Consolatio ad Apollonium
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Original / primary: Spanish Gemini
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Hace tiempo que compartí tu dolor y me afligí contigo, Apolonio, al enterarme de la prematura partida de la vida de tu hijo, tan querido para todos nosotros, un joven sumamente decente y sensato, que supo preservar de manera excepcional lo que es santo y justo tanto para con los dioses como para con sus padres y amigos. En aquel momento, cerca del instante de su fallecimiento, encontrarte y exhortarte a sobrellevar humanamente lo ocurrido habría sido inapropiado, pues tanto tu cuerpo como tu alma estaban abatidos por una desgracia tan irracional; era necesario compadecerse, pues ni siquiera los mejores médicos aplican de inmediato remedios farmacológicos ante las súbitas inflamaciones, sino que permiten que la parte más grave de la inflamación, sin necesidad de emplastos externos, alcance por sí misma su maduración.
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Pero ahora que el tiempo, que suele suavizarlo todo, ha pasado sobre la desgracia y tu disposición parece requerir la ayuda de los amigos, he considerado oportuno compartir contigo palabras de consuelo para aliviar tu pena y poner fin a tus lamentos fúnebres y vanos. Pues, como dice el sabio Eurípides, las palabras son médicos para un alma enferma, cuando alguien sabe suavizar el corazón en el momento oportuno; y para cada mal existe un remedio distinto: para quien sufre, el discurso amable de los amigos; para quien desvaría en exceso, las amonestaciones. Pues, siendo muchas las pasiones del alma, la pena es, por naturaleza, la más difícil de todas; dicen, en efecto, que a causa de la pena muchos caen en la locura y en enfermedades incurables, y algunos incluso se han quitado la vida.
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Sentir dolor y angustia por la muerte de un hijo tiene su origen en la naturaleza de la pena, y no depende de nosotros. Pues yo no comparto la opinión de quienes ensalzan esa apatía salvaje y cruel, que está fuera de lo posible y de lo conveniente; pues esta nos arrebataría la benevolencia que nace de amar y ser amado, la cual es necesario preservar por encima de todo. Pero sostengo que dejarse llevar más allá de lo moderado y aumentar los duelos es contrario a la naturaleza y ocurre por causa de la opinión errónea que hay en nosotros. Por ello, esto último debe dejarse de lado por ser dañino, vil y en absoluto propio de hombres virtuosos, pero no debe rechazarse la moderación en el sentir. Pues el académico Crántor dice: no es que debamos estar enfermos, sino que, si enfermamos, que nos quede alguna sensibilidad, ya sea que algo nuestro sea cortado o arrancado. Pues esa insensibilidad no se adquiere sin grandes costos para el hombre; es natural que, en tal caso, el cuerpo se vuelva una bestia, y aquí, el alma.
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Por tanto, la razón no exige que los hombres sensatos se vuelvan insensibles ante tales desgracias, ni tampoco que se dejen vencer por ellas; lo primero es insensible y bestial, lo segundo es débil y afeminado. Es sensato quien posee su propio límite y es capaz de sobrellevar con destreza tanto lo agradable como lo doloroso que sucede en la vida, habiendo comprendido de antemano que, al igual que en una democracia hay un sorteo para los cargos y es necesario gobernar si uno sale elegido y, si no, sobrellevar la fortuna sin quejarse, así también hay que seguir la distribución de los asuntos de manera irreprochable y dócil. Pues quienes no son capaces de hacer esto, tampoco podrían sobrellevar con sensatez y moderación los éxitos. Pues entre los preceptos bien dichos se encuentra también este: que no haya ningún éxito tan grande que te eleve más de lo debido, ni, si ocurre algo adverso, que te esclavice de nuevo, sino permanece siempre igual, conservando tu propia naturaleza con firmeza, como el oro en el fuego. Pues es propio de hombres educados y sensatos ser el mismo ante las supuestas felicidades y, ante las desgracias, guardar noblemente la compostura. Pues es tarea de la sensatez evitar el mal que se avecina, corregirlo una vez ocurrido, reducirlo a lo mínimo o prepararse a sí mismo una resistencia viril y noble. Pues la prudencia se ocupa del bien de cuatro maneras: adquiriéndolo, guardándolo, aumentándolo o usándolo con destreza. Estos son los cánones de la prudencia y de las demás virtudes, que deben usarse ante ambas situaciones. Pues no hay hombre que sea feliz en todo, y, por Zeus, no es posible que lo que debe suceder no suceda.
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Pues así como en las plantas a veces hay abundancia de frutos y otras veces esterilidad, y en los animales a veces hay mucha descendencia y otras veces ninguna, y en el mar hay calmas y tempestades, así también en la vida ocurren muchas y variadas circunstancias que llevan a los hombres hacia fortunas opuestas. Al observar esto, alguien podría decir con razón:' No te plantó en todos los bienes, Agamenón, Atreo. Debes alegrarte y sufrir; pues naciste mortal'. Y aunque tú no quieras, así será la voluntad de los dioses, y también lo dicho por Menandro:' Si hubieras nacido tú, mi buen amigo, como el único entre todos, cuando tu madre te dio a luz, con la condición de seguir haciendo lo que deseas y teniendo éxito siempre, y algún dios te hubiera garantizado esto, te indignarías con razón; pues te habría engañado y hecho algo absurdo. Pero si has respirado el aire común bajo las mismas leyes que nosotros, para hablarte de forma más trágica, hay que sobrellevar esto mejor y razonarlo'. El resumen de los discursos es: eres un hombre, animal que no experimenta transformación más rápida hacia la altura y, de nuevo, hacia la bajeza. Y con mucha justicia; pues siendo por naturaleza el más débil, se le administra con los asuntos más grandes, y cuando cae, destruye muchísimos bienes. Pero tú, mi buen amigo, no has perdido bienes desmesurados, y los males actuales son moderados para ti. Así que sobrelleva lo que queda, que está en un punto medio. Pero, aun siendo así las cosas, algunos, por su insensatez, son tan necios y vanidosos que, al elevarse un poco ya sea por una abundancia de riquezas, por la magnitud de un cargo, por alguna preeminencia política o por honores y glorias, amenazan a los inferiores y se vuelven insolentes, sin reflexionar sobre lo inestable e incierto de la fortuna, ni que fácilmente las cosas altas se vuelven bajas y las humildes se elevan de nuevo, cambiando por los cambios de fortuna de rápida caída. Buscar, pues, algo estable en lo inestable es razonar incorrectamente sobre los asuntos; pues, al girar la rueda, a veces un arco está arriba y otras veces otro.
