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Original / primary: Spanish Gemini
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No ignoramos, Eufanes, que tú, como admirador de Píndaro, tienes a menudo en tus labios el verso que él pronunció con acierto y persuasión:« la ocasión de las competiciones arroja la virtud a una profunda oscuridad». Pero puesto que las reticencias y la molicie ante las contiendas políticas, que se escudan en tales pretextos, nos traen finalmente la vejez como si fuera un refugio sagrado, y dado que parecen embotar y avergonzar el afán de gloria— convenciéndonos de que existe un final apropiado no solo para la actividad atlética, sino también para la política—, creo necesario exponer ante ti lo que reflexiono para mis adentros sobre la vida política en la ancianidad.¿ Cómo? Para que ninguno de los dos abandone el largo camino que hemos recorrido juntos hasta aquí, ni deseche la vida política como si fuera un amigo de la misma edad y de toda la vida para cambiarlo por otro desconocido, con el que no hay tiempo de intimar y familiarizarse; sino que perseveremos en lo que elegimos desde el principio, haciendo del vivir bien el fin de la vida, si es que no pretendemos, en el poco tiempo que nos queda, demostrar que el largo tiempo anterior fue malgastado en vano. Pues la tiranía, como alguien dijo a Dionisio, no es un buen sudario; a aquel, en efecto, el no haber cesado en su monarquía junto con su injusticia le hizo la desgracia más completa. Y bien dijo Diógenes más tarde en Corinto, al ver a su hijo convertido en un particular tras haber sido tirano:«¡ Qué indignamente actúas, Dionisio! No debías vivir aquí con nosotros libre y sin temor, sino haber vivido hasta la vejez allí, empotrado en la tiranía». En cambio, una democracia legítima y legal añade al morir, como un verdadero sudario, la gloria obtenida en vida a aquel hombre acostumbrado a ofrecerse a sí mismo no menos útilmente como gobernado que como gobernante. Pues esto es lo último que se hunde bajo tierra, como dice Simónides, salvo aquello en lo que la filantropía y el amor por lo bello mueren antes, y el celo por las cosas nobles desfallece antes que el deseo de las necesidades, ya que las partes prácticas y divinas del alma son más duraderas que las pasionales y corporales. Esto ni siquiera es bueno decirlo ni aceptarlo de quienes lo dicen, como si solo ganáramos al no fatigarnos, sino que hay que llevar el dicho de Tucídides hacia lo mejor, considerando que no solo el afán de gloria es inmortal, sino más bien el espíritu social y político, que permanece hasta el fin incluso en las hormigas y en las abejas; pues nadie ha visto jamás a una abeja convertirse en zángano por la vejez, como algunos pretenden que los políticos, cuando declinan, se sienten en casa a comer y se retiren, permitiendo que la virtud práctica se extinga por la inactividad, como el hierro por el orín. Pues Catón decía que, teniendo la vejez muchas desgracias propias, no hay que añadirle voluntariamente la vergüenza que proviene de la maldad; y de muchas maldades, ninguna avergüenza tanto a un anciano como la inacción, la cobardía y la molicie, al descender de los cargos políticos a la vida doméstica de las mujeres o a observar en el campo a las espigadoras y segadores.¿ Y dónde están los célebres enigmas de Edipo? Pues el comenzar a participar en la política en la vejez y no antes, como dicen que Epiménides, tras quedarse dormido siendo joven, despertó anciano cincuenta años después, y luego, dejando de lado una tranquilidad tan larga y vivida, arrojarse a contiendas y ocupaciones, siendo inexperto y sin entrenamiento, y sin haber tratado ni con asuntos políticos ni con hombres, quizás daría pie a que alguien, reprochándoselo, le dijera con la Pitia:« Llegas tarde buscando el mando y la demagogia, y a destiempo llamas a la puerta del generalato», como alguien que, siendo poco experto, ha llegado de noche a una fiesta, o como un extranjero que cambia no de lugar ni de país, sino de vida, de la cual no ha hecho experiencia. Pues el dicho« la ciudad enseña al hombre», según Simónides, es verdadero para aquellos que aún tienen tiempo de ser enseñados y aprender de nuevo una lección que, a través de muchas luchas y asuntos, apenas se logra, siempre que se tome en el momento oportuno de la naturaleza, que aún puede soportar el esfuerzo y la adversidad con facilidad. Esto parecerá a algunos que no está mal dicho contra quien comienza en la vejez a participar en la política.
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Y, sin embargo, vemos lo contrario: que los sensatos disuaden a los jóvenes y a los adolescentes de ocuparse de los asuntos públicos; y los mismos magistrados dan testimonio de ello mediante el heraldo en las asambleas, al no invitar a subir a la tribuna primero a Alcibíades ni a Piteas, sino a los mayores de cincuenta años, exhortándoles a hablar y aconsejar; pues no es tanto la falta de costumbre de la audacia y la carencia de experiencia, sino el respeto a los mayores lo que cada uno de los soldados tiene. Catón, defendiéndose en un juicio a los ochenta años, dijo que era difícil haber vivido con unos y tener que defenderse ante otros. Y todos admiten que los actos políticos de César, el que derrocó a Antonio, fueron mucho más reales y beneficiosos para el pueblo hacia el final de su vida; él mismo, corrigiendo severamente a los jóvenes con costumbres y leyes, cuando estos protestaron, dijo:« Escuchad, jóvenes, a un anciano a quien los ancianos escuchaban cuando era joven». La política de Pericles tuvo su mayor fuerza en la vejez, cuando convenció a los atenienses de emprender la guerra; y cuando estos, impacientes, querían luchar contra sesenta mil hoplitas, se opuso y los contuvo, casi sellando las armas del pueblo y las llaves de las puertas. Pero, además, lo que Jenofonte escribió sobre Agesilao es digno de citarse con sus mismas palabras:«¿ De qué juventud no pareció mejor la vejez de aquel?¿ Quién, estando en su plenitud, fue tan temible para los enemigos como Agesilao, teniendo la mayor edad de la vida?¿ De quién se alegraron más los enemigos al desaparecer que de Agesilao, a pesar de haber muerto anciano?¿ Quién dio más ánimo a los aliados que Agesilao, a pesar de estar ya al final de su vida?¿ A qué joven echaron más de menos los amigos que a Agesilao, muerto anciano?»
