De Virtute Morali
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sobre la llamada virtud ética, que parece ser aquello en lo que más se diferencia de la teórica— dado que la una tiene como materia la pasión y la otra la razón como forma—, nos proponemos decir qué esencia posee y cómo es su naturaleza. Y si la parte del alma que la recibe está adornada por una razón propia o si participa de una ajena; y si participa, si es como las cosas mezcladas hacia lo mejor o más bien como si, al servirse de cierta supervisión y principio, se dice que participa del poder del gobernante. Pues que es posible que la virtud exista y permanezca del todo inmaterial y pura, creo que es evidente. Pero es mejor recorrer brevemente también las opiniones de los otros, no tanto por amor a la historia como para que lo propio se vuelva más claro y firme, una vez expuesto aquello.
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Menedemo de Eretria suprimía tanto la pluralidad como las diferencias de las virtudes, como si fuera una sola que utiliza muchos nombres; pues lo mismo se llamaría templanza, valentía y justicia, al igual que se llama mortal y hombre. Aristón de Quíos, por su parte, también hacía de la virtud una sola en esencia y la llamaba salud; pero en cuanto a su relación con algo, la hacía diversa y múltiple, como si alguien quisiera llamar a nuestra vista' visión de lo blanco' cuando percibe cosas blancas, y' visión de lo negro' cuando percibe cosas negras, o algo similar. Pues la virtud, al examinar lo que debe hacerse y lo que no, es llamada prudencia; al ordenar el deseo y definir lo moderado y lo oportuno en los placeres, templanza; y al tratar en las relaciones y contratos con los demás, justicia; tal como el cuchillo es uno, pero corta de una manera u otra, y el fuego actúa sobre materias diversas utilizando una sola naturaleza. Parece que también Zenón de Citio se inclinaba hacia esto, definiendo la prudencia como justicia en lo que debe distribuirse, templanza en lo que debe elegirse y valentía en lo que debe soportarse; y, al defenderse, pretenden que en estos casos la ciencia es llamada prudencia por Zenón. Crisipo, en cambio, al considerar que la virtud se constituye como una cualidad propia según la cualidad, sin darse cuenta, según Platón, levantó un enjambre de virtudes no habitual ni conocido; pues, al igual que junto al valiente pone la valentía, junto al manso la mansedumbre, y junto al justo la justicia, así también, junto al ingenioso pone ingeniosidades, junto al noble noblezas, junto al grande grandezas y junto al bello bellezas, y al establecer otras virtudes tales como destrezas, facilidad de trato y agudeza, llenó la filosofía de muchos nombres absurdos que no necesitaba en absoluto.
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Todos ellos, en común, suponen que la virtud es una disposición y potencia del elemento rector del alma, producida por la razón, o más bien que ella misma es una razón admitida, firme e inmutable; y consideran que lo pasional e irracional no está separado de lo racional por alguna diferencia y naturaleza del alma, sino que es la misma parte del alma, a la que llaman intelecto y elemento rector, la que, al transformarse y cambiar por completo tanto en las pasiones como en los cambios según el hábito o la disposición, se convierte en vicio y virtud, y no tiene nada de irracional en sí misma; y que se dice irracional cuando, al volverse fuerte el exceso del impulso y prevalecer, se desvía hacia algo absurdo contra la razón que elige; pues también la pasión es una razón malvada y desenfrenada que ha adquirido vehemencia y fuerza a partir de un juicio vil y erróneo. Pero parece que a todos ellos les pasó inadvertido cómo cada uno de nosotros es, en verdad, doble y compuesto; pues no vieron la otra duplicidad, sino la mezcla de alma y cuerpo, que es más evidente; pero que de la propia alma hay en sí misma algo compuesto, dual y desigual, como si otro cuerpo, el irracional, se hubiera mezclado y ajustado a la razón por alguna necesidad y naturaleza, es probable que ni siquiera Pitágoras lo ignorara, a juzgar por el interés del hombre en la música, que aplicó al alma para su encantamiento y consuelo, como si no toda ella fuera obediente a la enseñanza y al aprendizaje ni transformable por la razón desde el vicio, sino que necesitara de alguna otra persuasión, cooperación, modelado y domesticación, si es que no ha de ser del todo difícil de manejar y desobediente a la filosofía. Platón, sin embargo, vio clara, firme e indudablemente que lo animado de este mundo no es simple, ni incompuesto, ni de una sola forma, sino que, mezclado a partir del poder de lo mismo y de lo otro, en parte se ordena siempre según lo mismo y circula utilizando un solo orden que tiene el mando, y en parte, al dividirse en movimientos y ciclos contrarios y errantes, proporciona un principio de diferencia, cambio y desigualdad a las corrupciones y generaciones alrededor de la tierra; y el alma del hombre, siendo una parte o algún reflejo de la del universo y estando ajustada según razones y números semejantes a aquellos, no es algo simple ni de afecciones uniformes, sino que tiene una parte intelectiva y racional, con la que es natural que el hombre domine y gobierne; y otra parte pasional, irracional, muy errante y necesitada de orden por sí misma. Esta, a su vez, al dividirse en dos, la que desea estar siempre con el cuerpo y está hecha para cuidar el cuerpo es llamada concupiscible, y la otra, que a veces se añade a esta y a veces proporciona al razonamiento fuerza y poder para ello, es la irascible. Demuestra la diferencia sobre todo la resistencia de lo que razona y piensa frente a lo que desea y se irrita, ya que lo segundo es a menudo desobediente y lucha contra lo mejor. Aristóteles utilizó estos principios más extensamente, como es evidente por lo que escribió; más tarde, sin embargo, asignó lo irascible a lo concupiscible, como si la ira fuera una especie de deseo y apetito de represalia. No obstante, continuó utilizando lo pasional e irracional hasta el final como algo diferente de lo racional, no porque sea totalmente irracional como la parte sensitiva o la nutritiva y vegetativa del alma; pues estas, en cambio, son totalmente sordas a la razón y, en cierto modo, han brotado de la carne y han crecido completamente alrededor del cuerpo; pero lo pasional carece de razón propia y no participa de ella, pero por lo demás está hecho para escuchar a lo que razona y piensa, y para volverse hacia ello, ceder y ser moldeado, si no está completamente corrompido por el placer ignorante y una dieta desenfrenada.
