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Original / primary: Spanish Gemini
1
Dicen, Filón, que ayer tuvisteis una reunión muy variada en casa de Aristeneto durante la cena, que se dijeron algunos discursos filosóficos y que, a raíz de ellos, se produjo una disputa nada pequeña; y, si Carino no mentía, que el asunto llegó incluso a las manos y que, al final, la reunión se disolvió en sangre. Licino:¿ Y de dónde, Filón, sabía Carino estas cosas? Pues no cenaba con nosotros. Filón: Dijo haberlo oído de Dionico, el médico. Licino: Pero Dionico, supongo, también estaba entre los comensales. Licino: Y tanto; aunque no desde el principio ni estuvo presente en todo, sino que llegó tarde, cuando la batalla estaba ya casi en su apogeo, poco antes de las heridas. Por eso me extraña que pudiera decir algo claro sin haber seguido aquellos hechos desde los que, habiendo comenzado, terminó para ellos en sangre la disputa.
2
Por tanto, Licino, el propio Carino, si queremos oír la verdad y cómo sucedió cada cosa, nos pidió que viniéramos a ti. Pues el propio Dionico dijo que él no había estado presente en todo, pero que tú sabías exactamente lo ocurrido y que podrías recordar los discursos mismos, ya que escuchabas tales cosas no de pasada, sino con interés. Así que no podrías hacer otra cosa que ofrecernos este banquete tan delicioso, del cual no sé cuál sería más agradable para mí, y sobre todo porque, sobrios, en paz y sin sangre, fuera de peligro, banquetearemos, ya sea que los ancianos o los jóvenes se excedieran en la bebida durante la cena, y decir todo lo que, arrastrados por el vino puro, menos debieron decir y hacer.
3
Me pides, Filón, que divulgue ante la mayoría cosas más propias de jóvenes y que me extienda relatando asuntos ocurridos entre vino y embriaguez, cuando debería olvidarlos y considerar que todo aquello son obras del dios Dioniso, quien no sé si ha pasado por alto a alguno de sus iniciados sin que fuera iniciado y bacante. Mira, pues, no sea que sea propio de gente malintencionada examinar con precisión tales cosas, que está bien dejar atrás en el banquete al marcharse. Pues odio, dice también el dicho poético, al comensal con memoria. Y tampoco Dionico hizo bien al contarle esto a Carino y verter tanta basura sobre hombres filósofos. Yo, por mi parte, ni hablar, no diría nada semejante.
4
Filón: Eso es para los remilgados, Licino. Pero no debías hacer eso conmigo, que sé que deseas hablar mucho más de lo que yo deseo escuchar, y me parece que, si te faltaran oyentes, te acercarías incluso a una columna o a una estatua para verterlo todo de un tirón sin respirar. Si, en efecto, quiero marcharme ahora, no me dejarás ir sin haber escuchado, sino que me retendrás y me lo pedirás. Y yo me haré el remilgado contigo a mi vez; y si te parece, vámonos a preguntar a otro, tú no digas nada. Licino: Nada de enfados; te lo contaré, ya que tienes tanto interés, pero asegúrate de no contárselo a muchos. Filón: Si no me he olvidado por completo de Licino, tú mismo lo harás mejor y te adelantarás a contárselo a todos, así que no me necesitarás para nada.
5
Filón: Pero dime primero esto:¿ Aristeneto os invitó a cenar porque casaba a su hijo Zenón? Licino: No, sino que él mismo entregaba a su hija Cleántide al hijo de Eucrito, el prestamista, al que se dedica a la filosofía. Filón:¿ A Páncalo?¡ Por Zeus!, un jovencito, tierno todavía y no muy en edad de casarse. Licino: Pero no tenía otro más adecuado, supongo. A este, pues, que parece ser comedido y estar inclinado a la filosofía, y además por ser el único hijo del rico Eucrito, lo eligió como yerno entre todos. Filón: No mencionas una razón pequeña el que Eucrito sea rico. Pero, Licino,¿ quiénes eran los comensales?
6
A los demás,¿ qué te voy a decir? Los que venían de la filosofía y los discursos, a quienes supongo que deseas oír sobre todo, eran Zenotemis, el anciano del Pórtico, y con él Dífilo, apodado el Laberinto, que es maestro del hijo de Aristeneto, Zenón; de los del Perípato, Cleodemo, ya conoces al charlatán, al refutador, a quien sus discípulos llaman Espada y Cuchillo. Pero también estaba presente el epicúreo Hermón, y al entrar, los estoicos lo miraban de reojo y se apartaban, y era evidente que lo despreciaban como a un parricida y a un impío. Estos, amigos y conocidos del propio Aristeneto, habían sido invitados a la cena, y con ellos el gramático Histieo y el retórico Dionisodoro.
