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Original / primary: Spanish Gemini
1
Hace poco, tras haberles expuesto mi discurso, me retiraba a casa, cuando muchos de los que me habían escuchado se me acercaron— pues nada impide, creo, decir tales cosas a quienes ya son amigos míos—; se acercaron, pues, me saludaron y parecían maravillados. Al menos, acompañándome durante un buen trecho, gritaban desde todas partes y me elogiaban, hasta el punto de hacerme sonrojar, por temor a que yo quedara muy por debajo del valor de tales alabanzas. El resumen de lo que decían, y lo que todos señalaban como una sola y misma cosa, era que la idea de mis escritos era extraña y que contenía una gran dosis de novedad. O mejor dicho, es preferible citar sus propias palabras:«¡ Qué novedad!¡ Por Heracles, qué paradoja!¡ Qué hombre tan ingenioso! Nadie podría decir nada más fresco en cuanto a la invención». Decían muchas cosas así, como si estuvieran hechizados por la audición.¿ Qué motivo habrían tenido, si no, para mentir y adular a un extraño con tales cosas, cuando el resto no les merecía mucha atención?
2
Sin embargo, a mí— pues hay que decirlo— no me causaba poco malestar su elogio, y cuando al fin se fueron y me quedé a solas, reflexionaba así:«¿ Acaso lo único elegante que hay en mis obras es que no siguen el camino trillado ni el común de los demás, y que, en cambio, carecen de nombres bellos compuestos según el canon antiguo, de agudeza mental, de alguna perspicacia, de gracia ática, de armonía o de la técnica que preside todo ello?». Pues si no, no habrían dejado de lado esos aspectos para alabar únicamente lo novedoso y extraño de mi propósito. Yo, el insensato, pensaba que, cuando saltaban de alegría al elogiarme, quizá se sentían atraídos también por eso mismo; pues es verdad lo que dice Homero, que el canto nuevo es el que más agrada a los oyentes. Sin embargo, no consideraba justo que atribuyeran tanto, o incluso todo, a la novedad, sino que esta, como si fuera un añadido, adornara y contribuyera en algo al elogio, pero que lo verdaderamente elogiado y celebrado por los oyentes fuera lo otro. De modo que me sentía no poco exaltado y corría el riesgo de creerles cuando decían que yo era el único entre los griegos, y cosas por el estilo. Pero, como dice el proverbio, nuestro tesoro eran carbones, y poco falta para que sea el elogio de un prestidigitador lo que recibo de ellos.
3
Quiero, pues, contarles también lo del pintor. Aquel Zeuxis, que llegó a ser el mejor de los pintores, no pintaba temas vulgares ni comunes, o muy pocos, como héroes, dioses o guerras, sino que siempre intentaba innovar y, tras concebir algo extraño y ajeno, en ello demostraba la precisión de su arte. Entre sus otras audacias, Zeuxis pintó una hipocentauro hembra, que además amamantaba a dos crías de hipocentauro, todavía muy pequeñas. De este cuadro existe hoy una copia en Atenas, trasladada con la misma precisión exacta; se decía que el original lo había enviado Sila, el general romano, a Italia junto con otras cosas, y luego, al naufragar el barco cerca de Malea, se perdió todo, incluida la pintura. Con todo, vi la copia de la copia, y yo mismo se la describiré a ustedes, en la medida de mis posibilidades, no porque sea pintor,¡ por Zeus!, sino porque recuerdo muy bien haberla visto hace poco en casa de uno de los pintores de Atenas; y el haber admirado entonces tanto su técnica podría ayudarme ahora a explicarla con mayor claridad.
4
Esta centauro está pintada sobre una hierba lozana, echada en el suelo con todo el cuerpo de yegua, y sus patas traseras están extendidas hacia atrás, mientras que su parte femenina está ligeramente levantada y apoyada sobre los codos. Las patas delanteras no están extendidas como si estuviera echada de costado, sino que una parece estar encogida y curvada con el casco recogido, mientras que la otra, por el contrario, se levanta y se apoya en el suelo, tal como hacen los caballos cuando intentan levantarse. De las crías, ella sostiene a una en sus brazos y la amamanta al modo humano, ofreciéndole el pecho femenino, mientras que la otra mama de la yegua al modo de los potros. Por encima de la escena, como desde una atalaya, un hipocentauro, el marido de la que amamanta a las crías por ambos lados, se inclina riendo, sin mostrarse por completo, sino hasta la mitad del caballo, sosteniendo un cachorro de león con la mano derecha y balanceándolo sobre sí mismo, como para asustar a las crías en broma.
5
En cuanto al resto de la pintura, aunque para nosotros, que somos profanos, no todo es evidente, posee sin embargo toda la fuerza del arte, como el trazar las líneas con la mayor rectitud, la precisa mezcla de los colores, la aplicación oportuna, el sombreado adecuado, y la proporción del tamaño y la igualdad y armonía de las partes con el todo, que elogian los expertos en pintura, a quienes corresponde conocer tales cosas. Pero yo, de Zeuxis, lo que más elogié fue que, en un solo y mismo tema, demostró de forma variada lo extraordinario de su arte, al hacer al hombre totalmente temible y muy salvaje, altivo por su melena, velludo en gran parte, no solo en la parte del caballo, sino también en la otra parte humana, y al haberle realzado los hombros al máximo, con una mirada que, aunque sonriente, era totalmente bestial, montaraz e indómita.