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Entonces,¿ el tiempo no impedía a aquellos realizar tales hazañas, y nosotros, que ahora nos damos la gran vida en políticas que no tienen tiranía, ni guerra, ni asedio, sino contiendas sin armas y ambiciones que se resuelven en su mayor parte por ley y por la palabra con justicia, nos acobardamos? Admitiendo ser peores no solo que los generales y demagogos de entonces, sino también que los poetas, sofistas y actores; pues Simónides ganaba en la vejez en los coros, como lo demuestra el epigrama en sus últimos versos:« Y en la enseñanza, Simónides obtuvo la gloria a los ochenta años, hijo de Leoprepes». Se dice que Sófocles, cuando sus hijos lo llevaron a juicio por demencia, leyó el párodos de Edipo en Colono, que comienza:« Forastero, has llegado a los lugares de esta tierra, la más hermosa del mundo, al blanco Colono, donde el ruiseñor de voz clara se lamenta frecuentemente bajo los verdes valles». Y habiendo resultado el canto maravilloso, fue escoltado desde el tribunal como si fuera desde el teatro, entre aplausos y gritos de los presentes. Y este es, según se admite, el epigrama de Sófocles:« Sófocles compuso una oda para Heródoto cuando tenía cincuenta y cinco años». A Filemón el cómico y a Alexis la muerte los sorprendió compitiendo en la escena y siendo coronados. Eratóstenes y Filócoro cuentan que el actor trágico Polo, a los setenta años, compitió con ocho tragedias en cuatro días, poco antes de su muerte.
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¿ Acaso no es vergonzoso que los ancianos de la escena parezcan más nobles que los de la tribuna, y que, retirándose de las competiciones verdaderamente sagradas, se despojen de su máscara política, no sé por cuál otra la cambian? Pues también la agricultura es humilde comparada con la real; donde Demóstenes dice que la Páralo, siendo una trirreme sagrada, sufría indignidades al transportar madera, estacas y ganado para Midias,¿ cómo no parecerá que un hombre político, dejando de lado las presidencias de los juegos, los beotarcas y las presidencias entre los anfictiones, para ser visto midiendo cebada y orujo y esquilando ovejas, se está imponiendo a sí mismo lo que se llama la vejez del caballo, sin que nadie lo obligue? Ciertamente, ocuparse de un trabajo vulgar y comercial después de la política es como quitarle a una mujer libre y sensata su vestimenta y darle un taparrabos para que se ocupe en una taberna; pues así se pierde la dignidad y la grandeza de la virtud política al ser llevada a ciertas economías y negocios. Y si, lo que queda, llamando descanso a las complacencias, los placeres y los lujos, exhortan al político a envejecer marchitándose en ellos, no sé a cuál de las dos imágenes vergonzosas parecerá convenir más la vida: si a la de aquellos que celebran fiestas de Afrodita para los marineros, no teniendo la nave en el puerto, sino dejándola navegar todavía; o como algunos que, bromeando sobre Heracles, no lo pintan bien, dándole a vestir una túnica azafranada entre las esclavas lidias para abanicarse y tejer, así, despojando al político de la piel de león y acostándolo, lo festejaremos siempre siendo cantado y acompañado por flautas, sin dejarnos confundir ni siquiera por la voz de Pompeyo Magno ante Lúculo, quien, habiendo dejado las campañas y la política por baños, cenas, reuniones diurnas, mucho lujo y construcciones de edificios de nuevo estilo, acusaba a Pompeyo de ambición y afán de gloria impropios de su edad; pues Pompeyo dijo que es más inoportuno para un anciano el lujo que el mando; y cuando el médico le recetó a un enfermo un zorzal, y era difícil de conseguir y fuera de temporada, y alguien dijo que en casa de Lúculo se criaban muchos, no envió ni aceptó, diciendo:« Entonces, si Lúculo no se diera la gran vida,¿ Pompeyo no viviría?»
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Pues incluso si la naturaleza busca a toda costa lo agradable y el regocijo, el cuerpo de los ancianos ha renunciado a todos los placeres, salvo a unos pocos necesarios, y no solo Afrodita se molesta con los ancianos, como dice Eurípides, sino que también los deseos de bebida y comida, embotados en su mayoría y sin dientes, apenas los estimulan y los arañan; pero en el alma hay que preparar placeres que no sean innobles ni serviles, como decía Simónides a quienes le reprochaban su avaricia, que, privado de los otros placeres por la vejez, se alimenta todavía de uno solo: el de ganar dinero. Pero la política tiene los placeres más bellos y grandes, de los cuales es probable que los dioses se alegren, si no solo, al menos principalmente; estos son los que produce el hacer el bien y realizar algo noble. Pues si Nicias el pintor se alegraba tanto con las obras de su arte que preguntaba a menudo a sus criados si se había bañado y almorzado, y a Arquímedes, que estaba pegado a su tablilla, sus criados lo arrancaban a la fuerza y lo desnudaban para ungirlo, y él trazaba las figuras sobre su cuerpo ungido; y Cánones el flautista, a quien tú también conoces, decía que los hombres no sabían a quién alegraba más él tocando la flauta, si a sí mismo o a los demás, pues recibiría un salario y no lo daría a quienes quisieran escuchar;¿ acaso no imaginamos qué grandes placeres proporcionan las virtudes a quienes las usan a partir de las acciones nobles, las obras sociales y filantrópicas, no rascando ni mimando, como los movimientos que se vuelven suaves y agradables para la carne? Pero estos tienen un cosquilleo espasmódico, inestable y mezclado con palpitación, mientras que aquellos, basados en las obras nobles, de las cuales el político que actúa correctamente es artífice, no con las alas de oro de Eurípides, sino con aquellas platónicas y celestiales, elevan el alma que adquiere grandeza y altivez junto con alegría.