7
Por causa del novio, Quereas, estaba invitado también el platónico Ión, que es su maestro, un hombre solemne a la vista y de aspecto divino, que muestra mucha compostura en su rostro; la mayoría lo llama, de hecho, regla, mirando a la rectitud de su juicio. Y cuando pasó, todos se levantaban ante él y lo saludaban como a uno de los seres superiores, y en general, la presencia del admirable Ión era como una visita de un dios.
8
Cuando ya casi todos estaban presentes y debían recostarse, las mujeres, entrando por la derecha, ocuparon todo aquel lecho, pues no eran pocas, y entre ellas la novia, muy cuidadosamente cubierta, rodeada por las mujeres; y hacia la otra parte de la sala, la otra multitud, según el rango que cada uno tenía.
9
Frente a las mujeres, primero Eucrito, luego Aristeneto. Después se dudaba si debía ir primero Zenotemis el estoico, por ser anciano, o Hermón el epicúreo, pues era sacerdote de los dos dioses y de la familia principal de la ciudad. Pero Zenotemis resolvió la duda: Si me pones, dijo, Aristeneto, después de este hombre, para no decir otro mal, epicúreo, me iré dejándote todo el banquete; y al mismo tiempo llamaba al muchacho y parecía que se iba. Y Hermón dijo: Quédate, Zenotemis, con los primeros puestos; pero si no por otra cosa, al menos por ser sacerdote, habría estado bien ceder el paso, aunque desprecies tanto a Epicuro. Me reí, dijo Zenotemis, de un epicúreo sacerdote, y al decirlo se recostó, y después de él, sin embargo, Hermón, luego Cleodemo el peripatético, después Ión y bajo él el novio, luego yo y a mi lado Dífilo y bajo él Zenón el discípulo, luego el retórico Dionisodoro y el gramático Histieo.
10
Filón:¡ Vaya!, Licino, describes el banquete como un museo de hombres sabios en su mayoría, y yo alabo a Aristeneto porque, al celebrar la fiesta más deseada, consideró digno invitar a los más sabios antes que a los demás, tomando lo mejor de cada escuela, no a unos sí y a otros no, sino a todos mezclados. Licino: Es que, compañero, no es de esos muchos ricos, sino que también se preocupa por la educación y pasa la mayor parte de su vida con ellos.
11
Cenábamos, pues, en silencio al principio, y se habían preparado platos variados. Aunque no creo que sea necesario enumerar también esto, los caldos, los pasteles y los condimentos; pues todo era abundante. En esto, Cleodemo, inclinándose hacia Ión, dijo:¿ Ves al anciano— refiriéndose a Zenotemis, pues lo oía— cómo se atiborra de manjares y tiene el manto lleno de caldo y todo lo que le tiende al muchacho que está detrás, creyendo que pasa inadvertido a los demás, sin acordarse de los que están después de él? Muéstrale esto también a Licino, para que sea testigo. Yo no necesitaba que Ión me lo mostrara, pues lo había visto mucho antes desde mi posición.
12
Apenas había dicho esto Cleodemo, cuando irrumpió el cínico Alcidamas sin ser invitado, haciendo aquel chiste común de que Menelao llegaba de improviso. A la mayoría le pareció que había hecho algo desvergonzado y murmuraban lo más inmediato, uno:¿ Estás loco, Menelao?, otro: Pero no agradaba al corazón del Atrida Agamenón, y otros otras cosas oportunas y graciosas que murmuraban entre dientes; sin embargo, nadie se atrevía a decirlo abiertamente; pues temían a Alcidamas, que era un verdadero gritón y el más ruidoso de todos los perros, por lo que parecía superior y era temible para todos.
13
Aristeneto, tras elogiarlo, le pidió que tomara un trono y se sentara junto a Histieo y Dionisodoro. Él dijo:¡ Ni hablar!, dices algo femenino y blando, sentarse en un trono o en un taburete, como vosotros que cenáis recostados casi boca arriba en ese lecho blando, con mantos de púrpura debajo; yo incluso cenaría de pie paseando por el banquete; y si me cansara, me tumbaré en el suelo poniendo mi manto debajo, apoyado en el codo, como pintan a Heracles. Que así sea, dijo Aristeneto, si te es más agradable. Y desde entonces, Alcidamas, dando vueltas en círculo, cenaba como los escitas, trasladándose hacia el pasto más abundante y acompañando a los que traían los manjares.