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El remedio más poderoso contra la aflicción es la razón y la preparación que esta brinda para todos los cambios de la vida. Pues es necesario no solo saber que uno mismo es mortal por naturaleza, sino también que se es copartícipe de una vida mortal y de asuntos que cambian fácilmente hacia lo contrario. Pues, en verdad, los cuerpos de los hombres son mortales y efímeros, y mortales son las fortunas, las pasiones y, en suma, todo lo relacionado con la vida, cosas que un mortal no puede evitar ni eludir en absoluto, sino que' el fondo del Tártaro invisible te oprime con necesidades forjadas a martillo', como dice Píndaro. Por eso, Demetrio de Falero dijo con razón, ante lo que dijo Eurípides:' La prosperidad no es estable, sino efímera', y que' pequeñas cosas son las que derriban, y un solo día derribó unas cosas desde lo alto y elevó otras', que decía bien, pero que habría sido mejor si no hubiera dicho un día, sino un instante de tiempo; pues el mismo ciclo es fructífero para las plantas de la tierra y para el linaje de los mortales. Para unos la vida crece, para otros declina y es segada de nuevo. Y Píndaro, en otros versos:'¿ Qué es alguien?¿ Qué no es alguien? El hombre es el sueño de una sombra', expresando con mucha fuerza y destreza, mediante una hipérbole, la vida de los hombres. Pues,¿ qué hay más débil que una sombra? Y el sueño de esta, nadie más podría expresarlo con claridad. Siguiendo esto, también Crántor, consolando a Hipocles por la muerte de sus hijos, dice: pues toda esta filosofía antigua dice y exhorta esto. Si no aceptamos otra cosa, al menos que la vida es en muchos aspectos trabajosa y difícil es muy cierto. Pues incluso si no tiene esta forma por naturaleza, al menos por nosotros ha llegado a tal grado de corrupción. Y esta fortuna incierta nos ha seguido desde lejos y desde el principio, y no está en nada sano, y al nacer se mezcla en todo una parte de mal; pues las semillas, al ser mortales desde el principio, participan de esta causa, de la cual nos llega la falta de aptitud del alma, las enfermedades, los pesares y el destino de los mortales.¿ A qué viene esto? Para que sepamos que no hay nada nuevo en que el hombre sea desgraciado, sino que todos hemos sufrido lo mismo. Pues la fortuna es ciega, dice Teofrasto, y terrible para arrebatar lo que se ha trabajado y para trastocar la supuesta prosperidad, sin tener ningún tiempo fijo. Estos y otros pensamientos similares es fácil que cada uno los razone por sí mismo y los escuche de otros hombres antiguos y sabios; de los cuales el primero es el divino Homero, al decir:' Nada más débil que el hombre cría la tierra'. Pues dice:' No pensaba que sufriría un mal en el futuro, mientras los dioses me otorguen virtud y mis rodillas se muevan; pero cuando los dioses bienaventurados cumplen los pesares, también los sobrelleva a disgusto con ánimo paciente; pues tal es el pensamiento de los hombres sobre la tierra, como el día que trae el padre de los hombres y de los dioses'. Y en otros versos:' Tidida magnánimo,¿ por qué preguntas por mi linaje? Como el linaje de las hojas, así es el de los hombres. Las hojas, unas el viento las esparce por el suelo, otras la selva floreciente las produce, y llega la estación de la primavera; así el linaje de los hombres, uno nace y otro termina'. Y que utilizó bien esta imagen de la vida humana es evidente por lo que dice en otro lugar:' Por causa de los mortales miserables lucho, que, semejantes a las hojas, a veces florecen intensamente comiendo el fruto del campo, otras veces declinan sin vida, y no hay defensa'. Y Simónides, el poeta de las odas, cuando Pausanias, el rey de los lacedemonios, se jactaba continuamente de sus propias acciones y le ordenaba, con burla, que le dijera algo sabio, comprendiendo su soberbia, le aconsejaba recordar que es un hombre. Y Filipo, el rey de los macedonios, cuando le anunciaron tres éxitos en un mismo momento: primero, que había ganado en Olimpia con un carro de cuatro caballos; segundo, que su general Parmenión había vencido en batalla a los dardanios; y tercero, que Olimpia le había dado un hijo varón, levantando las manos al cielo, dijo:' Oh divinidad, anteponles una desgracia moderada', sabiendo que la fortuna suele envidiar los grandes éxitos. Y Terámenes, quien fue uno de los treinta tiranos en Atenas, al derrumbarse la casa en la que cenaba con muchos otros, siendo el único que se salvó y siendo felicitado por todos, exclamó con gran voz:'¡ Oh fortuna, para qué momento me guardas!'. Y poco tiempo después, tras ser torturado por sus co- tiranos, murió.
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El poeta parece destacar extraordinariamente en el consuelo al hacer que Aquiles diga esto a Príamo, que había venido a rescatar el cuerpo de Héctor:' Pero vamos, siéntate en el trono, y dejemos reposar los dolores en el ánimo, aunque estemos afligidos; pues no hay provecho en el llanto gélido. Pues así lo hilaron los dioses para los mortales miserables, vivir afligidos; pero ellos están sin cuidados. Pues dos tinajas yacen en el suelo de Zeus de los dones que da, una de males, otra de bienes. A quien Zeus, que se deleita con el rayo, mezclándolos se los da, a veces se encuentra con el mal y a veces con el bien; pero a quien le da de los funestos, lo hace objeto de ultraje, y una mala hambre lo persigue sobre la tierra divina, y vaga sin ser honrado ni por los dioses ni por los mortales'. Y después de este, tanto en gloria como en tiempo, aunque se declara discípulo de las Musas, Hesíodo, también él, tras encerrar los males en una tinaja, muestra que Pandora, al abrirla, los esparció por toda la tierra y el mar, diciendo así:' Pero la mujer, quitando con sus manos la gran tapa de la tinaja, los esparció y preparó pesares funestos para los hombres. Y sola allí, la Esperanza permaneció dentro, bajo los bordes de la tinaja, y no salió fuera; pues antes volvió a poner la tapa de la tinaja. Pero otros diez mil males vagan entre los hombres. Pues la tierra está llena de males, y llena está la mar. Y las enfermedades para los hombres, unas de día y otras de noche, vagan por sí mismas, trayendo males a los mortales en silencio, pues el prudente Zeus les quitó la voz'.
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De manera independiente a esto, el poeta cómico dice esto sobre los que sufren por tales desgracias:' Si las lágrimas fueran para nosotros un remedio para los males, y quien llora dejara siempre de sufrir, cambiaríamos lágrimas dando oro. Pero ahora los asuntos no prestan atención ni miran hacia esto, señor, sino que siguen el mismo camino, llores o no.¿ Qué ganas entonces? Nada; pero la pena tiene, como los árboles, este fruto: la lágrima'. Y quien consuela a Dánae, que sufre profundamente, dice:'¿ Crees que el Hades se preocupa por tus lamentos y que soltará a tu hijo si decides gemir? Detente; al mirar los males de los demás, podrías estar más tranquila, si quisieras reflexionar cuántos mortales están encadenados, cuántos envejecen huérfanos de hijos, y los que de la mayor y más próspera tiranía han llegado a la nada; esto es lo que debes considerar'. Pues le pide que reflexione sobre los que sufren igual o más, para que se sienta más aliviada.
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Aquí es donde uno podría invocar también la voz de Sócrates, que pensaba que, si pusiéramos en común las desgracias para repartirlas por igual entre cada uno, la mayoría se iría contenta tras haber tomado las suyas. El poeta Antimaco utilizó tal método. Pues, al morir su esposa Lide, a quien amaba profundamente, compuso para sí mismo como consuelo de su pena la elegía llamada Lide, enumerando las desgracias heroicas, haciendo menor su propia pena con los males ajenos. De modo que es evidente que quien consuela al afligido y le muestra que lo ocurrido es común a muchos y menor que lo que les ha sucedido a otros, cambia la opinión del afligido y le genera tal convicción de que lo ocurrido es menor de lo que pensaba.
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Esquilo parece reprender acertadamente a quienes consideran que la muerte es un mal, diciendo así:' Cómo no odian con justicia la muerte los mortales, que es el mayor remedio para los muchos males'. Pues a este imitó también quien dijo:'¡ Oh muerte, ojalá vinieras como médico sanador!', pues el Hades es verdaderamente un puerto en la tierra. Pues es grande poder decir con convicción confiada:'¿ Quién es esclavo de morir estando sin preocupaciones?'. Y:' Teniendo al Hades como ayudante, no temo a las sombras'.¿ Qué es lo difícil, lo que causa dolor y lo que causa aflicción en el morir? Pues los asuntos de la muerte, al ser quizás demasiado habituales y connaturales a nosotros, no sé cómo parecen ser dolorosos. Pues,¿ qué hay de extraño si lo que se corta ha sido cortado, si lo que se derrite se ha derretido, si lo que se quema se ha quemado, si lo que es corruptible se ha corrompido?¿ Cuándo es o no es la muerte en nosotros mismos? Y, dice Heráclito:' Lo mismo es en nosotros lo vivo y lo muerto, y lo despierto y lo dormido, y lo joven y lo viejo; pues estos, al cambiar, son aquellos, y aquellos, al cambiar de nuevo, son estos'. Pues así como alguien que moldea animales a partir del mismo barro puede mezclarlos y volver a moldearlos y mezclarlos, y hacer esto uno tras otro sin interrupción, así también la naturaleza, a partir de la misma materia, hace tiempo sostuvo a nuestros antepasados, luego engendró a nuestros padres, luego a nosotros, y luego a otros tras otros en un ciclo. Y el río de la generación, que fluye tan incesantemente, nunca se detendrá, y de nuevo el que está frente a él, el de la corrupción, ya sea llamado Aqueronte o Cocito por los poetas. La primera causa, pues, que nos mostró la luz del sol, es la misma que también trae el oscuro Hades. Y quizás una imagen de esto sea el aire que nos rodea, haciendo uno tras otro día y noche, inductores de vida y muerte, de sueño y vigilia. Por eso se dice que vivir es una deuda del destino, como algo que será devuelto, lo que nuestros antepasados tomaron prestado. Lo cual debe pagarse con facilidad y sin gemidos cuando el prestamista lo exija; pues así pareceríamos ser los más sensatos.
