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De fortuna Romanorum
Plutarch (plutarch)Roma 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
La Virtud y la Fortuna, que a menudo han luchado grandes combates la una contra la otra, libran ahora su mayor batalla, disputándose la hegemonía de los romanos: cuál de las dos ha sido su artífice y cuál ha engendrado tan inmenso poder. Pues para la que resulte vencedora, esto no será un testimonio menor, sino más bien una apología frente a la acusación. Se acusa a la Virtud de ser algo noble pero inútil, y a la Fortuna de ser algo inestable pero beneficioso; dicen que la una se fatiga en vano y la otra otorga dones poco fiables.¿ Quién, pues, no dirá, al atribuir Roma a una de las dos, que la Virtud es lo más provechoso, si ha hecho tantos bienes a los buenos, o que la Fortuna es lo más firme, al conservar durante tanto tiempo lo que ha otorgado? Ion el poeta, en sus escritos en prosa, dice que la Fortuna, siendo algo muy distinto a la sabiduría, se convierte en artífice de cosas muy semejantes: ambas engrandecen, adornan a los hombres, los elevan a la gloria, al poder, a la hegemonía.¿ Qué necesidad hay de alargar el discurso enumerando tantas cosas? La naturaleza misma, que nos engendra y sustenta todo, es considerada por unos como Fortuna y por otros como Sabiduría. Por ello, el presente discurso confiere a Roma un título noble y envidiable, si dudamos sobre ella, al igual que sobre la tierra, el mar, el cielo y los astros, si se ha constituido por fortuna o por providencia.
2
Yo, por mi parte, creo que es correcto suponer que, aunque la Fortuna y la Virtud estén siempre en guerra y desacuerdo, para una consolidación de mando y poder tan grande es natural que se hayan reconciliado y unido, y que, al unirse, hayan perfeccionado y colaborado en la obra más bella de los asuntos humanos. Y pienso que, tal como dice Platón que el cosmos entero se formó a partir del fuego y la tierra como elementos necesarios y primordiales para que fuera visible y tangible, contribuyendo la tierra con su peso y estabilidad, y el fuego con su color, forma y movimiento, mientras que las naturalezas intermedias, el agua y el aire, al suavizar y apagar la desemejanza de cada uno de los extremos, unieron y mezclaron la materia a través de ellos; así también el tiempo que sometió a Roma, junto con la divinidad, mezcló y unió la fortuna y la virtud, para que, tomando lo propio de cada una, produjera para todos los hombres un hogar verdaderamente sagrado, generoso, un ancla permanente y un elemento eterno, un refugio contra el oleaje y el extravío para los asuntos que se ven arrastrados, como dice Demócrito. Pues, al igual que los físicos dicen que el mundo no era mundo hace tiempo, ni los cuerpos querían unirse y mezclarse para ofrecer una forma común a la naturaleza, sino que, mientras los pequeños se dispersaban, resbalaban y evitaban las capturas y entrelazamientos, y los más robustos y ya constituidos entablaban terribles luchas y disturbios entre sí, todo estaba lleno de oleaje, agitación, corrupción, extravío y naufragios, hasta que la tierra, al adquirir magnitud a partir de los elementos que se unían y movían, se estableció de algún modo y proporcionó a los otros un lugar de reposo en ella y alrededor de ella; así, mientras las mayores fuerzas y hegemonías entre los hombres eran impulsadas por las fortunas y chocaban entre sí por el deseo de todos de no ser dominados, el movimiento, el extravío y todo cambio de todas las cosas era incontrolable, hasta que Roma, al adquirir fuerza y crecimiento, y al ceñir en sí misma a naciones y pueblos, y por otra parte a reinos extranjeros y transmarinos, obtuvo el mayor asiento y seguridad, girando hacia un orden de paz y un solo círculo de hegemonía inquebrantable, habiendo nacido toda virtud en quienes tramaron esto, y habiendo concurrido mucha fortuna, como será posible demostrar a medida que avance el discurso.
