Amatoriae Narrationes
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/plutarch" aria-label="More works by Plutarch (plutarch)">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
En Haliarto de Beocia vivía una joven que destacaba por su belleza, llamada Aristoclea, hija de Teófanes. La pretendían Estratón de Orcómeno y Calístenes de Haliarto. Estratón era más rico y estaba algo más prendado de la doncella, pues había dado la casualidad de que la vio en Lebadea bañándose en la fuente Hercina, ya que ella iba a ejercer de canéfora para Zeus Rey. Sin embargo, Calístenes llevaba las de ganar, pues además era pariente de la joven. Teófanes, perplejo ante la situación, pues temía a Estratón, que superaba a casi todos los beocios en riqueza y linaje, quiso dejar la elección a Trofonio. Estratón, habiendo sido persuadido por los criados de la doncella de que ella se inclinaba más hacia él, exigió que la elección se hiciera sobre la propia novia. Cuando Teófanes preguntó a la joven a la vista de todos, ella prefirió a Calístenes. Estratón mostró inmediatamente su descontento por la afrenta, pero, tras dejar pasar dos días, se acercó a Teófanes y a Calístenes, pidiendo que se mantuviera la amistad con ellos, aunque hubiera sido privado del matrimonio por algún designio divino. Ellos elogiaron sus palabras, hasta el punto de invitarlo al banquete de bodas. Él, habiendo preparado a una multitud de compañeros y un número no pequeño de criados, dispersos entre ellos y ocultos, esperó hasta que la joven bajó, según la costumbre, a la fuente llamada Cisóesa para ofrecer los sacrificios nupciales; entonces, todos los que estaban emboscados corrieron y la capturaron. Estratón se aferró a la doncella; Calístenes, como era natural, y los que estaban con él, intentaron recuperarla, hasta que la joven murió accidentalmente en manos de quienes tiraban de ella en direcciones opuestas. Calístenes desapareció al instante, ya fuera quitándose la vida o marchándose al exilio fuera de Beocia; nadie pudo decir qué le había sucedido. Estratón, a la vista de todos, se degolló sobre la doncella.
2
Fidón, uno de los peloponesios, aspirando al poder y deseando que la ciudad de Argos, su patria, gobernara sobre las demás, conspiró primero contra los corintios. Envió a pedirles mil jóvenes que destacaran en vigor y valentía; ellos enviaron a los mil, nombrando a Dexandro como su general. Fidón, con la intención de atacarles para tener a Corinto más debilitada y poder utilizar la ciudad, pues esto sería un baluarte muy oportuno para todo el Peloponeso, confió la operación a algunos de sus compañeros. Entre ellos estaba Abrón, quien, siendo huésped de Dexandro, le reveló la conspiración. Así, los fliasios se salvaron antes del ataque hacia Corinto, y Fidón intentó encontrar al traidor y lo buscó con diligencia. Abrón, temeroso, huyó a Corinto, llevándose a su mujer y a sus criados, a Meliso, una aldea del territorio corintio, donde, tras engendrar un hijo, lo llamó Meliso, tomando el nombre del lugar. De este Meliso nace un hijo, Acteón, el más hermoso y sensato de sus coetáneos, de quien hubo muchos amantes, pero destacadamente Arquias, quien, siendo del linaje de los Heráclidas, era el más brillante de los corintios en riqueza y demás poder. Como no podía persuadir al joven, decidió usar la fuerza y arrebatar al muchacho; por tanto, irrumpió en la casa de Meliso, llevando consigo una multitud de amigos y criados, e intentó llevarse al joven. Al oponerse el padre y los amigos, y al salir corriendo también los vecinos para tirar de él, Acteón murió mientras era arrastrado; y ellos se retiraron de esa manera. Meliso llevó el cadáver del niño al ágora de los corintios y lo exhibió, exigiendo justicia contra los que habían hecho aquello; pero ellos no hicieron más que compadecer al hombre. Tras retirarse sin éxito, esperó a la festividad de los Ístmicos, subió al templo de Poseidón, denunció a los Baquíadas y recordó la buena acción de su padre Abrón, y, tras invocar a los dioses, se arrojó desde las rocas. No mucho después, una sequía y una peste se apoderaron de la ciudad y, consultando los corintios sobre cómo librarse, el dios respondió que era la ira de Poseidón, que no cesaría hasta que vengaran la muerte de Acteón. Al enterarse de esto Arquias, pues él mismo era teoro, no regresó voluntariamente a Corinto, sino que, navegando a Sicilia, fundó Siracusa. Habiendo tenido allí dos hijas, Ortigia y Siracusa, fue asesinado por Télefo, quien había sido su favorito y, al mando de una nave, había navegado con él a Sicilia.
