De E apud Delphos
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/plutarch" aria-label="More works by Plutarch (plutarch)">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
Hace poco, mi querido Sarapión, me topé con unos versillos que no carecen de mérito, los cuales Dicearco cree que Eurípides dirigió a Arquelao:' No quiero que un pobre haga regalos a un rico, no sea que me juzgue insensato o que, al dar, parezca que pido. Pues el que da poco de lo poco que tiene no hace ningún favor, y al ser desconfiado, en lugar de nada, se gana fama de malintencionado y tacaño'. Mira, pues, cuánto ceden los regalos monetarios ante la generosidad y la belleza de los que provienen de la sabiduría de la palabra, los cuales es hermoso dar y, al darlos, pedir a cambio otros iguales de quienes los reciben. Yo, al menos, al enviarte a ti y, a través de ti, a los amigos de allí, algunas primicias de los discursos píticos, confieso que espero otros más numerosos y mejores de vuestra parte, dado que vivís en una gran ciudad y disponéis más de ocio entre muchos libros y toda clase de estudios. Por su parte, el amigo Apolo parece curar y resolver las dificultades de la vida dando oráculos a quienes acuden a él, pero las dificultades relativas a la razón parece que él mismo las infunde y propone al filósofo por naturaleza, produciendo en el alma un deseo que conduce a la verdad, como es evidente para otros muchos y por la consagración de la E. Pues es verosímil que esto no haya sucedido por azar ni como por sorteo de las letras solamente en el lugar de honor ante el dios y haya recibido el rango de ofrenda sagrada y espectáculo, sino porque quienes filosofaron en un principio sobre el dios, al observar una fuerza propia y extraordinaria de ella, o al usarla como símbolo de alguna otra cosa digna de estudio, la aceptaron de este modo. Por tanto, habiendo evitado muchas veces en otras ocasiones el tema cuando se proponía en la escuela y habiéndolo dejado pasar, hace poco fui sorprendido por mis hijos compitiendo con unos extranjeros, a quienes, estando a punto de partir inmediatamente de Delfos, no era decoroso dejar pasar ni rechazar, pues estaban muy deseosos de escuchar algo. Y al sentarme junto al templo, comencé a investigar unas cosas yo mismo y a preguntarles otras, por el lugar y por los mismos discursos que hace mucho tiempo, en la época en que Nerón estaba de visita, escuchamos exponer a Amonio y a otros, al surgir allí la misma dificultad de igual manera.
2
Que el dios no es menos filósofo que adivino, le parecía a Amonio que cada uno de estos nombres se aplicaba correctamente a este respecto y enseñaba que es Pitio para los que comienzan a aprender e indagar; Delio y Fanayo para aquellos a quienes ya se les manifiesta y revela algo de la verdad; Ismenio para los que poseen el conocimiento, y Lesquenorio cuando actúan y disfrutan usando el diálogo y filosofando entre sí. Y puesto que decía que el filosofar es buscar, maravillarse y dudar, es verosímil que la mayoría de las cosas relativas al dios parezcan estar ocultas en enigmas y que deseen una razón y una enseñanza de la causa; por ejemplo, en el caso del fuego inmortal, el que solo se quemen allí leña de abeto y laurel, el que se consagren dos Moiras cuando se consideran tres en todas partes, el que a ninguna mujer le esté permitido acercarse al oráculo; y lo del trípode, y todo lo semejante, atrae y exhorta a los que no son del todo irracionales ni insensibles a observar, escuchar y dialogar sobre ellos. Mira también estas inscripciones, el' conócete a ti mismo' y el' nada en exceso', cuántas investigaciones filosóficas han movido y cuánta multitud de discursos ha brotado de cada una como de una semilla; de los cuales creo que el que ahora se investiga no es menos fecundo en discursos.
