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De sollertia animalium
Plutarch (plutarch)Anim 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
AUTÓBULO. Cuando le preguntaron a Leónidas qué pensaba de Tirteo, dijo que era un buen poeta para incitar las almas de los jóvenes, pues a través de sus versos infundía en ellos un impulso lleno de ardor y ambición, de modo que no se mostraran tacaños con sus vidas en las batallas. Temo, amigos míos, que el elogio de la caza que se leyó ayer también exalte a nuestros jóvenes aficionados a la caza más allá de lo razonable, hasta el punto de que consideren las demás ocupaciones como secundarias y nulas, volcándose por completo en esto; hasta el punto de que yo mismo creo haberme vuelto, desde una nueva etapa, más apasionado de lo que corresponde a mi edad y sentir, como la Fedra de Eurípides, el deseo de gritar a los perros mientras me acerco a los ciervos moteados; tanto me han conmovido los argumentos, al presentarlos de manera tan frecuente y persuasiva. SÓCLARO. Dices la verdad, Autóbulo; pues también a mí me pareció que él despertó la retórica después de mucho tiempo, complaciendo y acompañando a los jóvenes; pero me complació especialmente cuando comparó a los gladiadores, argumentando que no es menos digno elogiar la caza, porque, al desviar hacia ella gran parte de la inclinación natural o aprendida que tenemos los hombres a disfrutar de las luchas entre nosotros mediante el hierro, ofrece un espectáculo puro, oponiendo la técnica y la audacia dotada de inteligencia a la fuerza y violencia insensatas, y elogiando aquello de Eurípides:«¡ Qué pequeña es la fuerza del hombre! Pero con la variedad de la mente, los terribles linajes del mar, de la tierra y del aire son dominados por los planes».
2
AUTÓBULO. Y, sin embargo, de ahí, querido Sóclaro, dicen que llega a los hombres la apatía y la crueldad, al haber probado la matanza y haberse acostumbrado en las cacerías a no sentir repugnancia por la sangre y las heridas de los animales, sino a alegrarse cuando son degollados y mueren. Luego, al igual que en Atenas se dijo que el primer delator ejecutado por los Treinta fue merecido, y el segundo igual, y el tercero; y a partir de ahí, avanzando poco a poco, empezaron a tocar a los hombres honrados y al final no se abstuvieron ni de los mejores ciudadanos; así, el primero que mató a un oso o a un lobo fue elogiado, y algún buey o cerdo tuvo la culpa de morir merecidamente por haber probado las ofrendas sagradas; y de ahí en adelante, ciervos, liebres y gacelas, al ser devorados, prepararon el camino para comer carne de ovejas, perros y, en algunos lugares, de caballos; y al desgarrar y descuartizar a un ganso manso o a una paloma, el animal doméstico de Sófocles, no por necesidad de alimento debido al hambre, como las comadrejas y los gatos, sino por placer y como acompañamiento, fortalecieron todo lo que hay en la naturaleza de sanguinario y bestial, y lo hicieron insensible a la compasión, embotando en gran medida lo que hay de manso; al igual que, por el contrario, los pitagóricos hicieron de la mansedumbre hacia los animales un ejercicio para la filantropía y la compasión; pues la costumbre es terrible para llevar al hombre lejos, hacia pasiones que se le vuelven familiares poco a poco. Pero no sé cómo, al estar inmersos en el discurso, nos hemos olvidado de lo que ocurrió ayer y de lo que pronto sucederá hoy. Pues al haber declarado ayer, como sabes, que todos los animales participan de alguna manera de la inteligencia y el razonamiento, ofrecimos a los jóvenes cazadores una competencia no carente de elegancia ni de gracia sobre la inteligencia de las fieras marinas y terrestres, la cual, al parecer, juzgaremos hoy, si es que los partidarios de Aristótimo y Fedimo se mantienen en sus desafíos; pues uno de ellos, como defensor de la tierra, al engendrar animales que se distinguen por su inteligencia, se ofrecía a sus compañeros, y el otro, del mar... SÓCLARO. Se mantienen, Autóbulo, y ya casi están aquí, pues los vi desde la mañana preparándose. Pero si quieres, antes de la competencia, retomemos lo que no tuvo tiempo de decirse en los discursos de ayer o lo que se dijo sin seriedad durante la bebida. Pues parecía que algo resonaba de manera práctica desde la Estoa, como si a lo mortal se opusiera lo inmortal, a lo corruptible lo incorruptible, y al cuerpo lo incorpóreo; de modo que, existiendo así lo racional, debería oponerse y preexistir lo irracional, y no quedar esta parte incompleta y mutilada en tantas conjunciones.
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AUTÓBULO.¿ Y quién, querido Sóclaro, consideró esto, existiendo en los hechos lo racional, que no fuera lo irracional? Pues es mucho y abundante en todos los que carecen de alma, y no necesitamos ninguna otra oposición a lo racional, sino que todo lo inanimado se opone directamente, como irracional y carente de inteligencia, a lo que tiene alma, razón y pensamiento. Pero si alguien pretende que la naturaleza no sea incompleta, sino que la naturaleza animada tenga una parte racional y otra irracional, otro pretenderá que la naturaleza animada tenga una parte imaginativa y otra sin imaginación, y una parte sensible y otra insensible, para que la naturaleza tenga estas disposiciones y privaciones contrapuestas y opuestas en torno al mismo género, como si estuvieran en equilibrio. Y si es absurdo quien busca que una parte de lo animado sea sensible y otra insensible, y una parte imaginativa y otra sin imaginación, porque todo lo animado es por naturaleza sensible e imaginativo desde el principio, tampoco este exigirá razonablemente que una parte de lo animado sea racional y otra irracional, al hablar con hombres que no creen que nada participe de la sensación si no participa también de la inteligencia, ni que exista un animal en el que no esté presente, por naturaleza, alguna opinión y razonamiento, al igual que la sensación y el impulso. Pues la naturaleza, que dicen que hace todo correctamente por algo y hacia algo, no hizo al animal sensible solo para que sintiera algo al padecerlo; sino que, existiendo muchas cosas afines a él y muchas ajenas, no era posible sobrevivir sin haber aprendido a protegerse de unas y a aprovecharse de otras. Por tanto, la sensación proporciona a cada uno el conocimiento de ambas por igual; pero las capturas y persecuciones de las cosas útiles que siguen a la sensación, y las repulsas y huidas de las cosas destructivas y dolorosas, no tienen forma de estar presentes en aquellos que no están hechos para razonar, juzgar, recordar y prestar atención; sino que, de aquellos a quienes quites por completo la expectativa, la memoria, la intención, la preparación, el esperar, el temer, el desear, el afligirse, no les sirve de nada tener ojos ni oídos; y es mejor que el que usa toda sensación e imaginación carezca de ellas antes que esforzarse, afligirse y dolerse, sin tener con qué repeler estas cosas. Y, sin embargo, existe el argumento de Estratón el físico, que demuestra que ni siquiera existe la sensación en absoluto sin el pensamiento; pues a menudo, al pasar la vista por letras y al caer palabras en el oído, nos pasan desapercibidas y se nos escapan al tener la mente en otras cosas; luego, vuelve a regresar y persigue y sigue cada una de las cosas que se han emitido, recogiéndolas; por lo cual se ha dicho:« La mente ve y la mente oye, lo demás es sordo y ciego»; como si la afección en torno a los ojos y oídos, si no está presente lo que piensa, no produjera sensación. Por eso también el rey Cleómenes, cuando un espectáculo era muy elogiado durante la bebida, al ser preguntado si no le parecía importante, ordenó que ellos lo observaran, pues él tenía la mente en el Peloponeso. De donde es necesario que en todos aquellos en los que existe la sensación, exista también el pensamiento, si es que por el pensamiento estamos hechos para sentir. Pero supongamos que la sensación no necesita del pensamiento para su propia función, pero cuando el animal, tras haber trabajado la diferencia entre lo propio y lo ajeno, se retira,¿ qué es lo que recuerda entonces y teme las cosas dolorosas y desea las útiles y, no estando presentes, planea cómo estarán presentes y prepara puntos de partida, refugios y trampas de nuevo para los que serán capturados, y huidas de los que atacan? Y estas cosas también ellos las desgastan al decirlas, definiendo en cada ocasión en sus introducciones la intención como una señal de consumación, la aplicación como un impulso antes del impulso, la preparación como una acción antes de la acción, y la memoria como la aprehensión de un axioma pasado, del cual lo presente fue aprehendido por la sensación. Pues nada de esto es algo que no sea racional, y todo está presente en todos los animales, como, por supuesto, también lo relativo a los pensamientos, que llaman conceptos cuando están almacenados y razonamientos cuando están en movimiento. Y al admitir que todas las pasiones son, en común, juicios malos y opiniones, es sorprendente que pasen por alto en las fieras muchas obras y movimientos de ira, muchos de miedo y,¡ por Zeus!, de envidia y celos, cuando ellos mismos castigan a los perros y caballos que cometen errores, no en vano, sino para corregirlos, causándoles dolor mediante el castigo, lo que llamamos arrepentimiento. Y el nombre del placer a través de los oídos es encantamiento, y el de los ojos es fascinación; y usan ambos con las fieras. Pues los ciervos y los caballos son encantados con flautas y caramillos, y llaman a los cangrejos fuera de sus madrigueras obligándolos con flautas, y dicen que el sábalo sube y sale cuando cantan y aplauden. Y el oteador, a su vez, es capturado al ser fascinado, deseando mover bien los hombros mientras bailan a la vista con placer al ritmo. Y los que hablan de estas cosas de manera necia, diciendo que ni se alegran, ni se enfadan, ni temen, ni se preparan, ni recuerdan, sino que la abeja recuerda« como si», y la golondrina se prepara« como si», y el león se enfada« como si», y el ciervo teme« como si», no sé qué harán con los que dicen que ni ven ni oyen, sino que ven« como si» y oyen« como si», ni emiten sonidos, sino que emiten sonidos« como si», ni viven en absoluto, sino que viven« como si»; pues estas cosas no se dicen más que las de ellos contra la evidencia, según estoy convencido.
