De Heroditi malignate
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Original / primary: Spanish Gemini
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A muchos, Alejandro, el estilo de Heródoto, por ser sencillo, exento de esfuerzo y deslizarse con facilidad sobre los hechos, los ha engañado; pero a más aún les ha ocurrido esto respecto a su carácter. Pues no solo es, como dice Platón, la injusticia extrema parecer justo sin serlo, sino que también es obra de una malicia consumada imitar la sencillez y la llaneza de un modo insoportable. Dado que se ha ensañado especialmente contra los beocios y los corintios, sin haber perdonado a ninguno de los demás, creo que nos corresponde a nosotros defender a nuestros antepasados y, al mismo tiempo, a la verdad, precisamente en esta parte de su obra, pues querer refutar las demás mentiras y ficciones requeriría muchos libros. Pero es terrible el rostro de la Persuasión, como dice Sófocles, y más aún cuando en un discurso que posee gracia y tal fuerza se logra ocultar las demás extravagancias y el carácter del autor. Pues Filipo decía a los griegos que se apartaban de él para unirse a Tito que tomaban un yugo más suave pero más largo; la malicia de Heródoto es, ciertamente, más suave y blanda que la de Teopompo, pero muerde y duele más, como los vientos que soplan ocultamente a través de un estrecho, más que los que se dispersan. Me parece mejor, tras haber tomado como modelo todo lo que en conjunto no es puro ni benévolo, sino que son como huellas y señales de una narración maliciosa, aplicar a esto cada uno de los puntos examinados, si encaja.
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En primer lugar, quien al hablar de los hechos utiliza los términos y expresiones más odiosos, habiendo otros más moderados— como si, pudiendo decir que Nicias estaba demasiado entregado a la adivinación, lo llamara poseído por los dioses, o llamara a la audacia y locura de Cleón más bien ligereza—, no es benévolo, sino que parece disfrutar del hecho de narrar con astucia.
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En segundo lugar, cuando a alguien le acompaña un mal que, por lo demás, no tiene que ver con la historia, y el autor se apodera de ello y lo intercala en hechos que no lo requieren, sino que alarga y rodea la narración para incluir la desgracia de alguien o una acción extraña y poco noble, es evidente que se complace en la maledicencia. De ahí que Tucídides, aun siendo abundantes los errores de Cleón, no hiciera explícita la narración; al mencionar a Hipérbolo, el demagogo, con una sola palabra y llamarlo hombre vil, lo dejó pasar. Filisto, por su parte, omitió todas las injusticias de Dionisio contra los bárbaros que no estaban entrelazadas con los asuntos griegos. Pues las digresiones y desviaciones de la historia se conceden sobre todo a los mitos y a las antigüedades, y además a los elogios; pero quien hace de la difamación y la censura un apéndice del discurso parece caer en la maldición trágica, al elegir las desgracias de los mortales.
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Y, ciertamente, lo contrario a esto es evidente que es la omisión de algo noble y bueno, lo cual parece ser un asunto irresponsable, pero, al hacerse maliciosamente, si lo omitido cae en un lugar apropiado para la historia, pues no es más moderado omitir el elogio que disfrutar censurando, sino que, además de no ser más moderado, quizás sea incluso peor.
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En cuarto lugar, establezco como señal de un modo no benévolo en la historia el hecho de que, habiendo dos o más versiones sobre un mismo asunto, se incline por la peor. Pues a los sofistas les está permitido, para ejercitarse o por gloria, adornar a veces al más débil tomando sus argumentos; pues no producen una fe firme sobre el hecho ni niegan a menudo intentar lo paradójico en favor de lo increíble; pero quien escribe historia tiene el deber de decir lo que sabe que es verdad, y de los asuntos inciertos, parece más justo decir que se cuentan los mejores que los peores. Muchos, en cambio, omiten por completo los peores, como, por ejemplo, respecto a Temístocles, Éforo, al decir que conoció la traición de Pausanias y los tratos con los generales del rey, afirma que no se dejó convencer ni aceptó cuando se le comunicó y se le invitó a las mismas esperanzas; Tucídides, en cambio, omitió por completo este relato por haberlo considerado falso.
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Además, en los casos en que se admite que algo ha ocurrido, pero la causa desde la que se ha hecho y la intención son inciertas, quien conjetura hacia lo peor es hostil y malicioso; como los autores de comedias que afirman que la guerra fue encendida por Pericles a causa de Aspasia o de Fidias, y no más bien por cierta ambición y rivalidad para abatir el orgullo de los peloponesios y por no querer ceder en nada ante los lacedemonios. Pues si alguien, ante obras y hechos que gozan de buena fama y son elogiados, propone una causa vil y se desliza mediante calumnias hacia sospechas extrañas sobre la intención oculta del autor, no pudiendo censurar el hecho mismo de forma manifiesta( como los que atribuyen el asesinato del tirano Alejandro por parte de Teba no a la grandeza de ánimo ni al odio al mal, sino a obra de cierto celo y pasión femenina, y dicen que Catón se quitó la vida temiendo una muerte con tormentos por parte de César), es evidente que no ha dejado margen para la envidia y la malicia.
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La narración histórica también admite malicia contra el modo de la obra si afirma que el hecho no se logró mediante la virtud, como algunos dicen que Filipo lo logró sin esfuerzo alguno y fácilmente, como dicen que Alejandro lo hizo no con prudencia sino por fortuna, como los enemigos de Timoteo, escribiendo en cuadros cómo las ciudades mismas se deslizaban hacia una red mientras él dormía. Pues es evidente que disminuyen la grandeza y la belleza de las acciones quienes arrebatan lo que se hizo noblemente, con esfuerzo, según la virtud y por sí mismos.
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Es posible, pues, acusar de dificultad, audacia y locura a quienes hablan mal de otros directamente, si no se moderan; pero los que utilizan las calumnias de forma indirecta, como con flechas desde lo oculto, y luego, dando vueltas y retirándose, al afirmar que no creen lo que desean que sea muy creído, negando la malicia, añaden vileza a su malicia.
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Cerca de estos están los que anteponen ciertos elogios a las censuras, como Aristóxeno respecto a Sócrates, al llamarlo inculto, ignorante y desenfrenado, añadió que no le acompañaba la injusticia. Pues, al igual que los que adulan con cierta técnica y habilidad a veces mezclan censuras ligeras con muchos y largos elogios, como si añadieran la franqueza como condimento a la adulación, así el malicioso deposita de antemano el elogio para dar crédito a lo que censura.
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Se podrían enumerar aún más caracteres; pero estos bastan para proporcionar una comprensión de la intención y el modo de ser del hombre.
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En primer lugar, comenzando como desde el hogar por Ío, la hija de Ínaco, a quien todos los griegos consideran divinizada por los honores de los bárbaros y haber dejado su nombre a muchos mares y a los mayores estrechos por su gloria, y haber proporcionado el origen y la fuente de los linajes más ilustres y reales; a esta, el noble dice que se entregó a mercaderes fenicios, habiendo sido corrompida voluntariamente por el capitán del barco y temiendo que se hiciera evidente al quedar embarazada. Y calumnia a los fenicios diciendo que cuentan esto sobre ella. Al decir que los sabios de los persas dan testimonio de que los fenicios raptaron a Ío junto con otras mujeres, inmediatamente declara su opinión de que la obra más bella y grande de Grecia, la guerra de Troya, fue una necedad por causa de una mujer vil. Pues dice que es evidente que, si ellas no hubieran querido, no habrían sido raptadas. Digamos, pues, que también los dioses actúan con necedad, al enfurecerse contra los lacedemonios por las hijas de Leuctro que fueron violadas, y al castigar a Áyax por la insolencia contra Casandra; pues, según Heródoto, es evidente que, si ellas no hubieran querido, no habrían sido ultrajadas. Y, sin embargo, él mismo dice que Aristómenes fue raptado vivo por los lacedemonios, y Filopemen, más tarde, el general de los aqueos, sufrió esto mismo, y los cartagineses capturaron a Régulo, el cónsul de los romanos; de quienes es difícil encontrar hombres más guerreros y belicosos. Pero no es de extrañar, cuando los hombres capturan vivas incluso a leopardas y tigres; Heródoto, en cambio, acusa a las mujeres violadas, disculpando a los que las raptaron.