3
Ahora me parece ver, como desde una atalaya, a la Fortuna y a la Virtud caminando hacia la comparación y el combate. Pero el paso de la Virtud es suave y su mirada serena, y aporta también a su rostro un rubor de ambición ante la competencia. Y se queda muy atrás, mientras la Fortuna se apresura, pero la conducen y escoltan en multitud hombres muertos en la guerra, que llevan armas manchadas, llenos de heridas enemigas, goteando sangre mezclada con sudor, subidos sobre despojos medio rotos.¿ Queréis que preguntemos quiénes son estos? Dicen ser Fabricios, Camilos, Decios, Cincinatos, Fabio Máximo, Claudio Marcelo y Escipiones. Veo también a Cayo Mario enfadado con la Fortuna, y allí Mucio Escévola muestra su mano quemada, gritando que no se la concedan también a la Fortuna. Y Marco Horacio, el héroe junto al río, cargado con dardos tirrenos y mostrando su muslo cojo, exclama desde un profundo abismo:¿ acaso también yo he quedado lisiado por fortuna? Tal es el coro de la Virtud que se acerca a la comparación, pesado, luchador de infantería, hostil a sus rivales.
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El movimiento de la Fortuna es rápido, su ánimo audaz y su esperanza jactanciosa; adelantándose a la Virtud, está cerca, no aligerándose con alas ligeras ni posando un pie de puntillas sobre una esfera, acercándose insegura y dudosa para luego desaparecer invisible; sino que, tal como dicen los espartanos que Afrodita, al cruzar el Eurotas, dejó sus espejos, adornos y el ceñidor para tomar lanza y escudo, adornada por Licurgo; así la Fortuna, tras abandonar a persas y asirios, voló ligera sobre Macedonia y se sacudió rápidamente a Alejandro, y recorrió reinos a través de Egipto y Siria, y cargó muchas veces con los cartagineses; pero al acercarse al Palatino y cruzar el Tíber, al parecer, dejó sus alas, se quitó las sandalias y abandonó la esfera infiel y voluble. Así entró en Roma como si fuera a quedarse, y tal como es, está presente para el juicio. Pues no es desobediente, según Píndaro, ni gira un timón doble, sino más bien hermana de la Eunomia y de la Persuasión, e hija de la Previsión, como la hace genealogizar Alcman. Y tiene en su mano aquel celebrado cuerno de la abundancia, no lleno siempre de frutos florecientes, sino de todo lo que produce toda tierra y todo mar, ríos, minas y puertos, vertiéndose abundante y a raudales. Hombres brillantes y destacados, no pocos, son vistos con ella: Pompilio Numa de los sabinos y Prisco de los tarquinios, a quienes, como reyes extranjeros y advenedizos, instaló en los tronos de Rómulo; y Paulo Emilio, que desde Perseo y los macedonios, conduciendo un ejército invicto y celebrando un triunfo sin lágrimas, engrandece a la Fortuna; y engrandece también a Cecilio Metelo, el anciano macedónico, escoltado por cuatro hijos consulares, Quinto Baleárico, Lucio Diademato, Marco Metelo y Cayo Caprario, y por dos yernos consulares y nietas adornadas con brillantes méritos y cargos públicos. Emilio Escauro, desde una vida humilde y un linaje más humilde, hombre nuevo elevado por ella, es proclamado ante el gran consejo. A Cornelio Sila, tras recogerlo de los brazos de la cortesana Nicópolis, lo elevó más alto que los triunfos cimbrios de Mario y las siete consulados, otorgándole monarquías y dictaduras. Este, frente a la Fortuna, se atribuía a sí mismo sus acciones, gritando, según el Edipo de Sófocles: yo me considero hijo de la Fortuna. Y en romano era llamado Félix, y a los griegos escribía así: Lucio Cornelio Sila Epafrodito. Y los trofeos nuestros en Queronea y los de las guerras mitridáticas están inscritos así, y con razón: pues de Afrodita no ha participado la noche, según Menandro, sino la fortuna.