14
Y, además, mientras comía, estaba activo hablando sobre la virtud y el vicio, y burlándose del oro y la plata; preguntaba, de hecho, a Aristeneto qué quería con tantas y tan grandes copas, cuando las de barro sirven igual. Pero Aristeneto lo detuvo por el momento, cuando ya molestaba, haciendo una señal al muchacho para que le diera una copa grande, sirviéndole vino más puro; y parecía haberlo pensado muy bien, sin saber qué principio de males había dado aquella copa. Alcidamas, al tomarla, calló un poco y, arrojándose al suelo, se quedó medio desnudo, como había amenazado, apoyando el codo recto, teniendo al mismo tiempo la copa en la mano derecha, tal como los pintores muestran al Heracles junto a Folo.
15
Ya la copa circulaba continuamente entre los demás, y había brindis, conversaciones y se habían traído luces. Mientras tanto, yo, al ver al joven copero que estaba junto a Cleodemo sonreír— pues creo que hay que contar también los pormenores del banquete, y más si se hizo algo con más refinamiento—, estuve muy atento a por qué sonreía. Y al poco tiempo, él se acercó como para recoger la copa de Cleodemo, y este le apretó el dedo y le dio, creo, dos dracmas junto con la copa; el muchacho sonrió de nuevo ante el dedo apretado, pero no se dio cuenta, creo, de la moneda, de modo que, al no recibirla, las dos dracmas hicieron ruido al caer, y ambos se sonrojaron muy claramente. Los que estaban cerca no sabían de quién eran las monedas, pues el muchacho negaba haberlas perdido y Cleodemo, junto a quien se produjo el ruido, no fingía haberlas tirado. Así que esto se descuidó y se pasó por alto, sin que muchos lo vieran, excepto, según me pareció, Aristeneto; pues poco después cambió al muchacho de sitio, llevándoselo discretamente, e hizo una señal a Cleodemo para que se le acercara uno de los criados ya maduros y fuertes, un mozo de mulas o de caballos. Y esto había quedado así, lo que habría sido causa de gran vergüenza para Cleodemo si se hubiera difundido entre todos, pero se apagó al instante, habiendo soportado Aristeneto muy hábilmente la borrachera.
16
El cínico Alcidamas, pues ya había bebido, al preguntar cómo se llamaba la joven que se casaba, tras pedir silencio, dijo con voz potente, mirando a las mujeres: Brindo por ti, Cleántide, por Heracles, el antepasado. Y como todos se rieron ante esto, dijo:¿ Os habéis reído, escoria, si brindé por la novia ante nuestro dios Heracles? Pues bien, debéis saber que si no recibe la copa de mí, nunca tendría un hijo como yo, inquebrantable en fuerza, libre en su juicio y de cuerpo tan resistente; y al mismo tiempo se desnudaba más hasta lo más indecente. Los comensales se rieron de nuevo ante esto, y él, indignado, se levantaba mirando con dureza y desvarío, y era evidente que ya no iba a mantener la paz. Y pronto habría alcanzado a alguien con su bastón, si no se hubiera traído a tiempo un pastel muy grande, ante el cual, al verlo, se volvió más manso, cesó en su ira y se atiborró paseando.
17
Y la mayoría ya estaban borrachos y el banquete estaba lleno de gritos; pues el retórico Dionisodoro exponía por turnos algunas refutaciones y era elogiado por los criados que estaban detrás, mientras que el gramático Histieo recitaba versos recostado al final y mezclaba en lo mismo cosas de Píndaro, Hesíodo y Anacreonte, de modo que de todo resultaba una canción ridícula, y sobre todo aquellos versos como profetizando lo que iba a suceder: Y se mezclaron los gritos; y allí hubo lamentos y oraciones de hombres. Y Zenotemis leía, tras recibir de manos del muchacho, un libro de letra pequeña.
