De exilio
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Se dice que los mejores y más firmes discursos, al igual que los amigos, son aquellos que están presentes en las desgracias para ayudar y ser útiles; pues muchos están presentes y conversan con los que han caído, pero de manera inútil o, más bien, perjudicial, como quienes, sin saber nadar, intentan ayudar a los que se ahogan, enredándose con ellos y hundiéndose juntos. Es necesario que el discurso de los amigos y de quienes ayudan sea un consuelo, no una defensa de lo que causa dolor. Pues no necesitamos a quienes lloran y se lamentan con nosotros, como coros trágicos ante sucesos indeseados, sino a quienes hablan con franqueza y enseñan que afligirse y humillarse por cualquier cosa es inútil, además de ser algo que sucede de manera vana e insensata. Y donde los hechos mismos permiten, tras ser examinados y revelados por la razón, decirse a uno mismo:« No has sufrido nada terrible, a menos que tú mismo lo finjas», es una ridiculez absoluta no preguntar a la carne qué ha sufrido, ni al alma si se ha vuelto peor por este percance, sino utilizar a los que se compadecen y se indignan desde fuera como maestros del dolor.
2
Por tanto, al estar solos, examinemos el peso de cada uno de los percances como si fueran cargas; pues el cuerpo es presionado por el peso de lo que lo oprime, pero el alma a menudo añade el peso por sí misma a las cosas. La piedra es dura por naturaleza, el cristal es frío por naturaleza, sin que estas resistencias y congelaciones se les añadan desde fuera al azar; pero los destierros, la deshonra y la pérdida de honores, al igual que sus contrarios, las coronas, los cargos y los asientos de honor, no tienen su propia naturaleza, sino nuestro juicio como medida para causar dolor o alegría, y cada uno hace para sí mismo las cosas ligeras, pesadas o fáciles de llevar, y viceversa. Es posible escuchar a Polinices respondiendo a esta pregunta y a Alcman, como lo ha hecho quien escribió el epigrama:« Sardes, antiguo hogar de mis padres, si me hubiera criado entre vosotros, sería un tañedor de cítara o un afeminado cargado de oro, golpeando hermosos tímpanos; pero ahora mi nombre es Alcman, soy de la Esparta de los muchos trípodes y aprendí las Musas helicónidas, que me hicieron superior a los tiranos Dascilo y Giges». Pues la misma cosa, la fama, para uno es útil como una moneda válida, mientras que para otro la hizo inútil y perjudicial.
3
Que el destierro sea algo terrible, como dicen y cantan la mayoría. Pues también muchos alimentos son amargos, picantes y muerden el sentido; pero al mezclarlos con algunos dulces y agradables, eliminamos la desagradabilidad. También hay colores dolorosos para la vista, ante los cuales uno se confunde y se deslumbra por su dureza y violencia insoportable. Si, por tanto, mezclamos la sombra como remedio para esa incomodidad, o desviamos la vista hacia algo verde y agradable, esto es posible hacerlo también con los percances, mezclando con ellos las cosas útiles y humanas que ahora tienes presentes: la abundancia de amigos, la tranquilidad, el no carecer de nada de lo necesario para la vida. Pues no creo que haya muchos sardianos que no prefieran que tus asuntos, incluso con el destierro, sigan siendo suyos y se alegren viviendo así en tierra extraña, en lugar de, como los caracoles que están unidos a sus conchas y no tienen ningún otro bien, participar de lo que hay en casa sin dolor.
4
Como en una comedia, alguien que exhorta a un amigo desafortunado a tener ánimo y defenderse de la fortuna, al ser preguntado de qué manera, responde filosóficamente:« Así también nosotros defendámonos de ella filosofando dignamente;¿ y cómo a Zeus cuando llueve?¿ Y cómo al bóreas? Buscamos fuego, baño, manto, techo; pues no nos sentamos bajo la lluvia ni lloramos». También para ti, más que para nadie, es posible reavivar y calentar esta parte enfriada de la vida, sin necesitar otros auxilios, sino usando razonablemente lo que está presente. Pues las ventosas médicas, al extraer lo más vil del cuerpo, alivian y salvan el resto, mientras que los amigos del dolor y de la culpa, al reunir siempre lo peor de sus propios asuntos, reflexionar sobre ello y consumirse en lo penoso, hacen inútiles incluso las cosas útiles para sí mismos, en el momento en que es natural ayudar. Pues los dos jarrones, amigo mío, que Homero dijo que yacían en el cielo llenos de destinos, uno de bienes y otro de males, no los guarda Zeus sentado, soltando a unos corrientes suaves y mezcladas, y a otros corrientes puras de males; sino que nosotros mismos, los que tenemos entendimiento, al mezclar los males con los bienes, hacemos la vida más dulce y potable, mientras que para la mayoría, como en un colador, permanecen y se adhieren las cosas más viles, mientras que las mejores se escapan.
