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Original / primary: Spanish Gemini
1
Mnesipo:¿ Qué dices, Toxaris?¿ Ustedes los escitas sacrifican a Orestes y Pílades y han llegado a creer que son dioses? Toxaris: Sacrificamos, Mnesipo, sacrificamos, pero no porque pensemos que son dioses, sino hombres de bien. Mnesipo:¿ Es ley entre ustedes sacrificar a los hombres de bien cuando mueren como si fueran dioses? Toxaris: No solo eso, sino que también los honramos con fiestas y celebraciones. Mnesipo:¿ Qué esperan obtener de ellos? Pues no les sacrifican por benevolencia, siendo como son cadáveres. Toxaris: Quizás no sea malo si los muertos nos fueran benévolos; sin embargo, creemos que nos irá mejor con los vivos si recordamos a los mejores, y honramos a los difuntos, pues pensamos que así muchos querrán llegar a ser como ellos.
2
Pero eso lo juzgan correctamente.¿ Pero qué fue lo que más admiraron de Orestes y Pílades para hacerlos iguales a los dioses, siendo además extranjeros para ustedes y, lo que es más, enemigos? Ellos, cuando los escitas de aquel entonces los capturaron tras naufragar y se los llevaban para sacrificarlos a Artemisa, atacaron a los guardias, se apoderaron de la guardia, mataron al rey y, tomando a la sacerdotisa, además de despojar a la propia Artemisa, se marcharon navegando, burlándose de la comunidad de los escitas. De modo que si por esto honran a esos hombres, no dejarían de producir muchos iguales a ellos. Y a partir de aquí, consideren ustedes mismos respecto a lo antiguo si les conviene que muchos Orestes y Pílades lleguen a Escitia. Pues a mí me parece que así se volverían muy pronto impíos y ateos ustedes mismos, al ser desterrados de su tierra los dioses restantes de la misma manera. Entonces, supongo, en lugar de todos los dioses, divinizarán a los hombres que vienen a llevárselos y sacrificarán como a dioses a quienes son sus sacrílegos.
3
Mnesipo: Si no es por esto por lo que honran a Orestes y Pílades, dime, Toxaris,¿ qué otro bien les hicieron para que, habiendo considerado hace tiempo que no eran dioses, ahora, por el contrario, sacrificándoles, los hayan tenido por dioses, y a quienes casi se convierten en víctimas de sacrificio, ahora les ofrezcan sacrificios? Pues esto parecería ridículo y contradictorio con lo anterior. Toxaris: También eso, Mnesipo, es noble por parte de aquellos hombres que enumeraste. Pues el hecho de que, siendo dos, se atrevieran a tal hazaña y zarparan tan lejos de su tierra hacia el Ponto, que aún era inexplorado para los griegos, salvo para los que navegaron a la Cólquide en el Argo, sin asustarse ni por los mitos sobre él ni por temer su nombre, porque era llamado' inhóspito', debido, supongo, a las tribus salvajes que lo habitaban, y una vez capturados, comportarse tan valientemente en el asunto y no contentarse solo con escapar, sino que, tras vengarse del rey por su insolencia y recuperar a Artemisa, zarparan,¿ cómo no es esto admirable y digno de algún honor divino por parte de todos los que elogian la virtud? Pero no es esto lo que nosotros vemos en Orestes y Pílades para tratarlos como héroes.
4
Mnesipo: Podrías decirme ya qué otra cosa solemne y divina realizaron; pues en cuanto al viaje y la estancia en el extranjero, podría mostrarte a muchos más divinos que ellos: los mercaderes, y especialmente los fenicios, que no solo navegan hacia el Ponto o hasta la Meótide y el Bósforo, sino que navegan por todas partes del mar griego y bárbaro; pues estos, tras explorar cada costa y cada orilla, por así decirlo, regresan a su tierra cada año al final del otoño. Considéralos dioses según el mismo razonamiento, y eso que la mayoría de ellos son buhoneros y vendedores de salazones, si se da el caso.
5
Toxaris: Escucha entonces, admirable amigo, y observa cuánto más sensatamente juzgamos nosotros los bárbaros que ustedes respecto a los hombres de bien, si es que en Argos y Micenas no se puede ver ni siquiera una tumba ilustre de Orestes o Pílades, mientras que entre nosotros se les ha erigido un templo a ambos a la vez, como era natural, siendo amigos, y se les ofrecen sacrificios y todo el resto de honores, y nada impide que, por el hecho de ser extranjeros y no escitas, hayan sido juzgados como hombres de bien y sean honrados por los mejores de los escitas. Pues no examinamos de dónde son los nobles y buenos, ni envidiamos si, sin ser amigos, hicieron cosas buenas, sino que, elogiando lo que hicieron, los hacemos nuestros por sus obras. Lo que más admiramos de aquellos hombres y elogiamos es esto: que nos parecieron los mejores amigos que han existido y se convirtieron en legisladores para los demás sobre cómo es necesario compartir toda suerte con los amigos.
6
Toxaris: Y lo que sufrieron el uno con el otro o por el otro, nuestros antepasados lo registraron en una estela de bronce y la consagraron en el Oresteo, y establecieron como ley que esto fuera la primera lección y educación para sus hijos: memorizar esta estela y lo escrito en ella. Al menos, cada uno de ellos olvidaría su nombre antes que desconocer las hazañas de Orestes y Pílades. Pero también en el recinto del templo se muestran las mismas cosas que la estela declara, representadas en pinturas por los antiguos: Orestes navegando junto a su amigo, luego, al destruirse su nave en los acantilados, capturado y preparado para el sacrificio, e Ifigenia ya comienza los ritos sobre ellos. Enfrente, en la otra pared, está pintado ya habiéndose quitado las ataduras y matando a Toante y a muchos otros de los escitas, y finalmente zarpando, llevando a Ifigenia y a la diosa. Los escitas, por su parte, intentan apoderarse de la nave mientras ya navega, colgándose de los timones e intentando subir; luego, sin lograr nada, unos heridos y otros por miedo a esto, nadan hacia tierra. Allí es donde uno podría ver mejor cuánta benevolencia demostraban el uno por el otro en el enfrentamiento contra los escitas. Pues el pintor ha hecho que cada uno descuide a sus propios enemigos, pero defienda a los que se abalanzan sobre el otro e intente salir al encuentro de las flechas antes que él, y no le importe si muere tras salvar al amigo, interceptando con su propio cuerpo el golpe que se dirigía hacia él.
7
Toxaris: Tal benevolencia de ellos, su comunión en los peligros, la fidelidad, el amor por el compañero, la verdad y la firmeza del amor mutuo, pensamos que no eran cosas humanas, sino de una mente superior a la de la mayoría de estos hombres, que mientras el viaje es favorable para los amigos, se indignan si no comparten por igual los placeres, pero si sopla un poco en contra, se van, dejándolos solos en los peligros. Y para que sepas también esto: los escitas no consideran que haya nada mayor que la amistad, ni hay nada de lo que un escita pueda jactarse más que de haber compartido los trabajos con un amigo y haber participado de sus peligros, así como no parece haber mayor deshonra entre nosotros que la de ser considerado un traidor a la amistad. Por esto honramos a Orestes y Pílades, por haber sido los mejores en los bienes de los escitas y haber sobresalido en la amistad, lo cual es lo primero que admiramos de todos, y por esto les pusimos el nombre de' Coracos'; esto, en nuestra lengua, es como si alguien dijera' espíritus amigos'.
8
Mnesipo:¡ Oh Toxaris!, entonces no solo los escitas eran buenos para disparar flechas y mejores que los demás en las cosas de la guerra, sino también los más persuasivos de todos para pronunciar un discurso. A mí, al menos, que hasta hace poco pensaba de otra manera, ahora me parece justo lo que hacen al divinizar a Orestes y Pílades. Pero me habías ocultado, noble amigo, que también eres un buen pintor. Pues muy vívidamente nos has mostrado las imágenes en el Oresteo, la batalla de los hombres, las heridas por el otro. Sin embargo, nunca hubiera pensado que la amistad fuera tan importante entre los escitas; pues, siendo como son inhóspitos y salvajes, pensaba que siempre vivían en enemistad, ira y furia, y que no cultivaban la amistad ni siquiera con los más cercanos, deduciéndolo por las otras cosas que oímos sobre ellos y porque se comen a sus padres cuando mueren.
