permitas que regrese sin haber visto nada de ello».
5
« Eso— dijo Toxaris— es lo menos propio de un amante que has podido decir: haber llegado a las puertas mismas y marcharse. Pero ten confianza; pues no te irías, como dices, ni la ciudad te dejaría fácilmente; no tiene tan pocos encantos para los extranjeros, sino que te atrapará de tal modo que no te acordarás ni de tu esposa ni de tus hijos, si es que ya los tienes. En cuanto a cómo verás lo antes posible toda la ciudad de Atenas, o mejor dicho, toda Grecia y las cosas bellas de los griegos, yo te aconsejaré. Hay aquí un hombre sabio, nativo, pero que ha viajado mucho tanto a Asia como a Egipto y ha tratado con los mejores hombres; por lo demás, no es de los ricos, sino que es totalmente pobre; verás a un anciano vestido de forma tan sencilla. Sin embargo, por su sabiduría y su otra virtud, lo honran mucho, hasta el punto de que lo utilizan como legislador para su sistema político y consideran que deben vivir según sus mandatos. Si te ganas a este como amigo y aprendes qué clase de hombre es, considera que tienes a toda Grecia en él y que ya conoces la esencia de los bienes de aquí; pues no hay nada más bello que pueda regalarte que presentarte a él».
6
« No perdamos tiempo, pues— dijo Anacarsis—, Toxaris, sino tómame y llévame ante él; pero temo que sea difícil de abordar y que considere tu presentación en mi favor como algo secundario».« No digas eso— dijo él—, creo que le haré el mayor favor al darle ocasión de hacer un bien a un extranjero. Solo sígueme; pues sabrás cuánta es su consideración hacia el extranjero y su otra afabilidad y bondad. O mejor aún, por fortuna, él mismo se nos acerca, absorto en sus pensamientos, hablando consigo mismo». Y al mismo tiempo, saludando a Solón, dijo:« Te traigo este regalo, el mayor de todos: un extranjero que necesita amistad».
7
« Es un escita de los nuestros, de los de noble cuna, y sin embargo, habiendo dejado todo allí, viene a convivir con vosotros y a ver lo más bello de Grecia, y yo he encontrado para él un atajo, para que aprenda todo lo más fácilmente posible y llegue a ser conocido por los mejores; y esto era presentártelo a ti. Si conozco a Solón, harás esto y lo patrocinarás y lo convertirás en un ciudadano genuino de Grecia. Y lo que te dije hace poco, Anacarsis, ya lo has visto todo al ver a Solón; esto es Atenas, esto es Grecia; ya no eres un extranjero, todos te conocen, todos te quieren. Tan grande es lo que rodea a este anciano. Te olvidarás de todo lo que hay en Escitia conviviendo con él; tienes los premios de tu viaje, el fin de tu amor; este es para ti el canon griego, esta es la muestra de la filosofía ática. Reconoce, pues, que eres el más afortunado, tú que convivirás con Solón y lo tendrás por amigo».
8
Sería largo relatar cómo se alegró Solón con el regalo, qué dijo, y cómo convivieron en adelante, Solón educando y enseñando lo más bello, haciendo a Anacarsis amigo de todos, introduciéndolo en los bienes de los griegos y cuidando de todas las maneras de que pasara el tiempo lo más agradablemente posible en Grecia, y Anacarsis admirando su sabiduría y no queriendo separarse de él ni un solo paso. En fin, como le prometió Toxaris, a través de un solo hombre, Solón, lo conoció todo en un instante y era conocido por todos y honrado gracias a él; pues no era poca cosa que Solón lo elogiara, sino que los hombres obedecían esto como a un legislador y amaban a quienes él aprobaba y creían que eran los mejores hombres. Al final, Anacarsis fue el único de los bárbaros en ser iniciado, convirtiéndose en ciudadano, si hay que creer a Teoxeno, que también narra esto sobre él; y creo que ni siquiera habría regresado a Escitia si Solón no hubiera muerto.
9
