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De Amore Prolis
Plutarch (plutarch)Prol 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Los juicios de apelación y los procesos en tribunales extranjeros fueron ideados por los griegos al principio debido a la desconfianza mutua, al necesitar una justicia ajena como si fuera algún otro bien necesario que no surgiera entre ellos.¿ Acaso, pues, también los filósofos, ante sus diferencias mutuas sobre ciertos problemas, recurren a la naturaleza de los animales irracionales como si fuera una ciudad extranjera, y confían el juicio a sus pasiones y costumbres por ser inabordables e incorruptibles?¿ O es esto también una acusación común de la maldad humana, el que nosotros, al discrepar sobre las cosas más necesarias y grandes, busquemos en caballos, perros y aves cómo debemos casarnos, engendrar y criar a nuestros hijos, como si no hubiera en nosotros mismos ninguna manifestación de la naturaleza, y las costumbres y pasiones de las bestias tuvieran que declarar y testificar sobre la gran desviación y transgresión de nuestra vida respecto a la naturaleza, al estar nosotros confundidos y perturbados desde el principio y en las cosas fundamentales? Pues la naturaleza conserva en ellos lo propio puro, sin mezcla y simple; pero en los hombres, bajo la influencia de la razón y la costumbre, se ha vuelto compleja y peculiar, mezclada con muchas opiniones y juicios añadidos, como le sucede al aceite con los perfumistas, y no ha conservado lo que le es propio. Y no nos asombremos si los animales irracionales siguen a la naturaleza más que los racionales; pues incluso las plantas, a las que no se les dio ni imaginación ni impulso que desviara el deseo de lo natural, permanecen como atadas y dominadas, siguiendo siempre el único camino que la naturaleza guía. Pero las bestias, aunque no poseen la parte de la razón que es suave, superflua y demasiado amante de la libertad, al tener impulsos y deseos irracionales y al usar errores y extravíos, a menudo no se alejan mucho, sino que oscilan como si estuvieran ancladas en la naturaleza; por tanto, como si caminaran por un camino bajo rienda y freno, esta les muestra el recto. Pero la razón, que es dueña y soberana en el hombre, al encontrar otras desviaciones y novedades en cada momento, no ha dejado rastro alguno evidente ni claro de la naturaleza.
2
Observa en los matrimonios cuánto hay de natural en los animales. Primero, no esperan leyes sobre el celibato o el matrimonio tardío, como los ciudadanos de Licurgo y Solón, ni temen la deshonra de no tener hijos, ni persiguen los honores de tener tres hijos, como muchos romanos que se casan y engendran, no para tener herederos, sino para poder heredar. Luego, el macho se une a la hembra no en todo momento; pues el placer no es su fin, sino la procreación y la crianza. Por eso, en la época del año que tiene vientos fértiles y una temperatura adecuada para los que dan a luz, la hembra se une al macho, dócil y deseosa, regocijándose con el dulce olor de la piel y con el adorno propio del cuerpo, lleno de rocío y hierba pura. Y al sentir que está preñada y llena, se retira con recato y se preocupa por la gestación y la salvación de lo nacido. No es posible expresar con palabras lo que sucede, salvo que cada uno de ellos actúa con afecto, previsión, resistencia y templanza. Pero nosotros llamamos sabia a la abeja y creemos que trama la miel rubia, halagando lo dulce y lo que nos hace cosquillas de su dulzura; pero pasamos por alto la sabiduría y el arte de los demás respecto a los partos y las crianzas. Por ejemplo, el alción, al estar preñado, construye el nido, recogiendo las espinas de la aguja de mar