4
SÓCLARO. Por tanto, Autóbulo, tenme también a mí por convencido; pero al comparar las costumbres, vidas, acciones y dietas de los animales con las humanas, al ver en ellos mucha otra pequeñez y ninguna señal evidente de virtud, hacia la cual se ha dirigido el discurso, ni progreso ni deseo, me pregunto cómo la naturaleza les dio el principio, si no pueden llegar al fin. AUTÓBULO. Pero esto, Sóclaro, ni siquiera a esos mismos hombres les parece absurdo; pues, al establecer el afecto hacia los hijos como principio de nuestra comunidad y justicia, y al ver que está presente en los animales de manera fuerte y abundante, no dicen que ellos participen de la justicia ni lo consideran digno. A las mulas no les falta nada de los órganos reproductores; pues, aunque tienen genitales, úteros y el uso de ellos con placer, no llegan al fin de la generación. Y considera de otra manera si no es ridículo afirmar que los Sócrates y los Platones no viven con una maldad más ligera que la del esclavo común, sino que son igualmente insensatos, desenfrenados e injustos, y luego culpar a las fieras por no ser puras ni precisas hacia la virtud como una privación, y no como una pequeñez y debilidad de la razón, y esto admitiendo que la maldad es racional, de la cual todo animal está lleno; pues vemos que en muchos existe cobardía, desenfreno, injusticia y mala voluntad. Y quien pretende que lo que no está hecho por naturaleza para recibir la rectitud de la razón tampoco recibe la razón, en primer lugar, no se diferencia en nada de quien no considera que un mono participe de la fealdad por naturaleza ni una tortuga de la lentitud, porque no son susceptibles ni de belleza ni de rapidez; después, no ve la diferencia que se interpone; pues la razón surge por naturaleza, pero la razón buena y perfecta surge de la diligencia y la enseñanza; por eso todos los seres animados participan de lo racional. Y la rectitud y sabiduría que buscan, ni siquiera pueden decir que un hombre las posea. Pues así como hay diferencia de vista a vista y de vuelo a vuelo— pues no ven igual los halcones y las cigarras, ni vuelan igual las águilas y las perdices—, así tampoco todo ser racional participa de la misma manera de la agilidad y agudeza que alcanza el extremo; puesto que hay muchas muestras de comunidad, valentía y astucia en torno a las adquisiciones y economías, así como también de lo contrario: injusticia, cobardía y necedad. Y lo atestigua la competencia que ahora han hecho los jóvenes; pues, como si hubiera alguna diferencia, unos dicen que los animales terrestres y otros que los marinos han sido llevados más por naturaleza hacia la virtud; lo cual es evidente al comparar a las cigüeñas con los hipopótamos; pues unos alimentan a sus padres y otros los matan para cubrir a sus madres; y con las palomas y las perdices: unas ocultan y destruyen los huevos, cuando la hembra, al estar incubando, no acepta la cópula, mientras que otras se suceden en el cuidado, calentando los huevos por turnos y alimentando primero a los polluelos, y si la hembra se aleja por más tiempo, el macho la golpea y la conduce hacia los huevos y los polluelos. Y Antípatro, al culpar a los asnos y ovejas de descuido de la limpieza, no sé cómo pasó por alto a los linces y a las golondrinas, de las cuales unas se alejan por completo ocultando y haciendo desaparecer el lyncurium, y las golondrinas enseñan a los polluelos a expulsar los excrementos fuera mientras se giran. Y, sin embargo,¿ por qué no decimos que un árbol es más ignorante que otro, como no decimos que una oveja es más cobarde que un perro, ni que una verdura es más cobarde que otra, como decimos que un ciervo es más cobarde que un león?¿ O es que, al igual que en las cosas inmóviles no hay una más lenta que otra, ni una más silenciosa entre las que no hablan, así tampoco hay una más cobarde, ni más perezosa, ni más desenfrenada, en las que no está presente por naturaleza en todas la capacidad de pensar, sino que en unas está presente de una manera y en otras de otra, según el más y el menos, lo que ha producido las diferencias observadas?
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SÓCLARO. Pero es sorprendente cuánto se diferencia el hombre de los animales en facilidad de aprendizaje, agudeza mental y en lo relativo a la justicia y la comunidad. AUTÓBULO. Pues también de aquellos, compañero, muchas cosas, unas por tamaño y velocidad, otras por fuerza de vista...¿ recordar estando llenos de confusión? Y al haber perdido el juicio, desconocer los rostros más queridos y huir de las dietas habituales,¿ o parece que pasan por alto lo que aparece o, al ver lo que surge de ello, compiten contra la verdad?
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SÓCLARO. Me parece que intuyes correctamente; pues los de la Estoa y el Perípato se esfuerzan especialmente hacia lo contrario con el argumento, al no tener la justicia otro origen, sino que se vuelve totalmente inconsistente e inexistente si todos los animales participan de la razón; pues resulta que o es necesario que cometamos injusticias al no ser tacaños con ellos, o que, si no los usamos, la vida es imposible y difícil; y de alguna manera viviremos una vida de fieras, renunciando a las utilidades que provienen de las fieras. Pues dejo de lado las miríadas incalculables de nómadas y trogloditas, que no conocen otra alimentación que las carnes; pero para nosotros, que parecemos vivir de manera mansa y filantrópica,¿ qué trabajo queda en la tierra, qué en el mar, qué arte en las montañas, qué orden de dieta, si aprendemos, como es debido, a tratarlos sin daño y con precaución, siendo todos los animales seres racionales y de la misma naturaleza? Es difícil de decir. Por tanto, no tenemos ningún remedio ni cura, ya sea que destruya la vida o la justicia, si no guardamos el antiguo límite y ley, con el cual, según Hesíodo, el que dividió las naturalezas y estableció cada uno de los linajes por separado, dio a los peces, a las fieras y a las aves voladoras comerse unos a otros, puesto que no hay justicia entre ellos, pero a los hombres les dio justicia entre sí. Y para aquellos con quienes no hay justicia hacia nosotros, tampoco hay injusticia de nuestra parte hacia ellos; pues los que abandonan este argumento no han dejado otro camino amplio ni sencillo para que entre la justicia.
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AUTÓBULO. Estas cosas, amigo, las has dicho desde el corazón de los hombres; sin embargo, no hay que dar a los filósofos, como a las mujeres con parto difícil, un remedio para el parto rápido, para que nos den a luz la justicia fácil y sin esfuerzo. Pues ni ellos mismos dan a Epicuro, para las cosas más grandes, un asunto tan pequeño y trivial, creo, como desviar un átomo una vez hacia lo mínimo, para que los astros, los animales y el azar se introduzcan y no se pierda lo que depende de nosotros; y es apropiado mostrar lo incierto o tomar algo de lo evidente y suponer lo relativo a los animales hacia la justicia, si ni se acuerda ni lo demuestran de otra manera. Pues la justicia tiene allí otro camino, no tan peligroso y escarpado, y que conduce a través de lo evidente que se destruye, sino el que, bajo la guía de Platón, muestra mi hijo, Sóclaro, y tu compañero, a los que no quieren luchar por aprender, sino seguir y aprender. Puesto que el hecho de que el hombre no esté totalmente limpio de injusticia al tratar así a los animales, Empédocles y Heráclito lo aceptan como verdadero, lamentando y maldiciendo a menudo la naturaleza, como si fuera necesidad y guerra, y no tuviera nada mezclado ni puro, sino que se llevara a cabo a través de muchas pasiones injustas; donde dicen que incluso la generación misma ocurre por injusticia, al unirse lo mortal con lo inmortal, y que lo engendrado se alimenta contra la naturaleza con miembros arrancados del que lo engendró. Sin embargo, estas cosas parecen crudas y amargas hasta la saciedad; pero hay otra consolación armoniosa, que no quita la razón a los animales y salva la justicia al usarlos como es debido; la cual, al ser introducida por los sabios y antiguos, la glotonería junto con el placer la expulsó y la hizo desaparecer, pero Pitágoras la retomó de nuevo, enseñando a beneficiarse sin cometer injusticias; pues no cometen injusticias los que castigan y matan a los que son totalmente inmezclables y dañinos, y hacen que los mansos y filantrópicos sean dóciles y colaboradores para la utilidad, para la cual cada uno está bien hecho, como las monturas de caballos y asnos y las crías de toros, que el Prometeo de Esquilo dice que nos dio como esclavos y receptores de trabajos; y al usar perros, vigilan, y pastorean cabras y ovejas que son ordeñadas y esquiladas. Pues no se elimina la vida ni se pierde la existencia para los hombres si no tienen platos de peces ni hígados de gansos, ni descuartizan bueyes ni cabritos para un banquete, ni, al estar locos en los teatros o jugando en las cacerías, obligan a unos a atreverse contra su voluntad y a luchar, y destruyen a otros que ni siquiera están hechos para defenderse. Pues creo que el que juega y el que es jugado deben usar juegos y alegría, no como decía Bión que los niños que juegan con ranas les lanzan piedras, y las ranas ya no juegan, sino que mueren de verdad; así cazar y pescar, deleitándose con los que sufren y mueren, y con los que son llevados lastimosamente de sus cachorros y polluelos. Pues no cometen injusticias los que usan a los animales, sino los que los usan de manera dañina, descuidada y con crueldad.
8
SÓCLARO. Detente, Autóbulo, y compara el pequeño grupo de la acusación; pues se acercan estos muchos y todos cazadores, a quienes no es fácil cambiar ni es necesario afligir. AUTÓBULO. Aconsejas correctamente; pero conozco bien a Eubiotas y a mi primo Aristón, y a los hijos de Dionisio de Delfos, Eácidas y este Aristótimo, luego a Nicandro, hijo de Eutidamo, expertos en la caza terrestre, como dijo Homero, y por esto serán de Aristótimo; así como, a su vez, estos isleños y costeros, Heracleón de Mégara y Filóstrato de Eubea, a quienes les preocupan las obras marinas, Fedimo camina con ellos. Y a Tideo no sabrías de qué parte estaría, este nuestro contemporáneo Optato, quien, habiendo adornado a la diosa Agrótera y a Dictina con muchos primicias de caza marina y montañesa, es evidente que camina hacia nosotros, como si no fuera a añadirse a ninguno de los dos bandos;¿ o conjeturamos mal, querido Optato, que serás un juez común y medio de los jóvenes? OPTATO. Pues conjeturas muy correctamente, Autóbulo; pues hace tiempo que ha desaparecido la ley de Solón, que castigaba a los que en una facción no se añadían a ninguno de los dos bandos. AUTÓBULO. Siéntate aquí con nosotros, para que, si se necesita un testigo, no proporcionemos problemas a los libros de Aristóteles, sino que, siguiéndote a ti por experiencia, emitamos el voto sobre lo que se dice verdaderamente. SÓCLARO. Bien, hombres jóvenes,¿ ha habido algún acuerdo entre ustedes sobre el orden? FEDIMO. Lo ha habido, Sóclaro, proporcionando mucha rivalidad; luego, según Eurípides,¿ el hijo de la fortuna? El sorteo establecido para esto introduce primero los derechos terrestres antes que los marinos. SÓCLARO. Es hora, pues, Aristótimo, de que tú hables y nosotros escuchemos.
9
ARISTÓTIMO. El mercado es para los que son juzgados, y el que consume la descendencia al correr tras las hembras; y el género de los mújoles, a los que llaman pardias, se alimentan de su propia mucosidad; y el pulpo se sienta comiéndose a sí mismo en invierno en una casa sin fuego y en costumbres miserables, tan perezoso o insensible o glotón o culpable de todas estas cosas es. Por eso también Platón, a su vez, prohibió al legislar, o más bien deseó que los jóvenes no tomaran amor por la caza marina; pues no hay ejercicio de fuerza ni práctica de sabiduría ni nada de lo que se esfuerzan por la fuerza, la velocidad o los movimientos en las competencias contra lubinas, congrios o peces loro; como aquí, las cosas irascibles practican el amor al peligro y la valentía de los que luchan, las astutas el pensamiento y la inteligencia de los que atacan, y las veloces la robustez y el amor al trabajo de los que persiguen. Y estas cosas han hecho que la caza sea hermosa; pero la pesca no es gloriosa por nada, ni ningún dios se dignó, compañero, a ser llamado matador de congrios, como Apolo matador de lobos, ni lanzador de salmonetes, como Artemisa cazadora de ciervos.¿ Y qué es sorprendente, donde incluso para el hombre es más hermoso cazar un jabalí, un ciervo y,¡ por Zeus!, una gacela y una liebre que comprarlos, y es más solemne comprar un atún, una langosta y una amia que pescarlos? Pues lo innoble, lo totalmente incapaz y lo carente de astucia de ellos ha hecho que la caza sea vergonzosa, no envidiable y servil.
