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De liberis educandis
Plutarch (plutarch)Educ 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
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Examinemos, pues, qué se podría decir sobre la educación de los hijos de los libres y qué medios emplear para que lleguen a ser de costumbres nobles.
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Quizá sea mejor comenzar primero por el nacimiento. A los padres que deseen tener hijos ilustres, yo les aconsejaría no unirse con mujeres cualesquiera, me refiero a cortesanas o concubinas; pues a los que no han nacido bien, ya sea por parte de madre o de padre, les siguen durante toda la vida las manchas imborrables de su baja cuna, que están siempre a mano para quienes deseen reprochárselo o insultarlos. Y sabio fue el poeta que dijo:« Cuando no se ponen bien los cimientos del linaje, es inevitable que los descendientes sean desgraciados». La nobleza es, pues, un hermoso tesoro de franqueza, del cual deben preocuparse mucho quienes aspiran a una procreación legítima. Además, los ánimos de quienes tienen un linaje bastardo o espurio suelen ser vacilantes y humildes, y muy acertadamente dice el poeta:« Esclaviza al hombre, aunque sea de corazón audaz, cuando tiene conciencia de las faltas de su madre o de su padre», tal como, sin duda, los hijos de padres ilustres se llenan de orgullo y altivez. Se dice, por ejemplo, que Diofanto, hijo de Temístocles, decía a menudo y a muchos que lo que él quisiera, eso mismo le parece bien al pueblo de los atenienses. Pues lo que él quiere, también su madre; lo que quiere su madre, Temístocles; y lo que quiere Temístocles, todos los atenienses. Es muy digno de elogio también el espíritu magnánimo de los lacedemonios, quienes multaron al rey Arquídamo por haber consentido en casarse con una mujer de pequeña estatura, alegando que no pretendía darles reyes, sino reyezuelos.
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A continuación, sería oportuno decir algo que tampoco pasó inadvertido para nuestros predecesores.¿ Qué es? Que quienes se acercan a las mujeres con el fin de procrear deben realizar el coito o bien totalmente sobrios o, al menos, moderadamente ebrios. Pues los hijos cuyos padres concibieron en estado de embriaguez suelen ser amigos del vino y dados a la borrachera. Diógenes, al ver a un joven atolondrado y fuera de sí, dijo:« Tu padre te engendró estando borracho». Y baste con esto sobre el nacimiento; ahora debemos hablar de la educación.
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En términos generales, lo que solemos decir sobre las artes y las ciencias debe decirse también sobre la virtud: que para una conducta recta y completa deben concurrir tres cosas: naturaleza, razón y hábito. Llamo razón al aprendizaje, y hábito a la práctica. Los principios provienen de la naturaleza, los progresos del aprendizaje, los usos de la práctica y las cumbres de todo ello. En cualquiera de estos aspectos que se falle, es inevitable que la virtud cojee. Pues la naturaleza sin aprendizaje es ciega, el aprendizaje sin naturaleza es incompleto y la práctica sin ambos es imperfecta. Y así como en la agricultura es necesario primero que la tierra sea buena, luego que el agricultor sea experto y después que las semillas sean excelentes, de la misma manera la naturaleza se asemeja a la tierra, el educador al agricultor y las enseñanzas y preceptos a las semillas. Afirmando todo esto, diría que se unieron y conspiraron en las almas de aquellos que son celebrados por todos— Pitágoras, Sócrates, Platón y todos los que han alcanzado una gloria imperecedera—. Es, pues, afortunado y grato a los dioses si alguno ha recibido todo esto de ellos. Pero si alguien piensa que aquellos que no han nacido bien, al recibir una enseñanza y práctica correctas, no podrían elevarse hacia la virtud hasta donde sea posible, sepa que se equivoca mucho, o mejor dicho, totalmente. Pues la pereza corrompe la virtud natural, mientras que la enseñanza corrige la maldad; y las cosas fáciles huyen de los descuidados, mientras que las difíciles se alcanzan con el esmero. Podrías comprender que el esmero y el esfuerzo son cosas eficaces y capaces de lograr resultados si observas muchas de las cosas que suceden. Pues gotas de agua horadan las piedras, el hierro y el bronce se desgastan con el roce de las manos, y las ruedas de los carros, curvadas por el trabajo, no podrían recuperar su rectitud original pase lo que pase; es imposible enderezar las varas curvas de los actores, sino que lo que es contra natura se volvió superior a lo que es conforme a ella mediante el trabajo.¿ Y acaso solo estas cosas demuestran la fuerza del esmero? No, sino miles y miles más. Una tierra es naturalmente buena, pero si se descuida, se vuelve yerma, y cuanto mejor es por naturaleza, tanto más se arruina al quedar ociosa por descuido. Pero hay alguna tierra pedregosa y más áspera de lo debido; sin embargo, al ser cultivada, produjo de inmediato frutos nobles.¿ Qué árboles no se vuelven torcidos y estériles si se descuidan, y se vuelven fructíferos y productivos si reciben una educación correcta?¿ Qué fuerza corporal no se debilita y languidece por el descuido, el lujo y la mala salud?¿ Qué naturaleza débil no ha progresado enormemente en fuerza gracias a quienes se han ejercitado y esforzado?¿ Qué caballos, bien domados desde potros y que no permanecieron indómitos, no se volvieron dóciles y obedientes a sus jinetes?¿ Se volvieron irascibles?¿ Y por qué admirarse de lo demás, cuando vemos que muchos de los animales más salvajes se vuelven mansos y dóciles con el trabajo? Bien dijo también el tesalio cuando le preguntaron quiénes son los más apacibles de los tesalios:« Los que dejan de guerrear».¿ Y para qué decir mucho? Pues el carácter es un hábito prolongado, y si alguien llamara a las virtudes éticas« hábitos», no parecería cometer error alguno. Usaré un solo ejemplo más sobre esto y dejaré de extenderme. Licurgo, el legislador de los lacedemonios, tomó dos cachorros de los mismos padres y los crió de manera totalmente distinta: a uno lo hizo glotón y pendenciero, y al otro capaz de rastrear y cazar. Luego, reuniendo a los lacedemonios, dijo:«¡ Hombres lacedemonios, hay una gran influencia para la generación de la virtud en los hábitos, las educaciones, las enseñanzas y los modos de vida, y yo os lo haré evidente ahora mismo!». Entonces, acercó a los dos cachorros y los soltó, poniendo en medio un cuenco y una liebre directamente ante los cachorros. Uno se lanzó hacia la liebre y el otro hacia el cuenco. Como los lacedemonios aún no podían comprender qué significaba aquello y qué pretendía al mostrar los cachorros, dijo:« Ambos son de los mismos padres, pero al recibir una educación diferente, uno resultó glotón y el otro cazador». Y baste esto sobre los hábitos y los modos de vida.