5
¿ Acaso alguien, tomando esto como principio, podría presentar a los romanos como testigos a favor de la Fortuna, como si otorgaran más a la Fortuna que a la Virtud? Pues, en efecto, un templo a la Virtud fue erigido entre ellos tarde y después de muchos tiempos por Escipión el Numantino, luego Marcelo, llamado de la Virtud y el Honor, y el de la llamada Mente o Juicio, se pensaría que fue Escauro Emilio, ocurrido en los tiempos de los cimbrios; ya entonces, habiendo penetrado en la ciudad discursos, sofismas y palabrería, comenzaban a honrar tales cosas. Pero de la Sabiduría, hasta ahora, no hay templo, ni de la Templanza, ni de la Magnanimidad, ni de la Fortaleza, ni de la Continencia; pero los templos de la Fortuna son brillantes y antiguos, y han llegado a estar mezclados casi con los primeros cimientos de la ciudad. Pues el primero en erigir un templo a la Fortuna fue Marcio Anco, nieto de Numa y cuarto rey desde Rómulo; y tal vez por eso llamó a la valentía fortuna, en la que hay mucho de fortuna para vencer. El de la Fortuna Femenina lo construyeron antes de Camilo, cuando rechazaron a Marcio Coriolano, que traía a los volscos contra la ciudad, gracias a las mujeres. Pues estas, tras enviar una embajada al hombre junto con su madre y su esposa, suplicaron y lograron que perdonara a la ciudad y retirara el ejército de los bárbaros. Entonces se dice que la estatua de la Fortuna, al ser consagrada, soltó la voz y dijo: con ley sagrada de la ciudad, mujeres ciudadanas, me habéis erigido. Y además, Furio Camilo, cuando extinguió el fuego celta y bajó a Roma, inclinada por el oro, de la balanza y el peso, no erigió un templo a la prudencia ni a la valentía, sino a la Fama y al Rumor junto a la Vía Nueva, donde dicen que antes de la guerra, a Marco Cedicio, que caminaba de noche, le llegó una voz ordenándole esperar en poco tiempo una guerra gálica. A la Fortuna junto al río la llaman fuerte, lo que significa poderosa, victoriosa o valiente, como si tuviera el poder vencedor de todas las cosas. Y su templo lo construyeron en los jardines dejados por César al pueblo, creyendo que también él llegó a ser el más grande por fortuna, como él mismo testificó.
6
Sobre Cayo César me habría avergonzado decir que fue elevado a ser el más grande por fortuna, si él mismo no lo hubiera testificado. Pues cuando, persiguiendo a Pompeyo desde Brundisium, se hizo a la mar un día antes de las nonas de enero, estando el invierno en sus solsticios, cruzó el mar con seguridad, habiendo superado la Fortuna el momento; y al encontrar a Pompeyo reunido y numeroso, tanto en tierra como en mar, sentado con todas sus fuerzas a la vez, siendo él mismo muy pocos, retrasándosele el ejército con Antonio y Sabino, se atrevió a embarcar en un pequeño esquife y, ocultándose al patrón y al piloto, navegar como si fuera el servidor de alguien. Siendo la travesía difícil contra la corriente del río y con fuerte oleaje, al ver al piloto cambiar de rumbo, se quitó el manto de la cabeza y, mostrándose, dijo: ve, noble, atrévete y no temas nada, sino entrega las velas a la Fortuna y recibe el viento, confiando en que llevas a César y a la Fortuna de César. Así estaba convencido de que la Fortuna navegaba con él, viajaba con él, hacía campaña con él, comandaba con él, cuya obra era ordenar calma al mar, verano al invierno, rapidez a los más lentos, fuerza a los más desanimados, y lo que es más increíble que esto, huida para Pompeyo y hospitalidad asesina para Ptolomeo, para que Pompeyo cayera y César no se manchara.
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¿ Y qué?¿ Acaso su hijo, el primero en ser proclamado Augusto y habiendo gobernado cincuenta y cuatro años, no rogó él mismo a los dioses, al enviar a su nieto a la campaña, que le dieran la valentía de Escipión, la benevolencia de Pompeyo y su propia Fortuna? Como si, habiendo inscrito a la Fortuna como artífice de una gran obra, ella, tras ponerlo sobre Cicerón, Lépido, Pansa, Hircio y Marco Antonio, habiéndolo elevado a la altura al convertirse en el primero gracias a los méritos, manos, victorias, flotas, guerras y ejércitos de aquellos, los derribó a través de quienes subió y lo dejó solo. Pues para él actuaba Cicerón, Lépido comandaba, Pansa vencía, Hircio caía y Antonio se excedía. Pues yo también atribuyo a Cleopatra a la fortuna de César, en torno a la cual, como un escollo, se hundió y se hizo pedazos un autócrata tan grande, para que César fuera el único. Se dice que, existiendo mucha intimidad y costumbre entre ellos, a menudo, cuando estaban ociosos para juegos de pelota, dados o, por Zeus, combates de animales, como codornices o gallos, Antonio siempre se retiraba vencido; y uno de los que estaban a su alrededor, que se jactaba de adivinación, a menudo hablaba con franqueza y aconsejaba: hombre,¿ qué asunto tienes con este joven? Húyele; eres más ilustre, eres mayor, gobiernas a más, has competido en guerras, sobresales en experiencia; pero tu demonio teme al suyo; y tu fortuna es grande por sí misma, pero adula a la de él; si no te alejas, se irá pasando a él.