18
Habiendo pasado poco tiempo, como suelen hacer los que traen los manjares, Aristeneto, maquinando que aquel momento tampoco fuera desagradable ni vacío, ordenó que entrara el bufón para decir o hacer algo gracioso, para que los comensales se divirtieran aún más. Y pasó uno deforme, con la cabeza afeitada, teniendo pocos pelos erguidos en la coronilla; este bailó doblándose y contorsionándose, para parecer más ridículo, y recitó anapestos golpeando, hablando con acento egipcio, y al final se burlaba de los presentes.
19
Los demás se reían cuando eran objeto de burla, pero cuando lanzó algo parecido contra Alcidamas, llamándolo perrito maltés, este, indignado— y desde hacía tiempo era evidente que le envidiaba por tener éxito y acaparar el banquete—, arrojó su manto y lo desafió a luchar en el pancracio, y si no, dijo que le bajaría el bastón. Así, pues, el desgraciado Satirión— pues así se llamaba el bufón— se enfrentó y luchaba en el pancracio. Y el asunto era divertidísimo, un hombre filósofo enfrentándose a un bufón, golpeando y siendo golpeado por turnos. Los presentes, unos se avergonzaban y otros se reían, hasta que Alcidamas se rindió al ser golpeado, derrotado por un hombrecillo bien compacto. Se soltó, pues, una gran risa ante ellos.
20
Licino: En ese momento entró Dionico, el médico, no mucho después del combate; se había retrasado, según decía, tratando a Poliprepón, el flautista, que había caído en frenesí. Y contó algo gracioso; dijo que había entrado a verlo sin saber que ya estaba preso de la enfermedad, y que este se levantó rápidamente, cerró la puerta, desenvainó una espada corta y, dándole las flautas, le ordenó tocar; luego, como no podía, le golpeaba con una correa en las palmas de las manos. Al final, pues, en tal peligro, se le ocurrió lo siguiente: lo desafió a un combate con un número pactado de golpes, y primero él mismo tocó mal la flauta, pero después, entregándole las flautas, recibió de él la correa y la espada y las arrojó rápidamente por la claraboya al patio al aire libre, y desde entonces, más seguro, forcejeando con él, llamó a los vecinos, gracias a quienes, al abrir la puerta, se salvó. Mostraba también señales de los golpes y algunos arañazos en el rostro. Y Dionico, no menos exitoso que el bufón con su relato, se metió cerca de Histieo y cenó lo que quedaba, no sin que algún dios estuviera presente con nosotros, sino que resultó muy útil para lo que sucedió después.
21
Licino: Pues un criado de Etemocles el estoico, que entró en medio, diciendo que venía de parte de su amo, con una pequeña carta, dijo que su amo le había ordenado leerla en público para que todos la oyeran y luego marcharse. Tras permitirlo Aristeneto, se acercó a la lámpara y leyó. Filón:¿ Sería acaso un elogio de la novia o un epitalamio, como suelen hacer muchos? Licino: Sin duda nosotros también pensamos algo así, pero no estaba ni cerca de eso; pues estaba escrito:
22
Licino: Etemocles, filósofo, a Aristeneto. Cómo me siento respecto a las cenas, toda mi vida pasada sería testimonio, pues, aunque cada día muchos, mucho más ricos que tú, me molestan, nunca me he entregado, sabiendo los alborotos y borracheras en los banquetes. Pero en tu caso, solo en el tuyo, me parece que tengo motivos para indignarme, pues, habiendo sido atendido con tanto esmero por mí durante tanto tiempo, no has considerado digno incluirme entre tus otros amigos, sino que yo solo estoy excluido, y eso viviendo en el vecindario. Me duele, pues, más por ti, que has resultado tan desagradecido; pues para mí la felicidad no está en una ración de jabalí, liebre o pastel, que disfruto abundantemente en casa de otros que saben lo que es debido, pues incluso hoy, pudiendo cenar en casa de mi discípulo Pamenes una cena lujosa, como dicen, no accedí a sus súplicas, guardándome para ti, insensato de mí.
23
Tú, en cambio, dejándonos de lado, agasajas a otros, con razón; pues aún no puedes distinguir lo mejor ni tienes la representación comprensiva. Pero sé de dónde me viene esto, de tus admirables filósofos, Zenotemis y Laberinto, a quienes— que la Adrastea me libre— creo que podría taparles la boca rápidamente con un solo silogismo. O que diga alguno de ellos,¿ qué es la filosofía? O estas primeras cosas,¿ en qué se diferencia la relación del hábito? Para no decir nada de los problemas, el argumento del cuerno, el del montón o el del segador. Pero tú, aprovéchalos. Yo, como considero que solo lo bello es un bien, soportaré fácilmente la deshonra.