10
ARISTÓTIMO. Y en general, puesto que a través de lo que los filósofos demuestran que los animales participan de la razón, son intenciones, preparaciones, recuerdos, pasiones, cuidados de los hijos, gratitud de los que han sido bien tratados, rencor hacia el que ha causado dolor, y además hallazgos de lo necesario, muestras de virtud, como valentía, comunidad, templanza, magnanimidad, observemos las cosas marinas, si es que aquellas no ofrecen nada de esto o quizás algún destello totalmente tenue y difícil de ver, apenas dándolo a quien conjetura con mucha dificultad; mientras que en los terrestres y nacidos de la tierra es posible tomar y ver ejemplos brillantes, evidentes y firmes de cada una de las cosas dichas. Primero, pues, mira las intenciones y preparaciones de los toros que se llenan de polvo para la batalla y de los jabalíes que afilan los dientes; y los elefantes, al desgastar el diente la madera que excavan o cortan al comer, usan el otro para esto, y guardan el otro siempre afilado y agudo para las defensas. Y el león camina siempre con las patas contraídas, ocultando las garras dentro, para que al desgastarse no emboten el filo ni dejen facilidad a los que siguen sus huellas; pues no se encuentra fácilmente una señal de garra de león, sino que, al encontrarse con huellas pequeñas y ciegas, se desvían y se equivocan. Y del icneumón habéis oído, supongo, que no deja nada de un soldado armado para la batalla; pues se envuelve tanto de lodo y lo endurece alrededor del cuerpo como una túnica cuando va a atacar al cocodrilo. Y vemos las preparaciones de las golondrinas antes de la cría, cómo colocan bien las pajas sólidas a modo de cimientos, luego revisten las más ligeras, y si notan que el nido necesita algún barro pegajoso, al volar cerca de un lago o del mar, lo tocan con las plumas por encima, lo justo para que estén húmedas, para no ser pesadas por la humedad, y al recoger polvo, así alisan y unen las cosas que se sueltan y resbalan; y en la forma, la obra no es angular ni de muchos lados, sino lo más lisa posible y esférica; pues tal cosa es duradera y espaciosa y no da muchas posibilidades de agarre desde fuera a las fieras que planean atacarlas. Y las obras de la araña, arquetipo común de tejedores para mujeres y de pescadores de red, no se podrían admirar solo por una cosa; pues la precisión del hilo y el hecho de que el tejido no sea discontinuo ni de urdimbre, sino realizado por la continuidad de una membrana lisa y la unión de una viscosidad mezclada de alguna manera ocultamente, y el tinte del color que hace la superficie aérea y brumosa para pasar desapercibida, y ella misma, sobre todo, la conducción y gobierno de la máquina misma, cuando algo de lo que puede ser capturado queda atrapado, como una hábil pescadora, al sentir y pensar, recoge rápidamente hacia el mismo lugar y reúne la trampa, lo ha tenido como argumento creíble por la visión y observación diaria de lo que sucede. De otra manera parecería un mito, como nos parecía lo de los cuervos en Libia, que, necesitando beber, introducen piedras llenando y elevando el agua, hasta que está al alcance; luego, sin embargo, al ver a un perro en un barco, no estando presentes los marineros, introduciendo los guijarros en el aceite de un ánfora que le faltaba, me maravillé de cómo piensa y entiende la compresión que ocurre al ser depositadas las cosas más pesadas por las más ligeras. Y son similares las de las abejas cretenses y las de los gansos en Cilicia; pues aquellas, al ir a doblar un promontorio ventoso, se lastran a sí mismas, para no ser arrastradas, con pequeñas piedrecitas; y los gansos, al temer a las águilas, cuando cruzan el Tauro, toman en la boca una piedra de buen tamaño, como tapándose y frenando su propia voz y parloteo, para pasar desapercibidos en silencio. Y de las grullas también es elogiado lo relativo al vuelo; pues vuelan, cuando hay mucho viento y aire áspero, no, como cuando hay calma, de frente o en el seno de una circunferencia en forma de luna, sino que, al reunir el triángulo, cortan con la punta el viento que fluye alrededor, de modo que no se rompa el orden. Y cuando descienden a tierra, las que tienen la guardia nocturna se sostienen sobre una pata, y con el otro pie sostienen una piedra; pues la tensión del tacto mantiene en el no dormir durante mucho tiempo; y cuando sueltan, la piedra al caer despertó rápidamente a la que la había soltado, de modo que no hay que admirarse mucho de Heracles, si al poner los arcos bajo la axila y rodearlos con un brazo fuerte, duerme presionando con la mano derecha un palo; ni, a su vez, del primero que intuyó la apertura de una ostra cerrada al encontrarse con las astucias de los alcaravanes; pues cuando se traga la concha cerrada, al ser molestado, resiste, hasta que siente que se ablanda y se suelta por el calor; entonces, al expulsarla abierta y estirada, extrajo el alimento.
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ARISTÓTIMO. Y las economías y preparaciones de las hormigas es imposible describirlas con precisión, pero pasarlas por alto es totalmente descuidado; pues la naturaleza no tiene nada tan pequeño que sea espejo de cosas mayores y más bellas, sino que, como en una gota pura, hay una muestra de toda virtud, donde hay amistad, lo social, y hay una imagen de valentía, el amor al trabajo; y hay muchas semillas de templanza y muchas de prudencia y justicia. Cleantes, pues, decía, aunque no afirmaba que los animales participen de la razón, haber presenciado tal observación: hormigas que venían a otro hormiguero llevando una hormiga muerta; al subir algunas del hormiguero, como si se encontraran con ellas; y de nuevo bajar, y esto suceder dos o tres veces; al final, las de abajo subieron un gusano como rescate del muerto, y las otras, al tomarlo y devolver el muerto, se fueron. Y de las cosas evidentes para todos es la benevolencia en los encuentros, al apartarse del camino las que no llevan nada ante las que llevan y dar paso; y las masticaciones y divisiones de las cosas difíciles y difíciles de transportar, para que sean fáciles de llevar para más. Y las disposiciones y enfriamientos de las crías fuera de la lluvia los hace Arato como señal, o« las hormigas sacaron todos los huevos más rápido de la cavidad»; y algunos no escriben huevos, sino granos, como los frutos almacenados, cuando notan que acumulan moho y temen la corrupción y putrefacción, los sacan. Y supera toda invención de inteligencia la prevención de la germinación del trigo; pues no permanece seco ni sin pudrirse, sino que se disuelve y se vuelve lechoso transformándose para brotar; para que, al convertirse en semilla, no destruya la necesidad de alimento y permanezca comestible para ellas, se comen el principio, desde el cual el trigo emite el brote. Y a los que llenan sus hormigueros para aprender como por anatomía no los acepto; pero dicen, pues, que el descenso desde el agujero no es recto ni fácil de atravesar para otra fiera, sino que tiene bajadas y perforaciones quebradas con curvas y torceduras que terminan en tres cavidades, de las cuales una es su vivienda común, otra el almacén de alimentos, y en la tercera depositan a los que mueren.
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ARISTÓTIMO. No creo que les parezca inoportuno que introduzca elefantes entre las hormigas, para que podamos comprender la naturaleza de la inteligencia tanto en los cuerpos más pequeños como en los más grandes, sin que se desvanezca en los unos ni falte en los otros. Los demás se maravillan del elefante por la cantidad de figuras y cambios que aprende y demuestra en los teatros, cuya variedad y complejidad ni siquiera con el estudio humano es fácil de retener y poseer en la memoria; yo, en cambio, veo la inteligencia manifestarse más en las pasiones y movimientos del animal que surgen de sí mismo y sin enseñanza, como si fueran puros y sin mezcla. Pues en Roma, no hace mucho, mientras muchos eran instruidos previamente para realizar ciertas formaciones arriesgadas y ejecutar movimientos difíciles de desenredar,¿ no se vio a uno, el más torpe, que era reprendido y castigado constantemente, practicando y ensayando sus lecciones por la noche, por sí mismo, bajo la luz de la luna? En Siria, anteriormente, Hagnón relata que, al criarse un elefante en una casa, el encargado tomaba una medida de cebada y sustraía y defraudaba la mitad cada día; pero cuando, estando el dueño presente y observando, el animal recibió la medida completa, miró al encargado, pasó su trompa, separó y apartó la parte de cebada que le correspondía, denunciando así de la manera más elocuente posible la injusticia del encargado; otro, cuando el encargado mezclaba piedras y tierra con la cebada en la medida, mientras se cocía carne, tomó ceniza y la echó en la olla. Y aquel que en Roma fue maltratado por unos muchachos que le pinchaban la trompa con estiletes, levantó en vilo al que atrapó y parecía que iba a matarlo a golpes; pero al producirse los gritos de los presentes, lo depositó suavemente en el suelo y pasó de largo, considerando que el miedo que había causado a alguien de tal tamaño era castigo suficiente. Sobre los animales salvajes y libres, cuentan otras maravillas, como las relativas al cruce de los ríos: el más joven y pequeño se adelanta y se entrega a la corriente, mientras los demás observan desde fuera para ver si aquel supera la corriente con su tamaño, lo cual proporciona a los más grandes una gran abundancia de seguridad para confiar.