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Creo que también la naturaleza, al ver lo desordenado y breve de la vida, hizo incierto el plazo de la muerte; pues esto era mejor. Pues si lo supiéramos de antemano, algunos se habrían consumido por las penas y habrían muerto antes de morir. Mira también lo doloroso de la vida y lo cargado de muchas preocupaciones, las cuales, si quisiéramos enumerar, las condenaríamos demasiado, y confirmaríamos la opinión que prevalece en algunos de que es mejor morir que vivir. Simónides, al menos, dice:' De los hombres, poco es el vigor, inútiles las preocupaciones, y en el breve tiempo, dolor sobre dolor. Y la muerte ineludible cuelga igualmente; pues de ella obtuvieron la misma parte tanto los buenos como el que es malo'. Y Píndaro:' Un bien reparten a los mortales dos males los inmortales'. Pero los necios no pueden sobrellevar esto con orden. Y Sófocles:'¿ Y tú gimes si un hombre mortal ha muerto, sabiendo que no sabes si el futuro trae algún beneficio?'. Y Eurípides:'¿ Conoces la naturaleza que tienen los asuntos mortales? Creo que no;¿ de dónde? Pero escúchame. A todos los mortales les es debido morir, y no hay ninguno de ellos que sepa con certeza si vivirá el día de mañana. Pues lo de la fortuna es invisible hacia dónde avanzará'. Siendo la vida de los hombres tal como dicen estos,¿ cómo no es más apropiado felicitar a los que han sido liberados de la servidumbre que hay en ella, en lugar de compadecerlos y llorarlos, que es lo que hace la mayoría por ignorancia?
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Sócrates decía que la muerte es similar o bien al sueño más profundo, o a una partida larga y duradera, o, en tercer lugar, a una cierta corrupción y desaparición tanto del cuerpo como del alma, y que en ninguno de estos casos es un mal. Y recorría cada uno, y primero el primero. Pues si la muerte es un sueño y no hay nada malo en los que duermen, es evidente que tampoco habría nada malo en los que han muerto. Pero,¿ qué necesidad hay de decir que el sueño más profundo es el más dulce? Pues el hecho mismo es evidente para todos los hombres, y Homero también lo atestigua al decir sobre él:' El sueño, el más dulce, muy cercano a la muerte'. Y en otro lugar dice también esto:' Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte', y' al Sueño y a la Muerte, gemelos', mostrando con la vista su semejanza; pues los gemelos manifiestan mejor la semejanza. De nuevo, en algún lugar dice que la muerte es un sueño de bronce, aludiendo a nuestra insensibilidad. Y no pareció expresarse sin elegancia quien dijo que el sueño son los pequeños misterios de la muerte; pues el sueño es, en verdad, una iniciación previa a la muerte. Y muy sabiamente, el cínico Diógenes, al caer en el sueño y estar a punto de dejar la vida, cuando el médico lo despertó y le preguntó si le pasaba algo malo, dijo:' Nada; pues el hermano se adelanta al hermano'.
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Si, en efecto, la muerte se parece a una partida, tampoco así es un mal; y quizás sea, por el contrario, un bien. Pues vivir sin ser esclavo del cuerpo y de sus pasiones, por las cuales el intelecto, al ser arrastrado, se llena de la necedad mortal, es algo feliz y bienaventurado. Pues Platón dice que el cuerpo nos proporciona innumerables ocupaciones debido a la alimentación necesaria, y además, si sobrevienen algunas enfermedades, nos obstaculizan la búsqueda de lo que es, y nos llena de amores, deseos, miedos, ídolos de todo tipo y necedad, de modo que, como se dice, verdaderamente por su causa nunca nos llega a surgir ninguna prudencia. Pues las guerras, las sediciones y las batallas no las provoca otra cosa que el cuerpo y sus deseos; pues todas las guerras ocurren por la adquisición de riquezas; y nos vemos obligados a adquirir riquezas por causa del cuerpo, siendo esclavos de su cuidado; y por esto estamos sin tiempo para la filosofía por todas estas razones. Y lo último de todo, que si tenemos algún tiempo libre de él y nos volvemos a considerar algo, en las investigaciones, por todas partes, se entromete, causa ruido y confusión, y nos aturde, de modo que no podemos ver la verdad por su causa, sino que se nos ha demostrado verdaderamente que, si vamos a conocer algo con pureza alguna vez, debemos separarnos de él y ver las cosas con el alma misma; y entonces, al parecer, tendremos lo que deseamos y lo que decimos amar( que es la prudencia), cuando muramos, como indica el discurso, y no mientras vivamos. Pues si no es posible conocer nada con pureza con el cuerpo, una de dos: o no es posible adquirir el conocimiento en ninguna parte, o al morir; pues entonces el alma estará por sí misma, separada del cuerpo, y antes no. Y mientras vivamos, así, al parecer, estaremos lo más cerca posible del conocimiento si no tratamos con el cuerpo ni participamos de él, salvo por absoluta necesidad, y no nos llenamos de su naturaleza, sino que nos purificamos de él hasta que el dios mismo nos libere. Y así, al separarnos de la necedad del cuerpo, como es natural, estaremos con tales seres, viendo por nosotros mismos todo lo puro; y esto es lo verdadero. Pues que lo impuro toque lo puro quizás no sea lícito. De modo que, si la muerte se parece a trasladarse a otro lugar, no es un mal; pues quizás resulte ser de los bienes, tal como demostró Platón. Por eso, Sócrates dijo de manera muy divina a los jueces tales cosas:' Pues temer a la muerte, hombres, no es otra cosa que parecer sabio sin serlo; pues es parecer saber lo que no se sabe'. Pues nadie sabe si la muerte resulta ser para el hombre el mayor de todos los bienes, pero la temen como si supieran bien que es el mayor de los males. Y no parece discrepar de esto quien dijo:' Que nadie tema a la muerte, liberación de los trabajos, sino también de los mayores males'.
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Se dice que también lo divino atestigua esto. Pues hemos recibido a muchos que, por su piedad, obtuvieron este regalo de los dioses. De los cuales, omitiré a los demás por ahorrar la simetría del escrito, pero mencionaré a los que son más evidentes y están en boca de todos. Primero te contaré lo referente a Cleobis y Bitón, los jóvenes argivos. Pues dicen que, siendo su madre sacerdotisa de Hera, cuando llegó el momento de la subida al templo, como los bueyes que tiraban del carro se retrasaron y la hora apremiaba, ellos se pusieron bajo el carro y llevaron a su madre al templo, y ella, al alegrarse sobremanera por la piedad de sus hijos, rogó que se les diera lo mejor para ellos de entre lo que hay para los hombres, y ellos, tras quedarse dormidos, ya no se despertaron, habiéndoles regalado la diosa la muerte como recompensa por su piedad. Y sobre Agamedes y Trofonio, Píndaro dice que, tras construir el templo en Delfos, pidieron a Apolo una recompensa, y él les prometió que se la daría al séptimo día, y mientras tanto les exhortó a que se dieran un banquete; y ellos, tras hacer lo ordenado, en la séptima noche se quedaron dormidos y murieron. Se dice también que al mismo Píndaro, cuando envió a los enviados por los beocios a preguntar al dios qué es lo mejor para los hombres, la pitonisa le respondió que él mismo no lo ignora, si es que lo escrito sobre Trofonio y Agamedes es suyo; y si quiere probarlo, no pasará mucho tiempo para que le sea evidente. Y así, tras enterarse, Píndaro razonó sobre la muerte, y tras pasar poco tiempo, murió. Y sobre el italiano Eutinoo dicen que ocurrió lo siguiente. Pues dicen que era hijo de Elisio, el terineo, el primero de allí tanto en virtud como en riqueza y gloria, y que murió de repente por una causa incierta. Elisio, pues, entró en lo que quizás habría entrado cualquier otro: que quizás habría muerto por venenos; pues este era el único que tenía con mucha hacienda y riquezas. Y al estar en duda sobre cómo obtener una prueba de esto, llegó a un oráculo de los muertos, y tras ofrecer sacrificios como es costumbre, se quedó dormido y vio la siguiente visión. Le pareció que su padre se presentaba, y al verlo, le habló sobre la fortuna de su hijo, y le suplicó y pidió que le ayudara a encontrar al causante de la muerte. Y que este, ante esto, dijo:' He venido. Pero recibe de este lo que te trae, pues de esto sabrás todo por lo que te afliges'. Y que el joven al que señaló lo seguía, semejante a su hijo, y cercano tanto en tiempo como en edad. Preguntó, pues, quién era. Y que dijo:' El espíritu de tu hijo', y así le tendió un pequeño escrito. Al desenrollarlo, vio inscritas estas tres cosas:'¿ Acaso en la necedad se extravían las mentes de los hombres? Eutinoo yace por muerte del destino. Pues no era bueno para él vivir, ni para sus padres'. Tales son también los relatos registrados entre los antiguos.