3
Un hombre pobre llamado Escedas vivía en Leuctra; es una pequeña aldea del territorio de los tespies. Este tenía dos hijas; se llamaban Hipo y Miletia, o, según algunos, Teano y Euxipe. Escedas era un hombre honrado y amable con los extranjeros, aunque no poseía muchas riquezas. Por tanto, acogió con entusiasmo a dos jóvenes espartanos que llegaron a él; estos, prendados de las doncellas, se veían frenados en su audacia por la honradez de Escedas. Al día siguiente partieron hacia Pitón, pues ese era el camino que tenían previsto; tras consultar al dios sobre lo que necesitaban, regresaron de nuevo a casa y, al pasar por Beocia, se detuvieron otra vez en la casa de Escedas. Él no se encontraba en Leuctra, pero sus hijas, siguiendo la costumbre habitual, acogieron a los extranjeros. Estos, al encontrar a las jóvenes solas, las violaron; al ver que ellas se enfurecían excesivamente por el ultraje, las mataron, las arrojaron a un pozo y se marcharon. Al regresar Escedas, no vio a las jóvenes, pero encontró todo lo que había quedado intacto y estaba perplejo por el asunto, hasta que, al ver a la perra gimoteando y corriendo repetidamente hacia él y volviendo desde él hacia el pozo, conjeturó lo que había ocurrido y así rescató los cadáveres de sus hijas. Al enterarse por los vecinos de que habían visto el día anterior entrar a los lacedemonios que habían estado allí días atrás, dedujo la acción de aquellos, ya que también días atrás elogiaban constantemente a las jóvenes, felicitando a quienes se casaran con ellas. Partió hacia Lacedemonia para entrevistarse con los éforos; al llegar a la Argólida, al caer la noche, se alojó en una posada; en la misma se encontraba también otro anciano, natural de Oreos, ciudad de la Hestieótide; al oírlo gemir y lanzar maldiciones contra los lacedemonios, Escedas le preguntó qué mal había sufrido a manos de los lacedemonios. Él relató que, siendo súbdito de Esparta, Aristodemo, enviado a Oreos como harmosta por los lacedemonios, había mostrado mucha crueldad e ilegalidad. Pues dijo que, habiéndose enamorado de mi hijo, al no poder persuadirlo, intentó violarlo y llevárselo de la palestra; al oponerse el maestro de gimnasia y al acudir en auxilio muchos jóvenes, Aristodemo se retiró al instante; pero al día siguiente, tras llenar un trirreme, secuestró al joven y, tras navegar desde Oreos a la costa opuesta, intentó ultrajarlo, y como no se lo permitía, lo degolló. Al regresar a Oreos, se dio un banquete. Yo, dijo, al enterarme de lo ocurrido y tras dar sepultura al cuerpo, me presenté en Esparta y me entrevisté con los éforos; pero ellos no hicieron caso. Escedas, al oír esto, se sintió desanimado, suponiendo que los espartanos tampoco harían caso de su propio caso, y relató a su vez su propia desgracia al extranjero; este le aconsejó que ni siquiera se entrevistara con los éforos, sino que, regresando a Beocia, erigiera la tumba de sus hijas. Sin embargo, Escedas no se dejó convencer, sino que, al llegar a Esparta, se entrevistó con los éforos; como no le prestaban atención, se dirigió a los reyes y, partiendo de ellos, se acercó a cada uno de los ciudadanos y se lamentaba. Al no conseguir nada más, corría por el centro de la ciudad, levantando las manos hacia el sol y, a su vez, golpeando la tierra, invocaba a las Erinias y, finalmente, se quitó la vida. Sin embargo, en un tiempo posterior, los lacedemonios pagaron las culpas; pues, cuando dominaban a todos los griegos y habían ocupado las ciudades con guarniciones, Epaminondas el tebano primero degolló a la guarnición lacedemonia que estaba con él; al declarar estos la guerra por este motivo, los tebanos acudieron a Leuctra, considerando el lugar propicio, porque también anteriormente fueron liberados allí, cuando Anfitrión, tras ser expulsado como exiliado por Esténelo, llegó a la ciudad de los tebanos y, tras tomar a los calcideos como tributarios, puso fin al impuesto, matando a Calcodonte, el rey de los eubeos. Sucedió que los lacedemonios sufrieron una derrota total alrededor del mismo monumento de las hijas de Escedas. Dicen que antes de la batalla, Pelópidas, uno de los generales del ejército tebano, al estar perturbado por algunos signos que no se consideraban buenos, Escedas se le apareció en sueños, ordenándole que tuviera confianza; pues los lacedemonios llegaban a Leuctra para pagarle cuentas a él y a sus hijas; y un día antes de enfrentarse a los lacedemonios, le ordenó sacrificar un potro blanco junto a la tumba de las doncellas. Pelópidas, mientras los lacedemonios aún estaban acampados en Tegea, envió a Leuctra a quienes debían investigar sobre esta tumba, y, tras enterarse por los habitantes locales, sacó al ejército con confianza y venció.