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Pero, en efecto, tantas son las pruebas que a favor de la Fortuna existen por parte de los testigos. Es necesario también introducir las que provienen de los hechos mismos, tomando como principio del discurso el principio de la ciudad. Por tanto, desde el principio,¿ quién no diría, respecto al nacimiento y salvación de Rómulo, y su crianza y crecimiento, que la Fortuna puso los cimientos y la Virtud los construyó? En primer lugar, el nacimiento y la procreación de los mismos que instalaron y fundaron la ciudad parece haber sido de una fortuna maravillosa. Pues se dice que la que lo dio a luz se unió a un dios, y tal como dicen que Heracles fue sembrado en una larga noche, habiéndose detenido el día contra la naturaleza y habiendo tardado el sol, así cuentan que, respecto a la siembra y concepción de Rómulo, el sol se eclipsó, habiendo hecho una conjunción exacta con la luna, con la cual Ares, siendo dios, se unió a Silvia, mortal. Y lo mismo ocurrió a Rómulo respecto a la misma partida de la vida; pues dicen que, eclipsándose el sol, desapareció en las nonas caprotinas, día que hasta hoy celebran brillantemente. Luego, habiendo nacido ellos, ordenando el tirano matarlos, los recibió por fortuna un servidor no bárbaro ni salvaje, sino alguien compasivo y filántropo, de modo que no los mató, sino que había una orilla del río que bañaba un prado verde y estaba sombreada por árboles bajos; allí depositó a los bebés cerca de una higuera silvestre, a la que llamaban ruminal. Luego, una loba recién parida, con las ubres hinchadas y rebosantes de leche, habiendo perdido a sus cachorros, necesitando ella misma alivio, rodeó a los bebés y les ofreció el pezón, como si depositara un segundo parto, el de la leche. Un ave sagrada de Ares, a la que llaman pájaro carpintero, acudiendo y posándose de puntillas, abriendo con la garra la boca de cada uno de los niños por turno, les introducía un bocado, repartiendo de su propio alimento. Por tanto, llamaron a la higuera silvestre ruminal por el pezón que la loba, agachándose junto a ella, ofreció a los bebés. Hasta mucho tiempo después, los que habitaban en aquel lugar guardaban no exponer a ninguno de los nacidos, sino recogerlos a todos y criarlos, honrando el suceso de Rómulo y la semejanza. Y además, el hecho de que pasaran desapercibidos siendo criados y educados en Gabios, y que se ignorara que eran hijos de Silvia y nietos de Numitor el rey, parece haber sido enteramente un robo y un artificio de la Fortuna, para que no perecieran antes de sus obras debido a su linaje, sino que aparecieran en los mismos logros, proporcionando la virtud como señales de nobleza. Aquí me viene a la mente el discurso de un gran y prudente estratega, Temístocles, dicho a algunos de los que más tarde prosperaban en Atenas como estrategas y pretendían ser preferidos a Temístocles. Pues dijo que el día siguiente discutió con la fiesta, diciendo que aquella es fatigosa y sin ocio, mientras que en ella disfrutan con tranquilidad de lo preparado. Entonces la fiesta dijo: dices verdad, pero si yo no hubiera existido,¿ dónde estarías tú? Y de mí, por tanto, dijo, si no hubiera existido en los asuntos médicos,¿ cuál sería vuestro provecho ahora? Esto me parece que la Fortuna dice a la Virtud de Rómulo: brillantes son tus obras y grandes, y verdaderamente divina revelaste ser tu sangre y linaje; pero¿ ves cuánto te quedas atrás de mí? Pues si yo entonces no hubiera seguido, bondadosa y filántropa, sino que hubiera abandonado y dejado a los niños,¿ cómo habrías nacido tú y de dónde habrías brillado? Si entonces no hubiera acudido una fiera hembra, inflamada por la abundancia y el flujo de leche, necesitada más de quien fuera criado que de quien criara, sino una totalmente salvaje y hambrienta,¿ no serían ahora estos bellos palacios, templos, teatros, paseos, plazas y oficinas, chozas de pastores y establos de ganaderos que adoran a un señor albanés, tirreno o latino? El principio es, ciertamente, lo más grande en todo, y sobre todo en la fundación y creación de una ciudad; y esto lo proporcionó la Fortuna al salvar y guardar al fundador; pues la Virtud hizo grande a Rómulo, pero la Fortuna lo guardó hasta que llegó a ser grande.