3
Tras decir esto Amonio, Lamprias, el hermano, dijo:' Y, sin embargo, el discurso que nosotros hemos escuchado es sencillo y sumamente breve. Dicen, en efecto, que aquellos sabios, llamados por algunos sofistas, eran cinco: Quilón, Tales, Solón, Bías y Pítaco; pero cuando Cleóbulo, el tirano de los lindios, y luego Periandro el corintio, sin tener nada de virtud ni de sabiduría, sino forzando la fama mediante el poder, los amigos y los favores, se introdujeron en el nombre de los sabios y enviaban y difundían por Grecia algunas sentencias y discursos similares a los pronunciados por aquellos, los hombres, molestos, no querían refutar la arrogancia ni enemistarse abiertamente y luchar por la fama contra personas de gran poder, sino que, reuniéndose allí ellos mismos y dialogando entre sí, consagraron la letra que es la quinta en el orden y denota el número cinco, testificando ante el dios que ellos son cinco, y rechazando y descartando al séptimo y al sexto por no corresponderles. Y que esto no se dice sin fundamento, podría saberlo cualquiera al escuchar a los que en el santuario llaman al de oro el de Libia, la esposa de César, al de bronce el de los atenienses, y al primero y más antiguo, que por su materia es de madera, lo llaman todavía hoy el de los sabios, como si hubiera llegado a ser una ofrenda común de todos y no de uno solo'.
4
Amonio sonrió en silencio, sospechando que Lamprias se había servido de una opinión propia y que estaba inventando una historia y un relato de otros para que no fuera cuestionable. Otro de los presentes dijo que esto es similar a lo que el extranjero caldeo desvariaba hace poco: que siete son las letras que emiten un sonido propio, y siete los astros que se mueven en el cielo con movimiento autónomo e inconexo, y que la E es la segunda en el orden de las vocales desde el principio y el sol el segundo de los planetas desde la luna; y que todos los griegos, por así decirlo, consideran que el sol y Apolo son el mismo. Pero dijo que esto era totalmente sacado de una tabla y de una puerta. Y Lamprias, al parecer, pasó inadvertido al haber movido a los del templo hacia su propio discurso. Pues lo que aquel dijo, nadie de los delfios lo conocía; pero sacaban a colación la opinión común y de los guías, sin considerar ni la forma ni el sonido, sino que solo el nombre de la letra tenía algún símbolo.
5
Pues es, como suponen los delfios y decía entonces el sacerdote Nicandro al presidir, una figura y forma de la entrevista con el dios, y tiene un rango principal en las preguntas de quienes acuden cada vez e indagan si vencerán, si se casarán, si conviene navegar, si cultivar, si viajar. Decía que el dios sabio se ríe de los dialécticos, que piensan que no se forma un asunto a partir de la partícula' si' y de la proposición que la sigue, considerando y aceptando todas las preguntas subordinadas a esto como asuntos. Y puesto que el preguntar es propio de nosotros como adivino y el orar es común como hacia un dios, creen que la letra contiene no menos la fuerza optativa que la interrogativa; pues dice:'¡ Ojalá!' cada uno de los que oran. Y Arquíloco:'¡ Ojalá pudiera tocar la mano de Neobule!'. Y dicen que la segunda sílaba de' ojalá'( eithe) se alarga, como en el verso de Sófron:' mientras, ay, carecía de hijos'; y el homérico:'¡ Ojalá también yo pudiera liberar tu furia!'; y en el' si'( ei) se manifiesta suficientemente el optativo.
6
Tras exponer esto Nicandro, pues conoces a Teón el compañero, preguntó a Amonio si la dialéctica tiene parte de franqueza al haber sido tan ultrajada; y al exhortarle Amonio a hablar y defenderla, dijo:' Pero que el dios es muy dialéctico, lo manifiestan la mayoría de los oráculos; pues es propio del mismo, por supuesto, tanto resolver como crear ambigüedades. Y además, como decía Platón, al darse un oráculo sobre cómo duplicar el altar en Delos, lo cual es tarea de la máxima competencia en geometría, no es que el dios ordene esto, sino que ordena a los griegos que practiquen la geometría; así pues, al emitir oráculos ambiguos, el dios aumenta y establece la dialéctica como necesaria para quienes han de entenderlo correctamente. Y en la dialéctica, por supuesto, tiene la mayor fuerza este conector condicional, dado que forma la proposición más lógica; pues,¿ cómo es tal el condicional, si las fieras tienen conocimiento de la existencia de las