Against Simon
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Original / primary: Spanish Gemini
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Conociendo, miembros del Consejo, muchas y graves cosas sobre Simón, jamás habría imaginado que llegaría a tal grado de audacia como para presentar una acusación, fingiéndose víctima, por aquello mismo por lo que él debía rendir cuentas, y para comparecer ante ustedes tras haber prestado un juramento tan solemne y grave.
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Si otros fueran a juzgar mi caso, temería profundamente el peligro, al ver que a veces las maquinaciones y el azar se combinan de tal modo que muchas cosas resultan contrarias a lo esperado para quienes se enfrentan a un juicio; pero al comparecer ante ustedes, espero obtener justicia.
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Lo que más me indigna, miembros del Consejo, es que me veré obligado a hablar ante ustedes de asuntos por los cuales, avergonzado de que muchos pudieran enterarse, soporté ser agraviado. Pero puesto que Simón me ha puesto en tal aprieto, sin ocultar nada, les relataré todo lo sucedido. Y pido,
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miembros del Consejo, que si soy culpable, no obtenga perdón alguno; pero si demuestro que no soy responsable de aquello por lo que Simón juró, y si les parezco, por otra parte, haber actuado con el joven de manera más insensata de lo que corresponde a mi edad, les pido que no me consideren peor por ello, sabiendo que el deseo es algo inherente a todos los hombres, y que el mejor y más sensato sería aquel que es capaz de sobrellevar las desgracias con la mayor moderación. De todo esto, este Simón ha sido un obstáculo para mí, como les demostraré.
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Pues nosotros deseábamos, miembros del Consejo, a Teodoto, un joven plateo, y yo, obrando bien, pretendía que fuera mi amigo, mientras que él, cometiendo actos de violencia e ilegalidad, pensaba obligarlo a hacer lo que él quisiera. Sería una tarea ardua relatar todos los males que aquel ha sufrido por su causa; pero en cuanto a las ofensas que ha cometido contra mí mismo,
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considero que les corresponde a ustedes escucharlas. Pues, al enterarse de que el joven estaba conmigo, vino a mi casa de noche, borracho, derribó las puertas y entró en el gineceo, donde estaban mi hermana y mis sobrinas, quienes han vivido con tal recato que se avergüenzan incluso de ser vistas por sus propios familiares.
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Este individuo llegó a tal grado de insolencia que no quiso marcharse hasta que los que estaban presentes y los que habían venido con él, considerando que cometía actos atroces al entrar donde había muchachas y huérfanas, lo expulsaron por la fuerza. Y estuvo tan lejos de arrepentirse de sus actos violentos que, tras averiguar dónde cenábamos, cometió un acto de lo más extraño e increíble, si uno no conociera la locura de este hombre.
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Pues, tras llamarme desde dentro, apenas salí, intentó golpearme inmediatamente; y cuando me defendí, se apartó y me arrojó piedras. Falló al intentar golpearme a mí, pero alcanzó a Aristócrito, quien había venido conmigo, y le rompió la frente de una pedrada.
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Yo, pues, miembros del Consejo, considerando que sufría agravios, pero avergonzado, como ya dije antes, por la desgracia, lo soporté, y preferí no buscar justicia por estas ofensas antes que parecer insensato ante los ciudadanos, sabiendo que, si bien lo sucedido sería propio de la maldad de este hombre, muchos se reirían de mí por sufrir tales cosas, como suelen hacer los envidiosos si alguien en la ciudad se esfuerza por ser una persona decente.
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Y estaba tan desconcertado, miembros del Consejo, sobre qué hacer ante su ilegalidad, que me pareció lo mejor salir de la ciudad. Así pues, llevándome al joven( pues hay que decir toda la verdad), me fui de la ciudad. Y cuando creí que había pasado suficiente tiempo para que Simón se olvidara del joven y se arrepintiera de sus faltas anteriores,
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regresé. Yo me fui al Pireo, pero él, al darse cuenta inmediatamente de que Teodoto había vuelto y pasaba el tiempo en casa de Lisímaco, quien vivía cerca de la casa que él tenía alquilada, convocó a algunos de sus allegados. Y ellos cenaban y bebían, y pusieron guardias en el tejado para que, cuando el joven saliera,
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pudieran arrebatarlo. En ese momento llegué yo del Pireo y, de paso, me dirigí a casa de Lisímaco; tras pasar allí poco tiempo, salimos. Ellos, ya borrachos, se abalanzaron sobre nosotros; algunos de los que estaban presentes no quisieron participar en el delito, pero este Simón, junto con Teófilo, Protarco y Autocles, arrastraron al joven. Él, arrojando su manto, salió huyendo.