9
Toxaris: Si en lo demás somos más justos y piadosos con los padres que los griegos, no me jactaría ante ti en este momento. Pero que los amigos escitas son mucho más fieles que los amigos griegos y que hay más discurso de amistad entre nosotros que entre ustedes, es fácil de demostrar; y por los dioses de los griegos, no escuches con molestia si digo algo de lo que he observado durante mucho tiempo conviviendo con ustedes. Pues me parece que ustedes podrían decir mejor que otros los discursos sobre la amistad, pero no solo no practican sus obras según el valor de los discursos, sino que les basta con elogiarla y mostrar cuán gran bien es; pero en las necesidades, traicionando los discursos, huyen, no sé cómo, de en medio de las obras. Y cuando los trágicos suben a escena tales amistades y las muestran, ustedes elogian y aplauden, y la mayoría llora por ellos cuando están en peligro el uno por el otro, pero ustedes mismos no se atreven a ofrecer nada digno de elogio por sus amigos, sino que, si un amigo necesita algo, al instante, como los sueños, se van volando lejos de ustedes todas esas muchas tragedias, dejándolos parecidos a esas máscaras vacías y mudas, que con la boca abierta y boquiabiertos no pronuncian ni lo más mínimo. Nosotros, en cambio, al revés: cuanto nos falta en los discursos sobre la amistad, tanto aventajamos en sus obras.
10
Toxaris: Y si te parece, hagamos esto ahora. Dejemos tranquilos a los antiguos amigos, si es que tenemos nosotros o ustedes algunos de los antiguos que contar, ya que en esto ustedes aventajarían, al presentar como testigos a los poetas, que cantan la amistad de Aquiles y Patroclo y la de Teseo y Pirítoo y la camaradería de los demás en los más bellos versos y metros; pero, eligiendo a algunos de los nuestros y narrando sus obras, yo las escitas y tú las griegas, quienquiera que venza en esto y presente mejores amigos, él mismo habrá vencido y proclamará la suya, habiendo disputado un certamen bellísimo y muy solemne. Pues yo creo que preferiría mucho más, habiendo sido derrotado en un duelo, que me cortaran la mano derecha, que es el castigo por una derrota escita, a ser juzgado inferior a otro en amistad, y eso siendo griego, siendo yo escita.
11
Mnesipo: No es una tarea despreciable, Toxaris, para un guerrero como tú batirse en duelo, estando preparado con discursos muy certeros y afilados. Sin embargo, no me retiraré ante ti habiendo traicionado tan ignominiosamente en poco tiempo todo lo griego; pues sería terrible ser derrotado por esos dos, tantos escitas como revelan los mitos y sus antiguas pinturas, que hace poco dramatizaste muy bien, y que todos los griegos, tantas naciones y tantas ciudades, fueran conquistados por ti sin defensa. Pues si esto sucediera, no la mano derecha como ustedes, sino la lengua sería hermoso cortarse.¿ Pero debemos fijar el número de estas acciones amistosas, o cuanto más pueda decir uno, tanto más capaz parecerá para la victoria? Toxaris: De ninguna manera, sino que no se fije la victoria en la cantidad de ellas, sino que si las tuyas parecen mejores y más cortantes que las mías siendo iguales en número, es evidente que me causarán heridas más mortales y cederé más rápido ante los golpes. Mnesipo: Dices bien, y que se fijen las que sean suficientes. A mí me parecen cinco para cada uno. Toxaris: A mí también me parece. Pero habla tú primero, habiendo jurado que dirás la verdad; pues de otro modo no es muy difícil inventar tales cosas y la comprobación es invisible. Pero si juraras, no sería piadoso desconfiar. Mnesipo: Juraremos, si es que crees que hace falta un juramento.¿ Pero cuál de nuestros dioses es suficiente para ti?¿ El Amistoso? Toxaris: Muy bien; yo juraré por el de mi tierra en mi propio discurso.
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Mnesipo: Que sepa entonces Zeus el Amistoso que diré todo lo que te cuente, ya sea porque yo mismo lo sé o porque lo he averiguado con toda la precisión posible de otros, sin añadir nada de mi propia cosecha. Y primero te contaré la amistad de Agatocles y Deinias, que se hizo famosa entre los jonios. Pues este Agatocles de Samos no vivió hace mucho, excelente en la amistad, como demostró, pero en lo demás no era mejor que la mayoría de los samios ni en linaje ni en otra riqueza. Y era amigo de Deinias, hijo de Lisón, de Éfeso, desde niños. Pero Deinias era inmensamente rico y, como es natural siendo nuevo rico, tenía a muchos otros a su alrededor, capaces de beber juntos y convivir para el placer, pero que distaban mucho de la amistad. Durante un tiempo, pues, Agatocles era contado entre ellos, y convivía y bebía con ellos sin alegrarse mucho de tal pasatiempo, y Deinias no lo tenía en mayor estima que a los aduladores. Finalmente, incluso chocaba al reprenderlo a menudo, y parecía cargante al recordarle siempre a sus antepasados y ordenarle guardar lo que su padre le había dejado tras muchos trabajos, de modo que por esto ya ni siquiera lo llevaba a las fiestas, sino que iba de fiesta solo con aquellos, intentando ocultárselo a Agatocles.
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Mnesipo: Y una vez, el infeliz es convencido por aquellos aduladores de que Chariclea, la esposa de Demonax, un hombre ilustre y el primero de los efesios en política, estaba enamorada de él; y le llegaban cartas de la mujer, coronas medio marchitas, algunas manzanas mordidas y todo lo que las alcahuetas traman para los jóvenes, maquinando poco a poco los amores para ellos y encendiéndolos al principio creyendo que son amados( pues esto es lo más atrayente, y especialmente para los que creen ser guapos), hasta que sin darse cuenta caen en las redes. Chariclea era una mujercita graciosa, pero extremadamente cortesana y siempre del primero que pasaba, incluso si alguien quisiera por muy poco; y si alguien solo la miraba, enseguida asentía, y no había miedo de que Chariclea dijera que no. Era terrible también en lo demás, y artesana para atraer a un amante que aún estaba indeciso, para poseerlo por completo y, una vez atrapado, intensificarlo y encenderlo más, a veces con ira, a veces con adulación, y al poco tiempo con desprecio y con el fingir inclinarse hacia otro, y la mujer estaba toda armada por todas partes y había preparado muchas máquinas contra los amantes.
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Mnesipo: A esta, pues, los aduladores de Deinias la toman entonces para el joven, y exageraban mucho, empujándolo hacia el amor de Chariclea. Ella, que ya había arruinado a muchos jóvenes y fingido innumerables amores y derribado casas de muchas talentos, un mal complejo y muy ejercitado, habiendo tomado en sus manos a un joven sencillo e inexperto en tales maquinaciones, no lo soltó de sus garras, sino que, rodeándolo por todas partes y probándolo, cuando ya lo dominaba por completo, ella misma se perdió por la presa y se convirtió en causa de innumerables males para el desdichado Deinias. Pues al principio, enseguida le enviaba aquellas cartas, enviando continuamente a la criada, cómo lloraba y pasaba la noche en vela y finalmente cómo la infeliz se ahorcará por el amor, hasta que el dichoso fue convencido de que era guapo y muy deseado por las mujeres de Éfeso, y de alguna manera sucedió que fue muy suplicado.
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Mnesipo: Lo siguiente ya era más fácil, como es natural, de ser conquistado por una mujer guapa y que sabía convivir para el placer y llorar en el momento oportuno y, en medio de las palabras, sollozar lastimeramente y tomarlo cuando ya se iba y correr hacia él cuando entraba y adornarse para complacer lo más posible, y tal vez incluso cantar y tocar la cítara. De todo lo cual se había servido contra Deinias; y cuando se dio cuenta de que estaba en mal estado y ya empapado por el amor y se había vuelto tierno, ideaba otra cosa para esto y destruía al desdichado; pues finge estar embarazada de él— y esto es suficiente para encender más a un amante bobo— y ya no iba hacia él, diciendo que era vigilada por su marido, que se había enterado del amor. Él ya no era capaz de soportar el asunto, ni toleraba no verla, sino que lloraba y enviaba a los aduladores y gritaba el nombre de Chariclea y, abrazando su imagen— pues estaba hecha de piedra blanca—, se lamentaba, y finalmente, arrojándose al suelo, se revolcaba y el asunto era una locura absoluta. Pues los regalos no se le devolvían en manzanas y coronas, sino en casas enteras, campos, esclavas, vestidos florecientes y todo el oro que quisiera.¿ Y qué más? En poco tiempo, la casa de Lisón, que había sido la más famosa de Jonia, ya estaba agotada y vaciada.
16
Mnesipo: Luego, cuando ya estaba seco, abandonándolo, cazaba a otro joven cretense de los que tenían oro y se pasaba a él y ya estaba enamorada de él, y aquel creía. Siendo descuidado, pues, Deinias, no solo por Chariclea sino también por los aduladores( pues también ellos se habían pasado ya al cretense, el amado), va a Agatocles, que desde hace tiempo sabía que sus asuntos estaban mal, y avergonzado al principio, sin embargo, le contaba todo: el amor, la falta de dinero, el desprecio de la mujer, el rival cretense, y finalmente cómo no vivirá si no está con Chariclea. Él, considerando que era inoportuno en ese momento recordarle a Deinias que no solo no lo aceptaba a él de entre los amigos, sino que prefería a sus aduladores, habiendo vendido la única casa paterna que tenía en Samos, vino trayéndole el dinero, tres talentos. Tras recibirlo, Deinias no fue invisible enseguida para Chariclea, habiéndose vuelto guapo de nuevo de alguna parte, y de nuevo la criada y las cartas, y la queja de que no había venido en mucho tiempo, y los aduladores acudían a espigar, viendo que Deinias aún era comestible.
