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Consolatio Ad Uxorem
Plutarch (plutarch)Uxor 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
El mensajero que enviaste para anunciar el fallecimiento de la niña parece haberse extraviado en su camino a Atenas; yo, al llegar a Tanagra, me enteré por nuestra nieta. Considero que los ritos funerarios ya se han cumplido; que lo sucedido se mantenga como te resultará ahora y en el futuro lo menos doloroso posible. Si hay algo que deseabas hacer y no has hecho, esperando mi opinión, y crees que te sentirás más aliviada si se realiza, esto también se hará sin ninguna clase de excesos ni supersticiones, de las cuales tú estás totalmente libre.
2
Solo te pido, mujer, que te mantengas, tanto por el dolor como por ti misma, en el estado en que te encuentras. Yo mismo sé y reconozco la magnitud de lo ocurrido, pero si veo que te excedes en tu aflicción, esto me causará más pesar que el hecho en sí. Y, sin embargo, yo tampoco he nacido de una encina o de una roca; tú misma lo sabes, pues hemos compartido la crianza de tantos hijos, todos criados en casa por nosotros mismos. Pero esta niña, dado que a ti, que tanto la deseabas, te nació después de cuatro hijos, y a mí me brindó el deseo de ponerle tu nombre, se volvió para mí excepcionalmente querida. A esto se añade una agudeza particular en el afecto hacia los niños de esa edad, y su alegría era pura, libre de toda ira o reproche. Ella poseía por naturaleza una amabilidad y dulzura admirables, y su forma de corresponder al afecto y de complacer proporcionaba a la vez placer y una comprensión de su naturaleza bondadosa; pues no solo con otros bebés, sino también con los objetos que le gustaban y con sus juguetes, pedía a la nodriza que se los diera y se los acercara al pecho, y los invitaba como a su propia mesa por pura bondad, compartiendo con quienes la alegraban lo que ella conocía y poseía como lo más dulce.
3
Pero no veo, mujer, por qué estas cosas y otras similares, que nos alegraban cuando ella vivía, deban ahora afligirnos y perturbarnos al recordarlas. Más bien temo que, al dejarnos llevar por el dolor, expulsemos también su memoria, como Clímene al decir:« Odio el arco de madera de cornejo, bien curvado», y huyendo siempre de los ejercicios y temiendo el recuerdo del niño porque traía consigo el dolor; pues la naturaleza huye de todo lo que le resulta penoso. Es necesario que, así como ella misma se nos ofrecía como el más dulce de los abrazos, espectáculos y sonidos, así también su recuerdo habite y conviva con nosotros, teniendo más, o mejor dicho, muchas veces más, de lo que alegra que de lo que entristece; si es que alguna de las palabras que a menudo hemos dicho a otros puede sernos de provecho en este momento, y no sentarnos ni encerrarnos devolviendo penas multiplicadas por aquellas alegrías.
4
Y esto, dicen quienes estuvieron presentes y se maravillan, es que ni siquiera cambiaste de ropa ni permitiste que tú misma o tus criadas cayeran en el descuido; tampoco hubo preparativos de lujo ostentoso en el funeral, sino que todo se hizo con decoro y en silencio con los allegados. Yo, por mi parte, no me maravillaba de esto, pues si nunca te adornaste para el teatro o las procesiones, sino que consideraste el lujo como algo inútil para el placer, en los momentos sombríos conservaste tu sencillez y sobriedad. Pues no solo en las celebraciones báquicas debe la mujer sensata permanecer incorrupta, sino que no debe creer que el tumulto y la agitación de la pasión en el duelo requieran menos dominio propio, luchando no contra el afecto, como muchos creen, sino contra el desenfreno del alma. Pues al afecto le concedemos el anhelar, honrar y recordar a los que se han ido, pero el deseo insaciable de lamentos y el dejarse llevar por gemidos y golpes de pecho no es menos vergonzoso que el desenfreno en los placeres, aunque por la razón ha recibido perdón, porque lo doloroso y amargo de ello se añade a lo vergonzoso en lugar de lo placentero.¿ Qué hay más irracional que eliminar los excesos de risa y alegría, pero permitir que los ríos de llanto y lamentos, que brotan de una misma fuente, se desborden por completo?¿ Y discutir con las mujeres sobre perfumes y púrpuras, pero consentir cortes de pelo de luto, tintes negros en la ropa, sentarse de forma desaliñada y postraciones penosas? Y, lo que es más difícil de todo, si castigan a los criados o criadas de forma desmedida e injusta, oponerse y detenerlas,¿ pero permitir que ellas mismas sean castigadas cruel y amargamente en momentos de dolor y fortuna que requieren alivio y humanidad?
