De Genio Socratis
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Original / primary: Spanish Gemini
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Arquidamo: Recuerdo, Cafisia, haber oído a cierto pintor hablar de manera nada despreciable sobre quienes contemplan los cuadros expuestos, expresado en una imagen. Decía, en efecto, que los espectadores profanos y sin técnica se parecen a una multitud que saluda a alguien en conjunto, mientras que los refinados y amantes del arte saludan a cada uno de los que encuentran por separado. Pues para los primeros, la visión de conjunto de las obras no es precisa, sino que se produce solo mediante un cierto esquema, mientras que a los segundos, que examinan la obra parte por parte con su juicio, no se les escapa nada de lo que ha sido realizado bien o, por el contrario, de lo que no ha sido visto ni saludado. Creo, pues, que también respecto a las acciones verdaderas ocurre lo mismo: para el que es más perezoso en su pensamiento, basta con la historia si se entera del punto principal y del final del asunto; pero al espectador ambicioso y amante de la belleza, que examina lo que se ha realizado por encima de la virtud como si fuera un gran arte, le deleita más lo que ocurre en cada detalle, ya que el final tiene muchas cosas en común con la fortuna, mientras que él se deleita con las causas y los combates de la virtud en cada parte, observando las audacias prudentes ante los peligros, mezcladas con el momento oportuno y la pasión. Suponiendo que nosotros somos de este género de espectadores, cuéntanos la acción tal como ocurrió desde el principio, y los discursos que es probable que se hayan dicho estando tú presente, pues yo no habría dudado en ir a Tebas por esto, si no me pareciera incluso ahora que los atenienses beociizan más de lo debido. Cafisia: Pero era necesario, Arquidamo, ya que tú te esforzabas con tanto entusiasmo por conocer lo sucedido por benevolencia, que yo, incluso por encima de mis ocupaciones, como dice Píndaro, viniera aquí para la narración; y que, habiendo llegado por una embajada y estando ociosos hasta que recibamos las respuestas del pueblo, nos resistiéramos y nos mostráramos rústicos ante un oyente comprensivo y amigo de los compañeros, lo cual parecería despertar contra los beocios el antiguo reproche de misología que ya se marchita junto a vuestro Sócrates; nosotros, en cambio, nos hemos mostrado solícitos junto a Lisias el sagrado. Pero mira a los presentes, si están en el momento oportuno para escuchar tantas acciones y discursos; pues no es corta la longitud de la narración, ya que tú pides que se añadan también los discursos. Arquidamo: Ignoras, Cafisia, a estos hombres. Es ciertamente digno de saberse, siendo hijos de padres buenos y que tienen una relación cercana con vosotros. Este es el sobrino de Trasíbulo, Lisiteides; este otro es Timoteo, hijo de Conón; estos son hijos de Arquino; y los demás son todos de nuestra compañía; de modo que tienes un teatro benevolente y familiar para tener la narración. Cafisia: Hablas bien, pero¿ cuál podría ser para vosotros un comienzo moderado de la narración respecto a las acciones que conocéis? Arquidamo: Nosotros, Cafisia, conocemos casi cómo estaban las cosas en Tebas antes del regreso de los exiliados. Pues, como los que estaban con Arquias y Leontidas, tras persuadir a Fébidas de tomar la Cadmea durante una tregua, expulsaron a unos ciudadanos y a otros los mantenían bajo control por miedo, gobernando ellos mismos ilegal y violentamente, supimos allí de los que estaban con Melón y Pelópidas, como sabes, habiéndonos hecho amigos privados y pasando siempre el tiempo con ellos mientras estaban exiliados; y de nuevo, cómo los lacedemonios multaron a Fébidas por tomar la Cadmea y lo apartaron del mando contra Olinto, y enviando a Lisanoridas como tercero en su lugar, custodiaban la acrópolis con más firmeza, lo escuchamos; y supimos también que Ismenias no tuvo la mejor muerte inmediatamente después del juicio que se celebró sobre él, habiéndolo anunciado todo Gorgidas a los exiliados aquí por carta, de modo que te queda narrar lo relativo al regreso mismo y la captura de los tiranos.
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Cafisia: Y, sin embargo, en aquellos días, Arquidamo, todos los que participábamos en los hechos solíamos reunirnos en la casa de Simias, quien se recuperaba de una herida en la pierna, para encontrarnos unos a otros, pero pasando el tiempo abiertamente en discursos y filosofía, atrayendo a menudo a Arquias y a Leontidas hacia lo que no despertaba sospechas, pues no eran del todo ajenos a tal pasatiempo. Pues Simias, habiendo estado mucho tiempo en el extranjero y habiendo vagado entre hombres de otras tierras, había llegado poco antes a Tebas lleno de relatos de todo tipo y discursos bárbaros; de los cuales, cuando Arquias tenía tiempo libre, escuchaba con gusto, sentándose con los jóvenes y queriendo que pasáramos el tiempo en discursos más que prestar atención a lo que ellos hacían. Aquel día, cuando se hizo de noche y los exiliados debían llegar secretamente al muro, llega alguien de allí, enviado por Ferenico, un hombre conocido por nadie de los nuestros excepto por Carón; revelaba que doce de los exiliados más jóvenes habían cazado alrededor del Citerón con perros, como para llegar al atardecer; y que él mismo había sido enviado para anunciar esto y para conocer quién proporcionaría la casa en la que se esconderían al pasar, para que, sabiéndolo, fueran directamente allí. Mientras estábamos perplejos y buscando, el propio Carón aceptó proporcionarla. El hombre, pues, decidió volver rápidamente hacia los exiliados.
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Yo, por mi parte, cuando el adivino Teócrito me apretó la mano con fuerza y miró a Carón que se acercaba, dijo: Este, Cafisia, no es filósofo ni ha participado de una educación distinta y superior, como Epaminondas, tu hermano; pero ves que, por naturaleza, llevado hacia lo bello por las leyes, asume el mayor peligro voluntariamente por la patria. Epaminondas, en cambio, que pretende destacar sobre todos los beocios por su educación hacia la virtud, es lento y poco entusiasta, esperando usar este o algún otro momento mejor para sí mismo, habiendo sido bien preparado. Y yo le dije:¡ Oh, el más entusiasta Teócrito!, nosotros hacemos lo que se ha decidido; Epaminondas, al no persuadir, como cree que es mejor no hacer estas cosas, se resiste razonablemente a lo que no ha nacido para hacer ni aprueba cuando se le exhorta. Pues tampoco a un médico que promete curar la enfermedad sin hierro ni fuego, creo yo, lo considerarías sensato si lo obligaras a cortar o cauterizar. Por tanto, este tampoco, supongo, se resiste a luchar con entusiasmo junto a los que liberan a la ciudad de ciudadanos sin juicio, sino también de sangre fratricida y matanza. Pero puesto que no persuade a la mayoría, sino que hemos emprendido este camino, pide que se le deje a él, puro de sangre y sin culpa, estar al margen de las circunstancias, para aplicarse junto a lo justo y a lo conveniente. Pues tampoco el acto tendrá límite, sino que Ferenico y Pelópidas quizás se dirigirán principalmente contra los culpables y malvados; pero Eumólpidas y Samidas, hombres ardientes hacia la ira y de espíritu fogoso, habiendo tomado autoridad en la noche, no dejarán las espadas hasta llenar la ciudad entera de matanzas y destruir a muchos de los que son enemigos privados.
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Mientras yo discutía esto con Teócrito, Galaxidoro, pues veía cerca a Arquias y a Lisanoridas el espartano viniendo desde la Cadmea como hacia el mismo lugar que nosotros. Nosotros, pues, nos detuvimos; pero Arquias, llamando a Teócrito y acercándolo a Lisanoridas, habla en privado durante mucho tiempo, desviándose un poco del camino bajo el Anfión; de modo que nosotros nos angustiábamos, temiendo que alguna sospecha o denuncia les hubiera llegado, sobre la cual interrogan a Teócrito. En esto, Filidas, a quien conoces, Arquidamo, entonces secretario de los polemarcos que estaban con Arquias y participando de la acción, tomándome de la mano como solía, se burlaba abiertamente de los gimnasios y la lucha. Luego, llevándome lejos de los demás, preguntaba por los exiliados, si guardan el día. Y habiendo dicho yo que sí, entonces dijo: Correctamente he preparado la recepción hoy, como para recibir a Arquias y ofrecerlo en vino y embriaguez a los hombres, fácil de capturar.¡ Excelente, pues!, dije, Filidas, e intenta reunir a todos o a tantos enemigos como sea posible en el mismo lugar. Pero no es fácil, dijo, más bien imposible; pues Arquias, esperando que alguna de las mujeres de rango llegue a esa hora hacia él, no quiere que esté presente Leontidas; de modo que debemos dividirlos en dos hacia las casas; pues habiendo sido capturados Arquias y Leontidas a la vez, creo que los demás estarán fuera de combate, huyendo o permaneciendo en paz, contentos si alguien les da seguridad. Así lo haremos, dije. Pero¿ qué asunto tienen estos con Teócrito, sobre el cual discuten? Y Filidas dijo que no claramente ni como si lo supiera; pero escuchaba que se añadían señales y presagios difíciles y penosos para Esparta. Fidolao el haliartio, habiéndonos encontrado un poco, dijo que Simias os espera aquí. Pues se encuentra en privado con Leontidas sobre Anfiteo, pidiendo que se mantenga el exilio en lugar de la muerte para el hombre.
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Y Teócrito dijo: A tiempo; y como si fuera a propósito; pues quería preguntar qué era lo encontrado y cuál era en general el aspecto de la tumba de Alcmena abierta entre vosotros; si es que estuviste presente tú mismo, cuando Agesilao envió a trasladar los restos a Esparta. Y Fidolao dijo: Pues no estuve presente, y muy descontento e indignado fui abandonado por los ciudadanos. Pero se encontró un cuerpo, un brazalete de bronce no grande y dos ánforas de cerámica que tenían tierra dentro, ya petrificada por el tiempo y compactada; del monumento, una tabla de bronce que tenía letras muchas y maravillosas como muy antiguas; pues no ofrecía conocer nada por sí mismas, aunque aparecieron al lavarse el bronce, sino que el tipo de los caracteres era peculiar y bárbaro, muy parecido a los egipcios; por lo cual también Agesilao, como dijeron, envió copias al rey pidiendo mostrar a los sacerdotes si entenderían. Pero sobre esto quizás Simias podría tener algo que anunciarnos, habiendo estado mucho tiempo en Egipto en aquel tiempo junto a los sacerdotes por la filosofía. Los haliartios, en cambio, no creen que la gran esterilidad y la invasión del lago ocurrieran por azar, sino que esto es un castigo por haber soportado que la tumba fuera excavada. Y Teócrito, tras una pequeña pausa, dijo: Pero tampoco a los mismos lacedemonios parece serles indeseable la divinidad, como demuestran las señales sobre las que hace poco Lisanoridas nos comunicaba; y ahora se va a Haliarto para cubrir de nuevo el monumento y hacer libaciones a Alcmena y a Aleo según algún oráculo, ignorando quién era Aleo; y habiendo regresado de allí, es tal que busca la tumba de Dirce, desconocida para los tebanos excepto para los que han sido hiparcos. Pues el que dejaba el cargo, solo, llevando al que recibía el mando, lo mostró de noche, y habiendo realizado sobre ella algunos sacrificios sin fuego, cuyas señales confunden y hacen desaparecer, se marchan bajo la oscuridad habiéndose separado. Yo, en cambio, Fidolao, creo que los encontrarán bien. Pues la mayoría de los que han sido hiparcos huyen legalmente, o mejor dicho todos excepto Gorgidas y Platón, de quienes ni siquiera intentarían preguntar temiendo a los hombres; los que ahora gobiernan en la Cadmea reciben la lanza y el sello sin saber nada ni...