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A continuación, sería oportuno hablar de la alimentación. Es necesario, como yo diría, que las propias madres amamanten a sus hijos y les ofrezcan sus pechos; pues los criarán con más compasión y mayor esmero, ya que aman a sus hijos desde dentro y, como se suele decir,« desde las uñas». Las nodrizas y amas tienen una benevolencia postiza y fingida, ya que aman por salario. La naturaleza también demuestra que las madres deben amamantar y criar a quienes han dado a luz; pues por esto proporcionó a todo animal que pare el alimento de la leche. Sabia es también la providencia: puso a las mujeres dos pechos, para que, incluso si dieran a luz gemelos, tuvieran dos fuentes de alimento. Además de esto, se volverían más benevolentes y afectuosas con sus hijos. Y, por Zeus, no sin razón; pues la crianza compartida es como una cuerda de la benevolencia. Pues incluso los animales, cuando son separados de los que se crían con ellos, muestran añoranza. Por lo tanto, lo mejor es lo que dije: que las madres intenten criar ellas mismas a sus hijos; pero si acaso no pudieran, ya sea por debilidad corporal— pues podría ocurrir algo así— o por apresurarse a tener otros hijos, al menos no deben elegir a nodrizas y amas cualesquiera, sino, en la medida de lo posible, a las más excelentes, y ante todo, que sean griegas de costumbres. Pues así como es necesario moldear los miembros del cuerpo de los niños desde el nacimiento para que crezcan rectos y sin deformidades, de la misma manera es conveniente regular desde el principio las costumbres de los niños. Pues la juventud es maleable y blanda, y las enseñanzas se funden en sus almas aún tiernas; todo lo duro se ablanda con dificultad. Pues así como los sellos se imprimen en la cera blanda, así las enseñanzas se graban en las almas de los niños pequeños. Y me parece que Platón, el divino, aconseja acertadamente a las nodrizas que no cuenten a los niños cuentos cualesquiera, para que no suceda que sus almas se llenen desde el principio de insensatez y corrupción. Y parece que el poeta Focílides también aconseja bien al decir:« Es necesario enseñar al niño, mientras aún es pequeño, bellas obras».
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Por tanto, tampoco es digno omitir esto: que también a los niños que han de servir a los alumnos y convivir con ellos, hay que buscarles, ante todo, que sean de costumbres excelentes, y además que hablen griego y con claridad, para que, al no mezclarse con bárbaros y con personas de costumbres viles, no adquieran algo de la bajeza de aquellos. Y los que usan proverbios dicen, y no sin razón, que si vives con un cojo, aprenderás a cojear.
7
Cuando, pues, tengan la edad para ser puestos bajo pedagogos, ahí es donde hay que tener mucho cuidado con su elección, para que no suceda que entreguen a los hijos a esclavos, bárbaros o embusteros. Pues, tal como ocurre ahora, lo que hacen muchos es ridículo. Pues a los esclavos excelentes, a unos los hacen agricultores, a otros capitanes de barco, a otros comerciantes, a otros administradores y a otros prestamistas; pero cualquier esclavo que encuentren que sea borracho y glotón, inútil para cualquier asunto, a ese le entregan a sus hijos. Pero el pedagogo excelente debe ser de tal naturaleza como lo fue Fénix, el pedagogo de Aquiles. Voy a decir lo más grande y principal de todo lo dicho. Pues hay que buscar para los hijos maestros que sean irreprochables en su vida, intachables en sus costumbres y excelentes en su experiencia; pues la fuente y raíz de la nobleza es obtener una educación legítima. Y así como los agricultores colocan estacas a las plantas, así los maestros legítimos fijan enseñanzas y consejos adecuados a los jóvenes, para que sus costumbres crezcan rectas. Pero ahora uno podría escupir sobre algunos padres que, antes de poner a prueba a quienes han de enseñar, por ignorancia, y a veces por inexperiencia, entregan a sus hijos a hombres indignos y de mala reputación. Y esto aún no sería ridículo si lo hicieran por inexperiencia, pero aquello es extremadamente absurdo.¿ Qué es? Pues a veces, sabiendo y percibiendo por lo que otros les dicen la inexperiencia y a la vez la maldad de algunos educadores, aun así les confían a sus hijos, unos vencidos por las adulaciones de quienes buscan agradar, y otros por complacer a amigos que se lo piden, haciendo algo parecido a si alguien que está enfermo del cuerpo, dejando de lado al que con ciencia podría salvarlo, por complacer a un amigo eligiera al que por inexperiencia podría matarlo, o si, dejando al mejor capitán de barco, eligiera al peor porque un amigo se lo pidió.¡ Zeus y todos los dioses!,¿ un padre, llamado así, se preocupa más por el favor de quienes se lo piden que por la educación de sus hijos?