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De primo frigido
Plutarch (plutarch)Frig 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
¿ Existe, pues, alguna potencia y esencia primera de lo frío, Favorino, tal como el fuego lo es de lo caliente, por cuya presencia y participación cada una de las otras cosas se vuelve fría?¿ O es más bien el frío una privación de calor, tal como dicen que la oscuridad lo es de la luz y el reposo del movimiento? Pues también lo frío parece ser estático, mientras que lo caliente es moviente; y los enfriamientos de las cosas calientes no ocurren por la presencia de ninguna potencia, sino por la privación del calor; pues al retirarse este, aparece en gran cantidad y se enfría lo que queda; ya que el vapor, que emiten las aguas hirvientes, se escapa junto con el calor que se retira, por lo cual el enfriamiento disminuye la cantidad al segregar el calor, sin que entre ninguna otra cosa.
2
¿ O acaso alguien podría sospechar primero de este argumento que elimina muchas de las potencias manifiestas, al considerarlas no como cualidades ni estados, sino como privaciones de estados y cualidades, como la pesadez de la ligereza, la dureza de la blandura, lo negro de lo blanco y lo amargo de lo dulce, y aquellas cosas que por naturaleza están destinadas a oponerse entre sí según su potencia, no como privación de un estado? Además, toda privación es inactiva e inerte, como la ceguera, la sordera, el silencio y la muerte; pues son privaciones de formas y eliminaciones de esencias, no naturalezas ni esencias por sí mismas. Pero el frío, al producirse en los cuerpos, no es menos capaz que el calor de obrar afecciones y cambios; pues muchas cosas se congelan, se condensan y se espesan por el frío; y su carácter estático y difícil de mover no es inerte, sino pesado y firme, poseyendo una tensión que, por su fuerza, es cohesiva y unificadora. De donde la privación resulta ser un eclipse y un retroceso de la potencia opuesta, mientras que muchas cosas se enfrían teniendo mucha calidez en su interior; y algunas, si reciben cosas más calientes, el frío las congela y las contrae, tal como el hierro al ser templado. Los estoicos dicen incluso que el pneuma en los cuerpos de los infantes se templa por el enfriamiento y, al transformarse, se convierte por naturaleza en alma; pero esto es discutible, y no es justo considerar privación a la frialdad, que es manifiestamente creadora de muchas otras cosas.
3
Además, ninguna privación admite el más y el menos, ni nadie diría que uno está más privado de vista que otro que no ve, o que uno está más en silencio que otro que no habla, o que uno está más muerto que otro que no vive. Pero en las cosas frías hay mucho de más y de menos, de demasiado y de no demasiado, y en general de intensidades y remisiones, al igual que en las calientes, debido a que la materia, al ser afectada de manera intensa o leve por las potencias contrarias, proporciona de sí misma cosas más o menos calientes y frías. Pues no existe mezcla de un estado con una privación, ni ninguna potencia admite que la privación opuesta se le acerque ni la hace partícipe, sino que se resiste; pero las cosas calientes, hasta que se mezclan con las frías, permanecen, tal como las negras con las blancas, las pesadas con las ligeras, las ácidas con las dulces y las astringentes, proporcionando a esta comunión y armonía de colores, sonidos, fármacos y alimentos muchas génesis gratas y benévolas. Pues la oposición según la privación y el estado es bélica e incompatible, teniendo la esencia de uno la destrucción del otro; pero la que ocurre según las potencias contrarias en el momento oportuno es utilizada mucho por las artes, y sobre todo por la naturaleza, tanto en las otras génesis como en los cambios del aire, y todo lo que el dios, al ordenar y arbitrar, es llamado armónico y músico, no ajustando pesadeces y agudezas, ni proporcionando blancos y negros que conversen armoniosamente entre sí, sino la comunión y diferencia del calor y el frío en el cosmos, para que se unan moderadamente y se separen de nuevo, supervisando y eliminando el exceso de cada uno, los establece a ambos en lo debido.