y entrelazándolas y uniéndolas entre sí, logrando una forma redondeada y alargada como una nasa de pesca; y al cerrar las espinas con armonía y densidad, las coloca precisamente ante el oleaje, de modo que, al ser golpeado suavemente y compactarse, el fieltro de la superficie se vuelve impermeable; y se vuelve difícil de separar con hierro o piedra. Y lo que es más admirable, la boca del nido está moldeada tan proporcionalmente al tamaño y medida del alción, que ningún otro animal, ni mayor ni menor, puede entrar, y, como dicen, ni siquiera admite el mar, ni siquiera lo más mínimo. Los gualos, sobre todo, dan a luz dentro de sí mismos, pero permiten que las crías salgan fuera y se alimenten, y luego las vuelven a recoger y las abrazan mientras duermen en sus entrañas. La osa, una fiera muy salvaje y sombría, pare crías informes y sin articulaciones; pero al darles forma con la lengua como si fuera una herramienta, no parece solo engendrar, sino también crear al hijo.¿ Acaso el león homérico, al que los cazadores encuentran en el bosque llevando a sus crías, y él se enorgullece con su fuerza, y baja toda la frente cubriendo sus ojos, no es semejante a alguien que piensa en pactar con los cazadores por sus hijos? Pues, en general, el afecto por los hijos hace audaces a los cobardes, laboriosos a los perezosos y ahorradores a los glotones, y, como el ave homérica que ofrece a sus polluelos el bocado que consigue, aunque le vaya mal a ella misma, pues alimenta a sus hijos con su propia hambre, y retiene y presiona con el pico el alimento que toca su estómago, para no tragarlo por descuido; y como la perra que, caminando alrededor de sus cachorros, ladra al hombre que no conoce y se dispone a luchar, habiendo tomado el miedo por sus hijos como un segundo valor. Las perdices, cuando son perseguidas con sus hijos, dejan que estos se adelanten y huyan, mientras que ellas, ingeniándoselas para atraer a los cazadores, ruedan cerca y, al ser alcanzadas, huyen un poco, luego se detienen de nuevo y se ofrecen al alcance de la esperanza, hasta que, arriesgándose así por la seguridad de los polluelos, alejan a los perseguidores. A las gallinas las tenemos ante nuestros ojos cada día, viendo cómo cuidan a los polluelos, dejando que unos se metan bajo sus alas, y recibiendo a otros que se suben a sus espaldas y se arrastran por todas partes, con un piar alegre y afectuoso; y huyen de perros y serpientes si temen por sí mismas, pero si es por sus hijos, se defienden y luchan más allá de sus fuerzas.¿ Y luego pensamos que estas pasiones las ha grabado la naturaleza en ellos, preocupándose por la descendencia de las gallinas, los perros y los osos, pero no nos avergüenza ni nos hiere al considerar que estos son ejemplos para los que siguen, mientras que para los insensibles quedan los reproches de la apatía, a través de los cuales acusan a la naturaleza humana de ser la única que no posee el amar gratuitamente ni sabe amar sin necesidad? Pues se admira en los teatros al que dijo:'¿ Quién ama a un hombre por dinero?', según Epicuro, el padre al hijo, la madre al hijo, los hijos a los padres. Pero si los animales tuvieran comprensión de la razón,¿ y alguien reuniera en un teatro común a caballos, bueyes, perros y aves, y gritara tras haberlo reescrito, que ni los perros aman a sus cachorros por dinero, ni los caballos a sus potros, ni las aves a sus polluelos, sino gratuitamente y por naturaleza, se reconocerá por las pasiones de todos que se dice bien y con verdad. Pues es vergonzoso,¡ oh Zeus!, que los nacimientos, partos, dolores y crianzas de las bestias sean naturaleza y gracia, y los de los hombres préstamos, salarios y arras dados por necesidad.