¿ Entonces no decía a menudo cosas razonables aquel Sócrates de antaño, que si fuera posible, habría que subir a la parte más alta de la ciudad y gritar:«¡ Oh hombres!,¿ adónde os dirigís, vosotros que os esforzáis al máximo por la adquisición de riquezas, pero os preocupáis poco de los hijos a quienes se las dejaréis?»? Y a esto yo añadiría que tales padres hacen algo parecido a si alguien se preocupara del zapato, pero descuidara el pie. Muchos padres llegan a tal grado de avaricia y a la vez de falta de amor a sus hijos, que, para no pagar un salario mayor, eligen como maestros para sus hijos a hombres que no valen nada, buscando una ignorancia barata. Por lo cual Aristipo, no sin elegancia, sino de manera muy ingeniosa, se burló con sus palabras de un padre falto de juicio y sentido. Pues cuando alguien le preguntó cuánto salario pedía por la educación de su hijo, dijo que mil dracmas. Y al decir el otro:«¡ Por Heracles!, es una petición excesiva; pues puedo comprar un esclavo por mil», dijo:« Entonces tendrás dos esclavos: a tu hijo y al que compres». Y, en general,¿ cómo no es absurdo acostumbrar a los niños con la mano derecha a recibir los alimentos, y si extendieran la izquierda, reprenderlos, pero no preocuparse de que escuchen palabras hábiles y legítimas?¿ Qué sucede, pues, con estos padres admirables cuando crían mal y educan mal a sus hijos? Yo lo diré. Pues cuando, al inscribirse como hombres, descuidan una vida sana y ordenada y se precipitan hacia placeres desordenados y serviles, entonces se arrepienten de haber traicionado la educación de sus hijos, cuando ya no hay remedio, angustiados por las fechorías de aquellos. Pues unos de ellos acogen a aduladores y parásitos, hombres oscuros y malditos, destructores y corruptores de la juventud, otros rescatan a cortesanas y prostitutas arrogantes y costosas, otros se vuelven sibaritas, otros se despeñan en los dados y las orgías, y algunos ya se tocan de males más juveniles, cometiendo adulterios y arruinando sus casas, valorando un solo placer más que la muerte. Si estos hubieran tratado con la filosofía, quizá no se habrían mostrado tan dóciles a tales cosas, y habrían aprendido el precepto de Diógenes, quien aconseja de manera vulgar en las palabras pero verdadera en los hechos, y dice:« Entra en un burdel, muchacho, para que aprendas que lo valioso no se diferencia en nada de lo indigno».
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Resumiendo, pues, digo— y parecería razonable que profetizo más que aconsejo— que un solo principio, primero, medio y último en estos asuntos, es una educación excelente y una formación legítima, y digo que estas cosas son propicias y colaboradoras hacia la virtud y la felicidad. Y los demás bienes son humanos, pequeños y no dignos de esfuerzo. La nobleza es algo hermoso, pero es un bien de los antepasados. La riqueza es algo valioso, pero es una posesión de la fortuna, puesto que a menudo se la ha quitado a quienes la tienen y se la ha traído a quienes no la esperaban, y la gran riqueza está expuesta como blanco para quienes desean disparar sus bolsas, para criados malvados y sicofantes, y lo más importante, que también los más malvados participan de ella. La gloria, ciertamente, es algo venerable, pero inestable. La belleza es algo por lo que se lucha, pero de corta duración. La salud es algo valioso, pero muy cambiante. La fuerza es algo envidiable, pero vulnerable a la enfermedad y a la vejez. Y, en general, si alguien se enorgullece de la fuerza del cuerpo, sepa que se equivoca en su juicio. Pues,¿ qué es la fuerza humana comparada con el poder de los otros animales? Me refiero, por ejemplo, a los elefantes, los toros y los leones. Pero la educación es lo único inmortal y divino que hay en nosotros. Y dos son las cosas más importantes en la naturaleza humana: la inteligencia y la razón. Y la inteligencia es la que manda sobre la razón, y la razón es la que sirve a la inteligencia, invulnerable a la fortuna, inalienable a la calumnia, incorruptible por la enfermedad e indemne a la vejez. Pues solo la inteligencia rejuvenece al envejecer, y el tiempo, que quita todas las demás cosas, añade la ciencia a la vejez. La guerra, ciertamente, que arrastra todo como un torrente y se lleva todo, es lo único que no puede quitar la educación. Y me parece que Estilpón, el filósofo de Mégara, dio una respuesta digna de memoria cuando Demetrio, tras esclavizar la ciudad, la redujo a escombros y preguntó a Estilpón si había perdido algo. Y él dijo:«¡ No, por cierto! Pues la guerra no saquea la virtud». Y la respuesta de Sócrates parece ser acorde y consonante con esta. Pues también él, cuando me parece que Gorgias le preguntó qué opinión tiene sobre el gran rey y si cree que es feliz, dijo que no sabe cómo está de virtud y educación, ya que la felicidad reside en estas cosas, no en los bienes de la fortuna.