4
Y, ciertamente, existe la sensación de lo frío, al igual que la del calor; pero la privación no es ni visible, ni audible, ni tangible, ni conocida por las otras sensaciones. Pues la sensación era de alguna esencia; donde la esencia no aparece, se piensa en la privación, siendo una negación de esencia, tal como la ceguera de la vista, el silencio de la voz, y la desolación y el vacío del cuerpo. Pues no hay sensación de vacío mediante el tacto, sino que donde no ocurre el contacto de un cuerpo, se produce el pensamiento del vacío; ni oímos el silencio, sino que, aunque no oigamos nada, pensamos en el silencio; y de la misma manera, de los ciegos, los desnudos y los desarmados no hay sensación, sino pensamiento por negación de la sensación. Por tanto, no debería haber sensación de cosas frías, sino que, donde el calor falta, debería pensarse en lo frío, si fuera una privación de calor; pero si, al igual que el calor es sensible por el calor y la separación de la carne, así lo frío lo es por la condensación y el espesamiento, es evidente que también de la frialdad existe un principio y fuente propia, al igual que del calor.
5
Además, la privación respecto a cada especie es algo único y simple, mientras que las esencias tienen más diferencias y potencias; pues el silencio es monótono, pero la voz es variada, molestando a veces y deleitando otras a la sensación. También los colores y las formas tienen tales diferencias, en las cuales disponen de diversas maneras al que se encuentra con ellas; pero lo intangible, lo incoloro y, en general, lo carente de cualidad no tiene diferencia, sino que es uniforme.
6
¿ Acaso, pues, lo frío se parece a estos privativos, de modo que no produzca diferencia en las afecciones, o por el contrario, existen grandes y útiles placeres para los cuerpos provenientes de las cosas frías, y a su vez daños, dolores y pesadeces considerables, por los cuales el calor no siempre huye y abandona, sino que a menudo, al ser atrapado, resiste y lucha, y el nombre de la lucha de ambos es escalofrío y temblor, y al ser vencido el calor, sobreviene el congelarse y entumecerse, mientras que, al dominar el frío, proporciona difusión y calor al cuerpo con placer, lo que Homero ha llamado calentarse? Pero estas cosas son evidentes para todos; y en estas afecciones no menos se demuestra que el frío, frente al calor, se opone como esencia a esencia o afección a afección, no como negación y privación, ni es una destrucción y eliminación del calor, sino una naturaleza y potencia destructiva.¿ O acaso eliminaremos también el invierno de las estaciones y los vientos del norte, por ser privaciones de los calores y vientos del sur y no tener un principio propio?
7
Y, ciertamente, siendo cuatro los primeros cuerpos en el universo, que por su multitud, simplicidad y potencia la mayoría supone como elementos y principios de los demás, fuego, agua, aire y tierra, es necesario que también las cualidades primeras y simples sean tantas.¿ Cuáles son, pues, estas, sino calor, frío, sequedad y humedad, con las cuales todos los elementos están destinados a padecer y obrar? Y así como en la gramática hay brevedades y longitudes, y en la música pesadeces y agudezas, no siendo unas privación de las otras, así en los cuerpos físicos debe suponerse una correspondencia de lo húmedo frente a lo seco y de lo frío frente a lo caliente, preservando tanto la razón como los fenómenos; o, como pensaba Anaxímenes el antiguo, no dejemos ni lo frío ni lo caliente en la esencia, sino como afecciones comunes de la materia que sobrevienen a los cambios; pues dice que lo que se contrae y se espesa de ella es frío; y lo raro y lo relajado, habiéndolo nombrado así con el término, es caliente. De donde no sin razón se dice que el hombre exhala tanto cosas calientes como frías por la boca; pues el aliento se enfría al ser presionado y espesado por los labios, y al ser expulsado con la boca abierta, se vuelve caliente por la rareza. Aristóteles hace de esto un error del hombre; pues, al estar abierta la boca, el calor es exhalado de nosotros mismos, pero cuando, al contraer los labios, soplamos, no es el aire de nosotros, sino el aire que está delante de la boca el que es empujado, siendo frío, y choca contra nosotros.
8
Y si hay que dejar una esencia de lo frío y lo caliente, avancemos en el argumento hacia lo siguiente, buscando cuál es la esencia, el principio y la naturaleza de la frialdad; algunos, pues, al decir que el entumecerse, temblar, estremecerse y todo lo afín a estas afecciones ocurre por aspereza, debido a que las formaciones escalenas y triangulares están presentes en los cuerpos, aunque se equivoquen en los detalles, al menos toman el principio desde donde deben; pues es necesario, como desde un hogar, comenzar la búsqueda desde la esencia de todas las cosas. En lo cual parecería que el filósofo difiere más del médico, del agricultor y del músico. Pues a aquellos les basta con contemplar los últimos de los principios; pues si se observa la causa más cercana a la afección, ya sea la intensidad de la fiebre o la caída del tizón, o los soles ardientes sobre la lluvia, o la inclinación de las flautas y su reunión entre sí, es suficiente para el artesano para su obra propia. Pero para el físico que busca la verdad por amor a la teoría, el conocimiento de los últimos no es el fin, sino el principio del camino hacia los primeros y más elevados. Por lo cual también Platón y Demócrito, buscando la causa del calor y la pesadez, no detuvieron el argumento en la tierra y el fuego, sino que, refiriendo los sensibles a los principios inteligibles, avanzaron hasta los más pequeños, como semillas.