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Mnesipo: Y cuando prometió ir a verla y llegó alrededor del primer sueño y estaba dentro, Demonax, el marido de Chariclea, ya sea enterándose de otra manera o por acuerdo de la mujer( pues se dice ambas cosas), levantándose como de una emboscada, ordenaba cerrar la puerta del patio y capturar a Deinias, amenazando con fuego y látigos y habiendo desenvainado la espada como contra un adúltero. Él, al darse cuenta de en qué males estaba, habiendo arrebatado una palanca que estaba cerca, mata al propio Demonax, golpeándolo en la sien, y a Chariclea, no con un golpe a esta, sino muchas veces con la palanca y después con la espada de Demonax. Los criados, mientras tanto, se habían quedado mudos, estupefactos por lo paradójico del asunto, luego, intentando capturarlo, como también se les echaba encima con la espada, aquellos huían, y Deinias sale habiendo cometido tal hazaña. Y pasó el tiempo hasta el amanecer con Agatocles, reflexionando sobre lo hecho y considerando qué sucederá respecto a lo futuro; al amanecer llegaron los estrategas— pues el asunto ya se había difundido— y, capturando a Deinias, que ni siquiera él negaba haber matado, lo llevan ante el gobernador que gobernaba Asia entonces. Él lo envía al gran rey; y no mucho después, Deinias fue enviado a la isla de Giaros, de las Cícladas, habiendo sido sentenciado por el rey a vivir allí desterrado para siempre.
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Mnesipo: Agatocles, por su parte, en lo demás convivía y se fue con él a Italia y entró solo de entre los amigos en el tribunal y no le faltó en nada. Y cuando Deinias ya estaba desterrado, ni siquiera entonces se separó del compañero, sino que, habiéndose condenado a sí mismo, pasaba el tiempo en Giaros y compartía su destierro, y cuando carecían por completo de lo necesario, entregándose a los pescadores de púrpura, se sumergía con ellos y, llevando lo que se obtenía de esto, alimentaba a Deinias; y cuando enfermó durante mucho tiempo, lo cuidó y, al morir, ya no quiso regresar a su tierra, sino que permaneció allí en la isla, avergonzado de dejar al amigo incluso muerto. Esta es una obra de un amigo griego que ocurrió no hace mucho; pues no sé si han pasado ya cinco años desde que Agatocles murió en Giaros. Toxaris: Y ojalá, Mnesipo, estuvieras contando esto sin juramento, para que pudiera incluso desconfiar de ellos; tan escita me has contado a este amigo Agatocles. Pero no temo que me cuentes a algún otro igual a él.
19
Mnesipo: Escucha entonces también a otro, Toxaris, Eudico de Calcis. Me contaba sobre él Similo, el capitán de navío de Megara, habiendo jurado que él mismo había visto la obra. Pues decía que navegaba de Italia a Atenas alrededor de la puesta de las Pléyades llevando a algunos hombres que se habían reunido, y entre ellos estaban Eudico y con él Damón, también de Calcis, su compañero; y que eran de la misma edad, Eudico robusto y fuerte, y Damón pálido y débil, que apenas se levantaba de una larga enfermedad, según parecía. Hasta Sicilia, pues, decía Similo que navegaron con suerte; pero cuando, tras cruzar el estrecho, navegaban ya en el mismo Jónico, les sobrevino una tempestad grandísima.¿ Y para qué contaría la mayoría de las cosas, las olas triples, los torbellinos, el granizo y todos los demás males del invierno? Y cuando ya estaban frente a Zacinto navegando desde la antena desnuda, arrastrando todavía algunas cuerdas, de modo que recibían el estruendo del impulso, alrededor de la medianoche, como en tal oleaje, Damón, mareado, vomitaba inclinado hacia el mar; luego, supongo, al inclinarse la nave con más violencia hacia la parte en la que se había inclinado y al empujar la ola a la vez, cayó de cabeza al mar, y ni siquiera desnudo el infeliz, para poder nadar más fácilmente. Enseguida, pues, gritaba ahogándose y apenas manteniéndose por encima del oleaje.
20
Mnesipo: Eudico, al oírlo— y resulta que estaba desnudo en el lecho—, se lanzó al mar y, alcanzando a Damón que ya desfallecía— pues se veía mucho al iluminar la luna—, nadaba junto a él y lo aliviaba. Nosotros deseábamos ayudarlos y compadecer la desgracia de los hombres, pero no podíamos, siendo impulsados por el gran viento. Sin embargo, hicimos aquello: lanzamos muchos corchos para ellos y algunos de los remos, para que pudieran nadar sobre ellos si se encontraban con alguno, y finalmente también la propia pasarela, que no era pequeña. Considera, pues, por los dioses, qué otra demostración de benevolencia más firme podría uno mostrar hacia un amigo que ha caído al mar de noche en un mar tan enfurecido que compartiendo la muerte; y ten ante mis ojos el levantamiento de las olas, el ruido del agua que se rompe, la espuma que hierve alrededor, la noche y la desesperación; luego aquel ahogándose y apenas saliendo a flote y extendiendo las manos al compañero, y este saltando enseguida y nadando junto a él y temiendo que Damón no muriera antes que él. Pues así podrías aprender que no te he contado a este amigo Eudico como alguien innoble.
21
Toxaris:¿ Pero perecieron, Mnesipo, los hombres, o tuvieron alguna salvación inesperada? Pues yo temo no moderadamente por ellos. Mnesipo: Ten ánimo, Toxaris, se salvaron, y todavía hoy están en Atenas ambos filosofando. Pues Similo solo tenía que contar lo que vio aquella noche, al que caía y al que saltaba, y nadando hasta donde podía ver de noche. Lo que siguió a esto lo cuentan los propios amigos de Eudico. Pues al principio, habiéndose encontrado con algunos corchos, se sostenían sobre ellos y nadaban con dificultad, pero después, al ver la pasarela, nadaron hacia ella al amanecer y, habiéndose subido al resto, llegaron fácilmente a Zacinto.
22
Mnesipo: Después de estos, que no eran despreciables, como yo diría, escucha ya a un tercero no menos bueno que ellos. Eudámidas de Corinto tenía como amigos a Areteo de Corinto y a Caríxeno de Sición, siendo ellos ricos y él muy pobre; y cuando estaba muriendo, dejó testamentos quizás ridículos para los demás, pero para ti no sé si parecerán tales para un hombre de bien que honra la amistad y compite por los primeros puestos en ella; pues estaba escrito en ellos:' Dejo a Areteo alimentar y cuidar a mi madre en su vejez, y a Caríxeno casar a mi hija con la mayor dote que pueda dar de la suya'— pues tenía una madre anciana y una hijita ya en edad de casarse—,' y si alguno de ellos muere en este tiempo, dice, que el otro tenga la parte de aquel'. Al leerse estos testamentos, los que conocían la pobreza de Eudámidas, pero desconocían la amistad que tenía con los hombres, se tomaban el asunto a broma y no había nadie que no se fuera riendo, diciendo:'¡ Qué suerte que Areteo y Caríxeno heredarán, si es que le pagarán a Eudámidas y ellos mismos serán heredados por el muerto!'.
23
Mnesipo: Los herederos a quienes se les había dejado esto, al oírlo, vinieron enseguida administrando lo de los testamentos. Caríxeno, pues, vivió solo cinco días y murió, pero Areteo, convirtiéndose en el mejor de los herederos, habiendo tomado su parte y la de aquel, alimenta a la madre de Eudámidas y hace poco casó a la hija, habiendo dado de cinco talentos que tenía, dos a su propia hija y dos a la del amigo, y decidió que la boda de ambas fuera en un mismo día.¿ Qué te parece, Toxaris, este Areteo?¿ Acaso ha proporcionado un mal ejemplo de amistad habiendo heredado tales cosas y no habiendo traicionado los testamentos del amigo?¿ O ponemos también a este en las cuentas perfectas para que sea una de las cinco? Toxaris: También este es bueno. Pero yo he admirado mucho más a Eudámidas por el valor que tenía en sus amigos. Pues demostraba que él mismo habría hecho lo mismo por ellos, si esto no hubiera estado escrito en los testamentos, sino que, antes que los demás, habría venido como heredero sin escritura de tales cosas.