9
Y así como aconsejo no hacer nada más importante que la educación de los hijos, así, de nuevo, digo que es necesario aferrarse a la que es incorruptible y sana, y alejar a los hijos lo más posible de las tonterías panegíricas. Pues agradar a la mayoría es desagradar a los sabios. Y mi discurso lo atestigua también Eurípides al decir:« Yo soy poco elegante para dar un discurso ante la multitud, pero más sabio ante mis iguales y ante pocos». Y esto también tiene su parte: pues los que son viles entre los sabios son más musicales al hablar ante la multitud. Veo, por mi parte, que quienes se dedican a hablar de manera agradable y complaciente ante las multitudes vulgares, en su vida, por lo general, resultan ser disolutos y amantes del placer. Y, por Zeus, con razón. Pues si al preparar placeres para otros descuidan lo bello, difícilmente pondrían lo recto y sano por encima de su propia voluptuosidad y lujo, o perseguirían lo sensato en lugar de lo agradable. Además de esto,¿ qué decir de los niños? Pues es hermoso no decir ni hacer nada al azar, y, según el proverbio,« difíciles son las cosas bellas». Los discursos improvisados están llenos de mucha ligereza y descuido, sin saber ni por dónde empezar ni dónde terminar. La reflexión no permite que el discurso se desvíe de la simetría adecuada. Pericles, según nos ha sido transmitido, cuando era llamado a menudo por el pueblo, no obedecía, diciendo que no estaba preparado. Del mismo modo, Demóstenes, al convertirse en seguidor de su política, cuando los atenienses lo llamaban a aconsejar, se oponía, diciendo:« No estoy preparado». Y esto quizás sea una tradición sin dueño y ficticia; pero en el discurso contra Midias, muestra claramente la utilidad de la reflexión. Dice, por ejemplo:« Yo, hombres atenienses, digo que he reflexionado y no lo negaría, y que he practicado tanto como me fue posible; pues habría sido un desgraciado si, habiendo sufrido y sufriendo tales cosas, descuidara lo que iba a decir sobre esto ante vosotros». Pero no diría yo que haya que desaprobar totalmente la prontitud de los discursos, o, por otra parte, practicarla en asuntos que no lo merecen, sino que esto debe hacerse a modo de medicina. Hasta la edad adulta, no considero digno decir nada al azar; pero cuando alguien haya arraigado su capacidad, entonces, cuando las circunstancias lo llamen, es conveniente ser libre en los discursos. Pues así como los que han estado atados mucho tiempo, incluso si fueran liberados después, no pueden caminar por la costumbre prolongada de las ataduras y tropiezan, de la misma manera los que han contenido su discurso por mucho tiempo, incluso si alguna vez fuera necesario hablar al instante, no por ello dejan de conservar el mismo carácter de elocuencia. Pero dejar que los que aún son niños hablen en el momento es causa de la mayor necedad. Dicen que un pintor miserable, al mostrar una imagen a Apeles, dijo:« He pintado esto ahora mismo», y él respondió:« Aunque no lo dijeras, sé que ha sido pintada rápidamente; me admiro de cómo no has pintado más como esta». Así pues, como vuelvo a la hipótesis inicial del discurso, aconsejo evitar y huir de lo teatral y lo trágico, así como de la pequeñez y bajeza de la expresión; pues la grandilocuente es ajena a la vida política, y la demasiado escueta no causa impresión. Y así como el cuerpo debe ser no solo sano sino también vigoroso, así también el discurso debe ser no solo libre de enfermedad sino también robusto. Pues lo seguro solo es elogiado, pero lo arriesgado también es admirado. Y me encuentro con la misma opinión sobre la disposición del alma. Pues no es conveniente ser ni audaz ni cobarde y atemorizado; pues lo primero deriva en desvergüenza, y lo segundo en servilismo; pero lo artístico es mantener el término medio en todo y ser mesurado. Y quiero, mientras aún recuerdo la educación, decir la opinión que tengo sobre ella: que considero el discurso monótono, primero, no pequeño indicio de falta de gusto; y después, que lo considero voluble y en absoluto persistente para la práctica. Pues la monodia en todo es saciante y ardua, mientras que la variedad es agradable, tal como en todas las demás cosas, como en las audiciones o las visiones.
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Es necesario, pues, que el niño libre no sea dejado sin oír ni ver ninguna de las otras llamadas artes liberales, sino que aprenda estas de pasada, como por gusto— pues en todo es imposible la perfección—, pero que dé prioridad a la filosofía. Y tengo una imagen para exponer mi opinión: así como es hermoso navegar por muchas ciudades, pero útil habitar en la mejor. Bión, el filósofo, decía ingeniosamente que, así como los pretendientes que no podían acercarse a Penélope se mezclaban con sus criadas, así también los que no pueden alcanzar la filosofía se consumen en los otros estudios que no valen nada. Por eso es necesario hacer de la filosofía como la cabeza de la otra educación. Pues para el cuidado del cuerpo, los hombres encontraron dos ciencias, la medicina y la gimnasia, de las cuales una proporciona la salud y la otra el vigor. Pero la filosofía es el único remedio para las enfermedades y pasiones del alma. Pues gracias a ella y con ella es posible conocer qué es lo bello y qué lo vergonzoso, qué lo justo y qué lo injusto, qué es, en resumen, elegible y qué evitable; cómo se debe tratar a los dioses, a los padres, a los ancianos, a las leyes, a los extranjeros, a los gobernantes, a los amigos, a las mujeres, a los hijos y a los criados; que hay que venerar a los dioses, honrar a los padres, respetar a los ancianos, obedecer las leyes, ceder ante los gobernantes, amar a los amigos, ser sensatos con las mujeres, ser afectuosos con los hijos y no ultrajar a los esclavos; y lo más importante, no ser demasiado alegres en la prosperidad ni demasiado tristes en las desgracias, no ser disolutos en los placeres ni apasionados y bestiales en las iras. Estas cosas las juzgo como las más antiguas de todos los bienes que provienen de la filosofía. Pues ser afortunado noblemente es propio de un hombre, serlo sin envidia es propio de un hombre de buen carácter, superar los placeres con la razón es propio de un sabio, y dominar la ira no es propio de cualquiera. Considero hombres perfectos a los que pueden mezclar y combinar el poder político con la filosofía, y supongo que son poseedores de los dos bienes más grandes: vivir una vida útil a la comunidad y pasar el tiempo en la filosofía, una vida sin olas y serena. Pues habiendo tres vidas, de las cuales una es práctica, otra contemplativa y otra de disfrute, la disoluta y esclava de los placeres es animal y mezquina, la contemplativa, al fallar en la práctica, es inútil, y la práctica, al carecer de filosofía, es inculta y errónea. Hay que intentar, en la medida de lo posible, tanto hacer las cosas comunes como aferrarse a la filosofía según lo permitan las circunstancias. Así actuó Pericles, así Arquitas de Tarento, así Dión de Siracusa, así Epaminondas de Tebas, de los cuales uno fue discípulo de Platón. Y sobre la educación, no sé si es necesario decir más. Además de lo dicho, es útil, o mejor dicho, necesario, no descuidar la adquisición de los escritos antiguos, sino hacer también una colección de ellos al modo del agricultor. Pues del mismo modo, el uso de los libros es un instrumento de la educación, y sucede que la ciencia se conserva desde la fuente.