9
No obstante, es mejor remover también estos sensibles, en los cuales Empédocles, Estratón y los estoicos sitúan las esencias de las potencias, los estoicos atribuyendo lo primero frío al aire, y Empédocles y Estratón al agua; y la tierra quizás parecería a otro como la causa supuesta de la frialdad. Pero examinemos primero los de aquellos. Puesto que el fuego es a la vez caliente y brillante, la naturaleza opuesta al fuego debe ser fría y oscura; pues se opone, como lo sombrío a lo brillante, así lo frío a lo caliente; pues es, como lo sombrío para la vista, así lo frío para el tacto, confuso, y el calor disuelve la sensación del que toca, tal como la brillantez la del que ve. Por tanto, lo primero oscuro en la naturaleza es también primero frío. Que el aire es lo primero oscuro, no ha pasado inadvertido ni siquiera para los poetas; pues llaman al aire oscuridad; pues el aire era profundo junto a las naves y la luna no brillaba desde el cielo; y de nuevo, vistiéndose de aire, vagan por toda la tierra, y de nuevo, al instante, dispersó el aire y apartó la niebla, y el sol brilló; y toda la batalla apareció. Pues llaman también tiniebla al aire no iluminado, vacío, al parecer, de luz; y la nube, el aire que se ha unido y espesado, ha sido llamado por negación de luz; se llama también calígine y niebla; y todo lo que no proporciona a la sensación la visión de la luz son diferencias del aire; y su carácter invisible e incoloro tuvo el nombre de Hades y Aqueronte. Así pues, como al faltar el resplandor el aire es oscuro, así al retirarse el calor, lo que queda es aire frío y nada más; por lo cual también el Tártaro ha sido llamado así por la frialdad; y lo manifiesta también Hesíodo al decir los tártaros brumosos; y el estremecerse y temblar por el frío se llama tartarear; estos, pues, tienen tal argumento.
10
Y puesto que la destrucción es un cambio de las cosas que se destruyen hacia lo contrario de cada una, examinemos si se ha dicho bien que la muerte del fuego es la génesis del aire; pues muere también el fuego como un ser vivo, ya sea apagado por la fuerza o consumiéndose por sí mismo. La extinción, pues, hace más evidente su cambio hacia el aire; pues también el humo es una especie de aire y, según Píndaro, la llama que patea al aire al humear y la exhalación. No obstante, también se puede ver cuando la llama disminuye por falta de alimento, como en las lámparas, la punta vertiéndose hacia el aire y hacia lo sombrío y oscuro. Y el vapor frío que sube de los que se vierten agua después de los baños o el baño de vapor demuestra suficientemente el cambio del calor que se destruye hacia el aire, como opuesto por naturaleza al fuego; a lo cual seguía que el aire es primero oscuro y frío.
11
Y, ciertamente, de todas las cosas que ocurren por la frialdad en los cuerpos, la congelación, siendo la más violenta y fuerte, es una afección del agua, pero obra del aire; pues el agua, por sí misma, es fácilmente difusible, no compacta e inestable, pero se tensa y se contrae al ser apretada por el aire debido a la frialdad; por lo cual también se ha dicho: si el viento del sur provoca al del norte, al instante nevará. Pues habiendo preparado el viento del sur la humedad como materia, el aire del norte, al recibirla, la congeló. Y es evidente sobre todo en las nieves; pues al haber soltado aire y haber exhalado antes aire fino y frío, así fluyen; Aristóteles dice incluso que las piedras de afilar de plomo se derriten y fluyen por el frío y el invierno, acercándose a ellas solo el agua; pero el aire, al parecer, al empujar los cuerpos con la frialdad, los quiebra y los rompe.