3
Pero el argumento no es verdadero ni digno de ser escuchado. Pues la naturaleza, al igual que en las plantas silvestres, como los sarmientos, los higos silvestres y los acebuches, ha hecho brotar principios inmaduros e imperfectos de frutos cultivados; así, a los irracionales les dio el afecto por los hijos, imperfecto y no duradero para la justicia, ni que avanza más allá de la necesidad. Pero al hombre, animal racional y político, al introducirlo en la justicia, la ley, el culto a los dioses, la fundación de ciudades y la benevolencia, le proporcionó semillas nobles, hermosas y fructíferas de estas cosas, el afecto y el amor por los hijos, siguiendo los primeros principios; y estos estaban en la constitución de los cuerpos. Pues en todas partes la naturaleza es precisa, amante del arte, completa y no tiene nada, como dijo Erasístrato, que sea trivial; pero no es posible expresar con palabras lo relativo a la generación, ni quizás sea decoroso tocar con demasiada precisión los secretos con los nombres y las palabras, sino que, estando apartados y ocultos, hay que imaginar la aptitud de aquellos órganos para engendrar y dar a luz. Basta la elaboración y economía de la leche para mostrar su previsión y cuidado. Pues la parte de la sangre que es residuo de la necesidad en las mujeres, debido a la debilidad y pequeñez del espíritu, al flotar y pesar, el resto del tiempo está acostumbrada y ejercitada a ser evacuada por los conductos y poros que la naturaleza abre en períodos de días, aliviando y limpiando el resto del cuerpo, y proporcionando al útero, como tierra en las plantas, el estar fértil en el momento oportuno para el arado y la semilla. Cuando el útero recibe la semilla que ha caído y la envuelve una vez que se ha producido el enraizamiento— pues el ombligo, primero en las matrices, como dice Demócrito, se implanta como un ancla contra el oleaje y el extravío, un cable y un vástago para el fruto que nace y el que vendrá—, la naturaleza cerró los conductos menstruales y de limpieza, y al tomar la sangre que fluye, la utiliza como alimento y riega al feto que ya se está formando y configurando, hasta que, habiendo sido gestado con los números adecuados en el crecimiento interior, necesite otra crianza y lugar. Entonces, la sangre, con más destreza que cualquier jardinero y canalizador, al desviarla y cambiarla de una necesidad a otra, tiene preparadas como si fueran fuentes terrestres de un manantial que fluye, no recibiéndolas de forma ociosa ni insensible, sino siendo capaz de digerir, suavizar y transformar con la suave calidez del espíritu y la blanda feminidad; pues tal disposición y temperatura tiene el pecho por dentro. Y los flujos de leche no son chorros que se sueltan en masa, sino que terminan en una carne manante y que filtra lentamente por poros finos, ofreciendo un depósito amable al paladar del niño y agradable de tocar y rodear. Pero de nada servían todos estos instrumentos para la generación, tales economías, ambición y previsión, si la naturaleza no hubiera grabado el afecto y el cuidado en las que dan a luz.' De todos los que respiran y se arrastran sobre la tierra'; esto no miente el que lo dice sobre el niño recién nacido. Pues no hay nada tan imperfecto, ni tan desamparado, ni tan desnudo, ni tan deforme, ni tan impuro como el hombre visto al nacer; al cual, casi al único, la naturaleza no le dio un camino limpio hacia la luz, sino que, manchado de sangre y lleno de inmundicia, y pareciendo más asesinado que nacido, no hay nada que tocar, recoger, abrazar y rodear sino al que ama por naturaleza. Por eso, en los demás animales, las ubres cuelgan bajo el vientre, pero en las mujeres han nacido arriba, cerca del pecho, al alcance de besar, abrazar y estrechar al niño, como si el fin de parir y criar no tuviera necesidad, sino amistad.
