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De Garrulitate
Plutarch (plutarch)Garr 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
La filosofía asume un tratamiento difícil y arduo para la locuacidad. Pues su medicina, la palabra, es para quienes escuchan; pero los locuaces no escuchan a nadie, pues siempre están hablando. Y este es el primer mal que conlleva la falta de silencio: la falta de escucha. Pues es una sordera voluntaria, ya que los hombres, creo, se quejan de la naturaleza porque tenemos una sola lengua pero dos oídos. Si, por tanto, Eurípides dijo bien al oyente insensato:« No podría llenar lo que no retiene», vertiendo palabras sabias a un hombre no sabio, con más justicia se podría decir al locuaz:« No podría llenar lo que no recibe», vertiendo palabras sabias a un hombre no sabio; o mejor aún, vertiendo palabras a un hombre que habla a quienes no escuchan, y que no escucha a quienes hablan. Pues incluso si escucha algo breve, como si la locuacidad hubiera tenido un reflujo, lo devuelve al instante multiplicado. Pues a la estoa de Olimpia, que produce muchas reflexiones a partir de una sola voz, la llaman heptáfona; pero si la más mínima palabra toca la locuacidad, inmediatamente resuena en respuesta, moviendo las cuerdas inmóviles de la mente. Pues tal vez en ellos el oído no está conectado al alma, sino a la lengua. Por eso, en los demás las palabras permanecen, pero en los locuaces se escapan, y luego, como vasijas vacías de juicio pero llenas de ruido, van de un lado a otro.
2
Y si, por tanto, parece que no debe omitirse ninguna prueba, digamos al locuaz:« Oh joven, guarda silencio, el silencio tiene muchos bienes». Dos son los primeros y más grandes: escuchar y ser escuchado; de los cuales no es posible obtener ninguno para los locuaces, sino que incluso se desesperan por el deseo mismo. Pues a los demás males del alma, como la avaricia, la ambición o el hedonismo, al menos les queda el alcanzar lo que desean; pero a los locuaces les sucede esto, que es lo más penoso: pues deseando oyentes no los consiguen, sino que todos huyen a toda prisa, y si sentados en algún hemiciclo o paseando ven a uno acercarse, rápidamente se dan la señal de retirada. Y así como cuando en una reunión se hace silencio, dicen que ha entrado Hermes, así cuando un charlatán entra en un banquete o en una asamblea de conocidos, todos guardan silencio para no darle pie; y si él mismo comienza a abrir la boca, como ante una tormenta, presintiendo el oleaje y las náuseas cuando sopla el Bóreas sobre un promontorio marino, se levantan. De donde les sucede que no encuentran compañeros de mesa ni de tienda dispuestos, cuando viajan o navegan, sino forzados; pues se pega a todas partes, agarrando las vestiduras, la barba, golpeando el costado con la mano. Los pies son allí lo más valioso, según Arquíloco, y por Zeus, según el sabio Aristóteles. Pues él mismo, molestado por un locuaz y golpeado con relatos absurdos, ante el repetido«¿ No es esto sorprendente, Aristóteles?», dijo:« No es esto sorprendente, sino que alguien que tiene pies te soporte». Y a otro, que después de muchas palabras le dijo:« Te he aburrido, filósofo», le respondió:«¡ Por Zeus, no, pues no estaba prestando atención». Y es que, si los locuaces fuerzan a hablar, el alma les entrega los oídos para que los inunden desde fuera, mientras ella misma, por dentro, despliega y recorre otras preocupaciones; de donde no tienen oyentes atentos ni que crean. Pues dicen que el semen de los que son propensos a las relaciones es infecundo, y la palabra del locuaz es incompleta y estéril.
3
Y, sin embargo, la naturaleza no ha cercado nada tan herméticamente entre nosotros como la lengua, habiendo puesto como guardia ante ella los dientes, para que, si dentro, cuando las riendas brillantes de la razón tensan, no obedece ni se retrae, contengamos su incontinencia sangrándola con mordiscos. Pues Eurípides dice que el fin de los« bocados»— no de los almacenes ni de las casas— es la desgracia. Pero los que creen que no hay utilidad para sus dueños en las casas sin puertas y en las bolsas sin ataduras, y sin embargo usan bocas sin cerrojo y sin puertas, como el Ponto que fluye siempre hacia afuera, parecen considerar la palabra como lo más indigno de todo. De donde tampoco tienen la confianza que toda palabra busca; pues este es su fin propio: infundir confianza en los que escuchan; pero los charlatanes son desconfiados, incluso si dicen la verdad. Pues así como el fuego encerrado en una vasija se encuentra mayor en medida pero más perjudicial en su uso, así la palabra que cae en un hombre locuaz hace mucho exceso de mentira, con lo cual corrompe la confianza.