24
Mnesipo, hablas bien. Te contaré ahora sobre un cuarto personaje, Zenotemis de Marsella, hijo de Charmolco. Me fue presentado en Italia mientras yo estaba allí en misión diplomática por mi patria; era un hombre apuesto, alto y rico, al menos eso parecía. Viajaba en un carruaje acompañado por una mujer que, además de ser físicamente repulsiva, estaba seca por todo su costado derecho y le faltaba un ojo; era un espantajo digno de lástima y repulsivo. Cuando expresé mi asombro de que un hombre tan apuesto y joven soportara llevar consigo a tal mujer, quien me lo presentó me contó la necesidad de aquel matrimonio, pues conocía bien cada detalle; él también era marsellés. Dijo que Zenotemis era amigo de Menécrates, el padre de aquella mujer deforme, y que gozaba de igual prestigio que él, siendo ambos ricos y honrados. Con el tiempo, Menécrates fue despojado de sus bienes por una sentencia judicial, momento en el que también fue privado de sus derechos civiles por los Seiscientos, bajo la acusación de haber emitido un dictamen ilegal. Así es como castigamos en Marsella a quien propone leyes ilegales, dijo. Menécrates estaba afligido por la condena, pues de rico pasó a pobre y de ilustre a ignominioso en poco tiempo; pero lo que más le atormentaba era su hija, que ya estaba en edad de casarse, pues tenía dieciocho años, y a quien nadie, ni siquiera con toda la fortuna que su padre poseía antes de la condena, habría querido tomar por esposa, ni siquiera entre los pobres, debido a su aspecto tan desgraciado. Se decía, además, que sufría ataques cuando la luna estaba en cuarto creciente.
25
Mnesipo, cuando Menécrates le lamentaba esto a Zenotemis, este le dijo:« Ánimo, Menécrates, pues no te faltará lo necesario y tu hija encontrará un esposo digno de su linaje». Al decir esto, tomándolo de la mano, lo llevó a su casa, compartió con él su gran fortuna y, tras ordenar que se preparara un banquete, invitó a sus amigos y a Menécrates, como si hubiera convencido a uno de sus compañeros para que aceptara el matrimonio con la joven. Cuando terminaron de cenar y hubieron hecho las libaciones a los dioses, Zenotemis, extendiéndole una copa llena, dijo:« Acepta, Menécrates, este brindis de tu yerno; pues yo me casaré hoy con tu hija Cidimaca; la dote ya la he recibido hace tiempo: veinticinco talentos». Ante la negativa de este, que decía:«¡ No, por favor, Zenotemis!¡ Que no llegue yo a tal locura como para permitir que tú, siendo joven y apuesto, te unas a una muchacha fea y deforme!», él, mientras el otro decía esto, tomó a la novia y se fue al tálamo, y poco después salió tras haber consumado el matrimonio. Y desde entonces vive con ella, amándola profundamente y llevándola consigo a todas partes, como ves.
26
Mnesipo, y no solo no se avergüenza del matrimonio, sino que parece enorgullecerse de él, demostrando que desprecia tanto la belleza o fealdad física como la riqueza y la fama, y que solo mira a su amigo y a Menécrates, sin considerar que este haya empeorado en su amistad por el voto de los Seiscientos. Además, la fortuna ya le ha recompensado por ello. Pues tuvo un hijo hermosísimo de esta mujer, la más fea de todas, y hace poco, cuando el padre lo llevó en brazos al consejo, coronado con una rama de olivo y vestido de negro para que pareciera más digno de compasión por su abuelo, el bebé se rió ante los consejeros y aplaudió con sus manitas; el consejo, conmovido por él, perdonó la condena a Menécrates, quien ahora ha recuperado sus derechos civiles, habiendo utilizado a tan gran abogado ante la asamblea. Tales cosas decía el marsellés que había hecho Zenotemis por su amigo, cosas que, como ves, no son pequeñas ni serían realizadas por muchos escitas, quienes, según se dice, eligen cuidadosamente a sus concubinas entre las más bellas.
27
Mnesipo, nos queda el quinto, y creo que no mencionaré a otro olvidándome de Demetrio de Sunio. Pues Demetrio, habiendo navegado a Egipto con Antífilo de Alopece, amigo suyo desde la infancia y compañero de efebía, vivía y se educaba con él; él mismo practicaba el ascetismo cínico bajo aquel sofista rodio, mientras que Antífilo estudiaba medicina. Y sucedió una vez que Demetrio se encontraba viajando por Egipto para ver las pirámides y el Memnón; pues había oído que estas, por su altura, no proyectaban sombra, y que el Memnón emitía un sonido al salir el sol. Deseando Demetrio ver las pirámides y escuchar al Memnón, había navegado por el Nilo durante ya seis meses, dejando atrás a Antífilo, quien se había mostrado reacio al viaje y al calor.
28
Este, mientras tanto, sufrió una desgracia que requería de un amigo muy noble. Pues un criado suyo, sirio de nombre y de patria, habiéndose asociado con unos sacrílegos, entró con ellos en el Anubideion y, tras despojar al dios de dos copas de oro, un caduceo también de oro, unos cinocéfalos de plata y otras cosas similares, lo depositaron todo en casa del sirio. Luego, al ser capturados— pues fueron sorprendidos vendiendo algo—, lo confesaron todo bajo tortura en la rueda, y llevados a la casa de Antífilo, sacaron los objetos robados que estaban escondidos bajo una cama en un lugar oscuro. Así pues, el sirio fue encarcelado inmediatamente, y también su amo Antífilo, quien fue arrestado incluso mientras escuchaba a su maestro. Nadie le ayudó; al contrario, incluso sus antiguos amigos le daban la espalda, considerándolo un sacrílego del Anubideion y creyendo que era una impiedad haber bebido o cenado alguna vez con él. Y los demás criados, que eran dos, recogieron todo lo que pudieron de la casa y huyeron.
29
Así pues, el desdichado Antífilo estuvo encarcelado durante mucho tiempo, siendo considerado el más impuro de todos los malhechores que había en la prisión, y el egipcio encargado de las cadenas, un hombre supersticioso, creía que complacería al dios y lo vengaría siendo severo con Antífilo. Y si alguna vez intentaba defenderse, diciendo que no había cometido tal cosa, era considerado un desvergonzado y odiado aún más por ello. Por consiguiente, empezó a enfermar y se encontraba en mal estado, como era natural al dormir en el suelo y no poder ni siquiera estirar las piernas por la noche al estar encerrado en el cepo; pues durante el día bastaba con el collar y una mano encadenada, pero por la noche debía estar completamente atado. Además, la fetidez de la estancia y el sofoco, al estar muchos encerrados y hacinados en el mismo lugar y apenas poder respirar, el ruido del hierro y el poco sueño: todo esto era duro e insoportable para un hombre como él, desacostumbrado y sin entrenamiento para una vida tan cruel.
30
Mnesipo, cuando este ya desfallecía y ni siquiera quería tomar alimento, llegó Demetrio, sin saber nada de lo que había sucedido. Y en cuanto se enteró, tal como estaba, corrió a toda prisa hacia la prisión; aquella vez no fue admitido, pues era tarde y el carcelero, habiendo cerrado la puerta hacía tiempo, dormía, tras haber ordenado a los criados que vigilaran; pero al amanecer entró, tras haber suplicado mucho. Y al entrar, buscó durante mucho tiempo a Antífilo, que se había vuelto irreconocible por las desgracias, y recorría el lugar observando a cada uno de los encadenados, tal como suelen hacer los que buscan a sus muertos conocidos, ya descompuestos, en las formaciones de batalla. Y si no hubiera gritado su nombre,«¡ Antífilo, hijo de Deinómenes!», habría tardado mucho en reconocer quién era, tanto había cambiado por las desgracias. Pero al oír la voz, este gritó y, al acercarse, apartó el cabello y, retirándolo de su rostro sucio y apelmazado, se mostró tal cual era; ambos cayeron al instante, mareados por la inesperada visión. Con el tiempo, Demetrio, habiéndose recuperado a sí mismo y a Antífilo, y tras enterarse claramente de todo lo que había sucedido, le exhortó a tener ánimo y, dividiendo su manto, se puso la mitad y le dio el resto, tras haberle arrancado los harapos sucios y desgarrados que llevaba.
31
Mnesipo, y desde entonces estuvo con él de todas las maneras, cuidándolo y atendiéndolo; pues, entregándose a los mercaderes del puerto, desde el amanecer hasta el mediodía ganaba una buena suma cargando mercancías. Luego, al regresar del trabajo, entregaba parte del salario al carcelero, volviéndolo dócil y pacífico hacia él, y el resto le bastaba para el cuidado de su amigo. Y durante el día estaba con Antífilo consolándolo, y cuando llegaba la noche, se preparaba un pequeño lecho justo ante la puerta de la prisión, poniendo hojas debajo, y descansaba. Así pues, pasaron algún tiempo de esta manera, entrando Demetrio sin impedimentos y llevando Antífilo la desgracia con mayor facilidad.