cosas, pero la naturaleza ha entregado la teoría y el juicio de lo consecuente solo al hombre? Pues que es de día y hay luz, lo perciben, por supuesto, también los lobos, los perros y las aves; pero que' si es de día, hay luz', no lo entiende nada más que el hombre, que es el único que tiene noción del antecedente y del consecuente, de la manifestación y de la conexión de estos entre sí, y de su relación y diferencia, de donde las demostraciones toman su principio más soberano. Puesto que, por tanto, la filosofía trata sobre la verdad, y la luz de la verdad es la demostración, y el principio de la demostración es el condicional, es verosímil que la fuerza que contiene y produce esto fuera consagrada por hombres sabios al dios que más ha amado la verdad; y el dios es adivino, y la adivinación es un arte sobre el futuro a partir de las cosas presentes o pasadas. Pues nada tiene un origen sin causa ni una previsión sin razón; sino que, puesto que todas las cosas que van a suceder siguen y están conectadas con las que han sucedido y las que están sucediendo según un desarrollo que termina desde el principio hasta el fin, el que sabe conectar las causas hacia lo mismo y entrelazarlas naturalmente sabe también predecir las cosas que son, las que serán y las que fueron. Y Homero ordenó bien primero las cosas presentes, luego el futuro y el pasado; pues a partir de lo que es, el silogismo procede según la fuerza del condicional, como' si esto es, esto precede' y, de nuevo,' si esto es, esto sucederá'. Pues lo técnico y lógico es, como se ha dicho, conocimiento de la consecuencia, y la percepción entrega la premisa al discurso. De donde, aunque sea rebuscado decirlo, no me retractaré de que este es el trípode de la verdad: el discurso que, al establecer la consecuencia de lo consecuente respecto a lo antecedente, luego, al tomar la existencia, introduce la conclusión de la demostración. Por tanto, al Pitio, si es que se deleita con la música, con las voces de los cisnes y los sonidos de la cítara,¿ qué tiene de extraño que, por amor a la dialéctica, acoja y ame esta parte del discurso, de la que ve que los filósofos se sirven más y en mayor medida? Pero Heracles, sin haber liberado aún a Prometeo ni haber dialogado con los sofistas en torno a Quirón y Atlas, sino siendo joven y totalmente beocio, al destruir la dialéctica y burlarse del' si', pareció arrebatar por la fuerza el trípode y luchar contra el dios por el arte; puesto que, avanzando en el tiempo, también él parece haber llegado a ser a la vez muy adivino y muy dialéctico'.
7
Al cesar Teón, Eústrofo el ateniense, creo que fue quien dijo:' Ves, hacia nosotros, cómo Teón defiende a la dialéctica con entusiasmo, casi vistiéndose la piel de león; así, tampoco es verosímil que nosotros, que ponemos en número todas las cosas en conjunto, naturalezas y principios de lo divino y lo humano a la vez, y que hacemos de este el guía y señor de lo más bello y valioso, guardemos silencio, sino que ofrezcamos al dios las primicias de la querida matemática, considerando que la E no difiere de los otros elementos ni por sí misma, ni por fuerza, ni por forma, ni por el nombre, sino que ha sido honrada como signo de un número grande y soberano para el todo, el cinco, de donde los sabios llamaban a contar' cinquear''. Eústrofo decía esto hacia nosotros no bromeando, sino porque en aquel entonces yo me dedicaba apasionadamente a las matemáticas, y tal vez estaba destinado a honrar en todo el' nada en exceso' al llegar a la Academia.
8
Dije, pues, que Eústrofo resolvía la dificultad de manera excelente con el número; pues, puesto que decía que todo número se divide en par e impar, y la unidad es común a ambos por su fuerza( por lo cual, al añadirse, hace par al número impar y al par impar), y hacen del dos el principio del par y del tres el del impar, y el cinco nace al mezclarse estos entre sí, es verosímil que haya obtenido honor al ser el primero formado de los primeros, y ha sido llamado matrimonio por la semejanza del par con lo femenino y del impar con lo masculino; pues en las divisiones de los números en partes iguales, el par, al separarse por completo, deja una especie de principio receptivo en sí mismo y un lugar, mientras que en el impar, al sufrir lo mismo, siempre sobra en medio de la división algo fecundo; por lo cual es más fecundo que el otro, y al mezclarse