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Apology
Plato (plato)Apol 17 · spanish-geminiMore by Plato (plato)
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Original / primary: Spanish Gemini
17
No sé qué efecto habrán tenido en vosotros, atenienses, mis acusadores; por mi parte, yo mismo casi me olvido de quién soy ante ellos, tan persuasivamente hablaban. Y, sin embargo, no han dicho, por así decirlo, ni una sola palabra verdadera. De entre las muchas mentiras que han dicho, una es la que más me ha asombrado: aquella en la que decían que debíais tener cuidado de no ser engañados por mí, pues soy un orador peligroso. Me ha parecido una desvergüenza absoluta por su parte no sentir pudor al saber que pronto serán refutados por los hechos, en cuanto se demuestre que no soy en absoluto un orador peligroso, a menos que llamen peligroso a quien dice la verdad. Si eso es lo que dicen, yo mismo admitiría que soy un orador, pero no al estilo de ellos. Ellos, pues, como digo, han dicho poco o nada de verdad, pero vosotros escucharéis de mí toda la verdad; no, por Zeus, atenienses, discursos adornados con frases y palabras como los suyos, ni decorados, sino que escucharéis lo que se me ocurra decir con las palabras que me vengan al azar, pues confío en que lo que digo es justo; y que nadie de vosotros espere otra cosa, pues no sería apropiado, ciudadanos, que a mi edad me presentara ante vosotros componiendo discursos como un adolescente. Y, además, os pido y os ruego encarecidamente, atenienses: si me oís defenderme con los mismos argumentos que suelo usar en el ágora, junto a las mesas de los cambistas, donde muchos de vosotros me habéis oído, y en otros lugares, no os extrañéis ni arméis alboroto por ello. Pues la situación es esta: es la primera vez que comparezco ante un tribunal, a mis setenta años; por tanto, soy un completo extraño al modo de hablar de aquí.
18
Así pues, al igual que si fuera realmente un extranjero, me perdonaríais, supongo, si hablara en el dialecto y con el estilo en los que me he criado, así también ahora os pido lo que considero justo: que paséis por alto mi modo de hablar— quizá sea peor, quizá mejor— y que os fijéis y prestéis atención solo a esto: si lo que digo es justo o no. Pues esa es la virtud del juez, mientras que la del orador es decir la verdad. En primer lugar, es justo que me defienda, atenienses, de las primeras acusaciones falsas y de los primeros acusadores, y después de las posteriores. Pues muchos han sido mis acusadores ante vosotros desde hace ya muchos años, sin decir nada verdadero, a quienes temo más que a los de Anito, aunque también estos sean peligrosos; pero aquellos son más peligrosos, ciudadanos, los que, habiéndoos tomado a la mayoría desde niños, os persuadían y me acusaban falsamente, diciendo que existe un tal Sócrates, hombre sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que ha investigado todo lo que hay bajo la tierra y que hace más fuerte el argumento más débil. Estos, atenienses, los que han difundido esta fama, son mis acusadores peligrosos; pues quienes los escuchan creen que los que investigan tales cosas ni siquiera creen en los dioses. Además, estos acusadores son muchos y llevan mucho tiempo acusándome, y además os hablaban en la edad en la que más les habríais creído, cuando algunos de vosotros erais niños o adolescentes, acusándome en ausencia, sin que nadie se defendiera. Y lo más absurdo de todo es que ni siquiera es posible conocer sus nombres y decirlos, salvo si alguno es autor de comedias. Todos aquellos que, movidos por la envidia y la calumnia, os persuadían— y otros, convencidos ellos mismos, persuadían a los demás—, todos ellos son los más difíciles de tratar; pues no es posible traer a ninguno de ellos aquí para interrogarlo, sino que es necesario, en efecto, luchar como contra sombras al defenderme y refutar sin que nadie responda. Considerad, pues, también vosotros, como yo digo, que mis acusadores han sido dos grupos: unos los que me han acusado hace poco, y otros los que digo desde hace mucho tiempo, y pensad que debo defenderme primero de aquellos; pues vosotros escuchasteis a aquellos acusándome antes y mucho más que a estos últimos.
19
Bien, hay que defenderse, atenienses, e intentar arrancar de vosotros en tan poco tiempo la calumnia que habéis albergado durante tanto tiempo. Quisiera que esto sucediera así, si fuera mejor para vosotros y para mí, y lograr algo más al defenderme; pero creo que es difícil, y no se me escapa en absoluto cómo es. Sin embargo, que esto siga el curso que sea grato al dios, pero hay que obedecer la ley y defenderse. Tomemos, pues, desde el principio cuál es la acusación de la que ha surgido mi mala fama, en la que, precisamente, confiando Meleto, ha presentado esta demanda contra mí. Bien,¿ qué decían los que me calumniaban? Hay que leer su declaración jurada como si fueran acusadores: Sócrates es culpable y se entromete investigando las cosas bajo la tierra y las celestes, haciendo más fuerte el argumento más débil y enseñando a otros estas mismas cosas. Es algo así; pues esto mismo visteis vosotros en la comedia de Aristófanes, a un tal Sócrates paseándose por allí, diciendo que caminaba por el aire y diciendo muchas otras tonterías sobre las que no entiendo nada, ni grande ni pequeño. Y no lo digo por despreciar tal conocimiento, si alguien es sabio en tales asuntos— no sea que yo tenga que afrontar tantos juicios por parte de Meleto—, sino que, atenienses, no tengo nada que ver con esto. Y presento como testigos a la mayoría de vosotros, y os pido que os informéis y os digáis unos a otros, cuantos me habéis oído dialogar alguna vez— y muchos de vosotros sois así—, decid, pues, unos a otros si alguno de vosotros me ha oído alguna vez hablar, ni poco ni mucho, sobre tales asuntos, y por esto sabréis que lo mismo ocurre con el resto de lo que dice la mayoría sobre mí. Pero no hay nada de esto, ni tampoco si habéis oído a alguien decir que intento educar a los hombres y cobro dinero, tampoco eso es verdad. Pues también esto me parece noble, si alguien fuera capaz de educar a los hombres, como Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos e Hipias de Élide.