32
Mnesipo, pero más tarde, al morir un ladrón en la prisión por veneno, según se creía, se estableció una vigilancia estricta y ya no se permitió entrar en la estancia a ninguno de los que lo necesitaban. Ante esto, angustiado y afligido, al no poder estar de otra manera con su compañero, se presentó ante el gobernador y se denunció a sí mismo, diciendo que había participado en la conspiración contra Anubis. En cuanto dijo esto, fue llevado inmediatamente a la prisión y, conducido ante Antífilo, logró al menos esto, tras suplicar mucho al carcelero: ser encadenado cerca de Antífilo y bajo el mismo cepo. Allí fue donde más demostró la benevolencia que sentía hacia él, descuidando sus propias desgracias— aunque él también enfermó— y preocupándose de que aquel durmiera lo mejor posible y sufriera menos; de modo que sobrellevaban mejor sus sufrimientos estando juntos.
33
Mnesipo, con el tiempo, algo que sucedió los libró de seguir sufriendo. Pues uno de los encadenados, no sé de dónde consiguió una lima y, tras atraer a muchos cómplices de entre los presos, serró la cadena con la que estaban atados sucesivamente, pasando los cepos a través de ella, y liberó a todos; estos, tras matar fácilmente a los guardias, que eran pocos, escaparon en masa. Aquellos, pues, se dispersaron al instante donde pudieron, y más tarde la mayoría fueron capturados; pero Demetrio y Antífilo permanecieron en su lugar, y se apoderaron del sirio que ya se iba. Cuando amaneció, el encargado de Egipto, al enterarse de lo sucedido, envió a quienes debían perseguirlos, pero, tras hacer llamar a los que estaban con Demetrio, los liberó de las cadenas, elogiándolos por ser los únicos que no habían huido. Pero ellos no se alegraron de ser liberados así, y Demetrio gritaba y se indignaba, diciendo que se les cometía una gran injusticia si parecían malhechores liberados por piedad o por el elogio de no haber huido; y al final obligaron al juez a examinar el asunto con precisión. Este, al enterarse de que no habían cometido ninguna injusticia, tras elogiarlos, y admirando mucho a Demetrio, los dejó ir, consolándolos por el castigo que habían sufrido al ser encadenados injustamente, y regalando a cada uno de su propio bolsillo, diez mil dracmas a Antífilo y el doble a Demetrio.
34
Mnesipo, Antífilo sigue todavía hoy en Egipto, pero Demetrio, dejando también sus veinte mil dracmas a aquel, se marchó a la India con los brahmanes, diciendo solo esto a Antífilo: que podría considerarse razonablemente disculpable por dejarlo ya; pues ni él mismo necesitaba dinero, mientras fuera lo que es, capaz de contentarse con poco, ni aquel necesitaba ya un amigo, habiéndose vuelto sus asuntos fáciles. Tales son, Toxaris, los amigos griegos. Y si no nos hubieras prejuzgado como gente que se enorgullece de sus palabras, te habría expuesto los mismos discursos, muchos y buenos, que Demetrio pronunció en el tribunal, sin defenderse en nada a sí mismo, sino a favor de Antífilo, y llorando además, y suplicando, y asumiendo todo sobre sí mismo, hasta que el sirio, siendo azotado, los liberó a ambos.
35
Mnesipo, yo, pues, te he contado estos pocos de entre muchos, los primeros que me vinieron a la memoria, amigos buenos y leales. Y ahora, bajando del discurso, te cedo el turno; tú, procura no decir que los escitas son peores, sino mucho mejores que estos, será asunto tuyo, si es que te importa algo tu mano derecha, para que no te la corten. Pero hay que ser un hombre de bien; pues sería ridículo que, tras elogiar a Orestes y Pílades con mucha sofisticación, aparecieras como un orador mediocre en defensa de Escitia. Toxaris: Bien hecho, Mnesipo, que me instas al discurso, como si no te importara en absoluto que te corten la lengua si eres derrotado en las palabras. Pero empezaré ya, sin adornar el lenguaje como tú; pues esto no es escita, y menos cuando los hechos superan a las palabras. No esperes de nosotros nada parecido a lo que tú has expuesto, elogiando si alguien se casó con una mujer fea sin dote, o si alguien dio dos talentos de dinero a la hija de un amigo que se casaba, o, por Zeus, si alguien se ofreció a ser encadenado con la seguridad de que sería liberado poco después; pues todo eso es muy trivial y no hay nada en ello que sea grandioso o valiente.
36
Toxaris: Yo te contaré muchos asesinatos, guerras y muertes por los amigos, para que sepas que lo vuestro es un juego comparado con lo que se examina entre los escitas. Aunque no sin razón os ha pasado esto, sino que es natural que elogiéis estas pequeñas cosas; pues no tenéis grandes ocasiones para demostrar la amistad viviendo en una paz profunda, igual que no podrías saber en la calma si el capitán es bueno; pues necesitarás una tormenta para el diagnóstico. Entre nosotros, las guerras son continuas, y o atacamos a otros, o nos retiramos ante los que vienen, o luchamos tras encontrarnos por pastos o botín, donde más se necesitan buenos amigos; y por eso establecemos las amistades de la manera más firme, considerando que esta es la única arma invencible y difícil de combatir.
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Pero antes quiero decirte cómo hacemos los amigos, no en las borracheras, como vosotros, ni si alguien fue compañero de efebía o vecino, sino cuando vemos a un hombre bueno y capaz de realizar grandes cosas, todos nos apresuramos hacia él, y lo que vosotros hacéis en los matrimonios, eso consideramos nosotros hacer con los amigos, cortejándolos durante mucho tiempo y haciendo todo juntos para no perder la amistad ni parecer despreciables. Y cuando alguien es elegido amigo, desde entonces hay pactos y el mayor juramento, de que ciertamente viviremos juntos y moriremos, si es necesario, el uno por el otro; y así lo hacemos. Pues desde que, habiéndonos cortado los dedos una vez, vertemos la sangre en una copa y, mojando las puntas de las espadas, bebemos ambos a la vez, no hay nada que pueda disolvernos después. Está permitido, lo más importante, entrar en los pactos hasta tres; pues quien tiene muchos amigos nos parece igual que esas mujeres comunes y adúlteras, y pensamos que su amistad ya no es igual de fuerte, al estar dividida entre muchos afectos.
38
Toxaris: Empezaré por lo que le sucedió hace poco a Dandamis. Pues Dandamis, en el enfrentamiento contra los saurómatas, habiendo sido llevado prisionero su amigo Amizoces— mejor dicho, primero te juraré nuestro juramento, ya que esto también lo acordé al principio; pues no, por el Viento y el Acinaces, no te diré ninguna mentira, Mnesipo, sobre los amigos escitas. Mnesipo: Yo no necesitaba mucho que juraras; pero tú, sin embargo, haces bien en no jurar por ninguno de los dioses. Toxaris:¿ Qué dices?¿ No te parecen el Viento y el Acinaces dioses?¿ Así que ignorabas que para los hombres no hay nada más grande que la vida y la muerte? Cuando, pues, juramos por el Viento y el Acinaces, juramos esto, que el viento es causa de vida, y el acinaces porque hace morir. Mnesipo: Y, sin embargo, si fuera por eso, tendríais muchos otros dioses como el Acinaces, la Flecha, la Lanza, la Cicuta, el Lazo y cosas así; pues este dios, la muerte, es variado y ofrece infinitos caminos que conducen a él. Toxaris:¿ Ves cómo haces esto polémico y judicial, interrumpiendo en medio y estropeando mi discurso? Yo guardaba silencio mientras tú hablabas. Mnesipo: Pero no volveré a hacer esto, Toxaris, pues me has reprendido muy justamente; así que, con confianza, di lo que tengas que decir sobre esto, que guardaré silencio para ti, como si ni siquiera estuviera presente en el discurso.
39
Toxaris: Era el cuarto día de la amistad entre Dandamis y Amizoces, desde que habían bebido la sangre del otro; llegaron a nuestra tierra los saurómatas con diez mil jinetes, y se decía que los infantes habían llegado en número tres veces mayor. Como no habíamos previsto su ataque, al caer sobre nosotros, pusieron en fuga a todos, mataron a muchos de los guerreros y se llevaron a otros vivos, excepto si alguien se adelantó nadando al otro lado del río, donde teníamos la mitad del campamento y parte de los carros; pues así habíamos acampado entonces, no sé por qué decisión de nuestros jefes, a ambas orillas del Tanais. Inmediatamente, pues, el botín era conducido alrededor, los prisioneros eran retenidos, saqueaban las tiendas y se apoderaban de los carros, capturados la mayoría con sus ocupantes, y ante nuestros ojos ultrajaban a las concubinas y a las mujeres; y nosotros nos afligíamos por el asunto.