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Recuérdate lo que has oído muchas veces: Epaminondas, al ser preguntado qué fue lo más dulce para él, respondió que haber vencido en la batalla de Leuctra viviendo aún su padre y su madre. Y Sila, cuando tras limpiar Italia de las guerras civiles se acercó a Roma por primera vez, no durmió ni un poco en la noche, llevado por la alegría y el gozo como por un soplo en el alma; y esto mismo escribió sobre sí mismo en sus memorias. Pues que no haya nada más dulce de oír que el elogio, según Jenofonte, y no hay espectáculo, recuerdo o pensamiento de las cosas existentes que traiga tanta gracia como la revisión de las propias acciones en los cargos y en la política, como en lugares brillantes y públicos. No obstante, también una gracia benévola que da testimonio de las obras y un elogio que compite, guía de una justicia justa, añade una especie de luz y brillo a quien se alegra de la virtud, y no hay que descuidar, como una corona atlética que se vuelve seca en la vejez, la gloria, sino que, aportando siempre algo nuevo y reciente, hay que despertar la gracia de los antiguos y hacerla mejor y permanente, como los artesanos, a quienes incumbía cuidar que el barco de Delos estuviera intacto, sustituyendo las maderas que se estropeaban por otras y ensamblándolas, parecían preservar desde aquellos tiempos algo eterno e incorruptible. Y la salvación y el mantenimiento de la gloria y de la llama no es difícil, sino que necesita pequeñas brasas, pero una vez extinguida y enfriada, nadie podría encenderla de nuevo sin esfuerzo. Y como Lampis el capitán, al ser preguntado cómo obtuvo su riqueza, dijo que la grande no sin esfuerzo, pero la pequeña con esfuerzo y lentamente; así, obtener gloria y poder político al principio no es fácil, pero aumentarlo y preservarlo una vez que se ha vuelto grande es fácil a partir de las cosas que suceden. Pues ni un amigo, cuando lo es, busca muchas liturgias y grandes para seguir siendo amigo, sino que con pequeños signos preserva siempre la lealtad; y la amistad y la confianza del pueblo, no necesitando siempre de quien provea, ni de quien defienda, ni de quien gobierne, se mantiene por la misma disposición y por no abandonar ni desfallecer en el cuidado y la atención. Pues ni las campañas tienen siempre formaciones, batallas y asedios, sino que hay veces que aceptan sacrificios, reuniones intermedias y un ocio abundante en juegos y tonterías.¿ De dónde, pues, hay que temer la política, como si fuera inconsolable, muy trabajosa y pesada, donde incluso los teatros, las procesiones, los repartos, los coros, la Musa, Aglaia y el honor de algún dios siempre relajan el ceño de cualquier magistratura y asamblea, devolviendo un placer y una satisfacción mucho mayores?
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El mayor mal que tienen las políticas, la envidia, es lo que menos se enfrenta a la vejez; pues los perros ladran a quien no conocen, según Heráclito, y luchan contra quien comienza como si estuviera en las puertas de la tribuna y no le dan paso; pero la gloria familiar y habitual la soportan no de forma salvaje ni cruel, sino con suavidad. Por eso algunos comparan la envidia con el humo; pues es mucho en los que comienzan debido a que arden, pero cuando brillan, desaparece. Y contra las otras superioridades luchan y disputan por virtud, linaje y ambición, como si se quitaran a sí mismos lo que ceden a otros; pero el primado que proviene del tiempo, que se llama propiamente primacía,¿ es acaso objeto de celos? Y al ser cedido, pues a ningún honor le sucede tanto adornar al que honra más que al honrado, como al de los ancianos. Además, el poder que proviene de la riqueza, de la elocuencia o de la sabiduría no todos esperan obtenerlo para sí, pero la estima y la gloria a las que conduce la vejez, nadie de los que participan en la política las desespera. Por tanto, no hay diferencia entre un piloto que ha navegado peligrosamente contra una ola y un viento contrarios, y que busca anclar cuando llega la calma y el buen tiempo, y aquel que ha luchado contra la envidia durante mucho tiempo, y luego, habiendo cesado y calmado, se retira de la política, dejando junto con las acciones las asociaciones y las amistades. Pues cuanto más tiempo ha pasado, más amigos y compañeros de lucha ha hecho, a los cuales no es posible llevarse a todos consigo, como un maestro a un coro, ni es justo abandonarlos; sino que, como los árboles viejos, no es fácil arrancar la larga política, siendo de raíces profundas y enredada en asuntos, que proporcionan más disturbios y desgarros a los que se van que a los que se quedan. Y si queda algún resto de envidia o rivalidad contra los ancianos de las contiendas políticas, hay que extinguirlo con el poder más que dar la espalda, yéndose desnudos y desarmados; pues no atacan tanto a los que luchan por envidia como a los que, habiendo renunciado, desprecian.
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Da testimonio de ello lo dicho por Epaminondas el grande a los tebanos, cuando en invierno los arcadios les invitaban a alojarse en las casas entrando en la ciudad; pues no lo permitió, sino que dijo:« Ahora os admiran y os observan mientras os ejercitáis en las armas y lucháis; pero si os ven sentados junto al fuego comiendo habas, no pensarán que sois diferentes a ellos». Así de solemne es el espectáculo de un anciano que dice y hace algo y es honrado, mientras que el que pasa el día en la cama o sentado en un rincón de la estoa charlando y sonándose la nariz es despreciable. Y esto, sin duda, lo enseña también Homero a los que escuchan correctamente; pues Néstor, haciendo campaña en Troya, era solemne y muy honrado, mientras que Peleo y Laertes, quedándose en casa, fueron desechados y despreciados. Pues ni la disposición de pensar permanece igual en los que se han abandonado, sino que, relajándose y disolviéndose por la inactividad, desea siempre algún ejercicio de reflexión, que despierte y limpie la capacidad lógica y práctica; pues brilla en las necesidades, como el bronce bien cuidado. Pues no es tanto la debilidad del cuerpo un mal que se añade a las políticas de los que van a la tribuna y al generalato fuera de edad, cuanto tienen de bien la prudencia y la sensatez, y el no dejarse llevar por lo que no parece, sino que unas cosas caen por error y otras por gloria vana sobre los asuntos públicos y arrastran a la multitud, como el mar agitado por los vientos, sino usar con suavidad y moderación lo que se encuentra. De donde las ciudades, cuando tropiezan o tienen miedo, desean el mando de hombres más ancianos; y a menudo, bajando del campo a un anciano que no lo pide ni lo quiere, lo obligaron a que, como si tocara los timones, pusiera los asuntos en lugar seguro, dejando de lado a generales y demagogos capaces de gritar mucho y hablar sin aliento y, por Zeus, de luchar bien cruzando ante los enemigos, como los oradores en Atenas, desnudando a Cares, hijo de Teocares, ante Timoteo e Ifícrates, que estaban en la plenitud de su cuerpo y eran vigorosos, pretendían que tal fuera el general de los atenienses; pero Timoteo dijo:«¡ No, por los dioses!», sino que tal debía ser el que llevara las mantas al general, y el general debía ser el que viera hacia adelante y hacia atrás los asuntos y no se dejara perturbar por ninguna pasión en los cálculos sobre lo conveniente. Pues Sófocles dijo con alegría haber envejecido y escapado de los placeres de Afrodita como de un amo salvaje y furioso; y en las políticas no hay que escapar de un solo amo, el amor por los niños o las mujeres, sino de muchos más locos que este: la rivalidad, la ambición, el deseo de ser el primero y el más grande, enfermedad muy fértil de envidia, celos y discordia, de los cuales la vejez relaja y embota unos, y otros los extingue y enfría por completo, no quitando tanto el impulso práctico cuanto aparta de las pasiones desenfrenadas y ardientes, de modo que aporta a las reflexiones un juicio sobrio y establecido.