20
Pues cada uno de ellos, ciudadanos, es capaz de ir a cada una de las ciudades y persuadir a los jóvenes— a quienes les es posible estar gratis con cualquiera de sus conciudadanos que deseen— para que dejen la compañía de estos y se unan a ellos, pagando dinero y además agradeciéndoselo. Pues hay también otro hombre de Paros aquí, sabio, a quien me enteré de que estaba de visita; pues me encontré con un hombre que ha pagado más dinero a los sofistas que todos los demás juntos, Calias, hijo de Hipónico. A este, pues, le pregunté— pues tiene dos hijos—: Calias, dije, si tus hijos fueran potros o becerros, habríamos podido encontrar y contratar a un cuidador que los hiciera bellos y buenos en la virtud que les corresponde, y este habría sido alguien de los expertos en caballos o en agricultura; pero ahora, puesto que son hombres,¿ a quién tienes pensado poner como cuidador?¿ Quién es experto en tal virtud, la humana y política? Pues supongo que lo has pensado debido a la posesión de tus hijos.¿ Hay alguien, dije, o no? Por supuesto, dijo.¿ Quién, dije, y de dónde es, y cuánto cobra por enseñar? Eveno, dijo, Sócrates, de Paros, cinco minas. Y yo felicité a Eveno si realmente posee este arte y enseña con tanta destreza. Yo, al menos, me habría engalanado y enorgullecido si supiera estas cosas; pero no las sé, atenienses. Quizá alguno de vosotros podría replicar: Pero, Sócrates,¿ cuál es tu asunto?¿ De dónde te han venido estas calumnias? Pues no es posible que, si no hicieras nada más extraordinario que los demás, haya surgido tal fama y habladuría, a menos que hicieras algo distinto a la mayoría. Dinos, pues, qué es, para que no especulemos sobre ti. Me parece que quien dice esto habla con justicia, y yo intentaré demostraros qué es lo que me ha causado este nombre y esta calumnia. Escuchad, pues. Y quizá a algunos de vosotros les parezca que bromeo; pero sabed bien que os diré toda la verdad. Pues yo, atenienses, no he obtenido este nombre por otra cosa que por una cierta sabiduría.¿ Qué sabiduría es esta? La que es, quizás, sabiduría humana; pues en realidad corro el riesgo de ser sabio en esta. Estos, en cambio, tal vez, de los que hablaba hace poco, podrían ser sabios en una sabiduría mayor que la humana, o no sé qué decir; pues yo, ciertamente, no la conozco, y quien lo afirme miente y habla para calumniarme. Y no arméis alboroto, atenienses, ni aunque os parezca que digo algo grande; pues no diré mi propio discurso, sino que os remitiré a quien habla y es digno de crédito. Pues de mi sabiduría, si es que hay alguna y cuál es, os presentaré como testigo al dios que está en Delfos. Pues conocéis, supongo, a Querefonte.
21
Este fue mi compañero desde joven y compañero de la mayoría de vosotros, compartió este exilio y regresó con vosotros. Y sabéis, ciertamente, cómo era Querefonte, cuán impetuoso en lo que emprendía. Y una vez, habiendo ido a Delfos, se atrevió a consultar esto al oráculo— y, como digo, no arméis alboroto, ciudadanos—: preguntó si había alguien más sabio que yo. La Pitia respondió, pues, que nadie era más sabio. Y sobre esto os dará testimonio su hermano, que está aquí, puesto que aquel ha muerto. Considerad, pues, por qué digo esto; pues voy a enseñaros de dónde me ha venido la calumnia. Pues yo, al oír esto, reflexionaba así:¿ Qué dice el dios y qué insinúa? Pues yo no me considero sabio en nada, ni grande ni pequeño;¿ qué dice, pues, al afirmar que soy el más sabio? Pues no miente, ciertamente; pues no le es lícito. Y durante mucho tiempo estuve perplejo sobre lo que decía; después, con mucha dificultad, me incliné hacia una investigación de este tipo. Fui a uno de los que parecían ser sabios, para, si es que en algún lugar, refutar el oráculo y demostrar al oráculo que este es más sabio que yo, y tú decías que yo. Al examinar a este— pues no tengo necesidad de decir su nombre, pero era uno de los políticos con quien, al examinarlo, me ocurrió algo así, atenienses, y al dialogar con él—, me pareció que este hombre parecía ser sabio para muchos otros hombres y especialmente para sí mismo, pero que no lo era; y entonces intenté demostrarle que creía ser sabio, pero que no lo era. De ahí, pues, me hice odioso a él y a muchos de los presentes; pero, al retirarme, razonaba conmigo mismo que yo era más sabio que este hombre; pues corre el riesgo de que ninguno de nosotros sepa nada bello y bueno, pero este cree saber algo sin saberlo, mientras que yo, como no sé, tampoco creo saber; parezco, pues, ser más sabio que él en este pequeño detalle, en que lo que no sé, tampoco creo saberlo. De ahí fui a otro de los que parecían ser más sabios que aquel, y me pareció lo mismo, y allí me hice odioso tanto a él como a muchos otros. Después de esto, pues, iba ya sucesivamente, sintiendo y entristeciéndome y temiendo que me hacía odioso, pero, sin embargo, me parecía necesario considerar lo del dios como lo más importante; hay que ir, pues, al examinar qué dice el oráculo, a todos los que parecen saber algo.
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Y por el perro, atenienses— pues hay que deciros la verdad—, ciertamente experimenté algo así: los que tenían mejor reputación me parecieron, al investigar según el dios, estar casi faltos de lo más importante, mientras que otros que parecían más humildes eran hombres más sensatos. Debo, pues, mostraros mi errancia como si realizara ciertos trabajos para que el oráculo me resultara irrefutable. Pues después de los políticos fui a los poetas, tanto a los de tragedias como a los de ditirambos y a los otros, para allí, en el acto, sorprenderme a mí mismo siendo más ignorante que ellos. Tomando, pues, sus poemas, los que me parecían haber sido mejor elaborados por ellos, les preguntaba qué decían, para aprender también algo de ellos. Me avergüenzo, pues, de deciros, ciudadanos, la verdad; pero, sin embargo, hay que decirla. Pues, por así decirlo, casi todos los presentes habrían hablado mejor que ellos sobre lo que ellos mismos habían hecho. Comprendí, pues, también sobre los poetas en poco tiempo esto, que no hacían lo que hacían por sabiduría, sino por una cierta naturaleza y estando inspirados, como los adivinos y los que recitan oráculos; pues también estos dicen muchas cosas bellas, pero no saben nada de lo que dicen. Un estado tal me pareció que habían experimentado también los poetas, y al mismo tiempo me di cuenta de que ellos, por su poesía, creían ser los hombres más sabios en otras cosas en las que no lo eran. Me fui, pues, también de allí creyendo haber superado a los mismos que a los políticos. Finalmente, pues, fui a los artesanos; pues yo mismo era consciente de no saber nada, por así decirlo, pero sabía que encontraría que ellos sabían muchas cosas bellas. Y en esto no me engañé, sino que sabían cosas que yo no sabía y en esto eran más sabios que yo. Pero, atenienses, me pareció que tenían el mismo error que los poetas y los buenos artesanos: por realizar bien su arte, cada uno pretendía ser también el más sabio en las otras cosas más importantes, y esta falta suya ocultaba aquella sabiduría; de modo que me pregunté a mí mismo, en nombre del oráculo, si preferiría estar como estoy, sin ser sabio en su sabiduría ni ignorante en su ignorancia, o tener ambas cosas que ellos tienen. Me respondí, pues, a mí mismo y al oráculo que me convenía estar como estoy.