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Mientras Teócrito decía esto, Leontidas salía con sus amigos; nosotros, habiendo entrado, saludábamos a Simias que estaba sentado en el lecho, no habiendo logrado la petición, creo, muy pensativo y afligido; y habiendo mirado hacia todos nosotros, dijo:¡ Por Heracles!, de costumbres salvajes y bárbaras.¿ Acaso no dijo muy bien el antiguo Tales, habiendo llegado del extranjero después de mucho tiempo, cuando sus amigos le preguntaban qué había visto de más nuevo, que un tirano anciano? Pues a quien no le ha sucedido ser perjudicado personalmente, el peso mismo y la dureza de la convivencia le desagradan, y es enemigo de las tiranías sin ley e irresponsables. Pero de esto quizás se ocupará un dios. Pero¿ sabéis quién es el extranjero que ha llegado, Cafisia, hacia vosotros? No sé, dije, a quién te refieres. Y, sin embargo, dijo Leontidas, dice que un hombre ha sido visto junto al monumento de Lisias levantándose de noche, solemne por la multitud de acompañantes y el equipo, habiendo acampado allí mismo sobre lechos; pues parece que había lechos de casto y tamarisco, y además restos de fuegos y libaciones de leche; y al amanecer preguntaba a los que se encontraban si encontraría a los hijos de Polimnis que estaban en la ciudad.¿ Y quién podría ser, dije, el extranjero? Pues por lo que dices, parece alguien extraordinario y no un profano.
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Pues ciertamente no, dijo Fidolao; pero a este, cuando venga hacia nosotros, lo recibiremos; ahora, sobre las letras que hace poco nos perplejaban, Simias, si sabes algo más, anúncialo; pues se dice que los sacerdotes en Egipto descifraron las letras de la tabla que Agesilao recibió de nosotros al desmantelar la tumba de Alcmena. Y Simias, recordando inmediatamente, dijo: No conozco esta tabla, Fidolao; pero llevando muchas letras de Agesilao, Agetórida el espartano llegó a Menfis hacia Jónufis el profeta, con quien a veces pasábamos el tiempo filosofando yo, Platón y Elopión el peparetio. Y llegó, habiendo enviado el rey y ordenado a Jónufis que, si descifraba algo de lo escrito, lo interpretara y enviara rápidamente; él, habiendo examinado durante tres días caracteres de todo tipo de libros antiguos, escribió al rey y nos dijo a nosotros que las letras ordenan celebrar un certamen a las Musas, y que los tipos eran de la gramática que había bajo el reinado de Proteo, que Heracles, hijo de Anfitrión, aprendió; y que el dios aconsejaba y exhortaba a los griegos a través de las letras a tener ocio y paz, compitiendo siempre a través de la filosofía, distinguiéndose con las Musas y la razón sobre lo justo, habiendo depuesto las armas. Nosotros, incluso entonces, considerábamos que Jónufis hablaba bien, y más cuando, al regresar nosotros de Egipto por Caria, nos encontraron algunos delios, pidiendo a Platón, como geómetra, resolver un oráculo que les había sido propuesto por el dios de manera extraña. El oráculo era que para los delios y los demás griegos habría un cese de los males presentes si duplicaban el altar en Delos. Y ellos, no pudiendo descifrar el pensamiento y sufriendo cosas ridículas sobre la construcción del altar— pues duplicándose cada uno de los cuatro lados, sin darse cuenta, al aumentar, produjeron un lugar sólido ocho veces mayor, por inexperiencia de la analogía que proporciona el doble en longitud—, invocaban a Platón como ayudante de la perplejidad. Él, recordando al egipcio, dijo que el dios se burlaba de los griegos que descuidan la educación, como insultando nuestra ignorancia y ordenando ocuparse de la geometría no de forma secundaria; pues no es tarea de una mente vulgar ni lenta, sino de una que ve agudamente y está bien ejercitada en las líneas, la obtención de dos medias proporcionales; solo así se duplica una figura de cuerpo cúbico que aumenta igual desde toda dimensión. Esto, pues, lo realizarían para ellos Eudoxo el cnidio o Helicón el ciziceno; pero no creer que el dios desea esto, sino que ordena a todos los griegos que, dejando la guerra y los males, se relacionen con las Musas, y calmando las pasiones a través de discursos y conocimientos, se traten unos a otros sin daño y con provecho.
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Mientras Simias hablaba, nuestro padre Polimnis entró, y habiéndose sentado junto a Simias, dijo: Epaminondas os exhorta a ti y a todos estos, si no hay alguna ocupación mayor, a esperar aquí, queriendo daros a conocer al extranjero, un hombre noble él mismo y que ha llegado con una noble y bella elección desde Italia, de los pitagóricos; ha llegado para verter libaciones a Lisias el anciano junto a la tumba por algunos sueños, como dice, y visiones claras. Y llevando mucho oro, cree que debe pagar a Epaminondas los cuidados de la vejez de Lisias, y es muy entusiasta, no necesitando ni queriendo nosotros ayudar a la pobreza. Y Simias, complacido, dijo: Dices algo muy maravilloso, un hombre digno también de la filosofía; pero¿ cuál es la causa por la que no viene inmediatamente hacia nosotros? Dijo que, habiendo pasado la noche junto a la tumba, me parece que la de Lisias, Epaminondas lo llevaba al Ismeno para lavarse, y luego vendrán aquí hacia nosotros; antes de encontrarnos, pasó la noche en la tumba, pensando en recoger los restos del cuerpo y llevarlos a Italia, si algún dios no se oponía de noche. El padre, pues, habiendo dicho esto, calló.
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Y Galaxidoro dijo:¡ Por Heracles!, qué tarea es encontrar a un hombre puro de vanidad y superstición. Pues unos, involuntariamente, son atrapados por estas pasiones por inexperiencia o por debilidad; otros, para parecer amados por los dioses y extraordinarios, divinizan las acciones, anteponiendo sueños y visiones y tal otro peso a lo que viene a la mente. Lo cual, para hombres políticos y obligados a vivir ante una multitud obstinada y desenfrenada, no es quizás inútil, como si fuera un freno de la superstición para atraer y cambiar a la mayoría hacia lo conveniente; pero para la filosofía, tal configuración no solo parece indecorosa, sino también contraria a la profesión, si, habiendo profesado enseñar todo bien y lo conveniente mediante la razón, se retira hacia los dioses desde el principio de las acciones como despreciando la razón, y parece diferir la demostración, habiéndola deshonrado, y se dirige hacia adivinaciones y visiones de sueños, en los cuales el más vil no es menos llevado por acertar a menudo que el mejor. Por lo cual también Sócrates, vuestro, Simias, me parece que se reviste de un carácter de educación y discurso más filosófico, habiendo elegido este candor y sencillez como libre y muy amigo de la verdad, y habiendo dispersado la vanidad como un humo de la filosofía hacia los sofistas. Y Teócrito, tomando la palabra, dijo:¿ Por qué, Galaxidoro?¿ También a ti te ha persuadido Meleto de que Sócrates despreciaba lo divino? Pues esto mismo acusó de él también ante los atenienses. Dijo que de ninguna manera lo divino; pero habiendo recibido de Pitágoras y Empédocles una filosofía llena de visiones, mitos y superstición, muy bien bacante, lo acostumbró a estar atento como ante las cosas y a perseguir la verdad con razón sobria.
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Sea, dijo Teócrito,¿ pero lo divino, el mejor, lo de Sócrates, es mentira o qué decimos? Pues a mí nada de lo que se dice sobre Pitágoras me pareció tan grande hacia la adivinación y lo divino; pues, sencillamente, como Homero ha hecho a Atenea estar presente en todos los trabajos a Odiseo, tal, parece, que el dios unió al principio de la vida de Sócrates una visión, que, yendo sola delante, ponía luz en asuntos oscuros e incalculables para la prudencia humana, en los cuales el dios le hablaba a menudo divinizando sus elecciones. Lo más y lo mayor, pues, debe preguntarse a Simias y a los demás compañeros de Sócrates; pero estando yo presente, cuando llegaron hacia Eutifrón el adivino... Sucedió, pues, Simias, pues recuerdas, que Sócrates caminaba hacia arriba hacia el Símbolo y la casa de Andócides, preguntando algo y sacudiendo a Eutifrón con juego. De repente, deteniéndose y habiendo callado, prestó atención a sí mismo durante mucho tiempo; luego, habiéndose vuelto, caminaba por la de los fabricantes de cofres, y llamaba a los compañeros que ya se habían adelantado, diciendo que le había ocurrido lo divino. La mayoría, pues, se volvieron, entre los cuales yo, agarrado a Eutifrón; pero unos jóvenes que caminaban por el camino recto, como para refutar lo divino de Sócrates, arrastraron a Carilo el flautista que llegaba también él conmigo a Atenas hacia Cebes; mientras caminaban ellos por la de los escultores junto a los tribunales, les encuentran cerdos en masa llenos de barro y empujándose unos a otros por la multitud; no habiendo desvío, a unos los derribaron al embestir y a otros los ensuciaron. Llegó, pues, también Carilo a casa lleno de barro en las piernas y en los vestidos, de modo que siempre recordábamos lo divino de Sócrates con risa, maravillándonos de que en ninguna parte abandona al hombre ni lo divino lo descuida.