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Aquellos que se maravillan de cómo es irracional pero obediente a la razón, no me parece que comprendan el poder de la razón, cuán grande es por naturaleza y hasta dónde llega al dominar y guiar, no con conducciones duras ni resistentes, sino con las que son formativas y tienen la capacidad de ceder y ser persuasibles, más eficaces que toda necesidad y violencia. Pues también el aliento, sin duda, y los nervios y los huesos y las demás partes del cuerpo son irracionales, pero cuando surge el impulso, habiendo sacudido el razonamiento como si fueran riendas, todo se tensa, se contrae y obedece; y los pies se vuelven vigorosos cuando se piensa en correr, y las manos se disponen a la acción cuando se ha impulsado a lanzar o tomar. El poeta representa mejor lo que simpatiza y se ajusta a la razón de lo irracional a través de estos versos:' así se deshacía ella, derramando lágrimas por sus bellas mejillas, llorando por su marido sentado a su lado; pero Odiseo, aunque en su ánimo compadecía a su mujer que lloraba, sus ojos permanecían como cuernos o hierro, inmóviles en sus párpados, y con astucia ocultaba sus lágrimas'. Así tenía de obedientes a su juicio tanto el aliento como la sangre y la lágrima. Lo demuestran también ante bellas y bellos, a quienes la razón o la ley no permiten tocar, las huidas y retiradas de los pudorosos que guardan silencio y permanecen inmóviles. Lo cual sucede sobre todo a los que aman y luego se enteran de que aman a una hermana o a una hija; pues al instante se encogió lo que desea cuando la razón lo tocó, y el cuerpo proporcionó las partes que se ajustaban al juicio. En cuanto a los alimentos y manjares, muchas veces, aunque se hayan acercado a ellos con mucho gusto, si se enteran y aprenden que han comido algo impuro o ilícito, no solo el dolor y el remordimiento atacan al juicio, sino que también el cuerpo, al alterarse junto con la opinión y llenarse, sufre vómitos y trastornos de náuseas. Temo que parezca que saco conclusiones demasiado forzadas y novedosas para el argumento al repasar salterios, liras, pectides y flautas, y todo lo que la música, al haber ideado cosas acordes y afines a las pasiones humanas, hace que lo inanimado se alegre, se lamente, cante y se desenfrene junto con ellas, trasladando los juicios, las pasiones y las costumbres de quienes los usan. Y sin embargo, dicen que Zenón, al entrar en el teatro mientras Amebeo tocaba la cítara, dijo a sus discípulos:' vayamos a aprender cómo las tripas, los nervios, la madera y los huesos, al participar de la razón, el número y el orden, emiten una armonía y una voz'. Pero dejando esto, me gustaría preguntarles si, al ver perros, caballos y aves domésticas que, por costumbre, crianza y enseñanza, devuelven voces inteligentes, movimientos y posturas obedientes a la razón, y acciones que tienen lo moderado y lo útil para nosotros, y al escuchar a Homero decir que Aquiles incitaba a caballos y hombres a la batalla, todavía se maravillan y dudan si lo que se irrita, desea, se entristece y se alegra en nosotros está hecho para obedecer a lo que piensa, sufrir por ello y disponerse junto con ello, no viviendo lejos, ni separado, ni siendo moldeado desde fuera, ni siendo impreso por algunas necesidades o golpes, sino dependiendo por naturaleza y conviviendo siempre, criándose juntos y llenándose por la costumbre; por lo cual también se ha llamado bien al carácter; pues el carácter es, por decirlo esquemáticamente, una cualidad de lo irracional; y se ha llamado así porque lo irracional recibe esta cualidad y diferencia por la costumbre al ser moldeado por la razón, que no quiere eliminar la pasión por completo— pues ni es posible ni es mejor—, sino que le impone un límite y un orden, y produce las virtudes éticas, que no son impasibilidad, sino simetría de pasiones y términos medios; y produce en la prudencia el poder de lo pasional al establecerlo en un hábito noble. Pues dicen que estas tres cosas existen en el alma: potencia, pasión, hábito. La potencia es, pues, el principio y la materia de la pasión, como la irascibilidad, la timidez, la audacia; la pasión es ya un movimiento de la potencia, como la ira, el pudor, el valor; y el hábito es la fuerza y la estructura del poder alrededor de lo irracional que surge de la costumbre, vicio si es educada mal, pero virtud si la pasión es educada bien por la razón.