11
Por tanto, tampoco es digno descuidar el ejercicio de los cuerpos, sino que, enviando a los niños al maestro de gimnasia, deben ejercitarse suficientemente en esto, tanto por la armonía de los cuerpos como por la fuerza; pues el bienestar corporal en los niños es el cimiento de una hermosa vejez. Así pues, como en tiempo de calma es necesario preparar lo necesario para el invierno, así en la juventud hay que almacenar el orden y la sensatez como provisiones para la vejez. Y hay que administrar el esfuerzo del cuerpo de tal manera que, al no quedar exhaustos, no desistan del cuidado de la educación; pues, según Platón, el sueño y el cansancio son enemigos del aprendizaje.¿ Y qué es esto? Sino que me apresuro a decir lo más importante de todo lo dicho. Pues los niños deben ser ejercitados para los combates militares, esforzándose en el lanzamiento de jabalina, el tiro con arco y la caza. Pues los bienes de los vencidos en las batallas se proponen como premios para los vencedores; y la guerra no admite una condición corporal criada a la sombra, sino que un soldado delgado, acostumbrado a los combates militares, empuja las falanges de los atletas y de los enemigos.¿ Qué podría decir alguien entonces?« Tú, que prometiste dar preceptos sobre la educación de los libres, pareces descuidar la educación de los pobres y del pueblo, y estás de acuerdo en dar los consejos solo a los ricos». A quienes no es difícil responder. Pues yo desearía sobre todo que la educación fuera útil a todos en común; pero si algunos, al estar mal de sus propios asuntos, no pudieran usar mis preceptos, que culpen a la fortuna, no a quien aconseja esto. Hay que intentar, pues, en la medida de lo posible, hacer la mejor educación de los niños incluso para los pobres; pero si no, hay que usar la que sea posible. Y esto lo he añadido al discurso para que, a continuación, una también las demás cosas que conducen a la educación correcta de los jóvenes.
12
Y digo también esto: que hay que llevar a los niños hacia las bellas ocupaciones con consejos y palabras, no, por Zeus, con golpes ni castigos. Pues parece que esto conviene más a los esclavos que a los libres; pues se entumecen y se estremecen ante los esfuerzos, unos por los dolores de los golpes, y otros también por las humillaciones. Los elogios y las censuras son más útiles que cualquier castigo para los libres, unos incitando hacia lo bello y otros apartando de lo vergonzoso. Hay que usar alternada y variadamente las reprensiones y los elogios, y cuando se vuelvan audaces, hacer que se avergüencen con las reprensiones, y de nuevo llamarlos con los elogios e imitar a las nodrizas, quienes, cuando los niños lloran, ofrecen de nuevo el pecho para consolarlos. Pero no hay que elevarlos ni inflarlos con los elogios; pues se vuelven vanidosos con el exceso de elogios y se echan a perder.
13
Ya he visto a algunos padres para quienes el exceso de amor se convirtió en la causa de no amar.¿ Qué es, pues, lo que quiero decir, para aclarar mi discurso con un ejemplo? Pues, al apresurarse a que sus hijos sean los primeros en todo, les imponen esfuerzos desmedidos, ante los cuales, al desfallecer, fracasan; y, por otra parte, al sentirse abrumados por tales sufrimientos, no aceptan la enseñanza con docilidad. Pues, al igual que las plantas se nutren con cantidades moderadas de agua, pero se ahogan con el exceso, del mismo modo el alma crece con esfuerzos proporcionados, pero se hunde con los excesos. Hay que dar, pues, a los niños un respiro de los esfuerzos continuos, recordando que toda nuestra vida está dividida entre el descanso y el esfuerzo. Y por esto se inventó no solo la vigilia, sino también el sueño; no solo la guerra, sino también la paz; no solo el invierno, sino también el tiempo sereno; no solo las acciones activas, sino también las fiestas. En resumen, el descanso es el condimento de los esfuerzos. Y esto no solo se puede observar en los seres vivos, sino también en los objetos inanimados; pues aflojamos los arcos y las liras para poder tensarlos. En general, el cuerpo se conserva mediante la privación y la plenitud, y el alma mediante el descanso y el esfuerzo. Es digno de reprender a algunos padres que, habiendo confiado sus hijos a pedagogos y maestros, no se convierten en absoluto en testigos oculares ni auditivos de su aprendizaje, cometiendo un error mayor de lo debido. Pues ellos mismos deben examinar a sus hijos cada pocos días, y no poner sus esperanzas en la disposición de un asalariado; pues también aquellos pondrán mayor cuidado en los niños si saben que han de rendir cuentas en cada ocasión. Y aquí es ingenioso lo dicho por el caballerizo: que nada engorda tanto al caballo como el ojo del rey. Pero, sobre todo, hay que ejercitar y acostumbrar la memoria de los niños; pues esta es como el tesoro de la educación, y por esto fabularon que Mnemósine era la madre de las Musas, insinuando y dando a entender que nada es tan capaz de engendrar y nutrir como la memoria. Y, por tanto, hay que ejercitarla en ambos casos, tanto si los niños son memoriosos por naturaleza como si, por el contrario, son olvidadizos. Pues reforzaremos el exceso de la naturaleza y supliremos la carencia; y los unos serán mejores que los demás, y los otros mejores que sí mismos. Pues bien se ha dicho lo de Hesíodo:« Porque si añadieras incluso poco a poco y lo hicieras a menudo, pronto esto llegaría a ser grande». Que no pase inadvertido, pues, a los padres que la parte mnemotécnica del aprendizaje contribuye no en menor medida no solo a la educación, sino también a las acciones de la vida. Pues el recuerdo de las acciones pasadas se convierte en ejemplo para la prudencia sobre las futuras.