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No obstante, sea y parezca un discurso disuasorio el que se dice contra el que comienza a comportarse como joven en las canas y que ataca a un anciano que se mueve hacia el generalato o la gestión desde una larga inactividad, como si se levantara de una enfermedad:« Quédate, infeliz, tranquilo en tu lecho»; pero el que no permite que quien ha vivido en acciones políticas y ha luchado llegue a la antorcha y a la meta de la vida, sino que lo llama y le ordena cambiar como de un largo camino, es totalmente insensato y no se parece en nada a aquel. Pues así como el que disuade a un anciano que se prepara para casarse, coronado y perfumado, y dice lo que a Filoctetes:«¿ Qué novia, qué joven doncella te aceptaría?¡ Qué bien, infeliz, estás para casarte!», no es absurdo, pues ellos mismos bromean mucho sobre sí mismos:« Me caso siendo viejo, lo sé bien, y para los vecinos»; pero el que piensa que quien lleva mucho tiempo conviviendo y viviendo juntos sin reproche debe dejar a su mujer por la vejez y vivir solo o atraerse a una concubina en lugar de la legítima, no ha dejado de lado la exageración de la torpeza. Así tiene algún sentido aconsejar y retener en la inactividad habitual a un anciano que se acerca al pueblo, ya sea Clidón el agricultor o Lampón el capitán o alguno de los filósofos del jardín; pero el que se apodera de Foción, de Catón o de Pericles y dice:« Oh, extranjero ateniense o romano, que te marchitas en una vejez seca», escribiendo una renuncia a la política y dejando las ocupaciones en torno a la tribuna y el generalato, y se apresura al campo para estar con la agricultura como acompañante o para disponer el tiempo restante en alguna economía y cálculos, persuade al político a hacer cosas injustas y desagradecidas.
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Entonces,¿ qué? Alguien podría decir,¿ no oímos en la comedia a un soldado decir:« Una cana me hace cobrar sueldo desde entonces»?¡ Por supuesto, compañero! Pues a los servidores de Ares les conviene estar en la flor de la vida y en su plenitud, ocupándose de la guerra y de las terribles obras de la guerra, en las cuales, aunque el casco oculte las canas del anciano, los miembros se vuelven pesados en secreto y la fuerza abandona el entusiasmo; pero a los servidores de Zeus Bulaios, Agoraios y Polieus no les exigimos obras de pies y manos, sino de consejo, previsión y palabra, que no haga estruendo y ruido en el pueblo, sino que tenga juicio, reflexión sensata y seguridad, a los cuales la cana y la arruga, objeto de burla, aparece como testigo de experiencia, y añade al mismo tiempo un colaborador de persuasión y gloria de carácter. Pues la juventud es obediente, pero la vejez es dirigente, y la ciudad se salva especialmente donde hay consejos de ancianos, y las lanzas de los hombres jóvenes son eficaces, y el consejo de los ancianos magnánimos junto a la nave de Néstor es maravillosamente alabado. Por eso, la aristocracia que en Lacedemonia fue unida a los reyes, el Pitio la llamó« de ancianos», y Licurgo los llamó directamente« ancianos», y el senado de los romanos hasta hoy se llama« gerusía». Y así como la ley pone la diadema y la corona, así la naturaleza pone la cana como símbolo honorable de un cargo dirigente, y el honor y el nombre de honrar, creo, siendo un nombre solemne que proviene de los ancianos, permanece, no porque se bañen con agua caliente y duerman más suavemente, sino porque tienen un rango real en las ciudades según la prudencia, de la cual, como de una planta de fruto tardío, la naturaleza apenas devuelve el bien propio y perfecto en la vejez. Al menos, nadie de los aqueos, guerreros y que respiraban valor, reprochó al rey de reyes cuando rezaba a los dioses:«¡ Ojalá tuviera diez consejeros así entre los aqueos como era Néstor!», sino que todos concedían que no solo en la política, sino también en la guerra, la vejez tiene un gran peso; pues un consejo sabio vence a muchas manos, y una sola opinión que tiene razón y persuasión logra las cosas más bellas y grandes de los asuntos comunes.
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Pero, además, la monarquía, siendo la más completa de todas y la mayor de las políticas, tiene muchas preocupaciones, trabajos y ocupaciones; al menos decían que Seleuco decía siempre que, si la mayoría supiera lo trabajoso que es solo escribir tantas cartas y leerlas, no recogería una diadema tirada; y Filipo, cuando estaba a punto de acampar en un buen lugar, al oír que no había forraje para las bestias de carga, dijo:«¡ Oh, Heracles, qué vida la nuestra, si tenemos que vivir incluso según el tiempo de los asnos!». Es hora, pues, de aconsejar también a un rey que se ha hecho anciano que deje la diadema y la púrpura, y tomando un manto y un cayado, pase el tiempo en el campo, para que no parezca que hace cosas inoportunas y fuera de tiempo reinando en las canas. Y si no es digno decir esto sobre Agesilao, Numa y Darío, ni saquemos a Solón del consejo del Areópago ni a Catón del senado por la vejez, entonces tampoco aconsejemos a Pericles abandonar la democracia; pues tampoco tiene sentido que, siendo joven, salte sobre la tribuna, y luego, habiendo derramado aquellas ambiciones maníacas e impulsos hacia lo público, cuando llegue la edad que aporta el juicio por la experiencia, los suelte y abandone la política como a una mujer después de haberla usado.