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Por eso, incluso si caemos en algún mal y dolor verdadero, debemos atraer lo alegre y lo animado de los bienes existentes y restantes, puliendo lo ajeno con lo propio. Y aquellas cosas cuya naturaleza no tiene ningún mal, sino que todo lo que aflige ha sido inventado a partir de una vana opinión, estas debemos, al igual que hacemos con los niños que temen a las máscaras poniéndolas cerca y bajo su mano y dándoles la vuelta para acostumbrarlos a despreciarlas, así, tocando de cerca y presionando el razonamiento, revelar lo falso, lo vacío y lo teatralizado.¿ Qué es esta mudanza tuya ahora desde la supuesta patria? Pues por naturaleza no existe una patria, como tampoco una casa, ni un campo, ni una fragua, como decía Aristón, ni una consulta médica; sino que cada una de estas cosas llega a ser, o más bien se nombra y se llama, siempre en relación con quien la habita y la usa. Pues el hombre, como dice Platón, es una planta no terrestre ni inmóvil, sino celestial, con el cuerpo como una raíz que mantiene la cabeza erguida, vuelta hacia el cielo. De ahí que Heracles dijera bien:«¿ Argivo o tebano? Pues no rezo por uno solo; toda torre de los helenos es mi patria». Y Sócrates mejor, al decir que no era ateniense ni heleno, sino ciudadano del mundo, como alguien habría dicho que era rodio o corintio; porque no se encerró ni en Sunio, ni en Ténaro, ni en los montes Ceraunios.«¿ Ves este éter infinito allá arriba, y la tierra que rodea con sus brazos húmedos?». Estos son los límites de nuestra patria, y nadie es en ellos desterrado, ni extranjero, ni forastero, donde el fuego, el agua y el aire son los mismos, donde los mismos gobernantes, administradores y pritanos son el sol, la luna y el lucero; las mismas leyes para todos, bajo un solo mandato y un solo gobierno: los solsticios boreales, los solsticios australes, los equinoccios, las Pléyades, Arturo, las estaciones de siembra, las estaciones de plantación; y un solo rey y gobernante, Dios, que tiene el principio, el medio y el fin del todo, y que recorre en línea recta según la naturaleza; y a él sigue la Justicia, vengadora de los que abandonan la ley divina; todos los hombres usamos por naturaleza a todos los hombres como ciudadanos.
6
El que no habites en Sardes no es nada; pues tampoco todos los atenienses habitan en Colito, ni los corintios en Craneo, ni los lacedemonios en Pitana.¿ Acaso son extranjeros y apátridas los atenienses que se mudaron de Melite a Diomea, donde incluso celebran el mes Metagitnión y el sacrificio epónimo de la mudanza, las Metagitnias, aceptando y amando la vecindad con otros de manera fácil y alegre? No podrías decirlo.¿ Qué parte de la ecúmene o de toda la tierra está lejos de otra, que los matemáticos demuestran que tiene la proporción de un punto sin dimensiones respecto al cielo? Pero nosotros, como hormigas o abejas que han caído de un hormiguero o de una colmena, nos angustiamos y nos sentimos extranjeros, sin saber ni haber aprendido a hacer y considerar todo como propio, tal como es. Y sin embargo, nos reímos de la necedad de quien afirma que la luna en Atenas es mejor que la de Corinto; padeciendo de alguna manera lo mismo cuando dudamos, al estar en tierra extraña, de la tierra, el mar, el aire y el cielo, como si fueran otros y diferentes de los habituales. Pues la naturaleza nos deja libres y desatados, pero nosotros mismos nos encadenamos, nos estrechamos, nos encerramos, nos empujamos a lugares pequeños y mezquinos. Luego nos burlamos de los reyes persas, si es verdad que, al beber solo el agua del Coaspes, hacen que el resto de la ecúmene sea para ellos un lugar sin agua; pero cuando nos mudamos a otros lugares, anhelando el Cefiso y deseando el Eurotas, el Taigeto o el Parnaso, hacemos que la ecúmene sea para nosotros una tierra sin patria y sin hogar.