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Yo, pensando que aquel escaparía y que estos, al encontrarse con gente, se avergonzarían y desistirían, tomé otra dirección y me fui; tanto me cuidaba de ellos, y consideraba que todo lo que estos hacían era una gran desgracia para mí.
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Y allí, donde Simón dice que ocurrió la pelea, ni ellos ni nosotros sufrimos rotura de cabeza ni ningún otro daño, de lo cual les presentaré como testigos a los que estuvieron presentes.
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Testigos. Que este fue quien cometió la injusticia, miembros del Consejo, y quien nos tendió una emboscada, y no yo a él, ha sido testificado ante ustedes por los que estuvieron presentes. Después de esto, el joven se refugió en una tintorería, y ellos, irrumpiendo, lo arrastraban por la fuerza, mientras él gritaba, clamaba y pedía auxilio.
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Como acudiera mucha gente indignada por el hecho y diciendo que lo que ocurría era atroz, ellos no hicieron caso de lo que se decía, y golpearon a Molón el tintorero y a otros que intentaban ayudar.
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Cuando ya estaban junto a la casa de Lampón, yo, que caminaba solo, me los encontré, y considerando atroz y vergonzoso permitir que el joven fuera maltratado de manera tan ilegal y violenta, lo agarré. Ellos, al ser preguntados por qué cometían tales ilegalidades contra él, no quisieron responder, sino que, soltando al joven, me golpearon a mí. Tras producirse la pelea,
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miembros del Consejo, mientras el joven los arrojaba piedras y se defendía, y ellos nos arrojaban piedras a nosotros, y además lo golpeaban por estar borrachos, y yo me defendía, y todos los que estaban presentes ayudaban, al ser nosotros las víctimas, en medio de ese tumulto, todos terminamos con las cabezas rotas.
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Los demás que habían participado en la borrachera con él, apenas me vieron después, me pidieron perdón, no como si fueran víctimas, sino como si hubieran cometido actos atroces; y desde aquel tiempo, habiendo pasado cuatro años, nadie me ha presentado nunca ninguna acusación.
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Pero este Simón, siendo el causante de todos los males, durante el resto del tiempo permaneció tranquilo temiendo por sí mismo, pero cuando se enteró de que yo había perdido un juicio privado por un intercambio de bienes, despreciándome, me ha llevado a este juicio con tanta audacia. Para demostrar que también digo la verdad en esto, les presentaré como testigos a los que estuvieron presentes.
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Testigos. Han escuchado, pues, lo sucedido tanto de mí como de los testigos; hubiera querido, miembros del Consejo, que Simón tuviera la misma intención que yo, para que, al escucharnos a ambos, pudieran conocer fácilmente la verdad y la justicia. Pero puesto que a él no le importan los juramentos que prestó, intentaré enseñarles también sobre aquello en lo que él ha mentido.
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Se atrevió a decir que él mismo dio trescientas dracmas a Teodoto, tras haber hecho un contrato con él, y que yo, tendiéndole una emboscada, le arrebaté al joven. Y sin embargo, si esto fuera verdad, debería haber convocado al mayor número posible de testigos para actuar conforme a las leyes respecto a ellos.
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Pero no parece que este haya hecho nunca nada semejante, sino que nos golpeaba a ambos, celebraba comissationes, derribaba puertas y entraba de noche donde había mujeres libres. Lo cual deben considerar, miembros del Consejo, como la mayor prueba de que miente ante ustedes.
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Observen cuán increíbles son sus palabras. Pues valoró todo su patrimonio en doscientas cincuenta dracmas. Y sin embargo, es sorprendente que haya alquilado a alguien para que fuera su amante por más dinero del que él mismo posee.