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De esta investigación, pues, atenienses, me han surgido muchas enemistades, y de las más difíciles y pesadas, de modo que han surgido muchas calumnias de ellas, y se dice este nombre, que soy sabio; pues los presentes creen cada vez que yo mismo soy sabio en aquello en lo que refuto a otro. Pero corre el riesgo, ciudadanos, de que el dios sea realmente sabio, y que en este oráculo diga esto, que la sabiduría humana es de poco valor o de ninguno. Y parece decir que este Sócrates, y se ha servido de mi nombre, tomándome como ejemplo, como si dijera que el más sabio de vosotros, hombres, es quien, como Sócrates, ha reconocido que en verdad no vale nada respecto a la sabiduría. Esto, pues, yo todavía ahora, yendo de un lado a otro, busco e investigo según el dios, si creo que alguien de los ciudadanos o extranjeros es sabio; y cuando no me lo parece, ayudando al dios, demuestro que no es sabio. Y por esta ocupación no he tenido tiempo de hacer nada digno de mención de los asuntos de la ciudad ni de los míos, sino que estoy en una pobreza extrema por el servicio al dios. Además de esto, los jóvenes que me siguen— quienes tienen más tiempo libre, los de los más ricos—, espontáneamente, se alegran al oír interrogar a los hombres, y ellos mismos a menudo me imitan, y luego intentan interrogar a otros; y entonces, creo, encuentran una gran abundancia de hombres que creen saber algo, pero que saben poco o nada. De ahí, pues, los que son interrogados por ellos se enfadan conmigo, no consigo mismos, y dicen que Sócrates es un ser abominable y que corrompe a los jóvenes; y cuando alguien les pregunta qué hace y qué enseña, no tienen nada que decir, sino que lo ignoran, pero para no parecer que están perplejos, dicen estas cosas que están a mano contra todos los que filosofan, que investiga las cosas celestes y las que están bajo la tierra, y no creer en los dioses, y hacer más fuerte el argumento más débil. Pues creo que no querrían decir la verdad, que se vuelven evidentes al pretender saber, pero sin saber nada. Como, pues, creo que son ambiciosos, impetuosos y muchos, y hablando de forma insistente y persuasiva sobre mí, han llenado vuestros oídos calumniándome desde hace mucho tiempo y con fuerza.
24
De estos me han atacado Meleto, Anito y Licón, Meleto irritado en nombre de los poetas, Anito en nombre de los artesanos y los políticos, y Licón en nombre de los oradores; de modo que, como decía al empezar, me extrañaría si fuera capaz de arrancar de vosotros esta calumnia en tan poco tiempo, habiendo llegado a ser tan grande. Esto es, atenienses, la verdad, y os lo digo sin ocultaros ni grande ni pequeño, ni ocultando nada. Y, sin embargo, sé casi con seguridad que por esto mismo me hago odioso, lo cual es también prueba de que digo la verdad y de que esta es mi calumnia y estas son sus causas. Y si investigáis esto ahora o después, lo encontraréis así. Sobre lo que acusaban mis primeros acusadores, baste esta defensa ante vosotros; ante Meleto, el bueno y patriota, como dice, y los posteriores, intentaré defenderme después de esto. Pues tomemos de nuevo, como si fueran otros acusadores, su declaración jurada. Dice algo así: afirma que Sócrates es culpable de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses en los que la ciudad cree, sino en otros seres divinos nuevos. El cargo es, pues, tal; examinemos cada uno de los puntos de este cargo. Pues dice, en efecto, que soy culpable de corromper a los jóvenes. Yo, en cambio, atenienses, digo que Meleto es culpable, porque bromea con seriedad, llevando fácilmente a los hombres a juicio, fingiendo preocuparse y ocuparse de asuntos que nunca le han importado; y que esto es así, intentaré demostrároslo también a vosotros. Y ven aquí, Meleto, dime:¿ no te importa sobremanera que los jóvenes sean lo mejor posible? Yo, al menos. Vamos, pues, ahora, diles,¿ quién los hace mejores? Pues es evidente que lo sabes, ya que te importa. Pues habiendo encontrado al que los corrompe, como dices, a mí, me traes ante estos y me acusas; pero al que los hace mejores, vamos, dilo y diles quién es.¿ Ves, Meleto, que callas y no tienes qué decir? Y, sin embargo,¿ no te parece vergonzoso y prueba suficiente de lo que digo, que no te ha importado nada? Pero dime, buen hombre,¿ quién los hace mejores? Las leyes. Pero no pregunto esto, excelente hombre, sino qué hombre, que sepa primero esto mismo, las leyes. Estos, Sócrates, los jueces.¿ Qué dices, Meleto?¿ Estos son capaces de educar a los jóvenes y los hacen mejores? Por supuesto.¿ Todos, o algunos de ellos, y otros no? Todos. Bien, por Hera, hablas y hay gran abundancia de los que benefician.
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¿ Y qué, los oyentes los hacen mejores o no? También ellos.¿ Y qué, los consejeros? También los consejeros. Pero, acaso, Meleto,¿ los que están en la asamblea, los asambleístas, corrompen a los jóvenes?¿ O también ellos los hacen mejores a todos? También ellos. Todos, pues, al parecer, los atenienses los hacen bellos y buenos excepto yo, y yo solo los corrompo.¿ Dices eso? Eso digo con mucha fuerza. Has condenado mi gran desgracia. Y respóndeme:¿ te parece que ocurre lo mismo con los caballos?¿ Que todos los hombres los hacen mejores y uno solo es el que los corrompe?¿ O todo lo contrario, que uno solo es capaz de hacerlos mejores, o muy pocos, los expertos en caballos, mientras que la mayoría, si están con los caballos y los usan, los corrompen?¿ No es así, Meleto, también con los caballos y con todos los demás animales? Por supuesto, supongo, tanto si tú y Anito lo negáis como si lo afirmáis; pues habría una gran felicidad para los jóvenes si uno solo los corrompe y los demás los benefician. Pero, Meleto, demuestras suficientemente que nunca te has preocupado de los jóvenes, y revelas claramente tu propia negligencia, que no te ha importado nada de aquello por lo que me traes aquí. Y dinos todavía, por Zeus, Meleto,¿ es mejor vivir entre ciudadanos buenos o malos? Buen hombre, responde; pues no pregunto nada difícil.¿ No hacen los malos algún mal a los que están siempre más cerca de ellos, y los buenos algún bien? Por supuesto.¿ Hay, pues, alguien que quiera ser perjudicado por los que conviven con él en lugar de ser beneficiado? Responde, buen hombre; pues también la ley ordena responder.¿ Hay alguien que quiera ser perjudicado? Ciertamente no. Vamos, pues,¿ me traes aquí como alguien que corrompe a los jóvenes y los hace peores voluntaria o involuntariamente? Voluntariamente, yo.¿ Qué pasa, Meleto?¿ Eres tú tanto más sabio que yo, siendo yo de esta edad y tú de esa, que tú has reconocido que los malos hacen siempre algún mal a los que están más cerca de ellos, y los buenos algún bien, mientras que yo he llegado a tal grado de ignorancia que incluso ignoro esto, que si hago malvado a alguien de los que conviven conmigo, corro el riesgo de recibir algún mal de él, de modo que hago este mal tan grande voluntariamente, como dices tú?