7
Los egipcios, por su parte, los que por alguna ira y dureza del rey se trasladaban a Etiopía, ante quienes les pedían regresar, mostrándoles sus partes pudendas de manera más cínica, decían que no carecerían ni de matrimonios ni de hijos, mientras tuvieran esto consigo; pero es más decoroso y solemne decir que, donde y con quien a uno le ha sucedido tener lo necesario para la vida, allí este no es ni apátrida, ni sin hogar, ni extranjero; solo es necesario tener además de esto entendimiento y razón como un timonel ancla, para que pueda atracar y usar cualquier puerto. Pues perder la riqueza no es fácil ni rápido de recuperar; pero toda ciudad se convierte en patria inmediatamente para un hombre que ha aprendido a usarla y que tiene raíces en todas partes, capaces de vivir, alimentarse y adherirse a cualquier lugar; como las que tenía Temístocles, como las que tenía Demetrio de Falero. Este, en Alejandría, siendo el primero de los amigos de Ptolomeo tras su destierro, no solo vivía en la abundancia, sino que también enviaba regalos a los atenienses. Y se dice que Temístocles, viviendo bajo la generosidad real, dijo a su mujer y a sus hijos:« Habríamos perecido si no hubiéramos perecido». Por eso también Diógenes el cínico, ante quien le dijo:« Los sinopeos han condenado tu destierro del Ponto», dijo:« Y yo el de ellos a permanecer en el Ponto, en las extremas rompientes del mar inhóspito». Y Estratón preguntó al extranjero en Sérifos por qué delito se imponía el destierro como castigo entre ellos; y al oír que desterraban a los malhechores, dijo:«¿ Por qué entonces no cometiste una maldad, para que te mudaras de este estrecho lugar?», donde dice el cómico que los higos se cosechan con hondas, y que la isla tiene todo lo que se necesita.
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Pues si examinas la verdad sin vana opinión, el que tiene una sola ciudad es extranjero de todas las demás y ajeno. Pues no parece bueno ni justo abandonar la propia para habitar otra.« Te tocó Esparta, adórnala», aunque sea sin gloria, aunque sea enfermiza, aunque sea perturbada por facciones y asuntos poco saludables. Y a quien la fortuna le ha quitado la suya, le da a tener la que le plazca. Pues aquel hermoso precepto de los pitagóricos,« elige la mejor vida, y la costumbre la hará agradable», es también aquí sabio y útil; elige la mejor y más agradable ciudad, y el tiempo la hará patria, y una patria que no te distraiga, no te moleste, no te ordene:« contribuye, embaja a Roma, recibe al jefe, ejerce una liturgia». Pues si alguien recuerda esto teniendo juicio y no estando completamente cegado, elegirá incluso vivir en una isla, habiéndose convertido en desterrado, en Gíaro o Cínaro, dura, estéril y mala para cultivar, sin desanimarse, sin lamentarse ni decir aquellas cosas de las mujeres en Simónides:« me retiene el estruendo del mar purpúreo que me rodea»; sino más bien considerando lo de Filipo: pues al caer en la palestra y darse la vuelta, al ver la huella de su cuerpo, dijo:«¡ Oh Heracles, qué pequeña parte de la tierra poseemos por naturaleza, y deseamos toda la ecúmene!».
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Creo que has sido espectador de Naxos; si no, al menos de Hiria, que está cerca de aquí; pero aquella albergaba a Efialtes y a Oto, y esta era la morada de Orión. Alcmeón habitó el lodo recién formado por el depósito del Aqueloo, huyendo de las Euménides, como dicen los poetas; yo, sin embargo, conjeturo que también aquel, huyendo de las turbulencias políticas, las facciones y las sicofantías erinias, eligió habitar un pequeño lugar en tranquilidad y silencio. Tiberio César vivió en Capri siete años hasta su muerte; y el santuario del mando de la ecúmene, reunido como en un corazón, no se trasladó a ninguna parte durante tanto tiempo. Pero para él, los cuidados del mando, vertiéndose y llegando desde todas partes, no le proporcionaban una tranquilidad isleña pura ni sin oleaje. Pero quien puede, al desembarcar en una pequeña isla, haberse librado de no pequeños males, ese es un desgraciado si no se dice a sí mismo los versos de Píndaro ni se canta a menudo:« amar el ligero ciprés, y dejar el pasto de Creta que rodea»;« a mí se me ha dado poco de tierra, de donde no hay robles, y no me tocó parte de llantos, ni de facciones, ni de mandatos de mando, ni de servicios en necesidades políticas y liturgias difíciles de evitar».