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Y Galaxidoro dijo:¿ Crees, Teócrito, que lo divino de Sócrates ha tenido una fuerza propia y extraordinaria?¿ No es una parte de la adivinación común que el hombre, habiendo confirmado por la experiencia, aplicaba en lo oscuro e incalculable para la razón un impulso? Pues como una tracción sola por sí misma no mueve la balanza, pero añadida a un peso que está en equilibrio inclina el todo hacia sí, así un estornudo o un presagio o tal símbolo ligero, atraer una mente pesada hacia la acción; y habiendo llegado a uno de dos razonamientos contrarios, resolvió la perplejidad, habiéndose eliminado la igualdad, de modo que se produzca movimiento e impulso. Y el padre, tomando la palabra, dijo: Pero ciertamente, yo también, Galaxidoro, escuché de un megárico, y aquel de Terpsión, que lo divino de Sócrates era un estornudo, tanto el suyo como el de otros; si otro estornudaba desde la derecha o desde atrás o desde delante, él se impulsaba hacia la acción; si desde la izquierda, se apartaba; y de sus propios estornudos, uno, cuando aún dudaba, lo confirmaba, y otro, cuando ya actuaba, lo detenía y prohibía el impulso. Pero aquello me parece maravilloso, si usando un estornudo no decía esto a los compañeros, sino que era divino lo que prohibía o mandaba; pues sería de alguna vanidad, amigo, y jactancia tal cosa, no de verdad y sencillez, por las cuales creemos que el hombre ha llegado a ser grande verdaderamente y diferente de la mayoría, siendo perturbado de las acciones por una voz de fuera o algún estornudo cuando sucedía, y abandonando lo decidido. Pero los impulsos de Sócrates, teniendo firmeza y fuerza, aparecen hacia todo, como si fueran lanzados desde un juicio y principio recto y fuerte. Pues permanecer en la pobreza durante toda la vida voluntariamente, pudiendo tenerla con gracia de los que dan, y no apartarse de la filosofía ante tantos obstáculos, y al final, habiendo llegado para él la salvación y la huida por el entusiasmo de los compañeros y una preparación ingeniosa, ni ser doblado por los que ruegan ni ceder ante la muerte que se acerca, y usar una razón inmutable ante el peligro, no es de un hombre que tiene una opinión que cambia cuando sucede por presagios o estornudos, sino de uno llevado por una supervisión y principio mayor hacia lo bello. Escucho también que predijo la destrucción de la fuerza de los atenienses en Sicilia a algunos de los amigos. Y antes aún de esto, Pirilampes, hijo de Antifón, habiendo sido capturado en la persecución junto a Delio herido por una lanza por nosotros, cuando escuchó de los que llegaron para las treguas desde Atenas que Sócrates, con Alcibíades y Laques, habiendo bajado hacia Regio, había regresado, muchas veces lo llamó, y muchas veces a algunos amigos y jefes de compañía a quienes sucedió morir huyendo junto al Parnes por nuestros jinetes, como habiendo desobedecido lo divino de Sócrates, dirigiéndose por otro camino, no el que él guiaba, desde la batalla. Esto, creo, también Simias lo ha escuchado muchas veces. Simias dijo: Y de muchos; pues se difundió no suavemente lo divino de Sócrates en Atenas por esto.
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Entonces,¿ qué, dijo Fidolao, Simias, dejaremos que Galaxidoro, jugando, derribe tal obra de adivinación hacia estornudos y presagios, de los cuales también la mayoría y los profanos usan en cosas pequeñas y jugando? Cuando peligros más graves y mayores atrapan las acciones, ocurre aquello de Eurípides:¿ nadie insensato está cerca de estos con hierro? Y Galaxidoro dijo: De Simias, Fidolao, sobre esto, si él mismo escuchó a Sócrates decirlo, estoy dispuesto a escuchar y obedecer con vosotros; pero lo dicho por ti y por Polimnis no es difícil de destruir. Pues como en la medicina un pulso o una ampolla no es un signo pequeño de algo no pequeño, y para un navegante en el mar el sonido de un pájaro o el paso de una pequeña nube significa viento y movimiento más áspero del mar; así para una mente adivinadora un estornudo o un presagio no es grande por sí mismo, sino símbolo de un gran suceso; pues de ninguna técnica se desprecia el anunciar muchas cosas grandes con pequeñas y a través de pocas. Pero como si alguien inexperto en la fuerza de las letras, viendo pocas en multitud y vulgares en la forma, desconfiara de que un hombre gramático extraiga de estas grandes guerras, que sucedieron a los antiguos, y fundaciones de ciudades, acciones y sufrimientos de reyes, luego dijera que una voz o algo similar anuncia y enumera a aquel cada uno de estos históricos, un dulce, amigo, risa de la inexperiencia del hombre te vendría; así considera, no sea que también nosotros, ignorando la fuerza de cada una de las adivinaciones, con la cual contribuye hacia el futuro, nos indignemos estúpidamente si un hombre que tiene mente declara algo sobre lo oscuro a partir de estas, y esto diciendo él mismo que no un estornudo ni una voz, sino lo divino le guía las acciones. Pues paso ya hacia ti, Polimnis, que te maravillas de la falta de vanidad y candor de Sócrates, hombre que ha humanizado la filosofía, si no llamaba estornudo ni presagio a la señal, sino muy trágicamente lo divino. Yo, en cambio, me maravillaría de lo contrario de un hombre experto en hablar y dominar los nombres, como Sócrates, si no dijera que lo divino, sino el estornudo, le significaba a él; como si alguien dijera haber sido herido por la flecha, no por la flecha, sino por el que lanzó, y haber sido medido el peso por la balanza, no por la balanza, sino por el que pesa. Pues no es del instrumento la obra, sino de aquel de quien es también el instrumento que usa hacia la obra; y el signo es también un instrumento que usa el que significa; pero lo que dije, si Simias tiene algo que decir, debe ser escuchado, como alguien que sabe más precisamente.
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Teócrito dijo antes que debíamos observar quiénes eran los que entraban, o mejor dicho, al extranjero que, al parecer, nos trae Epaminondas. Al mirar hacia las puertas, vimos que Epaminondas iba a la cabeza, acompañado por sus amigos Ismenodoro, Baquílides y el flautista Meliso, y que detrás venía el extranjero, de aspecto noble, que dejaba traslucir una naturaleza apacible y afable, y que vestía con sencillez. Una vez que él se sentó junto a Simias, su hermano junto a mí, y los demás donde pudieron, y tras un silencio, Simias llamó a nuestro hermano y dijo:« Vamos, Epaminondas,¿ quién es este extranjero, cómo debemos dirigirnos a él y de dónde viene? Pues este es el comienzo habitual de un encuentro y de un conocimiento». Y Epaminondas dijo:« Teánor, Simias, es el nombre del hombre, y es crotoniata, uno de los filósofos de allí, que no deshonra la gran fama de Pitágoras; pero incluso ahora ha venido aquí desde Italia, recorriendo un largo camino, para confirmar con bellas acciones sus bellas doctrinas». El extranjero, tomando la palabra, dijo:« Entonces, Epaminondas, tú eres quien impide la más bella de las acciones. Pues si es noble hacer bien a los amigos, no es vergonzoso recibir el bien de ellos; ya que la gratitud, al necesitar tanto del que recibe como del que da, se perfecciona en ambos hacia lo bello; y el que no la acepta, como quien no recibe una pelota bien lanzada, la deshonra al caer incompleta. Pues,¿ qué objetivo hay al que sea tan agradable acertar al disparar y tan doloroso fallar, como el de alguien que desea recibir el bien de un hombre digno mediante la gratitud? Pero, mientras que el que falla al disparar al objetivo se perjudica a sí mismo, aquí el que rechaza y esquiva la gratitud comete una injusticia al no dejar que llegue a su fin. Ya te he expuesto las razones por las que navegué hasta aquí; pero quiero exponerlas también a estos, para que actúen como jueces ante ti. Pues, cuando las asociaciones de los pitagóricos fueron disueltas por las ciudades tras ser derrotadas en una revuelta, los que aún permanecían reunidos en una casa en Metaponto fueron rodeados por los ciloneos, quienes prendieron fuego y los destruyeron a todos, excepto a Filolao y Lisis, que, siendo aún jóvenes, se abrieron paso a través del fuego por su fuerza y agilidad. Filolao huyó a Lucania y desde allí se puso a salvo con los otros amigos que ya se estaban reuniendo de nuevo y dominaban a los ciloneos, pero no se supo durante mucho tiempo dónde había ido a parar Lisis. Hasta que Gorgias de Leontinos, navegando desde Grecia hacia Sicilia, anunció a los allegados de Arqueso que Lisis vivía con seguridad en Tebas. Arqueso, por el anhelo que sentía por el hombre, se dispuso a navegar él mismo tal como estaba, pero al faltarle fuerzas por la vejez y la debilidad, encargó encarecidamente que, si vivía, trajeran a Lisis a Italia, o sus restos si había muerto. Las guerras, revueltas y tiranías que sobrevinieron impidieron a los amigos cumplirle el encargo mientras vivía. Y cuando el espíritu de Lisis nos mostró claramente que ya había muerto, y los que sabían bien los cuidados y el régimen de vida que tuvo entre vosotros, Polimnis, anunciaron que, tras haber recibido en su vejez una rica asistencia en un hogar pobre y haber sido llamado padre de tus hijos, se había ido dichoso, fui enviado yo, joven y uno entre muchos y mayores, que teniendo dinero, no lo dan a quienes no lo tienen, sino que reciben a cambio mucha gratitud y amistad. Lisis yace bien atendido por vosotros, y la gratitud pagada por amigos a amigos y allegados es mejor para él que una hermosa tumba».
14
Mientras el extranjero decía esto, el padre lloró durante mucho tiempo al recordar a Lisis, y el hermano, sonriendo levemente como solía hacer conmigo, dijo:«¿ Qué hacemos, Cafisias?¿ Despreciamos la pobreza con el dinero y nos callamos?».« De ninguna manera», dije yo,« a la querida y buena nodriza; más bien defiéndela, pues el discurso es tuyo».« Y ciertamente», dijo el padre,« hijo, solo por esto temía que la casa fuera vulnerable al dinero, por el cuerpo de Cafisias, que necesita ropa hermosa para lucirse ante sus numerosos amantes, y abundante y mucha comida para resistir en los gimnasios y en las competiciones de las palestras; pero cuando este no traiciona la pobreza ni abandona la pobreza heredada como si fuera un tinte, sino que, aun siendo un joven, se engalana con la sencillez y se contenta con lo que tiene,¿ qué disposición y uso podríamos dar al dinero?¿ Acaso doraremos las armas y decoraremos el escudo con púrpura mezclada con oro, como Nicias el ateniense?¿ Y para ti, padre, compraremos un manto milesio y para la madre una túnica con borde de púrpura? Pues no gastaremos el regalo en el vientre, dándonos banquetes más costosos, como si hubiéramos recibido a un extranjero que carga con una riqueza más pesada».«¡ Lejos de mí!», dijo el padre,« hijo, que nunca vea tal transformación de nuestra vida».« Y ciertamente», dijo,« no nos sentaremos ociosos guardando el dinero en casa; pues así la gratitud sería ingrata y la posesión deshonrosa».«¿ Entonces qué?», dijo el padre.«¿ No es así?», dijo Epaminondas,« a Jasón, el tagos de los tesalios, que nos envió hace poco mucho oro y nos pedía que lo aceptáramos, le respondí de manera algo rústica que él iniciaba manos injustas contra mí, porque, siendo un amante de la monarquía, tentaba con dinero a un ciudadano de una ciudad libre y autónoma. Pero de ti, extranjero, acepto tu disposición— pues es noble y filosófica— y la aprecio de manera especial; pero has venido trayendo medicinas a amigos que no están enfermos. Así pues, si al enterarte de que estábamos en guerra hubieras navegado para ayudarnos con armas y proyectiles, y luego hubieras encontrado amistad y paz, no habrías creído necesario dar y dejar aquello a quienes no lo necesitan; así, has llegado como aliado ante la pobreza como si estuviéramos molestos por ella, pero esta es para nosotros fácil de llevar y una compañera querida. Por tanto, no necesitamos dinero ni armas contra ella, que no nos causa ningún daño; más bien, anuncia a los conocidos de allí que ellos mismos hacen un uso excelente de la riqueza, pero que aquí tienen amigos que hacen un buen uso de la pobreza, y que los cuidados y entierros de Lisis los pagó el propio Lisis por sí mismo, habiéndonos enseñado, entre otras cosas, a no despreciar la pobreza».