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Y, ciertamente, también hay que apartar a los hijos de la obscenidad; pues, según Demócrito, el discurso es la sombra de la acción. Además, hay que prepararlos para que sean sociables y afables; pues nada es tan odioso como los caracteres inaccesibles. Además, los niños podrían resultar agradables a quienes los rodean si no se muestran totalmente intransigentes en las discusiones; pues no solo es bueno saber vencer, sino también saber ser vencido en aquellos casos en que vencer es perjudicial. Pues existe, en verdad, también la victoria cadmea. Y tengo como testigo de esto al sabio Eurípides, quien dice:« De dos que discuten, si uno se enfurece, el que no se obstina en sus palabras es más sabio». Lo que, pues, no es menos importante que lo dicho, sino incluso más digno de ser practicado por los jóvenes, debe ser mencionado. Esto es: practicar una vida sin vanidad, refrenar la lengua, estar por encima de la ira, controlar las manos. Hay que considerar cuán importante es cada una de estas cosas, y serán más claras mediante ejemplos. Por ejemplo, para empezar por lo último, algunos, al extender las manos hacia ganancias injustas, malgastaron la gloria de sus vidas pasadas; como Gilipo el lacedemonio, que, al desatar las bolsas de dinero, fue expulsado de Esparta como exiliado. La ausencia de ira, ciertamente, es propia de un hombre sabio. Sócrates, pues, cuando un joven insolente y muy despreciable le dio una patada, al ver a los que estaban con él indignados y agitados hasta el punto de querer perseguirlo, dijo:«¿ Acaso si me hubiera dado una patada un asno, me habría considerado digno de devolvérsela?». Sin embargo, aquel no salió impune del todo, pues, al reprocharle todos y llamarle« el que da patadas», se ahorcó. Y sobre Aristófanes, cuando presentaba Las Nubes, lanzando contra él todo tipo de ultrajes, y alguien de los presentes le dijo:«¿ No te indignas, Sócrates, al ser ridiculizado de tal manera?», respondió:«¡ Por Zeus, que no! Pues en el gran banquete que es el teatro, soy objeto de burlas». Cosas hermanas y afines a estas parecerán haber hecho Arquitas de Tarento y Platón. El primero, al regresar de la guerra, siendo general, al encontrar su tierra inculta, llamó al administrador de la misma y le dijo:« Te habría castigado si no estuviera demasiado enfurecido». Y Platón, enfurecido con un esclavo glotón y despreciable, llamó a Espeusipo, el hijo de su hermana, y le dijo:« Ve tú y dale una paliza; pues yo estoy muy enfurecido». Alguien podría decir que estas cosas son difíciles y difíciles de imitar. Yo también lo sé. Hay que intentar, pues, en la medida de lo posible, usando estos ejemplos, eliminar la mayor parte de la ira desenfrenada y furiosa; pues no somos rivales de aquellos en otras cosas, ni en experiencias ni en virtudes. Pero, no obstante, como si fuéramos hierofantes y portadores de antorchas de la sabiduría, intentamos imitar y emular, en la medida de lo posible, estas cosas. Por tanto, controlar la lengua— pues sobre esto, como propuse, queda hablar—, si alguien lo considera algo pequeño y trivial, se aleja muchísimo de la verdad. Pues un silencio oportuno es sabio y mejor que cualquier discurso. Y por esto me parece que los antiguos establecieron los ritos mistéricos, para que, acostumbrados a callar en ellos, traslademos el temor de los dioses a la fe en los misterios humanos. Pues, en efecto, nadie se arrepintió nunca por haber callado, pero sí muchísimos por haber hablado. Y lo que se ha callado es fácil de decir, pero lo que se ha dicho es imposible de recuperar. Y yo sé que innumerables personas han caído en las mayores desgracias por la incontinencia de la lengua. De los cuales, dejando a los otros, mencionaré uno o dos por ejemplo. Pues cuando Filadelfo se casó con su hermana Arsínoe, Sotades, al decir:« Empujas el aguijón en una cavidad no santa», se pudrió durante mucho tiempo en la cárcel y pagó un castigo no reprochable por su charla inoportuna, para que, al dar risa a los demás, él mismo llorara durante mucho tiempo. Cosas rivales y afines a estas dijo y sufrió Teócrito el sofista, y mucho más terribles. Pues cuando Alejandro ordenó a los griegos preparar vestiduras de púrpura para, al regresar, sacrificar por las victorias de la guerra contra los bárbaros, y las naciones aportaban plata por cabeza, dijo:« Antes discutían, pero ahora he comprendido claramente que esta es la muerte púrpura de Homero». Por lo cual se ganó como enemigo a Alejandro. Y a Antígono, el rey de los macedonios, que era tuerto, al reprocharle su defecto, lo llevó a una ira no moderada. Pues, habiendo enviado al archicocinero Eutropión, que había llegado a estar en su séquito, le pidió que se presentara ante él y que diera y recibiera razón. Al anunciarle aquel esto y acercarse muchas veces, dijo:« Sé bien que quieres servirme crudo al Cíclope», reprochándole a uno que era tuerto y al otro que era cocinero. Y aquel, por tanto, al decir:« No tendrás cabeza, sino que pagarás por esta falta de freno y locura», anunció lo dicho al rey, y este, enviando, eliminó a Teócrito. Además de todo esto, lo que es más sagrado, acostumbrar a los niños a decir la verdad; pues mentir es propio de esclavos y digno de ser odiado por todos los hombres, y ni siquiera es perdonable en esclavos moderados.