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Y dado que no hacen que toda virtud sea un término medio ni la llaman ética, habría que hablar de la diferencia comenzando desde arriba. Existen, pues, cosas que son simplemente y cosas que son en relación con nosotros; simplemente, la tierra, el cielo, los astros, el mar; en relación con nosotros, lo bueno, lo malo, lo elegible, lo evitable, lo agradable, lo doloroso; y siendo la razón teórica de ambos, la que trata sobre las cosas que son simplemente es solo científica y teórica; la que trata sobre las cosas que son en relación con nosotros es deliberativa y práctica; y la virtud de esta es la prudencia, y la de aquella, la sabiduría. La prudencia se diferencia de la sabiduría en que la prudencia surge según la razón cuando se produce un retorno y una relación de lo teórico hacia lo práctico y pasional. Por eso la prudencia necesita de la fortuna, pero la sabiduría no necesita de ella para su fin propio ni de deliberación; pues trata sobre las cosas que siempre son de la misma manera y de igual modo. Y así como el geómetra no delibera sobre el triángulo, si tiene los ángulos internos iguales a dos rectos, sino que lo sabe— pues las deliberaciones son sobre las cosas que son de una manera u otra, no sobre las firmes e inmutables—, así el intelecto teórico, al actuar sobre las cosas primeras, permanentes y que siempre tienen una sola naturaleza que no admite cambios, está libre de deliberar; pero la prudencia, al descender a asuntos llenos de error y confusión, es necesario que se mezcle a menudo con lo fortuito y que utilice lo deliberativo sobre las cosas más inciertas, y que lo deliberativo, al recibir lo práctico, actúe ya con lo irracional presente y arrastrado junto con los juicios. Pues necesitan de impulso; y el carácter hace el impulso con la pasión, necesitando de la razón que defina cómo debe estar presente de forma moderada y que no exceda ni abandone el momento oportuno. Pues lo pasional e irracional utiliza movimientos que son a veces demasiado vehementes y agudos, y a veces más suaves o más lentos de lo que conviene. De donde cada una de las cosas que hacemos se logra siempre de una sola manera, pero se yerra de muchas; pues dar en el blanco es una cosa y simple, pero se falla de una manera u otra, al exceder lo moderado o al quedarse corto. Este es, pues, el trabajo natural de la razón práctica: eliminar las desmesuras de las pasiones y los errores. Pues donde el impulso cede y abandona lo bello por debilidad, blandura, miedo o pereza, allí está presente despertando y avivando, y donde, por el contrario, se desborda fluyendo mucho y desordenado, allí elimina lo vehemente y lo detiene. Al definir así el movimiento pasional, produce las virtudes éticas alrededor de lo irracional, siendo términos medios entre la carencia y el exceso. Pues no debe decirse que toda virtud surge por un término medio; sino que la sabiduría, que no necesita de lo irracional y se constituye alrededor del intelecto puro e impasible, es una cumbre y un poder de la razón autosuficiente, en la que se produce lo más divino y dichoso de la ciencia, mientras que la necesaria debido al cuerpo y que necesita, por Zeus, de la pasional como de un servicio orgánico para lo práctico, no siendo corrupción de lo irracional del alma ni supresión, sino orden y decoración, es una cumbre en poder y cualidad, pero en cantidad se convierte en término medio al eliminar lo que excede y lo que falta.
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Y dado que el medio es de muchas maneras— pues también lo mezclado es medio de lo no mezclado, como el gris de lo blanco y lo negro; y lo que contiene y lo contenido es medio de lo contenido y lo que contiene, como el ocho de los doce y los cuatro; y lo que no participa de ninguno de los extremos, como lo indiferente de lo bueno y lo malo—, la virtud no debe llamarse término medio de ninguna de estas maneras. Pues no es una mezcla de vicios, ni al contener lo menor es contenida por lo que excede lo conveniente; ni está libre por completo de los impulsos pasionales, en los cuales existe el más y el menos. Pero se convierte en término medio y se llama así sobre todo por analogía con los sonidos y las armonías; pues también aquella voz que es armoniosa, como la nete y la hipate, ha evitado la agudeza de una y la gravedad de la otra; y esta, siendo movimiento y poder alrededor de lo irracional, elimina las relajaciones, las tensiones y, en general, el más y el menos del impulso, estableciendo cada una de las pasiones en lo moderado y lo que no yerra. Por ejemplo, dicen que la valentía es un término medio entre la cobardía y la temeridad, de las cuales la una es carencia y la otra exceso de lo irascible; la liberalidad, entre la mezquindad y el despilfarro; la mansedumbre, entre la insensibilidad y la crueldad; y la templanza y la justicia mismas, la