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Es tan filobárbaro que, tras liberar a Busiris del supuesto sacrificio humano y asesinato de extranjeros, y tras dar testimonio de gran santidad y justicia a todos los egipcios, traslada esta abominación y asesinato contra los griegos. Pues en el segundo libro dice que Menelao, tras recuperar a Helena de manos de Proteo y ser honrado con grandes dones, se convirtió en el hombre más injusto y vil; pues, retenido por la falta de viento, tramó un acto impío, y tras tomar a dos hijos de hombres del lugar, los hizo víctimas de sacrificio, y, odiado por esto y perseguido, se marchó huyendo en sus naves hacia Libia. Este relato no sé qué egipcio lo ha contado; pero lo contrario, muchos honores tanto de Helena como de Menelao, se conservan entre ellos.
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El autor, insistiendo, dice que los persas se acuestan con muchachos habiéndolo aprendido de los griegos; y, sin embargo,¿ cómo deben los persas a los griegos la enseñanza de esta desenfreno, entre quienes, poco falta para que sea admitido por todos, los muchachos eran castrados antes de ver el mar griego? Y que los griegos aprendieron de los egipcios las procesiones y festividades, y a venerar a estos doce dioses, y que Melampo aprendió el nombre de Dioniso de los egipcios y lo enseñó a los demás griegos; y que los misterios y los ritos de Deméter fueron traídos de Egipto por las hijas de Dánao, y dice que los egipcios se golpean y se lamentan, pero no quiere nombrar a quiénes, sino mantenerse reservado sobre las cosas divinas. Pero a Heracles y a Dioniso, declarándolos dioses donde los egipcios, y hombres envejecidos donde los griegos, en ningún lugar se propuso esta cautela; y, sin embargo, dice que el Heracles egipcio fue de los segundos dioses y Dioniso de los terceros, como si hubieran tenido un principio de nacimiento y no fueran eternos; pero, aun así, declara a aquellos dioses, mientras que a estos cree que debe ofrecerles sacrificios como a muertos y héroes, y no sacrificios como a dioses. Lo mismo ha dicho sobre Pan, destruyendo con las arrogancias y mitologías de los egipcios lo más venerable y puro de los santuarios griegos.
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Y esto no es lo terrible; sino que, al remontar el linaje de Heracles hasta Perseo, dice que Perseo fue asirio según el relato de los persas; y dice que los jefes de los dorios parecerían ser egipcios de nacimiento, enumerando los antepasados desde Dánae, la hija de Acrisio. Pues omitió por completo a Épafo, a Ío, a Iaso y a Argos, esforzándose no solo por declarar que otros Heracles eran egipcios y fenicios, sino también por extranjerizar de Grecia a este, que él mismo dice que fue el tercero. Y, sin embargo, de los hombres antiguos y sabios, ni Homero, ni Hesíodo, ni Arquíloco, ni Pisandro, ni Estesícoro, ni Alcmán, ni Píndaro tuvieron noticia de un Heracles egipcio o fenicio, sino que todos conocen a este único Heracles, el beocio y a la vez argivo.
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Y, ciertamente, de los siete sabios, a quienes él mismo llamó sofistas, declara que Tales era fenicio de linaje desde antiguo, un bárbaro; y, al insultar a los dioses bajo la máscara de Solón, dijo esto:' Creso, me preguntas sobre asuntos humanos sabiendo que todo lo divino es envidioso y perturbador'; lo que él mismo pensaba sobre los dioses, al atribuírselo a Solón, añade malicia a la blasfemia. A Pítaco, pues, al utilizar asuntos pequeños y no dignos de mención, omitió lo que es lo más grande y bello de los hechos del hombre. Pues, estando en guerra atenienses y mitileneos por Sigeo, y habiendo desafiado Frinón, el general de los atenienses, a quien quisiera a un duelo, Pítaco salió al encuentro y, envolviendo al hombre con una red, siendo este robusto y grande, lo mató; y, dando los mitileneos grandes dones, tras lanzar su lanza, solo reclamó el terreno que alcanzó la punta, y se llama hasta hoy' Pitaqueo'.¿ Qué hizo, pues, Heródoto al llegar a este punto? En lugar de la hazaña de Pítaco, narró la huida del poeta Alceo de la batalla, tras arrojar las armas, dando testimonio de que, al no escribir las cosas buenas y no omitir las vergonzosas, dicen que de una misma malicia nacen tanto la envidia como la alegría por el mal ajeno.
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Después de esto, a los Alcmeónidas, hombres que fueron y liberaron a la patria de la tiranía, al arrojarlos a la acusación de traición, dice que recibieron a Pisístrato tras su exilio y lo ayudaron a regresar a cambio del matrimonio con la hija de Megacles; y que la joven dijo a su madre:' Madre,¿ ves? Pisístrato no se une a mí según la ley'. Y que por esto los Alcmeónidas, indignados por la transgresión, expulsaron al tirano.
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Para que tampoco los lacedemonios tengan menos malicia que los atenienses, mira cómo ha arruinado al más admirado y honrado entre ellos, a Otríades; dice que el único que quedó de los trescientos, avergonzado de regresar a Esparta habiendo perecido sus compañeros de fila, se dio muerte allí mismo en Tirea. Pues arriba dice que la victoria era disputada por ambos, pero aquí, con la vergüenza de Otríades, testificó la derrota de los lacedemonios; pues, habiendo sido derrotado, vivir era vergonzoso, pero sobrevivir venciendo era lo más bello.
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Dejo pasar que, tras decir que Creso era ignorante, arrogante y ridículo en todo, dice que, habiéndose convertido en prisionero, Ciro era educado y amonestado por él, quien por prudencia, virtud y grandeza de ánimo parece haber superado a todos los reyes; y, al dar testimonio de que para Creso no hubo otro bien que honrar a los dioses con muchas y grandes ofrendas, demuestra que esto mismo es lo más impío de todas sus obras. Pues dice que su hermano Pantaleón disputaba con él por el reino, estando aún vivo el padre; Creso, pues, cuando se estableció en el reino, hizo destruir a uno de los conocidos y amigos de Pantaleón en un batan, y, tras hacer ofrendas a los dioses con su dinero, las envió. Y dice que Deyoces el medo, que adquirió el mando por virtud y justicia, no nació así por naturaleza, sino que, enamorado de la tiranía, se apoderó de ella con la pretensión de justicia.
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Pero dejo los asuntos de los bárbaros, pues él mismo ha creado abundancia en los asuntos griegos. Dice que los atenienses y la mayoría de los demás jonios se avergüenzan de este nombre, no queriendo, sino huyendo de ser llamados jonios, y que los que consideran que son los más nobles de ellos, habiendo partido del pritaneo de los atenienses, engendraron hijos de mujeres bárbaras, tras matar a sus padres, maridos e hijos; por lo cual las mujeres establecieron una ley y prestaron juramentos y los transmitieron a sus hijas, de no comer nunca con sus maridos ni llamar por su nombre a su propio marido, y que los actuales milesios nacieron de aquellas mujeres; y, tras insinuar que los que celebran la fiesta de las Apaturias son puramente jonios— y dice que todos la celebran excepto los efesios y colofonios—, así los ha excluido de la nobleza.
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Dice que los cimeos y mitileneos se preparaban para entregar a Pactias, que se había rebelado contra Ciro, por una recompensa, no sé cuál, pues no puedo decirlo con exactitud;' es bueno no asegurar cuánto era la recompensa, pero lanzar tal oprobio contra una ciudad griega, como si lo supiera claramente'. Sin embargo, los quios entregaron a Pactias, que había sido llevado ante ellos desde el templo de Atenea protectora de la ciudad, y que los quios hicieron esto tras recibir Atarneo como recompensa; y, sin embargo, Carón de Lámpsaco, hombre más antiguo, que estuvo en los relatos sobre Pactias, no ha manchado con tal ignominia ni a los mitileneos ni a los quios; y ha escrito esto al pie de la letra:' Pactias, cuando se enteró de que el ejército persa avanzaba, se marchó huyendo, primero a Mitilene, y luego a Quíos; y allí lo capturó Ciro'.
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En el tercer libro, al narrar la expedición de los lacedemonios contra el tirano Polícrates, dice que los samios pensaban y decían que habían hecho la expedición como pago de gratitud por la ayuda contra los mesenios, devolviendo a los ciudadanos exiliados y luchando contra el tirano; pero que los lacedemonios niegan esta causa y dicen que no hicieron la expedición ayudando ni liberando, sino castigando a los samios por haberles arrebatado una crátera enviada a Creso y una coraza que, a su vez, les era enviada por Amasis. Y, sin embargo, no conocemos ciudad en aquellos tiempos tan ambiciosa ni tan enemiga de los tiranos como la de los lacedemonios; pues,¿ por qué coraza o por qué otra crátera expulsaron a los Cipselidas de Corinto y Ambracia, a Ligdamis de Naxos, a los hijos de Pisístrato de Atenas, a Esquines de Sición, a Símaco de Tasos, a Aulis de los focenses, a Aristógenes de Mileto, y pusieron fin a la dinastía en Tesalia, derrocando a Aristomedes y a Ángel a través del rey Leotíquidas? Sobre lo cual se ha escrito con más precisión en otros lugares; pero según Heródoto, no han dejado margen para la malicia ni para la necedad, si, negando la causa más bella y justa de la expedición, admitían que atacaban a hombres desgraciados y que sufrían mal por rencor y mezquindad.