9
Y además, el reinado de Numa, que llegó a ser muy duradero, fue gobernado de común acuerdo por una fortuna maravillosa. Pues el hecho de que una tal Egeria, una de las ninfas dríades, demonio sabio que se unió al hombre en amor, le guiara y diera forma a la política, es quizás más mítico. Pues también otros de los que se dijo que tocaron matrimonios divinos y llegaron a ser amados por los dioses, Peleos, Anquises, Orión y Ematión, no vivieron del todo gratamente ni sin dolor. Pero Numa parece haber tenido a la buena Fortuna verdaderamente como conviviente, consejera y corregente, la cual, como en un oleaje turbio y mar agitado, al recibir a la ciudad que se veía arrastrada por el odio y la crueldad de los vecinos y que se inflamaba por innumerables fatigas y discordias, apagó los ánimos y envidias enfrentados como si fueran vientos; y tal como dicen que el mar, al recibir los partos de los alción, los salva y los cría en invierno, al derramar y rodear tal calma de asuntos sin guerra, sin enfermedad, sin peligro y sin miedo, proporcionó a un pueblo recién establecido y vacilante echar raíces y establecer la ciudad, creciendo en tranquilidad de forma segura y sin obstáculos. Pues al igual que un carguero o trirreme se construye mediante golpes y mucha fuerza, siendo golpeado con martillos, clavos, ensamblajes, sierras y hachas, pero una vez hecho, necesita estar y fijarse un tiempo proporcional, hasta que las ataduras se vuelvan firmes y las juntas adquieran costumbre; si se arrastra cuando las uniones están aún húmedas y resbaladizas, todo se aflojará al ser sacudido y recibirá el mar; así, el primer gobernante y artífice de Roma, al constituirla a partir de salvajes y pastores como si fuera a partir de fuertes maderos, tuvo no pocas fatigas ni se enfrentó a pequeñas guerras y peligros, defendiéndose por necesidad de los que se oponían a su nacimiento y establecimiento. Pero el segundo, al recibirla, tuvo tiempo para fijar y asegurar el crecimiento con la fortuna, al apoderarse de mucha paz y mucha tranquilidad. Pero si entonces un tal Porsena hubiera presionado, al establecer un campamento tirreno junto a muros aún húmedos y vacilantes, o algún jefe guerrero de los marsos que se hubiera rebelado, o un lucano por envidia y rivalidad, hombre pendenciero y belicoso, como más tarde Mutilo o Silón el audaz, o el último combate de Sila, Telesino, como si desde una sola señal armara a toda Italia, hubiera hecho sonar la trompeta contra el filósofo Numa mientras sacrificaba y oraba, las primeras autoridades de la ciudad no habrían resistido ante tal oleaje y mar, ni habrían avanzado hacia la hombría y la multitud; pero ahora parece que aquella paz fue para los romanos un viático de la preparación para las guerras posteriores, y como un atleta, el pueblo, tras los combates según Rómulo, ejercitó su fuerza en tranquilidad durante un tiempo de cuarenta y tres años para hacerse capaz de luchar contra los que más tarde se enfrentaron. Pues ni hambre, ni peste, ni esterilidad de la tierra, ni inoportunidad de algún verano o invierno dicen que molestó a Roma en aquel tiempo, como si no fuera la prudencia humana, sino la Fortuna divina la que administraba aquellos momentos. Se cerró, pues, entonces también la puerta doble de Jano, a la que llaman puerta de la guerra; pues se abre cuando hay guerra, y se cierra cuando se hace la paz. Al morir Numa, se abrió al estallar la guerra contra los albanos. Luego, al intervenir continuamente innumerables otras, después de cuatrocientos ochenta años se cerró tras la guerra contra los cartagineses, al hacerse la paz siendo cónsules Cayo Atilio y Tito Malio, pero después de este año se abrió de nuevo y las guerras permanecieron. Hasta la victoria de César en Accio; entonces las armas de los romanos descansaron por un tiempo no largo; pues las revueltas de los cántabros y la de Galacia, al estallar con los germanos, perturbaron la paz. Pero estos son los testimonios de la fortuna de Numa que se han registrado.