siempre domina y nunca es dominado; pues de ninguna mezcla de ambos resulta un número par, sino que en todas resulta impar. Y aún más, al aplicarse a sí mismo y sumarse, cada uno muestra la diferencia; pues ningún par, al unirse con un par, ha proporcionado un impar, ni ha salido de lo propio por debilidad, siendo estéril y defectuoso respecto al otro; pero los impares, al mezclarse con los impares, producen muchos pares debido a que son fecundos en todo sentido. Y uno no recorrería ahora a tiempo las otras fuerzas y diferencias de los números. Como, pues, de la unión de lo masculino, el primero, y de lo femenino, el cinco que nace, los pitagóricos lo llamaron matrimonio. Y es también naturaleza, como se ha dicho, al multiplicarse por sí mismo, terminando de nuevo en sí mismo. Pues así como la naturaleza, al tomar el trigo en la semilla y verterlo, hace brotar muchas formas y figuras en medio, a través de las cuales lleva la obra hasta el fin, y al final de todo mostró el trigo, devolviendo el principio en el fin del todo; así, de los restantes números, cuando se multiplican a sí mismos, terminando en otros por el aumento, solo el que resulta de cinco y seis se refieren y conservan a sí mismos tantas veces. Pues seis veces seis es treinta y seis, y cinco veces cinco es veinticinco. Y de nuevo, el de seis hace esto una vez y de manera única, convirtiéndose en cuadrado por sí mismo; pero a la péntada le ha sucedido esto también por multiplicación, y de manera propia el hacer por composición o a sí misma o la década, aplicándose a sí misma por partes, y que esto suceda hasta el infinito, imitando el número el principio que ordena el todo. Pues así como aquel, al conservar el mundo desde sí mismo y de nuevo desde el mundo a sí mismo, y que todas las cosas se intercambian por fuego, dice Heráclito, y el fuego por todas las cosas, como el oro por las mercancías y las mercancías por el oro; así la unión de la péntada consigo misma no ha nacido para engendrar nada ni defectuoso ni ajeno, sino que tiene cambios definidos; pues engendra o a sí misma o la década, es decir, o lo propio o lo perfecto.
9
Si, pues, alguien pregunta qué tiene que ver esto con Apolo, diremos que no solo, sino también con Dioniso, quien tiene parte en Delfos no menos que Apolo. Escuchamos, pues, a los teólogos decir y cantar, tanto en poemas como sin medida, que el dios, siendo por naturaleza incorruptible y eterno, al usar cambios de sí mismo por una especie de juicio y razón del destino, unas veces encendió la naturaleza en fuego, igualando todo a todo, y otras veces llega a ser de toda clase en formas, en afecciones y en fuerzas diferentes, como sucede ahora, mundo, y es llamado por el más conocido de los nombres. Pero los más sabios, ocultándose de la mayoría, llaman a Apolo al cambio hacia el fuego por su aislamiento, y Febo por su pureza e inmaculación. Y al padecimiento y cambio de su transformación y ordenación hacia espíritus, agua, tierra, astros y generaciones de plantas y animales, aluden como una especie de desmembramiento y despedazamiento; y lo llaman Dioniso, Zagreo, Nictelio e Isodaites, y consuman enigmas y mitos sobre muertes y desapariciones, y sobre fallecimientos y renacimientos, apropiados a los cambios mencionados; y cantan al uno himnos ditirámbicos llenos de afecciones y de un errar que tiene cambio y dispersión; pues Esquilo dice que conviene que el ditirambo, de grito mixto, acompañe al Dioniso que celebra la fiesta; y al otro, el peán, una musa ordenada y sensata. A este lo crean en pinturas y esculturas siempre sin vejez y joven, y a aquel multiforme y de muchas formas; y, en general, al uno le atribuyen semejanza, orden y seriedad pura, y al otro una mezcla de juego, insolencia, seriedad y locura, y lo llaman Dioniso, el que hace brotar a las mujeres, el que florece con honores de locura, tomando no mal lo propio de cada cambio. Y puesto que el tiempo de los periodos en los cambios no es igual, sino que es mayor el de uno, al que llaman saciedad, y menor el de la oracularidad, guardando lo que es según la razón, usan el peán en los sacrificios durante el resto del año, pero al comenzar el invierno, al despertar el ditirambo y detener el peán, invocan a este dios durante tres meses en lugar de aquel; lo cual, tres a uno, creen que es la proporción del tiempo de la ordenación respecto a la conflagración.