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Si, en efecto, la muerte es una completa destrucción y disolución tanto del cuerpo como del alma— pues este era el tercer punto de la conjetura socrática—, ni aun así es un mal; pues, según él, se produce una cierta insensibilidad y una liberación de todo dolor y preocupación. Pues, así como no nos sobreviene ningún bien, tampoco ningún mal; ya que, al igual que el bien, el mal está destinado a producirse en torno a lo que es y a lo que subsiste; pero en torno a lo que no es, sino que ha sido retirado de los seres, no existe ninguno de los dos. Por tanto, los que han fallecido se sitúan en el mismo orden que antes de su nacimiento. Así pues, como no éramos nada antes de nacer, ni bien ni mal, así tampoco después del fallecimiento. Y al igual que lo que hubo antes de nosotros no era nada para nosotros, así tampoco lo que haya después de nosotros será nada para nosotros; pues, en verdad, ningún dolor afecta a un cadáver. Pues digo que no haber nacido es igual a haber muerto. Pues la misma situación es la que hay después del fallecimiento que la que había antes del nacimiento. Pero¿ crees tú que hay diferencia entre no haber nacido o, habiendo nacido, dejar de ser? A menos que supongas que hay alguna diferencia entre nuestra casa y nuestra ropa después de su destrucción y el tiempo en que aún no habían sido construidas. Y si en estos casos no hay ninguna, es evidente que tampoco en el caso de la muerte hay diferencia respecto a la situación anterior al nacimiento. Pues es ingenioso lo de Arcesilao. Dice que este llamado mal, la muerte, es el único de los otros males considerados como tales que, estando presente, nunca ha afligido a nadie, pero, estando ausente y siendo esperado, aflige. Pues, en realidad, muchos mueren por la nada y por la calumnia contra la muerte, para no morir. Bien dijo, pues, Epicarmo: se compuso y se descompuso y se fue de donde vino de nuevo, la tierra a la tierra, y el espíritu hacia arriba.¿ Qué hay de difícil en esto? Nada. Y Cresfontes, creo, el de Eurípides, al hablar de Heracles, dice: pues si habita bajo tierra entre los que ya no son, esto no tendría fuerza alguna; transformándolo, podrías decir: pues si habita bajo tierra entre los que ya no son, no sufriría nada. Y es noble también el dicho laconio: ahora nosotros, antes otros florecieron, y pronto otros, cuya descendencia ya no veremos, y de nuevo los que murieron. No considerando bueno el vivir ni el morir, sino el realizar bien ambas cosas. Y muy bien dice también Eurípides sobre los que soportan largas enfermedades: odio a quienes desean prolongar la vida, desviando el cauce con comidas, bebidas y hechizos para no morir. A quienes habría que dejar morir y apartar de los jóvenes cuando ya no son de utilidad para la tierra. Pero Mérope, al proferir palabras varoniles, conmueve los teatros, diciendo tales cosas: han muerto mis hijos, no solo a mí entre los mortales, ni he sido privada de un hombre, sino que innumerables han agotado la misma vida que yo. Pues a estos uno podría unir adecuadamente esto:¿ dónde están aquellos venerables, dónde el gran soberano de Lidia, Creso, o Jerjes, que unció el pesado cuello del mar Helesponto? Todos llegaron al Hades y a las moradas del Olvido, habiéndose destruido sus riquezas junto con sus cuerpos.
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¡ Por Zeus!, pero la muerte prematura conmueve a la mayoría hacia el duelo y los lamentos. Pero incluso esta es tan fácil de consolar que ha sido comprendida incluso por poetas comunes y ha obtenido consuelo. Pues observa lo que dice uno de los cómicos sobre esto a quien se aflige por una muerte prematura: entonces, si supieras que esta vida, que no vivió, la habría disfrutado viviendo, la muerte no es oportuna; pero si esta vida hubiera traído alguno de los males irremediables, tal vez la muerte misma se ha vuelto más benévola contigo. Siendo, pues, incierto si descansó provechosamente al abandonar la vida y liberarse de males mayores o no, no hay que llevarlo tan pesadamente como si hubiéramos perdido todo lo que pensamos que obtendríamos de él. Pues no parecería que Anfiarao, en el poeta, consuela mal a la madre de Arqé- moro, que se aflige porque el niño murió siendo pequeño y demasiado prematuramente. Pues dice así: no ha nacido ningún mortal que no sufra. Entierra a sus hijos y adquiere otros nuevos, y él mismo muere; y los mortales se afligen por esto, llevando tierra a la tierra. Pero es necesario cosechar la vida como una espiga madura, y que uno sea y otro no.¿ Por qué hay que gemir por esto, lo que hay que atravesar según la naturaleza? Pues nada de lo necesario es terrible para los mortales.
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Pues, en general, todo el mundo debe pensar, tanto para sí mismo como al exponerlo a otro con seriedad, que no es la vida más larga la mejor, sino la más virtuosa; pues ni siquiera se elogia al que más ha tocado la cítara, ni al que más ha hablado, ni al que más ha gobernado, sino al que lo ha hecho bien. Pues lo bueno no debe ponerse en la longitud del tiempo, sino en la virtud y en la medida oportuna; pues esto se considera dichoso y amado por los dioses. Por esto, al menos, los poetas nos han transmitido a los más destacados de los héroes, incluso a los nacidos de dioses, que abandonaron la vida antes de la vejez, como aquel a quien Zeus, que lleva la égida, y Apolo amaban de corazón con todo tipo de amistad,¿ y no llegó al umbral de la vejez? Pues observamos en todas partes que la oportunidad prevalece más que la longevidad. Pues también de las plantas son mejores las que producen la mayor cantidad de frutos en poco tiempo, y de los animales aquellos de los que en poco tiempo obtenemos gran utilidad para la vida. Y lo mucho o poco, sin duda, no parece importar nada cuando se mira hacia el tiempo infinito. Pues los mil y los diez mil años, según Simónides, son un punto indefinido, o más bien una parte pequeñísima de un punto. Puesto que también de aquellos animales que cuentan que nacen en torno al Ponto y tienen una vida de un día, naciendo al amanecer, floreciendo al mediodía y envejeciendo y terminando su vida al atardecer,¿ no sería también de ellos este padecimiento nuestro, si cada uno tuviera un alma humana y razonamiento, y sin duda ocurrirían las mismas cosas, de modo que los que mueren antes del mediodía causarían lamentos y lágrimas, y los que han pasado el día serían totalmente envidiados? Pues la medida de la vida es lo bueno, no la longitud del tiempo.
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Pues hay que considerar vanas y de mucha simpleza tales exclamaciones: pero no debía ser arrebatado siendo joven. Pues¿ quién podría decir que debía? Muchas otras cosas, sobre las cuales uno podría decir que no debían hacerse, se han hecho, se hacen y se harán muchas veces. Pues no estamos aquí para legislar sobre la vida, sino para obedecer lo dispuesto por los dioses que gobiernan el todo y las leyes del destino y la providencia.