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También los reyes posteriores admiraron a la Fortuna como la verdadera primera ciudad, nodriza y portadora de la ciudad de Roma, según Píndaro. Servio Tulio, hombre que más que los reyes aumentó el poder del pueblo, adornó la política, puso orden en las votaciones y orden en las campañas, siendo el primer censor y supervisor de vidas y de la templanza, y pareciendo ser el más valiente y prudente, él mismo se vinculaba a la Fortuna y se ceñía la hegemonía a partir de ella, de modo que parecía que la Fortuna se reunía con él bajando por una ventana que ahora llaman puerta Fenestela. Erigió, pues, un templo a la Fortuna en el Capitolio, el de la llamada Primigenia, que uno podría traducir como primogénita; y el de la Obsequente, que unos consideran que es obediente y otros amable. Pero prefiero dejar los nombres romanos e intentar enumerar las fuerzas de los templos en griego. Pues hay un templo de la Fortuna privada en el Palatino, y el de la Cazadora, aunque sea ridículo, tiene una reflexión a partir de la metáfora, como si atrajera lo lejano y dominara lo que se le adhiere. Junto a la llamada fuente Muscosa hay todavía un templo de la Fortuna Virgen y en el Esquilino de la que se vuelve; en el largo callejón hay un altar de la Fortuna de la Buena Esperanza; hay también junto al altar de Afrodita Epitalaria un asiento de la Fortuna masculina. Y otras innumerables honores y apelaciones de la Fortuna, la mayoría de los cuales estableció Servio, sabiendo que la Fortuna es una gran inclinación, o más bien el todo, en todos los asuntos de los hombres, y sobre todo de él, que por fortuna fue promovido de un linaje de cautivos y enemigos a la realeza. Pues al ser tomada la ciudad de los corniclanos por los romanos, la virgen Ocresia, cautiva, cuya apariencia ni carácter oscureció la fortuna, entregada a Tanacuilda, la mujer del rey Tarquinio, sirvió; y un cliente la tenía, a los que los romanos llaman clientes; de estos había nacido Servio. Pero otros dicen que no, sino que la virgen Ocresia, tomando siempre primicias y libaciones de la mesa real, las llevaba al hogar, y que una vez, al echar las primicias al fuego como solía, de repente, al apagarse la llama, surgió un miembro viril del hogar, y que esto se lo contó la joven solo a Tanacuilda, habiéndose quedado muy asustada. Esta, siendo prudente y sensata, adornó a la joven con lo que conviene a las novias y la encerró con la aparición, considerándola divina. Unos dicen que este amor fue de un héroe doméstico, otros que de Hefesto. Nace, pues, Servio, y siendo bebé, su cabeza resplandeció con un brillo parecido al relámpago. Los de Antium no dicen esto, sino que la mujer de Servio, Gegania, estaba muriendo, y él, estando presente su madre, se inclinó al sueño por desánimo y dolor; y mientras dormía, a las mujeres les pareció ver su rostro resplandeciendo con fuego; lo cual era para él testimonio del nacimiento del fuego, y señal buena para la inesperada hegemonía, que obtuvo tras la muerte de Tarquinio, habiéndose esforzado Tanacuilda. Pues de todos los reyes, este parece haber sido el menos apto para la monarquía y el menos dispuesto, quien, habiendo pensado en deponer la realeza, fue impedido; pues al morir, al parecer, le hizo jurar permanecer en el cargo y proponer la política patria de los romanos. Así, el reinado de Servio fue enteramente de la Fortuna, la cual recibió sin esperarla y conservó sin quererla.