5
Pero a nosotros, mujer, no nos ha hecho falta esa lucha entre nosotros, ni creo que la necesitemos. Pues,¿ quién de los filósofos que ha convivido con nosotros no ha quedado asombrado por tu sencillez en el vestir y tu moderación en la dieta? Ni tampoco hay ciudadano a quien no ofrezcas en los templos, sacrificios y teatros un espectáculo de tu propia sencillez. Ya has demostrado gran estabilidad en situaciones similares, al perder al mayor de tus hijos; y de nuevo, cuando aquel noble Querón nos dejó. Recuerdo que unos extranjeros que me acompañaban desde el mar, al anunciarse el fallecimiento del niño, llegaron junto con los demás a la casa; y al ver tanta calma y silencio, como contaban después a otros, pensaron que no había ocurrido nada grave y que la noticia era falsa; tan sobriamente adornaste la casa en un momento que daba mucha libertad al desorden, a pesar de que tú misma lo habías amamantado y habías soportado la incisión del pezón al sufrir una fisura; pues estas son acciones nobles y llenas de afecto.
6
Vemos a muchas madres que, cuando sus hijos son limpiados y acicalados por otros, los toman en brazos como si fueran juguetes, y luego, al morir, se desbordan en un duelo vacío y desagradecido, no por benevolencia— pues la benevolencia es razonable y noble—, sino porque el pequeño impulso natural, mezclado en gran medida con el deseo de vana gloria, hace que los duelos sean salvajes, maníacos e implacables. Y esto parece no haber pasado desapercibido para Esopo; pues dijo que, cuando Zeus distribuía los honores a los dioses, también pidió el duelo. Se lo concedió, pues, pero solo a quienes lo eligen y desean. Al principio, esto sucede así; pues cada uno introduce el duelo en sí mismo. Pero cuando se establece con el tiempo y se vuelve compañero y habitante, no se va ni siquiera cuando uno lo desea. Por eso hay que luchar contra él en la puerta y no dejarlo entrar, ni mediante la ropa, ni el corte de pelo, ni ninguna otra de esas cosas que, al encontrarse y avergonzar a diario, hacen que la mente sea pequeña, estrecha, sin salida, implacable y temerosa, de modo que no participe ni de la risa, ni de la luz, ni de la mesa bondadosa, al estar rodeada y manejada por tales cosas debido al duelo. Los descuidos del cuerpo siguen a este mal y las aversiones al ungüento, al baño y a la dieta habitual, de lo cual se necesitaba todo lo contrario, que el alma que sufre sea ayudada por un cuerpo fortalecido. Pues mucho se embota y se relaja lo que aflige, como una ola en calma, al disiparse con la serenidad del cuerpo. Pero si se produce sequedad y aspereza por una dieta deficiente, y el cuerpo no devuelve al alma nada amable ni bueno excepto dolores y penas, como si fueran exhalaciones amargas y penosas, ni siquiera queriendo es fácil recuperarse. Tales pasiones toma el alma así maltratada.
7
Y, sin embargo, lo que es más grande y temible en esto, no temería las entradas, voces y lamentos compartidos de mujeres malvadas, que desgastan y agudizan el dolor, sin permitir que se marchite por otros ni por sí mismo. Pues sé qué luchas libraste hace poco, ayudando a la hermana de Teón y luchando contra las que venían de fuera con lamentos y alaridos, como si literalmente trajeran fuego sobre fuego. Pues cuando ven las casas de los amigos ardiendo, las apagan con la rapidez o fuerza que cada uno tiene, pero a las almas que arden ellos mismos les traen combustible. Y al que tiene una afección ocular no le permiten acercar las manos ni tocan la parte inflamada; pero el que está de duelo se sienta ofreciendo a cualquiera que pasa que agite y enfurezca la pasión, como si fuera un pequeño cosquilleo que se agita y se reaviva hacia una gran y penosa aflicción. Sé que te cuidarás de esto.
8
Intenta, trasladándote con el pensamiento, devolverte a menudo a aquel tiempo en el que, sin haber nacido aún esta niña, no teníamos ninguna queja contra la fortuna; luego, une este momento actual con aquel, como si las cosas que nos rodean fueran de nuevo similares. Pues, mujer, parecerá que nos quejamos del nacimiento de la niña, haciendo que las cosas anteriores a su nacimiento sean más irreprochables para nosotros mismos. No hay que eliminar de la memoria los dos años intermedios, sino considerarlos con placer por haber proporcionado gracia y disfrute; y no considerar el pequeño bien como un gran mal; ni, porque la fortuna no añadió lo que se esperaba, ser desagradecidos por lo que se dio. Pues la buena fama ante lo divino y el estar bien dispuestos e irreprochables ante la fortuna siempre devuelve un fruto hermoso y dulce; pero en tales casos, quien más se nutre del recuerdo de los bienes y traslada y mueve la mente de las cosas oscuras y perturbadoras hacia las luminosas y brillantes, o bien extinguió por completo lo que aflige, o bien, con la mezcla de lo contrario, lo hizo pequeño y tenue. Pues así como el perfume siempre alegra el olfato pero es medicina contra los malos olores, así el pensamiento de los bienes en medio de los males proporciona la necesidad de un remedio indispensable para quienes no huyen de recordar las cosas buenas ni culpan siempre y en todo a la fortuna. Lo cual no nos corresponde sufrir a nosotros, que calumniamos nuestra propia vida si ha tenido una sola mancha, como un libro, en medio de todo lo demás puro e intacto.