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¿ Y qué?¿ Los que lloran a los que han muerto así, lloran por sí mismos o por los difuntos? Si por sí mismos, porque han sido privados del placer, la utilidad o el cuidado en la vejez de los muertos, la causa del dolor es egoísta; pues parecerá que no los añoran a ellos, sino las utilidades que obtenían de ellos. Pero si lloran por los muertos, al darse cuenta de que no se encuentran en ningún mal, se liberarán del dolor, persuadidos por un antiguo y sabio dicho que aconseja hacer los bienes lo más grandes posible y reducir y humillar los males. Si, pues, el duelo es un bien, hay que hacerlo lo más grande y extenso posible; pero si, como dice la verdad, confesamos que es un mal, hay que reducirlo y hacerlo lo más pequeño posible y borrarlo en la medida de lo posible. Y que esto es fácil, es evidente por tal consuelo. Pues dicen que uno de los antiguos filósofos, al entrar ante la reina Arsínoe, que lloraba a su hijo, usó tal discurso, diciendo que en el tiempo en que Zeus repartía los honores a los demonios, el Duelo no estaba presente, y llegó más tarde, cuando ya se habían repartido. Por tanto, Zeus, como pedía que también a él se le diera un honor, estando en apuros porque ya se habían agotado todos para los demás, le dio este que se produce por los fallecidos, como lágrimas y penas; así pues, como los otros demonios, por los cuales son honrados, aman a estos, de la misma manera también el Duelo; si, pues, lo desprecias, mujer, no se acercará a ti; pero si es honrado por ti diligentemente con los honores que se le han dado, penas y lamentos, te amará y siempre estará contigo tal cosa por la cual será honrado continuamente por ti. Admirablemente parece haber persuadido con este discurso a la mujer para que se despojara del duelo y los lamentos.
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Y en conjunto, uno podría decir al que se aflige:¿ dejarás alguna vez de afligirte o pensarás que debes sufrir siempre y durante toda la vida? Pues si permaneces siempre en esta aflicción, te causarás una miseria completa y una desdicha amarguísima por la falta de nobleza y la debilidad de tu alma; pero si vas a cambiar alguna vez,¿ por qué no cambias ya y te sacas a ti mismo de la desgracia? Pues con los mismos argumentos que usarás al pasar el tiempo para liberarte, con esos mismos, prestándoles atención ahora, libérate del sufrimiento; pues también en los padecimientos corporales el camino más rápido de liberación es mejor. Lo que, pues, vas a conceder al tiempo, concédeselo a la razón y a la educación, y libérate a ti mismo de los males.
21
Pero, dice, no esperaba sufrir esto, ni lo preveía. Pero debías prever y haber juzgado de antemano la incertidumbre y la nada de las cosas humanas, y no habrías sido tomado ahora desprevenido, como por enemigos que atacan de repente. Pues bien parece estar preparado para tales cosas el Teseo de Eurípides; pues aquel dice: yo, habiendo aprendido esto de algún sabio, ponía mi mente en preocupaciones y desgracias, añadiendo para mí mismo destierros de mi patria, muertes prematuras y otros caminos de males, para que, si sufriera algo de lo que imaginaba en mi mente, no me mordiera más al sobrevenirme de repente. Pero los más innobles y los que están sin entrenamiento a veces ni siquiera encuentran un giro para deliberar sobre algo decoroso y provechoso, sino que se desvían hacia las últimas miserias, castigando al cuerpo, que no tiene la culpa, y obligando a los que no están enfermos a sufrir junto con ellos, según Aqueo.
22
Por lo cual también muy bien parece aconsejar Platón en tales desgracias mantener la calma, como si no fuera evidente el mal y el bien, y no avanzara nada hacia adelante para el que lo lleva con dificultad; pues el afligirse se convierte en un obstáculo para deliberar sobre lo sucedido y, como en una tirada de dados, poner los propios asuntos según lo que ha caído, por donde la razón elige que estarían mejor. No hay que, pues, tras haber tropezado, gritar como niños agarrados a lo golpeado, sino acostumbrar al alma lo más rápido posible a ocuparse de sanar y corregir lo que ha caído y enfermado, haciendo desaparecer la lamentación con la medicina. Dicen que el legislador de los licios ordenó a sus ciudadanos que, cuando estuvieran de duelo, se vistieran con ropa femenina para llorar, queriendo mostrar que el padecimiento es femenino y no apropiado para hombres decorosos y que han participado de una educación liberal. Pues es verdaderamente femenino, débil e innoble el afligirse; pues las mujeres son más propensas al duelo que los hombres, y los bárbaros más que los griegos, y los peores hombres más que los mejores, y de los mismos bárbaros no los más nobles, los celtas y los gálatas y todos los que están llenos de un espíritu más varonil, sino más bien, si acaso, los egipcios, los sirios, los lidios y todos los que son semejantes a estos. Pues de estos cuentan que algunos se meten en fosas y permanecen durante muchos días, sin querer ver ni siquiera la luz del sol, puesto que también el fallecido ha sido privado de ella. Ion, al menos, el poeta trágico, no siendo ignorante de la simpleza de estos, ha hecho que alguien diga: he salido de entre vosotros, nodriza de niños que florecían, dejando fosas de duelo. Y algunos de los bárbaros incluso se cortan partes del cuerpo, mutilando narices, orejas y el resto del cuerpo, creyendo que hacen algún favor a los fallecidos, apartándose de la moderación natural en tales casos.
23
Pero,¡ por Zeus!, algunos, objetando, piensan que los duelos no deben producirse por toda muerte, sino por las prematuras, debido a que no han obtenido ninguno de los bienes considerados en la vida, como matrimonio, perfección de la educación, cargos políticos( pues estos son los que afligen más a los que sufren por las prematuras, debido a que han sido privados de la esperanza antes de tiempo), ignorando que la muerte prematura, respecto a la naturaleza de los hombres, no difiere en nada. Pues, al igual que, estando propuesto para todos el viaje a la patria común, necesario e inevitable, unos se adelantan y otros siguen, pero todos llegan a lo mismo, de la misma manera, los que caminan hacia el destino no tienen ninguna ventaja, los que llegan más tarde respecto a los que llegan más rápido. Si, en efecto, la muerte prematura es un mal, la más prematura sería la de los infantes y niños y aún más la de los recién nacidos. Pero llevamos las muertes de estos fácil y alegremente, y las de los que ya han avanzado, con dificultad y con duelo; debido a la invención de esperanzas vanas, creyendo nosotros ya tener segura la permanencia de los que tienen tal edad. Pero si el tiempo de la vida de los hombres fuera de veinte años, pensaríamos que el que muere a los quince años ya no muere prematuramente, sino que ya tiene una medida de edad suficiente; y al que hubiera cumplido el plazo de los veinte años o al que estuviera cerca del número de los veinte años, sin duda lo felicitaríamos como habiendo pasado una vida felicísima y perfectísima. Pero si fuera de doscientos años, al que muriera a los cien años, pensando sin duda que es prematuro, nos volveríamos hacia lamentos y llantos.
24
Es evidente, pues, que también la llamada muerte prematura es fácil de consolar tanto por estas razones como por las dichas anteriormente. Pues en verdad lloró menos Troilo que Príamo, e incluso el mismo Príamo, si hubiera muerto antes, estando aún en su apogeo el reino y la gran fortuna que lloraba. Pues observa lo que discutió con su propio hijo Héctor, aconsejándole retirarse de la batalla contra Aquiles, en lo que dice: pero entra en el muro, hijo mío, para que salves a los troyanos y a las troyanas, y no des gran gloria al Pelida,¡ y tú mismo seas privado de tu querida vida! Y ten piedad de mí, el desdichado, que aún pienso, el infortunado, a quien el padre Cronida, en el umbral de la vejez, destruirá con destino penoso, tras ver muchos males, hijos pereciendo, hijas arrastradas, cámaras saqueadas y niños pequeños arrojados contra la tierra, en terrible combate, y nueras arrastradas bajo las manos asesinas de los aqueos. Y a mí mismo, al final, los perros, en las primeras puertas, me desgarrarán, cuando alguien con bronce afilado, golpeando o lanzando, me quite el alma de los miembros. Pero cuando los perros, tras matar al anciano, mancillen con sus dientes la cabeza blanca y la barba blanca, esto es lo más lamentable para los mortales desdichados. Así habló el anciano, y se arrancaba con las manos los cabellos blancos, tirando de la cabeza, y no convencía el alma de Héctor. Estando, pues, ante ti muchísimos ejemplos sobre esto, piensa que la muerte libera a no pocos de grandes y difíciles males, de los cuales, si hubieran sobrevivido, sin duda habrían probado. Lo cual, ahorrando la simetría del discurso, omití, contentándome con lo dicho para no tener que desviarse más allá de lo natural y moderado hacia duelos inútiles y lamentos innobles.