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Estas cosas, pues, las he discutido sin dudar ni vacilar sobre la buena educación y la templanza de los niños; pero sobre lo que voy a decir a continuación estoy indeciso y dividido, y oscilando de un lado a otro como en una balanza, no puedo inclinarme hacia ninguno de los dos lados, y un gran temor me embarga tanto por la recomendación como por la disuasión del asunto. Sin embargo, hay que atreverse a decirlo.¿ Qué es, pues, esto?¿ Debemos permitir que los que aman a los niños se reúnan y pasen tiempo con ellos, o, por el contrario, es conveniente apartarlos y alejarlos de la compañía de estos? Pues cuando miro a los padres que son autosuficientes y de carácter agrio y severo, que consideran la compañía de los amantes como una insolencia intolerable para sus hijos, temo convertirme en instigador y consejero de esto; pero cuando, a su vez, recuerdo a Sócrates, a Platón, a Jenofonte, a Esquines, a Cebes, a todo ese coro de hombres que aprobaron los amores masculinos y llevaron a los jóvenes tanto a la educación como a la dirección del pueblo y a la virtud de las costumbres, vuelvo a ser otro y me inclino hacia el celo de aquellos hombres. Y da testimonio de esto Eurípides al decir:« Pero existe, ciertamente, otro amor entre los mortales, el de un alma justa, templada y buena». Y no hay que pasar por alto lo de Platón, mezclado con seriedad y gracia. Pues dice que debe permitirse a los que han sobresalido amar a cualquiera de los bellos que deseen. Por tanto, era conveniente expulsar a los que desean la belleza física, pero admitir a los amantes del alma en su totalidad. Y hay que evitar los amores de Tebas y los de Élide y el llamado rapto en Creta, pero hay que emular los de Atenas y los de Lacedemonia.
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Sobre estas cosas, pues, que cada uno asuma lo que él mismo se haya convencido; yo, puesto que he hablado sobre el buen orden y la decencia de los niños, pasaré ya a la edad de los adolescentes y diré cosas muy breves; pues a menudo he censurado a los que se han convertido en instigadores de costumbres viles, quienes pusieron pedagogos y maestros a los niños, pero dejaron que el impulso de los adolescentes vagara libremente, cuando, por el contrario, era necesario tener mayor precaución y vigilancia con los adolescentes que con los niños. Pues,¿ quién no sabe que las faltas de los niños son pequeñas y totalmente curables, quizás por negligencia de los pedagogos, distracción de los maestros y desobediencia? Pero los delitos de los que ya están en la juventud se vuelven a menudo extraordinarios y atroces: intemperancia del vientre, robos de los bienes paternos, juegos de azar, juergas, borracheras, amores de vírgenes y corrupción de mujeres casadas. Por tanto, era conveniente sujetar y contener sus impulsos con cuidados, pues la plenitud de la edad es incontrolable en cuanto a los placeres, saltarina y necesitada de freno, de modo que los que no se ocupan enérgicamente de esta edad dan autoridad a la insensatez para cometer delitos. Era necesario, pues, que los padres sensatos estuvieran especialmente vigilantes en este momento, para moderar a los adolescentes enseñándoles, amenazándoles, rogándoles, mostrándoles ejemplos de los que, por amor al placer, cayeron en desgracias, y de los que, por la perseverancia, se procuraron alabanza y buena fama. Pues estos dos son, por así decirlo, los elementos de la virtud: la esperanza de honor y el temor al castigo; pues la una los hace más impetuosos hacia las más bellas ocupaciones, y el otro los hace reacios a las acciones viles.