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No obstante, a los lacedemonios, al haber caído de algún modo bajo su pluma, los manchó, pero a la ciudad de los corintios, que estaba fuera de camino en este punto, aun así, al incluirla, como dicen, como un trabajo secundario del camino, la llenó de una acusación terrible y de una calumnia muy vil. Pues dice que los corintios también participaron con entusiasmo en la expedición contra Samos, por haber sufrido una insolencia por parte de los samios anteriormente. Era tal: Periandro, el tirano de Corinto, enviaba a trescientos hijos de los principales de los corcireos a Aliatis para ser castrados; estos, al desembarcar en la isla, los samios, tras enseñarles a sentarse como suplicantes en el templo de Artemisa y poniéndoles delante cada día dulces de sésamo y miel, los salvaron. El autor llama a esto insolencia de los samios contra los corintios y dice que por esto incitaron a los lacedemonios contra ellos muchos años después, tomando como pretexto que guardaron a trescientos hijos de griegos como hombres. Pero el que atribuye este oprobio a los corintios declara que la ciudad es más vil que el tirano; pues aquel se vengó de los corcireos que mataron a su hijo, pero los corintios,¿ qué sufrieron para castigar a los samios que se interpusieron ante tal crueldad y transgresión, y esto tras tres generaciones, guardando ira y rencor por una tiranía, de la cual, al ser derrocada, no cesaban de borrar y hacer desaparecer todo monumento y toda huella, siendo esta cruel y pesada para ellos? Pero, ciertamente, la insolencia de los samios contra los corintios era tal;¿ cuál fue el castigo de los corintios contra los samios? Pues si realmente estaban enfadados con los samios, no incitar, sino disuadir a los lacedemonios de hacer la expedición contra Polícrates era lo que les correspondía, para que, al ser derrocado el tirano, los samios no se volvieran libres y dejaran de ser esclavos. Y lo que es más grande,¿ por qué los corintios estaban enfadados con los samios que quisieron salvar y no pudieron a los hijos de los corcireos, y no acusaban a los cnidios que los salvaron y devolvieron? Y, sin embargo, los corcireos no tienen mucho relato sobre los samios por esto, pero recuerdan a los cnidios y para los cnidios hay honores, exenciones de impuestos y decretos entre ellos; pues estos, tras navegar, expulsaron del templo a los guardias de Periandro, y ellos mismos, tras recoger a los muchachos, los llevaron a Corcira, como Antenor ha narrado en los' Creticos' y Dionisio el de Calcis en las' Fundaciones'. Que los lacedemonios no hicieron la expedición castigando a los samios, sino liberándolos del tirano y salvándolos, se puede usar a los mismos samios como testigos. Pues dicen que para Arquias, hombre espartano que luchó brillantemente entonces y cayó, hay una tumba construida públicamente en Samos y honrada por ellos; por lo cual también dicen que los descendientes del hombre siempre continúan tratándose con los samios de forma familiar y humana, como el mismo Heródoto, al menos, ha dado testimonio de esto.
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En el quinto libro, dice que Clístenes persuadió a la Pitia para que se convirtiera en una falsa adivina, proponiendo siempre a los lacedemonios liberar a Atenas de los tiranos; atribuyendo a la obra más bella y justa la calumnia de una impiedad y una manipulación tan grande, y arrebatando al dios una profecía bella y buena, digna de la llamada Temis que profetizaba con él. Y que Iságoras se entregaba a Cleómenes que frecuentaba a su esposa; como solía, mezclando ciertos elogios con las censuras para dar crédito:' Iságoras, dice, era de la casa de Tisandro, que era reputada, pero no puedo decir desde antiguo; sus parientes sacrifican a Zeus Carios'. Muy elegante y político es el olfato del autor, al enviar a Iságoras a los carios como si fuera a los cuervos. A Aristogitón, sin embargo, ya no de forma indirecta y maliciosa, sino directamente a través de las puertas, lo expulsa hacia Fenicia, diciendo que era gefireo desde antiguo; y dice que los gefireos no eran de Eubea ni eretrios, como algunos piensan, sino fenicios, habiéndolo él mismo averiguado así. No pudiendo, pues, arrebatar a los lacedemonios la liberación de los atenienses de los tiranos, es capaz de hacer desaparecer y deshonrar la obra más bella con la desgracia más vergonzosa; pues dice que se arrepintieron rápidamente, como si no hubieran actuado correctamente, porque, incitados por oráculos falsos, expulsaron de la patria a los tiranos que eran hombres extranjeros para ellos y que prometían entregar Atenas bajo su mando, y entregaron la ciudad a un pueblo ingrato. Luego, tras enviar a buscar a Hipias desde Sigeo, lo traían de vuelta a Atenas; pero que los corintios se opusieron a ellos y los disuadieron, tras haber expuesto Socles cuántos males causaron Cípselo y Periandro a la ciudad de los corintios al tiranizar. Y, sin embargo, no se narra obra más cruel ni más salvaje de Periandro que la expulsión de aquellos trescientos, a quienes dice que los corintios se enfadaban y guardaban rencor a los samios por haberlos arrebatado y evitado que sufrieran esto, como si hubieran sido ultrajados. De tanta confusión y desacuerdo llena su malicia el relato, deslizándose en la narración desde cualquier pretexto.
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En los siguientes, al narrar los asuntos de Sardes, disolvió y arruinó la acción tanto como pudo; a las naves que los atenienses enviaron a los jonios como socorro tras rebelarse contra el rey, se atrevió a llamarlas' causantes de males', porque intentaron liberar a tantas y tan grandes ciudades griegas de los bárbaros, y mencionó a los eretrios de pasada y omitió una gran hazaña digna de canto. Pues ya, como si Jonia estuviera confundida y una flota real se acercara, tras salir al encuentro, derrotaron a los chipriotas en el mar de Panfilia; luego, tras regresar y dejar las naves en Éfeso, atacaron Sardes y sitiaron a Artafernes que se había refugiado en la acrópolis, queriendo liberar el asedio de Mileto; y esto lo hicieron y levantaron a los enemigos de allí, que estaban en un miedo admirable, pero, al verterse sobre ellos una multitud, se retiraron. Estos asuntos los han contado otros y Lisanias de Malos en los asuntos sobre Eretria; y habría estado bien, aunque solo fuera por esto, añadir a la captura y destrucción de la ciudad esta hazaña y victoria; pero él dice que, tras ser vencidos por los bárbaros, fueron perseguidos hasta las naves, sin que Carón de Lámpsaco narre nada parecido, sino escribiendo esto al pie de la letra:' Los atenienses navegaron con veinte trirremes para socorrer a los jonios, y marcharon contra Sardes y la tomaron; todos los asuntos de Sardes excepto el muro real; tras hacer esto, regresaron a Mileto'.
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En el sexto, tras narrar sobre los plateenses, cómo se entregaban a los espartanos, y estos les ordenaron más bien dirigirse a los atenienses por ser vecinos y no malos socorredores; añade, no por sospecha ni opinión, sino como si supiera con exactitud, que los lacedemonios aconsejaban esto no tanto por benevolencia hacia los plateenses, sino queriendo que los atenienses tuvieran trabajo al estar enfrentados con los beocios. Por tanto, si Heródoto no es malicioso, los lacedemonios son intrigantes y maliciosos, los atenienses insensatos por haber sido engañados, y los plateenses fueron arrojados al medio no por benevolencia ni honor, sino como pretexto de guerra.
