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De esu carnium II
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Original / primary: Spanish Gemini
1
El discurso nos exhorta a que, tanto en nuestras mentes como en nuestros propósitos, nos alejemos de las carnes frescas de los sepulcros. Pues es difícil, como decía Catón, hablar a estómagos que no tienen oídos; y se ha bebido la mezcla de la costumbre, como la de Circe, esa mezcla de dolores, sufrimientos, engaños y lamentos; y no es fácil extraer el anzuelo de la carnicería, pues está clavado y atravesado por el placer. Pues bien, si los egipcios, al extraer las entrañas de los muertos y abrirlas al sol, las desechan por ser la causa de todos los males que el hombre ha cometido,¿ no sería bueno que nosotros, extirpando de nosotros mismos la glotonería y el asesinato, purificáramos el resto de nuestra vida? Pues el estómago no es asesino, sino que es manchado por la incontinencia. Sin embargo, si por Zeus, debido a la costumbre, es imposible no pecar, al menos, avergonzados, usaremos el pecado por necesidad del discurso: comeremos carne, pero con hambre, no por refinamiento; mataremos al animal, pero compadeciéndonos y sufriendo, no ultrajándolo ni torturándolo, como hacen ahora muchos, que empujan hierros candentes hacia la matanza de los cerdos para que, al apagarse la sangre con el temple del hierro y al derramarse, la carne se ablande y se suavice; otros saltan sobre las ubres de las cerdas preñadas y las patean, para que, al mezclar sangre, leche y el pus de los embriones que perecen juntos en el parto—¡ oh, Zeus purificador!—, coman la parte del animal que más se inflama; otros, tras coser los ojos de grullas y cisnes y encerrarlos en la oscuridad, los engordan, preparando su carne con mezclas extrañas y ciertos condimentos.
2
De esto es evidente que no por alimento, ni por necesidad, ni por urgencia, sino por hartazgo, insolencia y lujo, han convertido la ilegalidad en un placer; y luego, como el deseo en las mujeres que no tienen hartazgo de placer, que probándolo todo y errando desenfrenadamente cae en lo inefable, así las incontinencias en la comida, al sobrepasar el fin natural y necesario, diversifican el apetito en crueldad e ilegalidad. Pues los sentidos enferman juntos, se persuaden mutuamente y se corrompen juntos al no dominar las medidas naturales. Así, el oído, al enfermar, corrompió la música, de la cual lo que se afemina y se relaja desea caricias vergonzosas y cosquilleos afeminados. Esto enseñó a la vista a no alegrarse con las pirriquias, ni con los gestos, ni con danzas elegantes, ni con estatuas y pinturas, sino a hacer del asesinato, la muerte de hombres, las heridas y las batallas el espectáculo más costoso. Así, a las mesas ilegales siguen uniones incontinentes; a los placeres vergonzosos, audiciones sin arte; a las melodías y escuchas desvergonzadas, teatros depravados; a los espectáculos feroces, la apatía hacia los hombres y la crueldad. Por esto el divino Licurgo ordenaba en las tres retras que las puertas y los techos de las casas se hicieran con sierra y hacha, y que no se aplicara ninguna otra herramienta, no porque estuviera en guerra con barrenas y azuelas y todo lo que sirve para trabajar la madera, sino sabiendo que, mediante tales obras, no introducirás una camilla dorada ni te atreverás a llevar a una casa sencilla mesas de plata, tapices de púrpura y piedras preciosas; sino que a la casa, a la cama, a la mesa y a la copa de tal tipo sigue una cena sencilla y un almuerzo popular, y al principio de una dieta miserable, como un potro sin domar, corre toda la molicie y el lujo.
3
¿ Qué cena no es costosa si en ella no se mata a un ser vivo?¿ Consideramos que un alma es un gasto pequeño? No hablo todavía de la madre, el padre, un amigo o un hijo, como decía Empédocles, sino al menos de uno que participa de la sensación, de la vista, del oído, de la imaginación y de la inteligencia, que cada uno ha recibido de la naturaleza para la adquisición de lo propio y la huida de lo ajeno. Observa quiénes nos amansan mejor de entre los filósofos:¿ los que ordenan comer a hijos, amigos, padres y esposas como si hubieran muerto, o Pitágoras y Empédocles, que nos acostumbran a ser justos también con las otras partes? Tú te ríes del que no come ovejas; pero nosotros, dirán, al ver a alguien que corta trozos de su padre o madre muertos y los envía a los que no están presentes, y llama a los presentes y les sirve de esas carnes sin reparo,¿ no nos reiremos? Pero quizás también ahora pecamos cuando tocamos estos libros sin purificarnos las manos, los ojos, los pies y los oídos, a menos que, por Zeus, la purificación de aquellos sea hablar de esto con un discurso refrescante, lavando, como dice Platón, el oído salado. Y si alguien pusiera los libros unos junto a otros y los discursos, aquellos serían para que filosofen los escitas, los sogdianos y los melanclenos, sobre quienes Heródoto es incrédulo al narrar, mientras que los dogmas de Pitágoras y Empédocles eran leyes de los antiguos griegos y dietas sin fuego. Que para con los animales irracionales no tenemos justicia alguna.