24
Y, sin embargo, para que no tengas a qué recurrir como excusa después, diciendo que te olvidaste en medio de tanto alboroto y asunto, te saludé dos veces hoy, por la mañana en tu casa y después en el templo cuando sacrificabas. Esto lo he dejado dicho para los presentes.
25
Y si te parece que me enfado por la cena, piensa en lo de Eneo; pues verás también a Ártemis indignada porque aquel no la incluyó a ella sola en el sacrificio al agasajar a los otros dioses. Y Homero dice sobre ellos algo así: O se olvidó o no se dio cuenta, y se equivocó gravemente en su corazón; y Eurípides: Esta es la tierra de Calidón, en los estrechos opuestos de la tierra de Pélope, que tiene campos felices. Y Sófocles: El hijo de Leto, la diosa que dispara de lejos, envió un jabalí, gran cosa, sobre los campos de Eneo.
26
Esto te he expuesto, poco de mucho, para que sepas a qué clase de hombre has dejado de lado para agasajar a Dífilo y le has entregado a tu hijo, con razón; pues es agradable para el joven y le acompaña para darle gusto. Y si no fuera vergonzoso para mí decir tales cosas, habría añadido algo más, que tú, si quieres, podrías aprender de Zópiro, el pedagogo, que es verdad. Pero no hay que alborotar en las bodas ni calumniar a otros, y menos por acusaciones tan vergonzosas; pues aunque Dífilo sea digno de haberme arrebatado ya a dos discípulos, yo, por la filosofía misma, guardaré silencio.
27
He ordenado a este criado que, si le das alguna ración de jabalí, ciervo o pastel de sésamo para que me la lleve y sea una disculpa en lugar de la cena, que no la acepte, no sea que parezca que hemos enviado por esto.
28
Mientras se leía esto, compañero, el sudor me cubría por la vergüenza, y, como dice el dicho, deseaba que la tierra me tragara al ver a los presentes riéndose ante cada cosa, y sobre todo los que conocían a Etemocles, un hombre canoso que parecía solemne. Me extrañaba, pues, cómo siendo así podía pasar inadvertido engañándolos con la barba y la rigidez del rostro. Pues Aristeneto me parecía que no lo había pasado por alto por descuido, sino por no haber esperado nunca que, al ser invitado, accediera ni que se prestara a tal cosa; de modo que ni siquiera consideró digno intentarlo desde el principio.
29
Cuando, pues, el criado terminó de leer, todo el banquete miraba hacia los que estaban con Zenón y Dífilo, que estaban asustados y pálidos, confirmando con la perplejidad de sus rostros las acusaciones de Etemocles; Aristeneto estaba turbado y lleno de alboroto, pero ordenaba que bebiéramos e intentaba arreglar lo sucedido sonriendo al mismo tiempo, y despidió al criado diciendo que se ocuparía de esto. Poco después, Zenón también se levantó discretamente, tras una señal del pedagogo para marcharse como si lo hubiera ordenado su padre.
30
Cleodemo, que desde hacía tiempo buscaba algún pretexto— pues quería enfrentarse a los estoicos y se reventaba por no tener un comienzo razonable—, entonces, al ofrecerle la carta el punto de apoyo, dijo: Tales cosas producen el buen Crisipo y Zenón el admirable y Cleantes, palabritas miserables y preguntas solamente y posturas de filósofos, pero en lo demás, la mayoría son Etemocles; y las cartas, veis qué propias de ancianos, y al final, Eneo es Aristeneto, y Etemocles es Ártemis.¡ Heracles!, todo muy auspicioso y propio de una fiesta.
31
¡ Por Zeus!, dijo Hermón, que estaba recostado más arriba; pues había oído, creo, que Aristeneto había preparado un jabalí para la cena, así que no parecía inoportuno recordar al de Calidón. Pero, por Hestia, Aristeneto, envía cuanto antes de las primicias, no sea que el anciano se adelante consumiéndose de hambre como Meleagro. Aunque no le pasaría nada malo; pues Crisipo consideraba tales cosas como indiferentes.