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Y ha llegado a tal grado de audacia que no le basta con mentir solo sobre esto, sobre haber dado el dinero, sino que dice también haberlo recuperado; y sin embargo,¿ cómo es lógico que entonces nosotros cometiéramos tales actos como los que este ha denunciado, queriendo privarlo de las trescientas dracmas, y que, después de habernos defendido, le devolviéramos el dinero, sin haber sido liberados de las acusaciones ni habiendo tenido ninguna necesidad de hacerlo?
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Pero, miembros del Consejo, todo esto está urdido y maquinado por él; dice que lo dio para no parecer que cometía actos atroces si, sin haber existido ningún contrato, se atrevía a maltratar así al joven, y finge haberlo recuperado porque es evidente que nunca presentó una demanda por dinero ni hizo mención alguna al respecto.
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Dice que fue gravemente maltratado por mí a las puertas de su casa. Pero resulta que persiguió al joven más de cuatro estadios desde su casa sin sufrir daño alguno, y niega esto ante más de doscientos testigos que lo vieron.
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Dice que nosotros fuimos a su casa llevando un ostracón, y que yo lo amenacé de muerte, y que esto es la premeditación. Yo considero, miembros del Consejo, que es fácil saber que miente, no solo para ustedes, que están acostumbrados a examinar tales asuntos, sino para todos los demás.
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Pues,¿ a quién le parecería creíble que yo, premeditando y tendiendo una emboscada, fuera a la casa de Simón de día, con el joven, habiendo tanta gente reunida allí, a menos que hubiera llegado a tal grado de locura como para desear luchar solo contra muchos, y más aún sabiendo que me habría visto con agrado a sus puertas, él que incluso acudía a mi casa y entraba por la fuerza, y sin importarle mi hermana ni mis sobrinas se atrevía a buscarme, y tras averiguar dónde estaba cenando,
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me llamaba y me golpeaba? Y entonces, para no ser objeto de habladurías, permanecía tranquilo, considerando la maldad de este hombre como una desgracia propia; pero cuando pasó el tiempo, de nuevo, como dice este,
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¡ deseé ser objeto de habladurías! Y si el joven hubiera estado con él, su mentira tendría algún sentido, como si yo, por el deseo, me viera obligado a hacer algo más insensato de lo razonable; pero en realidad, ni siquiera le hablaba, sino que lo odiaba más que a nadie, y el joven vivía conmigo.
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Así que,¿ a quién de ustedes le resulta creíble que yo primero saliera de la ciudad llevándome al joven para no pelear con él, y cuando regresé, lo llevara a la casa de Simón, donde iba a tener más problemas?¿ Y que le tendiera una emboscada,
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y fuera tan desprevenido como para no convocar a amigos, ni criados, ni a ninguna otra persona, a excepción de este niño, que no habría podido ayudarme, pero que, siendo torturado, habría sido suficiente para denunciar si yo hubiera cometido alguna falta?
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Pero llegué a tal grado de ignorancia que, tendiendo una emboscada a Simón, no lo esperé donde solo era posible atraparlo, ya fuera de noche o de día, sino que fui allí donde yo mismo iba a ser visto y golpeado por la mayoría, como si estuviera inventando la premeditación contra mí mismo, para ser maltratado lo más posible por mis enemigos.
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Además, miembros del Consejo, también por la pelea que ocurrió es fácil saber que miente. Pues el joven, al darse cuenta, arrojó su manto y salió huyendo, y ellos lo perseguían, mientras yo, tomando otro camino, me fui.
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Y sin embargo,¿ a quiénes debemos considerar culpables de lo sucedido, a los que huyen o a los que buscan atrapar? Pues yo considero que para todos es evidente que huyen los que temen por sí mismos, y persiguen los que desean hacer algún daño.
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Por tanto, no es que esto sea verosímil y que haya ocurrido de otra manera, sino que, tras atrapar al joven en el camino, lo arrastraban por la fuerza, y yo, al encontrármelos, no los toqué a ellos, sino que agarré al joven; ellos arrastraban a aquel por la fuerza y me golpeaban a mí. Y esto ha sido testificado ante ustedes por los que estuvieron presentes. Por lo que es atroz que yo parezca haber premeditado estos hechos, sobre los cuales ellos han cometido actos tan atroces e ilegales.