una al no asignar a sí misma en los contratos más ni menos de lo conveniente, y la otra al establecer siempre los deseos en el medio entre la impasibilidad, la insensibilidad y el desenfreno. En lo cual parece que lo irracional proporciona sobre todo la comprensión de su diferencia respecto a lo racional, y demuestra la pasión como algo completamente diferente de la razón. Pues no se diferenciaría la templanza de la continencia, ni el desenfreno de la incontinencia respecto a los placeres y los deseos, si fuera lo mismo del alma aquello con lo que está hecha para desear y aquello con lo que está hecha para juzgar. Pero ahora, la templanza es aquello en lo que el razonamiento guía y maneja lo pasional como a una criatura dócil y mansa, utilizando los deseos al ceder y aceptar voluntariamente lo moderado y lo decoroso; pero el continente guía el deseo con un razonamiento vigoroso y dominante, pero lo guía no sin dolor ni obedientemente, sino torcido y resistiéndose, como si fuera forzado por un golpe y un freno, y retrocediendo, estando en una lucha consigo mismo y lleno de confusión; como Platón representa alrededor de las bestias de carga del alma, cuando lo peor lucha contra lo mejor y al mismo tiempo perturba al auriga, obligándolo a resistir hacia atrás y a tensar por el esfuerzo para que no suelte las riendas de las manos, según Simónides. Por eso no consideran que la continencia sea una virtud autosuficiente, sino que es menor que la virtud; pues no se ha producido un término medio a partir de la armonía de lo peor con lo mejor, ni se ha eliminado el exceso de la pasión, ni lo que desea obedece ni está de acuerdo con lo que piensa del alma, sino que, al doler y ser dolido y estar confinado por la necesidad, convive como en una sedición, hostil y enemigo; la ciudad está llena a la vez de inciensos y a la vez de peanes y lamentos, el alma del continente debido a la irregularidad y la diferencia. De la misma manera, piensan que la incontinencia es algo menor que el vicio, y el desenfreno un vicio completo. Pues este, al tener tanto una pasión vil como una razón, por una parte es arrastrado al desear hacia lo vergonzoso, y por otra, al juzgar mal, al añadirse a los deseos, pierde también la percepción de lo que se yerra. La incontinencia, en cambio, mantiene con la razón el juicio correcto, pero por la pasión es arrastrada contra el juicio, siendo más fuerte la razón. Por eso se diferencia del desenfreno; pues donde el razonamiento es vencido por la pasión y donde ni siquiera lucha, y donde al contradecir sigue a los deseos y donde guía apoyándolos, y donde al alegrarse participa de lo que se yerra y donde al afligirse, y donde voluntariamente es arrastrado hacia lo vergonzoso y donde traiciona involuntariamente lo bello; como en las acciones realizadas por ellos, no menos también en lo que dicen, la diferencia es evidente; pues estas son las voces de los desenfrenados:'¿ qué gracia, qué deleite hay sin la dorada Afrodita?¡ Que muera cuando ya no me preocupen estas cosas!'. Y otro dice:' comer, beber, obtener lo de Afrodita, lo demás lo llamo todo añadiduras', como si desde toda el alma asintiera a los placeres y se dejara llevar. No menos que estos, el que dijo:' déjame perecer; pues esto me conviene', tiene el juicio enfermo junto con la pasión. Pero las de la incontinencia son otras y diferentes:' la naturaleza me obliga, aunque tengo una opinión', y'¡ ay!, este es ya un mal divino para los hombres, cuando alguien conoce lo bueno y no lo usa'; y' pues ya cede el ánimo y ya no resiste', como un anzuelo de arena en el oleaje, no diciendo mal que no es firme el razonamiento ni sólido, sino que por la porosidad del alma y la blandura abandona el juicio. No lejos de esta imagen se han dicho también aquellas:' como una nave, estoy sujeto a la tierra por cuerdas, sopla el viento, pero a nosotros no nos dominan las amarras'— pues llama amarras a los juicios que resisten contra lo vergonzoso, y luego, como si fueran rotas por mucho viento, el de la pasión. Pues, en verdad, el desenfrenado es arrastrado hacia los placeres con las velas llenas por los deseos, y se entrega y se dirige junto con ellos; pero el incontinente es lateral, como si se esforzara por salir y apartar la pasión, es arrastrado por debajo y cae alrededor de lo vergonzoso, como Timón se burlaba de Anaxarco:' y en el valor y la locura, hacia donde se lance, aparece el espíritu perruno de Anaxarco, quien, aun sabiendo, como decían, era un miserable, pero la naturaleza lo llevaba al revés, golpeado por el placer, que la mayoría de los sofistas temen'. Pues ni el sabio es continente sino templado, ni el ignorante es incontinente sino desenfrenado; pues el uno se alegra con lo bello y el otro no se aflige con lo vergonzoso. La incontinencia es, pues, de un alma sofística, que tiene razón pero no puede permanecer en lo que ha conocido correctamente.