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Esto no te lo creo, Meleto, y creo que tampoco ningún otro hombre; sino que o no los corrompo, o si los corrompo, es involuntariamente, de modo que tú mientes en ambos casos. Pero si los corrompo involuntariamente, la ley no ordena traer aquí por tales faltas involuntarias, sino tomarlo en privado, enseñar y amonestar; pues es evidente que si aprendo, dejaré de hacer lo que hago involuntariamente. Pero tú evitaste convivir conmigo y enseñarme, y no quisiste, sino que me traes aquí, donde la ley ordena traer a los que necesitan castigo, no enseñanza. Pero, atenienses, esto ya es evidente, lo que yo decía, que a Meleto nunca le ha importado nada de esto, ni grande ni pequeño. Sin embargo, dinos,¿ cómo dices que corrompo a los jóvenes, Meleto?¿ O es evidente que, según la demanda que presentaste, enseñando a no creer en los dioses en los que la ciudad cree, sino en otros seres divinos nuevos?¿ No dices que enseñando esto los corrompo? Por supuesto, eso digo con mucha fuerza. Ante estos mismos dioses, Meleto, de los que ahora trata el discurso, dilo todavía más claramente a mí y a estos hombres. Pues yo no puedo aprender si dices que enseño a creer que existen algunos dioses— y entonces yo mismo creo que existen dioses y no soy en absoluto ateo ni en esto soy culpable—, pero no en los mismos en los que cree la ciudad, sino en otros, y esto es lo que me reprochas, que en otros, o si dices que no creo en absoluto en dioses y enseño esto a los demás. Eso digo, que no crees en absoluto en dioses. Oh, admirable Meleto,¿ por qué dices esto?¿ Acaso no creo que el sol o la luna son dioses, como los demás hombres? Por Zeus, jueces, pues dice que el sol es una piedra y la luna tierra.¿ Crees que acusas a Anaxágoras, querido Meleto?¿ Y desprecias tanto a estos y crees que son tan ignorantes de las letras como para no saber que los libros de Anaxágoras de Clazómenas están llenos de estos discursos? Y, además, los jóvenes aprenden esto de mí, lo que es posible comprar a veces en la orquesta por una dracma, si es muy cara, y reírse de Sócrates si pretende que son suyos, siendo además tan absurdos? Pero, por Zeus,¿ te parezco así?¿ Que no creo que exista ningún dios? Por Zeus, no, en absoluto. Eres increíble, Meleto, y esto, según me parece, incluso para ti mismo. Pues me parece, atenienses, que este es un hombre muy insolente y desenfrenado, y que ha presentado esta demanda por pura insolencia, desenfreno y juventud.
27
Pues parece que compone un enigma para probar si Sócrates, el sabio, se dará cuenta de que estoy bromeando y diciendo cosas contrarias a mí mismo, o si lo engañaré a él y a los demás que escuchan. Pues este me parece decir cosas contrarias a sí mismo en la demanda, como si dijera: Sócrates es culpable de no creer en los dioses, sino de creer en los dioses. Y, sin embargo, esto es de alguien que bromea. Examinad conmigo, ciudadanos, cómo me parece que dice esto; y tú, respóndenos, Meleto. Y vosotros, lo que os pedí al principio, recordad no armar alboroto si hago los discursos a mi manera habitual.¿ Hay alguien de los hombres, Meleto, que crea que existen asuntos humanos, pero que no crea que existen hombres? Que responda, ciudadanos, y que no arme alboroto con otras cosas;¿ hay alguien que no crea en los caballos, pero sí en los asuntos hípicos?¿ O que no crea que existen flautistas, pero sí asuntos de flauta? No existe, excelente hombre; si no quieres responder, yo te lo digo a ti y a estos otros. Pero responde al menos a esto:¿ hay alguien que crea que existen asuntos divinos, pero que no crea que existen seres divinos? No existe. Qué bien me has hecho al responder con dificultad, obligado por estos. Entonces, dices que creo y enseño asuntos divinos, ya sean nuevos o antiguos, pero, en cualquier caso, creo en asuntos divinos según tu discurso, y esto incluso lo juraste en la demanda. Pero si creo en asuntos divinos, es de gran necesidad que crea que existen seres divinos;¿ no es así? Es así; pues te doy por conforme, ya que no respondes.¿ Y no consideramos a los seres divinos como dioses o hijos de dioses?¿ Dices que sí o que no? Por supuesto. Entonces, si creo en seres divinos, como tú dices, si los seres divinos son algunos dioses, esto sería lo que digo que insinúas y bromeas, al decir que no creo en dioses y luego afirmar que creo en dioses, puesto que creo en seres divinos; pero si, por otra parte, los seres divinos son hijos de dioses, bastardos, ya sea de ninfas o de otros de quienes se dice,¿ qué hombre creería que existen hijos de dioses, pero que no existen dioses? Pues sería tan absurdo como si alguien creyera que existen hijos de caballos o de asnos, las mulas, pero que no creyera que existen caballos y asnos. Pero, Meleto, no es posible que no hayas presentado esta demanda probándonos o perplejo por no tener un delito verdadero que reprocharme; pero no hay forma de que persuadas a nadie, ni siquiera a un hombre con un poco de sentido común, de que no es propio de la misma persona creer en asuntos divinos y divinos, y, por otra parte, de la misma persona no creer ni en seres divinos, ni en dioses, ni en héroes.
28
Pero, atenienses, no creo que haga falta mucha defensa para demostrar que no soy culpable según la acusación de Meleto; esto es suficiente. Sin embargo, lo que decía antes, que me he ganado mucha enemistad entre muchos, sabed bien que es verdad. Y esto es lo que me condenará, si es que me condena, no Meleto ni Ánito, sino la calumnia y la envidia de la mayoría. Esto ha condenado a muchos otros hombres buenos, y creo que los seguirá condenando; no hay peligro de que se detenga en mí. Quizá alguien diga:«¿ No te avergüenzas, Sócrates, de haberte dedicado a una ocupación por la que ahora corres el riesgo de morir?». A este le respondería con un argumento justo: no hablas bien, hombre, si crees que un hombre que sirve para algo debe calcular el riesgo de vivir o morir, y no considerar solo, al actuar, si lo que hace es justo o injusto, y si es obra de un hombre bueno o malo. Pues, según tu razonamiento, serían viles los semidioses que murieron en Troya, entre otros el hijo de Tetis, quien despreció tanto el peligro frente a la posibilidad de sufrir algo vergonzoso que, cuando su madre, siendo diosa, le dijo a él, que estaba ansioso por matar a Héctor, algo así como:« Hijo, si vengas la muerte de tu compañero Patroclo y matas a Héctor, morirás tú mismo— pues al punto, dice, tras Héctor tu destino está dispuesto—», él, al oír esto, menospreció la muerte y el peligro, y temiendo mucho más vivir siendo un cobarde y no vengar a sus amigos, dijo:« Que muera al instante, tras haber impuesto castigo al que me agravia, para no quedarme aquí objeto de burla junto a las naves de corvas proas, carga de la tierra».¿ Crees que le preocupó la muerte y el peligro? Así es, atenienses, en verdad: dondequiera que uno se sitúe por considerarlo lo mejor, o donde sea situado por un superior, allí debe, a mi parecer, permanecer y arriesgarse, sin calcular ni la muerte ni ninguna otra cosa antes que la vergüenza. Yo, pues, habría cometido actos terribles, atenienses, si cuando los jefes que vosotros elegisteis para mandarme me situaron en Potidea, en Anfípolis y en Delio, permanecí allí donde ellos me situaron, como cualquier otro, y corrí el riesgo de morir, pero cuando el dios me situó, según creí y supuse, con la orden de vivir filosofando y examinándome a mí mismo y a los demás, abandonara mi puesto por miedo a la muerte o a cualquier otra cosa.