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Y qué me habría pasado si las cosas hubieran sido al contrario de lo que han ocurrido, si yo, teniendo a muchos de mis allegados, al encontrarme con Simón, hubiera peleado con él, lo hubiera golpeado, perseguido y, tras atraparlo, hubiera intentado arrastrarlo por la fuerza, cuando ahora, habiendo hecho él esto, me encuentro en un juicio tal, en el que me juego tanto mi patria como todo mi patrimonio.
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Y lo más grande y evidente de todo: el que fue agraviado y emboscado por mí, como dice, no se atrevió en cuatro años a presentar una acusación ante ustedes. Y los demás, cuando aman, son privados de lo que desean y son golpeados, enfurecidos buscan vengarse al instante, pero este lo hace tiempo después.
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Que yo, miembros del Consejo, no soy responsable de nada de lo sucedido, considero que ha quedado suficientemente demostrado; y estoy tan predispuesto ante las disputas derivadas de tales asuntos que, habiendo sido maltratado muchas otras veces por Simón y habiendo sido golpeado en la cabeza por él, no me atreví a presentar una acusación, considerando que sería atroz que, si acaso disputamos entre nosotros por unos muchachos, por ese motivo buscara que alguien fuera expulsado de su patria.
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Además, consideraba que no hay premeditación en una herida si quien hirió no lo hizo con la intención de matar. Pues,¿ quién es tan ingenuo,
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que premedita desde hace mucho tiempo cómo uno de sus enemigos recibirá una herida? Pero es evidente que también los que establecieron las leyes aquí, no consideraron que, si algunos, al pelear, terminaban rompiéndose las cabezas, por ello debiera haber destierro de la patria; pues habrían expulsado a muchos; sino que, para aquellos que, tendiendo una emboscada, hirieron a alguien con intención de matar, pero no pudieron hacerlo, establecieron castigos tan grandes, considerando que, por aquello que planearon y premeditaron, les corresponde rendir cuentas; y si no lo lograron, no por ello dejaron de haber realizado lo que dependía de ellos.
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Y esto ya lo han juzgado ustedes muchas veces antes respecto a la premeditación. Pues sería atroz que, si todos los que por borrachera, rivalidad, juegos, insultos o peleas por una cortesana recibieron una herida, si por esto, de lo cual todos se arrepienten cuando recobran el juicio, ustedes establecieran castigos tan grandes y atroces como para expulsar a algunos ciudadanos de su patria.
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Me asombra sobremanera la mentalidad de este hombre. Pues no me parece que amar y calumniar sean cosas de la misma persona, sino que lo primero es de los más ingenuos, y lo segundo de los más malvados. Hubiera querido que me fuera permitido ante ustedes demostrar también por otros medios la maldad de este hombre, para que supieran que él mismo habría tenido mucha más justicia al ser juzgado por pena de muerte que al llevar a otros a un peligro por su patria. Dejaré, pues, lo demás;
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pero mencionaré aquello que considero que les corresponde escuchar y que será prueba de su descaro y audacia. Pues en Corinto, cuando llegó después de la batalla contra los enemigos y de la expedición a Coronea, peleó con el taxiarca Laques y lo golpeó, y habiendo salido todos los ciudadanos en armas, al ser considerado el más desordenado y malvado, fue el único de los atenienses en ser expulsado por los generales.
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Podría decir muchas otras cosas sobre él, pero puesto que ante ustedes no es legal hablar fuera del asunto, reflexionen sobre esto: estos son los que entraban por la fuerza en nuestra casa, estos los que perseguían, estos los que nos arrebataban por la fuerza en el camino.
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Recordando esto, voten lo justo, y no permitan que sea expulsado injustamente de la patria, por la cual he corrido muchos peligros y he realizado muchas liturgias, y de la cual no he sido causante de ningún mal, ni ninguno de mis antepasados, sino de muchos bienes;
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por lo que justamente podría ser compadecido por ustedes y por los demás, no solo si sufriera algo de lo que Simón desea, sino también porque me vi obligado a verme envuelto en tales juicios a partir de tales asuntos.