26
Y, ciertamente, ya ha sido claramente refutado al mentir sobre los lacedemonios respecto a la luna llena, a la que dice que esperaban para no socorrer a los atenienses en Maratón; pues no solo han hecho otras diez mil salidas y batallas al principio del mes, sin esperar a la luna llena, sino que, habiéndose producido esta batalla el seis del mes de Boedromión, llegaron poco después, de modo que incluso vieron a los muertos al llegar al lugar. Pero, aun así, ha escrito esto sobre la luna llena:' les era imposible hacer esto al momento, no queriendo romper la ley; pues era el nueve del mes, y decían que no saldrían el nueve, no estando lleno el círculo'. Estos, pues, esperaban la luna llena, pero tú trasladas la luna llena al principio del mes, que es el momento de la conjunción, y perturbas el cielo, los días y todos los asuntos; y esto, prometiendo escribir los asuntos de Grecia. Y, habiéndote esforzado especialmente por Atenas, no has narrado la procesión hacia Agra, que celebran aún hoy a Hécate como agradecimiento por la victoria. Pero esto ayuda a Heródoto contra aquella calumnia que tiene de haber recibido mucho dinero de los atenienses tras adularlos. Pues si hubiera leído esto a los atenienses, no habrían permitido ni pasado por alto que Filípides el nueve exhortara a los lacedemonios a la batalla tras haber ocurrido la batalla, y esto habiendo llegado a Esparta por segunda vez desde Atenas, como él mismo dice, si los atenienses no hubieran enviado a buscar a los aliados después de vencer a los enemigos. Que recibió diez talentos como regalo de Atenas, habiendo escrito el decreto Ánito, lo ha dicho un hombre ateniense no descuidado en la historia, Diylo. Pero Heródoto, tras anunciar la batalla de Maratón, como dicen la mayoría, también disminuyó la obra con el número de muertos. Pues dicen que los atenienses hicieron voto a la Agrotera de sacrificar tantas cabras como bárbaros derribaran, luego, tras la batalla, al aparecer una multitud incontable de muertos, pidieron mediante decreto a la diosa que sacrificaran quinientas cabras cada año.
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No obstante, dejando esto, veamos lo que ocurrió después de la batalla; dice que los bárbaros, tras retroceder y recoger de la isla donde dejaron a los esclavos de Eretria, rodeaban Sunio, queriendo adelantarse a los atenienses llegando a la ciudad; y que la causa fue atribuida a los atenienses por una intriga de los Alcmeónidas; pues estos, habiendo pactado con los persas, mostraron un escudo cuando ya estaban en las naves. Estos, pues, rodeaban Sunio. Aquí, el llamar a los eretrios esclavos, no habiendo proporcionado ni audacia ni ambición menor que ningún griego y habiendo sufrido cosas indignas de su virtud, que sea omitido; pero, habiendo sido calumniados los Alcmeónidas, entre quienes estaban los más grandes de las casas y los más reputados de los hombres, es un relato menor; pero la grandeza de la victoria ha sido destruida y el fin del renombrado éxito no llega a nada, ni parece haber ocurrido lucha ni obra tan grande, sino un pequeño tropiezo para los bárbaros que desembarcaron, como dicen los que difaman y envidian, si después de la batalla no huyen tras cortar los cables de las naves, entregándose al viento que los lleva lo más lejos posible de Ática; sino que se levanta un escudo para ellos como señal de traición, y navegan hacia Atenas esperando tomarla y, tras doblar Sunio con tranquilidad, se quedan sobre Falero, y los primeros y más reputados de los hombres traicionan al haber desesperado de la ciudad; pues, al disculpar más tarde a los Alcmeónidas, atribuye la traición a otros. Pues se mostró un escudo, y esto no se puede decir de otra manera, dice él mismo haberlo visto. Pero esto era imposible que ocurriera, habiendo vencido los atenienses por la fuerza; y, habiendo ocurrido, no habría sido visto por los bárbaros, huyendo y con mucho esfuerzo, heridas y flechas, siendo expulsados hacia las naves y abandonando el lugar, según la rapidez que cada uno tenía. Pero cuando, al pretender disculparse de nuevo por los Alcmeónidas, dice las acusaciones que él mismo fue el primero en traer, y dice:' Me parece un prodigio y no acepto el relato, que los Alcmeónidas hubieran mostrado alguna vez un escudo a los persas por señal, queriendo que los atenienses estuvieran bajo Hipias'; recuerdo cierto dicho proverbial:' Espera, cangrejo, y te soltaré'; pues,¿ por qué te esforzaste en capturar, si al capturar vas a soltar? Y tú acusas, luego te disculpas; y escribes calumnias contra hombres ilustres, que luego anulas, desconfiando de ti mismo, evidentemente; pues te has oído a ti mismo decir que los Alcmeónidas levantaron un escudo cuando los bárbaros estaban vencidos y huyendo. Y, ciertamente, en lo que te disculpas por los Alcmeónidas, te declaras a ti mismo sicofante; pues si parecen ser más o igual que Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, enemigos de los tiranos, como escribes aquí, Alcmeónidas,¿ dónde pondrás aquella conspiración que escribiste al principio? Como que, queriendo hacer un matrimonio con Pisístrato, lo trajeron de su exilio a la tiranía y no lo habrían expulsado de nuevo, hasta que fue calumniado por unirse ilegalmente con la mujer. Estos asuntos, pues, tienen tales confusiones; al usar los elogios de Calias, hijo de Fenipo, para la calumnia y sospecha de los Alcmeónidas, y al añadirle a su hijo Hipónico, que era, según Heródoto, uno de los más ricos de los atenienses, admitió que, sin que los asuntos lo requirieran, sino por cuidado y gracia de Hipónico, intercaló a Calias.
28
Puesto que todos saben que los argivos no rechazaron la alianza con los griegos, sino que exigieron no tener que seguir siempre las órdenes de los lacedemonios, por ser sus enemigos más acérrimos y hostiles, y como esto no podía ser de otro modo, él inventa una acusación de lo más malintencionada, escribiendo que, cuando los griegos los invitaban, sabiendo bien que no compartirían el mando, los lacedemonios les pedían que se unieran para tener un pretexto con el que mantenerse al margen. Y dice que, más tarde, Artajerjes recordó esto cuando los embajadores argivos subieron a Susa, y que él respondió que no consideraba a ninguna ciudad más amiga que Argos. Luego, insinuando, como suele hacer, y escurriéndose, dice que no sabe nada de esto con certeza, pero que sabe que todos los hombres tienen acusaciones y que no es a los argivos a quienes se les han hecho las más vergonzosas. Yo debo decir lo que se dice, pero no estoy obligado a creerlo en absoluto, y que este principio me sirva para todo el relato. Pues también se dice esto: que los argivos fueron quienes llamaron al persa contra Grecia, cuando su situación militar frente a los lacedemonios era precaria, deseando librarse por completo de su aflicción presente.¿ Acaso no se podría decir de él lo mismo que, según él mismo, dijo el etíope sobre los perfumes y la púrpura, que los discursos de los persas son engañosos, al igual que sus vestiduras?¿ Que los discursos de Heródoto son engañosos y sus formas tortuosas, y que no hay nada sano, sino que todo es indirecto, como los pintores que hacen más claros los brillos con la sombra, así él intensifica las calumnias con las negaciones y hace más profundas las sospechas con las ambigüedades? Que los argivos, al no colaborar con los griegos, sino ceder la hegemonía y la virtud a los lacedemonios, deshonraron a Heracles y a su noble linaje, no hay forma de negarlo; pues era mejor liberar a Grecia bajo el mando de los sifnios y citnios que abandonar tantos y tan grandes combates por rivalizar con los espartanos por el mando. Y si ellos mismos fueron quienes llamaron al persa contra Grecia debido a su precaria situación militar frente a los lacedemonios,¿ cómo es que no medizaron abiertamente cuando llegó, ni, si no querían hacer campaña con el rey, al menos perjudicaron a los lacedemonios quedándose en Laconia, o atacaron de nuevo Tireas, o se opusieron de otra manera y molestaron a los lacedemonios, pudiendo haber dañado gravemente a los griegos si no hubieran permitido que estos marcharan a Platea con tantos hoplitas?
29
Pero, al menos, ha hecho grandes a los atenienses en este relato y los ha proclamado salvadores de Grecia; lo cual hace con justicia y rectitud, si no fuera porque sus elogios están cargados de muchas calumnias. Pues ahora, al decir que los lacedemonios habrían sido traicionados por los demás griegos, y que, aislados, habrían realizado grandes hazañas antes de morir noblemente, o que, al ver que los otros griegos medizaban, habrían llegado a un acuerdo con Jerjes, queda claro que no dice esto para elogiar a los atenienses, sino que elogia a los atenienses para difamar a todos los demás.¿ Qué podría molestar a alguien, cuando él reprocha amarga y excesivamente a los tebanos y focidios siempre, hasta el punto de condenar, incluso en el caso de quienes se arriesgaron por Grecia, una traición que no ocurrió, pero que, según él conjetura, habría ocurrido? Y a los propios lacedemonios los dejó en la incertidumbre, dudando si habrían caído luchando contra los enemigos o si se habrían entregado, desconfiando de ellos,¡ por Zeus!, con pruebas insignificantes sobre lo ocurrido en las Termópilas.