12
Además, las aguas arrancadas de la fuente se congelan más; pues el aire prevalece más sobre lo menor. Pero si alguien, tomando agua fría de un pozo en un recipiente y bajándola de nuevo al pozo de modo que el recipiente no toque el agua, sino que cuelgue en el aire, espera un tiempo no largo, el agua estará más fría; se demuestra sobre todo que no es el agua la causa primera de la frialdad, sino el aire. De los grandes ríos, ninguno se congela en profundidad; pues el aire no desciende hasta el fondo, sino que todo lo que abarca con la frialdad al tocarlo y acercarse, eso lo detiene; de donde los bárbaros cruzan a pie, lanzando zorros; pues si el hielo no es profundo sino superficial, al sentir el ruido del agua que fluye debajo, se vuelven; algunos incluso cazan peces, deshaciendo el hielo con agua caliente y aflojándolo, lo que recibirá el sedal. Así, nada de lo que está en profundidad ha sufrido por el frío. Y sin embargo, de las cosas de arriba ocurre tal cambio por la congelación, que el agua, al ser forzada hacia sí misma y comprimida, rompe las naves, como cuentan los que ahora pasaron el invierno con César en el Istro. No obstante, también lo que sucede a nuestro alrededor da suficiente testimonio; pues después de los baños y las sudoraciones nos enfriamos más, al recibir mucha frialdad junto con el aire en nuestros cuerpos relajados y difundidos. Pero esto mismo sufre también el agua; pues se enfría, si se precalienta, más, al volverse más susceptible al aire, cuando al sacar y elevar las aguas hirvientes, no hacen otra cosa, supongo, que mezclarlas con mucho aire. El argumento, pues, que atribuye al aire la primera potencia de la frialdad, Favorino, está en tales probabilidades.
13
El que lo atribuye al agua toma también él principios de manera similar, diciendo Empédocles de esta manera: mira al sol brillante y caliente por todas partes, y a la lluvia en todas partes sombría y fría; pues al haber contrapuesto lo frío a lo caliente, como lo negro a lo brillante, dio a entender que lo negro y lo frío son de la misma esencia, como lo brillante y lo caliente. Que lo negro no es del aire sino del agua, la sensación lo atestigua, no ennegreciéndose nada con el aire, por así decirlo, y ennegreciéndose todo con el agua. Pues si echas la lana más blanca en agua o un vestido, aparece negro y permanece hasta que el líquido sea evaporado por el calor o sea exprimido por algunos tornos y pesos; y al ser rociada la tierra con agua, los lugares alcanzados por las gotas se ennegrecen, permaneciendo los otros iguales. Del agua misma, pues, lo más profundo parece ser lo más oscuro por la multitud, pero las cosas a las que el aire se acerca, estas se iluminan y resplandecen. De los otros líquidos, el aceite es el más transparente, usando mucho aire; prueba de esto es su ligereza, por la cual flota sobre todo al ser llevado hacia arriba por el aire, y produce también la calma en el mar al ser rociado sobre las olas, no por la suavidad de los vientos que resbalan, como decía Aristóteles; sino que en todo líquido la ola se disuelve al ser golpeada, pero el aceite proporciona de manera especial resplandor y transparencia en el fondo, al ser dilatados los líquidos por el aire; pues no solo en la superficie para los que pasan la noche, sino también abajo para los buscadores de esponjas, al ser soplado desde la boca en el mar, proporciona luz. No participa, pues, más el aire de lo negro que el agua, sino menos. Y menos de lo frío. Al menos el aceite, participando de más aire que los líquidos, es el menos frío y se congela suavemente; pues el aire mezclado no deja que la congelación se vuelva dura; y las agujas, las hebillas de hierro y las obras finas no las templan en agua sino en aceite, temiendo la excesiva frialdad del agua como deformante. Pues de estas cosas es más justo que se examine el argumento, no de los colores, puesto que también la nieve, el granizo y el cristal se vuelven a la vez más brillantes y más fríos, y a su vez la pez es más caliente que la miel y más oscura.