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En general, es conveniente apartar a los niños de la compañía de los hombres malvados; pues se contagian de algo de la maldad de estos. Y esto lo ordenó también Pitágoras con enigmas que, al exponerlos, explicaré; pues también estos contribuyen no en menor medida a la adquisición de la virtud. Por ejemplo,« no probar de los peces de cola negra», es decir, no convivir con hombres de carácter negro por su maldad.« No pasar por encima de la balanza», es decir, que hay que tener en gran cuenta la justicia y no pasar por encima de ella.« No sentarse sobre una medida», es decir, evitar la ociosidad y preocuparse por cómo procurarnos el alimento necesario.« No dar la mano a cualquiera», en lugar de que no se debe negociar precipitadamente.« No llevar un anillo estrecho», porque hay que practicar la vida de tal manera que no sea necesario.« No remover el fuego con un cuchillo», en lugar de no irritar al que está enfurecido; pues no es conveniente, sino ceder ante los que se enfurecen.« No comer el corazón», es decir, no dañar el alma consumiéndola con preocupaciones.« Abstenerse de las habas», porque no se debe participar en la política; pues las votaciones eran antiguamente mediante habas, con las cuales ponían fin a los cargos.« No echar alimento en un orinal», pues señala que no es conveniente echar un discurso noble en un alma malvada; pues el discurso es alimento de la inteligencia, y la maldad de los hombres lo hace impuro.« No volverse atrás al llegar a los límites», es decir, que los que están a punto de morir y ven el límite de la vida cerca, deben llevarlo con calma y no desanimarse. Volveré a la hipótesis inicial del discurso; pues, como decía, hay que apartar a los niños de todos los hombres malvados, pero sobre todo de los aduladores. Lo que a menudo sigo diciendo a muchos de los padres, también ahora lo diría. No hay linaje más destructivo ni que más rápida y violentamente precipite a la juventud que los aduladores, que destruyen de raíz tanto a los padres como a los hijos, haciendo la vejez de unos dolorosa y la juventud de otros, y ofreciendo como cebo incauto de sus consejos el placer. A los hijos de los ricos, los padres les aconsejan ser sobrios, pero ellos, embriagarse; ser templados, pero ellos, ser licenciosos; ahorrar, pero ellos, gastar; ser trabajadores, pero ellos, ser perezosos, diciendo que toda la vida es un instante de tiempo, y que hay que vivir, no sobrevivir.¿ Y qué nos debe importar a nosotros las amenazas del padre? Es un viejo chocho y un muerto viviente, y levantándolo en vilo lo sacaremos lo más rápido posible.¿ Y alguien introdujo a una prostituta y proxeneteó a una mujer casada? Y saqueó y recortó los recursos de la vejez de los padres. Es una raza impura, hipócritas de la amistad, sin gusto por la franqueza, aduladores de los ricos y despreciadores de los pobres, llevados hacia los jóvenes como por un arte lírico, sonriendo cuando los que los alimentan ríen, partes suplantadas y bastardas del alma y de la vida, viviendo según el gesto de los ricos, libres por fortuna, pero esclavos por elección; y cuando no son ultrajados, entonces creen ser ultrajados, porque son alimentados en vano. De modo que, si a alguien le importa la buena educación de los hijos de los padres, hay que expulsar a estas criaturas impuras, y no menos hay que expulsar las maldades de los compañeros de estudio; pues también estos son capaces de corromper las naturalezas más nobles.
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Estas cosas, pues, son bellas y convenientes; pero lo que voy a decir es humano. Pues, por otra parte, no exijo que los padres sean totalmente ásperos y duros de carácter, sino que en muchos casos cedan algo ante las faltas del más joven, y se recuerden a sí mismos que fueron jóvenes. Y al igual que los médicos, al mezclar lo amargo de los medicamentos con jugos dulces, encontraron un camino para que el placer conduzca a lo conveniente, así los padres deben mezclar la aspereza de las reprensiones con la suavidad, y a veces permitir los deseos de los niños y aflojar las riendas, y a veces, a su vez, resistir, y sobre todo llevar con calma las faltas, y si no, al menos, enfurecidos por un momento, desahogarse rápidamente. Pues es mejor que el padre sea irascible que rencoroso, ya que lo hostil y difícil de reconciliar es un no pequeño indicio de falta de amor filial. Es bueno también no parecer saber algunas de las faltas, sino trasladar la vista nublada y la sordera de la vejez a lo que sucede, de modo que, viendo algunas de las cosas que se hacen, no se vean, y no se oigan al oír. Soportamos las faltas de los amigos;¿ qué tiene de extraño si las de los hijos? A menudo no hemos reprendido la embriaguez de esclavos que estaban de resaca.¿ Perdonaste alguna vez? Pues también concede.¿ Te enfureciste alguna vez? Pues también perdona.¿ Engañó alguna vez a través de un criado? Contén la ira.¿ Se llevó alguna vez una yunta del campo?¿ Llegó alguna vez exhalando la embriaguez de ayer? Ignóralo.¿ Huele a perfumes? Calla. Así se doma la juventud saltarina.
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Hay que intentar unir en matrimonio a los que son esclavos de los placeres y reacios a las reprensiones; pues este es el vínculo más seguro de la juventud. Y hay que prometer a los hijos mujeres que no sean mucho más nobles ni más ricas; pues« toma la que esté a tu nivel» es sabio. Pues los que toman mujeres mucho mejores que ellos mismos, sin darse cuenta, se convierten no en maridos de sus mujeres, sino en esclavos de sus dotes.
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Añadiendo aún unas pocas cosas, delimitaré los consejos. Pues, ante todo, los padres deben ofrecerse a sí mismos como un ejemplo evidente para sus hijos, no cometiendo ninguna falta y haciendo todo lo que deben, para que, mirando hacia la vida de estos como a un espejo, se aparten de las acciones y palabras vergonzosas. Pues los que, al reprender a sus hijos que cometen faltas, caen en las mismas faltas, se convierten sin darse cuenta en acusadores de sí mismos bajo el nombre de aquellos; y, viviendo en general de forma vil, no tienen franqueza para reprender ni siquiera a los esclavos, y mucho menos a los hijos. Además de esto, se convertirían para ellos en consejeros y maestros de sus delitos. Pues donde hay ancianos desvergonzados, allí es necesario que también los jóvenes sean descaradísimos. Hay que intentar, pues, practicar todo lo conveniente para la templanza de los hijos, emulando a Eurídice, quien, siendo iliria y tres veces bárbara, sin embargo, se ocupó de la educación de sus hijos tarde en su edad. Su amor filial lo indica suficientemente el epigrama que dedicó a las Musas:« Eurídice de Hierápolis dedicó esto a las Musas, habiendo elegido un deseo fácil de alcanzar para el alma. Pues, siendo madre de hijos que florecían, se esforzó por aprender las letras, monumentos de los discursos». Incluir todas las cosas preescritas es, quizás, obra de un deseo o de una exhortación; pero emular la mayoría, aunque requiere buena fortuna y mucho cuidado, es, sin embargo, algo realizable para la naturaleza humana.

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