4
¿ Quiénes, pues, conocieron esto más tarde? Los que primero forjaron la malvada espada del camino y primero probaron a los bueyes aradores. Así también los que tiranizan comienzan por el asesinato. Pues, al igual que al principio mataron en Atenas al peor de los sicofantes, al que llamaban útil, y luego a un segundo, y a un tercero, y después, acostumbrados a esto, pasaron por alto la muerte de Nicerato, hijo de Nicias, y de Terámenes el estratega, y de Polemarco el filósofo, así, al principio se comió a algún animal salvaje y malvado, luego se arrastró a algún ave o pez, y al probarlo y ejercitarse en ellos en el asesinato, se llegó al buey trabajador, a la mansa oveja y al gallo guardián de la casa, y así, poco a poco, afilando la insaciabilidad, avanzaron hacia matanzas de hombres, guerras y asesinatos. Pero si alguien no demuestra que las almas usan cuerpos comunes en las palingenesias y que lo que ahora es racional se vuelve de nuevo irracional y, a su vez, lo que ahora es salvaje se vuelve manso, y que la naturaleza cambia todo y lo traslada, revistiéndolo con una túnica de carne ajena, esto no disuade a los asesinos de su desenfreno, que causa enfermedades y pesadez al cuerpo y corrompe el alma al volverse hacia la guerra de los más ilegales, cuando nos acostumbramos a no recibir a un huésped, no celebrar una boda y no reunirnos con amigos sin sangre y asesinato.
5
Y, sin embargo, si lo que se demuestra sobre la llamada transmigración de las almas a los cuerpos no es digno de fe, al menos lo dudoso merece gran cautela y temor. Por ejemplo, si alguien en las batallas nocturnas de los ejércitos, al desenvainar la espada contra un hombre caído que oculta su cuerpo con las armas, oyera a alguien decir que no sabe con certeza, pero que cree y le parece que el que yace es su hijo, hermano, padre o compañero de tienda,¿ qué es mejor: añadir una sospecha no verdadera y dejar ir al enemigo como si fuera un amigo, o despreciar lo incierto por falta de fe y matar al pariente como si fuera un enemigo? Todos diréis que eso es terrible. Observa también a Mérope en la tragedia, levantando el hacha contra su propio hijo como si fuera el asesino de su hijo y diciendo:« Te doy este golpe, más deseado», cuánto movimiento causa en el teatro, levantando a los espectadores por el miedo y el temor de que el anciano que la detiene no llegue a tiempo y hiera al joven. Y si otro anciano estuviera al lado diciendo:« Golpea, es un enemigo», y otro:« No golpees, es tu hijo»,¿ qué injusticia es mayor: dejar de castigar a un enemigo por causa del hijo o caer en el infanticidio por la ira contra el enemigo? Puesto que, por tanto, no es odio ni ira lo que nos lleva al asesinato, ni ninguna defensa, ni miedo por nosotros mismos, sino que la víctima está ahí, con el cuello doblado, para una parte del placer, y luego uno de los filósofos dice:« Córtalo, el animal es irracional», y otro:« Detente,¿ qué tal si el alma de un pariente o de algún dios ha entrado ahí?»,¿ es igual, oh dioses, el peligro que conlleva si desobedezco al comer carne o si no tengo fe al asesinar a un hijo u otro pariente?
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Pero esta lucha por la carnicería no es igual para los estoicos. Pues,¿ cuál es el gran esfuerzo hacia el estómago y las cocinas?¿ Por qué, al afeminar y difamar el placer como algo que no es ni bueno, ni preferible, ni propio, se han esforzado tanto en los placeres? Y, sin embargo, les habría sido consecuente, si expulsan el perfume y el pastel de los banquetes, sentir más asco por la sangre y la carne. Pero ahora, como si filosofaran para los periódicos, eliminan el gasto de las cenas en lo inútil y superfluo, pero no renuncian a lo salvaje y asesino del lujo.« Sí», dice,« pues no tenemos justicia alguna para con los animales irracionales». Pues tampoco para con el perfume, diría alguien, ni para con los condimentos extranjeros, pero también de estos os apartáis, expulsando de todas partes lo que no es útil ni necesario en el placer.
7
Sin embargo, examinemos también esto: que no tenemos justicia alguna para con los animales, no de manera técnica ni sofística, sino mirando nuestras propias pasiones y hablando humanamente con nosotros mismos y examinándonos.

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