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Llegado a este punto del discurso, no creo que deba omitir el caso del zorro por su semejanza. Los mitólogos dicen que la paloma soltada por Deucalión desde el arca fue una señal, al entrar de nuevo cuando había tormenta y al volar lejos cuando había buen tiempo. Los tracios, todavía hoy, cuando intentan cruzar un río helado, utilizan al zorro como indicador de la solidez del hielo; pues este se acerca silenciosamente y acerca su oído, y si percibe el ruido de la corriente fluyendo cerca, infiriendo que la congelación no ha alcanzado profundidad, sino que es delgada e insegura, se detiene, y si alguien lo permite, retrocede; pero si no hay ruido, confiado, cruza. Y no llamemos a esto una precisión irracional de la percepción, sino un silogismo basado en la percepción: que lo que hace ruido se mueve, lo que se mueve no está congelado, lo que no está congelado es líquido, y lo líquido cede. Los dialécticos dicen que el perro, al usar el silogismo disyuntivo en caminos de muchas bifurcaciones, razona consigo mismo:« o la fiera ha ido por aquí, o por aquí, o por aquí; pero no ha ido ni por aquí ni por aquí, luego por la restante»; donde la percepción no aporta nada más que la premisa menor, mientras que la razón aporta las premisas mayores y la conclusión. Sin embargo, el perro no necesita tal testimonio; pues es falso y espurio, ya que la percepción misma muestra la huida mediante las huellas y los rastros de la fiera, despidiéndose de los axiomas disyuntivos y conjuntivos. A través de otras muchas acciones, pasiones y deberes que no son ni olfativos ni visibles, sino que solo pueden ser realizados y observados por la inteligencia y la razón, es posible contemplar la naturaleza del perro; cuyas continencias, obediencias y agudezas en la caza sería ridículo que yo les contara a ustedes, los del Asclepio. Tomó las partes más valiosas de las ofrendas de plata y oro y, creyendo que no lo habían visto, se escabulló; pero el perro guardián, llamado Capparos, como nadie de los sacristanes le hizo caso cuando ladraba, persiguió al sacrílego que huía; y primero, siendo apedreado, no se retiró, y al llegar el día, sin acercarse, sino vigilando desde lejos, lo seguía, y cuando le ofrecían comida no la aceptaba, y cuando descansaba pasaba la noche junto a él, y cuando caminaba se levantaba de nuevo y lo seguía, y a los viajeros que se encontraba los saludaba, pero a aquel lo vigilaba y no se le despegaba. Los perseguidores, al enterarse de esto por los viajeros, que al mismo tiempo describían el color y el tamaño del perro, utilizaron la persecución con más entusiasmo, y tras atrapar al hombre, lo trajeron desde Cromión. El perro, al regresar, iba delante orgulloso y muy alegre, como si considerara al sacrílego su propia presa y botín. Decretaron que se le midiera grano públicamente y que se encomendara a los sacerdotes su cuidado para siempre, imitando la filantropía de los antiguos atenienses hacia la mula. Pues cuando Pericles construía el templo de cien pies en la Acrópolis, como es natural, se transportaban piedras con muchas yuntas cada día; una de las mulas que había trabajado con entusiasmo, pero que ya había sido liberada por la vejez, bajaba al Cerámico y, al encontrarse con las yuntas que subían las piedras, siempre daba la vuelta y corría junto a ellas, como si las animara y urgiera; por lo cual el pueblo, maravillado por su ambición, ordenó que fuera alimentada públicamente, decretándole una ración como a un atleta que ha desfallecido por la vejez.
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Por eso, a quienes dicen que no tenemos ninguna justicia hacia los animales, hay que decirles que hablan bien hasta llegar a los seres marinos y abisales; pues aquellos son completamente ajenos a la gracia, carentes de afecto y privados de toda dulzura de carácter, y bien dijo Homero:« te engendró el mar glauco», refiriéndose al que parece ser indomable y huraño, como si el mar no produjera nada benévolo ni manso. Pero quien aplica este argumento también a los animales terrestres es cruel y bestial, o si no, que diga que no hubo justicia en Lisímaco hacia su perro hircano, que permaneció solo junto a él cuando estaba muerto y, al quemarse el cuerpo, corrió y se arrojó él mismo al fuego. Dicen que lo mismo hizo el perro de Astos, a quien Pirro, no el rey sino otro particular, crió; pues al morir este, el perro permaneció junto al cuerpo y, mientras lo llevaban en la camilla, finalmente se lanzó a la pira y se quemó con él. El elefante del rey Poro, al ser herido en la batalla contra Alejandro, retiraba con su trompa muchas de las jabalinas con suavidad y cuidado, y cuando ya estaba en mal estado, no se rindió hasta que, sintiendo que el rey se había desangrado y se desplomaba, temiendo que cayera, se dejó caer suavemente, proporcionándole una inclinación indolora. Bucéfalo, cuando estaba sin aparejos, permitía que su mozo de cuadra lo montara, pero cuando estaba adornado con los arreos reales y collares, no permitía que nadie se acercara excepto el propio Alejandro; a los demás, si intentaban acercarse, se enfrentaba corriendo hacia ellos, relinchando fuertemente, saltando y pisoteando a los que no se apresuraban a alejarse o huir.
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No ignoro que la variedad de los ejemplos les parecerá algo confusa; pero no es fácil encontrar una acción de los animales inteligentes que contenga la manifestación de una sola virtud; sino que en su afecto se manifiesta su ambición, y en su nobleza su sabiduría apasionada, y su astucia y prudencia no están exentas de espíritu y virilidad. Sin embargo, para quienes deseen dividir y distinguir cada caso, los perros muestran una manifestación de mansedumbre y, al mismo tiempo, de elevado espíritu, al apartarse de los que se han rendido, como se ha dicho en algún lugar:« los que gritaban corrieron tras él; pero Odiseo se sentó con astucia, y el cetro se le cayó de la mano»; pues ya no luchan contra los que han caído y se han vuelto humildes, siendo iguales en sus disposiciones. Dicen también que el perro principal de los indios, que luchó contra Alejandro, cuando se soltaban ciervos, jabalíes y osos, permanecía tranquilo y los ignoraba; pero al ver a un león, se levantaba inmediatamente y se preparaba, dejando claro que lo consideraba su antagonista, despreciando a todos los demás. Los que persiguen liebres, si ellos mismos las matan, se alegran despedazándolas y lamen la sangre con entusiasmo; pero si la liebre, desesperada, lo cual sucede a menudo, agota todo el aliento que tiene en su última carrera y muere, al encontrarla muerta no la tocan en absoluto, sino que se quedan moviendo las colas, como si compitieran no por la carne, sino por la victoria y la rivalidad.
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Habiendo muchos ejemplos de astucia, dejando de lado a los zorros, lobos y las artimañas de las grullas y grajos, pues son evidentes, usaré como testigo a Tales, el más antiguo de los sabios, de quien dicen que fue admirado no menos por su destreza técnica. Pues una de las mulas cargadas de sal, al caer en un río, resbaló automáticamente y, al disolverse la sal, se levantó ligera; se dio cuenta de la causa y la recordó, de modo que, al cruzar siempre el río, a propósito bajaba y sumergía los recipientes, inclinándose y ladeándose hacia ambos lados. Tales, al enterarse, ordenó que, en lugar de sal, llenaran los recipientes con lana y esponjas y, tras cargarlos, hicieran conducir a la mula. Esta, al hacer lo acostumbrado y al llenarse la carga de agua, comprendió que su astucia le era perjudicial, y en adelante, prestando atención y guardándose, cruzaba el río de tal manera que el líquido ni siquiera rozaba la carga sin que ella quisiera. Otra astucia, junto con el afecto, muestran las perdices: acostumbran a sus polluelos, que aún no pueden huir, cuando son perseguidos, a que se tumben boca arriba y se cubran el cuerpo con un terrón o basura, como si se ocultaran; ellas mismas atraen a los perseguidores hacia otro lado y los distraen hacia sí mismas, volando delante y levantándose poco a poco, hasta que, dando la impresión de ser capturadas, los alejan lejos de los polluelos. Las liebres, al regresar a su madriguera, llevan a sus crías a lugares distintos, a menudo a un pletro de distancia unas de otras, para que, si un hombre o un perro se acerca, no corran todos el mismo peligro; ellas mismas, tras dejar huellas en muchos lugares con sus carreras, dan un gran salto final y se alejan mucho de las huellas antes de dormir. El oso, al ser atrapado por la afección que llaman hibernación, antes de quedar completamente entumecido y volverse pesado y difícil de mover, limpia el lugar y, al ir a entrar, hace el resto del camino lo más elevado y ligero posible, tocando solo con las puntas de las huellas, y acerca el cuerpo con el lomo y lo traslada hacia la madriguera. Las hembras de los ciervos paren sobre todo junto al camino, donde no se acercan las fieras carnívoras, y los machos, cuando sienten que están pesados por la grasa y el exceso de carne, se alejan, salvándose al ocultarse, cuando no confían en la huida. La defensa y protección de los erizos terrestres ha dado lugar al proverbio:« el zorro sabe muchas cosas, pero el erizo una grande»; pues cuando se acerca, como dice el jonio,« enrollando su cuerpo como un ovillo alrededor de sus espinas, yace, incapaz de ser tocado o mordido». Más ingenioso es el cuidado por sus crías: en otoño, al meterse bajo las vides, sacude con sus patas las uvas del racimo al suelo y, al rodar sobre ellas, las recoge con sus espinas y nos ofreció una vez a todos los que mirábamos el espectáculo de una uva que se arrastraba o caminaba; así, lleno de fruta, se iba; luego, al entrar en la madriguera, se las entrega a sus crías para que las usen y tomen de él, almacenándolas. Su madriguera tiene dos aberturas, una que mira al sur y otra al norte; cuando presienten el cambio de aire, como timoneles que cambian la vela, tapan la que está frente al viento y abren la otra. Y alguien en Cícico, al observar esto, tuvo fama de predecir por sí mismo el viento que iba a soplar.
17
Juba dice que los elefantes demuestran ser sociables junto con inteligentes. Pues los cazadores, tras preparar fosas para ellos, las cubren con ramas delgadas y hojarasca ligera; cuando uno resbala, al ir muchos juntos, los demás, cargando madera y piedras, las echan, rellenando la cavidad de la fosa, de modo que la salida resulta fácil para aquel. Relata también que los elefantes usan la oración a los dioses sin haber sido enseñados, purificándose en el mar y adorando al sol cuando aparece, como si levantaran la trompa a modo de mano. De ahí que el animal sea muy amado por los dioses, como testificó Ptolomeo Filopátor. Pues tras vencer a Antíoco y queriendo honrar a la divinidad de manera distinguida, sacrificó muchas otras cosas como victoria de la batalla y cuatro elefantes; luego, al tener sueños por la noche en los que el dios lo amenazaba con ira por aquel sacrificio extraño, utilizó muchas expiaciones y erigió cuatro elefantes de bronce en lugar de los sacrificados. No menos sociables son los leones. Pues los jóvenes sacan a cazar a los que ya son lentos y viejos; dondequiera que se agoten, unos se sientan a esperar y otros cazan, y si atrapan algo, los llaman, haciendo el rugido similar al mugido de un ternero; los otros lo perciben inmediatamente y, al llegar, consumen la presa en común.
18
Los amores de muchos han sido salvajes y frenéticos, pero otros tienen un encanto no inhumano ni una compañía carente de deseo. Tal fue el del elefante en Alejandría hacia el gramático Aristófanes, que lo amaba a su vez; pues amaban a la misma vendedora de guirnaldas, y el elefante no era menos distinguido; pues siempre le llevaba los productos de la estación al pasar, y durante mucho tiempo se mantenía firme y, metiendo la trompa dentro de sus túnicas como una mano, tocaba suavemente la belleza de su pecho. La serpiente que se enamoró de la mujer de Etolia iba de noche a verla y, al deslizarse sobre su piel y enroscarse, no la dañó ni voluntaria ni involuntariamente, sino que siempre se marchaba decorosamente al amanecer. Como hacía esto continuamente, los vecinos trasladaron a la mujer más lejos; él no vino durante tres o cuatro días, sino que, al parecer, iba buscando y errando; al encontrarla difícilmente y encontrarse con ella, no manso como solía, sino más áspero, ató con el resto de su espiral las manos de ella a su cuerpo y, con el extremo de la cola, azotaba sus piernas, demostrando una ira ligera, afectuosa y que tenía más de perdón que de castigo. Sobre el ganso que amaba a un muchacho en Egio y el carnero que deseó a la citarista Glauca, son famosos y creo que ustedes están hartos de muchas historias así; por eso, dejo esto.