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Pues,¿ dónde no parece decir algo sensato Calímaco al no medir la sabiduría con la vara persa?¿ Acaso debemos medir la felicidad con varas y parasangas, y si habitamos una isla de doscientos estadios, y no de cuatro días de circunnavegación como Sicilia, debemos atormentarnos y lamentarnos como si fuéramos desgraciados? Pues,¿ qué es la tierra amplia frente a la vida sin dolor?¿ No escuchas a Tántalo diciendo en la tragedia:« siembro un campo de doce días de camino, el territorio berecinto», y luego, poco después, diciendo:« mi destino, que estaba en el cielo, cae a tierra y me dice esto: reconoce que no debes venerar demasiado las cosas humanas»? Nausítoo, al abandonar la amplia Hiperea por la vecindad de los cíclopes, y al trasladarse a una isla lejos de los hombres comedores de pan, y habitando sin mezclarse, lejos de los hombres, en el mar de muchas olas, preparó la vida más dulce para sus ciudadanos. Las Cícladas fueron habitadas primero por los hijos de Minos, y después por los de Codro y Neleo, en las cuales los necios desterrados de ahora creen ser castigados. Y sin embargo,¿ qué isla de destierro no es más amplia que la tierra de Escilunte, en la que Jenofonte vio su brillante vejez? La Academia, un pequeño terreno comprado por tres mil, fue la morada de Platón, Jenócrates y Polemón, que pasaban allí su tiempo y vivían toda su vida, excepto un día, en el que Jenócrates bajaba cada año a la ciudad para las nuevas tragedias de las Dionisias, como decían, por la fiesta. Y Teócrito de Quíos insultó a Aristóteles porque, al amar la vida junto a Filipo y Alejandro, eligió habitar en las desembocaduras del Borboros en lugar de en la Academia. Pues hay un río cerca de Pela, al que los macedonios llaman Borboros. Y el poeta, como si a propósito celebrara y nos recomendara las islas:« llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante»;« y cuanto Lesbos, morada de los bienaventurados, encierra dentro»;« y tras tomar Esciro, la escarpada, ciudadela de Enueo»;« y los que venían de Duliquio y de las sagradas islas Equínadas, que habitan frente al mar, frente a Élide». Y dice que el más amado por los dioses, Eolo, el más sabio Odiseo, el más valiente Áyax, el más hospitalario Alcínoo, habitan en una isla.
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Zenón, por su parte, al enterarse de que la única nave que le quedaba, junto con su carga, había sido tragada por el mar, dijo:«¡ Bien haces, oh fortuna, al empujarnos hacia el manto y la vida filosófica!». Y un hombre que no esté completamente cegado ni sea un fanático de las multitudes, no creo que culpe a la fortuna por ser empujado a una isla, sino que la alabaría por quitarle el gran vagabundeo, el ir y venir, las errancias en viajes, los peligros en el mar y los tumultos en el ágora, y por darle una vida verdaderamente estable, tranquila, sin distracciones y propia, delimitando con un centro y una distancia la necesidad de lo indispensable. Pues,¿ qué isla no tiene casa, paseo, baño, peces, liebres para usar en la caza y el juego si uno quiere? Lo más importante, la tranquilidad, que otros ansían, a menudo puedes obtenerla, pero los sicofantes y los entrometidos, jugando a los dados y escondiéndose en casa, rastreando y persiguiendo, te arrastran a la fuerza desde los suburbios y los jardines al ágora y al palacio; pero a una isla nadie molesta, nadie pide, nadie toma prestado, nadie pide ser fiador, nadie pide participar en elecciones, sino que, por benevolencia y deseo, los mejores de los amigos y parientes navegan; y la otra vida queda inviolable y sagrada para quien quiere y ha aprendido a estar tranquilo. Y quien felicita a los que corren fuera y gastan la mayor parte de la vida en posadas y transbordadores, es semejante al que cree que los planetas viven mejor que las estrellas fijas; y sin embargo, cada uno de los planetas, vagando en una esfera como en una isla, mantiene el orden; pues« el sol no sobrepasará sus medidas», dice Heráclito; si no, las Erinias, auxiliares de la Justicia, lo encontrarán.