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Sería terrible, y entonces sí que alguien podría llevarme con justicia ante el tribunal por no creer que hay dioses, al desobedecer el oráculo, temer la muerte y creer ser sabio sin serlo. Pues temer la muerte, hombres, no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo; es creer saber lo que no se sabe. Nadie sabe si la muerte es, por ventura, el mayor de los bienes para el hombre, pero la temen como si supieran bien que es el mayor de los males.¿ Y cómo no va a ser esta la ignorancia más reprobable, la de creer saber lo que no se sabe? Yo, hombres, quizá me diferencie en esto de la mayoría de los hombres, y si dijera que soy más sabio que alguien, sería en esto: en que, como no sé lo suficiente sobre lo que hay en el Hades, así también creo no saberlo; pero sí sé que cometer injusticia y desobedecer a quien es mejor, sea dios o hombre, es malo y vergonzoso. Por tanto, nunca temeré ni huiré de los males que no sé si son bienes, antes que de los males que sé que son males. Así que, incluso si ahora me dejáis libre sin hacer caso a Ánito, quien dijo que o bien no debía haber comparecido aquí, o bien, una vez comparecido, no era posible no matarme, diciéndoos que si me escapaba, vuestros hijos, al practicar lo que Sócrates enseña, se corromperán todos por completo; si ante esto me dijerais:« Sócrates, ahora no haremos caso a Ánito y te dejamos libre, pero con la condición de que no pases más tiempo en esta búsqueda ni filosofes; si te atrapamos haciendo esto, morirás»— si, pues, como dije, me dejarais libre con estas condiciones, os diría que yo, atenienses, os aprecio y os quiero, pero obedeceré más al dios que a vosotros, y mientras respire y sea capaz, no dejaré de filosofar y de exhortaros y mostraros, a quienquiera que me encuentre de vosotros, diciéndole lo que suelo:« Oh, el mejor de los hombres, siendo ateniense, de la ciudad más grande y reputada por su sabiduría y poder,¿ no te avergüenzas de preocuparte por el dinero para tener la mayor cantidad posible, y por la reputación y el honor, mientras que de la prudencia, de la verdad y de cómo tu alma sea lo mejor posible no te preocupas ni te ocupas?».
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Y si alguno de vosotros lo discute y dice que sí se preocupa, no lo dejaré al instante ni me iré, sino que le preguntaré, lo examinaré y lo pondré a prueba, y si me parece que no posee la virtud, aunque diga que sí, le reprocharé que valora en menos lo que tiene más valor y en más lo que es más vil. Esto haré con el joven y con el viejo, con quienquiera que me encuentre, extranjero o ciudadano, pero más con los ciudadanos, cuanto más cercanos me sois por parentesco. Pues esto, sabedlo bien, lo ordena el dios, y yo creo que no os ha nacido en la ciudad un bien mayor que mi servicio al dios. Pues no voy por ahí haciendo otra cosa que persuadir a jóvenes y viejos de que no se preocupen por sus cuerpos ni por sus riquezas antes ni con tanto afán como por que su alma sea lo mejor posible, diciendo que la virtud no nace de las riquezas, sino que de la virtud nacen las riquezas y todos los demás bienes para los hombres, tanto en privado como en público. Si, pues, al decir esto corrompo a los jóvenes, esto sería perjudicial; pero si alguien dice que digo otras cosas distintas a estas, no dice nada. Ante esto, diría, atenienses, o hacéis caso a Ánito o no, y o me dejáis libre o no, pues yo no haré otra cosa, ni aunque tenga que morir muchas veces. No hagáis alboroto, atenienses, sino manteneos en lo que os pedí, no alborotar ante lo que diga, sino escuchar; pues, creo, os aprovechará escuchar. Pues voy a deciros otras cosas ante las que quizá gritéis; pero no hagáis eso de ninguna manera. Pues sabed bien que, si me matáis siendo yo como digo, no me dañaréis más a mí que a vosotros mismos; pues a mí no podría dañarme ni Meleto ni Ánito— ni siquiera podría—, pues no creo que sea lícito que un hombre mejor sea dañado por uno peor. Podría, tal vez, matarme, desterrarme o quitarme los derechos civiles; pero esto, él quizá crea, y algún otro también, que son grandes males, yo no lo creo, sino que mucho más lo es hacer lo que este hace ahora: intentar matar a un hombre injustamente. Ahora, pues, atenienses, estoy lejos de defenderme a mí mismo, como alguien podría pensar, sino que lo hago por vosotros, para que no cometáis un error respecto al don del dios para vosotros al condenarme. Pues si me matáis, no encontraréis fácilmente a otro igual, sencillamente— aunque sea un poco ridículo decirlo— pegado a la ciudad por el dios como a un caballo grande y noble, pero un poco perezoso por su tamaño y que necesita ser despertado por un tábano; tal me parece que el dios me ha añadido a la ciudad, a alguien así que, despertándoos, persuadiéndoos y reprochándoos a cada uno, no ceso de hacerlo durante todo el día, sentándome en todas partes.
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Otro igual, pues, no os nacerá fácilmente, hombres, sino que, si me hacéis caso, me perdonaréis; pero vosotros, quizá molestos, como los que se despiertan de una cabezada, al golpearme, haciendo caso a Ánito, podríais matarme fácilmente, y luego pasar el resto de vuestra vida durmiendo, a menos que el dios, cuidando de vosotros, os envíe a otro. Que yo soy tal como para haber sido dado por el dios a la ciudad, podríais comprenderlo de aquí: pues no parece humano que yo haya descuidado todos mis asuntos y tolerado que los de mi casa sean descuidados durante tantos años, y que siempre haga lo vuestro, acercándome a cada uno en privado como un padre o un hermano mayor, persuadiéndole de que se preocupe por la virtud. Y si obtuviera algún provecho de esto y recibiera un salario al exhortaros, tendría algún sentido; pero ahora veis vosotros mismos que los acusadores, al acusar de todo lo demás tan desvergonzadamente, no fueron capaces de ser tan desvergonzados como para presentar un testigo de que yo alguna vez haya cobrado o pedido un salario. Pues creo que presento un testigo suficiente de que digo la verdad: mi pobreza. Quizá, pues, parecería extraño que yo aconseje esto en privado yendo de un lado a otro y me entrometa, pero en público no me atreva a subir ante vuestra asamblea para aconsejar a la ciudad. La causa de esto es lo que me habéis oído decir muchas veces en muchos lugares, que me ocurre algo divino y demoníaco, voz que, precisamente, Meleto, burlándose, escribió en la acusación. A mí esto me ocurre desde niño, una voz que, cuando surge, siempre me aparta de lo que voy a hacer, pero nunca me impulsa. Esto es lo que se me opone a participar en política, y me parece que se me opone muy bien; pues sabed bien, atenienses, que si hace tiempo hubiera intentado participar en los asuntos políticos, hace tiempo habría perecido y no os habría servido de nada ni a vosotros ni a mí mismo. Y no os molestéis conmigo por decir la verdad; pues no hay hombre que se salve si se opone genuinamente a vosotros o a cualquier otra multitud y evita que ocurran muchas cosas injustas e ilegales en la ciudad, sino que es necesario que quien lucha de verdad por lo justo, si ha de salvarse aunque sea por poco tiempo, viva como particular y no como político.