30
Al narrar el naufragio que sufrieron las naves reales y que, al salir a flote muchos bienes, Ameinocles, hijo de Cretineo, un hombre de Magnesia, se benefició enormemente, apoderándose de oro incalculable y riquezas, tampoco dejó pasar esto sin morder, sino que dice que, aunque en lo demás no tuvo suerte, se hizo muy rico con los hallazgos, pues también le afligía una desgracia ingrata: el asesinato de sus hijos. Esto, pues, es evidente para todos: que introdujo en la historia las riquezas de oro, los hallazgos y la riqueza arrojada por el mar, creando el lugar y el espacio donde situar el filicidio de Ameinocles.
31
Y dado que Aristófanes el beocio escribió que, al pedir dinero a los tebanos, no lo recibió, y que, al intentar conversar y frecuentar a los jóvenes, fue impedido por los magistrados debido a su rusticidad y odio a la elocuencia, no hay otra prueba, pero Heródoto ha dado testimonio a favor de Aristófanes, mediante lo cual ha acusado a los tebanos, en parte falsamente, en parte por odio y enemistad. Pues afirma que los tesalios medizaron al principio por necesidad, diciendo la verdad; y al profetizar sobre los demás griegos que habrían traicionado a los lacedemonios, insinuó que no fue voluntariamente, sino por necesidad, al ser capturados ciudad por ciudad. Pero a los tebanos no les concede la misma indulgencia por la misma necesidad, a pesar de que enviaron quinientos hombres a Tempe con Mnamias como general, y a las Termópilas tantos como pidió Leónidas; quienes, además, fueron los únicos que permanecieron con él junto a los tespios, cuando los demás se retiraron tras el cerco. Y cuando el bárbaro, tras dominar los pasos, estaba en las fronteras, y Demarato el espartano, por ser amigo de Atagino, el jefe de la oligarquía, logró que se hiciera amigo y huésped del rey, y los griegos estaban en las naves y nadie avanzaba por tierra, entonces aceptaron las condiciones, abandonados por la gran necesidad. Pues no tenían mar ni naves como los atenienses, ni vivían en el rincón más alejado de Grecia como los espartanos, y habiendo luchado y resistido en los desfiladeros a un día y medio de camino del medo, junto a solo espartanos y tespios, tuvieron mala suerte. Pero el historiador es tan justo que dice que los lacedemonios, al quedar aislados y sin aliados, tal vez habrían llegado a un acuerdo con Jerjes, mientras que a los tebanos, que sufrieron lo mismo por la misma necesidad, los insulta. Y al no poder eliminar la mayor y más bella hazaña como si no la hubieran realizado, escribió esto, arruinándola con una causa vil y una sospecha:« Los aliados que eran enviados se marchaban y obedecían a Leónidas, pero los tespios y los tebanos permanecieron solos junto a los lacedemonios. De estos, los tebanos permanecían contra su voluntad y sin querer, pues Leónidas los retenía tratándolos como rehenes, mientras que los tespios permanecían muy voluntariamente, diciendo que no abandonarían a Leónidas y a los que estaban con él».¿ Entonces no es evidente que tiene una ira y una animosidad personal contra los tebanos, por la cual no solo calumnió falsa e injustamente a la ciudad, sino que ni siquiera se preocupó por la verosimilitud de la calumnia, ni por cómo él mismo, al decir cosas contradictorias, no parecerá ante unos pocos hombres que se da cuenta? Pues tras haber dicho antes que Leónidas, al darse cuenta de que los aliados estaban desganados y no querían arriesgarse, les ordenó marcharse, poco después dice que retuvo a los tebanos contra su voluntad, a quienes era lógico expulsar aunque quisieran quedarse, si tenían la culpa de medizar. Pues donde no necesitaba a los que no estaban dispuestos,¿ qué utilidad tenía mezclar en la lucha a hombres sospechosos? Pues el rey de los espartanos y jefe de Grecia no tenía tal juicio como para retener como rehenes a cuatrocientos hombres armados junto a los trescientos, con los enemigos ya encima por delante y por detrás al mismo tiempo. Pues incluso si antes los llevaba tratándolos como rehenes, en los momentos finales era lógico que ellos, sin preocuparse por Leónidas, se marcharan, y que Leónidas temiera más el cerco de ellos que el de los bárbaros. Además de esto,¿ cómo no es ridículo Leónidas, al ordenar a los demás griegos que se fueran porque iban a morir de inmediato, y al impedir a los tebanos, como si fueran custodiados por él para morir ante los griegos? Pues si realmente los llevaba como rehenes, o mejor dicho, como esclavos, no debía retenerlos junto a los que iban a morir, sino entregarlos a los griegos que se marchaban. Y lo que quedaba por decir de las causas, tal vez que los retenía para que murieran, también lo ha eliminado el historiador, con lo que ha dicho textualmente sobre la ambición de Leónidas:« Leónidas, al considerar esto y queriendo reservar la gloria solo para los espartanos, envió a los aliados más que por haber discrepado en sus opiniones». Pues era el colmo de la necedad retener a los aliados para que compartieran el peligro, cuya gloria les negaba. Que Leónidas no estaba enemistado con los tebanos, sino que los consideraba amigos leales, es evidente por los hechos. Pues fue a Tebas llevando el ejército y, al pedirlo, obtuvo lo que nadie más: dormir en el templo de Heracles, y la visión que vio en sueños la comunicó a los tebanos; pues le pareció que en un mar con muchas y violentas olas, las ciudades más ilustres y grandes de Grecia eran zarandeadas y se tambaleaban irregularmente, mientras que la de los tebanos sobresalía sobre todas y se elevaba hacia el cielo, y luego de repente desaparecía; y esto era similar a lo que ocurrió en la ciudad mucho tiempo después.
32
Heródoto, en la narración de la batalla y de Leónidas, ha oscurecido la mayor hazaña, al decir que todos cayeron en los desfiladeros cerca de Colonos; pero ocurrió de otra manera. Pues cuando se enteraron por la noche del rodeo de los enemigos, se levantaron y marcharon hacia el campamento y la tienda del rey, poco faltó para que lo mataran a él mismo y murieran a su alrededor; hasta la tienda, matando a todo el que se interponía y poniendo en fuga a los demás, avanzaron; pero cuando Jerjes no fue encontrado, buscándolo en un ejército grande y vasto y vagando, apenas fueron destruidos por los bárbaros que se derramaron por todas partes. Y todas las demás hazañas y dichos de los espartanos que ha omitido, se escribirán en la vida de Leónidas, pero no está de más relatar ahora algunas pequeñas. Pues celebraron un certamen fúnebre antes de la salida y lo presenciaron sus padres y madres; el propio Leónidas, ante quien le dijo que llevaba muy pocos a la batalla, dijo que muchos morirían; y a su mujer, que le preguntaba al salir si tenía algo que decir, se volvió y le dijo que se casara con hombres buenos y tuviera hijos buenos. En las Termópilas, tras el cerco, queriendo salvar a dos de su linaje, entregaba una carta a uno y lo enviaba, pero el otro no la aceptó, diciendo con ira:« Te seguí como combatiente, no como mensajero»; al otro le ordenó decir algo a las autoridades de los espartanos, y este respondió con el hecho, y tomando el escudo se puso en formación. Esto no lo habría reprochado nadie, si otro lo hubiera omitido; pero él, al reunir y recordar la flatulencia de Amasis, la llegada de los asnos del ladrón, la entrega de los odres y muchas cosas similares, parecerá que por descuido y desprecio deja pasar bellas hazañas y bellas palabras, sino que no es benevolente ni justo con algunos.