32
Pues os acordáis de Crisipo, dijo Zenotemis, levantándose y hablando con voz muy potente,¿ o medís a Cleantes y Zenón, hombres sabios, por un solo hombre que no filosofa legalmente, Etemocles el embaucador?¿ Y quiénes sois vosotros para decir esto?¿ Acaso tú, Hermón, no te has cortado ya los rizos de los Dioscuros que eran de oro? Y pagarás la pena entregado al verdugo. Y tú, Cleodemo, adulterabas con la mujer de Sóstrato, el discípulo, y al ser sorprendido sufriste lo peor.¿ No vais a callar sabiendo tales cosas de vosotros mismos? Pero yo no soy alcahuete de mi propia mujer, dijo Cleodemo, como tú, ni tomé el dinero del extranjero discípulo como depósito y luego juré por la Políade no haberlo recibido, ni presto a cuatro dracmas, ni ahorco a los discípulos si no pagan los salarios a tiempo. Pero eso, dijo Zenotemis, no podrías negarlo, que no le diste veneno a Critón contra su padre.
33
Y al mismo tiempo, pues casualmente bebía, lo que quedaba en la copa, casi la mitad, se lo vertió encima. Ión también disfrutó de la vecindad, no sin merecerlo. Hermón, pues, se limpiaba la cabeza del vino puro, inclinado hacia adelante, y llamaba a los presentes como testigos de lo que había sufrido. Cleodemo, en cambio— pues no tenía copa—, volviéndose, escupió a Zenotemis y, agarrándolo de la barba con la izquierda, iba a golpearlo en la cara, y habría matado al anciano si Aristeneto no hubiera detenido la mano y, pasando por encima de Zenotemis, se hubiera recostado en medio de ellos, para que se separaran, manteniendo la paz con él como muro divisorio.
34
Mientras esto sucedía, Filón, yo pensaba para mis adentros cosas variadas, como aquel pensamiento inmediato de que no servía de nada saber las enseñanzas si uno no regulaba también la vida hacia lo mejor; pues veía a aquellos, que eran extraordinarios en los discursos, haciendo el ridículo en los hechos. Luego me venía a la mente si no sería verdad lo que dice la mayoría y si el estar educado no aparta de los rectos razonamientos a los que miran fijamente solo a los libros y a las preocupaciones que hay en ellos; pues, habiendo tantos filósofos presentes, ni por casualidad era posible ver a uno solo fuera de falta, sino que unos hacían cosas vergonzosas y otros decían cosas más vergonzosas; pues ni siquiera podía atribuir lo que sucedía al vino, considerando lo que Etemocles, aún sin comer ni beber, había escrito.
35
El asunto, pues, se había invertido, y los profanos, que cenaban muy comedidamente, no parecían ni borrachos ni indecentes, sino que solo se reían y condenaban a aquellos, supongo, a quienes admiraban creyendo que eran alguien por sus apariencias, mientras que los sabios se comportaban con desenfreno, se insultaban, se atiborraban, gritaban y llegaban a las manos. Y el admirable Alcidamas incluso orinaba en medio sin avergonzarse ante las mujeres. Y me parecía, como mejor se podría conjeturar, que lo que ocurría en el banquete era muy parecido a lo que dicen los poetas sobre la Discordia; pues no habiendo sido invitada a la boda de Peleo, arrojó la manzana al banquete, de donde se produjo tanta guerra sobre Ilión. Y Etemocles, por tanto, me parecía que al lanzar la carta en medio, como una manzana, había producido males no menores que la Ilíada.
36
Pues los que estaban con Zenotemis y Cleodemo no dejaron de disputar, una vez que Aristeneto se puso en medio de ellos; pero, por ahora, dijo Cleodemo, basta con que se os haya demostrado que sois ignorantes, mañana me vengaré de vosotros de la manera que corresponde; respóndeme, pues, Zenotemis, tú o el muy comedido Dífilo,¿ por qué, diciendo que la posesión de bienes es indiferente, no buscáis otra cosa entre todas que cómo poseer más y por eso estáis siempre rodeados de ricos, prestáis, cobráis intereses y enseñáis por dinero, y a su vez, odiando el placer y acusando a los epicúreos, vosotros mismos hacéis y sufrís las cosas más vergonzosas por causa del placer, indignándoos si alguien no os invita a cenar; y si sois invitados, comiendo tanto y dando tanto a los criados...? Y al mismo tiempo, al hablar, intentaba arrebatar el paño que tenía el muchacho de Zenotemis, lleno de carnes de todo tipo, e iba a soltarlo y arrojarlo todo al suelo, pero el muchacho no lo soltó, resistiendo con fuerza.