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Toxaris: Pero Amizoces, siendo llevado— pues había sido capturado—, gritaba el nombre de su amigo, estando mal atado, y le recordaba la copa y la sangre. Al oír esto, Dandamis, sin dudar más, ante la vista de todos, nada hacia los enemigos; y los saurómatas, levantando las lanzas, se lanzaron contra él como para atravesarlo, pero él gritaba«¡ Zirin!». Si alguien dice esto, ya no es asesinado por ellos, sino que lo reciben como si viniera por un rescate. Y, en efecto, llevado ante su jefe, reclamaba a su amigo, y este pedía rescate; pues no lo soltaría si no recibía grandes cosas por él. Dandamis dijo:« Todo lo que tenía ha sido saqueado por vosotros, pero si puedo pagar algo estando desnudo, estoy dispuesto a someterme a vosotros, y ordena lo que quieras. Si quieres, tómame a mí en lugar de este y úsame para lo que te plazca». El saurómata dijo:« No hay necesidad de que seas retenido por completo, y menos viniendo como Zirin; tú, pagando una parte de lo que tienes, llévate al amigo». Dandamis preguntó qué quería recibir; y este pidió sus ojos. Él los ofreció al instante para que se los sacaran; y cuando fueron sacados y los saurómatas ya tenían el rescate, tomando a Amizoces, regresó apoyándose en él, y nadando juntos se pusieron a salvo con nosotros.
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Esto, al suceder, consoló a todos los escitas y ya no consideraban ser derrotados, viendo que el mayor de nuestros bienes no se lo habían llevado los enemigos, sino que seguía entre nosotros la buena voluntad y la lealtad hacia los amigos. Y a los saurómatas esto mismo los asustó no poco, al considerar contra qué clase de hombres lucharían por preparación, aunque en aquel momento hubieran prevalecido por sorpresa; de modo que, al llegar la noche, dejando la mayoría de los rebaños y quemando los carros, se marcharon huyendo. Amizoces, sin embargo, ya no soportaba verse a sí mismo con Dandamis ciego, sino que, cegándose también a sí mismo, ambos se sientan mantenidos públicamente por el consejo de los escitas con todos los honores.
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Toxaris:¿ Qué cosa semejante, Mnesipo, podrías decir vosotros, incluso si alguien te diera otros diez para contar además de los cinco, sin juramento, si quieres, para que pudieras añadir muchas mentiras sobre ellos? Aunque yo te he contado el hecho desnudo; si tú contaras a alguien así, bien sé cuántas cosas elegantes mezclarías en el discurso, cómo suplicaba Dandamis, cómo se cegaba, lo que dijo, cómo regresó, cómo lo recibieron los escitas aclamándolo y otras cosas que vosotros soléis ingeniar para la audiencia.
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Toxaris: Escucha, pues, a otro de igual valor, Belittas, primo de este Amizoces, quien, al ver que su amigo Basthas era derribado del caballo por un león( y casualmente estaban cazando juntos) y ya el león, enroscado en él, se le había clavado en el cuello y lo desgarraba con las garras, saltando él mismo, cae por detrás sobre la fiera y la apartaba, incitándola hacia sí y desviándola, y metiendo los dedos entre los dientes, intentaba sacar a Basthas, en la medida de lo posible, de la mordedura, hasta que el león, soltando a aquel que ya estaba medio muerto, se volvió hacia Belittas y, trabándose con él, lo mató también; pero él, al morir, se adelantó al menos a golpear al león con el acinaces en el pecho de tal manera que todos murieron a la vez, y nosotros los enterramos levantando dos tumbas cerca, una para los amigos y otra frente al león.
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Toxaris: Te contaré una tercera, Mnesipo, la amistad de Macentes, Lonchates y Arsacomas. Pues este Arsacomas se enamoró de Mazaea, hija de Leucanor, el que reinaba en el Bósforo, cuando estaba en misión diplomática por el tributo que los bosporanos, que siempre nos pagaban, llevaban ya tres meses de retraso. En el banquete, pues, al ver a Mazaea, una doncella alta y hermosa, se enamoró y estaba mal. Los asuntos sobre los tributos ya estaban resueltos, y el rey despachaba con él y lo agasajaba, despidiéndolo ya. Es costumbre en el Bósforo que los pretendientes pidan a las doncellas en el banquete y digan quiénes son para ser considerados para el matrimonio, y, en efecto, también entonces estaban presentes en el banquete muchos pretendientes, reyes e hijos de reyes; y estaba Tigrapates, el dinasta de los lazos, y Adirmaco, el jefe de los maclios, y otros muchos. Cada uno de los pretendientes debe, tras anunciarse que viene a pretender, cenar entre los demás recostado en silencio; y cuando terminan de cenar, tras pedir una copa, hacer una libación sobre la mesa y pretender a la joven elogiándose mucho a sí mismo, según lo que tenga de linaje, riqueza o poder.
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Toxaris: Muchos, pues, habiendo hecho libaciones según esta ley y pedido, y enumerado reinos y riquezas, el último, Arsacomas, tras pedir la copa, no hizo libación, pues no es costumbre nuestra derramar el vino, sino que parece ser una insolencia hacia el dios; tras beber de un trago, dijo:« Dame, rey, a tu hija Mazaea por esposa, pues soy mucho más adecuado que estos, al menos en cuanto a riqueza y posesiones». Leucanor, asombrado— pues sabía que Arsacomas era pobre y uno de los muchos escitas—, preguntó:«¿ Cuántos rebaños o cuántos carros tienes, Arsacomas? Pues vosotros sois ricos en eso».« No tengo carros ni rebaños», dijo,« sino que tengo dos amigos buenos y nobles, como nadie más entre los escitas». Entonces, pues, se rieron de esto, fue despreciado y pareció estar borracho, pero al amanecer, habiendo sido preferido Adirmaco a los demás, iba a llevarse a la novia junto al Meótide hacia los maclios.
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Toxaris: Arsacomas, al regresar a casa, comunica a sus amigos cómo había sido deshonrado por el rey y ridiculizado en el banquete, al parecer pobre.« Aunque», dijo,« le conté la riqueza que tengo, a vosotros, Lonchates y Macentes, y vuestra benevolencia, mucho mejor y más firme que el poder de los bosporanos. Pero mientras yo exponía esto, él se burlaba de nosotros y nos despreciaba, y entregó a Adirmaco el maclio la novia para que se la llevara, porque se decía que tenía diez copas de oro, ochenta carros de cuatro plazas, y muchas ovejas y bueyes. Así pues, prefirió a hombres buenos muchos rebaños, copas curiosas y carros pesados. Yo, amigos, me aflijo por ambas cosas; pues amo a Mazaea, y la insolencia ante tantos hombres me ha afectado no poco. Creo que también vosotros habéis sido injuriados por igual; pues la tercera parte de la deshonra recaía en cada uno de nosotros, si es que vivimos desde que nos unimos siendo un solo hombre, afligiéndonos por lo mismo y alegrándonos por lo mismo».« No solo», dijo Lonchates,« sino que cada uno de nosotros ha sido injuriado por completo, cuando tú has sufrido tales cosas».
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«¿ Cómo, pues», dijo Macentes,« usaremos lo que tenemos?».« Dividámonos», dijo Lonchates,« el trabajo; yo prometo traer a Arsacomas la cabeza de Leucanor, y tú debes traerle la novia».« Que así sea», dijo;« tú, Arsacomas, mientras tanto— pues es probable que después se necesite ejército y guerra—, esperándonos aquí, reúne y prepara armas, caballos y la mayor fuerza posible. Fácilmente podrías atraer a muchos siendo tú mismo un hombre bueno y siendo nosotros no pocos los allegados, especialmente si te sientas sobre la piel del buey». Se decidió esto, y él se dirigió inmediatamente hacia el Bósforo, Lonchates, mientras que Macentes se dirigió hacia los maclios, cada uno a caballo, mientras Arsacomas, permaneciendo en casa, hablaba con sus coetáneos y armaba una fuerza de entre sus allegados, y al final se sentó sobre la piel.
48
Toxaris: La costumbre nuestra sobre la piel es así: cuando alguien, habiendo sido injuriado por otro, queriendo vengarse, ve que por sí mismo no es capaz de luchar, tras sacrificar un buey, trocea la carne y la cuece, y él mismo, tras extender la piel en el suelo, se sienta sobre ella, llevando las manos hacia atrás como los que están atados por los codos. Y esta es para nosotros la mayor súplica. Estando allí la carne del buey, acercándose los allegados y cualquiera de los demás que quiera, cada uno, tras tomar una porción y pisar la piel con el pie derecho, promete según sus fuerzas: uno que proporcionará cinco jinetes sin comida ni paga, otro diez, otro más, otro infantes o soldados cuantos pueda, y otro solo a sí mismo, el más pobre. Se reúne, pues, sobre la piel una gran multitud a veces, y tal contingente es el más firme para permanecer y es invencible para los enemigos, ya que también es juramentado; pues pisar la piel es un juramento. Arsacomas, pues, estaba en esto, y se reunieron para él unos cinco mil jinetes, y veinte mil infantes y soldados juntos.