4
Además, todo hombre pudoroso y ordenado se guardaría de embriagarse; pues la ira es vecina de la locura, según algunos, y la embriaguez es su compañera de casa; o mejor aún, la locura es menor en tiempo, pero mayor en causa, porque tiene en sí el carácter voluntario. Y de la embriaguez no se acusa nada tanto como el descontrol y la falta de límites en las palabras:« Pues el vino incita incluso al muy sensato a cantar, y a reír suavemente, y a bailar». Y, sin embargo, lo más terrible, el canto, la risa y la danza, no es nada hasta ahí.« Y soltó una palabra que era mejor no decir». Esto ya es terrible y peligroso. Y tal vez el poeta, resolviendo lo que se busca entre los filósofos, ha dicho la diferencia entre la ebriedad y la embriaguez: de la ebriedad, el relajamiento; de la embriaguez, la charlatanería. Pues lo que está en el corazón del sobrio está en la lengua del embriagado, como dicen los proverbios. De donde Bías, en un banquete, guardando silencio y siendo objeto de burlas por su estupidez por parte de un locuaz, dijo:«¿ Y quién podría, siendo necio, guardar silencio en el vino?». Y en Atenas, alguien que agasajaba a unos embajadores reales se esforzó por reunir en el mismo lugar a los filósofos; y mientras los demás conversaban y pagaban sus contribuciones, Zenón guardaba silencio. Los extranjeros, siendo amables y brindando, dijeron:«¿ Y de ti, Zenón, qué debemos decir al rey?». Y él no dijo otra cosa sino que es un anciano en Atenas capaz de guardar silencio durante la bebida. Tan profundo, misterioso y sobrio es el silencio, mientras que la embriaguez es habladora; pues es insensata y de poco juicio, y por eso muy sonora. Los filósofos, al definir la embriaguez, dicen que es un desvarío durante la bebida; así, no se censura el beber, si al beber se añadiera el silencio; pero la necedad hace de la ebriedad una embriaguez. El que se embriaga desvaría durante el vino, pero el locuaz desvaría en todas partes: en el ágora, en el teatro, en el paseo, en la embriaguez, de día, de noche; es más pesado que el que trata la enfermedad, más desagradable que el que padece náuseas, más molesto que el que censura. Es más agradable tratar con malvados hábiles que con hombres buenos y locuaces. Pues el Néstor de Sófocles, suavizando a Áyax que se endurecía con la palabra, dijo éticamente:« No te culpo; pues al actuar bien, hablas mal»; pero con el locuaz no nos sucede así, sino que la inoportunidad de las palabras corrompe y destruye toda la gracia de la acción.
5
Lisias escribió y entregó un discurso a alguien que tenía un juicio; este, tras leerlo muchas veces, acudió a Lisias desanimado, diciendo que la primera vez que lo recorrió el discurso le pareció admirable, pero al tomarlo por segunda y tercera vez, completamente soso e ineficaz. Lisias, riendo, dijo:«¿ Entonces no vas a decirlo una sola vez ante los jueces?». Y observa la persuasión y la gracia de Lisias; pues yo también digo que él obtuvo una buena parte de las Musas de violetas. De lo que se dice sobre el poeta, lo más verdadero es que solo Homero ha superado el hastío de los hombres, siendo siempre nuevo y floreciente en gracia; pero aun así, habiendo dicho y proclamado aquello sobre sí mismo:« Y me es odioso volver a contar lo que ya ha sido dicho claramente», huye y teme al hastío que acecha a toda palabra, llevando el oído de unos relatos a otros y aliviando su saciedad con la novedad. Pero los locuaces desgastan los oídos con las tautologías, manchándolos como si fueran palimpsestos.
6
Esto, pues, recordemos primero a ellos: que, así como el vino, inventado para el placer y la amistad, es convertido por quienes se fuerzan a beber mucho y puro en algo desagradable y motivo de riñas, así la palabra, siendo el contrato más dulce y humano, es convertida por quienes la usan mal y precipitadamente en algo inhumano e insociable, con lo que creen agradar, molestan; y por lo que creen ser admirados, son objeto de burla; y por lo que creen ser amados, son rechazados. Así pues, como el que aleja y ahuyenta a quienes tratan con él mediante el cinturón es poco atractivo, así el que molesta y se hace odioso con la palabra es alguien falto de cultura y de técnica.
7
De las demás pasiones y enfermedades, unas son peligrosas, otras odiosas, otras ridículas, pero a la locuacidad le ocurren todas. Pues son objeto de burla en las conversaciones comunes, son odiados por los anuncios de males, y corren peligro al no guardar los secretos. De donde Anacarsis, agasajado por Solón y durmiendo, fue visto con la mano izquierda sobre sus partes y la derecha sobre la boca; pues pensaba que la lengua necesitaba un freno más firme, y pensaba correctamente. Pues nadie podría enumerar fácilmente a tantos hombres caídos por la incontinencia de los placeres, como ciudades y hegemonías que una palabra secreta revelada ha destruido. Sila sitiaba Atenas, sin tener tiempo para detenerse mucho, pues otro esfuerzo le urgía, habiendo Mitrídates arrebatado Asia y los partidarios de Mario dominando de nuevo en Roma; pero unos ancianos que conversaban en una barbería sobre que el Heptacalcón no estaba vigilado y que la ciudad corría el riesgo de ser tomada por esa parte, los espías, al oírlo, se lo comunicaron a Sila. Él, inmediatamente, acercando sus fuerzas, introdujo el ejército a medianoche, y por poco destruye la ciudad, y la llenó de matanza y cadáveres, de modo que el Cerámico fluyó con sangre. Y se mostró severo con los atenienses más por las palabras que por los hechos; pues hablaban mal de él y de Metela, saltando sobre las murallas y burlándose:« Una mora espolvoreada con harina», y diciendo muchas tonterías similares, se atrajeron, por una cosa tan ligera como las palabras, como dice Platón, el castigo más pesado. Y la ciudad de los romanos fue impedida de ser libre, tras librarse de Nerón, por la locuacidad de un solo hombre. Pues era una sola noche, tras la cual el tirano debía perecer, estando todo preparado; pero el que iba a matarlo, caminando hacia el teatro, al ver a uno de los detenidos ante las puertas que iba a ser llevado ante Nerón y lamentando su propia suerte, se acercó a él y le susurró:« Ruega, hombre, que pase solo el día de hoy, y mañana me estarás agradecido». Aquel, captando lo insinuado y comprendiendo, creo, que es un necio el que, dejando lo preparado, persigue lo no preparado, eligió la salvación más segura antes que la más justa. Pues denunció a Nerón la voz del hombre; y aquel fue inmediatamente capturado, y tormentos, fuego y azotes sobre él, negando ante la necesidad lo que sin necesidad había denunciado.