10
Pero estos temas se han extendido más de lo necesario; es evidente que le atribuyen la péntada, unas veces a ella misma como el fuego, y otras veces haciendo la década desde sí misma como el mundo.¿ Y no creemos que la música, que es la más grata al dios, tiene parte en este número? Pues la mayor parte, por así decirlo, de la obra de la armónica trata sobre las consonancias. Y que estas son cinco y no más, el discurso refuta al que quiere buscarlas en las cuerdas y agujeros irracionalmente para la percepción. Pues todas toman su origen de los números en razones; y la razón de la cuarta es epitrita, la de la quinta hemiolia, la doble es la de la octava, la de la octava y quinta es tripla, y la de la doble octava es cuádrupla. Y la que los armónicos introducen llamándola octava y cuarta, al salirse de la medida, no es digno de aceptarla, concediendo al oído lo irracional contra la razón como si fuera ley. Para dejar, pues, las cinco posiciones de los tetracordios, y los cinco primeros, ya sea que deban llamarse tonos, modos o armonías, que al cambiar por tensión y relajación según el más y el menos son las restantes gravedades y agudezas,¿ acaso, habiendo muchos, o más bien infinitos intervalos, las cosas melodiosas son solo cinco: diesis, semitono, tono, triemitono y ditono, y no hay ningún otro espacio en las voces, ni menor ni mayor, limitado por agudeza y gravedad, que sea melodioso?
11
Y muchas otras cosas semejantes, dije yo, al pasar, traeré a Platón diciendo que hay un mundo, y que si hay otros además de este y no es este solo uno, son cinco en total y no más. Sin embargo, incluso si este es uno y único, como cree también Aristóteles, de alguna manera también este está compuesto y armonizado de cinco mundos; de los cuales uno es de tierra, otro de agua, el tercero de fuego y el cuarto de aire; y el quinto cielo, unos lo llaman luz, otros éter, y otros esta misma quinta esencia, a la cual le es propio por naturaleza moverse en círculo, no por necesidad ni de otra manera. Y al observar también las cinco figuras más bellas y perfectas de las que hay en la naturaleza, pirámide, cubo, octaedro, icosaedro y dodecaedro, asignó cada una apropiadamente a cada uno.
12
Hay quienes también atribuyen las fuerzas de las percepciones, siendo igual en número a aquellos primeros, viendo que el tacto es resistente y terrenal, y el gusto acepta las cualidades por la humedad de las cosas gustables. El aire, al ser golpeado en el oído, se convierte en voz y sonido. De los dos restantes, el olor, que el olfato ha obtenido, siendo una exhalación y engendrado por el calor, es ígneo; y al éter y a la luz, al resplandecer la vista por afinidad, se produce una mezcla de ambos, semejante en afección y cohesión. Y el ser vivo no tiene otra percepción ni el mundo otra naturaleza simple y no mezclada, sino que ha habido, al parecer, una distribución y unión maravillosa de los cinco con los cinco.
13
Y al mismo tiempo, habiendo hecho una pausa y dejado pasar lo que dije,' Eústrofo', dije,' hemos sufrido, al pasar por alto casi a Homero, que no distribuyó primero el mundo en cinco partes, quien entregó las tres del medio a los tres dioses, y dejó las dos extremas, el Olimpo y la tierra, de las cuales una es el límite de las de abajo y la otra de las de arriba, comunes e indivisas. Pero el discurso debe ser referido como dice Eurípides. Pues los que veneran la tétrada enseñan no mal que por la razón de esta todo cuerpo ha obtenido origen. Pues puesto que todo lo sólido es en longitud y anchura al tomar profundidad, y antes de la longitud preexiste el punto, ordenado según la unidad, y la línea se llama longitud sin anchura y es longitud, y el movimiento de la línea hacia la anchura proporcionó el origen de la superficie en la tríada, y al añadirse a estos la profundidad, el aumento avanza hacia lo sólido a través de cuatro; es evidente para todos que, al haber llevado la naturaleza hasta aquí la tétrada, hasta perfeccionar el cuerpo y proporcionar masa tangible y resistente, luego la ha dejado necesitada de lo más grande. Pues lo inanimado, por decirlo simplemente, es huérfano, incompleto y no apto para nada, si no se usa el alma; pero el movimiento o disposición que infunde el alma, al suceder por un cambio a través de cinco, devuelve a la naturaleza lo perfecto, y tiene una razón de la tétrada tanto más soberana cuanto que el ser vivo difiere en honor de lo inanimado. Y además, la simetría y fuerza de los cinco, al haber prevalecido más, no permitió que lo animado avanzara hacia géneros infinitos, sino que proporcionó cinco ideas de todos los seres vivos. Pues hay, por supuesto, dioses, demonios, héroes y, después de estos, el cuarto género, los hombres, y el último y quinto, lo irracional y salvaje. Y además, si divides el alma misma según la naturaleza, lo primero y más oscuro de ella es lo nutritivo, lo segundo lo perceptivo, luego lo desiderativo y después de esto lo irascible; y al llegar a la fuerza de lo racional y perfeccionar la naturaleza, se ha detenido como en la cima, en el quinto'.