15
Teánor, tomando la palabra, dijo:«¿ Acaso es noble despreciar la pobreza, pero no es extraño temer y huir de la riqueza?».« Es extraño, a menos que alguien la rechace no por un razonamiento, sino fingiendo, ya sea por falta de gusto o por vanidad».«¿ Y qué razonamiento impediría la adquisición de bienes bellos y justos, Epaminondas?». O mejor dicho,« pues cedes ante nosotros más suavemente que ante el tesalio en las respuestas sobre esto», dime,¿ crees que existe una entrega de dinero que sea correcta y ninguna recepción, o que también los que dan y los que reciben se equivocan en todo?« De ninguna manera», dijo Epaminondas,« sino que, al igual que cualquier otra cosa, considero que la gratitud y la posesión de la riqueza tienen una parte vergonzosa y otra elegante».«¿ Acaso», dijo Teánor,« el que da lo que debe voluntaria y prontamente no da bien?». Asintió.«¿ Y el que recibe lo que alguien da bien, no ha recibido bien?¿ O podría haber una recepción de dinero más justa que la que proviene de quien da justamente?».« No podría haberla», dijo.« Por tanto, de dos amigos», dijo,« Epaminondas, si a uno hay que darle, al otro, por supuesto, hay que recibir; pues en las batallas hay que evitar al enemigo que dispara bien, pero en las gratitudes no es justo ni huir ni rechazar al amigo que da bien; pues si la pobreza no es algo molesto, tampoco la riqueza es tan deshonrosa y desechable».« Ciertamente no», dijo Epaminondas,« sino que hay alguien para quien no recibir lo que se da bien es más valioso y más bello; pero examínalo así con nosotros. Existen, por supuesto, muchos deseos y de muchos tipos, algunos llamados innatos y que brotan en torno al cuerpo, hacia los placeres necesarios; otros son adventicios, que por vanas opiniones, habiendo cobrado fuerza y violencia por el tiempo y la costumbre en una crianza perversa, a menudo arrastran y humillan el alma con más fuerza que los necesarios; pero mediante la costumbre y el ejercicio, alguien ya ha logrado apartar mucho incluso de las pasiones innatas mediante la razón; pero todo el poder del entrenamiento, amigo, consiste en aplicar y extirpar los deseos adventicios y superfluos, castigándolos con restricciones y contenciones mediante la razón. Pues si la resistencia del razonamiento contra la comida y la bebida vence la sed y el hambre, es mucho más fácil, por supuesto, reducir la codicia y la ambición mediante abstenciones de lo que desean y restricciones hasta el final,¿ o no te parece?». El extranjero asintió.«¿ Acaso ves una diferencia entre el entrenamiento y la tarea para la que es el entrenamiento, y al igual que dirías que la tarea de la gimnasia es la lucha por la corona contra el adversario, y el entrenamiento es la preparación del cuerpo para esto mediante los ejercicios; así,¿ admites que la virtud tiene una tarea y un entrenamiento?». Tras asentir el extranjero, dijo:« Vamos, pues, primero,¿ consideras que abstenerse de los placeres vergonzosos e ilegales es un entrenamiento o más bien una tarea y una prueba de entrenamiento?».« Una tarea y una prueba», dije yo,« pero el entrenamiento y la práctica de la templanza,¿ no es acaso la que todos vosotros seguís practicando aún, cuando, al ejercitaros y haber movido las apetencias como animales, os detenéis ante mesas brillantes y platos variados durante mucho tiempo, y luego, entregando esto a vuestros sirvientes para que se den un banquete, vosotros mismos tomáis lo sencillo y simple, estando ya los deseos castigados? Pues la abstinencia de los placeres en los que está permitido es un entrenamiento para el alma hacia lo que está prohibido».« Ciertamente, en efecto», dijo.«¿ Existe, pues, amigo, también un entrenamiento de la justicia contra la codicia y la avaricia, no el de no robar de noche lo ajeno ni el de no ser un ladrón; ni si alguien no traiciona a su patria y a sus amigos por dinero, este entrena contra la avaricia— pues también la ley y el miedo quizás impiden aquí la codicia de cometer injusticias—, sino el que a menudo se aparta voluntariamente de las ganancias justas y permitidas por la ley, entrena y se acostumbra a estar lejos de toda ganancia injusta e ilegal. Pues ni en placeres grandes pero extraños y dañinos es posible que la mente esté tranquila sin haber despreciado muchas veces el poder de disfrutar, ni es fácil superar ganancias perversas y grandes codicias que han llegado a ser alcanzables para quien no tiene la codicia atada y castigada desde lejos, sino que para aquellos a quienes les está permitido, habiendo sido criados sin freno para ganar, la codicia brota hacia las injusticias, absteniéndose de la codicia muy difícil y penosamente. Pero para un hombre que no se entrega a sí mismo a las gratitudes de los amigos ni a los regalos de los reyes, sino que incluso rechaza el lote de la fortuna y, habiendo aparecido un tesoro, aparta la codicia que salta hacia él, no se levanta hacia las injusticias ni perturba la mente, sino que usa de sí mismo fácilmente hacia lo bello, sintiéndose orgulloso y consciente de las cosas más bellas para el alma. De estos hombres, Cafisias y yo somos amantes, amigo Simias, y pedimos al extranjero que nos deje ejercitarnos suficientemente en la pobreza hacia esa virtud».
16
Tras exponer esto el hermano, Simias asintió dos o tres veces con la cabeza y dijo:« Grande, grande es el hombre Epaminondas, y de esto es responsable este Polimnis, al haber preparado desde el principio la mejor crianza en filosofía para sus hijos. Pero sobre esto, resolvedlo vosotros mismos, extranjero; pero a Lisis, si es lícito oírlo,¿ acaso lo sacas de la tumba y lo trasladas a Italia, o dejarás que permanezca aquí entre nosotros, para que, cuando estemos allí, lo tengamos como compañero de hogar, siendo amigos y benevolentes?». Y Teánor, sonriendo, dijo:« Parece, Simias, que Lisis se ha encariñado con el lugar, no habiendo carecido de ninguno de los bienes gracias a Epaminondas. Pues hay algo sagrado que se hace en privado en torno a los entierros de los pitagóricos, sin lo cual no creemos alcanzar el fin dichoso y propio. Así pues, cuando supimos por los sueños la muerte de Lisis— y distinguimos por una señal que aparece durante el sueño si es un espectro de alguien muerto o vivo—, a muchos nos vino la idea de que Lisis había sido enterrado de otro modo en tierra extranjera y que debíamos moverlo para que allí participe de lo acostumbrado. Con tal intención, habiendo llegado y siendo guiado inmediatamente a la tumba por los lugareños, al atardecer vertía libaciones invocando al alma de Lisis para que descendiera a profetizar cómo se debe hacer esto. Al avanzar la noche, no vi nada, pero creí oír una voz que decía que no moviera lo inmóvil; pues el cuerpo de Lisis había sido enterrado santamente por sus amigos, y el alma ya había sido juzgada y liberada hacia otra generación, habiendo compartido con otro daimon. Y, de hecho, al reunirme al amanecer con Epaminondas y escuchar el modo en que enterró a Lisis, reconocí que había sido educado por aquel hombre hasta en lo secreto y que usaba el mismo daimon para la vida, a menos que yo sea un mal juez del piloto por la navegación. Pues amplios son los caminos de las vidas, pero pocos los que los daimones guían a los hombres». Teánor, tras decir esto, miró a Epaminondas, como si volviera a contemplar desde el principio su naturaleza y su aspecto.
17
En esto, el médico se acercó y desató el vendaje de Simias para tratar el cuerpo; Filidas, habiendo entrado con Hipostenidas y ordenándonos a mí, a Caronte y a Teócrito levantarnos, nos llevó a un rincón del peristilo, muy perturbado como se veía en su rostro, y al decirle yo:«¿ Acaso ha ocurrido algo nuevo, Filidas?», dijo:« Para mí nada nuevo, Cafisias; pues ya sabía y os advertía de la debilidad de Hipostenidas, pidiendo que no se le comunicara ni se le incluyera en la acción». Al quedar nosotros asombrados por sus palabras, Hipostenidas dijo:« Por los dioses, Filidas, no digas eso; no arruines a nosotros y a la ciudad creyendo que la temeridad es audacia; sino deja que los hombres bajen con seguridad, si es que está destinado». Y Filidas, irritado, dijo:« Dime, Hipostenidas,¿ cuántos crees que participan de los secretos en nuestra acción?».« Yo conozco», dijo,« no menos de treinta».«¿ Por qué entonces, siendo tantos, has anulado tú solo lo que todos habían decidido y lo has impedido enviando a un jinete hacia los hombres que ya estaban en camino, ordenándoles que regresaran y que no se apresuraran hoy, cuando el azar mismo les había preparado la mayoría de las cosas para el regreso?». Tras decir esto Filidas, todos nos perturbamos, y Caronte, clavando la mirada muy duramente en Hipostenidas, dijo:«¡ Hombre miserable, qué nos has hecho!».« Nada terrible», dijo Hipostenidas, relajando la aspereza de su voz,« si, siendo un hombre de edad y que tiene canas, participas de los razonamientos. Pues si hemos decidido demostrar a los ciudadanos una valentía amante del peligro y un espíritu que desprecia la vida, Filidas, todavía queda mucha longitud del día; y no esperemos al atardecer, sino vayamos ya contra los tiranos tomando las espadas; matemos, muramos, no nos perdonemos. Pero si esto no es difícil de hacer ni de sufrir, pero liberar a Tebas de las armas, rodeados de tantos enemigos, y expulsar a la guarnición de los espartanos con dos o tres muertos no es fácil( pues Filidas no ha preparado tanto vino puro para los banquetes y las recepciones como para que los mil quinientos guardaespaldas de Arquias se emborrachen, sino que, aunque matemos a aquel, Herípides y Arqueso acechan sobrios en la noche),¿ por qué nos apresuramos a traer a amigos y allegados a una muerte segura, y esto sin que los enemigos ignoren del todo el regreso?¿ Por qué, si no, se ha ordenado a los tespies desde hace tres días estar en armas y estar atentos cuando los líderes de los espartanos llamen? Y a Anfiteo, según me entero, planean matarlo hoy tras interrogarlo cuando Arquias regrese.¿ No son estas grandes señales de que la acción no pasa desapercibida?¿ No es mejor esperar un tiempo, no mucho, sino el necesario para cumplir con los asuntos divinos? Pues incluso los adivinos que sacrifican el buey a Deméter dicen que las entrañas señalan un gran alboroto y peligro público. Y lo que requiere de ti, Caronte, la mayor precaución: ayer, acompañándome desde el campo, Hipatodoro de Erianto, un hombre por lo demás honesto y allegado, pero que no sabe nada de lo que se está haciendo, me dice:' Hipatodoro,¿ tienes a Caronte como compañero, que para mí no es muy conocido? Si te parece, dile que se guarde de algún peligro por un sueño muy molesto y extraño; pues la otra noche me pareció que su casa estaba de parto como si estuviera embarazada, y que él y sus amigos, compitiendo, rezaban y estaban alrededor, y que ella mugía y emitía unos sonidos inarticulados, y al final un fuego grande y terrible brilló desde dentro, de modo que la mayor parte de la ciudad ardía, y la Cadmea estaba rodeada solo de humo, y el fuego no se extendía hacia arriba'. La visión, pues, Caronte, que el hombre expuso, era de tal tipo; y yo me asusté al instante, y mucho más al oír hoy que los exiliados planean llegar a tu casa, temo que nos llenemos de grandes males, sin haber hecho nada digno de mención a los enemigos, sino solo haberlos perturbado. Pues pongo la ciudad de nuestra parte, y la Cadmea, tal como está, de parte de ellos».