8
Zenón el filósofo, para que ni siquiera contra su voluntad se revelara algo de los secretos al ser forzado el cuerpo por las necesidades, se cortó la lengua y la escupió al tirano. Y Leaena también tiene una hermosa recompensa por su templanza; era una hetera de los partidarios de Harmodio y Aristogitón y participaba en la conspiración contra los tiranos con sus esperanzas como mujer; pues ella también se embriagó en torno a aquella hermosa crátera del amor, y fue iniciada por el dios en los secretos. Así pues, cuando aquellos fracasaron y fueron ejecutados, siendo interrogada y mandada a decir quiénes quedaban aún ocultos, no lo dijo, sino que resistió, demostrando que los hombres no habían sufrido nada indigno de sí mismos si habían amado a tal mujer. Los atenienses, habiendo hecho una de bronce, dedicaron una leona sin lengua en las puertas de la acrópolis, mostrando con el carácter fogoso del animal su invencibilidad, y con lo de« sin lengua» lo silencioso y misterioso; pues ninguna palabra ha beneficiado tanto al ser dicha como muchas al ser calladas; pues es posible decir alguna vez lo que se ha callado, pero no callar lo que se ha dicho, sino que se ha derramado y se ha difundido. De donde creo que tenemos como maestros de hablar a los hombres y de callar a los dioses, al recibir el silencio en los ritos y misterios. El poeta ha hecho al muy elocuente Odiseo muy silencioso, y a su hijo, y a su mujer, y a su nodriza; pues oyes a la nodriza decir:« Estaré fuera como una encina fuerte o hierro». Y él mismo, sentado junto a Penélope,« en su corazón compadecía a su mujer que lloraba, pero sus ojos estaban inmóviles como cuernos o hierro, firmes en sus párpados». Así, su cuerpo estaba lleno por todas partes de templanza, y teniendo toda la palabra obediente y bajo control, ordenaba a sus ojos no llorar, a su lengua no hablar, a su corazón no temblar ni ladrar.« Y en su pecho permanecía su corazón paciente», llegando la razón hasta los movimientos irracionales y habiendo hecho el aliento y la sangre obedientes y dóciles a sí misma. Tales eran también la mayoría de sus compañeros; pues el no denunciar a Odiseo al ser arrastrados y interrogados por el Cíclope, ni mostrar aquel instrumento encendido y preparado para el ojo, sino preferir ser comidos crudos antes que decir algo de los secretos, no ha dejado superación de templanza y fidelidad. De donde Pítaco no estuvo mal, cuando el rey de los egipcios le envió una víctima y le mandó extraer la carne más hermosa y la peor, envió la lengua extraída como instrumento de bienes y, a la vez, instrumento de los mayores males.
9
La Ino de Eurípides, al ejercer la franqueza, dice saber sobre sí misma callar donde es necesario y hablar donde es seguro. Pues los que han obtenido una educación verdaderamente noble y real aprenden primero a callar y luego a hablar. Antígono, el rey, cuando su hijo le preguntó cuándo iban a partir, dijo:«¿ Qué temes?¿ No sea que solo tú no escuches la trompeta?».¿ Acaso no confiaba una voz secreta a aquel a quien iba a dejar el reino? Le enseñaba, pues, a mantenerse templado y precavido ante tales cosas. Metelo el viejo, al ser preguntado por otra cosa similar en campaña, dijo:« Si pensara que mi túnica conoce este secreto, me la quitaría y la pondría en el fuego». Eumenes, al oír que se acercaba Crátero, no se lo dijo a ninguno de sus amigos, sino que mintió diciendo que era Neoptólemo; pues de este sus soldados se burlaban, mientras que de aquel admiraban la gloria y amaban la virtud. Nadie más lo supo, sino que, al enfrentarse, vencieron y lo mataron sin saberlo, y lo reconocieron muerto. Así, el silencio dirigió la batalla y ocultó a un antagonista tan grande; de modo que, al no decírselo a sus amigos, lo admiraban más que censurarlo; y si alguien censura, es mejor ser acusado por haber sobrevivido gracias a la desconfianza que acusar al morir por haber confiado.
10
¿ Y quién, en general, se ha dejado franqueza contra el que no ha callado? Pues si el asunto debía ser ignorado, fue mal dicho a otro; y si, al soltarlo de ti, retienes el secreto en otro, has recurrido a la fidelidad ajena, habiendo renunciado a la tuya. Y si aquel llega a ser como tú, has perecido justamente; y si es mejor, te salvas inesperadamente al encontrar a otro más fiel que tú mismo.« Pero este es mi amigo». Y a este, otro, a quien confiará también este como yo a aquel; y aquel a otro de nuevo; y así toma descendencia y multiplicación, al encadenarse la incontinencia, la palabra. Pues así como la mónada no sale de su propio límite, sino que el uno permanece una vez, por lo que se llama mónada; pero la díada es un principio de diferencia indefinido; pues inmediatamente se desplaza a sí misma por la duplicación al convertirse en multitud; así la palabra, al permanecer en el primero, es verdaderamente secreta; pero si sale a otro, ha tomado el rango de rumor. Pues« palabras aladas», dice el poeta; pues ni es fácil retener de nuevo un ave que has soltado de las manos, ni es posible controlar y capturar una palabra que has soltado de la boca, sino que se lleva girando sus alas veloces, dispersándose a través de otros hacia otros. Pues de una nave arrebatada por el viento se apoderan, atenuando la velocidad con cables y anclas; pero de la palabra, al haber salido como de puertos, no hay fondeadero ni anclaje, sino que, llevada con gran ruido y estruendo, golpea y hunde al que la pronunció en un peligro grande y terrible. Pues« uno podría incendiar un monte ideo desde una pequeña lámpara»; y al decírselo a un solo hombre, podrían enterarse todos los ciudadanos.