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Pero estas cosas, amigo mío, y otras semejantes, digámoslas a aquellos y cantémoslas a aquellos para quienes, al ser trasladados a una isla, el mar hace que las demás cosas sean inalcanzables,« el mar que retiene a los que no quieren». Pero a ti, al no habérsete dado solo uno, sino al habérsete prohibido un lugar, te queda la facultad de todas las ciudades, la prohibición de una sola. Pero, además, a« no gobernamos ni deliberamos ni somos jueces», opón« no nos dividimos en facciones, no gastamos, no estamos pegados a las puertas de un jefe»; por tanto, no nos importa quién es el que ha recibido la provincia, si es irascible o gravoso. Pero nosotros, al igual que Arquíloco, al pasar por alto las partes fructíferas y los viñedos de Tasos, debido a lo áspero y desigual, criticó la isla diciendo:« esta se alza como el lomo de un asno, coronada de bosque salvaje», así, al dirigir el destierro hacia una sola parte, la deshonrosa, pasamos por alto la tranquilidad, el ocio y la libertad. Y sin embargo, felicitaban a los reyes persas que pasaban el invierno en Babilonia, el verano en Media y la parte más dulce de la primavera en Susa. Es posible, por supuesto, para el que se ha mudado, pasar el tiempo en los misterios de Eleusis, en las Dionisias en Atenas, celebrar los Juegos Olímpicos en Pisa, los Nemeos en Argos, acudir a Delfos cuando se celebran los Pitios, a Corinto para los Ístmicos, si uno es amante de los espectáculos; si no, ocio, paseo, lectura, sueño sin ruido; lo de Diógenes:« Aristóteles desayuna cuando le parece a Filipo, Diógenes cuando le parece a Diógenes», sin que ni negocios, ni gobernante, ni jefe interrumpan la vida habitual.
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Por esto, de los más sensatos y sabios, encontrarías pocos enterrados en sus propias patrias, y la mayoría, sin que nadie los obligara, levantaron ellos mismos el ancla, cambiaron sus vidas y se trasladaron, unos a Atenas, otros desde Atenas. Pues,¿ quién ha dicho un elogio de su propia patria como Eurípides?« Donde primero el pueblo no es traído de otro lugar, sino que nacimos autóctonos; las otras ciudades, dispersadas como por lanzamientos de dados, son importables de unas a otras. Y si hay que jactarse de algo secundario, mujer, tenemos un cielo sobre la tierra bien templado, donde ni el fuego ni el invierno chocan demasiado. Y lo que Grecia y Asia crían más hermoso de la tierra, teniéndolo como cebo, lo cazamos juntos». Pero el que escribió esto se fue a Macedonia y vivió junto a Arquelao. Y has oído, por supuesto, también este epigrama:« Este monumento oculta a Esquilo, hijo de Euforión, el ateniense, muerto en Gela, la de los trigos»; pues también este se fue a Sicilia, y Simónides antes. Y el de Heródoto de Halicarnaso,« exposición de historia», muchos lo reescriben como« de Heródoto de Turios»; pues se trasladó a Turios y participó de aquella colonia. Y el espíritu sagrado y divino en las musas, Homero, el ordenador de la batalla frigia,¿ no ha hecho esto discutible para muchas ciudades, porque no es el encomiasta de una sola? Y muchas y grandes son las honras de Zeus hospitalario.