14
Sin embargo, me asombro de los que pretenden que el aire es frío por ser también oscuro, si no ven a otros que pretenden que es caliente por ser también ligero. Pues no es lo oscuro tan afín y congénere a lo frío como lo pesado y estático; pues muchas cosas carentes de calor participan de resplandor, pero nada de lo frío es ligero, liviano y ascendente. Pero también las nubes, mientras pertenecen más al aire, se elevan, pero al transformarse en líquido, al instante resbalan y pierden lo ligero no menos que lo caliente, al producirse la frialdad; y por el contrario, cuando llega el calor, de nuevo invierte el movimiento, al elevarse hacia arriba la esencia al transformarse en aire. Y, ciertamente, tampoco es verdad lo de la destrucción; pues cada una de las cosas que perecen no se destruye hacia lo contrario, sino por el contrario, tal como el fuego por el agua hacia el aire. Pues el agua, Esquilo, aunque trágicamente, lo dijo verdaderamente: justicia que detiene la insolencia del fuego; y Homero contrapuso a Hefesto con el río y a Apolo con Poseidón en la batalla, más física que míticamente. Arquíloco, sobre la que piensa lo contrario, no lo dijo mal: con una mano llevaba agua, tramando engaños, y con la otra fuego. En Persia, de las súplicas, la mayor e inexorable era si alguien, tomando fuego al suplicar y habiendo entrado en un río, amenazara con que, si no obtenía lo que pedía, arrojaría el fuego al agua; pues obtenía lo que pedía, y al obtenerlo era castigado por la amenaza como si hubiera ocurrido contra la ley y contra la naturaleza. Y esto, el mezclar fuego con agua, lo que se dice en los proverbios entre las cosas imposibles, parece testificar que el agua es enemiga del fuego y por esta es destruida y castigada al apagarse, no por el aire, como supone que su esencia lo recibe y lo acepta al transformarse; pues si la causa hacia la que se transforma lo que se destruye es contraria,¿ por qué el fuego parecerá más contrario al aire que al agua? Pues se transforma en agua al condensarse; y en fuego al separarse; así como, a su vez, el agua se destruye por separación hacia el aire y por condensación hacia la tierra, como yo creo, por la afinidad hacia ambos y el parentesco, no como contraria y enemiga de cada uno. Pero aquellos, de cualquier manera que lo digan, destruyen el argumento. Decir, al menos, que el agua se congela por el aire es lo más irracional, viendo que el aire mismo no se congela en ninguna parte. Pues las nubes, las nieblas y las brumas no son congelaciones, sino reuniones y espesamientos de aire húmedo y vaporoso; pero el que está sin humedad y seco no admite ni siquiera hasta esta transformación el enfriamiento. Pues hay cosas de las montañas que no reciben nube, ni rocío, ni niebla, al llegar a aire puro y carente de humedad en las cumbres, por lo cual es evidente que las condensaciones y reuniones de abajo proporcionan humedad y frío mezclados con el aire.
15
Las partes de abajo de los grandes ríos no se congelan, según la razón. Pues las cosas congeladas arriba no dejan pasar la exhalación, sino que, al ser encerrada y rechazada, proporciona calor a los líquidos en profundidad; prueba de esto es que, al deshacerse el hielo, se eleva de nuevo mucho vapor de los líquidos; por lo cual también los cuerpos de los animales son más calientes en invierno al retener el calor en sí mismos, al ser empujado hacia adentro por la frialdad de afuera. Las exhalaciones y elevaciones no solo eliminan el calor de las aguas, sino también el frío; de donde los que necesitan mucho frío mueven menos las nieves y el líquido comprimido de ellas; pues el movimiento es privativo de ambos. Que tal potencia no es del aire sino del agua, así podría uno recorrerlo desde el principio. Primero, no es verosímil que el aire, al estar vecino al éter y tocar la rotación y ser tocado por la esencia ígnea, tenga la potencia contraria; pues ni es posible de otra manera que dos cuerpos que se tocan y son continuos en sus límites no padezcan el uno del otro, y si padecen, que el menor no se llene de la potencia del mayor, ni tiene razón la naturaleza de ordenar a continuación del que destruye al que es destruido, como si fuera creador no de comunión ni de armonía, sino de guerra y batalla. Pues utiliza potencias contrarias para las cosas en su totalidad, pero no utiliza cosas puras ni resistentes, sino que tienen una posición y orden alterno, no destructivo sino comunicativo, entrelazado en medio a través de otros y colaborador, y esto lo ha tomado el aire, al estar subyacente al fuego antes que al agua y al distribuirse hacia ambos y unir, no siendo él mismo caliente ni frío, sino mezcla y comunión de frío y caliente; mezclándose en él una mezcla inofensiva y que suelta y recibe suavemente las extremidades contrarias.