33
A los tebanos, primero dice que, estando con los griegos, luchaban obligados por la necesidad; pues no solo Jerjes, al parecer, sino también Leónidas tenía azotadores siguiéndolos, por quienes los tebanos eran obligados a luchar contra su voluntad siendo azotados.¿ Y quién podría ser un calumniador más cruel que este, que dice que luchan por necesidad los que podían marcharse y huir, y que medizaron voluntariamente aquellos a quienes nadie ayudaba? A continuación, ha escrito que, cuando los demás se apresuraban hacia Colonos, los tebanos se separaron, extendieron las manos y se acercaron a los bárbaros, diciendo el más verdadero de los discursos: que no habían medizado y que habían dado tierra y agua al rey, pero que, obligados por la necesidad, habían llegado a las Termópilas y que eran inocentes de la herida causada al rey; diciendo esto se salvaron; pues tenían también a los tesalios como testigos de estas palabras. Mira a través de cuántos gritos bárbaros, tumultos mezclados, huidas y persecuciones, se escucha una defensa jurídica y un interrogatorio de testigos, y a los tesalios, en medio de los que eran asesinados y pisoteados unos por otros junto a los desfiladeros, defendiendo a los tebanos, porque los habían expulsado recientemente de Grecia hasta los tespios, tras vencerlos y matar al jefe Lattamias. Pues esto era lo que existía entonces entre los beocios y los tesalios, y nada amable ni humano. Pero, si los tesalios testificaban,¿ cómo se salvaron los tebanos? A unos los mataron los bárbaros al acercarse, como él mismo ha dicho; a la mayoría, por orden de Jerjes, les marcaron estigmas reales, empezando por el general Leontíades. Ni Leontíades era general en las Termópilas, sino Anaxandro, como Aristófanes relató a partir de los registros de los magistrados y Nicandro de Colofón; ni nadie conoce antes de Heródoto que los tebanos fueran marcados por Jerjes, ya que era la mayor defensa contra la calumnia y era bueno para la ciudad vanagloriarse de esos estigmas, como si Jerjes hubiera juzgado tratar a los enemigos más acérrimos, Leónidas y Leontíades; pues al cuerpo de uno, ya caído, lo ultrajó, y al otro, vivo, lo marcó. Pero él, al hacer patente la crueldad contra Leónidas, que el bárbaro se enfureció sobremanera contra Leónidas vivo, y al decir que los tebanos, incluso medizando, fueron marcados en las Termópilas y, tras ser marcados, medizaron de nuevo voluntariamente en Platea, me parece, al igual que Hipoclides gesticulando con las piernas sobre la mesa, que diría al bailar la verdad:« A Heródoto no le importa».
34
En el octavo libro dice que los griegos, acobardados, planeaban desde Artemisio la huida hacia el interior de Grecia, y que, ante las súplicas de los eubeos de permanecer un poco de tiempo para poder evacuar a sus familias y sus bienes, no hicieron caso, hasta que Temístocles, tras recibir dinero, lo compartió con Euribíades y con Adimanto, el general de los corintios; entonces permanecieron y lucharon en el mar contra los bárbaros. Píndaro, no siendo de una ciudad aliada, sino que tenía la acusación de medizar, aun así, al mencionar Artemisio, exclamó:« Donde los hijos de los atenienses pusieron el brillante cimiento de la libertad». Pero Heródoto, por quien algunos consideran que Grecia ha sido adornada, declara que aquella victoria fue obra de soborno y robo, y que los griegos lucharon involuntariamente, engañados por los generales que recibieron dinero. Y esto no fue el final de su malicia; sino que casi todos los hombres admiten que los griegos, aunque vencían en las batallas navales allí, se retiraron de Artemisio ante los bárbaros al enterarse de lo de las Termópilas; pues no había utilidad en quedarse allí custodiando el mar, habiendo ocurrido la guerra dentro de las Termópilas y dominando Jerjes los pasos. Pero Heródoto, antes de que se anunciara la muerte de Leónidas, ya hace que los griegos planeen huir; y dice así:« Afligidos por las heridas, y no menos los atenienses, cuyas naves estaban dañadas en su mitad, planeaban la huida hacia Grecia». Y aunque se le conceda llamar, o mejor dicho, reprochar, la retirada antes del combate, él ya llamó huida antes y ahora llama huida y poco después volverá a decir huida; tan amargamente se ha adherido al término.« A los bárbaros, inmediatamente después de esto, llegó en una nave un hombre de Hestiea, anunciando la huida de los griegos desde Artemisio; ellos, por incredulidad, mantuvieron al mensajero bajo custodia y enviaron naves rápidas para reconocer».¿ Qué dices?¿ Huir como derrotados, a quienes los enemigos, tras la batalla, no creen que huyan por estar muy victoriosos?¿ Entonces es digno de crédito este que escribe sobre un hombre o una ciudad, que con una sola palabra quita la victoria de Grecia, derriba el trofeo y declara que las inscripciones que pusieron junto a Artemisa Prosea son jactancia y arrogancia? Y el epigrama es así:« Generaciones de hombres de toda clase, desde la tierra de Asia, los hijos de los atenienses, tras vencer en este mar en batalla naval, cuando pereció el ejército de los medos, pusieron estas señales a la virgen Artemisa». En las batallas no ordenó a los griegos ni mostró qué lugar ocupaba cada ciudad en la batalla naval, pero sobre la partida, a la que él mismo llama huida, dice que los primeros en navegar fueron los corintios y los últimos los atenienses.
35
No era necesario ensañarse demasiado con los griegos que medizaron, y menos siendo él considerado turio por los demás, aunque él se aferraba a ser de Halicarnaso, quienes, siendo dorios, hicieron campaña contra los griegos junto a las mujeres. Pero él está tan lejos de llamar más suavemente a las necesidades de los que medizaron, que, tras narrar sobre los tesalios que enviaron a los focidios, sus enemigos y rivales, ofreciendo mantener su territorio intacto si recibían cincuenta talentos como pago, escribió esto sobre los focidios con estas mismas palabras:« Pues los focidios eran los únicos de los hombres de allí que no medizaban, por ninguna otra razón, según deduzco, que por el odio a los tesalios; y si los tesalios hubieran favorecido a los griegos, según creo, los focidios habrían medizado». Y sin embargo, poco después él mismo dirá que trece ciudades de los focidios fueron quemadas por el bárbaro, que el territorio fue destruido, que el templo de Abas fue incendiado, que murieron hombres y mujeres que no pudieron huir a tiempo al Parnaso. Pero, aun así, a quienes soportaron sufrir lo peor por no abandonar lo bello, los puso en la misma maldad que a los que medizaron con más entusiasmo, y al no poder censurar las acciones de los hombres, se sentaba a componer causas viles y sospechas en su escritorio contra ellos, ordenando juzgar su intención no por lo que hicieron, sino por lo que habrían hecho si los tesalios no hubieran decidido eso, como si, habiendo sido ocupado el territorio por otros, hubieran quedado excluidos de la traición. Si, pues, alguien intenta excusar a los tesalios del medismo, diciendo que no querían eso, sino que, viendo a los griegos unirse por la diferencia con los focidios, medizaron contra su voluntad,¿ no parecería que adula de la manera más vergonzosa y que, buscando causas nobles para hechos viles por favor a otros, distorsiona la verdad? Yo creo que sí.¿ Cómo, pues, no parecerá que calumnia de la manera más evidente al declarar que los focidios no eligieron lo mejor por virtud, sino porque sabían que los tesalios pensaban lo contrario? Pues ni siquiera traslada la calumnia a otros, como suele hacer, diciendo que lo ha oído, sino que él mismo lo encuentra deduciendo. Debía, pues, decir las pruebas por las que se convenció de que quienes hacen cosas similares a los mejores pensaron lo mismo que los más viles; pues lo de la enemistad es ridículo; pues ni la diferencia con los atenienses impidió a los eginetas, ni la de los calcideos con los eretrios, ni la de los corintios con los megarenses, aliarse con Grecia, ni tampoco, a su vez, los enemigos más acérrimos, los macedonios, apartaron a los tesalios de la amistad con el bárbaro al medizar; pues el peligro común ocultó las enemistades privadas, de modo que, abandonando las demás pasiones, se unían a la causa, ya sea por lo bello debido a la virtud, o por lo conveniente debido a la necesidad. No obstante, incluso después de aquella necesidad, al ser capturados por los medos, los hombres se pasaron de nuevo a los griegos, y Lacrates el espartano testificó abiertamente a su favor; y el propio Heródoto, como forzado, admite en los asuntos de Platea que también los focidios estuvieron con los griegos.
36
No hay que sorprenderse si se ensaña amargamente con los desafortunados, cuando también traslada a los que estuvieron presentes y compartieron el peligro al bando de los enemigos y traidores. Pues los naxios enviaron tres trirremes como aliados de los bárbaros, pero uno de los trierarcas, Demócrito, convenció a los demás de elegir el bando de los griegos;¿ así? Tampoco sabe elogiar sin censurar, sino que, para que un solo hombre sea elogiado, toda una ciudad y un pueblo deben quedar mal. Le contradice Helánico entre los antiguos y Éforo entre los modernos, al narrar el uno que seis y el otro que cinco naves llegaron para ayudar a los griegos. Pero el propio Heródoto se refuta por completo al inventar esto. Pues los cronistas de los naxios dicen que incluso antes rechazaron a Megabates, que había navegado contra la isla con doscientas naves, y de nuevo expulsaron a Datis, el general, que había llegado con cien naves; y si, como Heródoto ha dicho en otro lugar, destruyeron su ciudad incendiándola, y los hombres se salvaron huyendo a las montañas,¿ acaso tenían una buena razón para enviar ayuda a quienes destruyeron su patria, y no para ayudar a quienes se defendían por la libertad común? Que no quiso elogiar a Demócrito, sino que compuso la mentira para vergüenza de los naxios, es evidente al omitir por completo y silenciar el éxito y la valentía de Demócrito, que Simónides manifestó en un epigrama:« Demócrito fue el tercero en empezar la batalla, cuando junto a Salamina los griegos se enfrentaron a los medos en el mar, y capturó cinco naves de los enemigos, y con su mano salvó una sexta nave dórica que estaba siendo capturada».