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La incontinencia tiene, pues, tales diferencias respecto al desenfreno, y la continencia respecto a la templanza, a su vez, las inversas, análogamente. Pues lo que remuerde, lo que duele y lo que se indigna aún no ha abandonado la continencia; pero del alma templada, lo que es uniforme por todas partes, no tenso y saludable, con lo que lo irracional se ha ajustado y mezclado con el razonamiento, adornado con una obediencia y mansedumbre admirables, podrías decir, al observar:' entonces, entonces, al instante', como Homero,' después el viento cesó, y la calma se hizo, una quietud, el dios calmó las olas'; al haber extinguido la razón los movimientos vehementes, locos y frenéticos de los deseos, y al haber hecho que aquello que la naturaleza necesita necesariamente sea de afecciones semejantes, obediente, amigo y colaborador de las elecciones prácticas, de modo que no se adelante al razonamiento, ni ceda, ni se desordene, ni desobedezca, sino que todo impulso, siendo fácil de guiar,' como un potro junto a un caballo, corra a la vez', confirmando el argumento de Jenócrates, que él dijo sobre los que verdaderamente filosofan, que solo ellos hacen voluntariamente lo que los demás hacen involuntariamente debido a la ley, como perros o gatos por un golpe, apartándose de los placeres por el ruido de un perro o un gato y mirando hacia lo terrible. Que, por tanto, se produce en el alma una percepción de tal alteridad y diferencia alrededor de los deseos, como si algo luchara y dijera lo contrario a ellos, no es incierto. Pero algunos dicen que la pasión no es algo diferente de la razón ni una diferencia y sedición de dos, sino un giro de una sola razón hacia ambos lados, que nos pasa inadvertido por la agudeza y rapidez del cambio, al no ver que es lo mismo del alma con lo que está hecha para desear y arrepentirse, irritarse y temer, ser arrastrado hacia lo vergonzoso por el placer y, al ser arrastrado, volver a tomarse a sí mismo; pues también el deseo, la ira, el miedo y todas esas cosas son opiniones y juicios malvados, que no ocurren alrededor de una parte del alma, sino que son inclinaciones, cesiones, asentimientos e impulsos de todo el elemento rector, y en general son actividades que cambian en poco tiempo, como las correrías de los niños que tienen lo repentino y lo vehemente inseguro por debilidad e inestabilidad. Pero esto, en primer lugar, es contra la evidencia y la percepción; pues nadie siente en sí mismo un cambio de lo que desea hacia lo que juzga, ni de lo que juzga de nuevo hacia lo que desea, ni deja de amar cuando razona que el amor debe ser contenido y que se debe luchar contra él, y vuelve a dejar de razonar y juzgar cuando cede, ablandado por el deseo. Pero también, al resistir con la razón contra la pasión, está todavía en la pasión, y al ser vencido de nuevo por la pasión, ve con el razonamiento lo que se yerra; y ni ha suprimido la razón con la pasión ni se ha librado de la pasión al razonar, y al ser arrastrado hacia ambos lados, es medio entre ambos y común. Pero los que suponen que el elemento rector es a veces deseo y a veces el razonamiento que se opone al deseo, no se diferencian en nada de los que no suponen que el cazador y la fiera son dos, sino que el mismo cuerpo, al utilizar un cambio, es a veces fiera y a veces se convierte en cazador. Pues aquellos pasan por alto algo evidente y estos testifican contra la percepción, al sentir no el cambio de una sola cosa, sino la lucha y diferencia de dos a la vez en sí mismos.¿ Qué entonces?, dicen,¿ acaso lo que delibera del hombre no se divide a menudo y es arrastrado hacia opiniones contrarias sobre lo conveniente, pero es uno? Ciertamente diremos que sí, pero lo que sucede no es semejante; pues lo que piensa del alma no lucha contra sí mismo, sino que, al utilizar una sola potencia, toca razonamientos diferentes; o más bien, es un solo razonamiento que ocurre en asuntos diferentes como en materias que difieren. Por eso no hay dolor en los razonamientos sin pasión, ni eligen lo uno como si fueran forzados contra su opinión, a menos que, por Zeus, pase inadvertida alguna pasión adherida como en una balanza. Pues también esto sucede a menudo, no de un razonamiento contra un razonamiento, sino de la ambición, la rivalidad, el favor, los celos o el miedo que resisten, al creer que es una diferencia de dos razones, como en estos versos:' se avergonzaban de rechazar, pero temían aceptar', y' el ser degollado es terrible, pero tiene gloria, el no morir es cobarde, pero hay placer'. Y alrededor de los juicios de los contratos, las pasiones que se infiltran producen la mayor pérdida de tiempo, y alrededor de los consejos de los reyes, los que hablan por favor no apoyan dos juicios con el otro, sino que se añaden a alguna pasión contra el razonamiento de lo conveniente; por eso los gobernantes en las aristocracias no permiten que los oradores se apasionen; pues el razonamiento impasible se inclina con una inclinación recta hacia lo justo; pero si surge una pasión, produce lucha y diferencia entre lo que se alegra y lo que se aflige contra lo que juzga y delibera. Pues,¿ por qué en las investigaciones en filosofía no está presente el ser arrastrado y cambiado a menudo con dolor por las otras cosas, sino que el mismo Aristóteles, Demócrito y Crisipo abandonaron algunas de las cosas que antes les agradaban sin ruido, sin dolor y con placer? Porque contra lo teórico y matemático del alma no se ha opuesto ninguna pasión, sino que lo irracional permanece tranquilo y no se entromete en estos casos. Por eso, al aparecer la verdad, el razonamiento, al abandonar la falsedad, se inclinó alegremente; pues en él está, no en otro, lo que obedece y se deja persuadir. Pero las deliberaciones, juicios y decisiones prácticas de la mayoría, al ser apasionadas, proporcionan dificultad y molestia a la razón, al estar atrapada y confundida alrededor de lo irracional, que se levanta contra ella con algún placer, miedo, dolor o deseo. Y el criterio de esto es la percepción que toca a ambos; pues incluso si uno de los dos prevalece, no ha suprimido al otro, sino que es arrastrado al ser forzado y resistir. Pues el que se amonesta a sí mismo mientras ama utiliza el razonamiento contra la pasión, como si ambos estuvieran a la vez en el alma, como si presionara otra parte inflamada con la mano, sintiendo que son dos y que difieren. Sin embargo, en las deliberaciones y consideraciones impasibles, como las que tiene sobre todo lo teórico, si permanecen iguales, no se ha producido un juicio sino una aporía, siendo una sedición y permanencia del pensamiento por razones contrarias; pero si se produce una inclinación hacia uno de los dos, el que ha prevalecido ha disuelto al otro, de modo que no duele ni se opone a la opinión. En general, al parecer que un razonamiento se opone a un razonamiento, no se produce una percepción de dos y de otros, sino de una sola cosa que ocurre en fantasías diferentes; pero cuando lo irracional lucha contra el razonamiento, al no estar hecho para dominar sin dolor ni ser dominado, divide inmediatamente el alma en dos con la lucha y hace evidente la diferencia.