16
Después, en todas partes el aire es igual, pero no en todas partes el invierno es igual ni el frío. Sino que estas partes de la tierra habitada son frías y muy húmedas, y estas secas y calientes, no por azar, sino por ser una la esencia de la frialdad y la humedad. Pues Libia es en gran parte muy caliente y sin agua, y los que han viajado cuentan que Escitia, Tracia y el Ponto tienen grandes lagos y están recorridos por ríos profundos y numerosos, y de los lugares en medio, los que están junto a los lagos y los pantanos tienen frío sobre todo por las exhalaciones de los líquidos. Posidonio, al decir que la causa de la frialdad es que el aire pantanoso y húmedo es reciente, no resolvió lo verosímil, sino que lo hizo más verosímil; pues no parecería el aire reciente siempre más frío, si lo frío no tuviera la génesis en los líquidos. Mejor, pues, Homero al decir: una brisa fría sopla del río antes de la aurora, mostró la fuente de la frialdad. Además, la sensación a menudo nos engaña, cuando tocamos vestidos o lanas frías, creyendo tocar líquidos debido a que existe una esencia común para ambos y las naturalezas están cerca y son afines. En los climas muy invernales, el frío rompe muchos recipientes, tanto de bronce como de cerámica; y no hay nada vacío, sino que todo está lleno, al ser forzado el agua por la frialdad. Y sin embargo, Teofrasto dice que el aire rompe los recipientes usando al líquido como un clavo; pero mira si esto no está dicho con más elegancia que verdad; pues deberían romperse más los que están llenos de pez por el aire y los de leche. Pero parece que el agua es fría por sí misma y primero; pues se opone por la frialdad al calor del fuego, así como por la humedad a la sequedad y por la pesadez a la ligereza. Y en general, el fuego es distensivo y divisivo, y el agua es cohesiva y relativa, manteniendo y congelando por la humedad; por lo cual Empédocles proporcionó la sospecha de que el fuego es el odio destructivo, y llamando al líquido amor; puesto que el alimento del fuego es lo que se transforma en fuego, y se transforma lo afín y afín, pero lo contrario es difícil de transformar, como el agua, que es, por así decirlo, incombustible, y proporciona materia y hierba húmeda y maderas mojadas difíciles de quemar, y emite una llama sombría y obtusa por la verdura, luchando el frío contra el calor como enemigo por naturaleza.
17
Observa también estas cosas comparándolas con aquellas; puesto que también Crisipo, pensando que el aire es primero frío porque es también oscuro, recordó solo a los que dicen que el agua está más alejada del éter que el aire, y queriendo decir algo contra ellos, decía que así también podríamos decir que la tierra es primero fría, porque está más alejada del éter, como habiendo rechazado este argumento como totalmente inaceptable y absurdo. Yo creo que no declaro a la tierra carente de cosas verosímiles y probables, habiendo hecho un principio de lo que Crisipo ha usado sobre todo a favor del aire.¿ Qué es esto? Que al ser oscuro es primero y frío primero. Pues si él, habiendo tomado dos oposiciones de potencias, piensa que a una le sigue necesariamente la otra, hay, supongo, innumerables oposiciones y antipatías de la tierra hacia el éter, a las cuales uno podría pretender que esta también sigue. Pues no se opone solo como pesada a ligera y descendente a ascendente, ni como densa a rara, ni como lenta y estática a rápida y moviente, sino como la más pesada a la más ligera y la más densa a la más rara, y finalmente como inmóvil por sí misma a la automoviente y que ocupa el lugar medio a la que siempre circula. No es absurdo, pues, que a tales y tantas oposiciones sigan también las de la frialdad y el calor. Sí, pero el fuego es también brillante.¿ Acaso la tierra no es oscura? Es, de hecho, la más oscura de todas y la más carente de luz. Al aire, sin embargo, le corresponde la participación de luz primero, y se transforma rápidamente y, al llenarse, distribuye por todas partes la brillantez, proporcionándose a sí mismo como cuerpo del resplandor; pues el sol al salir, como dijo uno de los ditirambistas, al instante llenó el gran palacio de los vientos que caminan por el aire; de esto, al bajar, introduce una parte de resplandor en el lago y en el mar, y los fondos de los ríos resplandecen, tanto como el aire llega hasta ellos. Solo la tierra de los cuerpos es siempre no iluminada e invulnerable por el sol y la luna con la luz, pero es calentada por ellos y proporciona calor al entrar el calor a poca profundidad; pero no deja pasar lo brillante por su solidez, sino que es iluminada en la superficie; las cosas de adentro se llaman tinieblas, caos y Hades, y esto era el Érebo, la oscuridad ctónica y terrestre. Los poetas mitologizan que la noche ha nacido de la tierra, pero los matemáticos demuestran que es la sombra de la tierra, al interponerse frente al sol; pues el aire se llena de oscuridad por la tierra como de luz por el sol; y su longitud no iluminada es la noche, tanto como la sombra de la tierra se extiende. Por lo cual, del aire exterior, incluso siendo de noche, se sirven los hombres y muchas fieras que pastan a través de la oscuridad, teniendo de alguna manera rastros de luz y emanaciones de resplandor dispersas; pero el que habita en casa y bajo techo, como la tierra lo rodea por todas partes, es totalmente ciego y no iluminado. Pero, ciertamente, también las pieles y los cuernos de los animales no dejan pasar el resplandor por su solidez, pero cuando se cortan y se raspan, se vuelven transparentes, al mezclarse con ellos el aire. Creo también que la tierra es llamada siempre negra por los poetas debido a lo sombrío y lo no iluminado, de modo que la tan preciada oposición de lo oscuro frente a lo brillante existe más en la tierra que en el aire.