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Pues la zorra de Esopo no dejaba que el erizo le quitara las garrapatas; pues decía que si te deshaces de estas que están llenas, otras vendrán hambrientas; pero la política que siempre expulsa a los ancianos, es necesario que se llene de jóvenes sedientos de gloria y poder, pero que no tienen juicio político;¿ de dónde, si no serán discípulos ni espectadores de un anciano que participa en la política?¿ O acaso las letras no hacen a los capitanes de barcos, si no han estado muchas veces en la popa como espectadores de las luchas contra la ola, el viento y la noche invernal, cuando el deseo de los hermanos Tindáridas golpea al marinero del mar?¿ Podría un joven manejar una ciudad y persuadir a un pueblo o a un consejo correctamente habiendo leído un libro o escrito un tratado sobre política en el Liceo, si no ha estado muchas veces ante el timón y ante el mando, inclinándose hacia ambos lados con las experiencias y fortunas de los demagogos y generales que luchan, y ha obtenido el aprendizaje a través de peligros y asuntos? No se puede decir; sino que, si por ninguna otra razón, el anciano debe participar en la política por la educación y enseñanza de los jóvenes. Pues como los que enseñan letras y música, ellos mismos tocan y leen primero guiando a los que aprenden, así el político, no solo diciendo ni dictando desde fuera, sino haciendo las cosas comunes y administrando, guía al joven, siendo moldeado y configurado vivamente con obras y palabras. Pues el que ha sido entrenado de esta manera, no en palestras y unciones sin peligro de sofistas bien ordenados, sino verdaderamente en las competiciones olímpicas y píticas,« como un potro sin freno corre junto al caballo», según Simónides, como Arístides con Clístenes, Cimón con Arístides, Foción con Cabrias, Catón con Máximo Fabio, y Pompeyo con Sila y Polibio con Filopemen; pues siendo jóvenes y uniéndose a los mayores, luego, como brotando y levantándose junto con las políticas y acciones de aquellos, obtenían experiencia y costumbre para los asuntos comunes con gloria y poder.
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El académico Esquines, cuando algunos sofistas decían que fingía haber sido discípulo de Carnéades sin haberlo sido, dijo entonces:« Yo escuchaba a Carnéades cuando, habiendo dejado el estruendo y el ruido, su discurso se había concentrado por la vejez en lo útil y social». Y la política de la ancianidad, no solo en el discurso sino también en las acciones, habiéndose librado de la ostentación y la búsqueda de gloria, como dicen que el iris, cuando se vuelve viejo y exhala lo maloliente y turbio, tiene un aroma más fragante, así no hay ningún dogma ni consejo de ancianos que sea turbulento, sino que todo es grave y establecido. Por eso, también por los jóvenes, el anciano debe participar en la política, como se ha dicho, para que, de la manera que dice Platón sobre el vino puro mezclado con agua, un dios loco sea moderado y castigado por otro dios sobrio, así la prudencia de los ancianos, mezclada con la juventud ardiente en el pueblo, que celebra fiestas por gloria y ambición, quite lo maníaco y lo demasiado puro.
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Sin esto, se equivocan los que consideran que participar en la política es como navegar y hacer campaña, hecho para otra cosa, y luego termina al obtener aquello; pues la política no es una liturgia que tiene la necesidad como fin, sino una vida de un animal manso, político y social, y nacido para vivir políticamente, bellamente y filantrópicamente durante el tiempo que sea necesario. Por eso es un deber participar en la política, no haber participado, como decir la verdad, no haber dicho la verdad, y actuar justamente, no haber actuado justamente, y amar, no haber amado a la patria y a los ciudadanos. Pues hacia esto conduce la naturaleza, y esto dicta estas voces a los que no han sido corrompidos totalmente por la inactividad y la molicie;« y mucho te engendró el padre digno para los mortales, no sea que dejemos de hacer el bien a los mortales».
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Aquellos que esgrimen la debilidad y la incapacidad como excusas, más bien acusan a la enfermedad y a la invalidez que a la vejez; pues hay muchos jóvenes enfermizos y ancianos vigorosos. Por tanto, no se debe apartar a los ancianos, sino a los incapaces, ni exhortar a los jóvenes, sino a los capaces. Arideo era joven y Antígono anciano, pero el primero conquistó casi toda Asia, mientras que el segundo era, como en un escenario, un figurante mudo, un nombre de rey y una máscara de la que se burlaban quienes detentaban el poder. Así pues, quien pretenda que Pródico el sofista o Filitas el poeta participen en la política— jóvenes, sí, pero débiles, enfermizos y la mayor parte del tiempo postrados por su fragilidad— es un necio; del mismo modo, quien impide gobernar y dirigir ejércitos a ancianos como Foción, como Masinisa el libio o como Catón el romano. Foción, en efecto, cuando los atenienses se apresuraban a ir a la guerra inoportunamente, ordenó que los menores de sesenta años tomaran las armas y, al indignarse estos, dijo:« No hay nada terrible; yo estaré con vosotros como general, a pesar de haber superado los ochenta años». Polibio relata que Masinisa murió a los noventa años, dejando un hijo de cuatro años engendrado por él, y que poco antes de su muerte, tras vencer a los cartagineses en una gran batalla, fue visto al día siguiente ante su tienda comiendo pan sucio, y dijo a quienes se maravillaban de ello que lo hacía porque« el bronce relumbra en el uso, como el metal noble; pero con el tiempo, al quedar ocioso, se corroe», como dice Sófocles. Como decimos nosotros, ese es el brillo y el resplandor del alma con el que razonamos, recordamos y pensamos.