19
Los estorninos, cuervos y loros, al aprender a hablar y al ofrecer el aliento de la voz tan maleable y mimético a quienes los enseñan para enumerar y ritmar, me parecen defender y abogar por los otros animales al aprender, enseñándonos de alguna manera que también ellos participan de la palabra articulada y de la voz clara; y es una gran burla dejar la comparación con estos a aquellos que ni siquiera tienen voz para aullar o gemir. De estos, cuánta musa y gracia hay en sus cantos naturales y no enseñados, lo testifican los más elocuentes y de mejor voz, comparando los poemas y melodías más dulces con los cantos de los cisnes y los ruiseñores; y puesto que enseñar es más racional que aprender, ya hay que creer a Aristóteles cuando dice que los animales también hacen esto; pues se ha visto a un ruiseñor enseñar a cantar a su polluelo. Le testifica esto el hecho de que cantan peor aquellas que, al ser capturadas pequeñas, han sido criadas lejos de sus madres; pues las que se crían juntas aprenden y aprenden no por recompensa ni por gloria, sino por el placer de modular y amar lo bello más que lo útil de la voz. Tengo también una historia sobre esto que contarles, tras haber escuchado a muchos griegos y romanos que estuvieron presentes. Un barbero que tenía una tienda en Roma frente al templo que llaman el mercado de los griegos, criaba una urraca maravillosa, polifónica y de muchas voces, y devolvía palabras humanas, sonidos de fieras y ruidos de instrumentos, sin que nadie la obligara, sino acostumbrándose a sí misma y esforzándose por no dejar nada sin decir ni sin imitar. Sucedió que uno de los ricos era sacado de allí con muchas trompetas, y al producirse la parada habitual en el lugar, los trompetistas, siendo elogiados y ordenados, se detuvieron durante mucho tiempo; la urraca, después de aquel día, estaba sin voz y muda, sin emitir ni siquiera su propia voz ante las pasiones necesarias. A quienes antes admiraban su voz, entonces el silencio les causaba una maravilla mayor, un espectáculo sordo para los que pasaban habitualmente por el lugar; había sospechas de venenos por parte de sus colegas; la mayoría conjeturaba que las trompetas habían aturdido su oído, y que con el oído se había extinguido la voz. Pero no era ninguna de estas cosas, sino un ejercicio, al parecer, y una retirada hacia sí misma de lo mimético, como un instrumento que prepara y dispone la voz; pues de repente volvió y brilló de nuevo, no con ninguna de aquellas imitaciones habituales y antiguas, sino pronunciando las melodías de las trompetas con sus mismos periodos y recorriendo todos los cambios y ritmos de los toques; de modo que, como dije, el aprendizaje automático en ellos es más racional que el aprendizaje. Sin embargo, no creo que deba omitir una lección de un perro, habiendo sido espectador en Roma. Pues estando el perro presente ante un mimo que tenía una trama dramática y de muchos personajes, devolvía otras imitaciones apropiadas a las pasiones y hechos subyacentes, y al hacer la prueba en él de un fármaco, que se suponía que era somnífero pero que en realidad era mortal, aceptó el pan en el que supuestamente se había mezclado el fármaco y, al comerlo poco después, estaba como alguien que tiembla, se tambalea y tiene pesadez de cabeza; finalmente, extendiéndose, yacía como muerto, y se dejaba arrastrar y trasladar, como dictaba el discurso del drama. Cuando comprendió el momento por lo que se decía y hacía, se movió suavemente al principio, como si se recuperara de un sueño profundo, y al levantar la cabeza, miró a su alrededor; luego, tras la admiración, se levantó y caminó hacia quien debía; y se acercaba alegre y cariñoso, de modo que todos los hombres y César— pues el anciano Vespasiano estaba presente en el teatro de Marcelo— se sintieron conmovidos.
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Quizás somos ridículos al enorgullecernos de que los animales aprendan, de quienes Demócrito declara que hemos sido discípulos en las cosas más grandes: de la araña en el tejido y la medicina, de la golondrina en la construcción y de los de voz clara, el cisne y el ruiseñor, en el canto por imitación. De la medicina, vemos una parte noble en cada uno de los tres tipos; pues no solo usan la farmacéutica, las tortugas el orégano y las comadrejas la ruda, cuando comen serpientes, comiéndolas después; los perros con cierta hierba se purgan cuando tienen cólera; la serpiente, con el hinojo, adelgaza y raspa el ojo cuando tiene la vista nublada; el oso, cuando sale de la madriguera, come primero el aro salvaje; pues la acritud abre su intestino que está contraído; de otro modo, al volverse nauseabundo, se dirige a los hormigueros y se sienta, ofreciendo su lengua grasa y suave con una humedad dulce, hasta que se llena de hormigas; pues al tragarlas se beneficia. Los egipcios dicen que han observado e imitado el autoclismo del ibis, que se purga con agua salada; los sacerdotes usan agua, purificándose a sí mismos, de la que ha bebido el ibis; pues si el agua es venenosa o insalubre de otro modo, no se acerca. Pero también se curan con la abstinencia de comida, como los lobos y leones, cuando están hartos de carne, permanecen tranquilos tumbados y calentándose a sí mismos. Dicen que un tigre, al entregársele un cabrito, usando su dieta, no comió durante dos días, y al tercero, hambriento, pidió otro y despedazó la trampa, pero perdonó a aquel, pensando que ya tenía un compañero de crianza y de vivienda. Sin embargo, relatan también que los elefantes usan la cirugía; pues las astillas, lanzas y flechas, al acercarse a los heridos, las extraen sin desgarro, fácilmente y sin daño. Las cabras cretenses, cuando comen el dictamo, al expulsar las flechas fácilmente, proporcionaron a las preñadas el conocimiento de que la hierba tiene poder abortivo; pues no se dirigen, buscan ni persiguen ninguna otra cosa cuando son heridas que el dictamo.
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Menos maravillosas, aunque son maravillosas, hacen estas cosas las naturalezas que tienen noción de número y poder de contar, como tienen las vacas cerca de Susa; pues hay allí unas que riegan el jardín real con máquinas de bombeo giratorias, cuyo número está definido; pues cada vaca saca cien cubos cada día, y no es posible tomar más ni obligarlas si no quieren; sino que, incluso si a menudo añaden para probar, se resiste y no avanza, habiendo entregado lo establecido; tan precisamente suma y recuerda el total, como ha relatado Ctesias de Cnido. Los libios se burlan de los egipcios que mitologizan sobre el órix, como si emitiera un sonido el día y la hora en que sale el astro que ellos llaman Sothis y nosotros Perro y Sirio; pues todas sus cabras juntas, cuando el astro sale con el sol exactamente, miran hacia allí, hacia el este, y esto es la prueba más firme del periodo y muy aceptada por los cánones matemáticos.
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ARISTÓTIMO. Para que el discurso se detenga tras haber puesto su corona, vamos, habiendo movido lo que viene de lo sagrado, digamos brevemente sobre su divinidad y adivinación. Pues no es una parte pequeña ni sin gloria, sino una parte grande y antiquísima de la adivinación llamada augurio; pues su agudeza y capacidad intelectual, y por su flexibilidad, obediente a toda fantasía, permite al dios usarla como un instrumento y dirigirla tanto hacia el movimiento como hacia las voces, sonidos y figuras, ahora instantes, ahora de movimiento, como si fueran vientos que golpean unas acciones y enderezan otras, y los impulsos hacia el fin. Por eso, en común, Eurípides llama a las aves heraldos de los dioses, y en particular, Sócrates dice que se hace siervo de los cisnes; como también de los reyes, Pirro se alegraba de ser llamado Águila, y Antíoco Halcón; a los peces, en cambio, los llamamos ignorantes y sin sentido cuando insultamos o nos burlamos. Pero, habiendo diez mil veces diez mil cosas que decir, que nos muestran y presagian los animales terrestres y alados de parte de los dioses, no es posible declarar nada semejante para el que defiende a los animales acuáticos, sino que todos, sordos y ciegos a la providencia, han sido arrojados al lugar ateo y titánico, como un espacio de impíos, donde lo racional y lo intelectual del alma se ha extinguido, y al estar mezclada y sumergida con una parte extrema de la percepción, parecen más bien agitarse que vivir.
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HERACLEÓN. Levanta las cejas, querido Fedimo, y despiértate para nosotros; el asunto del discurso sobre los animales marinos e isleños no ha sido un juego, sino una lucha vigorosa y una retórica que necesita de barreras y tribuna. FEDIMO.¡ Una emboscada, Heracleón, con engaño evidente! Pues para los que todavía están resacosos de lo de ayer y sumergidos, como ves, el noble ha atacado por preparación. Pero no es posible excusarse; pues no quiero, siendo admirador de Píndaro, escuchar que« la excusa de los juegos establecidos arrojó la virtud a una oscura profundidad»; pues tienen mucha libertad, al estar ociosos no los coros, sino los perros, caballos, redes y toda clase de artes de pesca, debido a que hoy se ha dado una tregua a todos los animales por tierra y mar por causa de los discursos. Pero no teman; pues la usaré moderadamente, sin traer opiniones de filósofos, ni mitos egipcios, ni historias sin testigos de indios o libios; sino que, de lo que tiene testigos en todas partes, los que trabajan el mar, y que se ve y da fe a la vista, de eso expondré poco. Aunque de los ejemplos en la tierra nada se interpone, sino que ofrece la historia abierta a la percepción; el mar, en cambio, ofrece poco y escaso para ver, y oculta la mayoría de los nacimientos, alimentos, ataques y protecciones mutuas, en los cuales no pocas obras de inteligencia, memoria y sociabilidad, al ser desconocidas, perjudican al discurso. Además, lo que hay en la tierra, debido a la afinidad y la convivencia, mezclándose de alguna manera con las costumbres humanas, disfruta de alimento, enseñanza e imitación; lo cual endulza todo lo amargo y sombrío como una mezcla de agua dulce en el mar, y despierta todo lo difícil de entender y lento, al ser avivado por los movimientos con los hombres. Pero la vida de los animales marinos, alejada por grandes límites de la compañía con los hombres, al no tener nada introducido ni acostumbrado, es propia, nativa y pura de costumbres ajenas debido al lugar, no debido a la naturaleza. Pues la naturaleza, en la medida en que alcanza el aprendizaje, al recibirlo y contenerlo, ofrece muchas anguilas llamadas sagradas, mansas con los hombres, como las de Aretusa, y en muchos lugares peces que obedecen a sus nombres, como relatan de la morena de Craso, por cuya muerte lloró Craso, y cuando una vez Domicio le dijo:«¿ No lloraste por la muerte de una morena?», respondió:«¿ No lloraste tú por haber enterrado a tres esposas?». Los cocodrilos de los sacerdotes no solo reconocen la voz de quienes los llaman y soportan el tacto, sino que, al abrir la boca, ofrecen los dientes para que los limpien con las manos y los froten con lienzos. Hace poco, Filino, el mejor, al venir de Egipto tras haber viajado, nos contaba que vio a una anciana en la ciudad de Anteo durmiendo con un cocodrilo sobre un catre, muy decorosamente extendido. Antiguamente relatan que, al ser exhortado el cocodrilo sagrado por el rey Ptolomeo, al no hacer caso ni ser persuadido por los sacerdotes que le suplicaban y rogaban, pareció presagiar el fin de su vida que le sobrevendría poco después, de modo que el género de los animales acuáticos no está exento ni sin honor de la preciada adivinación, ya que también cerca de Sura, una aldea en Licia entre Fello y Mira, me entero de que se sientan sobre los peces como si fueran augurios para adivinar con cierto arte y razón, observando sus giros, huidas y persecuciones.