37
Y Hermón dijo:¡ Bien hecho, Cleodemo!, que digan por qué causa acusan al placer, cuando ellos mismos pretenden disfrutar más que los demás. No, sino tú, dijo Zenotemis, dime, Cleodemo, por qué no consideras la riqueza como indiferente. No, sino tú. Y esto duró mucho, hasta que Ión, asomándose más visiblemente, dijo: Parad; yo, si os parece, pondré en medio motivos de discursos dignos de la presente fiesta; vosotros hablaréis y escucharéis sin disputas, como, sin duda, también en casa de nuestro Platón la mayor parte de la reunión se dedicó a los discursos. Todos los presentes lo alabaron, y sobre todo los que estaban con Aristeneto y Eucrito, esperando así librarse de la desagradabilidad. Y Aristeneto volvió a su lugar esperando que se hubiera hecho la paz,
38
Licino: Y al mismo tiempo nos habían traído la llamada cena completa, un ave para cada uno, carne de cerdo, liebre, pescado de sartén, pasteles de sésamo y lo que había para picar, y se podía llevar esto. No se ponía un plato para cada uno, sino uno común para Aristeneto y Eucrito en una mesa, y cada uno debía tomar lo que estaba de su lado; para Zenotemis el estoico y Hermón el epicúreo, igualmente común para ellos; luego, a continuación, para Cleodemo e Ión, después de ellos para el novio y para mí, y para Dífilo lo de ambos, pues Zenón se había marchado. Y acuérdate de esto, Filón, porque hay algo útil en ello para el discurso. Filón: Me acordaré, sin duda.
39
Ión, pues, dijo: Empiezo yo primero, si os parece. Y tras esperar un poco, dijo: Quizás habría que hablar, estando presentes tales hombres, sobre las ideas, los seres incorpóreos y la inmortalidad del alma; pero para que no me contradigan los que no filosofan de la misma manera, hablaré sobre los matrimonios lo que es razonable. Lo mejor, pues, sería no necesitar matrimonios, sino, obedeciendo a Platón y Sócrates, practicar la pederastia; solo tales hombres, al menos, podrían ser perfeccionados hacia la virtud; pero si es necesario también el matrimonio femenino, según lo que piensa Platón, las mujeres deberían ser comunes, para que estuviéramos fuera de celos.
40
Hubo risas ante esto por decirse fuera de tiempo. Dionisodoro dijo: Deja de cantarnos cosas bárbaras,¿ dónde encontraríamos el celo en esto y en quién?¿ Y tú también hablas, escoria?, dijo Ión, y Dionisodoro le devolvía los insultos como era de esperar. Pero el gramático Histieo, el mejor, dijo: Parad; pues yo os leeré un epitalamio. Y tras empezar, leyó.
41
Eran, pues, estos, si es que me acuerdo, los versos elegíacos: Como en los palacios de Aristeneto se criaba solícitamente la divina Cleántide, reina, superando a todas las demás doncellas, mejor que Citerea y a la vez que Helena. Novio, alégrate tú también, el más fuerte de los efebos, mejor que Nireo y que el hijo de Tetis. Nosotros, a su vez, os cantaremos muchas veces este himno nupcial común para ambos.
42
Como era de esperar, al producirse risas por esto, hubo que recoger lo que estaba servido. Los que estaban con Aristeneto y Eucrito recogieron cada uno lo que tenía delante, yo lo mío, Chereas lo que estaba servido para él, e Ion y Cleodemo hicieron lo mismo. Pero Dífilo exigía que se le entregara también lo que se había servido para Zenón, que estaba ausente, diciendo que se le había puesto solo a él, y se peleaba con los criados; tiraban de la presa, agarrándola como si estuvieran arrastrando el cadáver de Patroclo. Al final fue vencido y soltó la presa, provocando grandes risas entre los comensales, sobre todo porque después se indignó como si hubiera sufrido la mayor de las injusticias.