11
El senado romano deliberaba sobre un consejo secreto por sí mismo durante muchos días; y teniendo el asunto mucha oscuridad y sospecha, una mujer, por lo demás sensata, pero mujer al fin, se pegaba a su marido, pidiendo insistentemente saber el secreto; y se hacían juramentos y maldiciones sobre el silencio, y lágrimas de ella, que suplicaba como si no tuviera confianza. El romano, queriendo poner a prueba su estupidez, dijo:« Vences, mujer, pero escucha un asunto terrible y prodigioso; pues nos ha sido anunciado por los sacerdotes que se ha visto una alondra volando con un casco de oro y una lanza; deliberamos, pues, sobre el prodigio, si es bueno o malo, y estamos en duda con los adivinos; pero calla». Tras decir esto, se fue al ágora; ella, inmediatamente, tras atraer a la primera esclava que entró, se golpeaba el pecho y se arrancaba los cabellos, diciendo:«¡ Ay de mi marido y de la patria!¿ Qué nos pasará?», queriendo y enseñando a la esclava a decir:«¿ Pues qué ha pasado?». Y como, al preguntar, se lo contó y añadió el conjuro común de toda locuacidad:« No le digas esto a nadie, sino calla», no termina la esclava de alejarse de ella, y de inmediato, a la compañera de esclavitud que vio más ociosa, le lanza la palabra; y aquella se lo contó al amante que se le acercó. Y así rodó el relato hasta el ágora, de modo que se adelantó al que había inventado el rumor; al encontrarse con él uno de sus conocidos, le dijo:«¿ Vienes ahora mismo de casa al ágora?».« Ahora mismo», dijo aquel.«¿ Entonces no has oído nada?¿ Pues ha pasado algo nuevo? Pues se ha visto una alondra volando con un casco de oro y una lanza, y los magistrados van a tener un senado sobre esto». Y aquel, riendo, dijo:«¡ Ay de la rapidez, mujer!¡ El haber hecho que la palabra se me adelantara al salir al ágora!». A los magistrados, al encontrarse con ellos, los libró de la confusión, pero castigando a la mujer, al entrar en casa, dijo:« Me has perdido, mujer; pues el secreto ha sido descubierto, habiéndose hecho público desde mi casa; de modo que debo huir de la patria por tu incontinencia». Al volverse ella a la negación y decir:«¿ Pues no oíste esto con trescientos?».«¿ Con qué trescientos?», dijo.« Al forzarme tú, lo inventé probándote». Este, pues, muy seguramente y con precaución, como si vertiera agua en una vasija podrida, no vino ni aceite, probó a la mujer. Fulvio, el amigo de César Augusto, al oírlo ya anciano lamentarse por la soledad en torno a la casa, y que, habiendo muerto sus dos nietos y estando Póstumo, que aún quedaba, en el exilio por una calumnia, se ve obligado a introducir al hijo de su mujer en la sucesión de la hegemonía, aunque lamentándose y deliberando llamar al nieto desde el extranjero; Fulvio, al oír esto, lo llevó a su mujer, ella a Livia, y Livia atacó amargamente a César, por qué, sabiendo esto desde hace tiempo, no hace venir al nieto, sino que la pone a ella en enemistad y guerra con el sucesor del poder. Al llegar, pues, al amanecer, como solía, Fulvio ante él y decir:« Salve, César», dijo:« Que estés bien, Fulvio». Y aquel, comprendiendo, se fue inmediatamente a casa, y tras hacer venir a su mujer, dijo:« César ha sabido que no callé el secreto; y por esto voy a quitarme la vida». La mujer dijo justamente:« Porque viviendo conmigo tanto tiempo no conociste ni te guardaste de mi incontinencia; pero déjame a mí primero», y tras tomar la espada, se quitó la vida antes que su marido.