4
Lleva el argumento a los antiguos, a quienes les sucedió a unas parir primero, y a otros ver al niño naciendo; no había para ellos ley que ordenara criar a los hijos, ni expectativa de gratitud o de sustento prestado sobre los jóvenes; más bien diría que las que daban a luz eran hostiles y rencorosas con los bebés, al producirse para ellas grandes peligros y dolores; como cuando un dolor agudo y amargo tiene a la mujer que está de parto, y las Ilitías, hijas de Hera, que ayudan en el parto, traen los dolores amargos. Dicen que las mujeres no escribieron esto a Homero, sino a un homérida, al estar pariendo o todavía dando a luz, y teniendo la mezcla del dolor amargo y agudo a la vez en sus entrañas. Pero el afecto natural las doblegaba y guiaba; todavía caliente, dolorida y estremecida por los dolores, no abandonó al niño ni huyó, sino que se volvió, sonrió, lo recogió y lo abrazó, sin cosechar nada dulce ni útil, sino aceptándolo penosa y trabajosamente, calentándolo y enfriándolo con los restos de los pañales, y cambiando el dolor de la noche por el del día.¿ Qué recompensas o necesidades tenían ellos de esto? Pero tampoco los de ahora; pues las esperanzas son inciertas y largas. El que cava la vid en el equinoccio de primavera, vendimia en otoño; sembró trigo al ponerse las Pléyades, y luego cosecha al salir; los bueyes, caballos y aves paren cosas listas para las necesidades; pero la crianza del hombre es laboriosa, su crecimiento lento, y al estar la virtud lejos, la mayoría de los padres mueren antes. Neocles no vio a Temístocles en Salamina, ni Milcíades a Cimón en el Eurimedonte, ni Jantipo escuchó a Pericles arengando, ni Aristón a Platón filosofando, ni los padres conocieron las victorias de Eurípides y Sófocles; escuchaban cuando balbuceaban y silabeaban, y vieron sus juergas, borracheras y amores, como los jóvenes que cometen errores; de modo que se elogia y se recuerda esto solo de Eveno, de lo que escribió:' El hijo es para el padre, todo el tiempo, o miedo o dolor'. Pero, sin embargo, no dejan de criar hijos, y sobre todo los que menos necesitan de hijos. Pues es ridículo si alguien piensa que los ricos sacrifican y se alegran cuando les nacen hijos, porque tendrán quienes los críen y quienes los entierren; a menos que, por Zeus, críen hijos por falta de herederos; pues no es posible encontrar ni conseguir al que quiera tomar lo ajeno. La arena, el polvo o las plumas de las aves de plumaje variado no arrojarían tal número como es el de los que heredan. Dánao, el padre de cincuenta hijas, si fuera estéril, tendría más herederos y no de la misma manera. Pues los hijos no tienen ninguna gratitud, ni por esto cuidan ni honran, esperando la herencia como una deuda; pero de los ajenos, alrededor del estéril, escuchas voces parecidas a las de aquellas comedias:'¡ Oh, Demo, lávate primero tras haber juzgado una causa, entra, sorbe, come, ten tres óbolos!'. Lo que dice Eurípides, que' las riquezas encuentran amigos para los hombres y tienen el mayor poder de entre las cosas humanas', no es simplemente verdadero, sino que, en el caso de los estériles, a estos los ricos invitan a cenar, los jefes los cuidan, los oradores les defienden gratuitamente solo a ellos. Es poderoso el rico que tiene un heredero desconocido. Muchos, al menos, que eran muy amigos y muy honrados, un solo hijo nacido los hizo sin amigos e impotentes. De donde tampoco respecto al poder es útil nada de parte de los hijos, sino que todo el dominio de la naturaleza no es menor en los hombres que en las bestias.
5
Pues esto y muchas otras cosas se oscurecen por la maldad, como si una maleza creciera junto a semillas cultivadas.¿ O diremos que el hombre no se ama a sí mismo por naturaleza, porque muchos se matan y se despeñan? Edipo se golpeaba los párpados; y las pupilas ensangrentadas mojaban la barba. Hegesias, al hablar, convenció a muchos de los que escuchaban a dejarse morir; muchas son las formas de los demonios. Pero estas son, como aquellas, enfermedades y pasiones del alma que apartan al hombre de lo que es según la naturaleza, como ellos mismos testifican de sí mismos; pues si una cerda que ha parido un lechón o una perra despedaza a un cachorro, se desaniman y se perturban, y sacrifican a los dioses para alejar el mal y lo consideran un prodigio, como si fuera natural que todos amen a los que nacen y los críen, no que los destruyan. Sin embargo, al igual que en las minas, el oro brilla a pesar de estar mezclado y cubierto con mucha tierra, así la naturaleza manifiesta el afecto por los hijos en las mismas costumbres y pasiones erróneas. Pues los pobres no crían a sus hijos, temiendo que, si son criados peor de lo que conviene, se vuelvan serviles, sin educación y carentes de todo bien; pues, considerando la pobreza como el mayor mal, no soportan transmitirla a sus hijos como si fuera una enfermedad grave y grande.

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