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Yo os presentaré grandes pruebas de esto, no palabras, sino lo que vosotros valoráis: hechos. Escuchad lo que me ha sucedido, para que sepáis que no cedería ante nadie contra lo justo por miedo a la muerte, y que, por no ceder, moriría. Os diré cosas vulgares y propias de tribunales, pero verdaderas. Yo, atenienses, nunca ejercí ningún otro cargo en la ciudad, pero fui miembro del Consejo; y nuestra tribu, la Antióquida, ejercía la pritanía cuando vosotros decidisteis juzgar en bloque a los diez estrategas que no recogieron a los náufragos de la batalla naval, ilegalmente, como a todos os pareció en el tiempo posterior. Entonces yo, solo de los pritanos, me opuse a que hicierais nada contra las leyes y voté en contra; y estando los oradores dispuestos a denunciarme y detenerme, y vosotros ordenándolo y gritando, creí que debía arriesgarme más con la ley y la justicia que, por miedo a la cárcel o a la muerte, estar con vosotros cuando decidíais cosas injustas. Y esto era cuando la ciudad aún estaba bajo la democracia; pero cuando llegó la oligarquía, los Treinta, a su vez, me llamaron, junto con otros cuatro, al Tholos y me ordenaron traer de Salamina a León el salaminio para que muriera, tal como ellos ordenaban muchas cosas a muchos otros, queriendo implicar a tantos como fuera posible en sus crímenes. Entonces, sin embargo, no con palabras sino con hechos, demostré de nuevo que la muerte me importa, si no fuera demasiado rústico decirlo, ni lo más mínimo, pero que no cometer ninguna injusticia ni impiedad, eso es lo que me importa por encima de todo. Pues aquel gobierno, siendo tan poderoso, no me intimidó para que cometiera ninguna injusticia, sino que, cuando salimos del Tholos, los cuatro se fueron a Salamina y trajeron a León, y yo me fui a casa. Y quizá habría muerto por esto, si el gobierno no se hubiera disuelto rápidamente. Y de esto tendréis muchos testigos.¿ Creéis, pues, que habría sobrevivido tantos años si hubiera participado en los asuntos públicos y, participando dignamente de un hombre bueno, hubiera ayudado a lo justo y, como es debido, hubiera valorado esto por encima de todo? Lejos de eso, atenienses; pues tampoco ningún otro hombre lo habría hecho.
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Pero yo, a lo largo de toda mi vida, tanto en público, si hice algo, apareceré siendo tal, como en privado, el mismo, sin haber cedido nunca nada contra lo justo ni a nadie, ni a otros ni a ninguno de estos a quienes los que me calumnian dicen que son mis discípulos. Yo nunca fui maestro de nadie; pero si alguien desea escucharme hablar y hacer mis asuntos, sea joven o viejo, nunca se lo he negado, ni dialogo cobrando dinero y sin cobrar no, sino que por igual me ofrezco al rico y al pobre para que pregunten, y si alguien quiere, respondiendo, escuchar lo que digo. Y de estos, si alguien se vuelve bueno o no, no podría justamente cargar con la culpa, pues nunca prometí ni enseñé ninguna lección a nadie; pero si alguien dice que alguna vez aprendió o escuchó de mí en privado algo que no hayan escuchado también todos los demás, sabed bien que no dice la verdad. Pero,¿ por qué algunos disfrutan pasando mucho tiempo conmigo? Habéis escuchado, atenienses, toda la verdad os he dicho: que disfrutan escuchando a los que se creen sabios, pero no lo son, siendo examinados. Pues no es desagradable. A mí, esto, como digo, me ha sido ordenado por el dios realizarlo, mediante oráculos, sueños y de toda forma en que alguna otra suerte divina haya ordenado a un hombre hacer cualquier cosa. Esto, atenienses, es verdadero y fácil de refutar. Pues si yo corrompo a algunos de los jóvenes y a otros los he corrompido, debería, supongo, si algunos de ellos, al hacerse mayores, se dieron cuenta de que yo les aconsejé alguna vez algo malo cuando eran jóvenes, subir ahora a acusarme y vengarse; y si ellos mismos no querían, algunos de sus familiares, padres, hermanos y otros allegados, si sus parientes hubieran sufrido algún mal por mi parte, recordarlo ahora y vengarse. De todos modos, están presentes muchos de ellos aquí, a quienes veo: primero Critón, este, mi coetáneo y conciudadano, padre de Critóbulo, este; luego Lisanias el esfecio, padre de Esquines, este; además Antifón el cefisiense, este, padre de Epígenes; otros, pues, estos cuyos hermanos han estado en esta ocupación: Nicóstrato, hijo de Teozótides, hermano de Teodoto— y Teodoto ha muerto, así que no podría pedirle cuentas— y Páralo, este, hijo de Demódoco, de quien Teages era hermano; este Adimanto, hijo de Aristón, cuyo hermano es este Platón, y Eantodoro, de quien Apolodoro, este, es hermano.
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Y puedo deciros otros muchos, de los cuales Meleto debería haber presentado a alguno como testigo en su propio discurso; pero si entonces se olvidó, que lo presente ahora— yo cedo— y que diga si tiene algo así. Pero encontraréis todo lo contrario, hombres, a todos dispuestos a ayudarme a mí, al que corrompe, al que hace males a sus familiares, como dicen Meleto y Ánito. Pues los corrompidos mismos quizá tendrían una razón para ayudarme; pero los no corrompidos, hombres ya mayores, sus familiares,¿ qué otra razón tienen para ayudarme sino la recta y justa, que saben que Meleto miente y yo digo la verdad? Pues bien, hombres; lo que yo podría decir en mi defensa es casi esto y quizá otras cosas similares. Pero quizá alguno de vosotros se indignaría al recordarse a sí mismo, si él, al luchar en un juicio menor que este, suplicó y rogó a los jueces con muchas lágrimas, subiendo a sus hijos para que se apiadaran lo más posible, y a otros muchos de sus familiares y amigos, mientras que yo no haré nada de esto, y eso que corro, como parecería, el último peligro. Quizá, pues, alguien al pensar esto, se muestre más obstinado conmigo y, enfadado por esto mismo, deposite su voto con ira. Si alguno de vosotros está así— no lo creo, pero si lo estuviera—, me parece que sería razonable decirle:« A mí, el mejor, me quedan algunos familiares; pues esto mismo de Homero, tampoco yo he nacido de una encina ni de una roca, sino de hombres, así que tengo familiares y también hijos, atenienses, tres, uno ya adolescente y dos niños; pero, sin embargo, no subiré a ninguno de ellos aquí para rogaros que me absolváis».¿ Por qué, pues, no haré nada de esto? No por obstinación, atenienses, ni por despreciaros, sino que si tengo valor ante la muerte o no, es otro asunto, pero ante la reputación, para mí, para vosotros y para toda la ciudad, no me parece bien que yo haga nada de esto, siendo de mi edad y teniendo este nombre, sea verdadero o falso, pero al menos se ha decidido que Sócrates se diferencia de la mayoría de los hombres.
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Si, pues, los que de vosotros parecen diferenciarse en sabiduría, valentía o cualquier otra virtud fueran así, sería vergonzoso; a los cuales he visto muchas veces cuando son juzgados, que parecen ser algo, pero hacen cosas maravillosas, como si pensaran que van a sufrir algo terrible si mueren, como si fueran a ser inmortales si vosotros no los matáis; los cuales me parece que cubren de vergüenza a la ciudad, de modo que incluso alguno de los extranjeros podría suponer que los que se diferencian de los atenienses en virtud, a quienes ellos mismos prefieren en los cargos y en los demás honores, estos no se diferencian en nada de las mujeres. Esto, atenienses, ni vosotros debéis hacerlo, los que parecéis ser algo en cualquier sentido, ni, si nosotros lo hacemos, debéis permitirlo, sino mostrar esto mismo, que condenaréis mucho más al que introduce estos dramas lastimeros y hace ridícula a la ciudad que al que mantiene la calma. Además de la reputación, hombres, tampoco me parece justo rogar al juez ni, al rogar, escapar, sino enseñar y persuadir. Pues el juez no está sentado para esto, para regalar la justicia, sino para juzgarla; y ha jurado no hacer favores a quien le parezca, sino juzgar según las leyes. Por tanto, no debemos acostumbraros a vosotros a perjurar ni vosotros acostumbraros; pues ninguno de los dos seríamos piadosos. No esperéis, pues, de mí, atenienses, que deba hacer ante vosotros cosas que no considero ni bellas ni justas ni santas, y menos aún, por Zeus, cuando estoy siendo acusado de impiedad por este Meleto. Pues claramente, si os persuadiera y os forzara con mis ruegos habiendo jurado, os enseñaría a no creer que hay dioses, y al defenderme, me acusaría a mí mismo de no creer en los dioses. Pero estoy lejos de que sea así; pues creo, atenienses, como ninguno de mis acusadores, y os dejo a vosotros y al dios juzgar sobre mí como sea mejor para mí y para vosotros.