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FEDIMO. Pero baste esto como prueba suficiente de que no son seres totalmente ajenos ni carentes de simpatía hacia nosotros. Una gran muestra de su inteligencia innata y natural es su sentido de comunidad; pues no hay nada en el mar tan fácil de capturar para el hombre, si no está adherido y pegado a las rocas, ni nada tan difícil de atrapar sin artificios, como los asnos para los lobos, las abejas para los abejarucos, las cigarras para las golondrinas, o las serpientes para los ciervos, que son conducidos fácilmente por ellos— de donde proviene el nombre de' ciervo'( elaphos), no por su ligereza, sino por su capacidad de arrastrar( helxis) a la serpiente—, y la oveja que llama al lobo con la pata; mientras que la mayoría de los animales se acercan al leopardo atraídos por su olor, y dicen que el mono lo hace especialmente. En cuanto a los animales marinos, casi todos poseen una premonición cautelosa y vigilante ante los ataques gracias a su inteligencia, por lo que la tarea de su captura no es sencilla ni trivial, sino que requiere toda clase de instrumentos y ardides ingeniosos y engañosos. Esto es evidente incluso en los casos más simples. Los pescadores no quieren que la caña sea gruesa, aunque necesiten resistencia para los tirones de las presas, sino que eligen una delgada para no proyectar una sombra ancha que alerte a los peces, que son desconfiados. Además, no hacen el sedal con muchos nudos ni áspero, pues esto también les sirve de señal de engaño. Y se las ingenian para que los pelos que van unidos al anzuelo sean lo más blancos posible, pues así pasan inadvertidos en el mar por la semejanza de color. Lo que dice el poeta:' y como una plomada saltó al abismo, que montada sobre el cuerno de un buey de campo, va llevando la muerte a los peces carnívoros', es malinterpretado por algunos, que creen que los antiguos usaban pelos de buey para los sedales; pues dicen que' cuerno'( keras) se refiere al pelo, y de ahí' esquilar'( keirein) y' esquila'( kura), y que el' modelador de cuernos'( keroplastes) de Arquíloco es alguien aficionado a adornar su cabello. Pero esto no es cierto; pues usan pelos de caballo, tomando los de los machos, ya que las hembras, al mojar el pelo con la orina, lo vuelven débil. Aristóteles dice que no hay nada sabio o superfluo en esto, sino que en realidad se coloca un pequeño cuerno antes del anzuelo en el sedal, porque los peces, al acercarse a otra cosa, lo devoran. De los anzuelos, usan los redondos para las lisas y las amias, por ser de boca pequeña, pues temen lo que es más recto; a menudo, la lisa, sospechando del anzuelo redondo, nada a su alrededor, golpeando el cebo con la cola y engullendo lo que se desprende; y si no puede, cierra la boca y, rozándolo con la punta de los labios, va desgastando el cebo. El róbalo, con más hombría que el elefante, no deja que otro lo saque, sino que él mismo, cuando cae en el anzuelo, se libera, moviendo la cabeza de un lado a otro para agrandar la herida y soportando el dolor del desgarro hasta que expulsa el anzuelo. La zorra de mar no suele acercarse al anzuelo, sino que evita el engaño, y si es capturada, se escapa inmediatamente, pues su naturaleza le permite, por su flexibilidad y blandura, cambiar y girar el cuerpo de tal modo que, al quedar lo de dentro fuera, el anzuelo se desprende.
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FEDIMO. Estos ejemplos muestran un conocimiento y un uso ingenioso y extraordinario de lo que es conveniente en el momento oportuno. Otros, sin embargo, demuestran, junto con la inteligencia, el sentido de comunidad y el amor al prójimo, como los antias y los escaros. Cuando un escaro traga un anzuelo, los otros escaros se acercan saltando y cortan el sedal; y estos mismos, cuando otros caen en la nasa, les ofrecen sus colas desde fuera, tirando de ellos con entusiasmo y ayudándoles a salir. Los antias ayudan a sus congéneres de forma más audaz: colocan el sedal sobre su lomo y, erizando la espina, intentan serrarlo con su aspereza y cortarlo. Y sin embargo, no conocemos ningún animal terrestre que se atreva a defender a otro en peligro, ni el oso, ni el jabalí, ni la leona, ni el leopardo; aunque los animales de la misma especie conviven en los teatros y andan juntos en círculo, uno no sabe ni piensa en ayudar a otro, sino que huye y salta lo más lejos posible del que está herido y muriendo. La historia de los elefantes, amigo, que llevan tierra a los fosos y ayudan a subir al que ha resbalado, es extraordinariamente extraña y ajena, y parece dictada por un decreto real para que creamos en ella según los libros de Juba; pero si es cierta, demuestra que muchos animales marinos no se quedan atrás en cuanto a sociabilidad e inteligencia respecto al más sabio de los animales terrestres. Pero sobre su comunidad, habrá quizás un discurso aparte.
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FEDIMO. Los pescadores, al observar que la mayoría de los ataques con anzuelo se frustraban mediante defensas similares a las de la lucha, recurrieron a la fuerza, como los persas con sus redes de arrastre, al ver que los atrapados no tenían escapatoria mediante el razonamiento y la astucia. Con redes circulares y de mano se capturan lisas, julias, mórmiros, sargos, gobios y róbalos; pero los llamados' de tiro', como el salmonete, la dorada y el escorpión, los arrastran rodeándolos con redes de cerco y de arrastre. Por eso Homero llamó acertadamente a este tipo de redes' panagra'( que todo lo atrapa). Pero incluso contra esto, las lisas tienen sus trucos, al igual que el róbalo: al sentir que la red se arrastra, la separa con fuerza y golpea el fondo, ahuecándolo; y cuando abre espacio con las acometidas de la red, se desliza y se adhiere hasta que pasa. El delfín, cuando es rodeado y se da cuenta de que está en las garras de la red, permanece tranquilo, sin alterarse, sino alegrándose; pues se banquetea sin esfuerzo con la abundancia de peces presentes, y cuando se acerca a la tierra, come la red y se va. Si no logra escapar a tiempo, la primera vez no le hacen nada grave, sino que le atan juncos alrededor de la aleta dorsal y lo sueltan; pero si es capturado de nuevo, lo castigan con golpes, reconociéndolo por la marca. Esto ocurre raramente, pues al recibir perdón la primera vez, la mayoría se muestra agradecida y se cuida de no volver a delinquir. Además, habiendo muchos ejemplos de precaución, vigilancia y huida, no es justo pasar por alto el de la sepia. Pues teniendo la llamada' mútil' junto al cuello, llena de un líquido sombrío que llaman' tinta', cuando es capturada, lo expulsa hacia fuera, ingeniándoselas para que, al enturbiarse el mar y crearse oscuridad a su alrededor, pueda escabullirse y huir de la vista del cazador, imitando a los dioses de Homero, que a menudo ocultan y roban a quienes desean salvar con una nube oscura. Pero basta de esto.
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FEDIMO. En cuanto a su destreza para atacar y cazar, se pueden observar muchas astucias en ellos. La estrella de mar, sabiendo que todo lo que toca se disuelve y se derrite, relaja su cuerpo y deja que la toquen los que pasan o se acercan. De la raya, ya conocéis su poder, que no solo paraliza a quienes la tocan, sino que incluso a través de la red transmite una pesadez narcótica a las manos de quienes la sujetan. Algunos cuentan, tras haberla probado más a fondo, que si sale viva, al echarle agua desde arriba, sienten el efecto subiendo por la mano y entorpeciendo el tacto, como si el agua se transformara y sufriera el efecto primero. Teniendo, pues, esta sensibilidad innata, no lucha de frente contra nadie ni se arriesga; sino que, rodeando a su presa, esparce sus efluvios como flechas, envenenando primero el agua y luego al animal a través de ella, de modo que no puede defenderse ni huir, sino que queda atrapado como por cadenas y paralizado. El llamado' pescador' es conocido por muchos, y su nombre proviene de su oficio, astucia que, según Aristóteles, también usa la sepia: deja caer desde el cuello un tentáculo, que se alarga mucho al soltarlo y vuelve a recogerse hacia sí con gran facilidad. Cuando ve algún pececito cerca, lo deja morder, y poco a poco lo va atrayendo sin que se dé cuenta, hasta que la presa queda al alcance de su boca. Píndaro hizo famoso el cambio de color de los pulpos al decir:' ten la mente como la piel de la fiera marina, adaptándote a todas las ciudades', y Teognis de igual modo:' ten la mente del pulpo de muchos colores, que parece del color de la roca con la que se encuentra'. Pues el camaleón cambia sin planear nada ni ocultarse, sino que se transforma por miedo, siendo por naturaleza asustadizo y cobarde. Además, está lleno de aire, como dice Teofrasto; pues casi todo el cuerpo del animal es pulmón, de lo cual infiere que es neumático y, por ello, propenso a los cambios. Pero en el pulpo, el cambio es una acción, no una afección; pues cambia por previsión, usando el artificio para ocultar lo que teme y capturar de lo que se alimenta, engañando a unos para atraparlos sin que huyan, y a otros para que escapen al pasar. Es falso que se coma sus propios tentáculos; pero es cierto que teme a la morena y al congrio, pues sufre daño de ellos sin poder hacer nada, ya que se escabullen. Como, a su vez, la langosta vence fácilmente a aquellos cuando los agarra, pues la lisura no ayuda contra la aspereza, pero perece cuando el pulpo introduce sus tentáculos dentro. Y este ciclo y este movimiento de persecuciones y huidas mutuas, la naturaleza los ha convertido en un ejercicio y entrenamiento competitivo de destreza e inteligencia.