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No solo a partir de la batalla, pues, sino no menos a partir de la conducta, podría uno observar que el principio pasional es distinto del principio racional. Pues, dado que es posible amar a un joven de buena naturaleza y noble para la virtud, y también a uno vil y desenfrenado, y sucede que uno usa la ira irracionalmente contra sus propios hijos y padres, pero la usa justamente en favor de padres e hijos contra enemigos y tiranos; al igual que allí existe una percepción de la batalla y la diferencia entre la pasión y el razonamiento, así aquí existe una de la persuasión y la conducta, como si se inclinara y cediera conjuntamente. Además, al casarse con una mujer conforme a las leyes, un hombre sensato se propone tratarla y convivir con ella justa y moderadamente, pero con el tiempo, al engendrar la costumbre una pasión, percibe en su razonamiento que el querer y el amar se intensifican, tal como también los jóvenes, al encontrar maestros nobles, siguen y admiran por necesidad al principio, pero después también aman, siendo llamados y siendo amantes en lugar de conocidos y discípulos. Lo mismo sucede respecto a los gobernantes en las ciudades, a los vecinos y a los parientes; pues, habiendo comenzado a tratar con los demás por alguna necesidad conforme al deber, luego, sin darse cuenta, se dejan llevar hacia el amar, al haber arrastrado y persuadido conjuntamente el razonamiento a la parte pasional.¿ Acaso quien dijo:« La vergüenza, que es doble: una no es mala, pero la otra es una carga para las casas», no es evidente que ha sentido en sí mismo esta pasión, que a menudo sigue a la razón y se ordena con ella, pero a menudo, contra la razón, arruina las ocasiones y los asuntos con vacilaciones y demoras?
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A los cuales, incluso ellos mismos, cediendo de algún modo por su evidencia, llaman« respeto» a la vergüenza,« alegría» al placer y« prudencia» a los temores; y nadie acusaría de falta de propiedad a esta denominación, si llamaran con estos nombres a las mismas pasiones cuando se añaden al razonamiento, pero a aquellas que luchan y violentan al razonamiento, con otros. Pero cuando, refutados por lágrimas, temblores y cambios de color, en lugar de dolor y miedo, dicen que son ciertos pinchazos y conmociones, y llaman a los deseos« entusiasmos» como eufemismo, parecen ingeniar justificaciones y evasiones sofísticas, no filosóficas, de los hechos mediante los nombres. Y, sin embargo, ellos mismos llaman a esas alegrías, voluntades y prudencias« buenos estados pasionales» y no« ausencia de pasiones», usando correctamente aquí los nombres; pues el buen estado pasional resulta de que la pasión no destruye el razonamiento, sino que lo ordena y dispone entre los sensatos.¿ Qué les sucede a los viles e incontinentes cuando, habiendo juzgado amar al padre y a la madre en lugar del amante o la amante, no pueden, pero habiendo juzgado a la cortesana y al adulador, aman inmediatamente? Pues si la pasión fuera un juicio, el amar debería seguir al juicio de amar y el odiar al de odiar; pero ahora sucede lo contrario, pues la pasión se añade a unos juicios y desobedece a otros. Y ellos mismos dicen, al verse forzados por los hechos, que no toda pasión es un juicio, sino la que es motriz de un impulso violento y excesivo, admitiendo que es distinto lo que juzga y lo que padece en nosotros, al igual que lo que mueve y lo que es movido. El propio Crisipo, al definir en muchos lugares la fortaleza y la templanza como disposiciones que siguen a la razón que elige, es evidente que se ve obligado por los hechos a admitir que es distinto lo que sigue en nosotros de aquello a lo que sigue, ya sea obedeciendo o, por el contrario, luchando al no obedecer.