12
Correctamente, pues, Filípides el comediógrafo, cuando el rey Lisímaco lo agasajaba y le decía:«¿ De qué quieres que te haga partícipe de lo mío?», dijo:« De lo que quieras, rey, excepto de los secretos». A la locuacidad le acompaña también la curiosidad como un mal no menor; pues quieren oír muchas cosas para tener muchas que decir; y sobre todo, los secretos y los ocultos de los discursos, van de un lado a otro rastreando y escudriñando, como si dispusieran una leña de basura para la charlatanería, y luego, como los niños, no quieren ni retener ni soltar el hielo; o mejor, como reptiles, habiendo acogido y capturado las palabras secretas, no las retienen, sino que son devorados por ellas. Pues dicen que las víboras se rompen al parir, y las palabras secretas, al escaparse de los que no las retienen, los destruyen y corrompen. Seleuco Calinico, en la batalla contra los gálatas, habiendo perdido todo el ejército y la fuerza, él mismo, tras quitarse la diadema y huir a caballo con tres o cuatro por caminos intransitables y errantes, ya desfalleciendo por la necesidad, se acercó a una granja, y al encontrar al dueño por casualidad, pidió pan y agua. Él, dándole esto y todo lo demás que había en el campo generosamente y agasajándolo, reconoció el rostro del rey, y poniéndose muy alegre por el encuentro de la necesidad, no lo retuvo ni mintió al que quería pasar desapercibido, sino que lo acompañó hasta el camino. Y al despedirse, dijo:« Que estés bien, rey Seleuco». Y él, extendiendo la mano derecha hacia él y atrayéndolo como para besarlo, hizo una señal a uno de los que estaban con él para que cortara el cuello del hombre con la espada; y al hablar aquel,« su cabeza fue mezclada con el polvo». Si hubiera callado entonces, resistiendo poco tiempo, al tener éxito después el rey y haberse hecho grande, creo que habría recibido mayores gracias por el silencio que por la hospitalidad. Este, pues, tuvo de alguna manera como pretexto de la incontinencia la esperanza y la amabilidad.
13
Pero la mayoría de los locuaces se destruyen a sí mismos sin tener siquiera una causa. Por ejemplo, en una barbería, al surgir conversaciones sobre la tiranía de Dionisio, sobre cómo es de diamante e irrompible, el barbero, riendo, dijo:«¿ Esto tenéis que decir sobre Dionisio, de quien tengo la navaja sobre el cuello cada pocos días?». Al oír esto, Dionisio lo crucificó. El género de los barberos es moderadamente hablador; pues los más locuaces fluyen y se sientan, de modo que se contagian de la costumbre. Con gracia, pues, el rey Arquelao, cuando un barbero locuaz le puso el paño y le preguntó:«¿ Cómo te corto, rey?», dijo:« En silencio». Un barbero también anunció la gran desgracia de los atenienses en Sicilia, al enterarse primero en el Pireo por un esclavo de los que habían huido de allí. Luego, dejando el taller, se dirigió a la ciudad corriendo, no fuera que alguien ganara gloria al lanzar la palabra a la ciudad, y él llegara segundo. Al producirse la confusión, como es natural, el pueblo, reunido en asamblea, se dirigió a la autoridad del rumor. El barbero fue llevado e interrogado, sin conocer siquiera el nombre del que lo dijo, sino refiriendo la autoridad a una persona anónima y desconocida. Ira y gritos del teatro:«¡ Tortura y atormenta al maldito!¡ Esto ha sido inventado y compuesto!¿ Quién más lo oyó?¿ Quién lo creyó?». Se trajo la rueda, el hombre fue estirado. En esto llegaron los que anunciaban la desgracia, habiendo escapado del hecho mismo; todos se dispersaron, pues, a sus propios duelos, dejando al desgraciado atado en la rueda. Tarde, ya hacia el atardecer, al ser desatado, preguntaba al funcionario si también habían oído sobre Nicias el estratega, de qué manera había muerto. Así, la costumbre hace de la locuacidad un mal invencible e irremediable.
14
Y, sin embargo, así como los que beben medicinas amargas y malolientes se disgustan también con las copas, así los que anuncian males son disgustados y odiados por los que escuchan. De donde Sófocles ha planteado con gracia:« Disgustan, pues, tanto los que actúan como los que dicen», pero, sin embargo, no hay freno ni castigo para una lengua que fluye. En Lacedemonia, el templo de Calciceco fue visto saqueado, y una vasija vacía yacía dentro. Había, pues, perplejidad al haberse reunido muchos, y uno de los presentes dijo:« Si queréis, yo os diré lo que se me ocurre sobre la vasija; pues creo que los sacrílegos, al llegar a tal peligro, bebieron cicuta y trajeron vino; para que, si pudieran pasar desapercibidos, al beber el puro, apagando y disolviendo la medicina, se fueran a salvo; y si fueran capturados, antes de los tormentos, por la medicina, murieran fácil y sin dolor». Al decir esto, el asunto, al tener tal trama y reflexión, parecía no de alguien que sospecha, sino de alguien que sabe. Y rodeándolo, lo interrogaban unos a otros:«¿ Quién eres?¿ Y quién te conoce?¿ Y de dónde sabes esto?». Y al final, siendo interrogado, confesó ser uno de los sacrílegos. Los que mataron a Íbico no fueron capturados así, sentados en el teatro, y al aparecer unas grullas, susurrando entre sí con risa:«¡ Como las vengadoras de Íbico están presentes!». Pues los que estaban sentados cerca, al oírlo, siendo ya mucho tiempo que Íbico estaba desaparecido y buscado, se apoderaron de la voz y lo comunicaron a los magistrados. Al ser interrogados así, fueron ejecutados, no castigados por las grullas, sino forzados por su propia verborrea, como por una Erinia o una Venganza, a confesar el asesinato. Pues así como en el cuerpo se produce hacia las partes que han sufrido y duelen una corriente y atracción de las cercanas, así la lengua de los locuaces, al tener siempre inflamación y pulso, atrae y reúne algo de los secretos y ocultos hacia sí misma. Por eso hay que estar protegido, y la razón, como un parapeto, debe estar siempre ante la lengua para contener el flujo y el deslizamiento de esta, para que no parezcamos más insensatos que las ocas, que dicen que, cuando sobrevuelan el Tauro desde Cilicia, estando lleno de águilas, toman en la boca una piedra de buen tamaño, como un cerrojo o freno que ponen a la voz, y así, de noche, pasan desapercibidas.