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FEDIMO. Aristóteles relató una premonición de los vientos por parte del erizo terrestre, y admiraba el vuelo en triángulo de las grullas. Yo, por mi parte, no presento a un erizo de Cícico o Bizancio, sino a todos los marinos en conjunto: cuando presienten que se acerca una tormenta y oleaje, se lastran con piedrecitas para no volcar por su ligereza ni ser arrastrados cuando surge el oleaje, sino permanecer firmes con las piedrecitas. El cambio de vuelo de las grullas ante el viento no es propio de una sola especie, sino que todos los peces, al entenderlo, nadan siempre contra la ola y la corriente, cuidando de que, si el viento les da por la cola, la escama no se levante y les dañe el cuerpo al quedar expuesto y áspero; por eso se mantienen siempre de cara a la corriente. Pues el mar, al abrirse así por la cresta, aplana las branquias y, fluyendo suavemente sobre la superficie, presiona y no levanta lo que eriza. Esto, como dije, es común a los peces, excepto al esturión; de este dicen que nada a favor del viento y la corriente, sin temer que se le levanten las escamas, ya que sus pliegues no están orientados hacia la cola.
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FEDIMO. El atún percibe los equinoccios y los solsticios de tal manera que incluso enseña al hombre, sin necesidad de reglas astrológicas; pues dondequiera que lo sorprendan los solsticios de invierno, permanece tranquilo y pasa el tiempo en el mismo lugar hasta el equinoccio. Pero es sabia la forma en que la grulla sujeta la piedra para despertarse al soltarla. Y cuánto más sabio, amigo, es el delfín, al que no le está permitido detenerse ni cesar su movimiento, pues su naturaleza es de movimiento perpetuo y tiene el mismo límite para vivir que para moverse. Cuando necesita dormir, eleva su cuerpo hacia la superficie del mar y lo deja boca arriba en la profundidad, durmiendo con el balanceo de las olas hasta que cae y toca tierra; al despertar así, sube de nuevo y, al estar arriba, se deja llevar, ingeniándose un descanso mezclado con movimiento. Dicen que los atunes hacen lo mismo por la misma razón. Y puesto que acabo de terminar con su conocimiento matemático de la traslación del sol, de lo cual Aristóteles es testigo, escucha ahora su ciencia aritmética; pero antes, por Zeus, la óptica, que parece que ni Esquilo ignoraba; pues dice en algún lugar:' lanzando una mirada de reojo, como un atún'. Pues parece que ven mal con un ojo, por lo que entran en el Ponto manteniéndose a la derecha de la tierra, y lo contrario cuando salen; cuidando siempre de forma muy sensata y prudente la protección de su cuerpo con el mejor de sus ojos. Y en cuanto a la aritmética, al necesitarla, al parecer, por su amor a la comunidad y al prójimo, han llegado a tal grado de conocimiento que, como disfrutan mucho de alimentarse y vivir en bancos juntos, siempre disponen la multitud en forma de cubo y hacen un sólido de todos, contenido por seis planos iguales; luego nadan manteniendo el orden de tal manera que el marco sea abierto por ambos lados. El vigía de atunes, si toma con precisión el número de la superficie, declara inmediatamente cuál es la cantidad total, sabiendo que también su profundidad está dispuesta en una fila igual tanto a la anchura como a la longitud.
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FEDIMO. El nombre de las amias proviene de su vida en grupo, y creo que también el de las pelámides. De los otros géneros que parecen vivir socialmente en bancos, uno no podría decir el número, sino que es mejor ir a sus comunidades y convivencias particulares. Entre ellos está el' pinnoteres', que consumió la mayor parte de la tinta de Crisipo, teniendo preeminencia en todo libro de física y ética; pues no ha relatado el' esponjoteres', porque no lo habría omitido. El pinnoteres es un animal crustáceo, como dicen, y vive con la pinna, haciendo de portero de la concha, apostado delante, dejándola abierta y boquiabierta hasta que cae alguno de los pececillos que pueden atrapar; entonces, mordiendo la carne de la pinna, entra, y ella cierra la concha, y juntos devoran la presa que ha quedado dentro de la trampa. La esponja es guiada por un animalito que no es crustáceo, sino parecido a una araña; pues la esponja no es inanimada, ni insensible, ni exangüe, sino que, como muchas otras cosas, está adherida a las rocas, pero tiene un movimiento propio desde sí misma y hacia sí misma, que parece necesitar recordatorio y pedagogía; pues siendo porosa y relajada en sus aberturas por pereza y torpeza, cuando entra algo comestible, al señalárselo aquel, se cierra y lo consume; y aún más, al acercarse o tocarla un hombre, aprendiendo y siendo estimulada, se estremece y cierra el cuerpo, endureciéndose y compactándose, de modo que su corte es fácil pero trabajoso para los cazadores. Las púrpuras, al vivir en grupo, hacen el panal en común, como las abejas, donde dicen que crían; y al tomar los alimentos de las algas y los musgos que se adhieren a las conchas, se ofrecen mutuamente un banquete que circula en círculo, mientras unas se alimentan de otras desde fuera.
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FEDIMO.¿ Y por qué alguien se asombraría de la comunidad en estos casos, cuando el animal más insociable y salvaje de los que alimentan ríos, lagos y mares, el cocodrilo, se muestra admirable en cuanto a comunidad y favor en sus tratos con el troquilo? Pues el troquilo es un ave de los pantanos y riberas, y protege al cocodrilo, no alimentándose de él, sino nutriéndose de sus restos; cuando siente que el cocodrilo duerme, despierta al icneumón, que se cubre de barro y se prepara para atacarlo como un atleta, gritando y picoteándolo. El cocodrilo se amansa tanto con él que abre la boca y lo deja entrar, y se alegra de que le quite con el pico, suavemente, los restos de carne que se le quedan en los dientes, escarbando. Y si, estando ya satisfecho, quiere cerrar la boca, inclina la mandíbula y le avisa, y no la baja hasta que el troquilo, dándose cuenta, sale volando. El llamado' hegemón', en tamaño y forma, es un pececillo parecido al gobio, y se dice que su superficie se parece a un ave erizada por la aspereza de sus escamas, y siempre acompaña a uno de los grandes cetáceos y nada delante, dirigiendo el camino para que no se enrede en bajíos ni caiga en un pantano o en un estrecho de difícil salida; pues el cetáceo lo sigue, como una nave a su timón, siendo guiado dócilmente. Y a los demás, cualquier animal, embarcación o piedra que tome con sus fauces, queda inmediatamente destruido y perece al ser sumergido; pero a aquel, reconociéndolo, lo toma con la boca como si fuera un ancla; pues duerme con él, y el cetáceo se detiene y descansa, y permanece anclado; y cuando aquel avanza, lo sigue sin separarse ni de día ni de noche, o si no, se desorienta y vaga, y muchos han perecido al ser arrastrados a tierra como si no tuvieran timón. Pues nosotros mismos hemos visto esto cerca de Antícira no hace mucho; y cuentan que antes, al encallar y pudrirse cerca de Bunos, se produjo una peste.¿ Es acaso digno comparar estas comunidades y comportamientos con las amistades que Aristóteles relata entre zorras y serpientes por tener al águila como enemigo común, o las de las avutardas con los caballos, porque disfrutan acercándose y escarbando el estiércol? Yo, por mi parte, no veo ni siquiera en las abejas ni en las hormigas tanto cuidado mutuo. Pues todas y todos aumentan el trabajo común, pero no hay ninguna consideración ni cuidado de uno por otro en particular.
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FEDIMO. Veremos aún mejor la diferencia si dirigimos el discurso a las más antiguas y grandes de las obras y deberes sociales: los relacionados con la generación y la cría. En primer lugar, los peces que habitan en lagos o en el mar que recibe ríos, cuando van a desovar, remontan la corriente, buscando la suavidad y la calma de las aguas dulces; pues la calma es buena para parir, y en los lagos y ríos hay a la vez seguridad contra los depredadores, de modo que las crías se salvan. Por eso, la mayor parte de la cría ocurre alrededor del Ponto Euxino; pues no cría cetáceos, sino solo focas escasas y delfines pequeños. Además, la mezcla de los ríos, que vierten la mayoría y los más grandes en el Ponto, proporciona una mezcla suave y adecuada para los que están pariendo. Lo del antias es lo más admirable, al que Homero llamó' pez sagrado'; aunque algunos creen que' sagrado' se refiere a algo grande, como el' hueso sagrado'( el sacro), y llaman' sagrada' a la epilepsia por ser una gran enfermedad; otros, en general, al que está libre y consagrado. Eratóstenes parece llamar' pez sagrado' a la dorada por la franja dorada sobre sus cejas; muchos, al esturión, pues es raro y no es fácil de atrapar. Aparece a menudo cerca de Panfilia; si alguna vez lo atrapan, se coronan ellos mismos y coronan las barcas, y los reciben al llegar con aplausos y estrépito, y lo honran. La mayoría piensa que el antias es sagrado y así se le llama; pues donde se ve un antias, no hay fieras, sino que los buceadores de esponjas se sumergen con confianza y los peces desovan con confianza, como si tuvieran un garante de inmunidad. La causa es difícil de calcular, si es que las fieras huyen del antias como los elefantes del jabalí y los leones del gallo, o si son señales de lugares sin fieras, que el pez, siendo inteligente y con memoria, conoce y vigila.
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FEDIMO. Pero la previsión es común a los que paren respecto a los nacidos; los machos no se comen su propia prole, sino que incluso pasan tiempo con las puestas, protegiendo los huevos, como ha relatado Aristóteles; los que siguen a las hembras rocían poco a poco el esperma; de otro modo, lo nacido no crece, sino que permanece incompleto y sin desarrollo. Por su parte, las fícides, tras formar una especie de nido con algas, envuelven la cría y la protegen del oleaje. El amor maternal del tiburón no deja nada que desear en cuanto a dulzura y bondad hacia sus crías, ni siquiera comparado con los animales más mansos; pues paren un huevo y luego el animal no fuera, sino dentro de sí mismos, y así los alimentan y llevan como si fuera una segunda gestación; cuando son más grandes, los sueltan fuera y les enseñan a nadar cerca; luego, de nuevo, los recogen a través de la boca y les ofrecen el cuerpo para vivir, como lugar, alimento y refugio, hasta que sean capaces de valerse por sí mismos. Es admirable también el cuidado de la tortuga en la generación y salvación de sus crías; pues pare saliendo del mar cerca, y al no poder incubar ni permanecer mucho tiempo en tierra, deposita los huevos en la arena y amontona sobre ellos lo más fino y suave de la playa; y cuando los entierra y oculta con seguridad, algunos dicen que rasguña y marca el lugar con las patas, haciéndolo reconocible para sí misma, otros que la hembra, al ser girada por el macho, deja impresas marcas y sellos propios. Pero lo que es más admirable que esto: tras esperar el cuadragésimo día, pues en tantos días se incuban y rompen los huevos, se acerca y, reconociendo su propio tesoro, como ningún hombre su caja de oro, lo abre con alegría y entusiasmo.