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Y si alguien dice que estos buscaban fama y honores, ve a los sabios y a las escuelas y lugares de estudio en Atenas; recuerda los del Liceo, los de la Academia, la Estoa, el Paladio, el Odeón. Si aprecias más la peripatética y la admiras, Aristóteles era de Estagira, Teofrasto de Ereso, Estratón de Lámpsaco, Glicón de Tróade, Aristón de Ceos, Critolao de Fasélide; si la estoica, Zenón de Citio, Cleantes de Asos, Crisipo de Solos, Diógenes de Babilonia, Antípatro de Tarso; y el ateniense Arquédemo, al trasladarse a la de los partos, dejó en Babilonia una sucesión estoica.¿ Quién, pues, persiguió a estos? Nadie; sino que ellos mismos, persiguiendo la tranquilidad, de la que no hay mucha en casa para quienes tienen cualquier fama o poder, nos enseñan lo demás con palabras, pero esto con hechos. Pues también ahora los más probados y mejores viven en tierra extraña, no trasladados, sino habiéndose trasladado, no desterrados, sino habiendo huido ellos mismos de los asuntos, las distracciones y las ocupaciones que traen las patrias. Pues también para los antiguos, al parecer, las Musas, al tomar el destierro como colaborador, llevaron a cabo las más hermosas y probadas de sus obras. Tucídides el ateniense escribió la guerra de los peloponesios y atenienses en Tracia, cerca de Escapte Hyle; Jenofonte en Escilunte de Élide, Filisteo en Epiro, Timeo de Tauromenio en Atenas, Androtión el ateniense en Mégara, Baquílides el poeta en el Peloponeso; todos estos y otros muchos, al caer de sus patrias, no se desesperaron ni se abandonaron, sino que usaron sus talentos tomando el destierro como provisión de la fortuna, gracias al cual son recordados en todas partes incluso muertos; mientras que de los que los expulsaron y provocaron las facciones, no ha quedado ni una sola palabra de nadie.
15
Por eso es ridículo quien piensa que la deshonra acompaña al destierro.¿ Qué dices?¿ Es deshonroso Diógenes, a quien Alejandro, al verlo sentado al sol, se detuvo y le preguntó si necesitaba algo; y al responderle que nada, sino que se apartara un poco de su sombra, asombrado por su espíritu, dijo a sus amigos:« Si no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes»?¿ Acaso Camilo era deshonroso al ser expulsado de Roma, de la cual ahora es proclamado segundo fundador? Y, de hecho, Temístocles no perdió la fama entre los helenos al huir, sino que ganó la que tenía entre los bárbaros; y no hay nadie tan poco ambicioso ni tan innoble que prefiera ser Leobates, el que presentó la acusación, antes que Temístocles, el desterrado, y Clodio, el que expulsó, antes que Cicerón, el expulsado, y Aristofón, el que acusó, antes que Timoteo, el que se trasladó de su patria.
16
Pero puesto que las palabras de Eurípides mueven a muchos, al parecer capaz de criticar el destierro, veamos lo que dice preguntando y respondiendo punto por punto; estas cosas primero no son consideradas justa ni verdaderamente. Pues, en primer lugar, no es propio de un esclavo no decir lo que uno piensa, sino de un hombre que tiene juicio en tiempos y asuntos que requieren discreción y silencio, como él mismo ha dicho mejor en otro lugar:« callar donde se debe y hablar donde es seguro». Luego, la ignorancia de los que mandan es necesario soportarla tanto si uno se queda en casa como si huye; pero a menudo los que se quedan temen más a los que tienen poder en las ciudades injustamente, por la sicofantía o la violencia, que los que se han ido; y lo más grande y extraño, si se quita la franqueza a los desterrados; pues es sorprendente si Teodoro no tenía franqueza, quien, al decirle el rey Lisímaco:« tu patria te expulsó siendo como eres», dijo:« sí, al no poder soportarme, como Sémele a Dioniso». Y al mostrarle Telesforo en una jaula los ojos arrancados y la nariz, las orejas y la lengua cortadas, y al decir:« así trato a los que me hacen daño», dijo:«¿ Y qué le importa a Teodoro si se pudre sobre la tierra o bajo la tierra?».¿ Qué más?¿ Diógenes no tenía franqueza, quien, al entrar en el campamento de Filipo cuando marchaba a luchar contra los helenos, y al ser llevado ante él como espía, dijo:« sí, espía de tu insaciabilidad y de tu insensatez, que has venido en poco tiempo a jugarte la soberanía y el cuerpo»?¿ Qué más?¿ Aníbal el cartaginés no usaba la franqueza ante el rey Antíoco siendo un desterrado, cuando, al darle la ocasión, le ordenaba atacar a los enemigos, y al sacrificar este y decir que las entrañas lo impedían, le reprendió diciendo:«¿ tú qué carne miras, y no qué hombre con qué juicio?»? Pero ni el destierro quita la franqueza a los geómetras ni a los matemáticos, que discuten sobre lo que saben y han aprendido,¿ de dónde, pues, a los hombres nobles? Pero lo innoble en todas partes cierra la voz, tuerce la lengua, ahoga, hace callar.¿ Y cuáles son las siguientes palabras de Eurípides? Y esto es más una acusación de necedad que de destierro. Pues no los que han aprendido ni saben usar lo que está presente, sino los que siempre están colgados del futuro y anhelan lo ausente, son llevados como en una balsa por la esperanza, aunque nunca salgan fuera de la muralla. Estas cosas ya son ingratas por parte de Polinices, al criticar la deshonra de la nobleza y la falta de amistad del destierro, quien por su nobleza fue considerado digno de matrimonios reales siendo desterrado, y rodeado por la alianza de amigos y tal poder, hizo la guerra, como él mismo admite poco después:« muchos de los mejores de los dánaos y miceneos están presentes, dándome un favor penoso pero necesario». Y semejantes son las de la madre que se lamenta:« y yo no te encendí el fuego fértil en las bodas, y el Ismeno fue celebrado sin himeneos con el lujo de la portadora de agua». Esta debería alegrarse y amar al saber que su hijo habita palacios tan grandes; pero ella, al lamentar la antorcha no encendida y el Ismeno que no proporcionó el baño, como si en Argos los que se casan no tuvieran ni agua ni fuego, atribuye al destierro los males de la soberbia y la necedad.