18
Pero esto se aparta de lo que se busca, pues se ha demostrado que muchas cosas brillantes son frías y muchas oscuras y tenues son calientes. Aquellas otras fuerzas son más afines a la frialdad: la pesadez, la densidad, la estabilidad, la inmutabilidad, de las cuales el aire no posee ninguna, mientras que la tierra posee más que el agua. Y, ciertamente, el frío es, en grado sumo, sensiblemente duro, endurecedor y resistente. Teofrasto relata que los peces, al congelarse por el frío, si se dejan sobre la tierra, se quiebran y se hacen añicos como si fueran objetos de vidrio o cerámica. En Delfos mismo oíste que, cuando las mujeres subieron al Parnaso para socorrer a las Tíades, atrapadas por un viento violento y la nieve, sus túnicas se volvieron tan rígidas y leñosas por la helada que, al tensarse, se quebraban y rasgaban. El frío excesivo también vuelve los nervios rígidos y la lengua muda por la inmovilidad y la dureza, al congelar incluso las partes blandas del cuerpo.
19
Visto esto, observa cómo sucede lo siguiente. Toda fuerza, por naturaleza, si prevalece, tiende a transformar y convertir en sí misma a lo que es vencido: lo que es dominado por el calor se inflama, lo que es dominado por el aire se vuelve gaseoso, y lo que cae en el agua, si no escapa, se humedece al disolverse en ella. Es necesario, pues, que las cosas que se enfrían se transformen completamente en lo que es frío por naturaleza. La exageración del frío es la congelación, y la congelación termina en la insensibilidad y la petrificación cuando, al prevalecer el frío por completo, el líquido se congela y el calor es expulsado. De ahí que la tierra en su profundidad sea, por así decirlo, hielo y cristal en su totalidad, pues el frío puro permanece allí, inalterable, alejado de lo más profundo del éter. En cuanto a lo que vemos— precipicios, riscos y rocas—, Empédocles cree que se mantienen y sostienen apoyados por el fuego que arde en las profundidades de la tierra. Sin embargo, es más evidente que todo aquello de lo que el calor ha sido expulsado y ha huido, se congela por completo debido a la frialdad; por eso se llaman hielos. Y las cumbres, al oscurecerse muchas de ellas por la pérdida del calor, parecen quemadas por el fuego. Pues el frío congela unas cosas más y otras menos, pero sobre todo aquellas en las que, por naturaleza, reside primordialmente. Pues así como, si la propiedad del calor es aligerar, lo más caliente es lo más ligero; y si la del agua es ablandar, lo más húmedo es lo más blando; así, si la propiedad del frío es congelar, es necesario que lo más frío sea lo que está más congelado, como la tierra. Y lo más frío es, por naturaleza, lo que es frío primordialmente; por tanto, la tierra es fría por naturaleza y primordialmente. Esto es evidente incluso para la percepción: el barro es más frío que el agua, y cuando se aplica fuego a la tierra, esta desaparece. Los herreros, al hierro candente y fundido, le esparcen mármol y piedra picada, deteniendo el flujo excesivo y enfriándolo; el polvo también enfría los cuerpos de los atletas y apaga el sudor.