18
Teócrito, tomando la palabra y deteniendo a Caronte que quería decir algo a Hipostenidas, dijo:« Pero a mí, Hipostenidas, nunca me ha parecido que debamos desconfiar de la acción por nada, a pesar de haber usado siempre buenos sacrificios por los exiliados, como por esta visión; si dices que una luz grande y brillante surgió en la ciudad desde una casa amiga, y que el alojamiento de los enemigos se oscureció con humo, no hay nada mejor que traiga lágrimas y perturbación; y que se emitan sonidos inarticulados de nosotros, de modo que incluso si alguien intentara acusar, la acción, habiendo tomado un rumor confuso y una sospecha ciega, aparecerá y vencerá al mismo tiempo. Es natural que los sacrificios sean desfavorables; pues el comienzo y la víctima no son públicos, sino de los que dominan». Mientras Teócrito aún hablaba, dije a Hipostenidas:«¿ A quién enviaste hacia los hombres? Pues si no te has adelantado mucho, los perseguiremos». Y Hipostenidas dijo:« No sé, Cafisias— pues debo deciros la verdad—, si alcanzarías al hombre que usa el mejor caballo de los que hay en Tebas; y el hombre os es conocido, el encargado de los aurigas de Melón y que, gracias a Melón, conoce la acción desde el principio». Y yo, al ver al hombre, dije:«¿ Acaso no hablas de Clidón, Hipostenidas, el que ganó los Hereos con un caballo de carreras el año pasado?».« A ese mismo», dijo.«¿ Y quién es este que está desde hace tiempo ante las puertas del patio y nos mira?». Hipostenidas, al darse la vuelta, dijo:«¡ Por Heracles, Clidón!¡ Ay, no habrá ocurrido algo más grave?». Y aquel, al vernos atentos a él, se acercó silenciosamente desde la puerta. Hipostenidas le hizo una seña y le ordenó hablar ante todos.« Conozco a los hombres con exactitud, Hipostenidas», dijo,« y al no encontrarte ni en casa ni en el ágora, deduje que habías venido aquí ante estos, y me apresuré inmediatamente, para que no ignoréis nada de lo ocurrido. Pues como ordenaste usar toda velocidad para encontrar a los hombres en la montaña, entré en casa para tomar el caballo; y al pedirle el freno a mi mujer, no pudo dármelo, sino que se entretuvo mucho tiempo en la despensa; y como si buscara y preparara las cosas de dentro, habiendo disfrutado bastante de mí, al final confesó haber prestado el freno al vecino por la tarde, tras habérselo pedido la mujer; al indignarme yo y hablar mal de ella, se vuelve hacia maldiciones detestables, invocando malos caminos y malos regresos; que, por Zeus,¡ ojalá los dioses los vuelvan contra ella misma! Al final, habiendo llegado hasta los golpes por la ira, y luego habiendo corrido una multitud de vecinos y mujeres, habiendo hecho y sufrido cosas vergonzosas, apenas he llegado ante vosotros, para que enviéis a otro hacia los hombres, ya que yo estoy totalmente fuera de mí en el presente y me encuentro mal».
19
Nosotros tuvimos un extraño cambio de estado. Pues un poco antes, al estar molestos por la prohibición, de nuevo, debido a la agudeza del momento y la rapidez, como si no hubiera demora, nos dejamos llevar a la angustia y al miedo. Sin embargo, yo, tras saludar a Hipostenidas y darle la mano, lo animé, como si también los dioses nos llamaran a la acción. Después de esto, Filidas se fue para ocuparse de la recepción y para incitar inmediatamente a Arquias al banquete; Caronte se fue a su casa, y yo y Teócrito volvimos de nuevo junto a Simias, para que, aprovechando la ocasión, nos encontráramos con Epaminondas.
20
Ellos estaban en una búsqueda no innoble, por Zeus, sino de la que poco antes los allegados a Galaxidoro y Feidolao se habían ocupado, dudando de qué esencia y poder sería el llamado daimon de Sócrates. Lo que Simias respondió al discurso de Galaxidoro no lo oímos, pero él mismo dijo que Sócrates, al preguntar una vez sobre esto, no obtuvo respuesta, por lo que no volvió a preguntar, pero que muchas veces se le acercaban los que decían haber encontrado a alguien divino mediante la vista, a quienes consideraba charlatanes, y los que afirmaban haber oído una voz; al prestar atención y preguntar con entusiasmo de dónde nos sobrevenía, examinándolo en privado entre nosotros, sospechábamos que el daimon de Sócrates no sería una visión, sino una percepción de alguna voz o una comprensión de un razonamiento, uniéndose a él de una manera extraña; al igual que en el sueño no hay voz, sino que, al recibir opiniones y comprensiones de algunos razonamientos, creen oír a los que hablan, pero para algunos tal comprensión se convierte en un sueño verdadero, debido a la tranquilidad y calma del cuerpo, cuando duermen y tienen el alma apenas capaz de oír a los seres superiores, y al estar sofocados por el ruido de las pasiones y el giro de las necesidades, no pueden oír ni prestar la mente a lo que se manifiesta. Pero para Sócrates, siendo su mente pura e impasible, mezclándose poco con el cuerpo por necesidad, era sensible y sutil para cambiar rápidamente por lo que le sobrevenía; y lo que sobrevenía no se podría conjeturar como un sonido, sino como un razonamiento de un daimon, que le tocaba sin voz al mismo objeto de la comprensión; pues la voz se parece a un golpe en el alma, que recibe el razonamiento por la fuerza a través de los oídos cuando nos encontramos unos a otros. Pero la mente del ser superior guía al alma bien dotada tocando lo comprendido que no necesita golpe; y ella cede ante él, aflojando y tensando los impulsos, no violentos por pasiones que se oponen, sino flexibles y suaves como riendas que ceden. Y no hay que maravillarse al ver esto, por un lado, el giro de grandes barcos mediante pequeños timones, y por otro, el giro de ruedas de alfarero que giran uniformemente con el roce de la punta de la mano; pues, aunque son inanimadas, sin embargo, por su construcción, ceden por su suavidad hacia lo que mueve cuando se produce el impulso. Pero el alma del hombre, tensada con innumerables impulsos como una cuerda, es con mucho la más flexible de todos los instrumentos, si alguien la toca según la razón, habiendo recibido el impulso para moverse hacia lo comprendido; pues aquí es donde se tensan los principios de las pasiones e impulsos hacia lo que comprende; y al ser esto sacudido, al ser arrastrados, tensan al hombre. Por lo cual también da a conocer especialmente qué fuerza tiene lo comprendido; pues los huesos insensibles, los nervios y las carnes llenas de fluidos, y la masa pesada que proviene de estos, estando en reposo y yaciendo, al mismo tiempo que el alma pone algo en su intención y mueve el impulso hacia ello, levantándose y tensándose por completo, es llevada como si tuviera alas en todas sus partes hacia la acción. Y si el modo de movimiento, tensión y presencia es difícil o totalmente imposible de observar, según el cual el alma, habiendo comprendido, arrastra con los impulsos la masa, pero mientras un razonamiento comprendido sin voz mueve sin problemas, así, creo, no tendríamos dificultad en creer que la mente es guiada por una mente superior y un alma más divina que toca desde fuera, cuyo contacto natural es que el razonamiento tenga relación con el razonamiento como la luz con el reflejo. Pues, en realidad, conocemos las comprensiones de los demás como si estuviéramos en la oscuridad, palpando a través de la voz; pero las de los daimones, al tener resplandor, iluminan a los que pueden, sin necesitar palabras ni nombres, que los hombres usan entre sí como símbolos, viendo imágenes y figuras de lo comprendido, pero no conocen las cosas mismas, excepto aquellos a quienes les sobreviene algo propio y divino, como se ha dicho, un resplandor; aunque lo que ocurre con la voz consuela a los incrédulos; pues el aire, moldeado con sonidos inarticulados y convirtiéndose en razonamiento y voz a través de todo, llega al alma del que escucha la comprensión; de modo que no es de extrañar si también según esto el aire, transformado por lo comprendido por los seres superiores, señala a los hombres divinos y extraordinarios el razonamiento del que comprendió. Pues al igual que los golpes de los seres son captados por escudos de bronce debido a la resonancia, cuando, al ser llevados desde el fondo, sobrevienen, mientras que de los demás pasan desapercibidos sin ser vistos; así los razonamientos de los daimones, al ser llevados a través de todo, resuenan solo en aquellos que tienen el alma con un carácter sin ruido y en calma, a quienes llamamos hombres sagrados y divinos. Pero la mayoría, al dormir, creen que el daimon inspira a los hombres; pero si mueven de igual manera a los que están despiertos y establecidos en el pensar, lo consideran maravilloso e increíble; como si alguien pensara que el músico, al usar la lira relajada, cuando se ajusta a los tonos o se limpia, no la toca ni la usa. Pues no ven la causa, la desarmonía y perturbación en ellos mismos, de la que estaba libre Sócrates, nuestro amigo, como el oráculo dado a su padre cuando él aún era niño profetizó; pues ordenó dejarlo hacer lo que le viniera a la mente, y no forzarlo ni desviarlo, sino dejar el impulso del niño, rezando por él a Zeus del Ágora y a las Musas, y no ocuparse de otras cosas sobre Sócrates, como si tuviera en sí mismo un guía para la vida mejor que innumerables maestros y pedagogos.