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Por eso dicen que los reyes se vuelven mejores en las guerras y campañas que en el ocio. A Átalo, hermano de Eumenes, Filopemen, uno de sus compañeros, lo mantenía a raya mientras se abandonaba por completo a la pereza y a una paz prolongada, engordando sin más; hasta el punto de que los romanos, bromeando, preguntaban siempre a los que navegaban desde Asia si el rey era capaz de algo bajo la tutela de Filopemen. De Lúculo, uno no encontraría muchos generales romanos más hábiles cuando su capacidad de pensar estaba unida a la acción; pero cuando se entregó a una vida inactiva, a un régimen doméstico y despreocupado, se entumeció y marchitó como las esponjas en la calma, y luego, al dejar que un tal Calístenes, uno de sus libertos, alimentara y domesticara su vejez, parecía estar siendo hechizado por él con filtros y sortilegios, hasta que su hermano Marco expulsó al individuo y él mismo administró y dirigió el resto de su vida, que no fue mucha. Pero Darío, padre de Jerjes, decía que él mismo se volvía más prudente ante las dificultades, y el escita Ateas, que no se creía diferente de sus mozos de cuadra cuando estaba ocioso. Dionisio el Viejo, ante quien le preguntaba si estaba ocioso, dijo:«¡ Que nunca me suceda tal cosa! Pues el arco, como dicen, se rompe si se tensa demasiado, pero el alma si se relaja». En efecto, los músicos que dejan de escuchar lo afinado, los geómetras que dejan de analizar y los aritméticos que abandonan la continuidad en el cálculo, al mismo tiempo que sus actividades, oscurecen sus facultades con la edad, a pesar de poseer artes no prácticas sino teóricas. Pero la facultad de los políticos— la prudencia, la sabiduría y la justicia, y además de estas, la experiencia conjetural de las circunstancias y los discursos, que es una fuerza creadora de persuasión— se mantiene al hablar, actuar, razonar y juzgar constantemente; y sería terrible que, al huir de esto, descuidara virtudes tan grandes y numerosas que se escapan del alma. Pues es natural que también se marchiten la filantropía, el espíritu social y la afabilidad, de los cuales no debe haber final ni término.
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Si tuvieras, por ejemplo, a Titono como padre, siendo inmortal pero necesitado siempre de mucho cuidado debido a la vejez, no creo que huyeras ni te negaras a atenderlo, saludarlo y ayudarlo, como quien ha cumplido un largo servicio. La patria, o« madre patria» como dicen los cretenses, al tener derechos más antiguos y mayores que los de los padres, es longeva, pero no exenta de vejez ni autosuficiente, sino que siempre requiere de gran atención, ayuda y cuidado, y atrae y retiene al político, tocándolo y conteniendo al que se apresura. Y bien sabes que he servido al Pitio durante muchas Pitíadas; pero no podrías decirme:« Basta ya, Plutarco, has sacrificado, procesionado y danzado lo suficiente; ahora es hora, siendo ya mayor, de deponer la corona y abandonar el oráculo debido a la vejez». Por tanto, no creas que tú mismo debes abandonar, siendo jefe y profeta de los ritos políticos, los honores de Zeus Polieo y Agoreo, a los cuales estás consagrado desde hace mucho tiempo.
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Pero dejando, si quieres, el argumento que nos aparta de la política, consideremos ya y filosofemos sobre cómo no imponer a la vejez una tarea impropia o pesada, ya que la política tiene muchas partes adecuadas y convenientes para quienes tienen esa edad. Pues así como, si fuera obligatorio cantar continuamente, habría que evitar, al envejecer, los tonos agudos y tensos de la voz— que los músicos llaman armonías—, y buscar aquel en el que reside la facilidad junto con el carácter apropiado; así, dado que actuar y hablar es para los hombres, más que para los cisnes, algo natural hasta el final, no hay que abandonar la acción como si fuera una lira tensa, sino relajarla, adaptándola a actividades ligeras, moderadas y acordes a los ancianos. Pues tampoco descuidamos los cuerpos cuando no están completamente inmóviles y sin ejercicio, cuando ya no podemos usar palas, pesas, lanzar el disco o esgrimir armas como antes, sino que, mediante balanceos y paseos, y algunos incluso jugando suavemente a la pelota y conversando, movemos el aliento y avivamos el calor. No permitamos, pues, que nos quedemos completamente rígidos y enfriados por la inactividad, ni tampoco, por otra parte, que al aspirar a todo cargo y abarcar toda actividad política, obliguemos a la vejez, al ser puesta a prueba, a caer en tales exclamaciones:«¡ Oh mano derecha, cuánto anhelas empuñar la lanza!, pero en la debilidad has perdido el deseo». Pues ni siquiera un hombre en su plenitud y capaz es elogiado por atribuirse todo en conjunto, los asuntos públicos, y no querer ceder nada a otro, como dicen los estoicos de Zeus, que se entromete en todo y se mezcla con todo por insaciabilidad de gloria o envidia de quienes participan de alguna manera en algún honor y poder en la ciudad. Pero para un anciano, incluso si eliminas el descrédito, es penosa y fatigosa la ambición que acude a cada sorteo, la curiosidad que acecha cada momento de tribunal y asamblea, y el afán de honores que usurpa toda embajada y defensa. Pues hacer esto, incluso con benevolencia, es pesado para la edad, y sucede lo contrario: son odiados por los jóvenes, al no cederles oportunidades de acción ni permitirles salir a la palestra, y su afán de primacía y poder es mal visto por los demás, no menos que el afán de riqueza y placer de otros ancianos.
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Así pues, como Alejandro, al no querer fatigar a Bucéfalo por ser ya mayor, montaba otros caballos antes de la batalla, inspeccionando la falange y poniéndola en orden, y luego, tras dar la señal, cambiaba a aquel y se lanzaba inmediatamente contra los enemigos y se arriesgaba; así el político, si tiene sentido común, gobernándose a sí mismo al envejecer, se abstendrá de lo innecesario y dejará que los que están en su plenitud utilicen la ciudad para las cosas menores, pero en las grandes luchará él mismo con entusiasmo. Pues los atletas mantienen sus cuerpos intactos y sin tocar de los esfuerzos necesarios para los inútiles; nosotros, por el contrario, dejando las cosas pequeñas y triviales, nos reservaremos para las dignas de esfuerzo. Pues al joven, según Homero, le conviene todo, y aceptan y aman al que hace muchas cosas pequeñas, llamándolo popular y trabajador, y al que hace cosas brillantes y solemnes, noble y magnánimo; y hay ocasiones en que la competitividad y el riesgo tienen cierta edad y gracia que conviene a los de esa edad. Pero el anciano que en la política soporta funciones serviles, como ventas de impuestos, supervisión de puertos y mercados, y además corre tras embajadas y viajes ante gobernantes y poderosos, en las cuales no hay nada necesario ni solemne, sino adulación y complacencia, a mí me parece lamentable, amigo mío, y poco envidiable, y a otros quizás incluso gravoso y cargante.