14
Y teniendo el número tantas y tales fuerzas, es hermoso también su origen, no el que ya recorrimos, siendo de la díada y la tríada, sino el que el principio proporcionó al unirse con el primer cuadrado. Pues el principio de todo número es la unidad, y el primer cuadrado es la tétrada; y de estos, como de idea y materia que tiene límite, la péntada. Y si, en efecto, algunos sitúan correctamente la unidad como cuadrada, siendo fuerza de sí misma y terminando en sí misma, la péntada, habiendo nacido de los dos primeros cuadrados, no ha dejado atrás una superioridad de nobleza.
15
Y lo más grande, dije, temo que, si se dice, presione a nuestro Platón, como él decía que Anaxágoras era presionado por el nombre de la luna, siendo una opinión antiquísima la suya sobre las iluminaciones, haciéndola propia.¿ Pues no ha dicho esto en el Crátilo?' Ciertamente', dijo Eústrofo,' pero no veo qué hay de semejante'. Y, sin embargo, sabes, por supuesto, que en el Sofista demuestra cinco principios soberanos: el ser, lo mismo, lo otro, y cuarto y quinto además de estos, movimiento y reposo. Y al usar otra forma de división en el Filebo, dice que uno es lo infinito y otro el límite; y al mezclarse estos, se constituye toda generación. Y sitúa como cuarto género la causa por la que se mezcla; y nos ha dejado suponer un quinto, por el cual las cosas mezcladas tienen de nuevo separación y distinción. Y conjeturo que esto se dice como imágenes de aquellos, lo que nace del ser, lo infinito del movimiento, el límite del reposo, el principio que mezcla de lo mismo, y el que distingue de lo otro. Y si estas son otras cosas, también de aquel modo y así estarían en cinco géneros y diferencias. Al preguntar, dirá alguien, esto, habiéndolo visto antes Platón, consagró dos E al dios, manifestación y símbolo del número de todas las cosas. Pero, sin embargo, al observar también el bien manifestándose en cinco géneros, de los cuales el primero es lo moderado, el segundo lo simétrico, el tercero la inteligencia, el cuarto las ciencias, artes y opiniones verdaderas relativas al alma, y el quinto, si alguien es placer puro y sin mezcla hacia lo que causa dolor, ahí termina al insinuar el oráculo órfico:' y en la sexta generación detened la ley del canto'.
16
Tras decir esto hacia vosotros, cantaré una cosa breve a los entendidos en torno a Nicandro; pues el sexto del mes nuevo, cuando uno conduce a la Pitia al pritaneo, el primero de los tres sorteos os resulta a vosotros, echando los tres de ella y los dos de él hacia los cinco entre sí.¿ Pues no es así? Y Nicandro dijo:' Así es, y la causa es inefable para otros'.' Por tanto', dije sonriendo,' hasta que el dios nos conceda, al habernos hecho sagrados, conocer la verdad, esto se añadirá a lo que se dice sobre la péntada'. Tal fue el discurso, como recuerdo, del elogio aritmético y matemático de la E, que tuvo su fin.
17
Amonio, dado que él mismo no situaba la matemática en el lugar más bajo de la filosofía, se alegró de lo dicho y dijo que no es digno de contradecir demasiado estrictamente a los jóvenes sobre esto, salvo que cada uno de los números proporcionará no pocas cosas a quienes quieran alabarlos y celebrarlos.¿ Y qué necesidad hay de hablar de los otros? Pues la heptada sagrada de Apolo consumirá el día antes de que uno recorra con el discurso todas sus fuerzas. Luego, al luchar contra la ley común y al mismo tiempo contra el largo tiempo, declararemos que los sabios eran hombres, si, al apartar la heptada de la presidencia, consagraron al dios la péntada como si le correspondiera más. Por tanto, no creo que la letra signifique ni número, ni orden, ni conector, ni ninguna otra de las partes deficientes; sino que es una salutación y un saludo autónomo del dios, que al mismo tiempo que la palabra pone al que la pronuncia en noción de la fuerza del dios. Pues el dios saluda a cada uno de nosotros que acude allí como si nos diera la bienvenida con el' conócete a ti mismo', lo cual no es menos que el' salve'. Y nosotros, a su vez, al responder al dios, decimos' tú eres', atribuyendo al dios la salutación del ser, que es verdadera, infalible y la única que le corresponde solo a él.