4
Foco era beocio de linaje, pues era de Glisante, y padre de Calírroe, que destacaba por su belleza y sensatez. La pretendían treinta jóvenes de los más reputados de Beocia; Foco ponía una tras otra excusas para retrasar las bodas, temiendo que fuera forzada, pero al final, ante la insistencia de aquellos, exigió que la elección se hiciera en el Pitio. Ellos se enfurecieron ante la propuesta y, lanzándose, mataron a Foco; en medio del tumulto, la joven huyó y corrió por el campo; los jóvenes la perseguían. Ella, al encontrarse con unos campesinos que estaban construyendo una era, obtuvo la salvación gracias a ellos; pues los campesinos la ocultaron en el trigo y así los perseguidores pasaron de largo; ella, tras salvarse, guardó la fiesta de las Panbeocias y, al llegar entonces a Coronea, se sentó como suplicante en el altar de Atenea Itonia y relató la ilegalidad de los pretendientes, señalando el nombre y la patria de cada uno. Los beocios compadecieron a la niña y se indignaron contra los jóvenes; estos, al enterarse de esto, se refugiaron en Orcómeno. Como los orcomenios no los recibieron, se lanzaron hacia Hipotas, una aldea situada junto al Helicón, entre Tisbe y Coronea; ellos los acogieron. Luego, los tebanos enviaron a pedir a los asesinos de Foco; como no los entregaban, hicieron una expedición junto con los demás beocios, bajo el mando de Foidas, quien entonces dirigía el gobierno de los tebanos; tras sitiar la aldea, que era fortificada, y al ser vencidos los de dentro por la sed, lapidaron a los asesinos capturados y esclavizaron a los de la aldea; tras arrasar las murallas y las casas, repartieron el territorio entre los tisbeos y los coroneos. Dicen que de noche, antes de la toma de Hipotas, se escuchó muchas veces una voz desde el Helicón diciendo alguien" estoy presente"; y que los treinta pretendientes reconocieron este sonido, que era el de Foco. El día que fueron lapidados, dicen que el monumento del anciano en Glisante manó azafrán; y a Foidas, el gobernante y general de los tebanos, al regresar de la batalla, se le anunció que había nacido una hija, a la que, considerándolo un buen augurio, llamó Nicóstrata.
5
Alquipo era lacedemonio de linaje; tras casarse con Damocrita, se convierte en padre de dos hijas; como aconsejaba a la ciudad lo mejor y hacía lo que los lacedemonios necesitaban, fue envidiado por sus opositores políticos, quienes, engañando a los éforos con palabras falsas, como que Alquipo quería destruir las leyes, condenaron al hombre al exilio. Él se marchó de Esparta, pero a su mujer Damocrita, que quería seguir a su marido, se lo impidieron, e incluso confiscaron sus bienes para que las doncellas no tuvieran dote. Como aun así algunos pretendían a las jóvenes por la virtud de su padre, los enemigos prohibieron mediante un decreto que alguien pretendiera a las doncellas, diciendo que su madre Damocrita había rezado muchas veces para que sus hijas engendraran pronto hijos que fueran vengadores de su padre. Damocrita, acosada por todas partes, esperó a una festividad pública en la que las mujeres celebraban junto con las doncellas, los familiares y los niños, mientras que las de los magistrados celebraban toda la noche por su cuenta en un gran andrón; tras ceñirse una espada y tomar a las hijas, llegó de noche al santuario, tras haber vigilado el momento en que todas realizaban el misterio en el andrón y, estando cerradas las entradas, tras amontonar mucha leña en las puertas, que había sido preparada por ellas para el sacrificio de la festividad, prendió fuego. Al acudir los hombres en auxilio, Damocrita degolló a sus hijas y a sí misma sobre ellas. Los lacedemonios, al no tener dónde descargar su ira, arrojaron los cuerpos de Damocrita y de sus hijas fuera de los límites. Por lo cual, al enfurecerse el dios, cuentan que sobrevino a los lacedemonios el gran terremoto.