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Pues tampoco es hora de que alguien de esa edad se deje llevar por cargos, salvo aquellos que poseen cierta magnitud y dignidad; tal como la supervisión del Consejo del Areópago que tú desempeñas ahora en Atenas y, por Zeus, el prestigio de la Anfictionía, que la patria te ha encomendado durante toda tu vida, teniendo un trabajo dulce y una fatiga llevadera. Pero hay que buscar estos honores no persiguiéndolos, sino gobernando al huir de ellos, no pidiéndolos sino rechazándolos, no como si tomaran el mando para sí mismos, sino como si se entregaran a sí mismos al mando. Pues no es, como decía Tiberio César, vergonzoso extender la mano al médico después de los sesenta años, sino más bien extender la mano al pueblo pidiendo votos o una voz que busca cargos; pues esto es innoble y humillante, mientras que lo contrario tiene cierta solemnidad y decoro, cuando la patria elige, llama y espera, y uno desciende con honor y benevolencia, venerable en verdad y digno de ser contemplado, para saludar y recibir el cargo.
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De alguna manera así debe usarse la palabra en la asamblea al envejecer, no saltando continuamente a la tribuna ni cantando siempre como un gallo en respuesta a los que hablan, ni soltando el freno al respeto que los jóvenes le tienen al enredarse y provocar, ni creando el hábito y la costumbre de la desobediencia y la sordera, sino cediendo a veces y dando paso a la gloria para que se encabriten y se vuelvan audaces, ni estando presente ni entrometiéndose donde no hay un gran riesgo para la salvación común o para lo bello y apropiado. Allí es necesario, incluso sin que nadie llame, empujar con carrera más allá de las fuerzas, entregándose a guías o siendo llevado en litera, como cuentan de Claudio Apio en Roma: derrotados por Pirro en una gran batalla, al enterarse de que el senado estaba dispuesto a escuchar propuestas sobre treguas y paz, no pudo soportarlo, a pesar de haber perdido ambas vistas, sino que vino llevado a través del ágora hacia el senado, y al entrar y ponerse en medio, dijo que antes se afligía por carecer de la vista, pero que ahora desearía no oír siquiera a aquellos que deliberaban y actuaban de forma tan vergonzosa e innoble. A partir de esto, reprendiéndolos en parte y en parte enseñándoles y exhortándoles, los convenció de ir inmediatamente a las armas y luchar por Italia contra Pirro. Solón, cuando la demagogia de Pisístrato se hizo evidente como un mecanismo de tiranía, sin que nadie se atreviera a defenderse ni a impedirlo, sacó él mismo las armas y, poniéndolas ante su casa, exigió que los ciudadanos ayudaran; y al enviar Pisístrato a preguntarle en qué confiaba para hacer eso, dijo:« En la vejez».
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Pero así, lo necesario incluso a los ancianos completamente apagados, si tan solo respiran, los enciende y levanta. En los demás asuntos, a veces, como se ha dicho, al rechazar lo que es armonioso, será lo mezquino y servil, y lo que tiene mayores ocupaciones para quienes lo hacen que las necesidades y beneficios para quienes se hace; hay ocasiones en que, al esperar a ser llamado, deseado y buscado desde casa por los ciudadanos, es más digno de crédito cuando acude a los que lo necesitan. La mayoría de las veces, incluso estando presente, deja en silencio que los jóvenes hablen, como arbitrando una competición de ambición política; y si sobrepasa la medida, reprendiendo suavemente y con benevolencia, eliminando la competitividad, las blasfemias y las iras, y en las opiniones consolando al que se equivoca sin reproche y enseñando, elogiando sin miedo al que acierta y siendo vencido voluntariamente, y cediendo el persuadir y el prevalecer muchas veces para que crezcan y se animen, y en algunos casos completando con elogios lo que falta, como Néstor:« Nadie, pues, censurará tu discurso, cuantos aqueos hay, ni volverá a decir: pero no has llegado al fin de los discursos; pues ciertamente eres joven, y podrías ser mi hijo».
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Más político que esto es no solo reprochar abiertamente y en público sin una mordedura que humille y rebaje profundamente, sino más bien sugerir en privado a los bien dotados para la política e introducir benevolente palabras útiles y medidas políticas, exhortando juntos hacia lo bello y haciendo brillar el ánimo, y proporcionando, como los que enseñan a montar, un pueblo dócil y manso al principio para ser montado. Si algo sale mal, no descuidar al joven que se desanima, sino levantándolo y consolándolo, como Arístides a Cimón y Mnesífilo a Temístocles, cuando eran mal vistos y mal hablados en la ciudad al principio por ser impetuosos y desenfrenados, los elevaron y animaron. Se dice también que, cuando Demóstenes fracasó en el pueblo y lo llevó pesadamente, un anciano que había escuchado a Pericles lo tocó y dijo que, al parecerse a aquel hombre en su naturaleza, se había condenado injustamente a sí mismo. Así también Eurípides le dijo a Timoteo, que era silbado por su innovación y parecía transgredir la música, que tuviera ánimo, pues en poco tiempo los teatros estarían bajo él.
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En general, así como en Roma, para las vírgenes vestales, el tiempo está dividido en aprender, luego hacer lo establecido y, tercero, enseñar; y de las que están en Éfeso respecto a Artemisa, llaman a cada una, de igual modo, primero Meliere, luego Iere y, tercero, Pariere; así el hombre perfectamente político, en los primeros tiempos, aprende mientras participa en la política y se inicia, y en los últimos, enseña y guía. Pues supervisar a otros que luchan no es luchar uno mismo, pero el que entrena a un joven en asuntos comunes y luchas públicas, y prepara a la patria para« ser orador de discursos y hacedor de obras», es útil en una parte no pequeña ni trivial de la política, sino hacia lo que Licurgo, concentrándose, acostumbró a los jóvenes a obedecer siempre a todo anciano como a un legislador. Pues,¿ hacia qué miró Lisandro al decir que en Lacedemonia se envejece de la mejor manera?¿ Acaso porque allí es posible que los ancianos estén ociosos y presten dinero, o jueguen a los dados sentados juntos, o beban reuniéndose a su hora? No podrías decir eso; sino porque, de alguna manera, todos los de esa edad, teniendo el rango de gobernantes o de algún tipo de padres o pedagogos, no solo supervisan los asuntos comunes, sino que también observan cada cosa de los jóvenes, tanto en los gimnasios como en los juegos y regímenes, no de forma secundaria, siendo temibles para los que se equivocan, pero respetables y deseados para los buenos; pues los jóvenes siempre los atienden y siguen, aumentando lo decoroso y noble, y regocijándose juntos sin envidia.