21
Para nosotros, Feidolao, tanto vivo como muerto Sócrates, así nos parece pensar sobre el daimon, despreciando a los que hablan de presagios, estornudos o algo parecido; pero lo que oímos de Timarco de Queronea exponiendo sobre esto, no sé si es mejor callar, siendo más parecido a mitos que a razonamientos.« De ninguna manera», dijo Teócrito,« sino exponlos; pues incluso si no es con mucha exactitud, hay algo en lo que lo mítico toca la verdad. Pero antes, dime quién era este Timarco; pues no conocí al hombre».« Con razón, Teócrito», dijo Simias,« pues murió siendo muy joven, y tras pedir a Sócrates ser enterrado junto a Lamprocles, el hijo de Sócrates, que había muerto pocos días antes, habiendo sido amigo y compañero de edad. Este, pues, deseando conocer qué poder tiene el daimon de Sócrates, como joven no innoble que acababa de probar la filosofía, comunicándonoslo solo a mí y a Cebes, bajó a Trofonio, habiendo hecho lo acostumbrado en torno al oráculo. Tras permanecer dos noches abajo y un día, cuando la mayoría ya lo daba por perdido y sus allegados se lamentaban, subió por la mañana muy radiante y, tras adorar al dios, en cuanto se libró de la multitud, nos contaba cosas maravillosas que vio y oyó».
22
Contó que, al descender al oráculo, se encontró primero con una gran oscuridad; luego, tras haber orado, permaneció allí mucho tiempo, sin saber con claridad si estaba despierto o soñando, salvo que le pareció que, al recibir un golpe en la cabeza acompañado de un estruendo, las suturas se separaron y su alma fue liberada. Al retirarse, se mezcló con un aire diáfano y puro, sintiéndose aliviado; le pareció entonces, por primera vez después de mucho tiempo, respirar, pues hasta ese momento se sentía comprimido, y que su alma se expandía como una vela desplegada. Luego, escuchó débilmente un zumbido sobre su cabeza que emitía una voz agradable. Al mirar hacia arriba, no vio la tierra por ninguna parte, sino islas que brillaban con un fuego suave, cambiando de color unas respecto a otras, como si el color variara según los cambios de la luz. Parecían innumerables en cantidad y de tamaño prodigioso, no todas iguales, pero sí igualmente circulares; pensó que el éter emitía un zumbido al ser recorrido por ellas, pues la suavidad de aquella voz, armonizada desde todas ellas, concordaba con la tersura de su movimiento. Entre ellas, un mar o lago se extendía, brillando con colores mezclados a través de su azulado; algunas de las islas navegaban por el canal y cruzaban al otro lado de la corriente, mientras que otras muchas eran arrastradas por la corriente que fluía debajo. El mar tenía en algunos lugares gran profundidad hacia el sur, pero en otros era poco profundo y cenagoso, y en muchas partes se desbordaba y volvía a retirarse, sin formar grandes desembocaduras, y su color era en parte puro y marino, y en parte turbio y pantanoso. Las islas, al ser atravesadas por las corrientes, no regresaban al mismo punto de partida ni formaban un círculo, sino que avanzaban suavemente, trazando una hélice al girar. Hacia el centro de todo el conjunto, el mar se inclinaba, ocupando un poco menos de la octava parte del total, según le pareció; tenía dos aberturas que recibían ríos de fuego que entraban en direcciones opuestas, de modo que, al ser rechazado, el mar hervía y su azulado se blanqueaba. Esto contemplaba, deleitándose con la visión; pero al mirar hacia abajo, apareció un abismo grande y redondo, como una esfera cortada, terriblemente profundo y lleno de una gran oscuridad que no estaba en calma, sino que se agitaba y brotaba con frecuencia; de allí se escuchaban miles de aullidos y gemidos de seres, y el llanto de miles de infantes, mezclado con los lamentos de hombres y mujeres, y ruidos y estruendos de todo tipo, enviados desde el fondo desde muy lejos, ante lo cual él mismo quedó sobrecogido. Con el paso del tiempo, alguien, a quien no veía, le dijo:' Timarco,¿ qué deseas saber?'. Él respondió:' Todo, pues¿ qué no es maravilloso?'. Pero aquel le dijo:' A nosotros nos corresponde poco de las cosas de arriba; esas son de otros dioses. Pero la parte de Perséfone, que nosotros administramos, siendo una de las cuatro que el Estigia delimita, está a tu disposición si deseas observarla'. Al preguntar él qué era el Estigia, le dijo:' Es el camino hacia el Hades, y avanza desde la dirección opuesta, cortando la luz con su propia cima; y al elevarse, como ves, desde el Hades, donde toca y se mueve, delimita la última parte de todas las cosas. Cuatro son los principios de todo: el primero de la vida, el segundo del movimiento, el tercero de la generación y el último de la corrupción. La Mónada une el primero con el segundo según lo invisible; el Intelecto une el segundo con el tercero según el sol; y la Naturaleza une el tercero con el cuarto según la luna. Y en cada uno de los vínculos se sienta una Moira, guardiana de las llaves, hija de la Necesidad: Átropos en el primero, Cloto en el segundo, y Láquesis en el que está junto a la luna, alrededor de la cual se encuentra el giro de la generación. Pues las otras islas tienen dioses, pero la luna tiene demonios, y siendo terrestre, huye del Estigia, superándolo apenas; es capturada una vez cada ciento setenta y siete medidas. Y cuando el Estigia se acerca, las almas gritan aterrorizadas, pues el Hades arrebata a muchas que resbalan, mientras que la luna recupera desde abajo a otras que nadan hacia ella, a quienes el fin les coincidió con el momento de la generación, excepto a las impías e impuras; a estas, lanzando rayos y mugiendo de forma terrible, no les permite acercarse, sino que, lamentando su propio destino, se desvían y son llevadas de nuevo abajo hacia otra generación, como ves'.' Pero no veo nada', dijo Timarco,' sino muchas estrellas que palpitan alrededor del abismo, otras que se hunden en él y otras que saltan desde abajo'.' Es que no sabes que estás viendo a los mismos demonios', dijo.' Es así: toda alma ha participado del intelecto, y no hay ninguna irracional ni sin intelecto, pero lo que de ella se mezcla con la carne y las pasiones, al alterarse, se vuelve hacia lo irracional por placeres y dolores. No toda se mezcla de la misma manera; algunas se hundieron totalmente en el cuerpo y, al ser agitadas por completo por las pasiones, se disipan a lo largo de la vida; otras se mezclaron en parte, pero dejaron fuera lo más puro, que no es arrastrado, sino que, como una boya que flota, toca desde la cabeza del hombre, como si estuviera sumergido en el abismo, un vínculo supremo, y el alma, al enderezarse alrededor de él, sostiene lo que obedece y no es dominado por las pasiones. Lo que se lleva sumergido en el cuerpo se llama alma; lo que quedó de la corrupción, que la mayoría llama intelecto, creen que está dentro de ellos, como las imágenes que aparecen en los espejos por reflexión, pero los que sospechan correctamente, lo llaman demonio, como si fuera algo externo. Por tanto, las estrellas que parecen apagarse, Timarco, considera que son las almas que se hunden totalmente en el cuerpo; y las que parecen brillar de nuevo y aparecer desde abajo, sacudiéndose una especie de bruma y oscuridad como si fuera barro, son las que vuelven a flotar desde los cuerpos después de la muerte; las que se mueven arriba son los demonios de los hombres que se dice que tienen intelecto. Intenta observar el vínculo de cada uno, con el cual está unido al alma'. Al escuchar esto, él mismo prestó más atención y observó que algunas de las estrellas se balanceaban menos y otras más, como vemos a los corchos que señalan las redes en el mar siendo arrastrados; algunas, de manera similar a los husos que se hilan, arrastraban una trayectoria irregular y confusa, sin poder estabilizar el movimiento en línea recta. Dijo que la voz le explicaba que las que tienen un movimiento recto y ordenado utilizan almas bien guiadas gracias a la alimentación y a una educación refinada, que no hacen que lo irracional sea demasiado duro y salvaje; pero las que se inclinan arriba y abajo muchas veces de forma irregular y confusa, como si fueran desgarradas por un vínculo, luchan con disposiciones desobedientes e indómitas por falta de educación, a veces dominando y girando hacia la derecha, y a veces siendo dobladas por las pasiones y arrastradas por los errores, y luego resistiendo y forzando de nuevo. Pues el vínculo, como un freno insertado en la parte irracional del alma, cuando tira en contra, provoca el llamado arrepentimiento por los errores y la vergüenza por los placeres, aquellos que son ilegales y desenfrenados, siendo un dolor y un golpe desde dentro, cuando el alma es amordazada por el que domina y gobierna; hasta que, siendo castigada así, se vuelve obediente y acostumbrada, como una cría mansa, sin necesidad de golpes ni dolor, mediante símbolos y señales, sintiendo al demonio. Estas, pues, tarde y lentamente son conducidas y establecidas hacia lo debido. Pero de aquellas bien guiadas y obedientes desde el principio y desde la generación del propio demonio, es también el género profético y el que escucha a los dioses; de los cuales has oído hablar, supongo, del alma de Hermodoro de Clazómenas, cómo, abandonando totalmente el cuerpo de noche y de día, vagaba por mucho territorio, y luego regresaba, habiendo encontrado y presenciado muchas de las cosas que se decían y hacían lejos; hasta que el cuerpo, traicionado por la mujer, fue quemado en casa por los enemigos, estando vacío de alma. Esto, sin embargo, no es cierto; pues el alma no salía del cuerpo, sino que, cediendo siempre y aflojando el vínculo al demonio, le permitía vagar y recorrer, de modo que, al ver y escuchar muchas cosas de fuera, las comunicaba. Los que hicieron desaparecer el cuerpo mientras dormía, hasta ahora pagan la pena en el Tártaro. Esto lo sabrás más claramente, joven, en el tercer mes; ahora vete'. Al cesar la voz, Timarco dijo que deseaba ver quién era el que hablaba, al girar; pero al sentir de nuevo un fuerte dolor en la cabeza, como si fuera comprimida por la fuerza, ya no conocía ni sentía nada de lo que le rodeaba; luego, sin embargo, después de un poco, al recobrar el sentido, se vio a sí mismo en la entrada de Trofonio, donde se había acostado desde el principio.