15
Si, por tanto, alguien preguntara quién es el peor y el más perdido, nadie diría a otro, dejando pasar al traidor. Eutícrates, pues, techó la casa con maderas de Macedonia, como dice Demóstenes; Filócrates, tras recibir mucho oro, compraba prostitutas y pescados; y el rey dio tierras a Euforbo y Filagro, los que traicionaron a Eretria.¿ Y el locuaz es un traidor sin paga y voluntario, no traicionando caballos ni murallas, sino sacando palabras secretas en juicios, en facciones, en políticas, sin que nadie le tenga gratitud; sino que, si él mismo es escuchado, debe gratitud? De modo que lo dicho al que vierte sus cosas al azar y sin juicio y se regala:« No eres filántropo; tienes una enfermedad, te alegras dando», encaja también con el charlatán:« No eres amigo al revelar esto, ni benevolente; tienes una enfermedad, te alegras hablando y charlando».
16
Esto no debe considerarse una acusación, sino un tratamiento de la locuacidad; pues superamos las pasiones con juicio y ejercicio, y el juicio es anterior. Pues nadie se acostumbra a huir y a apartar del alma lo que no le disgusta. Y nos disgustan las pasiones cuando comprendemos con la razón los daños y las vergüenzas que provienen de ellas, como ahora comprendemos en los locuaces, que, queriendo ser amados, son odiados; queriendo agradar, molestan; pareciendo ser admirados, son objeto de burla; no ganando nada, gastan; dañan a los amigos, benefician a los enemigos, se destruyen a sí mismos. De modo que este es el primer remedio y medicina de la pasión: el cálculo de las cosas vergonzosas y dolorosas que provienen de ella.
17
Un segundo recurso que debe emplearse es el de los contrarios, escuchando siempre, recordando y teniendo a mano los elogios a la discreción, así como el carácter solemne, sagrado y mistérico del silencio; y el hecho de que quienes son circunspectos y lacónicos, y aquellos en cuyas breves palabras se condensa un gran sentido, son más admirados, queridos y considerados más sabios que estos charlatanes y parlanchines. Pues también Platón elogia a tales personas, diciendo que se parecen a hábiles arqueros, al pronunciar palabras densas, compactas y concisas. Y Licurgo, desde la infancia, acostumbraba y endurecía a los ciudadanos en esta destreza, presionándolos con el silencio. Pues, al igual que los celtíberos fabrican el temple del hierro cuando, tras enterrarlo en la tierra, limpian la parte más terrosa, así el discurso lacónico no tiene corteza, sino que se templa al perseguir lo esencial mediante la eliminación de lo superfluo; pues ese carácter apotegmático y esa agudeza con agilidad para las respuestas les proviene de su prolongado silencio. Y es necesario presentar tales ejemplos, especialmente a los charlatanes, para mostrar cuánta gracia y fuerza poseen, como aquel de los lacedemonios a Filipo:« Dionisio en Corinto», y de nuevo, cuando Filipo les escribió:« Si entro en Laconia, los haré emigrar», respondieron:« Si». Y cuando el rey Demetrio, indignado, gritaba:«¡ Los lacedemonios me han enviado un solo embajador!», el embajador, sin inmutarse, dijo:« Uno para uno». También son admirados los lacónicos de la antigüedad. Y en el templo de Apolo Pitio, los anfictiones no inscribieron la Ilíada y la Odisea ni los peanes de Píndaro, sino el« Conócete a ti mismo», el« Nada en exceso» y el« La fianza trae la ruina», admirando la solidez y sencillez de la expresión, que contiene un pensamiento forjado en poco espacio.¿ Acaso el propio dios no es amante de la síntesis y lacónico en sus oráculos, y es llamado Loxias por evitar la charlatanería más que la ambigüedad?¿ Y no son admirados y elogiados de manera especial aquellos que, simbólicamente y sin voz, expresan lo necesario? Como Heráclito, cuando los ciudadanos le pidieron que diera su opinión sobre la concordia, subió a la tribuna, tomó una copa de agua fría, espolvoreó harina, la removió con poleo, bebió y se marchó, demostrándoles que contentarse con lo que se tiene y no necesitar de lujos preserva a las ciudades en paz y concordia. Y Esciluro, el rey de los escitas, al dejar ochenta hijos, pidió un haz de flechas cuando estaba muriendo, y ordenó a los que lo tomaban que lo rompieran y quebraran estando atado y unido; y como no pudieron, él mismo, sacándolas una a una, las rompió todas fácilmente, demostrando que la concordia y la unión de ellos era fuerte e indestructible, mientras que la desunión era débil y no duradera.
18
Si uno considerara y reflexionara continuamente sobre estas y otras cosas similares, quizás dejaría de complacerse en la palabrería. A mí, aquel sirviente me avergüenza profundamente, al considerar cuán importante es prestar atención al discurso y controlar la intención. Pupio Pisón, el orador, no queriendo ser molestado, ordenó a sus sirvientes hablar solo sobre lo que se les preguntaba y nada más. Luego, queriendo agasajar al magistrado Clodio, ordenó que fuera invitado y preparó, como es natural, un espléndido banquete. Al llegar la hora, los demás estaban presentes, pero se esperaba a Clodio; y envió muchas veces al sirviente encargado de invitar, para ver si venía. Cuando ya era de noche y se perdió la esperanza,¿ qué pasó?, dijo al sirviente:«¿ Lo invitaste?».« Sí», dijo.«¿ Entonces por qué no ha llegado?». Y aquel respondió:« Porque se negó».«¿ Entonces por qué no me lo dijiste de inmediato?».« Porque eso no me preguntaste». Así es un sirviente romano, mientras que el ático le dirá a su amo, mientras cava, los motivos por los que se produjeron las rupturas. Tan grande es el hábito para todo, y hablemos ya de esto.