25
Pues el no actuar mal por uno mismo, dice Crántor, no es un pequeño alivio ante las desgracias, y yo diría que es el mayor remedio contra la aflicción. Y el amar y querer al que ha cambiado no está en afligirse a sí mismo, sino en beneficiar al amado; y la utilidad para los que han sido privados es el honor a través del buen recuerdo. Pues ningún bueno es digno de lamentos, sino de himnos y peanes, ni de duelo, sino de un recuerdo glorioso, ni de lágrimas dolorosas, sino de primicias anuales, si es que el que ha cambiado ha participado de una vida más divina, liberado de la servidumbre del cuerpo y de estas incesantes preocupaciones y desgracias, que es necesario que los que han obtenido la vida mortal soporten, hasta que cumplan la vida de la existencia que les ha tocado, la cual nos dio la naturaleza no para todo el tiempo, sino que asignó a cada uno la que le fue repartida según las leyes del destino.
26
Por lo cual, a los que tienen buen juicio, no les conviene, ante los que mueren, desviarse más allá de lo natural y moderado del dolor por la fortuna hacia duelos inútiles y bárbaros, y esperar esto que ya ha ocurrido a muchos, de modo que, antes de haber rechazado los duelos, agobiados, terminen la vida y participen en los funerales de la desdichada sepultura, siendo enterrados junto con ellos tanto los males penosos como los que provienen de la falta de razón, de modo que se pueda exclamar lo homérico: y a ellos, mientras lloraban, les llegó la negra tarde. Por lo cual también muchas veces hay que hablarse a sí mismo:¿ y qué?¿ dejaremos alguna vez de afligirnos o estaremos con una desgracia incesante hasta el final de toda la vida? Pues considerar que el duelo no tiene fin es de la mayor insensatez, aunque vemos que incluso los más afligidos y los que más duelen se vuelven muy mansos a menudo por el tiempo, y en aquellos monumentos por los que se afligían mucho, gimiendo y golpeándose el pecho, organizan brillantes banquetes con músicos y el resto de la distracción. Es, pues, de alguien loco suponer que el duelo tendrá permanencia. Pero si razonaran que cesará cuando ocurra algo, considerarían que el tiempo, evidentemente, ha hecho algo; pues lo que ha sucedido, ni siquiera para un dios es posible hacerlo no sucedido. Por tanto, lo que ahora ha sucedido contra la esperanza y contra nuestra opinión ha mostrado lo que suele ocurrir a muchos a través de los mismos hechos.¿ Qué, pues?¿ Acaso nosotros no podemos aprender esto a través de la razón ni calcular que la tierra está llena de males, y el mar está lleno, y tales males rodean a los mortales, y la entrada es vacía, ni siquiera al éter?
27
Pues por muchos y sabios hombres, como dice Crántor, no ahora sino desde hace mucho tiempo se han llorado las cosas humanas, considerando que la vida es un castigo y que el haber nacido hombre es la mayor desgracia; y esto dice Aristóteles que también Sileno, al ser capturado por Midas, lo declaró. Pero es mejor exponer las mismas palabras del filósofo. Dice, pues, en el titulado Eudemo o Sobre el alma, esto: por lo cual, oh el más excelente y bienaventurado de todos, además de considerar bienaventurados y dichosos a los fallecidos, consideramos que mentir sobre ellos y blasfemar no es santo, como si se considerara que han llegado a ser mejores y superiores. Y estas cosas son tan antiguas y viejas entre nosotros, que nadie sabe en absoluto ni el principio del tiempo ni quién lo puso primero, sino que durante el tiempo infinito se ha considerado así. Además de esto, ves que está en boca de los hombres y desde hace muchos años circula siendo repetido.¿ Qué es esto?, dijo. Y aquel, respondiendo: que no haber nacido, dijo, es lo mejor de todo, y que haber muerto es mejor que vivir. Y por muchos ha sido testificado así por el demonio. Esto dicen, sin duda, que aquel Midas, después de la caza, cuando capturó a Sileno, al interrogarlo y preguntar qué es lo mejor para los hombres y qué es lo más deseable de todo, al principio no quería decir nada, sino callar inquebrantablemente; pero cuando por fin, apenas, maquinando toda estratagema, lo indujo a decir algo, así, obligado a decir: semilla efímera de un demonio penoso y de una fortuna difícil,¿ por qué me obligáis a decir lo que para vosotros es mejor no saber? Pues con la ignorancia de los propios males la vida es más llevadera. Pero para los hombres no es posible en absoluto que ocurra lo mejor de todo ni participar de la naturaleza de lo mejor( lo mejor, pues, para todos y todas es no haber nacido); lo que sigue a esto y es lo primero alcanzable para el hombre, y lo segundo, es que, habiendo nacido, mueran lo más rápido posible. Es evidente, pues, que siendo mejor la existencia en el haber muerto que en el vivir, así lo declaró; y uno podría tener innumerables cosas sobre innumerables para exponer ante el mismo punto; pero no es necesario hablar mucho.
28
No hay que, pues, llorar a los que mueren jóvenes porque han sido privados de los bienes considerados en la larga vida; pues esto es incierto, como hemos dicho muchas veces, si han sido privados de bienes o de males; pues mucho más numerosos son los males. Y los bienes los adquirimos apenas y a través de muchas preocupaciones, pero los males muy fácilmente; pues dicen que estos son redondos y continuos y que se llevan unos a otros por muchas causas, y los bienes son discontinuos y difícilmente se reúnen al final de la vida. Parecemos, pues, haber olvidado que no solo, como dice Eurípides, los mortales no poseen riquezas propias, sino que, en absoluto, nada de las cosas humanas. Por lo cual también sobre todas las cosas hay que decir: poseyendo las de los dioses, nos ocupamos de ellas. Cuando quieren, las quitan de nuevo. No hay que, pues, afligirse si lo que nos prestaron por poco tiempo, eso lo reclaman; pues ni siquiera los banqueros, como solemos decir muchas veces, al ser reclamados los depósitos, se afligen por la devolución, si es que son sensatos. Pues a los que no devuelven fácilmente, uno podría decir razonablemente:¿ olvidaste que recibiste esto con la condición de devolverlo? Esto, pues, ha ocurrido a todos los mortales. Pues tenemos la vida como si fuera de dioses depositarios por necesidad, y de esto no hay tiempo definido para la devolución, como tampoco para los banqueros de los depósitos, sino que es incierto cuándo el que dio reclamará. El que, pues, o bien va a morir él mismo o se aflige excesivamente por la muerte de sus hijos,¿ cómo no ha olvidado claramente que él mismo es hombre y engendró hijos mortales? Pues no es de un hombre que tiene juicio ignorar que el hombre es un animal mortal, ni que ha nacido para morir. Si, en efecto, Níobe, según los mitos, tuviera a mano esta suposición de que también ella, floreciente en vida y cargada con los brotes de sus hijos, viendo la dulce luz, moriría, no se habría afligido tanto como para querer abandonar la vida por la magnitud de la desgracia, y llamar a los dioses para que fuera arrebatada hacia la destrucción más difícil. Dos son de las letras délficas las más necesarias para la vida, el conócete a ti mismo y el nada en exceso; de estos, pues, dependen también todas las demás cosas. Pues estas son acordes y conformes entre sí, y a través de una parece mostrarse la otra según la capacidad. Pues en el conocerse a sí mismo está contenido el nada en exceso, y en esto el conocerse a sí mismo. Por lo cual también sobre esto dice Ion así: el conócete a ti mismo, este dicho no es grande, pero la obra es tan grande que solo Zeus de los dioses la conoce, y Píndaro dice: los sabios también el dicho nada en exceso alabaron excesivamente.
29
Estas cosas, pues, teniéndolas alguien en su mente como mandatos dictados por el dios, podrá aplicarlas fácilmente a todos los asuntos de la vida y llevarlos hábilmente, mirando hacia su propia naturaleza y hacia el no desviarse más allá de lo conveniente en lo que sobreviene, ya sea hacia la arrogancia o hacia la humillación y el caer en lamentos y gemidos debido a la debilidad del alma y al miedo a la muerte que nos nace debido a la ignorancia de las cosas que suelen ocurrir en la vida según la parte de la necesidad o del destino. Bien aconsejaron los pitagóricos diciendo: cuantos dolores tienen los mortales por las fortunas divinas, la parte que tengas, tenla y no te indignes; y el trágico Esquilo: pues es de hombres justos y sabios incluso en las cosas terribles no estar enfadados con los dioses; y Eurípides: quien de los mortales ha cedido a la necesidad es sabio entre nosotros y conoce las cosas divinas; y en otros: quien de los mortales lleva bien lo que sobreviene, me parece que es el mejor y que es sensato.