18
Pues, en realidad, no participamos en absoluto del ser; toda naturaleza mortal, al encontrarse en medio de la generación y la corrupción, ofrece un fantasma y una apariencia tenue e incierta de sí misma. Si intentas fijar tu intelecto con el deseo de aprehenderla, tal como un apretón violento de agua, al presionar y reunir lo que se escapa, destruye lo que intenta abarcar, así el discurso, al perseguir la excesiva claridad de cada una de las cosas pasibles y cambiantes, se desliza, ya sea hacia lo que está naciendo de ella o hacia lo que está pereciendo, sin poder aprehender nada que permanezca o que sea verdaderamente. Pues, según Heráclito, no es posible entrar dos veces en el mismo río, ni tocar dos veces una sustancia mortal según su estado, sino que, por la agudeza y rapidez del cambio, la dispersa y la vuelve a reunir; o mejor dicho, ni siquiera de nuevo ni después, sino que al mismo tiempo se constituye y abandona, se acerca y se aleja. De ahí que lo que nace de ella ni siquiera llega al ser, al no cesar nunca ni detenerse la generación, sino que, transformándose siempre desde la semilla, produce un embrión, luego un bebé, después un niño, a continuación un adolescente, un joven, luego un hombre, un anciano, un viejo, destruyendo las primeras generaciones y edades con las que sobrevienen. Pero nosotros tememos ridículamente una sola muerte, habiendo muerto ya tantas veces y estando muriendo. Pues no solo, como decía Heráclito, la muerte del fuego es el nacimiento del aire, y la muerte del aire el nacimiento del agua, sino que es aún más evidente en nosotros mismos: el que está en su plenitud perece cuando nace el anciano, el joven pereció en el que está en su plenitud, y el niño en el joven, y el infante en el niño; el que era ayer ha muerto en el de hoy, y el de hoy muere en el de mañana. Nadie permanece ni es uno solo, sino que nos volvemos muchos, mientras una materia, como un molde común, es arrastrada y se desliza alrededor de un solo fantasma. Pues,¿ cómo es que, siendo los mismos, nos alegramos con unas cosas ahora y con otras antes, amamos u odiamos, admiramos o censuramos lo contrario?¿ Cómo es que usamos otros discursos y tenemos otras pasiones, sin tener ya la misma forma, figura o intelecto? Pues no es razonable experimentar cosas distintas sin cambio, ni el que cambia es el mismo. Y si no es el mismo, tampoco es, sino que esto mismo cambia al volverse otro a partir de otro. Y el sentido se engaña por ignorancia del ser al tomar lo que aparece por el ser.
19
¿ Qué es, pues, lo que verdaderamente es? Lo eterno, lo ingénito y lo incorruptible, a lo cual el tiempo no le añade ningún cambio. Pues el tiempo es algo móvil, que se imagina junto con la materia en movimiento, fluyendo siempre y sin retener nada, como un recipiente de corrupción y generación. En efecto, el decir' después',' antes',' será' y' ha sido' es, por sí mismo, una confesión de lo que no es. Pues decir que lo que aún no ha nacido o lo que ya ha dejado de ser está en el ser, es necio y absurdo. Y aquello en lo que más fijamos nuestra intelección del tiempo, lo que llamamos' está presente',' está aquí' y' ahora', el discurso, al disolverse todo de nuevo, lo destruye. Pues se exprime hacia el futuro y el pasado, como una punta que, para quienes desean verla, se separa necesariamente. Y si la naturaleza medida padece lo mismo que lo que mide, nada de ella permanece ni es, sino que todo nace y perece según su distribución respecto al tiempo. De ahí que ni siquiera sea piadoso decir, respecto al ser, que' fue' o' será'; pues estas son inclinaciones, cambios y alteraciones de lo que no está hecho por naturaleza para permanecer en el ser.