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Este es, pues, el relato de Timarco. Y cuando, al llegar a Atenas al tercer mes después de la voz que ocurrió, murió, y nosotros, maravillados, se lo contamos a Sócrates, Sócrates nos reprochó que no lo hubiéramos contado mientras Timarco aún vivía, pues le habría gustado preguntarle a él mismo y cuestionarlo con más claridad. Tienes, Teócrito, junto con el relato, el mito; pero mira si no debemos invitar también al extranjero a la investigación, pues es muy propia y adecuada para hombres divinos.¿ Y qué dijo Epaminondas?¿ No aporta su opinión partiendo de los mismos principios que nosotros? Y mi padre, sonriendo, dijo:' Tal es el carácter de este, extranjero, silencioso y cauteloso ante los discursos, pero insaciable de aprender y escuchar; por eso también Espíntaro de Tarento, habiendo pasado no poco tiempo con él aquí, siempre dice, supongo, que no ha encontrado a ninguno de los hombres de su tiempo que sepa más o que hable menos. Tú, pues, expón lo que tú mismo piensas sobre lo dicho'.
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Yo, pues, dije que el relato de Timarco debe estar consagrado al dios como algo sagrado e inviolable; y me maravillo de si algunos desconfiarán de lo que dice Simmias sobre él, llamando sagrados a cisnes, serpientes, perros y caballos, pero desconfiando de que los hombres sean divinos y amados por los dioses, y esto considerando al dios no como amante de las aves, sino como amante de los hombres. Así pues, como un hombre amante de los caballos no cuida de todos por igual, sino que siempre elige a alguno excelente y, separándolo, lo entrena, lo alimenta y lo ama de manera especial; así también los que están por encima de nosotros, habiendo marcado a los mejores como de un rebaño, los consideran dignos de una educación propia y extraordinaria, guiándolos no con riendas ni correas, sino con la razón a través de símbolos; de los cuales la mayoría y los del rebaño son totalmente ignorantes. Pues ni la mayoría de los perros entienden las señales de caza, ni la mayoría de los caballos las de equitación, sino los que han aprendido, percibiendo inmediatamente lo ordenado a partir de un silbido o un chasquido cualquiera, y se establecen fácilmente en lo que deben. Parece que Homero también conoce la diferencia que decimos; pues a algunos de los adivinos los llama agoreros y sacerdotes, pero a otros los señala como los que entienden y concuerdan con los dioses mismos que hablan, y cree que indican el futuro, en los versos donde dice:' Heleno, el querido hijo de Príamo, comprendió en su mente el consejo que agradaba a los dioses que deliberan', y' pues yo escuché la voz de los dioses inmortales'. Pues, al igual que la intención de los reyes y de los generales, algunos la perciben y conocen desde fuera mediante antorchas, proclamaciones y trompetas, pero a los fieles y conocidos se la dicen ellos mismos; así, lo divino se encuentra con pocos por sí mismo y raramente, pero a la mayoría les da señales, de las cuales se compone la llamada adivinación. Pues los dioses adornan la vida de pocos hombres, a quienes deseen hacer verdaderamente felices y divinos en el sentido estricto; pero las almas que se han liberado de la generación y que descansan el resto del tiempo del cuerpo, como si fueran liberadas por completo, son demonios que cuidan de los hombres, según Hesíodo. Pues, al igual que a los atletas que han terminado su entrenamiento por la vejez no los abandona del todo el afán de gloria y el amor al cuerpo, sino que, al ver a otros entrenar, se alegran, los animan y corren con ellos; así, los que han cesado de las luchas de la vida por virtud del alma, habiéndose convertido en demonios, no desprecian del todo los asuntos, discursos y afanes de aquí, sino que, siendo benevolentes con los que se ejercitan en lo mismo y compartiendo el afán por la virtud, los incitan y los impulsan, cuando ven que ya están cerca de la esperanza y la tocan. Pues el demonio no se une a cualquiera; sino que, como en el caso de los que nadan en el mar, a los que todavía están en alta mar y lejos de la tierra, los que están en tierra solo los observan en silencio, pero a los que ya están cerca, pasando y entrando, los ayudan con la mano y con la voz y los salvan; así, oh, el modo del demonio es que nosotros, siendo sumergidos por los asuntos y tomando muchos cuerpos como vehículos, nos esforcemos y seamos pacientes, intentando salvarnos mediante nuestra propia virtud y alcanzar el puerto. Y cualquier alma que ya haya luchado largas luchas a través de miles de generaciones, bien y con entusiasmo, y al completarse el período, estando en peligro y esforzándose por la salida, se dirija hacia arriba con mucho sudor, a esta el dios no envidia que su propio demonio la ayude, sino que la deja al que se esfuerza; y otro se esfuerza por salvar a otra, incitándola; y ella escucha debido a la cercanía y se salva; pero si no obedece, al abandonarla el demonio, no termina afortunadamente.
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Dicho esto, Epaminondas, mirándome, dijo:' Para ti, Cefisias, es casi hora de ir al gimnasio y no abandonar a los conocidos; nosotros nos ocuparemos de Teánor, disolviendo la reunión cuando parezca oportuno'. Y yo dije:' Hagamos esto; pero creo que este Teócrito quiere hablar un poco conmigo y con Galaxidoro'.' Con buena suerte', dijo,' que hable'; y se levantó y se dirigió hacia la parte curva de la estoa. Y nosotros, rodeándolo, intentábamos exhortarlo a la acción. Él dijo que sabía muy claramente el día del regreso de los exiliados, y que se había organizado con Gorgidas y los amigos para el momento; y que no matarían a ningún ciudadano sin juicio, a menos que surgiera una gran necesidad; por lo demás, también convenía a la multitud de los tebanos que hubiera algunos inocentes y limpios de lo ocurrido, quienes tendrán más confianza ante el pueblo al aconsejar desde lo mejor; esto nos pareció bien. Y él se retiró de nuevo hacia los de Simmias; nosotros, bajando al gimnasio, nos encontramos con los amigos, y cada uno, al tomar a otro mientras luchaban, preguntaba unas cosas y contaba otras y se organizaba para la acción. Veíamos también a los de Arquias y Filipo, ungidos, yéndose a la cena. Pues Filidas, temiendo que mataran a Anfiteo antes de tiempo, inmediatamente después de la escolta de Lisánor, habiendo recibido a Arquias y habiéndolo llenado de esperanzas sobre la mujer que deseaba, como si fuera a llegar al banquete, lo convenció de entregarse a la relajación y al descanso con los que solían ser sus compañeros de libertinaje.
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Ya era tarde y el frío se intensificó al levantarse viento, y por esto, habiéndose retirado la mayoría a sus casas más rápido, nosotros, al encontrarnos con los de Damoclidas, Pelópidas y Teopompo, los acogimos, y otros a otros; pues se separaron inmediatamente después de cruzar el Citerón, y el invierno les permitió pasar por la ciudad sin miedo, con los rostros cubiertos; y a algunos les brilló un rayo a la derecha sin trueno al entrar por las puertas; y la señal pareció buena para la seguridad y la gloria, como si las acciones fueran a ser brillantes y sin peligro.
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Cuando todos estuvimos dentro, cincuenta menos dos, y Teócrito ya estaba sacrificando por su cuenta en una pequeña habitación, hubo un fuerte golpe en la puerta; y poco después llegó alguien anunciando que dos servidores de Arquias, enviados con urgencia hacia Caronte, estaban golpeando la puerta del patio, y ordenaban abrir y se indignaban porque tardaban en responder. Caronte, perturbado, les ordenó abrir inmediatamente, y él mismo, al salir con una corona como si hubiera sacrificado y estuviera bebiendo, preguntaba a los servidores qué querían. Uno de ellos dijo:' Arquias y Filipo nos enviaron ordenándote que vengas lo antes posible ante ellos'. Al preguntar Caronte cuál era la urgencia de llamarlo a esas horas y si había algo nuevo, el servidor dijo:' No sabemos nada más'.'¿ Y qué les decimos?', dijo Caronte.' Que, por Zeus', dijo Caronte, habiéndose quitado ya la corona y tomado el manto,' los sigo; pues al caminar con ustedes a esas horas, perturbaré a algunos como si fuera llevado'.' Hazlo así', dijeron,' pues también nosotros debemos llevar alguna orden de los arcontes a los guardias de la ciudad'. Ellos, pues, se fueron. Cuando Caronte entró ante nosotros y contó esto, un gran asombro nos invadió a todos, pensando que nos habían delatado, y la mayoría sospechaba de Hipostenidas, que había intentado impedir el regreso a través de Clidón, y cuando fracasó y el peligro se unió al momento, había revelado la acción por miedo; pues no llegó con los demás a la casa, sino que en general parecía haber sido malvado y voluble. Sin embargo, todos pensamos que Caronte debía ir y obedecer a los arcontes cuando lo llamaran. Él, habiendo ordenado venir a su hijo, que era el más hermoso de los tebanos, Arquidamo, un niño muy trabajador en los gimnasios, de casi quince años pero que superaba en fuerza y tamaño a sus compañeros, dijo:' Hombres, este es mi único hijo y amado, como saben; se los entrego a ustedes, invocando a todos los dioses y demonios; si apareciera que soy malvado con ustedes, mátenlo, no nos perdonen; por lo demás, hombres buenos, opónganse a lo que ha ocurrido, no permitan que sus cuerpos sean destruidos de forma vergonzosa y sin gloria, sino defiéndanse, manteniendo sus almas invictas para la patria'. Mientras Caronte decía esto, admirábamos su espíritu y su nobleza, pero nos indignábamos ante la sospecha y ordenábamos que se llevara al niño.' En general', dijo Pelópidas,' no nos parece que hayas aconsejado bien, Caronte, al no haber trasladado a tu hijo a otra casa; pues,¿ por qué debe él estar en peligro siendo capturado con nosotros? Y ahora debe ser enviado, para que, si nos pasa algo, se críe como un noble vengador contra los tiranos'.' No es así', dijo Caronte,' sino que permanecerá aquí y estará en peligro con ustedes; pues tampoco es bueno para él ser capturado por los enemigos, sino ten valor más allá de tu edad, hijo, probando luchas necesarias, y arriésgate con muchos y buenos ciudadanos por la libertad y la virtud; y todavía queda mucha esperanza; y algún dios nos observa luchando por lo justo'.
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A muchos de nosotros nos vinieron lágrimas, Arquidamo, ante las palabras del hombre; él mismo, sin lágrimas e impasible, habiendo entregado a su hijo a Pelópidas, caminaba por las puertas, saludando a cada uno de nosotros y animándonos. Y aún más habrías admirado la alegría del propio niño y su falta de miedo ante el peligro, como la de Neoptólemo, sin palidecer ni quedar atónito, sino sacando la espada de Pelópidas y observándola. En esto, Diótonos, uno de los amigos de Cefisodoro, estaba con nosotros, teniendo una espada y una coraza de hierro debajo, y al enterarse de la llamada de Caronte por Arquias, culpaba nuestra demora y nos incitaba a ir inmediatamente a las casas; pues nos adelantaríamos al caer sobre ellos; si no, era mejor salir y luchar al aire libre, contra ellos desordenados y dispersos, que permanecer encerrados en una pequeña habitación como un enjambre que iba a ser sacado por los enemigos. También el adivino Teócrito instaba a lo mismo, como si los sacrificios hubieran sido salvadores, buenos y seguros para la protección.