43
Los que estaban con Hermón y Zenotemis estaban recostados juntos, como se ha dicho, Zenotemis arriba y el otro debajo. Todo lo demás estaba servido por igual para ambos, y lo recogieron pacíficamente, pero el ave que estaba ante Hermón era más gorda, tal vez por casualidad, supongo. Había que recoger también estas, cada uno la suya. En esto, pues, Zenotemis— y préstame mucha atención, Filón, pues estamos ya en el punto culminante de lo sucedido—, Zenotemis, digo, dejando la suya, tomó la que estaba ante Hermón, que era, como dije, más gorda. Este se resistió y no permitió que se aprovechara de él. Se produjo un alboroto por esto, y al abalanzarse unos sobre otros, se golpeaban en la cara con las mismas aves y, agarrándose de las barbas, pedían ayuda: Hermón a Cleodemo, y Zenotemis a Alcidamas y a Dífilo, y se formaron bandos, unos a favor de uno y otros a favor del otro, excepto Ion, que se mantuvo al margen.
44
Él se mantuvo neutral. Los otros luchaban trabados, y Zenotemis, tomando una copa que estaba sobre la mesa ante Aristeneto, la lanzó contra Hermón; erró el tiro y la copa se desvió hacia otro lado, abriéndole el cráneo al novio con una herida muy buena y profunda. Se produjo un grito de las mujeres y muchas saltaron al centro, especialmente la madre del joven al ver la sangre; también la novia se levantó asustada por él. Mientras tanto, Alcidamas se distinguió luchando a favor de Zenotemis y, golpeando con su bastón, destrozó el cráneo de Cleodemo y la mandíbula de Hermón, e hirió a algunos de los criados que intentaban ayudarles. Sin embargo, ellos no se retiraron, sino que Cleodemo, con el dedo estirado, le sacó un ojo a Zenotemis y, agarrándole la nariz, se la arrancó de un mordisco, mientras que Hermón lanzó a Dífilo, que había venido en auxilio de Zenotemis, de cabeza desde el diván.
45
También fue herido Histieo el gramático al intentar separarlos, por una patada, supongo, en los dientes, propinada por Cleodemo, que pensó que era Dífilo. El infeliz yacía, pues, como su Homero, vomitando sangre. En fin, todo estaba lleno de confusión y lágrimas, y las mujeres gemían rodeando a Chereas, mientras los demás intentaban poner orden. Pero el mayor de todos los males era Alcidamas, que, una vez que se impuso en su sector, golpeaba a cualquiera que se le pusiera por delante; y muchos, tenlo por seguro, habrían caído si no se le hubiera roto el bastón. Yo, de pie junto a la pared, observaba todo sin mezclarme, siguiendo el consejo de Histieo de que es peligroso intervenir en tales asuntos. Habrías dicho que eran lapitas y centauros si hubieras visto las mesas volcadas, la sangre derramada y las copas volando.
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Al final, Alcidamas volcó el candelabro y provocó una gran oscuridad, y el asunto, como era de esperar, se volvió mucho más grave; pues no fue fácil conseguir otra luz, y se hicieron muchas cosas terribles en la oscuridad. Y cuando alguien trajo por fin una lámpara, se sorprendió a Alcidamas desnudando a la flautista e intentando forzarla, y a Dionisodoro se le descubrió haciendo otra cosa ridícula: una copa se le cayó del regazo al levantarse. Luego, disculpándose, dijo que Ion la había recogido en el tumulto y se la había dado para que no se perdiera, e Ion decía que lo había hecho por solicitud.
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Tras esto se disolvió el banquete, terminando entre lágrimas y de nuevo entre risas por Alcidamas, Dionisodoro e Ion. Los heridos eran sacados en camillas en mal estado, especialmente el anciano Zenotemis, que se sujetaba con ambas manos, una la nariz y la otra el ojo, gritando que se moría de dolor, de modo que incluso Hermón, a pesar de estar en malas condiciones— pues le habían arrancado dos dientes—, le replicaba diciendo:« Recuerda, Zenotemis, que no consideras el dolor como algo indiferente». El novio, tras curarle Dionico la herida, era llevado a su casa con la cabeza vendada, subido al carruaje en el que debía llevarse a la novia; el infeliz celebró una boda amarga. Dionico se ocupaba de los demás en la medida de lo posible, y la mayoría eran llevados a dormir mientras vomitaban por los caminos. Alcidamas, sin embargo, se quedó allí; no pudieron echarlo, pues una vez que se tumbó en el diván, se quedó dormido de lado.
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Este fue el final del banquete, mi buen Filón, o mejor dicho, para añadir aquel verso trágico:« Muchas son las formas de lo divino, muchas cosas realizan los dioses contra lo esperado, y lo que se pensaba no se cumplió»; pues, en verdad, esto resultó ser inesperado. Eso sí, he aprendido ya que no es seguro sentarse a comer con tales sabios.