30
Pero la mayoría critica todo y piensa que todas las cosas que les han sucedido contra las esperanzas han ocurrido por la injuria de la fortuna y de los demonios. Por lo cual también se lamentan por todo, gimiendo y culpando a su propia desgracia. Ante los cuales uno podría decir, interponiéndose: ningún mal te ha enviado el dios, sino tú mismo a ti mismo, y la insensatez y la locura por la falta de educación. Por esta, al menos, opinión engañada y falsa, critican todo, incluso la muerte. Pues si alguien muere estando fuera de casa, gimen diciendo: desdichado, ni siquiera el padre y la madre noble cerrarán tus ojos; y si en la patria propia, estando presentes los padres, se lamentan como si hubiera sido arrebatado de sus manos y les hubiera dejado el dolor ante sus ojos. Y si sin voz, sin decir nada sobre nada, llorando dicen: ni siquiera me dijiste una palabra sabia, de la que siempre me acordaría; si ha hablado algo, esto siempre lo tienen a mano como si fuera un combustible del dolor. Si rápidamente, se lamentan diciendo: fue arrebatado. Si largamente, critican que murió consumido y castigado. Toda causa es suficiente para despertar los dolores y los lamentos. Estas cosas las movieron los poetas, y sobre todo de ellos el primero, Homero, diciendo: como el padre se lamenta por los huesos de su hijo, recién casado, que al morir afligió a los desdichados padres; y puso un gemido y un duelo indecible para los padres; y esto aún no es evidente si se lamenta justamente, pero mira lo siguiente: solo, muy querido, con muchas posesiones.
31
Pues¿ quién sabe si el dios, cuidando paternalmente del género humano y previendo lo que va a suceder, saca a algunos de la vida prematuramente? De donde no hay que considerar que sufren nada que deba evitarse( pues nada de lo necesario para los mortales es terrible, ni de lo que sucede según una razón principal ni de lo que sucede por consecuencia) y que la mayoría de las muertes ocurren antes de otros males mayores, y que a unos les convenía ni siquiera haber nacido, a otros morir al nacer, a otros haber avanzado un poco y a otros estar en su apogeo. Ante todas estas muertes hay que mantenerse ligero, sabiendo que no es posible escapar al destino; y es de hombres educados haber añadido que los que parecen prematuros han sido privados de vivir solo un poco de tiempo antes que nosotros; pues incluso la vida más larga es poca y puntual respecto al tiempo infinito; y que muchos de los que se han lamentado más tiempo han seguido poco después a los que fueron llorados por ellos, sin haber obtenido ningún beneficio del duelo, habiéndose castigado en vano con los sufrimientos. Siendo el tiempo de la estancia en la vida brevísimo, no hay que destruirse a sí mismo en los dolores secos ni en el duelo más desdichado, prolongándose con los sufrimientos y las mutilaciones del cuerpo, sino cambiar hacia lo mejor y más humano, intentando y esforzándose por encontrar a hombres que se afligen junto con uno y que despiertan los duelos por adulación, sino a los que eliminan los dolores a través de la noble y venerable consolación, escuchando y teniendo en mente este dicho homérico, que Héctor dijo a Andrómaca consolándola así: desdichada, no te aflijas demasiado en tu alma; pues ningún hombre me enviará al Hades más allá del destino, y digo que ningún hombre ha escapado a su destino, ni el malo ni el bueno, una vez que ha nacido primero; y este destino, en otros, dice el poeta: lo hiló con el hilo al nacer, cuando la madre lo dio a luz.
32
Al comprender esto antes de que nuestra mente se entregue a un dolor inútil y vacío, nos liberaremos de una pesada aflicción, dado que el tiempo que nos queda de vida es, en realidad, muy breve. Debemos, pues, esforzarnos por pasar este tiempo con serenidad y sin perturbaciones por las penas del duelo, abandonando los signos externos del luto y ocupándonos del cuidado del cuerpo y de la seguridad de quienes conviven con nosotros. Es bueno también recordar las palabras que, como es natural, hemos dirigido alguna vez a parientes o amigos que se encontraban en desgracias similares, consolándolos y persuadiéndolos a sobrellevar en común los infortunios comunes de la vida y a aceptar lo humano como humano; y no ser capaces de ayudar a otros a alcanzar la imperturbabilidad, mientras que para nosotros mismos no sea de provecho alguno el recuerdo de estas cosas, mediante las cuales debemos curar el dolor del alma con los fármacos del discurso, que son como peones, pues debemos considerar cualquier cosa antes que posponer la ausencia de dolor. Y, sin embargo, el proverbio que circula entre todos dice que quien es perezoso en cualquier asunto lucha contra las desgracias; y creo que mucho más lo hace quien pospone el alivio de los penosos y difíciles padecimientos del alma para el tiempo venidero.
33
Debemos también dirigir la mirada hacia aquellos que han soportado noble y magnánimamente las muertes de sus hijos, como Anaxágoras de Clazómenas, Demóstenes de Atenas, Dión de Siracusa y el rey Antígono, así como muchos otros, tanto antiguos como contemporáneos nuestros. Pues de Anaxágoras hemos recibido el relato de que, mientras filosofaba y conversaba con sus conocidos, al enterarse por uno de los mensajeros de la muerte de su hijo, tras una breve pausa, dijo a los presentes:« Sabía que había engendrado un hijo mortal». Pericles, llamado el Olímpico por su extraordinaria fuerza en la palabra y la inteligencia, al enterarse de que ambos hijos suyos, Páralo y Jantipo, habían fallecido, según dice Protágoras, habló así: pues siendo sus hijos jóvenes y hermosos, y habiendo muerto en el transcurso de ocho días, los sobrellevó sin dolor; pues se mantuvo en una calma de la que se benefició mucho cada día para su buena fortuna, su ausencia de dolor y su reputación entre la mayoría; pues todo aquel que lo veía soportar sus propios duelos con entereza, lo consideraba magnánimo, valiente y superior a sí mismo, conociendo bien su propia impotencia en tales circunstancias; pues él, inmediatamente después de la noticia de ambos hijos, no dejó de coronarse según la costumbre patria, vestir de blanco, dirigir las asambleas y exhortar a los atenienses a la guerra. Jenofonte el socrático, mientras ofrecía un sacrificio, al enterarse por los mensajeros de la guerra de que su hijo Grilo había muerto luchando, se quitó la corona y preguntó de qué manera había muerto. Y al informarle los mensajeros de que había muerto noblemente, distinguiéndose y matando a muchos enemigos, tras guardar silencio por un tiempo muy breve y contener el dolor con la razón, se volvió a poner la corona, terminó el sacrificio y dijo a los mensajeros que él no había rogado a los dioses que su hijo fuera inmortal ni longevo— pues es incierto si tal cosa es provechosa—, sino que fuera bueno y patriota, lo cual, en efecto, sucedió. Dión de Siracusa, mientras deliberaba con sus amigos, al producirse un alboroto y un gran grito en la casa, al preguntar la causa y escuchar lo sucedido, que su hijo había muerto al caer desde el tejado, no se turbó en absoluto y ordenó a las mujeres que entregaran el cuerpecito del difunto para el entierro legal, mientras él no dejó de lado los asuntos que estaba considerando. Se dice que a este lo emuló Demóstenes el orador, al perder a su única y amada hija, sobre la cual Esquines, creyendo acusarlo, dice esto:« Al séptimo día de haber muerto su hija, antes de haber hecho el duelo y los ritos acostumbrados, se coronó, vistió ropas blancas, ofreció un sacrificio y transgredió la ley, habiendo perdido el infeliz a la única que lo llamó padre por primera vez». Este, pues, al proponerse retóricamente acusarlo, expuso esto, ignorando que con ello lo elogia por haber dejado de lado el duelo y haber mostrado su patriotismo por encima de la compasión por los seres queridos. El rey Antígono, al enterarse de la muerte de su hijo Alcioneo en batalla, miró magnánimamente a quienes le anunciaron la desgracia y, tras una breve pausa y un gesto de tristeza, dijo:« Oh Alcioneo, demasiado tarde dejaste la vida, lanzándote tan despreocupadamente contra los enemigos y sin preocuparte ni por tu propia seguridad ni por mis advertencias». Todos admiran la magnanimidad de estos hombres y los elogian, pero no pueden imitarlos en sus acciones debido a la debilidad del alma que proviene de la falta de educación. Sin embargo, siendo muchos los ejemplos que nos transmite la historia, tanto griega como romana, de quienes se comportaron noble y bellamente en las muertes de sus seres queridos, bastarán los mencionados para el abandono del duelo, que es lo más doloroso de todo, y del esfuerzo vano en ello que no sirve para nada.