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Mientras nos armábamos y organizábamos, llega de nuevo Caronte con rostro alegre y sonriendo, y al mirarnos nos ordenaba tener valor, como si no hubiera nada terrible, sino que la acción marchara por buen camino.' Pues Arquias', dijo,' y Filipo, cuando escucharon que yo venía llamado, estando ya pesados por la embriaguez y con los cuerpos y las almas relajados, apenas se levantaron y salieron fuera a las puertas. Y al decir Arquias:' Caronte, escuchamos que exiliados se esconden en la ciudad habiendo entrado a escondidas', yo, muy perturbado, dije:'¿ Y dónde se dice que están y quiénes son?'.' No lo sabemos', dijo Arquias;' y por esto te ordenamos venir, por si acaso hubieras escuchado algo más claro'. Y yo, recuperando un poco el sentido como de un golpe, consideré que la denuncia era un rumor no seguro, y que la acción no había sido revelada por ninguno de los que sabían; pues no ignorarían la casa si alguien que supiera con exactitud hubiera denunciado; de otro modo, una sospecha o un rumor vago que circulaba por la ciudad había llegado a ellos. Le dije, pues, que:' Mientras Androclidas vivía, sé que muchas veces tales rumores fluían en vano y discursos falsos nos molestaban; ahora, sin embargo', dije,' no he escuchado nada de eso, Arquias; pero investigaré el asunto si lo ordenas; y si me entero de algo digno de preocupación, no se les ocultará'.' Por supuesto', dijo Filidas,' no dejes nada sin investigar ni sin escuchar sobre esto; pues¿ qué impide no despreciar nada, sino vigilar todo y prestar atención? Pues la previsión y la seguridad son buenas'. Y al mismo tiempo, tomando a Arquias, lo llevó a la casa donde estaban bebiendo. Pero no nos demoremos, hombres', dijo,' y habiendo orado a los dioses, salgamos'. Al decir esto Caronte, oramos a los dioses y nos animamos unos a otros.
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Era, pues, la hora en que los hombres están más en la cena, y el viento, intensificándose más, ya provocaba una nevada mezclada con una fina llovizna; de modo que había mucha soledad al pasar por los callejones. Los que fueron asignados contra Leóntidas y Hipates, que vivían cerca el uno del otro, salieron con mantos, sin tener otra arma que una daga cada uno( y entre ellos estaban Pelópidas, Damoclidas y Cefisodoro); Caronte y Melón y los que estaban con ellos, que iban a atacar a los de Arquias, habiéndose puesto medias corazas y teniendo coronas espesas, unos de abeto y otros de pino, y algunos incluso vistiendo túnicas de mujer, imitando a los borrachos que celebran una fiesta con mujeres. Pero la suerte peor, Arquidamo, igualando las debilidades y la ignorancia de los enemigos con nuestras audacias y preparativos, y como un drama que embellece nuestra acción desde el principio con episodios peligrosos, se precipitó hacia la obra misma, trayendo una lucha aguda y terrible de un giro inesperado. Pues cuando Caronte, después de convencer a los de Arquias y Filipo, se retiró a casa y nos preparaba para la acción, llegó desde ustedes una carta de Arquias el hierofante para aquel Arquias, siendo amigo suyo y extranjero, al parecer, anunciando el regreso y la conspiración de los exiliados y la casa en la que habían entrado, y los que colaboraban con ellos. Y ya inundado por la embriaguez y excitado por la espera de las mujeres, Arquias recibió la carta, y al decir el portador que le había escrito sobre asuntos importantes, dijo:' Los asuntos importantes, pues, para mañana'. Y puso la carta debajo de la almohada, y al pedir una copa ordenó servir, y enviaba a Filidas continuamente a las puertas para ver si las mujeres venían.
31
Habiendo sido guiado el banquete por tal esperanza, nos acercamos y, empujando inmediatamente a través de los sirvientes hacia el andrón, nos detuvimos un poco en las puertas observando a cada uno de los que estaban acostados. La visión de las coronas y de la vestimenta, engañando sobre nuestra llegada, hizo silencio; pero cuando Melón se lanzó primero a través del medio, habiendo puesto la mano en la empuñadura de la espada, Cabirico, el arconte elegido por sorteo, tirando de su brazo mientras pasaba, gritó:'¿ No es este Melón, Filidas?'. De este, pues, frustró la conspiración junto con la espada; pero al correr hacia Arquias, que se levantaba con dificultad, no dejó de golpearlo hasta que lo mató. A Filipo lo hirió Caronte en el cuello, y mientras se defendía con las copas que estaban allí, Lisiteo, al derribarlo de la cama al suelo, lo eliminó. A Cabirico lo calmamos nosotros, pidiéndole que no ayudara a los tiranos, sino que ayudara a liberar la patria, siendo sagrado y consagrado a los dioses por ella. Y como por el vino no era fácil de convencer por la razón hacia lo conveniente, sino que estaba alterado y perturbado y se levantaba, y presentaba la lanza por la punta, que es lo que por costumbre siempre llevan los arcontes entre nosotros, yo, habiendo tomado la lanza por el medio y levantándola sobre la cabeza, gritaba que la soltara y se salvara, si no, sería golpeado; y Teopompo, habiendo estado a la derecha y golpeándolo con la espada, dijo:' Yace aquí con estos a los que adulabas; pues no te corones en una Tebas libre ni sacrifiques más a los dioses, por los cuales maldijiste muchas veces a la patria orando por los enemigos'. Al caer Cabirico, Teócrito, que estaba presente, arrebató la lanza sagrada del asesinato, y a los pocos sirvientes que se atrevieron a defenderse los eliminamos nosotros; y a los que estaban tranquilos los encerramos en el andrón, no queriendo que, al escapar, anunciaran lo ocurrido, antes de saber si las cosas de los compañeros habían salido bien.
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También aquellas cosas se hicieron de esta manera: los de Pelópidas golpearon la puerta del patio de Leóntidas acercándose en silencio, y al que respondió de los sirvientes le dijeron que venían cartas de Atenas para Leóntidas enviadas por Calístrato. Y al anunciar y ser ordenado abrir, quitó el cerrojo y abrió un poco la puerta, y al entrar en masa y derribar al hombre, corrieron por el patio hacia la habitación. Él, al ser llevado inmediatamente a la verdad por la sospecha y al desenvainar la daga, se lanzó a la defensa, hombre injusto y tiránico, pero fuerte en el alma y vigoroso de mano; sin embargo, no pensó en apagar la lámpara y mezclarse en la oscuridad con los que atacaban, sino que, siendo visto a la luz por ellos al abrirse la puerta, golpea a Cefisodoro en el costado; y al encontrarse con Pelópidas, el segundo, gritaba en voz alta llamando a los sirvientes. Pero a ellos los contenían los de Samidas, no arriesgándose a entrar en combate con hombres muy ilustres de los ciudadanos y que destacaban en valor. Había una lucha para Pelópidas contra Leóntidas y un duelo en las puertas de la habitación, que eran estrechas, y al haber caído Cefisodoro en medio de ellas y estar muriendo, de modo que los otros no podían ayudar. Al final, el nuestro, habiendo recibido una herida no grande en la cabeza, pero habiendo dado muchas y derribado a Leóntidas, lo degolló sobre el cálido Cefisodoro. Pues el hombre vio caer al enemigo y le dio la mano derecha a Pelópidas; y al saludar a los demás, al mismo tiempo expiró alegre. Habiendo terminado con esto, se dirigen hacia Hipates, y al abrirse las puertas de manera similar a ellos, matan a Hipates mientras huía por un tejado hacia los vecinos.
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Desde allí se apresuraban hacia nosotros y nos encontramos fuera junto a la Poliestilo. Al saludarnos y hablar, nos dirigíamos hacia la prisión. Al llamar al que estaba a cargo de la cárcel, Filidas dijo:' Arquias y Filipo te ordenan llevar rápidamente ante ellos a Anfiteo'. Él, al ver la extrañeza de la hora y que Filidas no le hablaba con calma, sino que estaba caliente por la lucha y alterado, sospechando la invención, dijo:' Filidas,¿ a estas horas los polemarcas llamaron a un prisionero?¿ Y por qué a través de ti?¿ Y qué traes como señal?'. Y al mismo tiempo que la palabra, teniendo una lanza de caballería, la atravesó por los costados y derribó al hombre malvado, sobre el cual incluso de día se subieron y escupieron no pocas mujeres. Nosotros, al romper las puertas de la cárcel, llamábamos por su nombre primero a Anfiteo, luego a los otros, a quien cada uno tenía como allegado. Ellos, al reconocer la voz, saltaban de las camas de tierra alegremente arrastrando las cadenas; otros, que tenían los pies atados en el cepo, extendían las manos gritando y suplicando no ser abandonados. Al ser liberados estos, ya muchos de los que vivían cerca se acercaban al darse cuenta de lo que se hacía y alegrándose. Las mujeres, cuando cada una escuchaba sobre su allegado, no cumpliendo con las costumbres de los beocios, salían corriendo unas hacia otras y preguntaban a los que se encontraban; y las que encontraban a sus padres o maridos los seguían, y nadie lo impedía; pues había un gran peso hacia los que se encontraban, la compasión de ellos y las lágrimas y las súplicas de las mujeres sensatas.
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Estando así las cosas, al enterarme de que Epaminondas y Gorgidas ya se estaban reuniendo con sus amigos cerca del templo de Atenea, me dirigí hacia ellos; llegaron muchos ciudadanos de bien y cada vez se congregaban más. Cuando les informé detalladamente de lo sucedido y les insté a acudir al ágora para prestar ayuda, todos a una proclamaron inmediatamente la libertad a los ciudadanos. Para las multitudes que se iban reuniendo, las estoas, llenas de botines de toda clase, y los talleres de los cuchilleros que vivían cerca, proporcionaban armas. Llegó también Hipostenidas con sus amigos y criados, trayendo consigo a los trompeteros que por azar se encontraban en la ciudad para las Heracleas. De inmediato, unos empezaron a tocar las trompetas en el ágora y otros en distintos lugares, sembrando el desconcierto por todas partes entre los adversarios, como si todos se hubieran sublevado; algunos, incluso, huyeron tras incendiar la Cadmea, llevándose consigo a los llamados mejores, que solían pasar la noche abajo, cerca de la acrópolis. Los que estaban arriba, al ver que estos se precipitaban de forma desordenada y presa del pánico, y al observarnos a nosotros en el ágora, sin que ninguna parte permaneciera tranquila, sino que por todas partes surgían ruidos y alborotos, no pensaron en bajar, a pesar de ser unos cinco mil en total; aterrados por el peligro, buscaron otra excusa en Lisánoridas, pues esperaban la llegada de este aquel día. Por ello, más tarde, según supimos, los ancianos de los lacedemonios lo castigaron con una multa considerable, mientras que a Herípidas y Arceso los ejecutaron inmediatamente al capturarlos en Corinto, y nos entregaron la Cadmea bajo pacto, retirándose con sus soldados.