20
Pero Dios es, hay que decir, y es no según ningún tiempo, sino según el eón inmóvil, atemporal, inmutable, ante el cual no hay nada anterior, ni posterior, ni futuro, ni pasado, ni más antiguo, ni más joven, sino que, siendo uno, ha llenado el' siempre' con un solo' ahora', y solo él es lo que verdaderamente es según esto, no habiendo nacido, ni siendo futuro, ni habiendo comenzado, ni habiendo de cesar. Así, pues, debemos venerarlo y saludarlo, o incluso, por Zeus, como algunos de los antiguos, llamarlo' uno'. Pues lo divino no es múltiple, como cada uno de nosotros, que somos un agregado de mil diferencias que surgen en las pasiones, mezclado de toda forma y de manera festiva; sino que lo que es debe ser uno, como lo es el uno. La alteridad, por diferencia del ser, se aparta hacia la generación de lo que no es. De ahí que el primer nombre de Dios sea bueno, así como el segundo y el tercero. Pues Apolo es como quien niega las muchas cosas y rechaza la multitud; Ieyo, como uno y solo; y Febo, supongo, es como los antiguos llamaban a todo lo puro y casto, como creo que todavía los tesalios dicen que los sacerdotes, al pasar los días nefastos fuera por sí mismos, son' fevonomizados'. Lo uno es sincero y puro; pues la contaminación proviene de la mezcla de una cosa con otra, como Homero dice que un marfil teñido con púrpura se contamina; y los tintoreros llaman corrupción a la mezcla de colores, y llaman corrupción a la mezcla. Por tanto, ser uno y puro conviene siempre a lo incorruptible y limpio.
21
A quienes consideran que Apolo y el sol son lo mismo, es digno saludarlos y amarlos por su buena intención, al poner en esto la concepción de Dios que más honran de entre las que conocen y anhelan. Pero, como ahora soñamos con Dios en el más bello de los sueños, despertémoslo y exhortémoslo a avanzar más arriba y a contemplar su realidad y su esencia; honremos también esta imagen y veneremos lo que en ella es generativo, en la medida en que es posible para lo sensible respecto a lo inteligible, y para lo que se mueve respecto a lo que permanece, haciendo brillar de alguna manera ciertas impresiones e imágenes de la benevolencia y bienaventuranza que lo rodea. Pero escuchar sobre sus éxtasis y cambios al emitir fuego, que lo arrastran, como dicen, y luego lo comprimen aquí y lo extienden hacia la tierra, el mar, los vientos y los animales, y sobre los terribles sufrimientos de los animales y las plantas, no es piadoso, ni será más sensato que el niño del poeta, que juega con un juego que él mismo compone y dispersa de nuevo en la arena, usando esto siempre con el todo, y creando el mundo que no es, para luego destruirlo al nacer. Pues, al contrario, todo lo que de alguna manera ha llegado a estar en el mundo, esto une la esencia y domina la debilidad de lo corporal que se dirige a la corrupción. Y me parece que, contra este discurso, el dicho que se le opone y da testimonio es decir' salve' a Dios, como si nunca ocurriera en él éxtasis ni cambio, sino que a otro dios, o mejor dicho, a un demonio asignado a la naturaleza que está en corrupción y generación, le corresponde hacer y padecer esto; como es evidente desde los nombres mismos, que son como opuestos y antífonos. Pues se dice Apolo y Plutón, el Delio y el Aidoneo, el Febo y el Escotio; y junto a uno están las Musas y la Memnósine, y junto al otro el Leteo y el Silencio; y uno es Teorio y Faneyo, y el otro es el señor de la noche oscura y del sueño inactivo; y uno es el más odiado de los dioses por los mortales, mientras que respecto al otro, Píndaro ha dicho no sin gracia que fue juzgado como el más amable para los mortales. Razonablemente, pues, Eurípides dijo:'¡ Ay de las libaciones de los muertos, los cantos que el Apolo de cabellos de oro no admite!'. Y antes que él, Estesícoro:' Apolo ama sobre todo los juegos y los cantos, mientras que a Hades le tocaron los lamentos y los gemidos'. Y Sófocles, al asignar cada uno de los instrumentos a cada uno, es evidente a través de esto:' Ni la nabla es querida por los lamentos, ni la lira'. Pues incluso la flauta se atrevió tarde y hace poco a emitir sonido sobre los deseos; en el primer tiempo era arrastrada hacia los lutos, y la función en torno a ellos no era muy honorable ni brillante, luego todo se mezcló con todo. Pero, sobre todo, al confundir las cosas divinas con las demoníacas, se han sumido en la confusión. Pero, en realidad, el' E' parece oponerse de algún modo al' conócete a ti mismo' y, en cierto modo, volver a concordar con él; pues lo primero ha sido exclamado con asombro y veneración hacia Dios como alguien que es a través de todo, mientras que lo segundo es un recordatorio para el mortal de la naturaleza y debilidad que lo rodea.