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Pues esta pasión, aunque no es apropiada para ninguna edad, en los jóvenes tiene abundancia de nombres buenos, llamándose competición, celo y ambición, pero en los ancianos es completamente inoportuna, salvaje e innoble. Por eso, el anciano político, estando lo más lejos posible de la envidia, no debe, como las plantas malignas que impiden el crecimiento de las que brotan y crecen debajo, quitar y cortar claramente el brote y el crecimiento, sino recibirlos benevolente y ofrecerse a los que se agarran y se entrelazan, enderezándolos, guiándolos y alimentándolos no solo con instrucciones y buenos consejos, sino también con cesiones de cargos que tienen honor y gloria, o algunas funciones inofensivas pero agradables para la mayoría y que serán bien recibidas. Pero todo lo que es contrario y difícil, y que, como los medicamentos, muerde inmediatamente y duele, pero después devuelve lo bello y útil, no debe llevar a los jóvenes a esto ni exponerlos a tumultos, al no estar acostumbrados a las multitudes insensatas, sino que él mismo debe recibir las enemistades por los intereses; pues con esto hará a los jóvenes más benevolentes y más entusiastas en los otros servicios.
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Además de todo esto, hay que recordar que no es participar en política solo gobernar, ser embajador, gritar fuerte en la asamblea y estar frenético alrededor de la tribuna diciendo o escribiendo, lo que la mayoría considera participar en política, como, sin duda, filosofar es para los que discuten desde el asiento y terminan sus lecciones sobre libros; pero la política y la filosofía que se ven continuamente en obras y acciones cada día de manera uniforme les ha pasado desapercibida. Pues dicen que los que dan vueltas en las estoas pasean, como decía Dicearco, pero ya no los que caminan al campo o hacia un amigo. Y participar en política es similar a filosofar. Sócrates, en efecto, sin poner estrados, ni sentarse en un trono, ni guardar una hora de lección o paseo establecida para sus conocidos, sino incluso jugando cuando se daba el caso, bebiendo, haciendo campaña con algunos y comprando en el mercado, y al final incluso encadenado y bebiendo el veneno, filosofaba, habiendo demostrado primero que la vida en todo tiempo, parte, pasiones y asuntos, acepta simplemente la filosofía. Así pues, hay que pensar también sobre la política, que los insensatos, ni siquiera cuando dirigen ejércitos, son secretarios o hablan ante el pueblo, participan en política, sino que molestan a la multitud, celebran fiestas, crean facciones o cumplen funciones por necesidad; pero el hombre social, filántropo, amante de la patria, cuidadoso y verdaderamente político, aunque nunca se ponga la clámide, participa siempre en política al animar a los capaces, guiar a los que necesitan, estar presente con los que deliberan, disuadir a los que actúan mal, fortalecer a los sensatos, siendo evidente que no presta atención a los asuntos comunes de forma secundaria, ni acude al teatro y al senado solo cuando hay algún afán o exhortación por la primacía, sino que acude de otra manera por placer, como a un espectáculo o audición, cuando le viene en gana; pero, aunque no esté presente con el cuerpo, está presente con el juicio y, al preguntar, aprueba algunas cosas y se molesta por otras de las que se hacen.
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Pues ni Arístides de los atenienses ni Catón de los romanos gobernaron muchas veces, sino que ofrecieron toda su vida siempre activa a sus patrias. Epaminondas logró muchas y grandes cosas siendo general, pero no menos se recuerda de él, ni siquiera siendo general ni gobernante, su obra en Tesalia, cuando los generales habían metido la falange en lugares difíciles y estaban en tumulto( pues los enemigos atacaban lanzando proyectiles), al ser llamado desde los hoplitas, primero detuvo el tumulto y el miedo del ejército animándolos, luego, ordenando y ajustando la falange confundida, la sacó fácilmente y la puso frente a los enemigos, de modo que aquellos se retiraron cambiando de opinión. Y cuando el rey Agis, en Arcadia, llevaba ya el ejército formado para la batalla contra los enemigos, uno de los ancianos espartanos gritó que pretendía curar un mal con otro mal, indicando que quería que la presente inoportuna audacia fuera una recuperación de la retirada culpable desde Argos, como dice Tucídides; y Agis, al oírlo, se convenció y se retiró. A Menécrates le ponían un asiento cada día ante las puertas del archivo, y muchas veces los éforos, levantándose ante él, preguntaban y pedían consejo sobre los asuntos más importantes. Se consideraba que era sensato y prudente; por eso, cuando ya había oscurecido por completo la fuerza del cuerpo y pasaba la mayor parte del día postrado en cama, al enviar los éforos a buscarlo al ágora, se apresuró a levantarse para caminar, avanzando difícil y penosamente, luego, al encontrarse con unos niños en el camino, preguntó si sabían algo más necesario que obedecer al amo; y al decir ellos que no, considerando esto el fin del servicio, regresó a casa. Pues no hay que dejar que el entusiasmo se agote antes que la fuerza, y una vez abandonado, no hay que forzarlo. Y bien, Escipión usaba a Cayo Lelio como consejero siempre que dirigía ejércitos y participaba en política, de modo que algunos decían que Escipión era el actor de las acciones y Cayo el poeta. Cicerón mismo admite que los mejores y mayores consejos, con los que enderezó la patria siendo cónsul, los compuso junto con Publio Nigidio el filósofo.
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Así, a través de muchos modos de la política, nada impide que los ancianos beneficien a la comunidad desde lo mejor: la palabra, el juicio, la franqueza y el cuidado prudente, como dicen los poetas. Pues no son nuestras manos ni nuestros pies, ni la fuerza del cuerpo, lo único que es posesión y parte de la ciudad, sino primero el alma y las bellezas del alma, la justicia, la templanza y la prudencia, de las cuales, al recibir lo propio tarde y lentamente, es absurdo que la casa y el campo disfruten, y los demás bienes y posesiones, pero que para la patria común y los ciudadanos ya no sean útiles debido al tiempo, no quitando tanto de las fuerzas serviles, cuanto añade a las directivas y políticas. Por eso, de los Hermes, a los ancianos los representan sin manos ni pies, pero tensos en los miembros, aludiendo a que los ancianos necesitan lo menos posible del cuerpo al actuar, si tienen la razón activa, como corresponde, y fecunda.