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El no indignarme, atenienses, por lo sucedido, porque me habéis condenado, muchas otras cosas contribuyen, y no me ha sido inesperado lo sucedido, sino que mucho más me asombra el número de votos de cada lado. Pues no creía que fuera a ser por tan poco, sino por mucho; pero ahora, al parecer, si treinta votos hubieran cambiado, habría sido absuelto. A Meleto, pues, según creo, ya lo he evadido, y no solo lo he evadido, sino que es evidente para todos que, si no hubieran subido Ánito y Licón a acusarme, habría tenido que pagar mil dracmas, al no obtener la quinta parte de los votos. Pero el hombre pide para mí la muerte. Bien;¿ y yo qué os propondré como contrapena, atenienses?¿ O es evidente que lo que merezco?¿ Qué, pues?¿ Qué merezco sufrir o pagar, porque al aprender en la vida no mantuve la calma, sino que, descuidando lo que la mayoría, la ganancia, la economía, los mandos militares, los discursos públicos y los demás cargos, conjuras y facciones que ocurren en la ciudad, considerándome en verdad demasiado honesto como para salvarme yendo a estas cosas, no fui allí donde, yendo, no iba a ser de ninguna utilidad ni para vosotros ni para mí, sino que yendo a cada uno en privado para hacer el mayor beneficio, como digo, allí fui, intentando persuadir a cada uno de vosotros de que no se preocupe de nada de lo suyo antes de preocuparse de sí mismo para que sea lo mejor y más prudente posible, ni de lo de la ciudad antes que de la ciudad misma, y de las demás cosas de la misma manera?¿ Qué merezco, pues, sufrir siendo tal? Algún bien, atenienses, si es que hay que proponer según el valor en verdad; y además un bien tal que sea apropiado para mí.¿ Qué es apropiado para un hombre pobre, benefactor, que necesita tener tiempo libre para vuestra exhortación? No hay nada que sea más apropiado, atenienses, que alimentar a tal hombre en el Pritaneo, mucho más que si alguno de vosotros ha vencido con un caballo, una biga o una yunta en Olimpia; pues aquel os hace parecer felices, yo os hago serlo, y aquel no necesita alimento, yo sí lo necesito.
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Si, pues, debo proponer según la justicia de mi valor, propongo esto: la alimentación en el Pritaneo. Quizá, pues, al deciros esto, os parezca que hablo de forma similar a lo que dije sobre la compasión y la súplica, por obstinación; pero no es así, atenienses, sino más bien esto otro. Estoy convencido de no hacer daño a ningún hombre voluntariamente, pero no os persuado de esto; pues hemos dialogado poco tiempo. Pues, creo, si tuvierais una ley, como otros hombres, sobre no juzgar sobre la muerte un solo día sino muchos, os habríais persuadido; pero ahora no es fácil en poco tiempo deshacer grandes calumnias. Convencido, pues, de no hacer daño a nadie, estoy lejos de hacerme daño a mí mismo y de decir contra mí mismo que merezco algún mal y proponer tal cosa para mí.¿ Por miedo a qué?¿ A no sufrir esto que Meleto pide para mí, de lo cual digo no saber si es un bien o un mal?¿ En lugar de esto, elegiré algo de lo que sé bien que son males, proponiendo esto?¿ Acaso la cárcel?¿ Y para qué debo vivir en la cárcel, sirviendo al gobierno que se establezca, a los Once?¿ O pagar dinero y estar encadenado hasta que pague? Pero es lo mismo que decía hace poco; pues no tengo dinero para pagar.¿ O propondré el destierro? Quizá me lo aceptaríais. Tendría mucho apego a la vida, atenienses, si fuera tan insensato como para no poder calcular que vosotros, siendo mis conciudadanos, no habéis podido soportar mis ocupaciones y mis discursos, sino que os han resultado más pesados y odiosos, de modo que buscáis ahora libraros de ellos;¿ y otros los soportarán fácilmente? Lejos de eso, atenienses. Sería, pues, una vida hermosa para mí, saliendo a mi edad, cambiando de ciudad en ciudad y siendo expulsado. Pues sé bien que, adondequiera que vaya, los jóvenes me escucharán como aquí; y si los expulso, ellos mismos me expulsarán persuadiendo a los mayores; y si no los expulso, sus padres y familiares por causa de ellos mismos. Quizá, pues, alguien diría:«¿ Callando y manteniendo la calma, Sócrates, no podrás vivir habiendo salido?». Esto es lo más difícil de persuadir a algunos de vosotros.
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Pues si digo que esto es desobedecer al dios y que por esto es imposible mantener la calma, no me creeréis como si fuera irónico; y si, a su vez, digo que esto resulta ser el mayor bien para el hombre, hablar cada día sobre la virtud y sobre las otras cosas de las que me oís dialogar examinándome a mí mismo y a los demás, y que la vida sin examen no es vivible para el hombre, esto me creeréis aún menos al decirlo. Pero las cosas son como digo, hombres, pero no es fácil persuadir. Y yo, a la vez, no estoy acostumbrado a considerarme merecedor de ningún mal. Pues si tuviera dinero, propondría pagar tanto dinero como pudiera pagar, pues no habría sufrido ningún daño; pero ahora, pues no tengo, a menos que queráis proponerme tanto como yo pueda pagar. Quizá podría pagaros una mina de plata; por tanto, propongo esto. Platón, este, atenienses, Critón, Critóbulo y Apolodoro me piden que proponga treinta minas, y ellos mismos ser fiadores; propongo, pues, tanto, y estos serán vuestros fiadores del dinero, hombres solventes. No por mucho tiempo, atenienses, tendréis nombre y culpa por parte de los que quieren difamar a la ciudad de que habéis matado a Sócrates, un hombre sabio— pues dirán que es sabio, aunque no lo sea, los que quieren reprocharos—; si al menos hubierais esperado un poco de tiempo, esto os habría sucedido por sí mismo; pues veis la edad que ya está lejos de la vida y cerca de la muerte. Digo esto no a todos vosotros, sino a los que me han condenado a muerte. Y digo también esto a estos mismos. Quizá pensáis, atenienses, que he sido condenado por falta de argumentos con los que os habría persuadido, si hubiera creído que debía hacer y decir todo para evitar el juicio. Lejos de eso. Pero he sido condenado por falta, no de argumentos, sino de audacia y desvergüenza y de no querer deciros cosas tales como las que os habría sido más agradable escuchar— llorando, lamentándome y haciendo y diciendo otras muchas cosas indignas de mí, como digo, tales como las que estáis acostumbrados a escuchar de los demás. Pero ni entonces creí que debía hacer nada servil por causa del peligro, ni ahora me arrepiento de haberme defendido así, sino que prefiero mucho más morir habiéndome defendido así que vivir de aquella manera.