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FEDIMO. En cuanto a los cocodrilos, lo demás es parecido, pero el cálculo del lugar no da al hombre idea ni razonamiento de la causa, por lo que dicen que la premonición de esta fiera no es lógica, sino adivinatoria; pues no pone los huevos ni más ni menos, sino justo hasta donde el Nilo, al crecer en la estación del año, inundará y cubrirá la tierra, de modo que el campesino que se encuentra con ellos sabe y dice a otros cuánto avanzará el río; así se midió, para que, al no mojarse ella misma, los huevos se incuben al mojarse. Al salir las crías, si alguna, al emerger, no toma algo de lo que encuentra, ya sea una mosca, un mosquito, una lombriz de tierra, una paja o una hierba con la boca, la madre, al despedazarla, la mata mordiéndola; pero a las que son valientes y activas, las quiere y cuida, como consideran los más sabios de los hombres, otorgando el amor por juicio y no por pasión. Y ciertamente, las focas paren en tierra firme, pero poco a poco van llevando a las crías a probar el mar y pronto las sacan de nuevo, y hacen esto muchas veces por turnos, hasta que, acostumbrándose así, se vuelven valientes y aman la vida marina. Las ranas usan llamadas para el apareamiento, haciendo la llamada' ololygo', que es una voz erótica y nupcial; cuando el macho atrae así a la hembra, permanecen juntos la noche; pues en el agua no pueden, y durante el día temen aparearse en tierra; pero al llegar la oscuridad, se acoplan sin miedo. Por lo demás, aclaran la voz esperando la lluvia, y esto es una de las señales más seguras.
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FEDIMO. Pero,¡ por Poseidón, amigo!, qué sentimiento tan absurdo y ridículo he tenido, si al entretenerme con focas y ranas, se me ha escapado y pasado por alto el más sabio y querido por los dioses de los animales marinos.¿ A qué ruiseñores es digno comparar al amante de la música, el alción, o al amante de los hijos, la golondrina, o al amante del esposo, la paloma?¿ O a qué artesano comparar a las abejas?¿ Y de quién honró el dios tanto las generaciones, los partos y los dolores? Pues cuentan que una sola isla se asentó para recibir los partos de Leto, pero para el alción que pare cerca de los solsticios, detiene todo el mar, sin olas y sin movimiento. Por eso no hay otro animal al que los hombres amen tanto, gracias al cual navegan sin miedo durante siete días y siete noches en pleno invierno, teniendo entonces más segura la travesía por el mar que el camino por tierra. Y si hay que decir brevemente sobre cada una de las virtudes que posee: es tan amante de su esposo que no se une en un solo momento, sino que durante todo el año convive y acepta la unión del macho, no por libertinaje— pues no se une con ningún otro en absoluto—, sino por benevolencia y afecto, como una esposa legítima. Y cuando el macho, por la vejez, se vuelve débil para seguir y pesado, ella lo toma, lo lleva y lo alimenta en su vejez, sin soltarlo ni dejarlo solo en ningún lugar; sino que, cargándolo sobre sus hombros, lo lleva a todas partes, lo cuida y convive con él hasta la muerte. Y en cuanto al amor por los hijos y el cuidado de la salvación de los nacidos, dándose cuenta de que está preñada, se dedica rápidamente al trabajo del nido, no mezclando barro ni apoyándolo en paredes y techos como las golondrinas, ni usando muchas partes activas del cuerpo, como la abeja que se introduce en el cuerpo y abre el panal, mientras los seis pies tocan y dividen el todo en recipientes hexagonales; el alción, teniendo un solo instrumento simple, un arma, una herramienta, la boca, y nada más como colaborador de su laboriosidad y destreza, lo que ingenia y crea es difícil de creer sin haber aprendido con la vista lo que ella moldea, o mejor dicho, lo que construye como un barco; pues, de muchas formas, solo ha reunido la que no se vuelca ni se hunde; pues al recoger las puntas de las agujas, las une y las ata entrelazándolas, unas rectas y otras transversales, como si insertara la trama en la urdimbre, usando curvas y giros a través de unas y otras, de modo que se ajusten y quede redondo, estable, alargado por la forma, parecido a una nasa de pescador. Cuando termina, lo lleva y lo coloca junto al rompiente de la ola, donde el mar, al chocar suavemente, le enseñó a reparar y compactar lo que no estaba bien ajustado, al ver que se aflojaba por el golpe, mientras que lo que estaba bien ajustado lo aprieta y endurece, de modo que es difícil de romper incluso con piedra o hierro. Y no menos admirable es la simetría y la forma de la cavidad del recipiente; pues está hecho para recibir solo a ella al entrar, y para los demás es ciego por todas partes y oculto, de modo que no entra nada dentro, ni de la tierra ni del mar. Creo, pues, que ninguno de vosotros ha dejado de ver el nido; pero a mí, que lo he visto y tocado muchas veces, me viene a la boca decir y cantar:' En Delos, alguna vez, vi tal altar de cuernos junto al templo de Apolo, celebrado entre las siete llamadas maravillas, porque sin necesitar pegamento ni ninguna otra atadura, se mantiene unido y ajustado solo por los cuernos derechos'. Que el dios sea propicio también a alguien que es músico y habitante de una isla, celebrándose la sirena marina, y que se ría con benevolencia de aquellas preguntas que estos hacen burlándose:'¿ Por qué Apolo... ni siquiera el salmonete... sabiendo que Afrodita hace sus templos y hermanos en el mar y no se alegra de que nada sea asesinado?'. En Leptis, sabéis que los sacerdotes de Poseidón no comen nada marino en absoluto, y que los iniciados en Eleusis veneran al salmonete, y la sacerdotisa de Hera en Argos se abstiene de él en honor al animal; pues el' liebre marina', que es mortal para el hombre, es matado y consumido especialmente por los salmonetes; por eso tienen la inmunidad, como animales filántropos y salvadores.
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FAIDIMO: Ciertamente, existen templos y altares de Ártemis Dictina y de Apolo Delfinio entre muchos griegos. Pero el lugar que el propio dios eligió como predilecto para sí, lo habitan los descendientes de los cretenses, quienes se sirvieron de un delfín como guía; pues el dios no nadó delante de la flota cambiando su forma, como dicen los mitógrafos, sino que envió un delfín a los hombres para que, dirigiendo la navegación, los condujera a Cirra. Cuentan también que los enviados a Sinope por Ptolomeo Sóter para el traslado de Serapis, Sóteles y Dionisio, al ser desviados por un viento violento, fueron arrastrados contra su voluntad más allá de Malea, dejando el Peloponeso a la derecha; luego, mientras vagaban desanimados, un delfín apareció ante la proa como si los llamara, guiándolos hacia los fondeaderos y mares tranquilos de la región para que permanecieran a salvo, hasta que, conduciéndolos y escoltándolos de este modo, llevó la nave a Cirra. Por ello, tras ofrecer un sacrificio de llegada, comprendieron que debían tomar la estatua de Plutón y llevarla, pero dejar atrás la de Core, tras haber tomado su impronta. Es natural, pues, que el dios ame también la afición a las musas de este animal; a él se compara Píndaro al decir que se siente estimulado por la imitación del delfín marino, que en la llanura del mar sin olas movía el encantador canto de las flautas. Pero parece más bien que su filantropía es grata a los dioses; pues es el único que acoge al hombre, en tanto que es hombre. De los animales terrestres, unos no se ocupan de nadie, y otros, los más mansos, solo cuidan de quienes los alimentan por necesidad, como el perro, el caballo o el elefante, que están acostumbrados a ellos; las golondrinas, por su parte, obtienen lo que necesitan al instalarse en las casas, como sombra y seguridad necesaria, pero huyen y temen al hombre como a una fiera. En cambio, en el delfín, por encima de todos y solo en él, se da por naturaleza hacia los hombres aquello que buscan los mejores filósofos: el amar sin necesidad; pues, sin necesitar nada del hombre para nada, es benevolente y amigo de todos y ha socorrido a muchos. De estos, nadie ignora los de Arión, pues son muy célebres; pero tú, amigo, nos has recordado a Hesíodo en el momento oportuno, aunque no llegaste al final de los relatos. Pues, al narrar lo del perro, no debiste omitir a los delfines; ya que el mensaje del perro, que ladraba y se abalanzaba con gritos sobre los asesinos, habría sido ciego si los delfines, al ser arrastrado por el mar cerca del Nemeo, no lo hubieran recogido, relevándose unos a otros con entusiasmo, y, al dejarlo en Río, hubieran mostrado al hombre degollado. Mirsilo de Lesbos narra que el eolio Énalo, enamorado de la hija de Esminteo, que había sido arrojada al mar por los Pentílidas según un oráculo de Anfitrite, saltó él mismo al mar y fue llevado a salvo a Lesbos por un delfín. La benevolencia y amistad del delfín hacia el joven de Iaso pareció ser amor por su intensidad; pues jugaba con él y nadaba a su lado cada día, y le permitía tocarlo a flor de piel; luego, cuando el joven se montaba sobre él, no huía, sino que lo llevaba alegremente, inclinándose hacia donde él quería, mientras todos los de Iaso acudían cada vez a la orilla del mar. En una ocasión, al caer una fuerte lluvia con granizo, el joven resbaló y murió, pero el delfín, recogiéndolo junto con el cadáver, se arrojó a sí mismo a tierra y no se apartó del cuerpo hasta que murió, considerando justo compartir el destino de cuya muerte se sintió corresponsable. Y, como recuerdo de este suceso, el sello de la moneda de los de Iaso es un niño montado sobre un delfín. A partir de esto, también los relatos sobre Quirano cobraron credibilidad. Siendo de origen pario, en Bizancio compró una captura de delfines que habían quedado atrapados en una red y corrían peligro de ser descuartizados, y los soltó a todos; poco después navegaba en una nave de cincuenta remos, según dicen, que transportaba a unos piratas, y al volcar la nave en el estrecho entre Naxos y Paros y perecer los demás, dicen que un delfín se deslizó bajo él y, sosteniéndolo, lo llevó a una cueva de Sicinto, que se muestra hasta hoy y se llama Quiraneo; y se dice que por esto Arquíloco compuso:' A Quirano, de cincuenta hombres, dejó a salvo el benévolo Poseidón'. Y cuando, más tarde, al morir él, sus allegados quemaban su cuerpo cerca del mar, aparecieron muchos delfines junto a la orilla, como si se mostraran presentes en los funerales, y permanecieron allí hasta que terminaron. Que el escudo de Odiseo tenía como emblema un delfín, lo ha narrado también Estesícoro; y la causa de ello, los de Zacinto la conservan en la memoria, como atestigua Critias: pues dicen que Telémaco, siendo niño, resbaló hacia una parte profunda del mar y se salvó al ser recogido y llevado a nado por delfines; de donde su padre hizo el grabado en su sello y el adorno del escudo, en agradecimiento al animal. Pero, puesto que dije de antemano que no les contaría un mito, y yo mismo no sé cómo, al hablar de los delfines, me he dejado llevar más allá de lo verosímil hacia Odiseo y Quirano, me impongo un castigo: pues ya dejo de hablar.
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ARISTÓN: Pueden, pues, señores jueces, emitir su voto. SÓCLE: Para nosotros, desde hace mucho, es válida la máxima de Sófocles:' Pues bien y en desacuerdo, el discurso construye cosas que encajan para ambos y las pone en medio'. Pues, al unir lo que han dicho unos y otros, ambos lucharán bien en común contra quienes privan a los animales de razón y entendimiento.

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