34
Que aquellos que han sobresalido en virtudes se han marchado como jóvenes amados por los dioses hacia el destino necesario, ya lo recordé hace tiempo con mis palabras anteriores, y ahora también intentaré repasarlo brevemente, dando testimonio de lo que bien dijo Menandro:« Aquel a quien los dioses aman, muere joven». Pero quizás, interrumpiendo, dirías:« Queridísimo Apolonio, el joven estaba muy dedicado a Apolo y a las Moiras, y debías haber sido tú quien, tras haber llegado él a la plenitud, le dieras sepultura al dejar la vida»; pues esto es lo que es conforme a la naturaleza, es decir, la nuestra y la humana, pero no conforme a la providencia del todo y al orden cósmico. Para aquel que fue bienaventurado, no era conforme a la naturaleza esperar más allá del tiempo que le fue asignado para la vida aquí, sino que, habiéndolo cumplido ordenadamente, debía emprender el camino hacia el destino, llamándolo este, dice, ya hacia sí mismo.¿ Pero murió a destiempo? Por eso mismo es más afortunado y está libre de males; pues la vida, dice Eurípides, tiene solo el nombre de haber sido un destino. Este, en la edad más floreciente, partió antes de tiempo, un joven íntegro, envidiable y admirable para todos sus conocidos, habiendo sido amante de su padre, de su madre, de sus parientes y filósofo, y, en suma, filántropo, respetando a los amigos mayores como a padres, amando a sus iguales y conocidos, honrando a sus maestros, siendo muy amable con extranjeros y ciudadanos, y dulce y amigo de todos por la gracia de su aspecto y su afable filantropía. Pero aquel, teniendo la debida buena fama tanto de tu piedad como de la suya, partió antes de tiempo de la vida mortal, como de un banquete, antes de caer en alguna embriaguez que acompaña a la larga vejez. Y si el discurso de los antiguos poetas y filósofos es verdadero, como es natural que lo sea, y así también para los piadosos de los que han partido hay algún honor y precedencia, como se dice, y algún lugar asignado en el que habitan sus almas, debes tener bellas esperanzas sobre tu bienaventurado hijo, de que, habiendo sido contado entre ellos, estará con ellos.
35
Se dice por el lírico Píndaro esto sobre los piadosos en el Hades:« Para ellos brilla la fuerza del sol mientras aquí abajo es de noche; en prados de rosas rojas está su arrabal, sombreado por incienso y cargado de frutos de oro. Y unos se deleitan con caballos y ejercicios, otros con juegos de mesa y otros con liras, y junto a ellos florece toda riqueza florida, y el aroma se esparce siempre por el lugar encantador, mezclando toda clase de incienso en el fuego que brilla a lo lejos sobre los altares de los dioses». Y avanzando un poco en otro lamento sobre el alma, dice:« Y todos llegan a un fin que libera de penas por un destino dichoso. Y el cuerpo de todos sigue a la muerte poderosa, pero queda vivo aún el espectro de la vida; pues eso es lo único que proviene de los dioses. Duerme mientras los miembros están activos, pero a los que duermen les muestra en muchos sueños el juicio de los placeres y las penas que se acercan».
36
El divino Platón ha dicho mucho en el' Sobre el alma' acerca de la inmortalidad de esta, y no poco en la' República', en el' Menón', en el' Gorgias' y disperso en los otros diálogos. Pero lo dicho en el diálogo' Sobre el alma' te lo proporcionaré en un comentario aparte, como deseaste; serán oportunas y útiles para el presente las palabras dichas a Calicles el ateniense, compañero y discípulo del orador Gorgias. Pues dice el Sócrates de Platón:« Escucha, pues, dicen, un discurso muy bello, que tú considerarás, según creo, un mito, pero yo un discurso; pues como verdadero te diré lo que voy a decir. Pues como dice Homero, Zeus, Poseidón y Plutón se repartieron el mando cuando lo recibieron de su padre. Había, pues, esta ley sobre los hombres, tanto en tiempos de Cronos como siempre y aún ahora entre los dioses: que el hombre que haya pasado la vida justa y piadosamente, cuando muera, se vaya a habitar en las islas de los bienaventurados en toda felicidad, libre de males, y el que haya vivido injusta e impíamente, vaya a la cárcel de la justicia y el castigo, que llaman Tártaro. Los jueces de estos, en tiempos de Cronos y aún recién cuando Zeus tomó el mando, eran vivos juzgando a los vivos, el día en que estaban por morir. Luego, los juicios no se decidían bien. Por tanto, Plutón y los encargados que venían de las islas de los bienaventurados dijeron a Zeus que hombres indignos iban a ambos lugares. Dijo entonces Zeus:' Yo', dijo,' pondré fin a esto que sucede. Pues ahora los juicios se juzgan mal. Pues los que son juzgados', dijo,' son juzgados vestidos; pues son juzgados vivos. Muchos, pues, quizás', dijo,' teniendo almas malvadas, están vestidos con cuerpos bellos, linajes y riquezas, y cuando llega el juicio, vienen a ellos muchos que testificarán que han vivido justamente. Los jueces, pues, se quedan pasmados por estos, y al mismo tiempo ellos mismos juzgan vestidos, teniendo cubiertos los ojos, los oídos y todo el cuerpo antes que su propia alma. Esto, pues, para ellos', dijo,' se interpone, tanto sus propios vestidos como los de los juzgados. Primero, pues, hay que poner fin a que conozcan de antemano la muerte; pues ahora la conocen de antemano. Esto, pues, ya se le ha dicho a Prometeo, para que ponga fin a ello. Luego, hay que juzgarlos desnudos de todo esto; pues deben ser juzgados muertos. Y el juez debe estar desnudo, muerto, observando con el alma misma a la misma alma, inmediatamente después de que cada uno haya muerto, despojado de todos sus parientes, y habiendo dejado en la tierra todo aquel adorno, para que el juicio sea justo. Yo, pues, habiendo conocido esto antes que vosotros, hice jueces a mis hijos, dos de Asia, Minos y Radamanto, y uno de Europa, Éaco. Estos, pues, cuando mueran, juzgarán en el prado, en la encrucijada de la que parten los dos caminos, uno hacia las islas de los bienaventurados y otro hacia el Tártaro. Y a los de Asia los juzgará Radamanto, y a los de Europa Éaco; a Minos le daré la primacía de juzgar si los otros dos tienen alguna duda, para que el juicio sobre el camino de los hombres sea lo más justo posible'. Esto es, Calicles, lo que he escuchado y creo que es verdadero; y de estos discursos calculo que sucede algo así: que la muerte resulta ser, según me parece, nada más que la disolución de dos cosas, el alma y el cuerpo, el uno del otro.
37
Habiendo reunido esto para ti, queridísimo Apolonio, y compuesto con mucho cuidado, he terminado el discurso consolatorio para ti, que es muy necesario para ti tanto para la liberación del dolor presente como para el cese del duelo, que es lo más doloroso de todo. Contiene también el honor debido a tu hijo Apolonio, amado por los dioses, que es muy deseado por los consagrados, a través del buen recuerdo y la incesante buena fama por todo el tiempo venidero. Harás bien, pues, persuadido por el discurso y habiendo complacido a tu bienaventurado hijo, en cambiar de la inútil aflicción y corrupción del cuerpo y del alma a la conducta habitual y conforme a la naturaleza. Pues así como él, cuando vivía con nosotros, no veía con agrado que tú o su madre estuvierais tristes, así tampoco ahora, estando con los dioses y banqueteando con ellos, se complacería con tal conducta vuestra. Tomando, pues, el ánimo de un hombre bueno, noble y amante de sus hijos, libérate a ti mismo, a la madre del joven, a los parientes y a los amigos de tal desdicha, pasando a una forma de vida más serena y más grata tanto para tu hijo como para todos nosotros que nos preocupamos por ti como es debido.