9
Pues ya has oído muchas veces que la felicidad depende de rectos razonamientos que terminan en una disposición estable, y que los cambios de la fortuna no producen grandes desviaciones ni traen resbalones confusos en la vida. Pero si también nosotros debemos, como la mayoría, ser gobernados por las cosas externas, enumerar lo que viene de la fortuna y usar como jueces para la felicidad a las personas afortunadas, no mires las lágrimas actuales y los lamentos de los que entran, realizados por una costumbre vil ante cada uno, sino piensa más bien en que sigues siendo envidiada por ellos por tus hijos, tu casa y tu vida. Y es terrible que otros elegirían gustosamente tu fortuna, incluso con esto que ahora nos aflige, y que tú te quejes y te aflijas estando presente, y que ni siquiera por lo que muerde sientas cuántas gracias nos quedan; sino que, como los que eligen los versos de Homero sin cabeza y mutilados, pasando por alto lo mucho y grande de lo compuesto, así escudriñar y calumniar lo vil de la vida, y aplicar lo bueno de forma desarticulada y confusa, es sufrir algo parecido a los hombres innobles y avaros, que acumulando mucho no usan lo presente, sino que se lamentan y se afligen por lo perdido. Y si tienes compasión de aquella que se fue sin casarse y sin hijos, de nuevo tienes en otros motivos para hacerte más dulce, sin haber quedado incompleta ni privada de nada de esto; pues estas cosas son grandes para los que carecen de ellas, pero pequeñas para los que las tienen. Y aquella, al haber llegado a un estado sin dolor, no necesita afligirnos; pues,¿ qué mal nos viene de ella, si para ella nada es ahora doloroso? Pues incluso las privaciones de los grandes bienes pierden lo que aflige al no necesitar nada. Tu Timoxena ha sido privada de cosas pequeñas, pues conoció cosas pequeñas y se alegró con cosas pequeñas; pero de lo que no tuvo percepción ni recibió pensamiento,¿ cómo podría decirse que ha sido privada?
10
Y, sin embargo, lo que oyes de otros, que convencen a muchos diciendo que no hay nada en absoluto malo ni doloroso para el que se ha disuelto, sé que te impide creerlo la tradición patria y los símbolos místicos de los ritos de Dioniso, que compartimos entre nosotros. Por tanto, piensa que el alma es incorruptible y que le sucede lo mismo que a las aves atrapadas; pues si se cría mucho tiempo en el cuerpo y se vuelve mansa para esta vida por muchas ocupaciones y larga costumbre, de nuevo, al descender, se introduce y no cesa ni termina de enredarse con las pasiones y fortunas de aquí a través de los nacimientos. Pues no creas que la vejez es injuriada y mal vista por la arruga, la canicie y la debilidad del cuerpo; sino que esto es lo más difícil de ella, que hace al alma rancia con los recuerdos de allá y apegada a estas cosas, y la dobla y presiona, conservando la forma que recibió del cuerpo al sufrir. Pero la que es tomada por seres superiores es retenida, como si se hubiera enderezado desde una curva húmeda y blanda hacia lo que es por naturaleza. Pues así como el fuego, si alguien lo apaga y lo enciende de inmediato, se reaviva y se recupera rápidamente, así debemos apresurarnos lo más posible a cruzar las puertas del Hades antes de que nazca mucho deseo por las cosas de aquí y se ablande hacia el cuerpo y se funda como por drogas.
11
En las costumbres y leyes patrias y antiguas se manifiesta más la verdad sobre esto. Pues a sus propios niños que mueren no les ofrecen libaciones, ni hacen otras cosas que es natural que los demás hagan por los muertos; pues no tienen parte en la tierra, ni nada de lo que pertenece a la tierra. Tampoco se entregan a funerales, monumentos y exposiciones de cadáveres, ni se sientan junto a los cuerpos; pues las leyes no permiten lamentar a los de esa edad, como si no fuera sagrado, ya que han pasado a una suerte y lugar mejores y más divinos; y puesto que para ellos es más difícil no creer que creer, mantengamos lo externo como ordenan las leyes, y lo interno aún más inmaculado, puro y sobrio.

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