6
Así era él; pero la hembra era de una yegua hermosísima, como suelen ser las tesalias, aún indómitas y sin montar, y la mitad superior femenina era bellísima, salvo las orejas; solo estas eran satíricas en ella. La mezcla y la unión de los cuerpos, donde se conecta y se une la parte equina con la femenina, es suave y no cambia bruscamente, sino que, al transformarse gradualmente, engaña a la vista al pasar de una a otra. La cría, aunque pequeña, es ya salvaje y temible incluso en su ternura, y esto me pareció maravilloso, así como el hecho de que miren con mucha inocencia hacia el cachorro de león, mientras cada uno está prendido del pecho, apoyándose en la madre.
7
Tras haber mostrado esto, Zeuxis pensó que dejaría atónitos a los espectadores por su técnica, pero ellos gritaban de inmediato.¿ Qué otra cosa podían hacer al encontrarse con un espectáculo tan hermoso? Todos elogiaban sobre todo lo mismo que aquellos me elogiaron a mí el otro día: lo extraño de la invención y la idea de la pintura como algo nuevo y desconocido para los anteriores. De modo que Zeuxis, al comprender que el tema, por ser nuevo, los distraía y los apartaba del arte, de modo que consideraban la precisión de la ejecución como algo secundario, dijo:« Vamos, Micción», dirigiéndose a su discípulo,« cubre ya el cuadro y llévatelo a casa; pues estos elogian el barro de nuestro arte, pero no dan mucha importancia a aquello por lo que, si está bien hecho y conforme al arte, se debería valorar, sino que la novedad del tema eclipsa la precisión de las obras».
8
Así actuó Zeuxis, quizás con algo de irritación. Se dice que Antíoco, el llamado Salvador, sufrió algo parecido en la batalla contra los gálatas. Si quieren, les contaré también esto, cómo sucedió. Pues, sabiendo que estos eran valientes y viéndolos en gran número, con la falange firmemente unida, con los de coraza de bronce protegiéndose al frente, formados en profundidad de veinticuatro hoplitas, con veinte mil jinetes en cada flanco, y desde el centro a punto de salir ochenta carros falcados y el doble de bigas, al ver esto, tenía muy pocas esperanzas, pues le parecían invencibles. Él, en efecto, al haber preparado a aquel ejército en poco tiempo, no llegó con grandes fuerzas ni de forma acorde a la importancia de la guerra, llevando muy pocos hombres, y de ellos la mayoría eran peltastas y tropas ligeras; los infantes ligeros eran más de la mitad del ejército. De modo que le parecía que ya debía pactar y buscar alguna forma decorosa de terminar la guerra.
9
Pero Teodoto de Rodas, hombre noble y experto en táctica, presente allí, no le permitió desanimarse; y es que Antíoco tenía dieciséis elefantes. Teodoto ordenó que los mantuvieran ocultos todo lo posible, para que no fueran visibles sobresaliendo del ejército, y que, cuando el trompetista diera la señal y fuera necesario trabar combate y entrar en lucha, y la caballería enemiga cargara y los gálatas abrieran la falange y, tras separarla, lanzaran los carros, entonces, cuatro elefantes salieran al encuentro de los jinetes por cada lado, y los otros ocho fueran lanzados contra los aurigas y los conductores de las bigas; pues si esto sucedía, dijo, los caballos se asustarían y, al huir, caerían de nuevo sobre los gálatas. Y así sucedió.
10
Pues, como ni los propios gálatas ni sus caballos habían visto antes un elefante, quedaron tan perturbados por lo insólito de la visión que, cuando los animales aún estaban lejos, al oír solo sus barritos y ver sus colmillos relucir de forma más llamativa por el contraste con el negro de todo su cuerpo, y sus trompas alzadas como para arrebatar, antes de que llegaran las flechas, se desviaron y huyeron en total desorden; los infantes, atravesándose unos a otros con sus lanzas y siendo pisoteados por los jinetes que, tal como estaban, caían sobre ellos; y los carros, al dar la vuelta y dirigirse de nuevo contra los suyos, no causaban estragos sin derramamiento de sangre, sino que, como dice Homero, los carros retumbaban; y los caballos, una vez que se desviaron de su camino recto al no soportar a los elefantes, arrojaron a sus jinetes y los carros vacíos traqueteaban, cortando y dividiendo,¡ por Zeus!, con sus hoces a cualquiera de los suyos que encontraran; y muchos fueron alcanzados en medio de tal confusión. Los elefantes los seguían pisoteando, lanzándolos por los aires con sus trompas, arrebatándolos y atravesándolos con sus colmillos, y al final, estos entregaron la victoria a Antíoco por la fuerza.
11
De los gálatas, unos murieron, pues hubo una gran matanza, y los que vivían fueron capturados, salvo muy pocos que lograron huir a las montañas. Los macedonios que estaban con Antíoco entonaban peanes y, acercándose desde todas partes, coronaban al rey gritando que era un gran vencedor. Él, incluso llorando, según dicen, dijo:« Debemos avergonzarnos, soldados, de que nuestra salvación haya dependido de estos dieciséis animales; pues si la novedad del espectáculo no hubiera aterrado a los enemigos,¿ qué habríamos sido nosotros frente a ellos?». Después, ordena que en el trofeo no se grabe nada más que un elefante.
12
Es hora, pues, de que yo considere si lo mío no es parecido a lo de Antíoco, y si el resto no merece la pena de la batalla, sino que son solo unos elefantes y extraños espantajos para los espectadores y, por lo demás, prestidigitación; pues eso es lo que todos elogian. Pero aquello en lo que yo confiaba no es lo que ellos valoran, sino que, al estar pintada una hipocentauro hembra, solo eso les deja atónitos y, tal como es, les parece nuevo y prodigioso.¿ Acaso el resto lo ha hecho Zeuxis en vano? No en vano; pues ustedes son entendidos en pintura y ven cada cosa con técnica. Ojalá sea digno de mostrarse en el teatro.

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