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Por tanto, al establecer que todas las faltas son iguales y todas las transgresiones iguales, si es que en algún otro lugar pasan por alto la verdad, no es el momento de refutarla en el presente; pero en lo que respecta a las pasiones, aparecen oponiéndose al razonamiento de manera totalmente contraria a la evidencia. Pues toda pasión es, según ellos, una falta, y todo el que se duele, teme o desea, falta. Pero se observan grandes diferencias en las pasiones según el más y el menos; pues¿ quién diría que el miedo de Dolón es igual al de Áyax, que se retiraba de los enemigos dando pasos cortos?¿ O que el dolor de Platón por la muerte de Sócrates es igual al de Alejandro por Clito, cuando se lanzó a matarse a sí mismo? Pues los dolores se intensifican no moderadamente cuando son contrarios a la razón, y el suceso inesperado es más doloroso que el conforme a la razón, si uno supiera que su hijo, a quien esperaba ver prosperar y ser admirado, está siendo torturado, como Filotas a Parmenión.¿ Y quién diría que Nicocreonte usó una ira igual contra Anaxarco que Magas contra Filemón, habiendo sido ambos insultados por ellos? Pues el uno lo trituraba y despedazaba con mazas de hierro, y el otro ordenó al verdugo que pusiera la espada desnuda sobre el cuello de Filemón y luego la retirara. Por eso Platón llamó a la ira los nervios del alma, como si se intensificara con la amargura y se relajara con la mansedumbre. Por tanto, al refutar estas y otras intensificaciones y vehemencias de las pasiones, dicen que no ocurren según el juicio en el que reside la capacidad de faltar, sino que los pinchazos, las contracciones y las dilataciones son los que reciben el más y el menos en la parte irracional. Y, sin embargo, también parecen producirse diferencias en los juicios; pues unos juzgan que la pobreza no es un mal, otros que es un gran mal, y otros que es el mayor, hasta el punto de arrojarse contra las rocas y contra el mar; y la muerte, unos la consideran un mal solo por la privación de bienes, otros por castigos eternos bajo tierra y sufrimientos espantosos; y la salud del cuerpo, para unos es amada como algo conforme a la naturaleza y útil, para otros parece el mayor de los bienes; pues ni por la riqueza ni por los hijos ni por el poder real, igual a la de los dioses, se preocupan, y al final consideran que incluso la virtud es inútil y sin provecho si no está presente la salud, de modo que parece que incluso en los juicios mismos unos faltan más y otros menos. Pero no es esto lo que hay que refutar ahora, sino que de esto hay que extraer que ellos mismos admiten que la parte irracional es distinta del juicio, según la cual dicen que la pasión se vuelve más vehemente y mayor, disputando sobre el nombre y el término, pero cediendo los hechos a quienes declaran que la parte pasional e irracional difiere de la que razona y juzga. En los libros sobre la Anomalía, Crisipo, tras decir que la ira es ciega y a menudo no permite ver lo evidente y a menudo se interpone a lo que se comprende, avanzando un poco dice que las pasiones que sobrevienen expulsan los razonamientos y empujan violentamente hacia las acciones contrarias lo que parece de otra manera; luego usa como testigo a Menandro, quien dice:«¡ Ay de mí, desdichado!¿ Dónde estaban nuestras facultades mentales en aquel cuerpo en aquel momento, cuando elegíamos no esto, sino aquello?». Y de nuevo Crisipo, avanzando, dice que el animal racional, teniendo la naturaleza de usar la razón para cada cosa y ser gobernado por ella, a menudo se aparta de ella al usar nosotros otro impulso más violento; admitiendo lo que sucede a partir de la diferencia de la pasión respecto a la razón. Pues es ridículo, como dice Platón, decir que uno mismo es más fuerte que uno mismo y, a su vez, más débil, y que el mismo se domina y no se domina.
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Pues,¿ cómo es posible que el mismo sea más fuerte y más débil que sí mismo, o que domine y sea dominado a la vez, si cada uno no es por naturaleza de algún modo doble y tiene en sí mismo lo peor y lo mejor? Pues así, el que usa lo peor como subordinado a lo mejor es dueño de sí mismo y más fuerte, mientras que el que permite que lo mejor siga y sirva a la parte desenfrenada e irracional del alma es llamado más débil que sí mismo e incontinente, y está dispuesto contra la naturaleza. Pues por naturaleza corresponde al razonamiento, siendo divino, guiar y mandar sobre lo irracional, que tiene su origen desde el cuerpo; con el cual, por naturaleza, tiende a asimilarse, participar de las pasiones y contagiarse, al estar inserto y mezclado en él, como muestran los impulsos que se mueven hacia lo corporal, se detienen y adquieren vehemencias y relajaciones en los cambios del cuerpo. Por eso los jóvenes son agudos e impetuosos, y en cuanto a los deseos, ardientes y excitados por la abundancia de sangre y el calor, mientras que en los ancianos el principio de la parte desiderativa alrededor del hígado se extingue y se vuelve pequeño y débil; y la razón prevalece más al marchitarse la parte pasional con el cuerpo. Esto, sin duda, también da forma a las naturalezas de las fieras respecto a las pasiones; pues no es por rectitud de opiniones ni por vileza, por supuesto, que a unas les surgen ardores e impulsos hacia lo que parece terrible, y a otras, turbaciones y miedos insuperables del alma; sino que las fuerzas alrededor de la sangre, el espíritu y el cuerpo producen las diferencias de las pasiones, como si la parte pasional brotara de la carne como de una raíz y arrastrara consigo la cualidad y el temperamento. Y que el cuerpo simpatiza y se mueve conjuntamente con los impulsos pasionales del hombre lo demuestran las palideces, los rubores, los temblores, los latidos del corazón, y a su vez las dilataciones en las esperanzas de placeres y expectativas; pero cuando el intelecto se mueve no con pasión, sino por sí mismo, el cuerpo guarda reposo y está tranquilo, sin participar ni compartir la actividad del que piensa, si no se une a la parte pasional ni toma consigo lo irracional, de modo que también por esto se muestra que son dos y que difieren en sus fuerzas el uno del otro.