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Pero para que no parezcamos huir y retirarnos del tiempo antiguo, como si fuera un lugar oscuro, a partir de los testimonios brillantes y evidentes, vamos, dejando a los reyes, a trasladar el discurso a las acciones más conocidas y a las guerras más destacadas, en las que¿ quién no admitiría que hay mucha audacia y valentía, y pudor como colaborador de la virtud guerrera, como dice Timoteo? Pero la fluidez de los asuntos y el ímpetu del impulso hacia tal poder y crecimiento, que no avanza por manos de hombres ni por impulsos, sino que es acelerado por una procesión divina y el espíritu de la Fortuna, se demuestra a los que razonan correctamente. Trofeos se levantan sobre trofeos y triunfos se encuentran con triunfos, y la primera sangre de las armas, aún caliente, es lavada al ser alcanzada por la segunda. Y las victorias no se cuentan por multitud de muertos y despojos, sino por reinos cautivos y naciones esclavizadas, e islas y continentes que se añaden a la magnitud de la hegemonía. Con una batalla Filipo perdió Macedonia, con un golpe Antíoco cedió Asia, una vez los cartagineses, al fallar, perdieron Libia. Un solo hombre, con el impulso de un solo ejército, se anexionó Armenia, el Ponto, el Euxino, Siria, Arabia, los albanos, los iberos, lo que llega hasta el Cáucaso y los hircanios; y tres veces el Océano que rodea la tierra lo vio venciendo. A los nómadas en Libia los detuvo hasta las costas del sur, e Iberia, que enfermó con Sertorio, la sometió hasta el mar Atlántico; a los reyes de los albanos, que huían, los detuvo junto al mar Caspio. Todo esto lo logró usando la fortuna pública, luego fue derribado por su propia suerte. Pero el gran demonio de los romanos no sopló efímero ni floreció un tiempo breve como el de los macedonios, ni fue solo terrestre como el de los lacedemonios, ni marítimo como el de los atenienses, ni se movió tarde como el de los persas, ni se detuvo rápidamente como el de los cartagineses, sino que desde arriba, desde los primeros nacimientos, creció con la ciudad, aumentó con ella, participó en su política y permaneció firme en tierra y mar, en guerras y paz, y contra bárbaros y contra griegos. Este vertió y consumió a Aníbal el cartaginés, por envidia y enemistades políticas, sin que nada fluyera desde casa, como un torrente alrededor de Italia. Este separó y dividió al ejército de los cimbrios y teutones por grandes distancias de lugares y tiempos, para que Mario bastara luchando contra ambos por partes, y no, al caer juntas, trescientas miríadas de hombres invictos y de armas inexpugnables inundaran Italia a la vez. Gracias a este, Antíoco estaba ocupado mientras Filipo era combatido, y Filipo, mientras Antíoco estaba en peligro, caía derrotado; y a Mitrídates, siendo brillante, la sospecha y la envidia lo separaban, y al ser derrotado, se mezcló para perecer también.
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¿ Y acaso la Fortuna no enderezó también la ciudad en medio de las mayores calamidades? Cuando los celtas acampaban alrededor del Capitolio y sitiaban la acrópolis, una enfermedad funesta se desató en el ejército y los pueblos perecían; pero la Fortuna y el azar hicieron que su incursión nocturna, que había pasado inadvertida para todos, saliera a la luz. Quizá no sea inoportuno relatar esto brevemente. Tras la gran derrota de los romanos en el río Alia, algunos, al llegar a Roma huyendo, llenaron al pueblo de pánico y lo dispersaron, mientras unos pocos se refugiaron en el Capitolio para resistir. Otros, que se reunieron inmediatamente tras la derrota en Veyes, eligieron dictador a Furio Camilo, a quien el pueblo, en tiempos de prosperidad y arrogancia, había rechazado y condenado por un proceso de malversación de fondos públicos; pero, amedrentado y humillado, lo reclamaron tras la derrota, entregándole un mando sin restricciones. Para que el hombre no pareciera tomar el poder por la fuerza y no por ley, ni que, como si hubiera renunciado a la ciudad, reclutara con armas a un ejército disperso y errante, era necesario que los senadores en el Capitolio ratificaran la decisión tras conocer la opinión de los soldados. Cayo Poncio era un hombre valiente, y al ofrecerse como mensajero de lo acordado, asumió un gran peligro para llegar a los que estaban en el Capitolio; pues el camino estaba rodeado por los enemigos, que cercaban la fortaleza con guardias y empalizadas. Así pues, cuando llegó al río de noche, se colocó corchos anchos bajo el pecho y, al ser su cuerpo ligero, se dejó llevar por la corriente junto con su equipaje; al encontrarla tranquila y que lo arrastraba lentamente, tocó la orilla opuesta con seguridad y, al desembarcar, se dirigió hacia el espacio entre las luces, deduciendo la soledad por la oscuridad y el silencio. Al aferrarse al precipicio y entregarse a las inclinaciones, giros y asperezas