37
Pero¿ por qué habría alguien de indignarse por los naxios? Pues si somos sus antípodas, como dicen algunos, habitando las partes inferiores de la tierra, creo que ni siquiera ellos son ajenos a Temístocles y al plan de Temístocles, quien, tras planear para Grecia luchar en el mar antes de Salamina, fundó un templo de Artemisa Aristóbula en Melite, una vez derrotado el bárbaro. Esto, el elegante historiador, en la medida de lo posible, quitándoselo a Temístocles y transfiriendo la gloria a otro, escribe esto textualmente:« Aquí, al llegar Temístocles a la nave, le preguntó Mnesífilo, un hombre ateniense, qué habían planeado; y al enterarse por él de que se había decidido llevar las naves al Istmo y luchar en el mar ante el Peloponeso, dijo:' Entonces, si levantan las naves de Salamina, ya no lucharán por una sola patria; pues cada uno se volverá a sus ciudades'». Y poco después:« Pero si hay algún medio, ve e intenta disolver lo planeado, si de alguna manera puedes convencer a Euribíades de cambiar de opinión para que permanezca aquí». Luego, insinuando que el consejo agradó mucho a Temístocles, y sin responder nada a esto, llegó ante Euribíades, ha escrito con las mismas palabras:« Aquí, Temístocles, sentándose a su lado, le enumera todo lo que había oído de Mnesífilo, haciéndolo suyo, y añadiendo otras cosas».¿ Ves que le atribuye una reputación de malicia al hombre, al decir que hace suyo el plan de Mnesífilo?
38
Y aún más, burlándose de los griegos, dice que Temístocles no pensó en lo conveniente, sino que lo pasó por alto, él que fue llamado Odiseo por su prudencia, mientras que Artemisia, la conciudadana de Heródoto, sin que nadie le enseñara, por sí misma, pensó en advertir a Jerjes de que los griegos no podrán resistirle mucho tiempo, sino que los dispersarás, y cada uno huirá a sus ciudades, y no es lógico que ellos, si tú diriges el ejército de tierra contra el Peloponeso, se mantengan tranquilos, ni que les importe luchar en el mar ante los atenienses; y si te apresuras a luchar en el mar de inmediato, temo que el ejército naval, al ser dañado, dañe también al de tierra. Esto, pues, le falta a Heródoto para convertir a Artemisia en una Sibila que profetiza el futuro con tanta precisión. Por eso Jerjes le entregó a sus propios hijos para que los llevara a Éfeso; pues se había olvidado, al parecer, de llevar mujeres desde Susa, si los hijos necesitaban escolta femenina.
39
Pero de lo que ha mentido, no nos importa; examinamos solo en qué ha mentido. Dice, pues, que los atenienses dicen que Adimanto, el general de los corintios, al encontrarse en manos de los enemigos, aterrorizado y acobardado, huía; no dando marcha atrás ni pasando tranquilamente a través de los que luchaban, sino izando brillantemente las velas y girando todas las naves; luego, sin embargo, un esquife que navegaba se encontró con él cerca del final de la batalla de Salamina, y desde el esquife alguien gritó:« Tú, Adimanto, huyes traicionando a los griegos; ellos ya están venciendo, tal como deseaban dominar a los enemigos». Y este esquife era, al parecer, bajado del cielo; pues¿ qué necesidad había de poner una máquina trágica, superando en todo lo demás a los trágicos en arrogancia? Adimanto, pues, creyéndolo, regresó al campamento cuando todo estaba hecho. Esta fama la tienen los atenienses; sin embargo, los corintios no lo admiten, sino que se consideran a sí mismos entre los primeros de la batalla naval; y les da testimonio también el resto de Grecia. Tal es el hombre en muchas cosas: coloca calumnias y acusaciones de unos contra otros, de modo que no deje de parecer que alguien es totalmente malvado; como aquí le sucede, al ser desconfiados de la calumnia, los corintios quedan mal, y al ser desconfiada, los atenienses, o, creo yo, que ni los corintios a los atenienses, sino que él miente sobre ambos a la vez. Tucídides, al menos, al hacer que el ateniense contradiga al corintio en Lacedemonia y al jactarse mucho de las hazañas de la guerra médica y de la batalla naval en Salamina, no ha presentado ninguna acusación de traición o deserción contra los corintios; pues tampoco era lógico que los atenienses blasfemaran así sobre la ciudad de los corintios, a la que veían grabada en tercer lugar después de los lacedemonios y después de ellos en las ofrendas de los bárbaros; y en Salamina les permitieron enterrar a los muertos junto a la ciudad, como hombres que habían sido valientes, y escribir este epigrama:« Extranjero, una vez habitábamos la ciudad de Corinto, rica en agua, ahora Salamina, la isla de Áyax, nos posee. Aquí, tras capturar naves fenicias, persas y medas, salvamos a la sagrada Grecia». El cenotafio en el Istmo tiene esta inscripción:« Estando Grecia toda al filo de la navaja, yacemos habiéndola salvado con nuestras propias almas». Y en las ofrendas de Diodoro, uno de los trierarcas corintios, en el templo de Leto, está escrito esto:« Estos, de los enemigos medos, los marineros de Diodoro los dedicaron a Leto, recuerdos de la batalla naval». El propio Adimanto, a quien Heródoto sigue insultando constantemente y diciendo que era el único de los generales que se agitaba, como si fuera a huir de Artemisio y no fuera a esperar, mira qué reputación tenía este:« Tumba de aquel Adimanto, por quien toda Grecia se puso la corona de la libertad». Pues ni era lógico que a un hombre cobarde y traidor se le hiciera tal honor al morir, ni se habría atrevido a poner nombre a sus hijas Nausinica, Acrotinio y Alexibia, y llamar Aristeas a su hijo, si no hubiera habido alguna distinción y brillantez en él por aquellas hazañas. Y ciertamente, que las mujeres corintias fueron las únicas de las griegas que hicieron aquel bello y divino voto, que la diosa infundiera en sus hombres el amor por la lucha contra los bárbaros, no es posible que los que rodean a Heródoto lo ignoraran, ni siquiera el último de los carios; pues el asunto se hizo famoso y Simónides compuso un epigrama, al erigirse estatuas de bronce en el templo de Afrodita, que dicen que fundó Medea, unos porque ella dejó a su hombre, otros porque la diosa detuvo a Jasón que amaba a Tetis. Y el epigrama es este:« Estas, por los griegos y por los ciudadanos que luchan rectamente, se erigieron habiendo rogado a la divina Cipris. Pues la divina Afrodita no quería que los arqueros medos traicionaran la acrópolis de los griegos». Esto debía escribir y esto recordar, más que introducir el filicidio de Ameinocles.
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Habiéndose hartado, pues, de las acusaciones contra Temístocles, en las que dice que no dejaba de robar y sacar provecho a escondidas de los demás generales por las islas; al final, quitándole la corona a los propios atenienses, se la pone a los eginetas, escribiendo esto:« Al enviar las primicias, los griegos preguntaron al dios en Delfos en común si había recibido las primicias completas y aceptables; él dijo que tenía las de los demás griegos, pero las de los eginetas no; sino que les exigía los premios al valor de la batalla naval en Salamina». Ya no atribuye sus propios discursos a escitas, persas o egipcios, inventando, como Esopo con cuervos y monos, sino que, usando la máscara del Pitio, aparta a Atenas de los primeros puestos en Salamina. Y a Temístocles, al obtener el segundo lugar en el Istmo porque cada uno de los generales se dio a sí mismo el primer lugar y a él el segundo, y al no tener la decisión un final, debiendo acusar la ambición de los generales, dice que todos los griegos se marcharon por envidia, no queriendo proclamar al hombre como el primero.