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Pues no es posible detener al charlatán como si se le agarrara de las riendas, sino que hay que dominar la enfermedad mediante el hábito. En primer lugar, pues, acostúmbrate a guardar silencio ante las preguntas de los demás, hasta que todos hayan desistido de responder; pues no es el mismo el fin de un consejo y de una carrera, como dice Sófocles, ni tampoco el de la voz y la respuesta; sino que allí la victoria es del que se adelanta, mientras que aquí, si otro responde adecuadamente, está bien, y tras asentir y confirmar, uno gana la reputación de ser una persona amable; pero si no, entonces enseñar lo que se ignoraba y completar lo que faltaba no es odioso ni inoportuno. Sobre todo, guardémonos de adelantarnos a responder cuando se le pregunta a otro. Pues quizás no sea correcto, cuando se pide a otro, apartarlo y ofrecerse uno mismo; pues parecerá que reprochamos a este último por no ser capaz de ofrecer lo que se le pide, y al otro por no saber a quién pedir lo que puede obtener. Pero sobre todo, tal precipitación y audacia en las respuestas conlleva arrogancia; pues el que se adelanta al responder al preguntado insinúa:«¿ Qué necesidad hay de este?» y«¿ Qué sabe este? Estando yo presente, no hay que preguntar a nadie más». Y sin embargo, a menudo preguntamos a alguien no porque necesitemos el discurso, sino buscando una voz y una muestra de afecto de su parte, y queriendo llevarlo a la conversación, como Sócrates a Teeteto y Cármides. Por tanto, adelantarse a las respuestas es similar a besar a alguien que quiere ser besado por otro, o a desviar hacia uno mismo la mirada de quien mira a otro, y atraer y apartar la atención hacia sí mismo; donde, incluso si el interpelado desiste de hablar, está bien esperar y, ajustándose a la intención del que pregunta como si la respuesta fuera una llamada ajena, responder con modestia y decoro; pues los que son preguntados, si se equivocan al responder, obtienen una justa indulgencia; pero el que se ofrece voluntariamente y se adelanta al discurso es desagradable incluso si acierta, y si se equivoca, se vuelve totalmente ridículo y objeto de burla.
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El segundo ejercicio, por tanto, es para las propias respuestas, a las cuales el charlatán debe prestar especial atención; en primer lugar, para que no se le escape responder con seriedad a quienes lo provocan a hablar por burla o desprecio. Pues algunos, sin necesidad alguna, sino por pasar el tiempo y por juego, componen ciertas preguntas y se las plantean a tales personas, agitando su necedad; lo cual debe evitarse, y no saltar rápidamente al discurso ni como si se estuviera agradecido, sino observar también el modo y la necesidad del que pregunta. Cuando parezca que realmente desea aprender, hay que acostumbrarse a hacer una pausa entre la pregunta y la respuesta; en la cual el que pregunta puede añadir, si desea, algo, y uno mismo puede reflexionar sobre lo que responderá, y no atropellar ni sepultar la pregunta, dando a menudo, por apresuramiento, respuestas distintas a lo que se pregunta. Pues la Pitia suele emitir ciertos oráculos incluso antes de la pregunta; pues el dios a quien sirve entiende incluso al sordo y escucha al que no habla. Pero quien desea responder con propiedad debe esperar a que la mente y la intención del que pregunta se manifiesten con precisión, para que no suceda lo del proverbio:« Pedían palas, y ellos negaban artesas». Por lo demás, hay que refrenar esta avidez y hambre de palabras, para que no parezca que, como un torrente que se ha acumulado durante mucho tiempo en la lengua, es expulsado con alegría por la pregunta. Pues Sócrates también reprimía así su sed, no permitiéndose beber después del ejercicio, a menos que primero vertiera el cántaro tras haberlo sacado, para acostumbrarse a esperar el momento oportuno del discurso, lo irracional.
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Existen, pues, tres tipos de respuestas a las preguntas: la necesaria, la amable y la superflua. Por ejemplo, si alguien pregunta si Sócrates está dentro, uno responde sin entusiasmo y como a disgusto:« No está dentro»; y si quiere ser lacónico, eliminando incluso el« dentro», pronunciará solo la negación; como aquellos que, cuando Filipo escribió preguntando si lo recibían en la ciudad, enviaron un papel con un gran« NO». El amable responde:« No está dentro, sino en los banquetes»; y si quiere añadir algo más:« esperando allí a unos extranjeros». El superfluo y charlatán, si por casualidad ha leído a Antimaco de Colofón, dice:« No está dentro, sino en los banquetes, esperando a unos extranjeros jonios, por quienes le ha escrito Alcibíades, que está cerca de Mileto y pasa el tiempo con Tisafernes, el sátrapa del gran rey, quien hace tiempo ayudaba a los lacedemonios, pero ahora, por Alcibíades, se inclina por los atenienses»; pues Alcibíades, deseando regresar a la patria, hace cambiar a Tisafernes, y en general, extendiéndose sobre el octavo libro de Tucídides, dirá y abrumará al hombre, hasta que se adelante el hecho de que Mileto se volvió hostil y Alcibíades fue desterrado por segunda vez. Sobre todo, hay que contener la charlatanería en esto, como si se pusiera la pregunta en un camino y se limitara la respuesta con la necesidad del que pregunta como centro y radio. Pues a Carnéades, cuando aún no tenía gran fama, mientras disertaba en el gimnasio, el gimnasiarca le envió a pedir que bajara el volumen de su voz( pues era muy vociferante); y al decir aquel:« Dame una medida de voz», respondió acertadamente:« Te doy al que conversa contigo». Para el que responde, que la medida sea la voluntad del que pregunta.