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Pues ni en los tribunales ni en la guerra es lícito, ni para mí ni para nadie, recurrir a cualquier medio para evitar la muerte a toda costa. En efecto, en las batallas resulta evidente a menudo que uno podría escapar de la muerte si abandonara las armas y se entregara a la clemencia de sus perseguidores; y existen muchos otros recursos en cada peligro para evitar la muerte, si uno se atreve a hacer y decir cualquier cosa. Pero tal vez no sea esto lo difícil, ciudadanos, evitar la muerte, sino que es mucho más difícil evitar la maldad, pues esta corre más rápido que la muerte. Y ahora yo, por ser lento y anciano, he sido alcanzado por la más lenta, mientras que mis acusadores, por ser hábiles y rápidos, han sido alcanzados por la más rápida, la maldad. Ahora yo me marcho, condenado por ustedes a la pena de muerte, mientras que ellos se marchan condenados por la verdad a la maldad y la injusticia. Yo me atengo a mi condena y ellos a la suya. Supongo que esto debía suceder así, y creo que es como debe ser. Pero, a continuación, deseo profetizarles a ustedes, los que han votado en mi contra; pues ya me encuentro en ese momento en que los hombres profetizan, cuando están a punto de morir. Les aseguro, hombres que me han matado, que les sobrevendrá un castigo inmediatamente después de mi muerte, mucho más duro, por Zeus, que aquel con el que me han matado; pues han hecho esto creyendo que se librarían de tener que dar cuenta de su vida, pero les sucederá todo lo contrario, según yo afirmo. Serán más numerosos los que les pidan cuentas, a quienes yo contenía sin que ustedes se dieran cuenta; y serán más severos cuanto más jóvenes sean, y ustedes se irritarán más. Pues si creen que matando a la gente impedirán que alguien les reproche que no viven rectamente, no piensan bien; pues esa forma de librarse no es ni posible ni noble, sino que la más noble y fácil es no reprimir a los demás, sino prepararse a uno mismo para ser lo mejor posible. Con esto, habiéndoles profetizado a ustedes que han votado en mi contra, me despido. Con los que han votado a mi favor, me gustaría conversar sobre este asunto que ha ocurrido, mientras los magistrados están ocupados y todavía no voy al lugar donde debo morir. Por tanto, ciudadanos, quédense conmigo este tiempo; pues nada impide conversar entre nosotros mientras es posible.
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Pues quiero mostrarles a ustedes, como amigos, qué significa lo que me ha sucedido. Pues a mí, jueces— y llamarlos jueces es lo correcto—, me ha ocurrido algo maravilloso. Mi habitual señal profética, la del daimon, en todo el tiempo anterior era siempre muy frecuente y se oponía incluso en cosas muy pequeñas si yo iba a hacer algo incorrecto. Pero ahora me ha sucedido lo que ustedes mismos ven, esto que uno podría considerar y se considera el mayor de los males; sin embargo, ni al salir de casa por la mañana se me opuso la señal del dios, ni cuando subía aquí al tribunal, ni en mi discurso en ningún momento cuando iba a decir algo. Y, sin embargo, en otros discursos me ha detenido muchas veces en medio de lo que decía; pero ahora, en este asunto, no se me ha opuesto ni en ninguna acción ni en ninguna palabra.¿ Cuál supongo que es la causa? Yo se los diré: es probable que lo que me ha sucedido sea un bien, y no es posible que pensemos correctamente los que creemos que morir es un mal. He tenido una gran prueba de ello; pues no es posible que la señal habitual no se me hubiera opuesto si no fuera a hacer algo bueno. Consideremos también de esta manera que hay una gran esperanza de que sea un bien. Pues morir es una de dos cosas: o bien es como no ser nada y el que muere no tiene ninguna percepción de nada, o bien, según se dice, resulta ser un cambio y una migración del alma de este lugar a otro. Y si no hay ninguna percepción, sino que es como un sueño cuando alguien duerme sin ver ni siquiera un sueño, la muerte sería una ganancia maravillosa; pues creo que si alguien tuviera que elegir esa noche en la que durmió tan profundamente que no vio ni un sueño, y comparando las otras noches y días de su vida con esa noche, tuviera que examinar y decir cuántos días y noches ha vivido mejor y más placenteramente que esa noche en su propia vida, creo que no solo un hombre común, sino el gran rey, encontraría que son fáciles de contar frente a los otros días y noches. Si, pues, la muerte es así, yo digo que es una ganancia; pues todo el tiempo no parece ser más que una sola noche. Pero si, por otra parte, la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar, y son verdaderas las cosas que se dicen, que allí están todos los que han muerto,¿ qué mayor bien podría haber que este, jueces?
41
Pues si alguien, al llegar al Hades, liberado de estos que dicen ser jueces, encuentra a los que son verdaderamente jueces, los que se dice que juzgan allí, Minos, Radamanto, Éaco y Triptólemo y todos los demás semidioses que fueron justos en su propia vida,¿ sería acaso una mala migración?¿ O cuánto daría alguno de ustedes por reunirse con Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero? Yo, por mi parte, estoy dispuesto a morir muchas veces si esto es verdad. Pues para mí mismo sería una estancia maravillosa allí, cuando me encontrara con Palamedes, con Áyax, hijo de Telamón, y con cualquier otro de los antiguos que murió a causa de un juicio injusto, comparando mis sufrimientos con los de ellos— lo cual, creo, no sería desagradable— y, sobre todo, pasar el tiempo examinando e investigando a los de allí, igual que a los de aquí, quién de ellos es sabio y quién cree serlo pero no lo es.¿ Cuánto daría uno, jueces, por examinar al que condujo el gran ejército contra Troya, o a Odiseo, o a Sísifo, o a otros miles que uno podría mencionar, hombres y mujeres, con quienes conversar, convivir y examinar allí sería una felicidad inefable? Ciertamente, no es por esto por lo que los de allí matan; pues, además de otras cosas, los de allí son más felices que los de aquí, y ya son inmortales por el resto del tiempo, si es que lo que se dice es verdad. Pero también ustedes, jueces, deben tener buenas esperanzas respecto a la muerte, y considerar esto como una verdad: que para un hombre bueno no hay mal alguno, ni vivo ni muerto, y sus asuntos no son descuidados por los dioses; ni lo mío ha sucedido ahora por azar, sino que me es evidente que ya era mejor para mí morir y librarme de mis asuntos. Por eso la señal no me apartó en ningún momento, y yo, por mi parte, no me irrito mucho con los que han votado en mi contra ni con mis acusadores. Aunque no votaron en mi contra ni me acusaron con esa intención, sino creyendo hacerme daño; por esto es justo reprocharles. Sin embargo, les pido esto: a mis hijos, cuando crezcan, castíguenlos, ciudadanos, molestándolos con lo mismo que yo los molestaba a ustedes, si les parece que se preocupan más por el dinero o por cualquier otra cosa que por la virtud, y si creen ser algo sin ser nada, reprochenles, como yo a ustedes, que no se preocupan de lo que deben y creen ser algo cuando no valen nada.
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Y si hacen esto, habré recibido justicia de ustedes, tanto yo como mis hijos. Pero ya es hora de irnos, yo a morir y ustedes a vivir; cuál de nosotros se dirige a un destino mejor, es incierto para todos excepto para el dios.

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