49
Lonchates, sin ser reconocido, pasó al Bósforo y se acercó al rey, que estaba ocupado con algunos asuntos de su gobierno, y le dijo que venía de parte de la comunidad de los escitas, pero que traía asuntos de gran importancia para él personalmente. Cuando el rey le ordenó hablar, dijo:« Los escitas, dice, consideran que estos asuntos comunes y cotidianos no deben sobrepasar a vuestros pastores hacia la llanura, sino que deben pastar hasta el terreno escarpado; en cuanto a los bandidos a los que acusáis de invadir vuestro territorio, dicen que no son enviados por decisión común, sino que cada uno roba por su cuenta para obtener beneficio; y si alguno de ellos es capturado, tú tienes la autoridad para castigarlo. Esto es lo que ellos han enviado a decir».
50
« Y yo, Toxaris, te anuncio una gran incursión que se prepara contra vosotros por parte de Arsacomas de los mariandas, quien estuvo aquí como embajador hace poco y, creo, debido a que pidió a tu hija y no la obtuvo de ti, está indignado y lleva ya siete días sentado en la piel de buey, y ha reunido un ejército nada pequeño».« He oído, dijo Leucanor, que también se está reuniendo una fuerza desde la piel de buey, pero ignoraba que se estuviera organizando contra nosotros y que Arsacomas fuera quien la dirige».« Pero los preparativos son contra ti, dijo Lonchates. Arsacomas es mi enemigo y está molesto porque soy preferido por los ancianos y parezco ser mejor en todo; si me prometieras a tu otra hija, Barcetis, aunque no sea digno de vosotros en otros aspectos, no pasará mucho tiempo antes de que venga a traerte su cabeza».« Te lo prometo, dijo el rey, sintiéndose muy temeroso; pues conocía la causa de la ira de Arsacomas por el matrimonio, y por lo demás siempre temía a los escitas. Lonchates dijo:« Jura que mantendrás el acuerdo y que no te retractarás una vez que esto haya sucedido». Y cuando, levantando las manos al cielo, quiso jurar, dijo:« No aquí, no sea que alguien de los que ven sospeche por qué estamos jurando, sino entremos en este templo de Ares, cerremos las puertas y juremos, y que nadie nos oiga; pues si Arsacomas se enterara de algo de esto, temo que me sacrifique antes de la guerra, ya que cuenta con una fuerza nada pequeña».« Entremos, dijo el rey, y vosotros alejaos lo más posible; que nadie se acerque al templo a menos que yo lo llame». Cuando entraron y los guardaespaldas se alejaron, desenvainando su acinaces, sujetándole la boca con la otra mano para que no gritara, lo golpeó junto al pecho, luego, cortándole la cabeza, salió con ella bajo su clámide, fingiendo hablar con él mientras tanto y diciendo que volvería pronto, como si hubiera sido enviado por él para algo. Y así, llegando al lugar donde había dejado atado el caballo, montó y partió a galope hacia Escitia. No hubo persecución contra él, pues los bosporanos ignoraron durante mucho tiempo lo sucedido, y cuando se enteraron, estaban divididos por el trono.
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Esto hizo Lonchates y cumplió su promesa entregando a Arsacomas la cabeza de Leucanor. Macentes, al oír en el camino lo sucedido en el Bósforo, llegó a los maclios y, siendo el primero en anunciarles el asesinato del rey, dijo:« La ciudad, Adúrmaco, te llama a ti, que eres su yerno, para que ocupes el trono; así que adelántate y toma el poder, apareciendo mientras los asuntos están en confusión, y que la joven te siga detrás en los carros; pues así atraerás más fácilmente a la mayoría de los bosporanos al ver a la hija de Leucanor. Yo soy alano y pariente de esta niña por parte de madre; pues Leucanor se casó con Masteira, que era de los nuestros. Y ahora vengo a ti de parte de los hermanos de Masteira que están en Alania, quienes te instan a marchar lo más rápido posible hacia el Bósforo y no permitir que el poder pase a Eubiotas, quien, siendo hermano ilegítimo de Leucanor, es siempre amigo de los escitas, pero odia a los alanos». Esto decía Macentes, que vestía y hablaba igual que los alanos; pues estas costumbres son comunes a alanos y escitas, excepto que los alanos no llevan el cabello tan largo como los escitas. Pero Macentes también había imitado esto y se había cortado el cabello tanto como era razonable que un alano lo llevara más corto que un escita; por lo que, debido a esto, era creído y parecía ser pariente de Masteira y Mazaea.
52
« Y ahora, dijo, Adúrmaco, estoy listo para marchar contigo hacia el Bósforo, si quieres, o quedarme, si fuera necesario, y llevar a la niña».« Esto último, dijo Adúrmaco, preferiría, llevar a Mazaea, ya que eres de su misma sangre. Pues si vienes con nosotros al Bósforo, seríamos un jinete más; pero si me llevaras a la mujer, valdrías por muchos». Esto se hizo y él partió tras haber entregado a Macentes a Mazaea, que aún era virgen. Él la llevaba durante el día en el carro, pero cuando llegaba la noche, subiéndola al caballo— pues había dispuesto que otro jinete los siguiera—, montó él también y ya no cabalgó junto al Meótide, sino que, desviándose hacia el interior y tomando a la derecha los montes de los Mitraios, descansando a la niña de vez en cuando, llegó al tercer día desde los maclios hasta los escitas. Y el caballo, una vez que terminó la carrera, se detuvo un poco y murió.
53
Macentes, al entregar a Mazaea a Arsacomas, dijo:« Recíbela, y también la promesa de mi parte». Como este estaba asombrado ante lo inesperado del espectáculo y le expresaba su gratitud, Macentes dijo:« Deja de hacerme otro tú mismo; pues agradecer a alguien por lo que ha hecho en esto es como si mi mano izquierda agradeciera a la derecha porque, al haber sido herida alguna vez, la curó y la cuidó amablemente mientras sufría. Por tanto, haríamos algo ridículo si, habiéndonos mezclado hace tiempo y habiéndonos unido en uno tanto como era posible, consideráramos aún gran cosa que una parte de nosotros hiciera algo bueno por todo el cuerpo; pues actuaba por sí misma, siendo parte del todo que se beneficia». Así habló Macentes a Arsacomas, que le expresaba su gratitud.
54
Adúrmaco, al enterarse de la traición, ya no fue al Bósforo— pues ya gobernaba Eubiotas, llamado desde los saurómatas, entre los cuales residía—, sino que, regresando a su propio territorio y reuniendo un gran ejército, invadió Escitia a través de la región montañosa; y Eubiotas, no mucho después, también invadió trayendo a todos los griegos, y a veinte mil alanos y otros tantos saurómatas como aliados. Al mezclar los ejércitos, Eubiotas y Adúrmaco sumaron noventa mil en total, y la tercera parte de ellos eran arqueros a caballo. Nosotros— pues yo mismo participé en la expedición con ellos, habiendo aportado en la piel de buey cien jinetes de pleno derecho—, habiéndonos reunido no mucho menos de treinta mil con los jinetes, esperamos la incursión; Arsacomas era el general. Y cuando los vimos acercarse, contraatacamos, habiendo enviado primero a la caballería. Tras una batalla muy dura que duró mucho tiempo, nuestras filas empezaron a ceder y la falange se rompió, y finalmente todo el ejército escita se dividió en dos, y una parte huía, no derrotada del todo claramente, sino que la huida parecía una retirada; pues ni siquiera los alanos se atrevían a perseguir mucho. La otra mitad, que era la menor, fue rodeada por los alanos y maclios, que los atacaban por todas partes lanzando flechas y jabalinas en abundancia, de modo que los nuestros, que estaban rodeados, sufrían mucho, y la mayoría ya estaba arrojando las armas.