20
¿ Qué pretende la necesidad que nos mueve y nos hace cambiar de residencia cada año, huyendo en invierno de la tierra hacia las alturas y los lugares elevados, y en verano, de nuevo, aferrándonos a las partes bajas, refugiándonos y buscando refugios adecuados, instalando nuestra vida en el regazo de la tierra con satisfacción?¿ Acaso no hacemos esto guiados por la percepción hacia la tierra debido al frío, reconociendo lo que es frío por naturaleza y primordialmente? Las estancias costeras en invierno son, en cierto modo, una huida de la tierra, pues la abandonamos tanto como podemos debido al frío, y nos rodeamos del aire marino y oceánico, que es cálido; luego, en verano, anhelamos el aire terrestre y continental debido al calor, no porque este sea frío en sí mismo, sino porque brota de lo que es frío por naturaleza y primordialmente, y está teñido por la fuerza que hay en la tierra, como el hierro por el tinte. Pues, de las aguas corrientes, las de roca y montaña son las más frías, y de las de pozo, las más profundas; a estas ya no se mezcla el aire exterior a través de la profundidad, y aquellas brotan a través de la tierra pura e inalterada, como la que está cerca de Ténaro, que llaman agua de la Estigia, que se filtra con dificultad a través de la roca y es tan fría que ningún recipiente la contiene, salvo el casco de un asno; las demás las atraviesa y las rompe.
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Además, escuchamos a los médicos decir que toda tierra, por su género, es astringente y fría por naturaleza, y enumeran muchos de los minerales que proporcionan una fuerza astringente y contractiva para los remedios. Pues su elemento no resultó ser cortante, ni móvil, ni fluido, ni dotado de acritud, ni blando, ni fácilmente disoluble, sino estable como el cubo y cohesivo; de ahí que ella misma poseyera peso, y el frío, que era su fuerza, al condensar, comprimir y expulsar los líquidos, produce escalofríos y temblores en los cuerpos debido a la irregularidad. Si prevalece por completo, al huir o extinguirse el calor, detiene la constitución, dejándola congelada y muerta. Por eso la tierra no se quema en absoluto, o se quema con dificultad y apenas. Pues el aire, por sí mismo, a menudo emite llamas, fluye y relampaguea al inflamarse; el calor utiliza lo húmedo como alimento, pues no es lo sólido, sino lo húmedo de la madera lo que es combustible; al evaporarse esto, queda lo sólido y seco, convertido en ceniza. Aquellos que se esfuerzan por demostrar que esto también se transforma y se consume, al humedecerlo a menudo y mezclarlo con aceite y grasa, no logran nada, sino que, cuando se consume lo graso, lo terroso permanece y perdura por completo. Por eso, los antiguos llamaron a la tierra Hestia, no solo por estar inmóvil en su lugar, sino también por ser inmutable en su esencia, como si permaneciera en la casa de los dioses, debido a su estabilidad y congelación; cuya frialdad es un vínculo, como dijo el físico Arquelao, sin que nada la afloje ni la ablande, ya que es algo que se calienta y se entibia. Quienes creen que perciben el frío del aire y del agua, pero menos el de la tierra, ven la tierra más cercana como una mezcla y acumulación llena de aires, aguas, sol y calor; y no se diferencian de quienes no declaran que el éter es caliente por naturaleza y primordialmente, sino el agua hirviendo o el hierro candente, porque tocan y palpan estos, pero no perciben mediante el tacto el fuego puro y celestial, al igual que estos no perciben la tierra profunda, que es la que uno consideraría tierra en el sentido más estricto, separada de las demás. Una prueba de ello está también aquí, en las rocas: pues el frío que emanan desde la profundidad es intenso y difícil de soportar. Quienes necesitan una bebida más fría arrojan guijarros al agua; pues esta se vuelve más densa y se templa gracias a la frialdad de las piedras, que se transmite fresca y pura.
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Por tanto, debemos considerar que los sabios y eruditos de la antigüedad establecieron que las cosas terrenales y las celestiales no se mezclan, no mirando los lugares como en una balanza hacia lo bajo y lo alto, sino asignando, por la diferencia de las fuerzas, las cosas calientes, brillantes, rápidas y ligeras a la naturaleza divina y eterna, y declarando que las oscuras, frías y lentas son la suerte poco afortunada de los muertos y los seres del inframundo. Puesto que incluso el cuerpo del ser vivo, mientras tiene aliento y está lozano, como dicen los poetas, utiliza el calor y la vida; pero al quedar privado de esto y abandonado solo en la porción de la tierra, adquiere inmediatamente frialdad y frío, como si el calor residiera por naturaleza en todo más que en lo terroso.
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Compara esto, Favorino, con lo dicho por otros; y si no es inferior en verosimilitud ni superior en gran medida, deja pasar las opiniones, considerando que es más filosófico abstenerse de asentir en las cosas inciertas.

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