¿ Queréis, pues, que ponga ya fin al relato, para que no ande por ahí sin cabeza? Es hora, pues, de saber por qué motivo Anacarsis y Toxaris han venido desde Escitia hasta Macedonia y traen consigo al anciano Solón desde Atenas. Digo que yo mismo he sufrido algo parecido a Anacarsis, y por las Gracias, no os enfadéis conmigo por la comparación, si me he comparado con un hombre real; pues él también era bárbaro, y no diríais que nosotros, los sirios, somos inferiores a los escitas. Pero no pretendo equiparar mis asuntos con los reales, sino en lo siguiente: cuando llegué por primera vez a vuestra ciudad, me quedé atónito al ver de inmediato su grandeza, su belleza, la multitud de sus habitantes y todo su otro poder y esplendor; de modo que durante mucho tiempo estuve admirado ante esto y no me bastaba el asombro, algo parecido a lo que aquel joven isleño había sentido ante la casa de Menelao. Y así iba a quedar mi ánimo al ver una ciudad floreciente con tal vigor y, según aquel poeta, floreciendo con todos los bienes con los que florece una ciudad.
10
Así, pues, me puse a reflexionar sobre lo que debía hacer, y desde hace tiempo había decidido mostraros mis discursos.¿ Pues a quiénes otros debía mostrárselos, pasando en silencio por una ciudad tan grande? Buscaba, y no ocultaré la verdad, quiénes eran los principales y a quiénes uno podría acercarse y, al inscribirse, tenerlos como protectores y aliados para todo. Aquí no fue uno solo, como para Anacarsis, y además bárbaro, Toxaris, sino muchos, o mejor dicho, todos decían lo mismo, casi con las mismas sílabas:« Extranjero, hay muchos otros hombres buenos y hábiles por la ciudad, y no encontrarías en otro lugar tantos hombres buenos, pero tenemos dos hombres que son los mejores, que superan con mucho a todos en linaje y dignidad, y a los que podrías comparar con la decena ática en educación y poder de palabra; y la benevolencia del pueblo hacia ellos es muy apasionada, y sucede esto: lo que ellos quieren, eso se hace; pues ellos quieren lo que sea mejor para la ciudad». Pues su bondad, su filantropía hacia los extranjeros, su falta de envidia en tan gran magnitud, su respetabilidad con benevolencia, su mansedumbre y su accesibilidad, vosotros mismos lo relataréis a otros tras haberlo experimentado un poco más tarde.
11
Y para que os asombréis más, son de una misma casa, hijo y padre; el uno, si piensas en algún Solón, Pericles o Arístides, y el hijo, que con solo verlo te atraerá, tan grande y hermoso es, con una belleza de aspecto varonil; y si solo hablara, te arrebatará tras haberte atado por los oídos, tanta Afrodita tiene el joven en su lengua. La ciudad entera lo escucha boquiabierta cuando sale a hablar ante el pueblo, como dicen que los atenienses de entonces se sintieron ante el hijo de Clinias, con la diferencia de que a aquellos no les tardó mucho en arrepentirse del amor que sintieron por Alcibíades, mientras que a este la ciudad no solo lo ama, sino que ya considera que debe respetarlo, y, en general, este hombre es para nosotros un bien público y un gran beneficio para todos. Si él mismo y su padre te aceptaran y te hicieran su amigo, tienes toda la ciudad, y solo hace falta agitar la mano, nada más, y tus asuntos ya no serán dudosos. Esto, por Zeus, decían todos, si es que hay que añadir un juramento al discurso, y me pareció que, al intentarlo, solo había dicho una mínima parte de lo que les corresponde. No es, pues, momento de demora ni de vacilación, como dice el de Ceos, sino que hay que mover todas las velas, hacer y decir todo para que tales hombres sean nuestros amigos; pues si esto se logra, todo es bonanza, navegación con viento en popa, mar en calma y el puerto cerca.

Intertext edge

Open linked passage

Note