55
En medio de esto, Lonchates y Macentes estaban presentes y ya habían sido heridos mientras se arriesgaban en primera línea, Lonchates con una punta de lanza en el muslo, y Macentes con un hacha en la cabeza y una pica en el hombro. Al darse cuenta de esto Arsacomas, que estaba entre nosotros, considerando terrible que se fuera dejando atrás a sus amigos, clavando las espuelas al caballo y gritando, cargó a través de los enemigos con la espada desenvainada, de modo que los maclios ni siquiera pudieron resistir el ímpetu de su furia, sino que, dividiéndose, le permitieron pasar. Él, habiendo rescatado a sus amigos y exhortado a todos los demás, se lanzó contra Adúrmaco y, golpeándolo con la espada junto al cuello, lo cortó hasta el cinturón. Al caer aquel, todo el ejército maclio se disolvió, y el alano no mucho después, y los griegos tras ellos; de modo que nosotros tomamos el control desde el principio y habríamos salido a matar a muchos si la noche no hubiera interrumpido la acción. Al día siguiente, llegaron suplicantes de parte de los enemigos pidiendo hacer las paces, los bosporanos prometiendo pagar el doble de tributo, los maclios diciendo que darían rehenes, y los alanos, en lugar de aquella incursión, se comprometieron a someternos a los sindianos, que estaban separados desde hacía mucho tiempo. Con estas condiciones nos convencimos, habiendo sido decidido mucho antes por Arsacomas y Lonchates, y se hizo la paz bajo la mediación de ellos en cada punto. Tales cosas, Mnesipo, se atreven a hacer los escitas por sus amigos.
56
« Muy trágico, Toxaris, y parecido a los mitos; y que el Acinaces y el Viento, a quienes juraste, sean propicios; pero si alguien desconfiara de ellos, no parecería ser muy censurable».« Pero mira, noble amigo, no sea que la desconfianza sea envidia por vuestra parte. Sin embargo, no me disuadirás, aunque desconfíes, de contar otras cosas similares que sé que han hecho los escitas».« No te extiendas demasiado, excelente amigo, ni uses palabras tan sueltas; pues ahora, yendo arriba y abajo por Escitia y la región maclia y yendo al Bósforo, y luego regresando, has abusado mucho de mi silencio».« Debo obedecerte también en esto que legislas y hablar brevemente, no sea que te canses de oírme mientras recorres el camino conmigo».
57
« Más bien, escucha lo que un amigo, de nombre Sisinnes, hizo por mí. Pues cuando partí de casa hacia Atenas por deseo de la educación griega, llegué por mar a Amastris, en el Ponto; la ciudad está en el camino de los que navegan desde Escitia, no muy lejos de Carambis. Sisinnes, que era mi compañero desde niño, me acompañaba. Nosotros, pues, tras buscar un alojamiento en el puerto y habernos trasladado a él desde el barco, estábamos comprando, sin sospechar nada malo; mientras tanto, unos ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo, de modo que no dejaron ni lo suficiente para aquel día. Al regresar a casa y enterarnos de lo sucedido, no consideramos oportuno litigar contra los vecinos, que eran muchos, o contra el extranjero, temiendo que nos tomaran por calumniadores al decir que alguien nos había robado cuatrocientos dáricos, mucha ropa, algunas alfombras y todo lo demás que teníamos».
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« Estábamos considerando qué hacer ante la situación, totalmente desamparados en tierra extraña. A mí me parecía bien, tal como estaba, hundirme el acinaces en el costado y terminar con mi vida antes de sufrir algo innoble presionado por el hambre o la sed, pero Sisinnes me consolaba y me suplicaba que no hiciera tal cosa; pues él mismo idearía cómo conseguiríamos suficiente comida. Y entonces trajo leña del puerto y vino habiendo comprado provisiones con el salario; al amanecer, recorriendo el mercado, vio una procesión de jóvenes nobles y hermosos, según dijo. Estos, habiendo sido reclutados por un salario, iban a luchar como gladiadores al tercer día. Y habiéndose enterado de todo lo relacionado con ellos, vino a mí y dijo:« Ya no te llames pobre, Toxaris, pues en tres días te mostraré rico».
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Dijo esto, y habiendo vivido miserablemente durante el tiempo intermedio, cuando llegó el momento del espectáculo, fuimos nosotros también; pues me llevó al teatro como a un espectáculo agradable y extraordinario de los griegos. Y al sentarnos, veíamos primero fieras siendo atravesadas por jabalinas, perseguidas por perros y lanzadas contra hombres atados, unos criminales, según suponíamos. Cuando entraron los gladiadores y el heraldo, tras presentar a un joven de gran tamaño, dijo:« Quien quiera luchar contra este, que venga al centro y recibirá diez mil dracmas como salario por la lucha», en ese momento se levanta Sisinnes y, saltando, se ofreció a luchar y pidió las armas, y habiendo recibido el salario, me lo trajo y me lo entregó, y dijo:« Si venzo, Toxaris, nos iremos juntos teniendo lo suficiente, pero si caigo, entiérrame y retírate de vuelta a Escitia».
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« Yo me lamentaba por esto, pero él, tomando las armas, se puso las demás, pero no se puso el casco, sino que luchó con la cabeza desnuda. Y al principio es herido él mismo, al ser cortado en la corva por la espada curva, de modo que corría mucha sangre; yo ya estaba muerto de miedo. Pero observando al adversario que se lanzaba con más audacia, lo golpea en el pecho y lo atraviesa, de modo que cayó inmediatamente ante sus pies. Él, agotado también por la herida, se sentó sobre el cadáver, y por poco el alma lo abandona, pero yo, corriendo, lo levanté y lo consolé. Y cuando fue liberado ya victorioso, lo cargué y lo llevé a la casa; y tras ser curado durante mucho tiempo, sobrevivió y está hasta hoy en Escitia, habiéndose casado con mi hermana; aunque es cojo por la herida. Esto, Mnesipo, no sucedió en Maclia ni en Alania, de modo que pueda ser sin testigos y desconfiado, sino que hay muchos amastrianos presentes que recuerdan la lucha de Sisinnes».
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« Terminaré contándote una quinta hazaña, la de Abauchas. Este Abauchas llegó una vez a la ciudad de los boristenitas trayendo también a su mujer, a la que amaba sobremanera, y a dos hijos; el uno, varón, que aún mamaba, y la otra, la hija, tenía siete años. Le acompañaba también su amigo, Gindanes, que además estaba enfermo por una herida que había recibido en el camino por unos bandidos que les habían atacado; pues al luchar contra ellos fue herido en el muslo, de modo que ni siquiera podía estar de pie por el dolor. De noche, mientras dormían— casualmente vivían en un piso superior—, se desató un gran incendio y todo quedó rodeado y la llama envolvía la casa por todas partes. Entonces, despertando Abauchas, dejando a los niños que lloraban y sacudiéndose a la mujer que se aferraba a él y ordenándole que se salvara a sí misma, cargó con su amigo y bajó, y logró salir por donde aún no se había quemado completamente por el fuego. La mujer, llevando al bebé, le seguía, habiendo ordenado también a la hija que la siguiera. Ella, medio quemada, soltando al niño de sus brazos, apenas saltó la llama, y la niña con ella, habiendo estado a punto de morir también. Y cuando alguien reprochó más tarde a Abauchas por haber traicionado a sus hijos y a su mujer mientras sacaba a Gindanes, dijo:« Pero hijos, es fácil tenerlos de nuevo, y es incierto si estos serán buenos; pero no podría encontrar otro amigo en mucho tiempo como lo es Gindanes, habiéndome dado muchas pruebas de su lealtad».
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« He hablado, Mnesipo, habiendo elegido estos cinco de entre muchos. Y ya sería hora de decidir a cuál de nosotros debería cortársele la lengua o la mano derecha.¿ Quién será, pues, el juez?».« Ninguno; pues no hemos sentado a nadie como juez de la discusión. Pero,¿ sabes lo que haremos? Ya que ahora hemos disparado sin objetivo, elijamos de nuevo un árbitro y contemos otros amigos ante él, y luego, el que resulte perdedor, será cortado entonces, o yo la lengua o tú la mano derecha. O si esto es rústico, y ya que tú también pareces alabar la amistad, y yo no considero que haya para los hombres posesión mejor o más bella que esta,¿ por qué no acordamos nosotros mismos ser amigos desde ahora y para siempre, y nos alegramos ambos de haber ganado, habiendo obtenido los mayores premios, habiendo adquirido cada uno dos en lugar de una lengua y una mano, y además cuatro ojos y cuatro pies y, en general, todo doble? Pues tal cosa es cuando dos o tres amigos se reúnen, como los pintores muestran a Gerión, un hombre de seis manos y tres cabezas; pues, a mi parecer, aquellos eran tres actuando siempre juntos, como es justo que sean los amigos».
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« Dices bien; y hagámoslo así».« Pero que no necesitemos ni sangre, Toxaris, ni acinaces para confirmar nuestra amistad; pues el discurso presente y el desear cosas similares son mucho más fiables que aquella copa que bebéis, ya que tales cosas me parece que no necesitan de necesidad, sino de voluntad».« Alabo esto, y seamos ya amigos y extranjeros, yo para ti aquí en Grecia, y tú para mí si alguna vez llegaras a Escitia».« Y ciertamente, tenlo por seguro, no dudaría en ir incluso más lejos, si voy a encontrarme con amigos tales como tú, Toxaris, te has mostrado ante nosotros por tus palabras».

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