de la roca que recibían su ascenso y le ofrecían apoyo, llegó a la parte superior y, tras ser recibido por los centinelas, reveló a los de dentro lo acordado; y, tras recibir el decreto, regresó junto a Camilo. Al día siguiente, uno de los bárbaros, al recorrer el lugar, vio huellas de pies, resbalones, desgastes y roturas en la hierba que brotaba en el suelo, así como marcas laterales de un cuerpo y apoyos, y se lo contó a los demás. Estos, creyendo que los enemigos les mostraban el camino, intentaron competir y, tras esperar el momento más solitario de la noche, subieron sin ser vistos no solo por los guardias, sino también por los perros, colaboradores y centinelas de la guarnición, que estaban vencidos por el sueño. Sin embargo, la Fortuna de Roma no se quedó sin recursos para revelar y denunciar un mal tan grande, pudiendo valerse de una voz. Unas ocas sagradas eran criadas alrededor del templo de Hera, sirviendo a la diosa. Por naturaleza, este animal es muy ruidoso y temeroso de los ruidos; pero entonces, debido a la gran escasez que sufrían los de dentro, su sueño era ligero y hambriento, de modo que percibieron inmediatamente a los enemigos que aparecían sobre la cornisa y, gritando con insolencia, se lanzaron hacia ellos; y, más perturbados por la visión de las armas, llenaron el lugar con un graznido agudo y áspero, por lo cual los romanos se levantaron, comprendieron lo que sucedía y empujaron y precipitaron a los enemigos. Hasta el día de hoy, en memoria de aquellos sucesos, se exhibe un perro crucificado y una oca sentada muy solemnemente sobre un lecho costoso y una litera. Esta visión demuestra el poder de la Fortuna y su capacidad para encontrar recursos en lo inesperado, cuando, al actuar y dirigir, infunde inteligencia a los seres irracionales y necios, y valor y audacia a los cobardes.¿ Quién, en verdad, no se quedaría atónito y maravillado al aprender y comprender con algún razonamiento la desolación de entonces y la prosperidad actual de la ciudad, y al contemplar el esplendor de los templos, la riqueza de las ofrendas, la rivalidad de las artes, la ambición de las ciudades y las coronas de los reyes, y todo lo que la tierra, el mar, las islas, los continentes, los ríos, los árboles, los animales, las llanuras, las montañas y los metales producen, primicias de todo que compiten en belleza y gracia adornando el lugar, considerando cuán cerca estuvieron estas cosas de no existir ni ser? Mientras todo estaba dominado por el fuego, la oscuridad aterradora, las tinieblas, las espadas bárbaras y los ánimos sanguinarios, unas criaturas viles, irracionales y cobardes proporcionaron el inicio de la salvación, y aquellas ocas levantaron a los grandes héroes y líderes, los Manlios, Servilios, Postumios y Papirios, progenitores de las casas posteriores, que estaban a punto de perecer, para defender al dios de sus padres y a la patria. Y si es cierto, como Polibio ha relatado en el segundo libro sobre los celtas que tomaron la ciudad de Roma en aquel entonces, que al recibir la noticia de que sus hogares estaban siendo destruidos por bárbaros vecinos que habían invadido su territorio y los dominaban, se retiraron tras pactar la paz con Camilo, entonces no hay disputa sobre que la Fortuna fue la causa de la salvación al distraer a los enemigos, o mejor dicho, al apartarlos inesperadamente de Roma.
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Pero¿ qué necesidad hay de detenerse en estos asuntos, que no tienen nada claro ni definido debido a que los hechos de los romanos fueron confundidos y los registros de los mismos destruidos, como ha relatado Livio? Pues los acontecimientos posteriores, siendo más claros y evidentes, demuestran la benevolencia de la Fortuna, a la que yo atribuyo también la muerte de Alejandro, un hombre que, con grandes éxitos y brillantes logros, era llevado por un valor invencible y un espíritu como un astro que se desplaza y cruza desde Oriente hacia Occidente, lanzando ya los destellos de sus armas hacia Italia, pues el pretexto para su expedición era Alejandro de Molosia, quien había sido derrotado por los brucios y lucanos cerca de Pandosia; pero el amor a la gloria que lo impulsaba verdaderamente contra todos los hombres, y el celo y la ambición de superar los límites de las expediciones de Dioniso y Heracles, fueron su motor. Se informaba sobre Italia, sobre la fuerza y el valor de Roma, que se presentaban como un filo de acero; pues su nombre y fama se difundían ante él como los de atletas ejercitados en innumerables guerras. Pues no creo que se hubieran enfrentado sin derramamiento de sangre, al chocar espíritus indomables con armas invencibles. Pues eran una multitud no menor de ciento treinta mil, todos guerreros y varoniles, expertos en luchar a caballo contra hombres y donde fuera necesario siendo infantería.

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