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En el noveno y último de sus libros, apresurándose a verter todo lo que le quedaba de su animosidad contra los lacedemonios, se despojó de la victoria cantada y del renombrado éxito de la ciudad en Platea; pues escribe que, al principio, temían a los atenienses, no fuera que, persuadidos por Mardonio, abandonaran a los griegos; pero, una vez fortificado el Istmo, al considerar segura el Peloponeso, ya descuidaban a los demás y los menospreciaban, celebrando fiestas en casa, burlándose de los embajadores atenienses y perdiendo el tiempo.¿ Cómo, pues, salieron hacia Platea cinco mil espartiatas, teniendo cada hombre consigo siete ilotas?¿ O cómo, al asumir tal peligro, prevalecieron y abatieron a tantas miríadas? Escucha una causa plausible: dice que sucedió que estaba de visita en Esparta un hombre de Tegea llamado Quíleo, que tenía algunos amigos y huéspedes entre los éforos; este, pues, los convenció de enviar el ejército, diciendo que el muro no servía de nada a los peloponesios si los atenienses se unían a Mardonio. Esto fue lo que sacó a Pausanias con sus fuerzas hacia Platea; pero si algún asunto privado en Tegea hubiera retenido a aquel Quíleo, Grecia no habría sobrevivido.
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Por otra parte, al no saber qué hacer con los atenienses, unas veces los eleva y otras los rebaja, llevando la ciudad de un lado a otro; dice que los tegeatas, al enfrentarse en la disputa por el segundo puesto, recordaban a los heráclidas y sacaban a relucir las hazañas contra las amazonas y los entierros de los peloponesios caídos bajo la Cadmea; y, finalmente, desciende en su relato hasta Maratón, compitiendo por el honor y deseando obtener el mando del ala izquierda. Poco después, dice que Pausanias y los espartiatas les ceden el mando y les piden que se enfrenten a los persas tomando el ala derecha, mientras les entregan a ellos la izquierda, alegando que, por falta de costumbre, rehuían la lucha contra los bárbaros. Y, sin embargo, es ridículo que, si los enemigos eran conocidos, no quisieran luchar. Pero afirma que los demás griegos, al ser conducidos al campamento de otro de los generales, en cuanto se movieron, huyeron alegremente con la caballería hacia la ciudad de los plateenses; y que, al huir, llegaron al Hereo, donde los acusó a casi todos de desobediencia, deserción y traición. Finalmente, dice que solo los lacedemonios y tegeatas se enfrentaron a los bárbaros, y los atenienses a los tebanos, privando a todas las demás ciudades por igual del éxito; que nadie participó en la lucha, sino que todos, sentados, abandonaron las armas y traicionaron a quienes luchaban por ellos; y que, tarde, los fliasios y megarenses, al enterarse de que Pausanias estaba ganando, se acercaron y cayeron sobre la caballería tebana, siendo destruidos sin razón alguna; y que los corintios no estuvieron presentes en la batalla, sino que, tras la victoria, se apresuraron a través de las colinas para no encontrarse con la caballería de los tebanos; pues los tebanos, una vez producida la derrota, cabalgando por delante de los bárbaros, ayudaban con entusiasmo a los que huían, devolviendo, evidentemente, el favor por las marcas de las Termópilas. Pero que los corintios sí lucharon contra los bárbaros y cuál fue el resultado que obtuvieron de la batalla de Platea, se puede saber por Simónides, quien escribe en estos versos:' En medio, los que habitan Éfira de muchas fuentes, expertos en toda clase de valor en la guerra, y los que ocupan la ciudad de Glauco, el burgo corintio, los cuales pusieron como testigo más hermoso de sus trabajos al oro preciado en el éter, y él acrecienta su amplia fama y la de sus padres'. Pues esto no lo escribió enseñando un coro en Corinto ni componiendo un canto para la ciudad, sino relatando aquellas acciones en una elegía. Pero el que se anticipa a la refutación de la mentira de quienes preguntarán de dónde, pues, hay tantas fosas comunes, túmulos y monumentos de muertos, en los que los plateenses ofrecen sacrificios hasta el día de hoy con la presencia de los griegos, acusa, creo yo, a las generaciones de una traición más vergonzosa en estos términos:' De los otros sepulcros que aparecen en Platea, estos, según me entero, los levantaron cada uno avergonzados por su ausencia en la batalla, erigiendo túmulos vacíos para los hombres venideros'. Esta ausencia en la batalla, siendo traición, es la única que Heródoto escuchó de entre todos los hombres, mientras que Pausanias, Arístides, los lacedemonios y los atenienses no se dieron cuenta de que los griegos abandonaban el peligro; y ni los atenienses impidieron la inscripción a los eginetas, a pesar de ser sus rivales, ni refutaron a los corintios, a quienes antes acusaban de huir de Salamina, a pesar de que toda Grecia testificaba en su contra. Y, sin embargo, estaba Cleadas el plateense, quien diez años después de las guerras médicas, complaciendo a los eginetas, como dice Heródoto, les hizo tener un túmulo con su nombre.¿ Qué les pasó a los atenienses y lacedemonios para que, justo entonces, casi llegaran a las manos entre ellos por el trofeo de la erección?¿ Y por qué no expulsaron de los premios al valor a los griegos que se acobardaron y huyeron, sino que los inscribieron en los trofeos y en los colosos y les dieron parte del botín? Y, finalmente, al escribir este epigrama en el altar, lo grabaron:' Los griegos, tras expulsar a los persas por el poder de la victoria, mediante la obra de Ares y obedeciendo al valiente ánimo de su alma, erigieron este altar común a Zeus Eleuterio para la Grecia libre'.¿ Acaso esto también lo escribió Cleadas o algún otro, oh Heródoto, adulando a las ciudades?¿ Qué necesidad tenían, pues, de cavar la tierra en vano y de trabajar y construir túmulos y monumentos para los hombres venideros, viendo su gloria consagrada en las ofrendas más ilustres y grandes? Y, de hecho, Pausanias, como dicen, ya con pensamientos tiránicos, escribió en Delfos:' Pausanias, jefe de los griegos, tras destruir al ejército de los medos, dedicó este monumento a Febo', compartiendo de alguna manera con los griegos la gloria de la cual él mismo se proclamó jefe. Pero como los griegos no lo soportaron, sino que presentaron quejas, los lacedemonios enviaron a Delfos, borraron esto y grabaron los nombres de las ciudades, como era justo. Y, sin embargo,¿ cómo es posible que los griegos se indignaran por no participar en la inscripción si eran conscientes de haber abandonado la batalla, o que los lacedemonios, tras borrar al jefe y general, inscribieran a los que abandonaron y menospreciaron el peligro?¡ Qué terrible es que Sófanes, Aeimnesto y todos los que lucharon brillantemente en aquella batalla no se molestaran ni siquiera cuando los citnios o los melios se inscribieron en los trofeos, pero Heródoto, al atribuir la lucha a solo tres ciudades, borra a todas las demás de los trofeos y de los lugares sagrados!
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Habiendo ocurrido entonces cuatro combates contra los bárbaros, dice que en el de Artemisio los griegos huyeron; en las Termópilas, mientras el general y el rey se arriesgaban, dice que se quedaron en casa y descuidaron la lucha celebrando los Juegos Olímpicos y las Carneas; al relatar los sucesos de Salamina, escribió tantos discursos sobre Artemisia que no ha narrado toda la batalla naval; y, finalmente, que los griegos, sentados en Platea, ignoraron la lucha hasta el final, como si se tratara de una batalla de ranas y ratones, que Pigres, el de Artemisia, escribió en versos jugando y diciendo tonterías, habiendo acordado luchar en silencio para pasar desapercibidos; y que los propios lacedemonios no fueron en nada más valientes que los bárbaros, sino que vencieron luchando contra hombres desarmados y desnudos. Pues, estando presente el mismo Jerjes, empujados apenas por los látigos desde atrás, se enfrentaban a los griegos, pero en Platea, al parecer, habiendo cambiado de alma, no eran inferiores en ánimo y fuerza; pero la vestimenta, al carecer de armas, les perjudicó mucho, pues luchaban desnudos contra hoplitas.¿ Qué queda, pues, de glorioso o grande para los griegos de aquellos combates, si los lacedemonios luchaban contra desarmados, si la batalla pasó desapercibida para los demás presentes, si los túmulos vacíos son honrados por cada uno, si los trípodes y altares ante los dioses están llenos de inscripciones falsas, y solo Heródoto conoció la verdad, mientras que la fama de los éxitos de entonces engañó a todos los demás hombres que tienen conocimiento de la historia de los griegos, como si hubieran sido extraordinarios?¿ Qué decir entonces? Es un hombre hábil en la escritura, el relato es agradable, y hay gracia, destreza y encanto en sus narraciones, y ha hablado de los mitos como un aedo, no con conocimiento, pero sí con claridad y elegancia. Sin duda, esto cautiva y atrae a todos, pero, al igual que entre las rosas hay que cuidarse del escarabajo, hay que cuidarse de su difamación y maledicencia, que se oculta bajo formas suaves y delicadas, para que no nos dejemos engañar tomando opiniones absurdas y falsas sobre las mejores y más grandes ciudades y hombres de Grecia.