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En general, ellos mismos dicen, y es evidente, que unos seres son gobernados por una disposición, otros por la naturaleza, otros por un alma irracional, y otros por una que tiene razón y pensamiento; de los cuales el hombre ha participado casi de todos y ha llegado a estar en todas las diferencias mencionadas; pues es mantenido por una disposición, nutrido por la naturaleza y usa la razón y el pensamiento. Por tanto, participa también de lo irracional y tiene innato el principio de la pasión, que no es episódico sino necesario, y no debe ser destruido por completo, sino que necesita tratamiento y educación. De donde no es obra de la razón, ni tracia ni licúrguica, extirpar y destruir conjuntamente lo útil con lo dañino de la pasión, sino, tal como el dios que hace crecer las plantas y la vid, podar lo salvaje y quitar la desmesura, y luego domesticar y rodear lo útil. Pues ni los que temen emborracharse derraman el vino, ni los que temen lo perturbador destruyen la pasión, sino que la mezclan. Pues tampoco eliminan los movimientos ni las actividades de los bueyes y caballos, sino sus saltos y desbocamientos; y el razonamiento usa las pasiones una vez domadas y dóciles, sin haber debilitado ni cortado por completo de la ψυχή lo que sirve de instrumento; pues, como dice Píndaro,« el caballo bajo los carros y el buey en el arado; y para el jabalí que planea la muerte, hace falta un perro de ánimo paciente». Mucho más útiles que estos son los retoños de las pasiones cuando acompañan al razonamiento y se intensifican conjuntamente con las virtudes: la ira, siendo moderada, con la valentía; el odio a la maldad con la justicia; y la némesis contra los que prosperan inmerecidamente, cuando, ardiendo a la vez con insensatez y soberbia, el alma necesita contención. Y nadie, ni queriendo, arrancaría o disolvería el afecto de la amistad, o la compasión de la filantropía, o el alegrarse y dolerse conjuntamente de la verdadera benevolencia. Y si los que expulsan el amor junto con la erotomanía faltan, tampoco los que censuran el deseo por la avaricia aciertan, sino que hacen algo similar a los que eliminan el correr por tropezar y el lanzar por excederse, y tienen aversión a cantar por completo por desafinar. Pues, al igual que en los sonidos la música logra lo armonioso no por la eliminación de la gravedad y la agudeza, y en los cuerpos la medicina logra lo saludable no por la corrupción del calor y el frío, sino por las simetrías y cantidades mezcladas, tal es en el alma lo que vence, al producirse por la razón moderación y templanza en las fuerzas y movimientos pasionales. Pues lo que siente dolor, lo que siente alegría y lo que siente miedo en el alma se parece a un cuerpo hinchado e inflamado, no lo que se alegra, ni lo que se duele, ni lo que teme. Y Homero, al decir bellamente« su piel no se vuelve ni teme demasiado el miedo», no eliminó el miedo, sino el miedo excesivo, para que la valentía no se convierta en temeridad y la audacia en descaro. Por eso también en los placeres hay que eliminar el deseo excesivo, y en las defensas el odio excesivo a la maldad; pues así el uno no será insensible, sino sensato, y el otro será justo, no cruel ni amargo. Si las pasiones se eliminan por completo, aunque sea posible, en muchos casos la razón es más perezosa y embotada, como un timonel cuando falta el viento. Y esto, sin duda, los legisladores, al comprenderlo, introducen en las constituciones tanto la ambición como el celo mutuo; y contra los enemigos, con trompetas y flautas, despiertan y aumentan lo irascible y guerrero. Pues no solo en los poemas, dice Platón, el poseído por las musas y arrebatado demuestra que el técnico y el preciso es ridículo, sino que también en las batallas lo pasional y lo entusiasta es irresistible e invencible; lo cual Homero dice que los dioses infunden a los hombres, al decir« insufló gran fuerza al pastor de pueblos»; y no es que esto se enfurezca sin un dios; como si añadieran la pasión al razonamiento como un impulso y un vehículo. A estos mismos, de hecho, se puede ver a menudo incitando a los jóvenes con elogios y a menudo castigándolos con amonestaciones; a lo cual sigue el alegrarse y el dolerse; pues la amonestación y la censura producen arrepentimiento y vergüenza, de las cuales una es dolor por género y la otra es miedo; y de estas se sirven especialmente para las correcciones. Por lo cual Diógenes, al ser elogiado Platón, dijo:«¿ Qué tiene de solemne, él que, filosofando durante tanto tiempo, no ha dolido a nadie?». Pues nadie diría que las enseñanzas, como decía Jenócrates, son asideros de la filosofía, tanto como las pasiones de los jóvenes: vergüenza, deseo, arrepentimiento, placer, dolor, ambición, de las cuales, al tocar la razón y la ley un contacto armonioso y salvador, establecen al joven en el camino adecuado de manera eficaz. De modo que no dijo mal el pedagogo laconio, que hará que el niño se alegre con lo bello y se duela con lo vergonzoso, de lo cual no hay fin mayor ni más bello que declarar para la educación propia de un hombre libre.