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Y ciertamente, al igual que Sócrates aconsejaba guardarse de los alimentos que incitan a comer sin tener hambre y de las bebidas que incitan a beber sin tener sed, así el charlatán debe temer los discursos que más le complacen y que usa en exceso, y resistirse a ellos cuando fluyen. Por ejemplo, los militares son narradores de guerras; y el poeta presenta a Néstor como tal, contando a menudo sus propias hazañas y acciones. Es natural que también a quienes han tenido éxito en los tribunales o han triunfado inesperadamente ante líderes y reyes, les sobrevenga y acompañe, como una enfermedad, el recordar y contar a menudo cómo entraron, fueron presentados, lucharon, conversaron, refutaron a adversarios o acusadores, y fueron elogiados. Pues el placer es mucho más parlanchín que aquella vigilia cómica, avivándose a menudo a sí mismo y haciéndose reciente con los relatos. De ahí que sean resbaladizos hacia tales discursos por cualquier pretexto; pues« no solo donde uno siente dolor, allí tiene la mano», sino que también lo que complace atrae la voz hacia sí y mueve la lengua, queriendo apoyarse siempre en la memoria. Así también, para los enamorados, la mayor parte del tiempo se dedica a discursos que evocan algún recuerdo de los amados; quienes, incluso si no es ante personas, hablan de ellos ante objetos inanimados:« Oh, queridísima cama», y« Báquide te consideró una diosa»,« feliz lámpara, y pareces la más grande de los dioses en esto». El charlatán es, en efecto, simplemente una plomada para los discursos; sin embargo, el que más ha sufrido esto respecto a otros debe guardarse de ellos, contenerse y refrenarse, para alejarlos lo más posible y no prolongarlos siempre por placer. Lo mismo les sucede respecto a aquellos discursos en los que, por experiencia o algún hábito, creen diferenciarse de los demás. Pues, siendo vanidoso y ambicioso, tal persona dedica la mayor parte del día a esto, para ser el mejor en sí mismo: en historias, el lector; en tecnicismos, el gramático; en relatos extranjeros, el que ha viajado mucho y ha vagado. De modo que también esto debe evitarse; pues, al ser seducida por ellos, la charlatanería, como un animal, sale a pastos habituales. Es admirable Ciro, porque incluso las competiciones las hacía contra sus iguales, no en lo que era superior, sino en lo que era más inexperto que ellos, provocándolos a eso; para no causar dolor superándolos y para beneficiarse aprendiendo. El charlatán, por el contrario, si surge algún discurso del que pueda aprender algo y preguntar sobre lo que ignora, lo rechaza y lo expulsa, no pudiendo pagar así el pequeño precio de guardar silencio; pero se lanza a las rapsodias rancias y muy trilladas, dando vueltas; como uno de los nuestros que, por casualidad, había leído dos o tres libros de Éforo, agotaba a todas las personas y arruinaba cualquier banquete, contando siempre la batalla de Leuctra y lo que siguió; de donde Epaminondas recibió un apodo.
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Sin embargo, esto es lo menor de los males, y hay que desviar la charlatanería hacia esto; pues será menos desagradable lo parlanchín cuando abunde en el filólogo. También hay que acostumbrar a tales personas a escribir algo y a conversar en privado. Pues el estoico Antípatro, al parecer, no pudiendo ni queriendo enfrentarse a Carnéades, que se precipitaba hacia la Estoa con gran torrente, y escribiendo y llenando los libros de refutaciones contra él, fue apodado« el que grita a las cañas»; y al charlatán, quizás la lucha en la sombra de escribir y el ruido de la multitud, al apartarlo cada día, lo prepararía más ligero para quienes lo rodean, al igual que los perros, al descargar su ira contra piedras y palos, son menos feroces con las personas. Les convendrá mucho también tratar siempre con personas superiores y mayores; pues, avergonzándose de su opinión, se acostumbrarán a guardar silencio. Y a esto siempre debe estar mezclado y entrelazado el hábito: aquella atención y reflexión, cuando estamos a punto de hablar y las palabras corren hacia la boca:«¿ Qué es este discurso que se presenta y presiona?¿ Por qué palpita la lengua?¿ Qué bien resulta de decirlo o qué dificultad de callar?». Pues no hay que soltar el discurso como si fuera un peso que presiona, ya que permanece igual incluso después de dicho; sino que los hombres hablan o porque necesitan algo, o beneficiando a los que escuchan, o preparando alguna gracia mutua, como si sazonaran con sal los discursos, la conversación y la acción en la que se encuentran. Pero si lo que se dice no es útil para el que habla ni necesario para los que escuchan, y no hay placer ni gracia,¿ por qué se dice? Pues lo que es en vano y sin motivo no es menos frecuente en los discursos que en las acciones. Sobre todo y además de todo esto, hay que tener a mano y recordar lo de Simónides: que tras hablar muchas veces se arrepintió, pero tras callar nunca; y el ejercicio, que domina todo y es fuerte; donde incluso el hipo y la tos, los hombres, al prestar atención, los han reprimido con esfuerzo y dolor. Y el silencio no solo es« sin sed», como dice Hipócrates, sino también sin aflicción y sin dolor.

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