17
¿ Pero es el desterrado algo ignominioso? Al menos ante los insensatos, que hacen del pobre, del calvo y del pequeño un insulto, y, por Zeus, del extranjero y del meteco. Pero, sin embargo, los que no se dejan llevar por esto admiran a los buenos, aunque sean pobres, extranjeros o desterrados.¿ Pero no vemos que, al igual que el Partenón y el Eleusinion, todos veneran también el Teseo? Y, sin embargo, Teseo huyó de Atenas, por quien ahora vienen los hombres a Atenas, y perdió una ciudad que no tuvo, sino que él mismo creó.¿ Y qué bien le queda a Eleusis si nos avergonzamos de Eumolpo, que al trasladarse de Tracia inició e inicia a los helenos?¿ Y Codro, de quién era cuando reinó?¿ No de Melanto, desterrado de Mesene?¿ Y no alabas lo de Antístenes ante quien dijo:« tu madre es frigia»?« Pues también la de los dioses».¿ Por qué entonces no respondes tú también, al ser insultado como desterrado, que también el padre de Heracles, el vencedor, era un desterrado, y el abuelo de Dioniso, al ser enviado a encontrar a Europa, tampoco regresó, siendo fenicio, y delimita el linaje, al llegar a Tebas,« Dioniso, el que hace bailar a las mujeres, floreciendo con honores de locura»? Y sobre lo que Esquilo insinuó y señaló al decir:« al puro Apolo, dios desterrado del cielo», que mis palabras sean prudentes según Heródoto; y Empédocles, al proclamar al principio de la filosofía:« hay un decreto de necesidad, antiguo decreto de los dioses, cuando alguien con faltas mancha sus miembros queridos con sangre, los demonios que han obtenido una vida de larga duración, vagan tres veces diez mil horas lejos de los bienaventurados. Yo también ahora voy desterrado de Dios y errante». No a sí mismo, sino a partir de sí mismo, demuestra que todos somos emigrantes, y que aquí somos extranjeros y desterrados. Pues no la sangre, dice, ni el aire mezclado, oh hombres, nos proporcionó la esencia y el principio del alma, sino que de estos el cuerpo ha sido formado, terrestre y mortal; pero al venir el alma de otro lugar aquí, disimula el nacimiento como una estancia con el más suave de los nombres; pero lo más verdadero es que huye y vaga, impulsada por dogmas y leyes divinas; luego, como en una isla que tiene mucho oleaje, como dice Platón, atada al cuerpo a modo de ostra por no recordar ni mencionar de qué honor y de qué magnitud de felicidad se ha trasladado, no cambiando Sardes por Atenas ni Corinto por Lemnos o Esciro, sino la tierra del cielo y de la luna por la vida en la tierra, si cambia un poco de lugar aquí, se angustia y se siente extranjera, marchitándose como una planta innoble. Y sin embargo, para una planta hay un lugar más adecuado que otro, en el que se alimenta y brota mejor; pero a un hombre ningún lugar le quita la felicidad, como tampoco la virtud ni la prudencia, sino que Anaxágoras escribía la cuadratura del círculo en la cárcel, y Sócrates filosofaba bebiendo el veneno y exhortaba a filosofar a sus conocidos, siendo felicitado por ellos; y a Faetón y a Tántalo, al subir al cielo, dicen los poetas que les sobrevinieron las mayores desgracias por su insensatez.